Chapter 12 of Strange Tales from a Chinese Studio by Pu Songling (蒲松齡) is a Supernatural Novel available to read on OriginRealm.
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Chapter 12
El buhonero Wang
Cierto anciano de Jinan que se dedicaba a vender vino envió a su hijo, el Pequeño Er, a Qihe a cobrar deudas pendientes. Al salir por la puerta occidental, se encontró con su hermano mayor, el Gran Da. (En ese momento, el Gran Da ya había fallecido desde hacía mucho). Asombrado, el Pequeño Er preguntó alarmado: «Hermano, ¿de dónde vienes?». Aquél respondió: «Hay un caso pendiente en el inframundo y requiero de tu testimonio». El Pequeño Er, enfurecido, comenzó a reprocharle y recriminarle. El Gran Da señaló a una persona que venía detrás, la cual vestía como un listero o sirviente oficial, y dijo: «¡Los oficiales del gobierno están aquí presentes, cómo iba a tener libertad de movimiento!». Con solo extender la mano y hacerle señas, el Pequeño Er lo siguió sin darse cuenta. Corrieron frenéticamente día y noche hasta llegar al pie del monte Taishan. De repente, vieron un tribunal oficial y, justo cuando estaban a
punto de entrar juntos, vieron a una multitud que salía en desorden. El sirviente hizo una reverencia y preguntó: «¿Cómo ha resultado el asunto?». Uno de ellos respondió: «Ya no es necesario volver a entrar, el caso está zanjado». Entonces el sirviente lo soltó y le ordenó regresar. El Gran Da se preocupó de que su hermano menor no tuviera provisiones para el camino. El sirviente pensó durante un buen rato, luego se llevó al Pequeño Er; caminaron unas veinte o treinta li hasta entrar en un pueblo y llegar bajo el alero de una casa. Le advirtió: «Si alguien sale, pídele que te envíe de regreso; si no está dispuesto, menciona que lo ha dicho el buhonero Wang». Dicho esto, se marchó. El Pequeño Er quedó aturdido y cayó rígido como un cadáver. Al amanecer, el dueño de la casa salió y, al ver a una persona muerta frente a su puerta, se aterrorizó enormemente. Tras vigilarlo un buen rato, el joven comenzó a recobrar ligeramente el sentido; lo ayudaron a entrar y le dieron de comer. Solo entonces pudo mencionar su lugar de residencia y suplicó que le proporcionaran los medios para volver. El dueño de la casa puso objeciones. El Pequeño Er repitió las palabras del sirviente. El dueño se quedó estupefacto y, de inmediato, alquiló una bestia de monta para enviarlo de regreso. Cuando el Pequeño Er quiso pagarle por la compensación, este se negó a aceptarla; al preguntarle la razón, tampoco quiso decir nada, y se despidió para marcharse.
El dragón exhausto
El censor imperial Wang de Jiaozhou fue enviado en misión a las Islas Ryukyu. Mientras su embarcación surcaba el mar, un dragón gigantesco cayó de repente desde entre las nubes, agitando las aguas a una altura de varios zhang. El dragón flotaba a medias y se hundía a medias; levantando la cabeza, apoyó la barbilla en la proa de la barca. Con los ojos medio cerrados, lucía abatido, como si hubiera perdido el alma. Toda la tripulación a bordo sintió un terror pavoroso y detuvo los remos, sin atreverse a hacer el menor movimiento. Los marineros dijeron: «Este es un dragón exhausto que desciende de los cielos tras realizar sus labores de lluvia». Wang colgó una recompensa imperial en lo alto. Quemaron incienso y rezaron juntos por él. Al cabo de un rato, el dragón se alejó con tranquilidad. Apenas la barca hubo reanudado la marcha, otro dragón cayó, de la misma manera que el anterior. Esto ocurrió tres o cuatro veces al día. Pasados unos días más, los marineros ordenaron preparar una gran cantidad de arroz blanco y advirtieron: «No estamos lejos de la Poza de Agua Clara. Si ven algo, simplemente esparzan arroz sobre el agua y guarden absoluto silencio sin hacer alboroto». Al poco tiempo, llegaron a un lugar donde el agua era cristalina hasta el fondo. Abajo había una multitud de dragones de cinco colores, tan grandes como vasijas o tinajas, todos completamente tendidos y postrados. Había algunos serpenteantes cuyas escamas, crines, garras y colmillos se podían contar con claridad. El alma y el espíritu de todos a bordo se desvanecieron de puro miedo; contuvieron la respiración y cerraron los ojos. No solo no se atrevían a espiar, sino que eran incapaces de moverse. Solo los marineros aferraban el arroz y lo esparcían por su cuenta. Al cabo de un largo rato, al ver que las olas del mar se tornaban de un negro profundo, comenzaron a oírse gemidos. Cuando se les preguntó la razón de haber lanzado el arroz, respondieron: «Los dragones temen a los gusanos, por temor a que se introduzcan bajo sus escamas. El arroz blanco se asemeja a los gusanos, por lo que, al verlo, los dragones se postran de inmediato. Si la barca navega sobre ellos, se puede avanzar sin sufrir daño alguno».
El renacer verdadero
El erudito de Chang'an Jia Zilong pasó por casualidad por un callejón vecino y vio a un forastero de porte sumamente elegante y desenvuelto. Al preguntar por él, supo que se trataba de Zhen Sheng, quien se hospedaba en régimen de alquiler en Xianyang. Su corazón sintió gran admiración por él. Al día siguiente, fue a dejar su tarjeta de visita, pero coincidió con que el otro había salido; hizo un total de tres visitas y en ninguna le fue posible encontrarlo. Entonces envió sigilosamente a alguien para que vigilara cuándo se encontraba en su morada antes de pasar a visitarlo, mas Zhen huía a grandes zancadas y no salía; Jia tuvo que registrar la estancia para que por fin apareciera. Juntaron las rodillas e hilvanaron una charla íntima, sintiendo un profundo entendimiento y agrado mutuo. Jia se dirigió a la posada y envió a su criado a comprar vino. Zhen era además muy aficionado a la bebida y sabía bromear con elegancia, resultando todo de lo más alegre. Estando el vino a punto de agotarse, Zhen rebuscó en su cofre y sacó un recipiente para beber: un vaso de jade sin base sobre el cual vertió una taza de vino, el cual rebosaba con abundancia; luego, con una pequeña copa, extrajo líquido para introducirlo en la botella, sin que el volumen disminuyera en lo más mínimo. Jia se extrañó sobremanera y le suplicó con insistencia que le revelara su técnica. Zhen dijo:
—Aquellos a quienes no deseo ver... tú no posees otros defectos, salvo que tu codicia aún no ha sido purificada. Este es un método oculto de los Inmortales, ¿cómo podría transmitírtelo?
Jia replicó:
—¡Qué injusticia! ¿Cómo voy a ser codicioso? Si en ocasiones he abrigado pensamientos suntuosos, se ha debido meramente a la pobreza.
Ambos rieron y se separaron. A partir de entonces, sus idas y venidas fueron constantes y se despojaron por completo de toda reserva. Cada vez que experimentaban estrecheces económicas, Zhen sacaba invariablemente una piedra negra, soplaba sortilegios sobre ella y, al frotarla contra fragmentos de teja, estos se transformaban de inmediato en oro blanco, el cual le obsequiaba al erudito; la cantidad era justa para lo necesario, sin que jamás sobrara un remanente. Jia le pedía a menudo más. Zhen comentaba:
—Yo dije que eras codicioso, ¿qué tal? ¡¿Qué tal?!
Jia pensaba que, si se lo pedía abiertamente, jamás lograría obtenerlo, por lo que aprovecharía cuando estuviera borracho y dormido para robar la piedra y exigírsela. Un día, tras haber bebido y haberse acostado, Jia se levantó a hurtadillas y registró el forro de sus ropas. Al percatarse, Zhen exclamó:
—¡Has perdido por completo la razón, no se puede convivir contigo!
Dicho esto, se despidió, mudó su residencia y se marchó.
Pasado más de un año, Jia paseaba por la orilla del río cuando vio una piedra brillante y pura, sumamente parecida a la que usaba Zhen. La recogió y la atesoró como a una joya. A los pocos días, Zhen se presentó de súbito, con un aire apesadumbrado, como si hubiera perdido algo. Jia lo consoló e indagó sobre su zozobra. Zhen respondió:
—Lo que usted vio con anterioridad, señor, era la piedra con la que los inmortales transmutan el oro. Antaño, cuando andaba en compañía del Venerable Abraza la Verdad (Baozhenzi), él, compadeciéndose de mi humilde condición, me la obsequió. La perdí tras una borrachera y, por adivinación oculta, deduje que debía estar en su poder, señor. Si tuviera a bien concederme la gracia de devolvérmela, no osaría olvidar jamás tal recompensa.
Jia rió y dijo:
—Este servidor jamás se atrevería a engañar a sus amigos; es tal como usted ha adivinado. Pero, sabiendo que entre los pobres el único que comprendía a Guan Zhong era Bao Shuya, ¿qué piensa hacer conmigo, señor?
Zhen le rogó que aceptara cien taels de oro como presente. Jia replicó:
—Cien taels no es una cantidad pequeña, pero si me enseña la fórmula oral y me permite probarla una sola vez, no me quedará ningún remanente de pesar.
Zhen temía que fuera falto de palabra. Jia exclamó:
—¡Usted mismo es un inmortal, cómo no va a saber que este Jia prefiere perder la confianza ante los amigos!
Entonces le enseñó directamente la fórmula. Al ver una roca gigante sobre los cimientos de la pared, Jia se dispuso a probarla en ella. Zhen le tiró del codo y no le permitió avanzar. Jia, inclinándose, cogió medio ladrillo, lo colocó sobre el yunque y dijo:
—Con algo así, ¿no bastará?
Solo entonces Zhen accedió. Sin embargo, Jia no frotó el ladrillo, sino que frotó el yunque; el rostro de Zhen cambió de color y quiso forcejear con él, pero el yunque ya se había convertido en oro macizo. Le devolvió la piedra a Zhen, quien suspiró y dijo:
—Ya que las cosas han llegado a este extremo, ¿qué más hay que decir? Sin embargo, otorgar riquezas y favores a la ligera a los hombres atrae inevitablemente el castigo del Cielo. Si deseas expiar mi culpa, ¿estarías dispuesto a donar cien ataúdes y cien conjuntos de ropas guarnecidas de algodón?
Jia respondió:
—La razón por la cual este servidor deseaba obtener dinero no era, desde un principio, para enterrarlo en caletas subterráneas. ¿Acaso me sigue considerando usted como un avaro guardián del oro?
Zhen se marchó complacido. Jia obtuvo el oro, y dedicándose alternativamente a la caridad y al comercio, antes de que pasaran tres años cumplió con creces la cantidad destinada a las donaciones. De pronto, Zhen se presentó, le estrechó la mano y exclamó:
—¡Usted es un hombre de fe y de honor! Después de nuestra separación, el Dios de la Fortuna intercedió ante el Emperador Celestial por mí, y mi nombre fue borrado del registro de los inmortales; mas gracias a sus generosas dádivas, señor, he logrado condonar mi falta mediante el mérito y la virtud. Le ruego que persevere y no decaiga.
Jia le preguntó a qué ministerio celestial pertenecía. Zhen respondió:
—Soy simplemente un zorro que ha alcanzado el Dao. Mis orígenes son sumamente humildes y no soportaría el peso de los karmas y las culpas, por lo que a lo largo de mi vida he cultivado el amor propio, sin atreverme a cometer la más mínima transgresión por capricho.
Jia mandó a preparar vino para él y bebieron con alegría como en los viejos tiempos. Cuando Jia superó los noventa años, el zorro aún acudía de vez en cuando a su hogar.
***
Cierto habitante de Changshan vendía un medicamento infalible; a los moribundos que se lo administraban, ninguno dejaba de sanar. No obstante, guardaba celosamente la receta y no se la transmitía ni a sus parientes más cercanos. Cierto día, fue arrestado a raíz de una causa criminal en la que se vio implicado. Su cuñado le llevó comida a la cárcel, ocultando en ella un poco de dicho medicamento. Se sentó a esperar a que terminara de comer antes de revelárselo. El hombre no lo creía. Al poco rato, sintió fuertes retortijones y agitación en las entrañas, por lo que comenzó a alarmarse enormemente, maldiciendo a gritos:
—¡Bestia, date prisa en marchar! Aunque en casa hay polvo medicinal, me temo que por la distancia no podré esperar; ¡corre de inmediato a buscar y seleccionar en la ciudad planta de higo (ficus pumila) para pulverizarla, prepárala en una taza de agua limpia y tráela a toda velocidad!
El cuñado hizo tal como le había indicado. Para cuando logró encontrarla, aquel hombre ya había vomitado y evacuado hasta quedar al borde de la muerte; le administraron rápidamente el remedio y de inmediato recobró la calma. A partir de entonces, aquella fórmula medicinal comenzó a difundirse por todas partes. Esto se asemeja también a la piedra que el zorro guardaba celosamente.
***
Comerciante de Telas
Un mercader de telas de apellido Bi, al viajar por los dominios de Qingzhou, entró por casualidad en un templo arruinado. Al ver sus patios desolados y en ruinas, suspiró con profunda pena y exclamó con tristeza. Un monje, que estaba a su lado, le dijo:
—Si hoy hubiera algún creyente devoto que levantara provisionalmente la puerta de la montaña, esto también sería motivo de gloria para el rostro del Buda.
El huésped, con generosidad y sin vacilar, se ofreció a encargarse de todo. El monje, encantado, lo invitó a entrar en los aposentos abaciales y lo trató con extrema diligencia y cortesía. De inmediato, procedió a enumerar los salones interiores y exteriores, rogándole que financiara la restauración completa. El mercader se disculpó, alegando que no tenía la capacidad para tanto, pero el monje se mostró inflexible y terco, con palabras y semblante airados y violentos. Aterrorizado el mercader, le suplicó que se quedara con todo lo que llevaba en su bolsa de viaje; tras lo cual, vació el equipaje por completo y se lo entregó al monje hasta la última pieza.
Cuando estaba a punto de partir, el monje lo detuvo y le dijo:
—Dado que agotar tu fortuna no ha sido en realidad tu deseo, ¿acaso no guardarás rencor en tu corazón contra mí? Más vale acabar con esto ahora mismo.
Dicho esto, empuñó un cuchillo y se le enfrentó. El mercader suplicó con amargura, pero el monje no quiso escuchar; entonces le rogó que le permitiera ahorcarse por mano propia, a lo que el monje accedió. Lo empujó a la fuerza hacia una habitación oscura y lo apresuró con crueldad.
Casualmente, un general encargado de la defensa marítima pasaba por el exterior del templo y, desde la distancia, a través de un muro derrumbado, vio entrar en la celda del monje a una mujer vestida con ropajes escarlata, lo cual le pareció sospechoso. Descendió de su caballo, entró al templo y realizó una búsqueda exhaustiva por todas partes, sin hallar rastro alguno. Al llegar a la habitación oscura, cuyas dos puertas estaban fuertemente cerrojadas, el monje se negó a abrirlas, excusándose con que allí habitaban espíritus malignos y extraños. Irritado el general, romrió los cerrojos de un golpe y entró, solo para hallar al mercader colgado de una viga. Lo bajaron y, en el breve espacio de un suspiro, volvió en sí; al interrogarlo, obtuvo toda la verdad.
Luego, hizo encadenar al monje para exigirle el paradero de la mujer, pero esta resultó ser inexistente: no era otra cosa que la manifestación de una divinidad o de un Buda. Dieron muerte al monje y devolvieron íntegramente las pertenencias al mercader. Este, todavía más conmovido, reunió fondos para la restauración del templo, y a partir de entonces el incienso y las ofrendas florecieron con grandísima abundancia. El licenciado en letras Zhao Fengyuan fue quien relató este suceso con todo lujo de detalles.
Peng el Forzudo
Han Gongfu, natural de Yucheng, contaba lo siguiente:
—Mientras caminaba por el camino junto a Peng el Forzudo, natural de nuestro distrito, de repente giré la cabeza y vi que ya no estaba; solo su cabalgadura, una mula vacía, seguía marchando a mi lado. Sucedió que escuché gritos pidiendo auxilio con muchísima urgencia y, al afinar el oído, descubrí que provenían del interior de la bolsa de viaje. Al acercarme a examinar el fardo, este se sentía pesado y abultado; aunque estaba inclinado hacia un lado con mayor peso, no había forma de que cayera al suelo. Cuando quise sacarlo, vi que la boca de la bolsa estaba cosida con gran firmeza e hilo muy espeso. Usé un cuchillo para cortar los hilos y entonces vi que el tal Peng yacía acurrucado en el interior como un perro. Al sacarlo y preguntarle qué le había ocurrido, él se encontraba completamente aturdido y no sabía nada en absoluto. Sucedía que en su hogar había un zorro que causaba estragos, y sucesos de esta índole ocurrieron muchísimas veces, según se decía.
El Inmortal He
El joven señor Wang Ruiting, oriundo de Changshan, tenía la habilidad de practicar la adivinación mediante la tabla ouija (*ji*). El espíritu que descendía se hacía llamar el Inmortal He, discípulo del Puro Yang (Lü Dongbin), y algunos afirmaban que era la mismísima grulla que montaba el Venerable Lü. Cada vez que descendía, invariablemente conversaba con las personas sobre literatura y componía poemas. El erudito imperial Li Zhijun lo tomó como su maestro espiritual; con la tinta roja y amarilla corregía sus ensayos para los exámenes, haciendo que los principios y las estructuras fueran claros y precisos. El erudito imperial se esforzó en asimilarlos y debió la mayor parte de su éxito a la ayuda del Inmortal He, por lo cual numerosos hombres de letras terminaron por consagrarse a él.
Sin embargo, al resolver asuntos difíciles o dudas para las personas, el espíritu se basaba principalmente en la razón, sin prodigarse demasiado en predecir la buena o mala fortuna. En el año de *xinwei*, el inspector imperial de exámenes Zhu acudió a Jinan para presidir las pruebas y, una vez concluidas, varios amigos le rogaron que determinara sus calificaciones. El Inmortal He exigió ver los ensayos de los exámenes y los evaluó uno por uno con rigurosidad. Entre los presentes había alguien que mantenía una gran amistad con Li Bian de Leoling. Siendo Li un hombre verdaderamente aficionado al estudio y dotado de un profundo pensamiento, en quien todos depositaban grandes esperanzas, sacaron su ensayo y se lo presentaron para su evaluación, rogándole en su nombre.
El comentario escrito por medio del *ji* rezaba:
—Primer rango.
Al poco rato, volvió a escribir:
—Acabo de evaluar el ensayo del estudiante Li basándome estrictamente en el texto. Sin embargo, la fortuna de este joven se halla sumamente oscura y ensombrecida; es seguro que sufrirá el castigo de los azotes. ¡Qué extraño! Su talento literario y su destino no coinciden en absoluto. ¿Acaso el inspector imperial no juzga basándose en los méritos literarios? Señores, aguarden un momento; intentaré ir a investigarlo en persona.
Al cabo de un instante, volvió a escribir:
—Acabo de llegar a la oficina del comisionado de educación y vi que los asuntos oficiales abrumaban al inspector imperial. Aquello que lo aflige no se encuentra en modo absoluto en las letras. Todo ha sido delegado por completo en seis o siete secretarios privados que lo asisten; graduados imperiales por mérito y por compra de títulos, todos se encuentran entre ellos. En sus vidas pasadas carecían por completo de raíz espiritual; la gran mayoría de ellos son almas errantes del camino de los hambrientos fantasmas, que mendigan su sustento por los cuatro puntos cardinales. Permanecieron en las prisiones de la oscuridad durante ochocientos años, lo que dañó la energía esencial de sus ojos; son como alguien que, tras haber estado mucho tiempo en una caverna oscura, sale de repente al exterior: el cielo y la tierra cambian de color y ya no existe la luz verdadera. Entre ellos hay uno o dos que han logrado encarnar en cuerpos humanos, pero al revisar los ensayos y dividirse en tribunales, temo que sus criterios no coincidan en absoluto.
La concurrencia preguntó cuál era el método para revertir tal destino. El espíritu escribió:
—Ese método es de lo más práctico y todos lo conocen bien; ¿para qué es necesario preguntar?
Los presentes comprendieron la intención y se lo comunicaron a Li. Temeroso, Li le mostró su ensayo al abuelo de su esposa, el erudito imperial Sun, y además le relató el presagio. El erudito imperial elogió su obra literaria y con ello disipó sus dudas. Como Li consideraba al erudito imperial como el gran maestro de las letras dentro de los mares, su ánimo se fortaleció aún más y ya no volvió a preocuparse por las palabras del *ji*.
Cuando más tarde se publicaron los resultados de los exámenes, resultó estar clasificado en el cuarto rango. El erudito imperial quedó horrorizado; tomó el ensayo para volver a leerlo y comprobó que no tenía el menor defecto ni tacha posible. Y comentó:
—El respetable señor de Shimen siempre ha tenido fama de buen escritor y jamás habría incurrido en un disparate de esta magnitud. Esto ha sido obra indudable de algún borracho en el gabinete de secretarios, incapaz siquiera de distinguir las pausas en una frase.
A raíz de esto, todos admiraron aún más la divinidad del Inmortal He, y juntos quemaron incienso y le rindieron agradecidas ofrendas. El mensaje escrito en la tabla *ji* decía:
—Que el estudiante Li no albergue vergüenza ni humillación por este revés pasajero. Debe escribir muchos más ensayos de examen y difundirlos con mayor amplitud; el próximo año podrá alcanzar el rango de excelencia.
Li siguió sus instrucciones al pie de la letra. Al cabo de mucho tiempo, la noticia se oyó con fuerza en las oficinas gubernamentales, y el superior colgó un aviso oficial para consolarlo de manera especial. Al año siguiente, su nombre ocupó efectivamente los primeros puestos. Tan milagrosa y receptiva era su eficacia.
El Historiador de lo Extraño comenta:
—Habiendo tantos sujetos de esta calaña al servicio en los gabinetes privados, no es de extrañar que en los callejones de las mujeres pecadoras de la capital no quede ni una sola cama libre al caer la noche. ¡Ay, qué tristeza!
Tongren el Búfalo
(Falta el fragmento anterior)
Cuando Niu pasó por la habitación de su padre, el anciano yacía dormido en la cama sin despertar, por lo que supo con certeza que era un zorro. Enojado, exclamó:
—¡Que un zorro sea tolerable, pero cómo se atreve a corromper mi ética familiar! El sagrado Guan es honrado como el «Vencedor de Demonios», ¿dónde está ahora para permitir que tales criaturas actúen desenfrenadas?
Entonces redactó un memorial para presentarlo al Emperador de Jade, en el que sutilmente reprochaba al Emperador Guan por descuidar sus deberes.
Al poco tiempo, el Emperador Guan escuchó de repente gritos furiosos en el aire; era el mismísimo Emperador Guan. Con enojo, lo reprendió:
—¡Cómo se atreve este erudito a ser tan faltoso de respeto! ¿Acaso estoy dedicado exclusivamente a expulsar zorros de tu casa? Si tu memorial no procede, ¿qué excusa tendrás para tus reproches y resentimientos?
De inmediato ordenó que azotaran a Niu veinte veces, dejándole la carne de los muslos casi desgarrada. Al poco rato, un general de rostro oscuro ató a un zorro y lo trajo ante ellos, llevándomelos arrastrados; tras esto, el monstruo cesó por completo.
Tres años después, la hija de un comandante de Jinan fue hechizada por un zorro, y ni un centenar de artimañas bastaron para expulsarlo. El zorro le dijo a la joven:
—Lo único que he temido en mi vida es a ese tal Niu.
El comandante tampoco sabía en qué barrio vivía Niu, por lo que no tenía forma de buscarlo. Ocurrió que el Inspector de Educacion llegó de visita oficial, y Niu, al presentarse a los exámenes, fue ofendido por casualidad en la provincia por unos soldados de la guarnición, por lo que fue furioso a presentar una queja a la puerta del comandante.
Tan pronto como el comandante oyó su nombre, no cabía en sí de asombro y alegría, inclinándose con extrema humildad. De inmediato hizo arrestar a los soldados involucrados y los castigó atados aplicando la ley con todo rigor. Hecho esto, le reveló la verdadera situación con total franqueza.
Niu, sin más remedio, intercedió por ellos presentando una súplica ante el Emperador Guan. Al poco rato, se vio a una deidad con armadura dorada descender a su casa. El zorro, que en ese momento estaba en la habitación, cambió de semblante de repente, tomando la forma de un perro, y corrió aullando en círculos por toda la casa. Al girar, salió y se arrojó al pie de las escaleras.
La deidad declaró:
—¡La vez anterior el Emperador se compadeció y no te ejecutó, pero hoy, al reincidir, no hay perdón!
Ató al zorro al cuello de un caballo y se lo llevó.
La Diosa
Un erudito apellidado Mi, oriundo de Min, cuyo nombre de pila y lugar de origen el cronista olvidó. Entró cierta vez en la capital de la prefectura y, estando ebrio, pasó por el mercado; escuchó que en una mansión de altos portones los tambores y las flautas tronaban como truenos. Al preguntar a los vecinos, le dijeron que se trataba de un banquete de longevidad, aunque los alrededores se veían extrañamente solitarios y silenciosos. Al escuchar, los sones de chirimías y cantos se multiplicaban. En su embriaguez, amaba con refinamiento la música y, sin inquirir de qué familia se trataba, compró una tarjeta de felicitación en la calle y envió su misiva al anochecer. Alguien vio su atuendo modesto y rústico, y le preguntó:
—¿Qué parentesco tenéis con este anciano?
El erudito respondió:
—Ninguno.
Alguien comentó:
—Este es un viajero forastero que reside aquí temporalmente. No se sabe qué cargo ocupó, pero es sumamente arrogante y altanero. Puesto que no sois pariente, ¿qué buscáis de él?
Al oír esto, el erudito se arrepintió, pero la tarjeta ya había sido entregada. Al poco rato, dos jóvenes salieron a recibir al huésped; sus vestimentas de brocado deslumbraban a la vista, su talante y gracia eran refinados. Hicieron una reverencia e invitaron al erudito a pasar. Vio a un anciano sentado con el rostro hacia el sur; al este y al oeste se disponían varias mesas, con seis o siete invitados que parecían todos de alcurnia. Al ver llegar al erudito, todos se pusieron de pie para hacer las reverencias, y el anciano también se levantó apoyándose en su bastón. El erudito permaneció de pie largo rato, aguardando para intercambiar cortesías, pero el anciano no se movió de su asiento. Los dos jóvenes expresaron con palabras:
—Nuestro respetado padre es anciano y endeble; levantarse e inclinarse le resulta sumamente difícil. Nosotros, sus hermanos, os reemplazamos para recibir esta inmerecida y alta visita.
El erudito declinó con modestia y concluyó las cortesías. De inmediato se añadió un banquete en la parte superior, compartiendo mesa con el anciano. Al poco rato, la música de las mujeres comenzó en la parte inferior. Tras los asientos se alzó un biombo de vidrio para ocultar a las concubinas y familiares. La música de viento y percusión estalló con fuerza, y los comensales ya no pudieron conversar. Al concluir el banquete, los dos jóvenes se pusieron de pie y ofrecieron vino a los invitados con copas gigantescas, capaces de contener tres táes; el erudito mostró un semblante aprensivo, mas al ver que los invitados aceptaban, él también lo hizo. En un instante, al mirar a su alrededor, anfitrión y huéspedes habían apurado las copas hasta el fondo; el erudito, sin más remedio, también las vació a la fuerza. Los jóvenes volvieron a escanciar. Sintiéndose sumamente agotado, el erudito se puso de pie para retirarse. Los jóvenes le retuvieron con fuerza por el faldón. El erudito, completamente ebrio, se desplomó en el suelo; solo sintió que alguien le rociaba el rostro con agua fría y despertó como de un sueño. Al incorporarse y mirar a su alrededor, los invitados se habían dispersado por completo; tan solo un joven le sujetó del brazo para despedirlo, tras lo cual se separaron y regresó a su hogar.
Tiempo después, al pasar nuevamente por aquel portal, este ya había sido desmantelado y se habían mudado.
De regreso de la prefectura, al pasar casualmente por el mercado, un hombre salió de una tienda y lo convidó a beber. Al mirarlo, no lo reconoció; sin embargo, lo siguió al interior y descubrió que en la mesa ya se encontraba Bao Zhuang, un lugareño. Al preguntar por aquel individuo, resultó llamarse Zhu, y era un pulidor de espejos del mercado.
—¿Cómo es que nos conocemos? —preguntó el erudito.
—Aquel día de las felicitaciones de longevidad —respondió Zhu—, ¿acaso no me recordáis?
El erudito dijo que no lo conocía. Zhu añadió:
—Yo entro y salgo de esa puerta con suma frecuencia. El anciano se apellida Fu, aunque ignoro de qué provincia o cargo. Cuando el honorable señor fue a ofrecer sus felicitaciones, yo me encontraba en el patio inferior, por eso os reconocí.
Al caer la tarde, la reunión de bebida concluyó. Esa misma noche, Bao Zhuang murió en el camino. El padre de Bao, al no conocer a Zhu, tomó el nombre del erudito y lo denunció ante los tribunales. Al registrar el cuerpo de Bao Zhuang, se hallaron heridas graves, por lo que el erudito fue condenado a muerte por asesinato y sufrió toda clase de torturas con argollas y grilletes. Como Zhu no había sido capturado, no había pruebas ni testimonios para apelar, y permaneció encarcelado.
Transcurrido más de un año, el censor imperial en su visita de inspección conoció su injusticia mediante pesquisas y lo puso en libertad. Los campos y bienes de su familia se habían agotado por completo, y su condición de letrado le había sido despojada. Con la esperanza de poder apelar y restituir su honor, cargó su morral y se adentró en la prefectura.
Cerca del anochecer, con el paso bastante fatigado, descansó a la vera del camino. Vio a lo lejos que se aproximaba un carruaje pequeño, escoltado a los flancos por dos sirvientas vestidas de azul. Al pasar, de pronto ordenaron detener la litera. No se supo qué se dijo dentro del carruaje. De repente, una de las sirvientas preguntó al erudito:
—¿No sois acaso el señor de apellido Mi?
El erudito, sorprendido, se puso de pie y respondió afirmativamente.
—¿Por qué estáis tan empobrecido de este modo? —preguntó.
El erudito le contó la causa.
—¿A dónde os dirigís? —volvió a preguntar.
Se lo relató asimismo. La sirvienta se retiró y le habló a la persona en el interior del carruaje; al poco rato regresó y convidó al erudito a acercarse al carruaje. Desde el interior, una mano delicada levantó la cortina y lo miró de soslayo: era una belleza sin par en el mundo. Ella le dijo:
—Es una desgracia que hay recibido una inmerecida calamidad; al enterarme, he suspirado con pesar. Hoy en día, en el yamen del examinador escolar, no es posible entrar y salir con las manos vacías; no tengo nada en el camino para obsequiaros como consuelo…
Entonces se desprendió una flor de perla de su rodete y se la entregó al erudito, diciendo:
—Este objeto puede venderse por cien piezas de oro; os ruego que lo guardéis celosamente.
El erudito se postró e hizo una reverencia, queriendo preguntar por su linaje y nombre, pero el carruaje avanzó con gran rapidez y ya se había alejado mucho, sin comprender quién era. Sosteniendo la flor, se quedó meditando: en la parte superior llevaba engarzadas perlas brillantes, por lo que no era un objeto común. La guardó como un tesoro y continuó su camino.
Al llegar a la prefectura, presentó su memorial, pero las extorsiones de arriba abajo fueron sumamente crueles; al sacar la flor para contemplarla, no soportó desprenderse de ella y finalmente regresó. Al volver no tenía hogar, por lo que se refugió en casa de su hermano mayor y su cuñada. Por fortuna, su hermano era bondadoso y se hizo cargo de él, de modo que, a pesar de su pobreza, no abandonó los libros.
Pasó el año, y acudió a la prefectura para presentarse a los exámenes de aspirantes, pero se extravió y entró en lo profundo de las montañas. Coincidió con el festival de Qingming, y los excursionistas eran numerosísimos. Unas cuantas mujeres a caballo se acercaron; entre ellas, una dama era precisamente la mujer del carruaje de aquel año. Al ver al erudito, detuvo las riendas y le preguntó a dónde se dirigía. El erudito se lo relató por completo.
La dama exclamó con asombro:
—¿Aún no habéis recuperado vuestro birrete y vestiduras de letrado?
El erudito, con expresión sombría, sacó la flor de perla de entre sus ropas y dijo:
—No he soportado deshacerme de esto, por lo que sigo siendo un simple estudiante.
Un rubor se extendió por las mejillas de la dama. Tras un momento, le indicó que se sentara a esperar a la vera del camino, y partió al trote largo.
Al cabo de un buen rato, una criada galopó hacia él y le entregó un paquete con objetos, diciendo:
—La señora dice: "Hoy las puertas del examinador escolar están concurridas como un mercado; os obsequio doscientos liang de plata fina como capital para vuestro progreso".
El erudito declinó el obsequio, diciendo:
—¡La bondad de la señora hacia mí ha sido inmensa! Considero que superar el examen preliminar no es tarea difícil, y no me atrevo a aceptar una suma tan cuantiosa. Tan solo os ruego que me digáis su nombre y apellido, pintaré un pequeño retrato, quemaré incienso y le rendiré culto; con eso bastará.
La criada no hizo caso, lo arrojó al suelo y se marchó. A partir de entonces, los gastos del erudito fueron bastante desahogados, aunque nunca se dignó a buscar conexiones por interés. Más tarde ingresó en la escuela del distrito en el primer puesto. Entregó el oro a su hermano; su hermano era hábil en el comercio y el almacenamiento, y en tres años recuperó por completo el patrimonio familiar. Coincidió que el巡抚 (Gobernador) de Minzhong era discípulo del abuelo del erudito, por lo que le mostró una generosidad y compasión muy grandes, y los hermanos se convirtieron en una familia acaudalada. Sin embargo, el erudito siempre había sido íntegro y de carácter firme; aunque pertenecían a los círculos de un gran dignatario, jamás había acudido a solicitar favores.
Un día, un huésped llegó a la puerta en un carruaje lujoso y con caballos bien aperados, sin que nadie lo reconociera. Al salir a mirar, resultó ser el joven maestro Fu. El erudito le hizo una reverencia para que entrara y ambos conversaron sobre el tiempo transcurrido desde su separación. Preparó un banquete para agasajarlo. El huésped se disculpó alegando prisas, pero tampoco se apresuraba a marchar. Al poco rato, una vez servidos el vino y los manjares, el joven maestro se levantó y pidió un momento a solas, llevándoselo al interior de la casa, donde se postró en el suelo. El erudito, alarmado, preguntó:
—¿Qué ocurre?
Con voz acongojada, el joven respondió:
—Mi venerable padre acaba de caer en una grave desgracia y desea implorar la ayuda del Gobernador; si no es por medio de mi hermano, no hay modo de lograrlo.
El erudito se disculpó diciendo:
—Aunque nuestros abuelos mantuvieron lazos de amistad, usar influencias privadas para importunar a otros es algo que este humilde uno jamás haría en la vida.
El joven maestro se postró en el suelo llorando amargamente. El erudito le dirigió una mirada severa y le reprochó:
—¡El joven estudiante y usted, joven maestro, no somos más que conocidos por una copa de vino! ¿Cómo pretende obligarme a perder mi integridad por la fuerza?
El joven maestro, abrumado por la vergüenza, se levantó y se despidió.
Al día siguiente, mientras estaba sentado a solas, entró una sirvienta vestida de verde. Al mirarla, vio que era la misma que le había regalado el oro en las montañas. Cuando el erudito, sobresaltado, se puso de pie, la criada dijo:
—¿Acaso el señor ha olvidado la horquilla de perlas?
El erudito respondió:
—¡Sí, sí, jamás me he atrevido a olvidarla!
Ella dijo:
—El joven maestro de ayer es el hermano de sangre de la señora.
Al oír esto, el erudito sintió una alegría secreta, pero fingió incredulidad y dijo:
—Esto es difícil de creer. Si lograse que la señora viniera en persona a decírmelo, hasta en un caldero de aceite hirviendo me arrojaría; de lo contrario, no me atrevo a obedecer la orden.
La criada salió, montó a caballo y se marchó a galope.
Al filo de la medianoche regresó, llamó a la puerta y, al entrar, anunció:
—¡La señora ha venido!
Apenas terminó de hablar, una hermosa joven entró con expresión sombría, se volvió hacia la pared y se echó a llorar sin decir una sola palabra. El erudito hizo una reverencia y dijo:
—Si no fuera por usted, mi señora, este humilde estudiante no tendría el día de hoy. ¡Tan solo ordéneme lo que guste, y cómo no voy a obedecer sus mandatos!
La doncella replicó:
—Quien pide favores a otros suele mostrarse arrogante, y quien los pide suele temer a los demás. Correr de aquí para allá en plena noche... ¿cómo iba mi vida a entender semejante sufrimiento, si no es precisamente por el miedo que se le tiene a la gente? ¡Así que no hay nada más que decir!
El erudito la consoló diciendo:
—La razón por la cual no accedí de inmediato fue el temor de que esta única visita resultara difícil de repetir. ¡Hacer que usted sufriera la intemperie y el rocío de la noche y la madrugada es culpa mía!
Dicho esto, intentó tirar de su manga, acariciándola con disimulo y contención.
La joven se enfureció y exclamó:
—¡Usted es verdaderamente un hombre ruin! ¡Lejos de recordar la generosidad de los días pasados, pretende aprovecharse de las desgracias ajenas! ¡Me he equivocado con usted! ¡Me he equivocado con usted!
Iracunda, salió a toda prisa, subió al carruaje con la intención de marcharse. El erudito salió corriendo a disculparse, se arrodilló de hinojos y le suplicó que se detuviera. La doncella de verde también intercedió para calmar los ánimos. La joven, con el enojo un tanto mitigado, le dijo desde el carruaje:
—Le diré la verdad: mi concubina no es un ser humano, sino una diosa. Mi venerable padre funge como juez en el Tribunal de Justicia del Monte Heng del Sur; por un descuido menor ofendió al Oficial de la Tierra, y el asunto está a punto de llegar a los oídos del Emperador Celestial. Sin el sello oficial del magistrado de la prefectura local, este entuerto no se puede resolver. Si el señor no olvida nuestra antigua amistad, ruéguele por mí un pliego de papel amarillo.
Dicho esto, el carruaje se puso en marcha y se alejó.
El erudito regresó a casa, sobrecogido y aterrorizado. Fingiendo un caso de posesión demoníaca, le expuso el asunto al Gobernador. Este replicó que tal historia rozaba la brujería y se negó. El erudito sobornó con oro abundante a los hombres de confianza del Gobernador, quienes aceptaron ayudarle, pero aún no se presentaba la ocasión propicia.
Al regresar a su hogar, la doncella de verde lo aguardaba en la puerta. El erudito le contó todo con detalle; ella se quedó en silencio y se marchó con aire de reproche, pareciendo descontenta con su falta de lealtad. El erudito corrió tras ella para despedirla y le suplicó:
—Vuelve y dile a la señora: ¡si el asunto no se resuelve, entregaré mi propia vida para expiarlo!
Una vez dentro, pasó la noche dando vueltas en la cama, sin saber qué estrategia idear. Casualmente, una concubina predilecta de la prefectura deseaba comprar perlas, por lo que él le ofreció la horquilla como obsequio. La concubina se mostró sumamente encantada y, a escondidas, utilizó el sello oficial para estamparlo en el documento que el erudito necesitaba.
Al volver a casa con el encargo en el pecho, la doncella de verde acudió puntualmente. Sonrió y dijo:
—Por fortuna no he deshonrado el encargo. Sin embargo, aquello que ni siquiera en tus años de pobreza, miseria y mendicidad pudiste soportar vender, ¡ahora has terminado por desecharlo para complacer a tu amo!
Y procedió a relatarle cómo se habían desarrollado los acontecimientos, añadiendo:
—El oro que arrojaste y despreciaste no me importa en lo más mínimo; ¡pero transmítele este recado a la señora: la horquilla de perlas debe ser pagada y devuelta!
Transcurridos unos días, el joven maestro Fu se presentó en la mansión para expresarle su agradecimiento, entregándole cien taels de oro. El erudito se puso serio y replicó:
—La única razón por la que actué así fue por la bondad desinteresada que su hermana menor me demostró; de lo contrario, ¡ni siquiera diez mil piezas de oro habrían bastado para comprar mi honor y mi reputación!
El joven maestro insistió una vez más, pero el tono y la expresión del erudito se volvieron aún más severos. Avergonzado, el visitante se marchó diciendo:
—¡Este asunto aún no ha terminado!
Al día siguiente, la criada de verde, cumpliendo órdenes de la señora, entregó un centenar de perlas brillantes y preguntó:
—¿Acaso esto es suficiente para pagar la horquilla de perlas?
El erudito respondió:
—Quien valora la horquilla no es por el precio de las perlas. Si aquel día me hubieran regalado un tesoro valorado en diez mil onzas, habría tenido que venderlo para convertirme en un rico aldeano; habiéndolo guardado celosamente mientras abrazaba la pobreza y la humildad, ¿con qué propósito lo hice? La señora es un ser divino, y este humilde estudiante jamás se atrevería a abrigar otras pretensiones. ¡Si tengo la fortuna de retribuir su inmensa bondad en una diezmilésima parte, podré morir sin ningún remordimiento!
La doncella colocó las perlas sobre la mesa; el erudito hizo una profunda reverencia matutina ante ellas y luego las rechazó.
Pocos días después, el joven maestro Fu regresó. El erudito ordenó preparar vino y manjares. El joven maestro hizo que sus sirvientes entraran a la cocina para encargarse ellos mismos de la preparación, y ambos bebieron a placer frente a frente, disfrutando de una alegría tan íntima como si fueran una sola familia. Había un huésped que había obsequiado arroz glutinoso amargo; el joven maestro lo bebió encontrándolo delicioso, apurando hasta cien copas seguidas, lo que hizo que sus mejillas se tornaran ligeramente encendidas. Entonces le dijo al erudito:
—Usted es un hombre de virtud incorruptible e íntegra. Mis torpes hermanos no supimos reconocerlo a tiempo, ¡y tenemos mucho más que aprender de lo que demuestran estas faldas y horquillas!
Mi honorable padre, conmovprimido por su inmensa virtud y sin modo alguno de corresponderle, desea entregar a su hermana menor en matrimonio, aunque teme que la diferencia entre el mundo de los vivos y el de las sombras pueda ser un obstáculo».
El erudito se sintió abrumado por una mezcla de dicha y temor, sin saber qué responder. El joven noble se despidió y salió, diciendo:
—Mañana por la noche, el noveno día del séptimo mes, la luna nueva se alza como un garfio y la Doncella Celestial desciende para casarse; es una hora propicia. Pueden preparar la alcoba nupcial.
A la noche siguiente, tal como se había dicho, enviaron a la joven, y todo en ella era igual al de cualquier mortal. Tres días después, la doncella hizo obsequios a todos, desde su hermano y cuñada hasta las criadas y sirvientes, sin excluir a nadie según su jerarquía. Además, era sumamente virtuosa y servía a su cuñada como si fuera una madre. Como pasaron los años sin que diera a luz, ella misma le aconsejó tomar una concubina, pero el erudito se negó.
Ocurrió que el hermano del joven noble hacía negocios en las regiones de Jianghuai, y le compró una joven concubina para traerla de regreso. La concubina era de apellido Gu y su nombre de infancia era Boshi; su rostro era refinado y encantador, y tanto el esposo como la esposa se alegraron de tenerla. Al ver que llevaba una flor de perla insertada en su tocado, la joven notó que se parecía muchísimo a una prenda de su pasado; al quitársela para examinarla, comprobó que era exactamente la misma. Extrañada, la interrogó al respecto.
La concubina respondió:
—Antaño, la concubina favorita de un gobernador falleció, y su doncella la robó para venderla en el mercado. Mi difunto padre consideró justo el precio y la compró para llevarla a casa. La difunta concubina la amaba mucho. Como mi padre no tenía varones, yo fui su única hija, de modo que todo lo que pedía se me concedía. Años después, cuando mi padre murió y la familia decayó, fui criada bajo la tutela de la señora Gu; ella es hermana de mi madre y, al ver la perla, quiso venderla en repetidas ocasiones. Yo me arrojé a un pozo buscando la muerte, y por eso sigue aquí hasta el día de hoy.
Los esposos exclamaron suspirando:
—¡Una prenda de hace diez años que regresa a su verdadera dueña! ¿Acaso no es esto obra del destino?
La doncella sacó entonces otra flor de perla idéntica y dijo:
—¡Esta cosa ha estado sin su pareja durante mucho tiempo! —Y uniéndolas, se la colocó personalmente en el tocado a la concubina.
Cuando Boshi se retiró, interrogó minuciosamente sobre la estirpe de la doncella, pero todos en la casa se negaron a hablar de ello. En secreto, le dijo al erudito:
—A los ojos de esta humilde sirvienta, la Señora no es una persona de este mundo; hay un aura divina entre sus cejas. Ayer, al momento de colocarme la flor, pude mirarla de cerca: su belleza brota desde lo más profundo de su piel, a diferencia de la gente común, cuya gracia depende únicamente de la disposición de sus ojos.
El erudito se rio de sus palabras. Boshi replicó:
—No se burle, señor; esta sirvienta va a ponerla a prueba: si ella es verdaderamente divina, sin importar lo que uno necesite, si quema incienso en un lugar solitario para pedirlo, ella habrá de saberlo por sí misma.
Las medias de bordado exquisito de la doncella eran del agrado de Boshi, pero no se atrevía a pedirselas, por lo que encendió incienso en sus aposentos privados para rogar por ellas. A la mañana siguiente, al revisar su cofre, la doncella sacó un par de medias y se las envió a Boshi a través de una sirvienta.
El erudito, al verlo, soltó una carcajada. Cuando la doncella le preguntó el motivo, él le contó la verdad.
—¡Qué astuta muchacha! —exclamó la doncella. Y debido a su inteligencia, la amó y estimó aún más. No obstante, Boshi se mostró todavía más respetuosa; al despuntar el alba, siempre se lavaba y perfumaba para presentar sus respetos.
A su debido tiempo, Boshi dio a luz a dos varones, y la doncella misma les otorgó sus nombres de cortesía.
Cuando el erudito cumplió ochenta años, el rostro de la doncella seguía siendo el de una doncella virgen. Al enfermar el erudito, la doncella mandó a los carpinteros a fabricar un ataúd, ordenando que fuera el doble de ancho y espacioso que los ordinarios. Tras su muerte, la doncella no lloró; y cuando sus hijos se ausentaron por asuntos ajenos, ella ya había ingresado al ataúd para fallecer. Fueron sepultados juntos. Hasta el día de hoy, se le conoce en las leyendas como «la Tumba del Gran Ataúd».
El Historiador Extraordinario comenta:
«Si la doncella era una divinidad, que Boshi fuera capaz de advertirlo, ¿qué método habrá seguido? ¡He aquí que se comprende cómo la perspicacia de los mortales posee a veces un fulgor aún más divino que el de los propios dioses!».
*Falda de Gasa de Xiang*
Yan Zhong era natural de Yan’an, en la provincia de Shaanxi. Vivía bajo el mismo techo que su hermano mayor, Yan Bo, y ambos compartían un afecto profundo y sincero. Su hermano falleció a los treinta años sin dejar descendencia; poco después, su esposa también murió. Yan Zhong lloró amargamente estas pérdidas y, cada vez que pensaba en tener dos hijos varones, resolvía destinar uno de ellos a continuar el linaje de su hermano. Pero apenas hubo nacido su primer hijo, la esposa de Yan Zhong también falleció. Temiendo que una nueva esposa no cuidara bien del niño, decidió adquirir una concubina. En una aldea vecina había alguien que vendía una criada; Yan Zhong fue a verla, pero no le satisfizo en absoluto. Deprimido y sin ánimo, aceptó la invitación de un amigo para beber con él y regresó a casa completamente ebrio.
En el camino se encontró con un antiguo compañero de estudios, el estudiante Liang, quien le estrechó las manos con gran afecto y lo invitó a pasar por su residencia. En su embriaguez, Yan Zhong olvidó que este amigo ya había muerto y lo siguió. Al cruzar el umbral, vio que no era la antigua mansión que recordaba; sospechando algo extraño, preguntó al respecto. El estudiante Liang respondió: «Me he mudado aquí recientemente». Entraron y dispusieron vino, pero como la bebida casera se había agotado, el anfitrión pidió a Yan Zhong que aguardara sentado mientras él salía con una jarra a comprar más. Yan Zhong salió a esperar fuera de la puerta.
Entonces vio pasar a una mujer montada en un asno, seguida por un muchacho de unos ocho o nueve años, cuyo rostro y expresión eran extraordinariamente parecidos a los de su difunto hermano. Conmovido hasta lo más hondo de su corazón, lo siguió apresuradamente y preguntó al niño su apellido. Este respondió: «Mi apellido es Yan». Yan Zhong se sobresaltó aún más y volvió a preguntar: «¿Cómo se llama tu padre?». El niño contestó: «No lo sé». Mientras hablaban, llegaron a la puerta de la casa; la mujer desmontó del asno y entró. Yan Zhong detuvo al muchacho y preguntó: «¿Está tu padre en casa?». El niño asintió y entró a avisar. Poco después, salió una anciana a mirar: era, en efecto, su cuñada. Ella se sorprendió al ver a su cuñado y preguntó cómo había llegado hasta allí. Yan Zhong, abrumado por la tristeza, la siguió al interior. Vio que la vivienda estaba limpia y ordenada. Preguntó entonces: «¿Dónde está mi hermano?». Ella respondió: «Ha ido a cobrar una deuda y aún no ha regresado». Él insistió: «¿Quién era la mujer que iba montada en el asno?». La cuñada explicó: «Es la concubina de tu hermano, la señora Gan. Ya ha dado a luz dos varones. El mayor, A-Da, ha ido al mercado y no ha vuelto; el que acabas de ver es el menor, A-Xiao».
Tras permanecer sentado largo rato, los efectos del vino comenzaron a disiparse y Yan Zhong comprendió al fin que todos aquellos con quienes trataba eran fantasmas. Sin embargo, tan grande era el cariño fraternal que sintió que no tenía miedo alguno. Su cuñada calentó vino y preparó alimentos. Yan Zhong, ansioso por ver a su hermano, instó a A-Xiao a ir a buscarlo. Pasado un buen tiempo, el niño regresó llorando y dijo: «La familia Li no solo se niega a pagar la deuda, sino que además se ha puesto a discutir con mi padre». Al oír esto, Yan Zhong corrió junto con A-Xiao hacia el lugar. Vio a dos hombres que tenían a su hermano tirado en el suelo, sujetándolo con fuerza. Enfurecido, Yan Zhong se lanzó contra ellos con los puños en alto y derribó a cuantos se le opusieron. Levantó rápidamente a su hermano, mientras los agresores huían despavoridos. Logró atrapar a uno de ellos y le propinó una paliza sin tregua antes de permitirle incorporarse. Luego, tomando la mano de su hermano, pataleó en el suelo y rompió a llorar amargamente; su hermano también derramó lágrimas.
Ya de regreso en la casa, toda la familia les ofreció consuelo y prepararon vino y comida para celebrar el reencuentro de los hermanos. No mucho después, entró un joven de unos dieciséis o diecisiete años. Yan Bo lo llamó A-Da y le ordenó rendir respeto a su tío. Yan Zhong lo sostuvo entre sus brazos y, volviéndose hacia su hermano con lágrimas en los ojos, exclamó: «Hermano mayor, aunque tienes dos hijos varones en el mundo de las sombras, nadie barre ni cuida tu tumba; y yo, por mi parte, tengo pocos hijos y soy viudo. ¿Qué hemos de hacer?». Yan Bo también se entristeció profundamente. Su cuñada dijo entonces a su esposo: «Bien podríamos enviar a A-Xiao para que acompañe a su tío; así ambos hallarían consuelo». Al escuchar estas palabras, A-Xiao se arrimó al codo de su tío, aferrándose a él con ternura y sin querer separarse. Yan Zhong lo acarició, sintiendo una pena aún más aguda, y le preguntó: «¿Te gustaría venir conmigo?». El niño respondió: «Sí, me gustaría». Yan Zhong reflexionó que, aunque los fantasmas no son seres vivos, tenerlos cerca para consolarse era mejor que nada, y por fin esbozó una leve sonrisa.
Yan Bo advirtió entonces: «Puede ir contigo, pero no lo consientas demasiado. Dale de comer carne y sangre, y hazlo exponerse al sol del mediodía; basta con que lo haga pasado el mediodía. Siendo un niño de seis o siete años, si persevera desde la primavera hasta el verano, su carne y huesos se regenerarán y podrá llegar a casarse y tener hijos; aunque temo que su vida no sea larga».
Mientras conversaban, una joven se asomó desde fuera de la puerta para escuchar; su porte era delicado y gentil. Yan Zhong sospechó que podría ser la hija de su hermano y preguntó al respecto. Yan Bo aclaró: «Se llama Xiangqun; es la hermana menor de mi concubina. Quedó huérfana y sin hogar, y la hemos acogido durante diez años». Yan Zhong preguntó: «¿Está prometida?». Yan Bo respondió: «Aún no. Hace poco hubo conversaciones matrimoniales con la familia Tian de la aldea oriental». Desde fuera de la ventana, la joven murmuró en voz baja: «No quiero casarme con ese pastor de vacas de la familia Tian». Yan Zhong se sintió profundamente conmovido, pero no se atrevió a expresar abiertamente sus sentimientos. Poco después, Yan Bo se levantó y preparó un lecho en el estudio para que su hermano pasara la noche. Aunque en principio Yan Zhong no deseaba quedarse, su corazón se había prendado de Xiangqun; queriendo idear algún modo de sondear las intenciones de su hermano, se despidió de él y se retiró al lecho.
Era aún principios de primavera y el clima seguía siendo frío; como en el estudio no se había encendido fuego en mucho tiempo, el ambiente era gélido y erizaba la piel. Sentado a solas frente a la vela, sintió deseos de beber un poco. De pronto, A-Xiao empujó la puerta y entró, depositando sobre la mesa una taza de sopa y una medida de vino. Yan Zhong, sumamente complacido, preguntó quién lo había preparado. El niño respondió: «La tía Xiang». Cuando el vino estuvo a punto de acabarse, el niño cubrió un brasero con cenizas y lo colocó debajo de la cama. Yan Zhong preguntó: «¿Duermen ya tus padres?». El niño contestó: «Hace rato que duermen». «¿Y tú dónde duermes?». «Comparto el lecho con la tía Xiang». A-Xiao esperó a que su tío se acostara antes de cerrar la puerta y marcharse. Yan Zhong, pensando en la bondad y la delicadeza de Xiangqun, sintió crecer su admiración y amor; y al saber que ella cuidaba tan bien de A-Xiao, su deseo de tenerla a su lado se volvió aún más firme. Dio vueltas en el lecho sin poder conciliar el sueño durante toda la noche.
Early in the morning, he said to his elder brother, "Brother, I am single and troubled, I beg you to take notice." The elder brother said, "Our family is not one that relies on a single jar and a single load, there will be someone to match the circumstances. Even if there is a beautiful woman underground, it's unlikely to benefit you." The middle brother said, "Ancient people also had ghost wives, what's the harm?" The elder brother seemed to understand, and said, "The silk skirt is also beautiful. But if you prick it with a giant needle, the blood won't stop flowing, then it can be a human wife, why settle for something so easily?" The middle brother said, "If I get the silk skirt to caress my little one, I'll be fine." The elder brother just shook his head. The middle brother continued to ask for it. The sister-in-law said, "Let's try to catch the silk skirt and prick it to test it, don't give up yet." So she grasped the needle and went out. Outside, she met the silk skirt, quickly caught its wrist, and it still had bloodstains, apparently she had already tried it when the elder brother was speaking. The sister-in-law released her hand and laughed, and went back to tell the elder brother, "She has been infatuated with you for a long time, are you still worried about her?" The concubine heard this and got angry, approached the silk skirt, and with her finger poked its eye and scolded, "You shameless servant girl! Do you want to follow Uncle and run around? I won't do as you wish!" The silk skirt was ashamed and indignant, and wanted to die, the whole household was in an uproar. The middle brother was deeply ashamed, bid farewell to his brother and sister-in-law, and took the little one and left. The elder brother said, "Brother, you go; don't let the little one come back again, it's likely to harm her life." The middle brother agreed.
After returning, he added years to the silk skirt, and told the family that the elder brother had sold the concubine's unborn child. Everyone believed that it was the elder brother's child, and the middle brother taught it to read, and would often send it to sit in the sun to recite a book. At first, it was difficult, but after a while, it became accustomed to it. In the middle of the sixth month, the desk was scorched by the sun, and the child played and read, and didn't show the slightest resentment. The child was very filial, and every day would finish half a book, and at night would lie with Uncle and chat, always reciting it. The middle brother was very pleased. He also didn't forget the silk skirt, and no longer thought about the "Swallow Pavilion".
One day, the two matchmakers came to discuss the marriage of the little one, but there was no one to match, and his heart was very anxious. Suddenly, the elder sister-in-law came in from outside and said, "Uncle, don't be surprised, I've brought the silk skirt here. Since the servant girl doesn't know shame, I've scolded her. Uncle, you're so dignified, and yet you don't follow her, what other person will you follow?" Seeing the silk skirt standing behind her, her heart was very happy. The sister-in-law sat down; after explaining that there was a guest in the hall, she got up and left. A little while later, she came in again, and the elder sister-in-law had already left. The silk skirt removed her makeup and went into the kitchen, the chopping board was full of food. Suddenly, the dishes and plates were arranged, and the cooking was done well. The guests left, and the middle brother came in, saw the silk skirt sitting in the room with her makeup still on, and then bowed and exchanged formalities with her. In the evening, the woman still wanted to sleep with the little one. The middle brother said, "I want to use my yang energy to warm you, it's not good to leave you." So he put the woman in another room, but only met with her in the evening to drink wine and chat. The silk skirt caressed the little one as if it were her own child, and the middle brother was even more fond of it.
One night, the couple was intimate, and the middle brother joked, "Is there a beautiful woman in the underworld?" The woman thought for a long time, and replied, "I haven't seen one. Only the neighbor, Weilingshen, is considered beautiful by everyone; but her appearance is still like a human, it's just that she's good at adorning herself. I've been with her for a long time, and secretly think her to be shallow. If I wanted to see her, it would be easy to get her. But people like that are not to be trifled with." The middle brother was eager to see her. The woman took up her brush as if to write a letter, but then threw the ink stick away and said, "It's not possible, it's not possible!" The middle brother urged her again and again, and finally said, "Don't be deceived." The middle brother agreed, and then tore up the paper and made a few drawings like talismans, and burned them outside the door. A little while later, the curtain moved, and there was a hooking sound, and a chuckling laugh. The woman got up and pulled the curtain open, and her high bun was towering, almost like a painting. She supported herself on the bed, poured wine and chatted with the middle brother. At first, she was still covering her mouth with her red sleeve, and didn't talk much; after a few cups, she was carefree and playful, and gradually stretched out one foot to press on the middle brother's clothes. The middle brother was confused and disoriented, and didn't know where his soul was. In front of him, he was only obstructed by the silk skirt; the silk skirt also prevented him, and for a moment didn't leave his side. Weilingshen suddenly got up, pulled the curtain and left; the silk skirt followed her, and the middle brother also followed her. Weilingshen took the middle brother's hand, and went into another room. The silk skirt was very resentful, but didn't know what to do, and was indignant and returned to her room, listening to what was happening. After the middle brother came in, the silk skirt scolded him, "If you hadn't listened to me, you might not have been able to get rid of her later." The middle brother was suspicious of her jealousy, and didn't enjoy himself, and left. The next night, Weilingshen didn't summon herself, and came instead. The silk skirt was very disgusted to see her, and was arrogant and didn't show any respect; Weilingshen and the middle brother went together. This went on for several nights. When the woman saw her coming, she scolded her, but couldn't chase her away. A month passed, and the middle brother fell ill and couldn't get up, and finally regretted it, called the silk skirt to sleep with him, hoping to avoid her; but during the day and night, he was a little more careless, and the ghost was already on the sun porch. The silk skirt took a staff and chased it away, the ghost was angry and fought with her, the silk skirt was weak, and her hands and feet were injured by it. The middle brother gradually became more and more exhausted. The silk skirt said, "How can I see my sister?"
Y pasados unos días, Zhong, en un estado de sopor, finalmente falleció. Al ver por primera vez a dos alguaciles ingresar con una orden oficial, inconscientemente los siguió. En el camino, preocupándose por la falta de recursos para el viaje, invitó a los alguaciles a tomar un desvío para pasar por el lugar de su hermano mayor. Al verlo, el hermano mayor se aterrorizó y perdió el color, preguntando: —¿Qué has estado haciendo últimamente, hermano menor? —Zhong respondió: —No es nada, solo tengo una enfermedad fantasmal —y le contó la verdad. El hermano mayor dijo: —Así es.
Entonces sacó un paquete de plata blanca y les dijo a los alguaciles: —¿Tengan la amabilidad de aceptar esto con una sonrisa. El delito de mi hermano no merece la muerte; por favor, libérenlo para que regrese, y haré que mi sobrino lo acompañe; quizás así todo salga bien. —Luego llamó a A-Da para que acompañara a los alguaciles a beber. Dándose la vuelta, entró a la casa y les contó a todos el motivo. En seguida ordenó a la señora Gan, que vivía al otro lado de la pared, que llamara a Weilingxian.
Al poco tiempo, ella llegó, y al ver a Zhong quiso escapar. El hermano mayor la agarró de los cabellos, la hizo retroceder y la regañó: —¡Ramera desvergonzada! En vida fuiste una mujer libertina, y en la muerte un fantasma vil; ¡hace mucho que no eres digna de ser contada entre la gente! ¿Acaso aún persigues a mi hermano? —De inmediato le propinó una bofetada, haciendo que sus nubes de cabellos se desordenaran y que su rostro seductor perdiera su encanto al instante. Al cabo de un rato, llegó una anciana que se postró en el suelo suplicando con amargura. El hermano mayor también reprendió a la anciana por soltar a la mujer para propagar la lascivia, y tras dirigirles insultos durante un buen rato, finalmente permitió que ambas se fueran juntas.
El hermano mayor entonces despidió a Zhong. En un parpadeo ya habían llegado a la puerta de su casa y entrado directamente a la alcoba; de repente sintió como si despertara de un sueño, y solo entonces supo que lo de hace un momento había sido la muerte. El hermano mayor reprendió a Xiangqun diciendo: —Tu hermana mayor y yo creíamos que eras virtuosa y capaz, por eso hicimos que sirvieras a mi hermano menor; ¡y en cambio querías apresurar la muerte de mi hermano! ¡Si no fuera por el recato de los lazos familiares, de inmediato te habría azotado con varas!
Xiangqun, avergonzada y aterrorizada, sollozó y, postrada ante el hermano mayor, le dio las gracias. El hermano mayor miró a A-Xiao con alegría y dijo: —¡El muchacho ha vuelto a la vida como un ser humano! —Xiangqun quiso salir a preparar la comida, pero el hermano mayor se disculpó diciendo: —Los asuntos de mi hermano menor aún no están resueltos, no tengo tiempo libre.
A-Xiao tenía trece años y gradualmente comenzaba a sentir apego por su padre; al ver que su padre salía, lo siguió llorando. Su padre le dijo: —Seguir a tu honorable tío es de lo más alegre; iré y pronto regresaré. —Dándose la vuelta, se marchó a toda prisa, y desde entonces no volvieron a tener noticias ni comunicación de él.
Más tarde, A-Xiao tomó esposa y engendró un hijo, quien también falleció a la edad de treinta años. Zhong crio al huérfano tal como si fuera su propio sobrino al nacer. Cuando Zhong cumplió ochenta años, su hijo tenía más de veinte, y entonces dividieron la propiedad. Xiangqun no tuvo descendencia propia. Un día, le dijo a Zhong: —¿Puedo ir a abrir camino a los zorros en el inframundo? —Se atavió con ricos ropajes, subió a la cama y falleció. Zhong tampoco se afligió demasiado; medio año después, también falleció.
El Historiador de lo Extraño comenta:
—¡En cuanto a la profunda fraternidad en el mundo como la de Zhong, cuántas personas hay! Es lógico que no haya muerto y que se le hayan añadido más años. Que una rama yang se quiebre y una descendencia yin continúe, todo esto ha sido conmovido por la sincera voluntad de no poder soportar la muerte de su hermano. Si esto no tiene razón en los hombres, ¿acaso podría existir tal designio en el cielo? Dando a luz a un hijo en el inframundo con el deseo de continuar los legados anteriores, supongo que tampoco deben ser pocos; ¡me temo que los hermanos mayores y menores virtuosos que heredan estirpes extintas no estén dispuestos a acogerlos y consolarlos con compasión!
— Las Tres Vidas
Un hombre de Hunan era capaz de recordar tres de sus vidas pasadas. En una de ellas, había sido magistrado examinador que ingresaba al pabellón de exámenes. Había existido un erudito famoso llamado Xing Yu-Tang que fue reprobado y descalificado, por lo que murió lleno de furia y resentimiento; este llegó al Inframundo para presentar una demanda portando sus ensayos. Apenas fue entregada tal querella, aquellos que habían muerto de la misma desgracia se contaban por decenas de miles; nombraron a Xing como su líder, agrupándose y dispersándose en multitudes. Aquel hombre de Hunan fue capturado por los espíritus para comparecer y carearse con ellos. El Rey Yama preguntó entonces: —Dado que tú evaluaste los textos literarios, ¿cómo pudiste reprobar a un hombre de talento y promover a mediocres?
El hombre se defendió diciendo: —Arriba estaban los examinadores jefes; este humilde servidor no hizo más que obedecer y ejecutar sus órdenes.
El Rey Yama emitió de inmediato una orden para arrestar a los examinadores principales. Al cabo de un rato, fueron traídos ante él. El Rey Yama relató lo que el hombre había dicho. El examinador principal respondió: —Este servidor solo supervisó el resultado global; aunque había escritos excelentes, si los oficiales de los recintos de lectura no los recomendaban, ¿cómo iba a tener la oportunidad de verlos?
El Rey Yama declaró: —Esto no puede eludirse mutuamente; su negligencia en el deber es la misma, por lo que conforme a las reglas corresponde castigarlos con la vara.
Justo cuando se disponía a aplicar el castigo, Xing, sintiéndose insatisfecho, soltó un grito estentóreo y penetrante; los diversos fantasmas en las escaleras del patio secundaron el estruendo con diez mil voces. El Rey Yama preguntó la razón, y Xing replicó con altivez: —El castigo con la vara es demasiado leve; es imperativo extraerle sus dos globos oculares como retribución por no saber reconocer los caracteres escritos.
El Rey Yama se negó, pero la muchedumbre gritó con mayor fiereza. El Rey Yama dijo: —Él no es que no deseara obtener buenos textos, solo que su visión era superficial.
La multitud volvió a pedir que le abrieran el pecho y le arrancaran el corazón. No teniendo más remedio, el Rey Yama hizo que le quitaran las topas y vestiduras, y con una hoja afilada le tajaron el pecho; ambos hombres chorrearon sangre mientras emitían alaridos roncos. Solo entonces la multitud se sintió plenamente complacida y todos dijeron: —Nosotros, que hemos permanecido oprimidos bajo las fuentes amarillas, jamás habíamos podido desahogar este aliento de infortunio; hoy, gracias al señor Xing, toda nuestra energía de rencor se ha disipado.
Y así, se dispersaron entre alborotos.
Una vez que el hombre hubo sufrido la incisión en el pecho, fue enviado a reencarnar en Shaanxi como el hijo de un plebeyo. Cuando tenía poco más de veinte años, estalló una gran rebelión de bandidos locales y cayó atrapado entre los forajidos. Un comisionado imperial de inspección militar marchó a pacificar a los rebeldes y capturó a una multitud de prisioneros; aquel hombre también se encontraba entre ellos. En su interior aún albergaba la certeza de no ser un bandido, esperando poder defenderse y ser exonerado. Al ver al oficial en el estrado principal, vio que este también tenía poco más de veinte años; al observarlo con detenimiento, resultó ser el propio Xing. Sorprendido, exclamó: —¡Mi vida ha llegado a su fin!
Poco después, todos los prisioneros fueron puestos en libertad, excepto aquel hombre, que llegó al último; sin permitirle dar explicaciones ni alegatos, fue decapitado en el acto.
El hombre llegó al Inframundo y presentó una demanda para acusar a Xing. El Rey Yama no lo detuvo de inmediato, sino que esperó a que se agotasen sus días de prosperidad; tras retrasarlo treinta años, Xing finalmente llegó, y se carearon cara a cara. Como Xing había tratado la vida humana como hierba desatendida, fue castigado para convertirse en bestia. Al revisar las acciones del otro hombre en vida, este había golpeado a sus propios padres, por lo que su crimen era exactamente el mismo. Temiendo que en la próxima vida aquel le devolviera la ofensa, el hombre suplicó convertirse en una bestia de gran tamaño. El Rey Yama dictaminó que él se transformaría en un perro grande y Xing en un perro pequeño.
El hombre nació en un mercado de la prefectura septentrional de Shuntian. Un día, mientras yacía tendido en la calle, llegó un huésped procedente del sur trayendo un perro de pelo dorado, tan grande como un gato montés. El hombre lo miró fijamente: ¡era Xing! Menospreciando el pequeño tamaño del otro en su fuero interno, se abalanzó para morderlo. El perro pequeño le mordió la garganta, quedando aferrado a ella como si fuera un cascabel. El perro grande se sacudía, forcejeaba y aullaba mientras huía aterrorizado, sin que los locatarios pudiesen separarlos. Al cabo de un instante, ambos perecieron.
Llegados juntos al Inframundo, discutieron y disputaron el uno con el otro. El Rey Yama dijo: —¿Cuándo habrán de terminar estas retribuciones entre enemistades y agravios? Hoy habré de reconciliarlos a ustedes dos.
Y dictaminó que en su próxima vida Xing sería el yerno de aquel hombre.
El hombre nació en Qingyun y, a los veintiocho años, aprobó los exámenes provinciales de Juren. Tuvo una hija, de modales sosegados y encantadora, por cuya mano las familias prominentes competían enviando regalos de compromiso, pero el hombre los rechazaba todos. Al pasar por casualidad por una comandancia vecina, coincidió con que el examinador imperial estaba otorgando las calificaciones a los letrados, y el ensayo que ocupaba el primer lugar pertenecía a un tal apellido Li, que en realidad era Xing. De inmediato lo condujo hasta su hostal y lo trató con generosidad. Al preguntarle por su familia, supo que casualmente carecía de esposa, por lo que concertó el enlace matrimonial con él. Todo el mundo decía que el hombre compadecía el talento ajeno, sin saber que existía una causa de vidas anteriores.
Poco después, el yerno se llevó a la esposa consigo, y se llevaban de manera excelente y alegre. Sin embargo, el yerno, confiado en su talento, solía ultrajar a su suegro, y a menudo pasaba un año entero sin pisar su puerta. El suegro también lo toleraba con paciencia. Más tarde, el yerno se vio estancado en la medianía de su vida, sufriendo por no poder lograr el éxito en los exámenes; el suegro hizo todo tipo de maquinaciones y esfuerzos por él, hasta que finalmente logró triunfar en el campo de las letras. A partir de entonces, la armonía entre ambos fue como la de un padre y un hijo.
El Historiador de lo Extraño comenta:
«¡Haber sido reprobado una sola vez y mantener un rencor implacable durante tres existencias! ¡Hasta tal extremo puede llegar el veneno del odio! La mediación del Rey Yama fue ciertamente hábil; sin embargo, con diez miles de almas bajo las escaleras formando tal alboroto, ¿no será acaso que todos los yernos amados del mundo son en realidad aquellos que en el Inframundo lanzaban lamentos y gritos de dolor?»
— Pabellón Largo —
Shi Taipo era natural de Taishan y sentía predilección por las artes de exorcismo y afastamiento de calamidades. Un Daoist se cruzó con él, quedó impresionado por su inteligencia y lo aceptó como discípulo. Abrió un atado de tablillas de bambú y sacó dos volúmenes: el volumen superior trataba sobre la expulsióon de zorros y el inferior sobre la expulsión de fantasmas. Le entregó este último diciendo: «Si sirves devotamente a este libro, obtendrás tanto el sustento como la belleza». Cuando Shi le preguntó su nombre, respondió: «Soy Wang Chicheng del Templo del Emperador Xuan en la aldea norte de la ciudad de Bian». Permaneció allí varios días hasta transmitirle por completo sus fórmulas secretas. A partir de entonces, Shi destacó en el manejo de talismanes y la fila de quienes acudían con ofrendas a su puerta era interminable.
Un día llegó un anciano que se hacía llamar el viejo Weng, quien ostentaba y exhibía monedas y telas de seda, diciendo que su hija padecía una afección demoníaca y se hallaba al borde de la muerte, por lo que le rogaba encarecidamente que acudiera en persona. Al enterarse Shi de que la enfermedad era crítica, declinó aceptar las ofrendas y accedió a marchar junto a él. Tras adentrarse unos diez li en una aldea montañosa, llegaron a su morada, cuyos corredores y estancias eran magníficos y hermosos. Al entrar en la habitación, vio a una joven recostada tras cortinajes de gasa, mientras una sirvienta los sujetaba con ganchos. A primera vista aparentaba unos catorce o quince años; yacía sujeta y postrada en el lecho, con el semblante ya consumprimido y marchito. Al acercarse a ella, de repente abrió los ojos y dijo: «El buen médico ha llegado». Toda la familia se alegró inmensamente y comentó que llevaba ya varios días sin pronunciar palabra.
Shi salió entonces y le preguntó por los síntomas de la enfermedad. El anciano declaró: «Durante el día se presenta un joven que comparte el lecho con ella; al intentar atraparlo, se esfuma al instante, pero al poco rato regresa. Sospecho que se trata de un fantasma».
Shi indicó: «Si es un fantasma, expulsarlo no es difícil; mas si temo que se trate de un zorro, entonces excede lo que este servidor se atreve a discernir».
El anciano aseguró: «Ciertamente no lo es, ciertamente no lo es».
Shi le entregó un talismán y esa noche pernoctó en su casa. A la medianoche, ingresó un joven de indumentaria y tocado impecables y solemnes. Sospechando Shi que se trataba de un pariente del amo de la casa, se incorporó a preguntarle. El joven respondió: «Yo soy un fantasma. La familia del anciano es en su totalidad de zorros. Casualmente me cautivó su hija Hongting y me detuve aquí temporalmente. Que un fantasma atormente a un zorro no causa daño en la retribución kármica oculta; ¿por qué habéis de apartaros de los lazos de los mortales para defenderlos? La hermana mayor de la dueña del aposento, Changting, posee una belleza y un brillo aún más incomparables. Me abstengo respetuosamente de mancillarla para aguardar a un sabio noble. Solo cuando ella sea prometida en matrimonio podréis aplicarle el tratamiento; llegado ese momento, me retiraré por iniciativa propia». Shi asintió. Aquella noche el joven ya no volvió y la muchacha recobró súbitamente la lucidez.
Al amanecer, el anciano se regocijó e informó a Shi, invitándole a pasar para examinarla. Shi quemó el talismán anterior y procedió a auscultarla sentado. Al divisar tras las cortinas bordadas a una doncella cuya hermosura parecía la de una doncella celestial, supo en su interior que se trataba de Changting. Concluida la exploración, pidió agua para rociarla sobre los cortinajes. La doncella le entregó apresuradamente un cuenco con agua; en medio de sus pasos gráciles y menudos, su intención se conmovió y su espíritu fluyó. En aquel preciso instante, el corazón del erudito Shi ya no residía en los fantasmas.
Salió a despedirse del anciano bajo el pretexto de ir a elaborar medicinas, y pasaron varios días sin que regresara. Los fantasmas se entregaron aún más al desenfreno y, con la sola excepción de Changting, los hijos, nueras y sirvientas resultaron hechizados y seducidos por igual. El anciano envió además sirvientes y caballos a buscar a Shi, pero este alegó enfermedad y no se presentó.
Al día siguiente, el anciano acudió en persona. Shi fingió adolecer de una dolencia en la pierna y salió apoyándose en un bastón. Tras hacerle reverencias, el anciano le inquirió por el motivo. Shi replicó: «¡He aquí las dificultades de la viudez! La otra noche, una sirvienta subió al lecho, resbaló y cayó, de modo que el agua hirviendo de la señora le escaldó ambos pies».
El anciano preguntó: «¿Por qué habéis tardado tanto en continuar con el tratamiento?».
Shi respondió: «Anhelo no hallar un hogar tan puro como el del respetable anciano».
El anciano salió en silencio. Shi lo despidió apresuradamente diciendo: «Una vez que mi dolencia sane, vendré por mi cuenta; no hay necesidad de fatigar vuestros valiosos pies».
Unos días más tarde, el anciano volvió; Shi salió cojeando a recibirlo. Tras pronunciar el anciano tres o cuatro frases de consuelo, dijo de inmediato: «Hace un momento conversaba con mi esposa: si vos lográis expulsar a los fantasmas y lograr que toda la familia repose con tranquilidad, mi hija menor, Changting, que tiene diecisiete años, está dispuesta a ser enviada para serviros, honorable caballero».
Shi se alegró enormemente, se postró con la frente en el suelo y le dijo al anciano: «Dado que vuestra noble intención es tal, ¿cómo se atrevería este cuerpo enfermo a guardarse consideración?». Inmediatamente salió por la puerta y partieron juntos a caballo.
Una vez que hubo entrado a examinar a los afligidos y concluyó su labor, temiendo Shi que se quebrantara el pacto, pidió hacer un juramento con la anciana. La anciana exclamó de inmediato: «¿Por qué abriga el maestro tales sospechas?», y le entregó en el acto como prenda la horquilla de oro que Changting llevaba prendida en el cabello. Shi se inclinó ante ella con reverencia matutina. A continuación, reunió a todos los miembros de la familia y realizó para ellos los rituales de purificación y expulsión. Tan solo Changting se ocultaba profundamente sin dejar rastro; así pues, escribió un talismán para llevar colgado y envió a alguien a entregárselo.
Aquella noche reinó el silencio y las sombras de los fantasmas se desvanecieron por completo. Tan solo Hongting continuaba gimiendo sin cesar; al rociarla con el agua ritual, el mal que padecía pareció disiparse. Shi quiso levantarse para despedirse, pero el anciano lo detuvo con insistencia cordial. Al caer la tarde, los manjares y viandas fueron dispuestos sobre las mesas, y los brindis y atenciones mutuas resultaron sumamente afectuosos. A la segunda vigilia, el amo despidió a los invitados y se retiró.
Apenas se disponía Shi a recostarse en el lecho cuando escuchó unos golpes en la puerta sumamente apresurados. Al levantarse a mirar, vio que Changting se había deslizado al interior. Con el semblante y las palabras agitadas y presurosas, declaró: «¡En mi casa pretenden usar armas blancas contra vos; debéis huir de inmediato!». Tras pronunciar estas palabras, dio media vuelta y partió rauda.
Aterrorizado y pálido, Shi saltó el muro y huyó a toda prisa. A lo lejos vislumbró resplandores de fuego y corrió hacia allí a gran velocidad: se trataba de los aldeanos que salían de cacería nocturna. Lleno de alivio, aguardó a que concluyera la batida y regresó en su compañía. Su pecho albergaba un resentimiento y una indignación que no hallaban modo de desahogarse; meditaba en marchar a la ciudad de Bian en busca de Chicheng, mas en su hogar tenía a su anciano padre, postrado e inválido desde hacía mucho tiempo. Día y noche cavilaba sin lograr decidir si avanzar o detenerse.
De repente, un día se presentaron dos literas a su puerta: eran el anciano y la anciana, quienes traían consigo a Changting para entregársela a Shi, a quien dijeron: «Aquella noche que partiste, ¿por qué no volviste a discutir el asunto?». Al ver a Changting, todo el enojo y el rencor de Shi se disiparon por completo, por lo que optó también por ocultarlo y no manifestarlo. La anciana los instó a hacer las reverencias ceremoniales en el patio. Cuando Shi se disponía a preparar un banquete, ella lo declinó diciendo: «No soy una persona ociosa y no puedo sentarme a disfrutar de los manjares sin merecerlos. Mi anciano padre está confuso y senil; si algo llegara a faltarle, con que tengáis la bondad de dedicarle un pensamiento a Changting por consideración a mi anciana persona, ya será una inmensa fortuna». Subió al carruaje y partió.
Aquel complot para asesinar al yerno, la anciana no lo había sabido; solo cuando regresaron sin haber podido darle alcance fue que la anciana se enteró. Extremadamente disgustada, discutía y reprochaba al anciano todos los días; Changting también bebía sus lágrimas y se negaba a comer. Fue la anciana quien insistió en enviar a su hija de regreso, pues no era la voluntad del anciano. Al cruzar Changting el umbral, su esposo la interrogó y así supo la causa de todo.
Tras dos o tres meses, la familia del anciano envió por su hija para que visitara a sus padres. Shi, presintiendo que no regresaría, se lo prohibió. Desde aquel momento, la joven no dejó de derramar lágrimas. Al cabo de más de un año dio a luz a un varón, llamado Huier, y compraron a una nodriza para que lo amamantara. Sin embargo, el niño era propenso a llorar y por las noches exigía volver con su madre. Un día, la familia del anciano volvió a enviar una litera, diciendo que la madre extrañaba mucho a su hija. La tristeza de Changting aumentó, y Shi no tuvo el corazón para retenerla por más tiempo. Quiso llevarse al niño consigo, pero Shi no se lo permitió, por lo que Changting regresó sola. Al despedirse, fijaron el plazo de un mes, pero pasó medio año sin la menor noticia. Shi envió a alguien a averiguar, y la casa que antes habían alquilado llevaba ya mucho tiempo vacía.
Pasaron otros dos años y las esperanzas se desvanecieron por completo; mas el niño lloraba toda la noche y su corazón dolía como si lo cortaran en jirones. Poco después, el padre de Shi también falleció de enfermedad, lo que duplicó su dolor y pesadumbre; a consecuencia de esto cayó postrado, consumido en la choza de luto, incapaz de recibir las condolencias de amigos y parientes. Estando en medio del delirio y la inconsciencia, oyó de repente el llanto de una mujer que entraba. Al mirar, vio que quien vestía ropas de luto y cáñamo era Changting. Shi sintió un dolor inmenso, y con un profundo sollozo se desmayó por completo. La criada dio un grito de alarma, y la joven comenzó a llorar a solas, acariciándolo durante un largo rato hasta que poco a poco volvió en sí. Creyéndose ya muerta, ella dijo: «Nos hemos reunido en el Inframundo». La joven respondió: «No es así. Esta concubina ha sido desobediente, incapaz de ganarse el corazón de su severo padre, y al regresar a su hogar paterno por tres años, verdaderamente he faltado a mi deber. Justo ahora, gente de la familia que venía de Haidong pasó por aquí y me trajo la aciaga noticia sobre el anciano. He obedecido las estrictas órdenes de mi padre para cortar con el afecto de madre e hijo, pero no me he atrevido a seguir mandatos desordenados que me hicieran perder la cortesía debida entre nuera y suegro. Cuando vine, mi madre lo supo, pero mi padre no».
Mientras hablaban, el niño se arrojó a sus brazos. Una vez que terminó de hablar, ella comenzó a acariciarlo y dijo entre lágrimas: «¡Yo tengo un padre, pero mi hijo se ha quedado sin madre!». El niño también rompió a llorar a gritos, y toda la estancia se llenó de sollozos velados.
La joven se levantó y se hizo cargo de los asuntos del hogar; frente al ataúd las ofrendas de animales eran copiosas y pulcras, lo que consoló enormemente a Shi. Pero debido a su larga enfermedad, no podía levantarse con presteza. La joven pidió entonces al primo materno de Shi que atendiera cordialmente a los dolientes que venían a dar el pésame. Una vez cerrados los funerales, Shi pudo por fin apoyarse en un bastón para levantarse, y juntos planearon las ceremonias y el entierro.
Terminado el sepelio, la joven quiso despedirse para regresar a su hogar, temiendo la condenación por haberle dado la espalda a su padre. Su esposo la retuvo abrazando al niño entre sollozos, y ella se reprimió para quedarse.
Al poco tiempo, alguien vino a avisar que la madre estaba enferma, por lo que ella le dijo a Shi: «Vine por causa de tu padre, ¿no me dejarás marchar ahora por causa de mi madre?». Shi se lo concedió. La joven hizo que la nodriza se llevara al niño a otra parte, y salió por la puerta bañada en lágrimas. Tras su partida, pasaron varios años sin que regresara. Shi y su hijo gradualmente llegaron a olvidarla.
Un día, al despuntar el alba, abrió la puerta, y Changting flotó hacia el interior. Mientras Shi le preguntaba con asombro, la mujer, con expresión apesadumbrada, se sentó en el lecho y suspiró: «Crecí recluida en las habitaciones interiores y consideraba que una milla era una distancia remota; ¡hoy he corrido mil millas en un solo día y una noche, ha sido terrible!».
Al interrogarla con insistencia, la joven parecía querer hablar y luego se detenía. Ante sus ruegos incesantes, ella lloró y dijo: «Lo que voy a contarte hoy, temo que sea motivo de dolor para mí, pero de regocijo para ti. En estos últimos años nos mudamos a la región de Jin, alquilando una residencia en la mansión del distinguido caballero Zhao. El amo y los invitados entablaron una excelente relación, y casaron a su hijo con Hongting. El joven era bastante disoluto y la vida familiar era muy poco pacífica. Mi hermana regresó a decírselo a nuestro padre; este la retuvo y no la dejó volver en medio año. El joven señor, lleno de rencor, no sé de dónde sacó a un malvado individuo y lo envió con grilletes espirituales para atar y llevarse al anciano padre. ¡Toda la familia se aterrorizó y en un instante se dispersaron por todas partes!».
Al oír esto, Shi no pudo contener la risa. La joven, enfurecida, exclamó: «¡Aunque él carezca de virtud, es mi padre! He compartido la cítara y el laúd contigo durante varios años, y solo ha habido afecto entre nosotros, sin reproches. ¡Hoy en día, nuestra gente ha perecido, la familia está arruinada y decenas de bocas vagan en el exilio; si no te duele mi padre, ¿cómo no vas a compadecerte de mí? Al enterarte bailas de júbilo y no tienes ni una sola palabra de consuelo para mí, ¡qué falto de rectitud eres!». Y diciendo esto, se sacudió las mangas y salió. Shi corrió a disculparse, pero ella ya se había esfumado. Se sintió profundamente abrumado y arrepentido, convencido de que la ruptura era definitiva.
A los dos o tres días, la anciana y la joven vinieron juntas, y Shi las recibió con alegría y consuelo. Madre e hija se postraron. Al preguntarles con asombro, madre e hijo rompieron a llorar. La joven dijo: «Me marché impulsada por mi orgullo, y hoy, incapaz de mantenerme firme, vuelvo a suplicar ayuda, ¡con qué rostro lo hago!». Shi respondió: «Vuestro padre ciertamente no es una persona honorable; pero la bondad de la madre y el afecto de mi señora son cosas que jamás olvidaré. Sin embargo, alegrarse al oír de una desgracia es también naturaleza humana, ¿por qué no pudiste contenerte un momento?».
La joven replicó: «Hace poco, al tropezar con mi madre en el camino, vine a saber que quien encadenó a nuestro padre no es otro que el maestro de usted».
Shi dijo: «Si las cosas son así, será muy sencillo. Pero si el anciano no regresa, entonces el padre y los hijos de mi señora quedarán separados y dispersos; y si me temo que el anciano regrese, entonces tu esposo llorará y tu hijo se afligirá». La anciana juró para demostrar su sinceridad, y la joven también hizo votos de reciprocidad.
Shi preparó de inmediato su equipaje y partió hacia Bian. Al preguntar por el camino hacia la Abadía de Xuanwei, supo que Chicheng había regresado hacía poco. Entró para presentar sus respects y le preguntó directamente: «¿De dónde vienes?».
Shi miró bajo la cocina y vio a un viejo zorro atado por los muslos delanteros a una columna. Sonrió y dijo: «El discípulo ha venido por este viejo demonio».
Chicheng lo interrogó, a lo que Shi respondió: «Es mi suegro». Y le contó la verdad de los hechos. El taoísta, considerándolo artero y engañoso, no quería liberarlo a la ligera. Ante sus insistentes ruegos, accedió por fin. Shi relató entonces con detalle sus artimañas; al oírlo, el zorro encogió el cuerpo introduciéndose en el fogón, con una actitud que parecía denotar vergüenza. El taoísta sonrió y dijo: «Aquel sentimiento de vergüenza y repudio por el mal aún no se ha perdido por completo en él».
」 Las piedras se levantaron, tiró de él para sacarlo, y con un cuchillo cortó las cuerdas y las retiró. El zorro sintió un dolor extremo, rechinando los dientes con furia. Shi no los retiró de inmediato, sino que los sacó a tirones mientras reía y preguntaba: «Anciano, ¿te duele? ¿Preferirías que no los saque?». Los ojos del zorro brillaron con relámpagos, pareciendo mostrar enojo. Una vez liberado, meneó la cola, salió al patio y se marchó. Shi se despidió para regresar. Tres días antes, alguien ya le había llevado noticias al anciano; la anciana se había marchado primero, dejando a la joven para esperar a Shi. Cuando Shi llegó, la joven salió a su encuentro y se postró. Shi la levantó del brazo diciendo: «Si mi estimada no olvida el afecto conyugal, no hay necesidad de hablar de gratitud». La joven respondió: «Ahora nos hemos mudado de regreso a nuestro antiguo hogar; las aldeas están cerca y las noticias no se interrumpirán. Deseo regresar a visitar a mi familia, podré volver en tres días. ¿Cree usted en mi palabra?». Shi dijo: «Esta niña nació sin madre y no pereció prematuramente de milagro. Yo he vivido en la soledad día tras día, y ya me he acostumbrado. Ahora no soy como el joven noble Zhao, sino que respondo al mal con virtud, habiendo hecho todo lo posible por mi estimada. Si no regresas, serías tú quien falta a la justicia; aunque el camino es corto, no volveré a preguntar por ti. ¿Cómo podría no creer en tu palabra?». La joven se marchó al día siguiente y regresó al segundo. Shi preguntó: «¿Por qué tan rápido?». Ella respondió: «Mi padre no ha podido olvidar cómo usted se burló de él cuando estaban en Bian, y sigue hablando de ello sin cesar. Tuve que oírlo una y otra vez y, como no deseaba seguir escuchándolo, regresé temprano». A partir de entonces, las visitas entre los aposentos privados fueron continuas, aunque entre el suegro y el yerno aún no había intercambio de saludos ni felicitaciones.
El Historiador de lo Extraño comenta: «Los sentimientos del zorro son inconstantes, y su astucia y engaño son extremos. En el asunto del rechazo de matrimonios, las dos doncellas actuaron exactamente de la misma manera, lo que demuestra claramente su falsedad. Sin embargo, insistir en casarse con ella a pesar de todo fue avivar el fuego del arrepentimiento desde el principio. Además, dado que el yerno amaba a la mujer y había salvado a su padre, lo correcto habría sido dejar atrás los antiguos resentimientos y transformarla con bondad; ¡pero en cambio se dedicó a burlarse de ella en medio de una situación de extrema urgencia! ¿Cómo extrañarse entonces de que ella jamás lo olvidara en toda su vida? Que los hombres rectos y puros del mundo no puedan tolerarse mutuamente, suele ser siempre de esta misma naturaleza».
Xi Fangping
Xi Fangping era oriundo de Dong'an. Su padre se llamaba Lian, y su naturaleza era honesta y torpe. Debido a un rencor con una familia rica de la aldea de apellido Yang, Yang murió primero; varios años después, Lian enfermó gravemente y le dijo a la gente: «Ese Yang ha sobornado a los emisarios del inframundo para que me azoten». Al poco tiempo, su cuerpo se puso rojo e hinchado, y gritando de agonía, murió. Xi quedó profundamente afligido y dejó de comer, diciendo: «Mi padre era sencillo y franco, y ahora ha sido intimidado por espíritus malvados; iré al mundo subterráneo en persona para reclamar justicia por él». A partir de entonces no volvió a hablar; a veces sentado, a veces de pie, lucía como un tonto, pues su alma ya había abandonado su morada.
Xi Juechu salió por las puertas y, sin saber adónde ir, al ver a un transeúnte en el camino, preguntó por la ciudad. Al poco tiempo, entró en la ciudad. Su padre ya había sido encarcelado. Al llegar a la puerta de la prisión, vio de lejos a su padre tendido bajo los aleros, luciendo sumamente desdichado; al levantar la vista y ver a su hijo, las lágrimas brotaron de sus ojos. Le dijo: «¡Los carceleros han aceptado sobornos y me han torturado día y noche; mis piernas y muslos están destrozados!».
Xi, furioso, maldijo a gritos a los carceleros: «¡Si mi padre tiene un delito, existen las leyes del rey; acaso sois vosotros, espíritus malignos condenados a muerte, quienes debéis manejarlas!».
Luego salió, sacó su pincel y redactó una querella. Coincidió con el juicio matutino del Dios de la Ciudad (Chenghuang), por lo que exclamó su injusticia y presentó el documento. El magistrado del Chenghuang, temeroso, sobornó tanto por dentro como por fuera hasta que finalmente accedió a interrogarlo. Como la acusación de Xi carecía de pruebas, el Chenghuang se mostró bastante parcial en su contra. Xi, con una cólera incontenible, caminó a escondidas más de cien li hasta llegar a la prefectura, donde denunció la conducta corrupta y privada de los oficiales ante la corte prefectural. Tras aguardar medio mes, por fin logró que se abriera el litigio. La corte prefectural azotó a Xi y, aun así, emitió un decreto ordenando al Chenghuang que reinvestigara el caso.
Cuando Xi regresó al distrito, sufrió toda clase de grilletes y cadenas, y su amarga injusticia no pudo ser ventilada. Temiendo que volviera a litigar, el Chenghuang envió a unos alguaciles para que lo escoltasen de regreso a su hogar. Al llegar a su puerta, los alguaciles se despidieron y se marcharon. Xi se negó a entrar y huyó clandestinamente al Inframundo para denunciar la extrema codicia y crueldad de los funcionarios de la prefectura y del distrito.
El Rey del Inframundo (Yama) ordenó de inmediato su arresto para un careo. Los dos oficiales enviaron en secreto a sus hombres de confianza para negociar con Xi, prometiéndole mil taels de oro. Xi se negó a escuchar.
Pasados unos días, el posadero le advirtió: «Joven maestro, su carácter es demasiado inflexible. Las autoridades buscan la reconciliación, pero usted se obstina en no ceder. Ahora he oído que cada uno ha presentado un memorial ante el Rey; me temo que las cosas pintan mal».
Xi, basándose únicamente en rumores callejeros, todavía no terminaba de creerlo. De pronto, un hombre vestido de negro lo mandó llamar. Al subir a la sala principal, vio que el Rey del Inframundo tenía un semblante furioso y, sin permitirle pronunciar palabra, ordenó que le propinaran veinte azotes.
Xi preguntó enérgicamente: «¿Qué delito ha cometido este humilde uno?».
El Rey del Inframundo actuó como si no hubiera oído nada. Mientras recibía los azotes, Xi gritó: «¡Recibir estos azotes es de lo más justo; quién me manda a no tener dinero!».
El Rey del Inframundo se enfureció aún más y ordenó que lo pusieran sobre el lecho de fuego. Dos fantasmas arrastraron a Xi hacia abajo; al este del estrado vio una cama de hierro con fuego ardiendo bajo ella, cuya superficie estaba completamente al rojo vivo. Los fantasmas le quitaron la ropa a Xi, lo tomaron de las manos y los pies para arrojarlo sobre ella, volteándolo y presionándolo una y otra vez. El dolor era extremo; su carne y sus huesos se chamuscaron de negro, pero lo más amargo era que no lograba morir.
Al cabo del tiempo que toma quemar un incienso, un fantasma dijo: «Ya es suficiente».
Luego lo levantaron, lo apresaron para que bajara de la cama y se vistiera; por fortuna, aunque cojeaba, aún podía caminar.
Al regresar a la sala principal, el Rey del Inframundo preguntó: «¿Te atreves a litigar de nuevo?».
Xi respondió: «Mi gran injusticia no ha sido reparada y mi corazón sigue latiendo; si dijera que no voy a litigar, estaría engañando al Rey. ¡Definitivamente litigaré!».
—¿Con qué acusación litigarás? —preguntó de nuevo.
Xi replicó: «Todo lo que este cuerpo ha sufrido, eso es lo único que diré».
El Rey del Inframundo, enfurecido otra vez, ordenó que lo cortaran por la mitad con una sierra. Dos fantasmas se lo llevaron a rastras; vio un poste de madera de ocho o nueve chi de alto, sobre el cual descansaban dos tablones de madera colocados boca arriba, manchados y cubiertos de sangre coagulada por todas partes. Justo cuando se disponían a atarlo, de repente resonó un fuerte grito en la sala principal: «¡Xi, el de apellido tal!». Y los dos fantasmas tuvieron que conducirlo de regreso.
El Rey del Inframundo volvió a preguntar: «¿Todavía te atreves a litigar?».
Él respondió: «¡Definitivamente litigaré!».
El Rey del Inframundo ordenó que se lo llevaran a despedazar con presteza. Una vez abajo, los fantasmas sujetaron a Xi entre los dos tablones y lo ataron al poste. Tan pronto como la sierra comenzó a descender, sintió que su coronilla se abría poco a poco; el dolor era insoportable, mas contuvo su aliento y se resistió a gritar.
Oyó decir a un fantasma: «¡Qué hombre tan valeroso!».
La sierra avanzaba con un zumbido hasta llegar a su pecho. Entonces escuchó a otro fantasma decir: «Este hombre es de una piedad filial extrema y no tiene culpa; haced que la sierra se desvíe un poco y no dañen su corazón».
En ese momento sintió que el filo de la sierra serpenteaba hacia abajo, y su dolor se multiplicó por dos. Al poco instante, su cuerpo quedó partido a la mitad. Los tablones se separaron y ambas mitades cayeron derrumbadas al suelo.
Los fantasmas subieron a la sala para informar a grandes voces. Desde arriba se transmitió la orden de que unieran su cuerpo para comparecer. Los dos fantasmas lo empujaron para que volviera a unirse y lo obligaron a marchar a rastras. Xi sintió una línea en el lugar del corte, y el dolor era tal que parecía que iba a abrirse de nuevo; dio medio paso y se desplomó.
Un fantasma sacó de su cintura una cinta de seda y se la entregó, diciendo: «Te regalo esto como recompensa por tu piedad filial».
La recibió y se la ciñó alrededor de la cintura; al instante, todo su cuerpo recobró la fuerza y no sintió la menor molestia. Entonces subió a la sala y se postró.
El Rey del Inframundo le hizo la misma pregunta que antes; temeroso de sufrir otra atroz tortura, Xi respondió: «No litigaré más».
El Rey del Inframundo ordenó de inmediato que lo devolvieran al mundo de los vivos. El subordinado lo condujo fuera de la puerta norte, le indicó el camino de regreso y, dándose la vuelta, se marchó.
Xi pensó que la oscuridad del Inframundo era aún más profunda que la del mundo de los vivos, pero no había ningún camino para hacer llegar su queja a los oídos del Emperador Celestial. La tradición popular decía que Erlang de Guanxou era un pariente imperial por alianza, y que su deidad era sabia, lúcida y recta, por lo que si se le presentaba una demanda, sin duda habría alguna manifestación milagrosa. Sintiéndose secretamente aliviado de que los dos lictores ya se hubieran marchado, se giró y avanzó hacia el sur. Mientras corría a toda prisa, dos personas lo persiguieron y le dijeron: «El Rey temía que no regresaras, y ahora es tal como pensaba». Lo agarraron a la fuerza y lo llevaron de nuevo ante el Rey del Inframundo. Xi supuso que el Rey estaría aún más furioso y que su calamidad sería sin duda más atroz, pero el Rey no mostró en absoluto un rostro severo y le dijo a Xi: «Tu devoción filial es sincera. Sin embargo, la injusticia de tu padre ya se la he lavado. Ahora ya ha renacido en una familia rica y noble, ¿para qué sigues lamentándote y gritando? Ahora te enviaré de vuelta, te otorgaré una fortuna de mil taeles de oro y una longevidad de cien años; ¿está tu deseo satisfecho?». Entonces lo registró en el libro de los destinos, lo selló con un enorme sello oficial e hizo que lo viera con sus propios ojos. Xi dio las gracias y se retiró. Los fantasmas salieron con él, pero en el camino lo arrearon y lo maldijeron: «¡Bandido astuto y traicionero! ¡Vas y vienes una y otra vez, haciendo que la gente corra hasta morir! ¡Si vuelves a cometer una falta, te atraparé dentro de un gran molino de piedra y te trituraré finamente!». Xi abrió mucho los ojos y reprendió: «¡Qué clase de engendros demoníacos sois! Mi naturaleza resiste la sierra y la hoja, pero no tolera los azotes ni los palos. Ruego volver ante el Rey, y si el Rey me ordena regresar por mi cuenta, tampoco habrá necesidad de que se molesten en escoltarme». Y dio media vuelta para correr de nuevo. Los dos fantasmas, temerosos, lo persuadieron con palabras suaves para que regresara. Xi, fingiendo torpeza y lentitud, caminaba unos pasos y descansaba al borde del camino. Los fantasmas, llenos de ira, no se atrevieron a hablar de nuevo.
Al cabo de medio día, llegaron a una aldea donde una puerta estaba medio abierta; los fantasmas lo guiaron a sentarse juntos allí, y Xi se sentó directamente sobre el umbral. Los dos fantasmas, aprovechando que estaba desprevenido, lo empujaron hacia el interior de la puerta.
Cuando se calmó del susto y se miró a sí mismo, vio que ya había renacido como un recién nacido. Indignado, lloró y se negó a mamar, y a los tres días murió. Su alma, inquieta y anhelante, no olvidaba Guanxou; tras correr unas cuantas decenas de li, de repente vio llegar estandartes con plumas y lanzas y alabardas que bloqueaban el camino. Cruzó el sendero para evitarlas, pero al infringir la comitiva imperial, fue apresado por los jinetes de avanzada y atado ante los carruajes. Alzando la vista, vio en un carruaje a un joven de presencia noble y rasgos extraordinarios. Le preguntó a Xi: «¿Qué clase de persona eres?». Como la injusticia y la furia de Xi no tenían por dónde desahogarse, y además pensaba que aquel debía de ser un gran oficial que tal vez tendría el poder de hacer valer su autoridad, comenzó a relatar con pesar su amargo dolor. El hombre del carruaje ordenó que lo desataran y que lo acompañara en la marcha. Al poco tiempo llegaron a un lugar donde más de diez funcionarios los esperaban y saludaban a la orilla del camino, y el hombre del carruaje intercambió saludos con cada uno de ellos. Poco después, señalando a Xi, le dijo a un funcionario: «Este es un hombre del mundo inferior que justamente desea ir a presentar una queja; debéis dictar sentencia para él de inmediato». Xi preguntó a los sirvientes y solo entonces supo que el del carruaje era el Noveno Príncipe, Alteza Imperial del Cielo, y que el personaje encomendado era nada menos que Erlang. Xi miró a Erlang: tenía un cuerpo robusto y abundantes barbas, muy diferente de lo que las leyendas del mundo reflejaban.
Una vez que el Noveno Príncipe se hubo marchado, Xi siguió a Erlang hasta una oficina oficial, donde su padre, el de apellido Yang y los lictores de la prisión se encontraban allí. Al poco tiempo, un prisionero salió dentro de un carro de jaula: ¡resultaron ser el Rey del Inframundo, el Magistrado de la Prefectura y la Deidad de la Ciudad! Al carearse en la sala del tribunal, todo lo que Xi había dicho resultó ser completamente cierto. Los tres oficiales temblaban de miedo, con el aspecto de ratas agazapadas. Erlang levantó el pincel y dictó la sentencia al instante; al poco rato, se hizo circular el veredicto para que todos los involucrados en el caso lo leyeran. La sentencia rezaba:
«Examinado el caso, se halla que el Rey del Inframundo:
Ocupaba un cargo de dignidad real y su cuerpo recibía la gracia imperial. Debía haber actuado con pureza e integridad para guiar a sus subordinados, y no con avaricia y corrupción hasta acelerar las críticas públicas. Sin embargo, luciendo borlas y estandartes, solo presumía de la alteza de su rango; con la crueldad de un lobo y la codicia de una oveja, mancilló por completo los principios de un súbdito. El hacha golpea y talla, tallando la madera hasta que la piel y los huesos de esposas e hijos quedan vacíos; el pez grande se traga al pez chico, el pez come al camarón, ¡mientras que las vidas insignificantes de las hormigas son dignas de compasión! Se debe tomar el agua del río del Oeste para enjuagar sus entrañas; ¡quemar el lecho de la muralla oriental e invitar al caballero a entrar en su propia olla!
La Deidad de la Ciudad y el Magistrado de la Prefectura eran los oficiales que hacían de padres y madres para el pueblo llano, sirviendo como pastores de los bueyes y ovejas del Emperador Celestial. Aunque su rango ocupaba las posiciones inferiores, aquellos que se entregaban por completo al deber no rehuían doblar la cintura; incluso si la presión de los grandes superiores era abrumadora, los hombres con aspiraciones debían mantenerse firmes. Pero utilizando sus garras de halcón y águila para subir y bajar, no tuvieron en absoluto presente la pobreza del pueblo; desplegando además su astucia y malicia traicionera, ¡tampoco les importó cuán demacrados estaban los fantasmas! ¡Habiendo aceptado sobornos para pisotear la ley, poseían rostros humanos pero corazones de bestias! Era propio arrancarles la médula y cortarles la piel, condenándolos temporalmente a la muerte en el Inframundo; debían ser desollados y cambiados de pelaje, obligándolos aún a renacer en el vientre materno.
En cuanto a los lictores y sirvientes:
Una vez que entraron en la burocracia fantasmal, ya dejaron de pertenecer al género humano. Solo debían haber cultivado la virtud en las puertas oficiales para así recuperar un cuerpo mortal en la matriz; ¿cómo pudieron levantar olas en el mar amargado y acumular todavía más crímenes tan grandes como el cielo? Actuaban con arrogancia y descaro, haciendo que el rostro de los perros congelara la escarcha del mes de junio; avanzaban a gritos embistiendo por todas partes, haciendo que la fiereza del tigre interrumpiera los caminos de las nueve encrucijadas. Desatando su tiranía despiadada en el reino de los muertos, todos consideraban que el carcelero era supremo; ayudando a la cruel opresión de los funcionarios corrompidos, todos temían al carnicero como si fuera lo más terrible. Debían ser llevados dentro del campo de ejecución para cercenarles las cuatro extremidades; y arrojados aún en medio de los calderos hirvientes para extraerles los tendones y los huesos.
En cuanto al tal Yang:
Era rico pero carecía de humanidad, astuto y lleno de artimañas. El resplandor del oro cubría la tierra, haciendo que los salones de Yama estuvieran llenos de nubarrones sombríos; el hedor a cobre apestaba en el cielo, haciendo que en la Ciudad de los Muertos Injustos no hubiera rastro del sol ni de la luna. Sus restos de maldad aún eran capaces de hacer trabajar a los fantasmas, y con su enorme poder podía comunicarse directamente con los dioses. Es procedente confiscar los bienes de la familia Yang para recompensar la piedad filial del estudiante Xi. ¡Que sean escoltados inmediatamente al monte Tai del Este para que se ejecute la sentencia!».
Además, [el juez] le dijo a Xi Lian: «En consideración a la piedad filial y rectitud de tu hijo, y dado que tu propia naturaleza es noble pero bondadosa y cobarde, se te concede de nuevo un tiempo de vida de tres Jilin en el mundo yang». Acto seguido, hizo que dos oficiales lo escoltaran de regreso a su aldea natal. Xi copió entonces el veredicto y, durante el camino, padre e hijo lo leyeron juntos. Una vez que llegaron a casa, Xi fue el primero en volver en sí; ordenó a los criados que abrieran el ataúd para mirar a su padre, cuyo cadáver seguía tan frío como el hielo. Al cabo de todo un día, comenzó a entrar en calor hasta que volvió a la vida. Cuando quiso buscar el veredicto copiado, este ya había desaparecido. A partir de entonces, su patrimonio familiar se volvió cada vez más próspero; en el espacio de tres años, los campos fértiles cubrían los alrededores; en cambio, la descendencia de la familia Yang decayó sobremanera, y los pabellones, torres y tierras agrícolas pasaron por completo a manos de los Xi. Hubo aldeanos que compraron algunas de sus tierras, pero por la noche soñaban con un ser divino que los reprendía diciendo: «¡Estas son propiedades de la familia Xi, cómo osas poseerlas!». Al principio no lo creyeron del todo; mas luego, al cultivarlas, durante todo el año no obtenían ni una sola medida de grano, por lo que terminaron por revenderlas y devolverlas a los Xi. El padre de Xi falleció a la edad de más de noventa años.
El Historiador de lo Extraño comenta: «Todo el mundo habla de la Tierra Pura, pero ignoran que la vida y la muerte están separadas por mundos, que los pensamientos y la mente se hallan completamente obnubilados, y ni siquiera saben de dónde provienen, mucho menos adónde habrán de ir; ¡cuánto menos aquellos que mueren una y otra vez, y vuelven a nacer repetidamente! La determinación de la lealtad y la piedad filial permanece inquebrantable a través de diez mil劫 [Kalpas]. ¡Qué extraño es el erudito Xi, cuán grandiosa es su grandeza!».
Suqiu
Yu Shen, de cortesía Jin'an, era hijo de una antigua familia de Shuntian. Al viajar a la capital para presentarse a los exámenes imperiales, se hospedó en los suburbios. A menudo veía en la acera de en frente a un joven tan hermoso como una corona de jade. Su corazón sintió simpatía por él y, acercándose poco a poco, comenzó a conversar; su elegancia y refinamiento eran inigualables. Yu Shen se alegró enormemente, lo tomó del brazo y lo invitó a su posada, donde de inmediato compartieron un banquete de hospitalidad. Al indagar sobre su apellido y linaje, el joven respondió: «Soy natural de Jinling; mi apellido es Yu, mi nombre es Shichen, y mi cortesía, Xunjiu». Al enterarse de que compartían el mismo apellido, el joven noble se sintió aún más cercano y afectuoso, por lo que propusieron hermanarse; desde entonces, el joven pasó a llamarse simplemente por su nombre de pila y su cortesía abreviados: Xunjiu.
Al día siguiente, Yu Shen fue a visitarlo a su casa. El estudio estaba limpio y pulido; sin embargo, el umbral y el patio eran desolados, y no había ni rastro de sirvientes o mozos. Xunjiu condujo al joven noble al interior y llamó a su hermana para que saliera a presentar sus respetos. Tendría unos trece o catorce años, y su piel era tan translúcida y brillante que ninguna piedra de jade o polvo de arroz igualaba su blancura. Al poco rato, sirvió té para el huésped, pareciendo que en el hogar tampoco hubiera criadas ni nodrizas ancianas. El joven noble lo encontró extraño, pero tras intercambiar unas cuantas palabras, ella se retiró. A partir de entonces, su afecto fraternal fue como el de hermanos carnales. No pasaba un solo día sin que Xunjiu fuera a la posada; y si alguna vez se quedaba a pasar la noche, ponía como pretexto que su débil hermana se quedaba sola y sin compañía. El joven noble dijo: «Mi estimado hermano vaga exiliado a mil li de distancia, sin tan solo un criado que responda a la puerta, y siendo hermano y hermana tan delicados y frágiles, ¿cómo se ganan la vida? Creo que lo mejor sería que me acompañaras; tengo una pequeña habitación donde podemos habitar juntos, ¿qué te parece?». Xunjiu se alegró y acordaron hacerlo después de los exámenes. Una vez concluidos estos, Xunjiu invitó al joven noble a su casa y le dijo: «La luna de mediados de otoño es tan clara como el día; mi hermana Suqiu ha preparado algo de comida y vino, no desprecies sus intenciones». Y sin más, lo condujo del brazo hacia el interior. Suqiu salió, intercambió brevemente las fórmulas de cortesía habituales y luego se metió en una habitación interior, donde bajó las cortinas para preparar el banquete. Al poco rato, salió ella misma sirviendo carne asada. El joven noble se levantó y dijo: «¡Hacer pasar tantas penalidades a mi hermana menor es algo que mi corazón no puede soportar!». Suqiu sonrió y entró. Al poco instante, al levantar la cortina, apareció una criada vestida de azul que sostenía una jarra; y otra anciana nodriza llevaba una bandeja con pescado cocinado. El joven noble, sorprendido, preguntó: «¿De dónde han salido estas personas? ¿Por qué no se ocupan de sus tareas desde antes y molestan a mi hermana menor?». Xunjiu esbozó una leve sonrisa y dijo: «Suqiu está haciendo de las suyas otra vez». Solo se escuchaba el sonido de risitas ahogadas tras la cortina, y el joven noble no lograba comprender el motivo. Terminó el banquete y la criada y la nodriza retiraron los utensilios. El joven noble, al ir a enjuagarse la boca, derramó por descuido agua sobre las ropas de la criada; la criada cayó al suelo al mismo tiempo que escupía, rompiéndose el cuenco y desparramándose el caldo de la carne asada. Al examinar a la criada, resultó ser un monigote recortado en papel de seda, de apenas unas cuatro pulgadas de alto. Xunjiu soltó una carcajada. Suqiu salió riendo, lo recogió y se fue. Al poco rato, la criada volvió a salir, corriendo de un lado a otro como antes, lo que dejó al joven noble sumamente asombrado. Xunjiu explicó: «Esto no es más que la pequeña habilidad de mi hermana menor cuando era niña, cuando invocaba al espíritu Zigu a través de la adivinación». El joven noble aprovechó para preguntar: «Dado que mis hermanos ya han alcanzado la madurez, ¿por qué motivo aún no han contraído matrimonio?». Él respondió: «Nuestro difunto padre falleció, y aún no tenemos un lugar fijo donde establecernos, por lo que esto se ha demorado». Tras esto, acordaron la fecha de la mudanza; vendieron la casa, y Xunjiu llevó a su hermana junto con el joven noble rumbo al oeste. Al llegar a su destino, les asignaron viviendas separadas y enviaron a una criada para que les sirviera.
La esposa del joven noble, quien era sobrina del viceministro Han, sentía una profunda debilidad y afecto por Suqiu, compartiendo con ella tanto las comidas como la bebida. Lo mismo ocurría entre el joven noble y Xunjiu. Y Xunjiu resultó ser además sumamente inteligente: le bastaba echar un vistazo de diez líneas de una sola vez, y al redactar un ensayo para los exámenes, ni los eruditos más veteranos lograban superarlo. El joven noble lo instó a presentarse a los exámenes preliminares infantiles. Xunjiu replicó: «Hacer esto de manera provisional es simplemente para compartir tus fatigas contigo. Juzgo que mi propia fortuna es escasa y que no estoy hecho para la carrera oficial; además, una vez que uno entra en este camino, no puede evitar vivir acongojado por las ganancias y las pérdidas, por lo que prefiero no hacerlo». Tras transcurrir tres años, el joven noble volvió a suspender en los exámenes metropolitanos. Xunjiu se mostró sumamente consternado por él y, con gesto lleno de energía, exclamó: «¡Obtener un puesto en las listas de aprobados no debería ser tan difícil como esto! Al principio no quería dejarme embaucar por el éxito o el fracaso, por lo que preferí permanecer en el anonimato; pero ahora, al ver que mi hermano mayor no logra abrirse camino, siento que el corazón se me calienta. A mis diecinueve años, aunque viejo erudito, debo actuar con la velocidad de un corcel al galope». El joven noble se alegró muchísimo. Al llegar la fecha de los exámenes, lo despidió a la entrada de las pruebas; y en los exámenes de distrito, prefectura y circuito, Xunjiu obtuvo el primer puesto en todos ellos. Su fama creció estrepitosamente junto con la del joven noble, y personas de cerca y de lejos competían por emparentar con él mediante matrimonio, pero Xunjiu los rechazó a todos por completo. Ante las firmes insistencias del joven noble, se excusó diciendo que respondería a ello una vez concluidos los exámenes.
Poco después, concluidos los exámenes, los admiradores compitieron por copiar sus ensayos, difundiéndolos y recitándolos mutuamente; y el propio Xunjiu sintió que el segundo puesto era indigno de él. Una vez publicadas las listas, ambos hermanos habían sido reprobados. En ese momento, mientras bebían juntos, el Gongzi aún intentaba fingir una sonrisa para aligerar el ambiente; pero Xunjiu perdió el color, la copa de vino se inclinó y cayó, y su cuerpo se desplomó bajo la mesa. Al levantarlo y colocarlo sobre el lecho, su enfermedad ya era grave y desesperada. Llamando apresuradamente a su hermana para que se acercara, abrió los ojos y le dijo al Gongzi: «Aunque nuestro afecto entre ambos ha sido como el de hermanos carnales, en verdad no somos del mismo linaje. Este joven ya se considera inscrito en los registros de los fantasmas. Al no tener cómo retribuir los favores recibidos y estando ya Suqiu en edad casadera, dado que ha gozado del tierno cuidado de mi cuñada, sería apropiado tomarla como concubina».
El Gongzi frunció el ceño con enojo y replicó: «¡Esta es verdaderamente una orden desatinada de mi hermano! ¿Acaso quieres que la gente piense que soy una bestia con cabeza humana?».
Las lágrimas brotaron de los ojos de Xunjiu. El Gongzi mandó inmediatamente a comprar maderas finas y costosas. Xunjiu ordenó que lo trasladaran en una litera, entró haciendo un gran esfuerzo y le instruyó a su hermana: «Una vez que yo muera, cierra el ataúd con presteza y no permitas que nadie lo abra para mirar». El Gongzi aún quería decirle algo, pero sus ojos ya se habían cerrado. El Gongzi sintió un dolor tan profundo como si hubiera perdido a un hermano carnal. Sin embargo, en su interior sospechaba de aquella extraña instrucción; así que, aprovechando que Suqiu había salido, abrió el féretro para mirar, y encontró que su sombrero, tocado y túnica exterior yacían como si fueran la muda piel de una serpiente; al levantar las ropas, había un pez plateado de un pie de longitud, yaciendo rígido en su interior.
Mientras se encontraba sumido en el asombro, Suqiu se apresuró a entrar y dijo con expresión sombría: «¿Qué barreras puede haber entre hermanos? La razón de obrar así no fue para evitar a mi hermano; sino porque temía que la noticia se difundiera y volara por todas partes, y esta concubina tampoco podría permanecer aquí por mucho tiempo».
El Gongzi dijo: «Las normas de la decencia nacen del afecto; donde reside el afecto, ¿qué importa que seamos de distinta estirpe? ¿Acaso mi hermana no conoce mi corazón? Incluso si esto llega a oídos de mi esposa, no habrá filtración alguna; por favor, no te preocupes». De inmediato apresuró la adivinación de una fecha propicia para darle un entierro generoso.
Al principio, el Gongzi había querido buscar un matrimonio para Suqiu en una familia noble y prestigiosa, pero Xunjiu no lo había deseado. Tras su fallecimiento, el Gongzi lo consultó con Suqiu, mas ella no respondió. El Gongzi dijo: «Mi hermana ya tiene veinte años; si crece y no se casa, ¿qué dirá la gente de mí?».
Ella respondió: «Siendo así, hágase únicamente la voluntad de mi hermano. Sin embargo, examinándome a mí misma, veo que carezco de la fortuna necesaria; no deseo entrar en la mansión de un noble, me bastaría con un erudito pobre».
El Gongzi respondió: «De acuerdo».
No pasaron muchos días cuando los casamenteros comenzaron a desfilar sin cesar, pero al final ninguno le pareció adecuado. Poco antes, el cuñado del Gongzi, Han Quan, había acudido a presentar sus condolencias y, logrando echar un vistazo a Suqiu, quedó profundamente prendado de ella, deseando adquirirla como concubina menor. Consultó esto con su hermana, quien le advirtió de inmediato que no dijera nada, temiendo que el Gongzi se enterara. Han se marchó, pero incapaz de olvidarla, confió en un casamentero para tantear al Gongzi, prometiéndole a cambio comprarle influencias para los exámenes de la comarca. Al enterarse, el Gongzi montó en cólera, lo insultó gravemente y estuvo a punto de echar a patadas de la puerta al emisario; a partir de entonces, todo trato quedó completamente roto.
Casualmente, cierto nieto del difunto ministro apellidado Jia, que estaba a punto de contraer nupcias, vio de pronto cómo su prometida fallecía repentinamente, por lo que también envió a un casamentero. La mansión de los Jia era vasta y lujosa, y el Gongzi la conocía bien; sin embargo, deseando ver con sus propios ojos al pretendiente, pactó con el casamentero que el propio Jia viniera a presentar sus respetos en persona.
Llegado el día, se dispuso una cortina colgante en el interior y se le ordenó a Suqiu que lo observara por sí misma. Cuando Jia llegó, lo hizo acompañado de caballos espléndidos y numerosos criados, haciendo ostentación por todo el vecindario. Al observar su aspecto, era tan refinado y apuesto como una doncella. El Gongzi quedó sumamente complacido, y cuantos lo vieron lo colmaron de alabanzas; sin embargo, Suqiu no mostraba el menor agrado. El Gongzi hizo caso omiso y terminó por aceptar la propuesta.
Preparó un ajuar nupcial suntuoso, cuyo costo fue incalculable. Suqiu intentó detenerlo firmemente, pidiendo tan solo una criada anciana para que la atendiera y le sirviera, nada más. El Gongzi tampoco la escuchó y finalmente le otorgó una generosa dote.
Una vez casados, la armonía conyugal fue sumamente estrecha. No obstante, su hermano y su cuñada la llevaban siempre en el pensamiento, por lo que cada mes regresaba invariablemente a visitar su hogar natal. En cada visita, traía consigo varias piezas de seda bordada y perlas de su ajuar para entregárselas a su cuñada y que las guardara. Su cuñada aún no comprendía la intención de esto, pero se limitaba a obedecerla.
Jia había quedado huérfano a temprana edad y solo tenía a su madre viuda, cuyo amor excesivo sobrepasaba lo común. Día a día se juntaba con malas compañías, quienes poco a poco lo indujeron al vicio y al juego. Las colecciones de caligrafías, pinturas, bronces y vasijas rituales heredadas de su familia fueron vendidas una a una para saldar sus deudas de juego.
Ocurrió que Han Quan tenía tratos con él; al enterarse de la situación, lo invitó a beber para tantear el terreno con astucia, ofreciéndole a cambio dos concubinas y quinientos taeles de oro a cambio de Suqiu. Al principio, Jia se negó; pero ante la insistencia de Han, su resolución pareció flaquear, temiendo tan solo la furia del Gongzi. Han le dijo: «Yo soy su pariente cercano, y esto además no pertenece a su linaje directo; una vez que el asunto esté consumado, él ya no podrá hacer nada al respecto. En el improbable caso de que surja algún contratiempo, yo cargaré con la responsabilidad. ¡Teniendo a mi honorable padre con vida, qué temor puede inspirar un simple Yu Jiner!».
Acto seguido, hizo ataviar espléndidamente a dos concubinas y las llevó al banquete, diciéndole: «Si cumples con lo acordado, estas serán desde ya personas de tu casa». Jia, hechizado por la oferta, fijó una fecha y se marchó.
Llegado el día, temiendo que Han estuviera engañándolo, esperó apostado en el camino durante la noche. Efectivamente, apareció una litera; al levantar la cortina y comprobar que no había engaño, la guio para llevársela y la instaló temporalmente en su estudio. Los sirvientes de Han entregaron los quinientos taeles de oro, quedando la transacción completamente saldada.
Jia corrió hacia el interior y le mintió a Suqiu, diciéndole que el Gongzi había enfermado repentinamente y la llamaba. Suqiu, sin tiempo siquiera para arreglar su tocado, salió a toda prisa. Una vez que la litera partió, debido a la oscuridad de la noche perdió el rumbo y no sabía a dónde se dirigía; tras avanzar un buen trecho a pie, el lugar se volvió inaccesible. De pronto, aparecieron dos antorchas gigantescas, y todos se alegraron pensando que podrían preguntar el camino. Sin embargo, al acercarse, descubrieron que eran los dos ojos de una serpiente gigante, que brillaban como faroles.
Aterrorizada, la multitud huyó en desbandada junto con los caballos, abandonando la litera a la vera del camino. Al amanecer regresaron para inspeccionar, y solo encontraron la litera vacía. Convencidos de que había terminado en el vientre de la serpiente, regresaron para informar a su amo, cabizbajos y abatidos.
Unos días después, el Gongzi envió gente a ver a su hermana, y solo entonces supo que había sido engañada por un hombre malvado; al principio no sospechó de la falsedad de su cuñado. Trajo de vuelta a la criada y la interrogó minuciosamente sobre los hechos, vislumbrando vagamente los cambios ocurridos; sumamente enfurecido, presentó querellas por toda la ciudad y los distritos. El individuo llamado Jia, aterrorizado, acudió a Han en busca de socorro. Han, habiendo perdido tanto el oro como a la concubina, se encontraba sumido en el remordimiento y el luto, por lo que lo rechazó con desdén y se negó a interceder. Jia, estúpido y torpe, ya no tenía ningún plan; las órdenes de arresto de varios lugares llegaban continuamente, y solo mediante sobornos lograba eludir su ejecución. Al cabo de un mes, las joyas de oro y los atavíos se habían esfumado por completo tras empeñar todas sus posesiones. El Gongzi urgía con gran rigor la investigación del caso en el tribunal de la prefectura, y los magistrados locales cumplían estrictas órdenes. Sabiendo que ya no podía seguir ocultándose, Jia compareció finalmente en la sala pública y confesó toda la verdad. Se emitió una orden judicial para arrestar a Han y confrontarlos cara a cara. Aterrorizado, Han acudió a su padre para informarle de la situación. Como su padre se encontraba retirado en ese momento, se indignó ante sus actos ilegales y ordenó que lo entregaran a los esbirros. Al comparecer ante las diversas autoridades, cada vez que mencionaba el incidente de la metamorfosis de la serpiente, todas tildaban sus palabras de falaces y divagaciones; sus criados fueron azotados casi hasta el extremo, y Jia también recibió repetidos castigos corporales. Por fortuna, su madre vendía a diario tierras y propiedades para rescatarlo y apelar ante las altas y bajas instancias; la pena fue atenuada y se libró de la muerte, pero el criado de Han ya había perecido de inanición y fatiga en prisión. Han, confinado largo tiempo en el calabozo, se ofreció a ayudar a Jia a sobornar al Gongzi con mil taels de oro, suplicándole que pusiera fin al litigio. El Gongzi se negó. La madre de Jia volvió a suplicarle, ofreciéndole además a dos jóvenes doncellas, pidiendo únicamente que se dejara en suspenso el caso dudoso para aguardar la búsqueda; la esposa también transmitió los deseos de su tía política, suplicando clemencia día y noche, hasta que el Gongzi finalmente accedió. La familia de Jia era sumamente pobre y, aunque intentaba vender su casa para reunir el oro, no lograba encontrar comprador con urgencia, por lo que envió primero a las dos doncellas rogando que se le concediera un plazo.
Pasados unos días, el Gongzi se encontraba sentado en su estudio al caer la noche cuando Suqiu, acompañada por una anciana, irrumpió de imprevisto. El Gongzi preguntó con asombro: «¿No se encuentra mi hermana sana y salva?». Ella sonrió y dijo: «La metamorfosis de la serpiente no fue más que un pequeño ardid de esta hermana suya. Aquella noche me fugué a la casa de un letrado y me refugié con su madre. Ella misma afirmó conocer a mi hermano, y ahora se encuentra fuera de la puerta; les ruego que la hagan pasar». El Gongzi salió a toda prisa, calzándose los zapatos al revés, y al alumbrarla con una vela, vio que no era otro sino el erudito Zhou, un célebre talento de Wanping con quien antaño había cultivado una excelente amistad de mutuo entendimiento. Lo tomó del brazo para introducirlo en el estudio, donde la hospitalidad y la cordialidad alcanzaron su grado máximo. Tras una larga y dilatada conversación, conocieron por fin los pormenores de los hechos. Al alba, Suqiu se había presentado a la puerta del erudito Zhou; la madre la recibió y, al interrogarla, supo que era la hermana del Gongzi, por lo que quiso enviar un aviso de inmediato. Suqiu la detuvo y se quedó a vivir con ella. Dotada de gran perspicacia para comprender las intenciones ajenas, la madre quedó encantada con ella; viendo que su hijo no tenía esposa, en secreto puso sus ojos en Suqiu y se lo insinuó sutilmente. Suqiu se excusó diciendo que aún no había recibido la orden de su hermano. El erudito, por su parte, debido a su lazo de amistad con el Gongzi, tampoco quiso contraer una unión sin el beneplácito de un casamentero, limitándose a inquirir frecuentemente. Al enterarse de que ya existían gestiones de avenencia en el pleito, Suqiu le avisó a la madre que deseaba regresar. La madre envió al erudito a conducirla en compañía de una anciana, encargándole a esta última que hiciera las veces de casamentera. El Gongzi, dado que Suqiu se había hospedado en casa del erudito durante tanto tiempo, albergaba en secreto intenciones que no se atrevía a expresar; al escuchar las palabras de la anciana, se llenó de gran alegría y concertó formalmente el enlace matrimonial con el erudito en persona. Previamente, cuando Suqiu regresó aquella noche, su intención era lograr que el Gongzi obtuviera el oro antes de dar a conocer el asunto; el Gongzi no lo aceptó y dijo: «Antes estaba indignado porque no tenía dónde desahogar mi ira, por lo que exigí oro para arruinarlo. ¡Ahora que he vuelto a ver a mi hermana, cómo podrían diez mil piezas de oro cambiar por ello!». De inmediato envió emisarios para notificar a ambas familias y poner fin al pleito de manera tajante. Recordando además que la familia del erudito no era precisamente acaudalada y que el camino era largo y lejano, lo cual hacía sumamente difícil la ceremonia de ir a buscar a la novia personalmente, hizo que la madre del erudito se mudara a vivir a la antigua mansión de Xunjiu; el erudito también preparó ofrendas, brocados, tambores y flautas, celebrando finalmente los ritos nupciales.
Un día, la cuñada bromeó con Suqiu: «Ahora que tienes un nuevo esposo, ¿aún recuerdas el amor en el lecho de aquellos años pasados?». Suqiu sonrió levemente y, mirando a la criada, le preguntó: «¿Lo recuerdas tú?». La cuñada, sin comprender, investigó e interrogó sobre el asunto, y descubrió que durante los tres años de vida conyugal, todo había sido suplido por la criada. Cada tarde, ella le pintaba ambas cejas con tinta y la mandaba a marchar, quedándose sentada sola frente a la vela, sin que el esposo fuera capaz de distinguirlas. Asombrada aún más, le suplicó que le enseñara su arte, pero ella solo sonrió y guardó silencio. Al año siguiente se celebraron los exámenes imperiales provinciales, y el erudito se dispuso a marchar en compañía del Gongzi. Suqiu consideró que no era necesario, pero el Gongzi insistió en retenerlo y partieron. En aquella convocatoria, el Gongzi obtuvo el grado de *juren* en la provincia, mientras que el erudito regresó suspendido en los exámenes, albergando secretamente el deseo de retirarse. Transcurrido un año, la madre falleció, por lo que ya no volvió a hablar de progresar en la carrera oficial. Un día, Suqiu le dijo a su cuñada: «Cuando antes me pediste mi arte, me negué rotundamente a asustar con ello las costumbres del mundo. Ahora que nuestra lejana separación tiene fecha fijada, te lo enseñaré en secreto; también te servirá para eludir los estragos de la guerra». Sorprendida, ella le preguntó el motivo. Suqiu respondió: «Dentro de tres años, este lugar carecerá de presencia humana. Esta servidora, de complexión débil, no soporta el espanto, por lo que he de caminar hacia la orilla del mar para ocultarme. Mi hermano mayor es un hombre destinado a la riqueza y la nobleza, por lo que no puede acompañarme; de ahí que me despida». Dicho esto, le transmitió todas sus artes a su cuñada. A los pocos días, se lo comunicó también al Gongzi. Por más que intentaron retenerla, no pudieron lograrlo, al punto de derramar lágrimas. Cuando le preguntaron a dónde se dirigía, tampoco quiso decirlo. Al despuntar el alba, se levantó temprano, tomó de la mano a un sirviente de barba blanca, montó en un carruaje de doble guardia y partió. El Gongzi envió sigilosamente a alguien para que la escoltara; al llegar a los confines de Jiaolai, una densa neblina y polvo cubrieron el cielo, y cuando este se despejó, ya se había extraviado el rumbo de su destino.
Tres años después, los bandidos rebeldes marcharon en rebelión, convirtiendo las aldeas en desolación. La Señora Han recortó piezas de seda y las colocó dentro de la puerta. Cuando los bandidos llegaron, vieron una nube que envolvía a Skanda con más de un *zhang* de altura, por lo que huyeron aterrorizados, y gracias a esto el lugar salió ileso. Más tarde, un mercader de la aldea llegó a los mares del este y se encontró con un anciano que se parecía mucho al viejo sirviente, pero su barba y su cabello eran completamente negros, por lo que de repente no pudo reconocerlo. El anciano se detuvo y sonrió, diciendo: —¿Sigue bien mi joven amo? Pídele que envíe este recado: Qiuniang también está muy bien y en paz. —Cuando le preguntó en qué aldea vivía, respondió: —¡Lejos, muy lejos! —Y apresuradamente se marchó. Al enterarse de esto, el Joven Amo envió gente a buscarlo por todas partes en los lugares donde pudiera estar, pero al final no hubo rastro de él.
El Historiador de lo Extraño comenta: «Que el Señor de Guancheng no poseyera el físico para comer carne, viene de antiguo. Sus pensamientos iniciales eran muy claros, pero no logró mantenerlos con firmeza. ¿No era acaso como los examinadores de ojos vendados, que equilibraban los destinos mas no el talento literario? ¡Con un solo golpe que no dio en el blanco, murió en la oscuridad! ¡La necedad de los pececillos de plata, qué digna de lástima es! ¡Triste es el vuelo del macho; más valdría el reposo de la hembra».
Jia Fengzhi
Jia Fengzhi era natural de Pingliang. Su fama por su talento era la mayor de su época, pero en los exámenes imperiales jamás lograba aprobar. Un día, en el camino, se encontró con un *xiucai* que decía apellidarse Lang. Su distinción de espíritu era desenvuelta, y sus palabras daban siempre en el blanco. Jia lo invitó a su casa y le mostró sus ensayos para que los corrigiera. Tras leerlos, Lang no los elogió demasiado y dijo:
—Los escritos de Su Excelencia sobran para alcanzar el primer puesto en un examen menor, pero no alcanzan para raspar la cola de la lista en las grandes pruebas.
Jia preguntó:
—¿Qué debo hacer?
Lang respondió:
—En los asuntos del mundo, levantar la cabeza y ponerse de puntillas resulta difícil, pero inclinarse y amoldarse a ellos es sumamente fácil. ¡Cómo habría de requerir esto que un don nadie como yo lo hable!
Dicho esto, señaló uno o dos temas y un par de ensayos para que sirvieran de norma, los cuales eran por lo general aquellos que Jia desdeñaba y no se dignaba a mencionar. Al oírlo, Jia rió y dijo:
—Cuando los eruditos establecen sus palabras, lo que aprecian es la inmortalidad. Incluso si se sirven los ocho manjares más raros, hay que hacer que el mundo no los considere vulgares. Adquirir la fama y la riqueza de esta manera, aun si uno llega a los pabellones más altos de la corte, sigue siendo algo abyecto.
Lang replicó:
—No es así. Por muy hermoso que sea un artículo, si es abyecto, no se transmite. Si el noble desea abrazar sus rollos de pergamino y terminar sus días así, bien; de lo contrario, los oficiales tras las cortinas de examen ascienden todos por medio de estos mismos artificios. Me temo que, al leer sus escritos de usted, no van a cambiar de ojos y de entrañas para la ocasión.
Jia se quedó callado. Lang se puso de pie y rió diciendo:
—¡Qué espíritu tan vigoroso el de la juventud!
Dicho esto, se despidió y marchó. Aquel otoño, al entrar en los exámenes, volvió a fracasar. Afligido y descontento, recordó las palabras de Lang y se puso a leer a la fuerza los textos que aquel le había indicado antes. Antes de llegar al final del capítulo, comenzó a caer en un sopor letárgico, sintiendo el corazón turbado y sin poder gobernarse a sí mismo.
Tres años después, estando cerca las pruebas, Lang apareció de repente y se saludaron con gran alegría. Sacó entonces siete temas simulados y ordenó a Jia que escribiera sobre ellos. Al día siguiente, reclamó los ensayos para leerlos; al ver que no los consideraba aceptables, volvió a ordenarle que los hiciera de nuevo. Una vez escritos, los criticó otra vez. Jia, en tono de burla entre los borradores caídos, reunió las frases más redundantes, triviales e indecentes, las unió en un texto y esperó a que Lang llegara para mostrárselas.
Lang exclamó con alegría:
—¡Lo has conseguido!
Y haciendo que se los aprendiera de memoria, le recomendó firmemente que no los olvidara. Jia sonrió y dijo:
—Le hablo con franqueza: estas palabras no nacen de mi fuero interno, por lo que en un abrir y cerrar de ojos se desvanecerán. Incluso si me castigan con la vara, no podré recordarlas.
Lang se sentó junto al escritorio y lo obligó a recitarlos una vez por su cuenta; luego le hizo desabrochar la chaqueta para dejar la espalda descubierta, escribió un talismán con pincel y se marchó diciendo:
—Con esto basta; ya puedes guardar todos tus libros en el desván.
Al examinar el talismán, ni lavándolo desaparecía, pues había penetrado profundamente en la carne.
Al llegar al recinto de exámenes, los siete temas estaban todos presentes, sin faltar uno solo. Al recordar sus composiciones anteriores, no lograba retener nada en la memoria, mas el texto que había compuesto en broma permanecía vívido en su mente. Sin embargo, al tomar el pincel, seguía pareciéndole una vergüenza; quiso hacer algunas modificaciones menores, pero tras devanarse los sesos y dar mil vueltas, no logró cambiar ni una sola letra. El sol ya se ponía, así que los copió tal cual y salió.
Lang lo había estado esperando largo rato y le preguntó:
—¿Por qué tan tarde?
Jia le contó la verdad y le rogó que borrara el talismán; al mirarlo, este ya se había borrado por completo. Al intentar recordar de nuevo el texto del examen, le pareció como si hubiera ocurrido en otra vida. Asombrado sobremanera, le preguntó:
—¿Por qué no buscas tu propio provecho?
Lang rió y respondió:
—Este servidor simplemente no abriga tales pensamientos, y por eso es capaz de no leer tales escritos.
Entonces lo invitó a pasar por su morada al día siguiente. Jia se lo prometió.
Una vez que Lang se marchó, Jia tomó sus borradores y los leyó: diferían enormemente de sus verdaderos sentimientos. Se sintió abatido y descontento, de modo que no volvió a visitar a Lang y regresó a su hogar con el ánimo abatido.
Poco después se publicaron las listas y resultó aprobado en el primer puesto de los *Jingkui*. Al leer sus antiguos borradores, sudaba con cada línea que leía. Terminada la lectura, toda su ropa de abrigo estaba empapada. Se dijo a sí mismo:
—¡Una vez que este ensayo salga a la luz, con qué cara me presentaré ante los letrados del mundo!
Estando aún abrumado por la vergüenza, Lang apareció de repente y dijo:
—Pediste aprobar y has aprobado, ¿a qué se debe tanta melancolía?
Jia respondió:
—Este humilde servidor acaba de pensar que es como guardar estiércol de perro en una jofaina de oro; no tengo rostro para salir a ver a mis coetáneos. Estoy a punto de huir a las montañas y romper para siempre con el mundo.
Lang dijo:
—Eso también es muy elevado, pero me temo que no seas capaz de hacerlo. Si en verdad pudieras, yo te presentaré a alguien con quien podrás alcanzar la longevidad, y ni siquiera la fama de mil años merecerá ser anhelada, ¡cuánto menos esta riqueza y nobleza que llegan por casualidad!
Jia, encantado, lo retuvo para pasar la noche juntos y dijo:
—Permítame este servidor meditarlo.
Al amanecer, le dijo a Lang:
—¡Mi resolución está tomada!
Sin avisar a su esposa ni a sus hijos, partió con paso ligero. Entró gradualmente en las profundidades de la sierra hasta llegar a una gruta celestial donde había otro mundo aparte. Había un anciano sentado en el estrado principal; Lang hizo que Jia se postrara ante él y se dirigió a él llamándolo maestro.
El anciano preguntó:
—¿Por qué tan temprano?
Lang respondió:
—La voluntad de este hombre por el Dao ya es firme; espero que tenga a bien aceptarlo como discípulo.
El anciano dijo:
—Ya que has venido, debes echar este cuerpo al olvido por completo antes de poder lograrlo.
Jia asintió sumisamente a la orden. Lang lo acompañó hasta un patio, dispuso su aposento y le dio a tomar una píldora antes de retirarse. La habitación era refinada y limpia, pero la puerta carecía de batientes y la ventana no tenía celosías; en el interior solo había una mesita y un lecho. Jia se desató los zapatos y subió al lecho, por donde la luz de la luna atravesaba el espacio vacíos. Sintiendo un leve apetito, tomó la píldora y la comió; era dulce y saciaba con facilidad.
Creyendo en su interior que Lang volvería a visitarlo, esperó largo rato, pero todo quedó en silencio y no se escuchaba el menor ruido. Solo sentía una fragancia pura que llenaba la estancia, sus vísceras claras y diáfanas, de modo que sus meridianos podían contarse uno a uno. De repente oyó un sonido feroz, semejante al de un gato rascándose por picor. Al mirar de soslayo a través de la ventana, vio un tigre agazapado bajo el alero. Al verlo de improviso, sintió un gran espanto; pero al recordar las palabras del maestro, recuperó el espíritu y se sentó concentrado. El tigre, como si supiera que había alguien dentro, se acercó poco a poco al lecho, exhalando resoplidos y olfateándole las piernas de arriba abajo.
Al poco rato, se escuchó un alboroto en el patio, como el de un pollo al ser atado, y el tigre salió a toda prisa de inmediato. Al cabo de un rato más sentado, una bella mujer entró exhalando un perfume de almizcle y sándalo; ascendió silenciosamente al lecho y, acercándose a su oído, le dijo en voz baja: «He llegado». En el lapso de una sola palabra, el carmín de sus labios esparció fragancia. Jia permaneció con los ojos cerrados, inmóvil por completo. Ella volvió a decir en voz baja: «¿Duermes?». Su voz era muy parecida a la de su esposa, y su corazón se agitó levemente. Pensó de nuevo: «Todo esto son artes ilusorias con las que el Venerable Maestro me pone a prueba». Y se mantuvo con los ojos cerrados como antes. La mujer rió y dijo: «¡El ratoncillo se ha movido!».
Al principio, cuando vivían el marido, la mujer y la doncella en la misma habitación, temían tanto que la criada los oyera en sus amoríos que habían acordado en secreto un enigma que decía: «Si el ratoncillo se mueve, entonces nos amaremos». Al oír súbitamente estas palabras, sin poder evitarlo, se agitó profundamente, abrió los ojos y miró fijamente: era verdaderamente su esposa.
Él preguntó: «¿Cómo has podido venir?».
Ella respondió: «El joven maestro temía que estuvieras solitario y añoraras el retorno, así que envió a una anciana para que me guiara hasta aquí».
Mientras hablaba, como Jia había salido sin avisarle, en el momento de abrazarse y acurrucarse, mostró bastante resentimiento y reproches. Jia la consoló durante un buen rato, hasta que logró hacerla reír y regocijarse.
Una vez terminado, la noche ya se inclinaba hacia el alba, cuando escucharon los gritos y regaños del anciano, que se acercaban gradualmente al patio. La esposa se levantó presurosa, sin un lugar donde esconderse, y de un salto atravesó el murete para marcharce. Al momento, el joven maestro entró siguiendo al anciano. El anciano golpeó al joven maestro frente a Jia y de inmediato ordenó expulsar al huésped. El joven maestro también condujo a Jia a través del murete y le dijo: «Este servidor abrigaba deseos de opulencia, por lo que no pudo evitar precipitarse; no imaginaba que los lazos del afecto aún no estuvieran cortados y que tú sufrieras repetidos castigos y azotes. Me marcharé temporalmente de aquí, y llegará el día en que nos volvamos a ver». Le indicó el camino de regreso, hizo una reverencia con las manos juntas y se despidió.
Jia miró hacia abajo y la antigua aldea seguía allí ante sus ojos. Pensó que, como su esposa caminaba con paso débil, sin duda se habría retrasado en el camino. Caminó a paso ligero por espacio de una li y media y ya llegó a las puertas de su casa, pero solo vio que los muros de las habitaciones estaban en ruinas, el paisaje antiguo había desaparecido por completo y entre los ancianos y jóvenes de la aldea no había ni uno solo que le resultara conocido; su corazón comenzó a llenarse de asombro y temor. De pronto recordó cómo Liu y Ruan habían regresado del monte Tiantai, y la situación se le parecía enormemente. No se atrevió a entrar y se sentó a descansar en una casa frente a la suya.
Transcurrido un buen rato, un anciano salió apoyado en un bastón. Jia le hizo una reverencia y preguntó: «¿Dónde está la casa de un tal Jia?».
El anciano señaló su propia residencia y dijo: «Esta misma es. ¿Acaso no deseas escuchar un acontecimiento extraño? Lo sé todo. Se cuenta por tradición que este caballero huyó en cuanto oyó las noticias de los exámenes; cuando huyó, su hijo apenas tenía siete u ocho años. Más tarde, al cumplir los catorce o quince, su madre cayó súbitamente en un sueño profundo del que no volvió a despertar. Mientras su hijo vivió, le mudaba las ropas según el frío o el calor; al morir este, sus dos nietos quedaron en la extrema pobreza, la casa se desplomó y solo la cubrían con un armazón de madera y paja. Hace un mes, la señora despertó de improviso; echando cuentas, han pasado ya más de cien años. Al enterarse de lo extraño de este caso, gentes de cerca y de lejos vinieron a visitarla, aunque en los últimos días las visitas han disminuido un poco».
Jia comprendió todo de repente y dijo: «El anciano no sabe que este servidor, Jia Fengzhi, es justamente ese hombre».
El anciano quedó sumamente aterrorizado y corrió a dar la noticia a su familia. En aquel momento, el nieto mayor ya había fallecido; el segundo nieto, Xiang, tenía ya más de cincuenta años. Viendo que Jia era joven, sospechaba que hubiera fraude o falsedad.
Al poco rato salió la señora y recién entonces lo reconoció. Ambos derramaron lágrimas incesantes y lo llamaron para que se fuera con ellos. Como carecían por completo de vivienda, entró temporalmente en la casa de su nieto. Hombres y mujeres, grandes y pequeños, acudieron a rellenar el espacio circundante; todos eran sus biznietos y tataranietos, la mayoría groseros y faltos de letras.
La esposa del nieto mayor, de apellido Wu, compró vino y preparó legumbres silvestres; además, hizo que su hijo menor, Gao, y su esposa compartieran habitación con él, cediendo su propia estancia a los abuelos. Al entrar Jia en la habitación, el humo, el polvo y la orina de los niños formaban una atmósfera mixta que ahogaba a la gente. Tras residir allí varios días, la frustración y la pena se volvieron verdaderamente insoportables. Las familias de los dos nietos se turnaban para proveerles los alimentos, pero la preparación de las comidas era especialmente desastrosa. Como la gente de la aldea sabía que Jia acababa de regresar, lo invitaban a beber todos los días, mientras que la señora jamás lograba saciar su apetito. Wu era originalmente hija de un erudito, por lo que conocía bastante bien las reglas del gineceo y cumplía y obedecía sin decaer. La provisión de la familia de Xiang se volvió gradualmente más escasa y a veces le hablaban a gritos y con desdén. Jia se encolerizó, se llevó a su esposa y abrió una escuela privada en el barrio del este.
A menudo le decía a su esposa: «Lamento profundamente este regreso, pero ya no hay remedio. No me queda más remedio que volver a ocuparme de mis antiguos oficios; si uno no guarda vergüenza en el corazón, la riqueza y los honores no son difíciles de alcanzar».
Tras vivir allí más de un año, la señora Wu aún les enviaba provisiones de vez en cuando, mientras que Xiang y su padre ya no volvieron a pisar por allí. Ese año, Jia aprobó los exámenes para ingresar en la escuela del distrito. El magistrado del distrito valoró sus escritos y le otorgó generosos presentes, por lo que a partir de entonces su economía mejoró ligeramente. Xiang comenzó a acercarse a él poco a poco. Jia lo hizo entrar, calculó lo que había gastado en el pasado, sacó oro para indemnizarlo y lo despidió tajantemente para que se fuera. Enseguida compró una nueva residencia y se mudó a vivir allí junto con la señora Wu. De los dos hijos de Wu, el mayor se quedó para custodiar los bienes antiguos; el segundo, llamado Gao, era bastante inteligente, por lo que hizo que compartiera el tintero y los pinceles con sus discípulos.
Desde su regreso de las montañas, los pensamientos de Jia eran cada vez más claros y lúcidos. Al poco tiempo, aprobó consecutivamente los exámenes imperiales y alcanzó el grado de *jinshi*. Unos años más tarde, salió en viaje de inspección por las dos regiones de Zhe como censor imperial; su fama era deslumbrante y resonante, y en las torres engalanadas con cantos y danzas, aquello fue el culmen de una época. Jia era un hombre de carácter recto e inflexible que no evitaba a los poderosos ni a los nobles, y los altos dignatarios de la corte deseaban dañarlo y tenderle una trampa. Jia presentó repetidas peticiones pidiendo retirarse por humildad, pero no obtuvo la aprobación imperial; al poco tiempo, la desgracia estalló.
Antes de esto, los seis hijos de Xiang eran todos unos granujas; aunque Jia los despreciaba y no los consideraba de su clase, todos ellos se valían a hurtadillas de su influencia residual para cometer fechorías y tiranizar, ocupando por la fuerza campos y viviendas, de modo que los aldeanos sufrían colectivamente por su culpa. Cierto individuo apellidado Yi tomó una nueva esposa, y el segundo hijo de Xiang la arrebató para hacerla su concubina. Yi era astuto y tramposo por naturaleza, y los aldeanos reunieron oro para ayudarle en un pleito, haciendo que el asunto llegara a oídos de la capital.
Ante esto, las autoridades competentes atacaron a Jia mediante memoriales conjuntos. Jia no tuvo manera alguna de disculparse o defenderse, y fue arrestado y encarcelado durante todo un año. Xiang y su segundo hijo murieron ambos en prisión a causa del frío y las privaciones. Por orden imperial, Jia fue enviado a cumplir servicio militar en Liaoyang. Para entonces, Gao llevaba ya mucho tiempo ingresado en la academia del distrito; era una persona bastante benevolente y bondadosa, y gozaba de una reputación de virtud.
Cuando el hombre engendró un hijo que cumplió dieciséis años, se lo encomendó por fin a Gao; entonces el marido y la mujer, tomando a un criado y a una anciana sirvienta, se marcharon. Jia dijo:
—Más de diez años de riqueza y nobleza no han sido siquiera tan duraderos como un sueño. Ahora por fin comprendo que los escenarios de la gloria y el esplendor son todos reinos del infierno; me arrepiento de haber acumulado un caso más grave de mal karma que Liu Chen y Ruan Zhao.
A los pocos días llegaron a la costa y vieron a lo lejos una gran barca que se acercaba. Los tambores y la música resonaban con fuerza, y los oficiales escoltas parecían deidades celestiales. Cuando ya estuvo cerca, una persona salió de la embarcación y, con una sonrisa, invitó al Censor Imperial a pasar a la nave para descansar un momento. Al ver esto, Jia sintió una gran sorpresa y alegría; dio un salto y cruzó al otro lado, sin que los esbirros y alguaciles se atrevieran a impedirlo. La señora quiso seguirlo apresuradamente, pero la distancia ya era grande, así que, llena de ira, se arrojó al mar. Tras flotar a la deriva unos cuantos pasos, vio a una persona que extendía una cinta de seda sobre el agua, la rescató y se la llevó. Los alguaciles ordenaron a los remeros que bogaran en la embarcación y, persiguiéndola mientras gritaban y lloraban, solo escucharon el sonido de los tambores retumbando como truenos, mezclados con el estruendo de las olas; en un instante, se esfumaron sin dejar rastro. El criado reconoció a aquella persona: era, nada menos, que el erudito Lang.
El Historiador de lo Extraño comenta: «Se cuenta en el mundo que cuando el Gran Letrado Chen se encontraba en los exámenes imperiales, tras haber compuesto su obra literaria, la recitó varias veces y suspiró diciendo: "¡Pues bien, habrá alguien que sepa reconocerla!". En seguida la desechó y escribió otra, y por esa razón los borradores de sus exámenes no alcanzaron el nivel de sus otros escritos. El erudito Jia, avergonzado, huyó ocultándose; al poseer este lugar unos huesos immortales, pudo regresar al mundo de los hombres, pero por causa de los placeres de la boca y el vientre se envileció a sí mismo. ¡Qué lastimosa es la pequeñez de los mortales en medio de la pobreza y la vileza!».
— *Yanzhi (Encarnado)*
La familia Bian de Dongchang tenía por oficio curar bueyes. Tenían una hija cuyo nombre de infancia era Yanzhi, de agudo ingenio y extraordinaria belleza. Su padre la atesoraba profundamente y deseaba encontrarle un partido distinguido entre las familias nobles, pero la aristocracia despreciaba su origen humilde y desdeñaba entablar una alianza matrimonial, razón por la cual, a pesar de haber alcanzado la pubertad, seguía sin prometido.
Frente a su casa vivía una mujer de apellido Gong, de soltera Wang, frívola y aficionada a las bromas, quien era confidente de la joven en sus aposentos. Un día, al acompañarla hasta la puerta, vio pasar a un joven vestido de luto, con túnica blanca y sombrero de gasa, cuya elegancia y distinción eran sobresalientes. El corazón de la joven pareció conmoverse y su mirada errante lo siguió con ojos llenos de ondas de otoño. El joven inclinó la cabeza y se marchó apresurado. Cuando ya se había alejado, la muchacha aún lo contemplaba fijamente. Wang, adivinando sus intenciones, se burló de ella diciendo:
—Con el talento y la belleza de la señorita, si lograra casarse con alguien así, no tendría de qué arrepentirse.
Un rubor se extendió por las mejillas de la joven, quien permaneció callada y con una mirada profunda, sin pronunciar una sola palabra. Wang preguntó:
—¿Conoces a este joven?
La muchacha respondió:
—No lo conozco.
Wang dijo:
—Es E Xiuwei, de apellido Qiuquan, procedente del callejón del Sur, hijo de un difunto letrado imperial. Como antes vivíamos en el mismo barrio, lo conozco. Entre los hombres del mundo, no hay otro con semejante suavidad y gentileza. Hoy viste de luto porque aún no ha concluido el periodo de duelo por su esposa. Si la señorita tiene algún interés, enviaré un recado para que actúe como casamentera.
La doncella guardó silencio, y Wang se marchó con una sonrisa. Pasaron varios días sin noticias, y la joven comenzó a sospechar que la señora Wang no había tenido tiempo de ir de inmediato, temiendo también que una familia de abolengo no quisiera rebajarse a recoger lo que hay en el suelo. Permanecía inquieta, dando vueltas de un lado a otro, con pensamientos tan angustiosos que poco a poco abandonó la comida y cayó postrada en cama, debilitada por la enfermedad.
Casualmente, Wang fue a visitarla y le exigió saber el origen de su mal. La joven respondió:
—Yo misma no lo sé. Pero desde aquel día, tras la despedida, de repente me siento desasosegada y decaída, prolongando mi vida solo con un aliento prestado, viviendo apenas de mañana y tarde.
Wang bajó la voz y dijo:
—Los hombres de mi casa aún no han regresado de sus negocios, por lo que nadie ha podido llevarle un mensaje al joven E. ¿Acaso tu malestar corporal no se deberá a esto?
El rostro de la joven se tiñó de rojo durante un largo rato. Wang se burló de ella:
—Si verdaderamente es por esto, la enfermedad ya ha llegado a tal extremo, ¿qué escrúpulos te quedan? Debería hacer que viniera a reunirse contigo por la noche, ¿cómo iba a negarse?
La joven suspiró y dijo:
—Llegados a este punto, ya no puedo avergonzarme. Sin embargo, si él no desdeña nuestra humilde pobreza, que envíe a un casamentero y mi enfermedad sanará de inmediato; ¡pero si se trata de un pacto secreto, eso sí que no lo permitiré bajo ningún concepto!
Wang asintió con la cabeza y se marchó. En su juventud, Wang había mantenido relaciones con un vecino llamado Su Jie. Tras casarse, al enterarse Su de que el marido de ella estaba ausente, solía buscar los favores de antaño. Aquella noche, Su acudió a la cita y, entre risas, le relató las palabras de la joven, pidiéndole en broma que le hiciera llegar el mensaje al joven E. Su, que desde hacía tiempo sabía de la belleza de la muchacha, se alegró en secreto al enterarse, considerándolo una oportunidad propicia que podía aprovechar. Quería urdir un plan con su mujer, pero temía que esta sintiera celos, por lo que, fingiendo indiferencia, le preguntó con todo detalle sobre el interior de la casa y las habitaciones de la joven.
La noche siguiente, saltó el muro y se introdujo directamente en las habitaciones de la doncella, golpeando la ventana con los dedos. Desde el interior preguntaron:
—¿Quién anda ahí?
Él respondió fingiendo ser el joven E. La doncella dijo:
—La razón por la cual lo recuerdo, señor, es para unirme a usted de por vida, no por una sola noche. Si usted realmente ama a esta concubina, tan solo debe enviar pronto a un casamentero; si habla de uniones clandestinas, no me atreveré a obedecerle.
Su fingió aceptar con un murmullo y le suplicó con insistencia que le permitiera sostener un instante su delicada muñeca como prueba de confianza. La doncella, incapaz de negarse con dureza, hizo un esfuerzo por abrir la puerta. Su entró de inmediato y la abrazó para forzarla. La joven, sin fuerzas para resistir, cayó al suelo, quedando sin aliento. Su la arrastró con prisa. La doncella exclamó:
—¡Qué clase de malvado joven ha venido, que sin duda no es el joven E! Si de verdad fuera él, sería un hombre apacible y comprensivo que, al conocer la causa de mi enfermedad, sabría compadecerse y mostrar afecto; ¡cómo iba a comportarse con semejante furia y violencia! Si insiste en actuar así, preferiré expirar en el acto; ¡con una mancha en la honra, ninguna de las dos partes obtendrá provecho alguno!
Temiendo que su farsa fuera descubierta y su identidad revelada, Su no se atrevió a forzarla más, conformándose con pedir un nuevo encuentro. La doncella fijó la fecha para el día de la boda formal. Su lo consideró demasiado lejano y volvió a insistir. Fastidiada por el acoso, la joven le prometió que se verían cuando sanara de su enfermedad. Su le pidió una prenda como prueba, pero ella se la negó. Entonces, Su le sujetó el pie y se marchó llevándose un zapato bordado.
La doncella lo llamó para que regresara y le dijo:
—Le he entregado mi cuerpo, ¿por qué habría de escatimar esto? Tan solo temo que por «querer dibujar un tigre y terminar con la figura de un perro», esto resulte en una mancha y una infamia. Ahora que esta prenda íntima ya está en sus manos, supongo que no hay marcha atrás. Si usted me traiciona, ¡lo único que me quedará será la muerte!
Tras salir, Su se dirigió a la casa de Wang. Una vez acostado, con el pensamiento fijo en el zapato, metió disimuladamente la mano en la manga de su ropa, pero descubrió que este ya había desaparecido. Se levantó a toda prisa para encender una lámpara de aceite, se sacudió las ropas y buscó a tientas en la oscuridad. Al interrogar a su mujer, ella no respondió. Sospechando que lo había ocultado, la mujer se echó a reír para sembrar la duda en él. Incapaz de ocultarlo, Su le confesó la verdad.
Una vez que terminó de hablar, examinó con una luz cada rincón de fuera de la puerta, pero el zapato no apareció por ninguna parte. Lleno de remordimientos y pesadumbre, regresó a la cama, consolándose con la esperanza de que, al ser altas horas de la noche, el objeto perdido aún estuviera en el camino. A la mañana siguiente salió a buscarlo temprano, pero tampoco había rastro de él.
Previamente, en el mismo callejón vivía un individuo llamado Mao Da, un holgazán sin oficio ni beneficio. Había intentado cortejar a Wang en vano, pero al enterarse de que esta frecuentaba a Su, pensó en tenderles una trampa para extorsionarlos. Aquella noche, al pasar frente a la casa de la mujer y ver que la puerta no tenía tranca, se deslizó sigilosamente en el interior.
Justo cuando llegaba bajo la ventana, pisó un objeto blando semejante a un fardo de algodón o tela. Al recogerlo y examinarlo, vio que era el zapato de la mujer envuelto en un pañuelo. Se quedó agazapado escuchando y oyó el relato detallado que el propio Su hacía de lo sucedido. Lleno de júbilo, se retiró del lugar.
Transcurridas unas noches, saltó el muro para introducirse en la casa de la doncella pero, como no conocía bien la distribución de las puertas, se equivocó y llegó a la habitación del anciano padre. Este, asomándose a la ventana, vio a un hombre y, al reconocer su voz y sus pasos, comprendió que se trataba de alguien que iba en busca de su hija. Lleno de ira, empuñó un cuchillo y salió directamente a enfrentarlo.
Mao Da se aterrorizó y huyó en dirección contraria. Cuando se disponía a trepar por el muro, el viejo Bian ya lo había alcanzado. Sin un lugar donde escapar a la desesperación, Mao Da se dio la vuelta para arrebatarle el arma. La anciana esposa se despertó y dio grandes gritos; Mao Da no pudo escapar y, en el forcejeo, terminó matándolo.
La joven, ya algo recuperada, se levantó al oír el alboroto. Al encender una luz para iluminar la estancia, encontraron al anciano con el cráneo destrozado, incapaz ya de articular palabra alguna, y al cabo de un instante expiró.
Debajo del muro hallaron un zapato bordado; la anciana lo examinó y vio que tenía manchas de colorete. Acorraló a la joven, quien rompió a llorar y lo confesó todo; no obstante, por no poder soportar la idea de implicar a los Wang, solo declaró que E-sheng se había presentado por su propia cuenta. Al amanecer, entablaron demanda ante el magistrado del distrito. El magistrado mandó arrestar a E-sheng. E-sheng era un joven de naturaleza cauta y callada, de diecinueve años, que al ver a los extraños se ruborizaba como un niño. Al verse apresado, quedó aterrorizado por completo. Al subir a la sala de justicia no acertaba a articular palabra y solo temblaba de pies a cabeza. El magistrado creyó aún más firmemente en su culpabilidad y le impuso pesados grillos y andas de madera. Como el joven no podía soportar tales tormentos, terminó por declararse falsamente culpable. De inmediato fue remitido a la prefectura, donde los azotes y castigos fueron iguales a los del distrito. La injusticia ahogaba el pecho de E-sheng, y cada vez que deseaba carearse cara a cara con la joven, esta lo colmaba de improperios, dejándolo mudo e incapaz de defenderse, por lo que fue condenado a muerte. Los expedientes iban y venían en revisión, pasando por varios funcionarios sin que ninguno cambiara el veredicto.
Más tarde, el caso fue delegado a la prefectura de Jinan. En aquel entonces, el honorable Wu Nandai ejercía como prefecto en Jinan. Apenas vio a E-sheng, dudó de que tuviera el aspecto de un asesino; ordenó en secreto a alguien que lo interrogara con calma y en privado, logrando que expusiera todo su testimonio por completo. Con esto, el señor Wu comprendió aún más claramente la inocencia de E-sheng. Tras meditarlo durante varios días, por fin abrió el juicio.
Primero interrogó a la joven acerca del colorete:
—Tras concertar la cita, ¿lo sabía alguien más?
—Nadie —respondió ella.
—Cuando encontraste a E-sheng, ¿había alguna otra persona presente?
—Tampoco —contestó.
Entonces hizo que E-sheng compareciera y lo consoló con palabras bondadosas. E-sheng declaró por sí mismo:
—En verdad pasé por su puerta, pero solo vi salir a la vecina de antaño, la señora Wang, acompañada de una muchacha. Me apresuré a apartarme y pasar de largo; desde entonces no crucé ni una sola palabra con ellas.
El señor Wu increpó a la joven:
—Hace un momento afirmaste que no había nadie a tu lado, ¿cómo es que ahora resulta que estaba la vecina?
Y se disponía a aplicarle tormento. La joven, atemorizada, dijo:
—Aunque la señora Wang estaba allí, ella en verdad no tiene nada que ver en este asunto.
El prefecto suspendió el careo y ordenó detener a la señora Wang. A los pocos días ya había comparecido. La mantuvo incomunicada, sin permitirle hablar con la joven, y la hizo comparecer de inmediato en el tribunal para preguntarle de golpe:
—¿Quién es el asesino?
—No lo sé —respondió la mujer.
El prefecto recurrió al engaño:
—En su declaración, la del colorete ha dicho que estás al tanto de todo sobre el asesinato de Bian Mou, ¿cómo pretendes ocultarlo?
La mujer exclamó a gritos:
—¡Qué injusticia tan grande! Es esta criada lujuriosa la que suspira por los hombres; aunque yo le pronuncié palabras de celestina, solo fue en broma. ¡Ella misma introdujo a su amante en la casa, qué he de saber yo!
El prefecto la interrogó minuciosamente, tras lo cual ella relató las palabras con las que habían estado bromeando antes y después. El señor Wu mandó llamar a la joven y le reprochó enfurecido:
—Tú decías que ella no sabía nada, ¿cómo es que ahora ella misma confiesa que hizo de celestina?
Entre lágrimas, la joven respondió:
—Por mi propia conducta indigna provoqué la trágica muerte de mi padre; no sé en qué año concluirá este pleito y además estoy perjudicando a otra persona, algo que verdaderamente no puedo soportar.
El prefecto preguntó a la señora Wang:
—Tras aquella broma, ¿se lo dijiste a alguien?
—A nadie —respondió la Wang.
El prefecto se enfureció:
—Un marido y una mujer que comparten la misma cama no deberían ocultarse nada, ¿cómo vas a decir que no se lo dijiste a nadie?
—Mi esposo lleva mucho tiempo fuera de viaje y aún no regresa —replicó la Wang.
—Aun así —replicó el prefecto—, todo aquel que bromea con estas cosas lo hace riéndose de la necedad ajena para presumir de su propia astucia; si no se lo dijera ni a una sola persona, ¿a quién pretendería engañar?
Ordenó colocar los diez dedos de la mujer en el torno de madera. No teniendo más remedio, la mujer confesó la verdad:
—Se lo había contado a Su.
Ante esto, el prefecto puso en libertad a E-sheng y mandó arrestar a Su. Cuando Su se presentó, declaró no saber nada. El prefecto dijo:
—¡Entre los que frecuentan burdeles jamás hay hombres buenos!
Y ordenó aplicarle severos castigos con el instrumento de tortura. Su confesó por sí mismo:
—Es verdad que seduje a la muchacha. Desde que perdí el zapato, no me atreví a regresar; en cuanto al asesinato, verdaderamente no sé nada.
El prefecto, indignado, exclamó:
—¡Quien salta los muros es capaz de cualquier cosa!
Y volvió a torturarlo. Su, incapaz de soportar los ultrajes y maltratos, terminó por autoinculparse.
La confesión quedó redactada y fue remitida a las instancias superiores; no hubo quien dejara de alabar la perspicuidad del prefecto Wu. El caso era tan firme como una montaña de hierro, de modo que Su aguardaba con el cuello estirado a que llegara la ejecución de otoño.
Sin embargo, aunque Su era un hombre desenfrenado y falto de conducta, procedía de una familia de letrados famosos de la región oriental. Al enterarse de que el inspector de educación Shi, de apellido Shi y nombre Yushan, destacaba por su virtud, bondad y méritos, y que además poseía la noble cualidad de compadecerse del talento y apreciar a los eruditos, redactó un memorial en el que exponía su agravio con un lenguaje desgarrador y lleno de tristeza.
El inspector solicitó entonces las actas de la confesión y, tras reflexionar en ellas una y otra vez con profunda concentración, dio un golpe en la mesa y exclamó:
—¡Este estudiante es inocente!
De inmediato lo solicitó ante la superioridad provincial y el tribunal judicial para que el caso fuera trasladado y juzgado nuevamente. Interrogó al estudiante Su:
—¿Dónde perdiste el zapato?
—Lo olvidé —respondió—. Pero cuando llamé a la puerta de la mujer, aún lo llevaba en la manga.
Luego interrogó a su vez a la señora Wang:
—Aparte del intermediario Su, ¿cuántos amantes has tenido?
—Ninguno —contestó.
El prefecto dijo:
—Una mujer de palabras impúdicas, ¿cómo iba a conformarse con uno solo?
La mujer respondió:
—Mi cuerpo se entregó al intermediario Su cuando aún era una jovencita, por lo que no he podido apartarme de él; después, aunque no han faltado quienes me han tentado, verdaderamente no me he atrevido a ceder ante ellos.
Entonces el inspector le ordenó que señalara a esas personas para corroborarlo. Ella declaró:
—Mao Da, del mismo vecindario, me ha tentado repetidas veces, pero siempre lo he rechazado.
—¿Cómo es que de pronto te muestras tan casta e íntegra? —preguntó el inspector.
Y ordenó que la azotaran. La mujer golpeó la frente contra el suelo hasta hacerla sangrar, defendiéndose con todas sus fuerzas de que no era cierto, por lo que fue puesta en libertad.
El inspector volvió a interrogarla:
—Tu marido está ausente desde hace mucho, ¿acaso no hubo nadie que viniera con algún pretexto?
—Sí los hubo —respondió ella—. Fulano y Zutano vinieron una o dos veces a mi humilde hogar bajo pretexto de hacer préstamos o regalos.
Resultaba que Fulano y Zutano eran holgazanes del callejón que abrigaban intenciones hacia la mujer pero sin haber llegado a consumarlas. El prefecto mandó registrar los nombres de todos ellos y ordenó su arresto. Una vez reunidos, el prefecto se dirigió al Templo del Dios de la Muralla y el Foso, haciéndolos postrarse a todos frente al altar. Les advirtió entonces:
—En un sueño anterior, un dios me reveló que el asesino no se sale de entre cuatro o cinco de ustedes. Ahora se encuentran ante las divinidades, por lo que no pueden decir falsedades. Si alguno está dispuesto a entregarse por propia voluntad, aún puede ser perdonado; ¡a quien incurra en falsedades se le aplicará la ley sin clemencia alguna!
A una sola voz, todos respondieron que no habían cometido ningún asesinato.
El magistrado colocó tres maderos en el suelo, dispuesto a aplicarlos todos juntos. Los prisioneros se soltaron el cabello y se desnudaron, clamando a voces sus agravios e injusticias. El magistrado ordenó que los liberaran y dijo: «Puesto que no confiesan por voluntad propia, haré que los fantasmas y los espíritus los señalen».
Hizo que taparan todas las ventanas del tribunal con fieltros y alfombras para que no quedara la menor rendija; luego mandó despojar a todos los reos de sus camisas, los condujo a la oscuridad, les entregó un lebrillo con agua y uno a uno les ordenó lavarse. Tras esto, los ató contra los muros y les advirtió: «Mirad todos hacia la pared y no os mováis. Aquel que haya cometido el asesinato tendrá un escrito divino en su espalda».
Al poco rato, los hizo salir para examinarlos, y señalando a Mao Da, exclamó: «¡Este es verdaderamente el asesino!». Resultaba que el magistrado había mandado previamente a sus hombres untar la pared con ceniza y lavarles las manos con hollín de humo: el asesino, temiendo que la divinidad acudiera a escribir en su espalda, había pegado la espalda contra la pared, manchándose con la ceniza gris; al salir, se había cubierto la espalda con las manos, quedando estas con tintes de humo. El magistrado ya sospechaba firmemente de Mao Da, y con aquello su convicción se vio reforzada. Lo sometió a severos tormentos hasta que confesó toda la verdad.
El fallo dictaminó:
«Respecto a Su Jie: pisar el lebrillo y confesar condujo a la ruina de Suo Kuo, ganándose la reputación de ser un lujurioso del estilo de Deng Tuozi. Únicamente debido a que ambos eran inocentes desde la infancia, terminaron revolviéndose en el campo como patos silvestres enamorados de aves domésticas; y porque una sola palabra se deslizó indiscreta, concibieron el codicioso deseo de avanzar desde el territorio de Long hasta el de Shu. Cruzar el muro del jardín junto al joven Zhong fue como la caída de un pájaro; usurpar al joven Liu para llegar a la entrada de la gruta terminó por abrir la puerta de par en par. Asustar al can con la caída del pañuelo, ¡ay, acaso los ratones tienen piel como para llegar a tanto! Trepar por las flores y desgajar las ramas, ¡ay, qué clase de conducta es esta para un erudito! Afortunadamente, al escuchar los delicados trinos de la golondrina enferma, supo aún apreciar el jade; compadeciéndose de la fragilidad del sauce marchito, no llegó a comportarse con la locura de un oripéndola. Y en cuanto a soltar a la pequeña fénix de entre las redes, aún mostraba la intención de un hombre de letras; pero usurpar un pacto de amor bajo la suela de un calcudito, ¿no es acaso el colmigo de la desvergüenza? La mariposa cruza el muro y hay oídos tras la ventana; los pétalos de loto se desprenden y caen al suelo sin dejar rastro. ¿Cómo no iban a surgir falsedades sobre falsedades, y quién creería en semejante cúmulo de agravios? Al desatarse la desgracia enviada por el cielo, los crueles grillos lo llevaron al borde de la muerte; al colmarse sus propias culpas, estuvo a punto de perder la cabeza de forma irremediable. Aquel cruzar muros y perforar rendijas ciertamente mancilla el bonete del erudito; pero cargar con la culpa ajena en lugar de otro hace verdaderamente insoportable su amargura. Conviene, por tanto, aligerar un tanto los azotes y palos para mitigar la miseria ya sufrida; y concederle provisionalmente las vestiduras azules para abrirle el camino hacia la renovación.
En cuanto a Mao Da: un bribón ruin y desvergonzado, un rufián del mercado. Al recibir la lanzadera arrojada por la vecina, su corazón lascivo no cesaba; al acechar al joven desbocado que entraba en el callejón, su astucia de bandido brotó de repente. Abrir la puerta al viento, feliz de emular los rastros del estudiante Zhang; mendigar agua al pasar por la taberna, soñando absurdamente con robar el perfume del funcionario Han. Quién iba a decir que su alma sería arrebatada por los cielos y su espíritu capturado por los fantasmas. Navegando a la deriva en una balsa de madera, penetró directo en el Palacio de Guanghan; bogando a ciegas en una barca de pescador, confundió el camino hacia la Fuente de los Neflows. El fuego de la pasión extinguió su llama y el mar del deseo levantó olas. Con el cuchillo en ristre y marchando al frente, arrojó a la rata sin importarle las consecuencias; acorralado el bandido sin ruta de escape, la liebre acosada despertó el instinto de la mordedura de retorno. Escalar el muro para entrar en una casa ajena solo buscaba que Zhang pagara con su corona lo que Li pedía prestado; arrebatar el arma dejando atrás un zapato bordado, hizo que el pez escapara de la red y el ánsar alzara el vuelo. ¿Cómo pudo un camino tan refinado engendrar semejante demonio maligno, y de dónde salió un espíritu tan nefasto en un lecho de ternura? ¡Córtesele de inmediato la cabeza para regocijo del corazón del pueblo!
En cuanto a Yanzhi: aún no ha recibido nombre de varón y ya ha alcanzado la edad de quince años. Como inmortal del Palacio de la Luna, por naturaleza le correspondería un esposo semejante al jade; y habiendo formado parte de la antigua compañía de las *Vestiduras de Arcoíris*, ¿qué temor habría de caberle de que faltara oro en su morada? Y sin embargo, conmovida por el *Guanju* en busca de una buena pareja, terminó deambulando por los sueños de la primavera; afligida por la poesía del ciruelo marchito en busca de un caballero bondadoso, su alma de doncella erró inquieta. Debido a que un solo hilo de apego la enredó, provocó que una multitud de demonios convergieran a la vez. Disputando la belleza de la mujer, temía perder a 'Yanzhi'; atrayendo el revoloteo de aves rapaces, ambas confiaron en el 'Halcón de Otoño'. Le arrancaron el gancho de loto, haciendo difícil preservar la fragilidad de su aroma; golpearon el umbral de hierro, rompiendo casi el jade de valor incalculable. Incrustar judías rojas en los dados hizo que el hueso del anhelo se convirtiera en la causa de la ruina; destruir los árboles centenarios a golpes de hacha convirtió al talento aborrecible en una verdadera fuente de desdichas. Manteniéndose pura y vigorosa, tuvo la fortuna de conservar la muralla blanca sin mácula; forcejeando amargamente entre cadenas, celebró que el brocado de seda pudiera cubrirla. Honro la resistencia que opuso al cruzar el umbral, propia de una amante de pulcra blancura; y al consumar su anhelo de arrojar frutas, cumplió con un acto de refinada elegancia. Alzo los ojos hacia el magistrado de este distrito para que actúe como vuestro casamentero».
Una vez concluido el pleito, la noticia corrió de boca en boca entre propios y extraños. Desde que el magistrado Wu condujo el interrogatorio, la joven supo por fin de la inocencia del estudiante E. Al encontrarse bajo los aleros del tribunal, se ruborizó con lágrimas en los ojos, pareciendo albergar palabras de dolor y afecto, aunque no se atrevía a pronunciarlas. El estudiante, conmovido por su afecto persistente, sentía hacia ella un amor extraordinariamente profundo; pero considerando al mismo tiempo que el origen de ella era humilde y que, al desfilar a diario ante el estrado del magistrado, había sido señalada y observada por millares de miradas, temía que si la tomaba por esposa se convirtiera en objeto de burla general, por lo que su mente bullía día y noche sin hallar sosiego. Una vez emitido el decreto judicial, su espíritu por fin cobró paz. El magistrado del distrito envió en su nombre los presentes de esponsales, acompañados de música de flautas y tambores.
El Historiador de lo Extraño comenta:
«¡Cuán grave es! ¡Cómo no se puede ser sumamente cauto al juzgar los litigios! Incluso logrando discernir que Li ocupó injustamente el lugar de otro, ¿quién se detiene a pensar que la caña de melocotón también sufrió una injusticia? Sin embargo, aunque los hechos permanezcan oscuros y velados, han de tener su fondo; y si no se recurre a una profunda reflexión e investigación escrupulosa, jamás podrán esclarecerse. ¡Ay! Todos admiran la perspicacia de los sabios al resolver los juicios, pero ignoran el amargo esfuerzo que un hábil artífice deposita en su labor. Los gobernantes de este mundo se pasan el día jugando al ajedrez y duermen envueltos en sus colchas de seda, sin dignarse jamás a fatigarse un instante por los sufrimientos y las dificultades del pueblo llano. ¡Y luego, cuando resuenan los tambores y se abre el tribunal, se sientan imponentes en lo alto, acallando las quejas de los demandantes a base de grilletes y cepos! ¿Qué tiene de extraño que bajo las vasijas invertidas abunden los agravios sepultados?».
El Maestro Yushan es mi respetado maestro. Cuando me otorgó su favor y reconocimiento, este humilde todavía era un muchacho. En secreto, le vi alentar a los eruditos candidatos con tal devoción y fervor que parecía temer siempre no haber hecho lo suficiente; si había alguna pequeña injusticia o agravio, él sin falta investigaba los pormenores para protegerlos y consolarlos, negándose por completo a usar su autoridad en las instituciones de enseñanza para adular a los poderosos de la corte. Era verdaderamente un defensor del sagrado Confucio, mucho más que un simple gran maestro de su generación, y al examinar los ensayos, jamás permitió que un talento genuino fuera agraviado. Su amor por el talento era tan intenso como su propia vida, algo a lo que los enviados de educación de épocas posteriores, que solo cumplían con las formalidades por compromiso, jamás podrían aspirar.
Cierto erudito de renombre entró a los exámenes y redactó un ensayo sobre el tema «El tesoro oculto surge», pero erróneamente escribió «bajo el agua». Se dio cuenta de su error justo después de terminar la copia y dio por sentado que no había forma de evitar el reproche y la expulsión. Compuso entonces una *ci* que decía:
> «El tesoro oculto está en los montes,
> mas por error lo situamos a la orilla del agua.
> Sobre la cima de la montaña se alza un palacio de cristal,
> los corales crecen en las puntas de los picos,
> y las perlas cuelgan de las copas de los árboles.
> ¡Esta vez, el barquero se ha despeñado en el acantilado!
> Ruego al cielo azul:
> dejad al menos un pequeño rastro
> para que los amigos puedan contemplarlo».
Cuando el Maestro leyó el ensayo hasta ese punto, lo armonizó con otra *ci* que decía:
> «El tesoro oculto exalta la montaña,
> de repente aparece a la orilla del agua.
> El leñador divaga con palabras de pescador.
> Aunque el tema fue errado, la prosa es excelente;
> ¿cómo podría dejarle por debajo de los demás?
> Bien es sabido que al escalar se temen los peligros;
> mas ¿cuándo se ha visto a un nadador ahogarse por saber del agua?».
Esto no es sino una muestra de su elegancia y refinamiento, y una prueba más de su profunda compasión por el talento.
A-Xian
Xi Shan era de Gaomi. Se dedicaba al comercio y las ventas, viajando habitualmente como huésped entre Meng y Yi. Un día, en el camino, se vio sorprendido por la lluvia. Cuando llegó al lugar donde solía hospedarse, ya era medianoche y llamó por todas partes a las puertas de la posada, pero no hubo quien respondiera. Mientras deambulaba bajo el corredor, de repente los dos batientes de la puerta se abrieron de par en par. Un anciano salió e hizo entrar al viajero. Shan, complacido, lo siguió. Amarró a su mula y entró como huésped. En la sala principal no había ni mesas ni lechos. El anciano dijo:
—Me compadezco de que el viajero no tenga dónde guarecerse, por lo que te alojo. En verdad no soy alguien que venda comida o sirva vino. En casa no hay muchas manos; solo tengo a mi anciana esposa y a una hija débil, que ya duermen profundamente. Aunque hay comida preparada, apenas tenemos con qué cocinar, así que no desprecies tomar algo frío.
Terminadas sus palabras, se retiró. Al poco rato, trajo una cama baja, la colocó en el suelo e instó al huésped a sentarse; luego volvió a entrar, cargando una mesita de patas cortas. Iba y venía con presteza, trotando con gran fatiga. Shan se levantó, sintiéndose muy incosteable, y le suplicó que descansara un momento.
Al poco tiempo, una joven salió a servir el vino. El anciano miró y dijo:
—Mi A-Xian ha despertado.
Al mirarla, vio que tendría unos dieciséis o diecisiete años, de esbelta y delicada esbeltez, con un encanto extraordinario. Shan tenía un hermano menor que aún no estaba casado y en secreto puso en él sus ojos. Por ello, le preguntó al anciano por su ilustre linaje y noble alcurnia. El anciano respondió:
—Mi nombre social es Shishu y mi apellido es Gu. Todos mis descendientes murieron a una edad temprana y solo me queda esta muchacha. Como no soportaba interrumpir su profundo sueño, supongo que su anciana madre la ha despertado.
Shan preguntó:
—¿De qué familia es el prometido?
Él respondió:
—Aún no está comprometida.
Shan se alegró en secreto. Poco después, una variedad de manjares fueron dispuestos, pareciendo preparados para el huésped. Una vez que terminó de comer, con profunda reverencia dijo:
—Siendo personas unidas por el azar del agua de la lenteja de agua, he recibido semejante favor y favor especial, el cual este humilde servidor no olvidará en lo que le queda de vida. Debido a la gran virtud del honorable anciano, me atrevo a expresar mi tosca petición: este humilde servidor tiene un hermano menor, Sanlang, que tiene diecisiete años. Se dedica al estudio en la escuela y no carece de juicio. Desearía buscar una alianza matrimonial, ¿no le parecerá esta familia demasiado pobre y humilde?
El anciano respondió con alegría:
—Este viejo, al estar aquí, también vive como expatriado. Si logro encomendarla, con que me prestes una pequeña vivienda podré mudar a mi familia y así librarme de esta constante preocupación.
Shan aceptó todo de inmediato, luego se levantó para inclinarse en señal de agradecimiento. El anciano lo acomodó con esmero y se retiró.
Una vez que cantó el gallo, el anciano ya había salido para llamar al huésped a lavarse y asearse. Cuando terminó de empaquetar su equipaje, le ofreció una compensación por la comida en monedas de oro, pero el anciano se negó rotundamente:
—El huésped se ha quedado a comer una vez; no hay razón alguna bajo el cielo para aceptar dinero, ¡cuánto menos si ahora estamos emparentados por matrimonio!
Tras la despedida, el huésped viajó durante más de un mes antes de regresar. A algo más de una li del pueblo, se encontró con una anciana que guiaba a una joven; ambas vestían ropas completamente blancas. Al acercarse, le pareció que era A-Xian. La joven también giró la cabeza para mirarlo repetidas veces, y tomando la manga de la anciana, le susurró algo al oído con palabras que no pudo distinguir. La anciana se detuvo entonces y le dijo a Shan:
—¿Cuál es el apellido del joven caballero?
Shan respondió con evasivas respetuosas. La anciana dijo con aire de aflicción:
—Desafortunadamente, el viejo fue aplastado por un muro derrumbado y hoy iremos a visitar su tumba. Como no queda nadie en casa, te ruego que esperes un momento al borde del camino; en breve regresaremos.
Dicho esto, se internaron en el bosque y solo un buen rato después regresaron. El camino ya estaba oscuro, por lo que continuaron juntos. Al hablar de su condición de huérfanas y desvalidas, no pudo evitar romper en sollozos lastimeros; Shan, al escucharlas, también sintió una profunda amargura y compasión. La anciana dijo:
—Los sentimientos de la gente en este lugar son de lo más injustos y malvados; es muy difícil para una viuda y una huérfana salir adelante. Ya que A-Xian ha de ser la esposa de vuestra casa, demorarse más por estos lares podría retrasar el tiempo propicio; es mejor que regresemos juntas esta misma noche.
Shan estuvo de acuerdo.
Una vez que llegaron a casa, la anciana encendió la lámpara para atender al huésped y le dijo a Shan:
—Pensando que el joven caballero llegaría pronto, el grano almacenado ya ha sido vendido; aún quedan más de veinte shipper, pero están muy lejos y no es posible traerlos. A cuatro o cinco li hacia el norte, en la primera puerta de la aldea, vive un tal Tan Erquan, que es el comprador de mi grano. No temas a la fatiga; lleva primero una carga en tu cabalgadura, golpea la puerta y avísale, diciendo tan solo que la vieja Gu del pueblo del sur tiene unas pocas fanegas de grano que desea vender para sufragar los gastos del viaje, y pídele por favor que envíe animales de carga para llevarlo todo junto.
De inmediato le entregó una bolsa de grano a Shan. Shan montó en su mula y partió. Al golpear la puerta, salió un hombre de vientre abultado a quien le explicó el motivo; vaciaron la bolsa y regresó primero. Al poco rato llegaron dos hombres con cinco mulas. La anciana guio a Shan hasta el grano, que se encontraba en una bodega subterránea. Shan bajó para palearlo y nivelarlo con la regla de medir; la madre lo despachaba y la hija lo recibía, y en un abrir y cerrar de ojos las cargas estuvieron listas, entregándolas para que partieran. Hicieron un total de cuatro viajes hasta que el grano se agotó por completo.
Luego, Shan le entregó oro a la anciana. La anciana retuvo a uno de los hombres con dos bestias de carga, preparó el equipaje y marchó hacia el este. Tras avanzar veinte li, el cielo comenzó a clarear. Al llegar a un mercado, alquiló una montura en la entrada y el sirviente de Tan pudo regresar.
De regreso en su hogar, Shan relató los hechos a sus padres. Al verse, se alegraron enormemente y de inmediato dispusieron otra residencia para alojar a la anciana, consultando los augurios para fijar un día auspicioso en el que Sanlang pudiera celebrar sus nupcias. La anciana preparó un ajuar de bodas sumamente completo.
A-Xian era de pocas palabras y rara vez se enojaba; cuando alguien le hablaba, solo esbozaba una leve sonrisa. Día y noche hilaba y tejía sin un solo instante de descanso, por lo que todos en la casa, de arriba abajo, la estimaban y querían con afecto. Ella le encomendó a Sanlang este recado:
—Dile a mi honorable cuñado mayor: cuando cruces nuevamente el camino del oeste, no menciones a mi honorable madre ni a mí.
Al transcurrir tres o cuatro años, la familia Xi se hizo cada vez más próspera y Sanlang ingresó como estudiante en la Academia Imperial.
Un día, Shan pernoctó en casa de un antiguo vecino de los Gu y casualmente mencionó el asunto de aquel año en que, al no tener dónde alojarse, había pedido hospitalidad a un anciano y a una anciana. El dueño de casa dijo:
—El huésped se equivoca. La casa del este es una propiedad secundaria del hermano mayor Bo. Hace tres años, quienes vivían allí presenciaban fenómenos extraños con frecuencia, por lo que ha estado abandonada y vacía durante muchísimo tiempo. ¿Qué anciano y qué anciana lo habrían hospedado?
Shan quedó sumamente extrañado, aunque no profundizó en el asunto. El dueño de casa añadió además:
—Esta residencia ha estado deshabitada durante diez años y nadie se atreve a entrar. Un día, el muro trasero de la propiedad se derrumbó; el hermano mayor Bo fue a inspeccionarlo y vio una rata gigantesca, del tamaño de un gato, aplastada bajo las piedras, con la cola todavía moviéndose hacia afuera. Regresó a toda prisa para llamar a los vecinos y acudir juntos, pero cuando llegaron, la criatura ya había desaparecido sin dejar rastro. Todos sospechan que ese ser era un demonio.
Diez días más tarde, volvió a presentarse a los exámenes, y de nuevo hubo silencio absoluto, sin rastro ni sonido alguno; pasado más de un año, por fin se establecieron vecinos en el lugar.» El viejo Shan se sintió aún más extrañado. Al volver a casa, conversó en privado con su esposa, sospechando en secreto que la nueva nuera no era un ser humano, y secretamente comenzó a preocuparse por Sanlang; pero Sanlang la amaba con la misma devoción de siempre. Con el tiempo, los miembros de la familia empezaron a murmurar y a sospechar los unos de los otros. La mujer, al percibirlo sutilmente, le dijo una noche a Sanlang:
—Tu humilde concubina te ha servido durante varios años, sin haber mancillado jamás el mérito de la virtud conyugal; mas hoy se me trata como a alguien que no merece ser contado entre los seres humanos. Te ruego que me otorgues una carta de divorcio y me permitas elegir a un buen compañero por mí misma.
Y al decirlo, se le cayeron las lágrimas. Sanlang respondió:
—Este pobre corazón tuyo, tan insignificante, es algo que he comprendido desde el principio. Desde que entraste en mi umbral, la hacienda familiar no ha hecho más que prosperar cada día, y todos atribuyen esta buena fortuna a tus virtudes. ¿Cómo podría haber opiniones encontradas?
La mujer replicó:
—Que no tengas un corazón doble, ¿cómo no iba a saberlo yo? Pero con tantas bocas murmurando en confusión, me temo que no podré evitar el destino del abanico de otoño al ser descartado.
Sanlang la consoló una y otra vez hasta que ella se calmó. Sin embargo, el viejo Shan no lograba tranquilizarse y cada día buscaba un gato experto en cazar para poner a prueba las intenciones de ella. Aunque la mujer no sentía temor, se mostraba oprimida y descontenta. Una noche, alegando que su anciana madre sufría de una ligera indisposición, se despidió de Sanlang para ir a cuidarla. Al amanecer, Sanlang fue a visitarla, pero la habitación ya estaba completamente vacía. Aterrorizado al extremo, envió a gente a buscarla por los cuatro caminos, sin que hubiera noticia alguna de ella. Con el espíritu inquieto y consumido, abandonó tanto el sueño como la comida. Su padre y su hermano, en cambio, lo consideraban una fortuna y se turnaban para consolarlo, dispuestos a buscarle una nueva esposa; pero Sanlang no mostraba alegría alguna.
Esperó un año más, y los rastros y noticias se habían extinguido por completo. Su padre y su hermano no dejaban de reprocharle y reprenderle, de modo que, sin más remedio, compraron una concubina con una gran suma de oro; no obstante, el anhelo de Ah-Xian no disminuyó. Pasaron otros años más, y la familia de la familia Xi se volvió cada vez más pobre, por lo que todos empezaron a añorar a Ah-Xian.
Tenía un tío menor llamado Lan que, por asuntos de negocios, viajó a Jiao y desvió su camino para pernoctar en la casa de un pariente político, el estudiante Lu. Por la noche, escuchó el llanto muy afligido de unos vecinos, sin tiempo aún para indagar al respecto. Una vez que regresó, volvió a oírlo, por lo que le preguntó al anfitrión. Este le respondió:
—Hace unos años, una viuda y una muchacha huérfana alquilaron una vivienda aquí. Hace un mes murió la anciana, y la joven vive sola, sin un solo pariente en este mundo, de ahí que su dolor sea tan profundo.
—¿Cuál es su apellido? —preguntó.
—De apellido Gu. Siempre han mantenido la puerta cerrada y no se relacionan con los vecinos del barrio, por lo que desconozco sus antecedentes familiares.
Lan exclamó asomado de asombro:
—¡Es mi cuñada!
Y de inmediato fue a llamar a la puerta. Alguien salió llorando y, desde el otro lado de la puerta, respondió:
—¿Qué clase de huésped es usted? En mi casa no hay hombres.
Lan miró a través de una rendija y, reconociéndola de lejos, vio que era efectivamente su cuñada. De inmediato dijo:
—Cuñada, abre la esclusa, soy tu sobrino A-Sui.
Al oírlo, la mujer quitó el cerrojo y lo hizo pasar, y le relató su soledad y amargura, con un semblante cargado de profunda tristeza y dolor. Lan le dijo:
—El tercer hermano la extraña con un sufrimiento terrible. Puesto que entre marido y mujer puede haber desavenencias, ¿por qué habías de huir tan lejos hasta este lugar?
Y de inmediato quiso alquilar una litera para regresar juntos. Con voz lastimera, la mujer exclamó:
—Debido a que las personas ya no me consideraban digna de ser contada entre los hombres, me oculté junto a mi madre; si ahora regreso para depender de los demás, ¿quién no me mirará con desprecio? Si deseas que vuelva, debe ser dividiendo la cocina con el hermano mayor; de lo contrario, ¡beberé la medicina de la leche para buscar la muerte!
Cuando Lan regresó, le informó de todo a Sanlang. Sanlang partió a galope tendido bajo la luz de las estrellas. Al encontrarse marido y mujer, ambos derramaron abundantes lágrimas. Al día siguiente, fueron a notificarlo al propietario de la casa. El propietario, el licenciado Xie, al haber vislumbrado la belleza de la mujer, albergaba la oscura intención de tomarla como concubina, por lo que durante varios años no le había cobrado el alquiler; con frecuencia le hacía insinuaciones veladas a la anciana, pero esta siempre las rechazaba. Muerta la anciana, Xie creyó con secreta alegría que podría actuar como casamentero, pero de pronto llegó Sanlang. Para retenerla, calculó la suma total del alquiler y les puso trabas. La familia de Sanlang nunca había sido próspera, y al oír que era una gran cantidad de oro, mostró una expresión de honda preocupación. La mujer dijo:
—No hay de qué preocuparse.
Y condujo a Sanlang a ver el granero, donde había almacenadas unas treinta cargas de grano, más que suficiente para pagar la deuda del alquiler. Sanlang se alegró enormemente y se lo comunicó a Xie. Xie se negó a aceptar el grano y exigió obstinadamente el oro. La mujer suspiró diciendo:
—¡Todo esto se debe a los malos karmas de esta concubina!
Y le reveló toda la verdad a Sanlang. Furioso, Sanlang se dispuso a presentar una demanda ante el magistrado del distrito. El clan Lu lo detuvo, distribuyó el grano entre los vecinos, reunió los fondos para pagarle a Xie y envió a ambos de regreso en un carruaje.
Sanlang informó fielmente a sus padres y se separó en hogares distintos de su hermano mayor. Ah-Xian sacó oro privado y todos los días construía graneros, a pesar de que en la casa no había ni una medida de arroz; todos se maravillaban ante ello. Pasado más de un año, al inspeccionarlo, los graneros estaban abarrotados. En pocos años, la familia se hizo inmensamente rica, mientras que el viejo Shan sufría en la pobreza. La mujer hizo que su suegro y su suegra se mudaran a vivir con ella para atenderlos personalmente, y constantemente socorría a su hermano mayor con oro y grano, hasta que esto se volvió una costumbre aceptada. Sanlang, complacido, dijo:
—Podría decirse que al fin no guardas rencor por las ofensas del pasado.
La mujer respondió:
—Él simplemente es muy aficionado a su hermano menor. Además, si no hubiera sido por él, ¿cómo habría tenido la oportunidad de conocer a Sanlang?
A partir de entonces, no hubo ningún otro acontecimiento extraño.
Ruiyun
Ruiyun era una famosa cortesana de Hangzhou, sin igual en belleza y talento. A la edad de catorce años, su madre, la anciana Cai, se disponía a hacerla debutar para recibir a los clientes. Ruiyun le advirtió: «Este es el comienzo del viaje de toda mi vida, no debe tomarse a la ligera. El precio lo fijará madre, pero en cuanto a los clientes, permítame elegir por mí misma». La anciana respondió: «De acuerdo». Así, fijaron el precio en quince de oro y comenzó a recibir visitas a diario. Los clientes que solicitaban verla debían presentar obligatoriamente un obsequio de presentación: los de obsequios generosos jugaban una partida de ajedrez y recibían una pintura; los de obsequios modestos solo se quedaban a tomar una taza de té. La fama de Ruiyun ya hacía tiempo que resonaba, por lo que, desde entonces, ricos mercaderes y nobles acudían a diario a su puerta.
El erudito He, de Yuhang, era famoso por su talento desde su juventud, aunque su familia poseía apenas recursos medianos. Admiraba a Ruiyun desde hacía mucho tiempo y, aunque no se atrevía a abrigar sueños de uniones de mandarines, aun así agotó sus modestos ahorros en un regalo con la esperanza de poder contemplar su fragante gracia. Temía en secreto que, al haber visto a tantos hombres, ella no prestara atención a un erudito empobrecido; pero al llegar el momento de conocerse y conversar, la acogida fue sumamente cordial. Estuvieron sentados conversando largo rato y las cejas y los ojos de ella bullían de afecto. Ella le compuso un poema y se lo regaló:
«¿Por qué buscas al aguador,
tocando al alba la puerta de Lanqiao?
Si tienes la intención de buscar el mazo de jade,
debe de estar solo en el mundo de los hombres».
El erudito, al recibirlo, enloqueció de alegría y quiso decir algo más, cuando de repente una pequeña doncella se acercó para anunciar: «Ha llegado un cliente». El erudito, preso de la prisa, tuvo que despedirse. Tras regresar, recitaba y saboreaba el poema una y otra vez, con el alma y los sueños atrapados en un torbellino. Pasados uno o dos días, incapaz de contener sus sentimientos, preparó otro presente y regresó. Ruiyun lo recibió con gran alegría. Acercó su asiento al del erudito y le dijo en voz baja: «¿Podrías planear una noche de unión?». El erudito respondió: «Un hombre en la miseria solo tiene un amor ciego que ofrecer a su alma gemela. El más leve de los obsequios ya ha agotado mis escasas fuerzas. Con poder acercarme a tu fragante rostro, mi deseo ya está satisfecho; en cuanto a la intimidad de la carne, ¿cómo me atrevería a albergar tal sueño?». Al oír esto, Ruiyun se entristeció y perdió el ánimo; se quedaron sentados el uno frente al otro sin pronunciar una sola palabra. Como el erudito se demoraba y no salía, la anciana llamó a Ruiyun repetidas veces para apresurarla, y el erudito acabó por marcharse.
Su corazón estaba sumamente apesadumbrado. Pensaba en agotar los bienes de su familia para comprar una sola noche de alegría, pero una vez pasada la madrugada tendría que despedirse: ¿cómo podría soportar semejante sentimiento? Al reflexionar sobre esto, sus ardientes deseos se desvanecieron por completo y, desde entonces, las noticias y los mensajes cesaron por completo.
Ruiyun eligió pretendientes durante varios meses, pero no pudo encontrar ni uno solo adecuado. La anciana estaba muy irritada y se disponía a casarla por la fuerza, aunque aún no lo había llevado a cabo. Un día, un letrado se presentó con un obsequio, se sentó a charlar un breve momento y luego se levantó. Presionando la frente de la joven con un dedo, exclamó: «¡Qué desperdicio, qué desperdicio!», y se marchó. Cuando Ruiyun regresó tras despedir al huésped, ambos miraron la frente y vieron que tenía la marca de un dedo, tan negra como la tinta, que al lavarla se hacía aún más real. Pasados unos días, la mancha de tinta se fue ensanchando poco a poco; al cabo de más de un año, se había extendido desde los pómulos hasta la punta de la nariz. Quienes la veían no podían evitar reírse, y las huellas de carruajes y caballos en su puerta cesaron por completo. La anciana la despojó de sus adornos y afeites, y la puso a trabajar junto a las sirvientas. Ruiyun, que además era delicada y enfermiza, no soportaba las tareas que le imponían, por lo que cada vez se marchitaba más.
El erudito He se enteró y pasó por allí; la vio en la cocina con el cabello desgreñado, con un aspecto tan feo que parecía un fantasma. Al levantar la cabeza y ver al erudito, ella giró el rostro hacia la pared para ocultarse. He sintió compasión por ella, habló con la anciana y manifestó su deseo de redimirla para hacerla su esposa. La anciana accedió. He vendió sus tierras, vació sus arcas, la compró y la llevó a su casa. Al cruzar la puerta, ella tiró de sus ropas y derramó lágrimas, sin atreverse siquiera a ocupar el puesto de esposa legítima, deseando prepararse como concubina a la espera de quien pudiera venir después. He dijo: «Lo que el hombre valora es el alma gemela: cuando mi estimada dama se hallaba en su plenitud ya fuiste capaz de reconocerme, ¿cómo iba yo a olvidarte ahora por causa de tu decadencia?». Y así, no volvió a tomar otra esposa. Quienes se enteraron se burlaron de él a coro, pero el afecto del erudito se hizo aún más devoto.
Tras vivir juntos más de un año, He viajó casualmente a Suzhou. Coincidió en la misma posada con un erudito apellidado He, quien de repente le preguntó: «Hay una famosa cortesana en Hangzhou llamada Ruiyun, ¿cómo le va últimamente?». El erudito He respondió con un: «Se ha casado». El otro preguntó de nuevo: «¿Con quién?». Respondió: «Su esposo es alguien común, comparable a este servidor». El otro erudito comentó: «Si es alguien como usted, bien puede decirse que ha encontrado un buen partido. No sé cuánto habrá costado». He dijo: «Debido a una extraña enfermedad, la vendieron a bajo precio. Si no fuera así, alguien como yo, ¿cómo podría comprar una belleza en las casas de placer?». El otro preguntó de nuevo: «¿Su marido es realmente como usted?». Como He notó que la pregunta era extraña, le devolvió la pregunta. El otro sonó divertido y dijo: «Para no engañarle: en el pasado tuve ocasión de contemplar su fragante semblante, y me dolió mucho que un rostro de belleza sin par anduviera errante y sin destino. Por eso utilicé una pequeña técnica para oscurecer su brillo y preservar su jade puro, reservándola para la verdadera mirada de alguien que sabe apreciar el talento».
He, con urgencia, le preguntó: «Si usted pudo mancharla, ¿también puede purificarla?». El otro sonó divertido y replicó: «¿Cómo no iba a poder? ¡Solo hace falta que alguien se lo pida con sincera devoción!». He se levantó e hizo una reverencia diciendo: «El esposo de Ruiyun no es otro que este servidor». El otro exclamó encantado: «En el mundo, solo los verdaderos hombres de talento son capaces de un profundo amor, sin cambiar de parecer por la hermosura o la fealdad. Le ruego que me acompañe a su hogar y le obsequiaré una bella mujer». De inmediato, regresaron juntos.
Una vez allí, He se disponía a ordenar que sirvieran vino, pero el otro lo detuvo diciendo: «Primero apliquemos mi método; debemos lograr que quien prepare el banquete sienta alegría en el corazón». Ordenó de inmediato que trajeran un recipiente con agua, señaló con los dedos en forma de espada sobre el agua y escribió unas palabras, diciendo: «Lávasela con esto y sanará de inmediato. Pero es necesario que ella salga en persona a agradecer al médico». He, riendo, tomó el recipiente y se marchó a toda prisa, esperando de pie a que Ruiyun se lavara el rostro por sí misma. Al instante, su piel quedó radiante y limpia, tan bella y deslumbrante como antaño.
Ambos esposos le guardaron gratitud y salieron juntos a expresar sus agradecimientos, pero el huésped ya se había desvanecido; lo buscaron por todas partes sin poder hallarlo. ¿Habría sido acaso un inmortal?
*Qiu Danniang*
Qiu Zhong era natural de Jin, aunque se ha olvidado su distrito natal. Durante una época de gran turbulencia, fue capturado por los bandidos. Sus dos hijos, Fu y Lu, eran ambos muy pequeños; su segunda esposa, de apellido Shao, cuidaba de los dos huérfanos, y los bienes que les habían dejado bastaban para asegurarles abrigo y sustento. Sin embargo, año tras año se sucedían las calamidades, y los poderosos y prepotentes volvían a oprimirlos y hostigarlos, al punto de que ya no tenían paz ni para comer ni para descansar. El tío de Qiu Zhong, Qiu Shanglian, codiciaba la dote de la mujer para casarla de nuevo y la instaba una y otra vez a tomar tal decisión, mas la señora Shao se mantuvo firme en su propósito y jamás cedió. Lian había concertado secretamente un acuerdo con una familia influyente para arrebatársela a la fuerza; el complot ya estaba urdido, aunque los demás lo ignoraban por completo.
Un lugareño llamado Wei Ming, astuto y taimado desde antiguo, mantenía una enemistad arraigada con la familia de Qiu y buscaba siempre la ocasión de perjudicarlos y difamarlos. Al ver a la señora Shao viuda, inventó calumnias para desacreditarla y humillarla. La familia influyente, al enterarse, desaprobó semejante falta de virtud y desistió de sus planes. Con el tiempo, tanto las maquinaciones secretas de Lian como los rumores maliciosos que corrían por fuera llegaron a oídos de la señora Shao; la injusticia caló hondo en su pecho, derramando lágrimas noche y día, hasta que sus extremidades perdieron la sensibilidad y quedó postrada en el lecho.
Fu apenas tenía dieciséis años, y como no había nadie que se ocupara de la costura y los Kueh-kueh domésticos, se apresuró a casarlo. La esposa era hija del erudito Jiang Qizhan, una joven ponderada por su virtud y capacidad, de cuya gestión dependían todas las tareas del hogar. Gracias a ello, la situación comenzó a desahogarse poco a poco, y entonces hicieron que Lu estudiara con un maestro.
Wei le guardaba envidia y rencor, pero exteriormente fingía llevarse bien con él; invitaba a menudo a Fu a beber y este llegó a considerarlo su confidente más íntimo. Aprovechando una oportunidad, Wei le dijo:
—Tu respetable madre está postrada y enferma, incapaz de administrar el patrimonio familiar; tu hermano menor se sienta a comer sin mover un dedo. ¡Qué necesidad tienen ustedes, un matrimonio tan capaz, de trabajar como bueyes y caballos! Además, la esposa que has comprado te costará una gran fortuna. Si me pides consejo, lo mejor sería que te separaras cuanto antes; así la pobreza recaerá sobre tu hermano y la riqueza será para ti.
Fu regresó a casa y lo consultó con su esposa, quien lo reprendió severamente. No obstante, como Wei insistía día tras día con sus insinuaciones sutiles, Fu terminó por confundirse y le confesó directamente sus intenciones a su madre. La madre, montada en cólera, lo injurió y reprendió ásperamente. Fu se sintió aún más ofendido y, considerando el grano y las riquezas como si pertenecieran a extraños, comenzó a dilapidarlos y abandonarlos. Wei aprovechó la ocasión para tentarlo con los juegos de azar y las apuestas, de modo que las reservas de grano del granero se fueron agotando. La esposa lo supo, pero no se atrevió a decir nada.
Cuando las provisiones se agotaron por completo, la madre, aterrorizada, le exigió una explicación, y a Fu no le quedó más remedio que confesar la verdad. Incapaz de contener su furia y sin poder hacer ya nada, la madre accedió a la separación de bienes. Por fortuna, la hija de la familia Jiang era virtuosa y, de la mañana a la noche, encendía el fuego y cocinaba para su suegra, sirviéndola con la misma devoción que en los días ordinarios.
Una vez consumada la división, Fu se libró de todo freno y se entregó por completo a la lujuria y al juego. En pocos meses, todas las tierras y propiedades familiares se habían perdido para pagar las deudas de juego, sin que su madre ni su esposa llegaran a enterarse.
Cuando las arcas de Fu quedaron vacías y ya no supo qué recurso tomar, ideó entregar a su esposa como garantía a cambio de dinero, pero no encontraba a nadie dispuesto a aceptarla. Un hombre de la comarca apodado Zhao el «Yama de los Diez Infiernos», un gran bandido que había logrado escapar de la justicia y dominaba con mano de hierro toda la región, no temía en absoluto que Fu faltara a su palabra y le prestó el dinero con generosidad. Fu se llevó la suma, pero a los pocos días volvió a vaciarlas. Aturdido y vacilante, estuvo a punto de quebrantar el pacto firmado. Zhao lo miró con furia y le echó en cara su traición. Fu, presa de un pánico atroz, engañó a su esposa y la entregó en sus manos.
Al enterarse, Wei sintió un gozo malicioso y corrió a darle la noticia a la señorita Jiang, buscando precipitar la ruina definitiva de la familia Qiu. La esposa, llena de ira, entabló una demanda. Fu, aterrorizado, huyó del lugar.
Cuando la hija de los Jiang llegó a casa de Zhao y comprendió que había sido vendida por su propio esposo, rompió en amargo llanto y solo deseaba la muerte. Al principio, Zhao intentó consolarla con buenas palabras, pero ella no quiso escuchar; luego, al verla reacia, comenzó a amenazarla con violencia, ante lo cual ella lo colmó de insultos con mayor vehemencia. Encolerizado, Zhao ordenó azotarla, mas ella jamás se rindió ni dobló la rodilla. Tomando su propia horquilla para el cabello, se la clavó en la garganta. Intentaron socorrerla de inmediato, pero la herida ya le había atravesado el esófago y la sangre brotaba a chorros. Zhao, con presteza, le ató el cuello con una tira de seda, albergando aún la esperanza de doblegarla y quebrantar su espíritu.
Al día siguiente, la citación oficial ya había llegado, pero Zhao marchaba con paso firme sin darle la menor importancia. El magistrado examinó la gravedad de las heridas de la mujer y ordenó que se castigara a Zhao con cañas, mas los alguaciles se miraban unos a otros sin que ninguno se atreviera a aplicar el castigo. El magistrado, que desde hacía tiempo conocía su tiranía y brutalidad, terminó por convencerse al ver aquello; montó en cólera, mandó sacar a los sirvientes del acusado y lo ejecutó allí mismo. La señorita Jiang mandó entonces que trasladaran el cuerpo de su nuera de vuelta a casa.
Desde el momento en que se inició la demanda, la señora Shao supo de la infamia y la ruina de Fu; lanzó un grito desgarrador que casi le arranca la vida y cayó en un estado de inconsciencia y agonía profunda. Por entonces, Lu tenía quince años y se encontraba completamente desamparado, sin saber cómo valerse por sí mismo.
Antaño, Qiu Zhong había tenido una hija de su primer matrimonio, Damang, casada en un condado lejano y de carácter fiero e implacable. Cada vez que regresaba a visitar a sus padres, si los obsequios no cumplían con sus expectativas, mostraba su descontento y contrariaba a sus progenitores, marchándose a menudo llena de ira. Por esta razón, Qiu Zhong le había tomado ojeriza y rencor; y debido a la gran distancia, hacía ya varios años que no se dignaba a visitarlos ni a enviarles saludos.
Estando la señora Shao al borde de la muerte, Wei quiso hacerla venir para desencadenar un nuevo conflicto. Coincidió que un buhonero era del mismo lugar que Damang, por lo que le encomendó un recado para ella, tentándola con los bienes que aún se podían disputar en la casa.
A los pocos días, Damang llegó efectivamente en compañía de su hijo menor. Al cruzar el umbral y ver al pequeño hermano cuidando a su madre enferma en medio de un escenario tan desolador, sintió una profunda compasión en las entrañas. Preguntó por su hermano Fu, y Lu le relató todo lo acontecido. Al escucharlo, una furia sorda le ahogó la garganta y exclamó:
—¡Con que no hay ningún hombre en la casa y por eso han dejado que cualquiera los pisotee hasta este extremo! ¡Nuestras tierras y propiedades no van a quedar en manos de un atajo de ladrones!
Dicho esto, se adentró en la cocina, encendió el fuego para preparar gachas, se las ofreció primero a su madre y luego llamó a su hermano y a su hijo para que comieran con ella. Una vez terminada la comida, salió llena de ira, se presentó ante el tribunal del distrito y entabló una demanda contra los tahúres. Los malhechores, temerosos, reunieron una suma de dinero para sobornar a Damang. No obstante, Damang aceptó el oro y, aun así, mantuvo la acusación.
El magistrado del distrito mandó detener a los implicados y les impuso una paliza a cada uno, aunque dejó de lado el asunto de las tierras y las propiedades sin pronunciarse sobre ellas. Indignada por aquello, Damang condujo a su hijo ante la superioridad de la prefectura. El prefecto aborrecía profundamente a los tahúres. Damang expuso con firmeza y elocuencia su difícil situación de orfandad y desamparo, así como las maquinaciones y engaños de los rufianes, pronunciando palabras de gran nobleza y ardor. Conmovido por su relato, el prefecto dictó sentencia ordenando al magistrado local que recuperara las tierras y se las devolviera a sus legítimos dueños, castigando además a Qiu Fu como escarmiento para los descarriados.
A su regreso, el magistrado del distrito cumplió la orden y aplicó los castigos con rigor, de modo que todo el patrimonio ancestral fue recuperado por completo. Damang, que viuda desde hacía tiempo, envió a su hijo menor de regreso a su hogar y le encomendó que se aplicara al trabajo y a sus ocupaciones sin volver a desatenderlos. Desde entonces, Damang se estableció en la casa materna, cuidando de su madre y educando a su hermano menor, de modo que el orden quedó restablecido tanto dentro como fuera del hogar.
La madre se consoló enormemente, su enfermedad sanó gradualmente y todos los asuntos del hogar fueron confiados a la Dama Mayor. Los hombres violentos y prepotentes de la aldea, al ver su juventud, intentaban ultrajarla e intimidarla; pero ella, con el sable en mano, se presentaba en su puerta, discutiendo con firmeza y elocuencia, sin que hubiera uno que no terminara por doblegarse. Tras transcurrir poco más de un año, sus propiedades rurales aumentaban cada día. A menudo compraba medicinas y manjares exquisitos para enviárselos como obsequios a la doncella Jiang. Viendo también que Lu crecía y maduraba, le pedía frecuentemente a las celestinas que le buscaran un buen matrimonio. Wei le decía a la gente: «Las propiedades de la familia enemiga pertenecen todas a la Dama Mayor; temo que en el futuro no se podrán recuperar». Todos le creían, por lo que nadie estaba dispuesto a hablar de bodas con ellos.
Había un joven noble llamado Fan Ziwen, cuyo jardín familiar era proclamado el primero de la prefectura. En el jardín, flores famosas bordeaban los caminos, conduciendo directamente a las habitaciones interiores. Ocurría a veces que alguien, por ignorancia, entraba por error, y al coincidir con un banquete privado del joven noble, este, furioso, lo mandaba apresar como ladrón y azotar casi hasta la muerte.
Coincidiendo con la festividad de Qingming, Lu regresó de la escuela privada, y Wei lo invitó a dar un paseo, llegando finalmente a los terrenos del jardín. Wei, que antiguamente tenía amistad con el jardinero, hizo que lo dejaran entrar, recorriendo ambos los pabellones y terrazas. De pronto llegaron a un lugar donde las aguas de un arroyo corrían con fuerza; había un puente pintado con barandillas bermejas que conducía a una puerta lacada en negro. A lo lejos, al mirar dentro de la puerta, las flores se veían tupidas como brocado; aquel era, sin duda, el recintos interior del joven noble. Wei engañó a Lu diciendo: «Por favor, entra primero; yo necesito atender una necesidad personal en este instante». Lu le creyó, cruzó el puente y entró por la puerta, llegando a un patio donde escuchó la risa de unas mujeres. Justo cuando se detenía, una criada salió, lo escudriñó con la mirada y, dando media vuelta, regresó corriendo. Aterrorizado, Lu echó a correr.
Al poco tiempo salió el joven noble, quien, a gritos, ordenó a sus sirvientes que lo persiguieran con sogas. Lu, sumamente desconcertado, se arrojó al arroyo. El joven noble, lejos de enojarse, soltó una risa y ordenó a los criados que lo sacaran. Al ver que sus ropas y su semblante eran refinados y distinguidos, mandó que le cambiaran la ropa y el calzado, y lo arrastró hasta un pabellón para interrogarlo sobre su apellido y linaje. Su expresión era amable y sus palabras templadas, mostrando una intención de gran familiaridad. Al poco rato, entró presuroso a los aposentos interiores; al salir enseguida, le tomó la mano sonriendo, cruzó el puente y regresaron poco a poco al lugar de antes.
Lu no comprendía el significado de aquello y, vacilante, no se atrevía a entrar. El joven noble lo arrastró a la fuerza hacia el interior, y al mirar a través de un seto de flores, vio vagamente a una bella mujer que los espiaba. Una vez sentados, un grupo de sirvientas comenzó a servir el vino. Lu declinó el ofrecimiento diciendo: «Este muchacho, en su ignorancia, ha pisado por error los aposentos privados. Haber obtenido el perdón ya supera con creces lo esperado. Tan solo deseo que se me permita marchar pronto a casa; la gracia recibida no es menor». El joven noble no hizo caso. Al poco rato, los platos de carne asada y manjares se multiplicaron. Lu volvió a levantarse, excusándose diciendo que estaba harto y borracho; el joven noble lo obligó a sentarse y, sonriendo, le dijo: «Este servidor posee un pareado con nombre de toque musical; si eres capaz de darle una contraparte, dejaré que te marches». Lu, obediente, pidió que le fuera enseñado. El joven noble recitó:
—El toque musical: "En nada se parece".
Lu reflexionó en silencio durante un largo rato y respondió:
—La plata se vuelve: "No hay más remedio".
El joven noble soltó una gran carcajada y exclamó:
¡Eres un verdadero Shi Chong!
Lu no entendía nada en absoluto. Ocurría que el joven noble tenía una hija llamada Huiniang, hermosa y culta, para quien cada día elegía un buen partido. La noche anterior, había soñado que alguien le decía: «Shi Chong será tu yerno». Al preguntar: «¿Dónde está?», la voz respondió: «Mañana caerá al agua». Por la mañana se lo había contado a sus padres, y ambos lo consideraron un presagio extraordinario. Lu había coincidido exactamente con la señal del sueño, por lo que lo habían invitado al interior de la mansión para que la señora y las mujeres pudieran observarlo furtivamente.
Al escuchar la réplica, el joven noble se alegró enormemente y dijo:
—El título de este toque fue compuesto por mi pequeña hija, y aunque lo había pensado muchas veces, no encontraba su pareja. Ahora que ha hallado su correspondencia, es sin duda una afinidad predestinada. Deseo ofrecer a mi humilde hija para que te sirva con escoba y plumero; nuestra modesta casa no carece de mansiones, así que no habrá necesidad de que acudas a recibir a la novia en persona.
Lu, azorado, declinó el ofrecimiento con humildad, poniendo como excusa que la enfermedad de su madre le impedía convertirse en yerno residente. El joven noble le permitió regresar para consultarlo, y envió a un caballerizo a cargar con su ropa mojada, despidiéndolo a caballo.
Una vez de regreso, se lo contó a su madre, y esta se aterrorizó, tomándolo por un mal presagio. Solo entonces comprendieron cuán taimada era la mujer Wei; sin embargo, como de la desgracia había surgido la fortuna, decidieron no guardarle rencor, limitándose a advertir al joven que se alejara por completo de ella.
Transcurridos varios días, el joven noble volvió a enviar a alguien para transmitirle sus respetos a la madre, pero esta no se atrevió a responder. La Dama Mayor tomó la iniciativa de aceptar, y de inmediato encargó a dos celestinas que llevaran los presentes de compromiso. Poco tiempo después, Lu se instaló como yerno en la casa del joven noble.
Pasado poco más de un año, aprobó los exámenes preliminares y su fama literaria resonaba por todas partes. Como el hermano menor de su esposa iba creciendo, el respeto que le mostraban disminuyó un tanto; airado, Lu tomó a su esposa y regresó a su hogar. Su madre ya podía caminar tras haberse recuperado de los azotes. Durante varios años habían dependido de la gestión de la Dama Mayor, por lo que la residencia se encontraba bastante bien conservada. Una vez que la nueva esposa hubo llegado, con criados y sirvientas abundantes como nubes, el lugar adquiría la auténtica apariencia y distinción de una gran familia.
Al verse una vez más rechazada, la envidia de Wei se hizo aún más profunda, y lamentando no hallar ninguna mancha que explotar, indujo a un desertor de las banderas militares a difamar a Lu, acusándolo de ocultar bienes y riquezas ajenas. En los inicios de la dinastía, las leyes eran sumamente severas, y Lu fue condenado por decreto a ser exiliado más allá de la Gran Muralla. El joven noble realizó sobornos e gestiones en todas las instancias, logrando únicamente que Huiniang se librara del destierro; todas las tierras y propiedades fueron confiscadas por el tribunal. Por fortuna, la Dama Mayor poseía la escritura de división de bienes, por lo que se presentó con resolución a reclamar y defender el caso; las extensas y fértiles tierras recién adquiridas, que abarcaban varias centenas de *mu*, fueron puestas a nombre de Fu, permitiendo que la madre y la hija pudieran al fin vivir en paz.
Dando por sentado que no regresaría jamás, Lu redactó un documento de divorcio y se lo entregó a su familia política, partiendo en absoluta soledad y desamparo. Tras caminar varios días, llegó al norte de la capital y se detuvo a comer en una posada. Había un mendigo que merodeaba ansioso en el exterior, cuyo rostro era exactamente idéntico al de su hermano; al acercarse para interrogarlo, descubrió que en efecto era su hermano. Lu le narró entonces su propia historia, y ambos hermanos se sumieron en un doloroso luto de lágrimas. Lu se quitó la ropa de abrigo que llevaba debajo, le entregó varias piezas de plata y le indicó que regresara a casa. Fu aceptó el dinero entre lágrimas y se despidió.
Cuando Lu llegó más allá de la frontera, fue asignado como esclavo bajo el pabellón de un general. Debido a su naturaleza delicada y culta, se le encomendó llevar los registros militares, compartiendo habitáculo y reposo con los demás sirvientes. Los criados le interrogaron sobre su linaje y familia, y Lu se lo contó todo detalladamente. Uno de ellos exclamó con asombro:
—¡Este es mi hijo!
Resultaba que el padre, Qiu Zhongchu, había sido pastor de caballos para una familia de bandoleros; más tarde, cuando los bandoleros se rindieron al nuevo régimen, Zhong fue vendido bajo las banderas y desde entonces había servido siguiendo a su amo en las guarniciones de la frontera. Al relatarle los hechos a Lu punto por punto, comprendieron al fin que eran verdaderamente padre e hijo; se abrazaron llorando con desconsuelo, y toda la estancia se llenó de un amargo dolor.
Al poco tiempo, montando en cólera, dijo: «¡Qué clase de rufián ha huido al este, para venir a embaucar a mi hijo!», y llorando fue a contárselo al general. El general ordenó de inmediato a Lu que tomara el cargo de secretario y enviara una carta sellada al príncipe de la sangre, encargando a Zhong que la llevara a la capital. Cuando Zhong supo que el carruaje imperial iba a salir, presentó primero un escrito de agravios. El príncipe intercedió con tacto a su favor, logrando así que se le absolviera, y se ordenó a las autoridades locales que rescataran sus propiedades para devolvérselas al ofendido. Cuando Zhong regresó, padre e hijo se alegraron enormemente. Lu preguntó detalladamente por los miembros de la familia con la intención de rescatarlos, y así supo que Zhong había ingresado en las Banderas, habiendo cambiado dos veces de destino militar sin dejar descendencia, y que en ese momento se encontraba viudo. Lu preparó entonces su equipaje para regresar.
Al principio, cuando Fu se había separado de su hermano para volver a casa, se postró y se entregó por propia voluntad. La Gran Dama, sentada en la sala principal con su madre al lado, tomó un bastón y le preguntó: «Si estás dispuesto a recibir los azotes, puedes quedarte un tiempo; de lo contrario, como tus tierras y bienes se han agotado, tampoco hay aquí un lugar donde puedas ganarte el sustento; te ruego que te marches por donde viniste». Fu cayó al suelo llorando copiosamente, expresando su deseo de recibir la paliza. La Gran Dama arrojó el bastón y dijo: «Un hombre que vende a su esposa tampoco merece gran castigo. Pero como la causa pendiente aún no se ha zanjado, basta con que vuelvas a cometer un delito para que te denuncie ante los magistrados». De inmediato envió a alguien a avisar a la familia Jiang, pero la hija de los Jiang la maldijo diciendo: «¿Qué clase de pariente soy yo del clan Qiu para ir a denunciarlo?». La Gran Dama le reprochó repetidamente a Fu su conducta y se burló de él, de modo que este, avergonzado, ni siquiera se atrevía a respirar.
Medio año después, aunque la Gran Dama le proveía de todo lo necesario con generosidad, lo trataba como a un sirviente de caballeriza. Fu trabajaba sin pronunciar una sola palabra de queja, y cuando le encargaban asuntos de dinero, jamás obraba con negligencia. Al ver la Gran Dama que no tramaba nada malo, se lo comunicó a su madre y le suplicó que permitiera el regreso de la hija de los Jiang. La madre creía que aquello ya no se podía enmendar. La Gran Dama replicó: «No es así. Si ella hubiera estado dispuesta a servir a dos amos, ¿cómo habría soportado sufrir tales tormentos por propia voluntad? Lo que ocurre es que no puede evitar albergar ese profundo resentimiento».
Entonces, guiando a su hermano menor, fue en persona a presentarse cargada con espinas a modo de disculpa. Los suegros los reprendieron con suma severidad. La Gran Dama ordenó a su hermano que se arrodillara por un buen rato y después pidió ver a la hija de los Jiang. Se lo suplicó hasta en cuatro ocasiones, pero ella se obstinaba en esconderse y no salía; la Gran Dama tuvo que buscarla y sacarla a la fuerza. La mujer entonces señaló a Fu y lo cubrió de insultos y salivazos, mientras Fu, bañado en un sudor de vergüenza, sentía que no tenía dónde esconderse. Fue entonces cuando la madre de la señora Jiang la hizo levantarse a la fuerza. La Gran Dama le preguntó por la fecha de su regreso. La mujer respondió: «En el pasado recibí muchísimos favores de mi hermana, y ahora que acepto vuestros respetables deseos, ¿cómo podría tener otra opinión? ¡Tan solo temo que no se pueda garantizar que no vuelva a venderme! Además, dado que los lazos de afecto y deber se han roto por completo, ¿con qué cara voy a compartir la vida con un sinvergüenza de corazón negro? Os ruego que me preparéis otra habitación aparte; iré a servir a mi anciana madre, lo cual es preferible a raparme la cabeza para hacerme monja».
La Gran Dama intercedió por su arrepentimiento y acordaron una cita para el día siguiente antes de despedirse. A la mañana siguiente la fue a buscar en una litera para traerla de vuelta, y la madre la recibió en la puerta con una reverencia de rodillas. La mujer se postró en el suelo y rompió a llorar amargamente. La Gran Dama la consoló para que se detuviera, dispuso un banquete para celebrar el reencuentro y, pidiendo a Fu que se sentara a un lado de la mesa, tomó la copa de vino y dijo: «Mi empeño en disputar esto no ha sido por beneficio propio. Ahora que mi hermano se ha arrepentido y la virtuosa esposa ha regresado, os ruego que entreguéis los registros de la casa; yo vine con mi propio cuerpo, y con mi propio cuerpo me iré». Esposo y esposa se levantaron de la mesa con el rostro mudado, se postraron con reverencias y lloraron con desconsuelo; solo entonces se detuvo la Gran Dama.
Transcurrido poco tiempo, se emitió la orden de rehabilitación, y a los pocos días todas las tierras y residencias fueron devueltas a sus antiguos dueños. El señor Wei quedó aterrorizado, sin comprender el motivo, y se lamentaba en su interior de no tener ningún ardid con el que volver a perjudicarlos. Ocurrió que en el vecindario del oeste se desató un incendio provocado por el dios del fuego; Wei fingió acudir a socorrer el siniestro y, aprovechando la confusión, prendió fuego en secreto a la mansión de Lu con haces de paja; sopló un viento repentino y violento, haciendo que las llamas se extendieran hasta devorar casi todo el lugar, salvo dos o tres habitaciones donde habitaba Fu, y toda la familia se hacinó en su interior para refugiarse.
Poco después llegó Lu, y al verse se fundieron en un abrazo de alegría y dolor. Al principio, el joven maestro Fan, al recibir la carta de ruptura, se la llevó a Shang Huiniang. Huiniang rompió a llorar con desconsuelo, hizo jirones la carta y la arrojó al suelo. Su padre respetó su voluntad y no volvió a presionarla. Cuando Lu regresó y se enteró de que ella seguía soltera, acudió lleno de alegría a la casa de su suegro. El joven maestro Fan, enterado de la catástrofe que habían sufrido, quiso retenerlo, pero Lu se negó en redondo, de modo que se despidió y se marchó.
La Gran Dama, que por fortuna tenía oro guardado, sacó los fondos necesarios para reparar los muros derruidos. Fu empuñó la azada para las obras de reconstrucción y, al cavar, descubrió una bodega subterránea repleta de lingotes de plata; por la noche, junto con su hermano, procedieron a desenterrarla: un estanque de piedra de un zhang de profundidad estaba colmado de monedas antiguas que no se habían movido en siglos. A partir de entonces contrataron a numerosos obreros para acometer grandes obras, levantando hileras de pabellones y edificios con un esplendor digno de una familia de la nobleza.
Lu, profundamente agradecido por la generosidad del general, preparó mil taels de oro y viajó para rescatar a su padre. Fu se ofreció a ir en su lugar, por lo que enviaron a criados robustos para que lo secundaran en el viaje. Así fue como Lu pudo traer de vuelta a su padre. Poco antes, el padre y el hermano mayor habían regresado, y toda la familia estalló en júbilo. La Gran Dama permanecía en la casa de su madre, prohibiendo a su hijo que fuera a visitarla por miedo a que la gente murmurara sobre sus favoritismos.
Una vez que el padre hubo regresado, ella insistió firmemente en marcharse. Los hermanos, que no podían soportarlo, decidieron entonces dividir el patrimonio familiar en tres partes iguales: dos para los hijos y una para la hija. La Gran Dama se negaba rotundamente, pero los hermanos exclamaron entre lágrimas: «¡Si no fuera por nuestra hermana, jamás habríamos llegado a ver este día!». Solo entonces la Gran Dama se quedó con tranquilidad. Envió a buscar a su hijo y mudó el hogar para vivir todos juntos.
Alguien le preguntó a la Gran Dama: «Siendo hermanos de madres diferentes, ¿cómo es posible que muestres semejante preocupación por ellos?». La Gran Dama respondió: «Solo las bestias saben de madres pero ignoran a sus padres; ¿acaso vamos a imitarlas los seres humanos?». Al oír esto, Fu y Lu rompieron a llorar. Hicieron que los obreros acondicionaran su mansión para que fuera exactamente igual a la de ellos.
El señor Wei hacía cuentas tras más de diez años de maquinaciones, viendo que los perjuicios que había intentado causarles solo les habían traído más dicha, y sentía en su interior una profunda vergüenza y arrepentimiento. Asimismo, al ver la gran fortuna que poseían, pensó en congraciarse con ellos; por tal motivo, con motivo del ascenso de Zhong, preparó ofrendas y se presentó en su casa. Fu quiso rechazar los regalos, pero Zhong, incapaz de mostrarse descortés, aceptó el pollo y el vino. El pollo llevaba las patas atadas con tiras de tela y se escapó corriendo hacia el fogón; el fuego del fogón prendió en la tela y el animal voló a refugiarse sobre una pila de leña, sin que los criados se percataran a tiempo. Al poco rato la leña comenzó a arder, desatando el pánico en toda la casa. Por fortuna, al haber tantas manos, lograron apagarlo de inmediato, aunque en la cocina todo quedó completamente reducido a cenizas. Los hermanos concluyeron que aquellos obsequios traían mala suerte.
Más tarde, coincidiendo con el cumpleaños del padre, el señor Wei volvió a enviarles una oveja de regalo.
No pudiendo rechazar la oferta, ataron la oveja al árbol del patio. Aquella noche, un criado fue golpeado por otro sirviente y, lleno de furia, corrió bajo el árbol, desató la cuerda de la oveja y se ahorcó con ella. Los hermanos suspiraron diciendo:
—¡Su fortuna no ha sido más que su desgracia!
A partir de entonces, aunque los Wei se mostraban sumamente atentos y solícitos, ellos ya no se atrevieron a aceptar ni un solo hilo de seda, conformándose únicamente con recibir su generosa recompensa económica en su lugar. Más tarde, el anciano de la familia Wei cayó en la pobreza y terminó mendigando; semana tras semana, ellos le daban telas y mijo, devolviendo el bien con gratitud.
El Historiador de lo Extraño comenta:
«¡Ay! ¡Los designios de la Creación escapan al control de los hombres! Enriquecer al enemigo y, a cambio, colmarlo de bendiciones; aquellos que maquinan con astucia no deberían ir tan lejos. Pero pensar que, al recibir afecto y respeto, uno acabe por atraer la desgracia, ¿no resulta aún más extraño? ¡Esto demuestra que hasta el agua del manantial del Ladrón, con un solo cuenco que se beba, ya queda uno manchado!».
***
La tumba de Cao Cao
Fuera de la ciudad de Xu, había un río de aguas turbulentas, profundas y oscuras junto a los acantilados. En pleno verano, alguien entró a bañarse y, de repente, como si hubiera sido golpeado por cuchillos y hachas, su cadáver apareció flotando cortado en pedazos; otra persona entró después y le ocurrió lo mismo. El asunto se esparció, causando asombro y alarma. Al enterarse, el magistrado del distrito envió a un gran número de hombres para desviar el curso superior del río y agotar el agua. Vieron que bajo el acantilado había una profunda grúa o cueva, en cuyo interior se había instalado una rueda giratoria dispuesta con cuchillas afiladas como la escarcha. Tras desmontar la rueda y adentrarse, encontraron una pequeña estela cuyas inscripciones estaban grabadas en la antigua escritura de sello de la dinastía Han. Al examinarla con detenimiento, resultó ser la tumba de Cao Mengde. Rompieron el ataúd, dispersaron los huesos y saquearon por completo todos los tesoros de oro que servían de ofrenda funeraria.
El Historiador de lo Extraño comenta:
«Un sabio poeta de eras posteriores escribió:
*“Excavad por completo las setenta y dos tumbas falsas,*
*sin duda en una de ellas yacerá enterrado el cadáver del señor”.*
¿Quién habría imaginado que su tumba real estaría fuera de las setenta y dos? ¡Cuán astuto fuiste, Mengde! Sin embargo, tras más de mil años, tus huesos podridos no pudieron ser preservados; de nada sirvieron tantas artimañas y engaños. ¡Ah, la astucia de Mengde no fue más que su propia insensatez!».
***
Longfei Xianggong
El erudito Dai de Anqing era, en su juventud, de conducta licenciosa y desprovista de decencia. Un día, al regresar borracho de otra parte, se encontró en el camino con un difunto primo político, el Joven Ji. Aturdido por los vapores del vino, ni siquiera recordó que aquel había muerto, y le preguntó: —¿De dónde vienes?
Ji respondió: —¿Acaso olvidas que ya pertenezco a otro mundo?
Dai comenzó a comprender vagamente, pero, debido al vino, no sintió temor alguno.
—¿Qué labor desempeñas en el Inframundo? —preguntó.
—Hace poco sirvo como Escriba bajo las órdenes del Rey Lunante —respondió Ji.
Dai dijo: —Las desdichas y venturas del mundo de los hombres deben de constar en tus registros, ¿no es así?
Ji contestó: —¿Cómo no iba a saberlo, siendo este mi oficio? Ocurre simplemente que hay demasiados asuntos y, a menos que sean de extrema gravedad, no puedo recordarlos todos con detalle. Hace tres días, hojeando casualmente los registros, me topé con tu nombre.
Dai preguntó con premura de qué trataba.
Ji respondió: —No oso ocultártelo; tu honorable nombre figura en la Cárcel de la Oscuridad.
Aterrorizado, Dai quedó sobrio al instante y le suplicó con amargura que lo salvara.
Ji replicó: —Esto no está en mis manos remediarlo; solo el bien puede poner fin a tales males. Sin embargo, tus faltas son tantas que llenan los dedos de las manos; a menos que realices grandes méritos, es imposible revertirlo. ¿Qué gran poder posee un erudito empobrecido? Si comenzaras hoy mismo a practicar una buena acción, tardarías más de un año en compensar tus faltas, y ya es demasiado tarde. No obstante, si a partir de este momento enderezas tu conducta, tal vez llegue el día en que logres salir del infierno.
Al oír esto, Dai rompió en llanto, se postró en el suelo y le suplicó con dolor. Cuando alzó la cabeza, Ji ya había desaparecido sin dejar rastro.
Regresó a su hogar con el ánimo sombrío y abatido. A partir de entonces, purificó su mente y enmendó sus actos, sin atreverse a dar un solo paso en falso.
Previamente, Dai había mantenido amoríos secretos con la esposa de su vecino; el vecino se enteró, pero prefirió callar, aguardando el momento propicio para sorprenderlos y atraparlos in fraganti. Mas como Dai había cambiado de conducta, rompió para siempre toda relación con la mujer; por más que el vecino lo acechaba, no hallaba ocasión, lo cual le causaba gran resentimiento.
Un día, al encontrarse en el campo, el vecino fingió hablarle con amabilidad y lo indujo a asomarse a un pozo seco y abandonado, empujándolo a su interior. El pozo tenía varias brazas de profundidad y daba por sentado que moriría.
Pero Dai recobró el sentido a media noche y comenzó a gritar con desesperación desde el fondo del pozo, sin que nadie lo oyera. Temeroso de que pudiera seguir con vida, el vecino regresó al día siguiente para escuchar; al oír sus lamentos, arrojó piedras de inmediato. Dai se refugió en una oquedad lateral, sin atreverse a emitir sonido alguno. Al percatarse de que aún no había muerto, el vecino arrojó tierra para cegar el pozo, casi hasta llenarlo por completo.
La oquedad era de una negrura impenetrable, idéntica en todo al infierno mismo. Al no haber alimento alguno en aquel espacio vacío, consideró que no le quedaba esperanza de sobrevivir. Gateando con dificultad hacia el interior, descubrió que a partir de tres pasos todo era agua, sin otro lugar adonde ir, por lo que regresó a sentarse en su sitio original.
Al principio sintió hambre en el vientre, pero con el tiempo terminó por olvidarla. Pensando que bajo las Nueve Fuentes no había buenas acciones por realizar, decidió limitarse a recitar sin cesar el nombre de Buda.
De pronto vio fuegos fatuos que flotaban y vagaban, llenando la oquedad con su fulgor parpadeante. Aprovechó para invocarles: —He oído que las flamas azuladas son todas almas agraviadas; aunque yo resida aquí provisionalmente, me es difícil retornar. Si es posible conversar, esto servirá al menos para consolar mi soledad.
Vino entonces a ver cómo las diversas fuegos fatuos se deslizaban flotando sobre el agua; dentro de cada luz había una figura humana, de una altura equivalente a la mitad de un hombre. Dai les preguntó de dónde venían.
Respondieron: —Este es un antiguo pozo de carbón. El dueño del terreno comenzó a extraer carbón y perturbó una antigua tumba, por lo que el Señor Dragón Volador inundó el lugar con las aguas del mar subterráneo, ahogando a cuarenta y tres personas. Nosotros somos los espíritus de aquellos difuntos.
—¿Quién es ese Señor? —preguntó Dai.
—Lo ignoramos —respondieron—. Solo sabemos que en vida fue un letrado y que ahora sirve como secretario en la oficina del Dios de la Ciudad. Él también compadece nuestra muerte inocente y cada tres o cinco días nos dispensa agua y gachas. Pero al tener nuestros huesos sumergidos en agua fría, no vislumbramos el día de nuestra liberación. Si por ventura volvieras al mundo de los hombres, te rogamos que rescates nuestros huesos dispersos y los sepultes en una fosa común; ello otorgaría una gran gracia a quienes habitamos bajo la tierra.
Dai dijo: —Si existiera una posibilidad entre diez mil, ¿cómo podría negarme? Pero hallándome en las profundidades de la tierra, ¿cómo he de aspirar a contemplar de nuevo el sol del día?
Les enseñó entonces a los espíritus a recitar el nombre de Buda, empleando terrones de tierra en lugar de cuentas para llevar la cuenta de sus repeticiones. Perdido el sentido del día y de la noche, dormía cuando sentía cansancio y se sentaba al despertar, nada más.
De pronto vislumbró a lo lejos una linterna de mano. La multitud exclamó jubilosos: —¡El Señor Dragón Volador nos trae ofrendas de comida!
E invitaron a Dai a marchar con ellos. Temeroso de que el agua le impidiera el paso, la multitud lo sostuvo y arrastró para que avanzara, flotando como si pisara el vacío. Tras avanzar serpenteando durante media li, llegaron a un sitio donde la multitud lo soltó para que caminara por su propio pie; el camino comenzó a ascender, semejando una escalinata de varios zhangs de altura.
Al término de los peldaños, divisó un corredor y estancias. En el salón ardía una sola vela tan gruesa como un brazo. Como hacía tanto tiempo que no contemplaba el fuego, Dai corrió hacia allí loco de alegría.
En el asiento superior se hallaba sentado un anciano vestido y tocado como un letrado. Dai detuvo sus pasos, sin atreverse a avanzar.
El anciano ya lo había visto y, con asombro, le preguntó: —¿De dónde llega un ser vivo?
Dai avanzó, se postró en el suelo y expuso su situación.
El anciano dijo: —Tú eres mi tataranieto.
Le ordenó levantarse y le brindó asiento, y comenzó a hablar de sí mismo: —Me llamo Dai Qian, con el nombre de cortesía Longfei. En el pasado, debido a que mi indigno descendiente Tang se asoció con maleantes para cavar un pozo cerca de mi tumba, perturbó el reposo nocturno de este viejo, motivo por el cual anegué el lugar con el agua del mar. ¿Qué ha sido de su descendencia hasta el día de hoy?
Resulta que la familia Dai contaba recientemente con cinco ramas, siendo la de Tang la principal. Tiempo atrás, un potentado de la comarca sobornó a Tang para extraer carbón junto a los túmulos de sus antepasados. Los hermanos menores, temerosos de su poder, no se atrevieron a disputarlo. Al poco tiempo, las aguas subterráneas irrumpieron con furia y todos los mineros perecieron en el pozo. Las familias de los difuntos entablaron multitud de pleitos, y tanto Tang como el potentado arruinaron sus fortunas a causa de ello; los descendientes de Tang llegaron a quedarse sin un solo palmo de tierra donde clavar un punzón.
Dai, siendo descendiente de una rama menor del hermano de Tang, había oído a sus mayores relatar aquellos sucesos, por lo que se los contó al anciano.
Este suspiró y dijo: —¡Con semejante calaña de indignos, cómo habrían de prosperar su descendencia! Ya que has venido aquí, no debes descuidar tus lecturas.
Le ofreció entonces vino y viandas, y dispuso unos volúmenes sobre el escritorio, todos ellos ensayos académicos de las eras Chengghua y Hongzhi, apremiándolo a estudiarlos. Le asignaba temas para redactar ensayos, tal como un maestro instruye a sus discípulos.
En el salón, la vela ardía de manera constante; ni requería despabilase ni llegaba a consumirse jamás. Cuando sentía fatiga, dormía, sin poder distinguir entre el alba y el anochecer.
Cuando el viejo salía, le asignaba un criado para su servicio. Aunque con el paso del tiempo sintió que habían transcurrido varios años, por fortuna no sufrió penalidades. Sin embargo, no había otros libros que leer, salvo un centenar de ensayos de exámenes imperiales, cada uno de los cuales había copiado más de cuatro mil veces. Un día, el viejo le dijo:
—La retribución de tus faltas ha concluido y debes regresar al mundo de los hombres. Mi tumba linda con una mina de carbón, donde el viento Yin penetra hasta los huesos; cuando alcances el éxito, deberás trasladarme a la planicie oriental.
Dai aceptó respetuosamente. El viejo llamó entonces a una muchedumbre de fantasmas para que lo escoltaran de vuelta a su asiento original. Los fantasmas se alinearon e hicieron reverencias, reiterándole sus encargos. Dai, por su parte, no sabía de qué manera podría salir de allí.
Antaño, al desaparecer Dai de su hogar, las búsquedas exhaustivas no dieron fruto. Su madre acudió a las autoridades, lo que resultó en el arresto y encadenamiento de numerosas personas, sin que aun así se hallara rastro alguno. Tras tres o cuatro años, el magistrado dejó el cargo y las labores de búsqueda e investigación se relajaron. La esposa de Dai, incapaz de soportar la soledad en el hogar, fue enviada a casarse de nuevo con otra familia.
Ocurrió que los habitantes de la aldea se disponían a reparar un viejo pozo; al entrar en la cueva, vieron a Dai y, al palparlo, notaron que aún no estaba muerto. Sobrecogidos por el espanto, dieron aviso a su familia. Lo llevaron de regreso en parihuela y, tras transcurrir un día entero, pudo por fin relatar los pormenores de su odisea.
Desde el momento en que Dai cayó en el pozo, su vecino había matado a golpes a la esposa de aquel, lo que provocó que el padre de la mujer lo llevara a los tribunales. Tras un año y pico de litigios y apelaciones, el acusado regresó a su casa reducido a piel y huesos. Al enterarse de que Dai había vuelto a la vida, sintió un terror inmenso y huyó despavorido. Los miembros del clan discutieron la posibilidad de llevarlo ante la justicia para castigarlo, pero Dai no lo permitió; es más, afirmó que aquello en verdad se lo había buscado él mismo, que se trataba de un castigo del inframundo y que nada tenía que ver con el otro. Al comprobar el vecino que sus intenciones no albergaran segundas intenciones, comenzó a rondar con timidez hasta regresar a su hogar.
Como el agua del pozo se había secado, Dai pagó a unos hombres para que entraran en la cueva a recoger los huesos, ordenándoles que prepararan los ajuares funerarios correspondientes; compró un ataúd, dispuso un sitio en la tierra y dio sepultura a los restos en una fosa común. Asimismo, tras consultar el árbol genealógico del clan, supo que el nombre póstumo del viejo era Qian y su nombre de cortesía Longfei; preparó entonces ofrendas y le rindió culto en su túmulo.
El inspector escolar oyó hablar de su extraña historia y, además, premió sus escritos. En aquella sesión de exámenes, ingresó a las pruebas provinciales con la más alta calificación y obtuvo la codiciada victoria en los exámenes de la provincia. Una vez de regreso, preparó un terreno funerario en la planicie oriental, trasladó los restos de Longfei y le dio un entierro suntuoso. En primavera y en otoño, acudía a su tumba sin faltar ningún año.
El Historiador de lo Extraño comenta:
—En mi aldea natal hay hombres que extraen carbón. Una vez, una cueva se anegó con agua y más de diez personas se hundieron y ahogaron en su interior. Agotaron el agua para buscar los cadáveres y, tras más de dos meses, lograron secarla, descubriendo que ninguno de los diez y tantos hombres había muerto. Resulta que, cuando el agua irrumpió con fuerza, todos nadaron hacia un lugar elevado, logrando así no ahogarse. Al ser izados con cuerdas hacia la superficie, el contacto con el viento les hizo perder el conocimiento, pero tras un día y una noche recuperaron gradualmente el sentido. Así supo uno que estar bajo tierra es como la hibernación de las serpientes y las aves, pues no se muere de manera repentina. Sin embargo, no se había dado el caso de que durara varios años. ¡Si no hubiera poseído una bondad suprema, cómo habría podido un ser humano sobrevivir tras tres años en el infierno!
Coral
An Shengdacheng era de Chongqing. Su padre, un erudito provincial (*xiaolian*), falleció joven. Su hermano menor, Er-cheng, aún era un niño. Sheng se casó con una mujer de apellido Chen cuyo nombre de pila era Shanhuh, de naturaleza virtuosa y recatada. Pero la madre de Sheng, la señora Shen, era feroz, irrazonable y desprovista de bondad; la trataba con crueldad, mas Shanhuh jamás mostraba un semblante de resentimiento. Cada madrugada, ella se arreglaba con esmero para ir a presentarle sus respetos. Al notar que Sheng estaba enfermo, la madre alegó que aquello era una incitación al vicio y la reprendió con dureza. Al retirarse, Shanhuh se despojó de sus afeites antes de reaparecer. La madre, aún más irritada, se golpeaba la frente y se auto infligía castigos. Sheng, siempre piadoso con su madre, azotó a su esposa, y solo entonces la madre se calmó un poco. Desde aquel momento, aborreció a su nuera aún más. Aunque la esposa cumplía con sus deberes con la mayor cautela, la madre jamás le dirigía una sola palabra. Sabiendo que su madre estaba enfadada, Sheng también pasaba las noches en otro lugar, fingiendo un distanciamiento con su esposa. Con el tiempo, la madre seguía insatisfecha; tomaba cualquier pretexto para proferir insultos, dirigiendo siempre sus intenciones hacia Shanhuh. Sheng dijo:
—Uno toma esposa para servir a sus suegros; si ahora es así, ¿para qué tener esposa?
Actualmente, la repudió y ordenó a una anciana criada que la enviara de regreso a su hogar paterno. Apenas cruzaban las puertas del vecindario, Shanhuh lloró y dijo:
—Siendo mujer, no he sabido ser esposa; ¿con qué cara volveré a ver a mis padres? ¡Más vale morir!
Sacando unas tijeras de su manga, se apuñaló la garganta. La socorrieron de inmediato; la sangre brotó manchando su solapa. La llevaron de regreso a casa de una tía paterna de Sheng. Esta tía, de apellido Wang, vivía en la viudez sin pareja, por lo que allí se quedó. Cuando la anciana criada regresó, Sheng le ordenó que ocultara lo sucedido, aunque en su fuero interno temía que su madre se enterara. Tras varios días, al enterarse de que la herida de Shanhuh sanaba poco a poco, Sheng se presentó en la puerta de la señora Wang exigiendo que no la retuvieran allí. La señora Wang lo invitó a entrar; él rehusó, limitándose a expulsar a Shanhuh con aires imponentes. Al poco rato, la señora Wang salió acompañada de Shanhuh, y al ver a Sheng, le preguntó de inmediato:
—¿Qué crimen ha cometido Shanhuh?
Sheng la increpó por no saber servir a su madre. Shanhuh, con una mirada llena de silenciosa elocuencia, no pronunció palabra alguna; solo bajó la cabeza y rompió a sollozar, tiñendo sus lágrimas de rojo y empapando por completo su túnica blanca. Sheng, con el corazón desgarrado por la lástima y sin poder terminar sus palabras, se retiró.
Unos días después, la madre ya se había enterado de todo; furiosa, fue a casa de la señora Wang para increparla y reprenderla con palabras maliciosas. La señora Wang, altiva, no cedió un ápice, sino que le recitó sus maldades y replicó:
—La esposa ya ha sido repudiada, ¿a qué familia pertenece aún? Yo misma acojo a la joven de la familia Chen, no a la nuera de la familia An; ¡qué necesidad hay de entrometerse con los asuntos ajenos!
La madre, rabiosa y sin argumentos, al ver además las burlas y mofas en la actitud de la otra, regresó humillada y desconsolada, llorando a mares. Shanhuh, sintiéndose intranquila, pensó en irse a otro lugar. Previamente, Sheng tenía una tía materna, la señora Yu, quien era hermana de la señora Shen. Con más de sesenta años de edad, su hijo había muerto, dejándole únicamente un nieto pequeño y una nuera viuda; además, ella siempre había tratado bien a Shanhuh. Así pues, Shanhuh se despidió de la señora Wang para ir a refugiarse con la tía. La señora Yu la interrogó sobre los motivos y, tras escuchar el relato de la crueldad y la sinrazón de su hermana, quiso enviarla de vuelta de inmediato. Shanhuh le suplicó con firmeza que no lo hiciera, pidiéndole además que guardara el secreto; de este modo, se quedó a vivir con la señora Yu, con quien mantenía una relación de suegra y nuera. Shanhuh tenía dos hermanos varones; al enterarse, sintieron tanta compasión por ella que quisieron llevarla consigo para casarla de nuevo. Shanhuh se obstinó en negarse, y se dedicó únicamente a hilar y tejer junto a la señora Yu para ganarse el sustento.
Desde que Sheng había repudiado a su esposa, su madre hizo múltiples intentos para buscarle un nuevo matrimonio; sin embargo, como la fama de su rudeza se había extendido, nadie en los alrededores quiso entablar alianza con ellos. Tras pasar tres o cuatro años, Er-cheng creció gradualmente, por lo que le celebraron las nupcias en primer lugar. La esposa de Er-cheng, de apellido Zang, era soberbia, violenta e intransigente, superando con creces a la propia madre. A veces, cuando la madre mostraba su enfado con gestos, la señora Zang respondía con gritos furiosos. Er-cheng, además, era cobarde y no se atrevía a tomar partido por ninguna de las dos. Como resultado, la autoridad de la madre se redujo drásticamente y nadie se atrevía a desafiarla; al contrario, ella tenía que adivinar sus expresiones y congraciarse con ella, aun sin lograr complacer a la señora Zang. La señora Zang trataba a la madre como si fuera una sirvienta; Sheng no se atrevía a pronunciar palabra, y se limitaba a realizar las tareas domésticas en lugar de su madre: fregar los utensilios, acarrear agua y barrer eran labores que compartía por completo. Madre e hijo solían llorar a solas en rincones apartados, bebiendo sus propias lágrimas.
Al poco tiempo, la madre enfermó a causa de la acumulación de pesares y quedó postrada en cama; tanto para sus necesidades como para girar de lado, dependía enteramente de Sheng. Día y noche, Sheng no podía conciliar el sueño, y tenía los ojos completamente enrojecidos. Llamó a su hermano menor para que lo relevara en las tareas; pero apenas este cruzaba el umbral, la señora Zang lo llamaba de inmediato para apartarlo. Ante esto, Sheng corrió a refugiarse en casa de la señora Yu, con la esperanza de que esta fuera a visitarla. Al entrar, rompió a llorar mientras exponía su queja. Antes de terminar su relato, Shanhuh salió de detrás de las cortinas. Sheng, presa de una vergüenza extrema, enmudeció y quiso huir. Shanhuh bloqueó las puertas con ambas manos. En su desesperación y apuro, Sheng logró abrirse paso por debajo de sus brazos y salió corriendo hacia su casa, sin atreverse siquiera a contárselo a su madre.
Al poco tiempo, la señora Yu llegó de visita, y la madre, encantada, la hizo detenerse. A partir de entonces, no pasaba un día sin que alguien de la casa de la tía acudiera allí, trayendo siempre manjares exquisitos para regalar a la señora Yu. La tía le mandó a decir a su joven nuera:
—Aquí no pasamos hambre; no vuelvas a hacer esto después.
Sin embargo, los envíos de comida desde su hogar jamás cesaron ni un instante. La señora Yu se negaba a probar siquiera un bocado de aquellos alimentos, y los guardaba cuidadosamente bajo sello para ofrecérselos a la enferma. La enfermedad de la madre también comenzó a sanar paulatinamente. El nieto pequeño de la señora Yu, cumpliendo los deseos de su madre, volvió a traer deliciosos manjares para interesarse por su salud. La señora Shen exclamó con un suspiro:
—¡Qué mujer tan virtuosa! Hermana, ¿qué méritos has acumulado en tus vidas pasadas?
La señora Yu replicó:
—¿Qué clase de persona crees que era la esposa a la que expulsaste, hermana mía?
—¡Ay! —respondió la otra—. ¡Ciertamente, ni siquiera en el peor de los casos merecía un trato tan severo por mi parte! Pero aun así, ¿cómo podría compararse con la virtud de nuestra sobrina política?
La señora Yu dijo:
—Cuando tu esposa estaba contigo, tú no conocías el cansancio; cuando te enojabas, ella no albergaba resentimiento. ¿Cómo ibas a encontrar a alguien inferior?
Entonces, la señora Shen rompió a llorar, confesó su arrepentimiento y preguntó:
—¿Se ha casado ya Shanhuh o no?
La tía respondió:
—No lo sé, tendré en cuenta averiguar al respecto.
Unos días más tarde, la enfermedad sanó por completo. La señora Yu quiso despedirse. La señora Shen, llorando, le suplicó:
—¡Temo que si te vas, hermana, volveré a morir!
Entonces, la señora Yu conversó con Sheng y planearon la división del hogar para que Er-cheng viviera por separado. Er-cheng le informó a la señora Zang. A la señora Zang no le agrado la idea, profirió insultos contra el hermano mayor y abarcó también a la señora Yu. Sheng manifestó su disposición de cederle todas las fértiles tierras a Er-cheng, tras lo cual la señora Zang se mostró complacida. Una vez redactado el documento de partición de bienes, la señora Yu finalmente se marchó. Al día siguiente, llegó con un carruaje para ir a buscar a la señora Shen. Al llegar a la casa, lo primero que hizo la señora Shen fue pedir ver a su sobrina política, deshaciéndose en elogios hacia su gran virtud.
La anciana dijo: «Una pequeña mujer tiene cien bondades, ¿cómo es que no ha de tener ni un solo defecto? Yo, por naturaleza, he sabido tolerarla. Si tú tuvieras una esposa como la mía, me temo que tampoco podrías disfrutar de la vida».
Shen exclamó: «¡Ay, qué gran injusticia! ¿Acaso me tomas por madera, piedra, ciervo o jabalí? Tengo boca y nariz, ¿cómo no habría de saber distinguir entre la fragancia y el hedor?».
La anciana replicó: «Cuando fue repudiada, Shanhulu era como el coral. Me pregunto qué clase de palabras dijiste de ella al marchar».
Él respondió: «Solo la maldije».
La anciana dijo: «Si al reflexionar en tu interior no hallabas nada que reprocharle, ¿por qué la maldecías?».
Él dijo: «Los defectos son algo común en las personas; al ver que no podía ser virtuosa, supe que debía maldecirla».
La anciana expresó: «Aquel a quien no se le guarda rencor cuando amerita tenerlo, deja ver su profunda virtud; aquel que no se marcha cuando debe irse, deja ver el cariño con que es tratado. Los obsequios que antes recibías y cómo eras atendido, no provenían ciertamente de mi esposa, sino de ella».
Shen, sorprendido, preguntó: «¿Cómo es eso?».
Ella respondió: «Shanhulu lleva mucho tiempo alojada aquí. Las ofrendas de antaño eran todas fruto de su labor nocturna hilando».
Al oír esto, a Shen se le cayeron varias hileras de lágrimas y exclamó: «¡Cómo podré volver a ver a mi esposa!».
La anciana llamó entonces a Shanhulu. Esta salió con lágrimas en los ojos y se postró en el suelo. La madre, avergonzada y llena de dolor, comenzó a golpearse a sí misma; solo ante la enérgica insistencia de la anciana se detuvo, y desde entonces volvieron a ser suegra y nuera como al principio.
Diez días después, regresaron juntas a casa. Las pocas parcelas de tierra estéril que poseían no bastaban para mantenerse, por lo que dependían únicamente de que el erudito cultivara con su pincel y su esposa lo hiciera con la aguja y el azadón. Ambos hermanos se decían satisfechos con la abundancia, pero el hermano mayor no mendigaba favores ni el menor acudía a pedir ayuda.
La esposa de Erzheng desdeñaba a su cuñada por haber sido repudiada; esta, a su vez, aborrecía su fiereza y no la tenía en cuenta. Los hermanos vivían en patios separados. La esposa de Erzheng solía maltratarla, pero la familia entera hacía oídos sordos. Como ya no hallaba a quién más hostigar, arremetía contra su esposo y las criadas.
Un día, una criada se ahorcó. El padre de la criada demandó a la esposa de Erzheng; los dos hermanos asumieron la defensa de sus respectivas esposas, pero sufrieron graves azotes y además se dictó orden de arresto contra la esposa de Erzheng. El erudito hizo gestiones arriba y abajo para lograr su liberación, mas no pudo evitarlo. A la esposa de Erzheng le colocaron grilletes en los diez dedos hasta que la carne se le desprendió por completo. Los funcionarios eran codiciosos y corruptos, y sus exigencias de soborno resultaron exorbitantemente altas. Los dos hermanos empeñaron sus tierras y pidieron préstamos para reunir la suma exacta exigida, tras lo cual la liberaron y pudo regresar a casa.
Sin embargo, los acreedores apremiaban cada vez con más urgencia por el pago de las deudas, de modo que, no teniendo más remedio, vendieron todas sus buenas tierras al anciano Ren, de la aldea. El anciano Ren, considerando que la mitad de las tierras correspondía a la parte cedida por Dacheng, exigió que el erudito firmara el contrato de compraventa.
Cuando el erudito acudió, el anciano de repente comenzó a hablar por sí mismo: «¡Yo soy el hombre de letras An! ¿Qué clase de individuo es ese Ren para atreverse a comprar mis propiedades?». Luego, mirando al erudito, añadió: «Los inframundos se han conmovido con la piedad filial de tu esposa y la mía, por lo que me han permitido regresar un momento para vernos las caras».
El erudito, rompiendo en llanto, suplicó: «¡Padre, si tu espíritu está presente, salva pronto a mi hermano menor!».
Él replicó: «¡Ese hijo desnaturalizado y esa esposa fiera no merecen compasión! Vuelve a casa de inmediato, consigue oro y rescata nuestra propiedad regada con sangre».
El erudito dijo: «Madre e hijo apenas alcanzamos a sobrevivir, ¿cómo habríamos de conseguir tanto oro?».
Él respondió: «Bajo el árbol de mirto hay oro enterrado; puedes ir a tomarlo».
El erudito quiso seguir preguntando, pero el anciano ya no habló más; al poco rato despertó, aturdido y sin recordar nada. Al regresar a casa, el erudito le contó a su madre, aunque ella no terminó de creerlo.
La esposa de Erzheng ya se había adelantado con varias personas para ir a cavar en busca del tesoro. Tras abrir la tierra cuatro o cinco chi, solo encontraron ladrillos y piedras, sin rastro del tal oro, por lo que se marcharon desilusionadas. Al enterarse de la excavación, el erudito advirtió a su madre y a su esposa que no fueran a mirar.
Cuando supo que no habían obtenido nada, la madre fue a hurtadillas a curiosear y, al ver que entre la tierra mezclada solo había ladrillos y piedras, dio media vuelta y regresó. Shanhulu llegó poco después y vio que toda la tierra estaba llena de plata blanca; llamó al erudito para que fuera a comprobarlo, y así era en efecto. Como se trataba de una herencia de sus antepasados, el erudito no tuvo el corazón para quedársela en privado y llamó a Erzheng para repartirla equitativamente entre ambos. La cantidad justa correspondía a dos partes de lo extraído, y cada uno guardó su parte en bolsas antes de marchar a casa.
Cuando Erzheng y su esposa comprobaron el contenido al abrir los sacos, vieron que estaban llenos de pedazos de tejas y ladrillos, lo cual los llenó de profundo espanto. Sospechando que Erzheng había sido engañado por su hermano, enviaron a este a espiar al mayor, quien precisamente tenía el oro expuesto sobre una mesita celebrándolo junto con su madre.
Erzheng le contó la verdad a su hermano. El erudito también se quedó atónito, pero sintiendo una profunda lástima por ellos, tomó el oro y se los entregó por completo. Erzheng se puso muy contento; fue a saldar sus deudas y se mostró sumamente agradecido con su hermano.
La esposa de Erzheng, sin embargo, comentó: «¡Esto demuestra aún más la falsedad de tu hermano! Si no tuviera la conciencia sucia, ¿quién se arriesgaría a devolver a otros lo que ya había sido repartido equitativamente?».
Erzheng quedó entre dudoso y convencido. Al día siguiente, el acreedor envió a un sirviente a decir que la plata con la que se había pagado era falsa y que iban a conducirlos ante las autoridades. Ambos cayeron en la consternación. La esposa de Erzheng exclamó: «¡Qué te dije! Yo bien afirmaba que tu hermano no podía ser tan virtuoso; ¡lo que buscaba era matarte!».
Aterrado, Erzheng fue a suplicar al acreedor, pero este, furioso, no quiso perdonarle. No le quedó más remedio a Erzheng que ceder sus tierras al acreedor mediante contrato y dejar que este las vendiera por su cuenta, logrando así recuperar la plata original para devolvérsela. Al examinarla con detenimiento, vio que eran dos lingotes partidos que apenas contenían una capa de oro genuino del grosor de una hoja de puerro por fuera, siendo todo el interior de cobre puro.
La esposa de Erzheng urdió entonces un plan con él: retener los trozos partidos y devolver el resto al hermano para ponerlo a prueba. Además, le instruyó diciendo: «Hemos recibido repetidas muestras de vuestra generosidad y bondad, algo que en verdad no podemos soportar. Retenemos estos dos fragmentos tan solo para dejar constancia de vuestra virtud al compartir. En cuanto a las propiedades restantes, siguen perteneciendo a ustedes; nosotros ya no necesitamos tantas tierras, pues las hemos abandonado, y queda en manos del hermano decidir si desea rescatarlas o no».
El erudito, que ignoraba sus intenciones, declinó cortésmente con firmeza. Pero Erzheng se mostró tan decidido en su negativa que el erudito terminó por aceptarlas. Al pesarlas, faltaban algo de cinco taels, por lo que ordenó a Shanhulu que empeñara un cofre de maquillaje para completar la suma y se la llevó al acreedor. Este sospechó que se trataba de plata antigua y la cortó con unas tijeras para verificarla: el brillo y la ley eran perfectos, sin la menor diferencia. El acreedor aceptó entonces el oro y le devolvió el contrato al erudito.
Tras haber devuelto el oro, Erzheng pensó que inevitablemente habría alguna discrepancia; al enterarse de que el patrimonio familiar ya había sido rescatado, quedó sumamente maravillado.
La tía Zang comenzó a sospechar que, cuando se realizó la exhumación, su hermano mayor había ocultado el oro auténtico. LLena de furia, se dirigió a la morada de su hermano y lo reprendió con insultos severos y recriminaciones. Solo entonces el erudito comprendió la razón por la cual le había devuelto el oro.
Shangguan Shanluo, con una sonrisa desafiante, replicó:
—¡La propiedad sigue estando ahí, a qué viene tanta ira!
Y exigió al erudito que sacara las escrituras de propiedad y se las entregara.
Una noche, los dos hermanos Er-cheng soñaron que su difunto padre los reprimía severamente, diciéndoles:
—¡Ustedes no han sido filiales ni fraternos! El plazo que les concede el inframundo está cerca; ni una sola pulgada de tierra les pertenece, ¡para qué pretenden aferrarse a ella mediante la usurpación y la mentira!
Al despertar, Er-cheng se lo contó a la tía Zang y expresó su deseo de devolver las tierras a su hermano. La tía Zang se burló de su necedad. En aquel entonces, Er-cheng tenía dos varones: el mayor de siete años y el menor de tres. No pasó mucho tiempo antes de que el hijo mayor enfermara de viruela y muriera. Fue entonces cuando la tía Zang comenzó a sentir verdadero temor y obligó a Er-cheng a devolver las escrituras de propiedad a su hermano. Aunque insistió una y otra vez, el erudito se negó a aceptarlas. Al poco tiempo, el hijo menor también falleció. El terror de la tía Zang se intensificó aún más, y ella misma colocó las escrituras en los aposentos de su cuñada.
Cuando estaba a punto de concluir la primavera, los campos yacían cubiertos de maleza y sin cultivar, por lo que el erudito, sin más remedio, tuvo que labrarlos y arreglarlos. A partir de entonces, la tía Zang enmendó su conducta: cumplía con los saludos matutinos y vespertinos como una hija piadosa, y trataba a su cuñada con el máximo respeto.
No había pasado medio año cuando la madre enfermó y falleció. La tía Zang lloró con tanta amargura que llegó a rechazar hasta una sola cucharada de agua o bocado de alimento. Decía a quienes la rodeaban:
—¡Si mi suegra hubiera muerto antes, no me habría permitido servirle! ¿Acaso el Cielo no me permite redimirme?
Como de sus diez embarazos ninguno logró sobrevivir, terminó por adoptar al hijo de su hermano como su propio heredero. Tanto el esposo como la esposa murieron en la vejez tras una larga vida. El erudito tuvo tres hijos, y los tres alcanzaron el grado de *jìnshì* en los exámenes imperiales. La gente decía que aquello era la recompensa por la piedad filial y la concordia fraternal.
El Historiador de lo Extraordinario comenta:
«Si uno no experimenta la maldad de los tiranos soberbios, jamás comprenderá la lealtad de los ministros devotos; ¿acaso el hogar y el estado no comparten una misma naturaleza? Que la mujer rebelde se haya transformado justo al morir la madre se debió a que la atmósfera de piedad filial de toda la casa no poseía suficiente virtud para contrarrestarlo. Si la tía Zang logró dominarse a sí misma y exclamó que el Cielo no le permitía redimirse, ¿cómo podría haber pronunciado tales palabras alguien que no estuviera iluminado en el Dao? Sin embargo, a pesar de que su destino señalaba una muerte inminente por castigo, terminó por expirar en la vejez; el Cielo, sin duda, ya la había perdonado. ¡Qué verdad tan cierta es que uno nace en el sufrimiento y la aflicción!»
***
**Los Cinco Espíritus**
En el Sur hay deidades de los Cinco Ancestros, tal como en el Norte hay zorros. Sin embargo, con los espíritus de zorros del Norte, uno aún puede recurrir a cientos de métodos para expulsarlos; en cuanto a los Cinco Ancestros de Jiangnan y Zhejiang, si una familia común tenía una bella mujer, invariablemente era poseída y violada por la fuerza, y los padres y hermanos no se atrevían ni a respirar. El daño que causaban era aún más grave. Había un tal Zhao Hong, que era comerciante de empeño en Wu. Su esposa, de apellido Yan, era de bastante distinción. Una noche, un hombre de aspecto imponente entró desde el exterior, empuñando una espada y mirando a su alrededor; las criadas y nanas huyeron despavoridas. La señora Yan quiso salir, pero el hombre le bloqueó el paso y dijo:
—No me temas. Soy el Cuarto Señor, la deidad de los Cinco Ancestros. Te amo y no te causaré daño.
Luego la levantó por la cintura, como si cargara a un infante, y la puso sobre la cama. Las cintas de la falda se desataron por sí solas y procedió a intimar con ella. Su robustez física era insoportable y, en medio de su aturdimiento, ella gemía de dolor hasta casi desmayarse. El Cuarto Señor también se mostró sumamente compasivo con sus artes. Poco después, bajó de la cama y dijo:
—Volveré en cinco días.
Y se marchó. Zhao Hong tenía su tienda de empeño fuera de los portones, y esa misma noche la criada corrió a avisarle. Sabiendo que se trataba de los Cinco Ancestros, Zhao no se atrevió a reclamar. Al amanecer, al ver a su esposa postrada por el agotamiento, sintió una profunda vergüenza y advirtió a los de la casa que no lo difundieran. Pasaron tres o cuatro días antes de que la mujer lograra recuperarse, pero vivía aterrorizada de que él volviera a presentarse. Las criadas y nanas no se atrevían a dormir en las habitaciones interiores y se refugiaban todas en los cuartos de afuera; solo la esposa, frente a una vela y conteniendo su amargura, aguardaba.
Al poco tiempo, el Cuarto Señor llegó acompañado de otros dos, todos ellos jóvenes de refinados modales. Un paje dispuso viandas y vino, y bebieron junto con la esposa. La mujer, encogida de vergüenza, bajaba la cabeza; incluso cuando la forzaban a beber, ella no probaba gota. Su corazón latía con frenesí, temiendo que si se turnaban para violarla, sus días habrían llegado al fin. Los tres hombres se hacían brindis mutuos, llamándose ora "Gran Hermano", ora "Tercer Hermano". Tras beber hasta la medianoche, los dos invitados de los asientos de honor se levantaron al unísono y dijeron:
—Hoy el Cuarto Señor nos ha convocado con la presencia de una belleza, por lo que debemos invitar al Segundo Señor y al Quinto Señor a contribuir con vino para celebrarlo.
Se despidieron y se marcharon. El Cuarto Señor arrastró a la mujer hacia el cortinaje; ella suplicó que la perdonara, pero el Cuarto Señor la forzó a unirse a él. Con la sangre fluyendo y destrozada, quedó desvanecida y sin sentido, momento en el que el Cuarto Señor finalmente se marchó. La mujer yacía postrada en el lecho, abrumada por la vergüenza y la furia. Pensó en quitarse la vida, pero al intentar ahorcarse, las sogas se rompían por sí solas; lo probó en repetidas ocasiones con el mismo resultado, sufriendo por no poder morir.
Por fortuna, el Cuarto Señor no acudía con frecuencia, pues había convenido en venir solo una vez que la mujer estuviera completamente curada. Tras transcurrir dos o tres meses, la vida se había vuelto insoportable para toda la familia.
Había un estudiante de apellido Wan, oriundo de Kuaiji y primo político de Zhao, un hombre de carácter vigoroso y experto en el tiro con arco. Cierto día, al pasar por la casa de Zhao, ya era de noche; dado que los aposentes de los huéspedes estaban ocupados por los familiares, Zhao guio al huésped a alojarse en el patio interior. Wan, desvelado desde hacía rato, escuchó pasos de alguien en el patio. Se asomó agazapado por la ventana y vio a un hombre entrar en la habitación de su esposa. Sospechando de aquello, empuñó su sable y fue a espiarlos sigilosamente, viendo al hombre sentado hombro con hombro junto a la señora Yan, con manjares dispuestos sobre una mesita. La ira brotó en su interior como un fuego y entró corriendo. El hombre se levantó sobresaltado y buscó apresuradamente su espada, pero el sable de Wan ya lo había alcanzado en la coronilla; su cráneo se partió y cayó al suelo. Al mirarlo de cerca, resultó ser un caballito, del tamaño de un burro. Con asombro, interrogó a la esposa, y esta le contó todo detalladamente, añadiendo:
—Las otras deidades están por llegar, ¿qué haremos ahora?
Wan agitó la mano, prohibiéndole hacer ruido. Apagó la vela, tomó su arco y sus flechas, y se agazapó en la oscuridad. Poco después, cuatro o cinco figuras cayeron volando desde el cielo. Wan disparó una flecha con presteza y el primero de ellos cayó muerto. Los otros tres rugieron furiosos, desenvainando sus espadas para buscar al arquero. Wan empuñaba su filo apoyado contra el batiente de la puerta, sin moverse en lo más mínimo ni un instante. Cuando uno entró, le seccionó el cuello de un tajo y también cayó muerto. Continuó apoyado contra la puerta; tras un largo rato de silencio, salió, tocó a la puerta y alertó a Zhao. Zhao quedó estupefacto; al alumbrar con antorchas, descubrieron que un caballo y dos cerdos yacían muertos en el interior de la habitación. Toda la familia celebró el suceso. Temiendo aún que las dos bestias restantes regresaran a vengarse, retuvieron a Wan en su hogar, donde asaron el cerdo y cocinaron el caballo para ofrecerlos como ofrenda; su sabor era exquisito, muy distinto de los manjares corrientes. La fama del estudiante Wan se propagó estrepitosamente a raíz de esto.
Al cabo de un mes, los extraños sucesos cesaron por completo, por lo que Wan se dispuso a despedirse para marchar. Sin embargo, cierto comerciante de maderas le rogó con insistencia que se quedara. Previamente, dicho comerciante tenía una hija por casar que de repente había sido visitada en pleno día por un enviado de los Cinco Ancestros: se trataba de más de veinte apuestos jóvenes que afirmaban que la tomarían como esposa y habían entregado cien taeles de oro, fijando una fecha propicia antes de retirarse. Como la fecha límite se acercaba, toda la familia estaba aterrorizada. Al oír la fama del estudiante Wan, le suplicaron encarecidamente que visitara su casa. Temiendo que Wan pusiera reparos, le ocultaron la verdadera situación y no se la contaron. Una vez concluido el espléndido banquete, vistieron a la doncella y la hicieron salir a saludar al huésped; tenía unos dieciséis o diecisiete años y era una muchacha hermosa. Wan se quedó perplejo y sin comprender el motivo; se levantó de su asiento curvando la espalda, pero el anfitrión lo presionó para que volviera a sentarse y le reveló toda la verdad. Al principio, Wan se mostró sobresaltado; mas como su espíritu y orgullo caballeresco eran naturales en él, no opuso resistencia.
Llegado el día señalado, el comerciante colgó nuevamente cintas de seda a la puerta e hizo que Wan se sentara en la habitación. Al caer la tarde el novio no aparecía, por lo que Wan supuso en su interior que el pretendiente ya estaba contado entre los condenados a muerte. Al poco rato, vio que desde los aleros caía algo de repente como un pájaro desplomado: era un joven vestido con lujosos ropajes que, al ver a Wan, dio media vuelta y huyó a la carrera. Wan salió en su persecución y solo alcanzó a ver una negrura amenazante dispuesta a volar; saltó blandiendo su sable y le cortó un pie, ante lo cual el intruso soltó un fuerte alarido y huyó. Al mirar hacia abajo, vio que se trataba de una garra gigante del tamaño de una mano, sin saber a qué criatura pertenecía; siguiendo el rastro de sangre, vio que este se adentraba en el río. El comerciante sintió una alegría inmensa. Sabiendo que Wan no tenía esposa, esa misma noche preparó el lecho nupcial y los hizo unirse en matrimonio. A partir de entonces, todos aquellos que sufrían por causa de los Cinco Ancestros acudían a suplicarle que pasara una noche en sus casas. Tras residir allí durante más de un año, Wan finalmente partió en compañía de su esposa. Desde entonces, en Wu solo quedó una deidad de los Cinco Ancestros, y ya no se atrevieron a causar daños abiertamente.
El Historiador de lo Oculto Comenta: «Los Cinco Ancestros y la rana turbaban las costumbres desde hacía tanto tiempo que la gente terminó por tolerar sus desmanes y violaciones sin que nadie se atreviera a murmurar una sola palabra en privado. ¡El estudiante Wan es verdaderamente un hombre audaz y formidable bajo el cielo!».
Y otro [poema/texto]
El joven Jin, cuyo nombre de cortesía era Wangsun, era oriundo de Suzhou. Daba lecciones en Huai, alojándose en el jardín de una familia noble. Los edificios del jardín no eran numerosos, y las flores y los árboles crecían enmarañados. Ya entrada la noche, los criados se habían retirado por completo, y su sombra solitaria vagaba errante, con el ánimo sumamente atribulado.
Una noche, cuando faltaba poco para el tercer turno de la noche, alguien golpeó de pronto la puerta con los dedos. Al preguntarle con urgencia, le respondieron pidiendo fuego, y la voz era semejante a la del muchacho de la hospedería. Abrió la puerta para dejarlo pasar, y era una hermosa joven de dieciséis años, con una doncella que la seguía de cerca. Jin sospechó que se trataba de un espíritu maligno y la interrogó exhaustivamente. La joven dijo:
—Esta humilde servidora, considerándoos un hombre de refinamiento y letras, en su desolación y soledad da lástima. Sin temer a los muchos rociadores del rocío nocturno, he venido a compartir y disipar esta hermosa noche. Si temiera revelar el motivo, no me habría atrevido a venir, ni vos os habríais atrevido a hospedarme.
Jin sospechó de nuevo que era una muchacha fugitiva de los vecinos y, temiendo perder la decencia de su conducta, la rechazó respetuosamente. La joven le lanzó una mirada de reojo y Jin sintió que su alma entera se embriagaba, quedando de pronto trastornado e incapaz de gobernarse a sí mismo. La doncella, que ya se había percatado, dijo entonces:
—Xiagu, yo me voy por ahora.
La joven asintió con la cabeza. Poco después, la reprendió diciendo:
—¡Irse, pues vete ya, pero a qué viene nombrarme a la Nube o a la Bruma!
Una vez que la doncella se hubo marchado, la joven sonrió y dijo:
—Dado que en la habitación no había nadie, vine junto con la doncella. Al ser tan ignorante, hizo que oyeras mi nombre de pila.
Jin dijo:
—Como vos sois tan sutil y minuciosa, este humilde servidor teme que haya un peligro de desgracia.
La joven respondió:
—Con el tiempo lo sabréis por vos mismo; os garantizo que no arruinaré vuestra conducta ni vuestros actos. No os preocupéis.
Subió al lecho y se aflojó los atavíos. Al ver el brazalete en su muñeca, incrustado con oro en filigrana que atravesaba gemas de fuego y engarzaba dos perlas brillantes, una vez extinguida la vela, su resplandor iluminaba toda la estancia. Jin se alarmó aún más, sin lograr adivinar de dónde había venido.
Apenas concluyeron los hechos, la doncella llamó a la ventana; la joven se levantó, iluminó el sendero con el brazalete y se adentró en los árboles espesos para partir. Desde entonces, no hubo noche en que dejara de venir. Cuando la joven se marchaba, Jin la seguía de lejos; la doncella pareció notarlo y de pronto ocultó su resplandor. Como los árboles eran densos y oscuros, incapaz de ver su propia palma, tuvo que regresar.
Un día, Jin se dirigió a la orilla norte del río; la cinta de su sombrero de bambú se rompió y, soplada por el viento, amenazaba con caer, por lo que él mismo la sostenía con la mano sobre el caballo. Al llegar al río, subió a una barca ligera; una ráfaga de viento hizo volar su sombrero, que se fue flotando con las olas. Su ánimo se sintió considerablemente desconsolado.
Una vez cruzado el río, vio que un fuerte viento hacía girar el sombrero en medio del aire y lo hacía descender poco a poco. Al recibirlo con la mano, la cinta ya había sido remendada. Le pareció extraño. Al regresar a su estudio, se lo relató pormenorizadamente a la joven; esta no dijo nada, limitándose a esbozar una leve sonrisa. Jin sospechó que era obra de la joven y dijo:
—Si vos sois realmente un ser divino, debéis aclarárselo abiertamente a este servidor para disipar mis inquietudes y confusiones.
La joven replicó:
—En medio de la soledad, haber conseguido a un amante tan necio para disipar mis aburrimientos, considero que no está mal por mi parte. Incluso si yo fuera capaz de hacer tal cosa, solo se debe a nuestro mutuo afecto. ¿A qué viene someter esto a un interrogatorio tan arduo? ¿Acaso queréis provocar mi desprecio y apartarme?
Jin no se atrevió a hablar más. Antes de esto, Jin había criado a la hija de su hermana. Tras casarse, esta había sido hechizada por los Cinco Espíritus, lo que lo tenía sumamente preocupado sin haberse atrevido a contárselo a nadie. A raíz de su intimidad con la joven, prolongada ya por algún tiempo, no hubo rincón de sus pulmones y entrañas que no le volcara. La joven dijo:
—Esta clase de criaturas pueden ser exterminadas por mi respetable padre. Pero, ¿cómo osarías revelar un asunto privado de los amantes a tu severo progenitor?
Jin le suplicó amargamente que le diera un plan. La joven meditó pensativa y dijo:
—Esto también es fácil de eliminar, pero es necesario ir en persona. Esos bribones son todos esclavos de mi casa; si permito que un solo dedo toque su piel, esta afrenta ni lavándola en el río Xijiang podría purificarse.
Ante las incesantes súplicas de Jin, la joven dijo:
—Me encargaré de planearlo de inmediato.
A la noche siguiente, al llegar, le anunció:
—He enviado a la doncella hacia el sur por vuestra causa. La muchacha es débil, temo que no pueda aniquilarlo de inmediato.
La noche siguiente, cuando ya se disponía a dormir, la doncella vino a llamar a la puerta. Jin se levantó apresuradamente para dejarla entrar. La joven le preguntó:
—¿Cómo fue?
Ella respondió:
—No tuve la fuerza para capturarlo, así que lo he castrado.
La joven preguntó riendo por los detalles. Ella contestó:
—Al principio creí que era la casa del joven señor; al llegar, descubrí que no era así. Cuando llegué a la casa del esposo, las luces ya estaban encendidas; al entrar, vi a la joven señora sentada bajo la lámpara, reclinada en la mesita como si durmiera. Guardé mi alma dentro de una vasija invertida. Al poco rato llegó la criatura, entró a la habitación y retrocedió con presteza diciendo: "¡Cómo es posible que aquí se aloje un ser vivo!". Al examinar con detenimiento y no ver nada más, volvió a entrar. Yo fingí estar aturdida. Cuando él levantó la colcha y se metió en la cama, exclamé de nuevo asustada: "¡Cómo puede haber aquí un hálito militar!". Como no deseaba manchar mis dedos con inmundicias, pero temía que la demora trajera complicaciones, lo atrapé de inmediato y lo castré. La criatura huyó aullando aterrorizada. Entonces me levanté y destapé la vasija; la joven señora parecía despertar, y la doncella ya se marchaba.
Jin le dio las gracias con alegría, y la joven se marchó junto con ella. Pasado más de medio mes, no volvió a aparecer en absoluto, y él ya la daba por perdida. Al finalizar el año, habiendo disuelto su estancia en la hospedería para regresar a su hogar, la joven apareció de repente. Jin la recibió con alegría y dijo:
—Habiendo estado tanto tiempo abandonado por vos, creí que había incurrido en alguna falta; ¡por fortuna no me habéis apartado para siempre!
La joven dijo:
—Habiendo compartido el afecto durante todo un año, separarnos sin decir una sola palabra seguía siendo un asunto pendiente. Habiendo oído que estabas recogiendo tus bártulos, he venido a escondidas a despedirme.
Jin le suplicó que lo acompañara de regreso. La joven suspiró y dijo:
—¡Es difícil hablar de ello! Ahora que vamos a separarnos, mi afecto no tolera ocultamientos: en realidad soy la hija del Gran Rey Dragón Dorado. Puesto que tengo una afinidad de vidas pasadas con vos, vine a unirme a vos. No debí haber enviado a la doncella a Jiangnan, provocando que circulara por los ríos y lagos la noticia de que yo había castrado a los Cinco Espíritus por vuestra causa. Al enterarse mi respetable padre, lo consideró una gran humillación y, lleno de ira, quiso condenarme a muerte. Por fortuna, la doncella asumió la culpa sobre su propio cuerpo, por lo que su enojo se mitigó un poco, aunque la azotó con más de un centenar de bastonazos. Cada paso que doy debo hacerlo seguida por mis nodrizas; he aprovechado un resquicio para venir una sola vez, y no puedo expresar por completo este profundo afecto. ¡Qué le vamos a hacer!
Dichas estas palabras, quiso despedirse. Jin la retuvo y se echó a llorar.
La mujer dijo: «No temas, mi lord; de aquí a treinta años podremos volver a reunirnos». El erudito respondió: «Tengo ya treinta años; dentro de otros treinta seré un anciano de cabellos blancos. ¿Con qué cara volvería a presentarme ante ti?». La mujer replicó: «No es así; en el Palacio del Dragón no existen los ancianos decrépitos. Además, la longevidad o brevedad de la vida humana no radica en la apariencia; si uno se empeña únicamente inútil en retener la juventud, eso es de lo más sencillo». Dicho esto, escribió una fórmula al margen de un rollo y partió.
Cuando el erudito regresó a su aldea, su sobrina comenzó a hablar de lo sucedido, revelando el extraño suceso: «Aquella misma noche fue como en un sueño; al despertar, sentí que alguien me sujetaba y me metía dentro de una tinaja. Cuando recobré el conocimiento, las sábanas estaban teñidas de sangre, y el monstruo había desaparecido por completo». El erudito dijo: «Antaño yo simplemente le rogué al Señor del Río». Las dudas de todos comenzaron a disiparse.
Años más tarde, cuando el erudito superaba los sesenta años, su rostro seguía pareciendo el de alguien de unos treinta. Cierto día, al cruzar el río, vio a lo lejos que flotaba corriente arriba una hoja de loto del tamaño de una estera, y sobre ella iba sentada una hermosa mujer. Al acercarse a mirar con atención, resultó ser la Diosa del Río. Saltó para seguirla, pero tanto la persona como la hoja de loto se hicieron pequeñas al unísono, achicándose gradualmente hasta el tamaño de una moneda antes de desaparecer por completo.
Este asunto, junto con el caso de Zhao Hong, ocurrieron ambos en los postrimerías de la dinastía Ming, sin saberse cuál precedió al otro. Si hubieran ocurrido después de que Wan Sheng empleara las armas marciales, entonces en la región de Wu apenas habría quedado la mitad de un sello, por lo que era natural que no bastaran para causar gran daño.
— *El clan Shen*
A la orilla del río Jing, había un erudito de apellido Shen, cuya familia era tan pobre que pasaban los días enteros sin encender el fuego para cocinar. Esposa y esposo se miraban el uno al otro sin saber qué recurso tomar. La mujer dijo: —¡Si no queda más remedio, por qué no robas! Shen respondió: —Siendo hijo de un letrado, si no puedo enaltecer el linaje de mis ancestros, mancillo las puertas de mi casa y avergüenzo a mis antepasados; ¡vivir como un bandido es peor que morir con honra! La mujer, irritada, replicó: —¿Quieres sobrevivir pero aborreces la deshonra? En este mundo, los que no aran la tierra para comer tienen solo dos caminos: ¡ya que tú no puedes robar, no me queda más remedio que convertirme en ramera! Shen, indignado, intercambió palabras ásperas con su esposa. La mujer, llena de rencor, se fue a dormir. Shen pensó: «Siendo hombre, incapaz de asegurar dos comidas al día, al punto de llevar a mi esposa a desear la prostitución, ¡ciertamente es mejor morir!». Se levantó a hurtadillas y se colgó con una cuerda de la rama de un árbol en el patio. En ese instante vio venir a su padre, quien le dijo con asombro: —¡Muchacho necio, cómo has llegado a esto! Le cortó la cuerda y le instruyó: —Se puede robar, pero debes elegir ocultarte entre los campos espesos de mijo y sorgo. Con esta empresa podrás enriquecerte, y no habrá necesidad de más. La mujer, al oír el sonido de su caída al suelo, despertó sobresaltada; llamó a su esposo y este no respondió; encendió fuego para buscarlo y vio la cuerda rota en el árbol y a Shen yaciendo muerto al pie de este. Quedó aterrorizada. Lo acarició y frotó, y al cabo de un buen rato él revivió, por lo que lo ayudó a recostarse en la cama. El enojo y la cólera de la esposa se calmaron un poco.
Al amanecer, fingiendo la enfermedad de su esposo, pidió a un vecino un poco de gachas diluidas para Shen. Una vez que Shen las sorbió, salió y se marchó. Hacia el mediodía, regresó cargando un costal de arroz. Su esposa le preguntó de dónde lo había sacado. Él respondió: —Mis antiguos conocidos son todos de familias distinguidas y siempre han considerado una vergüenza menear la cola, por lo que no me digné a imploración alguna. Como dice el antiguo refrán: «Quien se encuentra en la inopia no puede andarse con miramientos». ¡Ahora mismo me convertiré en ladrón, qué me importan las consideraciones! Date prisa en cocinar, pues habré de seguir tus palabras y salir a asaltar. La esposa, sospechando que él aún no había olvidado el rencor de las palabras de la víspera, se reprimió y guardó silencio. Lavó el arroz y preparó gachas. Cuando Shen hubo comido hasta saciarse, buscó con premisa madera firme, la cortó con un hacha para hacer un garrote y, tomándolo, quiso salir. La esposa, al notar que su intención parecía real, lo detuvo tirando de su ropa. Shen dijo: —Tú me enseñaste a hacerlo; si el asunto fracasa y te compromete, ¡no deberás arrepentirte! Le arrancó el faldón de la túnica y se fue.
Al anochecer llegó a una aldea vecina y se ocultó a una legua de ella. De pronto se desató una tormenta violenta que lo empapó de arriba abajo. A lo lejos divisó un espeso bosque y se dispuso a buscar refugio en él. Un destello de relámpago iluminó el lugar y lo hizo ver cerca de los muros de la aldea. Al parecer había transeúntes a lo lejos, y temiendo ser avistado, vio que junto al muro el mijo y el sorgo crecían tupidos, por lo que corrió velozmente hacia allí y se agachó para ocultarse entre ellos. Poco después, llegó un hombre de complexión sumamente robusta que también se refugió en el mijo. Shen tuvo miedo y no se atrevió a hacer el menor movimiento. Por fortuna, el hombre se desvió y siguió su camino. Observándolo a través del ramaje, vio que ingresaba dentro de los muros. Pensó en silencio que el interior correspondía a la mansión de la acaudalada familia Kang, y que aquel individuo debía ser un ladrón de techos; aguardaría a que saliera con su botín para reclamar su parte justa. Pensó además: «Ese hombre es fuerte y vigoroso; si resulta hábil y no quiere ceder nada, sin duda habrá pelea». Juzgando que su propia fuerza no era rival para la de aquel, decidió emboscarlo antes de que estuviera preparado.
Una vez trazado su plan, aguardó con paciencia el momento propicio. Justo cuando iba a cantar el gallo, saltó el muro para salir. Aún no tocaba el suelo con los pies cuando Shen se levantó violentamente y descargó el garrote directo contra su cintura y lomo, derribándolo con estrépito. ¡Era una tortuga gigantesca con el hocico abierto como una jofaina! Lleno de asombro, la golpeó repetidas veces hasta matarla.
Anteriormente, el anciano Kang tenía una hija de extraordinaria belleza y gracia, a quien ambos padres querían y colmaban de afecto. Una noche, un varón entró en su habitación y la forzó a intimar con él a la fuerza. Cuando ella quiso gritar, ya tenía la lengua en la boca, quedando obnubilada y perdiendo el sentido, a merced de lo que aquel quisiera hacerle antes de marcharse. Demasiado avergonzada para contarlo a otros, se limitó a reunir a numerosas criadas y nanas para cerrar y asegurar puertas y ventanas con rigor. Sin embargo, al dormirse por las noches, ignoraba cómo se abrían los barrotes por sí solos; al entrar en la estancia, todos caían en un sopor, y las criadas y nanas eran violadas una por una. Al contárselo unas a otras, quedaron aterrorizadas y se lo informaron al anciano. Kang ordenó a sus criados que empuñaran armas para rodear el pabellón bordado, mientras los habitantes de la habitación permanecían sentados a la luz de las velas. Cerca de la medianoche, todos los presentes, tanto de dentro como de fuera, se quedaron dormidos de golpe; de pronto, como si despertaran de un sueño, vieron a la joven tendida desnuda y con aspecto atónito, tardando un buen rato en recuperar la lucidez. El anciano sentía una profunda amargura, pero no sabía qué hacer. Al cabo de varios meses, la muchacha quedó consumida y al borde de la muerte. Siempre decía a la gente: —Quien sea capaz de expulsar al demonio recibirá trescientas piezas de oro como recompensa.
Shen había oído hablar de esto en su momento. Al capturar a la tortuga esa noche, comprendió de inmediato que el ente que atormentaba a la hija del anciano Kang tenía que ser aquella criatura. De este modo, fue a llamar a la puerta para reclamar la recompensa. El anciano, encantado, lo hizo sentar en el asiento de honor y ordenó que trasladaran la tortuga al patio para cortarla en pedazos. Retuvo a Shen a pasar la noche, y el extraño mal cesó por completo. Así, le entregó la recompensa estipulada y Shen regresó cargado de oro.
Su esposa, preocupada y ansiosa porque él no había regresado en toda la noche, al ver entrar a Shen, le preguntó apresuradamente. Shen no dijo nada y depositó el oro sobre el lecho. La esposa lo abrió y miró, quedando casi aterrorizada, y exclamó: —¡Así que de veras te has vuelto un ladrón! Shen replicó: —¡Fuiste tú quien me empujó a esto, y ahora sales con esas palabras! La esposa lloró y dijo: —¡Lo antes dicho era solo una broma! ¡Ahora has cometido un delito que se paga con la horca, y yo no puedo soportar cargar con la culpa de un bandido! ¡Permíteme morir primero! Y echó a correr. Shen la alcanzó, la arrastró de vuelta entre risas y le contó todo tal como había sucedido; entonces la esposa se alegró enormemente. A partir de entonces, planificaron sus labores productivas y llegaron a ser considerados ricos hacendados.
El historiador de lo extraordinario comenta: «Los hombres no deben temer a la pobreza, sino a la falta de rectitud. Aquel cuya conducta es recta no morirá de hambre; si los hombres no se compadecen de él, los espíritus lo protegerán. ¡Los desamparados de este mundo, donde hay ganancias olvidan la justicia, y donde hay comida olvidan la vergüenza; si nadie se atreve a confiarles ni una sola moneda, cómo podrán esperar ser comprendidos por los dioses y los fantasmas!».
Había en el distrito un hombre pobre conocido como el Segundo Mo, quien, cuando el último mes del año tocaba a su fin, carecía de ropas enteras en su cuerpo. Pensaba para sí: «¿Cómo podré sobrevivir al año viejo?». No se atrevía a hablar con su esposa, y tomando en secreto un garrote blanco, salió a tenderse entre las tumbas, con la esperanza de que alguien pasara solo para despojarlo de cuanto poseyera. Aguardó con infinita angustia, pero ni un alma se vislumbraba; y como el viento entre los pinos le calaba los huesos, ya no pudo soportarlo más. Cuando estaba a punto de desmayarse, de repente vio venir a una persona encorvada. Su corazón se llenó de alegría; aferrando el garrote, salió de repente a su encuentro. Resultó ser un anciano que llevaba un hatillo al lado del camino, el cual suplicó con dolor: «Este humilde servidor no posee en verdad nada de valor. En mi casa no hay qué comer, y acabo de mendigar cinco *sheng* de arroz a la casa de mi yerno». Mo le arrebató el arroz y quiso además quitarle su casaca forrada de algodón, pero el viejo le suplicó con amargura. Compadeciéndose de su vejez, Mo lo soltó, cargó el arroz y regresó a su hogar. Su esposa le interrogó sobre el origen de aquello, a lo cual él mintió respondiendo que se trataba de una «deuda de juego». En su interior pensó que tal método era excelente y, a la noche siguiente, volvió a salir.
No hacía mucho que se había instalado allí cuando vio a un hombre que cargaba un garrote, el cual también se introdujo entre las tumbas, se agachó a mirar a lo lejos y parecía compartir su mismo oficio. Mo, dándose aires de precaución, salió de detrás de un túmulo. El otro hombre, alarmado, preguntó: «¿Quién va?». Mo respondió: «Un caminante». —«¿Por qué no caminas?», preguntó el otro. —«Te esperaba a ti», replicó Mo. El hombre soltó una risa. Comprendiendo las intenciones del otro, ambos compartieron sus cuitas sobre el hambre y el frío.
Como la noche era ya avanzada y no habían conseguido presa alguna, Mo quiso retirarse. El hombre le dijo: «Aunque has tomado este camino, todavía eres un novato. En la aldea de más adelante hay una familia que casa a su hija; en plena medianoche están con los preparativos, y con seguridad toda la casa estará exhausta. Sígueme, y lo que consigamos lo repartiremos por igual». Mo, encantado, le siguió.
Al llegar a una puerta, a través del muro escucharon el sonido de pasteles al vapor, lo que indicaba que aún no se habían acostado, así que se agazaparon a esperar. Al poco rato, alguien abrió la puerta, salió cargando un bastón y se dirigió a buscar agua; ambos aprovecharon la ocasión para colarse furtivamente. Vieron resplandecer una lámpara en la habitación del norte, mientras las demás casas estaban a oscuras. Escucharon a una anciana decir: «Hija mayor, ve a echar un vistazo a la habitación del este; todos tus ajuares de novia están en el arca, ¿no habrás olvidado echar la llave?». Se oyó la voz perezosa y coqueta de la joven. Ambos se alegraron en secreto, caminaron sigilosamente hacia la habitación del este y, palpando en la oscuridad, encontraron el arca para yacer; al abrir la tapa y tantear en su interior, comprobaron que era tan profunda que no se le veía el fondo. El hombre le dijo a Mo: «¡Entra!». Mo entró efectivamente y encontró un envoltorio, el cual pasó hacia afuera. El hombre preguntó: «¿Se acabó?». —«Se acabó», respondió. El otro lo engañó diciendo: «Busca otra vez». Entonces cerró la tapa, le echó el candado y se marchó.
Mo, atrapado en el interior, se sintió en apuros y sin saber qué hacer. Al poco rato, una luz brillante entró en la estancia, enfocando primero el arca. Oyó decir a la anciana: «¿Quién la ha cerrado ya?». Tras esto, tanto la madre como la hija subieron al lecho y apagaron la luz. Mo, presa de una gran urgencia, imitó el ruido de un ratón royendo algo. La joven exclamó: «¡Hay un ratón en el arca!». La anciana replicó: «No dejes que dañe tu ropa. Estoy sumamente cansada, ve tú misma a revisar». La muchacha sacudió sus ropas, se levantó, descorrió el pasador y abrió el arca.
Mo saltó de golpe y la joven cayó asustada al suelo. Mo descorrió el cerrojo y huyó a la carrera; aunque no obtuvo nada, se consideró afortunado de haber logrado escapar con vida.
El robo en la casa de la boda se propagó por todas partes. Algunos comenzaron a sospechar de Mo, y este, aterrorizado, huyó cien *li* hacia el este, donde se alquiló como sirviente para el dueño de una posada. Tras más de un año, los rumores se calmaron un poco, de modo que hizo venir a su esposa para vivir juntos y ya no volvió a dedicarse al oficio del garrote blanco. Esta es la narración que él mismo hizo; y como guarda semejanza con la historia del clan Shen, se adjunta aquí.
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### La Consorte Heng
Hong Daye era natural de la capital. Su esposa, la señora Zhu, poseía una belleza y gracia notables, y ambos se amaban profundamente. Más tarde, Hong tomó a su criada Baodai como concubina; aunque su apariencia era muy inferior a la de la señora Zhu, Hong la favorecía con exceso. La señora Zhu, sintiéndose agraviada, solía enemistarse con él por esta causa. Aunque Hong no osaba pernoctar abiertamente en los aposentos de la concubina, cada vez mostraba mayor predilección por Baodai y se distanciaba más de la señora Zhu.
Posteriormente, la familia mudó su residencia y tuvo como vecino a un comerciante de sedas apellidado Di. La esposa de Di, Heng Niang, fue la primera en cruzar al patio para presentar sus respetos a la señora Zhu. Heng Niang rondaba los treinta años; su belleza era apenas mediana, pero sus palabras eran ligeras y encantadoras. La señora Zhu se complació en su compañía. Al día siguiente, al devolverle la visita, vio que en aquella casa también había una concubina, de poco más de veinte años, sumamente delicada y hermosa. Sin embargo, tras casi medio año de vecindad, jamás se oyó una sola palabra de riña o reproche entre ellas; además, el señor Di profesaba un amor exclusivo a Heng Niang, mientras que la concubina no era más que un título vacío.
Un día, la señora Zhu encontró a Heng Niang y le preguntó: «Antaño yo creía que mi esposo amaba a su concubina precisamente por serlo, y a menudo deseaba trocar el nombre de "esposa" por el de "concubina". Ahora comprendo que no es así. ¿Qué arte posee usted, señora? Si pudiera enseñármelo, gustosamente me postraría hacia el norte para convertirme en su discípula».
Heng Niang respondió: «¡Ay! Es usted misma quien se ha distanciado; ¿cómo puede culpar al hombre? Acosarlo mañana y tarde con parloteo incesante equivale a ahuyentar gorriones hacia la maleza: ¡solo logra alejarlo aún más! Cuando regrese, consienta en todo lo que él haga; incluso si el hombre acude a usted por iniciativa propia, rechácelo. Dentro de un mes, volveré a trazar un plan para usted».
La señora Zhu siguió sus instrucciones. Embelleció aún más a Baodai e hizo que compartiera el lecho con su esposo. Incluso cuando Hong comía o bebía, ordenaba que Baodai lo acompañara. En las raras ocasiones en que Hong intentaba acercarse a la señora Zhu, ella lo rechazaba con mayor firmeza; por ello, todos alababan la virtud de la señora Zhu.
Transcurrido algo más de un mes, la señora Zhu fue a ver a Heng Niang. Esta exclamó con alegría: «¡Lo hemos conseguido! Al regresar, destruya su propio adorno: no vista ropas lujosas ni use cosméticos; ensucie su rostro, calce zapatos gastados y mézclese con los sirvientes en las tareas domésticas. Vuelva a verme dentro de un mes».
La señora Zhu obedeció: vistió harapos remendados, descuidó deliberadamente su limpieza y no se ocupó de nada que no fuera hilar y tejer. Hong sintió lástima por ella y ordenó a Baodai que compartiera sus labores; pero la señora Zhu no lo aceptaba y siempre la reprendía para que se marchara.
Pasado otro mes, regresó junto a Heng Niang. Esta dijo: «¡Verdaderamente, esta joven merece ser instruida! Pasado mañana se celebra el Festival Shangsi y deseo invitarla a pasear por el jardín primaveral. Deberá despojarse por completo de esas ropas viejas; túnica, calzones, medias y zapatos deben estar impecablemente nuevos. Venga a mi casa temprano esa mañana».
La señora Zhu asintió: «Así se hará». Llegado el día, se miró al espejo y aplicó los polvos y pigmentos con exquisito cuidado, siguiendo punto por punto las enseñanzas de Heng Niang. Una vez completado el maquillaje, fue a ver a su vecina. Heng Niang exclamó complacida: «¡Perfecto!». Luego le arregló personalmente el peinado del fénix, tan brillante que reflejaba la imagen como un espejo. Como las mangas de la túnica no seguían la moda actual, descosió los hilos y las rehízo. Al notar que el estilo de sus zapatos era torpe, sacó de un cofre unos patrones propios y juntas los confeccionaron. Al terminar, le indicó que se los pusiera de inmediato... Antes de despedirse, le ofreció una copa de vino y le encomendó: «Al regresar, tras ver una sola vez a su esposo, cierre pronto la puerta y acuéstese. Si él viene a llamar, no le preste atención. Solo después de que llame tres veces podrá dejarlo entrar una. Si su boca busca la de usted o su mano busca su pie, sea siempre esquiva y reacia. Vuelva a verme dentro de quince días».
La señora Zhu regresó a casa y se presentó ante Hong ostentando su nuevo atavío. Él la contempló de arriba abajo con mirada fija, riendo y mostrando una alegría inusitada. Ella habló brevemente del paseo y, apoyando la barbilla en la mano, adoptó un aire lánguido. Antes del anochecer, se levantó, entró en su habitación, cerró la puerta y se acostó. Poco después, Hong llegó efectivamente a llamar a la puerta; pero la señora Zhu permaneció firmemente tendida sin levantarse, y él terminó por marcharse. La noche siguiente ocurrió lo mismo. Al día siguiente, Hong la recriminó. Ella respondió: «Me he acostumbrado a dormir sola y no soporto que me molesten nuevamente».
Al caer la tarde, Hong entró en el dormitorio y se sentó a esperar. Apagó la vela, subió al lecho y la cortejó como si fuera una novia recién casada, con gran intimidad y deleite. Quiso concertar cita para la noche siguiente, pero la señora Zhu alegó que no podía sostener tal ritmo y pactó con él verse cada tres días.
Quince días después, volvió a visitar a Heng Niang. Esta cerró la puerta y le dijo en privado: «De ahora en adelante podrá disfrutar del favor exclusivo de su esposo. No obstante, aunque es usted bella, carece de encanto seductor. Con su belleza, un solo gesto de coquetería bastaría para arrebatar el favor que gozó Xi Shi; ¡cuánto más tratándose de mujeres inferiores!». Entonces la hizo ensayar una mirada de soslayo y comentó: «No es eso. El defecto está en el rabillo del ojo». Le pidió que sonriera y añadió: «Tampoco. El fallo reside en la mejilla izquierda». Acto seguido, le mostró cómo lanzar miradas líquidas y otoñales rebosantes de ternura, y cómo sonreír dejando entrever apenas sus dientes blancos como semillas de calabaza, pidiendo a la señora Zhu que la imitara. Tras decenas de intentos, apenas logró captar un leve parecido.
Heng Niang concluyó: «Puede retirarse ya. Mírese al espejo y practique hasta dominarlo; no queda nada más que enseñarle respecto al arte. En cuanto a los asuntos del lecho, muévase según las circunstancias y adáptese a los deseos de él; eso no puede transmitirse con palabras».
La señora Zhu regresó y actuó exactamente conforme a las enseñanzas de Heng Niang. Hong experimentó un júbilo inmenso, cautivado en cuerpo y alma, temeroso únicamente de ser rechazado. Al atardecer, ambos bromeaban y reían juntos; él no se apartaba ni un paso de la alcoba, convirtiéndolo en costumbre diaria, hasta el punto de que resultaba imposible alejarlo de allí.
La señora Zhu trató también con mayor benevolencia a Baodai; durante las cenas íntimas, solía llamarla para que se sentara en el mismo estrado. Pero Hong encontraba a Baodai cada vez más repulsiva y, antes de que terminara el banquete, la despachaba. La señora Zhu engañó a su esposo para que entrara en la habitación de Baodai y luego atrancó la puerta desde fuera; así, Hong pasó toda la noche sin poder tocarla. A raíz de esto, Baodai comenzó a odiar a Hong y a difamarlo con quejas ante cualquiera. Él, cada vez más hastiado y furioso, empezó a castigarla con azotes. Baodai, llena de resentimiento, dejó de cuidar su aspecto: arrastraba zapatos rotos y sucios, llevaba el cabello despeinado como maleza silvestre, y ya no parecía siquiera un ser humano.
Un día, Heng Niang preguntó a la señora Zhu: «¿Qué tal ha funcionado mi arte?».
Ella respondió: «El método es sumamente sutil; mas esta discípula sabe ejecutarlo, aunque nunca logrará comprenderlo del todo. Decirle que consintiera en todo... ¿por qué?».
—dijo: —¿No has oído aquel dicho?: "Los sentimientos humanos aborrecen lo viejo y saludan lo nuevo, valoran lo difícil y desprecian lo fácil". El afecto de un esposo por su concubina no se debe necesariamente a su belleza; le deleita lo que acaba de obtener y atesora lo que es difícil de alcanzar. Si a uno se le concede un exceso hasta saciarse, incluso los manjares más exquisitos terminan por hastiar, ¡cuánto más una sopa de hierbas silvestres!
—Si la desprecias y luego vuelves a deslumbrarla con tus encantos, ¿a qué obedece esto? —preguntó Zhu.
—La dejas sin miramientos, y parecerá que ha pasado mucho tiempo desde su ausencia; de repente te muestras con un atavío deslumbrante, y serás como una recién llegada. Es semejante a un mendigo que de pronto obtiene pan blanco y carne; entonces mira el arroz áspero y ya no le sabe a nada. Y si además no te entregas a él con facilidad, de este modo ella resultará ser la vieja y tú la nueva; ella se mostrará accesible y tú esquiva. ¡He aquí el método para transformar a una esposa en concubina ante los ojos de tu señor!
Zhu se regocijó en gran medida y, desde entonces, se convirtió en su confidente más íntima en los aposentos privados. Tras transcurrir varios años, Hengniang le dijo de repente a Zhu:
—Nuestro afecto es como si fuéramos un solo cuerpo, por lo que naturalmente no debemos ocultar nada de nuestras vidas. Antes deseaba decírtelo, pero temía que dudaras de mis palabras; como está próximo nuestro parting, osaré confesarte la verdad: esta concubina es, en realidad, un zorro. En mi niñez sufrí la desgracia de una madrastra y fui vendida como concubina en la capital. Mi buen esposo me trató con gran generosidad, por lo que no soporté abandonarlo de inmediato, y así, con este apego persistente, he llegado hasta el día de hoy. Mañana mi anciano padre sufrirá la liberación del cadáver; iré a visitarlo y rendirle homenaje, y ya no regresaré.
Zhu le tomó las manos y exhaló un suspiro entre sollozos. Al alba del día siguiente, fue a visitarla y halló a toda la familia sumida en el pánico y el asombro: Hengniang ya se había desvanecido.
El Historiador de lo Extraordinario comenta: «El comprador de perlas no valora la perla, sino el cofre. El afecto basado en lo nuevo o lo viejo, en lo difícil o lo fácil, es una ilusión que a través de los milenios nadie ha podido romper; y es así como las artes para transformar el odio en amor logran abrirse paso en medio de todo ello. Los cortesanos aduladores de la antigüedad servían a sus soberanos impidiendo que vieran a otros y evitando que examinaran los libros. ¡Ahora comprendo que el arte de asegurar el favor y preservar el favor imperial posee secretos transmitidos de corazón a corazón!».
Gejin
Chang Dayong era oriundo de Luoyang y sentía una pasión obsesiva por las peonías. Al enterarse de que las peonías de Caozhou eran las mejores de Qi y Lu, su corazón anhelaba visitarlas con fervor. Aconteció que, con motivo de otros asuntos, viajó a Cao y se hospedó temporalmente en la mansión de un dignatario. Por entonces, apenas corría el segundo mes lunar y las peonías aún no habían florecido; él solo deambulaba por el jardín, con la mirada fija en los tiernos brotes, esperando con impaciencia que se abrieran. Compuso cien poemas inspirados en su anhelo por las peonías. Al poco tiempo, las flores comenzaron a formar capullos, pero sus fondos monetarios estaban por agotarse; recurrió entonces a empeñar sus ropas de primavera, demorándose allí sin poder apartarse.
Un día, al despuntar el alba, se dirigió apresuradamente al paraje de las flores y descubrió que una joven y una anciana se hallaban allí. Sospechando que se trataba de las damas de una familia noble, se retiró a toda prisa. Al caer la tarde regresó y volvió a verlas, pero se apartó con aplomo para no ser visto. Al observarlas de soslayo, notó que el tocado de la joven poseía una belleza deslumbrante. En medio de su estupor y embeleso, un pensamiento cruzó súbitamente por su mente: «¡Sin duda debe tratarse de un inmortal! ¿Cómo podría existir semejante mujer en el mundo mortal?». Dándose la vuelta con urgencia, se dispuso a buscarlas. Al rebasar apresuradamente la rocalla, se topó de imprevisto con la anciana. La joven se hallaba sentada sobre una piedra y, al cruzarse las miradas, ambas mostraron asombro. La anciana interpuso su cuerpo para proteger a la muchacha y lo increpó con severidad: «¡¿Qué pretende este erudito licencioso?!». Chang se arrodilló de hinojos y exclamó: «¡La joven dama ha de ser sin duda una divinidad!». La anciana lo reprendió airada: «¡Con semejantes desvaríos, mereces ser atado y entregado ante el magistrado!».
Aterrorizado, el erudito escuchó a la joven sonreír y decir: «¡Que se vaya!».
Cruzando la montaña, se retiró. Al regresar, Chang era incapaz de caminar con normalidad, convencido de que la joven iría a reportar el suceso a su padre o hermanos y que un aluvión de recriminaciones e injurias no tardaría en llegar. Se tendió cuitado en su vacía habitación, recriminándose su propia audacia temeraria, aunque secretamente albergaba la esperanza de que la joven no guardase enojo y tal vez lo dejara en el olvido. El remordimiento y el miedo se batían en su interior, y para el final de la noche ya había enfermado.
Al asomar la mañana, para su alivio, no hubo emisarios que vinieran a exigirle cuentas, por lo que su corazón se calmó gradualmente; mas al evocar la voz y el semblante de la doncella, el temor se trocó en anhelo ferviente. Pasó tres días de este modo, demacrado y al borde de la muerte.
Entrada ya la noche, cuando el sirviente yacía profundamente dormido, la anciana entró portando una taza y se acercó diciendo: «Mi señora, Gejin, ha preparado personalmente un caldo de veneno; ¡bébelo de inmediato!».
Al escuchar esto, Chang se sobresaltó, pero luego replicó: «¡Esta humilde persona jamás ha albergado agravio ni enemistad con la señorita, de modo que no hay razón para condenarme a muerte! Ya que ha sido preparado por las propias manos de la señorita, antes que morir consumido por la melancolía, ¡prefiero morir bebiendo el veneno!».
Acto seguido, tomó la taza y se la bebió de un solo trago. La anciana sonrió, le arrebató el recipiente y se marchó. Chang percibió que el aroma de la pócima era fresco y sutil, sin parecerse en nada a un veneno. Al poco rato sintió que su pecho se ensanchaba y despejaba, que su cabeza cobraba una limpidez absoluta y cayó en un sueño profundo y apacible.
Al despertar, el sol radiante inundaba la ventana. Al incorporarse, comprobó que su enfermedad había desaparecido por completo, lo que acrecentó aún más su convicción de que se trataba de seres celestiales. No teniendo otra manera de propiciar un encuentro, cada vez que se hallaba a solas rememoraba el sitio exacto donde ella se había parado o sentado, y allí mismo se inclinaba con piadosa reverencia para rezarle en silencio.
Cierto día, mientras caminaba, se tropezó de improviso cara a cara con la joven entre la espesura de los árboles. Por fortuna no había nadie más; loco de alegría, se postró por completo en el suelo. La joven se inclinó para levantarlo y, de repente, percibió una fragancia exótica que emanaba de todo su cuerpo; al asir su muñeca de jade para incorporarla, la suavidad y tersura de su piel hicieron que sus coyunturas parecieran derretirse. Estaba a punto de dirigirle la palabra cuando la anciana apareció de la nada. La joven le ordenó ocultarse tras una piedra y, señalando hacia el sur, le indicó: «Por la noche, cruza el muro valiéndote de una escalera de mano; el lugar rodeado de celosías rojas por los cuatro costados es mi morada». Dicho esto, se marchó a toda prisa.
Chang se quedó sumido en la melancolía, con el alma dispersa y sin saber adónde se había dirigido. Al llegar la noche, arrastró una escalera y trepó por el muro sur; para su alegría, al otro lado ya había otra escalera dispuesta en el suelo. Descendió con presteza y comprobó que, efectivamente, allí estaban las ventanas rojas. Desde el interior se escuchaba el tintineo de un juego de ajedrez; se detuvo un instante, sin atreverse a avanzar de nuevo, y optó por cruzar el muro para regresar por donde había venido. Poco después, volvió a asomarse; el sonido de las fichas seguía resonando con profusión. Al acercarse cautelosamente a mirar, vio que la joven jugaba frente a frente con una hermosa mujer vestida de blanco; la anciana también estaba presente y una criada atendía la escena. Chang dio media vuelta y se retiró. Repitió este ir y venir hasta tres veces, y ya el tercer turno de la noche había comenzado. Mientras yacía agazapado sobre la escalera, escuchó a la anciana salir diciendo: «¡Una escalera! ¿Quién ha puesto esto aquí?», y llamando a la criada, ambas la retiraron de allí. Chang trepó el muro, pero al no hallar por dónde descender, tuvo que regresar apesadumbrado y lleno de rencor.
A la noche siguiente volvió a intentarlo: la escalera ya había sido colocada de antemano. Con la fortuna de que no había nadie a la vista, entró y encontró a la joven sentada en solitario, absorta en sus pensamientos. Al verlo, ella se incorporó con sobresalto, ladeándose con un pudoroso rubor. Chang le hizo una reverencia y dijo: «Creía que mi destino era mezquino y que no me cabría la dicha de entablar relación con un ser celestial, ¡mas acaso también esta noche me pertenece!». Diciendo esto, la abrazó con familiaridad. La cintura de la joven era tan esbelta que cabía en un puño, y su aliento exhalaba la fragancia de las orquídeas mientras intentaba apartarlo repitiendo: «¡¿Por qué procedes con tanta precipitud?!».
Chang replicó: «Las buenas obras suelen tropezar con mil dificultades; si tardo demasiado, hasta los propios espíritus me envidiarán».
Aún no terminaba de hablar cuando se oyó una voz a la legua. La joven exclamó alarmada: «¡Ha llegado mi hermana menor, Yuban! Puedes ocultarte bajo la cama por ahora».
Chang obedeció. Al poco rato entró otra mujer, quien rió y dijo: «¿Acaso un general derrotado todavía puede hablar de dar batalla? Ya he preparado té e invito cordialmente a compartir las alegrías de una larga noche».
La joven se excusó alegando cansancio y somnolencia, pero Yuban insistió con firmeza; sin embargo, la dueña de casa se mantuvo inflexible en su asiento. Yuban replicó entonces: «Tanta resistencia... ¿Acaso ocultas a algún varón en tu alcoba?», y tirando de ella con fuerza, la hizo salir de la habitación.
Chang salió gateando de debajo de la cama y, dominado por la frustración, comenzó a registrar las almohadas y las esteras con la esperanza de hallar algún objeto que ella hubiera dejado olvidado. Mas en la estancia no había joyero alguno; solo encontró a la cabecera de la cama un cetro de cristal coronado por un pañuelo de seda morada, de una pureza y fragancia exquisitas. Lo guardó en su pecho y cruzó de nuevo el muro para regresar. Al arreglar sus solapas y mangas, comprobó que el aroma corporal de ella aún permanecía impregnado en las telas, avivando con mayor fuerza su devota fascinación.
Sin embargo, el terror de haber sido descubierto bajo la cama le infundió el temor a las consecuencias, por lo que, tras meditarlo con cautela, no se atrevió a regresar; se limitó a custodiar como un tesoro el cetro de cristal, albergando la esperanza de que ella viniera a buscarlo.
Dos noches después, la joven se presentó en efecto y, con una sonrisa, le reprochó: «En un principio te creía un hombre de honor, ¡y resulta que no eres más que un bandido!».
Chang replicó: «Es muy cierto. La única razón por la cual en aquella ocasión falté a la rectitud fue porque suspiraba por este cetro de los deseos».
」 Luego la tomó en sus brazos y le ayudó a desatar los nudos de la falda. Su piel de jade quedó al descubierto de repente, exhalando un calor y una fragancia que fluían en todas direcciones. Entre sus abrazos y caricias, él sintió su aliento y el sudor perfumado; no había exhalación que no fuera aromática. Por lo que dijo:
—Este humilde creía firmemente que eras una inmortal, y ahora sé con certeza que no me equivocaba. El haber tenido la fortuna de contar con tu mirada benévola es un destino forjado en tres vidas. Solo temo que, tal como le ocurrió a Du Lanxiang al descender para casarse con un mortal, esto termine al fin en la amargura de la separación.
La mujer sonrió y replicó:
—Tus preocupaciones son demasiado exageradas. Esta concubina no es más que el alma errante de una doncella que se ha dejado mover por el sentimiento. Este asunto debe mantenerse en riguroso secreto; si las lenguas maledicentes inventan calumnias sobre el blanco y el negro, tú no podrás hacerte alas ni esta concubina podrá cabalgar el viento, y entonces la desgracia de nuestra separación será aún más trágica que una dolorosa despedida.
El estudiante la consideró con razón, pero en su interior seguía sospechando que era un ser celestial, por lo que insistió en preguntarle su apellido y linaje.
La mujer respondió:
—Ya que me tomas por una inmortal, ¿por qué habría de transmitir un nombre inmortal?
Él preguntó:
—¿Quién es la anciana?
—Es la vieja Sang —respondió ella—. En mi juventud recibí su amparo y protección, por eso no es tratada como las sirvientas comunes.
Luego se levantó con la intención de marchar y dijo:
—En mi morada hay demasiados ojos y oídos, no puedo demorarme por mucho tiempo. Tan pronto como halle una rendija, volveré.
Al despedirse, él le reclamó el cetro *ruyi*. Ella le dijo:
—Esto no me pertenece, fue algo que Yuban dejó atrás.
Él preguntó:
—¿Quién es Yuban?
—Es la hermana menor de mi tío —respondió, y tras entregarle el gancho, se marchó.
Tras su partida, las colchas y almohadas quedaron impregnadas de una fragancia extraña. A partir de entonces, cada dos o tres noches venía sin falta. El estudiante, embelesado por ella, ya no pensaba en regresar a su hogar. Y como su bolsa de viaje estaba vacía, quiso vender su caballo. Al enterarse, la mujer le dijo:
—Por causa de esta concubina has vaciado tus alforjas y empeñado tus ropas, algo que mi corazón no puede soportar. Y si además te deshaces de tu medio de transporte, ¿cómo harás para regresar a más de mil li de distancia? Esta concubina posee algunos ahorros; puedes usarlos para ayudar con los preparativos del viaje.
El estudiante la rechazó diciendo:
—Agradezco profundamente tu afecto, habiendo grabado mis juramentos en el pecho y en la piel, un favor imposible de retribuir. ¡Si además de eso fuera tan codicioso como para agotar tu fortuna, qué clase de hombre sería!
La mujer insistió con firmeza:
—Tómalo como un préstamo temporal.
Entonces le tomó del brazo y lo condujo bajo un árbol de morera, señalando una piedra:
—¡Gira esto!
El estudiante obedeció. Luego, sacando la horquilla de su cabello, pinchó la tierra unas cuantas veces y le ordenó:
—¡Excava!
El estudiante volvió a obedecer y enseguida apareció la boca de una tinaja. La mujer introdujo la mano y sacó cerca de cincuenta liang de plata blanca. El estudiante la sujetó del brazo para detenerla, pero ella no hizo caso y sacó otra decena de lingotes. El estudiante la obligó a devolver la mitad antes de volver a taparla.
Una noche, ella le dijo:
—Recientemente ha comenzado a haber ligeras habladurías; una situación así no puede prolongarse y debemos preverlo con anticipación.
El estudiante, aterrado, exclamó:
—¡Y bien, qué podemos hacer! Este pequeño erudito siempre ha sido torpe y cauto; ahora, por causa tuya, me encuentro como una viuda que ha perdido su castura, incapaz ya de gobernar mis propios actos. ¡Me pongo por entero a tus órdenes, y ni las hojas de afeitar, las sierras, los hachas o las alabardas lograrán apartarme de ello!
La mujer planeó entonces huir juntos, ordenando al estudiante que regresara primero y acordando encontrarse en Luoyang. El estudiante hizo sus preparativos y emprendió el camino de regreso al terruño, con la intención de adelantarse y luego recibirla; pero cuando llegó, el carruaje de la dama acababa de llegar a la puerta. Al subir al vestíbulo para saludar a sus familiares, los vecinos se quedaron perplejos y lo felicitaron, sin que nadie sospechara en absoluto que se había fugado con ella furtivamente. El estudiante sentía un terror secreto, pero la mujer se mostraba de lo más serena y le dijo:
—Aparte de que a más de mil li de distancia ningún oficial puede vigilarlo, aun si llegaran a saberlo, yo soy una doncella de una familia noble; el marqués Zhuo Wangsun no podría hacerle nada a Sima Xiangru.
El hermano menor del estudiante, Daqi, tenía diecisiete años. La mujer lo miró y comentó:
—Este muchacho posee raíces de sabiduría; su porvenir será aún más brillante que el tuyo.
Estando ya próxima la fecha para formalizar las nupcias, la esposa del hermano falleció repentinamente. La mujer dijo:
—Mi hermana Yuban —a quien ya tuviste la oportunidad de ver furtivamente— no es para nada deslucida en su apariencia y tiene una edad similar a la suya. Pueden formar una pareja armoniosa y digna de llamarse un matrimonio perfecto.
Al oír esto, el estudiante sonrió y le pidió en broma que hiciera de celestina. La mujer respondió:
—Si de verdad deseas conseguirla, no será nada difícil.
Él preguntó con alegría:
—¿Qué método usarás?
—Ella y esta concubina se llevan de lo mejor. Bastará con un carro ligero tirado por dos caballos y el viaje de ida y vuelta de la vieja anciana.
El estudiante temía que sus amoríos anteriores salieran a la luz y no se atrevía a seguir sus planes, pero la mujer insistió en que no habría ningún perjuicio, mandó preparar el carruaje y envió a la anciana Sang.
A los pocos días, llegaron a Cao. Al acercarse a las puertas de la aldea, la anciana bajó del carruaje, hizo que el cochero se detuviera a esperar en el camino y entró en la aldea amparada por la oscuridad de la noche. Al cabo de un buen rato, regresó acompañada de una joven, subieron al carruaje y partieron de inmediato. Al caer la tarde se detuvieron a dormir en el interior del carruaje, y al llegar la quinta vigilia reanudaron la marcha. La dama, calculando el tiempo transcurrido, mandó que Daqi se vistiera con sus mejores galas para salir a recibirlas. A eso de unos cincuenta li se encontraron; guiaron las ruedas de regreso a casa entre los sones de tambores, flautas y antorchas encendidas, realizando las reverencias para consumar los esponsales.
De este modo, ambos hermanos consiguieron esposas hermosas, y la familia se hacía cada vez más rica día con día.
Un día, varias decenas de bandoleros armados irrumpieron violentamente en la mansión. Al percatarse de que algo grave ocurría, el estudiante hizo que toda la familia subiera al pabellón superior. Los forajidos entraron y rodearon la edificación. El estudiante les preguntó desde lo alto:
—¿Tienen alguna enemistad con nosotros?
Los bandoleros respondieron:
—No hay enemistad. Solo tenemos dos peticiones que hacer: la primera es que hemos oído que las dos señoras no tienen igual en este mundo, por lo que pedimos que nos concedan el honor de verlas; la segunda es que los cincuenta y ocho hombres aquí presentes exigimos quinientos taeles de plata cada uno.
Luego amontonaron leña al pie del pabellón con la intención de prender fuego para intimidarlos. El estudiante aceptó su demanda de dinero; sin embargo, los bandoleros no se daban por satisfechos y querían incendiar el edificio, provocando el pánico general en la familia. La mujer y Yuban quisieron bajar del pabellón, y aunque el estudiante intentó detenerlas en vano, ellas no le hicieron caso. Ataviadas con sus más ostentosos ropajes, descendieron las escaleras. Faltando tres peldaños para llegar al suelo, la mujer les dijo a los bandoleros:
—¡Nosotras, hermanas, somos doncellas celestiales que hemos descendido temporalmente al mundo mortal; cómo habríamos de temer a unos bandidos! Deseamos regalarles diez mil taeles de plata, pero temo que ustedes no se atrevan a aceptarlos.
Al instante, la turba de forajidos se postró al unísono, exclamando con voz temblorosa:
—¡No nos atrevemos!
Las hermanas se dispusieron a retirarse, cuando uno de los bandoleros exclamó:
—¡Esto es un engaño!
» Al oír esto, la mujer se detuvo y, volviéndose, dijo: —Si tienes alguna intención, ¡actúa de once y sin tardanza! Aún no es tarde. Los bandidos se miraron unos a otros, guardando silencio sin pronunciar palabra. Las dos hermanas subieron con calma a las alturas y se marcharon. Los bandidos miraron hacia arriba sin hallar rastro alguno, y al fin se dispersaron en medio de un estrépito.
Dos años más tarde, cada una de las hermanas dio a luz a un varón, y solo entonces empezaron a revelar por sí mismas: —Nuestro apellido es Wei, y nuestra madre fue investida como la Señora del Estado de Cao.
El erudito Sheng sospechaba que en Cao no existían familias ilustres de apellido Wei, y además, si una gran familia perdía a una donceta, ¿cómo era posible que nadie se presentara a indagar al respecto? No se atrevió a interrogarlas a fondo, pero en su interior sentía una secreta extrañeza. Aprovechando un pretexto, regresó a Cao para realizar averiguaciones, pero al entrar en la región consultó e investigó, y entre las familias nobles no había ninguna apellidada Wei. Por lo tanto, volvió a hospedarse en la posada de su antiguo anfitrión. De repente, vio en la pared un poema dedicado a la Señora del Estado de Cao, cuyo contenido era bastante sorprendente y alarmante, por lo que interrogó al dueño de la casa. El anfitrión sonrió y lo invitó a contemplar a la Señora de Cao. Al llegar, vio una sola planta de peonía cuya altura alcanzaba los aleros. Al preguntar por el origen de su nombre, le contestaron que, como aquella flor era la primera de Cao, los camaradas la habían bautizado en broma con tal título. Al preguntarle de qué variedad era, le respondieron: —Es una Gejin Zi (Gasas Púrpuras).
Su asombro aumentó aún más, y comenzó a sospechar que las mujeres eran espíritus florales. Una vez de regreso, no se atrevió a plantearle la cuestión abiertamente, sino que se limitó a recitar el poema dedicado a la Señora para tantear su reacción. El rostro de la mujer se contrajo y cambió de color; salió a toda prisa, llamó a Yuban para que trajera al niño en brazos y le dijo al erudito: —Hace tres años, conmovida por tu afecto y tu anhelo, te entregué mi cuerpo como recompensa; ¡ahora que ha surgido la sospecha, cómo podríamos seguir juntos!
Dicho esto, tanto ella como Yuban alzaron a los niños y los arrojaron a lo lejos; los infantes cayeron al suelo y se desvanecieron por completo. Cuando el erudito, aterrorizado, miró a su alrededor, ambas mujeres habían desaparecido sin dejar rastro. Su remordimiento y arrepentimiento no conocían fin.
Unos días más tarde, en el lugar donde los niños habían caído, brotaron dos matas de peonía que en una sola noche crecieron hasta alcanzar un pie de altura. Aquel mismo año florecieron, una de color púrpura y la otra blanco, con corolas tan grandes como bandejas y pétalos mucho más tupidos y menudos que los de las variedades comunes de Gejin Zi y Yuban. En pocos años, su frondoso follaje formó un espeso matorral; al ser trasplantadas a otros lugares, mutaron en variedades aún más extrañas, cuya especie nadie pudo reconocer. Desde entonces, el esplendor de las peonías en Luoyang no tuvo igual bajo el cielo.
El Historiador de lo Extraño comenta:
»La devoción llevada al extremo puede conmover incluso a los dioses y a los espíritus; y aun aquellos seres que se desvían de la norma no pueden decirse carentes de afecto. La soledad del joven magistrado lo llevó a tomar una flor por su esposa; ¡cuánto más aquellas que verdaderamente sabían hablar! ¿Para qué forzar hasta el límite el misterio de sus orígenes? ¡Qué lástima que el erudito Sheng no haya sabido comprenderlo!«