← Strange Tales from a Chinese Studio

Chapter 13

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Chapter 13 of Strange Tales from a Chinese Studio by Pu Songling (蒲松齡) is a Supernatural Novel available to read on OriginRealm.

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Chapter 13

Carpintero Feng El gobernador Zhou Youde remodeló la antigua residencia del principado para convertirla en las oficinas de la gobernación. Mientras se reunían a los artesanos para las obras, un carpintero llamado Feng Minghuan se encontraba haciendo guardia nocturna en el interior. Al irse a la cama bien entrada la noche, vio de repente que una ventana de celosía se abría a medias, con la luz de la luna brillando como el día. A lo lejos, sobre un murete corto, estaba de pie un gallo rojo; mientras lo miraba fijamente, el ave voló y se precipitó al suelo. Poco después, una joven asomó medio cuerpo para atisbar. Feng sospechó que se trataba de una furtiva visita amorosa destinada a alguno de sus compañeros; al escuchar con atención, los demás ya dormían profundamente. Su corazón se sobresaltó con inquietud, deseando en secreto que ella se hubiera equivocado de persona. Al poco rato, la muchacha efectivamente cruzó la ventana y se metió directo en sus brazos. Encantado, Feng guardó silencio absoluto. Terminado el ardor, la doncella también se marchó. A partir de entonces, acudía todas las noches. Al principio aún se ocultaba un poco, pero después se lo confió abiertamente. La doncella dijo: —No vine por equivocación; es que te tengo profunda admiración y vine a entregarme a ti—. El afecto entre ambos se intensificaba día a día. Poco después, al concluir las obras, Feng quiso regresar a su hogar, y la doncella ya lo esperaba en los campos abiertos. El pueblo donde vivía Feng no distaba mucho de la comandancia, así que la joven lo acompañó. Una vez dentro de la casa, ninguno de los familiares logró verla, por lo que Feng recién comprendió que no era humana. Pasados unos meses, su energía vital disminuyó gradualmente y su temor aumentó. Contrató a maestros taoístas para exorcizarla, pero al final no hubo el menor resultado. Una noche, la doncella apareció ricamente ataviada, se dirigió a Feng y le dijo: —Los lazos del mundo tienen su número predestinado: lo que ha de venir no se puede rechazar, y lo que ha de irse tampoco se puede retener. Hoy me despido de ti—. Dicho esto, se marchó. Huang Ying Ma Zicai era de Shuntian. Su familia siempre había amado los crisantemos, y él aún más; al enterarse de que existía una buena especie, sin falta la compraba, sin importarle recorrer mil *li*. Cierto día, un huésped de Jinling se hospedó en su casa y le comentó que un pariente cercano de él tenía una o dos variedades que no se encontraban en el norte. A Zicai se le encendió el corazón de inmediato; preparó su equipaje al instante y siguió al huésped rumbo a Jinling. El huésped se esforzó por conseguirle dos brotes, los cuales envolvió y guardó como si fueran un tesoro. De regreso a mitad de camino, se encontró con un joven que montaba una mula delgada junto a un carruaje de cortinas verdes y aceite; su porte era sumamente elegante y despreocupado. Al acercarse poco a poco, comenzaron a conversar. El joven afirmó llamarse de apellido Tao; su charla era refinada y culta. Al enterarse de dónde venía Zicai, este le contó la verdad. El joven dijo: —No hay especie que no sea buena; el cultivo y el riego dependen de la persona. Y así, se pusieron a debatir sobre el arte de cultivar crisantemos. Zicai se alegró mucho y preguntó: —¿A dónde se dirige? Él respondió: —Mi hermana está cansada de Jinling y desea buscar un lugar donde establecerse en Hexuo. Zicai dijo con entusiasmo: —Aunque soy sumamente pobre, mi humilde choza puede ofrecerle un techo. Si no le desprecia lo tosco y ruin, no hay necesidad de ir a otra parte. Tao corrió al frente del carruaje para consultar con su hermana. La persona dentro del carruaje alzó la cortina para hablar; resultó ser una belleza sin igual de unos veinte años, quien le dijo a su hermano: —Una casa no debe temer ser baja, pero el patio es mejor que sea amplio. Zicai aceptó por ella y se fueron todos juntos. Al norte de la residencia había un jardín abandonado con apenas tres o cuatro pequeñas habitaciones. A Tao le agradó y se instaló allí. Todos los días pasaba al patio norte para cuidar los crisantemos de Zicai. Los crisantemos ya estaban marchitos, pero él arrancaba las raíces y los volvía a plantar, y ninguno moría. Sin embargo, como su familia era muy pobre, Tao comía y bebía todos los días junto a Zicai, aunque su propia casa parecía no encender fuego nunca. La esposa de Zicai, la señora Lü, también le tenía mucho aprecio a la hermana de Tao, y de vez en cuando le regalaba medidas de grano para socorrerla. El nombre de pila de la hermana de Tao era Huangying; era muy diestra en la conversación y solía pasar a los aposentos de la señora Lü para tejer juntas. Un día, Tao le dijo a Zicai: —La casa de usted ciertamente no es próspera, y yo todos los días soy una carga de boca y estómago para un buen amigo; ¿cómo puede ser esto algo habitual? Si me pide un plan para el presente, vender crisantemos también basta para ganarse la vida. Zicai siempre había sido un hombre de principios, y al escuchar las palabras de Tao, lo des tuvo por alguien vulgar y dijo: —Lo tenía a usted por un erudito de espíritu elevado, capaz de vivir en paz con la pobreza; ¡pero ahora, al proponer semejante disparate, convierte el cercado oriental en un mercado, deshonrando a las flores amarillas! Tao sonrió y dijo: —Ganarse el sustento con el propio esfuerzo no es codicia; hacer del comercio de las flores un oficio no es vulgaridad. Ciertamente uno no debe mendigar la riqueza por la fuerza, pero tampoco es necesario buscar la pobreza a propósito. Zicai no respondió, y Tao se levantó y salió. Desde entonces, todas las ramas marchitas y las especies inferiores que Zicai descartaba, Tao las recogía y se las llevaba. A partir de aquel momento, dejó de acudir a comer y dormir con Zicai, y solo iba una vez cuando lo invitaban. Poco después, los crisantemos estaban por florecer cuando escuchó que la entrada estaba tan bulliciosa como un mercado. Extrañado, se acercó a espiar y vio que la gente del pueblo compraba flores cargándolas en carros y sobre los hombros, formando una fila ininterrumpida por el camino. Las flores eran todas de especies extraordinarias, jamás vistas por sus propios ojos. Sintiéndose hastiado de su avaricia, quiso romper lazos con él, pero a la vez le resentía que le hubiera ocultado las mejores cepas por egoísmo, así que fue a golpear su puerta para reclamarle y reprocharle. Tao salió, lo tomó de la mano y lo arrastró hacia adentro. Zicai vio que medio acre de jardín baldío se había convertido en parcelas de crisantemos, y fuera de unas pocas vigas no quedaba terreno desocupado. Los lugares de donde se habían arrancado plantas estaban cubiertos con ramas cortadas e injertadas; los capullos en los bancales eran todos magníficos y maravillosos. Al observarlos con detenimiento, resultaron ser los mismos que él antes había descartado. Tao entró a la casa, sacó vino y manjares, y dispuso un banquete al borde de los bancales, diciendo: —Este servidor es tan pobre que no puede guardar los votos de austeridad, pero en estas últimas mañanas, por fortuna, he obtenido unas modestas ganancias, suficientes para proveer una buena borrachera. Al poco rato, desde la habitación llamaron: —¡Sanlang! Tao respondió y se marchó. Al rato regresó con manjares exquisitos, preparados con gran refinamiento. Zicai preguntó entonces: —¿Por qué vuestra respetable hermana aún no contrae matrimonio? Él respondió: —El momento aún no ha llegado. —¿Cuándo será? —preguntó Zicai. —Dentro de cuarenta y tres meses —contestó. Zicai insistió: —¿Qué explicación es esa? Tao solo sonrió y no dijo más. Bebieron con alegría hasta que se dispersó la reunión. Al día siguiente, Zicai fue a visitarlo de nuevo y las flores recién plantadas ya medían más de un pie de alto. Asombrado en extremo, le suplicó que le enseñara su método. Tao dijo: —Esto ciertamente no se puede transmitir con palabras; además, como usted no busca ganarse la vida con ello, ¿para qué lo quiere? Unos días más tarde, el portal y los patios quedaron casi silenciosos. Tao envolvió los crisantemos en esteras de junco y se marchó cargando varios carros. Pasó el año y, a mediados de la primavera, regresó trayendo plantas exóticas del sur, las cuales puso a la venta en una floristería de la capital. En diez días las vendió todas y volvió a dedicarse al cultivo de crisantemos. Los compradores del año anterior le preguntaron por qué las raíces que habían guardado se volvieron ordinarias al año siguiente, así que tuvieron que comprárselas nuevamente a Tao. A partir de entonces, Tao se hizo rico día con día: al año siguiente amplió su residencia, y al segundo año levantó un gran edificio. Las obras se hacían según sus propios deseos, sin consultar ya al dueño de la casa. Poco a poco, los antiguos bancales de flores se convirtieron por completo en corredores y habitaciones. Incluso compró un terreno fuera de los muros, construyó una cerca a la redonda y sembró todo de crisantemos. Cuando llegaba el otoño, se llevaba las flores y no regresaba hasta el final de la primavera. Entre tanto, la esposa de Zicai enfermó gravemente y falleció. Zicai sentía afecto por Huangying, por lo que envió indirectamente a alguien para sondear sus intenciones. Huangying sonrió levemente; su actitud parecía ser de aprobación, pero exigía esperar el regreso de Tao. Pasó más de un año y Tao no aparecía por ningún lado. Huangying se encargaba de que los sirvientes cultivaran los crisantemos exactamente igual que Tao. Al acumular oro, se asoció aún más con los comerciantes, y fuera de la aldea adquirió veinte *mu* de campos fértiles; su lujosa mansión se volvió aún más imponente. De repente llegó un huésped del este de Guangdong que traía una carta para el joven Tao. Al abrirla, resultó ser un recado en el que le ordenaba a su hermana que se casara con Zicai. Al verificar la fecha en que había sido enviada la carta, coincidía exactamente con el día en que su esposa había muerto; al recordar el banquete en el jardín, ¡justo correspondía a los cuarenta y tres meses! Zicai se mostró sumamente extrañado. Le mostró la carta a Huangying y le preguntó qué debían ofrecer para los esponsales. Huangying declinó la dote y se negó a aceptarla. Como la antigua residencia era ruinosa, ella quiso que se trasladaran a la mansión del sur, como si él fuera un yerno que se mudaba a casa de la esposa. Zicai no aceptó, eligió un día propicio y llevó a cabo los rituales de bodas para recibir a la novia en persona. Huang Ying, having married Ma, opened a doorway in the partition wall to connect with the southern estate, and every day she went over to supervise her servants. Ma, ashamed of having a wealthy wife, constantly urged Huang Ying to keep separate northern and southern ledgers to prevent confusion. Yet whenever the household needed anything, Huang Ying would simply take it from the southern estate. Less than half a year passed before everything one touched in the house was wares from the Tao family. Ma promptly sent people to carry them back one by one, forbidding any further takings. Not even ten days later, they were mixed in again. After several changes of this sort, Ma grew intolerably annoyed. Huang Ying laughed and said, "Is not Chen Zhongzi being overly laborious?" Ma, feeling ashamed, ceased his inquiries and left everything entirely to Huang Ying. She gathered laborers and procured materials, launching massive earth and timber projects which Ma was powerless to stop. After several months, storied buildings connected continuously, and the two estates finally merged into one, leaving no boundaries between them. Nevertheless, following Ma's instructions, she closed the gates and ceased cultivating chrysanthemums, yet their standard of living surpassed that of aristocratic families. Ma, feeling deeply ill at ease, said, "For thirty years I have maintained my pure virtue, only to be implicated by you. Now that I draw breath in this human world, I rely solely upon a skirt-string for my sustenance, truly devoid of an ounce of manly vigor! Everyone prays for wealth, but I pray only for poverty." Huang Ying replied, "This humble concubine is not greedy or base; but if we did not attain a degree of abundance, it would cause people a thousand years hence to say that Yuanming possessed the bones of poverty and lowliness and could never make his mark in a hundred generations. Therefore, I am merely making a retort on behalf of our family's Pengze. However, while it is difficult for the poor to wish for wealth, for the rich to seek poverty is naturally very easy. The gold at the head of the bed is at milord's disposal to squander; this concubine will not begrudge it." Ma said, "To disburse another's gold is also utterly disgraceful." Ying replied, "If milord does not wish to be rich, this concubine cannot be poor either. If there is no alternative, let us divide your dwelling: the pure shall be pure, the turbid shall be turbid, what harm is there in that?" Thereupon she built a thatched cottage in the garden and selected beautiful maids to wait upon Ma. Ma was quite content there. Yet after a few days, he pined bitterly for Huang Ying. When he summoned her, she refused to come; having no other choice, he went instead to her. Whenever he stayed past nightfall, it became a regular habit. Huang Ying laughed and said, "Eating in the east and lodging in the west—a man of integrity should surely not be like this." Ma laughed at himself as well, having no reply, and so they moved back together as before. It happened that Ma had business as a guest in Jinling and chanced upon the chrysanthemum autumn. Early on, as he passed through the flower market, he saw that the pots displayed in the market were numerous, and their blossoms were exceptionally fine and vibrant. His heart stirred, suspecting they were like Tao’s wares. After a short while, the proprietor came out, and indeed they were Tao's. Overjoyed, they spoke at length of their long separation, and Ma lodged there for the night. When Ma invited him to return home, Tao said, "Jinling is my old soil; I am about to marry here. I have accumulated a small amount of wealth, and I trouble you to deliver it to my elder sister. At the end of the year, I shall leave temporarily." Ma would not hear of it and pressed him even more earnestly, adding, "Your family is happily well-stocked; you may simply sit and enjoy it, with no need to engage in trade again." Sitting in the shop, Ma had his servants negotiate the prices on his behalf, lowering the cost, and in a few days everything was sold. Pressing him to pack his bags, they hired a boat and headed north. Upon entering the threshold, they found that the elder sister had already cleared the rooms, and beds, couches, mattresses, and coverlets were all set out, as if she had foreseen her younger brother's return. Once Tao returned, he unpacked his things, set the laborers to work, extensively renovated the pavilions and gardens, and spent his days playing chess and drinking wine with Ma, never associating with a single other guest. When Ma tried to find a bride for him, Tao declined and showed no desire. The elder sister sent two maids to wait upon his sleeping quarters. After living thus for three or four years, he fathered a daughter. Tao had always been bold in his drinking, yet he was never once seen to be dead drunk. There was a friend of his named Zeng, whose capacity for drink was likewise matchless. As Zeng happened to be visiting Ma, Ma had him match drinks with Tao. The two drank freely and with great delight, feeling they had met too late in life. From the hour of *chen* until the fourth watch, they each consumed a hundred flagons. Zeng fell dead drunk like mud and slept soundly amidst the gathering. Tao rose to return to his bedchamber; as he stepped out the door and trod upon the chrysanthemum beds, his jade-like mountain toppled over, casting his garments to the side, and right there upon the ground he transformed into a chrysanthemum plant as tall as a man, bearing over ten blossoms, each larger than a fist. Ma was terrified beyond measure and reported it to Huang Ying. Ying rushed over, pulled the plant out, set it on the ground, and said, "Why must he get this drunk!" Covering it with a garment, she urged Ma to leave together, warning him not to look. When it grew bright and they went to check, Tao was lying beside the bed. Only then did Ma realize that the sister and brother were chrysanthemum spirits, and he respected and loved them all the more. Yet because Tao had exposed his traces, he drank even more unrestrainedly, constantly sending written notes to invite Zeng, and thus they became devoted friends. It chanced to be the Flower Birthday, and Zeng came to pay a visit, bringing two servants who carried a jar of medicinal-infused white wine, arranging to finish it together. Before the jar was entirely empty, the two men were still not very drunk. Ma secretly replenished it with a flagon of wine, and the two drank that down as well. Zeng, already exhausted from drunkenness, was carried away on the backs of the servants. Tao lay upon the ground and once more transformed into a chrysanthemum. Ma, accustomed to the sight and no longer startled, pulled the plant up according to the proper method and stood guard beside it to observe the transformation. After a long while, the leaves grew increasingly withered and parched. Seized with great terror, he finally informed Huang Ying. Upon hearing this, Ying was horrified and cried, "You have killed my younger brother!" Rushing to look, she found the roots and stem were already withered. Grief-stricken to the point of extinction, she pinched off the stalk, buried it in a pot, carried it into her chambers, and watered it daily. Ma, consumed by remorse and wishing to die, bitterly resented Zeng. After a few days, word came that Zeng had already drunk himself to death. The flower in the pot gradually began to sprout, and by the end of the ninth month it bloomed—short stalks with powdery blossoms. When smelled, they gave off a fragrance of wine, and they were named "Drunken Tao." Watering them with wine made them thrive. Later, when the daughter grew up, she was married into an aristocratic family. Huang Ying lived out her days until old age without any other extraordinary occurrences. The Historian of the Strange remarks: "A person of green mountains and white clouds thus met his death through wine, and while the world generally pities him, he himself perhaps did not feel it was anything other than a joy. To plant such a kind in one's courtyard is like seeing a trusted friend, like facing a lovely woman—one cannot fail to seek them out." *The Book Fool* En Pengcheng vivió Lang Yuzhu, cuyos antepasados habían alcanzado el cargo de prefecto. Eran funcionarios íntegros; al recibir sus estipendios no se dedicaban a amasar bienes terrenales, sino que acumulaban libros hasta llenar sus habitaciones. Al llegar a Yuzhu, este resultó ser aún más obsecado: su familia atravesaba una pobreza extrema y no había objeto que no vendieran, pero los libros atesorados por su padre eran lo único que no soportaba enajenar. Cuando su padre vivía, había escrito de su puño y letra el «Ensayo sobre el Estímulo al Estudio» y lo había pegado junto a su asiento. Lang lo recitaba todos los días; además, lo cubría con una gasa de seda blanca, temeroso de que pudiera desgastarse o borrarse. No lo hacía por buscar favores o riquezas oficiales, sino porque creía firmemente que en los libros realmente había granos de mijo dorado. Día y noche estudiaba sin descanso, sin importarle el frío ni el calor. A los veinte y tantos años, no buscaba contraer matrimonio, confiando en que la bella mujer que se hallaba dentro de los volúmenes llegaría por sí misma. Cuando recibía a parientes y huéspedes, no sabía guardar las cortesías de rigor; tras pronunciar apenas tres o cuatro palabras, su voz de recitación resonaba con fuerza, haciendo que los visitantes se retiraran discretamente. Cada vez que el tribunal de exámenes presidía las pruebas, su nombre era siempre colocado en el primer lugar, pero sufría la desgracia de no lograr nunca aprobar los grados superiores. Un día, mientras leía, de súbito un fuerte viento se llevó el libro flotando. Lo persiguió apresuradamente y, al pisar el suelo, su pie se hundió; al sondear el sitio, descubrió un hueco con hierba podrida; al excavarlo, resultó ser una antigua bodega subterránea de grano donde el mijo, corrompido, se había convertido en abono. Aunque ya no era apto para el consumo, esto acrecentó su fe en que los dichos sobre «los mil recipientes de cereal» no eran vanos, por lo que estudió aún con más ahínco. En otra ocasión, al trepar por una escalera hacia los estantes altos, entre los volúmenes revueltos encontró una carroza dorada de un pie de diámetro. Se llenó de alegría, creyendo que era la prueba de la «casa dorada». Al sacarla para mostrársela a los demás, resultó estar simplemente dorada con una capa superficial y no ser de oro auténtico. En su interior, albergaba un recelo contra los antiguos por haberlo engañado. Poco tiempo después, un colega de su difunto padre, un censor imperial que seguía el Dao y de naturaleza muy afecta al budismo, visitó la casa. Alguien aconsejó a Lang que le donara la carroza para que sirviera de templete budista. El censor se mostró sumamente complacido y le regaló trescientos taels de oro y dos caballos. Lang se alegró enormemente, creyendo que tanto la casa dorada como los carruajes tenían su cumplimiento real, por lo que redobló su esfuerzo y dedicación. Sin embargo, ya contaba con treinta años cumplidos. Alguien le aconsejó que se casara, a lo que respondió: «En los libros hay por sí mismos bellezas semejantes al jade; ¿cómo he de preocuparme por no tener una hermosa esposa?». Continuó leyendo durante dos o tres años más, pero sin obtener resultado alguno; la gente se burlaba unánimemente de él. En aquella época corría un rumor infundado entre el pueblo de que la Jiinv del Cielo había huido en secreto. Alguien bromeó con Lang diciéndole: «La nieta del Cielo ha escapado furtivamente y debe de ser por tu causa». Lang supo que se trataba de una broma y lo dejó pasar sin debatir. Una noche, al leer el *Libro de Han* hasta el octavo rollo, casi llegando a la mitad, vio a una doncella recortada en gasa de seda intercalada entre las páginas. Asombrado, exclamó: «La belleza en los libros, ¿acaso se manifiesta de esta manera?». Su corazón quedó ensimismado y perdido. Al examinar a la bella con detenimiento, vio que sus cejas y ojos parecían tener vida; en su espalda, tenuemente, había unas pequeñas letras que decían: «Tejedor». Quedó profundamente extrañado. Todos los días la colocaba sobre los volúmenes, contemplándola y recreándose en ella hasta el punto de olvidar la comida y el sueño. Un día, mientras fijaba su mirada en ella con intensidad, la doncella de súbito dobló la cintura, se incorporó, se sentó sobre el rollo y le dedicó una sonrisa. Lang, presa de un asombro extremo, se postró bajo la mesa. Cuando se levantó, ella ya medía un pie de altura. Aún más aterrorizado, volvió a hacerle reverencias. La vio de pie junto a la mesita, grácil y esbelta, semejando una hermosura sin par en el mundo. Inclinándose, le preguntó: «¿Qué clase de divinidad sois?». La belleza sonrió y dijo: «Mi apellido es Yan, de nombre de cortesía Ruyu. Desde hace mucho tiempo ya nos conocemos mutuamente. Cada día me habéis brindado vuestra mirada benévola; si de un momento a otro no me hubiera presentado en persona, temo que tras mil años ya no habría nadie que creyera con tanta fe en los antiguos». Lang se regocijó grandemente y desde entonces compartía el lecho y la alcoba con ella. Sin embargo, aunque el afecto y la intimidad en la almohada y las esteras llegaban al extremo, él ignoraba que fuera un ser humano. Cada vez que leía, obligaba a la mujer a sentarse a su lado. Ella le advertía que no leyera, pero él no obedecía. La mujer le dijo: «La razón por la cual no podéis ascender ni destacar en la vida se debe única y exclusivamente a la lectura. Observad las listas de los exámenes imperiales de primavera: ¿cuántos hay que lean como vos? Si no me hacéis caso, me marcharé ahora mismo». Lang le obedeció de manera provisional. Al poco rato, olvidando sus enseñanzas, los cantos y recitaciones volvieron a comenzar. Pasado un rato, al buscar a la mujer, no supo a dónde había ido. Perdiendo el juicio y el sentido, rogó y rezó por ella, sin que quedara el menor rastro. De repente recordó el lugar donde la mujer solía ocultarse, tomó el *Libro de Han* y lo revisó minuciosamente. Al llegar al sitio original, efectivamente la encontró allí. Por más que la llamaba, no se movía, así que se postró para suplicarle con pesar. Entonces la mujer bajó y le dijo: «Si volvéis a desobedecer, ¡os abandonaré para siempre!». A raíz de esto, hizo que le prepararan un tablero de ajedrez y piezas de juego de *chushu*, y todos los días lo entretenía divirtiéndolo. Pero la mente de Lang no estaba en absoluto en aquello. En cuanto vislumbraba que la mujer no estaba presente, a escondidas tomaba los rollos para hojearlos con avidez. Temeroso de que la mujer lo descubriera, tomó furtivamente el octavo rollo del *Libro de Han* y lo mezcló entre otros textos para despistarla. Un día, absorto en su lectura, la mujer llegó de improviso y él ni siquiera se dio cuenta. Al verla de repente, cerró el libro apresuradamente, pero la mujer ya había desaparecido. Aterrorizado, buscó minuciosamente entre todos los rollos, mas no había rastro de ella; al cabo de un instante, volvió a encontrarla dentro del octavo rollo del *Libro de Han*, con el número exacto de páginas sin alteración alguna. Entonces volvió a postrarse en reverencia, jurando no volver a leer jamás. La mujer bajó entonces a jugar al ajedrez con él y le dijo: «Si en tres días no mejoras tu destreza, volveré a marcharme». Al tercer día, de manera imprevista, le ganó una partida a la mujer por dos piedras de ventaja. Satisfecha, ella le enseñó a tocar instrumentos de cuerda, dándole un plazo de cinco días para dominar una melodía. Lang ponía en ello todas sus manos y fijaba su mirada, sin tiempo para ninguna otra cosa; con el tiempo, siguiendo sus indicaciones y marcando el compás, comenzó a bailar y tocar sin darse cuenta. Desde entonces, la mujer jugaba y bebía con él todos los días, por lo que Lang se entregó al goce y olvidó la lectura. La mujer también le permitía salir de casa e instarlo a relacionarse con huéspedes y amigos, por lo que su fama de hombre brillante y audaz se propagó con fuerza. Una noche, la mujer le dijo a Lang: «Es común que los hombres y las mujeres que conviven tengan hijos; ahora bien, habiendo vivido tanto tiempo a tu lado, ¿por qué no sucede así con nosotros?». La mujer sonrió y replicó: «Te pasabas los días leyendo y yo siempre afirmé que no servía de nada. Hasta el día de hoy, el capítulo sobre los esposos aún no lo has comprendido del todo; en las dos palabras "almohada y estera" hay una gran maestría por aprender». Lang preguntó con asombro: «¿Qué maestría es esa?». La mujer sonrió sin responder. Al poco rato, lo atrajo sigilosamente hacia sí. Lang experimentó un placer supremo y exclamó: «Nunca imaginé que la dicha entre marido y mujer poseyera deleites que no se pueden expresar con palabras». A partir de entonces, cada vez que se encontraba con alguien se lo contaba, y no había quien no se tapara la boca para reír. La mujer se enteró y lo reprendió. El erudito dijo: «Los que se escabullen por agujeros y trepan por rendijas son los únicos que no pueden dar la cara ante los demás. La alegría de los lazos familiares es algo que todos poseen, ¿por qué habría que ocultarlo?». Tras ocho o nueve meses, la mujer dio a luz a un varón, y compraron a una anciana nodriza para que lo criara y cuidara. Un día, ella le dijo al erudito: «He estado a tu lado durante dos años y ya te he dado un hijo, así que ha llegado el momento de separarnos. Temo que, con el tiempo, me convierta en una desgracia para ti, y entonces el arrepentimiento llegará demasiado tarde». Al oír esto, el erudito rompió en llanto, postrándose sin poder levantarse, y dijo: «¿Acaso no piensas en el tierno infante?». La mujer, también con aire desolado, tras un largo rato dijo: «Si de verdad deseas que me quede, debes sacar todos los libros de las estanterías y dispersarlos por completo». El erudito replicó: «Estos libros son tu tierra natal y, al mismo tiempo, mi propia vida y destino, ¿cómo puedes pronunciar tales palabras?». La mujer no insistió y añadió: «Yo también sé que esto está predestinado por el número del cielo, y solo te lo advertía de antemano». Anteriormente, algunos parientes y miembros del clan habían logrado vislumbrar a la mujer y todos se habían quedado aterrorizados. Sin embargo, como nadie sabía con qué familia había contraído nupcias, comenzaron a interrogarlo en conjunto. El erudito no pudo inventar falsedades y se limitó a guardar silencio. La gente sospechó aún más; los rumores se propagaron por todas partes hasta llegar a los oídos del magistrado del distrito, de apellido Shi. Shi era oriundo de Fujian y había obtenido el título de *jinshi* en su juventud. Su fama lo precedía y, consumido por la curiosidad, deseaba en secreto contemplar tan bella apariencia, por lo que ordenó la detención del erudito y de la mujer. Cuando la mujer se enteró, se escabulló sin dejar rastro. Enojado, el magistrado mandó apresar al erudito, le despojó de sus vestiduras de letrado y de su condición de *jinshi* raso, lo sometió a toda clase de grilletes y torturas, empeñado en averiguar el paradero de la mujer. El erudito estuvo al borde de la muerte, pero no pronunció ni una sola palabra. Pusieron grilletes a la criada, quien apenas pudo ofrecer una descripción vaga. El magistrado, creyendo que se trataba de un demonio, se trasladó en su carro en persona a la casa del erudito. Al ver que los volúmenes de libros llenaban las habitaciones hasta el punto de ser imposibles de registrar por completo, ordenó que los quemaran. El humo en el patio se espesaba sin disiparse, oscureciendo el lugar como una lúgubre neblina. Una vez liberado, el erudito acudió a la residencia de su padre a estudiar con denuedo, logrando presentarse a los exámenes y recuperar su posición. Ese mismo otoño aprobó los exámenes provinciales y, al año siguiente, obtuvo el título de *jinshi*. Sin embargo, el rencor estaba grabado en lo más profundo de sus huesos. Ante la tablilla con el nombre de Yan Ruyu, rezaba día y noche diciendo: «Si posees algo de numen, concédeme un cargo oficial en Fujian». Más tarde, fue nombrado inspector imperial con plenos poderes en Fujian. A los tres meses de su llegada, investigó los crímenes y abusos de Shi y confiscó todos sus bienes. En ese momento, un primo lejano que ejercía como juez penal intentaba obligar a una concubina amada a entregársele, disfrazando el acto bajo el pretexto de haber comprado a una sirvienta para alojarla en su oficina. Tan pronto como el caso quedó zanjado, el erudito se autoacusó ese mismo día, tomó a la concubina y regresó a su hogar. El Historiador de lo Extraño comenta: «Las cosas en este mundo, cuando se acumulan demasiado, atraen los celos; cuando son exquisitas, engendran demonios. El encanto de la mujer era el demonio de los libros. El asunto rozaba lo grotesco y castigarlo no era del todo incorrecto, mas la crueldad del Primer Emperador Qin, ¿acaso no fue demasiado atroz? El egoísmo de sus intenciones merecía con creces una retribución tan rencorosa y letal. ¡Ay! ¿Por qué habríamos de extrañarnos?». *** ### El Rey Mono Igual al Cielo Xu Sheng, natural de Yanzhou, tenía un hermano mayor llamado Cheng, quien se dedicaba al comercio en Fujian sin acumular grandes mercancías. Cierto viajero comentó que el Gran Sabio poseía un numen extraordinario y que debían acudir a su templo a rogarle. Como Sheng no sabía a qué deidad se refería el tal Gran Sabio, acompañó a su hermano. Al llegar, vieron que los pabellones se extendían sin fin, con una suntuosidad y magnificencia extremas. Al entrar al templo para presentar sus respects, vieron que la estatua tenía cabeza de mono y cuerpo humano; se trataba nada menos que de Sun Wukong, el Gran Sabio Igual al Cielo. Todos los viajeros adoptaron una actitud de solemne reverencia, sin atreverse a mostrar la más mínima negligencia. Sheng, que siempre había sido de carácter recto y resuelto, se burló en secreto de la vulgaridad de la multitud. Mientras los demás quemaban incienso, hacían ofrendas y se postraban en oración, Sheng se marchó sigilosamente. Una vez de regreso, su hermano lo reprendió por su falta de respeto. Sheng replicó: «¡Sun Wukong no es más que una alegoría inventada por el maestro Qiu! ¿Cómo puedes tomarlo tan en serio y creer en él de esta manera? Si de verdad tuviera divinidad, ¡que me envíe sus filudas espadas y sus rayos! Yo mismo los soportaré». Al oír al dueño de la posada pronunciar el nombre del Gran Sabio, todos agitaron las manos con el rostro desencajado, como si temieran que el Gran Sabio pudiera escucharlos. Al ver esto, Sheng alzó aún más la voz para refutarlos; los oyentes se tapaban los oídos y huían a toda prisa. Llegada la noche, Sheng enfermó de inmediato y le asaltó un dolor de cabeza atroz. Alguien le aconsejó que fuera al templo a pedir perdón, pero Sheng se negó rotundamente. Al poco tiempo, el dolor de cabeza disminuyó un poco, pero le comenzó a doler un muslo y, durante la noche, le brotó un enorme ántrax purulento que le hinchó toda la pierna hasta el pie, impidiéndole dormir y comer. Su hermano suplicó en su lugar, pero no hubo ninguna respuesta. Alguien le dijo que el castigo de la deidad requería que uno mismo rezara, pero Sheng persistió en su incredulidad. Pasó más de un mes y la úlcera comenzó a cerrarse lentamente, pero le brotó otro ántrax, cuyo dolor era el doble de intenso. Vino el médico y cortó la carne podrida con un cuchillo; la sangre brotaba hasta llenar un cuenco entero. Temiendo que la gente exagerara sus lamentos, se aguantó el dolor sin proferir un solo gemido. Pasó otro mes antes de que sanara por completo. Pero entonces su hermano cayó gravemente enfermo. Sheng dijo: «¡Mira cómo ha quedado! Aquellos que veneran a los dioses terminan igual, lo que demuestra sobradamente que mi enfermedad no fue causada por Wukong». Al escuchar sus palabras, su hermano se enfureció aún más, convencido de que la deidad había redirigido su ira hacia él, y reprendió a su hermano menor por negarse a rogar por su salud. Sheng respondió: «Los hermanos son como las extremidades del cuerpo. El otro día mis miembros se pudrían y aun así no implorué clemencia; ¿cómo voy a quebrantar mis principios ahora por una enfermedad en las extremidades?». Se limitó a llamar a los médicos y a encargar la preparación de remedios amargos, negándose rotundamente a rezar. Apenas hubo tomado la medicina, su hermano murió de forma repentina. El dolor y la angustia se acumularon en las entrañas de Sheng. Tras comprar un ataúd y enterrar a su hermano, se dirigió al templo, señaló a la deidad y la increpó diciendo: «La enfermedad de mi hermano se debió a que afirmabas que habías desviado tu ira hacia él, impidiéndome limpiar mi nombre. Si de verdad posees divinidad, haz que el difunto resucite en este mismo instante. Si lo haces, me postraré ante ti como tu discípulo y no me atreveré a albergar ninguna otra palabra; de lo contrario, aplicaré contra ti el método de los Tres Puros para destruirte, devolviendo tu castigo a tu propio cuerpo y disipando así la ignorancia de mi hermano bajo la tierra». Al caer la noche, soñó que alguien lo convocaba y lo guiaba hasta el santuario del Gran Sabio. Al levantar la vista, vio que el Gran Sabio tenía una expresión de ira y lo reprendió, diciendo: «A causa de tu insolencia, el cuchillo del Bodhisattva perforó tus pantorrillas; aun así no te arrepientes y murmuras con quejas. En verdad deberías ser enviado al Infierno de la Lengua Arrancada, pero considerando que tu determinación es recta y firme, por ahora te perdono y absuelvo. La enfermedad de tu hermano se debió a que tú, con médicos mediocres, acortaste su vida; ¿de quién es la culpa sino tuya? Si ahora no despliego un poco de mi poder místico, harás que los arrogantes tomen esto como pretexto para sus burlas». Luego ordenó a un emisario de vestimentas azules que fuera a pedir su voluntad al Rey Yama. El emisario de azul dijo: «Dentro de tres días, el registro de los difuntos ya habrá sido reportado a la Corte Celestial, temo que sea difícil intervenir». El Gran Sabio tomó una tablilla cuadrada, empuñó el pincel —se ignoran las palabras que escribió— y ordenó al emisario que la sostuviera y partiera. Tras un largo rato, regresó. Cheng vino junto con él, y ambos se arrodillaron en el salón principal. El Gran Sabio preguntó: «¿Por qué tardaste tanto?». El emisario de azul explicó: «El rey Yama no se atrevió a actuar por autoridad propia, así que llevó de nuevo el decreto del Gran Sabio para consultarlo con las estrellas de la Osa Mayor; por eso he tardado». Sheng se apresuró a avanzar y se postró para agradecer la gracia divina. El Gran Sabio dijo: «Puedes marcharte rápidamente junto con tu hermano. Si eres capaz de volverte hacia el bien, te concederé la buena fortuna». Ambos hermanos, entre la tristeza y la alegría, regresaron tomados de la mano. Al despertar, lo consideró extraño. Se levantó a toda prisa, abrió el ataúd y miró: su hermano en verdad había revivido. Lo ayudó a salir y sintió una gratitud inmensa hacia el poder del Gran Sabio. A partir de entonces, la fe y devoción sincera de Sheng superaron con creces las de la gente común. Ocurrió que los fondos mercantiles de los hermanos ya se habían consumido a la mitad durante la enfermedad; y como su hermano aún no recuperaba las fuerzas, ambos se sentaban el uno frente al otro suspirando largamente de preocupación. Un día, mientras paseaba casualmente por las afueras de la ciudad, de repente un hombre vestido de marrón se le acercó y le dijo: «¿Por qué está tan afligido el joven?». Sheng justo sufría por no tener a quién desahogarse, así que le relató detalladamente sus desdichas. El hombre de marrón dijo: «Hay un lugar maravilloso; si vamos a echar un vistazo por un momento, bastará para disipar tus melancolías». —¿Qué lugar es? —preguntó. El otro se limitó a decir: «No está lejos». Sheng lo siguió. A media li de las murallas, el hombre de marrón dijo: «Poseo una pequeña técnica y en un instante podemos llegar». Le ordenó que lo abrazara de la cintura con ambos brazos y, con un ligero movimiento de cabeza, Sheng sintió de inmediato que las nubes brotaban bajo sus pies, elevándose y surcando los cielos a toda velocidad, sin saber cuántos cientos de *youshan* habían ascendido. Sheng sintió un terror inmenso, cerró los ojos y no se atrevía a abrirlos ni un ápice. Al cabo de un momento, el otro dijo: «Hemos llegado». De repente vio un mundo de vidrio translúcido, brillante y de colores extraordinarios. Preguntó con asombro: «¿Qué lugar es este?». —Es el Palacio Celestial —respondió. Caminaban a paso firme, y cuanto más avanzaban, más alto ascendían. A lo lejos vio a un anciano y exclamó con alegría: «¡Haber encontrado casualmente a este venerable anciano es la fortuna del joven!». Alzó las manos en señal de saludo. El anciano lo invitó a pasar a sus dominios, preparó té y se lo ofreció al huésped; pero solo sirvió dos tazas, dejando a Sheng sin la suya. El hombre de marrón dijo: «Este es mi discípulo, quien viaja miles de millas comerciando y ha venido respetuosamente a visitar la mansión inmortal para pedir un pequeño obsequio». El anciano ordenó a un sirviente que sacara una bandeja de piedras blancas, de forma parecida a huevos de gorrión, translúcidas y claras como el hielo, y le indicó a Sheng que tomara las que quisiera. Sheng pensó que si las llevaba de regreso podrían servirle como fichas para el vino, así que tomó seis. El hombre de marrón consideró que era demasiado poco, tomó seis más en su nombre, se las entregó a Sheng y se las envolvió. Le recomendó que las guardara en la bolsa de su cintura y, haciendo una reverencia con las manos juntas, dijo: «Es suficiente». Se despidió del anciano y salió. El hombre volvió a permitirle que se aferrara a su cuerpo para descender, y en un parpadeo llegaron a tierra firme. Sheng se postró en el suelo y le rogó que le revelara su título inmortal. El hombre rió y dijo: «Lo que acabas de experimentar es la llamada Nube Saltarina (*Jindou Yun*)». Sheng comprendió de golpe, dándose cuenta de que se trataba del Gran Sabio, y volvió a suplicar su protección. —La estrella de la riqueza con la que te has reunido te otorgará ganancias doce veces mayores, ¿qué más necesitas buscar? —respondió. Sheng volvió a postrarse ante él, y cuando se levantó para mirar, el otro ya se había desvanecido en la lejanía. Una vez que regresó, se lo contó a su hermano lleno de alegría. Al desatar la bolsa y mirar juntos, las piedras blancas se habían fundido dentro de la cartuchera. Más tarde, transportó mercancías de regreso y sus ganancias se multiplicaron de manera desmesurada. Desde entonces, cada vez que viajaba a Min, obligatoriamente le rezaba al Gran Sabio. Las plegarias de otros a veces no resultaban muy eficaces; pero todo lo que Sheng pedía se cumplía sin falta. El Historiador de lo Extraño comenta: «Antaño, un erudito pasó por un templo, dibujó un arpa pipa en la pared y se marchó; cuando regresó, su numen se había vuelto inmensísimo y el incienso se sucedía sin interrupción. En este mundo, por cierto, no es necesario que exista verdaderamente tal persona; si los hombres la dotan de numen, entonces ya se ha vuelto numinosa. ¿Por qué razón? Es simplemente aquello en lo que se concentran los corazones de los hombres, y en lo que los seres a veces encuentran refugio. En cuanto a la rectitud y firmeza de Sheng, era natural que obtuviera la protección de los dioses y los espíritus; ¡cómo iba a ser verdad que tuviera una aguja bordada dentro de la oreja y que cada uno de sus cabellos pudiera transformarse, o que bajo sus pies tuviera una nube saltarina con la que pudiera ascender al empíreo! Que al final fuera engañado por los espectros también se debió a que su percepción de las cosas no era verdadera». *El Dios Rana* Entre los ríos Han y Jiang, la devoción popular hacia el dios rana era sumamente ferviente. En su templo había ranas incontables, de la cantidad de varios miles, y algunas alcanzaban el tamaño de una cesta. Si alguien ofendía la cólera de la deidad, de inmediato aparecían augurios extraños en su hogar: ranas deambulando sobre las mesas y los lechos, o trepando por paredes lisas sin llegar a caer, manifestándose de formas muy diversas; esto presagiaba una gran desgracia para la familia. La gente, presa del gran terror, sacrificaba animales y ofrecía oraciones y plegarias; solo cuando el dios se calmaba cesaban los prodigios. En el estado de Chu vivía un joven llamado Xue Kunsheng, quien desde niño demostró ser inteligente y poseer una bella apariencia. Cuando tenía seis o siete años, una anciana de túnica azul se presentó en su hogar, afirmando ser enviada de la deidad; transmitiendo la voluntad divina, expresó el deseo de casar a su hija con Kunsheng. El padre de Xue, de naturaleza simple y rústica, era por costumbre reacio a tal unión, por lo que la rechazó con la excusa de que el muchacho era aún muy joven. Aunque lo declinó de este modo, tampoco se atrevió a entablar tratos de matrimonio con ninguna otra familia. Pasados unos años, Kunsheng creció gradualmente y formalizó su compromiso de bodas con la familia Jiang. Al enterarse, el dios le advirtió a los Jiang: —¡Xue Kunsheng es mi yerno! ¿Cómo osáis tocar lo que está prohibido? Los Jiang, aterrorizados, anularon el compromiso. El padre de Xue, sumamente preocupado, llevó ofrendas puras al templo para rezar y se excusó diciendo: —Este humilde servidor no se atreve a equipararse con una divinidad. Una vez concluidas sus plegarias, vio que en el vino y los manjares flotaban gusanos gigantescos que bullían y se agitaron asquerosamente; los derramó, pidió perdón y regresó a casa. Su corazón se llenó de un miedo aún mayor, por lo que decidió dejar que las cosas siguieran su curso. Un día, mientras Kunsheng caminaba por el camino, un emisario salió a su encuentro para proclamarle el mandato divino, insistiendo con ruegos para que cambiara de rumbo. No teniendo otra alternativa, lo siguió y marchó con él. Al llegar ante una puerta bermellón, contempló pabellones y galerías de espléndida belleza. Un anciano estaba sentado en el salón principal, de apariencia venerable, de unos setenta u ochenta años. Kunsheng se postró para rendir homenaje, y el anciano ordenó que lo levantaran y lo hizo sentar junto a la mesa. Al poco rato, sirvientas y ancianas se congregaron para observarlo, colmando el lugar con un bullicio incesante. El anciano miró a su alrededor y dijo: —La gente dice que el joven Xue ya ha llegado. Varias sirvientas salieron corriendo. Transcurrido un breve instante, una nodriza condujo ante ellos a una doncella de dieciséis o diecisiete años, cuya belleza era tan deslumbrante que no tenía igual. El anciano la señaló y dijo: —Esta es mi hija menor, la Décima Señora. Ella misma afirma que hace una excelente pareja con usted; sin embargo, el honorable padre de su casa la ha rechazado alegando que somos de especies distintas. Este es un asunto para toda la vida, pero los padres solo deciden la mitad; el resto depende de usted, joven. Kunsheng clavó su mirada en la Décima Señora y, sintiendo que su corazón se enamoraba de ella, guardó silencio sin decir palabra. La anciana comentó: —Bien sé yo que la intención del joven es excelente. Por favor, regrese primero a su hogar; de inmediato enviaremos a la Décima Señora con usted. —De acuerdo —respondió Kunsheng. Y partió apresuradamente para informarle a su padre. El anciano, desconcertado y sin saber qué medida tomar, le preparó unas palabras para que regresara a declinar la oferta, pero Kunsheng se negó a marchar. Justo cuando discutían y se excusaban, el carruaje de mano ya se encontraba en la puerta, rodeado de multitudes de sirvientas de túnica azul, y la Décima Señora hizo su entrada. Subió al salón principal para rendir reverencias, y tanto el padre como la madre de Kunsheng se alegraron al verla. Esa misma noche celebraron la unión de las copas entrelazadas, y su armonía conyugal fue perfecta. A partir de entonces, el anciano dios y la anciana diosa descendían con frecuencia a su morada. Al observar sus vestimentas —si eran rojas, presagiaban alegría; si eran blancas, riqueza—, sabían con certeza que se manifestarían, por lo que la fortuna familiar prosperaba día a día. Desde que se casó con la divinidad, el umbral, el patio, los pasillos y los letrinas se llenaron de ranas, pero nadie se atrevía a insultarlas o patearlas. Ocurría, sin embargo, que Kunsheng, en su juventud, era voluntarioso: si algo le agradaba lo consentía, pero si le enfadaba las pisoteaba hasta matarlas, sin mostrarles gran aprecio. La Décima Señora, aunque humilde y dócil, era propicia a la ira y desaprobaba profundamente las acciones de Kunsheng; pero Kunsheng, por causa de ella, no moderaba su conducta. Un día, las palabras de la Décima Señora ofendieron a Kunsheng. Este, indignado, le replicó: —¿Acaso crees que el anciano y la anciana de tu casa pueden traer desgracias a los hombres? ¡Un hombre de verdad no teme a las ranas! La Décima Señora aborrecía profundamente que se mencionara la palabra «rana»; al oírlo, montó en cólera y exclamó: —¡Desde que esta concubina entró en tu casa, los campos han aumentado su cosecha y los negocios han incrementado sus ganancias de manera considerable! Ahora que jóvenes y ancianos están bien alimentados y abrigados, ¿os aletearás como el búho que le crece alas, acaso con el deseo de picarle los ojos a su madre? Kunsheng, aún más enfurecido, replicó: —¡Precisamente me repugna la inmundicia que traes, insoportable para legarla a nuestros descendientes! ¡Más nos valdría separarnos ahora mismo! Y de inmediato expulsó a la Décima Señora. Cuando el anciano y la anciana se enteraron, la Décima Señora ya se había marchado. Reprendieron a Kunsheng y le ordenaron que fuera de inmediato a buscarla para traerla de regreso, pero Kunsheng, con aire altanero, se negó a doblegarse. Llegada la noche, tanto la madre como el hijo enfermaron, cayendo en un estado de delirio febril sin poder probar bocado. El padre, aterrorizado, cargó una rama con espinas sobre su espalda y se presentó en el templo, expresando sus súplicas con profunda y sincera aflicción. Tras tres días, las dolencias sanaron por completo. La Décima Señora también regresó por su propia voluntad, y el afecto entre los esposos volvió a ser tan bueno como al principio. La Décima Señora solía sentarse cada día con su tocado perfectamente arreglado, sin dedicarse jamás a las labores femeninas; la ropa y el calzado de Kunsheng recaían por entero sobre las manos de la madre. Un día, la madre estalló en cólera y dijo: —¡Ahora que mi hijo se ha casado, sigue cargando de fatigas a esta anciana! En cualquier otra familia, la nuera sirve a su suegra; ¡en nuestra casa, la suegra sirve a su nuera! La Décima Señora, que pasaba por allí y la escuchó, dominada por el orgullo subió al salón principal y reclamó: —Como nuera sirvo la comida por la mañana y pregunto por su descanso por la noche; en cuanto a servir a la suegra, ¿cuál debe ser el camino correcto? Mi único defecto es no saber escatimar en salarios para contratar sirvientas, sino preferir hacer el trabajo duro yo misma. La madre se quedó sin palabras, humillada y abatida, y rompió a llorar. Al entrar Kunsheng y ver las huellas de lágrimas en el rostro de su madre, averiguó la causa y reprendió airadamente a la Décima Señora. Esta argumentó con firmeza sin ceder un ápice. Kunsheng exclamó: —¡Si una esposa no sabe complacer a sus mayores, más valdría no tenerla! ¡Que se desate la furia de la vieja rana! ¡A lo sumo, moriré por una catástrofe repentina! Y volvió a echar a la Décima Señora. Ella, también indignada, atravesó la puerta y se marchó directamente. Al día siguiente se declaró un incendio en la vivienda, que se propagó hasta devorar varias habitaciones; mesas, escritorios y lechos se convirtieron por completo en cenizas. Kunsheng, furioso, se dirigió al templo y reprendió a los dioses con severidad: —¡Si criáis a una hija incapaz de servir a sus suegros, carente por completo de educación hogareña, y encima defendéis torcidamente sus faltas! Se supone que una divinidad actúa con absoluta justicia, ¿acaso existe alguna enseñanza que ordene a los hombres temer a sus esposas? Además, el choque entre cuencos y ollas es obra exclusiva de este servidor, sin que mis padres tengan culpa alguna. Si habéis de descargar cuchillos, sierras, hachas o alabardas, hacedlo sobre mi propio cuerpo; mas si no fuere así, yo mismo prenderé fuego a vuestra morada para saldar cuentas con vosotros. Dichas estas palabras, amontonó leña al pie del altar, encendió fuego y se dispuso a prenderla. Los habitantes del lugar se congregaron para rogarle con lágrimas, hasta que finalmente, lleno de cólera, regresó a su hogar. Al enterarse, sus padres palidecieron de pánico. Al caer la noche, la deidad se le apareció en sueños a un vecino de la aldea cercana, ordenándole que construyera una nueva mansión para la familia de su yerno. Al amanecer, se compraron materiales y se reunieron artesanos para construirle una mansión a Kun Sheng. Por mucho que este intentó declinarlo, fue imposible; los contingentes de cientos de personas abarrotaban los caminos continuamente. En pocos días, la residencia quedó completamente renovada, con camas, cortinajes y todos los utensilios listos. Apenas terminadas las reparaciones, Niang Niang ya había llegado. Subió al salón principal para expresar su agradecimiento, con palabras y modales sumamente suaves y gentiles. Al girarse para dedicarle una sonrisa a Kun Sheng, toda la familia transformó su resentimiento en alegría. A partir de entonces, el carácter de Niang Niang se volvió aún más apacible; pasaron dos años sin que surgiera la más mínima palabra de discordia. Niang Niang aborrecía profundamente a las serpientes. Kun Sheng, en tono de broma, metió una pequeña serpiente en una caja y la engañó para que la abriera. Niang Niang mudó de color y reprendió severamente a Kun Sheng. Kun Sheng, a su vez, pasó de la risa al enojo y ambos intercambiaron rostros hostiles. Niang Niang dijo: —¡Esta vez no esperaré a que me eches ni me persigas; te ruego que rompamos aquí mismo para siempre! Y con ello, salió por la puerta. El anciano Xue sintió un terror espantoso; castigó a Kun Sheng con bastonazos y fue a suplicar perdón ante la deidad. Por fortuna, no sobrevino ninguna desgracia, pero tampoco hubo la menor señal ni noticia de ella. Tras transcurrir más de un año, Kun Sheng, presa de la añoranza por Niang Niang, se sentía sumamente arrepentido. A escondidas, acudió al templo de la deidad para suplicar por Niang Niang, pero hasta el final no hubo respuesta alguna. Al poco tiempo, supo que la deidad había prometido en matrimonio a Niang Niang con la familia Yuan, lo cual lo dejó con el corazón desolado y lleno de decepción; por tal motivo, comenzó a buscar pretendientes en otros clanes. Sin embargo, tras examinar a varias familias, ninguna se comparaba a Niang Niang, por lo que su añoranza por ella se hizo aún más intensa. Fue a indagar a la residencia de los Yuan, y vio que ya habían blanqueado las paredes, lavado los patios y estaban a la vanguardia aguardando el carruaje nupcial (*Yu轩*). Abrumado por la vergüenza y la indignación que no lograba contener, dejó de comer y enfermó. Sus padres, consumidos por la angustia, no sabían qué rumbo tomar. De repente, en medio de su estupor, sintió que alguien lo acariciaba y le decía: —¡Un hombre de espíritu, que tanto anhelaba romper y cortar los lazos, vuelve a mostrar semejante actitud! Al abrir los ojos, vio que era Niang Niang. Embargado por una alegría extrema, saltó de la cama y exclamó: —¿De dónde vienes, mi señora? Niang Niang respondió: —Con el trato digno que se le da a una persona frívola, lo correcto habría sido obedecer los mandatos de mi padre y partir hacia otra boda. Aunque ya hace mucho que acepté los regalos de compromiso de la familia Yuan, mi corazón lo pensó mil y diez mil veces, y no pude soportarlo. La fecha propicia para la boda es esta misma noche, y como mi padre no tenía rostro para devolver las ofrendas nupciales, he sido yo misma quien las ha traído de regreso para colocarlas aquí. Justo cuando salía por la puerta, mi padre corrió tras de mí y me gritó: "¡Necia muchacha! Por no escuchar mis palabras, si en el futuro sufres agravios y malos tratos por parte de la familia Xue, ¡aunque mueras, no regreses a esta casa!" Kun Sheng, conmovido por su lealtad y rectitud, derramó lágrimas por ella. Todos los miembros de la familia se regocijaron y corrieron a avisar al viejo Xue y a su esposa. Al enterarse, la anciana ni siquiera esperó a acudir a los rituales matutinos; corrió hacia los aposentos de su hijo, le tomó las manos y rompió en sollozos. A partir de este suceso, Kun Sheng también maduró y dejó de lado sus bromas crueles, por lo que el afecto y la armonía entre ambos se hicieron aún más profundos. Niang Niang le dijo: —Antaño, como consideraba que eras frívolo e inconstante, dudaba que pudiéramos envejecer juntos hasta el final de nuestros días, y por eso no me atreví a dejar raíces de pecado en el mundo de los mortales. Ahora que ya no hay desvíos en tu corazón, daré a luz a tu hijo. No había transcurrido mucho tiempo cuando el anciano dios y la anciana diosa, ataviados con túnica roja, descendieron a su hogar en persona. Al día siguiente, Niang Niang entró en labor de parto y dio a luz a dos varones de una sola vez. Desde entonces, el trato y las visitas fluyeron sin interrupción. Si alguna vez los habitantes del lugar ofendían la ira de la deidad, de inmediato acudían primero a suplicarle a Kun Sheng; este entonces hacía que las mujeres, ricamente ataviadas y maquilladas, entraran a los禁宫 (aposentos interiores) para rendir homenaje y postrarse ante Niang Niang. Con una sola sonrisa de Niang Niang, todo quedaba resuelto. La descendencia de la familia Xue floreció de manera muy copiosa, por lo que la gente los llamó "La casa de las ranas Xue". Los más cercanos no se atrevían a llamarlos así en su presencia, pero los más lejanos sí los llamaban de ese modo. El Dios Rana suele manifestarse a través de chamanes, quienes son capaces de percibir la ira y la alegría de la deidad. El chamán anuncia a los devotos: «El dios está contento», y entonces el dios se hace presente; o «Está enojado», y las mujeres y los niños se sientan a lamentarse con tristeza, llegando algunos a perder el apetito. ¿Es esto acaso mera costumbre vulgar? ¿O es que el dios posee verdadera eficacia espiritual, sin ser todo pura falsedad? Había un rico mercader de apellido Zhou, de naturaleza sumamente avara. A la sazón, los habitantes del lugar juntaban oro para reparar el santuario del Emperador Guan, y tanto ricos como pobres colaboraron con fervor; únicamente Zhou se negaba a arrancar un solo vello de su cuerpo en beneficio ajeno. Pasó el tiempo y las obras no concluían, sin que los organizadores hallaran manera de resolverlo. Coincidió que el pueblo celebraba los ritos del Dios Rana, cuando de pronto el chamán exclamó: «El general Zhou, encargado de los graneros, ordena a este pequeño dios que dirija la colecta de donativos. ¡Traigan los libros de registros!». La multitud obedeció. El chamán dijo: «A los que ya han donado, no se les vuelva a exigir; los que aún no lo han hecho, anótense según sus posibilidades». La multitud respondió con reverencia, asintiendo, y cada uno anotó su aporte. El chamán miró y preguntó: «¿Está Zhou por aquí?». Zhou se encontraba mezclado entre los últimos, temeroso de que la deidad lo notara; al oír esto, descolorido el rostro, se adelantó con torpeza. El chamán señaló el registro y dijo: «Ha anotado cien taeles». Zhou se sintió aún más apurado. El chamán se indignó y bramó: «¡Las deudas por adulterio aún se pagan con doscientos taeles, con más razón las buenas obras!». Resulta que Zhou había intimado en secreto con una mujer casada, y al ser sorprendido por el marido, se había redimido pagando doscientos taeles de oro, por lo que el dios sacó a la luz su falta. Avergonzado y aterrorizado, no teniendo más remedio, Zhou cumplió con lo mandado y anotó la suma. Al regresar a casa, se lo contó a su esposa. Ella le dijo: «Esto no es más que un engaño del chamán». El chamán exigió el pago en repetidas ocasiones, pero al fin Zhou no se lo dio. Cierta vez, encontrándose recostado a la siesta, de pronto escuchó fuera de la puerta un sonido semejante al jadeo de un buey. Al asomarse, vio una rana gigantesca, cuyo cuerpo apenas cabía por el umbral; avanzaba con pasos lentos y pesados, bloqueando ambas hojas de la puerta al entrar. Una vez adentro, dio media vuelta y se tumbó, apoyando la barbilla en el umbral. Toda la familia quedó aterrorizada. Zhou dijo: «Seguro viene a reclamar el dinero de la colecta». Quemó incienso y rezó, prometiendo entregar primero treinta taeles y enviar el resto de manera gradual, pero la rana no se movió; ofreció pagar cincuenta, y el cuerpo del animal se encogió repentinamente cerca de un pie; añadió otros veinte, y se redujo aún más hasta tener el tamaño de un *dou*; al prometer el pago total, la rana se contrajo al tamaño de un puño, salió con calma y se marchó a través de una rendija de la pared. Zhou envió de inmediato cincuenta taeles de oro a la oficina de construcción; todos se mostraron extrañados, pero Zhou guardó silencio sobre el motivo. Tras varios días, el chamán volvió a declarar: «Zhou debe cincuenta taeles, ¿por qué no se los apresura a pagar?». Al enterarse, Zhou sintió temor y entregó diez taeles más, con la intención de dar por saldado el asunto con eso. Un día, mientras el matrimonio comía, la rana volvió a presentarse de la misma manera que antes, con los ojos llenos de furia. Al poco rato, trepó al lecho, el cual se sacudió como si fuera a volcarse; apoyó el hocico sobre la almohada y se quedó dormida, con el vientre abultado como el de un buey recostado, llenando por completo las cuatro esquinas. Aterrorizado, Zhou le entregó los cien taeles completos. Al comprobar el pago, el animal siguió sin moverse ni un ápice. A mediodía, pequeñas ranas comenzaron a congregarse; al día siguiente eran aún más. Invadieron los almacenes y treparon a los lechos, llegando a todos los rincones. Las que eran más grandes que un cuenco subían a los fogones a sorber moscas, pudriéndose dentro de las ollas, al punto que la comida se volvió inmundo e imible. Al tercer día, el patio hervía de actividad, sin quedar un solo espacio libre. La familia entera entró en pánico y desesperación, sin saber qué medida tomar. No teniendo más remedio, acudieron a pedir consejo al chamán. Este les dijo: «Esto se debe sin duda a que la cantidad es corta». Acto seguido, ofreció plegarias y añadió veinte taeles más a la cuenta; con esto, la rana levantó la cabeza. Agregó otros más, y levantó una pata; hasta que, al alcanzar los cien taeles enteros, las cuatro patas se irguieron por completo, bajó del lecho, salió por la puerta y, tras dar unos cuantos pasos pesados, dio media vuelta y se tumbó de nuevo dentro del umbral. Atemorizado, Zhou consultó al chamán. Este, adivinando sus intenciones, quería que Zhou abriera la bolsa de inmediato. Sin más opciones, Zhou entregó al chamán la suma requerida. Entonces la rana se puso en marcha y, a pocos pasos de distancia, su cuerpo se encogió bruscamente, mezclándose entre una multitud de otras ranas hasta volverse irreconocible, para luego dispersarse gradualmente en medio del tumulto. Una vez terminado el santuario, llegó el momento de la ceremonia de apertura de los ojos y de los sacrificios de celebración, lo cual requería nuevos gastos. El chamán señaló de pronto a los organizadores y dijo: «Fulano debe aportar tal cantidad». Eran quince personas en total, y solo faltaban dos. La multitud suplicó diciendo: «Nosotros y los demás ya hemos donado antes». El chamán replicó: «No juzgo la riqueza o la pobreza según lo que tengan, sino por la cantidad de dinero que cada uno de ustedes ha malversado de los fondos. Tales riquezas no deben servir para enriquecerse en lo personal, pues de lo contrario acarrearían calamidades y desdichas repentinas. En consideración a la diligencia con la que han servido como organizadores, se las estoy disipando en su nombre. Salvo fulano y zutano, cuya rectitud no ha incurrido en tacha alguna, incluso en lo que respecta a este humilde chamán, no me guardaré para mí el menor provecho egoísta: ordeno que mi propia casa pague primero, para servir de ejemplo a todos». Dicho esto, corrió al interior de su hogar y saqueó arcas y cofres. Su esposa le preguntó, pero él no respondió; sacó envuelto todo el dinero ahorrado y se lo presentó a la multitud, diciendo: «Me apropié indebidamente de ocho taeles de plata; ahora hago vaciar mis arcas por completo». Lo pesaron junto con los demás, y la balanza marcó poco más de seis taeles, por lo que ordenó que se anotara la cantidad faltante que debía. La multitud, estupefacta y sin osar replicar, entregó las sumas correspondientes en su totalidad. El chamán, tras este suceso, quedó completamente desconcertado; al enterarse por boca de otros, se sintió sumamente avergonzado y empeñó sus ropas para completar la cantidad. Solo aquellos dos individuos que faltaron a la cuota sufrieron las consecuencias: concluido el asunto, uno enfermó durante más de un mes y el otro padeció de úlceras malignas, de modo que los gastos en medicamentos superaron con creces lo que debían. La gente atribuyó esto al castigo por su apropiación indebida. El historiador de lo extrañomenciona: *Una vieja rana que administra donativos;* *¿acaso no hay en ello más personas con quienes se pueda obrar el bien* *que aquellos que clavan estacas y arrastran cadenas?* *Y al sacar a la luz a los ladrones que custodiaban los bienes para disipar sus desgracias,* *su manifestación de temible poder* *es, precisamente, la expresión de su misericordia.* Ren Xiu Ren Jianzhi era natural de Yutai y se dedicaba al comercio de alfombras y pieles de fieltro. Reunió todos sus recursos para viajar a Shaanxi. En el camino, se encontró con un hombre que decía llamarse Shen Zhuting, natural de Suqian. Al conversar, congeniaron de inmediato, por lo que juraron hermandad y desde entonces viajaron juntos. Al llegar a Shaanxi, Ren cayó gravemente enfermo y no pudo levantarse. Shen lo cuidó con esmero, pero tras más de diez días, su enfermedad empeoró drásticamente. Ren le dijo a Shen: —Mi familia nunca ha tenido bienes raíces fijos, y las bocas de ocho personas dependen por completo de que uno solo desafíe la escarcha y el rocío. Ahora, por desgracia, voy a fallecer en una tierra extraña. ¡Usted es mi hermano de carne y hueso, y a dos mil li de distancia, ¿a quién más tengo en el mundo?! En mi bolsa tengo más de doscientos taeles de oro; quédese con la mitad para que me prepare un ataúd sencillo y lo que sobre le sirva para los gastos del camino. La otra mitad, envíela a mi esposa e hijos para que puedan alquilar un carruaje y llevar mi féretro de regreso. Si tiene la bondad de llevar mis restos mortales de vuelta a nuestra tierra natal, no se preocupe por los gastos de transporte. Luego, apoyándose en su almohada, dictó una carta que entregó a Shen, y al caer la tarde falleció. Shen gastó cinco o seis taeles de plata para comprar un ataúd modesto y realizó las exequias. Sin embargo, cuando el dueño de la posada le instó a retirar el féretro, Shen fingió que iba a buscar un templo budista o taoísta y huyó sin regresar. Pasó más de un año antes de que la familia de Ren recibiera noticias confirmadas. El hijo de Ren, Xiu, tenía entonces diecisiete años y estudiaba bajo la tutela de un maestro, pero a raíz de esto abandonó sus estudios, deseoso de ir a buscar el féretro de su padre. Su madre, compadecida de su corta edad, y ante las lágrimas de Xiu que parecían llevarlo a la muerte, empeñó sus bienes para financiar el viaje y dispuso que un viejo criado lo acompañara. Partieron, y solo medio año después regresaron. Tras los funerales, la familia quedó tan pobre como si los hubieran lavado. Por fortuna, Xiu era inteligente; una vez cumplido el luto, ingresó en la escuela del distrito de Yutai. No obstante, era frívolo, libertino y aficionado a los juegos de azar. Aunque su madre lo reprendía y educaba con rigurosidad extrema, él jamás cambió. Un día, el inspector imperial visitó la zona para los exámenes y situó a Xiu en la cuarta categoría. Su madre, furiosa y llorosa, se negó a comer. Xiu, lleno de vergüenza y temor, hizo un solemne juramento ante ella. A partir de entonces, cerró las puertas de su casa durante más de un año y, finalmente, logró aprobar con excelentes calificaciones, ganando el estipendio oficial. Su madre lo animó a abrir una escuela privada para dar clases, pero la gente, recordando que seguía siendo descarriado y sin disciplina, lo despreciaba y ridiculizaba en secreto. Tenía un tío político apellidado Zhang, que comerciaba en la capital, el cual le aconsejó que fuera a Pekín, ofreciéndose a llevarlo consigo sin cobrarle nada por sus gastos. Xiu, encantado, aceptó. Al llegar a Linqing, atracaron su embarcación a las afueras de las compuertas aduaneras. En ese momento, los barcos de sal se apiñaban apretados y sus mástiles formaban un bosque. Tras acostarse, Xiu oyó el sonido del agua y las voces de la gente, un estruendo tan molesto que no lograba conciliar el sueño. Cuando la segunda vigilia de la noche trajo silencio, escuchó de pronto el sonido claro y resonante de unos dados en el barco vecino. Aquel eco penetró en sus oídos y atrapó su corazón, haciendo que de inmediato sintiera el picor de sus viejos vicios. Escuchó a hurtadillas a los demás viajeros y comprobó que todos ya dormían profundamente. En su propia bolsa llevaba mil monedas de cobre, y le asaltó el deseo de cruzar al otro barco para echar una partida. Se levantó en silencio, desató su bolsa, tomó las monedas y dudó un momento; pero al recordar las enseñanzas de su madre, volvió a atarlas y las guardó. Una vez acostado, su corazón latía con inquietud y sufría por no poder dormir. Se levantó de nuevo, volvió a desatar la bolsa. Así lo hizo tres veces. Su entusiasmo estalló con tanta fuerza que ya no pudo contenerse más, tomó las monedas y marchó directo. Al llegar al barco vecino, vio a dos hombres jugando a los dados; las apuestas sobre la mesa eran espléndidas y cuantiosas. Depositó sus monedas sobre la mesa e inmediatamente pidió unirse a la partida. Los dos hombres, encantados, lo dejaron tirar los dados junto a ellos. Xiu obtuvo una victoria rotunda. Cuando uno de los apostadores se quedó sin dinero, empeñó una gran suma de oro con el dueño del barco, y poco a poco comenzó a arriesgar más de diez cadenas de monedas en una sola tirada desesperada. Mientras el juego estaba en su apogeo, otro hombre subió a la embarcación y, tras observar fijamente durante un buen rato, también vació su bolsa para entregar cien taeles de oro en empeño al dueño, uniéndose a la mesa para jugar. Zhang se había despertado a medianoche y, al notar que Xiu no estaba en el bote, escuchó los dados y adivino lo ocurrido. Por ello, se dirigió al barco vecino con la intención de reprenderlo y detenerlo. Al llegar, vio que junto a las caderas de Xiu se acumulaban riquezas como montañas, por lo que ya no dijo nada; en su lugar, tomó varias miles de monedas prestadas y regresó. Despertó a los demás viajeros y, entre todos, fueron de un lado a otro transportando el botín, aunque aún quedaban más de diez cadenas de los otros apostadores. Al poco tiempo, los tres jugadores perdieron todo y el dinero del barco quedó completamente vacío. Los apostadores querían seguir apostando oro, pero como Xiu ya había ganado demasiado, pretextó que solo jugaba por dinero en efectivo para ponerles trabas. Zhang, que estaba al lado, lo instaba a regresar. Los tres hombres, desesperados y ansiosos, y viendo el dueño del barco la gran ganancia que representaba la banca, pidió prestado a otras embarcaciones hasta reunir más de cien cadenas de monedas. Con el dinero en mano, los apostadores jugaron con mayor audacia; mas no pasó mucho tiempo antes de que todo volviera a parar a manos de Xiu. Cuando el cielo ya aclaraba y las puertas de la aduana abrieron, transportaron sus riquezas de regreso al barco. Los tres apostadores también se marcharon. El dueño del barco, al revisar los más de doscientos taeles de oro que le habían dejado en empeño, descubrió que no eran más que hojas de estaño cubiertas de ceniza. Aterrorizado, corrió a buscar el barco de Xiu para contarle lo sucedido y exigirle una compensación. Pero al preguntarle su nombre y lugar de origen, y enterarse de que era el hijo de Ren Jianzhi, encogió el cuello, sudó de vergüenza y se retiró en silencio. Más tarde, al indagar con los barqueros, Xiu supo que el dueño del barco no era otro que Shen Zhuting. Cuando Xiu había estado en Shaanxi, ya había oído hablar de aquel nombre y apellido; y ahora que los espíritus le habían dado su merecido, decidió no perseguir su ofrenda pasada. Con el dinero ganado, se asoció con Zhang para hacer negocios rumbo al norte, y al cabo de un año las ganancias se duplicaron con creces. Así, compró un título oficial de estudiante imperial. Aplicando con mayor destreza el arte de la usura, en el espacio de diez años su fortuna dominaba toda la región. Crepúsculo de la tarde El quinto día del quinto mes, en las regiones de Wu y Yue, existe la costumbre de competir en botes de dragón: se ahuecan maderos para darles forma de dragón, pintándoles escamas y armaduras, y adornándolos con oro y jadeíta. Encima se construyen vigas talladas y barandillas bermejas; las velas y estandartes son todos de brocado y seda bordada. En la popa del bote se coloca una cola de dragón que se alza más de un zhang de altura; mediante cuerdas de tela se suspenden tablas de madera hacia abajo, en las que se sientan niños que dan vueltas, caen y vuelven a levantarse, realizando toda clase de acrobacias ingeniosas. Como abajo se encuentra el agua del río, el peligro de caer es inminente. Por esta razón, al comprar a tales niños, primero se tienta a sus padres con oro y se les entrena de antemano, bajo el acuerdo de que si caen al agua y mueren, no habrá arrepentimiento. En la Puerta de Wu, en cambio, se transportan cortesanas hermosas; la competición es simplemente distinta. En Zhenjiang había un niño de apellido Jiang llamado Aduan, que apenas tenía siete años. Poseía una agilidad y destreza extraordinarias, superando a todos los demás, por lo que su fama y cotización aumentaron aún más, al punto de que aún se le empleaba a los dieciséis años. Al llegar al pie de la Montaña Dorada, cayó al agua y murió. La madre Jiang, que solo tenía a este hijo, no hacía más que lamentarse y llorar a gritos. Aduan no era consciente de su propia muerte; dos personas lo guiaron y lo llevaron a ver que bajo el agua existía un mundo aparte. Al mirar hacia atrás, vio que las olas fluían por todas partes, erguidas como paredes sólidas. Pronto entraron en un palacio y vieron a una persona sentada con un yelmo y una armadura. Los dos hombres dijeron: «Este es el Monarca de la Guarida del Dragón». Y le hicieron postrarse. El rostro del Monarca de la Guarida del Dragón era apacible y bondadoso, y dijo: «Las habilidades y la destreza de Aduan son aptas para ingresar en la Tropa del Sauce». Enseguida lo condujo a un lugar donde un amplio palacio lo rodeaba por los cuatro costados. Al apresurarse a subir por el corredor oriental, había varios jóvenes que salieron a saludarlo; en su mayoría tenían trece o catorce años. Pronto llegó una anciana a quien todos llamaban la Vieja Xie. Sentado, le ordenó mostrar su arte. Una vez hecho esto, procedió a enseñarle la Danza del Trueno Volador de Qiantang y la Música del Viento apacible del Lago Dongting. Solo se escuchaban los tambores y gongs resonando con estrépito, haciendo eco en todos los patios. Al poco tiempo, todos los patios enmudecieron. Temiendo que Aduan no pudiera dominarlas de inmediato, la Vieja Xie se dedicó a instruirlo con insistencia, consolándolo y dirigiéndolo tres o cuatro veces al día, acariciándolo con profundo afecto; pero con una sola pasada, Aduan ya lo había comprendido todo a la perfección. La Vieja Xie dijo encantada: «¡Consiguiendo a este muchacho, no tiene nada que envidiarle a Wanxia!». Al día siguiente, el Monarca de la Guarida del Dragón inspeccionó las tropas; todas se congregaron por completo. Primero inspeccionó la Tropa de los *Yakshas*, con rostros de demonio y ropajes de pez, tocando grandes gongs de cerca de cuatro codos de diámetro; los tambores requerían que cuatro hombres los rodearan con los brazos, y su sonido era como un trueno gigantesco, cuyos gritos y alaridos impedían escuchar cualquier otra cosa. Al comenzar la danza, olas gigantescas surgieron con furia, fluyendo horizontalmente por los aires, mientras de vez en cuando caía una chispa estelar que al tocar el suelo se extinguía. El Monarca de la Guarida del Dragón los detuvo apresuradamente y ordenó que avanzara la Tropa de los *Orioles de Leche*, compuesta enteramente por bellas doncellas de dieciséis años, con la música de flautas transversas sonando suavemente; al instante, un viento puro soplaba apaciblemente, el sonido de las olas cesó por completo, y el agua se fue congelando poco a poco como un mundo de cristal, transparente de arriba abajo. Una vez concluida la inspección, todas se retiraron y se alinearon bajo la escalinata occidental. A continuación, inspeccionó la Tropa de las *Golondrinas*, todas personas con el cabello suelto en flequillo. Entre ellas había una muchacha de unos catorce o quince años que, sacudiendo sus mangas e inclinando su moño, interpretó la Danza de la Dispersión de Flores; volando y planeando con ligereza, de entre los pliegues de sus mangas, cuellos, calcetines y zapatos brotaban flores de cinco colores que, llevadas por el viento, descendían revoloteando y llenaban todo el patio. Terminada la danza, siguiendo a su tropa, ella también bajó a la escalinata occidental. Aduan la miró de reojo desde un lado, sintiendo por ella una profunda admiración y afecto. Al preguntar a alguien de su misma tropa, supo que se trataba de Wanxia. Poco después, llamaron a la Tropa del Sauce. El Monarca de la Guarida del Dragón puso a prueba personalmente a Aduan. Aduan interpretó la danza anterior; su alegría y su ira seguían el ritmo, y sus inclinaciones y erguimientos cumplían con la medida. El Monarca de la Guarida del Dragón, complacido por su inteligencia y perspicacia, le regaló un conjunto de pantalones y túnica de cinco colores, y un broche de oro con barbas de pez para sujetar el cabello, incrustado con una perla luminosa nocturna. Aduan hizo una reverencia para recibir el obsequio y, bajando, también se apresuró hacia la escalinata occidental para ocupar su respectivo puesto. Entre la multitud, Aduan miraba fijamente a lo lejos a Wanxia, y Wanxia también lo miraba fijamente a lo lejos a él. Al poco rato, Aduan salió vacilante de su tropa en dirección norte, y Wanxia también salió poco a poco de su tropa en dirección sur. Aunque estaban a pocos pasos de distancia, la disciplina era tan severa que no se atrevían a desordenar las filas, por lo que solo podían mirarse con el espíritu embargado. Tras haber inspeccionado la Tropa de las *Mariposas* —cuyos niños y niñas bailaban en parejas, con estaturas y edades similares, y ropajes amarillos y blancos, todos rigurosamente iguales—, todas las tropas salieron en fila india. La Tropa del Sauce iba detrás de la Tropa de las Golondrinas; Aduan salió rápidamente al frente de su tropa, mientras que Wanxia se había retrasado pausadamente atrás. Al girar la cabeza y ver a Aduan, ella dejó caer a propósito una horquilla de coral, que Aduan se apresuró a ocultar en su manga. Al regresar, una profunda añoranza lo enfermó, perdiendo por completo el apetito y el sueño. La Vieja Xie le ofrecía constantemente manjares exquisitos, visitándolo tres o cuatro veces al día y acariciándolo con solicitud, pero su enfermedad no mejoraba ni un ápice. La anciana, preocupada y sin saber qué recurso tomar, dijo: «¡El período de longevidad del rey de Wujiang está cerca, y ahora, ¿qué vamos a hacer al atardecer?!». Al atardecer, un niño vino a sentarse en el diván para conversar con él, diciendo de sí mismo: «Pertenezco a la Tropa de las Mariposas». Con calma le preguntó: «¿Se debe tu enfermedad a Wanxia?». Aduan, sorprendido, preguntó: «¿Cómo lo sabes?». El niño sonrió y respondió: «Wanxia está exactamente igual que tú». Aduan se incorporó con aire doliente y le suplicó un remedio y un plan. El niño preguntó: «¿Todavía puedes caminar?». Él respondió: «Con esfuerzo, aún puedo valerme por mí mismo». El niño lo condujo hacia afuera, abriendo una puerta hacia el sur; al doblar hacia el oeste, abrió de nuevo una puerta de dos hojas. Vieron decenas de muelles de flores de loto que crecían directamente sobre el suelo plano; las hojas eran tan grandes como esteras y las flores tan grandes como sombreros, con los pétalos caídos acumulándose al pie de los tallos hasta superar un pie de profundidad. El niño lo condujo al interior y dijo: «Siéntate aquí un momento», tras lo cual se marchó. Al poco tiempo, una bella mujer apartó las flores de loto y entró; era Wanxia. Al verse, sintieron una alegría inmensa; cada uno relató su añoranza y resumieron brevemente sus vidas. Entonces usaron una piedra para inclinar la cubierta de una flor de loto de modo que sirviera como una elegante pantalla protectora, y extendieron uniformemente los pétalos de loto para servir de lecho, deseosos de recostarse y abrazarse con intimidad. Tras concertar un juramento para el futuro y fijar la puesta del sol como el momento de sus encuentros, se despidieron. Aduan regresó, y su enfermedad también sanó por sí sola. A partir de entonces, ambos se reunían una vez al día entre los campos de loto. Pasados unos días, acompañaron al Monarca de la Guarida del Dragón para felicitar al rey de Wujiang por su cumpleaños. Una vez cumplimentadas las felicitaciones, todas las tropas regresaron, y solo retuvieron en el palacio a Wanxia y a una persona de la Tropa de los Orioles de Leche para enseñar la danza. Pasaron varios meses sin noticias, y Duan se sentía desolado y perdido, como si le faltara el alma. Solo la Anciana Xie viajaba de vez en cuando a la prefectura de Wujiang; Duan le pidió que hiciera pasar a Wanxia por su prima menor para que la llevara con ella, albergando la esperanza de verla una vez más. Se quedó alojado a las puertas de Wujiang durante varios días, pero el palacio y sus prohibiciones eran estrictos, y a Wanxia le resultaba imposible salir, por lo que él regresó abatido y con el corazón en un puño. Tras acumularse más de un mes de ausencia, su anhelo obsesivo rozaba la desesperación. Un día, la Anciana Xie entró a verlo y, con aire afligido, le dio el pésame diciendo: —¡Qué lástima! ¡Wanxia se ha arrojado al río! Duan soltó un grito de espanto y las lágrimas brotaron de sus ojos sin que pudiera contenerlas. En un arrebato, destrozó su sombrero y rasgó sus ropas, tomó joyas de oro y salió con la firme intención de seguirla en la muerte. Al llegar, vio que las aguas del río se alzaban como muros; golpeó con todas sus fuerzas usando la cabeza, pero no logró entrar. Pensó en regresar, pero temía que le preguntaran por su sombrero y sus ropas rotas, lo que solo aumentaría su culpa. Viéndose sin salida, con el sudor corriéndole hasta los talones, de pronto divisó un gran árbol junto al muro. Trepó por él como un simio, ascendiendo hasta la copa más alta, y desde allí se arrojó con fuerza al vacío. Por fortuna, no cayó mojado, sino que se halló flotando directamente sobre las aguas. Inesperadamente, en medio de aquel trance, vislumbró de nuevo el mundo de los vivos y se alejó flotando con ligereza. Al cabo de un rato alcanzó la orilla; se sentó un momento en la ribera y, recordando de repente a su anciana madre, tomó una barca y partió. Al llegar a su aldea y mirar a su alrededor, la vista de su hogar le hizo sentir como si hubiera atravesado los reinos de otra vida. Al cruzar vacilante el umbral de su casa, oyó de repente la voz de una mujer que decía desde la ventana: —Tu hijo ha regresado. La voz era idéntica a la de Wanxia. Al momento, ella y su madre salieron juntas, ¡y sin duda era Wanxia! En aquel instante, la alegría de ambos superó con creces a la pena; en cuanto a la anciana, la tristeza, la duda, el espanto y el júbilo estallaron en ella al mismo tiempo de mil maneras. Resulta que, al principio, mientras Wanxia estaba en Wujiang, sintió que su vientre se estremecía. Como las leyes y prohibiciones del Palacio del Dragón eran rigurosas, temía dar a luz de un día para otro y sufrir azotes y castigos ignominiosos; además, al no poder ver ni una sola vez a A-Duan, y deseando únicamente la muerte, se había precipitado en secreto a las aguas del río. Al flotar su cuerpo y oscilar entre las olas, una barca de pasajeros la rescató y le preguntó por su lugar de origen. Como Wanxia era antaño una famosa cortesana de Wu y su cuerpo no había sido hallado tras la inmersión, reflexionando que no podía volver a pisar el burdel, declaró: —Soy de la familia Jiang en Zhenjiang, su esposa legítima. El viajero le consiguió entonces una pequeña embarcación y la envió con su supuesta familia. La señora Jiang sospechó que se trataba de un error, pero la joven aseguró que no era así y le relató los pormenores de su situación. A la señora Jiang le cautivó su refinado talante y gracia, y le cogió gran afecto; solo temía que, siendo tan joven, no estuviera dispuesta a guardar luto de viudedad por siempre. Pero la muchacha era piadosa y prudente y, al ver que la familia era pobre, se quitó los adornos preciosos y vendió unos cuantos por decenas de miles. La anciana comprobó que sus intenciones eran sinceras y se alegró de veras. Sin embargo, al no tener ella hijos, temía que, llegado el momento del parto, los vecinos y parientes no le creyeran y maquinaran algo contra la joven. Wanxia dijo: —Madre, con que usted tenga un verdadero nieto, ¿qué importa que los demás lo sepan? Y la anciana se tranquilizó. En ese momento llegó Duan, y la joven no cabía de gozo en sí misma. La anciana, albergando aún dudas sobre si su hijo había muerto realmente, había abierto en secreto la tumba de Duan, encontrando los huesos intactos, por lo que le pidió explicaciones. Solo entonces Duan comprendió la verdad con claridad, sintiendo un súbito chispazo de iluminación; mas temiendo que Wanxia sintiera repulsión al saber que él ya no era un mortal, le suplicó a su madre que no volviera a mencionarlo. La madre asintió. Entonces lo anunciaron a los vecinos del lugar, alegando que el cadáver recuperado aquel día no correspondía al de su hijo. No obstante, la anciana seguía preocupada por si la joven sería incapaz de engendrar un hijo de un espíritu. Poco después, Wanxia dio a luz a un varón; al alzarlo, comprobaron que no se diferenciaba en nada de un niño común, y solo entonces respiraron aliviados. Mucho tiempo después, la joven comenzó a notar que A-Duan no era humano y le recriminó: —¡Por qué no lo dijiste antes! Las vestiduras de los fantasmas y las túnicas del Palacio del Dragón hacen que, tras siete ciclos de siete días, las almas se consoliden y se endurezcan, volviéndose indistintas de las de los seres vivos. Si hubieras conseguido el pegamento de cuerno de dragón del palacio, habrías podido soldar tus coyunturas y regenerar tu carne y tu piel. Qué pena que no lo hayas comprado a tiempo. Duan vendió entonces las perlas de su esposa, y un mercader extranjero le ofreció un millón en monedas de oro, volviéndose su familia inmensamente rica de la noche a la mañana. Coincidiendo con el cumpleaños de la madre, el matrimonio cantó y bailó para brindar por ella, y la noticia llegó a oídos de un príncipe de la realeza. El príncipe quiso arrebatarle a Wanxia por la fuerza; temeroso, Duan se presentó ante él y le declaró por voluntad propia: —Ambos esposo y esposa somos espíritus errantes. El príncipe lo comprobó al ver que no proyectaban sombra y, dándole crédito, desistió de arrebatársela. Tan solo envió a damas de la corte al patio apartado para que aprendieran sus artes. Wanxia se deformó el rostro con orina de tortuga antes de presentarse ante ellas. Les enseñó durante tres meses, pero al final ninguna pudo dominar su arte por completo y se marcharon. *Bai Qiulian* En Zhili había un joven de apellido Mu y nombre de cortesía Changong, hijo del comerciante Mu Xiaohuan. Era inteligente y aficionado a la lectura. A los dieciséis años, su padre consideró que los estudios literarios eran poco prácticos y lo puso a aprender el comercio, llevándolo consigo a Chu. Cada vez que estaban sin obligaciones a bordo del bote, el muchacho se ponía a recitar poemas. Al llegar a Wuchang, su padre lo dejó alojado en una posada para cuidar la mercancía acumulada. Aprovechando que su padre había salido, el joven tomó un libro y se puso a entonar versos con una voz clara y resonante. De pronto vio la sombra de una ventana que se agitaba, como si alguien estuviera escuchando a escondidas, aunque no le dio mayor importancia. Una noche, el padre fue a un banquete y tardó mucho en regresar, por lo que el joven recitaba con aún más melancolía. Vio a alguien rondar fuera de la ventana, silueteado con gran claridad por la luz de la luna. Extrañado, se asomó de inmediato a observar y descubrió a una belleza sin par de unos quince o dieciséis años. Al ver al joven, ella se retiró apresurada. Dos o tres días después, cargaron las mercancías y pusieron rumbo al norte, anclando al atardecer a la orilla del lago. Como el padre había salido a otro lugar, se acercó una anciana y dijo: —¡El joven caballero ha matado a mi hija! El joven, asombrado, le preguntó la razón. Ella respondió: —Mi apellido es Bai. Tengo una hija llamada Qiulian, que entiende algo de letras. Dice que en la capital de la prefectura pudo escuchar tu clara declamación y desde entonces no ha dejado de pensar en ti, hasta el punto de perder el sueño y el apetito. Desea unirse a ti en matrimonio y no puedes volver a negarte. El joven, en su corazón, sentía verdadero afecto por ella, pero temía el enojo de su padre, por lo que le confesó la verdad tal cual. La anciana no le creyó del todo y exigió una promesa solemne. Al negarse el joven, la anciana se enojó y dijo: —En el mundo de los hombres hay quienes buscan casarse ofreciendo los gansos rituales y no lo consiguen. ¡Ahora que esta anciana actúa por sí misma como celestina, resulta que me rechazan! ¿Puede haber mayor afrenta? ¡No pienses en cruzar hacia el norte! Dicho esto, se marchó. Al poco rato regresó el padre. El joven le contó lo sucedido embelleciendo las palabras, con la secreta esperanza de que accediera. Pero el padre, considerando la gran distancia y despreciando además los arrebatos primaverales de una muchacha, se rio y lo dejó pasar. En el lugar donde habían anclado, el agua era tan profunda que cubría los remos; pero aquella noche, de improviso, se formó un banco de arena que dejó el bote inmovilizado sin poder moverse. Cada año en el lago, las embarcaciones de los mercaderes forasteros solían quedar varadas y retenidas en los islotes hasta que al año siguiente crecían las aguas por el deshielo de los melocotoneros; para entonces, aunque el resto de las mercancías no hubieran llegado, los bienes a bordo valían cien veces su precio original. Por esta razón, el anciano no se alarmó ni se preocupó demasiado. Tan solo calculó que para el próximo año, al tener que bajar de nuevo al sur, aún necesitaría reunir capital, así que decidió dejar a su hijo y regresar solo. El joven se alegró en secreto, arrepintiéndose de no haber preguntado el lugar donde vivía la anciana. Al caer la tarde, la anciana, acompañada de una criada, trajo a la doncella y la recostó sobre el lecho, extendiéndole las ropas. Le dijo al joven: —¡Tuve que enfermar mi hija hasta este punto como para venir a cruzarme de brazos y actuar como si nada pasara! Tras decir esto, se fue. Al principio, el joven se quedó atónito; pero al acercar la lámpara para mirar a la muchacha, vio que su semblante enfermizo estaba lleno de encanto y que sus ojos claros parecían desbordarse por sí solos. Le dirigió unas breves palabras de interrogatorio y ella le dedicó una sonrisa encantadora. El joven la instó a decir algo y ella respondió: —*"Deslucida por mi señor, me avergüenzo ante él"*; puedes recitar esto para mí. El joven, presa de una alegría frenética, quiso acercarse a ella, pero contuvo su ímpetu al compadecerse de su fragilidad. Introdujo la mano en el regazo de sus ropas para jugar con ella. La doncella, sintiendo una súbita alegría, le correspondió con bromas y le dijo: —Si recitas tres veces para mí la obra de Wang Jian *«Las hojas y hojas de túnica de gasa»*, tu enfermedad sanará. El joven siguió sus instrucciones. Apenas iba por la segunda repetición, cuando la doncella levantó las ropas, se incorporó y dijo: —¡Ya estoy curada! Al continuar la lectura, su voz temblorosa de dulzura se unía a la de él en perfecta armonía. Los sentidos del joven volaron aún más alto, por lo que apagaron la vela y se acostaron juntos. Antes del amanecer, la doncella ya se había levantado y dijo: —Mi anciana madre vendrá pronto. Al poco rato, la anciana llegó en efecto. Al ver a la doncella sentada alegremente y con el peinado arreglado, no pudo menos que sentirse complacida. Invitó a la doncella a marchar con ella, pero la muchacha bajó la cabeza sin decir palabra. La anciana se fue por su propio pie, diciendo: —Si te diviertes jugando con el joven caballero, corre tú misma con las consecuencias. Fue entonces cuando el joven comenzó a inquirir por su morada. La doncella respondió: —Tú y yo apenas somos conocidos de encuentro fugaz; ni siquiera es seguro que podamos casarnos, así que ¿para qué necesitas saber dónde está mi casa? Sin embargo, ambos se profesaban un amor y un agrado mutuos, y sus juramentos de fidelidad eran sumamente firmes. Una noche, la doncella se levantó temprano a encender la lámpara. De pronto abrió un libro y, con aire desolado, se le llenaron los ojos de lágrimas. El joven se levantó de inmediato a preguntarle el motivo. La doncella dijo: —Mi señor padre está por llegar de un momento a otro. En cuanto a lo nuestro, acabo de usar este libro como oráculo y al abrirlo salió la *Canción de Jiangnan* de Li Yi; el sentido de sus versos no es auspicioso. El joven la consoló y le explicó: —El primer verso dice: *«Casada con un mercader de Qutang»*; ¡eso ya es de una gran fortuna! ¿Qué clase de mal augurio va a haber? La doncella se alegró un poco más. Se puso de pie para despedirse y dijo: —Ruego que nos separemos por ahora; cuando amanezca, habrá miles de dedos señalándonos. El joven, asiéndola de los brazos y con la voz ahogada por el llanto, preguntó: —Si las cosas terminan por cumplirse, ¿en dónde podré darte noticias? Ella respondió: —Haré que alguien los espíe constantemente; sabré perfectamente si todo salió bien o no. El joven quiso bajar del bote para despedirla, pero ella se resistió con firmeza y se marchó. Al poco tiempo, Mu padre llegó en efecto. El joven fue revelando poco a poco su situación; el padre sospechó que había contratado a una cortesana y, montando en cólera, lo reprendió con dureza. Sin embargo, tras examinar minuciosamente los bienes y el dinero a bordo y comprobar que no faltaba nada, sus reproches cesaron. Una noche en que el anciano no estaba en la embarcación, la doncella apareció de improviso. Al verse, se aferraron con melancolía, sin saber qué decisión tomar. La doncella dijo: —Los altibajos de la fortuna están predestinados; por ahora resolvamos el presente. Permíteme quedarme contigo dos meses y volveremos a discutir qué camino tomar. Al despedirse, fijó el sonido de su canto como la señal convenida para volverse a encontrar. A partir de entonces, cada vez que el anciano salía, el joven entonaba un canto elevado y la doncella acudía por sí misma. Al finalizar el cuarto mes, los precios del mercado perdieron su oportunidad y los mercaderes, sin saber qué hacer, reunieron fondos para implorar en el templo del dios del lago. Pasado el festival de Duanwu, las lluvias llegaron con gran abundancia y las aguas del río se abrieron al fin. Una vez que el joven regresó a su hogar, la intensa morriña que sentía se convirtió en enfermedad. Mu padre, lleno de preocupación, hizo venir a chamanes y médicos por igual. El joven le confesó en privado a su madre: —Esta enfermedad no sanará con ritos ni medicinas; solo se curará con la llegada de Qiulian. Al principio el anciano se enojó; pero al ver que el cuerpo de su hijo se debilitaba cada vez más y caía en la postración, comenzó a temer lo peor. Alquiló un carruaje para llevar a su hijo y regresó una vez más a Chu, anclando en el mismo sitio de antes. Al preguntar entre los habitantes de la zona, nadie conocía a la anciana de apellido Bai. Pero he aquí que, mientras una anciana bogaba con el timón junto a la orilla del lago, resultó ser ella misma quien se presentó. El anciano subió a la barca y, al vislumbrar la seda de otoño, sintió una alegría secreta; mas al inquirir sobre su linaje y clan, resultó que no eran sino almas flotantes sin hogar ni tierra, que vivían a la deriva sobre el agua. Por lo tanto, relató con franqueza el origen de la enfermedad de su hijo, con la esperanza de que la doncella subiera a la barca y mitigara de algún modo su dolencia inveterada. La anciana, alegando que no existía un pacto nupcial previo, se negó. La doncella dejó ver la mitad de su rostro, escuchando con profunda atención; al oír las palabras de ambos, las lágrimas anegaron sus ojos y su mirada suplicaba. La anciana, al contemplar el rostro de su doncella y ceder ante las tristes súplicas del anciano, accedió al fin. Llegada la noche, el anciano salió, y la doncella acudió en efecto. Acercándose al lecho, prorrumpió en llanto y dijo: —¡Aquella condición que poseía antaño tu concubina, ha llegado hoy hasta ti! La amargura y desolación de este estado son cosas que, en verdad, no puedo dejar de hacerte conocer. Sin embargo, estando tan exhausta y debilitada, ¿cómo podría sanar de inmediato? Permíteme recitar algo para ti. El joven se alegró. La doncella recitó entonces una obra anterior de Wang Jian. El joven dijo: —Esto son los anhelos del corazón de mi lady, ¿cómo podrían sanar a dos personas y surtir efecto? No obstante, al escuchar tu voz, mi espíritu ya se ha refrescado. Intenta recitar para mí *«Mil ramas de sauces apuntan todas hacia el oeste»*. La doncella le obedeció. El joven alabó: —¡Qué exquisitez! Antaño, cuando recitabas los *Shiyu*, había una pieza sobre la recolección de loto que decía: *«Los lotos fragrantes se extienden por diez Qing de estanques»*. Aún no lo he olvidado; te ruego que lo entones con voz melodiosa. La doncella volvió a complacerle. Apenas hubo terminado, el joven se incorporó de un salto y exclamó: —¡Cómo iba a estar enfermo este pequeño scholar! Acto seguido se abrazaron con pasión, y su dolencia inveterada se desvaneció como si nunca hubiera existido. Poco después, le preguntó: —¿Qué palabras usaste ante mi padre al ver a la anciana? ¿Pudo concertarse el asunto? La doncella, que ya había adivinado las intenciones del anciano, respondió sin vacilar: —No se concertó. Más tarde, cuando la doncella partió y llegó el padre, al ver que el joven ya se había levantado, se alegró enormemente y se limitó a reconfortarlo y alentarlo. Luego dijo: —La muchacha es ciertamente excelente. Pero desde que era una niña de cabello trenzado, ha gobernado el timón cantando canciones en las riberas; sin importar su condición humilde, resulta evidente que tampoco es casta. El joven guardó silencio. Una vez que el anciano hubo salido, la doncella regresó, y el joven le relató las palabras de su padre. La doncella dijo: —He observado esto con claridad: en los asuntos de este mundo, cuanto más te apresuras, más te alejas; cuanto más te acercas con ahínco, más se distancian. Debes lograr que su propia voluntad gire por sí misma y que sea él quien acuda a buscarme. El joven le pidió un plan. La doncella respondió: —Todo lo que buscan los mercaderes es el lucro. Este humble self posee un método para conocer los precios de las mercancías. Al echar un vistazo a los bienes en la barca hace un momento, vi que ninguno carece de valor comercial. Dile al anciano: «Si invierte en tal mercancía, la ganancia será del triple; si en tal otra, del décuplo». Cuando regresen a casa y mis palabras resulten verdaderas, entonces seré una esposa digna para ti. Cuando vuelva a venir, tú tendrás dieciocho y yo diecisiete; días de dicha nos aguardan, ¡qué hay que temer! El joven comunicó a su padre los precios de las mercancías que le habían indicado. El padre, bastante incrédulo, decidió arriesgar tan solo la mitad de sus bienes sobrantes siguiendo aquel consejo. Al regresar, los bienes que él mismo había adquirido sufrieron una enorme pérdida de capital; por fortuna, al haber seguido en pequeña medida las palabras de la doncella, obtuvo una ganancia sustancial que compensó más o menos las pérdidas. A partir de entonces, quedó rendido ante el poder divino de la seda de otoño. El joven se explayó aún más en sus alabanzas, afirmando que la doncella misma le había dicho que podía hacerlo rico. El anciano, por consiguiente, reunió aún más fondos y marchó hacia el sur. Al llegar al lago, durante varios días no vio a la anciana de blanco; pasada otra jornada, por fin la vio con la barca amarrada bajo los sauces, y le propuso las ofrendas nupciales. La anciana no aceptó nada de aquello, limitándose a escoger una fecha propicia para enviar a la doncella a la otra barca. El anciano alquiló aparte otra embarcación para que su hijo celebrara las bodas con ella. La doncella hizo entonces que el anciano viajara aún más al sur, y todas las mercancías en las que debía invertir le fueron confiadas bajo su registro. La anciana invitó al yerno a marchar con ellas, estableciendo su hogar en la barca. Tres meses tardó el anciano en regresar. Cuando las mercancías llegaron a Chu, los precios ya se habían duplicado. Al emprender el viaje de retorno, la doncella pidió llevar consigo agua del lago; al regresar a casa, cada vez que comían, añadía un poco a sus alimentos, tal como se usa el vinagre o la salsa. Desde entonces, cada vez que emprendían un viaje al sur, ella obligaba al anciano a traerle varias tinajas de vuelta. Pasados tres o cuatro años, dio a luz a un varón. Un día, rompió en llanto anhelando regresar. El anciano, por lo tanto, viajó a Chu en compañía de su hijo y su esposa. Al llegar al lago, no sabían dónde se encontraba la anciana. La doncella golpeó la borda de la barca llamando a su madre, con el semblante y el espíritu completamente abatidos. Instó al joven a recorrer las orillas del lago haciendo averiguaciones. Dio la casualidad de que unos pescadores de esturiones y belugas habían atrapado un delfín blanco de río (*baixi*). El joven se acercó a contemplarlo; era una criatura gigantesca, de forma enteramente humana, con pechos y órganos genitales perfectamente formados. Extrañado, regresó para contárselo a la doncella. Esta se aterrorizó enormemente y, alegando que desde antiguo había albergado el voto de liberar seres vivos, le suplicó al joven que lo rescatara pagando su precio. El joven fue a negociar con los pescadores, pero estos exigieron una suma exorbitante. La doncella dijo: —Desde que estoy en la casa de tu padre, las riquezas que hemos manejado no bajan de decenas de miles de piezas de oro; ¿cómo es posible que escatimes el precio por una friolera así? ¡Si te niegas rotundamente, esta concubina se arrojará al agua del lago para morir! El joven, temeroso y sin atreverse a informar a su padre, robó el oro para rescatarlo y liberarlo. Al regresar, no vio a la doncella. La buscó por todas partes sin hallarla, hasta que llegó la hora en que la noche expiraba. Cuando le preguntó a dónde había ido, ella respondió: —Acabo de estar con mi madre. —¿Dónde está tu madre? —inquirió él. La doncella, con naturalidad, replicó: —Llegados a este punto, no tengo más remedio que decirte la verdad: el ser que acabas de rescatar es mi madre. Antaño, en el洞庭 (Dongting), el Rey Dragón le encomendó la supervisión de los viajeros. Recientemente, en el palacio se deseaba seleccionar consortes imperiales, y esta concubina fue ensalzada por los rumores, por lo que se ordenó a mi madre que me presentara a la fuerza. Mi madre presentó una súplica sincera ante el trono. El Rey Dragón no quiso escucharla y desterró a mi madre a la ribera sur, donde estuvo a punto de morir de hambre, sufriendo la calamidad anterior. Ahora, aunque la desgracia ha sido evitada, el castigo no ha sido levantado. Si de veras amas a esta concubina, ruega en su nombre ante el Verdadero Monarca y la pena podrá ser perdonada. Pero si me aborreces por considerarme de otra especie, te ruego que me devuelvas al niño y me arrojes a los brazos tuyos. Si me voy, los favores y la opulencia del Palacio del Dragón no serán, ni con mucho, cien veces menores que los de tu casa. El joven quedó estupefacto, temiendo que el Verdadero Monarca no pudiera ser avistado con facilidad. La doncella dijo: —Mañana, a la hora *wei*, el Verdadero Monarca descenderá. Si ves a un sacerdote taoísta cojo, prostérnate ante él de inmediato y síguelo incluso si entra en el agua. El Verdadero Monarca se complace de los letrados, por lo que sin duda se compadecerá y acogerá tu súplica. Sacando entonces un fragmento de damasco con motivos de pez, añadió: —Si te pregunta qué es lo que deseas, saca esto y pídele que escriba en él un solo carácter: «Perdón» (*Mian*). El joven aguardó tal como se le había indicado. Ciertamente, un sacerdote taoísta apareció caminando con paso cojiento y vacilante, y el joven se postró ante él. El taoísta echó a andar a prisa, y el joven lo persiguió de cerca. El taoísta arrojó su bastón al agua y saltó sobre él. El erudito lo siguió y subió de un salto también; al hacerlo, vio que ya no era un bastón, sino una barca. Volvió a hacerle una reverencia y el taoísta le preguntó: —¿Qué buscas? El erudito sacó el rollo escrito para pedir su auxilio. El taoísta lo desplegó, lo examinó y dijo: —Esto es el ala de un pez baiji. ¿Cómo te lo encontraste? Changong no se atrevió a ocultar nada y le relató detalladamente toda la historia desde el principio hasta el fin. El taoísta rió y dijo: —¡Esta criatura es de lo más refinada y elegante! ¿Cómo pudo el viejo dragón entregarse a la lascivia? Acto seguido, sacó un pincel y trazó en cursiva la palabra «Perdonado», semejante a la forma de un talismán, y tras hacer dar la vuelta a la barca, le ordenó que bajara. Al mirar, vio al taoísta pisar su bastón y flotar sobre las aguas, desvaneciéndose en el horizonte en un abrir y cerrar de ojos. Al regresar a la barca, la joven se alegró, pero le advirtió que no revelara nada a sus padres. Dos o tres años después de volver a casa, el anciano emprendió un viaje hacia el sur y pasó varios meses sin regresar. El agua del lago se había agotado por completo y, como él tardaba mucho en llegar, la joven enfermó. Día y noche sufría de una fuerte fatiga y agitación en la respiración, por lo que le dio estas instrucciones: —Si esta concubina muere, no me entierres. Debes recitar una vez el poema de Duofu sobre su sueño de Li Bai durante las tres horas de *mao*, *wu* y *you*. Si lo haces, mi cuerpo no se corromperá tras la muerte. Cuando esperes a que el agua regrese, viértela en una cuenca, cierra la puerta, desvísteme lentamente y tómame en brazos para sumergirme en ella; así podré revivir. Tras jadear pesadamente durante varios días, exhaló el último susiento y falleció. Medio mes después, el padre de la joven llegó de su viaje. El erudito cumplió apresuradamente sus instrucciones y, tras sumergirla durante el tiempo que toma una taza de té, ella fue recobrando el conocimiento poco a poco. Desde entonces, siempre anhelaba regresar al sur. Tiempo después, el anciano murió y el erudito, complaciendo los deseos de ella, trasladó su hogar al reino de Chu. Wang Zhe El gobernador de Hunan, de apellido Mou, envió a un asistente de la prefectura a escoltar seiscientos mil taels de plata para los fondos militares con destino a la capital. En el camino les sorprendió la lluvia y, al caer la tarde, se retrasaron sin un lugar donde alojarse. Al divisar a lo lejos un antiguo templo budista, se encaminaron hacia él para pasar la noche. Al amanecer, al inspeccionar la plata que escoltaban, descubrieron que había desaparecido por completo sin dejar rastro. Todos quedaron aterrorizados y desconcertados, sin saber a quién echar la culpa. Al regresar para informar al gobernador, este lo tomó como un pretexto y estuvo a punto de aplicarle la ley. Al interrogar a todos los sirvientes, no hubo la menor discrepancia en sus declaraciones. El gobernador los obligó a regresar al lugar de los hechos para investigar y dar con el origen del asunto. Al llegar ante el templo, vieron a un ciego de aspecto extraño, cuyo letrero proclamaba: «Capaz de conocer los asuntos del corazón». Le pidieron que realizase una adivinación. El ciego dijo: «Ustedes son los que han perdido la plata». El asistente de la prefectura respondió: «Así es», y le relató las penurias sufridas. El ciego pidió entonces una litera de hombros y dijo: «Tan solo síganme y lo sabrán por ustedes mismos». Dicho y hecho, los oficiales y sirvientes lo siguieron. El ciego indicó: «Al este». Y fueron al este. El ciego indicó: «Al norte». Y fueron al norte. Pasaron cinco días en total hasta adentrarse en lo profundo de las montañas, donde de pronto vislumbraron una ciudad amurallada con una población bulliciosa y abarrotada. Al entrar en la ciudad y avanzar durante un rato, el ciego dijo: «Deténganse». Descendieron de la litera y, señalando con el dedo hacia el sur, dijo: «Ven esa puerta alta orientada hacia el oeste? Pueden llamar a la puerta y preguntar por ustedes mismos». Juntó las manos en saludo y se marchó por su cuenta. El asistente de la prefectura hizo tal como se le indicó y, efectivamente, vio la puerta alta, adentrándose poco a poco en ella. Salió una persona vestida con indumentaria y coronas al estilo de la dinastía Han, que no reveló su nombre ni su apellido. El asistente de la prefectura relató su procedencia, ante lo cual el hombre dijo: «Por favor, quédese unos días y haré que se entreviste con las autoridades pertinentes». Acto seguido, lo guio y ordenó que se le diera alojamiento en solitario, proveyéndole de comida y bebida. Durante sus ratos libres, al dar un paseo llegó hasta el fondo de la mansión, donde vio un jardín con un pabellón y entró a curiosear. Unos pinos ancianos oscurecían el sol y la hierba fina parecía una alfombra de terciopelo. Tras cruzar varias galerías y pabellones, llegó a otro pabellón elevado. Al subir las escaleras y entrar, vio colgadas en la pared varias pieles humanas que conservaban intactos los cinco sentidos, despidiendo un tufo rancio que impregnaba el aire. Sin poder evitarlo, se le erizó el cabello de pies a cabeza y retrocedió a toda prisa hacia sus aposentos. Se dio por perdido al pensar que había quedado desollado en una tierra extraña y que ya no tenía esperanzas de sobrevivir, así que, considerando que tanto si avanzaba como si retrocedía le aguardaba una muerte segura, decidió resignarse a su suerte por el momento. Al día siguiente, el hombre ataviado a la usanza Han lo mandó llamar y le dijo: «Hoy podemos vernos». El asistente de la prefectura respondió respetuosamente. El hombre montó un corcel bravo y muy veloz, mientras el asistente de la prefectura lo seguía a pie a toda carrera. Al poco tiempo llegaron ante una puerta de estandartes que se asemejaba exactamente a la yamen de una gobernación provincial; hombres vestidos de negro se alineaban a izquierda y derecha con un aspecto severo e imponente. El hombre ataviado al estilo Han desmontó y lo guio hacia el interior. Al cruzar otra puerta, vio a un soberano con una corona de perlas y fajas bordadas, sentado con el rostro hacia el sur. El asistente de la prefectura avanzó a toda prisa y se postró en reverencia. El soberano preguntó: «¿Eres tú el oficial de Hunan encargado de la plata de la escolta?». El asistente de la prefectura respondió afirmativamente. El soberano dijo: «La plata está toda aquí. En cuanto a esta fruslería, tu gobernador me la regaló con presteza, así que no hay nada malo en ello». El asistente de la prefectura rompió a llorar y suplicó: «El plazo límite ha expirado y al regresar indudablemente me enfrentaré a la ejecución capital. ¿Con qué pruebas podré respaldar mis palabras al presentar este informe?». El soberano replicó: «Esto no es difícil». De inmediato le entregó un voluminoso pliego sellado y dijo: «Responde con esto y podrás garantizar que saldrás ileso». Luego envió a un hombre forzudo a escoltarlo de regreso. El asistente de la prefectura, aterrorizado y sin atreverse a replicar, recibió el pliego y emprendió el retorno. Las montañas, los ríos y los caminos diferían por completo de aquellos por los que había transitado a la ida. Una vez fuera de la montaña, el acompañante se marchó. A los pocos días llegó a Changsha y presentó respetuosamente el caso al gobernador. El gobernador lo juzgó aún más absurdo y, montado en cólera sin permitirle explicaciones, ordenó a sus subordinados que lo maniataran raudamente con una soga. El asistente de la prefectura se desató el fardo y sacó el pliego. Antes de que el gobernador terminara de abrirlo y examinarlo, su rostro se puso del color de la ceniza. Ordenó que le quitaran las ataduras y lo único que dijo fue: «La plata es también un asunto menor; puedes retirarte por ahora». De inmediato emitió órdenes urgentes a los funcionarios subordinados para que idearan la forma de reunir los fondos y completar la suma extraviada. A los pocos días, el gobernador enfermó y falleció poco después. Antes de esto, el gobernador dormía con su concubina favorita; al despertar, descubrió que la concubina se había quedado completamente calva, sin un solo cabello. Todo el personal de la yamen quedó aterrorizado y perplejo, sin lograr adivinar la causa. Y es que el cabello que contenía el pliego era precisamente el de ella. Afuera había un escrito que rezaba: «Desde tus humildes inicios como magistrado local, has ascendido hasta ostentar la máxima posición entre los ministros. Tus sobornos y tu codicia insaciable superan toda cuenta. Los seiscientos mil taels de plata anteriores ya han sido recibidos e ingresados en el tesoro. Debes vaciar tus propios cofres de corrupción para reponer la suma original. El oficial de la escolta es inocente y no se le debe imponer ningún reproche. El cabello de tu concubina fue tomado con anterioridad para mostrarte una leve advertencia. Si vuelves a desobedecer las órdenes, en cualquier momento te arrancaré la cabeza. El cabello de la concubina se adjunta para su devolución como prueba evidente». Tras la muerte del gobernador, los miembros de su familia comenzaron a divulgar el contenido de aquel escrito. Más tarde, los oficiales subordinados enviaron gente a buscar aquel lugar, pero solo encontraron peñascos escarpados y abismos profundos, sin rastro alguno de caminos. El Escriba de lo Extraño comenta: «Un hilo rojo y un estuche de oro para castigar la avaricia: ¡qué acto tan reconfortante y extraordinario! Sin embargo, los inmortales de la Fuente del Melocotón no se dedican al pillaje; y aun si se tratara de espadachines reunidos, ¿cómo iban a tener ciudades amuralladas y oficinas gubernamentales? ¡Ay! ¿Qué clase de deidad es esta? Si uno lograra dar con ese lugar, me temo que las súplicas de la gente de todo el mundo no tendrían fin». *** Certain Mou Un cierto Mou mantuvo en secreto un concubinato con su criada y, a causa de ello, asesinó al sirviente para quedarse con ella, engendrando dos hijos y una hija. Diecinueve años después, una banda de grandes bandidos asaltó la ciudad y saqueó todo por completo. Un joven bandido entró con sable en mano a la casa de Mou. Al mirarlo, Mou vio que era idéntico al sirviente asesinado. Se lamentó para sus adentros: «¡Estoy acabado!», y vació sus bolsas para comprar su vida. El bandido no le prestó atención alguna ni pronunció palabra, limitándose a buscar a la gente para matarla, exterminando a veintisiete miembros de la familia antes de marcharse. A Mou aún no se le había separado la cabeza del cuello cuando, al recuperar el conocimiento poco después de la partida de los bandidos, todavía era capaz de hablar. A los tres días terminó por expirar. ¡Ay! ¡La retribución kármica no falla jamás; qué aterrador resulta! Los tres misterios de Quzhou Zhang Wozhong, que sirvió en el ejército en Quzhou, relató: —En Quzhou, cuando la noche está en silencio, nadie se atreve a caminar solo. Sobre la torre de la campana hay un fantasma con un solo cuerno en la cabeza y un aspecto feroz y aterrador, que desciende tan pronto como escucha pasos humanos. Si la gente huye aterrorizada, el fantasma también se retira. Sin embargo, aquellos que lo ven invariablemente enferman, y muchos mueren. Además, hay un estanque en la ciudad de donde por la noche emerge una pieza de tela blanca, tendida en el suelo como una franja de seda pura. Quien pasa y la recoge es enrollado y arrastrado al agua. También existe el fantasma de los patos; cuando la noche ya está en silencio y junto al estanque no hay absolutamente nada, si se escuchan graznidos de pato, la gente inmediatamente enferma. El demoledor de torres El ministro He Jiongqing era oriundo de Pingyin. Al comienzo de su mandato como magistrado en Shaanxi, un vendedor de aceite cometió una falta menor. Como las palabras del hombre fueron tercas y necias, He se enfureció y lo hizo azotar hasta la muerte. Años más tarde, ascendió en su carrera hasta el ministerio de nombramientos y su fortuna familiar era colosal y próspera. Construyó una torre y, el día en que se colocaba la viga maestra, parientes y amigos levantaron sus copas para felicitarlo. De repente, vio entrar al vendedor de aceite, sintiéndose secretamente aterrorizado y desconcertado. Poco después, le informaron que una concubina había dado a luz a un hijo; él frunció el ceño con tristeza y dijo: —¡La torre aún no está terminada, pero el demoledor de torres ya ha llegado! La gente pensó que estaba bromeando, sin saber que realmente había visto algo. Años después, cuando el hijo creció, resultó ser sumamente obstinado y rebelde, dilapidando toda la hacienda familiar. Acabó trabajando como criado para otros y, cada vez que conseguía unas pocas monedas de cobre, invariablemente las gastaba en comprar aceite de sésamo para comer. El Historiador de lo Extraño comenta: —A menudo se ve a familias ricas y nobles con hileras de mansiones conectadas que, tras la muerte de sus dueños, al cabo de un tiempo ya son solo ruinas. Esto seguramente se debe a que un demoledor de torres ha nacido en esa familia. Estando uno en una posición superior a la de los demás, ¿cómo puede no mantenerse en guardia y ser prudente desde temprano? El gran escorpión Durante la Dinastía Ming, el general Peng Hong marchó a Sichuan para suprimir a los bandidos. Al adentrarse en las profundidades de las montañas, llegó a un gran templo budista que, según se decía, llevaba cien años sin monjes. Al preguntar a los lugareños, estos respondieron: —En el templo hay un yao; todo el que entra muere. Temiendo que se tratara de bandidos ocultos, Peng dirigió a sus tropas abriéndose paso a machetazos entre la maleza para ingresar. En el salón delantero, un águila negra salió volando por la puerta; el salón central no presentaba ninguna anomalía; al avanzar aún más, llegaron al pabellón de Buda. Aunque inspeccionaron los alrededores y no vieron nada, todos los que entraban sufrían de un dolor de cabeza insoportable. El propio Peng entró y sintió lo mismo. Al poco tiempo, un gran escorpión, del tamaño de un laúd, descendió torpemente desde los tablones del techo. Todo el ejército huyó aterrorizado, por lo que Peng ordenó incendiar el templo. Chen Yunqi Zhen Yusheng era natural de Yiling, en Chu, e hijo de un letrado imperial. Sabía redactar con gracia, poseía una bella estampa y ya gozaba de fama desde su juventud. En su niñez, un fisonomista le dijo: «En el futuro habrás de tomar a una mujer taoísta por esposa». Sus padres se mofaban de ello en común, y cuando intentaban buscarle un enlace matrimonial, los altibajos hacían que nunca pudiera concretarse. Su madre, la señora Zang, tenía su hogar ancestral en Huanggang, y Yusheng, por tal motivo, fue a visitar a su abuela materna. Oyó decir a la gente del lugar: «En las "Cuatro Nubes" de Huangzhou, de las menores ni hablemos». Resultaba que en la prefectura había una ermita del Patriarca Lü, y las mujeres taoístas que en ella moraban eran todas hermosas, de ahí el dicho. La ermita distaba de la aldea de los Zang apenas poco más de diez li, por lo que Yusheng se encaminó allí a hurtadillas. Golpeó a su puerta y, en efecto, había tres o cuatro mujeres taoístas, las cuales lo recibieron con humildad y alegría, siendo sus modales todos sumamente pulcros. Entre ellas, la más joven poseía una hermosura sin parangón en el mundo entero; su corazón la halló grata y sus ojos no se apartaban de ella. La doncella apoyó la barbilla en la mano y miró hacia otro lado. Las demás taoístas buscaron tazas para preparar té. Yusheng aprovechó el momento para preguntarles sus nombres y apellidos. Una respondió: —Me llamo Yunqi y mi apellido es Chen. Yusheng bromeó diciendo: —¡Qué coincidencia! Este pequeño erudito da la casualidad de que se apellida Pan. A Chen se le encendieron las mejillas y el rostro de un rojo intenso, bajó la cabeza sin decir palabra y se levantó para marcharse. Al poco rato, sirvieron el té e introdujeron exquisitas frutas. Cada una declaró su apellido y nombre: una era Bai Yunshen, de unos treinta años; otra, Sheng Yunmian, de poco más de veinte; y otra, Liang Yundong, de alrededor de veinticuatro o veinticinco, que hacía las veces de hermano menor. Yunqi, en cambio, no apareció. Yusheng se sintió sumamente desconsolado, por lo que preguntó por ella. Bai dijo: —Esta muchacha le teme a la gente extraña. Yusheng entonces se levantó para despedirse. Bai hizo grandes esfuerzos por retenerlo, pero él salió sin quedarse. Bai añadió: —Si tanto deseas ver a Yunqi, puedes volver mañana. Yusheng regresó a casa con el anhelo clavado en el pecho de manera intensísima. Al día siguiente, acudió de nuevo. Todas las taoístas se encontraban presentes, a excepción de Yunqi, por lo que no le fue conveniente preguntar de inmediato. Las mujeres tocadas con gorro taoísta dispusieron los avituallamientos para retenerlo a comer; Yusheng se negó con firmeza, pero no le hicieron caso. Bai destapó unos pasteles y le entregó los palillos, instándolo a comer con gran esmero. Luego preguntó: —¿Dónde está Yunqi? Le respondieron: —Ya vendrá. Pasado un buen rato, el sol ya estaba declinando y Yusheng quiso regresar. Bai lo sujetó de la muñeca para retenerlo y le dijo: —Detente aquí por ahora; iré a arrastrar a la muchacha para que venga a presentarte sus respetos. Yusheng entonces se detuvo. Al poco rato, trajeron lámparas y prepararon vino; Yunmian también se marchó. Tras unas cuantas rondas de copas, Yusheng se disculpó diciendo que ya estaba ebrio. Bai dijo: —Si bebes tres copas de bienvenida, entonces Yunqi saldrá. Yusheng, efectivamente, bebió la cantidad dicha. Liang también se valió de esto para instarlo a beber, y Yusheng vació de nuevo las copas, dio vuelta la copa y se despidió. Bai miró a Liang y dijo: —Nosotras somos de rostro delicado y no sabemos presionar a la gente para que beba; ve tú a arrastrar a la muchacha Chen, y dile de paso que el joven maestro Pan ha estado esperando a Miaochang durante mucho tiempo. Liang se fue y al poco rato regresó, diciendo con franqueza: —Yunqi no quiere venir. Yusheng deseaba marcharse, pero como la noche ya era avanzada, fingió estar ebrio y se echó bocarriba. Ambas lo desnudaron por turno y se entregaron sucesivamente a los placeres carnales con él. Durante toda la noche no pudo soportar el fastidio de aquello. Apenas clareó el día, se marchó sin dormir; durante varios días no se atrevió a volver, pero su corazón no olvidaba a Yunqi, por lo que de vez en cuando iba a merodear y sondear por los alrededores. Un día, al caer la tarde, Bai salió de casa en compañía de un joven. Yusheng se alegró, pues no temía demasiado a Liang, y se apresuró a llamar a la puerta con familiaridad. Sheng salió a abrir y, al preguntarle por ella, resultó que Liang también había salido a otra parte. Preguntó entonces por Yunqi. Sheng lo guio y volvieron a adentrarse en un patio, gritando: —¡Yunqi! ¡Ha llegado un huésped! Pero se vio que la puerta de la habitación se cerraba de golpe. Sheng rió y dijo: —Ya han cerrado la puerta. Yusheng se quedó de pie junto a la ventana, como si fuera a decir algo, y entonces Sheng se marchó. Yunqi habló a través de la ventana: —Todos utilizan a esta humilde servidora como cebo para pescar al honorable señor. Si sigues viniendo tan a menudo, tu vida correrá peligro. Esta concubina no es capaz de guardar las reglas de la pureza hasta el final, pero tampoco se atreve a contravenir por completo el decoro y la decencia; solo desea servir a alguien que sea como el joven maestro Pan. Yusheng entonces le hizo una promesa con cabellos blancos de por medio. Yunqi dijo: —Esta concubina fue criada por su maestra, por lo que esto tampoco es cosa fácil. Si de verdad me tienes aprecio, deberás redimir mi cuerpo con veinte taels de oro. Esta concubina te esperará durante tres años. En cuanto a mantener un pacto furtivo entre las moreras, eso es algo que no me es posible. Yusheng se lo prometió. Justo cuando iba a explayarse sobre sus sentimientos, Sheng regresó de nuevo, salió junto con él y así se despidió para regresar a su hogar. Su corazón quedó sumido en la melancolía, deseando encontrar los recovecos y los medios indirectos para volver a abrazar su encantadora figura, cuando casualmente un criado le informó que su padre había enfermado, por lo que regresó a galope tendido en medio de la noche. Al poco tiempo, el letrado imperial falleció. La disciplina hogareña de la señora madre era sumamente severa, por lo que no se atrevió a dejarle conocer sus asuntos del corazón; no obstante, redujo drásticamente sus gastos de dinero y oro para ir acumulándolo día a día. Cuando había pretendientes que proponían matrimonio, él siempre ponía como excusa el periodo de luto. Su madre no accedía. Yusheng le suplicó con suavidad: —Antaño en Huanggang, mi abuela materna deseaba concertar mi matrimonio con la familia Chen, un deseo sincero por su parte. Ahora que he sufrido esta gran desgracia, las noticias y los recados se cortaron por completo, y hace mucho que no voy a Huangzhou a presentar mis respetos; iré un día de estos y, si no logra concretarse, seguiré las órdenes de mi madre. La señora le dio su permiso. Entonces tomó los ahorros acumulados y partió. Al llegar a Huanggang y presentarse en la ermita, halló que los patios y edificios estaban desolados, muy diferentes a como eran antaño. Al adentrarse poco a poco, solo vio a una vieja monja budista cocinando junto al fogón, por lo que se acercó a preguntarle. La monja dijo: —El año pasado falleció el viejo taoísta y las «Cuatro Nubes» se dispersaron como las estrellas. Preguntó: —¿A dónde fueron? Ella respondió: —Yunshen y Yundong se marcharon siguiendo a unos jóvenes malvivientes; hace un tiempo oí decir que Yunqi se hospeda en el norte de la prefectura; de Yunmian no se sabe nada. Al oír esto, Yusheng suspiró con tristeza. Mandó a preparar su carruaje y se encaminó directamente al norte de la prefectura, interrogando en cada templo taoísta que encontraba, mas ni siquiera quedaban rastros. Con el corazón lleno de pesar y rencor, regresó y le mintió a su madre diciendo: —Mi tío dice que el señor Chen se ha ido a Yuezhou; en cuanto regrese, enviará sin falta a un emisario. Pasado más de medio año, la señora regresó a visitar a su madre y le preguntó sobre el asunto, pero su madre estaba completamente desconcertada. La señora se enojó porque su hijo la había engañado; la anciana sospechaba que el sobrino y el tío habían conspirado, aunque no se lo había comunicado a nadie. Por fortuna, el tío había salido, por lo que no había a quién pedirle cuentas sobre semejante falsedad. La señora, portando incienso votivo, ascendió al pico Lianfeng y pasó la noche en ayuno al pie de la montaña. Al acostarse, el dueño de la posada llamó a la puerta para enviar a una mujer Daoísta que pedía hospedaje en la misma habitación, presentándose como Chen Yunqi. Al enterarse de que la señora era originaria de Yiling, acercó su asiento al lecho y comenzó a relatar sus desdichas con un tono sumamente triste y afligido. Al final, dijo: —Tengo un primo carnal de apellido Pan, que es de la misma comarca que usted. Le ruego que encargue a sus hijos y sobrinos que le lleven un recado de palabra: dígale únicamente que me encuentro temporalmente alojada en el Templo Qihe Guan, bajo la tutela del tío marcial Wang Daocheng. Paso los días y las noches en la miseria y el sufrimiento, haciendo que cada día parezca un año. Pídale que venga a visitarme lo antes posible; temo que, si pasa de este momento en adelante, ya no se sabrá más de mí. La señora examinó el nombre, pero una vez más no le resultaba familiar. Tan solo dijo: —Dado que se encuentra en la academia, supongo que los letrados no dejarán de saberlo. Antes del amanecer se despidieron, reiterando la mujer su ruego con gran fervor. Tras su regreso, la señora se lo mencionó al estudiante. Este se arrodilló largo rato y dijo: —Le confieso la verdad a mi madre: el tal estudiante Pan mencionado soy yo mismo. Al enterarse de la verdad de lo ocurrido, la señora se enojó y exclamó: —¡Muchacho desnaturalizado! Te entregas a la lascivia en templos y monasterios, tomando a una mujer Daoísta por esposa; ¿con qué cara osas presentarte ante tus parientes y amigos? El estudiante bajó la cabeza y no se atrevió a pronunciar palabra. Ocurrió que el estudiante viajó a la comandancia para presentarse a los exámenes, y aprovechó para ordenar en secreto a un barquero que lo llevara a visitar a Wang Daocheng. Al llegar, resultó que Yunqi había salido de viaje medio mes antes y no había regresado. Al volver, el estudiante cayó en un estado de melancolía y enfermó. Justo en ese momento falleció la anciana Zang; la señora acudió a las honras fúnebres y, tras el entierro, perdió el camino, llegando a la casa de los parientes Jing. Al preguntar, resultó ser su prima hermana. Esta la invitó cordialmente a pasar. Vio que en la sala había una joven de unos dieciocho o diecinueve años, de una belleza y gracia exquisitas como jamás sus ojos habían contemplado. La señora, que siempre había deseado conseguir una nuera excelente para que su hijo no viviera atormentado, sintió un vuelco en el corazón y comenzó a indagar sobre su vida. Su prima le dijo: —Esta es una hija de la familia Wang y sobrina de los Jing. Ha perdido a ambos padres y se halla alojada aquí temporalmente. La señora preguntó: —¿A qué familia pertenece su esposo? La otra respondió: —No tiene ninguno. La señora le tomó la mano para conversar con ella, mostrando una gentileza y dulzura encantadoras; la madre se alegró enormemente, se quedó a pasar la noche allí por su causa y le reveló su propósito en privado a su prima. La prima dijo: —Es excelente. Pero ella misma se pone en un pedestal muy alto; si no fuera así, ¿por qué habría de languidecer soltera hasta el día de hoy? Permíteme consultarlo con ella. La señora la invitó a compartir la misma cama, y entre risas y charlas la pasó de lo más alegre; la joven expresó voluntariamente su deseo de servir a la señora como a una madre. Encantada, la señora le pidió que la acompañara a regresar a Jingzhou, lo cual alegró aún más a la muchacha. Al día siguiente, regresaron juntas en barco. Al llegar, el estudiante seguía enfermo y sin poder levantarse. Deseando consolar su grave dolencia, la madre indicó a una sirvienta que le dijera en secreto: —La señora ha traído a una bella mujer para el joven señor. El estudiante, sin terminar de creérselo, se agachó a espiar a través de la ventana y vio que era aún más deslumbrantemente hermosa que Yunqi. Entonces pensó: «El plazo de los tres años ya ha pasado; si ella salió de viaje y no ha regresado, su rostro de jade sin duda ya tiene dueño. Habiendo conseguido a esta criatura tan bella, mi corazón quedará ampliamente consolado». Por lo tanto, su semblante se iluminó con una sonrisa y su enfermedad sanó en poco tiempo. La madre hizo entonces que ambos se presentaran y se saludaran. Cuando el estudiante salió, la señora le dijo a la joven: —¿Sabes cuál era mi intención al traerlas juntas? La joven sonrió levemente y replicó: —Su humilde servidora ya lo sabe. Pero la intención original con la que accedí a venir con usted, madre, usted la desconoce. En mi juventud fui desposada en compromiso con el clan Pan de Yiling; como las noticias y los mensajes se interrumpieron por completo, él sin duda ya debe de tener otra buena esposa. Si de verdad es así, me convertiré en la esposa de su madre; si no es el caso, al menos terminaré siendo la hija de su madre, ¡y no faltará día en que pueda retribuírselo! La señora dijo: —Habiendo un compromiso previo, desde luego no te forzaré. Sin embargo, antes, cuando estábamos en el monte Wuzu, una mujer coronada preguntó por el apellido Pan; ahora resulta que tú también eres una Pan, aunque bien sé que las familias nobles de Yiling no llevan ese apellido. La joven exclamó con asombro: —¿Acaso fue usted quien se postró al pie del pico Lianfeng? Quien preguntó por los Pan, esa soy yo misma. La madre comenzó a comprenderlo todo de golpe, y riendo dijo: —Si es así, entonces el estudiante Pan indudablemente se encuentra aquí. La joven preguntó: —¿Dónde está? La señora ordenó a una sirvienta que la guiara a ver al estudiante. Al verla, el estudiante exclamó con asombro: —¿Eres tú, Yunqi? La joven preguntó: —¿Y qué tal? El estudiante le relató lo sucedido, y solo entonces supo que lo habían estado tomando por el joven Pan a modo de broma. Sabiendo que se trataba del estudiante, la joven sintió tanta vergüenza que no quiso seguir hablando con él, y regresó apresuradamente para avisarle a su madre. Su madre le preguntó por qué volvía a usar el apellido Wang. Ella respondió: —Mi apellido original es Wang. La maestra Daoísta me tenía mucho afecto, así que me adoptó como hija y por eso adopté su apellido. La señora también se alegró y eligió un día propicio para celebrar la ceremonia nupcial. Anteriormente, tanto la joven como Yunmian habían estado bajo la tutela de Wang Daocheng. Como la morada de Daocheng era estrecha, Yunmian se marchó a Hankou. La joven, delicada y consentida, no podía soportar las fatigas del trabajo duro, y además le avergonzaba dedicarse públicamente al oficio taoísta, por lo que Daocheng la miraba con malos ojos. Coincidió que los esposos Jing viajaron a Huanggang; la joven se encontró con ellos llorando desconsoladamente y se marchó en su compañía. Ellos hicieron que se quitara las vestiduras daoístas con la intención de buscarle un matrimonio ventajoso entre familias aristocráticas, por lo cual ocultaban que ella había pertenecido al clero daoísta. Sin embargo, cada vez que alguien venía a inquirir su nombre y linaje, la joven invariable y tenazmente se negaba; tanto su tío como su tía ignoraban cuáles eran sus intenciones y sentían un profundo fastidio y desagrado hacia ella. Aquel día, al regresar siguiendo a la señora, sintió que por fin había encontrado a quién encomendar su destino, sintiéndose como si se hubiera librado de una pesada carga. Tras la ceremonia de las copas entrelazadas, ambos relataron sus respectivas vivencias y lloraron de pura felicidad. La joven era filial y prudente, por lo que la señora le tomó un gran y sincero afecto; no obstante, como se dedicaba a tocar elqin y jugar al weiqi sin saber nada de las tareas domésticas y la administración del hogar, la señora no dejaba de sentir cierta inquietud por ello. Transcurrido más de un mes, la madre envió a ambos a visitar a la familia Jing. Tras permanecer allí unos días emprendieron el retorno, navegando en barco por la corriente del río. De pronto pasó rauda otra embarcación en la que viajaba una mujer coronada; al acercarse, resultó ser Yunmian. Yunmian era la única con quien la joven mantenía una profunda amistad. Encantada, la joven la invitó a subir a su barca, y al encontrarse frente a frente rompieron a llorar con amargura. La joven le preguntó: —¿A dónde te diriges? 」 Shen Yun dijo: «Durante mucho tiempo he sentido una profunda nostalgia. Al llegar lejos, al Abadía de Hehe, supe que tu tío estaba en la capital. Por eso pretendía ir a Huanggang, solo para presentar mis respetos en persona. Jamás imaginé que la persona anhelada y yo ya nos habríamos reunido. ¡Al verla ahora, parece un inmortal, mientras que este vagabundo... no sé cuándo terminará su rumbo!». Dando suspiros, la mujer ideó un plan: le ordenó cambiar sus ropas daoístas, disfrazarse de hermana, traer a la señora acompañante y elegir con calma un buen consorte. Shen Yun accedió. Al regresar, la mujer primero informó a la madre, y luego Shen Yun entró. Sus modales eran los de una gran familia; entre charla y risas, mostraba un profundo conocimiento de los asuntos mundanos. Como la madre era viuda y sufría la soledad, al encontrar en Shen Yun un gran consuelo, temía fervientemente que se fuera. Shen Yun se levantaba temprano, compartía las fatigas de la madre sin comportarse como una visita. La madre se alegró aún más, y en secreto pensaba en tomar a la hermana para ocultar el estatus daoísta de la mujer, aunque no se atrevía a decirlo en voz alta. Un día, habiendo olvidado hacer cierta tarea y preguntando con urgencia, descubrió que Shen Yun ya la tenía preparada desde hacía mucho. Entonces le dijo a la mujer: «Si alguien de una pintura no puede hacer las labores del hogar, ¿de qué serviría? Con una nuera como la hermana mayor, ya no tengo preocupaciones». Como la mujer llevaba mucho tiempo albergando esa intención, solo temía el enojo de su madre. Al oír las palabras de su madre, sonrió y respondió: «Ya que la madre la quiere, esta nuera desea emular a Ying y E, ¿qué le parece?». La madre no dijo nada y también esbozó una sonrisa divertida. La mujer se retiró y le dijo al Erudito: «Nuestra honorable madre ha dado su asentimiento». Entonces limpió otra habitación y le dijo a Shen Yun: «Aquella vez en la abadía, cuando compartíamos almohada, la hermana dijo: "Si tan solo encontrara a alguien capaz de conocer nuestro afecto mutuo, las dos deberíamos servirle". ¿Lo recuerdas?». A Shen Yun se le humedecieron involuntariamente los ojos y respondió: «Lo que esta concubina llama afecto no es otra cosa sino esto: trabajar día con día sin que nadie reconozca sus amarguras y dulzuras; pero en estos últimos días, al haber realizado apenas un ligero esfuerzo, la honorable madre se ha molestado en tenernos presente, haciendo que la calidez y el frío en mi pecho sean radicalmente distintos. Si no se nos expulsa, permitiéndonos acompañar largamente a la madre honorable, mis deseos estarán cumplidos, y ni siquiera aspiro a ver cumplidas aquellas palabras anteriores». La mujer se lo informó a la madre. La madre hizo que ambas hermanas quemaran incienso y pronunciaran votos de no arrepentirse, tras lo cual hizo que el Erudito cumpliera con los ritos matrimoniales con ella. Al irse a la cama, ella le dijo al Erudito: «Soy una vieja doncella de veintitrés años». El Erudito aún no lo creía. Poco después, al ver las manchas de sangre virgen teñir las sábanas, comenzó a asombrarse. Shen Yun dijo: «La razón por la cual esta concubina se alegra de haber obtenido un buen esposo no es que no pueda soportar la soledad; es verdaderamente que, siendo una mujer de alcurnia, responder descaradamente a los tratos como si fuera una mujer de los burdeles es algo que no puedo soportar. Valiéndome de esta única vez para registrar mi nombre en vuestro linaje, habré de serviros a vos y a la honorable madre, y fungir como la disciplina interior de la casa. En cuanto a los deleites de las alcobas, os ruego que los exploréis con otra persona». Tres días después, con su hatillo a cuestas, siguió a la madre y, aunque la despidieron, no quiso irse. La mujer acudía temprano a los aposentos de la madre y ocupaba su lecho para dormir, por lo que el Erudito, sin más remedio, seguía a Shen Yun. A partir de entonces, cada dos o tres días se turnaban, volviéndose una costumbre. Como la madre era diestra en el juego de Go, desde que vivía sola no había tenido tiempo para practicarlo. Pero al conseguir a Shen Yun, que llevaba la administración en perfecto orden, al encontrarse sin obligaciones durante el día, invariablemente jugaba al Go con la mujer. Encendían las lámparas, preparaban té y escuchaban a ambas nueras tocar el güiçin, dispersándose recién entrada la noche. Frecuentemente le decía a los demás: «Cuando el padre de mis hijos vivía, ni siquiera entonces pude disfrutar de semejante dicha». Shen Yun administraba las entradas y salidas, registrando todo en los libros para informárselo a la madre. La madre, intrigada, le preguntaba: «Mis hijos siempre dicen que quedaron huérfanos a temprana edad; caligrafía y juego de Go, ¿quién se los enseñó?». La mujer sonreía y le contaba la verdad. La madre también sonreía y decía: «Al principio no quería tomar a una daoísta como nuera, ¡y ahora resulta que he conseguido dos!». Al recordar de repente la adivinación de su infancia, comenzó a creer que los destinos están predeterminados y no se pueden evadir. El Erudito volvió a presentarse a los exámenes imperiales y no los aprobó. La madre dijo: «Aunque nuestra familia no es rica, tenemos trescientas mu de tierras de cultivo, y por fortuna gracias a Yunmian llevamos las cuentas, por lo que día a día nos abrigamos y alimentamos mejor. Quédate bajo mis rodillas, junto a tus dos esposas, compartiendo la dicha con esta anciana; no deseo que busques riquezas». El Erudito obedeció. Más tarde, Yunmian dio a luz a un niño y una niña; y Yunqi, a una niña y tres niños. La madre falleció a la edad de más de ochenta años; todos sus nietos ingresaron a las academias oficiales; el nieto mayor, hijo de Yunmian, ya había aprobado los exámenes provinciales. --- El Oficial de Archivos Cierto oficial militar de rango *youji* tenía numerosas esposas y concubinas. Tenía el extremo recelo de pronunciar ciertos nombres comunes: al año lo llamaba «ciclo», al nacimiento lo llamaba «duro», al caballo lo llamaba «burro grande»; asimismo, aborrecía la palabra «derrota», cambiándola por «victoria», y «paz» por «descanso». Aunque en su correspondencia epistolar no era tan estricto con esto, si los miembros de su familia lo mencionaban, montaba en cólera. Un día, el oficial de archivos le informó sobre un asunto e incurrió en una falta por error; el militar se enfureció tanto que lo golpeó con un tintero de piedra, matándolo en el acto. Tres días después, estando ebrio y recostado, vio que el oficial de archivos ingresaba con tarjeta de visita en mano. Le preguntó: «¿A qué vienes?». Aquel respondió: «"El burro grande pacífico" viene a presentar sus saludos». De repente comprendió que se trataba de un fantasma, se levantó a toda prisa, desenvainó su sable y lo agitó en el aire. El oficial de archivos sonrió levemente, arrojó la tarjeta de visita sobre la mesita y se desvaneció sin dejar rastro. Al tomar la tarjeta para examinarla, leyó escrito: «El ciclo de la familia es duro, el burro grande descansa victorioso». ¡Un individuo violento y absurdo, burlado por un fantasma; resulta verdaderamente ridículo! --- Un monje de la Colina Niushou se hacía llamar a sí mismo «El de Hierro» y también «Mierda de Hierro». Escribió cuarenta poemas, y quienquiera que los leyera no podía evitar desternillarse de risa. Él mismo mandó a tallar dos sellos: uno decía «Canalla desvergonzado» y el otro, «Canalla honesto». Wang Sizhi de Xiushui imprimió sus poemas bajo el título: *Los cuarenta pedos de la Colina Niu*. La dedicatoria rezaba: «Publicado por el canalla desvergonzado y el canalla honesto». No hace falta leer sus poemas; con solo ver el título basta para arrancar una sonrisa. --- Ciempiés acuáticos Bajo el umbral de la puerta de la residencia del Inspector de Exámenes Zhu Yusan, había un ciempiés doméstico de varios pies de largo. Cada vez que soplaba el viento y llovía, salía y se enrollaba sobre el suelo como una cinta de seda blanca. Según se cuenta, los ciempiés domésticos tienen una forma semejante a los ciempiés comunes, no se dejan ver de día y salen de noche. Se congregan al percibir el olor a pescado. Algunos dicen: «El ciempiés carece de ojos y es, por tanto, sumamente codicioso». El Instructor Había un instructor de estudios cuyo apellido no se menciona que era sumamente sordo, pero mantenía una buena amistad con un zorro; cuando el zorro le susurraba al oído, él lograba escucharle. Cada vez que se presentaba ante los magistrados superiores, el zorro lo acompañaba, por lo que nadie se percataba de su sordera. Al cabo de cinco o seis años, el zorro se despidió para partir y le advirtió: —Vusted es como una marioneta; si no hay quien le mueva los hilos, sus cinco sentidos quedan inútiles. En lugar de incurrir en faltas a causa de su sordera, más le valdría retirarse a tiempo con dignidad. El instructor, apegado a su estipendio oficial, fue incapaz de seguir su consejo y sus respuestas en las audiencias erraban una y otra vez. El Inspector de Exámenes quiso destituirlo, pero el instructor rogó a un influyente personaje que intercediera por él. Un día, mientras cumplía funciones en el recinto de exámenes, una vez concluida la lectura de los nombres, el Inspector de Exámenes se retiró a descansar y departir amigablemente con los demás instructores. Los instructores sacaron de sus botas los registros de recomendación para presentarlos como sobornos encubiertos. Poco después, el Inspector de Exámenes preguntó con una sonrisa: —¿Cómo es que la prefectura de vusted es la única que no presenta nada? El instructor quedó perplejo y sin comprender. Quien se sentaba a su lado le dio un codazo e introdujo la mano en su propia bota para indicarle el gesto. Ocurría que el instructor solía guardar en su bota un objeto falso que unos parientes le habían confiado para la venta, y lo ofrecía a donde fuera que iba. Al escuchar las palabras risueñas del Inspector de Exámenes, creyó que le pedía aquel objeto. Se inclinó profundamente, se puso de pie y respondió: —Hay uno valorado en ocho monedas que es el mejor, pero este humilde servidor no se atreve a presentarlo. Todos en la sala contuvieron la risa. El Inspector de Exámenes lo reprendió a gritos para que fuera expulsado, y así perdió su cargo. El Historiado de lo Extraordinario comenta: «Que no hubiera nadie en la planicie era, sin duda, la columna que sostiene la corriente en medio del río. Si el Inspector de Exámenes exigía sobornos, bien merecía que se le respondiera de tal manera. ¡Haber perdido su puesto por ello resulta de lo más injusto!» El joven maestro Zhu Ziqian relata en sus *Apuntes del Oído*: «Un letrado avanzado de Donglai apellidado Chi servía como instructor en Yishui. De naturaleza excéntrica y demenciada, cada vez que sus colegas se reunían, él permanecía completamente mudo; mas apenas Chi se sentaba un momento, sin darse cuenta, todos sus rasgos comenzaban a agitarse, riendo y llorando a la par, como si no hubiera nadie a su alrededor. Si escuchaba la risa de alguien, se detenía de golpe. Era mezquino en su sustento personal y había acumulado más de cien taeles de oro, los cuales enterró en su propia recámara sin permitir que ni su esposa ni sus hijos lo supieran. Un día, estando sentado a solas, de repente sus manos y pies comenzaron a moverse por voluntad propia, y al poco rato dijo musitando: "Hacer el mal y acumular resentimientos, pasar frío y aguantar hambre, ¡lo que tanto esfuerzo costó ahorrar se encuentra ahora en la recámara! Si alguien llega a enterarse, ¿qué será de mí?". Repitió esto cuatro o cinco veces. Un sirviente de la puerta que estaba al lado no notó nada inusual. Al día siguiente, Chi salió; el sirviente entró, cavó el suelo y se llevó el tesoro. Pasados dos o tres días, con el corazón intranquilo, Chi fue a revisar el agujero y lo encontró completamente vacío. Se dio de palmadas en los muslos, se golpeó el pecho y suspiró con un dolor que lo mataba». Entre los miembros del cuerpo docente se pueden encontrar mil formas y mil estados. El Demonio Negro El comandante militar de Jiaozhou, apellidado Li, compró dos demonios negros cuya tez era tan oscura como la laca. Tenían las plantas de los pies tan gruesas y duras que caminaban sobre hojas de espada dispuestas hacia arriba sin sufrir la menor cortadura ni lesión. El comandante les dio mujeres públicas por esposas; una de ellas dio a luz a un niño de piel blanca, por lo que los oficiales y sirvientes se burlaban diciendo que no era hijo suyo. El demonio negro también albergó sospechas y por ello mató a la criatura; al examinar sus huesos y ver que eran totalmente negros, comenzó a arrepentirse. El comandante solía ordenar a ambos demonios que bailaran juntos, y su porte y espíritu eran dignos de verse. Tejido Brocado En las aguas del lago Dongting, a menudo sucedía que los dioses del agua tomaban prestadas las barcas. Al encontrarse con una embarcación vacía, los cables de amarre se desataban de pronto por sí solos y esta se adentraba flotando en las corrientes. Solo se escuchaba música celestial que resonaba en el aire mientras los barqueros, acurrucados en un rincón y con los ojos cerrados, escuchaban sin atreverse a alzar la mirada, dejando que la barca fuera a donde quisiera. Una vez terminada la travesía, la nave volvía a atracar en su sitio original. Cierto erudito de apellido Liu, tras haber reprobado los exámenes imperiales, regresaba a su hogar y dormía ebrio a bordo de una barca cuando de pronto comenzó a sonar la música de flautas. Los barqueros intentaron sacudir a Liu, pero no pudieron despertarlo, así que se ocultaron aterrorizados bajo la cubierta. Al poco tiempo, alguien agarró a Liu. Como el joven estaba sumamente borracho, se cayó al suelo a la primera sacudida y siguió durmiendo como si nada, por lo que aquel ser lo dejó estar. Al rato, los tambores y las trompetas resonaron con estrépito. Liu despertó ligeramente y percibió que el ambiente estaba impregnado con una fragancia de orquídeas y almizcle. Al entreabrir los ojos, vio que toda la barca estaba llena de bellas doncellas. Sabiendo en su interior que aquello era extraordinario, fingió mantener los ojos cerrados. Poco después, se oyó la orden de anunciar a «Zhi Cheng». Inmediatamente, una doncella de servicio se acercó y se paró muy cerca de su mejilla; llevaba medias de brocado verde y zapatillas de satén púrpura, con los pies tan delicados y delgados como un dedo. Al erudito le cautivaron y, a modo de travesura, mordió suavemente con los dientes la media de la muchacha. Al poco rato, las mujeres comenzaron a moverse, tirando y empujando de modo que la doncella tropezó y cayó al suelo. Cuando la soberana le preguntó el motivo, ella le reveló la verdad. Aquella en lo alto, montada en cólera, ordenó su ejecución inmediata. De inmediato entraron unos guardias marciales, lo apresaron, lo ataron y lo levantaron. Liu vio a una persona sentada hacia el sur, con una corona semejante a la de un rey, y mientras avanzaba cautivo exclamó: —¡He oído que el Señor de Dongting era de apellido Liu, y este servidor también es de apellido Liu; antaño el Señor de Dongting reprobó los exámenes, y hoy este servidor también ha reprobado; en el pasado el Señor de Dongting tuvo la fortuna de encontrarse con la doncella del dragón y alcanzar la inmortalidad, y hoy este servidor muere por bromear ebrio con una doncella: ¡Qué enorme diferencia entre la buena y la mala fortuna! Al escuchar esto, el rey ordenó que lo devolvieran y preguntó: —¿Eres acaso un letrado que ha reprobado los exámenes? Liu asintió. Entonces le entregó pincel y papel, ordenándole componer un poema titulado *Cabello en torbellino y sienes como neblina*. Liu era por cierto un renombrado talento de Xiangyang, pero como su inspiración era bastante lenta, tardó un buen rato con el pincel en la mano. El soberano lo increpó con reproches: —Siendo un erudito famoso, ¿cómo es posible que actúes así? Liu soltó el pincel y se disculpó: —Antaño las *Rías de las Tres Metrópolis* tardaron diez años en completarse; por ello sé bien que en la literatura se valora el primor y no la velocidad. El rey escuchó esto con una sonrisa. Desde la hora *chen* hasta la hora *wu*, por fin logró terminar el borrador. Al examinarlo, el rey se mostró sumamente complacido y exclamó: —¡Eres un verdadero letrado! Y ordenó que le sirvieran vino. Al instante, manjares exóticos aparecieron en gran abundancia. Mientras conversaban e intercambiaban preguntas, un funcionario se adelantó sosteniendo un registro para informar: —El censo de los ahogados ya está completo. El rey preguntó: —¿A cuánto asciende el número de personas? —Ciento veintiocho —respondió. —¿Qué oficiales han sido designados para la misión? —preguntó de nuevo. A lo que respondió: —Los comandantes Mao y Nan. Liu se puso de pie para despedirse con una reverencia. El rey le obsequió diez *jin* de oro puro y además una regla de cristal de una mano de longitud, diciendo: —Habrá una pequeña calamidad en el lago; si llevas esto contigo, podrás librarte de ella. De repente, se vio un séquito de estandartes de plumas y caballería alineados sobre la superficie del agua. El rey bajó de la barca y subió a su litera, tras lo cual desapareció por completo. Al cabo de un rato, todo quedó en silencio. Los barqueros salieron entonces de debajo de la cubierta y remaron hacia la orilla norte, pero el viento soplaba en contra y les impedía avanzar. De pronto, vieron que un gato de hierro emergía flotando en las aguas. Los barqueros exclamaron aterrorizados: —¡El general Mao ha aparecido! Y todos los mercaderes a bordo de las barcas se postraron. Poco después, un madero se irguió verticalmente en medio del lago, sacudiéndose con violencia. Aún más atemorizados, exclamaron: —¡El general Nan ha vuelto a salir! Al poco rato, las olas se alborotaron con furia, oscureciendo el sol y el cielo. Siendo examinadas las barcas del lago por todas partes, en un instante zozobraron todas por completo. Liu levantó la regla de cristal y se sentó erguido en medio de la barca; mientras las olas de diez mil brazas de altura llegaban hasta ellos y hacían desaparecer las naves, la suya se salvó gracias a aquello. Una vez de regreso, solía contarle a la gente sobre aquella extraña experiencia, diciendo que, aunque no había podido distinguir bien el rostro de la doncella de servicio en la barca, el par de gajos bajo su falda era algo jamás visto en el mundo mortal. Más tarde, debido a unos asuntos, viajó a Wuchang, donde había una anciana de apellido Cui que intentaba vender a su hija sin que se la compraran ni por mil onzas de oro; la mujer guardaba una regla de cristal y aseguraba que entregaría a su hija en matrimonio a quien pudiera encontrar otra que hiciera juego con aquella. Intrigado por esto, Liu fue a su encuentro con la regla escondida en el pecho. La anciana lo recibió con alegría y mandó a llamar a su hija para que se presentara. La muchacha, de unos quince o dieciséis años, poseía un encanto y una gracia incomparables. Tras realizar una leve reverencia, dio media vuelta y se retiró tras las cortinas. Apenas la vio, el alma y el espíritu de Liu se estremecieron, y dijo: —Este pequeño erudito también guarda un objeto consigo. Me pregunto si se ajustará bastante al que conserva la honorable anciana. Sacaron entonces ambos objetos para compararlos, y la longitud y el grosor coincidían sin faltar ni un solo cabello. La anciana, encantada, le preguntó su lugar de hospedaje y le rogó a Liu que regresara de inmediato a buscar una litera, pidiéndole dejar la regla como prenda de confianza. Liu se negaba a dejarla, pero la anciana se echó a reír y dijo: —¡El honorable oficial es demasiado desconfiado! ¿Acaso iba esta anciana a huir llevándose una simple regla? No teniendo más remedio, Liu se la dejó. En cuanto salió, alquiló una litera y se apresuró a regresar, pero la habitación de la anciana ya estaba vacía. Lleno de espanto, preguntó por todas partes a los vecinos, sin que nadie supiera nada. Cuando el sol ya se inclinaba hacia el oeste, con el ánimo y el espíritu destrozados, regresó abatido. A mitad del camino, se cruzó con una litera que pasaba, y de pronto alguien descorrió la cortina y dijo: —¿Por qué tan tarde, joven Liu? Al mirar, vio que era la anciana Cui. Él le preguntó con alegría: —¿A dónde fue? La anciana rió y dijo: —Seguramente habréis sospechado que esta anciana los había estafado y huido. Después de su partida, casualmente pasó una litera de alquiler, y pensando que el honorable oficial también se hospeda temporalmente en un lugar ajeno y que le sería muy difícil organizar los preparativos, por eso me adelanté para llevar a la joven a su barca. Liu la invitó a dar la vuelta con el carruaje, pero la anciana se negó rotundamente. Atónito y sin poder dar crédito del todo, Liu corrió de regreso a su barca, donde la joven y una criada ciertamente lo esperaban. Al ver entrar a Liu, ella lo recibió con una sonrisa. Al ver sus medias verdes y sus zapatillas púrpuras, comprobó que eran exactamente iguales al atuendo de la doncella de servicio en la barca, sin la menor diferencia. Sintiéndose aún más extrañado, se quedó de pie, mirándola fijo y absorto. La doncella sonrió y dijo: —¿Tanto la miras y la contemplas con fijeza? ¿Acaso es algo jamás visto en esta vida? Liu se inclinó aún más para observarla y vio que la marca de los dientes en la parte posterior de la media seguía allí intacta. Exclamó con asombro: —¿Eres tú acaso la de aquel bordado? La muchacha se cubrió la boca y esbozó una leve sonrisa. Liu le hizo una profunda reverencia y dijo: —Ya que eres verdaderamente un ser divino, te ruego que me digas la verdad sin rodeos para disipar mi confusión y mi zozobra. La doncella dijo: —Te diré la verdad: aquel que encontraste en la barca anterior era el propio Señor de Dongting. Admirando tu gran talento, quiso entregarte a esta concubina como obsequio; pero debido a que esta concubina es profundamente apreciada por la Princesa Consorte, regresué para consultarlo con ella. Mi venida de hoy obedece a la orden de la consorte. El erudito, lleno de alegría, se lavó las manos, quemó incienso y, mirando hacia el lago, hizo reverencias antes de regresar. Más tarde, al dirigirse a Wuchang, la doncella le suplicó que fueran juntos, pues así podría aprovechar para visitar a su familia y rendirles homenaje. Al llegar a Dongting, la doncella se quitó la horquilla del cabello y la arrojó al agua. De repente, una pequeña embarcación emergió de las profundidades del lago. Ella saltó sobre ella con la ligereza de un pájaro posándose en una rama, y en un parpadeo se desvaneció. El erudito se sentó en la proa, contemplando fijamente el lugar donde había desaparecido. A lo lejos, una gran barca de dos pisos se acercó. Cuando estuvo cerca, una ventana se abrió de par en par y, de repente, como un ave colorida que cruza volando, apareció la doncella Zhicheng. Alguien desde el interior de la ventana le arrojó una gran cantidad de perlas, joyas y tesoros, todos regalos de la princesa consorte. A partir de entonces, se volvió costumbre que ella visitara a su familia una vez al año. Por esta razón, la familia del erudito se abarrató de riquezas en perlas y joyas, y cada vez que sacaban una pieza a relucir, las familias nobles del mundo eran incapaces de reconocerla. *** Se cuenta la leyenda que, durante la dinastía Tang, Liu Yi se encontró con la Doncella del Dragón, y el Señor de Dongting lo tomó como yerno. Más tarde, le cedió su trono a Liu Yi. Sin embargo, como el aspecto de Liu Yi era el de un erudito apacible e incapaz de someter a los demonios de las aguas, le entregaron una máscara de demonio para que la llevara puesta de día y se la quitara de noche. Con el tiempo, se acostumbró tanto que olvidó quitársela, hasta que la máscara y su rostro se fundieron en uno solo. Al mirarse al espejo, Liu Yi se sentía avergonzado de sí mismo. Por esta razón, cuando los viajeros navegaban por el lago, si alguien señalaba algo con el dedo, el espíritu creía que lo señalaban a él; si alguien se cubría la frente con la mano, creía que lo estaban observando a hurtadillas. En respuesta, las olas y las tormentas se levantaban al instante, y muchas embarcaciones zozobraban. Por ello, al embarcar por primera vez, los barqueros siempre advertían a los pasajeros sobre esto; de lo contrario, debían ofrecer un sacrificio de animales y ofrendas para poder cruzar a salvo. Un día, el Verdadero Monarca Xu llegó casualmente al lago y, debido a las olas embravecidas, no pudo continuar su camino. Encolerizado, el Verdadero Monarca capturó a Liu Yi y lo entregó a la prisión de la prefectura. Al revisar a los prisioneros, los oficiales de la cárcel siempre contaban a uno de más, sin poder explicarse la razón. Una noche, Liu Yi se le apareció en sueños al magistrado de la prefectura, suplicándole clemencia y rescate. El magistrado se disculpó, argumentando que el mundo de los vivos y el de los espíritus siguen caminos distintos. Liu Yi le dijo: —El Verdadero Monarca se presentará en estos dominios en tal fecha. Si tan solo intercedes y pides por mí, sin duda habrá una salvación. Poco después, el Verdadero Monarca llegó tal como se había predicho, y el magistrado suplicó en nombre de Liu Yi, logrando finalmente su liberación. A partir de entonces, las prohibiciones y peligros del lago se moderaron un poco. Zhuqing Yú Róng era de Hunan, aunque se ha olvidado su condado y prefectura. De familia pobre, tras suspender los exámenes imperiales, regresaba a su hogar con sus provisiones y fondos totalmente agotados. Avergonzado de mendigar y sintiendo un hambre extrema, se detuvo a descansar momentáneamente en el templo del Rey de Wu, donde se postró y rezó ante el trono de la divinidad. Al salir, se recostó bajo los pasillos cuando, de pronto, alguien lo condujo a otro lugar. Al ver al Rey, se arrodilló y este le dijo: —En el Escuadrón de Vestiduras Negras aún falta un soldado; puedes ocupar el puesto vacante. El Rey respondió: —Que así sea. De inmediato le entregó una túnica negra. Tan pronto se la puso, se transformó en un cuervo, batió las alas y salió volando. Vio que una bandada de cuervos se congregaba y, volando juntos, se separaron para posarse sobre los mástiles y las velas de los barcos. Los viajeros a bordo competían por arrojar trozos de carne hacia arriba, y las aves en el aire la atrapaban para comerla al vuelo. Imitando su conducta, Yú Róng llenó su buche en un instante. Después, voló a posarse en la copa de un árbol, sintiéndose sumamente satisfecho. Pasados dos o tres días, el Rey de Wu, compadeciéndose de su soledad, le asignó una compañera a la que llamaban «Zhuqing», la Hoja de Bambú. Se profesaban un profundo amor y afecto mutuo. Cada vez que Yú Róng iba por comida, se mostraba siempre dócil y despreocupado, por lo que Zhuqing lo amonestaba constantemente, aunque él jamás lograba escucharla. Un día, pasó un soldado manchú que le disparó con una cerbatana directo al pecho. Afortunadamente, Zhuqing se adelantó para retirarla con el pico, logrando así que no fuera capturado. Los demás cuervos, furiosos, agitaron las alas y batieron las olas, provocando que estas se alzaran con fuerza y zozobrasen todas las embarcaciones. Zhuqing continuó arrojando cebo para alimentar a Yú Róng, quien, gravemente herido, falleció al cabo de todo el día. De repente, sintió como si despertara de un sueño y se halló tendido dentro del templo. Antes de esto, los habitantes del lugar habían visto morir al hombre sin saber quién era, pero al palpar su cuerpo notaron que aún no estaba frío, por lo que habían ordenado rondas de vigilancia de vez en cuando. Al enterarse ahora de lo sucedido mediante averiguaciones, juntaron fondos y lo enviaron de regreso a su hogar. Tres años más tarde, pasó de nuevo por aquellos parajes y fue a rendir homenaje al Rey de Wu. Preparó una ofrenda de comida y llamó a los cuervos, que bajaron congregados a picotear, mientras rezaba: —Si Zhuqing sigue con vida, que se detengan. Una vez terminada la comida, todos volaron juntos. Más adelante, tras aprobar los exámenes provinciales y regresar a su tierra, volvió a visitar el templo del Rey de Wu, ofreciendo en sacrificio una oveja y un cerdo. Concluida la ceremonia, organizó un gran banquete para agasajar a sus amigos cuervos y volvió a elevar una plegaria. Esa noche se hospedó en una aldea junto al lago. Mientras estaba sentado con la vela encendida, de pronto algo revoloteó y cayó frente a su mesa como un pájaro en vuelo. Al mirar de cerca, vio que era una bella joven de unos veinte años, quien sonrió alegremente y dijo: —¿Has estado bien desde nuestra separación? Yú Róng, asombrado, le preguntó quién era. Ella respondió: —¿No reconoces a Zhuqing? Yú Róng, lleno de alegría, le inquirió de dónde venía. Ella explicó: —Ahora soy la Diosa del Río Han y rara vez puedo regresar a mi antigua tierra. Como aquel cuervo transmitió los sentimientos de ambos, he venido a reunirnos por un momento. Yú Róng se sintió aún más conmovido y feliz; fue como la larga separación de un marido y una mujer, rebosante de dicha y afecto. El letrado quería llevarla consigo hacia el sur, pero la joven deseaba invitarlo a viajar juntos hacia el oeste, y al no ponerse de acuerdo, la decisión quedó indecisa. Al despertar de su sueño, la joven ya se había levantado. Abrió los ojos y vio que se hallaba en una gran sala iluminada por gigantescas y brillantes bujías; definitivamente no era el interior de un bote. Asustado, se incorporó y preguntó: —¿Dónde estamos? La joven sonrió y dijo: —Este es Hanyang. Mi hogar es tu hogar, ¡qué necesidad hay de ir al sur! Al ir aclarando el día, criadas y nodrizas acudieron en desorden, trayendo ya servidos vino y manjares asados. Sobre una amplia cama colocaron una mesita baja y ambos cónyuges bebieron juntos frente a frente. Yú Róng preguntó: —¿Dónde está mi bote? Ella respondió: —Está en el río. El letrado temía que el barquero no pudiera esperarlo por mucho tiempo. La joven dijo: —No te preocupes, yo me encargaré de avisarle por ti. A partir de entonces, pasaron los días y las noches conversando y banqueteando, tan felices que olvidaron regresar. El barquero, al despertar de su sueño, de pronto se vio en Hanyang y quedó aterrorizado. El criado buscó a su amo por todas partes, pero no había rastro ni noticias de él. Los barqueros quisieron partir hacia otro destino, pero las amarras no se desataban, por lo que decidieron quedarse a custodiar la nave. Transcurridos más de dos meses, el letrado recordó de repente su hogar y le dijo a su mujer: —Estando aquí, he roto todo contacto con mis parientes. Además, tú y yo tenemos el vínculo de esposo y esposa, mas no me has dejado conocer tu hogar ni una sola vez; ¿qué clase de situación es esta? La joven replicó: —Aparte de que me es imposible ir, aun si fuera, tú ya tienes una esposa en casa, ¿cómo pretendes tratarme a mí? Sería mejor dejarme aquí y que esto sea tu residencia apartada. Yú Róng lamentaba que la distancia fuera tan grande y no poder visitarla con frecuencia. Entonces, la joven sacó la túnica negra y le dijo: —La vieja ropa que usabas antes aún se conserva. Si me extrañas, vístela y podrás llegar hasta aquí; al llegar, yo misma te la quitaré. Luego preparó un gran banquete con manjares exquisitos para despedir al letrado. Él se durmió embriagado y, al despertar, se halló nuevamente en el bote, observando que se encontraba en el viejo fondeadero de Dongting. Tanto el barquero como su criado estaban allí y, al verse mutuamente, quedaron estupefactos, interrogándole sobre el lugar donde había estado. El letrado, con una expresión de melancolía y asombro, descubrió un envoltorio junto a su almohada y al revisarlo encontró que la mujer le había regalado prendas, calcetines y zapatos nuevos, mientras que la túnica negra también yacía doblada en su interior. Llevaba además una bolsa bordada sujeta a la cintura y, al tantearla, notó que estaba repleta de monedas de oro y plata. Partieron entonces hacia el sur y, al llegar a la orilla, recompensó generosamente al barquero antes de retirarse. Tras varios meses en su hogar, sintiendo una profunda nostalgia por las aguas del Río Han, se marchó en secreto para ponerse la túnica negra. Sus costados generaron alas y, con un aleteo, se elevó por los aires; tras transcurrir cerca de dos horas, ya había llegado al Río Han. Al planear y mirar hacia abajo, vio un cúmulo de edificios situado en un islote solitario, por lo que descendió volando. Una criada que ya lo había divisado exclamó: —¡El señor ha llegado! Poco después, Zhuqing salió a su encuentro y ordenó a los sirvientes que lo ayudaran a desatar las prendas, sintiendo cómo las plumas se desprendían por completo con un crujido. Tomados de la mano, entraron a la habitación y ella dijo: —Llegas en el momento justo, pues la que suscribe dará a luz de un momento a otro. Yú Róng le preguntó en tono de broma: —¿Nacerá de vientre o de huevo? La joven respondió: —Ahora que soy una deidad, mi piel y mis huesos se han endurecido, por lo que debe ser diferente a mi pasado. Unos días después, dio a luz tal como se esperaba: una placenta gruesa envolvía al recién nacido como si fuera un huevo gigantesco y, al romperla, resultó ser un varón. Yú Róng, rebosante de alegría, lo llamó Hanzhan («Nacido en el Han»). Tres días más tarde, todas las diosas del Río Han acudieron a la sala principal para felicitarla con objetos preciosos y comestibles espirituales. Todas eran de una belleza sublime y ninguna aparentaba más de treinta años. Entraron a la habitación y se acercaron a la cama; presionando la nariz del niño con sus pulgares, le otorgaron el nombre de «Longevidad Extendida». Una vez que se hubo marchado, el erudito preguntó: «¿Quiénes eran todas las que acaban de estar aquí?». La mujer respondió: «Todas ellas son mis hermanas menores. Aquella de la parte trasera, vestida de blanco como la flor de loto, es a quien llaman "la que desató su jade en el vado de Han"». Al cabo de varios meses, la mujer lo despidió en un bote que no usaba velas ni remos, sino que avanzaba flotando por sí solo. Al llegar a la orilla, ya había alguien con un caballo atado a la vera del camino, por lo que regresó a casa. A partir de entonces, los viajes de ida y vuelta fueron continuos. Tras varios años, Hanchan creció aún más hermoso y refinado, y el erudito lo amaba y atesoraba profundamente. Su esposa, de apellido He, sufría por no tener hijos, y siempre suspiraba por ver a Hanchan. El erudito le contó la verdad a la mujer, y esta preparó el equipaje, envió al niño de vuelta con su padre y fijó un plazo de tres meses. Una vez de regreso, la señora He lo amaba más que si hubiera sido parido por ella misma. Tras más de diez meses, no soportaba la idea de dejarlo marchar. Un día, enfermó repentinamente y falleció, y la señora He lloró su muerte como si se le fuera la vida. El erudito fue entonces a Hanyang para avisar a la mujer. Al entrar por la puerta, vio a Hanchan acostado descalzo sobre la cama, y le preguntó a la mujer, lleno de alegría. La mujer dijo: «Hace mucho que rompiste el pacto. Esta concubina extrañaba a su hijo, así que lo traje de vuelta». El erudito le explicó entonces el motivo por el cual la señora He amaba tanto al muchacho. La mujer replicó: «Espera a que dé a luz de nuevo, y haré que Hanchan regrese». Poco más de un año después, la mujer dio a luz a mellizos, un niño y una niña: el niño fue llamado Hansheng, y la niña, Yupei. El erudito se llevó entonces a Hanchan de regreso. Sin embargo, como tenía que hacer el viaje tres o cuatro veces al año y le resultaba poco práctico, decidió mudar su hogar a Hanyang. A los doce años, Hanchan ingresó en la escuela del distrito. La mujer, considerando que en el mundo de los mortales no había bellezas que estuvieran a su altura, se lo llevó para buscarle una esposa antes de enviarlo de vuelta a casa. La joven se llamaba Zhiniang, y también era descendiente de las diosas. Más tarde, la señora He falleció, y tanto Hansheng como su hermana acudieron a golpearse el pecho y saltar de dolor en señal de duelo. Terminado el entierro, Hansheng se quedó; el erudito se llevó a Yupei y, desde entonces, no volvió jamás. *** El clan Duan Duan Ruihuan era un hombre acaudalado del distrito de DaMing que, a la edad de cuarenta años, no tenía hijos varones. Su esposa, de apellido Lian, era sumamente celosa; deseaba comprar una concubina, pero no se atrevía. Duan tomó en secreto a una criada; cuando Lian se dio cuenta, azotó a la muchacha varios cientos de veces y la vendió a una familia de apellido Luan en Xianjian. Conforme Duan envejecía, sus sobrinos acudían mañana y tarde a pedirle préstamos, y al menor desacuerdo en las palabras, respondían con furia y aspereza. Duan pensó que no podría satisfacer sus demandas y quiso adoptar a uno de sus sobrinos, pero el grupo de sobrinos se opuso e impidió sus planes, mientras que la fiereza de Lian tampoco sirvió de nada, por lo que comenzó a arrepentirse amargamente. Exasperado, exclamó: «¡Este anciano tiene más de sesenta años! ¿Acaso está dicho que no pueda engendrar un varón?». De inmediato compró a dos concubinas, dejó que su esposo las frecuentara y no volvió a inmiscuirse en el asunto. Transcurrido algo más de un año, ambas concubinas quedaron encintas, y toda la casa se llenó de alegría. A partir de entonces, su ánimo comenzó a despejarse. Cada vez que sus sobrinos intentaban arrebatarle algo por la fuerza, él los rechazaba con aspereza y palabras severas. No pasó mucho tiempo antes de que una de las concubinas diera a luz a una niña, y la otra a un varón que murió al poco tiempo. El matrimonio quedó profundamente desilusionado. Pasó otro año más y Duan sufrió un ataque de apoplejía del que ya no pudo levantarse. Los sobrinos se volvieron aún más desenfrenados y comenzaron a disputarse el ganado, los caballos y los enseres, llevándoselos por voluntad propia. Lian los increpaba y regañaba, pero ellos le devolvían las palabras con descaro y la refutaban. Sin saber qué hacer, la mujer se pasaba el día entero llorando a gritos. La enfermedad de Duan empeoró hasta que finalmente falleció. Los sobrinos se congregaron ante el ataúd para discutir el reparto de la herencia. Aunque el dolor de Lian era desgarrador, no pudo impedirlo. Tan solo conservó una finca con huertos para el sustento de los ancianos y los niños, pero los sobrinos se negaron a concedérsela. Lian dijo: «¡Si no me dejáis ni una pulgada de tierra, pretendéis acaso que esta anciana y los niños de pecho mueran de hambre!». Como no lograban llegar a un acuerdo durante todo el día, ella se limitaba a llorar con furia y a golpearse a sí misma. De repente, un visitante entró para presentar sus condolencias; se dirigió directamente al altar funerario y expresó su dolor con absoluta sinceridad y respeto, inclinándose hacia adelante y hacia atrás. Una vez terminados sus lamentos, se sentó sobre la estera de paja destinada a los dolientes. Todos le preguntaron quién era. El visitante respondió: «El difunto es mi padre». Los presentes quedaron aún más aterrorizados. El forastero, con total calma, expuso su historia: Antiguamente, la criada que había sido vendida a los Luan dio a luz a un hijo llamado Huai cinco o seis meses después de su matrimonio. Los Luan lo criaron tratándolo igual que a sus propios hijos varones. A los dieciochos años ingresó en la Academia. Más tarde, el señor Luan falleció y los hermanos procedieron a dividir la herencia, pero a él no lo consideraron parte de los Luan. Cuando Huai le preguntó a su madre, esta le reveló la verdad. Él le dijo: «Puesto que pertenezco a dos familias y cada una tiene sus propios antepasados consagrados, ¿qué necesidad hay de quedarme aquí a heredar los campos de otros?». Dicho esto, mandó montar a caballo para dirigirse a la casa de los Duan, pero Duan ya había fallecido. Su relato era tajante, preciso y contaba con pruebas irrefutables. Lian, que aún se hallaba consumida por la rabia y el dolor, se llenó de inmensa alegría al enterarse. Salió de inmediato y dijo: «¡Ahora yo también tengo un hijo! Todas las cabezas de ganado, caballos y enseres que os habéis llevado prestados, podéis devolverse por vuestro propio pie; de lo contrario, habrá un pleito en los tribunales». Los sobrinos se miraron consternados y pálidos, y poco a poco comenzaron a retirarse. Huai trajo entonces a su esposa para habitar juntos la casa y guardar el luto por su padre. Los miembros del clan Duan, sintiéndose agraviados, confabularon para expulsar a Huai. Al enterarse, este declaró: «¡Los Luan no me consideran un Luan, y los Duan tampoco me aceptan como un Duan, a dónde voy a pertenecer entonces!». Indignado, quiso llevar el asunto ante el magistrado, pero los parientes y allegados intervinieron para mediar y la conjura se disolvió. Sin embargo, Lian seguía rencorosa por causa del ganado y no quería dejarlo correr. Huai la instó a dejarlo estar. Lian replicó: «No lo hago por el ganado. Tengo el pecho lleno de una cólera acumulada; tu padre murió de rabia, y si me he tragado las lágrimas en silencio ha sido únicamente por no tener un hijo. ¡Ahora que lo tengo, qué voy a temer! Tú no conoces los detalles de lo sucedido antes, deja que sea yo misma quien lo lleve ante el tribunal para interrogar a los culpables». A pesar de que Huai insistió en disuadirla, ella se negó a escucharle, redactó una demanda y se presentó ante el magistrado para acusarlos. El magistrado mandó detener a los miembros del clan Duan y procedió a interrogarlos. La actitud de Lian era firme, sus argumentos conmovedores y sus palabras brotaban como un manantial. El magistrado, conmovido, castigó a los parientes de los Duan y ordenó que les devolvieran todas las pertenencias a su legítima dueña. Una vez de regreso, convocó a aquellos parientes que no habían participado en la conjura y, con los bienes recuperados, se los repartió a todos por igual. A la edad de más de setenta años, sintiendo que se acercaba su fin, Lian llamó a su nuera y a sus nietos y les dijo: «Guardad bien esto en vuestra memoria: si a los treinta años uno no tiene descendencia, debéis empeñar las horquillas y los zarcillos de jade para buscarle una concubina al esposo. ¡La amargura de no tener hijos es verdaderamente insoportable!». El historiador heterodoxo comenta: «Aunque la señora Lian era celosa, supo dar un vuelco decisivo a su carácter; era justo que el Cielo le concediera descendencia para vindicar su espíritu. ¡Al ver su generosa indignación, ah, qué mujer tan extraordinaria fue!». Jiang Jia, natural de Jinan, tenía por esposa a la señora Mao, quien era estéril y dada a los celos. Su cuñada la amonestaba con frecuencia, pero ella no escuchaba, diciendo: «¡Prefiero cortar la descendencia antes que permitir que una cualquiera de mirada coqueta y cejas insinuantes venga a enfurecerme!». Cerca ya de los cuarenta años, comenzó a preocuparse por la continuidad de su linaje. Quiso adoptar al hijo de su hermano, a lo que los cónyuges accedieron, mas lo postergaban con indolencia. Cada vez que el niño iba a casa de su tío, el matrimonio lo obsequiaba con golosinas crujientes y le preguntaba: «¿Te gustaría venir a vivir a nuestra casa?». El muchacho asentía. Su hermano le instruyó en secreto: «Si te vuelven a preguntar, respóndeles que no quieres. Y si te preguntan por qué no quieres, diles: “Cuando ustedes mueran, ¿qué duda hay de que sus tierras y propiedades pasarán a ser mías?”». Un día, Jiang Jia salió de viaje comercial a larga distancia y el niño volvió a presentarse. Mao le preguntó de nuevo, y el niño respondió tal como su padre le había enseñado. Mao montó en cólera y exclamó: «¡Estando su mujer y sus hijos en casa, ya desde ahora calcula día a día el momento de apoderarse de mis tierras! ¡Su plan es insidioso!». Echó al niño de la casa e hizo llamar de inmediato a una anciana celestina para comprarle una concubina a su esposo. Cuando este regresó, había en el mercado una sirvienta en venta cuyo precio era tan exorbitante que, aun agotando todos sus recursos, no alcanzaban a reunir la suma, por lo que el trato estuvo a punto de frustrarse. Temeroso el hermano de que el tiempo pasara y cambiaran de opinión, entregó en secreto el oro a la celestina, fingiendo que esta se lo había prestado para hacer posible el enlace. La señora Mao se puso altisonante de alegría y compró a la muchacha para traerla a casa. Mao le confesó la verdad a su esposo, pero este se enfadó y rompió toda relación con su hermano. Pasado poco más de un año, la concubina dio a luz un varón. El matrimonio se llenó de dicha. Mao dijo: «La anciana no sé a quién le habrá pedido el préstamo, pero tras más de un año ni siquiera ha venido a reclamarlo; esta bondad no puede olvidarse. Ahora que el hijo ya ha nacido, ¡aún no hemos pagado el precio de la madre!». Jiang Jia reunió entonces oro en una bolsa y fue a ver a la celestina. La anciana se echó a reír y dijo: «Debo felicitar efusivamente al respetable caballero. Este humilde servidor es más pobre que una rata, ¿quién se atrevería a prestarle una sola pieza de oro?». Y le contó cómo habían sucedido las cosas en realidad. Jiang Jia, profundamente conmovido y consciente de su error, regresó para contárselo a su esposa, y ambos lloraron el uno en los brazos del otro. En seguida dispuso un banquete e invitó a su hermano y a su cuñada; los esposos se arrodillaron en el suelo para entregar el oro y compensar al hermano, pero este no quiso aceptarlo, y pasaron el día riendo y bebiendo en perfecta armonía hasta disolverse la reunión. Más tarde, la señora Mao dio a luz a tres hijos varones. La mujer zorro Yi Gun era natural de Jiujiang. Por las noches acudía una mujer a su encuentro, con la que se acostaba y compartía el lecho. Aunque en su interior sabía que se trataba de un zorro, cautivado por su belleza, guardó el secreto y no se lo dijo a nadie, de modo que ni sus padres lo sabían. Con el tiempo, su cuerpo se fue debilitando y consumiendo. Al someterlo sus padres a un interrogatorio exhaustivo, él terminó por confesarles la verdad. Sus padres, presa de una gran zozobra, dispusieron que se turnaran para acompañarle a dormir, aplicando además sortilegios y encantamientos, pero todo fue en vano para impedir sus visitas. Cuando el anciano padre se acostaba en el mismo lecho con él, el zorro no aparecía; pero bastaba con poner a otra persona para que volviera a presentarse. Yi le preguntó al zorro por esta razón. El zorro respondió: «Los talismanes e invocaciones de este mundo ordinario, ¿cómo habrían de someterme? Sin embargo, existen las normas de la moralidad y los vínculos humanos; ¿cómo iba a unirme carnalmente con el padre de mi amado?». Al enterarse de esto el anciano, persistió en acompañar a su hijo sin abandonarlo jamás, y el zorro acabó por no regresar. Más tarde, estalló una revuelta de bandidos desbocados y todos los aldeanos huyeron en desbandada, dispersándose los miembros de la familia. Yi huyó hacia las montañas de Kunlun, donde contemplaba un paisaje desolado a su alrededor. Al caer la tarde, le embargó un miedo tremendo. De pronto, vio venir a una mujer; al acercarse a mirarla, resultó ser la mujer zorro. En medio del caos de la guerra, el reencuentro los llenó de alegría y consuelo. La mujer le dijo: «El sol ya se ha puesto, quédese el señor temporalmente aquí. Buscaré un buen lugar y levantaré a prisa una morada para protegernos de tigres y lobos». Caminando hacia el norte unos cuantos pasos, se agachó entre la maleza sin que él supiera qué hacía. Al poco rato regresó, tiró de Yi hacia el sur y, tras avanzar una decena de pasos, lo hizo retroceder de golpe. De repente apareció un gran bosque de mil árboles gigantescos que rodeaban un pabellón elevado; tenía muros de bronce y columnas de hierro, coronados con un techo semejante a láminas de oro. Al acercarse a mirar, los muros llegaban apenas a la altura de los hombros, sin que hubiera puertas o aberturas por ningún lado, aunque en la superficie de los muros se alineaban densamente pequeños huecos y depresiones. La mujer los pisó con los pies para cruzar, y Yi la siguió. Una vez dentro, extrañado de que aquella casa dorada no pareciera construida por manos humanas, le preguntó de dónde había salido. La mujer sonrió y dijo: «Si el caballero desea habitarla, mañana mismo se la regalaré. El oro y el hierro ascienden a muchos millones; calculo que le bastarán para vivir holgadamente la mitad de su vida». Poco después, se despidieron. Yi le suplicó con insistencia que se quedara, y ella accedió a detenerse. Dijo entonces: «Habiendo sido abandonada y despreciada por ustedes, ya me había resignado a una ruptura eterna; mas he aquí que ahora no he logrado mantenerme firme». Al despertar, la mujer zorro ya no estaba y se había marchado quién sabe a qué hora. Al aclararse el día, trepó por el muro para salir. Al mirar atrás el lugar donde había dormido, no había pabellón ni habitaciones de ninguna clase; solo cuatro agujas clavadas dentro de un anillo de metal, y encima de ellas, una polvera de esmalte dada la vuelta. En cuanto al gran árbol, no era sino un matorral de espinos silvestres y zarzas viejas. La esposa de la familia Zhang Dondequiera que llegaban las grandes tropas, su daño superaba con creces al de los bandidos: pues a los bandidos la gente aún podía considerarlos enemigos, ¡mas a las tropas nadie se atrevía a tenerlas por enemigos! Lo único en que se diferenciaban ligeramente de los bandidos era en que no se atrevían a matar con tanta ligereza. En el año *jia-yin*, las Tres Provincias Rebeldes se alzaron en armas, y los soldados de la expedición al sur alimentaron sus caballos en la comandancia de Juanjun; las aldeas quedaron vacías de gallinas y perros, y todas las mujeres fueron violadas y ultrajadas. En aquella época llovía sin cesar, y el agua se acumulaba en los campos formando lagos; como el pueblo no tenía dónde ocultarse, saltaban las tapias y se metían entre los matorrales de sorgo. Los soldados lo sabían, así que, montando a caballo y desnudos, entraban en el agua a buscar y violar mujeres, siendo muy pocos los que lograban escapar. Tan solo la esposa de la familia Zhang se negó a someterse y permaneció abiertamente en su casa. Había allí una cocina donde, junto con su marido, cavaron de noche un foso de varios pies de profundidad y acumularon paja en él; lo cubrieron con tablas delgadas y pusieron esteras encima, de modo que parecía un lugar donde se podía yacer o habitar. Ella misma cocinaba junto al fogón. Cuando llegaba algún soldado, salía a la puerta a atenderlo. Dos soldados mongoles la forzaron violentamente con intenciones lascivas. La mujer dijo: «¡Asuntos como este, cómo van a hacerse frente a la gente!». Uno de ellos sonrió levemente y salió bromeando. La mujer entró con el otro en la habitación y, señalando la estera, hizo que él subiera primero. Las tablas se rompieron y el soldado cayó al foso. La mujer tomó aparte otras esteras y tablas delgadas para volver a cubrirlo, y se paró deliberadamente al borde del foso para atraer a los que vinieran. Al poco rato, el otro entró de nuevo. Al oír los gritos desde el fondo del foso sin saber de dónde venían, la mujer lo llamó riendo y haciendo señas con la mano: «Está aquí mismo». El soldado pisó la estera y también cayó. Entonces la mujer le arrojó más leña y echó fuego dentro. El fuego ardió con furia y la casa se incendió. La mujer se puso a pedir auxilio. Cuando el fuego se apagó, los cadáveres estaban quemados y despedían un hedor a carne asada. Alguien le preguntó por ello. La mujer respondió: «Temía que dos cerdos sufrieran daño a manos de los soldados, así que los metí en el foso». A partir de entonces, a pocas lis de la aldea, en un lugar al borde del camino principal donde no había árboles, llevaba sus labores de costura para sentarse bajo el sol abrasador. Como la aldea quedaba lejos de la comandancia, los soldados solían venir a caballo, llegando varias veces en un instante. Hablaban y reían bromeando; aunque no entendía la mayor parte, sin duda eran palabras de galanteo y burla. Sin embargo, como no estaba lejos del camino y no había nada con qué ocultar su cuerpo, se marchaba de inmediato, y así pasaba los días sin contratiempos. Un día llegó un soldado, de una desvergüenza extrema, que quiso violar a la mujer bajo el sol abrasador. La mujer sonrió sin oponer gran resistencia. A escondidas, pinchó al caballo con una aguja, y el caballo estalló en relinchos y corvetas; el soldado le ató entonces las riendas a los muslos y se dispuso a abrazar a la mujer. Esta sacó un gran punzón y se lo clavó con fiereza en el cuello; el caballo, loco de dolor, echó a correr a toda velocidad. Como llevaba las riendas atadas a los muslos y no podía soltarse, arrastró al jinete a galope tendido durante decenas de lis, hasta que sus compañeros de tropa salieron a detenerlo. No se sabía dónde habían quedado la cabeza y el torso, y un trozo de las riendas seguía allí prendido, tal cual. El Historiador de lo Extraño comenta: «Con seis ingeniosas estratagemas, no perdió su virtud ante un soldado bravo y violento. ¡Qué virtuosa fue esta esposa, tan astuta como casta!». *** Yu Ziyou La gente de la costa cuenta: «Un día, en medio del mar, surgió de repente una alta montaña, y los habitantes se aterraron grandemente. Un erudito se hospedaba en un bote de pesca, bebiendo vino a solas y degustándolo con calma. Al caer la noche, un joven vestido con túnica y birrete de erudito se presentó diciendo: "Soy Yu Ziyou", y su forma de hablar era sumamente elegante y refinada. El erudito se alegró y se puso a beber alegremente con él. Bebieron hasta la medianoche, momento en que el joven se levantó de la estera para despedirse. El erudito le dijo: "¿Dónde está vuestra casa? Con esta profunda y vasta oscuridad nocturna, os estáis infligiendo demasiadas penurias". Aquél respondió: "No soy natural de este lugar; como se acerca la época de Qingming, voy a acompañar al Gran Rey a visitar las tumbas de sus antepasados. Mi familia ya se ha adelantado; el Gran Rey se ha detenido un momento a descansar y partirá mañana a la hora del dragón. Debo regresar para preparar el equipaje con anticipación"». El erudito ni siquiera sabía quién era aquel Gran Rey. Lo acompañó hasta la proa con forma de pájaro *yi*, y el joven dio un salto hacia el agua, zambulléndose con un chapoteo, por lo que comprendió que se trataba de un *yao* pez. Al día siguiente, vio que la cumbre de la montaña flotaba y se hundía, y en un instante desapareció por completo. Solo entonces supo que la montaña era un gran pez, precisamente el mencionado Gran Rey. ¿Es cierto, acaso, lo que dice la creencia popular de que antes de la festividad de Qingming los grandes peces del mar llevan a sus hijos a rendir culto en sus tumbas? En los primeros años del reinado de Kangxi, en la costa de Laizhou apareció una gran marea que trajo a un pez gigantesco, el cual emitió bramidos durante varios días con un sonido semejante al de una vaca. Una vez muerto, la gente con cargas al hombro desollaba y cortaba su carne, formando una fila ininterrumpida. El pez era tan grande que abarcaba el espacio de un *mu*, y tenía todas las aletas y la cola; la única particularidad era que carecía de globos oculares. Sus cuencas eran profundas como pozos y estaban llenas de agua. Quienes cortaban la carne caían en ellas por descuido y se ahogaban irremediablemente. Algunos decían: «Cuando en el mar se degrada a un gran pez, se le arrancan los ojos, pues estos se convierten en perlas noctilucentes». *** El concubino varón Un funcionario y noble compró una concubina en Yangzhou; visitó varias casas una tras otra, pero ninguna le pareció adecuada. Solo una anciana que se hospedaba en un lugar vendía a su hija, una joven de catorce o quince años, de formas graciosas y hermosa planta, que además dominaba diversas artes. Quedó sumamente encantado y la adquirió pagando un alto precio. Al llegar la noche, al meterse bajo las colchas, la piel de ella era suave y tersa como la grasa. Al palpar con agrado sus partes íntimas, ¡resultó ser un varón! Aterrado al extremo, procedió a someterlo a un severo interrogatorio. Resulta que habían comprado a un hermoso muchacho criado, lo habían acicalado con sumo esmero y habían montado la celada para estafar a la gente. Al alba, mandó a sus criados a buscar a la anciana, pero esta ya había huido sin dejar rastro. Su corazón quedó sumido en la frustración y el desconcierto, sin saber qué decisión tomar. Coincidió que un colega de promociones de Zhejiang vino a visitarlo, por lo que le contó lo sucedido. Su colega pidió ver al joven y, apenas lo contempló, se sintió inmensamente complacido; pagó el precio original para rescatarlo y se lo llevó. El Historiador de lo Extraño dice: «Si uno se topa con su alma gemela, daría incluso a Nanwei sin cambiarla por nada. ¡A qué fin tantas viejas ignorantes levantan mundos falsos y engañosos!». Wang Keshou Wang Keyu, a native of Huangmei County in Huguang, could remember three past lives: In one lifetime, he had been a Xiucai who studied in a Buddhist monastery. A mare belonging to the monks gave birth to a mule foal, and coveting it, he seized it for himself. After he died, King Yama audited his ledgers, and enraged by his greed and violence, condemned him to be reborn as a mule to repay the monastery monks. Once born, the monks tended to and cherished him with such care that he found no opportunity to die. As he grew slightly older, he repeatedly thought of casting himself down a ravine, yet feared he would fail the grace of their nurturing, which would only make the underworld punishments heavier still, and thus he resigned himself to his fate. After several years, his karmic debt was fulfilled and he dropped dead, whereupon he was born into a peasant family. The moment he emerged from the womb he could speak, and his parents, taking him for a monster, killed him. Only then was he born into the household of Xiucai Wang. The Xiucai was approaching fifty, and was overjoyed to obtain a son. Wang was bright and lucid from birth; yet remembering that speaking too early in his previous life had caused his death, he dared not speak. By the age of three or four, everyone took him for a mute. One day, his father was in the midst of composing an essay when a friend happened to call upon him; laying down his brush, his father went out to receive the guest. Wang entered and saw his father’s draft, and unable to restrain his itching talents, finished it on his father’s behalf. When his father returned and saw it, he asked, "Who has been here?" The servants replied, "No one." The father was greatly astonished. The next day, he deliberately placed an essay topic upon the desk and walked out, returning a short while later by creeping stealthily on quiet steps. He saw his child hunched over the desk, the draft already several lines long. Suddenly catching sight of his father’s arrival, the boy involuntarily let out a cry, and dropped to his knees, begging that his life be spared. His father, delighted, clasped his hand and said, "Our household has only you alone. Since you are capable in letters, it is the great fortune of our lineage—why did you conceal it?" From then on, he taught him diligently in his studies. In his youth he achieved the rank of Jinshi, and his official career eventually reached the position of Governor of Datong. *** The Calf A peasant in Chu was returning from the market and stopped briefly to rest by the roadside. A fortune-teller arrived shortly after and paused to chat with him at length. Suddenly gazing closely at the peasant, the fortune-teller said, "Your aura is inauspicious. Within three days, you shall suffer financial loss and receive a penal sentence from the magistrates." The peasant replied, "My official taxes are already paid in full, and in all my life I have never understood how to brawl or contend. From whence could a punishment come?" The fortune-teller said, "This humble one also knows not. But your qi and complexion are thus—you cannot fail to be cautious!" The peasant did not place much faith in this, and after cupping his hands in farewell, he returned home. The next day, while herding a calf in the wilderness, a post-horse happened to pass by. Catching sight of it, the calf mistook it for a tiger, and rushed straight forward to gore it, killing the horse. The runners reported the peasant to the magistrate, who punished him lightly and ordered him to compensate the owner for the horse. Now, water buffaloes invariably fight when they see a tiger, which is why cattle-dealers sleeping in the open always use cattle to defend themselves; if they see a horse passing in the distance, they hastily drive their cattle away to avoid them, fearing they might gore them by mistake. Wang Da Li Xin era un tahúr. Durmiendo a la luz del día, de repente vio a sus antiguos compañeros de apuestas, Wang Da y Feng Jiu, quienes lo invitaron a jugar a los dados. Li olvidó por completo que eran fantasmas y los siguió con alegría. Al salir, Wang Da fue a buscar a Zhou Ziming en la aldea, mientras que Feng guio a Li para adelantarse, entrando en el templo al este de la aldea. Al poco rato, Zhou llegó efectivamente junto a Wang. Feng sacó las cartas de hojas de papel y propuso jugar una partida de apuestas. Li dijo: «Al no tener dinero para apostar de repente, deshonro esta generosa invitación. ¿Qué podemos hacer?». Zhou dijo lo mismo. Wang declaró: «El joven noble Huang Bajiguan, del Valle de las Golondrinas, presta dinero con altos intereses. Si vamos juntos a pedir un préstamo, seguramente aceptará». Así pues, los cuatro partieron juntos. En un abrir y cerrar de ojos, llegaron a una gran aldea. En la aldea, residencias señoriales se alineaban con muros continuos. Wang señaló una puerta y dijo: «Esta es la casa del joven noble Huang». Un viejo sirviente salió del interior, y Wang le explicó el propósito de su visita. El sirviente entró de inmediato a informar. Al poco rato salió, transmitiendo la orden del joven noble de invitar a Wang y a Li a reunirse con él. Al entrar a ver al joven noble, que tenía unos dieciocho o diecinueve años, este habló y sonrió con amabilidad. De inmediato entregó un rollo grande de monedas de cobre a Li, diciendo: «Sé que usted es honrado y directo, así que no hay inconveniente en prestarle. En cuanto a Zhou Ziming, no puedo confiar en él». Wang intercedió con insistencia en su favor. El joven noble le pidió a Li que firmara como fiador, pero Li se negó. Wang lo instó desde un lado, y Li terminó por aceptar. Recibió también mil monedas y salió. De inmediato se las entregó a Zhou, reiterando además las intenciones del joven noble para presionarlo a pagar sin falta. Al salir del valle, vieron venir a una mujer que resultó ser la esposa del señor Zhao de la aldea, conocida por su afición a las disputas y a las malas palabras. Feng dijo: «Aquí no hay nadie; a esta mujer brava deberíamos jugarle una pequeña broma maligna». Acto seguido, la agarraron junto a Wang y la arrastraron de vuelta al interior del valle. La mujer gritó con fuerza. Feng tomó un puñado de tierra y le tapó la boca. Zhou elogió la acción diciendo: «¡Con mujeres como esta, lo único adecuado es clavar una estaca en su entrepierna!». Feng entonces se arremangó la ropa y, a la fuerza, le introdujo una piedra alargada; la mujer pareció desvanecerse. El grupo se dispersó entonces, regresando al templo para dedicarse a apostar entre ellos. Desde el mediodía hasta la medianoche, Li obtuvo una gran victoria, y las monedas de Feng y Zhou se agotaron por completo. Li, usando una fuerte suma de dinero junto con los intereses, se lo entregó todo a Wang para que pagara en su nombre al joven noble Huang; Wang a su vez se lo distribuyó a Zhou y a Feng, y la partida de juego volvió a armarse. No pasó mucho tiempo cuando escucharon un revuelo de voces confusas. Alguien irrumpió corriendo y gritó: «¡El abuelo Chenghuang ha venido en persona a atrapar a los tahúres y ya ha llegado!». Todos palidecieron de miedo. Li arrojó las monedas, saltó el muro y huyó. Los demás, apegados a sus riquezas, terminaron atados. Al salir, vieron efectivamente a una deidad montada a caballo, con más de veinte tahúres atados detrás del corcel. Antes del amanecer ya habían llegado a la ciudad del distrito; las puertas se abrieron y entraron. Al llegar a la yamen, el Chenghuang se sentó orientado hacia el sur, llamó a los reos y, tomando el registro, gritó los nombres uno por uno. Tras hacerlo, ordenó que a todos se les cortaran los dedos índices con hachas afiladas, y luego les pintó ambos ojos con tinta negra y bermellón, haciéndolos desfilar tres veces por el mercado. Los captores exigieron sobornos antes de retirar la tinta y el bermellón, y todos les pagaron. Solo Zhou se negó, alegando con excusas que su bolsa estaba vacía; el captores le prometió llevarlo hasta su casa para que le pagara allí, pero él tampoco lo permitió. El captor lo señaló y exclamó: «¡Tú sí que eres un frijol de hierro, que ni tostado llega a reventar!». Dicho esto, juntó las manos y se marchó. Zhou salió de la ciudad, humedeció su manga con saliva y fue limpiándose mientras caminaba. Al llegar al río y mirarse en el reflejo, vio que la tinta y el bermellón seguían sin quitarse. Tomó agua en sus manos para lavarse, pero la marca era tan dura que no cedía, por lo que regresó lleno de remordimiento y pesar. Antes de esto, la esposa de Zhao había ido por un asunto a la casa de su madre y, al caer la noche, no regresaba. Su esposo salió a recibirla. Al llegar a la boca del valle, vio a su mujer tendida a la orilla del camino. Al contemplar la escena, comprendió que se había topado con fantasmas; le retiró el tapón de barro y la cargó de regreso a casa. Cuando ella despertó gradualmente y pudo hablar, fue entonces que supo que en el inframundo había una entidad que la había estirado y sacado con giros y tirones. Luego relató lo sucedido. Zhao, enfurecido, acudió de inmediato ante el magistrado del distrito para demandar a Li y a Zhou. Tras emitirse el mandamiento judicial, Li acababa de despertar, mientras que Zhou seguía en un sueño profundo, con un aspecto similar al de un cadáver. El magistrado, considerando que se trataba de una acusación infundua, castigó con la vara a Zhao y encadenó a su esposa; el matrimonio no tenía argumentos válidos para defenderse. Al día siguiente, Zhou despertó. Sus cuencas oculares cambiaron de pronto, volviéndose una roja y la otra negra, y comenzó a gritar a voz en cuello señalándose el dolor. Al examinarlo, vieron que sus tendones y huesos ya se habían roto, quedando unidos tan solo por la piel, y a los pocos días terminaron por desprenderse. La tinta y el bermellón de sus ojos se habían incrustado profundamente en la carne. Cuantos lo veían no podían evitar ocultar su risa. Un día, vio que Wang Da se acercaba a cobrar la deuda. Zhou le habló con tono severo diciendo que no tenía dinero, por lo que Wang se marchó irritado. Su familia le preguntó al respecto, y fue así como se enteraron de lo ocurrido. Considerando que los dioses y los fantasmas no mostraban clemencia, todos le aconsejaron que pagara. Zhou se mostró inflexible y terco, además de declarar: «¡Hoy en día los magistrados protegen a los defraudadores que evaden deudas; las leyes del yin y el yang no deberían tener dos varas de medir, y menos tratándose de deudas de juego!». Al día siguiente, se presentaron dos fantasmas que anunciaron que el joven noble Huang había presentado una demanda en el distrito y que debían ser conducidos ante la presencia de la justicia para ser interrogados; Li Xin también se presentó escoltado por unos alguaciles para actuar como testigo intermedio. Los dos murieron casi al mismo tiempo. Al encontrarse fuera de la aldea, Wang y Feng estaban allí presentes. Li le dijo a Zhou: «Sigues llevando los ojos pintados de rojo y negro, ¿te atreves a ver a la autoridad?». Zhou respondió con las mismas palabras de antes. Li, sabiendo de su tacañería, le dijo: «Ya que te has comportado sin conciencia, iré a ver al honorable Huang para saldar la deuda en tu nombre». Así pues, ambos se dirigieron juntos a la morada del joven noble. Li entró e informó sobre el motivo de su visita, pero el noble se negó y dijo: «¿Quién es el deudor para que yo deba cobrarle a usted?». Al salir y comunicárselo a Zhou, este concibió la idea de aportar su propio dinero fingiendo que Zhou se lo entregaba. Zhou se enfureció aún más y lanzó palabras ofensivas contra el joven noble. Los fantasmas procedieron entonces a detenerlo para llevárselo juntos. Al poco rato llegaron al distrito y entraron a ver al Chenghuang. El Chenghuang lo reprendió diciendo: «¡Bandido sinvergüenza! ¡Aún llevas la marca en los ojos y todavía te atreves a eludir tus deudas!». Zhou respondió: «El joven noble Huang prestó dinero a alto interés y me indujo a apostar, por lo que fui castigado y atormentado...» » El Chenghuang llamó al criado de la familia Huang y, con ira, dijo: —¡Tu amo abrió una casa de apuestas para seducir a la gente al juego, y todavía se atreve a exigir deudas! El criado respondió: —Cuando se tomó el dinero, el Gongzi no sabía nada de las apuestas. La casa del Gongzi está en el Valle de las Golondrinas, y capturaron a los tahúres en el Templo de Guanyin, a más de diez *li* de distancia. El Gongzi jamás ha organizado salas de juego. El Chenghuang miró a Zhou y dijo: —¡Tomaste el dinero con fiereza y te negaste a devolverlo, y para colmo inventaste falsas acusaciones! ¡La maldad de los hombres ha llegado a su límite contigo! Quiso azotarlo. Zhou volvió a quejarse de que los intereses eran demasiado altos. El Chenghuang preguntó: —¿Cuánto has pagado ya? Zhou respondió: —La verdad es que aún no he pagado nada. El Chenghuang, furioso, dijo: —¡Aún debes el capital principal y te pones a discutir sobre los intereses! Le propinó treinta azotes y ordenó escoltarlo de inmediato para que pagara a su acreedor. Dos fantasmas lo llevaron hasta su casa y exigieron sobornos, amenazando con no dejarlo vivir si no cumplía, atándolo dentro de la letrina y obligándolo a aparecer en los sueños de su familia. Los familiares quemaron veinte paquetes de lingotes de papel moneda; una vez apagado el fuego, estos se convirtieron en dos *liang* de oro y dos mil monedas de cobre. Zhou entonces utilizó el oro para pagar la deuda y las monedas de cobre para sobornar a los escoltas, tras lo cual fue liberado para regresar. Al volver en sí, las heridas en sus nalgas se habían abultado como túmulos y la pus y la sangre brotaban a chorros, tardando varios meses en sanar. Más tarde, la mujer del clan Zhao ya no se atrevió a volver a insultarlo; pero Zhou, con cuatro dedos marcados de tinta roja en los ojos, siguió apostando como antes. ¡Por esto se sabe que los tahúres no son verdaderos seres humanos! El Historiador de lo Extraordinario comenta: «Las injusticias en los asuntos del mundo provienen siempre de que quienes gobiernan se van al extremo al tratar de corregir los excesos. En el pasado, los ricos y poderosos despojaban a los hijos de familias buenas aplicando intereses dobles, y nadie seatrevía a proferir palabra; de lo contrario, bastaba con presentar una simple acusación escrita para que los magistrados, valiéndose de las leyes escritas, se pusieran de su lado. Por ello, los antiguos funcionarios a cargo del pueblo no eran más que sirvientes de las familias influyentes. Más tarde, los sabios, habiendo advertido este vicio, dieron un giro radical y se opusieron por completo. Hubo quienes, poseyendo grandes fortunas, se convirtieron en magnates comerciantes, vistiendo brocados, hartándose de carnes finas, levantando pabellones en sus hogares y comprando fértiles campos, llegando a olvidar de dónde venían. Con solo exigir un pago, miraban a los demás con furia. Al someter el asunto ante los magistrados, estos decían: “¡No soy servidor de nadie!”. ¡En qué se diferencia esto del monje Lancan, quien no tenía tiempo para secar las lágrimas de la gente común! Frecuentemente he dicho que los magistrados de antes eran aduladores, y los de hoy son errados; los aduladores sin duda merecen la ejecución, pero los errados también causan desprecio. Prestar dinero cobrando un interés bajo, ¿acaso beneficia exclusivamente a los ricos?». Zhang Shinian, al ejercer como magistrado en Zichuan, detestaba profundamente los juegos de azar. Su inspección callejera y sus recorridos guardaban similitudes con las leyes del inframundo: los castigos no llegaban al extremo de cortar los dedos, pero el juego era erradicado por completo. Su manera de gobernar poseía una gran destreza en el método de las pinzas y la red. Cuando los libros de registros oficiales se amontonaban a su alrededor, cada vez que una persona subía a la sala de audiencias, el magistrado se tomaba su tiempo y le preguntaba con insistencia sobre su lugar de residencia, su edad, los miembros de su familia y su oficio, sin dejar detalle sin consultar. Tras interrogarlo, procedía a alentarlo y le ordenaba retirarse. Si alguien completaba el pago de sus impuestos y entregaba su recibo, creyendo que su labor había concluido, presentaba el documento con la intención de retirarse. El magistrado lo detenía, lo examinaba minuciosamente de arriba abajo y le preguntaba: —¿A qué clase de juegos te dedicas? La persona protestaba con vehemencia, afirmando que en su vida había entendido de apuestas. El magistrado sonreía y decía: —Todavía llevas los aparejos de juego en la cintura. Al registrarlo, el resultado era exactamente como decía. La gente lo consideraba casi divino, sin lograr comprender jamás qué método utilizaba. Le Zhong Le Zhong era natural de Xi'an. Su padre falleció temprano, y su madre dio a luz a Le Zhong estando ya encinta. A su madre le gustaba el budismo y no consumía carne ni vino. Una vez que Le Zhong creció, le apasionaba beber y era de buen comer, criticando en su interior a su madre cuando esta lo exhortaba con manjares suculentos, ante lo cual su madre lo reprendía con dureza. Más tarde, enfermó la madre y, hallándose en su lecho de muerte, anhelaba intensamente carne. Le Zhong, sin hallar de dónde procurarla con urgencia, se cortó la carne del muslo izquierdo para ofrecérsela. Al mejorar un poco de su enfermedad, la madre se arrependió de haber roto los preceptos y falleció sin probar alimento. El dolor y la aflicción de Le Zhong se tornaron aún más agudos, por lo que, con una hoja afilada, volvió a tajo cortarse el muslo derecho hasta dejar ver el hueso. Los familiares lo socorrieron conjuntamente, envolviéndolo en sedas y aplicándole ungüentos, y al poco tiempo sanó. Al reflexionar en su corazón sobre la severa virtud de su madre y compadecerse a la vez de su ignorancia, quemó las imágenes budistas que veneraba, erigió una tablilla ancestral para consagrar a su madre y, tras embriagarse, invariablemente se postraba ante ella para lamentarse a gritos. A los veinte años contrajo matrimonio, mas su cuerpo aún conservaba la pureza de un muchacho. A los tres días de casado, le dijo a la gente: «¡La convivencia entre hombre y mujer es la inmundicia suprema bajo el cielo; en verdad no hallo deleite alguno en ello!», y repudió a su esposa. El padre de su esposa, Gu Wenyuan, rogó a parientes que intercedieran para que ella retornara; lo suplicó tres o cuatro veces, pero Le Zhong se mantuvo inquebrantable. Medio año después, Gu desposó nuevamente a su hija. Le Zhong vivió en la viudez durante veinte años, y su conducta se tornó aún más desenfrenada: compartía el vino tanto con esclavos como con actores y músicos; si los mendigos del vecindario le suplicaban ayuda, no dudaba en dársela; al enterarse de que alguien casaba a su hija y carecía de una olla, descolgó la de su propio fogón y se la regaló, debiendo luego pedir prestado un recipiente a un vecino para cocinar. Los viciosos que conocían su naturaleza acudían día y noche a estafarlo y embaucarlo. Si alguno, viéndose sin recursos por el juego, suspiraba ante él alegando que los acreedores lo acosaban con urgencia y que se vería obligado a vender a su hijo, Le Zhong reunía el dinero de los impuestos para entregárselo íntegro, vaciando su bolsa; cuando los recaudadores de rentas se presentaban a su puerta, no le quedaba más remedio que empeñar sus pocas pertenencias para solventarlo. Debido a esto, su hacienda decayó de día en día. Anteriormente, Le Zhong había sido acaudalado, y los parientes de su mismo clan competían por servirle, tomando a su antojo lo que quisieran sin que él jamás les reclamara nada; mas cuando Le Zhong cayó en desgracia, las visitas para interesarse por su salud fueron escasas. Le Zhong, de espíritu magnánimo, no le dio importancia. Aconteció que, en el aniversario luctuoso de su madre, Le Zhong enfermó repentinamente y no pudo acudir a la tumba, por lo que quiso enviar a sus parientes en su lugar para los sacrificios; todos los parientes se excusaron aduciendo diversos motivos. Le Zhong entonces realizó las libaciones en el interior de la casa, llorando con amargura ante la tablilla ancestral, pues la pena de no tener descendencia pesaba hondamente en su pecho. A raíz de esto, su enfermedad se agravó aún más. En medio de su delirio y confusión, sintió que alguien lo acariciaba; al abrir levemente los ojos, vio que era su madre. Sorprendido, le preguntó: «¿De dónde viene?». La madre respondió: «Puesto que nadie en la casa acudió a la tumba, he venido a recibir las ofrendas y a ver cómo sigue tu enfermedad». Le preguntó: «¿Dónde reside ahora, madre?». La madre respondió: «En el Mar del Sur». Tras terminar de acariciarlo, un frescor recorrió todo su cuerpo. Al abrir los ojos y mirar a su alrededor, no había absolutamente nadie, y su enfermedad había sanado. Una vez levantado, anhelaba peregrinar al Mar del Sur. Coincidió que en una aldea vecina se formó una cofradía de incienso, por lo que vendió diez mu de tierras y, llevando consigo algunos ahorros, suplicó que lo admitieran. Los miembros de la cofradía, considerándolo impuro, lo rechazaron y expulsaron en conjunto. Aun así, los siguió caminando a la zaga. Durante el viaje no se abstenía de carne de res, vino, cebollas ni ajos, por lo que la muchedumbre lo aborreció aún más y, aprovechando que dormía embriagado, partieron sin avisarle. Le Zhong continuó su camino en solitario. Al llegar a Fujian, se encontró con un amigo que lo invitó a beber, hallándose presente la célebre cortesana Qionghua. Al mencionarse casualmente el viaje al Mar del Sur, Qionghua expresó su deseo de acompañarlo en la travesía. Regocijado, Le Zhong mandó a apresurar los preparativos del equipaje y partieron juntos; aunque compartían el lecho y las comidas, jamás hubo entre ellos la menor intimidad carnal. Una vez llegados al Mar del Sur, los miembros de la cofradía, al ver que él se había hecho acompañar por una cortesana, se mofaron aún más de su persona y, desdeñándolo, se negaron a compartir los ritos con él. Le Zhong y Qionghua, conscientes de tal actitud, permitieron que aquellos rindieran culto primero y lo hicieron después. Cuando los demás realizaron sus reverencias, lamentaron no haber presenciado ninguna manifestación milagrosa. Mas al postrarse ambos en tierra, de pronto vieron que todo el mar se cubría de flores de loto, de cuyas corolas pendían guirnaldas de perlas; Qionghua vio a una Bodhisattva, mientras que Le Zhong contempló que sobre cada flor se hallaba su propia madre. Presuroso, clamó llamando a su madre y dio un salto para seguirla. Los hombres presentes vieron cómo diez mil flores de loto se transformaban en nubes de arrebol, cubriendo la superficie del mar como un brocado. Al poco rato, las nubes se aquietaron, las olas se calmaron y todo se esfumó por completo, hallándose Le Zhong aún en la orilla del mar. Él mismo no lograba comprender cómo había vuelto a salir, y sus ropas y calzado no estaban ni remotamente húmedos. Mirando al mar, prorrumpió en un llanto cuyo eco hizo temblar las islas. Qionghua lo consoló y disuadió, tras lo cual descendieron con melancolía del templo y ordenaron una embarcación para cruzar hacia el norte. Durante el trayecto, un hombre acaudalado convidó a Qionghua a marchar con él, por lo que Le Zhong se detuvo a descansar solo en una posada. Había allí un muchacho de apenas ocho o nueve años que mendigaba en un establecimiento de comida, cuyo semblante no se asemejaba al de un pordiosero. Al interrogarlo con detalle, supo que había sido expulsado por su madrastra. Le Zhong sintió compasión por él. El niño se aferraba a su lado, rogándole con desesperación que lo rescatara y salvara, por lo que Le Zhong terminó por llevarlo consigo al retornar a su hogar. Al preguntarle por su apellido y linaje, el muchacho respondió: «Me llamo Ah Xin, de apellido Yong. Mi madre es de apellido Gu. En una ocasión escuché decir a mi madre: "A los seis meses de unirme a los Yong, diste a luz. En verdad eres de apellido Le"». Le Zhong quedó estupefacto. Vacilaba al pensar que, habiendo permanecido célibe toda su vida, era imposible que tuviera un hijo. Por ello le preguntó en qué región había vivido su madre. El niño respondió: «No lo sé. Pero cuando mi madre falleció, me entregó una carta y me encomendó no perderla». Le Zhong le exigió con urgencia la misiva. Al examinarla, comprobó que se trataba del documento de divorcio que tiempo atrás había firmado con la familia Gu. Exclamó con asombro: «¡Es verdaderamente mi hijo!». Tras verificar minuciosamente que las fechas concordaban con exactitud, su semblante se iluminó y su corazón halló consuelo. No obstante, su economía doméstica languidecía día a día; al cabo de dos años, sus parcelas se habían reducido casi por completo, al punto de no poder mantener ni un solo criado. Un día, padre e hijo se encontraban cocinando por sus propios medios cuando de súbito ingresó una hermosa mujer; al alzar la vista, vio que era Qionghua. Sorprendido, le preguntó: «¿De dónde vienes?». Ella sonrió y replicó: «Ya que en su momento actuamos como falsos esposos, ¿por qué vuelves a preguntarlo? La razón por la que no te seguí de inmediato fue porque había una anciana de por medio; pero ahora ella ha fallecido. Pensé que, si no seguía a nadie, no tendría cómo protegerme; mas si seguía a otro, tampoco podría preservar mi pureza. Sopesando cómo lograr ambas cosas, nada se comparaba a seguirte a ti, por lo que no temí recorrer mil li». Dicho esto, se deshizo del equipaje y se puso a cocinar en lugar del muchacho. Le Zhong se regocijó enormemente. Al llegar la noche, padre e hijo durmieron juntos como de costumbre, habilitando otra habitación para alojar a Qionghua. La madre del niño criaba a este con esmero, y Qionghua también cuidaba de él de manera excelente. Cuando los parientes del clan de los Qi se enteraron, todos enviaban provisiones al pequeño Zhong, y ambos aceptaban estas muestras con agrado. Cada vez que llegaban invitados, Qionghua se encargaba de preparar todo el banquete, y Zhong jamás preguntaba de dónde provenía aquello. Poco a poco, Qionghua comenzó a sacar oro y perlas para rescatar sus antiguas propiedades, adquiriendo además numerosas criadas, sirvientes, caballos y ganado, de modo que su prosperidad aumentaba día con día. Zhong solía decirle a Qionghua: —Cuando esté borracho, debes apartarte y esconderte, sin permitir que te vea. Ella sonreía y prometía hacerlo. Un día, tras embriagarse fuertemente, llamó con urgencia a Qionghua. Ella se presentó luciendo un maquillaje espléndido. Zhong la contempló fijamente durante un buen rato; luego, lleno de una gran alegría, comenzó a dar saltos y danzar como si estuviera loco, exclamando: —¡Lo he comprendido! En ese instante se despejó por completo. Sintió que el mundo se llenaba de luz y claridad, y la vivienda en la que habitaba se transformó por completo en pabellones de jade y torres de perlas. Tras el espacio de un rato, la visión cesó. A partir de entonces, no volvió a beber en los mercados, sino que se pasaba los días bebiendo únicamente en compañía de Qionghua. Ella llevaba una dieta vegetariana y le servía té e infusiones. Un día, encontrándose ligeramente ebrio, le ordenó a Qionghua que le masajeara los muslos, y al hacerlo vio que en la piel de este había unas cicatrices de incisiones que se habían transformado en dos flores de loto rojo, las cuales sobresalían vagamente entre la carne. Extrañado por aquello, Zhong sonrió y dijo: —Cuando veas que estas flores se abran, nuestra unión como marido y mujer temporales llegará a su fin, y nos separaremos. Qionghua le creyó. Una vez que hubieron celebrado las nupcias de A-Xin, Qionghua fue cediendo gradualmente la administración del hogar a la nueva esposa, mientras ella y Zhong pasaron a vivir en un patio separado. El hijo y su esposa acudían a presentar sus respetos cada tres días, y no le informaban a menos que se tratara de un asunto dudoso o difícil. Se servían únicamente de dos criadas: una para templar el vino y la otra para infusionar el té. Un día, Qionghua llegó a los aposentos de su hijo. La nuera le consultó sobre diversos asuntos durante un buen rato, tras lo cual ambos fueron a ver al padre. Al entrar, vieron al padre sentado en el lef con los pies descalzos. Al oír pasos, abrió los ojos, esbozó una sonrisa y dijo: —¡Qué gran alegría que la madre y el hijo hayan venido! Inmediatamente volvió a cerrar los ojos. Qionghua, alarmada, exclamó: —¿Qué es lo que pretendes, señor? Miró entonces su muslo y vio que la flor de loto se había abierto por completo. Al comprobar su estado, vio que el aliento vital ya se había extinguido. Rápidamente juntó las manos para presionar y cerrar la flor, a la vez que suplicaba: —Te he seguido desde miles de li, lo cual no ha sido nada fácil. He educado a tus hijos y disciplinado a tu nuera por ti, y algo de mérito humilde tengo. Incluso si te adelantas dos o tres años, ¿por qué no puedes aguardar un poco más? Transcurrido un rato, Zhong abrió los ojos de repente y sonrió: —Tú tienes tus propios asuntos, ¿por qué habrías de arrastrar a otra persona para que te haga compañía? Puesto que no hay más remedio, me quedaré un tiempo por ti. Qionghua aflojó las manos, y la flor volvió a cerrarse. A partir de entonces, sus conversaciones y risas continuaron como al principio. Transcurrieron más de tres años. Qionghua, que se acercaba a los cuarenta años, lucía aún como una joven de unos veinte. De repente le dijo a Zhong: —Por lo general, cuando las personas mueren, otros las agarran por la cabeza y las cargan por los pies, lo cual resulta de todo punto poco decoroso y pulcro. Dicho esto, mandó llamar a un carpintero para que fabricara un féretro doble. A-Xin, asustado, le preguntó el motivo, a lo que ella respondió: —No es algo que tú debas comprender. Una vez que el carpintero terminó el trabajo, ella se bañó, se vistió y se arregló con esmero, y le ordenó a su hijo y a su nuera: —Voy a morir. A-Xin exclamó llorando: —Durante varios años hemos dependido de los cuidados de mi madre para no morir de frío ni de hambre. Mi madre aún no ha podido disfrutar ni un solo día de tranquilidad, ¿cómo es posible que decida abandonarnos y partir? Ella respondió: —Tu padre sembró la fortuna y los hijos la disfrutan. Los sirvientes, los caballos y el ganado no son más que deudores que han venido a saldar las deudas de tu padre; yo no tengo ningún mérito en ello. Yo soy originalmente una doncella celestial dispersora de flores que, albergando por casualidad un pensamiento mundano, fui desterrada al mundo de los mortales por más de treinta años; ahora mi tiempo ha llegado a su término. Dicho esto, subió al madero y se introdujo en el ataúd por su propia voluntad. Volvieron a llamarla, pero sus ojos ya se habían cerrado. A-Xin corrió llorando a avisarle a su padre, pero este ya se había quedado rígido quién sabe a qué hora, con sus ropas y tocados impecables. Su dolor era tan desgarrador que parecía a punto de morir. Introdujeron el cuerpo en el ataúd y lo detuvieron en el salón principal; pasaron varios días sin que lo enterraran, albergando la esperanza de que ella regresara. Una luz brillante emanaba de la zona del muslo, iluminando intensamente las cuatro paredes. Del interior del ataúd de Qionghua exhalaba una niebla perfumada que se percibía en las viviendas vecinas. Una vez que el ataúd fue sellado, la fragancia y el fulgor comenzaron a disminuir gradualmente. Tras los funerales, los jóvenes de la familia Le, codiciando los bienes de la familia, confabularon para expulsar a A-Xin y lo demandaron ante los magistrados. Los funcionarios no lograron discernir la verdad del asunto y propusieron entregar la mitad de las tierras a los parientes de la familia Le. A-Xin, inconforme, llevó su caso en apelación ante la comandancia de la prefectura, pero el asunto se prolongó sin resolverse. Previamente, un hombre de apellido Gu había casado a su hija en la región de Yong. Tras transcurrir más de un año, el yerno Yong se había establecido como transeúnte en Min, por lo que las noticias y los mensajes se habían interrumpido por completo. Gu, anciano y sin hijos, añoraba dolorosamente a su hija, por lo que fue a visitar a su yerno, solo para enterarse de que su hija había muerto y el yerno la había repudiado y desterrado. Presentó una denuncia ante las autoridades. Yong, temeroso, intentó sobornar a Gu, pero este no aceptó el dinero, empeñado en recuperar a los hijos de su hija. Aunque los buscó exhaustivamente, no pudo hallarlos. Un día, Gu se encontraba casualmente en el camino cuando vio pasar una litera colorida; se apartó a la orilla del sendero para dejarla pasar. Una hermosa mujer que iba en el interior de la litera exclamó: —¿No es acaso el anciano Gu? Gu respondió afirmativamente. La mujer le dijo: —Los hijos de tu hija son ahora mis hijos, y se encuentran actualmente en la casa de la familia Le; no sigas con el litigio. Tus nietos enfrentan un peligro, debes acudir con urgencia. Gu quiso interrogarla con detalle, pero la litera ya se había alejado demasiado. Gu aceptó entonces el soborno y se encaminó hacia Xi'an. Al llegar, se encontró con que el pleito estaba en su apogeo. Gu se presentó voluntariamente ante el magistrado y relató con absoluta precisión las fechas en que su hija había retornado a la casa familiar, el día en que volvió a contraer nupcias y los años y meses en que nacieron sus hijos. Todos los miembros de la familia Le fueron azotados y expulsados, quedando el caso resuelto. Al regresar, al relatar el día en que había visto a aquella hermosa mujer, resultó ser exactamente el mismo día en que Qionghua había fallecido. A-Xin le mudó la casa a Gu, le entregó una vivienda y le regaló criadas. Al llegar a los sesenta años, Gu engendró un hijo, y A-Xin se encargó de cuidar y proteger a ambos con esmero. El Historiador Heterodoxo comenta: «Abstenerse de la carne y prohibir el vino se asemeja a las prácticas del Buda; conservar una inocencia radiante y natural es la verdadera esencia del Buda. Cuando Le Zhong se encontraba ante una mujer bella, la contemplaba con la misma naturalidad que si fuera una compañera de prácticas espirituales pura y aromática, sin ver en ella un nido de molicie y ternura. Vivir en el mismo lecho y aposento durante treinta años con una actitud que oscilaba entre el afecto y el desapego: esta es la verdadera faz de un Bodhisattva; ¿cómo habrían de ser capaces los hombres de este mundo de adivinarlo jamás?» *** *Xiangyu* En el Palacio de la Dinastía Qing, al pie de la montaña Laoshan, había un abeto de invierno (*nainong*) de dos zhang de altura y varias brazas de grosor, junto a un arbusto de peonías de más de un zhang de alto que, en época de floración, resplandecía como el brocado. El erudito Huang, procedente de Jiaozhou, se hospedaba allí para estudiar. Un día, vislumbró a través de la ventana a una doncella de túnica blanca que se ocultaba entre las flores. Su corazón se llenó de extrañeza, preguntándose cómo podría haber alguien así en el templo taoísta. Salió a grandes pasos, pero ella ya había huido. Desde entonces, la vio en repetidas ocasiones. Decidido a atraparla, se ocultó entre la espesura de los árboles para aguardar su llegada. Poco después, la doncella regresó acompañada por otra vestida con ropas rojas. Vistas desde lejos, ambas poseían una belleza incomparable. A medida que se acercaban, la de rojo retrocedió y dijo: —¡Hay un hombre viviente en este lugar! El erudito Huang se levantó de un salto. Las dos doncellas huyeron aterrorizadas, agitando sus mangas y faldas mientras el aire se llenaba de una fragancia embriagadora. Cruzaron el murete y desaparecieron sin dejar rastro. Su amor y anhelo se volvieron aún más intensos, por lo que compuso unos versos bajo el árbol: «Infinitos sufrimientos de anhelo y melancolía, con los sentimientos contenidos, miro la pequeña ventana. Temiendo que vuelvas a manos de Shazhali, ¿en qué lugar podría hallar a mi Inigualable?» Al regresar a su estudio, se quedó sumido en profundos pensamientos. De pronto, la doncella hizo su aparición. Él, lleno de sorpresa y alegría, la recibió con los brazos abiertos. La doncella sonrió y dijo: —Tus maneras impetuosas parecían las de un bandido feroz y causaban espanto; mas ignoraba que fueras un literato distinguido, por lo que no hay impedimento en vernos. El erudito le preguntó someramente por su vida. Ella respondió: —Mi nombre de pila es Xiangyu y pertenezco a los registros del callejón Pingkang. Un sacerdote taoísta me mantuvo encerrada en las montañas en contra de mi voluntad. El erudito preguntó: —¿Cuál es el nombre del taoísta? Haré que pagues por esta afrenta y te limpiaré de esta inmundicia. —No es necesario —replicó ella—. Él tampoco se ha atrevido a presionarme demasiado. Servirme de esto para mantener citas secretas perpetuas con un hombre refinado resulta también encantador. —¿Quién es la mujer de rojo? —inquirió él. —Su nombre es Jiangxue y es mi hermana adoptiva jurada. Tras ello, se entregaron al afecto íntimo. Al despertar, el color del alba ya teñía el cielo de rojo. Xiangyu se levantó con prisa y dijo: —Embriagados de placer, hemos olvidado que ya es de día. Mientras se ponía las ropas y los zapatos, añadió: —Quiero corresponder a tus versos con unos propios; ruego que no te burles: «La apacible noche se agota con excesiva rapidez, el sol de la mañana ya asoma por la ventana. Deseo ser como las golondrinas bajo la viga, que al posarse forman siempre una pareja.» El erudito le tomó la muñeca y dijo: —Posees una gracia exterior y una perspicacia interior que hacen que uno ame la vida y olvide la muerte. Mas la partida de un solo día se siente como una separación de mil li. Cuando encuentres un momento propicio, ven a visitarme; no aguardes a que caiga la noche. Ella asintió. A partir de entonces, acudía infaliblemente tanto de día como de noche. Aunque él le pedía constantemente que invitara a Jiangxue, esta jamás se presentaba, lo cual entristecía al erudito. Xiangyu le explicó: —El carácter de la hermana Jiang es sumamente esquivo y distante; no posee mi apasionado fervor. Habré de proponerlo con calma en el momento oportuno; no debes apresurarte demasiado. Una noche, Xiangyu entró con el rostro ensombrecido por la tristeza y dijo: —¿No puedes siquiera defender el territorio de Long y ya aspiras al de Shu? Esta es nuestra separación definitiva. —¿A dónde vas? —preguntó él. Ella se secó las lágrimas con la manga y respondió: —Esto tiene un destino fijo y me es difícil explicártelo. Tus hermosos versos de antaño se han convertido hoy en profecía: *“La bella ya pertenece a Shazhali, / y el noble varón carece hoy del antiguo Gu Yaya.”* Recita esto por mí. Por más que él la interrogó, ella no dio explicaciones y se limitó a sollozar. Permanecieron sin dormir toda la noche y, al despuntar el alba, ella partió. El erudito se quedó desconcertado. Al día siguiente, un miembro de la familia Lan de Jimo llegó de visita oficial a pasear por los terrenos y, al ver la peonía blanca, quedó cautivado por ella, por lo que mandó a desenterrarla y se la llevó consigo. Solo entonces el erudito comprendió que Xiangyu era un espíritu floral, y su desconsuelo y melancolía no tenían fin. Pasados unos días, oyó que la familia Lan se había llevado la flor a su casa y que esta se marchitaba día con día. Abrumado por un amargo dolor, compuso cincuenta poemas fúnebres para llorar a la flor y, cotidianamente, acudía al hoyo vacío a derramar lágrimas. Un día, justo al regresar de rendir tributo, divisó a lo lejos a la mujer de rojo enjugándose las lágrimas junto al hueco. Al acercarse con calma, la doncella no intentó huir. El erudito la tomó de la manga y ambos rompieron a llorar el uno frente al otro. Al poco rato, él la invitó a entrar en su habitación y ella accedió. Ella suspiró diciendo: —¡Hermanas desde la infancia, truncadas en un solo día! Al enterarme de tu dolor, mi propia aflicción se ha multiplicado. Si mis lágrimas caen hasta los nueve manantiales, tal vez logren conmover mi sinceridad para renacer; sin embargo, el espíritu y la energía de los difuntos ya se han dispersado, así que, de manera tan repentina, ¿cómo podríamos ambos volver a reír y conversar como antes? El erudito replicó: —Este pequeño erudito tiene un destino aciago y perjudica a quienes ama, por lo que seguramente carezco de la fortuna necesaria para disfrutar de dos bellezas al mismo tiempo. En el pasado, le suplicaba sin cesar a Xiangyu que expresara mis más sinceros sentimientos, mas ¿por qué razón tú no has vuelto a venir? —Yo creía que tú, al ser un erudito joven, serías inconstante en dieciocho de cada diecinueve ocasiones —respondió ella—, e ignoraba que fueras verdaderamente un hombre de profundos sentimientos. No obstante, mi trato contigo se basa en el afecto y no en el desenfreno. Entregarnos a la intimidad día y noche es algo que no puedo hacer. Dichas estas palabras, se dispuso a marchar. El erudito exclamó: —¡La eterna partida de Xiangyu me ha quitado el sueño y el apetito! Confío en que tú te detengas un poco para consolar esta añoranza, ¿cómo es que te muestras tan tajante en tu decisión? La doncella se detuvo entonces, pasó la noche allí y partió al día siguiente. No volvió a aparecer en varios días. En medio de la fría lluvia y la ventana solitaria, el recuerdo angustioso de Xiangyu lo consumía; daba vueltas en la cama y sus lágrimas empapaban la almohada. Se incorporó arreglándose las ropas y, avivando la lámpara de aceite, repitió la rima de su anterior composición: «En el patio de la montaña la lluvia cae al atardecer, bajo el visillo bajo me siento junto a la pequeña ventana. Añoro a la persona amada pero no logro verla, y en plena noche mis lágrimas caen dobles.» Una vez compuesto el poema, se puso a recitarlo para sí. De pronto, alguien dijo al otro lado de la ventana: —Quien compone una obra no puede carecer de una respuesta. Al escuchar con atención, reconoció que era Jiangxue. Abrió la puerta y la hizo pasar. La doncella leyó el poema y añadió a continuación los siguientes versos: *«¿En qué lugar se encuentran aquellos de mangas entrelazadas?* *Una lámpara solitaria alumbra la ventana nocturna.* *En la montaña desierta no hay más que una sola persona,* *que frente a su propia sombra se duplica por sí misma.»* Al leerlos, el erudito rompió a llorar y recriminó su distanciamiento. Ella le dijo: —Yo no puedo igualar la calidez de Xiangyu, mas puedo servirte de leve consuelo en tu soledad. El erudito quiso unirse a ella con intimidad, pero ella se negó diciendo: —El gozo del encuentro no tiene por qué consumarse aquí. A partir de entonces, cada vez que el aburrimiento lo agobiaba, la doncella hacía acto de presencia de vez en cuando. A su llegada, celebraban banquetes con vino y cantos, y aunque a veces se marchaba sin acostarse con él, el erudito se lo permitía. Él solía decir para sí: —Xiangyu es mi amada esposa y Jiangxue es mi entrañable amiga. —A menudo deseaba preguntarle: «¿Qué tallo de flor eres en este jardín? Te ruego que me lo reveles pronto, para que pueda llevarte abrazada a mi hogar y evitar que pases por la misma suerte que Xiangyu, arrebatada por un hombre ruin, dejándome con un pesar de cien años». La mujer respondió: «Es difícil trasladar la tierra natal, y de nada sirve revelárselo a usted. Ni siquiera a mi esposa pude ser fiel hasta el final, ¡cuánto menos a un amigo!». El estudiante no quiso escuchar y, tomándola del brazo, salió con ella. Siempre que llegaba bajo la peonía, invariablemente le preguntaba: «¿Eres tú?». La mujer no decía nada, solo se cubría la boca y reía. Pronto llegó el duodécimo mes lunar y el estudiante regresó a pasar el año nuevo. Hacia el segundo mes, soñó de repente que Jiangxue llegaba y, con aire apesadumbrado, le decía: «¡Tu concubina atraviesa una gran calamidad! Ve deprisa, aún podrás vernos; si te demoras, ya no habrá tiempo». Despertó sintiéndose extrañado, ordenó de inmediato a su criado preparar los caballos y voló velozmente hacia la montaña. Al llegar, vio que el daoísta se disponía a construir una casa, y había una camelia de invierno que estorbaba en los cimientos, por lo que el maestro de obras estaba a punto de alzar el hacha. El estudiante la detuvo apresuradamente. Al caer la noche, Jiangxue vino a agradecerle. El estudiante rió y dijo: «¡Puesto que antes no quisiste decirme la verdad, era natural que sufrieras esta tribulación! Ahora ya sé quién eres; si no hubieras venido, te habría chamuscado con moxa». La mujer respondió: «Bien sabía yo que el señor actuaría así, por lo que antes no me atreví a decírselo». Tras conversar un buen rato, el estudiante dijo: «Ahora que estoy ante una noble amiga, anhelo aún más a mi bella esposa. Hace mucho que no lloro por Xiangyu, ¿podrías llorar conmigo?». Ambos se dirigieron entonces al túmulo y vertieron lágrimas junto a la fosa. Pasada la primera guardia de la noche, Jiangxue enjugó sus lágrimas y le rogó que se detuviera. Unas noches después, mientras el estudiante estaba sentado en silencio, Jiangxue entró sonriente y dijo: «Te traigo una buena noticia: el dios de las flores, conmovido por tu sincero afecto, ha permitido que Xiangyu descienda nuevamente al palacio». El estudiante preguntó: «¿Cuándo?». Ella respondió: «No lo sé, pero no ha de tardar mucho». Al amanecer, al levantarse del lecho, el estudiante le encomendó: «He venido por ti, no hagas que uno permanezca tanto tiempo en la soledad». La mujer sonrió y prometió cumplirlo. Pasaron dos noches sin que apareciera. El estudiante fue a abrazar el árbol, lo sacudió y acarició, llamándola repetidas veces sin obtener respuesta. Regresó entonces, preparó unos conos de moxa junto a la lámpara y se dispuso a ir a quemar el árbol. La mujer entró de repente, le arrebató la moxa, la arrojó lejos y dijo: «¡Haces travesuras maliciosas solo para lastimarme con ampollas! ¡Cortaré toda relación contigo!». El estudiante sonrió y la estrechó en sus brazos. Apenas se habían sentado cuando Xiangyu entró con gracia y soltura. Al verla, el estudiante rompió en llanto incontenible, se levantó a toda prisa y la tomó de las manos. Xiangyu sujetó a Jiangxue con una mano y ambas permanecieron en silencio, conmovidas y sollozantes. Al tomar asiento, el estudiante sintió que Xiangyu era etérea, como si solo se aferrara a sí mismo, y le preguntó lleno de asombro. Xiangyu respondió con lágrimas en los ojos: «Antes, yo era la diosa de las flores, por eso mi esencia era sólida; ahora soy el fantasma de una flor, por eso es difusa. Aunque hoy nos reunamos, no creas que es real, tómalo solo como un sueño». Jiangxue dijo: «¡Qué bueno que hayas venido, hermana! ¡He estado a punto de morir acosada por este hombre de tu casa!». Y se marchó. Xiangyu rió con la misma amabilidad de antes; sin embargo, al acurrucarse a su lado, parecía una mera sombra superpuesta a un cuerpo. El estudiante se sentía melancólico y desanimado. Xiangyu, lamentándose a su vez, le dijo: «Toma polvo de *baixian*, mézclalo con un poco de azufre y ofréceme una copa de agua todos los días; el próximo año, en este mismo día, retribuiré tu bondad». Y se despidió. Al día siguiente, al ir a observar el antiguo lugar, la peonía ya había brotado. El estudiante comenzó a cultivarla con esmero cada día y construyó además una barandilla tallada para protegerla. Cuando Xiangyu venía, su gratitud se multiplicaba. El estudiante planeó trasladarla a su casa, pero la mujer se negó, diciendo: «Mi delicada constitución no soporta otro daño. Además, todas las cosas tienen un lugar predestinado; vine aquí sin la intención de morar en la casa del señor, contravenirlo solo acortaría mis días. Si nos amamos mutuamente, ya habrá un día propicio para unirnos». El estudiante lamentaba que Jiangxue no apareciera. Xiangyu le dijo: «Si de veras deseas obligarla a venir, yo puedo hacer que lo haga». Entonces, llevó al estudiante con un candelabro encendido hasta el pie del árbol, tomó un tallo de hierba, midió la extensión con la palma de la mano para calcular el tronco del árbol, desde la base hacia arriba hasta alcanzar cuatro pies y seis pulgadas, señaló el lugar y le indicó al estudiante que lo rascase con ambas uñas al unísono. Al poco tiempo, se vio a Jiangxue salir por detrás, mientras reñía con una sonrisa: «¡Muchacha insolente, has venido a ayudar al tirano en sus fechorías!». Las tomó de las manos y las hizo entrar juntas. Xiangyu dijo: «¡No culpes a mi hermana! Te ruego que me hagas el favor de acompañar al joven señor; en un año ya no te molestaremos más». A partir de entonces, esto se convirtió en costumbre. El estudiante observaba cómo los brotes de las flores crecían cada día más vigorosos y lozanos; al acabar la primavera, ya medían cerca de dos pies. Al regresar a casa, dejó oro al daoísta y le encargó que las cultivara y cuidara mañana y tarde. Al llegar al palacio en el cuarto mes del año siguiente, vio que había una flor que aún conservaba sus capullos sin abrir. Mientras vagaba contemplativo, la flor comenzó a mecerse como si fuera a deshojarse; al poco rato se abrió, y era grande como un plato, con una pequeña belleza sentada en su interior, de apenas tres o cuatro dedos de altura. En un abrir y cerrar de ojos, descendió graciosamente y resultó ser Xiangyu, quien rió y dijo: «¡He soportado el viento y la lluvia para aguardar al señor, por qué has tardado tanto!». Y entró en la habitación. Jiangxue también llegó y dijo riendo: «Todos los días hacía las veces de esposa ajena, pero hoy, por fortuna, me retiro a ser una simple amiga». Y se pusieron a charlar alegremente. A altas horas de la noche, Jiangxue se marchó. Los dos se acostaron juntos, disfrutando de la misma armonía y afecto de antes. Más tarde, tras el fallecimiento de la esposa del estudiante, este se adentró en la montaña para no volver jamás. Por entonces, el tronco de la peonía ya era tan grueso como un brazo. El estudiante solía señalarlo y decía: «Algún día depositaré mi alma aquí, y he de nacer a la izquierda de ustedes». Las dos mujeres rieron y le dijeron: «Que no se le olvide al señor». Más de diez años después, enfermó repentinamente. Su hijo acudió a verlo y lloró afligido ante su lecho. El estudiante rió y dijo: «Este es el momento de mi nacimiento, no el de mi muerte, ¡a qué viene tanto llanto!». Luego le dijo al daoísta: «Pronto brotará un brote rojo con furia bajo la peonía, uno que al abrirse tenga cinco hojas; ese seré yo». Tras decir esto, no volvió a hablar. Su hijo lo llevó de regreso a casa, donde falleció de inmediato. Al año siguiente, brotaron efectivamente brotes gruesos y las hojas correspondieron exactamente al número anterior. El taoísta lo consideró un prodigio y redobló sus cuidados con el riego. Pasaron tres años y la planta creció varios pies de altura, tan gruesa que apenas podía abarcarse con los brazos, pero no florecía. Cuando el viejo taoísta murió, su discípulo, que no sabía apreciarla, la derribó a hachazos. La peonía blanca también se marchitó y murió; y al poco tiempo, la camelia de invierno (naitong) murió asimismo. El Historiador de lo Extraordinario comenta: «Aquellos cuya sinceridad en el afecto alcanza el extremo pueden conmover incluso a los dioses y a los fantasmas. Las flores siguen a los fantasmas, y los hombres confían en sus almas; ¿no es acaso porque el vínculo de su afecto es profundo? Con una partida, ambas murieron en sacrificio mutuo; incluso si no puede llamarse esto firmeza inquebrantable, al menos murieron por amor. Si los hombres no pueden ser constantes, es simplemente porque su afecto no es sincero. ¡Con qué razón Confucio, al leer el poema de los cerezos silvestres, exclamó: "Es que no los han pensado bien!"». Los Tres Inmortales Un erudito se dirigía a los exámenes en Jinling. Al pasar por Suqian, se encontró con tres letrados cuya conversación era sublime y desapegada, por lo que se detuvo a comprar vino y departir cordialmente con ellos. Cada uno reveló su nombre y apellido: uno se apellidaba Jie Qiuliang, otro Chang Fenglin y el tercero Ma Xichi. Bebieron profusamente y con gran deleite, sin percatarse de que el sol ya se ocultaba. Jie dijo: —No hemos cumplido con los deberes de anfitriones y, sin embargo, de repente hemos disfrutado de un espléndido banquete; la razón dicta que no debe ser así. Mi humilde cabaña no está lejos, podemos trasladarnos allí para pasar la noche. Chang y Ma se levantaron al unísono para retenerlo de las faldas y llamaron a sus criados para que todos los acompañaran. Al llegar a las colinas al norte de la ciudad, contemplaron de súbito un patio rodeado por corrientes de agua cristalina. Una vez dentro, las habitaciones estaban limpias y pulcras. Hicieron que un muchacho encendiera las lámparas y ordenaron acomodar a los servidores. Ma dijo: —En el pasado se unían las letras para hacer amigos; ahora que las fechas de los exámenes están cerca, no debemos desperdiciar esta hermosa noche. Propongo cuatro temas; hagamos papelitos, que cada uno tome uno al azar, y solo cuando los ensayos estén terminados beberemos. Los demás lo secundaron. Cada uno propuso un tema, los escribieron y los colocaron sobre la mesa; aquellos que los tomaban se sentaban junto al escritorio a meditar. Antes de que terminara la segunda guardia, todos habían terminado sus borradores y se los pasaban unos a otros para leerlos. El erudito leyó las tres obras y quedó profundamente admirado; las copió subrepticiamente y las guardó en su pecho. El anfitrión sirvió un vino excelente y, con copas gigantescas, los instó a beber apurándolos a vaciarlas, hasta que todos quedaron embriagados. El anfitrión guio entonces a los invitados a otro patio para que durmieran. Los huéspedes, ebrios, no tuvieron tiempo de quitarse los zapatos y se recostaron con la ropa puesta. Cuando despertó, el sol rojo ya estaba alto; al mirar a su alrededor, no había patios de ninguna clase, y amo y sirvientes yacían en medio de un valle montañoso. Quedó aterrorizado. Vio que a un lado había una cueva por la que fluía el agua con un murmullo, y se preguntó con desconcierto cómo se habían perdido. Al mirar en su pecho, las tres obras seguían allí. Preguntó a los lugareños y solo entonces supo que aquello era la «Cueva de los Tres Inmortales». Resulta que dentro de la cueva habitaban tres criaturas —un cangrejo, una serpiente y un sapo— que poseían gran espiritualidad; a menudo salían a pasear y se dejaban ver. El erudito ingresó a los exámenes y los tres temas fueron precisamente los escritos por los inmortales, por lo que gracias a ello fue seleccionado como el primer provincial (Jieren). Los Sirvientes Fantasmales Dos alguaciles del distrito de Licheng, cumpliendo órdenes del magistrado del distrito, Han Chengxuan, viajaron por asuntos oficiales a otras prefecturas y solo regresaron al atardecer del último día del año. En el camino se encontraron con dos hombres cuyos atuendos también se asemejaban a los de los servidores públicos, y marcharon juntos conversando. Los dos hombres afirmaron ser empleados de la prefectura. Los alguaciles dijeron: —Como agentes de arresto de Jicheng, conocemos a ocho o nueve de cada diez, pero ustedes dos nos resultan por completo desconocidos. Los dos respondieron: —Se los diremos con franqueza: somos alguaciles fantasmales del dios de la muralla y del foso (Chengghuang). Ahora vamos a entregar un documento oficial al Monte Taishan. Los alguaciles preguntaron: —¿De qué trata el documento oficial? Respondieron: —La gran calamidad de Jinan; lo que se reporta son las cifras y los nombres de aquellos que van a morir asesinados. Aterrorizados, preguntaron por la cifra. —Tampoco lo sabemos con exactitud, pero ronda cerca del millón —contestaron. Los alguaciles preguntaron por la fecha, y les respondieron: —El primer día del primer mes (Zhengshuo). Los dos alguaciles se miraron con espanto, calculando que al llegar a la prefectura coincidiría exactamente con la víspera de Año Nuevo, y temían perecer en el desastre; pero si se retrasaban, temían recibir el castigo de sus superiores. El fantasma dijo: —Violar el plazo establecido conlleva un delito menor, pero caer en medio de la calamidad trae un desastre mayúsculo. Deben huir a otra parte y no regresar por ahora. Los alguaciles le hicieron caso. Poco después, las tropas del norte llegaron en masa, masacraron Jinan y amontonaron un millón de cadáveres. Los dos hombres se ocultaron y lograron salvar la vida. Wang Shi El plebeyo Wang Shi de Gaoyuan cargaba sal a espaldas hacia Boxing. Por la noche, fue capturado por dos personas. Creyendo que eran alguaciles de los mercaderes locales, dejó caer la sal e intentó huir; mas sus pies se negaron a avanzar, por lo que terminó atado, lleno de pesar. Los dos le dijeron: —No somos hombres de los puestos de sal, ¡somos soldados fantasmas! Temeroso, Shi les suplicó que le permitieran ir a casa por un instante para despedirse de su esposa e hijos. Se lo negaron y replicaron: —Este viaje no significa que vayas a morir de inmediato; no es más que un servicio temporal. Shi preguntó: —¿Para qué asunto? Le respondieron: —El nuevo Rey Yama ha asumido su cargo en el inframundo y ha visto que el río Naihe está colmado de sedimentos, mientras que las letrinas de las Diez Ocho Prisiones están abarrotadas hasta el tope. Por ello, ha capturado a tres tipos de hombres para dragar el río: pequeños ladrones, falsificadores privados y contrabandistas de sal. A otro grupo se le ha ordenado limpiar los retretes: los músicos y artistas. Shi los siguió. Entraron por las murallas de la ciudad hasta llegar a una oficina oficial, donde vio a Yama en lo alto, que en ese momento verificaba los registros de nombres. Un fantasma se inclinó para informar: —Hemos capturado al contrabandista privado Wang Shi. Yama lo miró y, con enojo, exclamó: —¡Aquellos que trafican sal privada son quienes defraudan los impuestos nacionales arriba y explotan el sustento del pueblo abajo! En cuanto a aquellos que los funcionarios tiranos y los mercaderes corruptos del mundo señalan como contrabandistas de sal, todos son hombres buenos de estas tierras. La gente pobre arriesga un capital de monedas insignificantes en busca de una ganancia de unos pocos litros y onzas, ¡qué tiene esto de privado! Castigó a los dos fantasmas obligándolos a comprar cuatro *dou* de sal, los cuales, sumados a la carga que Shi llevaba, debían transportar y entregar en su casa como reemplazo. Retuvo a Shi, le entregó una maza de hueso de abrojo y le ordenó seguir a los diversos fantasmas para supervisar las obras del río. El fantasma guio a Shi hasta la orilla del río Naihe, donde vio que los obreros formaban una fila interminable como hormigas. Al mirar el agua del río, vio que era turbia y roja, con un hedor insoportable. Los dragadores iban completamente desnudos, sosteniendo cestas y palas, emergiendo y sumergiéndose en las profundidades. Huesos podridos y cadáveres descompuestos eran sacados a cuestas en canastas; en las partes más profundas, el agua los cubría por completo mientras luchaban por avanzar. A los perezosos los golpeaban implacable y directamente en la espalda y los muslos con las mazas de hueso. Su compañero de supervisión le dio una pastilla de alcanfor aromático del tamaño de un haba grande, ordenándole que la mantuviera en la boca al acercarse a la orilla. Shi vio que un mercader de la tienda de Gaoyuan también se encontraba allí, y solo con él tuvo un trato severo: al entrar al río, le azotaba la espalda; al subir a la orilla, le golpeaba los muslos. Temeroso, el mercader se sumergía por completo en el agua, y solo entonces Shi se detenía. Pasaron tres días y tres noches; la mitad de los obreros del río habían muerto, pero las obras concluyeron. Los dos fantasmas anteriores lo escoltaron de regreso a su hogar, donde despertó de golpe y con claridad. Antes de esto, Shi llevaba la sal y aún no había regresado. Al amanecer, su esposa abrió la puerta y encontró dos sacos de sal colocados en el patio, pero Shi tardaba demasiado en llegar. Envió a alguien a buscarlo por todas partes y lo hallaron muerto en el camino. Lo cargaron de vuelta a casa, donde conservaba un hilo de aliento imperceptible, sin comprender la causa. Al despertar, comenzó a relatar lo sucedido. El mercader de la tienda también había muerto el día anterior, y solo en ese momento había despertado. Los lugares golpeados por la maza se habían convertido en úlceras gigantescas; su cuerpo entero estaba podrido y ulcerado, y el hedor era tan insoportable que nadie podía acercarse. Shi fue a visitarlo a propósito. Al ver a Shi a lo lejos, el mercader aún encogía la cabeza bajo la colcha, como si continuara en el río Naihe. Un año después logró sanar por fin, y jamás volvió a dedicarse al comercio. El Escriba de lo Extraordinario comenta: ¡Ay, el asunto de la sal! Lo que la corte llama "privado" no es más aquello que no sigue lo oficial; lo que los oficiales y los mercaderes llaman "privado" es aquello que no sigue sus propios intereses privados. Recientemente, las nuevas regulaciones de Qi y Lu establecen que los mercaderes locales abren tiendas dondequiera que estén, limitando estrictamente sus jurisdicciones territoriales. No solo la gente de este distrito tiene prohibido ir a otro distrito, sino que incluso la gente de esta tienda tiene prohibido ir a otra tienda. Y dentro de las tiendas, secretamente colocan cebos para atraer a la gente de otros distritos: cuando venden a otros distritos, reducen el precio, pero cuando venden a los lugareños, multiplican el costo para encarecerlo. Y por si fuera poco, sitúan centinelas en los caminos para garantizar que nadie dentro de sus fronteras pueda escapar de su red. Aquellos dentro del territorio que se arriesgan a venir de otros distritos no reciben el perdón de la ley. Se tienden trampas unos a otros mutuamente, y los incautos aldeanos que cruzan las tiendas y fingen ser otros aumentan cada vez más. Una vez atrapados por los guardias, primero mutilan sus pantorrillas y muslos con cuchillos y palos antes de enviarlos ante los magistrados; los magistrados los cargan de grilletes y esposas, y a esto lo llaman "sal privada". ¡Ay, qué gran injusticia! No filtran los diez mil de impuestos como si fuera privado, ¡pero cargar con un par de litros y onzas de sal sí lo vuelve privado! Vender en el propio territorio a otro territorio no es privado, ¡pero comprar en el propio territorio dentro del propio territorio sí lo es! ¡Qué gran injusticia! Entre las leyes, las "Leyes de la Sal" son las más severas, y sin embargo, no prohíben a los pobres y desamparados soldados y civiles cargar sobre sus espaldas lo necesario para alimentarse fácilmente. ¡Pero ahora no se prohíbe nada de lo demás y se masacra exclusivamente a estos pobres y desamparados soldados y civiles! Y además, estos pobres y desamparados soldados y civiles tienen a sus esposas e hijos llorando hambrientos; arriba obedecen la ley y no roban, abajo conocen la vergüenza y no inician revueltas; sin otra alternativa, arriesgan diez madres para buscar un solo hijo. Si el distrito entero estuviera poblado por esta clase de gente, se podría "dejar la puerta sin cerrojo por la noche", ¡no son acaso los hombres buenos de este mundo! A esos mercaderes de tienda, no solo se les debería obligar a dragar el río Naihe, ¡sino que directamente se les debería mandar a limpiar las letrinas de las prisiones! Y los magistrados, durante los festivales de primavera y otoño, aceptan su momentáneo y efímero sustento para luego emplear las leyes de las tres pulgadas de hierro a fin de ayudarles a masacrar a nuestra buena gente. Siendo así, para el bienestar de la gente pobre, no hay mejor opción que convertirse en bandido o falsificador privado: los bandidos asaltan a plena luz del día y los oficiales actúan como si fueran sordos; los falsificadores tienen fuegos de forja que iluminan el cielo y los oficiales actúan como si fueran ciegos. Incluso si un día tuvieran que dragar el río, al menos no terminarían como los vendedores ambulantes que apenas obtienen una miseria antes de que el castigo oficial caiga sobre ellos de inmediato. ¡Ay! ¡Cuando arriba no existen maestros de benevolencia y compasión, sino que se escuchan y obedecen las leyes de los mercaderes corruptos, volviéndose cada día más arteras y retorcidas, cómo no iba a nacer cada día gente obstinada y cómo no iba a morir cada día la buena gente! Los comerciantes de los diversos distritos y mercados tenían la antigua costumbre de aportar anualmente una cierta cantidad de lingotes de plata por cada *shi* de sal al magistrado del condado, tributo conocido como «impuesto de la sal». Asimismo, en cada festividad y cambio de estación, preparaban generosos presentes. Cuando los mercaderes acudían a visitar al magistrado por algún asunto, este los trataba con cortesía, los invitaba a tomar asiento para conversar y, a veces, les ofrecía té. En cuanto a los buhoneros y vendedores ambulantes de sal que eran capturados, el castigo severo no se hacía esperar. Cuando el honorable magistrado Zhang Shi gobernaba el distrito de Zichuan, los comerciantes del mercado fueron a presentarse ante él. Siguiendo la antigua norma, hicieron una simple reverencia con las manos juntas ante el pecho, sin postrarse. El magistrado, enfurecido, les reprochó: —¡El magistrado anterior aceptaba vuestros sobornos y por eso se veía obligado a rendiros honores! Yo compro la sal que consumo como cualquier ciudadano; ¿qué clase de mercaderes sois vosotros, que os atrevéis a disputarme la etiqueta en el tribunal?! Dicho esto, se desató los cordones de los pantalones y ordenó azotarlos. Los mercaderes se golpearon la cabeza contra el suelo pidiendo clemencia, y solo entonces los perdonó. Más tarde, apresaron en el mercado a dos buhoneros clandestinos: uno logró escapar y el otro fue arrastrado ante la presencia del magistrado. El magistrado preguntó: —Eran dos los buhoneros, ¿a dónde fue el otro? El cautivo respondió: —Ha huido. El magistrado replicó: —¿Es que acaso tus piernas están enfermas y no puedes correr? —Puedo correr —respondió el hombre. El magistrado dijo: —Si ya has sido capturado, es obvio que no podrías haber escapado; pero si de verdad puedes hacerlo, levántate e intenta correr aquí mismo, para que comprobemos si eres capaz o no. El hombre dio unos pasos corriendo y quiso detenerse, pero el magistrado exclamó: ¡Corre y no te detengas! El individuo echó a correr a toda velocidad, atravesó las puertas del tribunal y se marchó. Cuantos lo presenciaron estallaron en risas. Las muestras de afecto y los actos de benevolencia del magistrado hacia el pueblo no fueron pocos; este tipo de anécdotas pintorescas eran recordadas con alegría por los habitantes del distrito. Gran varón   He Chenglie was a scholar from Chengdu. He had a wife and a concubine. The concubine's name was He Shao Rong. His wife passed away early, and he married Shen Shi. Shen Shi was extremely jealous and cruel to He, and He suffered greatly. He was constantly nagging and never had a moment's peace. He was furious and left. After he left, He gave birth to a son, a big boy. He didn't return, and Shen Shi wouldn't let He stay, so she calculated the days and gave He a small amount of grain. The big boy grew up gradually, and He spun and wove to make clothes to feed him. The big boy saw the students in the school reciting and reading, and he also wanted to learn. His mother said, "You're too young, I'll send you to school." The big boy was clever, and he learned quickly. His teacher was amazed and didn't ask for any tuition. He's been studying for two or three years, and he's mastered all the classics. One day, he returned home and said to his mother, "There are five or six students in the school, and they all beg their parents for money to buy bread. Why don't I get any?" His mother said, "Wait until you're older, I'll tell you." The big boy said, "I'm only seven or eight years old, when will I be older?" His mother said, "When you go to school, you'll pass by the Temple of Guan Yu, you should pay your respects, and it will help you grow up quickly." The big boy believed it and always went to pay his respects. His mother knew and asked him, "What did you pray for?" The big boy laughed and said, "I just prayed that I'll be 16 or 17 years old next year." His mother laughed at him. However, the big boy's studies and physical growth progressed rapidly: by the time he was ten years old, he looked like a 13 or 14-year-old; his essays were already complete chapters. One day, he said to his mother, "I said I would grow up and tell my father, now it's time." His mother said, "Not yet, not yet." Another year passed, and he suddenly became an adult, and his mother told him the whole story. The big boy was overcome with grief and wanted to go find his father. His mother said, "You're too young, and you don't know whether your father is alive or dead, why do you want to go look for him?" The big boy didn't say anything and left, but he didn't return by noon. He went to the school and asked the teacher, but the teacher hadn't eaten lunch yet. His mother was shocked and went out to hire people to search, but there was no sign of him. The big boy left home and ran along the road, not knowing where he was going. He met a person who was going to Daxi, and the person's surname was Qian. The big boy begged for food and followed him. Qian was sick and slow, so he hired someone to carry him, and his money was spent. They arrived in Daxi, and Qian gave him some food, but secretly poisoned it. The big boy fell asleep and didn't wake up. Qian took him to a big temple and claimed him as his own son. He pretended to be sick and sold him to the monks. The monks saw that he was handsome and unusual, and they competed to buy him. Qian got the money and left. There was a scholar from Luzhou, Jiang Xiucai, who had failed the exam and returned home. On the way, he asked about the big boy's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Luzhou, and Jiang introduced him to his family. After a month, he asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye to Jiang and wanted to go to Fujian. Jiang gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. 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They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Shao Rong was left alone for three or four years, and Shen Shi reduced her expenses and forced her to get married. He refused to be swayed. Shen Shi sold her to a merchant in Chongqing, who took her away. At night, she cut her throat with a knife. The merchant was afraid to press her, so he waited until she recovered, and then sold her to a merchant in Yanting. When they arrived in Yanting, she stabbed her heart and saw her internal organs. The merchant was terrified and applied medicine to her wound, which healed. He asked her to become a nun. The merchant said, "I have a business partner, and I don't have any immoral objects, I often want to find someone to sew and mend. This is no different from being a nun, and it will also compensate for my expenses." He Shao Rong agreed. The merchant took her to the temple and introduced her as his daughter. The master of the temple saw her and was moved, and gave her money to leave. There was a scholar from Baoning, who had passed the exam and returned home. On the way, he heard about He's situation and was moved by his filial piety, so he took him with him. They arrived in Baoning, and the scholar asked around and heard that there was a He surname in Fujian, so he said goodbye and wanted to go to Fujian. The scholar gave him clothes and shoes, and the villagers all contributed money to help him. On the way, he met two merchants who were going to Fuzhou and invited him to join them. They traveled for a few days, and the merchants looked at his money bag and took him to an empty place, tied him up, and took his money. Just then, there was a wealthy old man, Chen Weng, passing by, who untied him and took him home. Chen Weng was rich, and many merchants and traders came to his door. He told the north and south guests to look for He's whereabouts. He left the big boy to accompany the children studying. The big boy stayed with Chen Weng's family and no longer wandered around. However, the farther away he was from home, the more difficult it was to hear from his family. He Y Jia Lao, por su impotencia, ya no era capaz de cumplir con sus deberes maritales. Shen, que guardaba resentimiento hacia su hermano mayor por no haberle permitido vivir en paz en su hogar, intentó colgarse y arrojarse a un pozo, incapaz de soportar tal tormento. Furioso, Jia confiscó todas sus pertenencias y se dispuso a venderla como concubina; sin embargo, cuantos se enteraban la rechazaban por considerarla demasiado anciana. Como Jia iba a partir hacia Kui, la subió al carruaje y se la llevó con él. Al encontrarse con Xi en el mismo mercado, la situación coincidió plenamente con los deseos de este, por lo que se la vendió y se marchó. Al ver a Xi por primera vez, Shen, avergonzada y aterrorizada, no pronunció una sola palabra. Xi le preguntó a un comerciante del mismo mercado y llegó a conocer los contornos generales de la historia, por lo que le dijo: —Si hubieras topado con un hombre vigoroso, te habrías quedado en Baoning sin esperanzas de volver a vernos; esto también es obra del destino. No obstante, hoy te compro como concubina, no como esposa legítima; aun así, debes postrarte primero ante Zhaorong y observar los ritos debidos entre la esposa principal y las concubinas. Shen sintió una profunda vergüenza. Xi replicó: —¡En el pasado, cuando tú eras la esposa principal, cómo te portabas! He intentó disuadirlo y detenerlo, pero Xi se mostró inflexible; empuñando un bastón, se acercó para coaccionarla. No teniendo más remedio, Shen se postró ante ella. A pesar de ello, jamás se dignó a servirla ni atenderla, limitándose a realizar las labores domésticas en otra habitación. He la trataba con infinita indulgencia y benevolencia, sin tener el valor de exigirle diligencia ni reprochar su pereza. Cada vez que Xi conversaba y bebía té con Zhaorong, obligaba a Shen a servirles a su lado; He la reemplazaba de inmediato con una criada y no permitía que se quedara allí. Sucedió por entonces que el funcionario Chen Sizong fue nombrado magistrado de Yanting. Xi tuvo una pequeña disputa con un lugareño, y este denunció a Xi ante los tribunales por obligar a una esposa legítima a servir como concubina. El magistrado se negó a admitir la demanda y lo echó a gritos. Encantado, Xi se encontraba celebrando y alabando en secreto las virtudes del magistrado junto a He. Cuando la primera guardia de la noche hubo expirado, un sirviente llamó a la puerta golpeando los aldabones y, al entrar, anunció: —¡Ha llegado el señor magistrado! Aterrorizado al extremo, Xi buscó apresuradamente sus ropas y zapatos, pero el magistrado ya había llegado a la puerta de los aposentos privados. Sobrecogido aún más por el pánico, no sabía qué hacer. He, tras examinar la situación con calma, salió deprisa exclamando: —¡Es mi muchacho! Y prorrumpió en llanto. El magistrado se postró entonces en el suelo, sollozando con amargura. Resulta que el hijo mayor había adoptado el apellido del anciano Chen y ya ostentaba un cargo oficial. Al principio, cuando el magistrado había regresado de la capital, tomó un desvío para pasar por su antiguo hogar y fue entonces cuando supo que ambas madres se habían vuelto a casar, por lo que se golpeó el pecho con profunda aflicción y dolor. Los miembros del clan, sabiendo que el hijo mayor ya gozaba de nobleza y riqueza, le devolvieron sus tierras y su hogar. El magistrado dejó a un sirviente para que supervisara las obras de reconstrucción, albergando la esperanza de que su padre regresara. Más tarde, al recibir su nombramiento en Yanting, quiso incluso abandonar su cargo para buscar a su padre, pero el anciano Chen se lo desaconsejó con ruegos insistentes. Sucedió que encontró a un adivino y le pidió que consultara los oráculos. El adivino declaró: —Lo pequeño ocupará lo grande, el joven será el mayor; buscando un macho se obtendrá una hembra, buscando uno se obtendrán dos: ocupar un cargo oficial traerá buena fortuna. Así pues, el magistrado partió hacia su puesto. Como no pudo tener consigo a sus padres, durante su gestión como funcionario no probó la carne ni el vino. Aquel día, al recibir la querella del lugareño y ver el nombre de Xi, albergó sospechas. Envió en secreto a un emisario de confianza para investigar minuciosamente, descubriendo que se trataba efectivamente de su padre. Aprovechando la noche, salió disfrazado con ropa ligera. Al ver a su madre, reafirmó su fe en la infalibilidad del adivino. Antes de partir, le rogó que no divulgara la noticia, le entregó doscientos taels de oro y ordenó a su padre que preparara su equipaje para regresar al hogar natal. Cuando el padre llegó a su casa, halló los portones y los patios completamente renovados, con una gran provisión de sirvientes y corceles, luciendo por completo como una familia noble y acaudalada. Al ver la opulencia y el elevado estatus del hijo mayor, Shen se mostró aún más recatada y humilde. Su hermano Bao, incapaz de contener su indignación, acudió a los tribunales para disputar el estatus de esposa legítima en nombre de su hermana. El magistrado, tras investigar los hechos y comprender la verdad, exclamó con furia: —¡Codiciaste la riqueza para obligarla a casarse de nuevo, y ya ha pasado por dos maridos! ¿Con qué cara te atreves ahora a disputar los rangos de esposa legítima y concubina del pasado? Y mandó azotar severamente a Bao. A partir de entonces, las jerarquías y los nombres quedaron firmemente establecidos. En cuanto a He, Shen la trataba como a una hermana mayor. En materia de vestimenta y alimentos, jamás guardaba nada para sí con egoísmo. Si bien al principio Shen temía que esta se vengara, ahora sentía una vergüenza y un arrepentimiento aún mayores. Xi también olvidó sus ofensas del pasado y ordenó que tanto en el interior como en el exterior del hogar se le llamara Gran Madre, salvo que no poseía el título imperial oficial concedido por la corte. El Escriba de lo Extraordinario comenta: —¡Confundir y trastocar a todos los seres vivientes de este modo resulta inconcebible! ¡ cuán ingeniosa es la obra de la Creación! Si Xi era incapaz de sostenerse por sí mismo entre la esposa y las concubinas, no siendo más que un hombre mediocre y sin brillo, ¿cómo habría podido, de no ser por un hijo piadoso y una madre virtuosa, alcanzar esta extraña unión y disfrutar de la riqueza y los honores hasta el fin de sus días? *** Los extranjeros En el otoño del año *jisi*, un gigantesco navío llegó a la deriva a las costas de Lingnan, procedente del océano exterior. A bordo iban once personas que vestían ropajes de plumas de ave, de un colorido deslumbrante. Ellos mismos relataron: —Somos naturales del país de Luzón. Tras sorprendernos una tormenta que zozobró la embarcación, varias decenas de hombres murieron; solo nosotros once logramos aferrarnos a un madero gigante y fuimos arrastrados hasta una gran isla donde salvamos la vida. Durante cinco años enteros, nos alimentamos arrebatando pájaros e insectos de día, y por la noche nos ocultábamos en cavernas rocosas, tejiendo plumas para fabricar una vela. De pronto, otra embarcación a la deriva llegó hasta allí, desprovista de remos y velas, pues también había quedado destrozada por el viento en alta mar; así pues, nos apegamos a ella con la intención de regresar. Sin embargo, fuimos arrastrados de nuevo por un fuerte viento hasta Macao. El gobernador presentó un memorial ante el trono y se les envió de regreso a su país natal. *** El joven noble Wei El señor Wei era de una familia distinguida de Xianyang. De conducta disoluta y lujuriosa, no había sirvienta ni esposa de buen parecer con la que no mantuviera relaciones ilícitas. En cierta ocasión, cargó varios miles de taels de oro con la intención de recorrer todos los lugares famosos del mundo en busca de cortesanas; no hubo distrito próspero ni floreciente al que no acudiera. Si las mujeres no eran de su total agrado, partía tras dos noches; pero si alguna complacía sus deseos, se quedaba cien días. Su tío, también funcionario de renombre, se había retirado a su hogar y, furioso por tal conducta, contrató a un maestro ilustre y lo instaló en una residencia apartada, obligando al joven a estudiar allí a puerta cerrada junto con otros hijos de familias nobles. El señor Wei aguardaba hasta que el maestro dormía para saltar el muro y regresar a casa, volviendo antes del amanecer. Esto se convirtió en costumbre. Una noche, perdió el equilibrio al saltar y se fracturó el brazo; solo entonces supo el maestro lo ocurrido. Informó al tío, quien redobló los castigos con vara de bambú, negándose a aplicar medicinas hasta que el joven ya no pudo siquiera levantarse. Una vez sanado, el tío le impuso un pacto: si lograba leer el doble que sus primos y sus composiciones eran excelentes, no se le prohibiría salir; pero si escapaba a escondidas, sería azotado como antes. Sin embargo, el señor Wei era sumamente inteligente y su progreso en los estudios siempre superaba lo estipulado. Años después, aprobó los exámenes provinciales. Quiso romper el pacto por su propia voluntad, pero el tío lo refrenó con firmeza. Al partir hacia la capital para los exámenes metropolitanos, fue acompañado por un viejo sirviente a quien se entregó un diario para registrar cada palabra y acción del joven. Por ello, durante varios años no cometió falta alguna. Más tarde obtuvo el grado de Jinshi, y solo entonces relajó el tío ligeramente su vigilancia. Cuando el señor Wei sentía impulsos lascivos, temeroso de que su tío se enterara, solía adentrarse en los callejones de los placeres bajo el apellido falso de Wei. Un día, al pasar por Xi’an, vio a un joven actor llamado Luo Huiqing, de dieciséis o diecisiete años, tan delicado y hermoso como una bella doncella, y quedó prendado de él. Lo retuvo esa noche en íntimos abrazos y le hizo generosos regalos. Al saber que Luo acababa de desposarse con una mujer de singular encanto, el señor Wei le insinuó privadamente su deseo. Luo no mostró reparo alguno y, efectivamente, esa misma noche llevó a su esposa; los tres compartieron un mismo lecho. Tras permanecer juntos varios días, el afecto mutuo alcanzó su cenit. El señor Wei planeó llevarlos consigo a su hogar. Al preguntar por la familia de Luo, este respondió: «Mi madre murió cuando yo era niño; mi padre aún vive. Mi apellido original no es Luo. Mi madre sirvió desde joven en la familia Wei de Xianyang y fue vendida a la familia Luo; cuatro meses después nací yo. Si pudiera acompañar al señor, tal vez logre averiguar noticias de mis orígenes». El señor Wei, asombrado, preguntó el apellido de su madre. Luo contestó: «Se apellidaba Lü». El señor Wei se estremeció de horror; un sudor frío empapó todo su cuerpo, pues aquella mujer había sido sirvienta en su propia casa. Quedó sin palabras. Como ya había amanecido, les entregó abundantes regalos y aconsejó a Luo que cambiara de oficio. Fingiendo tener otro destino, prometió enviar a buscarlos a su regreso, y así se despidieron. Tiempo después, mientras ejercía como magistrado en Suzhou, conoció a una cortesana llamada Shen Weiniang, cuya elegancia y belleza eran incomparables; la tomó como favorita y la retuvo para sus intimidades. Bromeando, le dijo: «¿Acaso tu nombre de pila proviene del verso “Una melodía de primavera, Du Weiniang”?». Ella respondió: «No es así. Mi madre fue una famosa cortesana a los diecisiete años. Un noble de Xianyang, que compartía vuestro mismo apellido, la retuvo tres meses y pactó matrimonio con ella. Cuando aquel señor partió, ocho meses después nací yo; por eso me llamo Wei, que en realidad es mi verdadero apellido. Al despedirse, aquel señor le regaló un par de patos mandarines de oro, que aún conservamos. Pero nunca más dio señales de vida, y mi madre murió de pena y resentimiento. A los tres años quedé al cuidado de la anciana Shen, y por eso adopté su apellido». Al escuchar esto, el señor Wei sintió una vergüenza y un remordimiento tan profundos que no sabía dónde ocultarse. Guardó silencio largo rato, hasta que de pronto ideó un plan. Se levantó abruptamente, avivó la lámpara e invitó a Weiniang a beber, vertiendo a escondidas veneno mortal en su copa. Apenas ella tragó el brebaje, comenzó a convulsionarse y a gemir entre espasmos. Los presentes acudieron a verla, pero ya estaba muerta. Llamó entonces a los actores, les entregó el cadáver y los sobornó generosamente. Sin embargo, todos aquellos con quienes Weiniang había tenido amistad pertenecían a familias poderosas; al enterarse de lo sucedido, se indignaron y, mediante sobornos, incitaron a los actores a presentar una denuncia ante las autoridades superiores. El señor Wei, aterrado, vació sus bolsas para encubrir el crimen, pero finalmente fue destituido de su cargo por conducta frívola e imprudente. Regresó a su hogar con apenas treinta y ocho años, sintiendo profundo arrepentimiento por su pasado. Tenía cinco o seis esposas y concubinas, pero ninguna le había dado hijos. Deseaba adoptar a un nieto de su tío; mas este, considerando que su casa carecía de virtud doméstica y temiendo que el niño se contagiara de sus vicios, aunque accedió a la adopción, dispuso que el muchacho solo regresaría a su lado cuando él fuera viejo. El señor Wei, furioso, quiso hacer venir a Luo Huiqing, pero toda la familia se opuso, y tuvo que desistir. Algunos años más tarde, enfermó súbitamente y, golpeándose el pecho, exclamaba: «¡Quien fornica con sirvientas y frecuenta prostitutas no merece ser llamado hombre!». Su tío, al oírlo, suspiró: «¡Sin duda está próximo a morir!». Entonces envió al hijo de su segundo hijo a la casa del señor Wei para que le presentara sus respetos y cuidara de él. Poco más de un mes después, efectivamente falleció. El Historiador Extraño comenta: «Seducir sirvientas y frecuentar prostitutas engendra consecuencias tan nefastas que resultan casi indecibles. Mas reconocer como padre ajeno a quien lleva la propia sangre y huesos es ya motivo de gran vergüenza. Y que además los espíritus y dioses se burlen de él, induciéndolo a consumir su propia inmundicia, resulta aún más atroz. ¡Y aun así, no se abre el pecho ni se corta la cabeza en expiación, sino que suda de miedo y recurre al veneno! ¿No es acaso una cabeza humana que emite gruñidos de bestia? No obstante, los hijos engendrados por estos galantes caballeros, aun nacidos en el polvo del mundo mundano, siempre destacan por su talento excepcional». Shi Qingxu Xing Yunfei era oriundo de Shuntian. Amaba las piedras, y al ver una excelente, no escatimaba en generosas sumas para adquirirla. Ocasionalmente pescaba en el río cuando algo se enredó en su red; al tirar de ella para sacarla a pulso, resultó ser una piedra de un pie de longitud, intrincadamente tallada por los cuatro costados, con picos y cumbres superpuestos en exquisita belleza. Sintió una alegría extrema, como si hubiera hallado un tesoro extraordinario. Al regresar a casa, talló un pedestal de madera de sándalo púrpura y la consagró sobre su escritorio. Cada vez que el cielo amenazaba con llover, cada uno de sus orificios exhalaba nubes que, vistas a la distancia, parecían jirones de algodón nuevo. Cierto potentado local, al enterarse, se presentó en su puerta para pedir verla. Una vez que la tuvo a la vista, ordenó a sus fornidos sirvientes que la tomaran, montó a caballo y partió al galope. Xing, sin poder hacer otra cosa, solo pudo patear el suelo con frustración y dolor. El sirviente cargó la piedra hasta la orilla del río y, al detenerse a descansar sobre el puente, de repente perdió el sustento y la dejó caer a las aguas. El potentado, furioso, azotó al criado. Acto seguido, ofreció oro y contrató a buzos expertos para buscarla por todos los medios imaginables, pero jamás pudieron encontrarla. Finalmente, dejó una recompensa colgada en un aviso y se marchó. A partir de entonces, los buscadores de piedras abarrotaban el río cada día, sin que nadie lograra hallazgo alguno. Tiempo después, Xing llegó al lugar donde la piedra había caído y, asomado a la corriente, suspiró con amargura. Al ver que las aguas del río estaban perfectamente cristalinas, notó que la piedra seguía allí en el fondo. Xing experimentó una gran alegría, se quitó la ropa y se metió al agua, abrazándola para sacarla. La llevó consigo a casa y, sin atreverse a colocarla en los salones principales, aseó meticulosamente una habitación interior para consagrarla. Un día, un anciano llamó cortésmente a su puerta para pedir entrada. Xing le mintió diciendo que la piedra se había perdido hacía mucho tiempo. El anciano sonrió y dijo: «¿No es acaso aquella en la habitación de huéspedes?». Xing lo invitó entonces a pasar para demostrarle que no era así, pero al entrar, la piedra efectivamente se hallaba expuesta sobre la mesa. Quedó mudo de asombro. El anciano acarició la piedra y dijo: «Este es un objeto de mi familia, perdido hace ya mucho tiempo. ¿Con que ahora sigue aquí? Ya que la he visto, le ruego que me la devuelva». Xing, sumamente turbado, comenzó a disputar con él la propiedad de la piedra. El anciano sonrió y dijo: «Siendo un objeto de tu casa, ¿qué pruebas tienes?». Xing no supo qué responder. El anciano dijo: «Yo la conozco íntimamente. Tiene noventa y dos orificios en total, y en el agujero grande hay cinco caracteres grabados que dicen: "Ofrenda de Piedra del Cielo Qingxu"». Xing la examinó detenidamente y descubrió que en el orificio había efectivamente caracteres pequeños, tan finos como granos de mijo, que solo esforzando al máximo la vista podían distinguirse. Al contar los orificios, resultaron ser exactamente como el anciano había dicho. Xing no tuvo con qué replicar, pero se obstinó en no entregarla. El anciano sonrió y dijo: «Siendo de la familia de cualquiera, ¡pretendes hacer valer tu voluntad!». Y con un saludo de manos, salió. Xing lo acompañó hasta la puerta; al regresar, la piedra ya había desaparecido del lugar. Xing salió corriendo en su persecución, pero el anciano caminaba con paso tranquilo y no se había alejado. Lo alcanzó, le tiró de la manga y le suplicó con dolor. El anciano dijo: «¡Qué cosa tan extraña! Una piedra de un pie de largo, ¿acaso puede ocultarse en la manga o sostenerse con la mano?». Xing, comprendiendo que era un ser divino, lo arrastró a la fuerza de regreso y se arrodilló por largo tiempo para suplicarle. El anciano entonces le dijo: «¿Es la piedra de tu familia o de la mía?». —Es verdaderamente de usted —respondió Xing—, ¡tan solo le ruego que tenga a bien cedérmela! —Ya que es así, la piedra ciertamente está aquí. Al entrar a la habitación, la piedra ya se encontraba en su sitio original. El anciano dijo: «Los tesoros bajo el cielo deben pertenecer a quien los aprecia. Esta piedra ha sabido elegir a su dueño por sí misma, y a mí también me agrada. Sin embargo, dado que tenía prisa por manifestarse y ha salido a la luz demasiado pronto, su tribulación contra los demonios aún no ha sido purgada. En verdad pensaba llevármela y traerla de obsequio tras tres años. Ya que deseas retenerla, debes restarle tres años a tu esperanza de vida para poder permanecer con ella hasta el final de tus días. ¿Lo deseas?». —Lo deseo —respondió Xing. El anciano pellizcó entonces con dos dedos uno de los orificios, el cual se ablandó como el barro, y lo cerró con un movimiento de su mano. Tras cerrar tres orificios, se detuvo y dijo: «El número de orificios en la piedra es tu tiempo de vida». Se despidió con la intención de marchar. Xing le suplicó con ahínco que se quedara, pero la negativa de este fue muy firme; al preguntarle su nombre y apellido, tampoco quiso revelarlos, y se marchó. Pasó más de un año. Xing salió de viaje por asuntos personales, y una noche unos ladrones entraron en su casa. No se llevaron ninguna otra cosa, sino que robaron la piedra y huyeron. Al regresar, Xing sintió un dolor tan hondo que deseaba morir. La buscó e intentó comprarla por todas partes, sin hallar rastro alguno. Tras varios años, al entrar por casualidad en el Templo Baoguo, vio a un vendedor ambulante de piedras: ¡era el objeto original! Se dispuso a reclamarla de inmediato, pero el vendedor se negó a entregarla, por lo que llevaron la disputa ante el magistrado. El magistrado preguntó: «¿Qué pruebas tienen para verificarlo?». El vendedor fue capaz de recitar el número de orificios. Cuando Xing le preguntó por otros detalles, el hombre se mostró completamente perdido. Xing entonces mencionó los cinco caracteres dentro del orificio y las marcas de tres dedos, con lo cual su derecho quedó reivindicado. El magistrado quiso castigar con la vara al vendedor, pero este declaró que la había comprado por veinte taeles de plata en el mercado, por lo que fue puesto en libertad. Xing recuperó la piedra, la envolvió en brocado y la guardó dentro de un cofre. De vez en cuando la sacaba para contemplarla, quemando primero incienso exótico antes de extraerla. Cierto ministro de estado quiso comprársela por cien taeles de oro. Xing le respondió: «Aunque me ofrezcan diez mil taeles, no la cambiaré». El ministro, enfurecido, maquinó en secreto para perjudicarlo con falsas acusaciones. Xing fue arrestado y encarcelado, viéndose obligado a empeñar sus campos y propiedades. El ministro encargó a otra persona que insinuara sus intenciones al hijo de Xing. Cuando el hijo se lo comunicó, Xing expresó su deseo de morir antes que separarse de la piedra. Su esposa, confabulándose en secreto con el hijo, entregó furtivamente la piedra a la mansión del ministro. Al salir de prisión, Xing se enteró de esto; maldijo a su esposa, golpeó a su hijo y en repetidas ocasiones intentó ahorcarse, pero al ser descubierto y rescatado por su familia, logró no morir. Aquel anochecer soñó que un hombre se le presentaba y le decía: «Soy el espíritu de la piedra Qingxu». Y le amonestó a no entristecerse: «Solo me separaré de ti por poco más de un año. El próximo año, el día veinte del octavo mes, al alba, podrás acudir a la Puerta Haidai y rescatarme por dos monedas de cobre». Al despertar, Xing recordó el sueño con alegría y anotó cuidadosamente la fecha. En la mansión del ministro, la piedra ya no emitía nubes extraordinarias, por lo que con el tiempo dejaron de otorgarle gran valor. Al año siguiente, el ministro fue destituido por sus crímenes y murió al poco tiempo. Xing acudió puntualmente a la cita en la Puerta Haidai; allí se encontró con que los sirvientes del difunto ministro estaban vendiendo la piedra a escondidas, por lo que la compró por dos monedas de cobre y regresó con ella a casa. Años después, cuando Xing alcanzó la edad de ochenta y nueve años, preparó sus propias exequias y le encomendó a su hijo que, sin falta, lo enterraran junto con la piedra. Al morir, el hijo obedeció sus últimas voluntades y sepultó la piedra dentro de su tumba. Aproximadamente medio año después, unos ladrones abrieron la tumba y se llevaron la piedra. El hijo se enteró, pero no había forma de perseguirles ni exigirles cuentas. Dos o tres días más tarde, mientras iba por el camino junto a un sirviente, de repente vio a dos hombres que corrían tropezando y bañados en sudor; se postraron hacia el vacío y exclamaron: —¡Maestro Xing, no nos persiga con tanta dureza! Nosotros dos nos llevamos la piedra, pero apenas la vendimos por cuatro taeles de plata. De inmediato los ató y los entregó a las autoridades; en el primer interrogatorio ambos confesaron. Al preguntar por la piedra, resultó que había sido vendida a la familia Gong. Trajeron la piedra de vuelta, y el magistrado, prendado de su belleza y deseando conservarla, ordenó que la guardaran temporalmente en los almacenes oficiales. Cuando un empleado público levantó la piedra, esta cayó de repente al suelo y se hizo añicos en varias decenas de pedazos. Todos perdieron el color del rostro. El magistrado, entonces, cargó de pesados grillos a los dos ladrones y los condenó a muerte. El hijo de la familia Xing recogió los fragmentos de la piedra y volvió a enterrarlos dentro de la tumba. El Historiador de lo Extraordinario comenta: «Las cosas de extraordinaria magnificencia son la morada misma de la desgracia. ¡Llegar al extremo de querer entregar el cuerpo en sacrificio por una piedra es también caer en la más extrema necedad! Sin embargo, al final, la piedra y el hombre concluyeron sus días juntos; ¿quién se atrevería a decir que la piedra carece de sentimientos? El viejo dicho proclama: *"Un erudito muere por aquel que lo comprende"*. ¡Y no es exageración! Si una piedra es capaz de tanto, ¡cuánto más no lo será el hombre!» Zeng Youyu El anciano Zeng era oriundo de Kunyang. Cuando el anciano acababa de fallecer y aún no había sido colocado en el atúd, de ambas cuencas de sus ojos brotaron lágrimas tan abundantes como agua de fregadero. Tenía seis hijos, pero ninguno comprendía el motivo. El segundo hijo, Ti, cuyo nombre de cortesía era Youyu, era un letrado de renombre en el distrito y lo consideró un presagio funesto, por lo que amonestó a sus hermanos a ser cautivos cada uno por su cuenta y no legar más pesares a su difunto padre; sin embargo, la mitad de los hermanos se rieron de él con socarronería. Anteriormente, la esposa legítima del anciano había dado a luz al hermano mayor, Cheng, pero cuando este tenía siete u ocho años, madre e hijo fueron raptados por bandidos feroces. El anciano tomó una esposa secundaria, con la cual engendró tres hijos: Xiao, Zhong y Xin. Una concubina dio a luz a otros tres hijos: Ti, Ren y Yi. Xiao, considerando que Ti y los demás provenían de un vientre humilde, los despreciaba y no los consideraba de su misma clase, por lo que se alió con Zhong y Xin para formar una camarilla. Incluso cuando bebía con invitados y Ti y los demás pasaban por debajo del corredor, los ignoraba con arrogancia y no les guardaba las debidas cortesías. Tanto Ren como Yi se enfurecieron y, confabulándose con Youyu, quisieron tomar represalias. Youyu los consoló y disuadió con un centenar de palabras, y aunque ellos no accedieron del todo a sus planes, como Ren y Yi eran los más jóvenes, terminaron por detenerse debido a las palabras de su hermano. Xiao tenía una hija que estaba casada con un miembro de la familia Zhou del distrito, la cual enfermó y murió. Xiao incitó a Ti y a los demás a ir a golpear a la suegra de la difunta, pero Ti se negó. Enfurecido, Xiao ordenó a Zhong y Xin que se unieran a los granujas del clan para ir a capturar a la esposa de Zhou, a quien golpearon y castigaron sin medida, arrojando su grano y destruyendo sus utensilios, sin dejar ni una sola vasija intacta. Los Zhou presentaron una demanda ante el magistrado. El magistrado, montado en cólera, mandó arrestar y encarcelar a Xiao y a los demás, disponiéndose a dictar su destitución oficial. Temeroso, Youyu se presentó ante el magistrado y se entregó por propia voluntad. Como la conducta y moral de Youyu siempre habían sido muy respetadas por el magistrado, los hermanos lograron librarse de sufrir tormentos. Youyu entonces se dirigió a la residencia de los Zhou cargando espinas en la espalda para suplicar perdón; y como los Zhou también apreciaban y respetaban a Youyu, el litigio finalmente cesó. Cuando Xiao regresó a casa, jamás le guardó gratitud a Youyu. Al poco tiempo, falleció la madre de Youyu, la señora Zhang, pero Xiao y los demás no guardaron luto por ella y continuaron bebiendo y festejando como de costumbre. Ren y Yi se indignaron aún más. Youyu dijo: «Esa es la falta de educación de ellos, ¿en qué me perjudica a mí?». Llegado el día del entierro, Xiao y los suyos bloquearon la puerta del cementerio impidiendo que el cuerpo fuera sepultado en la cripta familiar. Youyu no tuvo más remedio que enterrar a su madre en el túnel de acceso. Al poco tiempo falleció la esposa de Xiao, e Youyu invitó a Ren y a los dos hermanos a acudir juntos a rendir el pésame. Los dos respondieron: «¡Ni siquiera hablemos del luto de un año (*qi*), qué clase de luto de nueve meses (*gong*) nos corresponde!». Al insistir en aconsejarlos, se dispersaron en medio de alborotos. Youyu acudió entonces solo, y al llorar ante el féretro manifestó toda su aflicción. Al oír a través de la pared que Ren y Yi tocaban tambores y flautas, Xiao se enfureció y convocó a los demás hermanos para ir a golpearlos. Youyu tomó un bastón y se adelantó. Al entrar en su casa, Ren se percató y huyó primero. Justo cuando Yi salía saltando el muro, Youyu lo derribó golpeándolo por la espalda. Xiao y los demás se abalanzaron con puños y bastones, propinándole una paliza sin cesar. Youyu interpuso su cuerpo para bloquearlos. Enfadado, Xiao reprendió a Youyu. Youyu respondió: «A quien se reprende es a ellos por su falta de respeto, pero su culpa ciertamente no amerita la muerte. No tolero la maldad de mis hermanos, pero tampoco secundaré la violencia de mis hermanos mayores. Si su ira no se mitiga, sufriré el castigo en su lugar». Entonces Xiao comenzó a golpear a Youyu con el bastón al revés, y Zhong y Xin también ayudaron a golpear a su hermano, con gritos que resonaban por todo el vecindario, hasta que la multitud se congregó para disuadirlos y finalmente se dispersaron. Youyu, apoyándose en su bastón, se encaminó a casa de su hermano mayor a suplicar castigo por su culpa. Xiao lo expulsó, impidiéndole permanecer en el lugar del duelo. Y como las heridas de Yi eran gravísimas, ya no podía comer ni beber. Ren redactó una demanda en su nombre ante el tribunal para acusar a los hermanos de no haber guardado los ritos de luto por su madre secundaria. El magistrado emitió una orden de arresto contra Xiao, Zhong y Xin, y ordenó a Youyu presentar su declaración. Youyu, debido a que su rostro y su cuerpo estaban gravemente lesionados, no pudo presentarse en la yamen, pero redactó un memorial explicando los hechos y suplicando el cese del asunto, por lo que el magistrado dio el caso por cerrado. Yi también sanó al poco tiempo. A partir de entonces, el rencor y el odio se hicieron aún más profundos. Como Ren y Yi eran jóvenes y débiles, constantemente sufrían azotes y palizas. Quejosos, le reclamaban a Youyu: «¡Todos tienen hermanos, solo nosotros no los tenemos!». Youyu replicó: «Estas dos palabras debería decirlas yo, ¡qué dicen ustedes, mis dos hermanos!». Y aunque intentó consolarlos con amargura, jamás quisieron escucharle. Youyu entonces cerró sus puertas con cerrojo, tomó a su esposa y a sus hijos y pidió hospedaje en otro lugar, mudándose a más de cincuenta *li* de su hogar, con la esperanza de no volver a saber de ellos. Mientras Youyu había estado en casa, aunque no ayudaba a sus hermanos menores, Xiao y los demás aún guardaban cierta cautela; pero una vez que él se marchó, cada vez que los hermanos mayores cometían un error, se la pasaban vociferando e insultando frente a su puerta, agraviando incluso el nombre de su difunta madre. Al juzgar que no podían hacerles frente por la fuerza, Ren y Yi se encerraban en su casa pensando en aprovechar cualquier descuido para apuñalarlos, y cada vez que salían llevaban consigo una daga oculta. Un día, el hermano mayor Cheng, quien había sido raptado por los bandidos, regresó de repente huyendo con su esposa. Como la casa familiar se hallaba dividida desde hacía mucho tiempo, los hermanos se reunieron a debatir durante tres días sin encontrar un solo lugar donde alojarlo. Ren y Yi, secretamente alegres, lo invitaron a irse a vivir con ellos y a mantenerlo entre todos. Fueron a avisarle a Youyu. Youyu se alegró, regresó a la casa y compartió sus tierras y su vivienda para alojar a Cheng. Los otros hermanos, enfurecidos al ver aquello como un intento de ganarse el favor popular, se presentaron en su puerta para humillarlos y acosarlos. Pero Cheng, habiendo permanecido tanto tiempo entre los bandidos y estando acostumbrado a la ferocidad, montó en cólera y bramó: «¡Cuando regresé, no hubo nadie dispuesto a ofrecerme ni una sola habitación; por fortuna, mis tres hermanos menores recordaron los lazos de sangre y aun así los culpan y reprenden! ¿Acaso pretenden expulsarme?». Acto seguido, le lanzó una piedra a Xiao, derribándolo al suelo. Ren y Yi salieron con sendos bastones, atraparon a Zhong y a Xin, y los azotaron sin medida. Cheng entonces demandó al magistrado, y este nuevamente envió a alguien a pedir consejo a Youyu. Youyu se presentó ante el magistrado, inclinó la cabeza sin pronunciar palabra y se limitó a derramar lágrimas. Cuando el magistrado le preguntó por el motivo, respondió: «Solo suplico el juicio imparcial de Su Señoría». El magistrado dictaminó entonces que Xiao y los demás debían entregar parte de sus propiedades agrícolas para dárselas a Cheng, haciendo que las porciones se equilibraran en un setenta por ciento. A partir de entonces, Ren, Yi y Cheng redoblaron su afecto y respeto mutuo, y cada vez que conversaban sobre el asunto del entierro de su madre, rompían a llorar juntos. Cheng, lleno de indignación, exclamó: «¡Ser tan infames como ellos es verdaderamente comportarse como bestias!». Y de inmediato quiso abrir el túmulo funerario para volver a sepultarla debidamente. Ren corrió a avisarle a Youyu, y este regresó apresuradamente para disuadirlo y detenerlo. Cheng no quiso escucharle, fijó una fecha para exhumar la tumba y celebró ceremonias budistas y taoístas en el cementerio. Tomando un cuchillo para cortar las ramas de un árbol, advirtió a sus hermanos: «¡Aquel que no vista ropas de luto de cáñamo para acompañarme en esto, sufrirá el mismo destino que este árbol!». Todos asintieron sumisamente con un «sí». En consecuencia, toda la familia acudió a llorar el duelo y el nuevo sepelio se llevó a cabo cumpliendo estrictamente con todos los ritos. Desde entonces, los hermanos vivieron en paz. Cheng era de temperamento fuerte y violento, y a menudo reprendía y golpeaba a sus hermanos menores, ensañándose especialmente con Xiao. Sin embargo, valoraba enormemente la fraternidad; por más furioso que estuviera, tan pronto como Youyu llegaba, una sola palabra bastaba para disipar su enojo. Cada vez que Xiao cometía una falta contra la piedad filial, Cheng montaba en cólera, por lo que Xiao no pasaba un solo día sin acudir a la residencia de Youyu para despotricar y maldecir a espaldas de su hermano mayor. Youyu le aconsejaba con suavidad, pero él jamás escuchaba. Incapaz de soportar tal hostigamiento, Youyu volvió a mudarse, esta vez a Sanbo, alejándose aún más de su hogar, por lo que las noticias y sus pasos se volvieron cada vez más escasos. Pasaron otros dos años. Todos los hermanos le temían a Cheng, y con el tiempo se acostumbraron a ello. Para entonces, Xiao tenía cuarenta y seis años y había engendrado cinco hijos: el mayor, Jiye, y el tercero, Jide, eran hijos de la esposa legítima; el segundo, Jigong, y el cuarto, Jiji, eran hijos de concubinas; además, una sirvienta dio a luz a Jizu. Todos ellos habían crecido y alcanzado la madurez. Siguiendo los viejos hábitos de su padre, formaron bandos enfrentados y competían a diario sin que Xiao pudiera reprenderlos ni detenerlos. Solo Jizu, que no tenía hermanos de madre y era el más joven de todos, era blanco de las reprimendas y crueles insultos de sus hermanos mayores. La casa de sus suegros quedaba cerca de Sanbo. Ocurrió que, al ir a visitarlos, Jizu desvió su camino para ir a ver a su tío. Al cruzar el umbral, vio que los dos hijos y un hermano menor del hogar de su tío estudiaban los clásicos con alegría y armonía. Quedó encantado y se demoró tanto que se negó a regresar. Su tío lo instó a partir, pero el muchacho le suplicó llorando que le permitiera quedarse como huésped. Youyu le dijo: —¡Tus padres ni siquiera lo saben! ¿Acaso escatimaría yo un cuenco de arroz o un trago de agua? Entonces lo dejó marchar de regreso. Tras transcurrir unos meses, Jizu y su esposa fueron a felicitar a su suegra por su cumpleaños. Al despedirse, el joven le dijo a su padre: —Este viaje de su hijo no tendrá retorno. Su padre lo interrogó, y Jizu acabó por revelarle su profundo secreto. Temiendo que su padre guardara viejos resentimientos contra su tío y considerando difícil una estancia prolongada, el muchacho replicó: —Padre, sus preocupaciones son infundadas. Mis dos tíos son verdaderos sabios. Dicho esto, partió llevándose a su esposa a Sanbo. Youyu le asignó una dependencia para que viviera allí y, tratándolo como correspondía a su rango de hermano menor, lo puso a estudiar bajo la tutela de su hijo mayor, Jishan. Jizu era el más inteligente de todos. Tras estar matriculado en Sanbo por más de un año, ingresó a la escuela del condado de Yunnan. Junto con Jishan, se encerraban a estudiar con esmero, y Jizu recitaba los textos con el mayor de los sufrimientos y esfuerzo. Youyu le tenía un gran afecto. Desde que Jizu se instaló en Sanbo, los hermanos en el hogar familiar se llevaron cada vez peor. Un día, tras un ligero intercambio de palabras, Jiye insultó con dureza a la concubina que era madre de Jigong. Encolerizado, Jigong sacó su espada y mató a Jiye. Las autoridades arrestaron a Jigong, lo cargaron con pesados grilletes y a los pocos días murió en prisión. La esposa de Jiye, de apellido Feng, se pasaba el día entero maldiciendo en lugar de llorar. Al enterarse, la esposa de Jigong, de apellido Liu, montó en cólera y exclamó: —¡Los hombres de tu familia han muerto, pero ¿acaso los hombres de qué familia siguen con vida?! Empuñando un cuchillo, irrumpió en la casa, apuñaló hasta la muerte a la señora Feng y luego se arrojó a un pozo para suicidarse. El padre de la señora Feng, Dali, lamentando la trágica muerte de su hija, reunió a sus hijos y parientes, ocultando armas bajo sus ropas, y fue a capturar a la esposa de Xiao, a quien desnudaron y azotaron públicamente en los caminos para humillarla. Al enterarse, Cheng rugió de furia: —¡Los miembros de mi familia mueren como moscas y aun así los Feng se atreven a actuar de esta manera! Salió bramando de la casa. Todos los miembros del clan Zeng lo siguieron, y los de la familia Feng fueron arrollados por completo. Cheng fue directamente a capturar a Dali y le cortó ambas orejas. Los hijos de este intentaron rescatarlo, pero Ji y Ji acudieron con varas de hierro y los golpearon de costado, fracturándoles las dos piernas. Los miembros de los Feng resultaron heridos y masacrados, dispersándose en desbandada entre gritos y tumultos. Solo un hijo de la familia Feng quedó tendido a la orilla del camino. Cheng lo levantó, lo sostuvo bajo el brazo y lo devolvió a la aldea de los Feng antes de regresar. De inmediato, ordenó a Jiji que se presentara ante las autoridades para entregarse. La denuncia de los Feng también llegó al magistrado. En consecuencia, todos los miembros de los Zeng fueron arrestados, salvo Zhong, quien logró huir. Zhong llegó a Sanbo y merodeaba con inquietud a las puertas de la casa. Dio la casualidad de que Youyu regresaba de rendir los exámenes provinciales en compañía de un hijo y un sobrino. Al ver a Zhong, exclamó con asombro: —¿Cómo es que has venido, hermano menor? Zhong, sin atreverse a hablar, rompió a llorar y se arrodilló profundamente a la orilla del camino. Youyu lo tomó de la mano, lo levantó y lo hizo entrar. Al interrogarlo y enterarse de la verdad de los hechos, exclamó espantado: —¡Ante semejante situación, qué se puede hacer! Sin embargo, esta discordia en nuestra familia auguraba desde hace mucho una catástrofe extraordinaria; de no ser así, ¿cómo habría yo huido y venido a parar aquí? No obstante, llevo tanto tiempo lejos de casa que no mantengo comunicación con el magistrado; si me postro ahora ante él arrastrándome, solo conseguiré atraer la ignominia sobre mí. Con tal de que el padre y el hijo de la familia Feng no mueran a causa de sus graves heridas, y si por fortuna alguno de los tres que nos presentaremos a los exámenes resulta aprobado, tal vez esta calamidad pueda mitigarse un poco. Así pues, lo hizo quedarse. De día comían juntos y de noche compartían el lecho. Zhong se sentía profundamente conmovido y avergonzado. Tras pasar más de diez días allí, al ver que su tío y su sobrino se trataban como padre e hijo, y que los hermanos convivían como si hubieran salido del mismo vientre, rompió a llorar con amargura y confesó: —¡Es hoy cuando comprendo que antes yo no era un ser humano! Youyu se alegró de su arrepentimiento y, al mirarlo, ambos sintieron una profunda y dolorosa compasión. Al poco tiempo, llegó la noticia de que Youyu, su hijo y su sobrino habían aprobado juntos los exámenes provinciales, y que Jizu había obtenido además un puesto en la lista secundaria. La alegría fue inmensa. En lugar de acudir a la capital para el banquete imperial de felicitación, Youyu regresó primero a su lugar de origen para rendir culto en las tumbas ancestrales. En los últimos años de la dinastía Ming, los grados académicos eran tenidos en la más alta estima, por lo que todos los miembros del clan Feng contuvieron el aliento y se aquietaron. Entonces, Youyu confió a parientes y amigos la entrega de oro y grano para cubrir los gastos médicos de los heridos, y con ello el litigio quedó zanjado. Toda la familia lloró de gratitud hacia Youyu y le suplicó que regresara definitivamente al hogar. Youyu convocó entonces a sus hermanos, quemaron incienso y realizaron un solemne juramento para que cada uno purificara su mente y comenzara de nuevo, tras lo cual trasladó a toda su familia de regreso a la casa familiar. Jizu siguió a su tío y no consintió en volver a su propia casa. Al verlo, Xiao le dijo a Youyu: —Yo carezco de virtud y no merezco tener un hijo que enaltezca el linaje; tú, en cambio, sabes educar con rectitud. Permíteme que por ahora sea tu hijo. Cuando llegue el momento en que alcance algún pequeño mérito, podrás devolvérmelo. Youyu accedió. Tres años más tarde, Jizu aprobó con éxito los exámenes imperiales provinciales en la capital. Al tener que mudarse con su familia, él y su esposa partieron entre amargos llantos. Pocos días después, un hijo de Jizu que apenas tenía tres años huyó por su cuenta y regresó a la casa de Youyu; lo escondieron en la recámara de Jishan y se negaba a marchar; cada vez que intentaban llevárselo a la fuerza, escapaba de nuevo. Al fin, Xiao ordenó que Jizu viviera en otra residencia contigua a la de Youyu. Jizu mandó abrir una puerta que comunicaba directamente con la casa de su tío, y en ambas viviendas los saludos matutinos y vespertinos se cumplían con idéntica devoción. Para entonces, Cheng había envejecido gradualmente, y todos los asuntos del hogar se decidían bajo la autoridad de Youyu. Desde aquel momento, el hogar y el patio recuperaron la paz y la armonía, siendo célebres por su piedad filial y su hermandad. El Historiador de lo Extraño comenta: «En el mundo, solo las bestias conocen a su madre pero ignoran a su padre. ¡Cómo es posible que los hogares versados en las poesías y los clásicos caigan a menudo en lo mismo! Pues las costumbres intramuros impregnan a los hijos y nietos hasta penetrarles en los huesos y la médula. Los antiguos decían: "Si el padre roba, el hijo sin falta cometerá asaltos", y tales son las funestas consecuencias de este flujo. Aunque Xiao no era benevolente, su retribución también fue trágica; sin embargo, al fin logró reconocer su propia falta de virtud y confió a su hijo a su hermano, mereciendo así tener un vástago de corazón cauto y previsor ante los peligros. En cuanto a hablar de retribuciones kármicas, eso ya resulta demasiado lejano». El Joven Señor de Jiaping Un joven noble de Jiaping poseía una estampa y un refinamiento de gran belleza. A la edad de diecisiete o dieciocho años, entró en la comandancia para rendir los exámenes de los eruditos novatos. Al pasar por casualidad frente a la puerta de la casa de la cortesana Xu, vio en el interior a una bella doncella de dieciséis años, por lo que fijó su mirada en ella. La joven sonrió y asintió con la cabeza, y el joven se le acercó para conversar. La doncella preguntó: «¿Dónde os hospedáis?», y él se lo reveló por completo. Preguntó: «¿Hay alguien en vuestra morada?», a lo que respondió: «Nadie». La doncella dijo: «Esta humilde servidora os hará una visita por la noche, procurad que nadie lo sepa». El joven regresó y, al atardecer, despidió a los criados. La doncella llegó en efecto, diciendo de sí misma: «Mi nombre de pila es Wenji». Y añadió: «Este servidor vuestro admira el talento y la elegancia del joven señor, por lo que he desobedecido a la matrona para venir aquí. Con este pequeño sentir, deseo consagraros mi vida entera». El joven también se alegró. A partir de entonces, cada dos o tres noches venía sin falta. Una tarde, llegó bajo una intensa lluvia; al entrar, se quitó las ropas húmedas y las colgó en el perchero; luego se despojó de las pequeñas botas que calzaba en los pies y le pidió al joven que las librara del lodo. Acto seguido, subió a la cama y se cubrió con las colchas. El joven examinó las botas: eran de brocado nuevo de cinco hilos, y estaban casi empapadas por completo; sintió lástima por ellas. La doncella dijo: «Este servidor vuestro no se atreve a usar una prenda humilde para haceros trabajar, sino que desea que el joven señor comprenda cuán obcecada en el amor está mi alma». Al escuchar que el sonido de la lluvia fuera de la ventana no cesaba, recitó entonces: «Vientos gélidos y lluvia fría cubren toda la ciudad fluvial». Y le pidió al joven que continuara el verso. El joven se disculpó diciendo que no lo comprendía. La doncella dijo: «Siendo el joven señor una persona de tal alcurnia, ¿cómo es posible que ignoréis el refinamiento literario? ¡Habéis extinguido el puro entusiasmo de esta servidora!». En consecuencia, lo instó a estudiar y practicar, a lo que el joven accedió. Como sus idas y venidas eran frecuentes, los criados llegaron a enterarse de todo. El esposo de la hermana mayor del joven, de apellido Song, pertenecía también a una familia distinguida; al enterarse, le suplicó en secreto al joven que le permitiera ver a Wenji tan solo una vez. El joven se lo planteó a la doncella, pero ella se negó en redondo. Song se ocultó entonces en el cuarto de los criados y, al aguardar la llegada de la doncella, se puso a acecharla a través de la ventana, quedando tan obnubilado que parecía enloquecer. Se apresuró a abrir la puerta de un empujón; la doncella se levantó, saltó el muro y huyó. Song sintió una añoranza tan intensa que preparó regalos de presentación para la matrona Xu, solicitando explícitamente a la joven por su nombre. La matrona respondió: «Cierto es que hubo una Wenji, pero falleció hace ya mucho tiempo». Song retrocedió estupefacto y se lo contó al joven, quien por fin comprendió que se trataba de un fantasma. Al llegar la noche, el joven le relató a la doncella lo dicho por Song. La doncella replicó: «Es la pura verdad. Visto que el señor deseaba obtener una bella mujer, este servidor vuestro también deseaba conseguir un varón apuesto. Con que cada uno alcance su deseo basta, ¿qué importa si somos humanos o fantasmas?». El joven lo consideró razonable. Terminados los exámenes, emprendió el regreso y la doncella lo acompañó. Los demás no podían verla, solo el joven era capaz de hacerlo. Al llegar a casa, la instaló en el estudio. El joven dormía solo y no regresaba a la recámara principal, lo cual hizo sospechar a sus padres. Cuando la doncella regresó de visitar a su familia materna, el joven finalmente se lo confesó en secreto a su madre. Su madre se alarmó sobremanera y le advirtió al joven que rompiera con ella, pero este fue incapaz de obedecer. Sus padres sintieron una profunda preocupación y, aunque recurrieron a mil tretas para expulsarla, no lograron que se fuera. Cierto día, el joven recibió una comunicación oficial para los criados y la colocó sobre el escritorio; abundaban en ella los errores y los caracteres erróneos: donde decía *jiao* (pimienta) se había convertido por error en *shu* (legumbre); donde decía *jiang* (jengibre) se había vuelto *jiang* (río); y la expresión «qué lamentable» aparecía equívocamente como «qué desenfrenado». Al verla, la doncella escribió en el reverso: «¿Por qué "desenfrenado"? ¡Las legumbres florecen en el río! Si se tiene un marido así, ¡más valdría dedicarse a la prostitución!». Tras esto, le dijo al joven: «Este servidor vuestro se acercó en un principio al joven señor por tratarse de un letrado de familia distinguida, por lo que asumió la deshonra de recomendarse a sí mismo. ¡Jamás imaginó que solo era una apariencia vacía! Juzgar a las personas por su semblante, ¿no es acaso motivo de burla para todo el mundo?». Habiendo hablado, se desvaneció. Aunque el joven sintió vergüenza y despecho, seguía sin comprender los errores del escrito, por lo que dobló el documento y se lo mostró a un criado. Quienes se enteraron lo convirtieron en comidilla y burla general. *** El Historiador de lo Extraño comenta: «¡Wenji era una muchacha admirable! Un apuesto y elegante joven noble, ¿cómo podía albergar tanta vacuidad en su interior? Llegar al punto de que ella prefiriera ser una cortesana antes que su esposa avergonzaría hasta las lágrimas a cualquier consorte. A pesar de que intentó por todos los medios expulsarla sin éxito, al ver el escrito se marchó altiva y rauda. Dicho verso de "las legumbres florecen en el río", ¿en qué se diferencia del "cráneo de Zizhang" de Du Fu?». El *Yilu* (Registro de lo oído) señala: «En el borde del camino, alguien que ofrecía bebidas puso un cartel que decía: "Se ofrece té por caridad kármica", pero escribió *gong* (respetuoso) en lugar de *gong* (ofrecer). Es algo digno de una sonrisa». Había una vez un vástago de familia noble que, habiéndose empobrecido, colgó un letrado en su puerta que decía: «Se venden antigüedades voluptuosas», pero escribió por error *yin* (desenfreno) en lugar de *yin* (sello). Y rezaba: «Quien requiera sellos imperiales de Xuande o Dingzhou, los hay de todos los tamaños; entren a ver los objetos y negocien el precio». Los descendientes de las familias Cui y Lu actúan de esta manera en grandísima cantidad; ¿por qué habría de ser único el caso de «las legumbres florecen en el río»?
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