Chapter 10 of Strange Tales from a Chinese Studio by Pu Songling (蒲松齡) is a Supernatural Novel available to read on OriginRealm.
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Chapter 10
Pintar un Caballo
El erudito Cui, oriundo de Linqing, era de familia humilde y empobrecida. El muro que circundaba su propiedad carecía de reparaciones. Cada mañana, al levantarse, solía ver un caballo tumbado entre la hierba cubierta de rocío; su pelaje era negro con manchas blancas, mas las cerdas de su cola estaban desgreñadas, como si el fuego las hubiese chamuscado. Al espantarlo para que se fuera, volvía a aparecer por la noche, sin saberse de dónde venía. Cui tenía un buen amigo que servía como oficial en Jin, y deseando ir a visitarlo, se lamentaba de carecer de una cabalgadura vigorosa, por lo que decidió capturar al caballo, colocarle el freno y montarlo para partir. Advirtió a su familia diciendo: "Si hubiere alguien buscando un caballo, decidle que he partido hacia Jin". Una vez en el camino, el caballo galopó raudo, recorriendo cien *li* en un parpadeo. Por la noche apenas probó los granos de soja ni el forraje, por lo que supuso que estaba enfermo. Al día siguiente le sujetó con firmeza el bocado para impedirle correr con exceso; sin embargo, los cascos del caballo resoplaban y arrojaban espuma, tan brioso y enfurecido como la víspera. Volvió a soltar las riendas, y al mediodía ya había llegado a Jin. Al cabalgar por los mercados de la ciudad en aquel momento, no hubo observador que no lo alabase con exclamaciones de asombro. El rey de Jin, al enterarse, quiso comprarlo ofreciendo un precio elevado. Cui, temiendo que el legítimo dueño lo estuviese buscando, no se atrevió a venderlo. Tras medio año de residencia, al no haber noticias, finalmente lo vendió a la mansión del príncipe por ochocientos taels de oro, y con ello se compró una mula vigorosa para regresar. Más tarde, debido a un asunto urgente, el príncipe envió a un oficial militar a caballo rumbo a Linqing. El caballo se desbocó, persiguiendo al jinete hasta el vecino oriental de Cui; al entrar por la puerta, desapareció de la vista. Lo buscaron por toda la casa del amo. El amo se apellidaba Zeng y, a decir verdad, no había visto nada. Al entrar en las habitaciones, vio colgada en la pared una pintura de un caballo firmada por Zhao Mengfu; en ella, uno de los corceles tenía un pelaje idéntico, y la zona de la cola estaba quemada por una varita de incienso. Solo entonces comprendieron que el caballo era un espíritu pictórico. Al no poder cumplir la orden del rey, el oficial denunció a Zeng ante los tribunales. En aquel tiempo, Cui, habiendo obtenido la fortuna de la venta del caballo, poseía riquezas acumuladas por valor de diez mil, por lo que voluntariamente prestó la suma a Zeng para pagar al oficial y que este se marchara. Zeng se lo agradeció enormemente, sin saber que Cui era el mismísimo vendedor de antaño.
***
La Estafa
Un sirviente de cierto censor imperial se encontraba de pie en el mercado de manera casual, cuando un individuo de atuendo elegante y refinado se le acercó para entablar conversación. Poco a poco le preguntó el apellido de su amo y su rango oficial, a lo que el sirviente respondió informándole de todo. El hombre dijo llamarse Wang y ser un eunuco de la residencia de una princesa noble. La charla se volvió cada vez más cordial y afable, por lo que aquel comentó: "La carrera oficial es peligrosa y traicionera; los hombres prominentes se arriman siempre a las puertas de los parientes imperiales. ¿A qué persona le ha encomendado los asuntos vuestro amo?". El sirviente replicó: "A nadie". Wang dijo: "Esto es lo que llaman escatimar un pequeño gasto y acarrearse una gran desgracia". El sirviente preguntó: "¿A quién convendría encomendárselos?". Wang respondió: "La princesa trata a la gente con cortesía y es capaz de amparar a los demás. Cierto viceministro debe su ascenso directamente a mis escalones. Si vuestro amo no escatima mil monedas de oro como presente de presentación, ver a la princesa no ha de ser tarea difícil". El sirviente se regocijó y le preguntó por su morada. Wang señaló entonces hacia una puerta y dijo: "¿Cómo ibais a no saberlo si compartimos la misma calle?". El sirviente regresó para informarle al censor imperial. El censor, complacido, dispuso de inmediato un opulento banquete y envió al sirviente a invitar a Wang. Wang acudió con presteza. Durante el banquete relató con gran detalle el carácter de la princesa y los pormenores de su vida cotidiana. Además, añadió: "De no ser por la amistad de vivir en la misma calle, ni aunque me ofreciesen cien taels de oro como recompensa me habría dignado a trabajar como bestia de carga". El censor imperial lo estimó aún más en su corazón. Al despedirse, fijaron una cita. Wang dijo: "Preparad únicamente los presentes; yo aprovecharé una rendija para mencionarlo y a más tardar mañana o pasado mañana tendré una respuesta para vos". Pasaron varios días antes de que apareciera montado en un magnífico corcel de gran apostura. Le dijo al censor imperial: "Ya podéis arreglar vuestro equipaje y poneros en marcha con presteza. Los asuntos de la princesa son de extrema pesadez; los visitantes que acuden a presentar sus respetos forman una fila interminable que va desde el alba hasta el anochecer, sin conceder un solo momento de respiro. Ahora que he obtenido un breve resquicio, debéis acudir con urgencia; si os demoráis, no habrá fecha prevista para vuestro encuentro". El censor imperial sacó entonces oro puro y generosos presentes, y partió siguiéndole los pasos. Tras dar innumerables vueltas a lo largo de más de diez *li*, llegaron por fin a la residencia de la princesa. Descendieron de sus monturas para aguardar con respeto. Wang llevó primero los presentes hacia el interior. Tras un largo rato, salió y anunció en voz alta: "La princesa convoca a cierto censor imperial". Al instante, varias personas transmitieron el llamado de viva voz de forma sucesiva. El censor imperial ingresó encorvado con reverencia y vio en el elevado salón a una mujer de singular belleza, con un rostro equiparable al de un inmortal y ataviada con ropajes de brillante esplendor; las damas de compañía vestían todas brocados y sedas, alineadas en perfecta formación. El censor se postró para presentar sus respetos cumpliendo con todos los ritos. Se transmitió la orden de ofrecerle un asiento bajo el alero, y le sirvieron té en cuencos de oro. La soberana le dedicó unas breves y benévolas palabras, tras lo cual el censor se retiró con respetuosa solemnidad. Desde el interior le enviaron de regalo unas botas de raso y un gorro de piel de marta. Al regresar, profundamente agradecido con Wang, llevó su tarjeta de visita a su morada para agradecerle, mas la puerta se encontraba cerrada y no había nadie. Creyendo que aún no había regresado de servir a su señora, acudió tres días seguidos, pero jamás volvió a verlo. Envió a alguien a indagar en la mansión de la noble princesa, mas las altas puertas estaban trancadas y cerradas con candado. Al preguntar a los vecinos, todos coincidieron en declarar: "Aquí jamás ha habido ninguna princesa noble. Lo que hubo antes fue un grupo de personas que alquilaron esta casa para vivir en ella, y se marcharon hace ya tres días". Al regresar para dar cuenta a su amo, al señor y al sirviente no les quedó sino expirar el aliento abatidos.
Un vicesargento apellidado Z., cargado de riquezas, entró en la capital con la intención de asegurarse un sello de mando, pero sufría por carecer de conexiones. Un día, un individuo ataviado con lujosas pieles y montando un corcel de gran valía hizo una visita y le dijo:
—Mi cuñado es un servidor cercano del Hijo del Cielo.
Tras servir el té, pidió hablar en privado y declaró:
—En este momento hay una vacante de general en tal región. Si no es mezquino con una fuerte suma de oro, haré que mi cuñado interceda favorablemente ante el Santo Sobrano. Este cargo puede conseguirse, y ni el más poderoso de los grandes hombres podrá arrebatárselo.
El vicesargento dudó de su veracidad, pero el hombre replicó:
—No hay necesidad de vacilar. Este servidor solo desea extraer una pequeña comisión de mi cuñado, y nada espera de los centavos del General. Fijemos una cantidad exacta y firmemos un pagaré como garantía. Solo tras ser convocado por el trono se exigirá el pago efectivo; si no da resultado, su oro sigue estando allí, ¿quién podría arrancárselo de los brazos?
El vicesargento se alegró enormemente y accedió. Al día siguiente, el individuo regresó para guiar al vicesargento a ver a su cuñado, cuyo apellido era Tian. Su mansión era tan fastuosa y deslumbrante como la de un noble marqués. El vicesargento hizo su reverencia, pero Tian se mostró extremadamente arrogante y apenas le prestó cortesía. El intermediario sacó el pagaré hacia el vicesargento y le dijo:
—Acabo de deliberar con mi cuñado, y en absoluto bajará de diez mil taeles de oro. Por favor, firme al pie de inmediato.
El vicesargento obedeció. Tian comentó:
—Los corazones humanos son impredecibles; me temo que pueda haber arrepentimientos o cambios de opinión después de los hechos.
El intermediario rió y dijo:
—Mi hermano se preocupa en exceso. Pudiendo otorgárselo, ¿cómo no iba a poder quitárselo? Además, hay generales y ministros en la corte que desearían entablar amistad con él y no pueden. El porvenir del General es vasto; seguramente no perderá la razón hasta tal punto.
El vicesargento también hizo un juramento solemne y se marchó. El intermediario lo despidió diciendo:
—En tres días le traeré la respuesta a su misión.
Transcurridos poco más de dos días, cuando el sol apenas comenzaba a inclinarse hacia el oeste, varios hombres irrumpieron a grandes voces exclamando:
—¡Su Majestad lo aguarda sentado!
El vicesargento se sobresaltó grandemente y se apresuró a marchar a la corte. Vio al Hijo del Cielo sentado en el estrado del gran salón, con guardias y oficiales apostados con aire severo. El vicesargento realizó las reverencias de ordenanza. El Emperador ordenó que le ofrecieran un asiento y lo consoló y consoló con suma solicitud. Mirando a su séquito, el Emperador dijo:
—He oído que el valor marcial del vicesargento es extraordinario. Ahora que lo veo, ¡es verdaderamente un talento de general!
Y añadió:
—Tal lugar es una posición estratégica de gran peligro; ahora te confío esta misión. No defraudes Mis intenciones; ¡el título de marqués y su investidura están a solo unos días!
El vicesargento agradeció el favor imperial y salió. Inmediatamente, el hombre de las pieles y el corcel lo siguió hasta su posada, exigió el cumplimiento del pagaré y se marchó. A partir de entonces, el vicesargento durmió tranquilo a pierna suelta mientras aguardaba la cinta de su cargo, jactándose a diario de su gloria ante parientes y amigos.
Pasados unos días, al indagar sobre el asunto, resultó que la vacante mencionada ya había sido otorgada a otra persona. Montó en cólera y armó un gran pleito en el salón principal del Ministerio de Guerra, clamando:
—¡Este humilde recibió la elección imperial, cómo es posible que se la hayan concedido a otro!
El Ministro de Guerra lo encontró extrañísimo. Cuando el vicesargento relató su favor y encuentro con el emperador, todo sonaba a medias como un sueño. Enfurecido, el Ministro ordenó su arresto y lo remitió ante el Tribunal de Apelaciones. Al comenzar a declarar el nombre y apellido del individuo que lo había introducido, resultó que en la corte no existía semejante persona. Habiendo perdido otros diez mil taeles de oro, apenas logró ser destituido de su cargo antes de marchar.
¡Extraño de verdad! Aunque un oficial militar sea un necio torpe, ¿cómo iba a ser posible falsificar las puertas de la corte imperial? Uno sospecha que en todo esto debió mediar alguna técnica de ilusiones, lo que comúnmente se llama «los grandes bandoleros que no empuñan lanzas ni espadas».
El erudito Li, oriundo de Jiaxiang, era experto en el guqin. Al deambular un día por los suburbios del este, vio a unos obreros cavando la tierra que desenterraron un guqin antiguo, y logró adquirirlo por una suma insignificante. Al frotarlo, este emitió un brillo extraño; le colocó las cuerdas y lo tocó, siendo su sonido extraordinariamente puro y resonante. Su alegría fue tal que se sintió como si hubiera obtenido una joya de valor incalculable; lo guardó en una funda de brocado y lo ocultó en una cámara secreta, sin mostrárselo ni siquiera a sus parientes más cercanos. El magistrado asistente Cheng acababa de asumir su cargo y envió una tarjeta de visita para presentar sus respetos a Li. Como Li solía ser poco amigo de las relaciones sociales, le devolvió la visita motivado por el hecho de que el otro se había adelantado en la cortesía. Pasados unos días, Cheng lo invitó nuevamente a beber, y ante su insistencia, Li acudió. Cheng poseía un refinamiento sin igual y una conversación elegante y desenfadada, lo cual agradó a Li. Al día siguiente, le envió una nota de reciprocidad, y la alegría y la camaradería entre ambos se estrecharon aún más. A partir de entonces, no hubo atardecer con luna ni mañana con flores en que no se encontraran.
Transcurrido más de un año, Li vio casualmente en la oficina del magistrado un envoltorio de brocado que contenía un guqin sobre una mesita. Li procedió a examinarlo y tocarlo con curiosidad. Cheng preguntó:
—¿También dominas este arte?
Li respondió:
—Es lo que más amo en la vida.
Cheng exclamó con asombro:
—Siendo amigos íntimos desde hace tanto tiempo, ¿cómo es que no me habías deleitado con este talento supremo?
Hizo avivar el brasero para quemar incienso de sahuco y le rogó que tocara una breve pieza. Li cumplió con respeto. Cheng dijo:
—¡Un gran maestro! Permíteme ofrecer mi humilde habilidad, sin que te burles de este pequeño brujo ante un experto.
Procedió entonces a interpretar la pieza *El viento sobre las olas*, y sus notas eran tan cristalinas que poseían un aire de desapego mundano. Li quedó aún más cautivado y expresó su deseo de servirle como discípulo. A partir de entonces, ambos hombres trabaron amistad a través del guqin, y sus lazos afectivos se volvieron más profundos. Tras poco más de un año, Li había aprendido por completo su técnica. Sin embargo, cada vez que Cheng visitaba a Li, este le ofrecía un guqin común y corriente, sin atreverse a revelar el que tenía oculto.
Una noche, hallándose ligeramente ebrio, el magistrado dijo:
—He practicado una nueva pieza recientemente, ¿no desearías acaso escucharla?
Interpretó entonces *Las concubinas del río Xiang*, cuya melodía evocaba una tristeza profunda como de llanto. Li la alabó calurosamente. El magistrado comentó:
—Lo que lamento es no contar con un buen instrumento; si tuviera un guqin excelente, la tonalidad sería aún más sublime.
Li dijo con alegría:
—Este humilde servidor posee un guqin que difiere bastante de los objetos vulgares. Ahora que he encontrado a mi Ziqi, ¿cómo me atrevería a seguir guardando el secreto?
De inmediato abrió el estuche, cargó la funda y la sacó. Cheng se sacudió el polvo con las mangas de su túnica, se apoyó en la mesa y volvió a tocar; la firmeza y la suavidad respondían a la medida exacta, y su destreza maravillosa rozaba lo divino. Li marcaba el compás sin cesar. El magistrado dijo:
—Mi torpe habilidad desmerece este gran instrumento. Si lograra que mi esposa lo tocara una vez, seguramente habría un par de notas dignas de ser escuchadas.
Li preguntó con sorpresa:
—¿También las damas de vuestra casa dominan este arte?
Cheng sonrió y respondió:
—La pieza que acabo de tocar me fue transmitida precisamente por mi señora.
Li replicó:
—Qué lástima que, al encontrarse en los aposentos interiores, este pequeño erudito no haya podido escucharla.
Cheng dijo:
—Entre nosotros, que somos familias unidas, no debemos imponernos las limitaciones de las apariencias. Mañana, por favor trae el guqin contigo; haré que te lo toque desde detrás de una cortina.
Li se alegró.
Al día siguiente, tomó el guqin y se dirigió allá. Cheng dispuso de inmediato un banquete y bebieron alegremente. Al poco rato, llevó el guqin hacia el interior, y al instante regresó para tomar asiento. Pronto se vio la vaga silueta de una mujer elegantemente maquillada tras la cortina, y al poco rato, una fragancia flotó hacia el exterior. Poco después, las cuerdas comenzaron a sonar tenuemente; al escucharlas, se ignoraba de qué pieza se trataba, pero se sentía un embelesamiento en el corazón y un encanto en los huesos que hacían que el alma se desvaneciera volando. Al terminar la melodía, se asomó a mirar desde el borde de la cortina, resultando ser una belleza sin igual entre veinteañeras. El magistrado lo instó a beber llenando una gran copa, y en el interior se cambiaron las cuerdas para tocar *La oda a los sentimientos ociosos*, lo que dejó la mente y el espíritu de Li aún más obnubilados. Bebió en exceso y se embriagó; se levantó de la mesa para despedirse y exigió su guqin. Cheng le dijo:
—Tras haber bebido, es de temer que sufras un tropiezo. Ven de nuevo mañana, y haré que la mujer de mis aposentos despliegue todo su talento.
Li regresó a su hogar.
Al día siguiente, cuando fue a visitarlo, la residencia oficial estaba desierta; solo un viejo sirviente abrió la puerta. Al preguntarle, este le dijo:
—A la quinta guardia se llevó a su familia y se marchó. No sé qué asuntos tenga, pero dijo que su viaje de ida y vuelta le tomaría unos tres días.
Acudió a esperarlo en la fecha acordada, pero al caer la tarde no había la menor noticia. Los oficiales y subordinados, todos sospechosos, informaron al magistrado superior para romper las trancas y echar un vistazo a su habitación; la estancia estaba completamente vacía, y solo quedaban las mesas y las camas. El caso fue elevado a las altas instancias, sin que nadie pudiera adivinar el motivo.
Li, habiendo perdido su guqin, perdió el apetito y el sueño, y no dudó en recorrer miles de li para buscarlo en su lugar de origen. Resultaba que Cheng era nativo de Chu y, tres años atrás, había donado dinero para obtener un cargo oficial en Jiaxiang. Al tomar su nombre y apellido para indagar por su residencia y vecindario, no existía tal persona en todo Chu. Alguien comentó:
—Hay un taoísta apellidado Cheng que es hábil tocando el guqin; también se rumorea que posee el arte de convertir el hierro en oro. Hace tres años, se fue de repente y no se le volvió a ver.
Sospecharon que se trataba de la misma persona. Al examinar con detalle su edad y su rostro, coincidían sin error. Fue entonces cuando comprendieron que la compra de cargos públicos por parte de los taoístas se debía siempre al guqin. Durante más de un año de íntima amistad, jamás mencionó la disciplina de los tonos musicales; poco a poco sacó a relucir un guqin, luego mostró su talento, y finalmente lo embelesó con bellezas. Tras tres años de paciente asedio, obtuvo el guqin y se marchó. La obsesión de aquel taoísta superaba con creces la del erudito Li. Las tretas de los estafadores en el mundo adoptan múltiples formas, pero alguien como el taoísta bien puede considerarse un estafador con refinamiento.
***
### Soltando mariposas
Cuando el doctor Wang, oriundo de Changshan, ejercía como magistrado, cada vez que juzgaba un pleito, imponía como castigo —según la gravedad de la ley— la obligación de donar mariposas para redimir la falta. Cientos y miles de ellas eran liberadas juntas en el estrado, revoloteando como brocado deshecho por el viento, ante lo cual Wang se palmoteaba las rodillas y estallaba en risas.
Una noche, soñó con una mujer de vestimentas magníficas que entró con aplomo y le dijo:
—A causa de tus tiranías, muchas de mis hermanas han perecido. Haré que sufras primero un leve castigo debido a la galantería.
Dichas palabras, se transformó en mariposa y se alejó dando vueltas por el aire.
Al día siguiente, mientras bebía solo en su despacho, le informaron de repente que el inspector imperial había llegado. Salió a toda prisa con la prisa propia de la realeza, y como en los aposentos se había adornado el cabello con una flor blanca a modo de juego, olvidó quitársela. Al verla el inspector, lo consideró una falta de respeto, por lo que lo reprendió duramente antes de retirarse. A partir de entonces, la orden de castigar con mariposas quedó abolida.
Yu Chongyin de Qingcheng era de naturaleza extravagante y desenfrenada. Cuando servía como oficial de justicia, durante la noche de los Faroles, ató petardos y fuegos artificiales por todo el cuerpo de un asno, cubriéndolo de la cabeza a la cola, y lo condujo hasta las puertas de la residencia del Prefecto. Golpeando su tablilla de vigilancia, hizo una reverencia y anunció: —Este humilde servidor presenta un asno de fuego; ruego que tenga a bien echarle un vistazo.
En ese momento, el amado hijo del Prefecto padecía viruela y su estado de ánimo era sumamente sombrío, por lo que declinó la oferta. Yu insistió con firmeza. El Prefecto, sin otro recurso, ordenó al portero que abriera las cerraduras. Apenas las puertas se abrieron, Yu accionó el mecanismo de fuego y empujó al asno hacia adentro. Con el estallido de las detonaciones, el animal, aterrorizado, coceó y galopó frenéticamente; los proyectiles ígneos salieron disparados contra la gente, y nadie se atrevía a acercarse. El asno atravesó el patio y penetró en las habitaciones, rompiendo vasijas y destruyendo marmitas; el fuego redujo todo a cenizas, y las gasas de las ventanas quedaron quemadas por completo. Los criados armaron un gran alboroto. El niño enfermo, aterrorizado, sufrió un hundimiento de las pústulas y falleció al cabo de la noche. El Prefecto, consumido por el dolor y el rencor, se disponía a redactar un memorial para acusarlo formalmente. Yu suplicó la intervención de los diversos magistrados e inspectores, presentándose en la sala con una vara espinosa a cuestas para confesar su culpa; solo así logró ser eximido.
Un varón da a luz
Yang Fu, Comandante General de Fujian, tenía un paje afeminado cuyo vientre comenzó a agitarse con temblores. Al cumplirse los diez meses, soñó que un ser divino le abría ambos costados y se los extraía. Al despertar, dos varones gemelos lloraban a su izquierda y a su derecha. Al levantarse y examinarse bajo las costillas, las cicatrices de la incisión eran perfectamente visibles. Los niños fueron nombrados Tianshe y Dingshe, respectivamente.
El Historiador de lo Extraño comenta:
«Examinando este asunto, sucedió antes de la rebelión del Principado de Wu. Una vez que Wu se rebeló, el Gobernador de Fujian, el honorable Cai, sospechó que Yang abrigaba intenciones de confabularse y temiendo que provocara una asonada, lo convocó bajo otro pretexto. La esposa de Yang, de innata sabiduría y valor, sospechó de la maniobra e intentó disuadir a Yang de partir. Yang no la escuchó. Su esposa lo despidió entre lágrimas. Al regresar, ella convocó a todos los generales, vistió armadura y empuñó las armas, dispuesta a aguardar noticias. Poco después, al enterarse de que su esposo había sido ejecutado, lanzó un contraataque contra Cai. Cai, presa del pánico, no supo qué hacer. Afortunadamente, los soldados de la guarnición resistieron con firmeza, y al no poder tomar el lugar, ella se retiró. Una vez que se hubo alejado considerablemente, Cai emergió ataviado con su uniforme militar y, al frente de las tropas, dio grandes alaridos. La gente lo convirtió en motivo de burlas. Años más tarde, los bandidos acabaron rindiéndose. Poco después, Cai murió de forma repentina. Al expirar, vio a Yang irrumpir con un arma en la mano, y los presentes a su lado también lograron ver el fantasma. ¡Ay! Aunque su espíritu guardaba una fiereza varonil, ¡su cabeza ya no pudo ser restituida a su lugar! ¿Acaso el prodigio del varón dando a luz era un presagio de todo esto?»
El erudito Zhong
Zhong Qingyu era un erudito famoso de Liaodong que se presentó a los exámenes provinciales en Jinan. Al enterarse de que en la residencia del príncipe había un daoísta capaz de predecir las dichas y desdichas de las personas, su corazón se sintió atraído hacia él. Tras la segunda prueba, al llegar a la Fuente Baotu, coincidió casualmente con él. Tenía más de sesenta años, con una barba que le pasaba del pecho, tratándose de un venerable daoísta. Una multitud tan densa como un muro se congregaba para preguntar sobre calamidades y augurios, y el daoísta respondía a todos con palabras sutiles. Al ver al erudito entre la multitud, le tomó la mano con alegría y dijo: «¡La disposición de tu corazón y tu virtud son dignas de respeto!». Lo invitó a subir a un pabellón y, apartando a los presentes, le preguntó: «¿No deseas acaso conocer tu futuro?».
—Así es —respondió él.
El daoísta dijo: «Tu destino de fortuna es sumamente escaso, pero el examen provincial de este periodo se puede aguardar. No obstante, tras tu regreso glorioso, temo que ya no vuelvas a ver a tu respetable madre».
El erudito era sumamente filial; al oír esto, las lágrimas cayeron y de inmediato quiso regresar sin rendir examen. El daoísta le dijo: «Si dejas pasar esto y sigues adelante, ni una sola lista de aprobados podrás obtener».
El erudito replicó: «Si mi madre muere y no la veo, además de no poder volver a ser un ser humano, ¿de qué me serviría ser rico y ocupar el rango de ministro?».
El daoísta dijo: «Esta antigua vida mía tiene afinidad contigo, por lo que hoy debo esforzar al máximo mis fuerzas». Entonces le entregó una píldora y le dijo: «Puedes enviar a alguien que viaje de día y de noche; si se la toma, podrá prolongar su vida siete días. Marcha una vez concluidas las pruebas, y madre e hijo todavía alcanzarán a verse».
El erudito la guardó y salió a toda prisa, con el espíritu y la mente perturbados. Considerando que el duelo eterno tenía un plazo fijado, y que regresar un día antes le granjearía un día más de atenciones filiales, llevó a un sirviente, alquiló un burro y partió de inmediato hacia el este. Tras avanzar poco más de una li, el burro de repente dio media vuelta y huyó al galope; al desmontarlo no se dejaba domar, y al tironear de las bridas cojeaba. El erudito no hallaba qué hacer, sudando de desesperación como la lluvia. Su sirviente le aconsejó detenerse, pero el erudito no escuchó. Alquiló otro burro, y le ocurrió lo mismo. Cuando el sol ya mordía las montañas, no sabía qué remedio tomar. El sirviente volvió a aconsejarle: «Mañana mismo concluyen las pruebas, ¿por qué disputar este momento del alba y el atardecer? Le ruego que primero atienda el examen y luego marche; en verdad es un plan excelente».
Sin más remedio, accedió. Al día siguiente concluyó los asuntos a la carrera, partió al instante sin concederse un respiro y voló de regreso como una estrella fugaz. Al llegar, halló a su madre gravemente enferma y moribunda; le administró la píldora medicinal, y poco a poco sanó por completo. Al entrar a verla, se postró junto al lecho llorando a lágrima viva. Su madre movió la cabeza para detenerlo, le tomó la mano y dijo con alegría: «Recientemente soñué con el inframundo y vi que el rostro del Rey era apacible y sereno. Dijo que, al examinar tu vida entera, no habías cometido grandes culpas; y que ahora, considerando la extrema piedad filial de tu hijo, se te conceden doce años más de vida».
El erudito también se alegró. A los pocos días, ella estaba en efecto tan sana y robusta como antes. Al poco tiempo, al enterarse de que había aprobado los exámenes, se despidió de su madre para regresar a Jinan. Sobornó a un eunuco para que le hiciera llegar sus respetos al daoísta. El daoísta salió con alegría, y el erudito se postró de inmediato para saludarlo.
El daoísta dijo: «Ya que has triunfado en los altos exámenes y a la honorable señora se le han sumado años de vida, todo esto es fruto de tu inmensa virtud. ¡Qué mérito puede tener este pobre daoísta!».
El erudito, asombrado una vez más por su presciencia, le suplicó que le revelara su destino de por vida.
El daoísta declaró: «No obtendrás una gran nobleza, pero con alcanzar una vejez avanzada bastará. En tu vida anterior fuiste monje conmigo; arrojaste una piedra a un perro y mataste por error a una rana, la cual ahora ha reencarnado como burro. Según el número predeterminado del pasado, debías sufrir una muerte violenta; pero ahora tu virtud filial ha conmovido a los dioses, y ya ha ingresado en tu destino una estrella de clemencia, por lo que sin duda estarás a salvo. No obstante, en su vida pasada tu señora esposa no fue casta, y su número indicaba una viudedad temprana. Ahora que tú has prolongado tu vida mediante la virtud, al no ser ella la pareja destinada, temo que tras el paso de los años el pabellón de jade se derrumbe».
El erudito sintió una profunda aflicción durante un largo rato y preguntó dónde se encontraba su esposa posterior.
El daoísta respondió: «En las tierras centrales; ahora tiene catorce años».
Al despedirse, le advirtió: «Si alguna vez encuentras una situación de extrema urgencia, debes huir hacia el sureste».
Más de un año después, su esposa enfermó y en efecto falleció. Como el tío materno del erudito tenía un cargo en Xijiang, su madre lo envió a visitarlo para que, de paso por las tierras centrales, se cumpliera la profecía sobre su futura esposa.
Casualmente llegó a una aldea donde se celebraban obras de teatro a la orilla del río, con una concurrencia muy mezclada de hombres y mujeres. Justo cuando se disponía a acomodar las riendas para pasar de largo, una mula desbocada lo siguió y terminó pisoteando el suelo con fuerza. El erudito giró la cabeza y golpeó las orejas de la bestia con su fusta; la mula se asustó y echó a correr a toda velocidad. En ese momento, un príncipe heredero de la familia Wang, de apenas seis o siete años, iba en brazos de su nodriza sentado sobre el dique; la mula pasó arrollando, y la escolta no alcanzó a prevenirlo, arrojándolos a ambos al río.
Se desató un gran alboroto entre la multitud, que quiso capturarlo. El erudito espoleó a su mula y huyó a galope tendido. De repente recordó las palabras del daoísta y cabalgó con todas sus fuerzas hacia el sureste. Tras recorrer unas veinte li, entró en una aldea montañosa y vio a un anciano a la puerta, por lo que desmontó y le hizo una reverencia. El anciano lo invitó a pasar, dijo llamarse de apellido Fang y le preguntó de dónde venía. El erudito se postró en el suelo y le contó con todo detalle lo sucedido.
El anciano dijo: «No importa. Quédate alojado aquí mismo, haré que los patrulleros se retiren».
Al atardecer llegaron noticias, y al enterarse de que se trataba del príncipe heredero, el anciano exclamó aterrorizado: «¡En otros asuntos uno podría prestar ayuda, pero en este ni el mayor de los afectos podrá socorrerte!».
El erudito no dejaba de lamentarse con amargura. El anciano meditó y dijo: «No hay nada que hacer. Pasa esta noche y aguarda a ver cómo se desarrollan los acontecimientos, por si acaso se pudiera tramar algo más tarde».
El erudito, angustiado y aterrorizado, no apoyó la cabeza en la almohada en toda la noche. Al día siguiente, al indagar, supo que ya se habían emitido órdenes de captura y que quienes dieran refugio serían ejecutados en la plaza pública. El anciano mostró un semblante apesadumbrado y entró sin decir palabra. El erudito, lleno de sospechas y temores, no hallaba consuelo.
A la medianoche, el anciano vino a su encuentro, se sentó y le preguntó directamente: «¿Qué edad tiene la señora?».
El erudito respondió que era viudo.
El anciano dijo con alegría: «¡Mi plan está resuelto!». Ante su pregunta de qué se trataba, respondió: «Mi cuñado, ferviente devoto del Dao, ha colgado su cayado en las montañas del sur, y mi hermana ya falleció. Dejó una huérfana que ha sido criada por mis sirvientes, y resulta ser bastante inteligente. ¿Qué te parecería si te la entrego para que sirva en tu hogar?».
」 El estudiante se alegró de las palabras del taoísta, y al mismo tiempo, al albergar la esperanza de que sus parientes estuvieran cerca y pudieran urdir un plan con él, dijo:
—Este pequeño erudito se siente en verdad afortunado. Pero al ser un criminal buscado de tierras lejanas, me aterroriza enormemente acarrear desgracias sobre su respetable suegro.
El anciano replicó:
—Esto ya lo he meditado por ti. Las artes taoístas de mi cuñado son de lo más prodigiosas, mas hace mucho que no se inmiscuye en asuntos humanos. Tras las nupcias, consúltalo directamente con mi sobrina; seguro habrán de hallar un ardid.
El estudiante, desbordado de alegría, se instaló en su casa como yerno residente. La doncella tenía dieciséis años, de una belleza sin par. El estudiante, cada vez que la contemplaba, suspiraba apesadumbrado. La doncella dijo:
—Aunque esta concubina sea de humilde parecer, ¿cómo es que de inmediato me muestra desprecio y repugnancia?
El estudiante se disculpó diciendo:
—Mi señora es un inmortales, y ser su pareja es mi mayor fortuna. Mas al cargar con esta calamidad, temo que nuestros caminos se desvíen.
Y procedió a contarle la verdad. La doncella, indignada, exclamó:
—¡Mi tío es un desalmado! Tratándose de una catástrofe de proporciones celestiales, incapaz de ser resuelta mediante planes, ¡en vez de hablar con franqueza, me ha precipitado en este abismo!
El estudiante cayó de hrodillas e imploró:
—Fue este pequeño erudito quien suplicó a su tío con ruego de muerte; su tío, movido por la compasión pero falto de recursos en sus artes, sabía bien que tú eres capaz de resucitar a los muertos y devolver la carne a los huesos. Este servidor ciertamente no es digno de ser un buen partido, mas por fortuna el linaje familiar aún no ha sufrido ignominia. Si llego a renacer, no faltarán días para rendirte culto con incienso y ofrendas florales.
La doncella suspiró:
—Ya que las cosas han llegado a este extremo, ¿qué más objeciones podría poner mi esposo? Sin embargo, mi padre se rapó la cabeza en el monasterio budista y los afectos filiales ya se han extinguido por completo. No habiendo otra opción, iremos juntos a suplicarle, aunque temo que habremos de cosechar no pocas humillaciones.
Aquella misma noche no pudo conciliar el sueño; con fieltro grueso confeccionó rodilleras dobles que ocultó bajo sus ropas, y luego mandó a llamar una litera de mano para adentrarse en las montañas del Sur por espacio de diez y tantos *li*. Los senderos montañosos, tortuosos y sumamente escarpados, ya no permitían avanzar en litera. Al descender, a la doncella le costaba un suplicio dar cada paso; el estudiante la asía del brazo para sostenerla y tirar de ella, avanzando con fatiga hasta lograr la ascensión. Al poco divisaron la puerta de la montaña y se sentaron juntos a descansar un instante. La doncella exhalaba jadeos y sudaba en abundancia, al punto que el albayalde y los polvos de su rostro corrían mezclados. Al verla, el estudiante, con el corazón desgarrado por el dolor, exclamó:
—¡Por culpa de este servidor, he hecho que sufras semejante calvario!
La doncella, con expresión sombría, replicó:
—¡Me temo que esto aún no sea el verdadero sufrimiento!
Tras recobrarse un poco del agotamiento, ambos entraron al templo budista, hicieron reverencias ante Buda y prosiguieron. Internándose por sinuosos pasillos hasta la sala de meditación, vieron a un anciano monje sentado en postura de loto con los ojos como cerrados, custodiado por un joven acólito que sostenía un plumero ceremonial. El interior de la celda abatial estaba impecablemente limpio y barrido; ante el asiento se extendía una alfombra de arena y grava, tan densa como las estrellas en el firmamento. La doncella no se atrevió a escoger y se arrodilló directamente sobre ella; el estudiante la siguió e hizo lo mismo a sus espaldas. El monje abrió los ojos, les echó una sola mirada y volvió a cerrarlos. La doncella expresó su respetuoso saludo:
—Hace mucho que no le rendía mis respetos; ahora que esta muchacha ya se ha casado, he venido en compañía de mi esposo.
Pasado un buen rato, el monje abrió los párpados y dijo:
—¡Esta muchacha es una pesada carga para los demás! —Tras esto, no volvió a pronunciar palabra.
El matrimonio permaneció arrodillado largo tiempo; sus fuerzas estaban totalmente extenuadas, al punto que las piedras y la arena parecían incrustarse hasta los huesos, causándoles un dolor insoportable. Transcurrido otro buen rato, el monje preguntó:
—¿Trajeron ya la mula?
La doncella respondió:
—Aún no.
Él replicó:
—Dado que esposo y esposa están por partir, tráiganla de inmediato.
Ambos hicieron reverencias y se levantaron, retirándose en un estado de total desamparo.
Una vez de regreso, cumplieron con la orden sin comprender su sentido, limitándose a aguardar con suma sumisión. Pasados unos días, corrió la voz de que el criminal había sido capturado y ejecutado. Los esposos celebraron juntos la noticia. Poco después, desde la montaña enviaron a un acólito que entregó un bastón roto al estudiante, diciéndole:
—Quien ocupó su lugar en la muerte ha sido este.
Y le encargó sepultarlo y ofrecerle sacrificios para apaciguar el rencor de los bambúes y maderos. El estudiante lo examinó y vio que en el punto de la fractura había rastros de sangre. Pronunció oraciones y procedió a darle sepultura.
Sin atreverse a prolongar su estancia, el matrimonio partió en plena noche de regreso a Liaoyang.
***
La esposa fantasma
En Taian, Nie Pengyun y su esposa mantenían una armonía tan perfecta como la de los peces en el agua. Al enfermar y fallecer la consorte, Nie se sentaba y se acostaba sumido en el dolor y la añoranza, sintiéndose extraviado y ausente. Una noche, estando a solas, la esposa abrió de repente la puerta y entró. Nie, estupefacto, preguntó:
—¿De dónde vienes?
Ella replicó con una sonrisa:
—Esta concubina ya es un fantasma. Conmovida por tus lamentos y por tus ruegos ante los señores del inframundo, he venido a tener una cita furtiva contigo.
Nie, lleno de dicha, la condujo al lecho y se acostó con ella, sin que hubiera la menor diferencia con los días habituales. A partir de entonces, encontrándose tan fugazmente como las estrellas y la luna, transcurrió más de un año. Nie tampoco volvió a mencionar la idea de contraer nupcias.
Sus tíos y hermanos, temiendo que la línea de sucesión principal quedara truncada, lo persuadieron en secreto para que tomara una nueva esposa; Nie accedió y se comprometió con una doncella de buena familia. No obstante, temiendo que su difunta esposa se displeasure, lo mantuvo en estricto secreto.
Al poco tiempo, estando la fecha propicia sumamente próxima, el espíritu supo de la situación y lo reprendió con dureza:
—Tomando en cuenta tu afecto, me arriesgué a soportar las condenas de los infiernos; ¡y ahora faltas a nuestro solemne juramento! ¿Es acaso así como se comporta alguien que entrega su corazón?
Nie le expuso las exigencias de sus parientes de clan. La esposa fantasma, inconforme hasta el final, se despidió con frialdad y partió. Aunque Nie sintió lástima por ella, su propósito también había quedado cumplido.
Llegada la noche de bodas, mientras los esposos yacían juntos en el lecho, el fantasma apareció de impreciso modo, se abalanzó sobre la cama para golpear a la nueva novia y la increpó a gritos:
—¡Cómo te atreves a usurpar mi lecho!
La novia se incorporó e intentó hacerle frente. Nie, aterrorizado, se acurrucó pálido y tembloroso, sin atreverse a favorecer a ninguna de las dos partes. Al poco, cantó el gallo y el fantasma se marchó.
La novia, sospechando que la primera esposa de Nie en realidad no había muerto y que la habían engañado, amenazó con ahorcarse. Solo cuando Nie le narró detalladamente lo sucedido, la recién casada comprendió que se trataba de un espíritu.
A la caída de la tarde, el fantasma volvió a presentarse. La novia, presa del pánico, se apartaba para evitarla. El espíritu tampoco se acostaba con Nie, sino que se limitaba a pellizcar la carne de su piel; al poco, de cara a la luz de la vela, lo miraba con ojos furiosos y se quedaba en absoluto silencio. Así pasó varias noches.
Nie se sentía profundamente angustiado por ello. Cierto experto en artes ocultas de una aldea vecina talló estacas de melocotonero y las clavó en las cuatro esquinas de la tumba, tras lo cual cesaron por completo aquellas apariciones extrañas.
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El general Huang
Cuando Huang Jingnan (Dagong) era de baja extracción, se dirigía a la capital en compañía de dos *xiucai*, cuando en el camino tropezaron con bandidos. Los *xiucai*, aterrorizados, cayeron de hinojos y ofrecieron sus caudales. Huang, encolerizado al extremo y sin tener ni una pulgada de hierro en las manos, asió de inmediato las patas de una mula por ambos lados y la levantó para arrojarla. Los bandidos, pillados por sorpresa, cayeron con la bestia derribada. Con un solo puñetazo, Huang rompió el brazo de uno, registró los fardos y devolvió las pertenencias a los *xiucai*. Estos, admirados por su valor, le financiaron y aconsejaron que se enrolara en el ejército. Más tarde, tras acumular hazañas extraordinarias, llegó a lucir el cinto de pitón y el jade imperial.
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LOS VETERANOS DE TRES DINASTÍAS
Un consejero de Estado (*Zhongtang*) era un antiguo ministro de la extinguida dinastía Ming. Habiendo capitulado antaño ante los bandidos errantes, la opinión pública le vituperaba por ello. Retirado en sus lares, al concluirse las obras de su sala principal, varias personas pernoctaron en su interior como guardias. Al alba, vieron colgado en lo alto de la sala un letrero que rezaba: «Veterano de tres dinastías». Y un pareado que decía:
«Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete;
filial, fraternal, leal, honesto, cortés, justo e íntegro.»
Nadie sabía cuándo había sido colgado, ni lograban descifrar su significado. Alguien lo adivinó diciendo: «El primer verso oculta "tortuga olvidada", y el segundo, "desvergonzado".» El經略 (*Jinglue*) Hong realizaba su campaña meridional y regresaba victorioso. Al llegar a Jinling, celebró un sacrificio ritual para honrar a los oficiales y soldados caídos en combate. Se le presentó un antiguo discípulo, quien tras hacer reverencia, le entregó de inmediato unos escritos literarios. Hong, hastiado desde tiempo atrás de los asuntos de las letras, se excusó aduciendo vista cansada, mas el sujeto replicó: «Solo os ruego que os sentéis a escuchar, permitid que este humilde servidor los recite para que lleguen a vuestros oídos.» Sacó entonces el texto de su manga y, con voz altisonante, procedió a leer en alta voz: era ni más ni menos que el ensayo sacrificial compuesto de su propio puño y letra por el difunto emperador Sizong de los Ming para honrar a los caídos en Liaoyang. Concluida la lectura, rompió en amargo llanto y se marchó.
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EL ARTE MÉDICO
Cierto individuo de apellido Zhang era un hombre pobre de Yi. En el camino encontró a un daoísta versado en la fisonomía y el viento, quien le prognosticó: «Con vuestras artes habréis de enriqueceros.» Zhang preguntó: «¿A qué ocupación debo consagrarme?» El daoísta lo miró de nuevo y dijo: «La medicina servirá.» Zhang replicó: «Apenas conozco los caracteres rudimentarios, ¿cómo podría lograr tal cosa?» El daoísta sonrió y dijo: «¡Qué corto de miras sois! ¿Acaso los grandes médicos necesitan conocer muchos caracteres? ¡Basta con que lo practiquéis!» De regreso a su hogar, viéndose pobre y sin oficio, comenzó a recoger remedios populares de recetarios marítimos y despejó un terreno en medio del mercado para montar su tienda; dispuso allí agallas de pescado y panales de avispas, ganándose el sustento de la boca a fuerza de palabras, sin que la gente viera en él nada singular.
Ocurrió por entonces que el prefecto de Qingzhou enfermó de tos, por lo que emitió órdenes a sus subordinados para que reclutasen médicos. Al ser Yi un distrito montañoso y apartado, contaba con escasos galenos; y el magistrado, temeroso de no poder cumplir con su responsabilidad, exigió a su vez que la aldea misma designara a alguien. Así, todos propusieron a Zhang. El magistrado ordenó que lo convocaran de inmediato. Zhang, que en ese preciso instante sufría de asma con flemas y era incapaz de curarse a sí mismo, sintió un terror profundo al oír el mandato y se negó rotundamente. El magistrado no le escuchó y terminó por enviarlo custodiado por posta.
Al atravesar una zona de montañas profundas, acosado por una sed extrema, su tos recrudeció. Entró en una aldea en busca de agua, pero allí el precio del líquido equivalía al del néctar de jade; por más que lo suplicó, nadie quiso darle nada. Vio entonces a una mujer lavando verduras silvestres; las hierbas abundaban y el agua escaseaba, por lo que el líquido en la tinaja era denso y turbio como la saliva. Zhang, dominado por una urgencia febril y desesperada, le rogó que le diera a beber el agua sobrante. Al poco rato, la sed se calmó y la tos cesó de golpe. Pensó en su fuero interno: «Sin duda es una receta excelente.»
Cuando llegó a la prefectura, los médicos de los diversos distritos ya habían aplicado sus tratamientos con anterioridad, sin que el enfermo mostrara mejoría ni alivio. Zhang entró, pidió una habitación privada y elaboró fingidamente una lista de medicamentos que hizo circular dentro y fuera de la residencia; luego envió a gente a buscar verduras de legamo entre el pueblo, las seleccionó y limpió conforme al método, y administró el jugo resultante al prefecto. Con una sola dosis, la enfermedad sanó por completo. El prefecto, encantado, le otorgó generosas recompensas y lo condecoró con una placa dorada. A partir de entonces, su fama resonó con fuerza, su puerta parecía un mercado y toda dolencia que trataba encontraba alivio infalible.
Cierto enfermo de fiebres tifoideas acudió a pedirle un remedio describiendo sus síntomas. Zhang, que se encontraba ebrio, le recetó por equivocación una medicina para el paludismo. Al despertar recapacitó, pero no se atrevió a revelárselo a nadie. Tres días después, se presentaron ante su puerta con gran pompa para expresarle su agradecimiento; al inquirir el motivo, resultó que el enfermo de fiebres tifoideas había sufrido grandes vómitos y deposiciones, quedando sanado. Casos semejantes se sucedieron en gran número. Gracias a ello, Zhang amasó una fortuna equiparable a la de las grandes familias, acrecentando aún más su prestigio y altivez; quienes lo contrataban debían ofrecerle cuantiosas riquezas y una litera cómoda, o de lo contrario no lograban que se presentara.
El anciano Han, de Yidu, era un médico renombrado. En sus años mozos, antes de alcanzar fama, vendía medicinas por todas partes. Al sorprenderle la noche sin lugar donde alojarse, pidió hospedaje en una casa cuyo hijo padecía fiebres tifoideas al borde de la muerte, por lo que le suplicaron que lo tratara. Han pensó que si no lo curaba y se marchaba, ningún otro refugio hallaría, pero curarlo era tarea para la que carecía de arte. Caminó de un lado a otro meditabundo, frotando su propio cuerpo con las manos hasta acumular mugre en jirones, que moldeó en forma de píldoras. De pronto pensó que, con engañarlos de tal guisa, al menos no causaría daño alguno. Si al amanecer el enfermo no sanaba, ya se habría ganado al menos una noche de sueño y comida saciada. Así pues, se las entregó.
A mitad de la noche, el dueño de casa golpeó la puerta con extrema urgencia. Temiendo que el hijo hubiera muerto y temeroso de sufrir agresiones e insultos, Han se levantó espantado, saltó el muro y huyó a la carrera. El dueño lo persiguió durante varias leguas, y al ver que no tenía dónde escapar, Han se detuvo al fin. Fue entonces cuando supo que el enfermo había sudado y sanado. Lo condujeron de regreso, lo obsequiaron con un banquete espléndido y, al partir, le colmaron de generosos presentes.
***
ESCONDIENDO UN PIOJO
Un aldeano se sentó cierta vez bajo un árbol, atrapó un piojo, lo envolvió en un trozo de papel, lo metió en un agujero del tronco y prosiguió su camino. Dos o tres años más tarde, al pasar de nuevo por el lugar, lo recordó de repente y miró el agujero: el envoltorio de papel seguía intacto. Lo desató para comprobarlo y halló que el piojo se había vuelto tan delgado como la cascarilla de salvado. Lo depositó en la palma de su mano para examinarlo con atención. Al poco rato, sintió un picor extraordinario en la mano y el vientre del piojo comenzó a hincharse. Lo dejó y regresó a su hogar. En el sitio del picor brotó un chichón; tras inflamarse durante varios días, el hombre murió.
***
EL LOBO SUEÑA
El viejo Bai era natural de Zhili. Su hijo mayor, Jia, había obtenido un puesto oficial en las regiones del Sur mediante exámenes, y durante tres años no se tuvieron noticias de él. Sucedió que un hombre de apellido Ding, con el que le unía un lejano parentesco, vino a visitarlo, y el viejo Bai lo trató con gran hospitalidad. Ding era un emisario de los Tres Reinos que caminaba sin cesar entre el mundo de los vivos y el inframundo. Durante la charla, el anciano le preguntó a menudo por los asuntos del más allá, pero las respuestas de Ding sonaban ilusorias; el viejo Bai no creía del todo en ellas y se limitaba a esbozar una leve sonrisa de escepticismo.
Unos días después de la partida de Ding, estando el viejo Bai recostado, vio que este regresaba y lo invitaba a dar un paseo juntos. Él lo siguió y llegaron ante las puertas de una ciudad. Al cabo de un rato, Ding señaló un portal y dijo:
—Aquí vive el sobrino de su merced.
En aquel tiempo, el viejo Bai tenía un hijo de su hermana que servía como magistrado en el distrito de Jin. Sorprendido, exclamó:
—¿Cómo iba a estar él aquí?
—Si no lo cree —respondió Ding—, entre y lo sabrá enseguida.
El viejo Bai entró y, efectivamente, vio a su sobrino sentado en la sala principal, luciendo una toga de gobernante y una corona con emblemas de censor. Había filas de alabardas y estandartes, sin nadie que anunciara su visita. Ding lo sacó tirando de él y le preguntó:
—La yamen del joven señor Gongzi no está lejos de aquí. ¿Desea también ir a verlo?
El viejo Bai asintió.
Al poco rato, llegaron a una mansión. Ding dijo:
—Entremos.
Al asomarse por la puerta, vio a un lobo gigantesco que bloqueaba el camino, por lo que, presa de un gran pánico, no se atrevió a avanzar. Ding insistió:
—Entre.
Traspusieron otra puerta y vieron que, tanto en la sala principal como en el suelo, todos los que estaban sentados o tumbados eran lobos. Miró entonces hacia el patio y los huesos blancos se acumulaban como montañas, acrecentando su terror. Ding lo protegió entonces con su cuerpo y avanzó a su lado.
El joven señor Jia salió en ese momento del interior y se alegró enormemente al ver a su padre y a Ding. Se sentaron un momento y llamó a los sirvientes para que prepararan viandas y verduras. De repente, un lobo gigantesco trajo en sus fauces a un hombre muerto. El viejo Bai, temblando de miedo, se levantó de un salto y preguntó:
—¿Qué significa esto?
Jia respondió:
—Sirve simplemente para abastecer la cocina.
El viejo Bai lo detuvo con urgencia. Con el corazón agitado e intranquilo, se despidió con la intención de marchar, pero una jauría de lobos bloqueaba el camino. Mientras se encontraba indeciso sobre qué paso tomar, vio de repente que los lobos aullaban y huían en desorden; algunos se metían debajo de las camas y otros se agazpaban al pie de las mesas. Desconcertado, no lograba comprender el motivo.
En ese instante, dos fieros guerreros con armadura dorada irrumpieron con los ojos desorbitados y sacaron una soga negra para atar a Jia. Este cayó al suelo y se transformó en un tigre de colmillos afilados y prominentes. Uno de los hombres sacó una espada afilada con la intención de decapitarlo, pero el otro le detuvo:
—No lo hagas todavía, no lo hagas todavía. Este es un asunto para el mes de abril del próximo año; más vale que le rompamos los dientes de antemano.
Sacaron entonces un gran mazo y le golpearon los dientes hasta que estos se desprendieron y cayeron al suelo. El tigre rugió con fuerza, haciendo retumbar las montañas y los valles. El viejo Bai, aterrorizado, despertó de repente y comprendió que todo había sido un sueño.
Sintiéndose profundamente extrañado por aquello, envió a buscar a Ding, pero este se excusó y no acudió. El viejo Bai consignó su sueño por escrito y mandó a su segundo hijo a visitar a Jia con una carta de advertencia cargada de dolor y Sinceridad.
Cuando este llegó, vio que su hermano había perdido todos los dientes delanteros. Alarmado, le preguntó por la causa, y este le respondió que se le habían roto al caer de un caballo mientras estaba borracho. Al calcular la fecha, vio que correspondía exactamente al día en que su padre había tenido el sueño, lo que aumentó aún más su espanto. Sacó entonces la carta de su padre. Jia la leyó con el rostro desencajado, pero disimuló diciendo:
—Esto no es más que una simple coincidencia con un sueño ilusorio, ¿qué tiene de extraño?
Por entonces, andaba ocupado sobornando a los funcionarios influyentes para obtener una recomendación de primer orden, por lo que no prestó atención a aquel presagio monstruoso. Su hermano menor se quedó allí durante varios días y vio que la casa estaba llena de sirvientes corrompidos y que los sobornos y tejemanejes no cesaban ni en lo más profundo de la noche; con lágrimas en los ojos, le suplicó que se detuviera. Jia le replicó:
—Hermano, tú vives todos los días en una humilde choza de paja y por eso no conoces los entresijos de la carrera oficial. El poder de ascender o degradar reside en los superiores, no en el pueblo llano. Si los superiores están contentos, uno es un buen funcionario; si uno se preocupa por el pueblo, ¿qué arte permitiría complacer a los superiores?
Comprendiendo que no podía disuadirlo, el hermano menor emprendió el regreso y se lo contó a su padre. Al enterarse, el viejo Bai rompió a llorar amargamente. Sin poder hacer ya nada, se desprendió de sus bienes para socorrer a los pobres y rezaba a las divinidades todos los días, pidiendo únicamente que el castigo recayera sobre aquel hijo desnaturalizado y que no se salpicara a su esposa e hijos.
Al año siguiente, se anunció que Jia había sido recomendado para la Junta de Funcionarios, y las felicitaciones llenaban la puerta de su casa. El viejo Bai, sin embargo, se limitaba a suspirar y permanecía postrado en la cama bajo el pretexto de estar enfermo, negándose a salir.
Poco después, se enteró de que su hijo, de regreso a casa, había tropezado con unos bandidos y que tanto el amo como los sirvientes habían perdido la vida. El viejo Bai se levantó entonces y declaró a quienes lo rodeaban:
—La ira de los fantasmas y los dioses se ha limitado a su propia persona; no se puede decir que su protección hacia nuestra familia haya sido escasa.
Y, dicho esto, encendió varitas de incienso para rendirles gracias. Quienes intentaban consolarlo creían que se trataba de un rumor falso que corría por los caminos, pero el viejo Bai creía firmemente en ello sin la menor duda, y fijó el día exacto para prepararle el lugar de sepultura.
Sin embargo, Jia en realidad no había muerto. Previamente, en el mes de abril, Jia había dejado su cargo y apenas había traspasado las fronteras cuando fue atacado por los bandidos. Jia les entregó todas sus riquezas para aplacarlos, pero los forajidos le dijeron:
—¡Nosotros hemos venido a vengar los agravios y la indignación del pueblo de todo un distrito, ¿acaso nos detendríamos por tan poco?!
Y procedieron a cortarle la cabeza.
Preguntaron luego a los sirvientes:
—¿Cuál de todos ellos es el secretario Da Cheng?
—Este secretario era el confidente más cercano de Jia y quien lo había ayudado a cometer sus fechorías.
Los sirvientes lo señalaron al unísono, y los bandidos también lo mataron. Había además cuatro servidores corruptos —los agentes recaudadores de Jia, a quienes pensaba llevar consigo a la capital—, a los cuales registraron y ajusticiaron por completo antes de repartir el botín en sus alforjas y partir a galope tendido.
El alma de Jia vagaba abatida al borde del camino cuando vio pasar a un alto magistrado oficial. Al preguntar el séquito de vanguardia quién era el ejecutado, respondieron:
—Se trata del magistrado Bai de cierto distrito.
El magistrado comentó:
—Este es el hijo de cierto Bai; no es conveniente que el anciano vea una muerte tan cruenta. Deben volver a coserle la cabeza.
En ese instante, uno de los hombres levantó la cabeza del suelo y se la colocó sobre el cuello, diciendo:
—Un hombre perverso no debe tener una cabeza recta; basta con que la lleve apoyada sobre los hombros.
Dicho esto, se marcharon.
Al cabo de un rato, Jia volvió en sí. Su esposa y sus hijos acudieron a recoger el cadáver y, al ver que aún le quedaba un soplo de vida, lo cargaron para continuar el viaje. Con paciencia le dieron de beber a sorbos, y él aceptó el líquido, aunque, al haber quedado varados en una posada y ser demasiado pobres para costear el viaje de regreso, se vieron reducidos a la miseria.
Pasado medio año, el viejo Bai por fin obtuvo noticias ciertas y envió a su segundo hijo para que lo asistiera y lo trajera de vuelta a casa. Aunque Jia recuperó la vida, sus ojos podían verse reflejados en su propia espalda, y ya no era apto para ser contado entre los hombres.
El sobrino del viejo Bai gozaba de una gran reputación por su buena administración, y aquel mismo año fue seleccionado mediante el examen imperial para el cargo de censor, cumpliéndose así punto por punto todo lo soñado.
El Historiador de lo Extraño (Yishi Shi) comenta: «Suspiro en secreto al ver que los funcionarios que son como tigres y los subordinados que son lobos abundan en el mundo. ¡Y eso que, si el magistrado no es un tigre, aun así sus servidores actúan como lobos, cuánto más cuando hay quienes son aún más feroces que los tigres! El ser humano solo debe preocuparse por poder cuidar de su propio porvenir; ¡hacer que despierte y logre protegerse a sí mismo demuestra cuán sutiles son las enseñanzas de los fantasmas y los dioses!».
El jinshi Li Kuangjiu, oriundo de Zouping, ejercía su cargo de manera sumamente recta y lúcida. En una ocasión, un hombre rico fue víctima de una acusación fabricada, y el portero de la yamen lo aterrorizó diciendo: «El magistrado exige doscientos taeles de plata de tu parte; apresúrate a reunirlos; de lo contrario, ¡arruinado estás!». El rico, aterrorizado, prometió entregar la mitad. El criado sacó la mano agitando los dedos en señal de negativa. El acaudalado hombre le suplicó con amargura. El criado respondió: «No es que yo no haga todo lo posible, sino que temo que no lo acepte. Cuando llegue el momento de la audiencia, mírame fijamente mientras le expongo tu caso; si lo acepta o no, también te demostrará que mis intenciones son puras». Al poco rato, el magistrado juzgó el asunto. El criado, sabiendo que Li se abstenía de fumar, se le acercó y le preguntó: «¿Fuma usted tabaco?». Li meneó la cabeza. El criado corrió entonces escalones abajo y dijo: «Acabo de mencionarle la suma, y el magistrado ha sacudido la cabeza negándose. ¿Lo has visto?». El hombre rico le creyó y, presa del pánico, prometió la cantidad completa. El criado, sabiendo que a Li le apasionaba el té, se le acercó y le preguntó: «¿Bebe usted té?». Li asintió con la cabeza. El criado fingió ir a prepararle el té, corrió escalones abajo y anunció: «¡Ya está arreglado! ¡Hace un momento dio su asentimiento con la cabeza! ¿Lo has visto?». Poco después, concluido el juicio, el rico obtuvo la absolución; el criado se apresuró a embolsarse el soborno y además le exigió una gratificación. ¡Ay! El magistrado se creía a sí mismo un funcionario íntegro, mientras que las calles resonaban de insultos contra su codicia. Este es otro caso de alguien que soltaba al lobo sin darse cuenta de ello. Ejemplos de esta índole abundan aún más en el mundo, por lo que bien pueden servir de advertencia para quienes ejercen cargos públicos.
La perla nocturna
Un mercader navegaba por los Mares del Sur. A la tercera guardia de la noche, el interior de la barca se iluminó con tal intensidad que parecía el alba. Al levantarse a mirar, vio una criatura gigantesca, cuya mitad superior emergía del agua, imponente como una montaña; sus ojos brillaban como dos soles recién nacidos, irradiando destellos en todas direcciones hasta iluminar la vasta tierra. Aterrorizado, preguntó a los remeros, pero ninguno sabía nada. Todos se postraron para contemplarla con reverencia. Al cabo de un rato, la criatura se fue sumergiendo lentamente en las aguas hasta que todo volvió a la penumbra. Más tarde, al llegar a Fujian, todos comentaban que cierta noche el cielo se había iluminado y luego oscurecido, y se transmitía la historia como un prodigio. Al calcular el momento, coincidía exactamente con la noche en que la barca había presenciado aquel fenómeno extraño.
Nieve en verano
El día seis del séptimo mes del año *dinghai*, nevó copiosamente en Suzhou. El pueblo, aterrorizado y presa del pánico, acudió a rezar en masa al templo de los Grandes Reyes. De pronto, una divinidad se posesionó de un devoto y habló a través de él: «Ahora, aquellos a quienes llaman "viejos señores" (*laoye*) añaden siempre un carácter más de grandeza (*da*); ¿acaso consideran que mi condición divina es menor, y por eso no pueden otorgarme ese carácter mayor?». La multitud, sobrecogida, exclamó a coro: «¡Gran viejo señor (*da laoye*)!», y la nieve cesó de inmediato. A juzgar por esto, los dioses también se complacen con la adulación; con razón aquellos que gobiernan las provincias inferiores acumulan tantos carruajes de riquezas.
El Historiador de lo Extraño comenta: «Con la mutación de las costumbres mundanas, los inferiores adulan con más fervor y los superiores se vuelven más arrogantes. Incluso dentro de los cuarenta y tantos años del reinado de Kangxi, el uso de los títulos se ha apartado de la antigüedad, lo cual resulta de lo más ridículo. Hace veinte años que a los *juren* se les comenzó a llamar "amo" (*ye*); hace treinta años que a los *jinshi* se les empezó a llamar "viejo señor" (*laoye*); y hace veinticinco que a los funcionarios de prefectura y secretariados se les llama "gran viejo señor" (*da laoye*). Antiguamente, cuando un magistrado de distrito (*daling*) visitaba al gobernador provincial (*zhongcheng*), su tratamiento no pasaba de "gran honorable" (*laodaren*); hoy en día, esa forma de llamarlo ha quedado废棄 (en desuso) desde hace mucho. Incluso si hay algún hombre noble, este sigue la corriente de la adulación y practica la lisonja sin atreverse a manifestar una sola opinión contraria. En cuanto a llamar "gran señora" (*taita_*) a las esposas de los notables, apenas han pasado unos cuantos años desde que comenzó. Antiguamente, tal denominación estaba reservada exclusivamente para las madres de los dignatarios; la única que obtuvo semejante tratamiento siendo esposa fue Lin Qiao, en los anales de la lascivia, pues jamás se ha visto en otro caso. En la época Tang, cuando el emperador quiso conceder a Zhang Shuo el título de Gran Académico, este declinó diciendo: "Los académicos jamás han ostentado un nombre tan grandilocuente, y este humilde servidor no se atreve a aceptarlo". Ahora bien, el "gran" de hoy en día, ¿de dónde saca su grandeza? Comenzó por la adulación de los hombres mezquinos, y al complacer a aquellos que ascendieron a posiciones de nobleza y arrogancia, estos lo aceptaron sin vacilar, de modo que los aduladores se han multiplicado hasta infestar el mundo entero. Me atrevo a conjeturar que, dentro de pocos años, los que llaman "amo" avanzarán hasta el grado de "viejo", y los que llaman "viejo" avanzarán hasta el grado de "gran"; ¡solo me pregunto qué título de suprema distinción inventarán por encima de "gran"! ¡Es algo que escapa por completo a la imaginación humana!».
El día tres del sexto mes del año *dinghai*, cayó en la prefectura de Guande, en Henan, una capa de nieve de más de un pie de profundidad, al punto que todos los brotes de cereal murieron congelados. ¡Lástima que no conocieran el arte de adular al Gran Rey! ¡Qué tristeza!
La metamorfosis del varón
En la localidad de Mudu, en Suzhou, una joven del pueblo estaba sentada en el patio al caer la noche cuando súbitamente una estrella cayó sobre su coronilla, haciéndola desplomarse en el suelo sin vida. Sus padres, ancianos y sin hijos varones, no teniendo más descendencia que esta muchacha, prorrumpieron en gritos de luto y la socorrieron apresuradamente. Al cabo de un rato volvió en sí, sonrió y dijo: «¡Ahora soy un varón!». Al examinarla, comprobaron que era cierto. Su familia no lo consideró un monstruoso augurio, sino que se alegró en secreto por haber obtenido un esposo de manera tan repentina. ¡Qué cosa tan singular! Esto ocurrió también en el año *dinghai*.
Caballeros de pluma y pico
En un templo de Tianjin, unas cigüeñas hicieron su nido en el extremo del tejado, sobre el ornamento en forma de cola de pez. En el artesonado del salón principal se ocultaba una gran serpiente, del grosor de un lebrillo, que cada vez que los polluelos de cigüeña desarrollaban las plumas de sus alas, salía de su escondite y se los tragaba por completo. Las cigüeñas, sumidas en el amargo dolor, lanzaban gritos lastimeros durante varios días antes de marchar. Tras repetirse esto por espacio de tres años, la gente supuso que las aves jamás volverían; sin embargo, al año siguiente, el nido seguía allí como de costumbre. Apenas los polluelos crecieron, las aves adultas partieron de inmediato, regresando tan solo al cabo de tres días. Al entrar al nido emitieron un suave cloqueo y alimentaron a sus crías tal como antes. La serpiente volvió a serpentear hacia arriba. Apenas se acercó al nido, las dos cigüeñas, aterrorizadas, volaron emitiendo gritos agudos y lastimeros, elevándose en vertical hacia el vasto cielo azul. De pronto, se oyó un estruendo como el del viento huracanado, y en un instante, el cielo y la tierra parecieron oscurecerse. Los presentes, llenos de asombro y espanto, contemplaron cómo una enorme ave, cuyas alas ocultaban el sol y el firmamento, descendía veloz desde las alturas con la rapidez de una tempestad. Con sus garras golpeó a la serpiente, cuya cabeza se desprendió de inmediato, rompiendo además varios pies de la esquina del salón, tras lo cual batió las alas y se alejó. Las cigüeñas la siguieron de cerca, como si quisieran despedirla. Como el nido había quedado volcado, los dos polluelos cayeron al vacío: uno de ellos murió y el otro sobrevivió. Los monjes tomaron al sobreviviente y lo colocaron sobre la torre del tambor. Al poco rato, las cigüeñas regresaron y continuaron alimentándolo hasta que le crecieron las plumas y se marcharon.
El Historiador de lo Extraño comenta: «Que regresaran al año siguiente demuestra que no esperaban que la desgracia se repitiera; que tras tres años no mudaran el nido significa que ya habían tomado la firme resolución de vengarse; y el hecho de no volver en tres días hace evidente que habían partido a implorar justicia, tal como el llanto en la corte de Qin por parte de Shen Baoxu. Aquella gran ave debió de ser un espadachín inmortal entre los emplumados; llegó como una ráfaga de viento, asestó un solo golpe y se marchó. ¿Cómo podría compararse con él el vacío y sutil talento de Kong Kong Er?».
En Jinan había un soldado de guarnición que, al ver pasar a una cigüeña, le disparó con su arco; el ave cayó abatida al resonar la cuerda. En el pico llevaba un pez, con el que se disponía a alimentar a sus polluelos. Alguien le aconsejó que le retirara la flecha y la pusiera en libertad, pero el soldado no quiso escuchar. Al poco tiempo, el ave voló llevándose la flecha clavada. Más de dos años después, mientras merodeaba por las calles de la ciudad, el soldado volvió a verla, con la flecha atravesada exactamente igual que antes. Un día, estando el soldado sentado bajo las puertas del campamento, pasó la cigüeña volando y la flecha cayó al suelo. El soldado la recogió, la examinó y exclamó: «¡Vaya, si la flecha sigue intacta!». Sintiendo picazón en la oreja, la usó para rascarse. De repente, una ráfaga de viento sacudió las puertas, haciéndolas cerrarse de golpe; el extremo de la flecha penetró en su cerebro y murió.
El ganso
Un cazador de aves de Tianjin capturó un ganso silvestre. El ganso macho lo siguió hasta su hogar, volando en círculos y lanzando tristes graznidos, hasta que llegó el atardecer y se marchó. Al día siguiente, cuando el cazador salió temprano, el ganso ya había llegado; volaba emitiendo llamadas lastimeras tras él y, poco después, se postró a sus pies. El cazador se disponía a capturarlo también, cuando vio que el ave estiraba el cuello, inclinaba la cabeza y vomitaba medio lingote de oro puro. El cazador comprendió su intención y dijo: «Esto es para rescatar a su esposa». Y así, puso en libertad a la hembra. Ambos gansos revolotearon de un lado a otro, como si experimentaran una mezcla de dolor y alegría, y se alejaron volando juntos. El cazador pesó el oro y resultó ser algo más de dos taels y seis qian. ¡Ay! Si las aves carecen de entendimiento, ¿cómo es que albergan un afecto tan profundo? No hay mayor pesar que la separación en vida, ¿acaso ocurre lo mismo con los seres irracionales?
El elefante
En la región de Yue había un cazador de fieras que llevaba consigo flechas amontonadas como una montaña. Ocasionalmente se acostó a descansar y, sin darse cuenta, cayó en un profundo sueño, siendo capturado por un elefante que lo levantó con su trompa y se lo llevó. El hombre se dio por muerto, convencido de que sufriría una horrible carnicería. Al poco rato, el animal lo depositó suavemente bajo un árbol, golpeó el suelo con su cabeza y lanzó un bramido; de inmediato acudieron numerosos elefantes que rodearon el lugar por los cuatro costados, como si buscasen algo. El primer elefante se postró bajo el árbol, mirando primero hacia las ramas y luego hacia el hombre, como si deseara que trepara. El cazador comprendió su intención, pisó el lomo del paquidermo y, trepando por las ramas, logró subir. Aunque llegó a la copa del árbol, seguía sin comprender cuál era el propósito de todo aquello. Al poco tiempo apareció un león (*suanni*), y todos los elefantes se postraron en tierra. El león eligió al ejemplar más gordo, con la intención de abalanzarse sobre él y devorarlo. Los elefantes temblaban de terror y ninguno se atrevía a huir; tan solo alzaban la vista hacia el árbol, como suplicando clemencia y rescate. El cazador comprendió la situación, apuntó su ballesta hacia el león y disparó una saeta; la bestia murió al instante. Los elefantes contemplaron el cielo con una actitud que parecía la de rendir reverencia y danzar de alegría. El cazador descendió entonces. El elefante volvió a postrarse y, tirando de sus ropas con la trompa, le indicó que montara. El cazador montó sobre su lomo y el elefante comenzó a marchar. Llegaron a un lugar donde el animal escarbó la tierra con sus pezuñas, sacando innumerables colmillos desprendidos. El cazador bajó a tierra y ató el botín sobre el lomo del elefante. El elefante lo condujo de regreso fuera de las montañas y solo entonces emprendió el camino de vuelta.
El cadáver a cuestas
Un leñador se dirigía al mercado, cargando su bastón al hombro de regreso a casa, cuando de repente sintió como si el extremo del bastón soportara un gran peso. Al volverse para mirar, vio a un hombre sin cabeza suspendido y atado a él. Aterrorizado, apartó el bastón y comenzó a golpearlo frenéticamente, tras lo cual la aparición desapareció por completo. Corrió espantado hasta llegar a una aldea. A la sazón ya caía la penumbra de la tarde, y varias personas encendían fuego e iluminaban el suelo, como si buscasen algo. Al acercarse a preguntar, se enteró de que todos se habían reunido a descansar cuando, de repente, una cabeza humana cayó desde el aire, con los cabellos y la barba revueltos, desvaneciéndose en un parpadeo. El leñador relató también lo que había visto; al juntar ambos testimonios, completaban un cuerpo humano, sin que nadie lograra comprender de dónde provenía. Más tarde, iba un hombre cargando una cesta cuando de repente vio que dentro de ella había una cabeza humana; asustado, pidió explicaciones y, presa del pánico, volcó el contenido en el suelo, donde la cabeza rodó dando vueltas hasta esfumarse.
El erudito Ding de Zhucheng era nieto del honorable Yehe. Siendo un joven literato de renombre, cayó gravemente enfermo y murió, pero al día siguiente revivió y dijo: «He comprendido el Dao». En ese tiempo había un monje versado en los misterios profundos, por lo que mandaron a llamarlo para que se sentara junto a la cama a explicar el *Sutra de Śūraṅgama*. Cada vez que el erudito escuchaba un pasaje, afirmaba que no era correcto, y añadió: «Si hacen que mi enfermedad sane, ¿qué dificultad habría en alcanzar el Dao? Solo un cierto erudito puede curar mi mal; deben invitarlo con devoción». Ocurrió que en el distrito había un erudito experto en medicina tradicional que no la practicaba por lucro; tras tres invitaciones llegó, prescribió una fórmula y administró los medicamentos, y la enfermedad sanó.
Una vez que se hubo marchado, una mujer entró desde el exterior y dijo: «Soy una doncella del clan del ministro Ding. El monje Zihua y esta concubina guardamos un antiguo resentimiento; ahora que podía vengarme, ¿usted lo ha revuelto a la vida? Si vuelve a ir, la desgracia lo alcanzará». Habiendo hablado, se desvaneció. El erudito temió y declinó volver con Ding. La enfermedad de Ding recayó y exigió su presencia con firmeza, por lo que aquel le contó la verdad. Ding suspiró y dijo: «Este karma proviene de mi vida anterior; morir es mi destino». Poco después falleció. Al indagar posteriormente sobre aquellas personas, resultó que efectivamente había existido el monje Zihua, un alto monje a quien la esposa del ministro Ding de Qingzhou solía honrar y ofrendar en su hogar; sin embargo, nadie sabía el origen del resentimiento entre ambos.
Zhou Kechang
Zhou Tianyi, un tributario imperial de las riberas del Huai, tenía cincuenta años y un solo hijo llamado Kechang, a quien mimaba con exceso. Al llegar a los trece o catorce años, su apostura se hizo aún más refinada, pero su naturaleza no gustaba de los estudios; solía escaparse de la escuela privada para jugar con otros muchachos, pasando a menudo días enteros sin regresar. Zhou también lo toleraba. Un día, al caer la tarde, como no volvía, comenzaron a buscarlo, pero no había rastro de él por ninguna parte. El esposo y la esposa lanzaron gritos y lamentos, deseando casi no seguir viviendo.
Más de un año después, Kechang apareció de repente por su propia voluntad y relató: «Fui hechizado y llevado por un daoísta, pero afortunadamente no sufrí daño. Aprovechando que él había salido, pude escapar y regresar». Zhou, loco de alegría, tampoco se puso a investigarlo. Cuando comenzó a enseñarle a leer, su comprensión e inteligencia duplicaron a las de antaño. Al cabo de un año, su talento literario avanzó enormemente; tras presentarse a los exámenes del distrito, ganó fama de inmediato. Las familias nobles competían por emparentar con él, pero Kechang no parecía muy dispuesto. La hija del doctor Zhao poseía belleza, y Zhou lo obligó a casarse con ella.
Una vez que ella cruzó el umbral, los esposos bromeaban y reían con gran regocijo; sin embargo, Kechang siempre dormía solo, como si no tuviera intimidad con ella. Transcurrido un año, se presentó a los exámenes provinciales de otoño y salió victorioso. Zhou se sintió aún más consolado. No obstante, al ir envejeciendo y anhelar cada día abrazar a un nieto, comenzó a insinuárselo a Kechang de manera velada. Kechang se mostraba tan indiferente como si no lo entendiera. La madre no pudo soportarlo y le dedicó largas peroratas día y noche. Kechang cambió de semblante, salió y dijo: «Hace mucho que deseaba partir; lo único que no me ha permitido abandonarlos de inmediato es el afecto de su crianza. Realmente no puedo explorar las cortinas del lecho conyugal para complacer sus deseos. Les ruego que me dejen marchar de nuevo; aquel que obedece a sus voluntades pronto volverá».
La anciana corrió a retenerlo y tirar de él, pero al instante este se desplomó, quedando sus ropas y su corona intactas como la muda de una serpiente. Aterrorizados, sospecharon que Kechang ya había muerto y que aquello era sin duda su fantasma. Solo pudieron entregarse al dolor y los suspiros. Al día siguiente, Kechang apareció de improviso a caballo, dejando a toda la familia sumida en el asombro y el espanto. Al acercarse a interrogarlo, él relató lo mismo: había sido secuestrado por malhechores y vendido a la familia de un rico comerciante; el comerciante no tenía hijos, y él hizo las veces de tal. Tras obtener a Kechang, de repente le nació un hijo propio. Kechang añoraba su hogar, por lo que aquel lo mandó de regreso.
Al preguntarle por sus estudios, se mostró tan terco y torpe como antes. Entonces comprendieron que este era el verdadero Kechang; aquel que había aprobado los exámenes de ingreso y provinciales había sido un fantasma disfrazado. No obstante, se alegraron en secreto de que el asunto no se hubiera filtrado, permitiéndole conservar el título de letrado. Al entrar a la habitación, la esposa se mostró muy familiar y cercana, mientras que Kechang lucía avergonzado y con un aire de timidez, semejante a un recién casado. Apenas cumplido un año, ¡ella dio a luz a un varón!
El Maestro de los Historiadores Extravagantes dice: «Los antiguos decían que una persona de fortuna mediocre posee inevitablemente un dejo de mediocridad en la nariz, la boca y las cejas, y solo entonces la fortuna la acompaña; aquellos cuyo brillo resplandece con intensidad son abandonados por los fantasmas. Donde reside la mediocridad, el registro de los laureles académicos puede alcanzarse sin pisar el salón de exámenes, y una belleza sin par puede obtenerse sin acudir a buscarla en persona; ¡cuánto más si se cuenta con algún pequeño recurso, sumado a la astucia y el disimulo!».
Zong Zimei de Taiyuan acompañaba a su padre a estudiar y vivía temporalmente en Guangling. Su padre tenía una vieja amistad con la anciana Lin, quien vivía bajo el Puente Rojo. Un día, padre e hijo pasaron por el Puente Rojo y se la encontraron; ella les rogó encarecidamente que pasaran por su casa, donde preparó té y charlaron. Había una joven al lado, de una belleza extraordinaria. El viejo la alabó efusivamente. La anciana miró a Zong y dijo:
—El joven caballero es tan apacible como una doncella virgen y tiene un semblante propicio para la fortuna. Si no lo desdeña, me gustaría ofrecerle la escoba y el plumero, ¿qué le parece?
El anciano rió e instó a su hijo a levantarse de su asiento, haciéndole hacer reverencias a la anciana mientras decía:
—¡Una sola palabra vale mil piezas de oro!
Antes de esto, la anciana vivía sola cuando la joven apareció de repente por su propia voluntad, contándole de su soledad y amargura. Al preguntarle por su nombre de infancia, respondió que se llamaba Chang'e. La anciana la había tomado bajo su cariño y la había retenido, con la verdadera intención de especular con ella como si fuera una mercancía rara. En ese entonces, Zong tenía catorce años, miró a la joven de soslayo y sintió un gozo secreto, creyendo que el anciano sin duda arreglaría un compromiso matrimonial para él; pero el anciano regresó como si lo hubiera olvidado. Con el corazón ardiente, se lo confió en secreto a su madre. Al enterarse, el anciano rió y dijo:
—Fue solo una broma con esa vieja codiciosa. Ella no sabe cuánto oro exigirá para venderla; ¿cómo se puede hablar de esto tan a la ligera?
Pasado un año, el anciano y la anciana fallecieron. Zong Zimei no podía arrancarse a Chang'e del corazón y, apenas terminó su período de luto, confió a alguien que le hiciera saber sus intenciones a la anciana Lin. Al principio, la anciana no quiso aceptarlo. Zong, enfurecido, dijo:
—¡Esta humilde persona jamás en la vida ha inclinado la cabeza a la ligera, por qué la anciana me considera sin valor alguno! ¡Si rompen el pacto anterior, deben devolverme la vista!
La anciana entonces replicó:
—Es posible que en el pasado hubiera hecho un pacto de broma con su honorable padre. Pero como no hubo palabras definitivas, terminó por olvidarse por completo. Ya que ahora hablan de esta manera, ¿acaso voy a retenerla para casarla con el Rey Celestial? Si insisten en que se acicale todos los días, es en verdad con la esperanza de cambiarla por mil piezas de oro; ahora les pido solo la mitad, ¿sería posible?
Zong calculó que le sería difícil conseguirlo, por lo que también lo dejó de lado.
Dio la casualidad de que había una viuda que alquilaba una vivienda en el vecindario del oeste, la cual tenía una hija en edad de merecer cuyo nombre de infancia era Diandang. Al espiarla por casualidad, su elegancia y belleza no desmerecían en nada a las de Chang'e. Sintiendo admiración por ella, comenzó a acercarse enviándole obsequios como peldaños para avanzar; con el tiempo se fueron familiarizando poco a poco, y a menudo ella le enviaba insinuaciones con la mirada, deseando hablar sin que hubiera obstáculos entre ellos.
Una noche, ella saltó el muro pidiendo fuego. Zong la tomó alegremente de la mano y así se entregaron al gozo mutuo. Acordaron casarse, pero ella se excusó diciendo que su hermano, un buhonero, aún no había regresado. A partir de entonces, aprovecharon las brechas para ir y venir, manteniendo sus huellas con absoluta discreción.
Un día, al pasar por casualidad por el Puente Rojo, vio que Chang'e justo estaba en la puerta y se apresuró a pasar de largo. Chang'e, al verlo, le hizo señas con la mano; Zong se detuvo; la mujer volvió a hacerle señas, por lo que él entró. La mujer le reprochó haber roto su promesa. Zong le relató los motivos. Ella entonces entró a la habitación, tomó un lingote de oro y se lo entregó. Zong no lo aceptó y se excusó diciendo:
—He decidido romper para siempre con usted, señorita, pues ya he contraído otro compromiso. Aceptar su oro y a la vez tramar algo por usted sería traicionar a la otra persona; aceptar su oro y no tramar nada por usted sería traicionar a usted: verdaderamente no me atrevo a cometer ninguna traición.
La mujer, tras un largo rato, dijo:
—El compromiso que ha contraído, esta concubina lo conoce muy bien. Ese asunto ciertamente no llegará a buen término; e incluso si llega a realizarse, esta concubina no le guardará rencor por su inconstancia. ¡Vácese pronto, la anciana está a punto de llegar!
Zong, aturdido y sin dominio de sí mismo, lo aceptó y se marchó.
Al día siguiente, se lo contó a Diandang. Diandang dio por muy ciertas sus palabras, pero le aconsejó a Zong que se centrara exclusivamente en Chang'e. Zong guardó silencio; ella se mostró dispuesta a ceder, y entonces Zong se alegró. De inmediato envió a un casamentero a entregar el oro a la anciana Lin; la anciana no puso objeción alguna, y así llevó a Chang'e a la casa de los Zong.
Al cruzar la puerta, él le relató por completo las palabras de Diandang. Chang'e sonrió levemente y lo incitó de manera fingida. Zong, lleno de alegría, deseaba con urgencia aclararle todo a Diandang, pero el rastro de Diandang se había extinguido hacía mucho tiempo. Chang'e, sabiendo que era por causa de ella, pidió regresar temporalmente a visitar a sus padres, concediéndole así un resquicio de tiempo, y le encargó a Zong que le robara su bolsa de colgante.
Poco después, Diandang vino en efecto, y al deliberar sobre lo planeado, solo le dijo que no tuviera prisa. Cuando se desabrochó el cuello de la camisa entre risas amorosas, llevaba una bolsa de brocado púrpura bajo el costado, la cual estuvo a punto de arrebatarle. Diandang cambió de semblante, se levantó y dijo:
—¡Usted tiene un solo corazón para con los demás, pero dos para con esta concubina! ¡Hombre inconstante! Le ruego que a partir de este momento rompamos toda relación.
Zong trató de retenerla y disculparse doblando su voluntad, pero ella no quiso escuchar y se marchó derecho.
Un día, al pasar por su puerta para investigar, descubrió que otro huésped del clan Wu ya alquilaba el lugar; Diandang y su madre se habían mudado hacía mucho tiempo, su sombra se había borrado y sus rastros se habían extinguido, sin haber a quién preguntar ni pedir informes.
Desde que Zong se casó con Chang'e, su familia se volvió inmensamente rica; los pabellones continuos y los largos corredores se extendían a lo largo de las calles. Chang'e era muy dada a las bromas alegres; al ver casualmente un rollo de pinturas de bellezas, Zong dijo:
—Yo siempre he pensado que, al igual que usted, no hay otra igual bajo el cielo, solo que no he tenido la ocasión de ver a Feiyan y a la consorte Yang.
La mujer sonrió y dijo:
—Si desea verlas, ¿qué dificultad hay en ello?
Dicho esto, examinó minuciosamente el rollo de pinturas de arriba abajo, se apresuró a entrar a su habitación, se arregló el tocador frente al espejo, imitando la ligereza de Feiyan al bailar en el viento, y también aprendiendo el aire ebrio de la consorte Yang. Su estatura, complexión delgada o robusta, cambiaban a cada instante; su gracia y actitud superaban con fidelidad al rollo de pintura. Justo cuando adoptaba estas posturas, una criada llegó desde el exterior y ya no pudo reconocerla; asustada, le preguntó a su compañera, pero al observarla con detención, estalló de pronto en risas comprendiendo la verdad. Zong exclamó con alegría:
—¡He obtenido a una sola belleza, pero todas las bellezas de los milenios se hallan dentro de mis cortinas y lechos!
Una noche, mientras dormía profundamente, varias personas forzaron la puerta y entraron, con la luz de antorchas proyectándose en las paredes. La mujer se levantó alarmada y gritó:
—¡Han entrado ladrones!
Zong, recién despertado, estuvo a punto de dar voces, cuando una persona le colocó una hoja de acero afilada en el cuello, llenándolo de tal miedo que no se atrevía a respirar. Otra persona cargó a Chang'e sobre su espalda y partieron en medio de un gran alboroto.
Solo entonces Zong comenzó a clamar a gritos. Los sirvientes de la casa se congregaron por completo, pero entre las joyas y tesoros de la habitación, ni uno solo se había perdido. Zong sintió una profunda aflicción, quedó anonadado y desorientado, perdiendo por completo el deseo de vivir. Presentó una denuncia ante las autoridades para que persiguieran a los criminales, pero no obtuvo la menor noticia.
Al cabo de tres o cuatro años, abatido y sin nada que lo consolara, aprovechó el pretexto de acudir a los exámenes imperiales para viajar a la capital. Vivió allí durante medio año, consultando augurios e indagando por doquier, sin dejar de emplear ningún ardid posible.
Al pasar por el callejón Yao, tropezó con una mujer de rostro mugriento y ropas raídas, tambaleándose como una pordiosera. Al detenerse a mirarla con detenimiento, vio que era en realidad Diandang. Alarmado, exclamó:
—¡Oh, concubina mía!, ¿cómo has caído en tal desdicha y decrepitud?
Ella respondió:
—Tras nuestra separación, marché al sur. Mi anciana madre falleció poco después, y fui capturada y vendida por villanos a una casa de la bandera, donde he sufrido latigazos, ultrajes, frío y hambre, horrores que no me atrevo a pronunciar.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Wang Zong, quien preguntó:
—¿Es posible rescatarte?
—Es difícil —replicó ella—. Se requiere una suma exorbitante y no tengo cómo valerme por mí misma.
Wang Zong dijo:
—Te diré la verdad: estos últimos años me ha ido moderadamente bien. Aunque los fondos que llevo como viajero son limitados, venderé mis equipajes y mis caballos sin vacilar. Si la cantidad requerida fuese excesiva, regresaré a mi hogar para reunirla.
La mujer acordó encontrarse con él al día siguiente a la salida de la puerta oeste, junto a un bosquecillo de sauces, y le advirtió que acudiera solo, sin sirvientes que lo siguieran. Wang Zong asintió.
Al día siguiente, al alba, acudió al lugar y la halló ya presente; lucía ropas frescas y brillantes, muy distintas a su aspecto anterior. Sorprendido, le pidió una explicación. Ella rió y dijo:
—Tan solo puse a prueba tu corazón ayer. Por fortuna, aún conservas la noble intención del fiel amigo. Te ruego que me acompañes a mi humilde morada; allí obtendrás sin duda una debida compensación.
Caminaron unos cuantos pasos hacia el norte y llegaron a su casa. De inmediato, ella sacó vino y manjares, y ambos se sentaron a conversar y celebrar un banquete. Wang Zong le propuso regresar juntos a casa. La mujer se negó:
—Tengo demasiados vínculos mundanos y no puedo seguirte. Sin embargo, sé de los rastros de Chang'e; ya he oído noticias de su paradero.
Wang Zong le preguntó con urgencia dónde se encontraba. Ella respondió:
—Su paradero es vago y vaporoso, y yo tampoco lo conozco a fondo. En las Colinas del Oeste hay una vieja monja budista tuerta de un ojo; si le preguntas, lo sabrás por ti misma.
Aquella noche, Wang Zong se quedó a dormir en su casa. Al clarear, ella le indicó el sendero.
Al llegar al lugar indicado por la monja, Wang Zong encontró un templo antiguo con los muros perimetrales completamente derrumbados; entre bambúes espesos se alzaba media choza de paja donde la anciana monja remendaba sus hábitos. Al ver llegar al huésped, no le prestó la menor atención. Wang Zong le hizo una reverencia, y solo entonces la monja alzó la cabeza para interrogarlo. Él le reveló su apellido y el motivo de su búsqueda. La monja dijo:
—Soy una ciega de ochenta años, aislada del mundo secular, ¿cómo he de saber el paradero de una belleza?
Wang Zong insistió con fervor. Entonces ella le dijo:
—En verdad lo ignoro. Sin embargo, dos o tres parientes mías vendrán a visitarme la noche de mañana; tal vez alguna de las jóvenes la conozca. Ven mañana por la tarde.
Wang Zong se retiró. Al día siguiente, cuando regresó, la monja había salido y la puerta ajada estaba trancada con cerrojo. Tras aguardar largo rato, con las horas de la clepsidra ya avanzadas y la luna clara colgada en lo alto, deambulaba sin saber qué hacer, cuando divisó a lo lejos a dos o tres doncellas que entraban desde el exterior, entre las cuales se encontraba Chang'e.
Lleno de júbilo, Wang Zong se precipitó hacia adelante y le sujetó con urgencia la manga. Chang'e exclamó:
—¡Oh, hombre imprudente! ¡Casi me matas del susto! Es detestable que esa lengua floja de Diandang haya incitado al deseo a enredarse en este mortal.
Wang Zong la sentó a su lado, le tomó las manos con ternura y le relató paso a paso todas sus penalidades, hasta que la compasión conmovió profundamente a la mujer. Esta le dijo:
—Te diré la verdad: en realidad soy Chang'e, quien fue desterrada a vagar por el mundo mortal; pero el plazo de mi castigo ya se ha cumplido. Fingir que había sido raptada por bandoleros fue tan solo un ardid para cortar tus esperanzas. Aquella monja es una guardiana del palacio de la Reina Madre; cuando fui desterrada por primera vez, me brindó su amparo, por lo que suelo visitarla de vez en cuando. Si deseas liberarme, ve y dile a Diandang que actúe en tu nombre.
Wang Zong se negó a escucharla, inclinó la cabeza y derramó lágrimas. La mujer miró a lo lejos y dijo:
—Mis hermanas vienen hacia acá.
Apenas Wang Zong volvió la cabeza para mirar a su alrededor, Chang'e ya se había esfumado.
Wang Zong rompió a llorar a gritos, sintiendo que ya no deseaba seguir viviendo, por lo que se desató el cinturón y se colgó del cuello. En su aturdimiento, sintió que su alma abandonaba el cuerpo, perdida y sin rumbo. De pronto vio a Chang'e llegar, quien lo agarró y lo alzó hasta separar sus pies del suelo; lo llevó de vuelta al templo, tomó el cadáver colgado de un árbol, lo empujó de regreso y lo llamó:
—¡Necio jovenzuelo, necio jovenzuelo! Chang'e está aquí.
De repente despertó como de un sueño. Tras calmarse un poco, la mujer exclamó indignada:
—¡Esa vil esclava de Diandang! Quiso dañar a mi hermana y matar al joven caballero; ¡no se lo perdonaré jamás!
Bajó de la montaña, alquiló una litera y regresó a su hogar. Tras ordenar a sus sirvientes que prepararan el equipaje, dio media vuelta y salió de la puerta oeste para ir a saldar cuentas con Diandang; pero al llegar, la casa había desaparecido por completo, por lo que regresó suspirando con asombro.
Se consolaba pensando que Chang'e lo ignoraba. Al cruzar la puerta, Chang'e lo recibió con una sonrisa y le preguntó:
—¿Has visto a Diandang, señor?
Wang Zong, desconcertado, no supo qué responder. La mujer dijo:
—Si le das la espalda a Chang'e, ¿cómo no habrías de encontrar a Diandang? Siéntate a aguardar; ella ha de venir por sí misma.
Poco después, Diandang llegó en efecto, agazapándose con pánico bajo el lecho. Chang'e la sacudió con los dedos y le dijo:
—¡Pequeño demonio, casi arruinas por completo a este hombre!
Diandang se postró en el suelo haciendo reverencias, pidiendo tan solo clemencia con su vida. Chang'e replicó:
—¿Empujas a alguien al foso y pretendes escapar más allá de los cielos? La undécima doncella del Palacio de la Luna descenderá a casarse dentro de pocos días, y se necesitan cien almohadas bordadas y cien pares de zapatos. Me acompañarás a trabajar en ello.
Diandang suplicó humildemente:
—Tan solo ruego que se me asigne una tarea y cumpliré con la entrega a su debido tiempo.
La mujer no se lo permitió, y dirigiéndose a Wang Zong, dijo:
—Si intercedes por ella, la dejaré marchar de inmediato.
Diandang miró a Wang Zong, pero este se limitó a sonreír en silencio, lo que provocó la furia en la mirada de ella. Entonces suplicó que se le permitiera regresar primero a avisar a su familia, lo cual le fue concedido, y se marchó.
Cuando Wang Zong indagó sobre su vida pasada, supo entonces que era en realidad una zorra de las Colinas del Oeste.
Compró una litera y aguardó su regreso. Al día siguiente ella cumplió su palabra y regresó, por lo que todos emprendieron el viaje de retorno a casa.
Sin embargo, desde su reaparición, Chang'e se mostraba siempre digna y reservada, sin entregarse fácilmente a la risa o la jovialidad. Cuando Wang Zong intentaba obligarla a retozar con él, ella encargaba en secreto a Diandang que lo complaciera. Diandang, dotada de una inteligencia insuperable, era maestra en el arte de la seducción. Chang'e prefería dormir sola, y con frecuencia se negaba cuando le correspondía compartir el lecho.
Cierta noche, a la tercera hora de la ronda nocturna, aún se escuchaban risas incesantes que provenían de la habitación de Diandang. Wang Zong envió a una criada a espiar furtivamente. La sirvienta regresó sin revelar lo que había visto, limitándose a rogar a la señora de la casa que fuera a comprobarlo por sí misma.
Al asomarse agazapada por la ventana, la señora vio que Diandang se había arreglado el tocado y adoptado la apariencia exacta de Chang'e, mientras Wang Zong la abrazaba estrechamente, llamándola por el nombre de Chang'e.
La mujer esbozó una sonrisa de desdén y se retiró.
Poco después, Diandang sufrió un dolor repentino y violento en el corazón. Se vistió a toda prisa, arrastró a Zong hasta los aposentos de Chang'e y, al cruzar el umbral, se postró en el suelo. Chang'e dijo: —¿Acaso soy médico, chamán o especialista en sortilegios? Lo que buscas es imitar a Xizi llevándote las manos al pecho por propia voluntad.
Diandang se inclinó hasta tocar el suelo y se limitó a decir que conocía su falta. La mujer dijo: —Ya estás curada.
Luego se levantó, esbozó una sonrisa burlona y se marchó. Diandang le dijo en privado a Zong: —Puedo hacer que la Dama imite a Guanyin.
Zong no lo creyó, así que hicieron una apuesta en broma. Cada vez que Chang'e se sentaba en postura de meditación, sus ojos parecían cerrados. Diandang, con sigilo, colocó una ramita de sauce en un jarrón de jade y lo puso sobre la mesita; luego, soltándose el cabello y uniendo las palmas de las manos, se quedó de pie a su lado, con los labios de cereza medio abiertos, los dientes blancos como semillas de melón ligeramente visibles, sin pestañear ni un instante. Zong se echó a reír. Chang'e abrió los ojos y le preguntó el motivo. Diandang respondió: —¿Solo imitaba a la doncella del dragón sirviendo a Guanyin?
Chang'e se rio y la regañó, obligándola a imitar las reverencias de los niños celestiales. Diandang se recogió el cabello y comenzó a hacer reverencias hacia los cuatro puntos cardinales, postrándose y girando en el suelo, luciendo todo tipo de posturas extrañas, doblando el cuerpo hacia los lados con tanta agilidad que las medias de sus pies casi rozaban sus orejas. Chang'e relajó el rostro, se sentó y le dio un leve empujón con el pie. Diandang levantó la cabeza, sostuvo un gancho con forma de fénix entre los dientes y lo rozó suavemente con los labios. Justo cuando Chang'e reía divertida, sintió de repente un hilo de fascinación lujuriosa que ascendía desde las plantas de sus pies hasta llegar directamente a su corazón; su espíritu se desató y sus pensamientos se volvieron lascivos, como si hubiera perdido el control de sí misma. Entonces recobró el juicio de inmediato, la reprendió con severidad y exclamó: —¡Esta esclava zorro merece la muerte! ¿Acaso hechiza a cualquiera sin importarle quién sea?
Aterrorizada, Diandang soltó el objeto y se arrojó al suelo. Chang'e la reprendió con dureza una vez más, sin que los presentes entendieran el motivo. Chang'e le dijo a Zong: —La naturaleza de zorro de Diandang no cambia; hace un momento casi me hace caer en su engaño. Si no hubiera tenido raíces espirituales profundas, ¡qué fácil habría sido caer en la perdición!
Desde entonces, cada vez que veía a Diandang, la trataba con extrema severidad. Avergonzada y temerosas, Diandang le dijo a Zong: —No hay ni un solo miembro ni una sola parte del cuerpo de la Dama que esta humilde sierva no ame profundamente; y de tanto amarla, sin darme cuenta me he excedido en mis encantos. Decir que albergaba intenciones ocultas no solo es algo que no me atrevería a hacer, sino que tampoco podría soportarlo.
Zong le comunicó esto a Chang'e, y ella volvió a tratarla como al principio. Sin embargo, debido a los juegos demasiado íntimos y desmedidos, amonestó a Zong en repetidas ocasiones, pero él no hizo caso; a consecuencia de esto, todas las criadas, grandes y pequeñas, comenzaron a competir entre sí imitando aquellos juegos licenciosos.
Un día, dos de ellas sujetaban a una criada, fingiendo que era la Consorte Yang. Las dos se intercambiaron miradas de complicidad, engañando a la criada para que relajara el cuerpo y adoptara una postura de profundo sopor, tras lo cual soltaron las manos de golpe. La criada cayó de bruces sobre las baldosas del patio con un estruendo como el de un muro al derrumbarse. Todos armaron un gran alboroto; al acercarse a tocarla, descubrieron que la consorte ya había fallecido en la posta de Mawei. Aterrorizada, la multitud fue a avisar de inmediato a los amos.
Chang'e exclamó alarmada: —¡Se ha desatado una desgracia! ¿Qué fue lo que les dije?
Fue a examinarla, pero ya no había remedio. Mandó a alguien a avisar al padre de la muchacha. El padre, de apellido tal, un hombre sin honor ni decencia, llegó corriendo, cargó el cadáver hasta la sala principal y comenzó a gritar y maldecir de mil maneras. Zong cerró las puertas con tranca, temblando de miedo y sin saber qué hacer. Chang'e salió en persona a reprenderlo y le dijo: —Incluso si un amo maltratara a una criada hasta matarla, las leyes no estipulan la pena de muerte por compensación; además, habiendo fallecido de manera repentina y fortuita, ¿cómo sabes que no puede volver a la vida?
El hombre vociferó: —¡Sus cuatro extremidades ya están heladas, cómo va a tener signos vitales!
Chang'e dijo: —No hagas alboroto. Incluso si no reviviera, la ley de los magistrados sigue vigente.
Luego entró a la sala principal y acarició el cadáver, tras lo cual la criada revivió al instante y se puso de pie por su propia cuenta. Chang'e se dio la vuelta y dijo furiosa: —¡La criada tuvo la suerte de no morir, así que este bandido desvergonzado no tiene excusa para montar este escándalo! ¡Aútenlo con una soga de cáñamo y entréguenlo a las autoridades!
Sin palabras para replicar, el hombre se arrodilló por largo rato y suplicó clemencia. Chang'e dijo: —Ya que reconoces tu culpa, por ahora perdonaré la investigación. Sin embargo, al ser gente ruin y sinvergüenza, su inconstancia no tiene fin; si dejo a tu hija aquí, tarde o temprano será la raíz de una desgracia, así que debes llevártela de inmediato. En cuanto al precio original acordado, ocúpate de traerlo sin demora.
Ordenó que lo expulsaran y mandó a buscar a dos o tres ancianos de la aldea para firmar y sellar el documento de indemnización al pie. Hecho esto, mandó llamar a la criada y le ordenó al padre que le preguntara en persona: —¿Estás bien?
Ella respondió: —Estoy bien.
Entonces se la entregó para que se fuera. A continuación, reunió a todas las criadas, las reprendió una por una y ordenó que las azotaran a todas. También llamó a Diandang y le impuso una prohibición severa. Le dijo a Zong: —Ahora comprendo que quienes están por encima de los demás no deben tomarse a la ligera ni una sola sonrisa ni un ceño fruncido. La broma comenzó por culpa de esta sierva, pero sus perniciosos efectos terminaron volviéndose imparables. Todo lo que pertenece al dolor pertenece al *Yin*, y lo que pertenece a la alegría pertenece al *Yang*; cuando el *Yang* llega al extremo, nace el *Yin*: esta es la ley constante del ciclo universal. La desgracia de la criada fue la manera en que los dioses y los espíritus advirtieron sobre el proceso gradual. Si uno se mantiene ciego y no despierta, la ruina total no tardará en alcanzarlo.
Zong escuchó sus palabras con respeto. Diandang lloró y suplicó que la liberara de aquel estado. Chang'e le presionó las orejas con los dedos; pasado un rato, soltó las manos. Diandang se quedó aturdida por un instante, como si despertara de un sueño, y luego se arrojó al suelo, rebosante de alegría y con ganas de bailar. A partir de aquel momento, los aposentos femeninos recuperaron la paz y la pulcritud, y nadie se atrevió a armar escándalo.
La criada regresó a su casa y murió de repente sin enfermedad alguna. Como el padre no podía pagar el dinero del rescate, suplicó a los ancianos de la aldea que intercedieran para pedir clemencia, y se le concedió. Además, en agradecimiento por los servicios prestados, le entregaron madera para el ataúd antes de marcharse.
Zong a menudo se lamentaba de no tener hijos. De repente, se escuchó el llanto de un niño en el vientre de Chang'e, quien procedió a abrirse el costado izquierdo con una hoja para sacarlo: era un varón. Al poco tiempo, volvió a quedar encinta y se abrió el costado derecho para dar a luz a una niña. El varón era idéntico a su padre, y la niña era clavada a su madre; ambos contrajeron matrimonio con familias de abolengo.
El Historiador de lo Extraño dice: «¡Cuando el *yang* llega a su extremo nace el *yin*, ¡qué palabras tan profundas! Sin embargo, tener una mujer inmortal en casa, que tiene la fortuna de colmar mis alegrías, disipar mis calamidades, alargar mi vida y librarme de la muerte: ¿no es este el culmen de la dicha, un lugar donde envejecer apaciblemente? ¿Por qué iba la inmortal, a pesar de todo, a afligirse por ello? Que el número de las revoluciones celestes siga su curso es algo natural por principio; pero los infortunados de este mundo, atrapados en una miseria perpetua sin ver jamás la prosperidad, ¿cómo habrían de explicárselo? Antaño, un hombre de Song que no pudo alcanzar la inmortalidad solía decir: "Ser inmortal por un solo día, y morir después, no dejaría ningún remordimiento". Ya no soy capaz de reírme de él».
Ju Leru
Ju Leru era natural de Qingzhou. Tras la muerte de su esposa, abandonó su hogar y partió. Varios años más tarde, regresó ataviado con ropas daoístas y cargando un cojín de junco. Tras pasar una noche, quiso marcharse, pero sus parientes y familiares retuvieron a la fuerza sus vestiduras y su bastón. Ju fingió dar un paseo tranquilo a las afueras de la aldea y, al instante, las ropas y los bártulos que había en la habitación salieron volando suavemente para unírsele, marchándose con él.
El Erudito Chu
El erudito Chen de Shuntian, cuando tenía dieciséis o diecisiete años, solía estudiar con un maestro particular en un templo budista junto a una numerosa compañía de condiscípulos. Entre ellos había un estudiante de apellido Chu, quien afirmaba ser oriundo de Shandong. Se aplicaba con gran empeño al estudio, buscando el profundo significado de los textos sin concederse un solo instante de descanso; además, al residir en el estudio del templo, jamás se le había visto regresar a su hogar. Chen, con quien mantenía la mayor intimidad, le preguntó la razón. Chu respondió:
—Este humilde servidor es de familia pobre y no me es fácil reunir el dinero para la colegiatura. Por ello, no puedo permitirme desperdiciar ni una sola pulgada de tiempo, y si a esto le añado las horas de la medianoche, mis dos días equivalen a tres de los de cualquier otro hombre.
Conmovido por sus palabras, Chen quiso trasladar su lecho para compartir la alcoba con él. Chu lo detuvo, diciendo:
—¡No lo haga, no lo haga! Al observar al distinguido joven, veo que sus estudios no siguen los métodos de mi maestro. Cerca de la Puerta Fucheng se encuentra el maestro Lü, quien, a pesar de su avanzada edad, es digno de ser maestro. Le ruego que vayamos juntos a establecernos con él.
—Ocurría que en la capital muchos de los maestros que daban lecciones cobraban por meses; al concluir el mes y pagada la colegiatura, los alumnos eran libres de quedarse o marchar—.
Ambos estudiantes acudieron entonces a ver a Lü. Este era un erudito veterano de la región de Yue que, arruinado y sin poder regresar a su tierra, se dedicaba a enseñar a los niños pequeños, aunque aquello distaba mucho de ser su verdadera vocación. Se alegró enormemente al recibir a los dos jóvenes; y como Chu era además sumamente inteligente —comprendía todo con solo echarle un vistazo—, le profesaba una predilección especial. La relación entre ambos jóvenes era estrecha y afectuosa: de día compartían el escritorio y de noche el mismo lecho.
Al finalizar el mes, Chu fingió de repente tener que regresar a su casa y no apareció en más de diez días. Todos empezaron a sospechar. Un día, por motivos personales, Chen fue al Templo Tianning y se encontró a Chu en un corredor, ocupado en machacar cáñamo y azufre para fabricar mechas de fuego. Al ver a Chen, se mostró turbado e incómodo. Chen le preguntó:
—¿Por qué ha abandonado tan de repente los estudios?
Chu le tomó de la mano para pedirle que se apartaran a un lugar privado y, con aire apesadumbrado, dijo:
—Mi pobreza no me deja nada que ofrecerle al maestro; necesito medio mes de venta ambulante para poder costear un mes de estudio.
Chen suspiró conmovido durante un buen rato y dijo:
—Vuelva usted a estudiar; yo me encargaré de poner todo mi empeño en ayudarle.
Ordenó a su criado que recogiera los bártulos de Chu y ambos regresaron a la escuela. Le advirtió a Chu que no revelara nada y que simplemente le diera una excusa al maestro. Como el padre de Chen era comerciante de profesión y se había enriquecido con el trato de mercancías, Chen le robaba a menudo dinero a su padre para entregárselo al maestro en lugar de Chu. Al reclamarle su padre por el oro extraviado, Chen le confesó la verdad. Su padre lo tomó por tonto y lo obligó a abandonar los estudios.
Lleno de profunda vergüenza, Chu se despidió del maestro con la intención de marcharse. Al enterarse de los motivos, Lü lo reprendió diciendo:
—Si ya era usted pobre, ¿por qué no lo advirtió antes?
Acto seguido, devolvió íntegro el dinero al padre de Chen y dispuso que Chu continuara sus estudios como antes, compartiendo las comidas con él como si fuera su propio hijo. Aunque Chen ya no asistía a las clases, solía invitar a Chu a beber a las tabernas. Chu se negaba firmemente para evitar sospechas, pero ante la insistencia cada vez más firme de Chen —quien a menudo rompía a llorar—, Chu no se atrevía a rechazarlo por completo, por lo que continuaron frecuentándose sin apartarse jamás.
Transcurridos más de dos años, el padre de Chen falleció, y este volvió a solicitar ser admitido bajo la tutela del maestro. Movido por su sinceridad, Lü lo aceptó; sin embargo, tras tanto tiempo de haber abandonado el estudio, su nivel quedaba a una distancia insalvable del de Chu.
Medio año después, el hijo mayor de Lü llegó desde Yue, buscando a su padre y pidiendo limosna. Los discípulos reunieron fondos para ayudarle con los preparativos del viaje, mientras que Chu se limitó a derramar lágrimas en un gesto de afecto y dependencia. Al despedirse, Lü le encomendó a Chen que tratara a Chu como a su maestro. Chen obedeció y hospedó a Chu en su propia casa.
Poco después, Chen ingresó en la escuela del distrito y se presentó a los exámenes imperiales en la categoría de "talentos rezagados". Preocupado por no ser capaz de completar los rollos del examen, Chu se ofreció a hacerlo por él. Llegada la fecha, Chu se presentó acompañado de un hombre a quien presentó como su primo carnal, Liu Tianruo, pidiéndole a Chen que lo siguiera provisionalmente.
Justo cuando Chen iba a salir, Chu tiró repentinamente de él desde atrás con tanta fuerza que estuvo a punto de caer al suelo, pero Liu lo sostuvo con presteza y se lo llevó. Tras echar un rápido vistazo a los alrededores, caminaron juntos hasta su casa para pasar la noche. La vivienda no contaba con mujeres, por lo que hospedaron al huésped en los aposentos interiores.
Al cabo de unos días, llegó de improviso la festividad del Medio Otoño. Liu le propuso:
—Hoy en el jardín del pariente imperial Li hay muchísima gente paseando; deberíamos ir a disipar nuestra acumulación de hastío, y de paso lo mandaré de regreso a su casa.
Hizo que unos criados cargaran con el caldero de té y los utensilios de vino para marchar hacia allá. Al llegar, solo pudieron ver que las tabernas junto al agua y el pabellón de los ciruelos estaban tan bulliciosos que era imposible entrar. Al rebasar la esclusa fluvial, bajo unos viejos sauces, vieron un bote con los remos cruzados y subieron a él en mutua compañía. Tras haber servido el vino varias veces, la monotonía se hizo pesada. Liu miró a un criado y le preguntó:
—Cerca del Pabellón de las Flores de Ciruelo hay una nueva cortesana; ¿se sabrá si está en su casa?
El criado se marchó por un breve instante y regresó en compañía de la cortesana: se trataba de Li Eyun, de los burdeles. Li era una célebre cortesana de la capital, diestra en la poesía y dotada para el canto; Chen había estado bebiendo en su casa en otra ocasión junto a unos amigos, por lo que la conocía. Al verse, intercambiaron los saludos de rigor. La cortesana mostraba un aire apesadumbrado y triste. Liu le ordenó que cantara, y ella entonó la elegía *Huali*. Chen, disgustado, le reprochó:
—Si los anfitriones e invitados no se ajustan a lo que deseaba su estado de ánimo, ¿cómo se atreve a cantar una tonada de difuntos frente a gente viva?
La cortesana se levantó para disculparse y, forzando una sonrisa en su rostro, entonó una canción amorosa. Chen, complacido, le tomó la muñeca y le dijo:
—Aquellos días usted leía con frecuencia los versos de *Huanxisha*, pero hoy los ha olvidado por completo.
La cortesana recitó entonces en voz baja:
> Con ojos rebosantes de lágrimas miro el tocador,
> al descorrer la cortina veo venir de pronto a la hermana menor;
> bajo la cabeza y miro a un lado y a otro mis zapatos de punta bordada.
> Hago un esfuerzo por disipar mis cejas verdes y esbozo una sonrisa,
> una y otra vez enjugo mis fragantes mejillas con la manga roja,
> temiendo aún que los demás alcancen a adivinar mi secreto.
Chen repitió los versos una y otra vez. Poco después, la embarcación atracó y, al cruzar un largo corredor, vieron que en las paredes había numerosas composiciones poéticas grabadas, por lo que le pidieron que tomara el pincel para anotar allí mismo la letra.
Cuando el día ya declinaba hacia el crepúsculo, Liu dijo:
—Los candidatos están a punto de salir de los recintos de examen.
Con estas palabras, dispuso el regreso de Chen. Al cruzar la puerta, Liu se despidió y marchó. Chen encontró la casa a oscuras y sin nadie; mientras aguardaba un momento, Chu ya había cruzado el umbral. Al observarlo con detenimiento, resultó no ser el estudiante Chu.
Apenas salía de su asombro cuando el visitante se le acercó de repente y cayó desvanecido. Los criados exclamaron:
—¡El joven amo está agotado!
Entre todos se apresuraron a levantarlo y sostenerlo. Al incorporarse, notó que la persona desvanecida no era otra que él mismo.
Una vez puesto en pie, vio al estudiante Chu de pie a su lado, con la mirada extraviada como si saliera de un sueño. Ordenó que se retiraran los sirvientes para investigar el asunto en privado. Chu le dijo:
—No se asuste al escuchar esto: en verdad, yo soy un fantasma.
—Era hora de que me reencarnara, pero la razón por la que he demorado aquí es que no puedo olvidar vuestra noble amistad. Por eso me aferré a tu cuerpo para ayudarte a redactar. Una vez concluidos los tres exámenes, este deseo habrá quedado zanjado».
Chen Fu se preparó para acudir a los exámenes de primavera. El espíritu le dijo:
—La fortuna de tus antepasados ha sido escasa; posees una osamenta mezquina, indigna de recibir títulos póstumos.
Chen preguntó:
—¿A dónde iré?
El espíritu respondió:
—El maestro Lü y este servidor compartimos lazos de padre e hijo, y su constante añoranza no me permite descansar. Tu primo materno es oficial de registros en el Inframundo; le rogaré al Señor de la Tierra que interceda, y tal vez haya alguna solución.
Dicho esto, se despidió y partió. Chen lo encontró extraordinario.
Al amanecer, visitó a la señorita Li con la intención de preguntarle por el paseo en bote, pero ella llevaba ya varios días muerta. Fue también al jardín de la familia imperial y vio que la inscripción seguía allí, aunque la tinta clara apenas se difuminaba, como si estuviera a punto de borrarse. Solo entonces comprendió que quien había escrito el poema era un alma en pena, y quien lo había compuesto, un fantasma.
Al caer la tarde, Chu llegó radiante de alegría y dijo:
—El asunto que tramábamos ha tenido éxito por fortuna. Vengo a despedirme respetuosamente de ti.
Extendiendo ambas palmas, le pidió a Chen que escribiera el carácter «Chu» sobre ellas como marca de recuerdo. Chen se dispuso a servir vino para despedirlo, pero Chu sacudió la cabeza y dijo:
—No hace falta. Si no olvidas nuestro viejo afecto, una vez publicados los resultados de los exámenes, no temas las dificultades del camino.
Chen lo despidió con lágrimas en los ojos. Al salir, vio a una persona que aguardaba en la puerta; Chu se mostró reacio a partir, pero aquel individuo le presionó la coronilla con la mano, la aplastó al instante, lo recogió en una bolsa y se lo echó al hombro para llevárselo.
Unos días después, Chen aprobó los exámenes con éxito. Tras arreglar sus equipajes, partió hacia Yue.
La esposa de Lü había perdido la capacidad de engendrar hijos desde hacía varias décadas y, superados los cincuenta años, de repente dio a luz a un varón que mantenía ambos puños tan apretados que no era posible abrirlos. Cuando Chen llegó y pidió ver al recién nacido, afirmó que en la palma de la mano del niño debía haber escrito el carácter «Chu». Lü no lo creía del todo. Pero en cuanto el infante vio a Chen, abrió los diez dedos por sí solo, y al mirar, en efecto, allí estaba. Sorprendidos, le preguntaron la causa, y él les relató todo lo sucedido. Ambos se regocijaron y se asombraron. Chen le hizo generosos presentes y regresó a su hogar.
Años más tarde, Lü llegó a la capital como tributario anual para presentarse a los exámenes de la corte y se hospedó en la casa de Chen. El niño tenía ya trece años y había ingresado en la escuela del distrito.
El Historiador de lo Extraordinario comenta:
«El viejo Lü enseñaba a sus discípulos, pero no supo educar a su propio hijo. ¡Ay! ¡Hacer el bien a los demás y recibir bendiciones para uno mismo es tan solo cuestión de un instante! El erudito Chu, antes de corresponder con su cuerpo a su maestro, recompensó con su alma a su amigo; su voluntad y su conducta podrían atravesar el sol y la luna. ¿Cómo no habríamos de considerarlo extraordinario tan solo por ser un fantasma?»
***
### Los Registros de Bandidos
Durante el periodo del emperador Shunzhi, en la región de Teng y Yi, siete de cada diez habitantes eran bandidos y las autoridades no se atrevían a apresarlos. Más tarde, al someterse a la pacificación, el magistrado del distrito los catalogó separadamente como «registrados de bandidos». Siempre que surgía un pleito con la gente honrada, el magistrado se torcía deliberadamente a favor de los bandidos, por temor a que volvieran a rebelarse.
Más adelante, los litigantes fingían sistemáticamente pertenecer a los registros de bandidos, mientras que sus rivales atacaban con fuerza dicha falsificación. En cada juicio, sin detenerse a distinguir entre la razón y la sinrazón de los argumentos, los jueces comenzaban por debatir una y otra vez sobre la autenticidad de la condición de bandido, fastidiando a las partes y obligando a los funcionarios a consultar los archivos.
Ocurrió que en la oficina gubernamental abundaban los zorros, y uno de ellos había hechizado a la hija del magistrado. Este mandó a buscar a un maestro taoísta, quien atrapó al zorro con un talismán y lo metió en una botella, dispuesto a quemarlo con fuego vivo. El zorro gritó a voces desde el interior de la botella:
—¡Yo pertenezco al registro de bandidos!
No hubo nadie que, al oírlo, no esbozara una sonrisa disimulada.
El Historiador de lo Extraordinario comenta:
«Hoy en día, hay quienes asaltan a plena luz del día empuñando antorchas, y los magistrados no los consideran bandidos, sino adúlteros; por otro lado, los que escalan muros para cometer actos impuros a menudo no se reconocen como adúlteros, sino como bandidos. ¡Otra transformación más en los asuntos del mundo! Si hoy hubiera un zorro en la yamen, sin duda también gritaría a voz en cuello: “¡Soy un bandido!”».
***
En el distrito de Zhangqiu, los tributos de grano y las gabelas del transporte fluvial, así como los recargos por el valor de la plata fundida, solían multiplicar por varias veces las cargas impuestas a los letrados y la nobleza, por lo que los propietarios de tierras competían por ponerse bajo su amparo. Aunque esto no perjudicaba al erario imperial, sí mermaba los cofres del gobierno.
El magistrado Zhong presentó un memorial solicitando la abolición de tales corrupciones, el cual fue aprobado. Al principio, se ordenó a los infractores que se entregaran voluntariamente; pero más tarde, los astutos plebeyos se valieron de esto para chantajear a otros, de modo que fincas vendidas decenas de años atrás fueron falsamente declaradas y vinculadas a testaferros mediante pleitos para arrebatárselas a sus compradores originales. El magistrado se inclinó sistemáticamente a favor de los demandantes, por lo que muchos campesinos honrados y humildes perdieron sus tierras.
Un letrado apellidado Li fue demandado por cierto individuo de apellido Jia, y ambos acudieron a los tribunales para someterse a interrogatorio. Jia lo llamó «xiucai» en voz alta; Li alzó la voz para rebatirlo con severidad, negándose a aceptar el título de letrado. El alboroto no cesaba. El magistrado preguntó a los asistentes, quienes señalaron que efectivamente era un verdadero xiucai.
El magistrado preguntó:
—¿Por qué razón no lo aceptas?
Li respondió:
—Dejemos al xiucai en lo alto de un estante por ahora; una vez que hayamos ganado el pleito por la tierra, ya habrá tiempo de volver a serlo.
¡Ay! ¡Con lo que respecta al título de bandido, la gente se apresura a fingirlo; pero con lo que respecta al título de letrado, se apresura a rechazarlo! ¡Qué gran perversión es esta!
Alguien presentó una demanda anónima que decía:
«El demandante Yuan Rang se presenta por un caso de resistencia a la ley y usurpación de bienes: debido a mi avanzada edad, ya no puedo cumplir con el servicio de corvea. Poseía cincuenta mu de tierras a las puertas de la ciudad que, en el primer año del duque Yin, inscribí temporalmente bajo el nombre del malvado letrado Yan Hui. Ahora las ordenanzas imperiales son estrictas y rigurosas, por lo que corresponde autoinculparse. Sin embargo, el malhechor se niega a devolver lo prestado tras tanto tiempo y se ha adueñado de ellas por la fuerza. Cuando este peticionario acudió a razonar con él, su maestro, guiando a una banda de setenta y dos malhechores, me atacó con una lluvia de palos venenosos que destrozaron mis pantorrillas y extremidades; además, me encadenó en un callejón inmundo, dándome a comer cada día apenas un cuenco de arroz y un sorbo de agua, manteniéndome preso y famélico hasta casi matarme. Elevo esta queja ante los testigos locales y golpeo el suelo rogando que se me retire el título de nobleza y se investigue con rigor, a fin de que mi patrimonio ensangrentado sea devuelto a su legítimo dueño. Presentado con respeto».
Esto bien podría continuar la demanda que Liu Zhi le interpuso a Bo Yi y Shu Qi.
Cierto Jia
Cierto habitante del oeste del distrito, apellidado Mou, era antiguamente un caballero de las vigas del techo. Su esposa, profundamente aterrorizada por ello, le suplicó en repetidas ocasiones que se detuviera, hasta que Mou finalmente se arrepintió y cambió de rumbo. Al cabo de dos o tres años, su pobreza se volvió tan insoportable que anhelaba cometer un último golpe al estilo de Feng Fu antes de retirarse para siempre. Bajo el pretexto de dedicarse al comercio, consultó a un hábil adivino para averiguar hacia dónde le convenía viajar. El arúspice predijo: «El sureste es propicio; favorece al hombre pequeño, pero es desfavorable para el hombre superior». Esta advertencia coincidía en secreto con sus intenciones, por lo que se alegró en su interior. Partió entonces hacia el sur y llegó a la región entre Suzhou y Songjiang, merodeando a diario por aldeas y poblados durante varios meses.
Cierto día, al entrar por casualidad en un templo, vio dos o tres guijarros amontonados en la esquina de un muro; sabiendo instintivamente que tenían algo de peculiar, arrojó también una piedra junto a ellos y se dirigió directamente a recostarse detrás del altar. Al caer la tarde, se congregaron varias personas en el templo, pareciendo ser más de una docena. De pronto, alguien contó las piedras y, asombrado por su exceso, registraron juntos la parte posterior del altar y capturaron a Mou. Preguntaron: «¿Fuiste tú quien arrojó la piedra?». Mou asaltó con un asentimiento. Al ser interrogado sobre su lugar de origen y su nombre, Mou respondió con falsedades. Sin embargo, le entregaron armas y lo condujeron junto con ellos.
Al llegar a una gran mansión, sacaron una escalera flexible y compitieron por saltar el muro. Como Mou venía de lejos y no conocía bien los caminos, lo hicieron apostarse fuera del muro para encargarse de recibir lo transmitido y custodiar los sacos. Al poco tiempo, arrojaron un bulto hacia abajo; un instante después, descendieron un cofre mediante una soga. Al levantar el cofre y notar que contenía objetos, Mou lo abrió a la fuerza y palpó su interior con las manos; guardó todos los objetos pesados en un solo saco, se lo cargó a la espalda y huyó a toda velocidad, tomando directamente el camino de regreso a casa. Gracias a esto, edificó pabellones y torres, compró fértiles tierras y pagó los tributos para obtener un título académico para su hijo. El magistrado del distrito mandó colgar una tablilla en su puerta con la inscripción «Virtuoso Caballero». Más tarde, cuando estalló un gran caso judicial y toda la banda de bandidos fue capturada, solo Mou carecía de registros o antecedentes, por lo que nadie pudo interrogarlo y así logró escapar ilimitado. Años después, cuando el asunto ya se había calmado, Mou solía jactarse de ello tras embriagarse.
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Cierto bandido notable de apellido Cao, tras regresar a su hogar con una cuantiosa fortuna, dormía con total placidez y desvergüenza. Dos o tres rateros de poca monta escalaron su muro, lo capturaron y le exigieron oro. Cao se negó a entregarlo; entonces le aplicaron torturas con látigos y hierros hirviendo hasta agotarlo por completo, tras lo cual se marcharon. Cao declaró ante la gente: «¡Jamás imaginé que los tormentos de la parrilla ardiente fueran tan crueles!». Sintiéndose profundamente resentido contra los ladrones, se alistó como alguacil a caballo y persiguió a los bandidos del distrito hasta casi exterminarlos. Al capturar a aquellos antiguos ladrones, les infligió exactamente los mismos tormentos que él había sufrido.
La doncella Huo
Zhu Daxing era de Zhangde. Su familia era rica pero extremadamente tacaña; a menos que se tratara de las bodas de sus hijos, no había invitados sentados a su mesa ni carne en su cocina. Sin embargo, era frívolo y aficionado a la lujuria, y dondequiera que hubiera una mujer, no escatimaba en gastos superfluos. Cada noche, saltaba los muros para ir por las aldeas a yacer con mujeres descaradas. Una noche, se encontró a una joven que caminaba sola; al saber que era un ánima en pena, la amenazó por la fuerza y se la llevó consigo a casa. Al acercarle la luz, vio que era de una belleza sin igual. Ella misma dijo llamarse de apellido Huo. Al interrogarla minuciosamente, la mujer se disgustó y dijo: —Ya que has decidido tomarme, ¿a qué viene este interrogatorio? Si temes que te comprometa, más te vale marcharte pronto. Zhu no se atrevió a preguntar más, la retuvo y se acostó con ella. Pero notó que la mujer no podía soportar el grano burdo y aborrecía ver la carne guisada en caldo; exigía que le prepararan sopas con nidos de golondrina, corazones de pollo o vejigas natatorias de pescado antes de poder saciarse. Sin más remedio, Zhu se esforzaba al máximo por complacerla. Además, enfermaba con facilidad y necesitaba un tazón de sopa de ginseng al día. Al principio, Zhu se negó. Pero al verla gimbuendo al borde de la muerte, no tuvo más remedio que dársela, tras lo cual su enfermedad parecía desvanecerse. Y así se volvió costumbre. Las vestimentas de la mujer debían ser de brocados y bordados, y a los pocos días ya se aburría de los viejos. Así pasó más de un mes; al calcular los gastos, estos resultaron incalculables, por lo que Zhu dejó de proveérselos gradualmente. La mujer sollozaba sin comer y exigía irse. Temeroso, Zhu volvía a someterse a sus caprichos con mansedumbre. Cada vez que ella sufría de melancolía, lo obligaba a contratar a una compañía de actores cada diez días más o menos para que representaran obras; durante las funciones, Zhu colocaba un banco fuera de la cortina, sostenía al niño en brazos y se sentaba a contemplarlas. La mujer tampoco mostraba rostro alegre y la insultaba y reprendía a menudo, sin que Zhu llegara a comprenderla del todo. Vivieron así dos años, y la familia comenzó a empobrecerse. Le habló a la mujer con palabras suaves, suplicándole que redujera un poco los gastos; la mujer accedió, y los gastos se redujeron a la mitad. Al cabo de un tiempo, aun así no alcanzaba, y la mujer se contentaba con gachas de carne; poco a poco, incluso lo ordinario le servía. Zhu se alegró en secretó. De repente, una noche, abrió la puerta trasera y huyó. Zhu se sintió desconsolado, como si hubiera perdido el alma; la buscó por todas partes hasta que supo que estaba en la casa de la familia He, en la aldea vecina. Los He eran un clan prominente, de linaje distinguido, audaces, desenfadados y amantes de la hospitalidad, cuyas lámparas brillaban hasta el amanecer. De pronto, una mujer hermosa penetró en los aposentos interiores a medianoche. Al interrogarla, resultó ser la concubina fugitiva de la casa de Zhu. He había menospreciado siempre la forma de ser de Zhu; además, cautivado por la belleza de la mujer, terminó por tomarla. Tras entablar íntima relación durante varios días, quedó aún más hechizado por ella, entregándose al colmo del lujo y los deseos; la proveía exactamente igual que Zhu. Al enterarse del ultraje, Zhu fue a reclamárselo directamente a los tribunales, pero He no le prestó la menor atención. Zhu la demandó ante el magistrado. Como el magistrado consideró que los nombres y antecedentes no estaban claros, no le hizo caso. Zhu sobornó a los funcionarios con su fortuna, y entonces aceptaron detenerla e interrogarla. La mujer le dijo a He: —Cuando estuve en la casa de Zhu, jamás hubo regalos de compromiso ni intermediarios casamenteros concertados, ¿por qué temerle? —He, encantado, se disponía a ir a juicio para resolver el litigio. Un invitado presente, un tal erudito Gu, le aconsejó: —Acoger a una fugitiva ya quebranta las leyes del Estado; además, desde que esta mujer entró por la puerta, sus gastos diarios no tienen medida. Incluso una familia de mil onzas de oro, ¿cómo podría sostenerla por mucho tiempo? He comprendió de golpe, suspendió el pleito y le devolvió la mujer a Zhu. Pasados uno o dos días, la mujer volvió a escapar. Había un tal erudito Huang, un letrado empobrecido de antaño y sin pareja. La mujer llamó a su puerta y entró, explicando por su propia cuenta de dónde venía. Al ver que una mujer tan hermosa se le ofrecía de repente, Huang se llenó de asombro y temor, sin saber qué hacer. Como Huang siempre había respetado la ley, la rechazó firmemente. La mujer no se marchó. En el intercambio de palabras, se mostró de una dulzura y encanto incomparables. El corazón de Huang se conmovió y la retuvo, aunque le preocupaba que ella no pudiera soportar la pobreza. Al amanecer, la mujer se levantó y asumió ella misma las penurias del hogar, esforzándose aún más que en su antigua casa. Huang era un hombre refinado y apuesto, diestro en los encantos íntimos, por lo que lamentaba haberla conocido tan tarde. Solo temía que el rumor se filtrara y su dicha durara poco. Por su parte, desde el pleito, Zhu se había vuelto aún más pobre; y al calcular que la mujer sin duda no podría soportar la estrechez, optó por no investigarlo más. La mujer siguió a Huang durante varios años, con un afecto y devoción sumamente profundos. Un día, de repente quiso regresar a visitar a sus padres y le exigió a Huang que la escoltara en carruaje. Huang dijo: —Antes dijiste que no tenías familia, ¿a qué se debe esta contradicción entre lo de antes y lo de ahora? Ella respondió: —Lo que dije antes fueron palabras al azar. Soy natural de Zhenjiang. Antaño seguí a un hombre disoluto, vagué por los ríos y los lagos, y así llegué hasta aquí. Mi familia es bastante acomodada; si tú gastas tu fortuna en viajar hasta allá, te aseguro que no saldrás perdiendo. Huang siguió sus palabras, alquiló un carruaje y se fueron juntos. Al llegar a los dominios de Yangzhou, amarraron el barco a la orilla del río. La mujer casualmente se asomó a la ventana, cuando pasó el hijo de un rico comerciante que, al quedar prendado de su hermosura, viró su embarcación para seguirlos, sin que Huang se percatara. De pronto, la mujer le dijo: —Tu familia es sumamente pobre. Ahora tengo un método para curar la pobreza, no sé si serás capaz de seguirlo. Huang le pidió explicaciones. La mujer dijo: —Te he acompañado durante varios años sin haber podido darte hijos varones ni mujeres, lo cual también es un asunto inconcluso. Aunque soy de humilde apariencia, tengo la fortuna de no ser vieja ni decrépita; hay quien me obsequiaría mil onzas de oro por mí. Si me vendes y te vas, las esposas y las tierras que hay en este lugar quedarán cubiertas. ¿Qué te parece este plan? Huang perdió el color del rostro, sin saber a qué se debía aquello. La mujer rió y dijo: —No te preocupes. Aunque el mundo está lleno de bellas mujeres, ¿quién estaría dispuesto a comprar una concubina por mil onzas de oro? Solo se lo dije en broma al de afuera para tantear si tiene medios o no. Venderla o no, ¡la decisión es enteramente tuya! Huang se negó. La mujer fue por su cuenta a hablar con la esposa del barquero; la esposa miró a Huang, y Huang respondió vagamente. No bien se hubo marchado la esposa, regresó diciendo: —En el barco vecino hay un hijo de comerciante dispuesto a ofrecer ochocientos. Huang sacudió la cabeza por lo difícil de la suma. Poco después, la mujer volvió y dijo que se aceptaba la orden, pidiendo que pasaran de inmediato al otro barco para efectuar el intercambio. Huang sonrió levemente. La mujer dijo: —Dile que espere un momento, iré a instruir al joven maestro Huang y enseguida haré que se vaya. La mujer le dijo a Huang: —Te he servido todos los días con un cuerpo valuado en mil onzas de oro, ¿apenas vienes a enterarte hoy? Huang preguntó: —Con qué palabras voy a despedirlo? La mujer respondió: —Ve a firmar el documento de venta de inmediato; que te vayas o no, dependerá enteramente de mí. Huang no aceptó.
La mujer lo instó con urgencia. No teniendo otra alternativa, Huang acudió a su encuentro. El pago se efectuó de inmediato. Huang ordenó que se sellara el oro y dijo:
—Ya que la pobreza nos ha llevado a esto y de pronto debemos separarnos, si la mujer de mi hogar se negare rotundamente a aceptarlo, habré de devolver el oro y las joyas intactas en su totalidad.
Apenas terminaban de transportar el oro hacia la barca, la mujer ya había subido a la embarcación del mercader tras la esposa del barquero. Desde la popa, miró hacia la orilla para despedirse con la mano, sin mostrar la menor melancolía o pesar. Huang se quedó con el alma errante, apartado del refugio, con la garganta anudada e incapaz de emitir palabra. Al poco instante, la barca del mercader desató las amarras y partió veloz como una flecha impulsada por un arco. Huang soltó un gran llanto y quiso correr tras ella, pero el barquero se negó a detenerse; la nave cruzó las aguas hacia el sur.
En un abrir y cerrar de ojos llegaron a Zhenjiang, donde las riquezas fueron desembarcadas en la orilla. El barquero apresuró el paso para desatar la embarcación y marcharse. Huang se quedó sentado junto a su equipaje, abatido y sin saber a dónde ir. Al contemplar las aguas torrenciales del río, sintió como si miles de dardos se clavaran simultáneamente en su cuerpo.
Mientras se secaba las lágrimas en secreto, escuchó de pronto una voz melodiosa que lo llamaba:
—¡Joven amo Huang!
Sorprendido, miró a su alrededor y vio que la mujer ya se encontraba en el camino ante él. Exultante de alegría, cargó su equipaje y la siguió. Le preguntó:
—¿Cómo es que has llegado aquí tan de repente?
La mujer sonrió y dijo:
—De haberme demorado unas pocas horas más, habrías empezado a albergar sospechas.
Huang, comenzando a dudar de que fuera un ser común, le exigió una explicación detallada de los hechos. La mujer rió y respondió:
—Esta humilde sirvienta suele despojar a los avaros y engañar a los deshonestos. Si te lo hubiera consultado abiertamente, habrías rehusado con firmeza. ¿De qué otro modo habrías conseguido estas mil onzas de oro? Ahora tus alforjas están repletas y las perlas de Hepu han regresado a su dueño; con que tengas suficiente fortuna, ¿a qué viene hacer preguntas inquisitivas?
Entonces contrató a un porteador para que llevara los bultos, y ambos partieron juntos. Al entrar por la puerta de agua, llegaron ante una residencia orientada al sur y penetraron directamente en ella. Al poco rato, un anciano, una anciana, hombres y mujeres salieron bulliciosos a recibirlos, exclamando todos:
—¡Ha llegado el joven amo Huang!
Huang entró a presentar sus respetos al anciano y a la anciana. Había dos jóvenes que lo invitaron a sentarse y departieron con él; eran los hermanos de la mujer, el Gran Hermano y el Tercer Hermano.
En el banquete no había una gran variedad de manjares, pero cuatro platos de jade rebosaban sobre la mesa cuadrada. Había trozos cortados de pollo, cangrejo, ganso y pescado. Los jóvenes hacían circular el vino en grandes tazones y su conversación era audaz y desinhibida.
Poco después, fue conducido a un patio apartado para que los esposos compartieran la misma estancia. Las colchas y las almohadas eran suaves y resbaladizas, y la cama estaba hecha de cuero curtido en lugar de ratán de palma.
Todos los días, criadas y nodrizas le llevaban tres comidas, y a veces la mujer no salía en todo el día. Huang, viviendo en solitaria reclusión, se sentía apesadumbrado y hastiado, por lo que suplicaba repetidamente regresar a su hogar, pero la mujer se oponía con firmeza.
Un día, ella le dijo:
—Hoy tengo un plan para ti: te sugiero comprar a alguien que asegure tu descendencia. No obstante, comprar a una criada o a una concubina resulta demasiado costoso; debemos fingir que ella es la hermana menor de una concubina y lograr que mi padre discuta el matrimonio con su familia. No es difícil conseguir a la hija de una familia respetable.
Huang se negó, pero la mujer desoyó su negativa. Había un letrado de apellido Zhang cuya hija acababa de enviudar, y se negoció la dote por cien hilos de monedas; la mujer la obligó a casarse con él. La joven esposa, cuyo apodo era A-Mei, era sumamente gentil y delicada. Las cuñadas la llamaban por su nombre. Huang se sentía azorado e incómodo, mientras que la mujer mostraba una total tranquilidad.
Días después, la mujer le dijo:
—Esta humilde sirvienta irá con mi hermana mayor a la provincia de Nanhai para visitar a una tía; regresaremos en poco más de un mes. Les ruego a ustedes dos que vivan en paz.
Dicho esto, partió. Los esposos vivieron solos en un patio, recibiendo sus alimentos a tiempo y con suma abundancia. Sin embargo, desde el día en que cruzó el umbral, ni una sola persona había vuelto a pisar su habitación. Cada mañana, A-Mei se presentaba ante la anciana, pronunciaba una o dos palabras y se retiraba de inmediato. Las cuñadas, que estaban a un lado, se limitaban a intercambiar una sonrisa. Aunque pasaran largo tiempo sentadas allí, jamás se mostraban afectuosas, y cuando Huang se encontraba con el anciano, ocurría exactamente lo mismo.
En ocasiones, si los hermanos se reunían a conversar y Huang se acercaba, todos guardaban un absoluto silencio. Huang, sumido en la duda y la melancolía, no tenía a quién confesar su tribulación. A-Mei lo percibió y le inquirió:
—Dado que usted es como un hermano para los jóvenes señores, ¿por qué desde hace un mes todos lo tratan como a un desconocido?
Huang, pillado por sorpresa y sin saber qué responder, tartamudeó:
—He estado diez años fuera de casa y apenas ahora he regresado.
A-Mei examinó minuciosamente los antecedentes del anciano y de la anciana, así como los lugares de residencia de las cuñadas. Huang, hallándose en un apuro extremo, ya no pudo seguir ocultando la verdad y lo reveló todo de principio a fin.
La muchacha rompió en llanto y dijo:
—Aunque mi familia es humilde, jamás nos hemos rebajado a ser concubinas serviles. ¡No me extraña que los otros me hayan tratado con desprecio y ni siquiera me consideren digna de ser contada!
Huang, aterrorizado e incapaz de idear una salida, se arrodilló largamente, dispuesto a acatar las órdenes de la mujer. A-Mei enjugó sus lágrimas, lo levantó y le pidió que volviera a sentarse, preguntándole:
—¿Cómo osaría este servidor abrigar otros designios? Mi única ocurrencia es marcharme completamente solo —respondió Huang.
—Habiendo contraído matrimonio, regresar así, ¿cómo lo tolera tu corazón? Aunque la otra mujer se adelantó, aquello fue una unión clandestina; si bien yo llegué después, lo mío es legítimo. ¿Por qué no esperar un poco a que ella regrese y preguntarle qué planea hacer con esta humilde servidora, ya que fue ella quien tramó todo esto?
Pasaron varios meses, pero la mujer no regresaba.
Una noche, al escuchar ruidos de festejos y bebidas en la sala de huéspedes, Huang se acercó sigilosamente a espiar y vio a dos forasteros sentados en los asientos de honor vistiendo atuendos militares: uno de ellos llevaba un turbante de piel de leopardo y su aspecto era tan imponente como el de una divinidad celestial; el otro, sentado hacia el este, lucía un yelmo elaborado con cuero de cabeza de tigre, cuyas fauces abiertas mordían la frente, con orejas y nariz perfectamente delineadas.
Aterrorizado y desconcertado, regresó para contárselo a A-Mei, sin lograr comprender quiénes eran el tal Huo y su hijo. Aterrorizados y recelosos, los esposos tramaron mudarse a otro lugar alquilado, pero temían despertar las sospechas de los anfitriones.
Huang dijo:
—Te diré la verdad: aun si la gente de Nanhai regresa y se esclarecen los hechos, yo no puedo hacer de este lugar mi hogar. Ahora deseo llevarte conmigo, pero temo que tu honorable padre tenga algo que objetar. Lo mejor será separarnos temporalmente; en el lapso de dos años habré de regresar. Si puedes esperarme, espérame; si deseas marcharte con otro, eres libre de hacerlo.
A-Mei quiso informar a sus padres para seguirlo, pero Huang se opuso. La muchacha, bañada en lágrimas, le exigió un juramento de fidelidad, tras lo cual se despidieron y ella regresó a su hogar.
Huang entró a despedirse del anciano y de la anciana. En ese momento, todos los hermanos habían salido; el anciano trató de retenerlo para esperar el regreso de aquellos, pero Huang se negó a escuchar y partió. Al abordar la barca, sintió una honda desolación, con el cuerpo y el espíritu completamente quebrantados.
Al llegar a Guazhou, de repente volvió la cabeza y vio una vela solitaria que se acercaba, veloz como el vuelo; al aproximarse gradualmente, vio que quien estaba sentado en la proa de la embarcación, apoyado en su espada, era el Gran Señor Huo. Desde la distancia le gritó: «Deseas regresar presurosamente, ¿por qué no lo consultaste de nuevo? Has dejado atrás a la señora; ¿quién será capaz de esperarte dos o tres años?». Mientras hablaba, el bote ya se había acercado. A-Mei salió del interior de la embarcación, el Gran Señor Huo la ayudó a subir al barco de Huang, dio un salto y se marchó al instante.
Antes de esto, cuando A-Mei ya había regresado a su hogar, comenzó a llorar y a relatarle los hechos a sus padres entre lágrimas. De pronto, el Gran Señor Huo se presentó en la puerta con una litera, empuñando su espada para intimidarlos, y obligó a la joven a huir con él. Toda la familia quedó aterrorizada y en absoluto silencio, sin atreverse a obstaculizarlo ni a hacer preguntas. Cuando la joven relató lo sucedido, Huang no lograba comprender cuál era el propósito de aquello; sin embargo, al recuperar a A-Mei con gran alegría, mandó a soltar las amarras y la barca partió de inmediato.
Al llegar a casa, Huang sacó capital para dedicarse a los negocios y llegó a ser considerado un hombre de considerable riqueza. A-Mei sentía una constante preocupación por sus padres y deseaba que Huang fuera a visitarlos; pero al mismo tiempo temía que, dado que ella venía del clan Huo, surgieran nuevamente fricciones y desigualdades entre la esposa principal y las concubinas.
No había pasado mucho tiempo cuando el anciano Zhang llegó de visita; al ver que la mansión estaba bien cuidada y ordenada, se sintió muy reconfortado. Le dijo a su hija: «Después de que saliste de casa, fui de inmediato a la residencia Huo a indagar, pero vi que las puertas ya estaban cerradas con cerrojo; ni siquiera el dueño de la propiedad sabía nada, y durante medio año no hubo noticia alguna. Tu madre derramaba lágrimas día y noche, diciendo que habías sido engañada por un malhechor y que ignoraba en qué parajes andabas errante y desamparada. ¿Ahora estás a salvo, por fortuna?».
Huang le contó la verdad sobre cómo ocurrieron los hechos, por lo que ambos sospecharon que se trataba de una divinidad.
Más tarde, A-Mei dio a luz a un hijo, al que llamaron Xiansi. Cuando este tenía poco más de diez años, su madre lo envió a Zhenjiang. Al llegar a los límites de Yangzhou, se detuvo a descansar en una posada y todos los sirvientes salieron. En ese momento se acercó una mujer, tomó al muchacho de la mano y lo condujo a otra habitación; bajó la cortina, lo sentó sobre sus rodillas y, con una sonrisa, le preguntó cuál era su nombre. El muchacho se lo dijo. Ella le preguntó: «¿Qué significado tiene tu nombre?». Él respondió: «No lo sé». La mujer dijo: «Cuando regreses y le preguntues a tu padre, lo sabrás por ti misma». Entonces le arregló el rodete del cabello, se quitó una flor de su propio peinado para ponérsela a modo de horquilla y le colocó unos brazaletes de oro en las muñecas. Asimismo, le metió oro en la manga y le dijo: «Llévalo para comprar libros y estudiar». El muchacho le preguntó quién era, a lo que ella replicó: «¿Acaso el niño no sabe que tiene otra madre? Ve a decirle a tu padre: Zhu Daxing ha muerto sin ataúd; debes ayudarlo, no lo olvides».
El viejo sirviente regresó a la posada y descubrió que el joven amo no estaba; lo buscó hasta dar con la otra habitación y, al escuchar que alguien conversaba con él, miró a través de una rendija y vio que se trataba de la antigua señora de la casa. El sirviente tosió suavemente fuera de la cortina, con la intención de reportarse e informar. La mujer empujó al muchacho hacia el lecho y, en un instante de trance, se esfumó sin dejar rastro.
Al preguntar al posadero, nadie sabía nada. A los pocos días, al regresar de Zhenjiang, le contó todo a Huang y sacó a relucir los obsequios recibidos. Huang se sintió profundamente conmovido y suspiró con emoción. Al indagar sobre Zhu Daxing, resultó que este llevaba apenas tres días de haber fallecido y su cadáver yacía expuesto sin sepultura; Huang le brindó un generoso socorro funerario.
El Historiador de lo Extraño comenta:
«¿Acaso la mujer era un ser inmortal? Cambiar de amo tres veces no es actuar con virtud; sin embargo, logró romper la tacañería del avaro y precipitar la perdición del libertino. Aquella mujer no carecía de intenciones. Pero una vez quebrantada esa avaricia, ya no era necesario compadecerla; ¿qué lamento merece que la osamenta de la codicia, la lujuria y la mezquindad termine abandonada en una zanja?».
***
El crítico literario
El príncipe Wang Pingzi de Pingyang, al dirigirse a los exámenes imperiales en la Prefectura del Norte, alquiló una residencia en el Templo Baoguo. En el templo ya se hospedaba un erudito de Yuhang. Como vivían en habitaciones contiguas, el príncipe le envió su tarjeta de visita, pero el erudito no respondió. Al cruzarse con él mañana y tarde, se mostraba en la mayoría de las ocasiones descortés. El príncipe se enfureció por su arrogancia y descaro, por lo que rompieron todo trato.
Un día, un joven de distinguida apariencia visitó el templo, ataviado con túnica y gorro blancos, luciendo una imponente estampa. Al acercarse a conversar con él, su lenguaje resultó armonioso y exquisito, por lo que el príncipe le tomó gran afecto y respeto. Le preguntó por su tierra natal y linaje, a lo que respondió: «Me apellido Song y soy de Dengzhou». Entonces ordenó a su criado que le preparara un asiento, y se pusieron a charlar alegremente cara a cara.
Dio la casualidad de que el erudito de Yuhang pasaba por allí, y ambos se levantaron para cederle el asiento. El erudito ocupó el asiento de honor con toda naturalidad, sin la menor muestra de modestia o cortesía. De repente, le preguntó a Song:
—¿Acaso tú también te presentas a los exámenes?
Song respondió:
—No. Con mi talento de rocín, hace tiempo que abandoné toda ambición de alzar el vuelo.
El erudito preguntó de nuevo:
—¿De qué provincia?
Song se lo indicó. El erudito dijo:
—Habiendo renunciado a la carrera de letras, bien se deja adivinar tu perspicacia. En las regiones de Shandong no hay ni una sola persona que entienda de letras.
Song replicó:
—Es cierto que en el Norte escasean los entendidos, pero el que uno no entienda no significa necesariamente que sea un mindundi; y aunque en el Sur abundan los eruditos, el que lo sea no significa necesariamente que su señoría esté entre ellos.
Apenas terminó de hablar, dio una palmada; el príncipe se sumó al gesto, y ambos rompieron en una carcajada general. El erudito, avergonzado y furioso, frunció las cejas, se remangó los brazos y exclamó a grandes voces:
—¿Te atreverías a proponer un tema ahora mismo para poner a prueba nuestros talentos literarios?
Song apartó la mirada y, con una sonrisa burlona, dijo:
—¿Cómo no me voy a atrever?
De inmediato se dirigió a su aposento, sacó los clásicos y se los entregó al príncipe. El príncipe abrió un volumen al azar, señaló con el dedo y leyó:
*«El joven del distrito de Que impartía las órdenes»*.
El erudito se levantó y pidió pincel y papel. Song lo detuvo tirando de su manga:
—Basta con decirlo de viva voz. Mi exégesis ya está lista: *“Al tropezar en un lugar de tránsito para huéspedes con una persona que carece de todo saber”*.
El príncipe se agarró el estómago estallando en risas. El erudito, furioso, exclamó:
—¡No sabes escribir un ápice de literatura y te limitas a proferir insultos! ¿Cómo tienes la cara de llamarte ser humano?
El príncipe intercedió con empeño para apaciguar los ánimos y le pidió que propusiera otro buen tema. El príncipe volvió a pasar las páginas al azar y leyó:
*«En la dinastía Yin había tres hombres de benevolencia»*.
Song respondió al instante:
—*“Los tres hombres no seguían el mismo Dao, pero su destino convergía en uno solo. ¿Cuál es ese uno? La respuesta es: la benevolencia. Al hombre noble le basta con la benevolencia, ¿qué necesidad hay de que sea la misma?”*.
El erudito, ya sin replicar, se levantó y dijo:
—Este sujeto posee un ápice de talento —y se marchó.
A raíz de esto, el príncipe estimó aún más a Song. Lo invitó a su aposento y, mientras conversaban amablemente durante el tiempo que tarda en quemarse una vara de incienso, el príncipe le mostró todas sus composiciones para que las juzgara. Song las hojeó con extrema rapidez; en poco más del tiempo de un cuarto de hora, ya había leído un centenar de poemas. Dijo:
—Vuestra merced también está profundamente versado en este arte; sin embargo, al tomar el pincel, lo hace con el deseo obsesivo de alcanzar la certeza, albergando además la esperanza fortuita de acertar. Tan solo con eso, ya ha descendido a una categoría inferior.
Acto seguido, tomó los textos ya leídos y se los explicó uno por uno. El príncipe se sintió inmensamente complacido y comenzó a tratarlo como a su maestro. Hizo que el cocinero preparara *shuijiao* rellenos de azúcar de caña. Song los probó y, encontrándolos deliciosos, comentó:
—En toda mi vida había probado un sabor semejante; le ruego que otro día vuelva a prepararlos.
A partir de entonces, congeniaron a la perfección y se mostraron de lo más cordiales. Cada tres o cinco días, Song se pasaba por allí sin falta, y el príncipe siempre le preparaba los *shuijiao*. El erudito de Yuhang solía encontrárselo de vez en cuando; aunque no mantenían una conversación fluida, su aire de altivez y desdén disminuyó de golpe.
Un día, el erudito le mostró a Song sus ensayos para los exámenes. Al ver que los círculos y marcas de aprobación dejados por sus amigos eran muy densos, Song les echó un simple vistazo, los arrojó sobre el escritorio y no pronunció una sola palabra. El erudito, sospechando que no los había leído, volvió a pedírselo. Song respondió que ya los había leído por completo. El erudito, dudando aún de que los hubiese comprendido, le preguntó. Song dijo:
—¿Qué hay de difícil en comprenderlos? ¡Simplemente son malos!
El erudito exclamó:
—Con un simple vistazo por encima, ¿cómo sabes que son malos?
Entonces, Song recitó su texto como si lo hubiera leído desde su infancia, recitándolo y criticándolo al mismo tiempo. El erudito, bañado en sudor y encogiéndose de vergüenza, se marchó sin decir palabra.
Al poco tiempo, Song se marchó. El erudito entró y le exigió al príncipe que le escribiera un texto. El príncipe se negó. El erudito lo buscó por la fuerza hasta encontrarlo, y al ver que el texto estaba lleno de marcas de corrección, rió diciendo:
—¡Esto se parece muchísimo a un bollo de azúcar!
El príncipe, que por naturaleza era sencillo y torpe en el habla, se ruborizó avergonzado.
Al día siguiente, al llegar Song, el príncipe le contó todo lo sucedido. Song se enfureció y dijo:
—Pensaba que «los sureños ya no volverían a rebelarse», ¡pero cómo se atreve este patán provinciano a actuar de tal modo! ¡Sin duda debo darle su merecido!
El príncipe le expuso con ahínco las advertencias sobre la frivolidad para disuadirlo, y Song quedó profundamente conmovido y agradecido.
Poco después, concluidos los exámenes, el príncipe le mostró sus ensayos a Song, quien los aprobó con creces. Ocasionalmente, al pasear por los pabellones, vieron a un monje ciego sentado bajo el corredor, que disponía de medicinas y practicaba la curación. Song exclamó sorprendido:
—¡He aquí un hombre extraordinario! Es sumamente entendido en literatura; no podemos dejar de pedirle consejo.
De inmediato ordenó que regresaran a la residencia a buscar los ensayos. Al encontrarse con el erudito de Yuhang, vinieron juntos. El príncipe saludó al maestro y le explicó el propósito de la visita. El monje, sospechando que venían por cuestiones médicas, les inquirió por sus dolencias. El príncipe le explicó detalladamente el motivo para pedir su enseñanza. El monje rió y dijo:
—¿Quién tiene tanta lengua? Si estoy ciego, ¿cómo voy a juzgar ensayos?
El príncipe le rogó que usara los oídos como sustitutos de los ojos. El monje replicó:
—Tres composiciones suman más de dos mil palabras, ¡quién va a tener la paciencia de escucharlas tanto tiempo! Más vale quemarlas, y las examinaré con la nariz.
El príncipe accedió. Con cada texto que quemaban, el monje lo olfateaba, asentía con la cabeza y decía:
—En tus inicios imitaste a los grandes maestros; aunque aún no alcanzas la perfección, te pareces bastante. Acabo de asimilarlo a través del bazo.
El príncipe preguntó:
—¿Aprobaremos o no?
El monje respondió:
—También se puede aprobar.
El erudito de Yuhang, que no terminaba de creerlo, quiso probar primero quemando la obra de un gran maestro de la antigüedad. El monje la olfateó de nuevo y exclamó:
—¡Qué maravilla! Este texto ha entrado en mi corazón; si no hubieran sido Gui (Youguang) o Hu (Yinzhou), ¿quién se habría apañado para redactar esto?
El erudito, atónito, comenzó a quemar sus propias obras. El monje dijo:
—Apenas acabo de percibir el aroma de un solo estilo y aún no he contemplado el panorama completo, ¿por qué cambian de pronto a otra persona?
」 El erudito fingió decir: «La obra de un amigo, no es más que esa única pieza; esta fue compuesta por este humilde estudiante». El monje olió la ceniza restante, tosió un par de veces y dijo: «¡No la arrojes más! Se atora en la garganta y no puede pasar; forzarla a entrar por el esófago es demasiado; si la quemas otra vez, me causará náuseas». El erudito, avergonzado, se retiró.
A los pocos días se publicaron las listas, y el erudito resultó seleccionado; Wang había reprobado. El erudito y Wang fueron corriendo a contárselo al monje. El monje suspiró y dijo: «Aunque yo soy ciego de los ojos, no lo soy de la nariz; ¡los que están tras las cortinas son ciegos hasta de la nariz!».
Al poco rato llegó el erudito de Yuhang, con el ánimo exultante, y dijo: «Monje ciego, ¿también tú has probado los bollos de agua de otros? ¿Cómo ha quedado la cosa hoy?». El monje respondió: «Lo que yo critico son los ensayos, no pretendo discutir el destino con usted. Intente buscar los ensayos de los examinadores, queme uno de cada cual, y sabré al instante cuál de ellos es su maestro».
El erudito y Wang se pusieron a buscar entre todos, y solo consiguieron ocho o nueve. El erudito preguntó: «Si hay algún error, ¿cuál será el castigo?». El monje, indignado, dijo: «¡Arrancadme los globos oculares!».
El erudito los fue quemando. Por cada uno que quemaba, el monje decía que no era; al llegar al sexto, de repente se volvió hacia la pared y vomitó copiosamente, con ruidos estomacales que sonaban a truenos. Todos soltaron una carcajada. El monje, secándose los ojos, se dirigió al erudito y dijo: «¡Este es verdaderamente tu maestro! Como al principio no lo sabía y lo olí de repente, se me clavó en la nariz, se me hizo espinas en el vientre, y como mi vejiga no pudo contenerlo, ¡se me ha escapado directamente por la parte baja!».
El erudito, furioso, se marchó diciendo: «¡Mañana lo verás por ti mismo, no te arrepientas! ¡No te arrepientas!». Pasados dos o tres días, no apareció por ningún lado; al ir a ver, ya se había mudado. Y así supieron que era uno de los discípulos de aquel.
Song consoló a Wang diciendo: «Todos los que somos hombres de letras no debemos culpar a los demás, sino examinarnos a nosotros mismos: no culpar a los demás hace que la virtud se expanda, y poder examinarse a uno mismo hace que el saber avance. El tropezón actual es, sin duda, que el destino no acompaña; hablando con imparcialidad, tu ensayo tampoco alcanzaba la cumbre. Si te pules a partir de esto, el mundo por sí mismo no carece de hombres que no sean ciegos». Wang se puso de pie con respeto y reverencia. Al enterarse de que al año siguiente se celebraría nuevamente el examen provincial, decidió no regresar y se quedó a recibir sus enseñanzas.
Song le dijo: «La leña es cara como el jade y el arroz como las perlas en la capital, pero no te preocupes por los gastos de viaje. Detrás de la cabaña hay una cava con lingotes que puedes utilizar». Y le indicó exactamente el lugar.
Wang agradeció diciendo: «Antiguamente Dou y Fan eran pobres pero honrados; ahora este humilde servidor tiene la fortuna de poder mantenerse por sí mismo, ¿cómo iba a mancharse por propia voluntad?».
Un día en que Wang dormía ebrio, su sirviente y el cocinero abrieron la cava a escondidas. Wang se despertó de repente al escuchar ruidos detrás de la cabaña; al asomarse, vio que el oro se amontonaba en el suelo. Al quedar al descubierto la verdad y el asunto al descubierto, todos cayeron aterrados y sumisos. Mientras los reprendía, vio que había unas copas de oro, la mayoría con inscripciones grabadas; al examinarlas con detenimiento, vio que todas llevaban el nombre de pila y de cortesía de su abuelo. Resulta que el abuelo de Wang había sido secretario en el Ministerio del Sur, y al alojarse en la capital había fallecido a causa de una enfermedad repentina, siendo aquel oro lo que había dejado en herencia. Wang se alegró enormemente y calculó que había obtenido más de ochocientas taels de oro.
Al día siguiente se lo informó a Song, mostrándole además las copas, y quiso repartirlas a medias, pero ante la firme negativa de Song, no insistió más. Con cien taels fue a hacer un obsequio al monje ciego, pero este ya se había marchado.
Pasaron varios meses de estudio cada vez más riguroso. Al llegar los exámenes, Song dijo: «¡Si esta batalla no se gana, entonces esto es verdaderamente el destino!».
Al poco tiempo, Wang fue descalificado por infringir las reglas. Wang aún guardaba silencio, pero Song rompió en un llanto inconsolable que no lograba detener. Fue Wang quien a su vez lo consoló. Song dijo: «Este servidor es aborrecido por la Creación; he estado sumido en la miseria toda mi vida, y ahora encima he perjudicado a un buen amigo. ¡Es el destino, no hay duda! ¡Es el destino, no hay duda!». Wang respondió: «Todas las cosas tienen sin duda un número prefijado. En cuanto a usted, señor, es que no tiene ambición de avanzar, no es el destino».
Song se secó las lágrimas y dijo: «Hace mucho que quería decirle algo, pero temía asustarle o extrañarle. No soy un ser viviente, sino un alma errante en pena. De joven tuve fama de erudito, pero no logré realizar mis ambiciones en las salas de examen. Vine a la capital fingiendo locura, con la esperanza de que alguien que supiera reconocerme transmitiera mis obras. En el año *jiashen* sufrí una calamidad, y desde entonces vago de aquí para allá como pelusa al viento. Afortunadamente, he disfrutado de su aprecio y afecto, por lo que hice todo lo posible por servir de piedra de otro monte; el deseo no cumplido de mi vida era, en realidad, desahogarme a gusto con un buen amigo. ¡Ahora que el desastre se ha cebado así en las letras, quién podría permanecer indiferente!».
Wang, conmovido, también rompió a llorar y le preguntó: «¿A qué se debe tanta demora?».
Él respondió: «El año pasado el Emperador Celestial emitió un decreto encomendando al Sabio Confucio y al rey Yama la revisión de los fantasmas de las calamidades; los de la categoría superior serán destinados a ocupar cargos en las diversas oficinas, y a los demás se les hará pasar por la rueda de la reencarnación. Mi humilde nombre ya ha sido registrado; el único lugar al que aún no me había presentado era aquel donde deseaba ver el júbilo de alcanzar el éxito de un solo vuelo. ¡Ahora vengo a despedirme de usted!».
Wang preguntó: «¿Qué puesto le han examinado?».
Él respondió: «En la prefectura de Zitong hay una vacante de Escribano del Despacho; temporalmente se le ordenó a un criado sordo que sellara los documentos, y por eso el destino de las letras ha estado patas arriba. Si por ventura tengo la fortuna de obtener este rango, haré que las enseñanzas sagradas resplandezcan con claridad».
Al día siguiente llegó muy contento y dijo: «¡Se ha cumplido mi deseo! El Sabio me ordenó redactar un *Tratado sobre la Naturaleza y el Dao*; al verlo, su rostro se iluminó de alegría y dijo que podía encargarme de las letras. El registrador del inframundo, Mo, quería descartarme debido a mis "pecados de la boca", pero el Sabio intercedió por mí y así pude conseguirlo. Ya me he postrado en agradecimiento. Además, me llamó cerca del estrado y me instruyó diciendo: "Ahora, por aprecio al talento, te he ascendido a un puesto puro e importante; debes purificar tu corazón y cumplir con tus deberes, sin reincidir en tus faltas pasadas". ¡De esto se deduce que en el inframundo se valora la virtud aún más que la literatura! Seguramente su cultivo espiritual no ha llegado a lo suficiente; limítese a acumular buenas acciones sin cesar y ya está».
Wang dijo: «Si las cosas son así, ¿dónde queda la virtud de aquel de Yuhang?».
Él respondió: «Eso ya no lo sé. Pero sepa que las recompensas y castigos del inframundo nunca fallan ni lo más mínimo».
El monje ciego del día anterior era también un fantasma, perteneciente a una familia ilustre de la dinastía anterior. Debido a haber descartado y desperdiciado demasiados papeles con caracteres escritos durante su vida, fue castigado a volverse ciego. Como él mismo deseaba curar las aflicciones de los hombres para redimir sus faltas pasadas, por ello se había encubierto vagando por los mercados y tiendas».
Wang ordenó que se sirviera vino. Song dijo: «No es necesario. Habiendo durado la molestia todo el año, que este solo momento baste; con que me prepares unos cuernos de agua será suficiente».
Wang, con el corazón afligido, no pudo probar bocado. Le hizo sentarse a comer por sí mismo; en un instante, se devoró tres grandes porciones. Acariciándose el vientre, dijo: «Esta comida puede saciarme por tres días; lo hago simplemente para grabar tu virtud en mi memoria. Lo que comí antes se encuentra ahora detrás de la casa, convertido ya en hongos. Si los guardas y los usas como medicina, pueden incrementar la inteligencia del muchacho».
Wang le preguntó por su próximo encuentro, a lo cual respondió: «Dado que ahora tienes obligaciones oficiales, debo apartarme por decoro».
Preguntó de nuevo: «En el templo de Zitong, cuando realicé una libación y una plegaria, ¿pudo aquello llegar a los celestes?».
Song dijo: «Todo eso es inútil. Los Nueve Cielos están muy distantes; con que purifiques tu cuerpo y practiques la virtud con esfuerzo, habrá por sí mismo un decreto de los oficiales terrenales que informe, y entonces este servidor sin duda llegará a saberlo».
Dichas las palabras, se despidió y se desvaneció. Wang miró detrás de la casa y, efectivamente, habían brotado hongos púrpuras; los recolectó y los guardó. A un lado había un nuevo túmulo de tierra levantada, y allí estaban intactos los cuernos de agua.
Al regresar, Wang se exigió y se disciplinó aún más a sí mismo. Una noche, soñó que Song llegaba en un carruaje con dosel y le decía: «Antiguamente, debido a un pequeño enfado, mataste por error a una criada, lo que te hizo ser borrado de los registros de la fortuna oficial; ahora, tus firmes actos virtuosos ya han cancelado esa deuda. Sin embargo, tu destino es frágil y no basta para asumir una carrera en el gobierno».
Ese año, aprobó los exámenes provinciales; al año siguiente, aprobó también los exámenes de la primavera en la capital. Con todo, ya no volvió a buscar cargos públicos. Tuvo dos hijos, uno de los cuales era sumamente torpe; tras darle a comer de los hongos, se volvió extraordinariamente inteligente.
Más tarde, debido a un asunto, se dirigió a Jinling y se encontró con el letrado de Yuhang en una posada. Hablaron extensamente de su larga separación, mostrándose el letrado muy humilde y abatido, aunque sus patillas ya estaban completamente blancas y manchadas.
El Historiador de lo Extraño comenta: «El letrado de Yuhang se jactaba abiertamente; uno imaginaría que sus escritos tal vez no carecían del todo de mérito, pero su actitud, su semblante y sus modales llenos de arrogancia y engaño hacían que uno no pudiera tolerarlo ni por un instante. El hastío y desprecio de los hombres y de los cielos hacia él venían de antiguo, por lo que incluso los fantasmas y los dioses jugaban a burlarse de él. Si tan solo hubiera sido capaz de cultivar e incrementar su virtud, entonces aquellos "espinosos corazones que pican la nariz" tras las cortinas de bambú habrían sido fáciles de tratar cuando se los encontrara. ¿Cómo iba a ser tan escasa su desgracia?».
**El Zorro Feo**
Mu Sheng era de Changsha. Su familia era de extrema pobreza, sin prendas de algodón acolchado para pasar el invierno. Una noche, mientras estaba sentado a solas en el frío, una mujer entró; sus ropas eran deslumbrantes y vistosas, pero su tez era morena y fea. Ella sonrió y dijo: —¿No tienes frío acaso?
Mu Sheng, aterrorizado, le preguntó quién era.
Ella respondió: —Soy un zorro inmortal. Me da lástima tu soledad, y solo he venido a compartir el frío lecho contigo.
Mu Sheng temía que fuera un zorro y le desagradaba su fealdad, por lo que comenzó a gritar a voz en cuello. La mujer colocó un lingote de oro sobre la mesa y dijo: —¿Si estás dispuesto a llevarte bien conmigo, te lo daré como regalo?
Mu Sheng, complacido, accedió. No había colchones ni sábanas en la cama, así que la mujer la cubrió con su propia túnica de abrigo. Al llegar el alba, ella se levantó y le advirtió: —Con el regalo que te he dado, ve de inmediato al mercado a comprar seda suave para hacer ropa de cama; usa el resto para acolchar prendas y preparar comida, y con eso bastará. Si logramos mantener este afecto por siempre, no temas a la pobreza.
Dicho esto, se marchó. Mu Sheng se lo contó a su esposa, quien también se alegró mucho; de inmediato compraron seda y se pusieron a coser.
A la noche siguiente, cuando la mujer llegó y vio la ropa de cama completamente nueva, dijo con alegría: —¡Qué gran labor ha hecho la señora de vuestra casa!
Dejó más oro como recompensa. A partir de entonces, no hubo noche en la que faltara a su cita. Cada vez que se marchaba, invariablemente dejaba algo atrás. Al cabo de poco más de un año, la casa había sido reparada y relucía con pulcritud; tanto por dentro como por fuera vestían brocados y sedas bordadas, convirtiéndose de la noche a la mañana en una familia de acaudalados terratenientes.
Sin embargo, los sobornos y obsequios de la mujer comenzaron a disminuir gradualmente, por lo que Mu Sheng, albergando en su corazón un sentimiento de hastío, contrató a un maestro taoísta para que dibujara un talismán en la puerta. Cuando la mujer vino, lo mordió hasta romperlo y lo arrojó a un lado. Entró, lo señaló con el dedo y exclamó: —¡Has traicionado la virtud y quebrantado tu palabra hasta el límite tolerable para un hombre! Aun así, ¿qué pueden hacerme semejantes tretas? Si ya me aborreces y me desdeñas, me iré por mi propia voluntad. ¡Pero puesto que el afecto y la lealtad se han roto, aquello que recibiste de mí debes devolverlo!
Dichas estas palabras, se marchó llena de ira. Mu Sheng, aterrorizado, fue a ver al maestro taoísta. Este último montó un altar y apenas había terminado de disponer las ofrendas cuando cayó repentinamente al suelo, con el rostro cubierto de sangre; al examinarlo, vieron que le habían rebanado una oreja. Todos los presentes sintieron un gran pánico y se dispersaron en desbandada; el maestro taoísta también huyó a la carrera, cubriéndose la oreja mutilada.
En la habitación comenzaron a llover piedras del tamaño de palanganas; puertas, ventanas, ollas y sartenes, nada quedó intacto. Mu Sheng yacía postrado bajo la cama, encogido y sudando frío. De pronto vio a la mujer entrar cargando una criatura: tenía cabeza de gato y cola de perro lanudo. La depositó frente a la cama y la incitó diciendo: —¡Je, je! ¡Muerde los pies de este traidor!
La bestia se abalanzó de inmediato sobre sus zapatos, con dientes más filosos que una hoja de acero. Mu Sheng, aterrorizado, intentó encogerse aún más, pero sus cuatro extremidades eran incapaces de moverse. La criatura le trituró los dedos con un crujido seco y sonoro. El dolor era tan intenso que Mu Sheng, al borde de la agonía, comenzó a suplicar piedad entre lamentos.
La mujer le exigió: —Saca todo el oro y las perlas que tengas, sin ocultar nada.
Mu Sheng asintió apresuradamente.
La mujer soltó una risa burlona: —¡Jajaja!
Solo entonces la bestia se detuvo. Incapaz de ponerse en pie, Mu Sheng se limitó a indicarle dónde guardaba las riquezas. La mujer misma fue a saquear el lugar: además de los broches de perlas y las ropas, apenas logró juntar algo más de doscientos taeles de oro. Al considerarlos insuficientes, la mujer volvió a ordenar: —¡Je, je!
La bestia reanudó la masticación. Mu Sheng dio gritos lastimeros pidiendo clemencia. La mujer le dio un plazo de diez días para reunir seiscientos taeles de oro como indemnización. Mu Sheng aceptó y la mujer se marchó con la criatura en brazos.
Pasó el tiempo y los familiares regresaron poco a poco. Sacaron a Mu Sheng de debajo de la cama; sus pies estaban bañados en sangre y había perdido dos dedos. Al mirar el interior de la habitación, vieron que estaba completamente vacía de riquezas, a excepción de la vieja colcha rota de antaño, que aún se conservaba. Con ella cubrieron a Mu Sheng y lo dejaron recostado.
Temiendo que la mujer regresara a los diez días, vendieron a una sirvienta y remataron sus propias vestimentas para completar la suma exigida. Al llegar el plazo fijado, la mujer hizo su aparición tal como se esperaba; le entregaron el dinero con premura y ella se marchó sin decir palabra. A partir de entonces, nunca más volvió a saberse de ella.
A Mu Sheng le tomó medio año de tratamientos médicos sanar de las heridas en sus pies, pero su familia había quedado sumida en la misma extrema pobreza del principio.
Resulta que el zorro se había mudado cerca de la aldea, a la casa de la familia Yu. Yu era un campesino cuya familia no poseía grandes recursos; sin embargo, en el transcurso de tres años, compró títulos nobiliarios mediante donaciones de grano y su hacienda se llenó de amplias mansiones de aleros entrelazados. Las suntuosas túnicas que vestía su familia provenían en su mitad de los bienes de la casa de Mu Sheng. Al verlo, Mu Sheng no se atrevía ni a reclamarle.
Ocasionalmente, al transitar por el campo, se cruzó con la mujer en el camino. Ella se arrodilló profundamente a la orilla de la vereda. Sin pronunciar palabra, envolvió cinco o seis piezas de oro en un pañuelo de seda blanco, se lo arrojó a lo lejos a Mu Sheng y dio media vuelta para alejarse a paso firme.
Más tarde, el patriarca de la familia Yu falleció prematuramente, pero la mujer aún solía aparecerse por su casa, donde el oro y las sedas de la familia desaparecían misteriosamente cada cierto tiempo. Al verla llegar, el hijo de la familia Yu se postró para saludarla y le suplicó a la distancia: —Aunque mi padre ya haya fallecido, todos nosotros somos como hijos tuyos. Si decides no compadecerte de nosotros, ¿cómo tienes el corazón para condenarnos a la pobreza de esta manera?
Tras escuchar esto, la mujer se marchó y jamás volvió a presentarse.
El Historiador de lo Extraño comenta:
«Cuando un espíritu maligno se presenta, darle muerte es un acto de noble resolución; pero una vez que uno ha recibido sus favores, ni siquiera a los fantasmas se les debe traicionar. Si tras alcanzar la riqueza se da muerte a Zhao Meng, entonces los hombres sabios y豪杰 (heroicos) lo condenarán. Si a un hombre no le agrada algo en su corazón, ¿de qué le servirían diez mil campanas de tributo? Al observar cómo se regocijaba al ver el oro, ¿no era acaso la suya la clase de avaricia que antepone el lucro a todo, sin importarle perder la vida y manchar su honor? ¡Qué lamentable es el hombre codicioso, que al final termina en la ruina y la destrucción!».
Lü Wubing
El Joven Sun de Luoyang, cuyo nombre era Qi, tomó por esposa a la hija del Prefecto Jiang, con quien congeniaba a la perfección. A los veinte años, ella falleció prematuramente, sumiéndolo en un dolor insuperable. Alejándose del hogar, se instaló en una finca apartada en las montañas.
Cierta vez, en un día nublado y lluvioso, reposaba durante el día sin nadie más en la habitación. De pronto, vio que bajo la cortina de la alcoba interior sobresalían los pies de una mujer; extrañado, preguntó quién iba. Una muchacha levantó la cortina y entró; aparentaba unos dieciocho o diecinueve años, con ropas sencillas pero pulcras, aunque ligeramente morena y con varias pecas, asemejándose a la hija de una familia humilde. Suponiendo que sin duda era alguien que alquilaba una habitación en la aldea, la reprendió: «¡Lo que necesites debes comunicárselo a los criados, cómo te atreves a entrar con tanta ligereza!»
La mujer sonrió levemente y dijo: «Esta humilde sirvienta no es de esta aldea; mi linaje ancestral es de Shandong, de apellido Lü. Mi padre fue un letrado erudito. Mi nombre de infancia es Wubing. Al seguir a mi padre en sus viajes como huésped, perdí tempranamente el amparo materno y paterno. Admirando la ilustre estirpe y la fama de letrado del Joven Gongzi, deseo convertirme en una criada literaria a lo Kangcheng».
Sun sonrió y dijo: «Tu intención es ciertamente excelente. Sin embargo, los de nuestra condición vivimos en medio del bullicio, lo cual resulta en verdad poco conveniente; cuando regrese a mi hogar, habré de enviar un carruaje para comprometerte formalmente».
La mujer titubeó un momento y dijo: «Juzgándome a mí misma como insignificante y burda, ¿cómo iba a atreverme a aspirar a una unión en pie de igualdad? Tan solo aspiro a aguardar ante su escritorio para servirle, y confío en no llegar a sostener los volúmenes de los libros al revés».
Sun replicó: «Para acoger a una criada también es menester un día propicio». Entonces señaló un estante y le pidió que tomara el cuarto volumen del *Almanaque Universal* —haciéndolo a modo de prueba—. La mujer hojeó hasta dar con él. Lo consultó primero por sí misma y luego se lo tendió, diciendo con una sonrisa: «Hoy el espíritu *Hekui* no se encuentra en esta habitación».
El corazón de Sun se conmovió ligeramente, por lo que la ocultó y retuvo en la habitación. Como la mujer no tenía ocupaciones en su apacible estancia, le alisaba los escritorios y ordenaba los libros, encendía incienso y limpiaba los bronces de sacrificios, dejando la habitación llena de pulcritud y brillo, lo cual complació a Sun. Al caer la tarde, envió a los criados a dormir a otra parte. La mujer bajaba las cejas con delicadeza, sirviéndole con extrema solicitud y esmero. Cuando él le ordenó acostarse, ella se limitó a tomar una vela y se marchó.
Al despertar a mitad de la noche, sintió que a la cabecera de la cama parecía haber alguien durmiendo; tanteó con la mano y supo que era la mujer. La agarró y la sacudió. La mujer se levantó sobresaltada al pie del lecho. Sun le dijo: «¿Por qué no fuiste a dormir a otra parte? ¿Acaso la cabecera de la cama es lugar para que duermas tú?». La mujer respondió: «Esta humilde sirvienta se asusta con facilidad». Sun, sintiendo compasión por ella, le permitió extender su almohada al fondo de la cama.
De repente percibió que el aliento que exhalaba era tan puro como el pistilo de un loto, lo cual le pareció extraordinario; la llamó para compartir la almohada y su corazón comenzó a agitarse sin poder evitarlo; poco después compartieron el mismo edredón, hallando en ello un inmenso placer. Pensando que mantenerla oculta no era una solución adecuada, y temiendo además que convivir bajo el mismo techo atrajera habladurías, Sun recordó que tenía una tía materna que vivía a escasamente una decena de puertas de distancia, por lo que urdió el plan de hacerla huir a su casa para luego volver a reclamarla. La mujer estuvo de acuerdo y dijo: «A la Honorable Tía la conozco muy bien, no hace falta una presentación previa, permítame marcharme de inmediato». Sun la despidió, y ella saltó los muros para alejarse.
La tía materna de Sun era una anciana viuda. Al abrir su puerta en la madrugada, la mujer se deslizó hacia el interior. La anciana la interrogó. Ella respondió: «Su sobrino me envía para hacerle una pregunta a la Honorable Tía. El Joven Gongzi desea regresar, pero el camino es largo y le faltan cabalgaduras, así que me ha pedido que me hospede temporalmente aquí». La anciana le creyó y así la alojó.
Cuando Sun regresó, fingió ante la casa de su tía que había una criada a la que deseaba regalarle, por lo que envió gente para que la trajera de vuelta en litera, y desde entonces la llevaba consigo tanto al sentarse como al recostarse. Con el tiempo, su favor hacia ella aumentó considerablemente y la tomó por concubina.
Cuando las familias distinguidas hablaban de arreglar un matrimonio, él los rechazaba a todos, pues albergaba la firme intención de permanecer con ella hasta el final de sus días. Al enterarse, la mujer le suplicó con insistencia que tomara una esposa legítima; así pues, contrajo nupcias con una mujer de apellido Xu, pero su afecto y favor hacia Wubing no disminuyeron jamás. La señora Xu era sumamente virtuosa y jamás disputaba las atenciones nocturnas; Wubing servía a Xu con una reverencia aún mayor: debido a esto, tanto la esposa principal como la concubina se llevaban a la perfección.
Xu dio a luz a un varón llamado A-jian, a quien Wubing amaba y acunaba como si hubiera salido de sus propias entrañas. Apenas cumplió tres años, el niño se apartaba de su nodriza para dormir siempre junto a Wubing; cuando Xu lo llamaba, él se negaba a ir.
Al poco tiempo, la señora Xu enfermó gravemente y falleció. Al borde de la muerte, le encomendó a Sun: «Wubing es quien más ama al niño, haz que sea él quien lo críe; incluso si asciende a la posición de esposa principal, también es aceptable».
Una vez celebrados los funerales, Sun estuvo a punto de cumplir su palabra. Se lo comunicó a los miembros del clan, pero todos coincidieron en que no era admisible; la mujer también se negó con firmeza, por lo que el asunto quedó zanjado.
Había en el distrito la hija de un alto funcionario, el ministro Wang, que había enviudado recientemente y buscaba contraer nupcias. Sun originalmente no deseaba casarse, pero el ministro Wang insistió una vez más. Las matchmakers ponderaban su belleza, y sus parientes, rendidos ante el poder e influencia de la familia Wang, lo incitaban en coro. Sun, confuso y vacilante, terminó casándose con ella.
Su belleza era ciertamente deslumbrante, pero su orgullo alcanzaba límites intolerables; las ropas y utensilios de la casa le causaban desagrado y desprecio en su mayoría, por lo que solía destrozarlos y desecharlos. Moviéndose por el amor y el respeto que le tenía, Sun no se atrevía a contrariarla en nada. A los pocos meses de entrar a la casa, monopolizó el favor y los aposentos para ella sola, haciendo que hasta los simples actos de sonreír o llorar de Wubing ante su presencia fueran considerados delitos. A menudo desataba su furia contra su esposo, provocando constantes peleas y altercados. Sun, afligido y atormentado por esta situación, optaba por dormir solo la mayor parte del tiempo, lo cual enfurecía aún más a la esposa.
No pudiendo soportarlo por más tiempo, Sun fingió un pretexto para marchar a la capital, huyendo así de los tormentos de su esposa. La mujer atribuyó su prolongado viaje a la culpa de Wubing. Esta última se encogía e inclinaba, conteniendo la respiración para adivinar y complacer sus estados de ánimo, pero la esposa jamás se mostraba satisfecha.
Por las noches la obligaba a hacer guardia al pie de la cama, y el niño corría a reunirse con ella. Cada vez que la esposa la llamaba para que atendiera algún encargo, el niño rompía a llorar. La esposa lo maldecía con fastidio. Wubing llamaba con urgencia a la nodriza para que se lo llevara, pero el niño se negaba a ir; si la forzaban, sus gritos aumentaban. La esposa, enfurecida, se levantaba y le propinaba innumerables y crueles azotes, hasta que por fin el niño se alejaba junto con la nodriza. A causa de esto, el niño enfermó de espanto y dejó de comer.
La esposa le prohibió a Wubing que volviera a verlo. El niño lloraba todo el día, y la esposa regañaba a la nodriza, ordenándole que lo arrojara al suelo. Con las fuerzas agotadas y la voz ronca, el niño suplicaba pidiendo agua; la esposa prohibió terminantemente que se la dieran.
Al caer la tarde, Wubing, al percatarse de que la esposa no estaba presente, le dio de beber al niño en secreto. Al verlo, el niño arrojó el agua, se aferró a las solapas de sus ropas y rompió a llorar a gritos sin poder calmarse. Al oírlo, la esposa salió a empujones con aire amenazador y furioso. Al escuchar su voz, el niño contuvo el llanto y, dando un solo suspiro, expiró al instante.
Wubing rompió en amargo llanto. La esposa, furiosa, le recriminó: «¡Despreciable sirvienta y su repugnante teatro! ¿Acaso pretendes amenazarme con la muerte del niño? ¡Olvídate de las niñerías de la familia Sun; incluso si matara al heredero de la mansión del Príncipe, la hija del ministro Wang sabría cómo responder por ello!».
Wubing entonces contuvo los sollozos, tragó sus lágrimas y pidió encargarse de los preparativos para el entierro.
La esposa se negó y ordenó de inmediato que lo abandonaran. La mujer se fue, pero a escondidas acarició al niño; sus cuatro extremidades aún estaban templadas. Le dijo en secreto a la anciana nodriza: «Llévalo pronto y espérame un momento en el campo; yo te alcanzaré enseguida. Si muere, lo enterraremos juntos; si vive, lo criaremos juntos». La anciana respondió: «De acuerdo». Wubing entró a la recámara, tomó horquillas y pendientes, y salió a alcanzarlas. Al ver al niño juntas, este ya había revivido. Ambas se alegraron y planearon huir hacia una propiedad secundaria para refugiarse con una tía. La anciana temía que los diminutos pasos de la mujer la retrasaran, por lo que Wubing se adelantó a toda prisa para esperarlas; su velocidad era como la del viento errante, y solo corriendo con todas sus fuerzas la anciana pudo alcanzarla.
A eso de la segunda *geng*, la condición del niño empeoró gravemente y ya no pudieron avanzar más. Se desviaron entonces para entrar a una aldea, llegaron a la casa de un anciano campesino y se apoyaron contra la puerta a esperar el alba, llamando a la entrada para pedir una habitación prestada. Sacaron las horquillas y pendientes para cambiarlos por monedas y llamaron tanto a chamanes como a médicos, pero la enfermedad al final no sanó.
La mujer, secándose las lágrimas, dijo: «Anciana, cuida bien del niño; yo iré a buscar a su padre».
La anciana apenas se sorprendía de su absurdo disparate cuando la mujer ya se había desvanecido, dejándola sumida en un asombro y espanto incesantes.
Ese día, Sun se encontraba en la capital, descansando sobre su lecho, cuando la mujer entró sigilosamente. Sun se incorporó sobresaltado y exclamó: «¡Apenas me había dormido y ya has entrado en mis sueños!».
La mujer le tomó la mano, ahogada en sollozos, y pataleaba sin poder emitir sonido alguno. Tras un largo, larguísimo rato, logró al fin romper el llanto para decir: «Esta concubina ha atravesado mil penurias y amarguras, y junto con el niño he huido hacia Yang...». Sin terminar la frase, lanzó un grito desgarrador, cayó al suelo y se desvaneció.
Sun, aterrorizado e incrédulo, aún sospechaba que se trataba de un sueño. Llamó a sus sirvientes para que la miraran junto a él: sus ropas y zapatos estaban allí, intactos. Lleno de profunda extrañeza y sin comprender nada, hizo preparar de inmediato su equipaje y voló de regreso a casa con la velocidad de una estrella fugaz. Al enterarse de que el niño había muerto y su concubina había huido, se golpeó el pecho con frenesí y estalló en un dolor inmenso. Sus palabras recriminaron a la esposa, y esta le respondió con insolencia, devolviéndole cada agravio. Encolerizado, Sun desenfundó una hoja afilada; las sirvientas y la anciana nodriza se interpusieron para protegerla y, al no poder acercarse, se la arrojó desde la distancia. El lomo de la hoja golpeó la frente de la esposa, abriéndosela y haciéndola sangrar. Con el cabello desatado, salió aullando a gritos, dispuesta a ir corriendo a denunciarlo a la casa de sus padres. Sun la atrapó y la hizo azotar incontables veces, hasta que sus ropas quedaron hechas jirones y sus heridas le impedían moverse de un lado a otro. Sun ordenó que la cargaran al interior de una habitación para curarla y cuidarla, planeando echarla solo después de que sanara.
Al enterarse, los hermanos de la esposa se enfurecieron y, montados a caballo, se presentaron en masa a las puertas de la casa; Sun también reunió a sus siervos robustos, armados para defenderse. Ambos bandos se insultaron a gritos hasta que el día llegó a su fin y finalmente se dispersaron. Wang, sintiéndose insatisfecho, entabló una demanda. Sun cabalgó para defenderse al entrar en la ciudad, se presentó voluntariamente ante los jueces para ser interrogado y expuso las depravadas acciones de la esposa. El magistrado no pudo doblegarlo y lo remitió al Instructor de Letras (*Guangwen*) para que lo disciplinara y así complacer a Wang.
El maestro Zhu, el *Guangwen*, era vástago de una ilustre familia, recto e incorruptible. Tras investigar a fondo los hechos, se indignó y exclamó: «¡Acaso los magistrados de este tribunal me toman por un instructor mezquino y mundano de los callejones, dispuesto a extorsionar dinero infame que desafía al cielo para chupar las llagas y hemorroides de los hombres! ¡Esta clase de mendicidad es algo de lo que soy incapaz!». Y se negó rotundamente a aceptar la orden. Sun regresó con toda naturalidad.
Al no poder hacer nada, Wang recurrió a sus amigos e hizo que intercedieran, deseando que la esposa fuera devuelta a su hogar con una disculpa. Sun se negó, y ni tras diez intentos pudo llegarse a una resolución. Las heridas de la esposa sanaron gradualmente; él deseaba echarla, pero temía que la familia Wang no la recibiera, por lo que prolongó la situación y la dejó estar por un tiempo.
Como la concubina había perecido y el hijo había muerto, Sun sentía una pena desgarradora día y noche, y deseaba encontrar a la nodriza para preguntarle sobre lo ocurrido. Recordando entonces que Wubing había dicho que había «huido hacia Yang», y sabiendo que en los pueblos cercanos existía una localidad llamada Yangjiatuan, sospechó que tal vez se encontraba allí; fue a preguntar, pero nadie sabía nada. Alguien le comentó que a cincuenta *li* de distancia se hallaba el Valle de Yang (*Yanggu*), por lo que envió jinetes a investigar, y efectivamente la encontró allí.
El niño se estaba recuperando poco a poco; al verse, ambos se alegraron enormemente, lo subieron al carruaje y regresaron juntos. Al avistar a su padre, el niño rompió a llorar a gritos y las lágrimas de Sun también brotaron.
Al enterarse de que el niño seguía con vida, la esposa salió corriendo con aire altanero, dispuesta a lanzarle insultos y reproches. Justo cuando el niño lloraba y abrió los ojos para ver a la esposa, se arrojó aterrorizado al pecho de su padre, como si buscara dónde esconderse. Sun lo abrazó para mirarlo, pero el aliento del pequeño ya se había extinguido. Lo llamó con urgencia y solo después de un buen rato logró revivir.
Sun, furioso, exclamó: «¡No sé qué clase de crueldad y tormento le habrás infligido para que nuestro hijo llegara a este extremo!».
Y redactó de inmediato la carta de divorcio para enviar a la esposa de regreso a su hogar. Como era de esperarse, Wang se negó a aceptarla y la devolvió a la casa de Sun cargada en unas parihuelas. No teniendo otra alternativa, padre e hijo vivieron en un patio separado, sin mantener trato alguno con la esposa.
Fue entonces cuando la nodriza relató con todo detalle el estado y comportamiento de Wubing, haciendo que Sun comprendiera por fin que ella había sido un espíritu. Movido por su lealtad y rectitud, sepultó sus ropas y zapatos, erigiendo una estela que rezaba: «Tumba de la esposa fantasmal Lü Wubing».
Poco después, la esposa dio a luz a un varón que nació con los brazos cruzados sobre el cuello y murió al instante. La furia de Sun se intensificó y volvió a repudiar a la esposa; de nuevo, Wang se la devolvió en parihuelas. Sun preparó entonces un escrito formal para acusarla ante las autoridades superiores, pero todas desestimaron el caso debido a la influencia del suegro, que ocupaba un alto cargo en los ministerios celestiales (*Tianguan*). Tras el fallecimiento de dicho alto funcionario, Sun no dejó de presentar demandas hasta que por fin se emitió un fallo ordenando su expulsión definitiva. Desde entonces, Sun no volvió a casarse jamás, limitándose a tomar a una sirvienta como concubina.
Una vez que la esposa hubo regresado a casa de su familia, su fama de mujer violenta y bravucona resonó estrepitosamente. Pasaron tres o cuatro años sin que nadie volviera a preguntar por ella para un enlace. La esposa sintió un arrepentimiento profundo, pero ya no había forma de enmendar lo hecho.
Ocurrió que una antigua nodriza de la familia Sun visitó casualmente su hogar. La esposa la trató con exquisita cortesía y derramó lágrimas frente a ella; al adivinar sus sentimientos, la anciana notó que parecía añorar a su antiguo esposo. A su regreso, la nodriza se lo contó a Sun, pero este se limitó a sonreír y restarle importancia.
Pasó otro año más y la madre de la esposa también falleció. Quedó completamente sola y sin apoyo, y sus cuñadas parecían hastiadas y disgustadas de ella; la esposa perdió aún más su lugar en el mundo y se la pasaba derramando lágrimas todos los días.
Cuando un erudito empobrecido perdió a su esposa, el hermano de esta propuso engrosar generosamente la dote para enviarla con él, pero la esposa se negó rotundamente. En secreto y a escondidas, encargaba una y otra vez a los transeúntes que le hicieran llegar sus recados a Sun, suplicándole entre llantos que la perdonara, mas Sun se negaba a escuchar.
Un día, la esposa tomó a una sirvienta, robó un burro, lo montó y cabalgó directamente hacia la casa de Sun. Justo cuando Sun salía del interior de la residencia, ella se adelantó para arrodillarse junto a los escalones, llorando de manera inconsolable. Sun intentó apartarla, pero la esposa se aferró a sus ropas y volvió a postrarse de hinojos.
Sun Gu declinó, diciendo: «Si hemos de reunirnos de nuevo, bastará con que vivamos siempre en armonía y sin palabras discordantes; pero si un día surgieran otros problemas y tus hermanos fueran como tigres y lobos, si volviere a desear alejarme, ¿acaso podría lograrlo de nuevo?».
La mujer respondió: «Esta concubina huyó para venir a tu lado, y de ningún modo hay razón para que regrese. Si me permites quedarme, me quedaré; ¡si no, moriré aquí mismo! Además, esta concubina te siguió desde los veintiún años y fue repudiada a los veintitrés. Aun si tuviera diez partes de maldad, ¿cómo no habría de tener una parte de afecto?».
Entonces se quitó un brazalete de la muñeca, ató con él ambos pies, lo cubrió con la manga y dijo: «¿Acaso no recuerdas los votos jurados ante el incienso en aquel tiempo?».
A Sun se le humedecieron los ojos al borde de las lágrimas y ordenó a los sirvientes que la sostuvieran para hacerla entrar en la habitación. Sin embargo, seguía sospechando que los ardides de la señora Wang eran engañosos y deseaba obtener una sola palabra de sus hermanos como prueba.
La mujer dijo: «Habiendo escapado en secreto, ¿con qué rostro iba a pedir nuevamente el favor de mis hermanos? Si no lo crees, tengo aquí los instrumentos para morir; permíteme cortarme un dedo para probar mi sinceridad».
De inmediato sacó una hoja afilada de su cintura, extendió la mano izquierda junto al borde de la cama y se cortó un dedo, brotando la sangre a raudales. Sun, presa de un gran espanto, se apresuró a vendar la herida. El rostro de la mujer cambió por el dolor, pero no emitió ningún gemido. Sonriendo, dijo: «El sueño de mil días de esta concubina ya ha despertado; simplemente me he valido de esta humilde estancia para planear mi vida como monja, ¿por qué habrías de desconfiar de mí?».
Sun hizo entonces que su hijo y su otra concubina vivieran en otra dependencia, mientras él iba y venía entre ambas viviendas por la mañana y por la noche. Además, buscó cada día buenos medicamentos para curar la herida del dedo, la cual sanó al cabo de poco más de un mes. A partir de entonces, la mujer dejó de comer carne y beber alcohol, cerrando su puerta para dedicarse únicamente a recitar los sutras budistas.
Al cabo de un tiempo, al ver que la administración de la casa se hallaba arruinada y descuidada, le dijo a Sun: «Cuando esta concubina vino aquí, originalmente deseaba no inmiscuirme en otros asuntos; mas al ver los gastos de este modo, temo que los hijos y nietos terminen muriendo de hambre. No habiendo otra alternativa, volveré a mostrarme desvergonzada para poner orden».
Acto seguido, convocó a las sirvientas y nodrizas, exigiéndoles cuotas diarias de hilado y tejido. Como los criados sabían que ella se había presentado por propia voluntad, la trataban con desdén y se burlaban de ella a sus espaldas, pero la mujer parecía no oír ni saber nada. Poco después, al evaluar el trabajo, no perdonaba con azotes a los perezosos, por lo que todos comenzaron a temerla.
Además, detrás de una cortina, supervisaba la contabilidad de los sirvientes, manejándolo todo con sutil minuciosidad. Sun se alegró enormemente e hizo que su hijo y su otra concubina fueran a rendirle honores matutinos.
Ah-Jian ya tenía nueve años, y la mujer le brindó especial afecto y solicitud. Cuando el muchacho entraba por la mañana a la escuela, ella siempre le guardaba golosinas para cuando regresara; el niño también comenzó a encariñarse con ella.
Un día, el muchacho arrojó una piedra a un gorrión y la mujer, que pasaba en ese momento, recibió el impacto en la frente y cayó al suelo, quedando sin hablar durante un largo rato. Sun montó en cólera y azotó al muchacho. La mujer volvió en sí y se esforzó por detenerlo, diciendo con alegría: «En el pasado, cuando yo maltrataba al niño, mi corazón nunca hallaba reposo; hoy, por fortuna, se ha saldado una deuda de culpa».
Sun se sintió aún más encariñado y cautivado por ella, pero la mujer siempre lo rechazaba y lo enviaba a dormir con la otra concubina.
Pasaron los años, y aunque dio a luz en repetidas ocasiones, sus hijos murieron prematuramente uno tras otro. Ella decía: «Esta es la retribución por haber matado a mis hijos en el pasado».
Cuando Ah-Jian contrajo nupcias, ella le delegó todos los asuntos exteriores, mientras que los asuntos domésticos se los confió a su nuera.
Un día dijo: «Esta concubina morirá en tal fecha».
Sun no lo creyó. La mujer preparó por sí misma los enseres para su funeral y, llegado el día, se cambió de ropa, entró en el ataúd y falleció. Su semblante parecía el de una persona viva y una extraña fragancia llenó toda la habitación; tras el rito de la
mortaja, el perfume comenzó a desvanecerse gradualmente.
El historiador de lo extraordinario comenta:
«Lo que el corazón apetece originalmente no radica en la belleza o la fealdad. ¿Cómo saber si Mao Qiang y Xi Shi no eran hermosas simplemente porque quienes las amaban las ensalzaban? Sin embargo, si uno no se topa con una mujer brava y celosa, su virtud no resplandece, al punto de hacer que la gente termine riendo a la par de aquel que come costras con deleite. En cuanto a la mujer de Jinping, sus raíces kármicas eran profundas por naturaleza, y por ello, al despertar de golpe, alcanzó de inmediato la iluminación del Bodhicattva. Aquellos que transitan por los caminos del infierno, en cambio, son todos seres ricos que jamás han experimentado la adversidad».
Qian Buwu
Xia Shang era natural de Hejian. Su padre, Dongling, era un hombre fabulosamente rico pero extravagantemente derrochador. Cada vez que comía bollos al vapor, invariablemente descartaba las puntas, dejando el suelo lleno de ellas en completo desorden. Debido a su corpulencia y peso, la gente lo apodaba el «Tercer Comisionado de los Desperdicios». En su vejez, su familia cayó en la más absoluta pobreza, al punto de que los alimentos diarios escaseaban; sus brazos estaban tan delgados que la piel colgaba como sacos vacíos, por lo que la gente lo llamó también el «Monje del Monasterio de la Mendicidad», en alusión a la alforja que siempre llevaba colgada. Al borde de la muerte, le dijo a Xia Shang: «Durante mi vida malgasté los dones del cielo de manera violenta, lo que ofendió la ira celestial hasta el punto de llevarme a morir congelado y hambriento. Debes atesorar la fortuna con virtud y obrar con rectitud para redimir las culpas de tu padre».
Xia Shang cumplió estrictamente con las últimas voluntades de su padre, mostrando una sinceridad y sencillez inquebrantables, y se ganaba el sustento cultivando la tierra con sus propias manos. Los aldeanos lo amaban y respetaban. Un anciano acaudalado, apiadándose de su pobreza, le prestó capital para que aprendiera el comercio ambulante, pero Xia Shang terminó perdiendo todo el principal. Avergonzado por no tener con qué pagar, se ofreció como sirviente, mas el anciano se negó. Aterrorizado y sintiéndose profundamente intranquilo, Xia Shang vendió todas sus tierras y su casa para saldar la deuda con el anciano. Al enterarse de los detalles, el anciano se compadeció aún más de él, lo obligó a recuperar sus antiguas propiedades y, además, le prestó una suma aún mayor de oro para que reiniciara sus negocios. Xia Shang declinó diciendo: «Apenas pude pagar unas decenas de monedas de oro, ¿cómo voy a contraer una deuda en la próxima vida digna de un asno o un caballo?».
Entonces el anciano lo invitó a asociarse con otros comerciantes. Tras varios meses de viaje regresó, habiendo apenas evitado las pérdidas; el anciano no le cobró intereses y le permitió reanudar sus labores. Al cabo de más de un año, el capital prestado llenaba los carros; al llegar al río Yangtze, sufrieron un huracán y el barco estuvo a punto de zozobrar, perdiéndose la mitad de las mercancías. Al calcular lo que le quedaba, apenas alcanzaba para pagarle al dueño. Le dijo entonces al comerciante con el que iba: «Si el Cielo ha dispuesto que uno sea pobre, ¿quién puede salvarlo? ¡Todo esto es por haberte traído problemas!». Presentó los libros de cuentas al comerciante y se retiró con las manos vacías. El anciano volvió a insistir, pero al ver que era imposible, Xia Shang retornó a labrar la tierra como antes. A menudo suspiraba diciendo: «Todos en este mundo tienen asignados unos años de disfrute, ¿cómo es que he caído en semejante desgracia?».
Dio la casualidad de que llegó a la región una adivina que utilizaba monedas para predecir el destino y conocía con exactitud la fortuna de las personas. Xia Shang fue a visitarla con reverencia. La adivina era una anciana. Su habitación estaba impecablemente limpia, con un altar espiritual en el centro donde el incienso ardía constantemente. Tras rendirle reverencia al amanecer, el comerciante le pidió una lectura. Xia Shang le entregó cien monedas, las cuales la adivina introdujo todas en un tubo de madera, se arrodilló frente al asiento y lo agitó haciendo tintinear las monedas como si pidiera un vaticinio mediante tablillas. Poco después se puso de pie, vació las monedas en su mano y procedió a ordenarlas en filas sobre la mesa. Su método consistía en que las caras con caracteres escritos significaban infortunio, mientras que las caras lisas representaban prosperidad. Al contar hasta la cincuenta y ocho, todas mostraban caracteres; a partir de ahí, todas eran caras lisas.
Le preguntó entonces: «¿En qué año de tu ciclo de los tallos celestiales y ramas terrestres naciste?».
Él respondió: «A los veintiocho años».
La anciana sacudió la cabeza y dijo: «¡Es muy pronto! Lo que el honorable funcionario está viviendo ahora es la fortuna de sus antepasados, no su propia fortuna personal. A los cincuenta y ocho años entrará por fin en su propio destino, y solo entonces su vida dejará de estar llena de nudos y enredos».
Él preguntó: «¿Qué significa eso de la fortuna de los antepasados?».
Ella respondió: «Si los antepasados acumularon virtudes y su bendición aún no se ha agotado, la disfrutan los descendientes; si los antepasados obraron con maldad y su castigo no se ha agotado, los descendientes también lo sufren».
Xia Shang contó con los dedos y dijo: «De aquí a treinta años más, ya seré un anciano decrépito, con un pie en la tumba».
La adivina replicó: «Antes de los cincuenta y ocho, tendrá un quinquenio de bonanza y alivio en el que podrá apañárselas, aunque apenas le alcanzará para escapar del frío y el hambre. Al cumplir los cincuenta y ocho años, una inmensa fortuna llegará a sus manos por sí sola, sin necesidad de que la busque con esfuerzo. El honorable funcionario no ha cometido faltas en su vida, y disfrutará de una abundancia inagotable en esta misma existencia».
Se despidió de la adivina y regresó, albergando dudas y certezas a partes iguales. Sin embargo, se resignó a su pobreza y se mantuvo firme, sin atreverse a albergar deseos vanos. Al llegar a la edad de cincuenta y tres años, prestó atención para comprobar el pronóstico. Justo cuando comenzaban las labores agrícolas de primavera, enfermó de tercianas y no pudo labrar la tierra. Una vez curado, sobrevino una gran sequía y los cereales tempranos se marchitaron por completo. Recién llovió al acercarse el otoño; como no tenía otras semillas, sembró grano en varias hectáreas de tierra. Poco después volvió a sequía, y las judías y el sésamo murieron a medias, pero el grano permaneció intacto; tras una lluvia posterior, brotó con gran vigor y su cosecha se multiplicó por varias veces. En la gran hambruna de la primavera siguiente, esto le permitió no pasar hambre.
A partir de entonces, Xia Shang creyó firmemente en la adivina. Pidió un préstamo al anciano y se dedicó modestamente al préstamo de dinero con intereses, obteniendo siempre pequeñas ganancias. Algunos le aconsejaron convertirse en un gran comerciante, pero Xia Shang se negó. Al cumplir cincuenta y siete años, mientras reparaba casualmente un muro, cavó en la tierra y encontró un caldero de hierro. Al destaparlo, vio escapar un vapor blanco semejante al algodón, y aterrorizado no se atrevía a tocarlo. Tras un buen rato, el vapor se disipó y el interior estaba lleno de plata pura. Él y su esposa la sacaron entre ambos y, al pesarla, dio un total de mil trescientos veinticinco taeles. Sospechó entonces que el método de la adivina había fallado por un pequeño margen.
La esposa de un vecino entró a la casa de Xia Shang, lo vio de vislumbre y fue a contárselo a su marido. Envidioso, el vecino lo denunció en secreto ante el magistrado del distrito. El magistrado, que era sumamente codicioso, mandó a detener a Xia Shang y le exigió el oro. Su esposa quiso ocultar la mitad, pero Xia Shang le dijo: «Esto no es algo que debamos poseer; si lo guardamos, solo nos acarreará una catástrofe». Y lo entregó todo. Al recibir el oro, el magistrado temió que hubiera ocultamiento, mandó a buscar vasijas de almacenamiento y las llenó por completo con el oro, tras lo cual liberó a Xia Shang.
Poco tiempo después, el magistrado fue trasladado como prefecto adjunto de Nanchang. Un año más tarde, Xia Shang viajó a Nanchang por asuntos comerciales y se enteró de que el magistrado ya había muerto. Su esposa e hijos se disponían a regresar a su lugar de origen y vendían los enseres pesados; había varios cestos de aceite de tung que Xia Shang, al ver que estaban baratos, compró para llevarse a casa. Al llegar a su hogar, notó que uno de los recipientes tenía una filtración, por lo que vertió el aceite en otro contenedor y descubrió que en el fondo había dos lingotes de plata blanca. Al revisar todos los demás, halló lo mismo en cada uno. Al fundirlos y pesarlos, el total coincidió exactamente con la cantidad de oro y plata que había desenterrado antes.
A partir de este momento, Xia Shang se hizo fabulosamente rico y se mostró aún más generoso socorriendo a los pobres, con una largueza desmedida. Su esposa le aconsejó ahorrar para dejar una herencia a sus descendientes, a lo que Xia Shang respondió: «Esta misma generosidad es la forma en que debo legar algo a mis descendientes».
Un vecino, que había caído en la más absoluta miseria hasta convertirse en mendigo, deseaba pedirle ayuda pero sentía vergüenza en su interior. Al enterarse, Xia Shang fue a su encuentro y le dijo: «Lo de aquel día ocurrió porque mi sino aún no había madurado, por lo que los espíritus se valieron de tus manos para frustrarme. ¿Qué culpa tuviste tú?». Y procedió a socorrerlo generosamente con provisiones. El vecino se echó a llorar lleno de gratitud.
Más tarde, Xia Shang vivió hasta los ochenta años, y sus descendientes continuaron su legado, prosperando sin decaer durante varias generaciones.
El Historiador de lo Extraño dice: «¡El lujo y la extravagancia llevados al extremo no perdonan ni a los príncipes y marqueses, ¡cuánto menos a la gente común! ¡Consumir con furia los dones del Cielo y morir sin una sola moneda en los labios para el viaje, cuán doliente es! Por fortuna, el ave agonizante emitió un trino melancólico y el hijo supo enmendar los errores de sus ancestros; tras setenta años de ruina y caída, al fin lograron un resurgimiento. De no ser así, los crímenes del padre habrían lastrado al hijo, y el hijo habría vuelto a lastrar al nieto, sin cesar hasta verse reducidos a una estirpe de mendigos. ¿Qué clase de vieja bruja fue capaz de revelar los secretos del Cielo? ¡Ay! ¡Qué extrañeza tan grande!».
Yao An
Yao An era natural de Lintao, de noble y distinguido porte. En su misma aldea había una familia de apellido Gong que tenía una hija llamada Lü'e, tan hermosa como versada en los libros, la cual escogía pretendiente y se negaba a casarse. Su madre le dijo a la gente: «Solo si su estirpe y su gracia son como las de Yao An, habré de entregarla en matrimonio». Al enterarse Yao, envió a su esposa a asomarse a un pozo y la empujó para que cayera, tras lo cual se casó con Lü'e. Al principio se profesaban un afecto sumamente íntimo. Sin embargo, debido a la gran belleza de ella, comenzó a abrigar sospechas: se encerraban juntos tras puertas trancadas y, a cada paso que ella daba, él la seguía de cerca. Si la joven deseaba regresar de visita a la casa de sus padres, él le sostenía los pliegues de la túnica con ambos codos, cubriéndola como un ave con sus alas al salir; luego sellaba la litera con tiras de papel antes de que esta partiera, y él galopaba tras ella. Tras pasar una sola noche, la urgía a regresar juntos. El corazón de la joven no podía soportar aquello y, llena de indignación, le retó: «¡Si yo tuviera amores clandestinos, acaso podrían tales mezquindades detenerlos!». Cuando Yao debía ausentarse por asuntos, encerraba a su mujer con cerrojo en su habitación, lo cual hizo que ella sintiera aún más hastío. Al aguardar la partida de su esposo, Lü'e dejaba a propósito una llave ajena junto a la puerta para sembrar sus dudas. Al verla, Yao montaba en furia y le preguntaba de dónde había salido. La joven, irritada, respondía: «¡No lo sé!». Yao sospechaba aún más y su vigilancia se tornaba cada vez más severa. Un día, al llegar desde el exterior, permaneció escuchando en silencio durante un largo rato; luego abrió el candado y empujó la hoja de la puerta temiendo hacer ruido, para deslizarse sigilosamente al interior. Vio a un hombre con un gorro de marta que yacía sobre la cama. Encolerizado, tomó un cuchillo y corrió hacia allí, rebanándole el cuello con todas sus fuerzas. Al acercarse a mirar, descubrió que era la propia joven, quien al dormir de día por sentir frío, se había cubierto el rostro con la piel de marta. Aterrorizado hasta el extremo, pateó el suelo y se consumió en remordimientos. El anciano Gong, furioso, lo denunció ante las autoridades. El magistrado hizo detener a Yao, le despojó de su rango de letrado y lo sometió a crueles tormentos con el cepo. Yao, arruinado por completo, sobornó con oro a los funcionarios de todos los niveles para lograr escapar de la pena de muerte. A raíz de ello, su espíritu quedó extraviado y confuso, como si hubiese perdido el juicio. Bastaba con que se sentara a solas para ver a su esposa en compañía de un hombre barbado, entregados a la lascivia sobre el lecho; abrumado por el asco, tomaba el cuchillo y corría hacia allí, solo para descubrir que ya se habían desvanecido; al sentarse de nuevo, volvía a verlos. En un arrebato de furia, golpeaba el lecho con la hoja hasta desgarrar esteras y colchones. Lleno de ira empuñaba el arma y aguardaba junto a la cama, cuando veía a su mujer de pie ante él, mirándolo con una sonrisa. Se abalanzaba sobre ella para cortarla, seccionándole el cuello al instante; mas al volver a su asiento, la joven seguía en el mismo sitio y sonreía exactamente igual. Al apagar la luz por las noches, escuchaba ruidos de depravación e incontinencia, en una bajeza indescriptible. Día tras día ocurría lo mismo, hasta volverse insoportable, por lo que acabó vendiendo sus campos y su morada con la intención de mudarse a otro lugar. Llegada la noche, un ladrón abrió un boquete en la pared, se apoderó de su oro y huyó. Desde entonces, quedó tan empobrecido que no tenía ni un pedazo de tierra donde clavar un punzón, y murió consumido por el rencor. Los aldeanos lo enterraron envuelto en esteras.
El Historiador de lo Extraño dice: «¡Amar a la nueva y asesinar a la antigua, cuán cruel crueldad! Los hombres solo saben que los fantasmas nuevos traen desgracias, pero ignoran que los fantasmas antiguos son los que arrebatan las almas. ¡Ay! ¡Cortarse los dedos para calzar los zapatos nuevos; si no es la ruina, qué cabe aguardar!».
El Anciano que recolecta artemisa
Con el cambio de la dinastía Ming, las lanzas y las espadas se alzaron como avispones. Liu Zhisheng de Yuling reunió a una multitud de decenas de miles con la intención de cruzar hacia el sur. De repente, un hombre corpulento se presentó en la puerta de la empalizada, con las ropas abiertas y el vientre al descubierto, pidiendo ver al señor de las tropas. Liu lo hizo pasar para conversar con él y quedó sumamente complacido. Al preguntarle su nombre y apellido, este se autodenominó el Anciano Caiwei. Liu lo retuvo para que participara en sus consejos militares y le obsequió una hoja cortantes. El Anciano dijo: «Yo mismo poseo armas eficaces; no necesito lanzas ni alabardas». Al preguntarle dónde estaban sus armas, el Anciano se alzó las ropas para dejar al descubierto su vientre; su ombligo era lo suficientemente grande como para contener un huevo de gallina. Contuvo el aliento y lo infundió, y de repente, la piel de su ombligo se abrió de golpe con un chisporroteo, haciendo sobresalir la empuñadura de una espada. La empuñó y la extrajo; la hoja blanca brillaba como la escarcha. Liu, sumamente asustado, preguntó: «¿Es solo esto?». El hombre rió, señaló su vientre y dijo: «Este es un arsenal militar, ¿qué no se halla aquí?». Le ordenó que trajera un arco y flechas, y repitiendo la postura anterior, sacó un arco tallado. Apenas contuvo la respiración por un instante, una flecha salió disparada y cayó volando; su provisión era inagotable. Poco después, insertó la espada en su ombligo y esta desapareció por completo. Liu lo consideró un ser divino, compartió su lecho con él y lo trató con el más profundo respeto y cortesía.
En aquel entonces, aunque las órdenes en el campamento eran estrictas, aquella horda indisciplinada salía a saquear constantemente. El Anciano dijo: «En la guerra lo que importa es la disciplina; ahora, al mandar a decenas de miles de hombres, si no se puede doblegar y asustar el corazón del pueblo, este es el camino hacia la ruina y la derrota». Liu se alegró enormemente por esto, por lo que comenzó a inspeccionar estrictamente a la tropa, ordenando que aquellos que saquearan a las mujeres y los bienes fuesen decapitados y expuestos ante la multitud. El ejército se tornó un tanto más disciplinado, pero aun así no se lograba erradicar por completo los abusos. El Anciano salía a caballo de vez en cuando a deambular entre las filas, y de inmediato los comandantes feroces y los soldados arrogantes veían sus cabezas caer al suelo por sí mismas, sin que nadie supiera cuál era la causa. Por esta razón, todos empezaron a sospechar del Anciano. Como ya antes les había impuesto estrictas medidas disciplinarias, los soldados le temían y le aborrecían; y llegado a este punto, su resentimiento y enojo mutuo se intensificaron aún más. Los líderes de varias facciones calumniaron a Liu diciendo: «El Anciano Caiwei practica artes demoníacas. Desde la antigüedad, de los generales famosos solo se ha sabido que actúan con sabiduría, jamás con artes mágicas. La chusma de las nubes flotantes y los gorriones blancos terminó invariablemente en la destrucción. Hoy en día, soldados inocentes pierden a menudo sus cabezas por sí mismos, y los ánimos están aterrorizados y llenos de temor. Que el General conviva con él es también un camino peligroso; más valdría deshacerse de él».
Liu siguió sus palabras y tramó matarlo mientras dormía. Envió espías a vigilar al Anciano, quien yacía recostado con el vientre al descubierto, respirando como un trueno. La multitud se llenó de alegría; rodearon la habitación con armas y dos hombres armados con sables entraron para cortarle la cabeza. Mas al levantar los sables, su cabeza ya se había vuelto a unir y su respiración continuaba como antes, lo cual los dejó aterrorizados. Luego le abrieron el vientre a tajos; el abdomen se rasgó sin derramar sangre, y en su interior se apiñaban lanzas y alabardas, con todas sus puntas al descubierto. La multitud se aterrorizó aún más y no se atrevió a acercarse. Lo golpearon desde lejos con una lanza, y una ballesta de hierro se disparó con violencia, hiriendo a varios hombres. Aterrorizados, se dispersaron en huida y le informaron a Liu. Cuando Liu acudió apresuradamente al lugar, el hombre ya había desaparecido sin dejar rastro.
Cui Meng
Cui Meng, cuyo nombre de cortesía era Wumeng, era hijo de una destacada familia de Jianchuan. De naturaleza férrea e inflexible, desde niño en la escuela, si los otros muchachos le ofendían lo más lo mínimo, de inmediato alzaba los puños para golpearles. Su maestro le reprendía una y otra vez sin que él cambiara; tanto su nombre como su nombre de cortesía se los había otorgado el propio maestro. Al llegar a los dieciséis o diecisiete años, poseía una fuerza marcial sin igual y era capaz de sostener una pértiga larga para saltar y trepar a los tejados altos. Le disgustaban las injusticias, por lo que la gente de la aldea lo respetaba unánimemente; aquellos que acudían a presentar quejas y agravios abarrotaban los escalones y las habitaciones. Cui reprimía a los fuertes y socorría a los débiles, sin esquivar enemistades ni resentimientos; si alguien se le oponía ligeramente, los bastones de piedra llovían sobre él hasta dejarle los miembros destrozados. Cada vez que montaba en cólera furiosa, no había nadie que osara disuadirle. Únicamente profesaba devoción filial a su madre, y en cuanto ella aparecía, su ira se calmaba. Aunque su madre le reprochaba y regañaba hasta la saciedad, Cui se limitaba a asentir respetuosamente a sus órdenes, pero al cruzar la puerta ya lo había olvidado. En la vecindad había una mujer brava y despiadada que maltrataba a diario a su suegra. La anciana, famélica al borde de la muerte, recibió de hurtadillas un bocado de comida de su hijo; al enterarse la nuera, la injurió y maldijo de mil maneras, resonando sus gritos por los cuatro patios. Cui, airado, saltó el muro medianero y le cortó por completo la nariz, las orejas, los labios y la lengua, matándola en el acto. Al enterarse, la madre se aterrorizó enormemente; llamó al hijo de la vecina, lo consoló y colmó de atenciones con toda sinceridad, y le dio por esposa a una joven criada, con lo cual el asunto quedó zanjado. La madre, indignada y llorosa, se negaba a comer. Cui, atemorizado, se arrodilló para implorar que lo castigaran y le expresó su arrepentimiento. Su madre lloró sin mirarlo. La esposa de Cui, de apellido Zhou, también se arrodilló junto a él. Entonces la madre castigó al hijo con bastonazos y, además, le pinchó el brazo con una aguja formando una marca en cruz, la rellenó con tinte rojo para que nunca se borrase. Cui lo soportó todo, y solo entonces su madre aceptó comer. A su madre le complacía alimentar a monjes budistas y taoístas, a quienes con frecuencia saciaba de comida.
Ocurrió que un taoísta se encontraba en la puerta, y Cui pasó junto a él. El taoísta lo miró fijamente y dijo:
—El joven encierra un hálito de violencia y mala fortuna, me temo que difícilmente podrá preservar su fin con bien. Una familia que acumula virtudes no debería albergar tales rasgos.
Cui, que acababa de recibir las amonestaciones de su madre, al oír esto se puso de pie con respeto y dijo:
—Este humilde uno también lo sabe por sí mismo; mas a la vista de una injusticia, me es imposible contenerme. Si me esfuerzo en cambiarlo, ¿quizás pueda evitarlo?
El taoísta sonrió y dijo:
—No me pregunte aún si se puede evitar o no; pregúntese primero a sí mismo si es capaz de cambiar o no. Conviene que se refrene con dolor y empeño; si hay una posibilidad entre diez mil, le enseñaré a usted el arte de escapar de la muerte.
Cui, que en su vida había creído en exorcismos ni conjuros, sonrió sin responder. El taoísta dijo:
—Sé muy bien que no me cree. Pero lo que digo no se asemeja a las artes de chamanes y hechiceros; llevarlo a cabo constituye además una gran virtud; e incluso si no surtiera efecto, tampoco causaría perjuicio alguno.
Cui pidió que le instruyera, y el taoísta replicó:
—Afuera de la puerta hay ahora mismo un muchacho con el que le conviene entablar una profunda amistad; incluso si usted llegara a cometer un crimen capital, él también sabría cómo salvarle.
Llamó a Cui para que saliera y le señaló a aquella persona. Era el hijo de la familia Zhao, llamado Sengge. Los Zhao eran oriundos de Nanchang, pero debido a la escasez y el hambre de aquel año, vivían de forma transitoria en Jianchuan. A partir de entonces, Cui entabló profunda amistad con él, invitó a Zhao a alojarse en su casa y le proporcionó un sustento generoso. Sengge, que tenía doce años, entró a la sala principal para postrarse ante la madre y acordaron considerarse hermanos. Al año siguiente, con la llegada de las labores agrícolas de primavera, la familia Zhao partió, por lo que el contacto se interrumpió por completo.
Desde el incidente de la muerte de la vecina, la madre de Cui redobló sus severas advertencias al hijo, y cada vez que alguien acudía a presentar una demanda, él los rechazaba y expulsaba de inmediato. Un día falleció el hermano menor de la madre de Cui, y ella acudió acompañada por su hijo a rendirle exequias. En el camino se cruzaron con varias personas que llevaban atado a un hombre, a quien reprendían a gritos, apremiándole a marchar de prisa mientras le propinaban golpes y bofetadas. Los curiosos abarrotaban el camino, impidiendo el avance de la litera. Cui preguntó el motivo. Quienes reconocían a Cui se abalanzaron a informarle a gritos.
Resulta que con anterioridad, cierto hijo de un magnate apellidado Jia, arrogante y tiránico en toda la comarca, había puesto sus ojos en la belleza de la esposa de Li Shen y deseaba arrebatársela, pero no hallaba el modo. Por ello ordenó a sus criados que la atrajeran al juego de los dados, le prestaron dinero aplicándole intereses exorbitantes y le exigieron que pusiera a su esposa como garantía en el pagaré, prometiendo devolverle todas sus posesiones una vez saldada la deuda. Al cabo de toda la noche, Li Shen perdió varios miles en deudas; tras acumularse durante medio año, el capital y los intereses sumaban más de treinta mil monedas. Al no poder pagar Li Shen, emplearon a numerosos hombres para arrebatarle a la fuerza a su esposa. Li Shen prorrumpió en llanto a las puertas de la casa del tal Jia. Este, furioso, lo hizo atar a un árbol, lo flageló, azotó y tajeó con cuchillo, obligándole a firmar una declaración de «no tener quejas».
Al enterarse Cui, la cólera le brotó impetuosa como una montaña; espoleó el caballo hacia adelante con la firme intención de usar la fuerza. Su madre alzó la cortina y exclamó:
—¡Ah! ¿Otra vez pretendes lo mismo?
Cui entonces se detuvo. Tras asistir a las exequias y regresar a casa, no hablaba ni comía; se sentaba rígido con la mirada fija, como si albergara algún rencor. Su esposa le interrogó, pero él no respondió. Al llegar la noche, se recostó vestido sobre el lecho, dando vueltas hasta el amanecer; la noche siguiente ocurrió lo mismo. De súbito abrió la puerta y salió, pero regresaba enseguida a recostarse. Así sucedió tres o cuatro veces, sin que su esposa se atreviera a interrogarle, limitándose a contener el aliento para observarlo.
Al cabo de un buen rato, demorándose largamente, regresó, trancó la puerta y durmió profundamente. Aquella noche, alguien asesinó al tal Jia sobre su cama, destripándole el vientre y dejando correr los intestinos; la esposa de Li Shen también yacía desnuda y muerta bajo el lecho. Las autoridades sospecharon de Li Shen y lo arrestaron para someterlo a juicio. Sufrió atroces y crueles tormentos con el cepo, hasta que los huesos de los tobillos quedaron a la vista, pero al fin no profirió confesión alguna. Tras más de un año, incapaz de soportar los castigos, se declaró falsamente culpable y fue condenado a muerte.
Coincidió con que la madre de Cui falleció; una vez celebradas las exequias fúnebres, este le dijo a su esposa:
—El asesino de Jia soy en realidad yo; solo por el hecho de tener a mi anciana madre con vida, no me atrevía a revelarlo. ¡Ahora que el asunto principal ha concluido, cómo voy a permitir que el crimen de un solo hombre condene a otro inocente? ¡Iré ante los magistrados a morir y punto!
Su esposa, aterrorizada, intentó retenerlo, pero él le desgarró el faldón de la ropa para marchar y se entregó voluntariamente ante el tribunal. El magistrado, estupefacto, mandó ponerle grillos y lo envió a prisión, poniendo en libertad a Li Shen. Este último se negó a aceptarlo y se aferró firmemente a declararse autor del crimen. El magistrado no lograba dictar sentencia, por lo que retuvo a ambos en prisión.
Los parientes y allegados reprendían y censuraban a Li Shen. Este respondió:
—Lo que el joven señor hizo es lo que yo deseaba hacer y no pude. ¡Si él tomó mi lugar para hacerlo, podría yo tolerar contemplar impasible su muerte? Hoy mismo, consideren que el joven señor aún no ha salido de casa.
Se mantuvo firme en su versión sin cambiar una sola palabra, disputando obstinadamente el delito con Cui. Tras mucho tiempo, las dependencias oficiales conocieron la verdad del asunto, por lo que lo liberaron a la fuerza, haciendo que Cui cargara con la culpa, encontrándose ya al borde de la ejecución.
Por casualidad, el oficial de ejecuciones, el secretario ministerial Zhao, acudió a inspeccionar a los prisioneros y, al llegar a Cui Ming, hizo retirar a todos para llamarlo a solas. Cuando Cui entró y levantó la vista hacia el estrado, vio que era el monje Sengge. Con lágrimas de pena y alegría, le contó toda la verdad. Zhao se quedó paseando pensativo durante un buen rato, pero aun así ordenó que lo devolvieran a la celda, recomendándole al carcelero que lo tratara con benevolencia. Poco después, gracias a su autodenuncia, su pena fue conmutada y fue enviado como soldado al destierro en Yunnan, por lo que fue registrado oficialmente como siervo y partió. Antes de que se cumpliera un año, fue amnistiado y pudo regresar: todo ello obra de los esfuerzos de Zhao. Una vez de vuelta, Sengge se negó a separarse de él y se ocupó de administrar sus negocios. Cuando Cui quiso entregarle riquezas, este no las aceptó. Como Sengge dominaba las artes marciales y el arte de escalar postes, Cui le guardaba profunda consideración y lo trató con gran generosidad, comprándole una esposa y asignándole tierras. A partir de entonces, Cui se esforzó por enmendar sus errores del pasado, y cada vez que acariciaba la marca de la cicatriz en su brazo, las lágrimas brotaban de sus ojos. Por esta razón, cuando los vecinos tenían algún entuerto, Sengge solía invocar órdenes falsas para mediar y resolver los conflictos sin consultar a nadie.
Había un estudiante imperial llamado Wang, de familia inmensamente rica y rodeado de sinvergüenzas y malhechores de toda laya que entraban y salían constantemente de su casa. La mayoría de las familias pudientes del distrito habían sido saqueadas por ellos; y si alguien los contrariaba, no dudaban en enviar bandidos para asesinarlo en los caminos. Su hijo era igualmente libertino y cruel. Wang tenía una tía viuda, y tanto el padre como el hijo se acostaban con ella. La esposa de Wang, de apellido Qiu, se lo reprochaba una y otra vez, por lo que Wang la ahorcó. Los hermanos de la señora Qiu presentaron una querella ante los magistrados, pero Wang los sobornó, logrando que los acusadores fueran declarados culpables de difamación. Incapaces de desahogar su injusticia y su ira, los hermanos acudieron a suplicarle ayuda a Cui, pero Sengge les dio la espalda y los hizo marchar.
Pocos días después, llegó un huésped y, como casualmente no había sirvientes, Cui le pidió a Sengge que preparara el té. Sengge salió en silencio y le dijo a la gente:
—¡Yo solo soy amigo del feroz Cui, y lo he seguido a lo largo de diez mil li; no se puede decir que mis atenciones hayan sido escasas! Sin embargo, jamás he recibido un estipendio regular y se me trata como a un criado caballerizo, algo que no estoy dispuesto a tolerar.
Dicho esto, se marchó lleno de ira. Alguien le informó de esto a Cui, quien se mostró extrañado por su cambio de actitud, aunque tampoco le dio mayor importancia. De repente, Sengge entabló una demanda ante los tribunales, alegando que Cui llevaba tres años sin pagarle su salario. Cui se quedó sumamente asombrado y compareció en persona para carearse con él; Sengge discutió furiosamente. El magistrado no le dio la razón, lo reprendió y lo echó. Pocos días después, Sengge irrumpió furtivamente en la mansión de los Wang por la noche y mató a todos: al padre, al hijo y a la tía viuda. Pegó un papel en la pared donde él mismo escribió su nombre y apellido; cuando las autoridades intentaron capturarlo, ya había huido sin dejar rastro. La familia Wang sospechó que Cui era el instigador, pero los magistrados no lo creyeron. Solo entonces Cui comprendió que el pleito anterior había sido montado por temor a que el asesinato recayera sobre su conciencia. Las órdenes de arresto se extendieron por las prefecturas y distritos vecinos, y la persecución se tornó acuciante.
Por entonces, los bandidos rebeldes irrumpieron en rebeldía contra el Mandato del Cielo, y el asunto quedó en el olvido. Cuando la dinastía Ming fue derrocada y cambió el destino del reino, Sengge regresó con su familia y volvió a ser tan leal con Cui como en los viejos tiempos. Por aquel entonces, los bandidos locales se congregaban en bandas; un sobrino de Wang llamado Derenin reunió a los rufianes reclutados por su tío, se atrincheró en las montañas como salteador y se dedicó a incendiar y saquear las aldeas. Una noche, cayeron sobre el lugar como una marea, utilizando la venganza como pretexto. Cui se encontraba ausente; Sengge solo se percató al oír cómo derribaban la puerta, por lo que saltó el muro y se ocultó en la oscuridad. Los bandidos registraron en vano buscando a Cui y a Li, así que capturaron a la esposa de Cui, confiscaron los objetos de valor y se marcharon.
Cuando Sengge regresó, solo encontró a un sirviente y, consumido por la furia, cortó una cuerda en docenas de trozos; le entregó los más cortos al criado y se guardó los más largos en el pecho. Le ordenó al sirviente que cruzara el campamento de los bandidos, trepara a media ladera, encendiera la cuerda con fuego y la colgara dispersa entre las zarzas, para luego regresar sin mirar atrás. El sirviente obedeció y se marchó. Sengge observó que todos los bandidos llevaban fajas rojas en la cintura y cintas de seda roja atadas a los sombreros, así que imitó su atuendo. Había una yegua vieja que acababa de parir un potrillo, y los bandidos lo habían abandonado a las puertas de la casa. Sengge ató al potrillo, montó a la yegua, se puso la mordaza en la boca para guardar silencio y salió a toda marcha directamente hacia la guarida de los bandidos.
Los salteadores ocupaban una gran aldea. Sengge ató su yegua fuera del pueblo y saltó la cerca. Vio a la multitud de bandidos alborotada, con las armas en las manos sin soltarlas. Sengge preguntó disimuladamente a varios bandidos y supo que la esposa de Cui se encontraba en la morada de cierto Wang. Al poco rato oyó una orden que mandaba a todos a descansar, y la multitud respondió con un alarido atronador. De repente, alguien gritó que había fuego en la montaña oriental, y todos los bandidos miraron hacia allí; al principio eran solo uno o dos puntos luminosos, pero pronto parecieron una multitud de estrellas. Sengge contuvo el aliento y gritó con urgencia que había una alarma en la montaña oriental. Wang se asustó enormemente, hizo sus maletas y salió al frente de la multitud. Sengge aprovechó la brecha para escabullirse por el flanco derecho y volvió a colarse en el interior. Vio a dos bandidos custodiando la tienda y los engañó diciendo:
—El general Wang ha olvidado su espada de combate.
Los dos bandidos se apresuraron a buscarla. Sengge los atacó por la espalda y uno cayó derribado; cuando el otro se dio la vuelta, Sengge también lo decapitó. Cargó a cuestas a la esposa de Cui, saltó el muro y salió al exterior. Desató el caballo, le entregó las riendas y le dijo:
—Como la señora no conoce el camino, deje correr al caballo libremente.
El caballo, encariñado con su potrillo, galopó con fuerza, y Sengge lo siguió de cerca. Al salir a un desfiladero, Sengge encendió fuego en los trozos de cuerda, los colgó por todas partes y regresó a casa.
Al día siguiente, cuando Cui regresó, consideró lo sucedido como una afrenta imperdonable; con el espíritu y el cuerpo agitados por la furia, quiso ir solo a caballo a someter a los bandidos. Sengge lo detuvo con sus consejos. Convocaron a los aldeanos para deliberar, pero todos sintieron miedo y timidez, y ninguno se atrevió a responder. Tras insistirles una y otra vez, consiguieron que poco más de veinte hombres se atrevieran a marchar, pero sufrían la penuria de no tener armas. Justo en ese momento, capturaron a dos espías de la familia y el clan de Derenin. Cui quiso matarlos, pero Sengge se opuso; ordenó a los veinte hombres que sostuvieran varas blancas y se formaran en fila frente a ellos, tras lo cual les cortó las orejas a los espías y los dejó marchar. La multitud se quejó diciendo:
—¡Con una tropa como esta, que ya teme que los bandidos se enteren, se van más bien a delatar! ¡Si de repente lanzan un ataque en masa, toda la aldea perecerá!
Sengge respondió:
—Precisamente lo que quiero es que vengan.
Capturó a los bandidos que se ocultaban y los ejecutó. Envió emisarios en todas direcciones para pedir prestados arcos, flechas y armas de fuego, y también acudió al distrito para pedir dos grandes cañones. Al caer la tarde, condujo a los valientes hasta el desfiladero, colocó los cañones en el camino principal, ordenó a dos hombres que ocultaran el fuego y se agazaparan, y les indicó que dispararan solo al ver a los bandidos. Luego marchó hacia la boca oriental del valle, taló árboles y los colocó al borde de los acantilados. Acto seguido, junto con Cui, comandó a poco más de diez hombres cada uno para emboscarse divididos en ambas orillas. Hacia el final de la primera guardia de la noche, se oyó a lo lejos el relincho de los caballos: los bandidos habían llegado en masa, formando una fila ininterrumpida. Esperaron a que todos entraran en el valle y entonces empujaron los troncos ladera abajo, cortando por completo su ruta de retirada.
Pronto resonaron los cañoneces y los gritos estruendosos sacudieron las montañas y los valles. Los bandidos retrocedieron de repente, pisoteándose unos a otros; al llegar al desfiladero oriental, no pudieron salir y se apiñaron sin dejar espacio libre. Desde ambas orillas, los arcabuces y las flechas atacaron en pinza con una fuerza semejante al viento y la lluvia; aquellos con cabezas rotas y extremidades quebradas se amontonaban unos sobre otros en las zanjas. Dejando atrás a poco más de veinte hombres que se arrodillaron largamente para suplicar por sus vidas, se envió a gente a atarlos y remitirlos de regreso. Aprovechando la victoria, avanzaron directamente hacia la guarida enemiga. Los defensores de la guarida, al oír las noticias, huyeron despavoridos; tras saquear sus provisiones y equipaje, emprendieron el retorno. Cui se alegró enormemente y preguntó acerca de la estrategia de encender los fuegos. Aquel respondió: «Poner fuego en el oeste era por temor a que nos persiguieran por ese lado; al ser corto, buscaba que se consumiera rápidamente por miedo a que descubrieran que no había nadie; luego, al colocarlo en la boca del valle —una boca sumamente estrecha que un solo hombre puede bloquear—, si ellos venían en nuestra persecución, al ver el fuego indudablemente sentirían temor: todo ello fueron recursos desesperados para enfrentar el peligro en un momento dado». Al interrogar a los bandidos capturados, resultó cierto que habían entrado en persecución al valle y, al ver el fuego, se habían retirado aterrorizados. Los más de veinte bandidos sufrieron la amputación de la nariz y los pies antes de ser puestos en libertad. A partir de ello, su prestigio e intimidación resonaron con fuerza; de lejos y de cerca, aquellos que huían del desorden lo seguían como en un mercado, obteniendo más de trescientos hombres para las milicias locales. Ningún bandido fuerte de los alrededores se atrevió a cometer agresiones, y toda la región confió en él para hallar la paz.
El Historiador de lo Extraño comenta:
«Un buey veloz sin duda es capaz de romper un carruaje; ¡así es justamente este Cui! Su voluntad y sus aspiraciones eran tan generosas que pocos pueden igualarlas. Sin embargo, anhelar que en el mundo no existan asuntos injustos, ¿no es acaso un pensamiento que excede lo razonable? Li申, un simple hombre del pueblo, logró emular tales virtudes. Trepando y volando hacia el interior, exterminó a las bestias en las recónditas alcobas; cortando el camino y atacando en pinza, arrasó con los pequeños demonios en el desfiladero estrecho. ¡Si se le hubiera permitido enarbolar las cinco zandias de estandartes para servir con su vida a la nación, cómo no habría podido gobernar mirando hacia el sur desde el trono!»
Juicio en verso
El residente de Qingzhou Fan Xiaoshan, cuyo oficio era la venta de pinceles, había salido de viaje comercial y aún no regresaba. En el cuarto mes, su esposa, de apellido He, vivía sola, y una noche fue asesinada por un bandido. Aquella noche lloviznaba levemente, y en el lodo quedó abandonado un abanico de papel con un poema, el cual le había sido obsequiado por Wang Sheng a Wu Feiqing. De Sheng, nadie sabía quién era; Wu era un hombre de gran fortuna en Yidu, compoblano de Fan, que habitualmente tenía una conducta bastante frívola y disoluta, por lo que los vecinos y parientes creyeron unánimemente que era culpable. Las autoridades del condado lo detuvieron e interrogaron, pero él se negaba firmemente a confesar; sufrió el suplicio de los grilletes y fue falsamente acusado en un expediente consumado. Los expedientes de apelación iban y venían, pasando por más de diez magistrados, sin que surgiera ninguna otra opinión. El propio Wu se daba por muerto y encargó a su esposa que agotara todos sus bienes para socorrer a los huérfanos y desamparados. A quienes acudían a su puerta a recetar mil veces el nombre de Buda, les entregaba pantalones de algodón acolchado; a los que llegaban a diez mil, túnicas acolchadas. Así, los mendigos llenaban las calles como en un mercado, y el sonido de las invocaciones a Buda se escuchaba a más de diez *li* a la redonda. A consecuencia de esto, su familia cayó súbitamente en la pobreza, teniendo que vender sus tierras y propiedades día tras día para sufragar los gastos de la causa. En secreto, sobornó al carcelero para que le comprara veneno mortal. Por la noche, soñó que una divinidad se le aparecía y le decía: «No mueras; lo que antes era "el exterior funesto", ahora es "el interior propicio"». Volvió a dormirse y se lo repitieron, por lo que al final no murió.
Al poco tiempo, el honorable Zhou Yuanliang llegó como *fenshou* a ese circuito judicial y, al revisar a los prisioneros, al llegar a Wu, pareció quedarse pensativo. Entonces preguntó: «Cuando Wu cometió el asesinato, ¿qué pruebas fehacientes hubo?». Fan respondió mostrando el abanico. El magistrado observó detenidamente el abanico y preguntó enseguida: «¿Quién es Wang Sheng?», a lo que todos respondieron que no lo sabían. Luego leyó minuciosamente el expediente del juicio de principio a fin, y ordenó de inmediato que le quitaran los grilletes de pena capital a Wu, trasladándolo de la prisión oscura a los almacenes. Fan protestó con fuerza. El magistrado se enfureció y dijo: «¿Acaso deseas que se ejecute injustamente a un hombre solo para dar por concluido el asunto, o deseas encontrar al verdadero culpable para saciar tu rencor?». Todos sospecharon que el magistrado favorecía en secreto a Wu y nadie se atrevió a decir nada. El magistrado marcó un sello rojo y ordenó la inmediata detención del dueño de cierta taberna en el arrabal sur. El propietario se aterrorizó, sin comprender el motivo. Al comparecer, el magistrado le preguntó: «En la pared de tu taberna hay un poema de Li Xiu de Dongguan, ¿cuándo fue escrito?». Aquél respondió: «El año pasado, cuando el examinador imperial realizó su inspección, unos cuantos letrados de Rizhao vinieron a beber y lo dejaron escrito al embriagarse, pero ignoro en qué barrio residen». De inmediato envió agentes a Rizhao para arrestar y llevar ante el tribunal a Li Xiu. A los pocos días, Xiu se presentó. El magistrado lo reprendió airadamente: «Siendo un erudito letrado, ¿cómo te atreviste a tramar un asesinato?». Xiu se postró golpeando la frente contra el suelo, desconcertado, y exclamó: «¡Jamás he hecho tal cosa!». El magistrado arrojó el abanico al suelo, le ordenó que lo examinara por sí mismo y dijo: «Claramente es obra tuya, ¿por qué recurriste al ardid de atribuírselo a Wang Sheng?». Xiu lo examinó con atención y dijo: «El poema es ciertamente de mi autoría, pero la caligrafía no es de mi puño y letra». El magistrado replicó: «Ya que conoces tu poema, sin duda se trata de un amigo tuyo. ¿Quién lo escribió?». Xiu respondió: «El trazo se parece al de Wang Zu de Yizhou».
En seguida envió agentes para detener a Wang Zu. Al llegar Zu, fue increpado de la misma manera que Xiu. Zu declaró: «Este poema me fue pedido por Zhang Cheng, un comerciante de hierro de Yidu, quien dijo que Sheng era su primo hermano». El magistrado declaró: «El bandido está aquí». Mandó capturar a Cheng, y a la primera interrogación éste confesó. Resulta que anteriormente Cheng había avistado la belleza de la señora He y deseaba seducirla, pero temía que su intento fracasara. Pensó que si invocaba el nombre de Wu, todos lo creerían sin vacilar, por lo que falsificó el abanico de Wu y se presentó con él. Si lograba su propósito, asumiría la autoría; si fracasaba, culparía a Wu, sin imaginar en absoluto que llegaría a cometer un asesinato. Saltó el muro y penetró en la casa, acosando a la mujer. Como ella vivía sola, solía valerse de un cuchillo para su propia defensa. Al percatarse, agarró las ropas de Cheng y se levantó empuñando el cuchillo. Cheng, aterrorizado, le arrebató el arma. La mujer tiró de él con fuerza para impedir que escapara y comenzó a gritar. Cheng, aún más apurado, terminó por matarla, dejó abandonado el abanico y huyó. Aquel juicio injusto de tres años quedó resuelto en un solo día, y no hubo quien dejara de alabar la perspicacia divina del juez.
Más tarde, Wu comprendió que las palabras «el interior propicio» correspondían al carácter *Zhou* (周). Sin embargo, jamás logró explicarse el misterio. Tiempo después, un miembro de la nobleza local le preguntó al respecto aprovechando la ocasión. El magistrado sonrió y dijo: «Esto es sumamente fácil de entender. Al leer detalladamente el expediente, consta que la señora He fue asesinada en los primeros días del cuarto mes; aquella noche lloviznaba y el clima aún era frío; un abanico es un objeto innecesario en tales circunstancias, ¿cómo iba a llevarlo en un momento de tanta prisa, incrementando su carga? Que se trataba de una maniobra para culpar a otro era evidente. Al pasar antes por el arrabal sur para guarecerse de la lluvia, vi el poema escrito en la pared y la obra en el abanico, cuyos estilos literarios coincidían. Por eso supuse audazmente que se trataba del erudito Li, y gracias a ello encontré al verdadero bandido». Quienes lo escucharon suspiraron admirados.
El Escriba de lo Extraordinario comenta:
—Los asuntos de este mundo, cuando uno se adentra profundamente en ellos, hacen que aquello que no existe cumpla la función de lo que sí existe. Las composiciones poéticas y los ensayos literarios son instrumentos para enaltecer al país; sin embargo, el honorable magistrado los utilizó para evaluar a los talentos de la tierra, cual si fuera un experto equino como Bo Le. ¿Acaso no significa esto haberse adentrado profundamente en su esencia? Quién diría que el arte de juzgar a los hombres se trasladaría con igual maestría a la impartición de justicia. El *Libro de los Cambios* dice: «Conocer los indicios sutiles es algo divino». El honorable magistrado bien posee esta cualidad.
***
### Hierba que Pican los Ciervos
En las montañas más allá de la frontera hay abúndantes ciervos. Los lugareños se ponen cabezas de ciervo en la frente, se ocultan entre la hierba y, doblando hojas para imitar bramidos, atraen a los ciervos, que acuden en manadas. Sin embargo, hay pocos machos y muchas hembras. El macho se aparea con toda la manada de hembras; al cabo de mil montas las completa todas, y una vez culminadas, muere. Las hembras, al olerlo y percatarse de su muerte, se dispersan corriendo por el valle, traen una hierba extraña en el hocico para ungir con ella su cabeza y, al cabo de un instante, el ciervo revive.
Al oír esto, los hombres hacen sonar gongs y disparan arcabuces, provocando la huida espantada de la manada. Al apoderarse de dicha hierba, se descubre que tiene el poder de devolver la vida a los muertos.
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### El Ataúd Pequeño
En Tianoshan había un barquero cierto cuyo nombre se pierde, quien una vez soñó que una persona se le aparecía y le enseñaba, diciendo: «Mañana habrá alguien que cargará cofres de bambú y alquilará tu embarcación; pídele mil taels de oro por la travesía. Si no paga tal suma, no lo cruces». Al despertar, el barquero no lo creyó. Pero apenas volvió a dormirse, soñó de nuevo con lo mismo, y además vio cómo el aparecido trazaba tres caracteres extraños en la pared —«, 𠫍, »—, amonestándole: «Si el sujeto llega a mostrar mezquindad con el precio, escríbele esto de inmediato para mostrárselo». El barquero se extrañó mucho, mas no reconocía tales caracteres ni comprendía su significado.
Al día siguiente, prestó especial atención a los viajeros. Cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste, en verdad se presentó un hombre arreando una mula y cargado con cofres de bambú, el cual pidió cruzar el río. El barquero, tal como en el sueño, le exigió la exorbitante suma. El hombre se echó a reír. Tras replicar y discutir durante un buen rato, el barquero le tomó de la mano y, usando su dedo, trazó en la palma los caracteres que había visto antes. Al verlos, el hombre quedó estupefacto y se desvaneció al instante. Al registrar su equipaje, encontraron varios miles de pequeños ataúdes, cada uno de los cuales apenas medía poco más de un dedo de largo y contenía tan solo una gota de sangre coagulada.
El barquero difundió los tres caracteres por todas partes, lejos y cerca, mas no hubo nadie que pudiera descifrarlos. Poco después, cuando la rebelión del traidor Wu salió a la luz y sus partidarios fueron exterminados en su totalidad, los cadáveres ajusticiados sumaban casi la misma cantidad que los pequeños ataúdes.
Relatado por Xu Baishan.
Registrado por Xing Ziyi.
En Teng vivía un tal apellidado Yang, quien formaba parte de la secta del Loto Blanco y dominaba las artes heterodoxas. Tras la ejecución de Xu Hongru, Yang milagrosamente logró escapar de la red y comenzó a vagar por el mundo exhibiendo sus brujerías. Su residencia contaba con vastos campos, jardines y pabellones pabellones, lo que lo hacía considerablemente rico. Al llegar a la comarca de Sishang, a la mansión de cierto hidalgo, realizó trucos de magia como entretenimiento, atrayendo a las mujeres a espiar desde el interior. Yang vislumbró que la hija del hidalgo era hermosa y, al regresar, ideó un plan para abducirla. Su esposa secundaria, de apellido Zhu, también poseía un gran encanto y elegancia; la atavió con ropajes fastuosos, haciéndola pasar por un hada celestial, y le entregó un pájaro de madera, enseñándole cómo operarlo. Luego, la empujó desde lo alto de la torre.
Zhu sintió que su cuerpo se volvía ligero como una hoja, flotando airosamente y cabalgando entre las nubes. Al poco tiempo, llegó a un lugar donde la nube se detuvo sin avanzar, sabiendo que ya había arribado a su destino. Esa noche, la luna brillaba clara y pura, y desde lo alto el paisaje se contemplaba con gran nitidez. Sacó el pájaro de madera y lo arrojó; el ave batió las alas y voló directo hacia la alcoba de la joven. Al ver que una colorida criatura voladora entraba en picada, la doncella llamó a una criada para que la espantara, pero el ave ya había cruzado la cortina. La joven la persiguió, y el pájaro cayó al suelo emitiendo un aleteo; al acercarse, el ave se abalanzó bajo las faldas de la muchacha y, entre giros y revoluciones, la cargó por los aires, elevándose directamente hacia la bóveda celeste. La criada lanzó un grito desgarrador. Zhu, desde el interior de las nubes, exclamó: «Gentes del mundo terrenal, no temáis ni os asustéis. Soy Chang'e del Palacio Lunar. Ella es la novena hija de la Reina Madre, quien fue exiliada por casualidad al mundo mortal. La Reina Madre la extraña profundamente día y noche, por lo que la ha convocado temporalmente para un breve reencuentro, y pronto la devolverá». Dicho esto, se marchó entrelazando las mangas con la joven.
Justo cuando llegaban a las fronteras del río Si, casualmente alguien lanzó un fuego artificial de los que vuelan; este rozó oblicuamente el ala del pájaro, que, aterrorizado, cayó en picada. Al arrastrar a Zhu, esta también precipitó al vacío, cayendo en la propiedad de un letrado. Este erudito, llamado Xing Ziyi, vivía en extrema pobreza, pero poseía un carácter recto y firme. Cierto día, una vecina había acudido a su casa de noche buscando refugio, y él se negó rotundamente a recibirla. La mujer se marchó llena de rencor e injurió a Xing ante su esposo, acusándolo falsamente de haberla tentado. Como el esposo era un bribón empedernido, se presentaba mañana y tarde ante su puerta para colmarlo de insultos y denuestos. Debido a esto, Xing vendió sus pocas posesiones y alquiló una vivienda en otra aldea. Había un fisiognomista apellidado Gu que era sumamente experto en discernir la fortuna y la longevidad de las personas; Xing se encaminó a su puerta para consultarlo. Al verlo a lo lejos, Gu soltó una carcajada y dijo: «Usted está destinado a poseer riquezas por mil *zhong*, ¿cómo es que se presenta ante los demás vistiendo ropas desgarradas? ¿Acaso creía que este servidor no tiene pupilas?». Xing se burló de lo que consideraba un disparate. Gu lo examinó con detenimiento y sentenció: «Así es. Aunque sea el caso, ¡su mina de oro no está lejos!». Xing volvió a tomarlo por loco. Gu añadió: «No solo se hará inmensamente rico, sino que además obtendrá una bella mujer». Xing persistió en no creerle nada. Gu lo empujó hacia la salida y le dijo: «Váyase, váyase ya; solo vendrá a pagarme su agradecimiento después de que se cumpla la profecía».
Esa noche, mientras estaba sentado a solas bajo la luz de la luna, de repente dos mujeres descendieron de los cielos. Al observarlas, vio que ambas eran hermosas doncellas. Creyendo que se trataba de espíritus malignos, comenzó a interrogarlas, pero al principio se negaron a hablar. Cuando Xing amenazó con convocar a los aldeanos, Zhu sintió temor y terminó por confesarle la verdad, pidiéndole además que no revelara nada y expresando su deseo de seguirlo para siempre. Xing pensó que una doncella de buena familia no era comparable a la esposa de un hechicero, por lo que envió a alguien para notificar a los padres de la joven. Desde que su hija se había elevado a los cielos, sus padres habían estado sumidos en las lágrimas, la aflicción y la perplejidad; al recibir de pronto la carta con las nuevas, su sorpresa y alegría superaron todos sus límites. Ordenaron de inmediato preparar carruajes y corceles para partir a toda velocidad. Le entregaron a Xing cien *taels* de oro como recompensa y se llevaron a su hija de regreso.
Xing, que acababa de conseguir una esposa hermosa y se angustiaba por las cuatro paredes desnudas de su hogar, se sintió sumamente reconfortado al recibir el oro. Fue a agradecer a Gu, quien lo examinó nuevamente y exclamó: «Aún no, aún no. Su época de prosperidad suprema apenas ha comenzado; ¡qué significan cien miserables *taels* de oro!», y se negó a aceptar cualquier remuneración.
Previamente, cuando el hidalgo hubo regresado a su hogar, había interpuesto una denuncia ante los magistrados para que capturaran a Yang. Yang había huido con anticipación y se desconocía su paradero, por lo que confiscaron sus bienes y emitieron una orden de arresto contra Zhu. Temerosa, Zhu arrastró a Xing a beber lágrimas de angustia. Viéndose también sin salida, Xing decidió sobornar al portador del edicto imperial, alquiló un carruaje y montura para llevar a Zhu ante el hidalgo, y le suplicó que intercediera para liberarla de la culpa. Conmovido por su noble proceder, el hidalgo hizo todo lo posible por gestionar el asunto hasta lograr que fuera perdonada y eximida de castigo. Además, hospedó a la pareja en una mansión secundaria, tratándolos con la calidez y el afecto de parientes cercanos.
La hija del hidalgo había sido prometida desde su niñez a un joven de apellido Liu, un vástago de familia noble y alta jerarquía. Al enterarse de que la joven había pasado dos noches en la casa de Xing, Liu consideró aquello como una deshonra imperdonable, por lo que rompió el compromiso matrimonial y cortó toda relación con ella. El hidalgo se disponía a concertar un nuevo matrimonio con otra familia, pero la hija lo advirtió a sus padres, jurando que solo se casaría con Xing. Al enterarse, Xing se sintió inmensamente feliz; Zhu también se alegró y expresó su sincera disposición de someterse a ella como esposa secundaria.
Preocupado porque Xing carecía de un hogar propio, y dado que la antigua residencia de Yang había sido puesta a la venta por las autoridades, el hidalgo se la compró en su nombre. Así, el matrimonio pudo regresar a ella. Sacaron el oro que guardaban del pasado para adquirir enseres básicos y contratar criados y sirvientas; en apenas diez días, los fondos se agotaron por completo. Confiaban únicamente en que, una vez que la hija del hidalgo llegara a su hogar, podrían contar nuevamente con su apoyo financiero.
Una noche, Zhu le dijo a Xing: «Ese maldito pillo de Yang enterró una vez mil *taels* de oro bajo el pabellón; solo esta servidora lo sabe. Acabo de revisar el lugar y los ladrillos y piedras siguen intactos; es muy probable que el tesoro esté a salvo». Ambos acudieron a cavar y, en efecto, obtuvieron el oro. Por esta razón, creyendo firmemente en el poder divino de las artes de Gu, lo recompensaron generosamente.
Años después, cuando la hija del hidalgo contrajo nupcias con Xing, su dote fue sumamente generosa y abundante. ¡En pocos años, su riqueza pasó a ser la primera de todo el distrito!
El Historiador de los Extraños comenta:
«El Loto Blanco fue aniquilado por completo y solo Yang logró sobrevivir; para colmo, este continuó con sus fechorías, lo que a uno le hace sospechar que las mallas del Cielo, aunque anchas, dejan escapar a los culpables. ¡Quién iba a decir que el Cielo le perdonaba la vida precisamente por el bien de Xing! De no ser así, aun cuando la mala fortuna de Xing hubiera llegado a su fin y comenzara su bonanza, ¿cómo habría podido alzar de la noche a la mañana un pabellón y acumular una inmensa fortuna en oro? Sin apegarse a una sola belleza, el Cielo lo recompensó con dos. ¡Ay! Las fuerzas de la Creación no pronuncian palabra, pero sus designios resultan evidentes».
El erudito Li, natural de Shanghe, era aficionado al Dao. A poco más de un li a las afueras de la aldea había un templo budista, donde él había mandado erigir una ermita de tres tramos en la que se sentaba en postura de loto. Vagabundos budistas y taoístas que iban y venían se hospedaban allí con frecuencia; él conversaba efusivamente con ellos y les brindaba sustento sin vacilar jamás.
Un día, en medio de una nevada severa y un frío implacable, llegó un viejo monje cargando un hatillo y pidió un lecho prestado; sus palabras poseían un trasfondo arcano y maravilloso. Tras pasar dos noches, cuando se disponía a partir, Li lo retuvo con firmeza, haciéndoleN quedarse unos días más. Ocurrió que Li tuvo que regresar a su hogar por otros asuntos, y el monje le encomendó que llegara temprano al día siguiente, con la intención de despedirse de él. Al cantar el gallo, Li partió hacia allá, pero al llamar a la puerta no obtuvo respuesta. Trepó por el muro para entrar y vio que en la habitación brillaba una luz tenue; sospechando que el monje andaba en algo, lo espía en secreto. El monje estaba apresurándose a empaquetar su equipaje, y un burro flaco estaba atado al soporte de una lámpara. Al examinarlo con atención, no se parecía a un burro de verdad, sino que se parecía bastante a una figura funeraria de los difuntos; sin embargo, sus orejas y su rabo se movían de vez en cuando, y exhalaba aliento con un suave resoplido. Al poco rato, terminados los preparativos, abrió la puerta y lo sacó del ronzal. Li lo persiguió sigilosamente a escondidas. Fuera de la puerta había un estanque grande como de costumbre; el monje ató el burro a un árbol junto al estanque, se desnudó y se metió al agua, lavándose y fregándose todo el cuerpo. Una vez hecho esto, se vistió, hizo entrar al burro y también lo lavó. Acto seguido, volvió a cargar el equipaje, montó de un salto y avanzó con una velocidad fulgurante. Solo entonces Li se puso a llamarlo. El monje se limitó a arquear las manos desde la distancia en señal de agradecimiento, sus palabras no alcanzaron a oírse y ya se había alejado muchísimo.
Wang Maiwu relata que Li era amigo suyo. Una vez que fue a su casa, vio que en el salón principal colgaba una tablilla horizontal con la inscripción: «Sala de Espera para la Muerte». Ciertamente, era también un hombre de espíritu elevado y desapegado.
El Oficial de Prisiones Lu
El señor Zhao era de Wuling, en Huguang, y habiendo servido como Consejero del Palacio Imperial, se había retirado de su cargo para regresar a su hogar. Cierto joven se presentó a las puertas de su mansión, solicitando empleo como escribano. El señor Zhao lo mandó llamar y vio que el joven era de apostura refinada. Al interrogarlo sobre su nombre y apellido, este respondió que se llamaba Oficial Ya Guan. No exigió salario alguno. El señor Zhao lo retó a prueba y descubrió que su inteligencia superaba con creces la de los sirvientes comunes. En la correspondencia y los memoriales que iban y venían, él redactaba las respuestas a su antojo, y no había ninguna que no resultara magistral. Cuando el amo jugaba al bádminton o al ajedrez con un invitado, Ya Guan lo contemplaba de soslayo y, con una sola seña, invariablemente lo hacía ganar. El señor Zhao lo colmó aún más de favores y afecto.
Los demás colegas y sirvientes, al ver que se había ganado la mirada benévola del amo, le exigieron en broma que ofreciera un banquete. El Oficial Ya Guan aceptó. Preguntó:
—¿Cuántos colegas son en total?
Dio la casualidad de que los administradores de la propiedad secundaria habían llegado todos, sumando unas treinta personas. La concurrencia le recitó el número exacto para ponerlo en aprietos. El Oficial Ya Guan dijo:
—Eso es de lo más fácil. Pero como son muchos invitados, no se puede preparar de la noche a la mañana; mejor hagámoslo en una taberna.
Dicho esto, invitó a todos sus compañeros a marchar a un establecimiento junto a la calle. Todos tomaron asiento. Apenas comenzaba a circular el vino, uno de ellos se levantó agitando la jarra y dijo:
—Señores, deténganse un momento en la bebida. Permítanme preguntar: ¿quién hace hoy de anfitrión? Conviene que primero saque monedas como garantía para que podamos beber y comer a nuestro antojo; de lo contrario, en cuanto gastemos varios miles de monedas, todos se dispersarán alborotados, ¿y a quién le reclamaremos el pago?
Todos miraron al Oficial Ya Guan. Este se echó a reír y dijo:
—¿Acaso suponen que no tengo dinero? Ciertamente lo tengo.
Entonces se puso de pie, tomó un puñado de masa húmeda del tamaño de un puño de un lebrillo, la trituró a pellizcos y la colocó sobre la mesita. Luego, tras arrojar los trocitos, estos se transformaron al instante en ratones que correteaban por toda la mesa. El Oficial Ya Guan atrapó uno al azar, lo desgarró y, con un chirrido al reventársele el vientre, obtuvo una pepita de oro pequeño. Atrapó otro, y sucedió lo mismo. En un abrir y cerrar de ojos, los ratones se acabaron y las pepitas de oro cubrieron el frente de la mesa. Entonces les dijo a los presentes:
—¿Acaso esto no alcanza para pagar la bebida?
Los asistentes se sorprendieron y procedieron a beber a su libre albedrío. Al terminar, la cuenta ascendió a poco más de tres taels. La concurrencia pesó el oro y este coincidía exactamente con la suma. Todos exigieron una moneda para llevarse en el pecho y le contaron el prodigio al amo. El señor Zhao ordenó que trajeran el oro, pero al registrarlo ya había desaparecido. Cuando interrogaron al tabernero, este respondió que el dinero del pago se había convertido por completo en abrojos.
Al regresar a informar al señor Zhao, este interrogó al Oficial Ya Guan. El Oficial Ya Guan respondió:
—Mis compañeros me acorralaban exigiendo comida y bebida, y llevaba las bolsas vacías sin un solo centavo. Este joven estaba practicando una pequeña farsa, por eso solo quería probar.
La concurrencia volvió a exigirle el pago. El Oficial Ya Guan dijo:
—No soy alguien que trafique con comida y bebida. En la paja de trigo de cierta aldea, si damos una nueva aventada, podremos obtener dos <i>shis</i> de trigo, suficiente para cubrir con creces el costo del vino.
Aprovechó para rogar a uno de ellos que lo acompañara. El administrador de dicha aldea estaba a punto de regresar, así que se fue con él. Al llegar, varios <i>huls</i> de trigo limpio ya se encontraban amontonados en la era. Con esto, la gente cobró aún mayor asombro ante el Oficial Ya Guan.
Un día, el señor Zhao acudió al banquete de un amigo y vio en el salón una maceta con orquídeas de gran lozanía, por lo que quedó prendado de ellas. Al regresar, aún las alababa con admiración. El Oficial Ya Guan le dijo:
—Si de verdad ama esas orquídeas, no es difícil conseguirlas.
El señor Zhao todavía no lo creía. Al despuntar el alba, al llegar al estudio, de pronto percibió un aroma extraño y desbordante: allí había una maceta de orquídeas, con el mismo número de tallos y hojas, exactamente igual a la que había visto. Creyendo que se trataba de un robo, lo interrogó severamente. El Oficial Ya Guan respondió:
—En la casa de este humilde servidor se guardan no menos de mil o cientos de ellas, ¿qué necesidad habría de robar?
El señor Zhao no le creyó. Dio la casualidad de que cierto amigo llegó a visitarlo, vio la orquídea y exclamó con asombro:
—¡Qué parecido tan idéntico a lo que hay en mi pobre casa!
El señor Zhao dijo:
—Acabo de comprarla y tampoco sé de dónde ha salido. Pero cuando usted salió de su casa, ¿vio si la orquídea seguía allí?
El amigo respondió:
—La verdad es que no he pasado por mi estudio, así que no puedo saber con certeza si estaba o no. Pero ¿cómo ha llegado hasta aquí?
El señor Zhao miró al Oficial Ya Guan. Este explicó:
—Esto no es difícil de distinguir: la maceta de su honorabilidad tiene una parte rota y remendada; esta maceta no la tiene.
Al comprobarlo, el amigo recién lo creyó. Aquella noche, el oficial le dijo al amo:
—Hace un momento mencionaba que las flores de cierta casa son muy abundantes; ahora, honre usted con su ilustre presencia y vayamos a contemplarlas aprovechando la luz de la luna. Sin embargo, ninguna otra persona debe acompañarnos, solo el pequeño Ya convendrá sin perjuicio.
—Ya era el paje del Consejero del Palacio.
Partieron tal como se había solicitado. Cuando el señor Zhao salió, ya había cuatro hombres cargando una litera que aguardaban agazapados a la vera del camino. El señor Zhao se subió en ella, y la marcha fue más veloz que la de un caballo al galope. Al cabo de un instante adentraron las montañas, y solo se percibía una fragancia exótica que penetraba hasta los huesos. Al llegar a una gruta celestial, vieron edificaciones resplandecientes y suntuosas, totalmente distintas al mundo de los hombres; por todas partes había rocallas ornamentales y flores, macetas refinadas y plantas exquisitas, con resplandores que fluían y esparcían sus efluentes. Tan solo de la variedad de orquídeas había unas cuantas decenas de macetas, todas sumamente frondosas. Tras haberlas contemplado, regresaron montados en su litera tal como se había ordenado antes.
El Oficial Ya Guan sirvió al señor Zhao por más de diez años. Más tarde, el señor Zhao falleció sin sufrir enfermedad alguna; entonces, tanto él como el pequeño Ya partieron juntos, y nadie supo adónde se fueron.
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### El Historiador Jiang
El historiador Jiang Chao consignó que en su vida anterior había sido un monje en el monte Emei. En repetidas sueños se veía llegando a la orilla del estanque frente a la ermita de su antigua residencia para lavarse los pies. Era un hombre profundamente devoto de los textos budistas y entregado por entero a la escuela Tiantai; a pesar de haber ingresado temprano en la Academia Imperial, siempre abrigó el anhelo de trascender el mundo mundano.
Al solicitar un permiso para regresar a Jiangnan, llegó a Huaiyin y ya no quiso continuar su viaje de regreso. Su hijo lloró e intentó retenerlo, pero él hizo oídos sordos. Entonces se adentró en Shu y residió en el Templo Jinsha de Chengdu; mucho tiempo después, volvió al monte Emei, se instaló en el Templo Fuhu, y manifestó una enfermedad para luego transformarse y expirar. Escribió de su propia mano el siguiente verso:
> Despreocupado, los simios y grullas se me acercan por voluntad propia,
> este viejo monje, sin motivo alguno, cayó en el polvo de los karmas.
> Busqué en vano escapar del calor arrojándome en los calderos hirvientes,
> ¿cómo podría pretender dar la vuelta en medio del vasto océano?
> Los honores y la fama no son más que objetos en un teatro de títeres,
> esposa e hijos son meras gentes entre filas de calaveras.
> Tan solo no tengo cómo retribuir a mis padres y soberanos,
> vida tras vida, rezo siempre para que el Buda compasivo me bendiga.
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### Shao Shimei
El letrado Shao, de nombre Shimei, era natural de Jining. Habiendo sido nombrado primeramente profesor en Dengzhou, dos viejos letrados le presentaron sus tarjetas de visita. Al contemplar su nombre, le pareció sumamente familiar; tras meditar profundamente durante un buen rato, de repente comprendió su vida anterior. Acto seguido, preguntó al sirviente del estudio: «¿Acaso aquel erudito vive en tal aldea?», y describiendo su apariencia y porte, todo coincidía uno por uno. Al poco rato, ambos letrados entraron, le tomaron de las manos y conversaron con efusión, regocijándose como si se conocieran de toda la vida. Durante la charla, les preguntó por la situación de Gao Donghai. Los dos letrados dijeron: «Murió en prisión hace más de veinte años, y hoy aún le sobrevive un hijo. Al tratarse de gente humilde del campo, ¿cómo es que Vuestra Merced los conoce?». Shao sonrió y dijo: «Antiguos parientes míos». Previamente, Gao Donghai había sido un hombre descarriado, mas de naturaleza audaz y desprendida, que desdeñaba la riqueza y estimaba la justicia. Había un hombre que, al no poder pagar su renta, pretendía vender a su hija, por lo que Gao vació su bolsa para redimirla en su lugar. Tomó en secreto a una anciana concubina, pero esta resultó estar implicada en un robo, por lo que los oficiales la perseguían con gran apremio, y ella huyó a refugiarse en la casa de Gao. Al enterarse las autoridades, arrestaron a Gao y lo sometieron a toda clase de crueles tormentos y azotes, mas él jamás se declaró culpable, y al poco tiempo murió en prisión. El día en que falleció fue precisamente el natalicio del letrado Shao. Más tarde, cuando Shao llegó a aquella aldea, socorrió a la esposa e hijos de Gao, y tanto lejos como cerca todos supieron de este extraño acontecimiento. Esto fue contado por el Alto Consejero Gao, quien era compañero de la misma promoción que el joven noble Gao Jiliang.
El estudiante Gu
El estudiante Gu, oriundo de Jiangnan, se hospedaba en Jixia cuando se le hincharon sobremanera los ojos. Día y noche gemía de dolor, sin que ningún remedio medicinal le sirviera. Tras más de diez días, el dolor disminuyó un poco; mas al cerrar los ojos, vislumbraba constantemente una gigantesca mansión de cuatro o cinco patios encadenados, cuyas puertas se hallaban todas de par en par. En lo más recóndito había gente que iba y venía, pero solo se divisaba a lo lejos y no se podía distinguir con claridad. Un día, mientras concentraba su espíritu en ello, de repente sintió que su cuerpo entraba en la mansión, atravesando tres puertas sucessivas sin hallar rastro alguno de gente. Había salas tanto al norte como al sur, con el suelo cubierto de alfombras de fieltro rojo. Al echar una ojeada furtiva, vio la estancia repleta de bebés; los había que estaban sentados, otros acostados y otros gateando, en número incontable. Mientras se hallaba sumido en la perplejidad y la duda, alguien salió de la parte trasera de la casa y, al verlo, exclamó: «El joven príncipe había dicho que había un huésped ilustre en la puerta, y es verdad». Dicho esto, lo invitó a pasar. Gu no se atrevía a entrar, pero ante la insistencia, accedió. Preguntó: «¿Qué lugar es este?», y le respondieron: «Es la morada del heredero del Noveno Príncipe. El príncipe se acaba de recuperar de las fiebres palúdicas, y hoy los parientes y allegados celebran un banquete de felicitación. El señor tiene afinidad con este lugar». No había terminado de hablar cuando alguien llegó corriendo, urgiéndoles a marchar con presteza. Al poco llegaron a un paraje de pabellones tallados y barandales bermejos, donde se alzaba un palacio orientado al norte, de nueve estancias de ancho. Subiendo por las escaleras, vio que los invitados ya llenaban todos los asientos. Al percatarse de que un joven estaba sentado orientándose hacia el norte, comprendió que se trataba del príncipe, por lo que se postró al pie del estrado. Toda la sala se puso en pie. El príncipe hizo señas a Gu para que se sentara orientado hacia el este. Una vez servido el vino, estalló la música de tambores e instrumentos, y varias cortesanas subieron al estrado para representar la obra «Las bendiciones de Hua Feng». Apenas habían transcurrido tres actos cuando el posadero y su criado lo llamaron para el almuerzo, gritándole repetidas veces junto a su cabecera. Oyó las voces con absoluta claridad y, temiendo que el príncipe se enterase, se excusó diciendo que iba a cambiarse de ropa y salió. Al alzar la vista hacia el sol, vio que este declinaba hacia el poniente, y al encontrarse con el criado de pie frente a la cama, comprendió que no se había apartado de su posada. Deseando regresar con urgencia, ordenó al sirviente que cerrara la puerta y se marchara. Apenas cerró los párpados, vio las dependencias palaciegas tal como antes y se apresuró a entrar siguiendo el camino conocido. Al pasar por el lugar donde antes estaban los bebés, ya no había ningún infante, sino una veintena de ancianas de cabellos desgreñados y espaldas encorvadas, que estaban sentadas y acostadas entre ellos. Al vislumbrar a Gu, prorrumpieron en gritos hostiles: «¡De qué ratero será este hijo de perra que viene a espiar por aquí!». Aterrorizado y temeroso, Gu no se atrevió a replicar y corrió a toda velocidad hacia el patio trasero, subiendo al estrado para tomar asiento. Vio que bajo la barbilla del príncipe le había crecido una barba de más de un pie de largo. Al ver a Gu, este le preguntó con una sonrisa: «¿A dónde fuiste? ¡La obra ya ha pasado del séptimo acto!». Y ordenó que le sirvieran una copa colosal como castigo. Al cabo de un rato, la representación musical concluyó y se presentó otro programa de obras. Gu escogió «El casamiento del antepasado Gu». Las cortesanas comenzaron a servir el vino utilizando mates de coco con una capacidad aproximada de cinco dou. Gu se levantó de su asiento para declinarlo, diciendo: «Este humilde servidor padece de los ojos y no se atreve a embriagarse en exceso». El príncipe replicó: «Si el señor padece de los ojos, aquí hay un médico imperial que puede examinarlos». Uno de los invitados sentado a la izquierda se levantó de inmediato y, tomando dos dedos, le abrió ambos párpados, aplicándole con una horquilla de jade un ungüento blanco semejante a la grasa, al tiempo que le ordenaba cerrar los ojos y dormir un poco. El príncipe mandó a una doncella que lo guiara a una recámara interior y le ordenara acostarse. Tras yacer allí un breve instante, sintió que la cama y las cortinas despedían un aroma suave, por lo que cayó en un profundo sueño. No había transcurrido mucho tiempo cuando de repente escuchó el estridente tañido de los gongs y los címbalos, lo que lo hizo despertar sobresaltado. Creyendo que la representación teatral aún no había concluido, abrió los ojos para mirar, y se dio cuenta de que se hallaba en la posada, con un perro lamiendo el tazón de aceite. Sin embargo, su dolencia ocular había desaparecido como por encanto. Al volver a cerrar los ojos, ya no pudo vislumbrar absolutamente nada.
Chen Xijiu
Chen Xijiu era natural de Pi. Su padre, Ziyan, era un erudito renombrado del distrito. Un hombre acaudalado apellidado Zhou, que admiraba su fama y prestigio, acordó con ellos una alianza matrimonial. Xijiu se presentó a los exámenes imperiales en repetidas ocasiones sin aprobar, y la fortuna familiar decayó hasta quedar en la miseria. Viajó a Qin para proseguir sus estudios, y durante varios años no hubo noticias suyas. En secreto, Zhou comenzó a arrepentirse del compromiso. Casó a su hija menor con el letrado Wang para que fuera su segunda esposa; los regalos nupciales de Wang fueron magníficos, y sus sirvientes y corceles de lo más espléndidos. Por esta razón, aborreció aún más a Xijiu por su pobreza y se obstinó en romper el matrimonio. Cuando le preguntó a su hija, esta se negó. Encolerizado, la devolvió a la casa de Chen ataviada con ropas ásperas y humildes. Pasaban los días sin encender el fuego para cocinar, y Zhou no mostraba la menor compasión ni cuidado.
Un día, envió a una vieja sirvienta a llevarle comida a la mujer. Al entrar, esta le dijo a la madre:
—Mi amo me ha enviado a ver si la pequeña cuñada ya se ha muerto de hambre.
Temiendo que su madre sintiera vergüenza, la joven esbozó una sonrisa forzada para desviar el asunto. Acto seguido, sacó los manjares que había en la cesta de bambú y los colocó ante su madre. La sirvienta la detuvo, exclamando:
—¡No hay necesidad de tal cosa! Desde que la pequeña cuñada entró en nuestra casa, ¿cuándo ha visto salir un solo vaso de agua tibia o fría? En cuanto a las cosas de nuestra familia, supongo que la anciana señora tampoco tendría cara para tragárselas.
La madre montó en cólera, cambiando de semblante y tono. La sirvienta no cedió y la atacó con palabras maliciosas. En medio de la disputa y el vocerío, Xijiu entró desde la calle. Al enterarse de lo ocurrido, se puso furioso, le tiró de los cabellos, le dio bofetadas en el rostro y la echó a patadas de la casa.
Al día siguiente, Zhou fue a buscar a su hija, pero ella se negó a regresar. Al día siguiente volvió, incrementando el número de acompañantes; todos hablaban a gritos, como si vinieran a entablar pelea. La madre obligó a la hija a irse con ellos. Con lágrimas en los ojos, la joven se postró ante su madre y montó en el carruaje para marchar del lugar.
Pasados unos días, Zhou mandó a alguien de nuevo para exigir una carta de divorcio. La madre obligó a Xijiu a dársela, esperando únicamente que Ziyan regresara para trazar planes en otro lugar. Alguien de la familia Zhou llegó desde Xi'an con la noticia de que Ziyan había fallecido, y la madre de Chen, consumida por el dolor y la indignación, enfermó y murió.
En medio de su desesperación y dolor, Xijiu aún albergaba la esperanza de que su esposa regresara; mas al cabo de mucho tiempo no hubo rastro de ella, y su aflicción se hizo aún más profunda. Vendió las pocas hectáreas de tierra que le quedaban para costear los preparativos funerarios. Tras el entierro, partió hacia Qin pidiendo limosna en busca de los huesos de su padre.
Al llegar a Xi'an, interrogó exhaustivamente a los habitantes del lugar. Algunos decían que hacía varios años un erudito había muerto en una posada y que lo habían enterrado en los suburbios orientales, pero que su túmulo ya había desaparecido. Sin saber qué hacer, Xijiu no tenía más recurso que mendigar por los mercados durante el día y dormir en templos silvestres al caer la noche, con la esperanza de que alguien supiera algo.
Una tarde, al pasar por un terreno de fosas comunes, varias personas le cortaron el paso y le exigieron el pago por las comidas. Xijiu respondió:
—Soy un forastero que mendiga por la ciudad, ¿de dónde sacaría para pagar comidas?
Todos se encolerizaron, lo derribaron al suelo y le taparon la boca con trapos podridos extraídos de la tumba de un niño. Agotadas sus fuerzas y con la voz ronca, se encontraba al borde de la muerte. De repente, exclamaron aterrorizados:
—¡¿De dónde ha venido esta comitiva oficial?!
Soltaron las manos y se hizo un silencio absoluto. Al poco rato llegaron carruajes y caballos, y alguien preguntó:
—¿Quién es el que yace allí?
De inmediato, varios hombres lo levantaron y lo llevaron al pie de un carruaje. El ocupante del vehículo declaró:
—¡Es mi hijo! ¡¿Cómo se atreven estos malvados fantasmas a actuar así?! Capturadlos a todos y no dejéis escapar a ninguno.
Xijiu sintió que alguien le retiraba los trapos de la boca. Al calmarse un poco y mirar con atención, vio que era verdaderamente su padre. Rompió a llorar y exclamó:
—¡Hijo ha sufrido lo indecible por los huesos de mi padre! ¿Acaso sigues con vida en este mundo?
El padre respondió:
—Ya no soy un mortal, sino el Inspector General del Monte Tai. Mi venida aquí también es por causa de mi hijo.
Xijiu lloró con mayor desconsuelo, y su padre lo consoló con afecto. Entre sollozos, Xijiu le relató cómo la familia de su esposa lo había forzado al divorcio. El padre le dijo:
—No te preocupes. Ahora tu nueva esposa también está en casa de su madre. Tu madre te echa mucho de menos; puedes ir a verla por un momento.
De inmediato lo subió al carruaje, que avanzó veloz como el viento y la lluvia. Al poco rato llegaron a una oficina oficial; al apearse y cruzar varias puertas interiores, su madre se encontraba allí. Xijiu sintió un dolor tan agudo que estuvo a punto de desmayarse, pero su padre lo detuvo. Xijiu contuvo el llanto y obedeció las instrucciones. Al ver a su esposa al lado de su madre, le preguntó a esta última:
—Estando la esposa de su hijo aquí, ¿no querrá decir que ella también ha descendido a los manantiales amarillos?
La madre replicó:
—No es así. Tu padre la hizo traer y, en cuanto regreses a casa, la devolveremos de inmediato.
Xijiu dijo:
—Hijo desea servir a sus padres y ya no desea regresar.
La madre señaló:
—Has venido tras un arduo y penoso viaje únicamente por los huesos de tu padre. Si no regresas, ¿cuál era tu propósito inicial? Además, tu conducta filial ya ha llegado hasta los oídos del Emperador Celestial, quien te ha concedido diez mil catanes de oro. Tú y tu esposa disfrutarán de una larga prosperidad en el futuro, ¿cómo puedes decir que no volverás?
Xijiu derramó lágrimas. Su padre lo instó a marchar una y otra vez, y Xijiu rompió a llorar a gritos. El padre se enojó y exclamó:
—¡¿Acaso no vas a marcharte?!
Sobrecogido por el temor, Xijiu contuvo el llanto y se atrevió a preguntar por el lugar del sepelio. Su padre lo tomó del brazo y le dijo:
—Cuando te marches, te lo diré: a unos cien pasos de las fosas comunes hay un par de olmos blancos, madre e hijo; ese es el lugar.
Tirando de él con urgencia, ni siquiera le dio tiempo de despedirse de su madre. Afuera de la puerta había un robusto sirviente que sostenía un caballo aguardándolo. Una vez montado de un salto, el padre le instruyó:
—En el lugar donde te alojaste durante el día hay una pequeña suma de dinero para el viaje; date prisa en preparar tu equipaje y regresar, para reclamar a tu esposa a su familia. ¡No descanses hasta que la recuperes!
Xijiu prometió obedecer y partió. El corceles voló veloz y llegó a Xi'an al canto del gallo. El sirviente lo ayudó a desmontar y, cuando se disponía a postrarse para presentar sus respetos a sus padres, la gente y los caballos ya se habían desvanecido sin dejar rastro.
Buscando el lugar donde se había alojado anteriormente, se recostó contra la pared para adormilarse y esperar el amanecer. El sitio donde se sentaba tenía una piedra redonda que le molestaba en el muslo; al amanecer la miró y vio que era oro puro. Compró un ataúd, alquiló una litera y, tras buscar bajo los olmos gemelos, recuperó los huesos de su padre para emprender el viaje de regreso.
Una vez terminadas las exequias conjuntas, su hogar se quedó completamente desprovisto de bienes. Por fortuna, los vecinos, apiadados de su piedad filial, lo alimentaban. Cuando se disponía a reclamar a su esposa, pensando que no podría resolverlo por la fuerza, acudió en compañía de su primo carnal Shijiu. Al llegar a la puerta, los porteros les negaron el paso. Shijiu, que siempre había sido un bribón, profirió improperios y palabras obscenas. Ante esto, la familia Zhou mandó a alguien a persuadir a Xijiu para que volviera, manifestando su disposición de enviar a la mujer de inmediato, por lo que Xijiu regresó a su hogar.
Al principio, cuando la mujer había sido devuelta a su casa, la familia Zhou la increpaba insultando a su esposo y a su madre. Ella guardaba silencio y se limitaba a derramar lágrimas de cara a la pared.
Cuando la madre de Chen falleció, tampoco permitieron que ella se enterara. Al recibir la carta de repudio, la arrojó a la hija y le dijo: «¡La familia Chen te ha repudiado!». La hija respondió: «Jamás he sido brava ni desobediente, ¿por qué me repudias?». Quiso regresar para esclarecer el motivo, pero la mantuvieron encerrada. Más tarde, cuando Xijiu se encontraba en Xi'an, le hicieron llegar la funesta noticia del fallecimiento para disuadir la voluntad de la mujer. Una vez propagada esta noticia, acudió Du Zhonghan a negociar un enlace matrimonial, y se lo concedieron de inmediato.
Al haber ya una fecha fijada para la boda, la mujer se enteró y comenzó a llorar sin probar bocado, cubriéndose el rostro con el edredón, con un aliento tan débil como un hilo de seda. Zhou Zheng, sin saber qué hacer, oyó de repente que Xijiu había llegado y profería palabras groseras; suponiendo que la mujer sin duda moriría, la hizo cargar en unas parihuelas y se la envió a Xijiu, con la intención de aguardar a que falleciera para descargar su furia. Cuando Xijiu regresó, los encargados de llevar a la mujer ya habían llegado; temiendo que Xijiu viera su enfermedad y no la dejara entrar, apenas cruzaron el umbral la abandonaron y se fueron. Los vecinos, compadecidos, confabularon para devolverla a rastras; pero Xijiu no lo aceptó y la mandó colocar sobre el lecho, aunque su aliento ya se había extinguido. Entonces sintió un gran pavor.
Mientras Zhou Zheng se hallaba angustiado y apresurado, el joven maestro Zhou irrumpió con varios hombres armados, destrozando puertas y ventanas por completo. Xijiu huyó y se ocultó, mientras lo buscaban con ahínco. Toda la aldea sentía que aquello era una gran injusticia; Shijiu reunió a más de diez hombres y se arrojó con bravura a socorrer el apuro, y tras resultar heridos a golpes los hermanos de la familia Zhou, huyeron con la cola entre las piernas, a hurtadillas como ratas.
Zhou, montado en cólera, acudió a litigar ante los magistrados, ordenando el arresto de Xijiu, Shijiu y los demás. Antes de partir, Xijiu confió el cadáver de su mujer a una anciana vecina; mas de pronto escuchó que en el lecho parecía haber un soplo de vida, y al acercarse a examinar, vio que las ondas de otoño de sus ojos se movían ligeramente. Al poco rato, ya pudo girarse de un lado a otro. Lleno de gran regocijo, se presentó ante el magistrado para relatar lo sucedido. El magistrado, enfurecido por la denuncia falsa de Zhou, atemorizó a este último hasta que, sobornándolo con generosos presentes, logró escapar de la sanción.
Cuando Xijiu regresó y los esposos se reencontraron, el dolor y la alegría se entrelazaron en sus pechos. Antes de esto, la mujer había permanecido postrada e inmóvil tras ayunar, jurando que habría de morir. De pronto, alguien la levantó y le dijo: «Yo soy de la familia Chen, sígueme pronto; así los esposos podrán volverse a ver; de otro modo, será demasiado hondo el arrepentimiento». Sin darse cuenta, su cuerpo ya había salido por la puerta; dos personas la ayudaron a subir a una litera de mano y, en un instante, llegaron a la oficina oficial, donde vio que su suegro y su suegra se encontraban allí. Al preguntar: «¿Qué lugar es este?», la madre respondió: «No es necesario que preguntes, ya se te enviará de regreso a tu hogar».
Un día, al ver llegar a Xijiu, se alegró enormemente. Pero apenas se encontraron, se separaron de inmediato, lo cual le causó extrañareza y sospechas en el corazón. El suegro, por motivos que ignoraba, pasaba varios días sin regresar a casa. La víspera, al fin volvió de repente y dijo: «Me encontraba en Wuyi, y por haberme retrasado dos días, se ha puesto en difícil situación la salvación del niño. Deben enviarlo de regreso sin demora». Y de inmediato mandó a la mujer de vuelta en una litera con caballos.
Al divisar de pronto las puertas de su hogar, sintió como si despertara de un sueño. La mujer y Xijiu se contaron mutuamente los sucesos pasados, asombrados y felices a la vez. A partir de entonces los esposos vivieron unidos, aunque por la mañana y por la tarde carecían de medios para sostenerse. Xijiu abrió una escuela para niños en la aldea y, al mismo tiempo, se aplicaba con esfuerzo a sus propios estudios. A menudo decía en privado: «Mi padre decía que el Cielo nos concedería oro, pero ahora las cuatro paredes están vacías; ¿acaso podrá uno prosperar solo con la lectura?».
Un día, al regresar de la escuela, se encontró con dos hombres que le preguntaron: «¿Es usted el señor Chen?». Xijiu respondió: «Así es». Los dos hombres sacaron de inmediato una cadena de hierro y lo apresaron, sin que Xijiu comprendiera el motivo. Al poco rato, los aldeanos se congregaron por completo y comenzaron a interrogar a los oficiales, enterándose entonces de que se le acusaba de estar implicado en un robo en la prefectura. Los lugareños, apiadados de su injusticia, juntaron monedas para sobornar a los guardias, por lo que el camino estuvo exento de sufrimientos.
Al llegar a la prefectura y comparecer ante el prefecto, relató detalladamente los antecedentes de su familia. El prefecto, estupefacto, exclamó: «¡Este es hijo de un erudito distinguido, de modales refinados y gentiles; cómo iba a dedicarse a robar!». Ordenó que le quitaran las cadenas, mandó a traer a los verdaderos ladrones y los sometió a rigurosos interrogatorios, tras los cuales aquellos confesaron que había sido un soborno e instigación de cierto apellido Zhou. Xijiu aprovechó para denunciar los motivos por los cuales su suegro y él se habían vuelto enemigos; el prefecto, aún más indignado, ordenó su captura inmediata. En seguida hizo pasar a Xijiu a sus estancias privadas y conversó con él sobre la antigua amistad entre sus familias, pues resultaba ser hijo del antiguo magistrado de Pi, el honorable Han —a quien el propio padre de Xijiu había tenido como maestro—. Le obsequió cien piezas de oro para sus gastos de iluminación y le proporcionó dos mulas como montura para que pudiera acudir periódicamente a la prefectura a perfeccionar sus composiciones literarias. Además, se encargó de ensalzar su filial piedad ante los superiores, de modo que, desde el gobernador general hacia abajo, todos le prodigaron presentes. Xijiu regresó montado en su mula, y los esposos se sintieron sumamente reconfortados.
Un día, la madre de su esposa llegó llorando y vio a su hija postrada en el suelo sin poder levantarse. La mujer, alarmada, le preguntó el motivo, y así supo que el señor Zhou ya se encontraba encadenado en prisión. La mujer rompió en llanto, culpándose a sí misma, y solo deseaba encontrar la muerte. Xijiu, sin otro remedio, acudió a la prefectura para interceder por él. El prefecto accedió a liberarlo para que expiara su culpa mediante una multa de cien medidas de grano, dictando un decreto que honraba al hijo filial Chen Xijiu.
Al ser puesto en libertad, el señor Zhou sacó el grano de sus graneros mezclado con cascarilla y salvado para transportarlo en carretas. Xijiu le dijo a su mujer: «Tu padre ha medido el corazón de un caballero con la mentalidad de un hombre mezquino. ¿Cómo pudo pensar que aceptaríamos esto, y que nos enviaría esta porquería mezclada con paja?». Dicho esto, con una sonrisa lo rechazó.
Aunque la familia de Xijiu poseía una pequeña hacienda, sus tapias y muros eran humildes y ruinosos. Una noche, una banda de ladrones irrumpio en la casa. El sirviente se percató y dio grandes voces, logrando que solo se llevaran las dos mulas antes de huir. Más de medio año después, una noche en que Xijiu se encontraba leyendo, escuchó golpes en la puerta; al preguntar, no hubo respuesta. Mandó levantar al sirviente para que fuera a mirar, y al abrir la puerta, las dos mulas saltaron hacia el interior: eran exactamente las que había perdido. Corrieron directamente hacia el establo, relinchando y resoplando con sudor. Al acercarles una vela, se vio que cada una cargaba bolsas de cuero; al desatarlas para inspeccionarlas, descubrió que estaban repletas de plata blanca. Quedó sumamente extrañado, sin saber de dónde había provenido.
Más tarde se supo que aquella misma noche unos grandes bandidos habían asaltado la mansión de los Zhou y cargado con todo el botín; pero al verse perseguidos de cerca por las tropas de defensa, abandonaron la carga y huyeron. Las mulas reconocieron a su antiguo amo y galoparon directamente hasta su hogar.
El señor Zhou, tras regresar de la prisión, aún sufría graves dolores por los castigos corporales; al verse además despojado por los ladrones, enfermó de gravedad y falleció. Aquella misma noche, la mujer soñó que su padre llegaba custodiado como prisionero y le decía: «Todo lo que hice en vida... ya no hay forma de enmendar el arrepentimiento».
Ahora, al sufrir el castigo del Inframundo, solo tu estimado padre es capaz de liberarme. Te suplico que busques un pretendiente en mi nombre y le entregues esta carta». Al despertar, rompió en llanto. Al interrogarla, ella se lo contó todo en detalle. Xijiu llevaba mucho tiempo deseando hacer una peregrinación al monte Taihang, por lo que partió ese mismo día. Al llegar, preparó ofrendas de animales para hacer libaciones y rezar, y durmió a la intemperie en aquel lugar con la esperanza de tener alguna visión. Tras pasar toda la noche sin novedad alguna, emprendió el regreso.
Cuando Zhou falleció, la madre y el hijo cayeron en una pobreza aún mayor, dependiendo para su sustento del segundo yerno. El Erudito Wang había logrado aprobar los exámenes para convertirse en magistrado de distrito, pero a causa de su corrupción cayó en desgracia, por lo que toda su familia emigró a Shenyang, quedándose aún más desamparados. Xijiu los visitaba y auxiliaba de vez en cuando.
El Historiador de lo Extraordinario comenta:
«No hay mayor bondad que la piedad filial; los espíritus y las divinidades la comprenden, lo cual es perfectamente natural según el principio de las cosas. Si se tratara de un hombre magnánimo de virtud eminente, aun si viviera en la pobreza hasta el fin de sus días, uno de todos modos lo estimaría; ¡cómo hablar entonces de que la prosperidad posterior estuviera asegurada! Hay quienes entregan a su tierna y mimada hija a un anciano de cabellos blancos, y luego andan presumiendo ufanos: "Aquel alto funcionario es mi yerno". ¡Ay! Las doncellas delicadas y tiernas siguen siendo las mismas, pero cuando el codiciado y noble yerno regresa para ser enterrado con los honores fúnebres, la tragedia es ya de por sí insoportable; ¡cuánto más lo será cuando una joven esposa deba marchar a los campamentos militares!».