← Strange Tales from a Chinese Studio

Chapter 4

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Chapter 4 of Strange Tales from a Chinese Studio by Pu Songling (蒲松齡) is a Supernatural Novel available to read on OriginRealm.

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Chapter 4

Jin Shicheng Jin Shicheng era de Changshan. Ordinariamente era una persona circunspecta, pero de pronto se convirtió en monje vagabundo (*touduo*). Actuaba como un demente, considerando un manjar el comer inmundicias. Si perros o carneros dejaban excrementos ante él, de inmediato se postraba y los devoraba. Se autoproclamaba Buda. Las mujeres del pueblo ignorante consideraban sus actos extraordinarios y se contaban por decenas de miles las que le rendían honores de discípulo. Jin les ordenaba con reprensiones comer excremento, y ninguna seatrevía a desobedecer. Mandó erigir un templo con pabellones cuyo costo no era pequeño, pero la gente competía por aportar sus donaciones con alegría. El magistrado del distrito, el honorable Nan, detestaba tales extravagancias, por lo que lo mandó apalear y lo obligó a restaurar el templo confuciano. Los discípulos corrieron a advertirse unos a otros: «¡El Buda sufre una calamidad!», y disputaron por reunir fondos para rescatarlo. Los palacios y pabellones se alzaron en cuestión de un mes, y la recolección de monedas de oro fue incluso más veloz que las órdenes y persecuciones de un magistrado severo. El Historiador de lo Extraordinario comenta: «He oído decir que al taoísta Jin, todos lo llamaban por su apodo, considerándolo "el Buda Jin Shicheng". Llegar al extremo de consumir inmundicias es el colmo. ¡Ser apaleado no basta para humillarlo, castigarlo resulta justo y oportuno; cuán sabio fue el método aplicado por el honorable magistrado Nan! Sin embargo, que el Salón de las Letras se derrumbara y se tuviera que recurrir a un monje perverso, es también una vergüenza para los eruditos y dignatarios». --- El estudioso Dong El estudioso Dong, de nombre de cortesía Xiasi, era oriundo de los confines occidentales de Qingzhou. Al atardecer de un día de invierno, extendió su ropa de cama sobre el diván y encendió carbones. Justo cuando se disponía a avivar la lámpara, un amigo lo convidó a beber, por lo que echó el cerrojo a la puerta y partió. Al llegar a la casa de su amigo, había entre los asistentes un médico versado en el diagnóstico del pulso puro, quien auscultó a todos los invitados uno por uno. Al final, mirando al estudiante Wang Jiusi y a Dong, dijo: «He examinado a mucha gente, pero pulsos tan extraños como los de ambos caballeros no tienen igual: vuestros pulsos nobles muestran augurios de vileza, y vuestros pulsos longevos portan presagios de brevedad. Esto no es algo que este humilde servidor se atreva a comprender con certeza; sin embargo, en el caso del joven Dong, es gravísimo». Todos, aterrorizados, le preguntaron al respecto. El médico respondió: «En este asunto, mis conocimientos también han tocado fondo y no me atrevo a emitir un juicio apresurado. Ruego a ambos caballeros que se cuiden mucho». Al principio, los dos escucharon esto con gran espanto, pero luego pensaron que se trataba de palabras ambiguas y no le prestaron atención. A la medianoche, Dong regresó y vio que la puerta del estudio estaba entreabierta, lo cual le causó gran extrañeza. En su estado de embriaguez, pensó para sí que al partir debió de hacerlo con prisa y por eso olvidó echar el cerrojo. Entró en la habitación y, sin darse aún tiempo de encender fuego, introdujo primero la mano bajo el edredón para comprobar si estaba templado. Apenas la metió, sintió que el cuerpo de alguien acostado era terso y suave. Muy sorprendido, retiró la mano. Encendió fuego apresuradamente y descubrió que era una criatura de gran belleza, de rostro lozano y tierna edad, no distinta de una inmortal. Lleno de un gozo frenético, tanteó por diversión su parte inferior, para hallar una mata de pelo y una cola bien desarrolladas. Aterrorizado de inmediato, quiso huir, pero la mujer ya se había despertado; extendió la mano para agarrar el brazo del estudiante y preguntó: «¿A dónde vas?». El terror de Dong aumentó; temblando, suplicó con lamentos: «¡Ruego a la inmortal que tenga piedad y perdón!». La mujer rió y dijo: «¿Qué has visto para temerme tanto?». Dong respondió: «No temo la cabeza, sino la cola». La mujer volvió a reír y dijo: «Te equivocas. ¿Dónde hay cola alguna?». Tomando la mano de Dong, la obligó a volver a palpar, y los muslos eran suaves como la grasa, mientras que las nalgas carecían de apéndice alguno. Riendo, dijo: «¿Qué tal? Tus ojos de borracho estaban nublados y no sabías qué era lo que veías, ¡por lo que difamaste a alguien de esta manera!». Dong, prendado ya de su hermosura, quedó aún más desconcertado ante esto, y comenzó a culparse a sí mismo por el error de su percepción momentánea. Sin embargo, sospechaba de la razón por la cual ella había llegado allí. La mujer dijo: «¿Acaso no recuerdas a la chica de cabellos amarillos del vecino del este? Han pasado ya diez años desde que mudó de residencia, contando con los dedos. Aquella vez yo aún no me había recogido el cabello en rodete, y tú eras un muchacho con el flequillo sobre la frente». Dong, dándose cuenta de repente, exclamó: «¿Eres acaso A-Suo de la familia Zhou?». La mujer respondió: «Así es». Dong dijo: «Ahora que lo mencionas, casi puedo recordarlo. ¡Diez años sin vernos y te has vuelto tan esbelta! Pero, ¿cómo es que has podido venir de repente?». La mujer dijo: «Me casé con un simplón hace cuatro o cinco años, mis suegros fallecieron uno tras otro, y para colmo tuve la desgracia de convertirme en una viuda a lo Sima Xiangru. Quedé sola y sin amparo, desamparada y sin dónde apoyarme. Recordé que el único conocido de mi infancia eras tú, así que vine a buscarte para vernos. Al llegar ya era tarde, y el convidado a beber acababa de llegar, por lo que me oculté discretamente a esperar tu regreso. Como la espera fue muy larga, mis pies se helaron y mi piel se erizó, así que me presté las mantas para entrar en calor; ruego que no albergues sospechas». Regocijado, Dong se desvistió y se acostó con ella, sintiéndose sumamente satisfecho. Tras poco más de un mes, comenzó a debilitarse y enflaquecer gradualmente; cuando su familia, extrañada, le preguntaba la razón, él respondía que no la sabía. Con el tiempo, su rostro se desmejoró aún más y entonces sintió miedo, por lo que acudió nuevamente a consultar al médico experto en pulsos. El médico le dijo: «¡Este es el pulso de un espíritu maligno! El presagio de muerte del otro día se ha cumplido; esta enfermedad ya no tiene remedio». Dong rompió en amargo llanto y no quería marcharse. El médico, sin más opción, le aplicó acupuntura en las manos y moxibustión en el ombligo, obsequiándole además unos medicamentos, y le advirtió: «Si te encuentras con ella de nuevo, haz un esfuerzo supremo por cortar todo vínculo». Dong también temía por su vida. Al regresar, la mujer lo invitó a unirse a ella con una sonrisa. Indignado, él le espetó: «¡No vuelvas a enredarte conmigo, que estoy a punto de morir!», y huyó sin mirar atrás. Sintiéndose grandemente avergonzada, la mujer se enfureció también y dijo: «¡¿Aún deseas vivir?!». Llegada la noche, Dong tomó su medicina y se acostó a solas. Apenas cerró los ojos, soñó que se unía a la mujer, y al despertar ya había sufrido una emisión nocturna. Su terror creció aún más; trasladó su lecho a las habitaciones interiores, donde su esposa y sus sirvientes montaban guardia con antorchas. El sueño se repitió tal cual. Al espiar, descubrió que la mujer ya había desaparecido sin dejar rastro. Transcurridos varios días, Dong vomitó más de un *dou* de sangre y murió. Wang Jiusi se encontraba en su estudio cuando vio llegar a una mujer. Seductora por su hermosura, intimó con ella. Al preguntarle de dónde venía, ella respondió: «Soy vecina de Xiasi. Ella solía llevarse bien conmigo, pero inesperadamente murió por haber sido embrujada por un zorro. El aire maligno de esta ralea es temible; los hombres de letras deben guardarse de ellos con suma precaución». Wang la estimó aún más, y así comenzaron a tratarse con afecto. Pasados unos días, comenzó a languidecer, consumido por la confusión y la enfermedad. De repente, soñó que Dong le decía: «Quien se acuesta contigo es un zorro. Me ha matado y ahora quiere matar a mi amigo. Ya lo he denunciado ante el Inframundo para desahogar este rencor de ultratumba. ¡La noche del séptimo día, enciende incienso fuera de la habitación y no lo olvides!». Al despertar, le pareció extraño. Le dijo a la mujer: «Estoy muy enfermo y temo ir a parar a una zanja; algunos me aconsejan abstenerme de los lechos». La mujer replicó: «Si tu destino es vivir, en el lecho también vivirás; si no lo es, aunque te abstengas de él, igual morirás». Sentada junto a él, se mofaba y reía. Wang no pudo contener su corazón y volvió a unirse a ella con lascivia. Aunque luego se arrepintió, no pudo romper el vínculo. Llegado el anochecer, clavó varitas de incienso en el dintel de la puerta. Al venir la mujer, las arrastró y arrojó lejos. Por la noche volvió a soñar que Dong venía a reprocharle que hubiera desobedecido sus instrucciones. La noche siguiente, encargó en secreto a los de su casa que, tras la hora de acostarse, las encendieran a escondidas. Estando la mujer en el lecho, se sobresaltó de repente y dijo: «¿Has vuelto a colocar incienso?». Wang respondió que no sabía nada. La mujer se levantó presurosa a buscar el incienso y de nuevo lo partió y apagó. Entrando, preguntó: «¿Quién te ha mandado hacer tal cosa?». Wang dijo: «Quizás la gente de la casa, afligida por mi enfermedad, confía en los sortilegios de los brujos para alejar los malos espíritus». La mujer paseaba de aquí para allá, disgustada. Los criados, al espiar a hurtadillas que el incienso se había apagado, volvieron a encenderlo. De repente, la mujer suspiró y dijo: «Tus bendiciones y tu fortuna son ciertamente copiosas. Causé la muerte de Xiasi por error y corrí hacia ti; es verdaderamente mi culpa. Iré a carearme con ella ante el tribunal del Inframundo. Si no olvidas nuestro afecto pasado, no destruyas mi pellejo». Dudando, descendió del lecho, se desplomó en el suelo y murió. Al acercarle una luz, era un zorro. Temiendo aún que estuviera vivo, llamó de inmediato a los criados, le desollaron la piel y la colgaron. Wang estaba gravísimamente enfermo cuando vio que el zorro se le aparecía y le decía: «Lo he denunciado ante el tribunal de la ley, y el tribunal ha dictaminado que el señor Dong se dejó llevar por la belleza, por lo que su muerte pagó su culpa; sin embargo, se me reprocha a mí el no haber debido embaucar a los hombres. ¡Me han retirado mi Pilar Dorado y me ordenan volver a la vida! ¿Dónde está mi pellejo?». Wang contestó: «La gente de la casa no lo sabía; ya se lo han quitado». El zorro dijo con amargura: «¡He matado a tanta gente, y hoy mi muerte llega tarde; mas cuán cruel eres, señor!». Y partió lleno de rencor. La enfermedad de Wang rozó la muerte y tardó medio año en sanar. --- **Mordedor de piedras** En la casa del anciano patriarca Wang Qinwen de Xincheng, había un mozo de cuadra apellidado Wang que, de pequeño, entró en el monte Laoshan para estudiar el Dao. Tras mucho tiempo, dejó de comer alimentos cocinados y solo se alimentaba de piñones y piedras blancas, por lo que todo su cuerpo se cubrió de pelo. Pasados varios años, acordándose de su anciana madre, regresó a su pueblo natal. Poco a poco volvió a comer alimentos cocinados, pero seguía comiendo piedras como antes. Al mirarlas de antemano, ya conocía si el sabor de la piedra era dulce, amargo, ácido o salado, exactamente igual que si comiera taro. Muerta su madre, volvió a entrar en la montaña, y ya han pasado otros diecisiete o dieciocho años desde entonces. --- **El fantasma del templo** El letrado Wang Qihou de Xincheng era tataranieto del comisario imperial Zhongyu Gong (Xiangkun). Vio que una mujer entraba en su habitación, de rostro regordete, oscuro y poco agraciado. Sonriendo, se acercó a sentarse junto al lecho, con intenciones sumamente lascivas. Wang la rechazó, pero ella no se marchaba. A partir de entonces, cada vez que se sentaba o se acostaba, la veía. Sin embargo, su voluntad era firme y jamás se dejó quebrantar. Enojada, la mujer le propinó una bofetada sonora en la mejilla, aunque no le dolió demasiado. Tomó una faja, la colgó de la viga del techo y, agarrándolo con fuerza, lo arrastró para ahorcarse con él. Wang, sin darse cuenta, se arrojó bajo la viga y estiró el cuello simulando el ahorcamiento. La gente veía que sus pies no tocaban el suelo y que permanecía erguido en el aire, sin llegar a morir por ello. Desde entonces enloqueció, y de pronto decía: «¡Ella va a tirarse al río conmigo!». Echaba a correr frenético hacia el río, y solo se detenía cuando lo tiraban de vuelta. Así de variadas eran las locuras que cometía a diario, sin que los conjuros ni las medicinas sirvieran de nada. Un día, vio de pronto a un guerrero con una cadena que entraba, y gritando con furia, exclamó: «¡Siendo tú un hombre honesto y sincero, ¿cómo te atreves a hostigarlo!». De inmediato ató el cuello de la mujer y salió con ella a través del travesaño de la ventana. Apenas llegó al exterior de la ventana, la mujer dejó de tener forma humana: sus ojos brillaban como relámpagos y la sangre de su boca era tan roja como un lebrillo. Recordó que entre las puertas del Templo del Dios de la Muralla y el Foso había cuatro fantasmas de barro, y uno de ellos era exactamente igual a ella. A partir de entonces, su enfermedad desapareció como por arte de magia. --- **El juez Lu** Zhu Erdian, cuyo nombre de cortesía era Xiaoming, era natural de Lingyang. De naturaleza audaz y desinhibida, era sin embargo torpe por lo general; aunque estudiaba con ahínco, aún no gozaba de fama literaria. Un día, los miembros de la sociedad literaria bebían juntos. Alguien bromeó con él diciendo: «Tú que tienes fama de audaz, si eres capaz de acudir en plena noche al Salón de los Diez Reyes y cargar con el juez del corredor izquierdo hasta aquí, entre todos reuniremos fondos para ofrecerte un banquete». Ocurre que en Lingyang hay un Salón de los Diez Reyes donde los dioses y demonios están tallados en madera y adornados como si estuvieran vivos. En el corredor oriental hay un juez en pie, de rostro verdoso y barbas rojas, con un aspecto especialmente feroz y aterrorizador. A veces, por la noche, se oían los sonidos de interrogatorios y torturas en ambos corredores; a todo el que entraba se le ponían los pelos de punta. Por eso los presentes desafiaron a Zhu con aquello. Zhu se rio, se levantó y se marchó directo. Al poco rato, se oyó un gran grito fuera de la puerta: «¡He traído al gran maestro de las barbas!». Todos se pusieron de pie. De repente, cargando con el juez, entró y lo colocó sobre la mesa, levantó una copa de vino y realizó tres libaciones ante él. Los presentes, al verlo, se encogieron aterrorizados en sus asientos y le rogaron que volviera a llevárselo. Zhu volvió a verter vino en el suelo y rezó en voz alta: «Este discípulo, audaz e indisciplinado, carece de modales literarios; el gran maestro, al ser magnánimo, seguramente sabrá disculparme. Mi humilde morada no está lejos; ya que habéis tenido a bien venir a buscar bebida en un momento de inspiración, ruego que no hagáis distinción de mundos». Dicho esto, lo cargó sobre sus espaldas y se lo llevó. Al día siguiente, todos lo invitaron a beber. Al caer la tarde, regresó medio borracho y, con el entusiasmo aún vivo, encendió la lámpara para beber a solas. De pronto, alguien descorrió la cortina y entró. Al mirarlo, vio que era el Juez del Inframundo. Zhu Qi pensó: «¡Parece que estoy a punto de morir! Puesto que lo ofendí la otra noche, ¿viene hoy a aplicar el hacha y la guillotina?». El juez abrió su poblada barba en una sonrisa y dijo: «No es así. Ayer recibí tu noble ofrecimiento de amistad y, al tener esta noche un momento libre, vengo con gusto a cumplir el pacto de los hombres libres». Zhu, encantado, le sacó la túnica para que se sentara y se apresuró a lavar los recipientes y encender el fuego. El juez dijo: «El clima es templado, podemos beber frío». Zhu obedeció y dejó la jarra sobre la mesa, mientras corría a avisar a su familia para que prepararan entremeses y fruta. Al enterarse, su esposa se aterrorizó mucho y le prohibió salir. Zhu no hizo caso y esperó de pie a que estuvieran listas las viandas para salir. Intercambiaron copas y brindaron, tras lo cual comenzó a preguntarle su apellido. Él respondió: «Soy de apellido Lu, no tengo nombre de pila». Hablaron de obras clásicas y el juez respondía con la presteza de un eco. Zhu le preguntó: «¿Conoces los ensayos de los exámenes imperiales?». El juez respondió: «Distingo bastante bien lo puro de lo impuro. Las recitaciones en el inframundo son muy parecidas a las del mundo de los vivos». Lu bebía con arrojo, vaciando diez copas de un solo aliento. Como Zhu llevaba bebiendo todo el día, de pronto su jade se desplomó sin que lo sintiera y quedó profundamente dormido sobre la mesa. Cuando despertó, la vela moribunda brillaba con luz tenue y amarillenta; el huésped fantasma ya se había marchado. A partir de entonces, venía una vez cada dos o tres días y la intimidad entre ambos creció tanto que a menudo dormían con los pies entrecruzados. Zhu le mostró sus borradores para los exámenes de ventana y Lu siempre los marcaba con tinta roja, tachándolos de malos. Una noche, Zhu, embriagado, se acostó primero, mientras Lu seguía bebiendo a solas. De repente, en medio de su sueño embriagado, sintió un ligero dolor en las entrañas. Al despertar y mirar, vio a Lu sentado con rigidez ante la cama, habiéndose abierto el abdomen para sacar sus intestinos y estómago, organizándolos tira por tira. Asombrado, le preguntó: «No hemos tenido rencillas ni enemistades en el pasado, ¿por qué razón vienes a matarme?». Lu rió y dijo: «No temas. Solo vengo a cambiarte por un corazón sabio». Tras acomodar tranquilamente los intestinos en su lugar, volvió a cerrar la cavidad y, por último, ató la cintura de Zhu con una venda de pies. Una vez terminada la labor, al mirar sobre el lecho, no había ni rastro de sangre. Zhu sintió un ligero entumecimiento en el abdomen y vio que Lu dejaba unos trozos de carne sobre la mesa. Al preguntarle al respecto, Lu respondió: «Este es tu corazón. Como al escribir no eres ágil, sé que tienes los poros bloqueados. Justo ahora, en el inframundo, elegí una excelente pieza entre millones de corazones para cambiártela y dejar esta otra para completar el número faltante». Luego se levantó, cerró la puerta y se marchó. Al amanecer, al desatarse para mirar, la incautación ya había sanado y quedaba una línea de hilo de color rojo. Desde entonces, su talento literario avanzó de forma descomunal y todo lo que veía una sola vez no lo volvía a olvidar. A los pocos días, volvió a mostrarle sus escritos a Lu. Este dijo: «Ya están bien. Pero tu destino es mezquino; no podrás alcanzar una gran prominencia ni riquezas, apenas las pruebas de prefectura y provincia, nada más». Zhu preguntó: «¿Cuándo será?». Lu respondió: «Este mismo año saldrás a la cabeza». Poco después, ocupó el primer puesto en las pruebas de distrito y, en los exámenes de otoño, resultó efectivamente seleccionado como el erudito principal (*jiezhi*). Los compañeros de su círculo literario solían burlarse de él; pero al ver sus ensayos de examen, se miraron con asombro y, tras indagar en detalle, llegaron a conocer la extraña verdad. Todos le rogaron a Zhu que les sirviera de introductor, deseosos de entablar amistad con Lu. Lu aceptó. Los hombres prepararon un gran banquete para recibirlo. Al llegar la primera guardia de la noche, Lu hizo su entrada; su barba roja parecía cobrar vida y sus ojos brillaban intensamente como relámpagos. Todos quedaron atónitos, con el rostro desencajado y castañeteándoles los dientes de miedo; poco a poco, fueron alejándose. Zhu llevó entonces a Lu a beber con él y, cuando ya estaban achispados, Zhu dijo: «Haber lavado mis entrañas y operado mi estómago ya es recibir demasiados favores. Todavía tengo un asunto en el que desearía molestarte, me pregunto si será posible». Lu le pidió de inmediato que hablara. Zhu dijo: «Si se pueden cambiar el corazón y las entrañas, supongo que el rostro y la cara también podrán ser modificados. Mi esposa, la mujer con la que me casé en mi juventud, no está mal de la cintura para abajo, pero su cabeza y su rostro no son precisamente hermosos. Anhelo volver a molestar tu hacha y tu cuchillo, ¿qué te parece?». Lu sonrió y dijo: «De acuerdo, permíteme planearlo con calma». Pasaron unos días y, a medianoche, alguien llamó a la puerta del recinto. Zhu se levantó apresuradamente a abrirle. Al acercar la luz de la vela, vio que llevaba algo envuelto en el pecho. Al preguntarle, Lu dijo: «Aquello que me encargaste me costó trabajo conseguir. Acabo de obtener la cabeza de una bella mujer y vengo a cumplir respetuosamente tu mandato». Zhu la apartó para mirarla: la sangre del cuello aún estaba tibia. Lu lo instó de inmediato a entrar deprisa y a evitar despertar a las aves y a los perros. Zhu se preocupaba por que la puerta exterior estuviera trancada por la noche, pero al llegar Lu, con solo una mano empujó los batientes y estos se abrieron desde el exterior hacia adentro. Lo guio hasta el dormitorio, donde vio a la esposa durmiendo de costado. Lu le entregó la cabeza a Zhu para que la sostuviera y sacó de su bota una hoja blanca y afilada como una daga. La presionó contra el cuello de la esposa con la fuerza de quien corta tofu, y con el filo de la hoja, la cabeza se desprendió con la misma facilidad, cayendo junto a la almohada. Con presteza, la tomó en sus brazos, sacó la cabeza de la bella mujer y la colocó sobre el cuello, examinándola con sumo cuidado para que quedara derecha antes de presionarla firmemente. En seguida, movió la almohada para rellenar el espacio junto a los hombros, le ordenó a Zhu que enterrara la otra cabeza en un rincón apartado y se marchó. La esposa de Zhu despertó sintiendo un leve entumecimiento en el cuello y las mejillas ásperas. Al frotarse, encontró manchas de sangre, lo cual la aterrorizó sobremanera. Llamó a la criada para que le llevara agua de lavar; al ver el rostro de su ama cubierto de sangre, la sirvienta quedó muerta de susto. Al lavarlo, el agua de la jofaina se volvió completamente roja. Cuando levantó la cabeza y vio que sus facciones habían cambiado por completo, el terror fue aún mayor. La esposa tomó un espejo para mirarse y quedó estupefacta, incapaz de explicárselo. Zhu entró a informarle y, al observarla detenidamente una y otra vez, vio que tenía unas cejas largas que se extendían hasta las sienes y unos hoyuelos que realzaban sus pómulos: era una mujer sacada de una pintura. Al desabrochar el cuello de su túnica para examinarlo, había una línea roja que la circundaba por completo, separando el tono de la carne superior y el de la inferior de manera tajante y distinta. Primero, el Censor Imperial Wu tenía una hija de gran belleza que, sin haberse casado aún, había perdido a dos prometidos, por lo que a los diecinueve años seguía soltera. Durante la festividad de los Faroles, fue a pasear al Templo de los Diez Reyes. Como la concurrencia era sumamente heterogénea, un bandido sinvergüenza la avistó y quedó deslumbrado por su hermosura. En consecuencia, investigó en secreto su lugar de residencia, y al amparo de la noche, escaló los muros con una escalera, perforó la puerta de su alcoba, asesinó a una criada bajo la cama y exigió a la joven mantener relaciones con él. La doncella se resistió con todas sus fuerzas y gritó pidiendo auxilio; enfurecido, el bandido la mató también. La señora Wu oyó tenuemente el alboroto y mandó a una criada a investigar; al ver el cadáver, cayó desmayada del susto. Toda la familia se levantó de golpe. Depositaron el cuerpo en el salón principal, colocando la cabeza junto al cuello, mientras la casa entera lloraba y lamentaba a gritos, en medio de un revuelo que duró toda la noche. Al amanecer, al retirar las cobijas, descubrieron que el cuerpo seguía allí, pero le faltaba la cabeza. Azotaron a todas las sirvientas por considerar que no habían vigilado con diligencia y permitido que fuera devorada por los perros. El Censor acudió a las autoridades de la comandancia. La comandancia impuso un plazo riguroso para capturar al ladrón, pero tras tres meses el criminal no aparecía. Poco a poco comenzaron a llegar a oídos del señor Wu rumores extraños sobre el intercambio de cabezas hecho por la familia Zhu. Suspendiendo al respecto, el señor Wu envió a una anciana sirvienta para que investigara en su casa. Al entrar y ver a la señora Zhu, la mujer huyó aterrorizada para informárselo al señor Wu. Al comprobar que el cadáver de su hija seguía allí, el señor Wu quedó perplejo y sin saber qué decisión tomar. Sospechando que Zhu había empleado artes heterodoxas para asesinar a la joven, fue a encararlo. Zhu respondió: —Mi esposa soñó que le cambiaban la cabeza, pero la verdad es que no comprendo a qué se debe. Acusarme a mí de haberla matado es una total injusticia. El señor Wu no le creyó y entabló una demanda. Arrestaron a los miembros de la familia para interrogarlos, y su declaración coincidió exactamente con las palabras de Zhu. El magistrado de la comandancia no pudo resolver el caso. Zhu regresó a su hogar y fue a pedir consejo a Lu. Este dijo: —No es difícil; haré que la propia muchacha lo declare. Aquella noche, el señor Wu soñó que su hija le decía: —Fui asesinada por Yang Dahian de Suxi; el Erudito Zhu no tiene nada que ver en esto. Como Yang no encontraba hermosa a su esposa, el Juez Lu tomó mi cabeza para cambiársela por la de ella, de modo que mi cuerpo murió pero mi cabeza sigue con vida. Te ruego que no guardes rencor contra él. Al despertar, se lo contó a su señora, y el sueño de ella era idéntico. Entonces lo comunicaron a la justicia. Al realizar las indagatorias, descubrieron que efectivamente existía un tal Yang Dahian; lo arrestaron, lo encadenaron y le obligaron a confesar su delito. El señor Wu se dirigió entonces a la casa de Zhu para pedir ver a la señora, y a partir de ese momento se convirtieron en consuegros. Acto seguido, unieron la cabeza de la esposa de Zhu con el cuerpo de la joven para darles sepultura. Zhu se presentó en tres ocasiones a los exámenes imperiales de la capital, pero en todas ellas fue rechazado por infracciones a las reglas del recinto de exámenes. A raíz de esto, perdió toda ilusión por la carrera oficial, acumulando ya treinta años de desdén. Una noche, Lu le anunció: —Tu tiempo en este mundo no será largo. Al preguntarle por la fecha, Lu le respondió que sería el día del Rey. —¿Es posible salvarme? —inquirió. —Lo único que impera es el decreto del Cielo; ¿cómo podría un hombre intervenir por favor personal? Además, desde la perspectiva de alguien que ha trascendido, la vida y la muerte son una misma cosa. ¿Por qué habríamos de considerar la vida un gozo y la muerte una tragedia? Zhu lo consideró razonable. De inmediato dispuso sus ropas, las sábanas funerarias y el ataúd. Una vez concluido todo, vistió sus mejores galas y falleció. Al día siguiente, mientras la señora sostenía el féretro y lloraba, Zhu apareció de pronto flotando suavemente desde el exterior. La señora se asustó. Zhu le dijo: —Soy verdaderamente un fantasma, pero no soy distinto a cuando estaba con vida. Me preocupaba que te quedaras viuda y con un hijo huérfano, y por eso sentía tanta añoranza. La señora prorrumpió en un llanto amargo, con las lágrimas empapándole el pecho. Zhu la consoló y tranquilizó con infinita ternura. La señora comentó: —En la antigüedad existían relatos de almas que regresaban al cuerpo. Puesto que ya posees conciencia espiritual, ¿por qué no puedes volver a la vida? —Los números del destino celeste no pueden violarse —respondió Zhu. —¿Qué labor desempeñas en el Inframundo? —preguntó ella. —El Juez Lu me ha recomendado para supervisar los asuntos judiciales; se me ha concedido un cargo y rango oficial, de modo que tampoco sufro penurias. La señora quiso seguir conversando, pero Zhu le advirtió: —El dignatario Lu ha venido conmigo; debes preparar vino y viandas. Diciendo esto, se apresuró a salir. La señora hizo los preparativos tal como se le indicó, y pronto oyó risas y brindis dentro de la habitación, con voces claras y resonantes, exactamente igual que en vida. A medianoche, al asomarse a espiar, vio que se había desvanecido en la nada. Desde entonces, cada tres o cuatro días venía a visitarla, a veces se quedaba a dormir con afecto y aprovechaba para ocuparse de los asuntos de la casa. Su hijo Wei tenía apenas cinco años, y cada vez que Zhu venía lo alzaba en brazos; cuando cumplió siete u ocho años, comenzó a enseñarle a leer bajo la luz de la lámpara. El niño también era inteligente; a los nueve años ya redactaba ensayos y a los quince ingresó en la escuela del distrito, sin llegar a saber jamás que no tenía padre. A partir de entonces, sus visitas se hicieron cada vez más espaciadas, limitándose a los cambios de mes y de año. Una noche más, vino a decirle a su señora: —Hoy me despido de ti para siempre. —¿A dónde vas? —preguntó ella. —He recibido el mandato imperial de servir como alto funcionario en el monte Taihua. Partiré pronto muy lejos; como los asuntos oficiales serán apremiantes y el camino distante, ya no podré venir. Madre e hijo lo abrazaron llorando y exclamaron: —¡No hagas tal! El niño ya se ha hecho un hombre y el sustento familiar aún se mantiene. ¿Acaso existen patos mandarines cuyas parejas no se separen ni tras cien años? Luego, mirando a su hijo, le dijo: —Pórtate bien como hombre y no abandones el legado de tu padre. Nos volveremos a ver dentro de diez años. Salió directamente por la puerta y desde entonces no volvió a aparecer. Años después, a la edad de veinticinco años, Wei aprobó los exámenes imperiales de *jinshi* y fue nombrado oficial de la corte. Habiendo recibido la misión imperial de ofrecer sacrificios en el Monte Sagrado del Oeste, su ruta pasó por Huayin. De pronto, vislumbró una comitiva con carrozas y estandartes emplumados que avanzaba arrollando la guardia de honor. Sorprendido, examinó con atención al personaje dentro del carruaje: ¡era su propio padre! Descendió del caballo y se postró llorando a la vera del camino. Su padre detuvo el carruaje y le dijo: —Tu reputación como funcionario es buena; ya puedo cerrar mis ojos en paz. Wei se quedó postrado sin levantarse. Zhu apresuró el paso de la carroza y partió a galope tendido sin mirar atrás. Tras avanzar unos pasos, volvió la vista, desató su sable ornamental y ordenó a uno de sus hombres que se lo entregara, diciéndole a la distancia: —Llévalo contigo; te traerá nobleza. Wei quiso alcanzarlo, pero vio que el carruaje, los caballos y la comitiva se desvanecían ligeros como el viento, desapareciendo en un instante. Quedó anegado de dolor durante largo rato. Al desenvainar el sable para observarlo, vio que la factura era sumamente exquisita. Llevaba grabada una línea de caracteres que rezaba: «El valor debe ser osado pero el corazón cauteloso; la sabiduría ha de ser flexible y la conducta recta». Más adelante, Wei alcanzó el puesto de Ministro de Guerra. Tuvo cinco hijos: Shen, Qian, Mo, Hun y Shen. Una noche, soñó que su padre le decía: «El sable ornamental debes entregárselo a Hun». Siguió sus instrucciones, y Hun llegó a servir como censor supremo, gozando de una excelente reputación por su rectitud en el gobierno. El Historiador de lo Extraño comenta: «Cortar la grulla para alargar el pato es la insensatez de los falsificadores; injertar flores sobre ramas ajenas es la genialidad de los creadores. ¡Cuánto más aquellos que esculpen y cincelan el hígado y las entrañas, o aplican el cuchillo y el punzón al cuello y la nuca! El señor Lu bien puede decirse que tenía una piel grotesca envolviendo huesos de exquisita belleza. Desde la dinastía Ming hasta el día de hoy no han pasado tantos años; ¿sigue acaso con vida el señor Lu de Lingyang? ¿Conserva aún su espíritu o no? Sostener su látigo de montar es algo que este humilde uno anhela con fervor». Yingning Wang Zifu era natural de Luodian, en Ju, y había quedado huérfano a temprana edad. Era de una inteligencia sobresaliente y a los catorce años ingresó en la Academia del Condado. Su madre lo amaba profundamente y por lo general no le permitía deambular por los campos y las afueras. Estaba prometido a la familia Xiao, pero la doncella falleció antes de casarse, por lo que su búsqueda de consorte aún no se había concretado. Cerca de la Fiesta de los Faroles, un hijo de su tío materno, el joven Wu, lo invitó a dar un paseo para contemplar los festejos. Apenas habían llegado a las afueras de la aldea, apareció un sirviente de la casa de su tío para llamar al joven Wu. Al ver que las mujeres que paseaban eran tan numerosas como las nubes, Wang Zifu, llevado por su entusiasmo, continuó su recorrido en solitario. Divisó a una joven acompañada por una criada, que llevaba en la mano una rama de ciruelo en flor. Su rostro y su gracia eran de una belleza sin par, y su sonrisa era encantadora. El joven la miró fijamente sin apartar los ojos, olvidando por completo las conveniencias. Cuando la muchacha hubo avanzado unos cuantos pasos, se volvió hacia la criada y dijo: —¡Ese joven tiene una mirada ardiente como la de un bandido! Dejó caer la flor al suelo y, entre risas y charlas, se alejó. Wang recogió la flor sintiendo un profundo pesar; su alma y su espíritu se desvanecieron, y regresó abatido y cabizbajo. Al llegar a casa, ocultó la flor bajo su almohada y se durmió con la cabeza caída, sin hablar ni probar bocado. Su madre se preocupó enormemente. Los rituales de purificación y exorcismo no hicieron más que empeorar las cosas, y sus carnes menguaron drásticamente. El médico lo examinó y le recetó pócimas para inducir la transpiración, pero él permanecía ausente, como si estuviera perdido en un trance. Su madre lo acarició y le preguntó la causa de su mal, pero él guardó silencio y no respondió. Casualmente llegó el joven Wu, a quien la madre le suplicó que investigara el asunto en secreto. Wu se acercó al lecho, y al verlo, el rostro de Wang se iluminó ligeramente. Wu se sentó junto a la cama para consolarlo y calmarlo, indagando poco a poco hasta que Wang le confesó toda la verdad y le suplicó que ideara un plan. Wu sonrió y dijo: —¡Tu capricho es de una necedad extrema! ¿Qué dificultad hay en cumplir semejante deseo? Me encargaré de averiguar su paradero. Si caminaba sola por los campos, con certeza no pertenece a una gran familia noble. Si aún está des prometida, el asunto se resolverá sin problemas; de lo contrario, ofrezcamos generosos sobornos y estoy seguro de que aceptarán. Tan pronto como recuperes la salud, el éxito correrá por mi cuenta. Al escuchar esto, Wang no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa en el rostro. Wu salió para informar a la madre y comenzó a buscar a la muchacha por los vecindarios, pero por más que indagó hasta el agotamiento, no halló rastro alguno. La madre estaba sumamente preocupada, sin saber qué hacer. Sin embargo, desde la partida de Wu, el semblante del joven se había despejado de repente y ahora comía un poco. Unos días después, el joven Wu regresó. Wang le preguntó por sus pesquisas, y Wu lo engañó diciendo: —Ya la he encontrado. ¡Y pensar quién diablos sería! Resulta ser la hija de mi tía materna, es decir, tu prima hermana, y aún está pendiente de compromiso. Aunque existen ciertos remilgos sobre el matrimonio entre parientes cercanos, si se lo decimos con franqueza, no habrá quien se niegue. La alegría inundó el rostro de Wang, quien preguntó: —¿Dónde vive? Wu mintió diciendo: —En las montañas del suroeste, a unas treinta *li* de aquí. Wang le reiteró sus encargos una y otra vez, y Wu, tomando el asunto sobre sus hombros con gran resolución, partió. A partir de entonces, el apetito del joven Scholar Sheng fue en aumento y día a día recuperaba la salud. Al tantear bajo la almohada, aunque las flores eran de corteza de moral, no se marchitaban fácilmente. Con pensamientos concentrados, las contemplaba y jugueteaba con ellas como si tuviera a la persona misma ante sus ojos. Al extrañar que el joven Wu no se presentara, le envió una esquela invitándolo. Wu puso pretextos y se negó a acudir al llamado. El Scholar Sheng se llenó de ira y resentimiento, languideciendo con melancolía. Su madre, temiendo que recayera en su enfermedad, se apresuró a discutir un matrimonio para él. Apenas lo consultaba ligeramente, él sacudía la cabeza negándose, pues solo aguardaba al joven Wu día tras día. Como Wu seguía sin dar señales de vida, su rencor hacia él creció aún más. Se puso a pensar que treinta li no eran una distancia tan lejana, ¿por qué habría de depender del aliento de otros? Llevando la flor de ciruelo oculta en la manga, partió por orgullo e impulso propio, sin que los miembros de su familia lo supieran. Caminando solo y desamparado, sin nadie a quien preguntar el camino, avanzó con la mirada puesta en las Montañas del Sur. Tras recorrer unos treinta li, se encontró con montañas entrelazadas en un caótico amontonamiento; el verdor desolado refrescaba la piel, el lugar estaba desierto y sin transeúntes, habiendo solo senderos de aves. Al mirar a lo lejos hacia el fondo del valle, entre flores silvestres y árboles enmarañados, se vislumbraba tenuemente una pequeña aldea. Al descender la montaña para entrar en la aldea, vio que las casas no eran muchas, todas chozas de paja, pero de un aire sumamente refinado y elegante. La casa orientada al norte tenía sauces sedosos frente a la puerta; dentro del muro, los melocotoneros y ciruelos eran especialmente abundantes, intercalados con bambús esbeltos; las aves silvestres piaban y revoloteaban entre ellos. Pensando que era un jardín privado, no se atrevió a entrar de inmediato. Al mirar hacia atrás, frente a la casa, había una roca gigantesca, lisa y pulida, por lo que se recostó sobre ella para descansar un momento. De repente, escuchó a una mujer dentro del muro llamar largamente a «Xiaorong»; su voz era delicada y tierna. Mientras se quedaba escuchando con atención, una joven doncella pasó de este a oeste, sosteniendo una flor de ciruelo que se colocó en el cabello con la cabeza inclinada. Al levantar la vista y ver al Scholar Sheng, interrumpió el gesto y ya no se puso la flor, sino que entró sonriendo mientras jugueteaba con ella. Al mirarla detenidamente, era la misma que había encontrado en el camino hacia Shangyuan. Su corazón se llenó de una alegría repentina. Pero pensó que no tenía cómo dar el siguiente paso; deseaba llamar a su tía materna, mas consideró que jamás habían tenido tratos ni visitas mutuas, temiendo cometer un error. No había nadie dentro de la puerta a quien preguntar. Se sentó, se recostó y deambuló de un lado a otro; desde la mañana hasta la caída del sol, miraba con anhelo hasta perder la vista, olvidándose por completo del hambre y la sed. A menudo veía a la mujer asomarse revelando medio rostro, como si le sorprendiera que él no se hubiera marchado. De pronto, una anciana salió apoyada en un bastón, miró al Scholar Sheng y le dijo: —¿De qué lugar es este joven caballero? He oído que vino desde la hora *chen* y continúa aquí hasta ahora. ¿Qué intenciones trae consigo? ¿Podría ser que tenga hambre? El Scholar Sheng se levantó apresuradamente, le hizo una reverencia y respondió: —He venido a ver a unos parientes. La anciana era sorda y no oyó. Él se lo repitió en voz alta. Ella entonces preguntó: —¿Cuál es el apellido de tus nobles parientes? El Scholar Sheng no supo qué responder. La anciana sonrió y dijo: —¡Qué cosa tan extraña! Ni siquiera sabes sus apellidos, ¿qué parientes puedes venir a buscar? A los ojos de este viejo cuerpo, este joven caballero no es más que un tonto de los libros. ¡Mejor sígueme! Te convidaré con una comida burda y en casa hay un lecho corto donde puedes recostarte. Espera a que amanezca para regresar, entérate bien de los apellidos y ven a buscarme de nuevo; no será tarde. Como el Scholar Sheng tenía el estómago vacío y deseaba comer, y además aquello lo acercaba poco a poco a la bella mujer, se alegró enormemente. Siguió a la anciana al interior y vio que dentro de la puerta había un camino pavimentado de piedras blancas, flanqueado por flores rojas cuyos pétalos caían uno a uno sobre los escalones; al girar hacia el oeste por un sendero sinuoso, abrió otro cerrojo donde un emparrado de frijoles y un corredor de flores llenaban todo el patio. Hizo entrar al huésped a la sala principal; las paredes encaladas brillaban como un espejo. Fuera de la ventana, las ramas y capullos de una flor de begonia se extendían hacia el interior de la habitación. Los cojines, esteras, mesitas y lechos eran de una pulcritud y limpieza impecables. Apenas se había sentado, alguien comenzó a espiarlo vagamente desde el exterior de la ventana. La anciana llamó: —¡Xiaorong! ¡Prepara el mijo con presteza! Afuera, una criada respondió con voz aguda. Mientras estaban sentados, el joven expuso detalladamente su linaje y procedencia. La anciana dijo: —El abuelo materno del joven caballero, ¿no se apellida Wu? —Así es —respondió él. La anciana exclamó con asombro: —¡Entonces eres mi sobrino! Tu honorable madre es mi hermana menor. Debido a la pobreza de la casa en los últimos años, y al no haber tenido ningún varón de tres pies, el contacto y las noticias se interrumpieron por completo. ¡Y pensar que mi sobrino ha crecido tanto y aún no nos conocíamos! El Scholar Sheng dijo: —He venido precisamente a ver a mi tía, pero en el apuro olvidé su apellido. La anciana dijo: —Este viejo cuerpo es de apellido Qin y nunca tuve descendencia; la pequeña que sobrevive es tan solo hija de una concubina. Su madre volvió a casarse y me la dejó para que la criara. No carece del todo de talento, pero le falta instrucción y es juguetona, sin saber de las cosas. Dentro de un momento haré que venga a saludarte y a conocerte. Al poco tiempo, la criada sirvió la comida, con aves tan tiernas que apenas cabían en un puño. La anciana instó al estudiante a comer y, al terminar, la criada retiró los platos. La anciana dijo: —Llama a la señorita Ning. La criada asintió y se fue. Al cabo de un buen rato, se escucharon risas disimuladas al otro lado de la puerta. La anciana volvió a llamar: —Yingning, tu primo materno está aquí. Fuera de la puerta, las risitas contenidas no cesaban. La criada la empujó para que entrara; ella seguía tapándose la boca, con una risa imposible de contener. La anciana la miró con enojo y dijo: —Hay un huésped presente, con tantas risitas y alborotos, ¿qué clase de comportamiento es este? La muchacha se detuvo a reír y se quedó de pie. El estudiante le hizo una reverencia. La anciana dijo: —Este es el joven Wang, tu primo por parte de tía. Siendo de la misma familia y aún sin conocerse, ¡qué cosa tan risible! El estudiante preguntó: —¿Qué edad tiene la mei? La anciana no pudo comprender. El estudiante se lo repitió. La muchacha volvió a reír, incapaz de levantar la vista. La anciana le dijo al estudiante: —Mis propias palabras sobre su falta de educación pueden verse claramente aquí. Ya tiene dieciséis años, pero su inocencia y torpeza son las de un bebé. El estudiante dijo: —Es un año menor que este sobrino. —El sobrino ya tiene diecisiete —respondió ella—. ¿No habrá nacido en el año *gengwu*, bajo el signo del Caballo? El estudiante asintió con la cabeza. Ella volvió a preguntar: —¿Y quién es la esposa del sobrino? Él respondió: —No tengo ninguna. La anciana comentó: —Con el talento y la apariencia del sobrino, ¿cómo es que a los diecisiete años aún no está comprometido? Y Yingning tampoco tiene familia por parte de madre, hacen una pareja de lo más adecuada; es una lástima que exista el impedimento del parentesco cercano. El estudiante se quedó en silencio, con la mirada fija en Yingning, sin apartar los ojos ni por un instante. La criada le susurró a la muchacha: —¡Esos ojos brillan tanto que no has cambiado tus mañas de pícara! La muchacha soltó otra gran carcajada, miró a la criada y preguntó: —¿Ya habrán abierto los melocotones verdes? De inmediato se levantó, se cubrió la boca con la manga y salió dando pasitos cortos y apresurados. Al llegar a la puerta, su risa estalló por fin sin reservas. La anciana también se levantó y le pidió a la criada que preparara la ropa de cama para alojar al estudiante. Dijo: —Ya que el sobrino no ha venido fácilmente, es conveniente que se quede tres o cinco días, para luego enviarlo de regreso sin prisa. Si te aburres con la tranquilidad, detrás de la casa hay un pequeño jardín donde puedes distraerte, y hay libros para leer. Al día siguiente, al ir a la parte trasera de la casa, descubrió que en verdad había medio acre de jardín, con hierba fina como una alfombra de fieltro y flores de sauce espolvoreando los senderos; había también tres habitaciones con techos de paja, rodeadas de flores y árboles por todas partes. Caminando a pequeños pasos entre las flores, escuchó un crujido en la copa de un árbol; al levantar la vista, vio que Yingning estaba allí arriba. Al ver que el estudiante se acercaba, rió con tanta fuerza que estuvo a punto de caer. El estudiante dijo: —¡No hagas eso, te vas a caer! La muchacha bajaba al mismo tiempo que reía, sin poder contenerse. Justo cuando iba a llegar al suelo, resbaló y cayó, y solo entonces cesó la risa. El estudiante la ayudó a levantarse y, en secreto, le apretó la muñeca. La risa de la muchacha estalló de nuevo; se apoyó contra el árbol sin poder caminar, y tardó un buen rato en calmarse. El estudiante esperó a que se le pasara la risa para sacar de su manga la flor y mostrársela. La muchacha la recibió y dijo: —Está marchita. ¿Para qué la guardas? Él respondió: —Esta es la flor que la *mei* dejó caer en el Festival de los Faroles, por eso la conservo. Ella preguntó: —¿Con qué intención la guardas? Él contestó: —Para demostrar que mi amor no se olvida. Desde que nos encontramos en el Festival de los Faroles, la profunda añoranza me enfermó, y creí que me convertiría en un alma errante; jamás imaginé volver a ver tu rostro, y afortunadamente te compadeces de mí. La muchacha dijo: —Eso es una pequeñez. Siendo parientes tan cercanos, ¿qué hay que escatimar o retener? Cuando el joven se marche, haré que el viejo sirviente corte un gran fardo de flores del jardín para que se las lleve cargando. El estudiante dijo: —¿Eres tonta, *mei*? La muchacha preguntó: —¿Por qué habría de ser tonta? El estudiante respondió: —No es que ame las flores, amo a la persona que las toma entre sus manos. La muchacha dijo: —Tratándose de afecto entre parientes lejanos, ¿qué necesidad hay de hablar de amor? El estudiante dijo: —El amor del que hablo no es el afecto entre parientes, sino el amor entre esposo y esposa. La muchacha preguntó: —¿Hay alguna diferencia? Él respondió: —Es compartir la almohada y el petate por la noche. La muchacha reflexionó agachada durante un buen rato y dijo: —No estoy acostumbrada a dormir con gente viva. Apenas terminaba de hablar cuando la criada se acercó sigilosamente; el estudiante, presa del pánico, huyó a toda prisa. Al poco rato se reunió con la madre. La madre preguntó: —¿Dónde estabas? La muchacha respondió que habían estado conversando en el jardín. La anciana dijo: —La comida está lista desde hace mucho, ¿de qué tanto hablaban para demorarse de ese modo? La muchacha dijo: —El hermano mayor quería que durmiéramos juntos. Apenas había hablado, el estudiante se sintió sumamente avergonzado y la miró fijamente con los ojos muy abiertos. La muchacha sonrió levemente y se calló. Por fortuna, la anciana no lo escuchó y continuó interrogándola con insistencia. El estudiante se apresuró a encubrirlo con otro tema y, en voz baja, reprendió a la muchacha. La muchacha dijo: —¿Acaso no se debían decir estas palabras? El estudiante dijo: —Estas son cosas que se dicen a espaldas de los demás. La muchacha replicó: —Se le pueden ocultar a los demás, ¿pero cómo ocultárselo a la honorable madre? Además, dormir juntos es algo de lo más común, ¿por qué habría que ocultarlo? El estudiante lamentaba su necedad, sin hallar método alguno para hacerla entrar en razón. Apenas terminada la comida, la gente de su casa trajo dos mulas de silla para buscar al estudiante. Primero, la madre, al ver que el Scholar Wang tardaba tanto en regresar, comenzó a sospechar; buscó por toda la aldea varias veces, pero no había rastro de él. Entonces fue a preguntarle a Wu. Wu recordó lo que había dicho antes y le indicó que fuera a buscarlo a la aldea en las montañas del suroeste. Tras recorrer varios pueblos, llegó por fin a aquel lugar. Justo al salir el Scholar Wang, se encontraron, por lo que entró a avisarle a la anciana y le pidió permiso para llevarse a la muchacha de regreso juntos. La anciana dijo con alegría: «He tenido este deseo, no desde hace una mañana o un atardecer. Pero este cuerpo decrépito no puede viajar lejos; ¡es magnífico que mi sobrino se lleve a su hermanita para que conozca a su tía!». Llamó a Yingning. Yingning llegó sonriendo. La anciana dijo: «¿Qué hay de gracioso para que no pares de reír? Si no te rieras, serías una persona perfecta». Y la reprendió con la mirada. Luego dijo: «El hermano mayor quiere irse contigo, apresúrate a arreglarte». También ofreció vino y comida a la familia, y finalmente los despidió diciendo: «Las tierras de la familia de tu tía son abundantes y pueden mantener a gente de sobra. Una vez que llegues allí, no regreses pronto; aprende poesía y decoro, y cuida bien de tus suegros. Confiaré este asunto a tu tía para que te elija un buen esposo». Ambos partieron. Al llegar al recodo de la montaña, al mirar atrás, todavía alcanzaban a ver vagamente a la anciana apoyada en el umbral, mirando hacia el norte. Al llegar a casa, la madre vio la exquisita belleza de la joven y preguntó asustada quién era. El Scholar Wang respondió que era la hija de su tía. La madre dijo: «Lo que el joven Wu te dijo antes era falso. Yo no tengo hermana alguna, ¿cómo es que tengo un sobrino?». Le preguntó a la muchacha, y esta respondió: «Yo no nací de madre. Mi padre era de apellido Qin; cuando falleció, yo estaba en pañales y no puedo recordarlo». La madre dijo: «Es verdad que tuve una hermana que se casó con un hombre de apellido Qin, pero falleció hace mucho tiempo, ¿cómo podría seguir con vida?». Al interrogarla minuciosamente sobre los rasgos de su rostro y sus marcas de nacimiento, todo coincidía exactamente. Aun así, dudó y pensó: «Así debe ser. Pero habiendo muerto hace tantos años, ¿cómo es que sigue viva?». En medio de sus dudas y reflexiones, llegó el Scholar Wu, y la muchacha se ocultó en la habitación. Wu preguntó por lo sucedido y se quedó desconcertado durante un largo rato. De repente dijo: «¿Acaso esta muchacha se llama Yingning?». El Scholar Wang lo confirmó. Wu exclamó con urgencia que era un asunto extraordinario. Cuando le preguntaron cómo lo sabía, Wu dijo: «Después de que la tía de la familia Qin falleciera, su esposo quedó viudo y fue atormentado por un zorro, muriendo demacrado. El zorro dio a luz a una niña llamada Yingning, que yacía en la cama envuelta en pañales, y todos los miembros de la familia la vieron. Cuando el esposo de la tía murió, el zorro seguía viniendo a menudo; más tarde, buscaron un talismán del Maestro Celestial y lo pegaron en la pared, por lo que el zorro se llevó a la niña. ¿No será esta ella?». Ambos albergaban dudas y sospechas. Sin embargo, se escuchaba desde el interior de la habitación el sonido de las risitas contenidas de Yingning. La madre dijo: «Esta muchacha también es demasiado tonta». Wu pidió verla en persona. La madre entró a la habitación, pero la muchacha seguía riendo profusamente sin prestarles atención. La madre la instó a salir; solo entonces contuvo su risa con gran esfuerzo y, tras quedarse mirando a la pared por un momento, finalmente salió. Apenas realizó una reverencia, dio media vuelta y entró apresuradamente, soltando una fuerte carcajada. Las mujeres de toda la habitación se contagiaron de su alegría. Wu pidió ir a observar su rareza y aprovechó para actuar como casamentero. Al buscar el lugar de la aldea, no había ni rastro de casas, solo flores silvestres dispersas. Wu recordó el lugar donde estaba enterrada su tía, que parecía no estar lejos; sin embargo, el túmulo funerario había desaparecido y no se podía reconocer, por lo que regresó suspirando con asombro. La madre sospechaba que era un fantasma. Al entrar y contarle lo que había dicho Wu, la muchacha no mostró la menor sombra de miedo; y al enterarse de que se había quedado sin hogar, tampoco mostró la más mínima tristeza, sino que seguía alegre y bobamente sonriente. Nadie podía comprenderla. La madre ordenó que durmiera en la misma cama con su hija menor. Al amanecer, venía a presentar sus saludos matutinos, y su labor de costura era de una delicadeza inigualable. Pero era propensa a la risa, y aunque se lo prohibieran, no podía detenerse; sin embargo, cuando reía, su expresión era encantadora, desinhibida pero sin perder su atractivo, y todos la querían. Las vecinas y las jóvenes esposas competían por acercarse a ella. La madre eligió un día propicio para celebrar la boda, pero seguía temiendo que fuera un espíritu maligno. En secreto, la observó a plena luz del día, y su forma y su sombra no diferían en lo más mínimo. Llegado el día, hizo que se vistiera con lujosos ropajes para cumplir con los ritos de la nueva esposa; pero la muchacha reía tanto que no podía mantenerse erguida ni agacharse, por lo que el rito tuvo que suspenderse. El Scholar Wang, temiendo que su simplicidad e inocencia revelaran los asuntos íntimos de la alcoba, descubrió que la muchacha era sumamente discreta y no decía ni una sola palabra al respecto. Cada vez que la madre se sentía afligida o enojada, en cuanto Yingning llegaba, una sola sonrisa suya disipaba todo. Si las criadas cometían un pequeño error y temían ser azotadas, siempre le pedían que fuera a hablar con la madre en su nombre; las criadas culpables que acudían a su encuentro siempre lograban librarse del castigo. Además, tenía una pasión obsesiva por las flores, buscando especies por todas partes entre sus parientes y allegados; incluso llegó a empeñar en secreto sus horquillas de oro para comprar buenas variedades. En pocos meses, desde los escalones del patio hasta el retrete, no había un solo lugar que no estuviera lleno de flores. Detrás del patio había un emparrado de madera olorosa que lindaba con la casa del vecino del oeste. La muchacha trepaba a menudo por él para cortar flores y adornar sus horquillas. Su madre, al verla de vez en cuando, la reprendía, pero la joven nunca cambiaba. Un día, el hijo del vecino la vio, y quedó embelesado y rendido de pasión. La muchacha no se apartó, sino que sonrió. El joven pensó que ella le había entregado su corazón, por lo que su agitada emoción aumentó. La muchacha señaló el pie del muro y sonrió al descender; el joven creyó que le indicaba un lugar de cita y se llenó de alegría. Al llegar el crepúsculo, fue hacia allá, y la muchacha efectivamente se encontraba allí. Al acercarse para unirse a ella, sintió que sus partes íntimas eran como pinchadas por un punzón, con un dolor que le traspasaba el corazón; lanzó un gran grito y cayó al suelo. Al mirar de cerca, no era la muchacha, sino un trozo de madera seca tendido junto al muro, y aquello con lo que se había unido era un agujero empapado de agua. El padre del vecino, al oír los gritos, corrió con prisa a investigar, pero el joven solo gemía sin poder hablar. Al llegar su esposa, comenzó a contarle la verdad. Encendieron fuego para alumbrar el interior del hueco y vieron que dentro había un enorme escorpión, tan grande como un pequeño cangrejo. El anciano hizo añicos la madera y lo mató a golpes. Cargó a su hijo de regreso a casa, y a la medianoche este falleció. El vecino demandó al Scholar Wang, denunciando las rarezas y artes malignas de Yingning. El magistrado del distrito siempre había admirado el talento de Scholar Wang y sabía muy bien que era un hombre de conducta íntegra, por lo que consideró que la demanda del anciano vecino era una calumnia y estuvo a punto de castigarlo con la vara. Scholar Wang intercedió para pedir su perdón, y así el vecino fue puesto en libertad y pudo retirarse. La madre le dijo a su hija: —Tu desbocada locura ha llegado a tanto que, habiendo sabido antes que la excesiva alegría precede a la desgracia, mira cómo se oculta la pesadumbre. El magistrado es sabio e ilustre, y por fortuna no nos ha visto envueltas; pero de haber sido un magistrado necio e insensible, sin duda habría mandado a arrestar a las mujeres para someterlas a interrogatorio en el estrado oficial. ¿Con qué cara habría mirado mi niña a nuestros parientes? Yingning se puso seria y juró no volver a reír jamás. La madre dijo: —No hay persona que no ría; solo hay que saber hacerlo a su debido tiempo. Sin embargo, desde entonces la muchacha jamás volvió a reír; aunque los demás intentaban provocarla a propósito, ella terminaba por no reírse; no obstante, en todo el día tampoco mostraba el menor semblante de aflicción. Una noche, se puso a derramar lágrimas frente al Scholar Wang. Sorprendido, este le preguntó la razón, y Yingning, con la voz entrecortada, dijo: —Antaño, como nuestro tiempo juntas era breve, temía que hablar de ello causara espanto y extrañeza. Hoy, observando que tanto la tía como el joven esposo me brindan un amor excesivo y no tienen segundas intenciones, ¿tal vez no haya daño en decirlo francamente? Esta concubina nació originalmente de un zorro. Cuando mi madre partió, me encomendó a la madre fantasma, y tras depender mutuamente por más de diez años, he llegado al día de hoy. No tengo hermanos, y de quien depongo es únicamente de usted. Mi anciana madre yace solitaria en un rincón de la montaña, sin nadie que se apiade de ella para enterrarla junto a sus antepasados, y en los Nueve Infiernos siempre guarda ese rencor y dolor. Si usted no desdeña el fastidio y el gasto, logrando que los difuntos en el bajo mundo disipen esta amargura y agravio, entonces al menos no se podrá decir que quienes crían hijas hacen mal en abandonarlas. Scholar Wang lo prometió, aunque le preocupaba que el túmulo de la tumba se hubiera perdido entre la maleza salvaje. La muchacha le aseguró que no debía preocuparse. Fijaron el día, y ambos esposos partieron llevando un ataúd en una carroza. Entre la niebla agreste y la maraña de espinos, la muchacha indicó el lugar de la sepultura, y en efecto hallaron los restos de la anciana, cuya piel y carne aún se conservaban. Yingning la acarició y lloró con profundo dolor. La trasladaron de regreso y buscaron la tumba de la familia Qin para sepultarla junto a ella. Aquella noche, el Scholar Wang soñó que la anciana venía a expresar su agradecimiento, y al despertar se lo relató a su esposa. Yingning dijo: —Esta concubina la vio anoche, pero le ordené que no asustara al joven esposo. Scholar Wang se lamentó de no haberla invitado a quedarse. Yingning replicó: —Ella es un fantasma. Con tanta gente viva, el *Qi* Yang es abrumador, ¿cómo podría residir aquí por mucho tiempo? Cuando el Scholar Wang preguntó por Xiaorong, ella respondió: —Ella también es un zorro, y de la mayor astucia. La madre zorra la dejó para que me cuidara, y a menudo me traía alimento de caza para alimentarme, por lo que le guardo gratitud constante y nunca la aparto de mi mente. Ayer le pregunté a mi madre, y me dijo que ya la habían casado. Desde entonces, cada año al llegar el festival de Qingming, los esposos ascendían a la tumba de la familia Qin y cumplían con los ritos de barrer y adorar sin faltar jamás. Transcurrido un año, Yingning dio a luz a un varón. En brazos, el niño no temía a los extraños; cada vez que veía a alguien, se echaba a reír, mostrando con creces el talante de su madre. El Historiador de lo Extraño comenta: «Al observar su incesante e infantil risa, parecía una criatura totalmente desprovista de corazón y entrañas; mas al ver su travesura maliciosa bajo el muro, ¿cuidadosa y astuta quién más que ella? En cuanto a su doloroso afecto por la madre fantasma, al punto de cambiar la risa por llanto, mi Yingning bien podría ser alguien que oculta su naturaleza en la risa. He oído decir que en las montañas hay una hierba llamada "Ríe-ahora". Quien la huele no puede parar de reír. Si uno plantara esta sola especie en su alcoba, las flores de la armonía conyugal y el olvido de las penas quedarían por completo despojadas de color. En cuanto a la flor capaz de hablar, uno solo llega a aborrecerla por la afectación de sus posturas». *** ### Nie Xiaoqian Ning Caichen era natural de Zhejiang. De naturaleza generosa, franca y altiva, con un firme sentido de la dignidad y el decoro, solía decir a todos: «En toda mi vida no he conocido a una segunda mujer». *(Comentario de Dan:* Este es un método de narración que primero concluye y luego relata. ○ Puesto que posee un firme sentido de la dignidad y el decoro, las riquezas no pueden embriagarlo; puesto que en toda su vida no ha conocido a una segunda mujer, los encantos femeninos no pueden perturbarlo; y puesto que su naturaleza es además generosa y franca, tanto la defensa contra los peligros por parte de los espadachines como la entrega apasionada de las mujeres fantasmas surgen todas de estas virtudes. Desde la antigüedad, ¿cuándo se ha visto jamás que un hombre íntegro sea dañado por seres malignos o demoníacos?)* *(Comentario de Feng:* Las palabras «firme sentido de la dignidad y el decoro» dejan preparada la base para la escena de las riquezas; «en toda su vida no ha conocido a una segunda mujer» deja preparada la base para la escena de la belleza).* Habiendo viajado por asuntos a Jinhua, llegó a los suburbios del norte y desmontó su equipaje en el templo budista Lanruo. El templo contaba con salas y pagodas de gran esplendor y magnificencia, pero la maleza crecía hasta la altura de un hombre, dando la impresión de que las huellas humanas se habían extinguido por completo. Las habitaciones de los monjes, tanto al este como al oeste, tenían las dobles puertas entreabiertas; únicamente una pequeña estancia al sur mantenía sus cerrojos y aldabas tan nuevos como si acabaran de ser colocados. Al mirar hacia el rincón oriental del patio principal, vio unos bambúes esbeltos y frondosos que abrazaban el espacio, y bajo los escalones se extendía un estanque profundo donde los lotos silvestres ya habían florecido. El viajero se sintió sumamente complacido por su atmósfera apartada y profunda. Coincidió que el examinador imperial se encontraba de visita oficial, por lo que los alojamientos en la ciudad se habían vuelto prohibitivamente caros; pensando en la conveniencia de instalarse allí, salió a dar un paseo mientras esperaba el regreso de los monjes. Al caer la tarde, llegó un letrado que abrió la puerta meridional. Ning Caichen se apresuró a saludarlo con reverencia y le expuso sus intenciones. El letrado dijo: —Aquí no hay abad ni dueño de las habitaciones, y este servidor también vive de manera transitoria. Si puede tolerar este abandono y soledad, al amanecer... Aquella noche, la luna brillaba clara y pura, y su fría luz era como el agua. Los dos hombres se sentaron con las rodillas juntas en el corredor del templo, conversando y revelando sus nombres y apellidos. El erudito dijo llamarse Yan, con el nombre de cortesía Chixia. Ning sospechaba que fuera un letrado que se dirigía a los exámenes imperiales, pero al escuchar su voz, notó que no se parecía en nada al acento de Zhejiang. Al preguntarle al respecto, este respondió: «Soy un hombre de Qin». Sus palabras eran sumamente sencillas y sinceras. Poco después, tras agotarse la conversación mutua, se despidieron con las manos cruzadas y regresaron a sus aposentos para dormir. Como Ning se encontraba en una nueva morada, tardó mucho en conciliar el sueño. De repente, escuchó murmullos provenientes del norte del edificio, como si hubiera una familia allí. Se levantó y, agachándose bajo la ventana de piedra del muro norte, miró disimuladamente a través de ella. Vio que más allá del murete había un pequeño patio. Había una mujer de unos cuarenta años y otra anciana vestida con ropajes rojo escarlata, con un tocado abultado y la espalda encorvada como la de una tortuga, ambas hablando en voz baja bajo la luz de la luna. *(Comentario de He: ¡Son yao!)* La mujer dijo: «¿Por qué Xiaoqian tarda tanto en venir?». La anciana respondió: «Casi seguro que está por llegar». La mujer preguntó: «¿No habrá albergado algún resentimiento hacia la Abuela?». La otra respondió: «No se ha escuchado nada, pero su expresión parece melancólica». La mujer dijo: «¡A esta muchacha no le conviene entablar buenas amistades!». Apenas había terminado de hablar cuando llegó una joven de unos diecisiete o dieciocho años, de una belleza casi deslumbrante. La anciana sonrió y dijo: «No hables de la gente a sus espaldas; nosotras dos estábamos discutiendo sobre el Dao cuando la pequeña sirvienta yao vino sigilosamente sin hacer ruido. Menos mal que no estabas criticando nuestros defectos». Luego añadió: «La joven señorita es hermosa, parece sacada de una pintura. A pesar de que esta anciana es mujer, incluso a mí me habría robado el alma». La joven respondió: «Si la Abuela no me elogia, ¿quién más va a decir que soy hermosa?». La mujer y la muchacha intercambiaron algunas palabras más cuyo significado ya no pudo captar Ning. Este pensó que se trataba de las parientes de algún vecino y, volviéndose a la cama, dejó de escuchar. Un buen rato después, todo quedó en silencio. Justo cuando estaba a punto de dormirse, sintió que alguien entraba en sus aposentos. Se levantó apresuradamente para examinar con atención y vio que era la muchacha del patio norte. Sorprendido, le preguntó a qué se debía. La muchacha sonrió y dijo: «Esta noche de luna no puedo dormir, y deseo entablar relaciones íntimas contigo». Ning se puso serio y dijo: «Tú temes el qué dirán y yo recelo de las habladurías humanas; con un solo paso en falso, el camino de la decencia y la vergüenza se perdería por completo». *(Comentario de Dan: Dieciséis caracteres de palabras firmes como el metal y la piedra, algo que no abunda. Comentario de Feng: Palabras de un hombre de honor, cuyas frases están cruzadas con escarcha y hielo).* La mujer replicó: «A esta hora de la noche nadie lo sabrá». Ning la reprendió de nuevo. La muchacha dudó, como si quisiera replicar algo, pero Ning le gritó: «¡Vete rápido! Si no, llamaré al estudiante del ala sur para que se entere». Temerosa, la mujer se retiró. Al llegar a la puerta, de repente dio media vuelta y dejó un lingote de oro sobre la ropa de la cama. Ning lo tomó y lo arrojó al patio, diciendo: «¡Cosas ajenas a la justicia moral ensucian mi bolsa!». *(Comentario de Feng: Poder superar estas dos pruebas —el sexo y la riqueza— es algo que solo los sabios y los santos pueden lograr).* Avergonzada, la mujer salió a recoger el oro, murmurando para sí: «Este hombre debe de ser de hierro y piedra». Al amanecer, un erudito de Lanxi llegó acompañado de un sirviente para presentarse a los exámenes, alojándose en el ala este. Al llegar la noche, murió repentinamente. En el centro de la planta del pie tenía un pequeño orificio, como si hubiera sido perforado con un punzón, del cual manaba un hilo de sangre. Nadie sabía la causa. Al pasar la noche, el sirviente también murió, y sus síntomas fueron exactamente los mismos. Al caer la tarde, el erudito Yan regresó. Ning le consultó sobre el asunto y Yan opinó que se trataba de un espíritu maligno (*mei*). Ning, que por naturaleza era recto y firme, no le dio mucha importancia. A medianoche, la muchacha regresó y le dijo a Ning: «He visto a mucha gente en mi vida, pero jamás a alguien con la columna tan rígida como tú. Verdaderamente eres un sabio o un santo, y esta humilde servidora no se atreve a engañarte. Me llamo Xiaoqian, de apellido Nie. Morí prematuramente a los dieciocho años y fui sepultada al lado del templo. Invariablemente he sido amenazada por seres malignos y obligada a realizar tareas viles. Tener que mostrar una cara complaciente ante la gente es algo que en verdad no me complace. Hoy, como no hay nadie a quien matar en el templo, me temo que vendrán a atacarte con un *yaksha*». Ning se aterrorizó y le suplicó un remedio. La muchacha dijo: «Compartir habitación con el erudito Yan te permitirá evitarlo». Él preguntó: «¿Por qué no intentas seducir al erudito Yan?». Ella respondió: «Él es un hombre extraordinario; no me atrevo a acercarme». *(Comentario de Feng: Ambos caballeros son hombres extraordinarios, pero lo de Ning fue lo más difícil).* Él volvió a preguntar: «¿Cómo es que embrujas a la gente?». Ella respondió: «Aquellos que se vuelven íntimos conmigo son secretamente picados en los pies con un punzón; al instante quedan aturdidos como si estuvieran perdidos, y entonces extraigo su sangre para dársela a beber al demonio. O a veces uso oro —que en realidad no es oro, sino los huesos de un demonio *Rakshasa*—; si se conserva, permite arrebatar los corazones e higados de las personas. Ambos métodos sirven simplemente para complacer los gustos del momento». *(Comentario de Dan: Como se dejan llevar por la lujuria, se les tienta con la belleza; como se dejan llevar por la avaricia, se les tienta con el oro. Puesto que lo buscan por sí mismos, ¿qué culpa tiene el yaksha? Comentario de Feng: Las dos palabras "gustos del momento" sirven para advertir al mundo. Comentario de He: ¡Qué temible!)* Ning agradeció y preguntó por la fecha de las precauciones. El otro respondió que sería en la noche siguiente. Al despedirse, ella lloró diciendo: «Esta concubina cayó en el mar de Xuan y no halla orilla a la que asirse. La lealtad y el honor del noble tocan las nubes; sin duda sabrá rescatar a los perdidos y salvar a los sufridos. Si fuera tan magnánimo como para recoger mis huesos podridos y darles sepultura en un hogar pacífico, no sería menos que una segunda creación». Ning prometió solemnemente hacerlo y le preguntó por el lugar de la sepultura. Ella respondió: «Basta con recordar que sobre un álamo blanco hay un nido de cuervos; ese es el sitio». Dicha la palabra, salió por la puerta y se desvaneció como una ráfaga. Al día siguiente, temiendo que Yan fuera a otra parte, fue temprano a invitarlo y traerlo. Pasada la hora *chen*, preparó vino y viandas, observando con atención a Yan. Una vez que acordaron pernoctar juntos, Yan se excusó diciendo que por naturaleza era dado a la soledad. Ning no quiso escuchar y trajo a la fuerza sus propios aparejos de cama. No teniendo más remedio, Yan trasladó su estera para seguirlo, recomendándole: «Yo sé que su merced es un hombre íntegro y mi admiración es profunda. Pero tengo un secreto en el pecho que es difícil de revelar de inmediato. Le ruego que no abra ni espíe mi maleta de viaje; si desobedece, a ambos nos irá mal». Ning aceptó la instrucción con prudencia. Una vez que cada uno se hubo acostado, Yan puso su caja sobre el alféizar de la ventana. Al poco tiempo de recostarse, roncaba como un trueno, de modo que Ning no pudo conciliar el sueño. Cerca de la primera vigilia, hubo sombras humanas vagos tras la ventana. De pronto, alguien se acercó a espiar por ella con la mirada chispeante. Aterrorizado, Ning estuvo a punto de llamar a Yan, cuando de súbito algo desgarró la caja y salió disparado como una franja de seda brillante. Chocó y rompió los travesaños de piedra de la ventana, saliendo disparado con un zumbido, para luego retraerse de inmediato como un relámpago que se apaga. Yan se despertó y se levantó. Ning fingió dormir para espiarlo. Yan alzó la caja, la examinó y sacó un objeto que olió y contempló a la luz de la luna: era una luz blanca y cristalina, de unas dos pulgadas de largo y el ancho de una hoja de puerro. Al poco rato, tras envolverlo y asegurarlo varias veces, lo devolvió a la caja rota. Murmuró para sí: «¿Qué clase de viejo demonio es tan descarado como para atreverse a dañar mi maletín?». Tras esto, volvió a acostarse. Ning, sumamente extrañado, lo llamó y se levantó a preguntarle, contándole además lo que había visto. Yan dijo: «Ya que nos conocemos y nos apreciamos, ¿cómo iba a ocultarle algo? Yo soy un espadachín. Si no hubiera sido por los travesaños de piedra, el monstruo habría muerto en el acto; aunque, aun así, salió herido». Ning preguntó: «¿Qué objeto es el que guarda celosamente?». —Es una espada —respondió—. Justo ahora, al olerla, sentí aura de demonio. Deseando verla, Ning se la mostró con generosidad: era una pequeña espada de brillo titilante. A raíz de esto, la estima de Ning hacia Yan se hizo aún más profunda. Al día siguiente, al mirar fuera de la ventana, había rastros de sangre. Salió entonces hacia el norte del templo y vio túmulos de tumbas silvestres amontonadas; tal como le habían dicho, había un álamo blanco con un nido de cuervos en la copa. Cuando los preparativos estuvieron listos y se apresuraba a hacer el equipaje para regresar, el erudito Yan le preparó un banquete de despedida, con un afecto y una generosidad sumamente profundos. Le regaló una bolsa de cuero gastada a Ning, diciéndole: «Esta es una bolsa para espadas. Si la guardas como un tesoro, podrás alejar a los espíritus malignos y fantasmas errantes». Ning quiso aprender su arte marcial, pero Yan respondió: «Con una lealtad y rectitud como la de su merced, uno puede dedicarse a esto. Sin embargo, usted sigue siendo un hombre del mundo de la riqueza y los honores, no un hombre de este Camino». Ning se excusó diciendo que tenía una hermana enterrada allí, desenterró los huesos de la mujer, los envolvió en ropas y mortajas, alquiló un bote y regresó. El estudio de Ning lindaba con el campo, así que cavó una tumba y la enterró en las afueras de su estudio. Al ofrecerle un sacrificio, le rezó con estas palabras: «Compadeciéndome de tu alma de zorra, te entierro cerca de mi humilde morada; los cantos y los llantos se escucharán mutuamente, y así sin duda no serás ultrajada por los espíritus poderosos. Un cuenco de agua con gachas es lo que te ofrezco; no es nada refinado ni exquisito, pero ruego que no lo desprecies». Apenas terminó la plegaria y emprendió el regreso, alguien lo llamó a sus espaldas: «¡Espere un momento para ir juntos!». Al volverse, vio que era Xiaoqian, quien, radiante de alegría, le agradeció diciendo: «La lealtad y el honor de su merced son tales que diez muertes no bastarían para pagarlos. Le ruego que me permita marchar con usted, presentar mis respetos a sus honorables padres y servirle en el lecho sin arrepentimiento alguno». Al observarla con detenimiento, vio que su piel reflejaba nubes rosadas, sus pies delicados se arqueaban como brotes de bambú, y al mirarla de día con detención, su belleza encantadora resultaba aún más incomparable. Se fueron juntos hasta el estudio, le pidió que se sentara a esperar un momento y entró primero a avisarle a su madre. La madre se quedó estupefacta. En aquel entonces, la esposa de Ning llevaba mucho tiempo enferma, por lo que la madre le advirtió que no dijera nada, temiendo que aquello causara espanto y sobresalto. Mientras hablaban, la joven ya había entrado con paso grácil y se postró por completo en el suelo. Ning dijo: «Esta es Xiaoqian». La madre, sobresaltada, apenas atinaba a mirar. La mujer le dijo a la madre: —Esta pequeña, errante y sola, se ha apartado de sus padres, hermanos y de su tierra. Habiendo recibido la generosa protección del joven Gongzi, cuyas mercedes alcanzan hasta mis cabellos y piel, deseo servirle barriendo y sacudiendo para pagar su gran rectitud. *(Comentario de Dan: Los seres extraños surgen del ser humano; cuando el hombre abandona las normas morales, los seres extraños se manifiestan. Si el hombre alberga pensamientos de lascivia, engendra demonios de la lujuria; si alberga pensamientos de avaricia, engendra demonios de la riqueza. Antes de que los placeres de la unión lleguen a su fin, ya están bebiendo su sangre; antes de que el botín caiga en la bolsa, ya le han arrancado el hígado. Si uno no mantiene los cimientos firmes y el corazón duro como el hierro y la piedra, ¿cuántos hay que no mueran bajo el punzón del yaksha o sobre los huesos del ràkshasa? Incluso al encontrarse con seres extraordinarios, ¿cómo iba uno a comprometerse a la ligera para servir de amparo a quien no es un verdadero hombre? La lealtad y la rectitud del noble joven llegan hasta las nubes; capaz de rescatar a los vivos de su sufrimiento, ha hecho que un alma solitaria halle dónde reposar, confiando en que los fantasmas altivos no se atrevan a avasallarla. Con tan sincera devoción, ella desea servirle barriendo y barriendo, y el pago de esta deuda es justo y conforme a la razón. Mas aquel que en su vida no alberga afecto por dos mujeres, ¿cómo no habría de gozar de las bendiciones de una gran hermosura?)* Al ver la madre que su esbelta y delicada gracia era digna de afecto, recién entonces se atrevió a dirigirle la palabra: —Pequeña señorita, al honrar con su favor a mi hijo, esta anciana no cabe de dicha en su corazón. Pero como este hijo es nuestro único descendiente y debe continuar el linaje familiar, no me atrevo a permitir que tome por esposa a un fantasma. La mujer respondió: —Esta pequeña verdaderamente no abriga segundas intenciones. Si la gente de los manantiales oscuros no inspira confianza a la honorable madre, permitidme servirle como a un hermano. Me acogeré bajo vuestro noble techo y os atenderé al alba y al atardecer, ¿os parece bien? La madre, conmovida por su sinceridad, accedió. La mujer quiso de inmediato postrarse ante ella como cuñada, pero la madre lo declinó aduciendo una indisposición, y así se detuvo. La mujer entró entonces en la cocina para encargarse de los guisos en lugar de la madre; al adentrarse en la alcoba y cruzar los umbrales —otra versión dice: «las puertas»—, se movía como si ya habitara allí desde antiguo. Al caer la tarde, la madre, sintiendo temor de ella, le dijo que podía retirarse a dormir, pero no le preparó lecho ni esteras. La mujer, intuyendo la intención de la madre, se marchó de inmediato. Al pasar frente al estudio, hizo amago de entrar pero retrocedió; deambulaba por el umbral como si temiera algo. Scholar Wang la llamó. La mujer dijo: —En la habitación hay una energía de espada que aterra a los mortales. La razón por la cual no vine a presentar mis respetos en el camino es precisamente esta. *(Comentario de He: Una anotación que aclara el pasaje).* Scholar Wang comprendió que el estuche de cuero que colgaba en otra habitación era la causa. La mujer pudo entonces entrar y se sentó junto a la luz de la vela. Pasó un buen rato sin pronunciar una sola palabra; al cabo de un largo tiempo, preguntó: —¿Lee usted de noche? *(Comentario de Feng: Se revela nuevamente la naturaleza del erudito).* En mi juventud recité el *Sutra de Śūraṅgama*, pero hoy lo tengo casi olvidado. Le ruego me procure un volumen para que, en las horas libres de la noche, pueda rectificarme junto a mi hermano. Scholar Wang dio su asentimiento. Volvió a sentarse, guardando silencio. A medida que la segunda vigilia se consumía, no mencionaba marcharse. *(Comentario de Feng: Su apego era tal que parecía un ave buscando refugio en los brazos de un humano).* Scholar Wang la instó a irse, ante lo cual ella, con tristeza, dijo: —Soy un alma solitaria de tierras extrañas, y le temo en extremo a las tumbas desiertas. Scholar Wang replicó: —En el estudio no hay otra cama donde dormir, y además conviene que un hermano y su hermana guarden la debida distancia. La mujer se puso en pie, con las cejas fruncidas y a punto de llorar; sus pasos eran vacilantes y perezosos, y con calma salió por la puerta, cruzó los escalones y se desvaneció. Scholar Wang, sintiendo una secreta compasión por ella, deseaba permitirle dormir en otra cama, pero temía la ira de su madre. Al amanecer, la mujer acudía a presentar sus respetos a la madre, sosteniendo la jofaina para que se lavara las manos; bajaba al salón a ocuparse de las labores domésticas, cumpliendo en todo y por todo con los deseos de la madre. Al caer el crepúsculo, anunciaba su retirada, pasaba por el umbral del estudio y se sentaba junto a la vela a recitar el sutra. Tan pronto como notaba que Scholar Wang se disponía a dormir, se marchaba con aire desolado. Anteriormente, *(Comentario de Feng: Una narración retrospectiva).* la esposa de Scholar Wang estaba postrada por la enfermedad y el cansancio de la madre era intolerable. Desde que obtuvo la compañía de la mujer, la carga se alivió enormemente, y en su corazón le guardaba profunda gratitud. Con los días, la familiaridad creció; la trataba con tanto cariño como si fuera su propia hija, al punto de olvidar por completo que era un fantasma. Ya no soportaba enviarla a su tumba al caer la tarde, y hacía que se quedara a dormir y levantarse con ellos. Cuando la mujer llegó por primera vez, no probaba bocado alguno; medio año después, comenzó a sorber gradualmente gachas ralas. Madre e hijo la colmaron de un amor ciego; evitaban mencionar su condición de fantasma, y la gente tampoco lograba distinguirla de los vivos. Poco después, la esposa de Scholar Wang falleció. La madre abrigaba en secreto la intención de tomar a la mujer como nuera, pero temía que ello pudiera perjudicar a su hijo. La mujer, habiéndolo percibido sutilmente, aprovechó la ocasión para decirle a la madre: —Tras haber vivido aquí más de un año, debéis conocer mis entrañas. Si vine a unirme al joven Gongzi fue porque no deseaba traer desgracias a los transeúntes. Mi humilde persona no abriga ninguna otra intención; mi único propósito es que, siendo el joven tan brillante y de espíritu elevado que atrae la admiración de los hombres y de los cielos, verdaderamente deseo servirle y asistirle durante unos cuantos años, para así alcanzar un título nobiliario concedido por la gracia imperial y colmar de gloria las fuentes subterráneas. *(Comentario de Dan: «Alcanzar un título nobiliario para colmar de gloria las fuentes subterráneas». Buscar aquello que es admirado por los hombres y los cielos es tan seguro como tener la victoria en la mano).* La madre también sabía que no tenía intenciones malvadas, pero temía que no pudiera prolongar la descendencia familiar. La mujer dijo: —Los hijos son otorgados únicamente por el Cielo. El joven tiene anotado en los registros del destino que engendrará tres hijos varones que darán lustre a su linaje, y estos no le serán arrebatados por tener una esposa fantasma. *(Comentario de Feng: Los sabios y los santos se hallan siempre en el corazón de los sentimientos humanos).* La madre le creyó y lo conversó con su hijo. Scholar Wang se regocijó y dispuso un banquete para notificarlo a sus parientes y allegados. Alguien pidió ver a la nueva esposa. La mujer salió ataviada con espléndidos arreos y todo el salón quedó boquiabierto; lejos de sospechar que era un fantasma, creyeron que se trataba de un ser inmortal. A partir de entonces, las mujeres de las familias emparentadas acudieron a ofrecerle regalos de presentación para felicitarla, compitiendo por conocerla y rendirle reverencias. La mujer era adepta a pintar orquídeas —o ciruelos— y solía obsequiarlas en pliegos de papel a quienes se las pedían; aquellos que las obtenían las guardaban celosamente en brocados múltiples, considerándolo un gran honor. Un día, con la cabeza gacha ante la ventana, se mostró tan melancólica y desolada como si hubiera perdido algo. De repente preguntó: —¿Dónde está la bolsa de cuero? Ning Caichen respondió: —Como temías de ella, la mandé guardar en otro lugar. Ella dijo: —Esta sirvienta ha recibido la energía vital por tanto tiempo que ya no debe temerle; es conveniente traerla y colgarla a la cabecera de la cama. Ning dudó de sus intenciones, a lo que ella explicó: —Desde hace tres días, mi corazón palpita sin cesar; siento que el espíritu maligno de Jinhua, resentido porque huí lejos, teme que venga a buscarme tarde o temprano. Ning efectivamente fue a buscar la bolsa de cuero. La mujer la examinó una y otra vez y dijo: —Esta es la funda en la que un inmortal de la espada solía guardar cabezas humanas. ¡Está tan gastada y ajada que no sé a cuántos habrá matado! Hoy, al verla, mi piel aún se estremece de pavor. Dicho esto, la colgó. Al día siguiente, mandó trasladarla para colgarla sobre el dintel de la puerta. Por la noche, se sentaron frente a la vela. De súbito, un ser descendió como un ave en vuelo. La mujer, aterrorizada, se ocultó entre las cortinas del estrado. Ning lo contempló: la criatura tenía la apariencia de un *yaksha*, con ojos relampagueantes y lengua de sangre; avanzaba parpadeando y gesticulando con garras amenazantes. Al llegar a la puerta, dio un paso atrás, titubeó largo rato y luego se acercó poco a poco a la bolsa de cuero, rascándola con sus garras como si pretendiera desgarrarla. De repente, la bolsa emitió un chasquido seco y se expandió hasta alcanzar el tamaño de una cesta de ofrendas; vagamente, un ente fantasmagórico emergió hasta la mitad de su cuerpo y arrastró al *yaksha* hacia el interior. El sonido cesó de inmediato, y la bolsa se contrajo de golpe hasta recuperar su tamaño original. Ning, estupefacto y helado de espanto, vio salir a la mujer, quien exclamó con gran alegría: —¡Ya estamos a salvo! Ambos miraron dentro de la bolsa y solo encontraron unas cuantas medidas de agua clara. Varios años después, Ning efectivamente aprobó los exámenes imperiales de *jinshi*. La mujer dio a luz a un varón. Tras tomar una concubina, cada una dio a luz a otro hijo varón, y todos ellos alcanzaron fama y nombramientos en la carrera oficial. *** La rata leal Yang Tianyi relató: Vio salir a dos ratas, una de las cuales fue tragada por una serpiente; la otra tenía los ojos fijos como granos de pimienta, con una expresión de profunda furia y resentimiento, aunque desde lejos no se atrevía a avanzar. Cuando la serpiente hubo llenado su vientre, se deslizó serpenteando hacia su madriguera. Apenas iba a mitad de camino, cuando la rata corrió hacia ella y le mordió la cola con fuerza. Enojada, la serpiente retrocedió y salió. Como la rata era ágil por naturaleza, huyó de inmediato con gran rapidez. La serpiente, al no poder alcanzarla, regresó. Tan pronto como entró en la madriguera, la rata volvió a aparecer y la mordió del mismo modo. Si la serpiente entraba, ella venía; si la serpiente salía, ella se iba. Así lo hizo durante un largo rato. La serpiente salió y vomitó a la rata muerta sobre el suelo. La rata se acercó a olerla, emitieron unos chirridos similares a lamentos y suspiros, y se la llevó en el hocico. Su amigo Zhang Liyou compuso entonces la *Balada de la rata leal*. *** Terremoto El decimoséptimo día del sexto mes del séptimo año de Kangxi, a la hora *xu*, la tierra tembló violentamente. Yo me encontraba de viaje en Jixia, bebiendo a la luz de las velas con mi primo Li Duzhi, cuando de pronto escuchamos un estruendo como un trueno que venía del sureste y se dirigía al noroeste. Todos nos aterrorizamos, sin comprender la causa. Al instante, las mesas y los escritorios comenzaron a sacudirse; las copas de vino se volcaron y las vigas y columnas del techo crujieron al romperse. Nos miramos unos a otros con los rostros desencajados. Al cabo de un rato, comprendimos que se trataba de un terremoto y salimos corriendo a toda prisa. Vimos cómo los pabellones y las casas se derrumbaban y volvían a levantarse; el estrépito de los muros caídos y los techos hundidos, mezclado con los llantos de los niños y los gritos de las mujeres, bullía con el bullicio de un caldero hirviendo. La gente, mareada, no podía mantenerse en pie; se sentaba en el suelo, girando y rodando al compás de la tierra. El agua de los ríos se desbordó más de un *zhang*, y los ladridos de perros y graznidos de patos llenaban toda la ciudad. Pasado poco más de un espacio de tiempo equivalente a una hora, todo comenzó a calmarse un poco. Al mirar a la calle, se veía a hombres y mujeres reunidos completamente desnudos, contándose unos a otros lo sucedido, habiendo olvidado por completo que no llevaban ropas. Más tarde se supo que en cierto lugar un pozo se había inclinado y ya no se podía sacar agua; que en cierta casa los pabellones se habían invertido del norte al sur; que el monte Qixia se había agrietado; y que en Yishui se había hundido un abismo de varias hectáreas de extensión. Esta fue verdaderamente una extraña calamidad extraordinaria. Había la esposa de un lugareño que se levantó por la noche a orinar; al regresar, un lobo arrastraba a su hijo. La mujer forcejeó de inmediato con el lobo. El lobo aflojó un momento las fauces, y la mujer le arrebató el niño, estrechándolo entre sus brazos. El lobo se agachó y no se marchaba. La mujer lanzó un grito desgarrador; los vecinos acudieron corriendo y el lobo entonces se retiró. Una vez calmado su terror, la mujer sintió júbilo; señalando al cielo y gesticulando en el suelo, narraba cómo el lobo se había llevado a su hijo y cómo ella se lo había arrebatado. Tras un buen rato, de repente se dio cuenta de que no llevaba ni una sola pulgada de tela en el cuerpo, por lo que echó a correr. Esto y la escena de hombres y mujeres olvidándose de sus ropas durante el terremoto son exactamente la misma situación. ¡Cuán ridícula puede ser la pérdida de cabeza y de juicio en medio del pánico de los mortales! *** El joven señor del mar En la Isla de los Vestigios Antiguos, en el Mar del Este, hay flores de invierno de cinco colores que no se marchitan en las cuatro estaciones. En la isla antiguamente no había moradores, y los hombres rara vez llegaban allí. El erudito Zhang, de Dengzhou, de naturaleza curiosa, gustaba de las excursiones y la caza. Al oír hablar de su espléndida belleza, preparó vino y viandas, y remando él mismo en una barca ligera, se dirigió hacia allí. Al llegar, las flores estaban en pleno esplendor, y su perfume se esparcía a lo largo de varias lis; había árboles tan grandes que medían más de diez abrazos de circunferencia. Se demoró y paseó de un lado a otro, plenamente satisfecho en sus gustos. Abrió el frasco y se sirvió a sí mismo, lamentando tan solo no tener con quién compartir el paseo. De repente, entre las flores vino una bella mujer, de ropas rojas deslumbrantes, sin parangón posible. Al ver a Zhang, sonrió y dijo: «Este humble servidor —digo, esta concubina— se preciaba de tener un entusiasmo poco común, sin imaginar que ya antes había alguien con mis mismas aficiones». Zhang, sorprendido, preguntó: «¿Quién es usted?». Ella respondió: «Soy una cortesana de Jiaozhou. Acabo de venir con el joven amo Hai. Él busca bellezas para volar y vagar, pero a mí me cuesta caminar, por lo que me quedé aquí». Zhang, que justo padecía de soledad, al encontrar a una hermosa mujer, sintió un gran gozo y la invitó a sentarse y beber juntos. Las palabras de la mujer eran cálidas y gentiles, capaces de perturbar el espíritu y la mente de cualquiera. A Zhang le encantaba, pero temía que el joven amo Hai regresara y no pudieran disfrutar al máximo, por lo que la tomó de la mano y se unió a ella. La mujer accedió alegremente. Mientras aún se divertían íntimamente, de pronto se oyó un viento solemne y un sonido de ramas y hierbas que se doblaban y quebraban. La mujer empujó apresuradamente a Zhang para que se levantara y dijo: «El joven amo Hai ha llegado». Zhang se ató las ropas y miró a su alrededor con asombro; la mujer ya había desaparecido. Al instante vio una gran serpiente que salía de entre los matorrales, más gruesa que un tonel gigante. Aterrorizado, Zhang se ocultó detrás de un gran árbol, esperando que la serpiente no lo viera. La serpiente se acercó, rodeó con su cuerpo al hombre y al árbol, entrelazándose varias veces; sus dos brazos quedaron firmemente aprisionados contra sus caderas, sin poder doblarse lo más mínimo. Alzó la cabeza y pinchó la nariz de Zhang con su lengua. La sangre de la nariz comenzó a brotar hacia abajo, cayendo al suelo hasta formar un charco, y entonces la serpiente bajó la cabeza para beberla. Zhang se dio por muerto, pero de pronto recordó que en el bolso colgado de su cintura llevaba medicina de zorro venenoso; con dos dedos la sacó, rompió el envoltorio y la acumuló en la palma de su mano. Girando el cuello para mirar su propia palma, hizo que la sangre goteara sobre la medicina, y en un instante la palma se llenó. La serpiente efectivamente se acercó a la palma y la bebió por succión. Antes de que terminara de beber, extendió repentinamente su cuerpo y sacudió la cola con un sonido como un trueno, golpeando el árbol; la mitad del árbol se desmoronó y se partió, mientras la serpiente yacía en el suelo como una viga maestra hasta expirar. Zhang también sintió mareos y no pudo levantarse; pasó un buen rato antes de que volviera en sí. Cargó la serpiente de regreso y cayó gravemente enfermo durante más de un mes, sospechando que aquella mujer era también un espíritu de serpiente. *** Ding Qianxi Ding Qianxi era natural de Zhucheng. Poseía abundantes riquezas en granos y monedas. Era un caballero andante aficionado a la justicia, que admiraba la conducta de Guo Jie. El tribunal del censor imperial envió a investigar sus antecedentes, por lo que Ding huyó. Al llegar a Anqiu, se encontró con la lluvia y se refugió en una posada. La lluvia no cesó en todo el día. Llegó un joven, cuyo trato y provisión de alimentos eran sumamente generosos. Al caer la noche, Ding se detuvo a dormir en aquella casa; cortó forraje de frijol para alimentar a las bestias, y la comida provista fue completa y atenta. Al preguntarle su apellido y nombre, el joven respondió: «El amo se apellida Yang, y yo soy su sobrino materno. Al amo le gusta relacionarse y acaba de salir de viaje; en casa solo está la señora. Como somos pobres, no podemos ofrecer una manutención espléndida al huésped, y esperamos que tenga a bien disculparnos». Al preguntarle a qué se dedicaba el amo, respondió que la casa no tenía bienes patrimoniales, y que tan solo organizaba a diario mesas de juego para ganarse la vida grano a grano. Al día siguiente, la lluvia seguía sin cesar, pero las provisiones no disminuyeron en su esmero. Al llegar la noche, se puso a cortar forraje, pero los haces de forraje estaban húmedos y resultaban bastante desiguales. Ding se extrañó. El joven dijo: «Le diré la verdad al huésped: la familia es tan pobre que no tiene con qué alimentar a las bestias, y hace un momento la señora arrancó la paja del tejado». Ding se sorprendió aún más, pensando que la intención de aquello era obtener el pago correspondiente. Al amanecer, le entregó oro, pero el joven no lo aceptó; al insistir en dárselo, el joven se lo llevó adentro. Al poco rato salió de nuevo para devolverlo al huésped, diciendo: «La señora dice: "No me dedico a cazar ganancias de esta manera. El amo está fuera y a menudo pasa varios días sin llevar consigo ni una sola moneda; cuando un huésped llega a nuestra casa, ¿cómo íbamos a exigirle compensación?"». Ding suspiró con admiración, se despidió y le encargó: «Yo soy Ding de Zhucheng. Cuando el amo regrese, debe informarle de esto. Si en su tiempo libre tiene la suerte de visitarme, será bienvenido». Pasaron varios años sin noticias. Aconteció una gran hambruna en el año, y Yang se vio tan acorralado que no sabía qué hacer. Su esposa le aconsejó vagamente que fuera a ver a Ding, y él le hizo caso. Al llegar a Zhucheng, comunicó su nombre y apellido a los porteros. Ding no lo recordaba en absoluto; tras repetírselo, por fin lo rememoró. Salió con elegantes zapatos y dio una reverencia para invitar al huésped a pasar. Al ver que sus ropas estaban desgastadas y sus talones al descubierto, lo alojó en una habitación cálida, preparó un banquete para tratarlo con generosidad y le otorgó un trato de favor extraordinario. Al día siguiente, le mandó confeccionar gorro y ropas, forradas y cálidas por dentro y por fuera. Yang se mostró agradecido por la justicia de tal acto, pero al mirar hacia su hogar crecía su preocupación, y su mente estrecha no pudo evitar albergues de impaciencia. Tras varios días, Ding no hablaba en absoluto de despedirlo con obsequios. Yang, con suma urgencia, se lo comunicó a Ding diciendo: «Me atrevo a no ocultarle: cuando este humilde servidor vino, el arroz no llegaba a un sheng. Ahora he recibido un favor desmedido y es indudable que me alegra, ¡pero qué será de mi esposa y mis hijos!». Ding respondió: «No se preocupe por eso; ya me he encargado de ello. Le ruego que serene su ánimo y se quede un poco más; le ayudaré con los gastos de viaje». Hizo correr a un mandadero para convocar a varios tahúres, e hizo que Yang se sentara a tirar los dados; en toda la noche ganó cien piezas de oro, y entonces lo mandó de regreso. Al volver a casa, vio que su esposa e hija estaban con ropas y calzado frescos y arreglados, y una pequeña criada las atendía. Preguntó sorprendido. Su esposa dijo: «Desde que te fuiste, al día siguiente llegaron carros y servidumbre trayendo telas, cáñamo, frijoles y mijo, amontonados hasta llenar la casa, diciendo que eran un regalo del huésped Ding. Además, hay diez criadas a disposición de esta concubina». Yang no pudo contener su emoción. A partir de entonces, su situación mejoró discretamente y ya no volvió a mirar con desprecio su antiguo oficio. El historiador de lo extraordinario comenta: «Ser pobre y gustar de la hospitalidad, entregándose al juego y a la vida disipada, es algo que los hombres de talento mediocre pueden hacer; lo más extraordinario es, sin duda, la esposa. Recibir un favor y no retribuirlo, ¿acaso se le puede llamar ser humano? Sin embargo, no olvidar la bondad de una sola comida... ¿será que Ding la posee?». *El gran pez del mar* La costa no solía tener montañas. Un día, de repente, se vieron picos escarpados superpuestos que se extendían a lo largo de varias li, lo que dejó a todos atónitos y aterrorizados. Otro día, la montaña se trasladó de repente, transformándose y desvaneciéndose en la nada. Se cuenta por tradición que en el mar hay un gran pez que, al llegar el Festival de Qingming, lleva a su familia a rendir culto ante su tumba, por lo que suele verse durante el Hanshi. El honorable anciano Zhang El honorable anciano Zhang era oriundo de Jin. En ocasión de casar a su hija, llevó a su familia al sur del Yangtsé para comprar personalmente el ajuar nupcial. Cuando su barca atracó en Jinshan, Zhang cruzó primero el río y ordenó a los suyos que se quedaran en la embarcación y no cocinasen manjares grasientos ni carne. Sucede que en el río había un monstruo caparazón de tortuga que, al percibir los aromas, salía de inmediato para destruir barcas y devorar a los viajeros, causando estragos desde hacía mucho tiempo. Cuando Zhang se marchó, su familia lo olvidó y asó carne dentro de la barca. De repente, olas gigantescas volcaron la embarcación y tanto su esposa como su hija se ahogaron. Al regresar con los remos, Zhang sintió un dolor y un remordimiento tales que deseaba morir. Por ello, subió al monte Jinshan, visitó a los monjes del templo, preguntó por las rarezas de la tortuga y se propuso vengarse de ella. Al enterarse, los monjes exclamaron aterrorizados: —¡Nosotros convivimos a diario con él muy de cerca, temiendo que desencadene una catástrofe! Solo la divinidad lo venera; rogamos que no lo enfurezcas. De vez en cuando sacrificamos reses y le arrojamos medio cuerpo, tras lo cual él lo devora de un salto y se marcha. ¡Quién iba a atreverse a buscar venganza! Al oír esto, Zhang ideó de inmediato un plan. Mandó a llamar a un herrero, encendió un horno a mitad de la montaña y fundió hierro rojo por un peso de más de cien jin. Tras averiguar el lugar donde el monstruo solía habitar, hizo que dos o tres hombres robustos lo levantaran con grandes tenazas y se lo arrojaran. La tortuga saltó y, con rapidez, se lo tragó de golpe. Al poco tiempo, las olas brotaron como montañas. Al rato, el oleaje se calmó y la tortuga yacía muerta, flotando sobre las aguas. Los viajeros y los monjes del templo se regocijaron por igual, por lo que erigieron el Templo del Honorable Anciano Zhang, esculpieron su efigie en su interior y lo consideraron una deidad menor, cuyas plegarias siempre eran respondidas. La hierba shuimu El shuimu es una hierba venenosa. Es trepadora y se parece a la pueraria; sus flores son púrpuras y similares a las judías de Castilla. Quien la ingiere por error muere al instante, convirtiéndose de inmediato en un fantasma del shuimu. La usanza popular cuenta que estos fantasmas no pueden entrar en la Rueda del Samsara y que obligatoriamente debe haber otra persona que muera envenenada para que ocupe su lugar. Por esta razón, en los alrededores del río Taohua, en la región de Chu, abundan especialmente tales fantasmas. Los naturales de Chu llaman *tongnian* a aquellos que nacen en el mismo año; se envían tarjetas de visita para saludarse, llamándose mutuamente el hermano Geng y el hermano menor Geng, y los sobrinos llaman tío Geng a estos amigos. Tal es la costumbre. Cierta vez, el estudiante Zhu se dirigía a visitar a un tal *tongnian*, cuando a mitad del camino, sintiendo una sequedad en la garganta por el calor, le dio sed y deseó beber algo. De repente, vio a una anciana al borde del camino que había instalado un cobertizo y ofrecía té. Se acercó rápidamente. La anciana lo recibió y lo condujo al interior del cobertizo, sirviéndole con gran esmero. Al olerlo, notó un aroma extraño que no se parecía en nada al té, por lo que, sin beberlo, se levantó dispuesto a marchar. La anciana detuvo al huésped con premura y exclamó: —¡Sanniang! Trae una buena taza de té. Al instante, una joven salió de detrás del cobertizo portando una taza de té. Tendría unos catorce o quince años, y su belleza era deslumbrante; los anillos en sus dedos y las pulseras en sus muñecas brillaban con un fulgor cristalino que reflejaba su propia imagen. Al ver la taza, el estudiante quedó embelesado; al oler el té, percibió una fragancia tan intensa que no tenía igual. Se lo bebió todo de un trago y pidió más. Al ver que la anciana se había ausentado, le tomó coquetamente la delicada muñeca y le quitó uno de los anillos. La muchacha se sonrojó y esbozó una sonrisa, lo que dejó al estudiante aún más desconcertado. Tras preguntarle brevemente por su hogar y familia, la joven le respondió: —Si el joven caballero viene al anochecer, esta concubina todavía estará aquí. El estudiante le pidió un puñado de hojas de té, las guardó junto con el anillo y partió. Al llegar a la casa de su *tongnian*, sintió un revuelto en el estómago y una profunda náusea. Sospechando que el té era la causa, le contó lo sucedido con franqueza. Su conocido exclamó aterrorizado: —¡Estás perdido! Se trata de un *guǐ* de hierba *shuǐmáng*. Mi difunto padre murió de esto. No hay salvación posible, ¿qué podemos hacer? El estudiante, presa del pánico, sacó las hojas de té para examinarlas: eran auténtica hierba *shuǐmáng*. Luego sacó el anillo y relató detalladamente el aspecto y la actitud de la joven. Su *tongnian*, meditando al respecto, dijo: —Ciertamente debe de ser Kou Sanniang. El estudiante, al ver que el nombre coincidía a la perfección, preguntó: —¿Cómo lo sabes? El otro respondió: —Es la hija de la familia acaudalada Kou, en la aldea del sur, quien desde hace tiempo gozaba de fama por su belleza. Hace unos años, ingirió por error el *shuǐmáng* y murió. Sin duda, ella se ha convertido en un espíritu maligno. Alguien comentó que aquellos que sufrían la posesión de un espíritu, si lograban averiguar el apellido y el nombre de fantasma y conseguían su ropa interior para hervirla y beberla, podían sanar. El conocido se dirigió apresuradamente a la residencia de los Kou, les contó la verdad de lo sucedido y, arrodillándose largamente, les suplicó con lágrimas en los ojos. Temiendo los Kou que el estudiante muriera en lugar de su hija, se negaron rotundamente a dársela. El conocido regresó lleno de ira y se lo comunicó al estudiante. Este también rechinó los dientes de rencor y declaró: —¡Si he de morir, no permitiré que esa maldita mujer vuelva a reencarnar! Su *tongnian* lo hizo transportar en una litera, pero al llegar a las puertas de su casa, el estudiante expiró. Su madre lo enterró entre gritos y amargas lágrimas. Dejó un hijo que apenas tenía un año de edad. Su esposa no pudo mantener la virtud del barco de ciprés y, a los seis meses, se casó de nuevo y se marchó. La madre se quedó sola para criar al huérfano; su agotamiento y sufrimiento no conocían límites, y lloraba desconsoladamente mañana y tarde. Un día, mientras sostenía al niño en brazos y lloraba en su habitación, el estudiante entró de repente de manera silenciosa. La madre, sumamente asustada, se secó las lágrimas y le preguntó la causa. Él le contestó: —Allá en el inframundo me enteré de los llantos de mi madre y sentí una profunda congoja en el corazón, por lo que he venido a servirle por la mañana y por la noche. Aunque ya he muerto, tengo un hogar y he venido junto con ella para compartir las fatigas de mi madre; no se aflija más. La madre preguntó: —¿Quién es tu esposa? Y él respondió: —La familia Kou se sentó a escuchar cómo moría, por lo que le guardo un profundo rencor. Tras morir, quise buscar a Sanniang, pero ignoraba su paradero; recientemente me encontré con cierto tío Geng, quien me indicó el camino. Cuando fui, Sanniang ya había reencarnado en la familia del señor asistente Ren. Me precipité allá, la atrapé a la fuerza y la traje conmigo. Ahora es mi esposa; nos llevamos bien y no sufrimos amargura alguna. Poco después, una mujer entró desde la corrala exterior; ataviada con espléndidos y vistosos ropajes, se postró en el suelo y se inclinó ante la madre. El estudiante dijo: —Ella es Kou Sanniang. Aunque no era una mujer de este mundo, al verla la madre sintió un gran alivio en su interior. El estudiante envió inmediatamente a Sanniang a realizar las labores domésticas. Aunque Sanniang no estaba acostumbrada en absoluto a tales tareas por su hidalguía, su obediencia y docilidad conmovían profundamente a cualquiera. Desde entonces, se instaló en la antigua casa y se quedó para no marcharse jamás. La joven le pidió a la madre que informara a su familia de origen. El estudiante se opuso a que se les dijera, pero la madre, complaciendo los deseos de la nuera, terminó por avisarlos. Al enterarse, el anciano y su esposa de la familia Kou quedaron profundamente aterrorizados y ordenaron que se enganchara un carruaje para acudir raudos. Al verla, comprobaron que era verdaderamente Sanniang. Se miraron y rompieron a llorar sin poder contener la voz, pero la joven los consoló para que se detuvieran. Al percatarse de la extrema pobreza de la familia del estudiante, la anciana sintió una profunda compasión y tristeza. La joven dijo: —Ya soy un fantasma, ¿cómo podría importarme la pobreza? Al ver el afecto y la lealtad con la que este joven y su madre me tratan, ya me siento plenamente en paz. Luego preguntó: —¿Quién era la anciana del té? Y le respondió: —Aquella era de apellido Ni. Avergonzada por su incapacidad para embaucar a los transeúntes, me pidió que la ayudara. Ahora ha renacido en la familia de un vendedor de agua en la capital de la prefectura. Entonces, volviéndose hacia el estudiante, añadió: —Siendo ya tu esposa, si no presento mis respetos a mis suegros, ¿qué clase de conciencia tendría esta concubina? El estudiante procedió entonces a inclinarse respetuosamente ante ellos. La joven entró de inmediato en la cocina para tomar el lugar de la madre en la preparación de los alimentos y sirvió al anciano y a su esposa. Al verla, a la anciana se le partió el corazón de pena. Tras regresar a su hogar, la familia Kou envió de inmediato a dos criadas para que les sirvieran, junto con cien gatos de oro, varias decenas de rollos de telas y brocados, y vino y viandas que les enviaban como obsequio de manera constante, logrando así que la madre del estudiante prosperara holgadamente. Los Kou también la invitaban de vez en cuando a pasar unos días en su casa natal. Tras permanecer allí un par de días, la joven invariablemente decía: «No hay nadie en casa; es mejor enviar al niño de vuelta cuanto antes». Si alguien intentaba retenerla a propósito, regresaba volando por sus propios medios. El anciano mandó a construir una gran mansión para el estudiante, dotándola de todas las comodidades hasta alcanzar la perfección. Sin embargo, el estudiante jamás llegó a poner un pie en casa de su suegro. Un día, en la aldea, una persona que se había intoxicado con veneno de *shuǐmáng*, tras haber muerto y vuelto a la vida, corrió la voz de que se trataba de un prodigio. El estudiante comentó: —Fui yo quien lo devolvió a la vida. Aquel hombre había sido dañado por Li Jiu, y yo expulsé a su fantasma para que se marchara. La madre le preguntó: —¿Por qué no te apoderas de alguien para que te sirva de reemplazo? Y él contestó: —Esta clase de gente me causa un profundo desprecio, ¡y estoy a punto de expulsar a todos los espíritus de esa ralea; cómo iba a descender a hacer tal cosa! Además, servir a mi madre es lo que más felicidad me da, y no deseo volver a nacer. A partir de entonces, aquellos que sufrían de envenenamiento preparaban con frecuencia opulentos banquetes y le ofrecían plegarias en su patio, las cuales resultaban siempre efectivas. Tras más de diez años, la madre falleció. El erudito y su esposa también guardaron un luto desgarrador, aunque no recibían visitas; simplemente ordenaron a su hijo vestir el sayal de cáñamo y golpear el pecho en señal de duelo, instruyéndole únicamente en los ritos y la etiqueta. Tras enterrar a la madre, pasaron otros dos años y algo más, y casaron a su hijo. La esposa era nieta del viceministro Ren. Antaño, una concubina del señor Ren había dado a luz a una niña que falleció a los pocos meses. Habiendo oído hablar después de las rarezas del erudito Zhu, mandó su carruaje a la casa de este para concertar la alianza matrimonial. Llegado el momento, casó a su nieta con el hijo de aquel, y las visitas entre ambas familias fueron incesantes. Un día, el erudito le dijo a su hijo: «El Emperador de lo Alto, considerando mis méritos en el mundo de los hombres, me ha nombrado Señor Pastor de Dragones de los Cuatro Ríos; ahora debo partir». De repente, vieron en el patio cuatro caballos que tiraban de un carruaje adornado con telas de estandartes amarillos; las cuatro extremidades de las bestias estaban cubiertas de escamas. El esposo y la esposa, ataviados con ropajes ceremoniales, salieron y subieron juntos al carruaje. El hijo y su esposa lloraron e hicieron reverencias, y en un parpadeo se desvanecieron en la inmensidad. Ese mismo día, en la casa de la familia Kou, la mujer se presentó para despedirse del anciano y la anciana, obrando tal como el erudito había dicho. La anciana, entre lágrimas, intentó retenerla, a lo largo de lo cual la mujer replicó: «El joven maestro Zhu ya se ha marchado». Al salir por la puerta, no se la volvió a ver jamás. El hijo se llamaba E, con el nombre de cortesía Lichen. Pidió permiso al anciano Kou para que los restos mortales de Sanniang fueran enterrados junto a los del erudito. Creación de Bestias Las artes de embrujo y encantamiento no siguen un solo camino. A veces, ofreciendo un cebo delicioso y engañando a la gente para que lo consuma, los hombres quedan embelesados y marchan tras el hechicero, en el habla vulgar se le llama «atrapar hilachas», y en la región al sur del Yangtsé lo llaman «tirar de hilachas». Los niños, en su ignorancia, caen a menudo presas de este mal. Asimismo, existe la práctica de transformar a los seres humanos en animales, conocida como «creación de bestias». Este arte aún es escaso al norte del río Huai, pero abunda al sur del río Amarillo. En una posada de Yangzhou, un hombre llevaba cinco burros a los que ató provisionalmente bajo el abrevadero, diciendo: «Volveré en un momento», y advirtiendo además: «No permitáis que beban ni coman». Dicho esto, se marchó. Los burros, expuestos al sol inclemente, armaban un gran alboroto pateando y mordiendo. El posadero los condujo a un lugar fresco. Al ver el agua, los burros corrieron hacia ella y se lanzaron a beber sin freno. Tras revolcarse en el polvo, se transformaron en mujeres. El dueño, extrañado, les interrogó sobre el motivo, pero tenían la lengua rígida y no podían responder, por lo que las ocultó en una habitación. Poco después llegó el dueño de los burros, quien condujo cinco corderos hacia el patio y preguntó con asombro por el paradero de sus burros. El posadero hizo que el huésped se sentara, le sirvió comida y bebida, y añadió: «Coma usted con tranquilidad, forastero; los burros llegarán de inmediato». Al salir, el posadero dio de beber a los cinco corderos, los cuales, tras dar vueltas y retorcerse, se convirtieron todos en muchachos. En secreto, dio aviso a las autoridades de la prefectura, las cuales enviaron alguaciles para capturarlo, y procedieron a ajusticiarlo con cangue y espada. El Letrado de Fengyang Un letrado de Fengyang llevaba su zurrón de libros mientras viajaba lejos. Le había dicho a su esposa: «Regresaré en medio año». Transcurridos más de diez meses, no hubo la menor noticia de él. La esposa lo aguardaba con infinita impaciencia. Una noche, apenas apoyada la cabeza en la almohada, con la luz de la gasa de la luna proyectando sombras trémulas, la melancolía de la separación se enredaba en su pecho. Mientras se revolvía de un lado a otro, apareció una hermosa mujer con un tocado de perlas y una capa escarlata; apartó las cortinas y entró, preguntando con una sonrisa: «Hermana, ¿acaso no deseas ver a tu buen esposo?». La esposa se incorporó apresuradamente para responder. La mujer la invitó a ir juntas. La esposa dudaba por la longitud y dificultad del camino, pero la mujer le pidió que no se preocupara. Acto seguido, la tomó de la mano para salir, pisando ambas la luz de la luna, y caminaron lo equivalente a la distancia de un disparo de flecha. La esposa notó que la mujer caminaba con rapidez mientras que sus propios pasos eran pesados y torpes, por lo que le suplicó que esperara un poco para volver a casa a ponerse otros zapatos. La mujer la hizo sentarse a la orilla del camino, se quitó sus propios zapatos y se los ofreció en préstamo. La esposa, encantada, se los calzó y comprobó con alegría que le ajustaban a la medida exacta sin discordancia alguna. Se levantó de nuevo para seguir el camino, marchando ligera y veloz como si volara. Al poco tiempo, vio venir al letrado montado en una mula blanca. Al ver a su esposa, este se quedó estupefacto; desmontó a prisa y preguntó: «¿A dónde vas?». La esposa respondió: «Voy a visitarte». A su vez, le preguntó quién era la bella mujer que la acompañaba. Antes de que la esposa pudiera responder, la mujer se tapó la boca y rió, diciendo: «No hagáis preguntas todavía; el viaje de la señora no ha sido fácil, y el señor ha cabalgado como una estrella en plena medianoche; imagino que tanto el hombre como la bestia deben estar agotados. Mi casa no está lejos, os ruego que descanséis los carruajes y continuéis al amanecer; no será tarde». Mirando a unos pocos pasos de distancia, se veía una pequeña aldea, hacia la cual marcharon juntos. Al entrar en un patio, la mujer instó a una sirvienta a levantarse para atender a los huéspedes, diciendo: «La luz de la luna de esta noche es diáfana y brillante; no es necesario encender velas, podemos sentarnos en la pequeña terraza sobre el lecho de piedra». El letrado ató su mula a un pilar bajo los alerces y tomó asiento. La mujer dijo: «Los zapatos os quedan demasiado grandes para el cuerpo, ¿os han resultado molestos en el camino? Como a la vuelta tendréis cabalgadura, os ruego que me los devolváis». La esposa se lo agradeció y se los entregó. Al poco tiempo, se sirvieron vino y frutas. La bella sirvió una copa y dijo: —Luan y Feng han estado separados por mucho tiempo, pero hoy al fin nos reunimos esta tarde. Una sola copa de vino turbio, y con esto te ofrezco mis felicitaciones. El erudito también levantó su copa para corresponder al brindis. Anfitrión y huésped reían y charlaban, con los zapatos entrecruzándose bajo la mesa. El erudito miraba fijamente a la hermosa mujer, provocándola repetidamente con palabras galantes. Aunque marido y mujer acababan de reunirse, no intercambiaron ni una sola palabra de afecto cotidiano. La bella también lanzaba miradas cargadas de pasión, profiriendo palabras seductoras y enigmas ocultos. La esposa, en cambio, se sentaba en silencio, fingiendo ser una tonta. Tras un rato, al irse mareando con el alcohol, las palabras de ambos se volvieron aún más licenciosas. La mujer le ofreció otra copa grande de vino al invitado, pero el erudito se excusó diciendo que estaba borracho; ella insistió con mayor fervor. El erudito sonrió y dijo: —Si compones una canción para mí, entonces beberé. La mujer no se negó; tomando el plectro de marfil para puntear la cítara, cantó: > «Al caer el crepúsculo me quito el maquillaje restante, > fuera de la ventana el viento de otoño penetra frío por la gasa. > Escucho el sonido del plátano, > una tras otra caen las lloviznas menudas. > ¿Dónde ir a charlar ociosamente con la gente? > Mis ojos anhelan hasta rasgar el horizonte, mas no veo su regreso, > y las lágrimas caen copiosas como el cáñamo. > Otra vez pensando en él, otra vez guardándole rencor, > con un zapato rojo bordado en la mano, consulto un oráculo de fantasmas». Al terminar de cantar, sonrió y dijo: —Esta es una balada de los callejones y mercados, no es digna de ensuciar los oídos del señor. Sin embargo, como es lo que admira la vulgar multitud, solo he imitado la mueca de Xishi. Su voz era lánguida y disoluta, y su postura, indecorosa. El erudito, turbado y seducido, parecía incapaz de contenerse. Poco después, la bella fingió estar borracha y se retiró del banquete; el erudito también se levantó y la siguió, marchándose con ella. Pasó un buen rato y no regresaban. La criada, agotada, se durmió apoyada en el corredor. La esposa se quedó sola, desolada y sin compañía, sintiendo en su interior una ira y una indignación tan intensas que apenas podía soportarlas. Pensaba en huir y regresar a su hogar, pero la penumbra de la noche era ligera y no recordaba el camino. Dando vueltas sin saber qué hacer, se levantó para espiarlos. Apenas se acercó a la ventana, los sonidos de nubes rotas y lluvia dispersa se dejaban oír vagamente. Al escuchar con más atención, oyó que su esposo le confesaba por completo a la otra las intimidades que solían compartir habitualmente. Al llegar a este punto, con las manos temblando y el corazón agitado, la esposa sintió que ya no podía contenerse más; pensó que sería mejor salir por la puerta, arrojarse a un barranco y morir. Mientras caminaba llena de furia, de repente vio llegar a su tercer hermano menor a caballo, y apresuradamente se adelantó para contarle todo. El hermano menor se enfureció enormemente, regresó de inmediato con su hermana y entró directamente a la casa, solo para encontrar la puerta de la habitación cerrada con transe y las palabras sobre la almohada aún murmuradas entre susurros. El hermano menor levantó una gran piedra del tamaño de un <i>dou</i> y la arrojó contra el ajimez de la ventana, haciéndolos pedazos en tres o cuatro fragmentos. Desde el interior se oyó un grito estentóreo: —¡Al joven señor se le ha roto el cráneo! ¡Qué hacemos! Al oír esto, la esposa se quedó atónita, rompió a llorar amargamente y le dijo a su hermano: —Yo no planeé contigo matar al joven señor, ¿qué vamos a hacer ahora? El hermano menor abrió los ojos de par en par y replicó: —¡Tú viniste lloriqueando a apresurarme, y apenas ahora he podido calmar esta inquina en mi pecho! ¡Pero ahora defiendes al hombre y culpas a tus hermanos! ¡No estoy acostumbrado a servir de mandadero para las criadas! Dándose la vuelta, quiso irse, pero la esposa lo agarró de la ropa y le suplicó: —Si no me llevas contigo, ¿a dónde iré? El hermano menor sacudió a su hermana arrojándola al suelo, se desprendió de ella y se marchó. La esposa despertó sobresaltada de golpe, y solo entonces comprendió que había sido un sueño. Al día siguiente, el erudito en efecto regresó, montando una mula blanca. La esposa se extrañó, pero no dijo nada. Esa misma noche, el erudito también tuvo un sueño; lo que vio y experimentó coincidía exactamente con su relato, y ambos se quedaron mutuamente atónitos y aterrorizados. Poco después, al enterarse de que su cuñado había regresado de lejos, el tercer hermano menor también vino a visitarlo y preguntar por su salud. Durante la conversación, le dijo al erudito: —Anoche soñé que usted regresaba, y hoy es verdad; esto sí que es de lo más extraño. El erudito sonrió y dijo: —Por suerte no fui asesinado por una gran piedra. El hermano menor, estupefacto, preguntó el motivo, y el erudito le contó su sueño. El hermano menor quedó sumamente extrañado, pues aquella misma noche él también había soñado que se encontraba con su hermana, quien le suplicaba llorando, y lleno de indignación arrojaba una piedra. Los tres sueños coincidían a la perfección, aunque se ignoraba de dónde era aquella bella mujer. --- ### Geng Shibā Geng Shibā, de Xincheng, se encontraba gravemente enfermo y sabía que no se recuperaría. Le dijo a su esposa: —La despedida definitiva llegará en cualquier mañana o atardecer. Después de mi muerte, quedará en tus manos si deseas guardar luto o volver a casarte; dime cuál es tu voluntad. La esposa guardó silencio y no respondió. Geng insistió en preguntarle, añadiendo: —Guardar luto está bien, pero volver a casarse también es lo común de este mundo. Dímelo claramente, ¿qué daño hay en ello? Está a punto de despedirme de ti: si guardas luto, mi corazón se sentirá reconfortado; si te casas de nuevo, mis entrañas se romperán de dolor. La esposa entonces respondió con amargura: —En nuestra casa no hay ni la medida de un <i>dan</i> o un <i>dou</i> de grano, y cuando usted vive ni siquiera alcanza para lo necesario; ¿cómo voy a poder guardar luto? Al oír esto, Geng le apretó con fuerza el brazo a su esposa y dijo con tono de resentimiento: —¡Qué cruel eres! Tras decir estas palabras, expiró. Su mano quedó cerrada con tanta fuerza que no se pudo abrir. Llegaron los familiares, y dos de ellos tiraron de sus dedos, intentando abrirlos a la fuerza, hasta que por fin lo lograron. La esposa se echó a llorar a gritos. Geng, sin saber que ya estaba muerto, salió por la puerta y vio más de diez carretillas, cada una con diez hombres. Pegaban papeles cuadrados escritos con nombres sobre los carros. El cochero vio a Geng y lo apresuró a subir al carro. Geng miró dentro y vio que ya había nueve personas, sumando diez con él mismo. Luego miró la lista pegada y su nombre era el último. El carro avanzaba con un traqueteo ensordecedor, sin que él supiera a dónde se dirigía. Al poco tiempo llegaron a un lugar, y escuchó a alguien decir: "Este es el lugar de la añoranza". Al oír el nombre, dudó. Luego oyó al cochero murmurar: "Hoy se cazan tres". Geng se aterrorizó aún más. Al escuchar atentamente susurrar sobre asuntos del inframundo, se dio cuenta por sí mismo: "¿Acaso no me he convertido en un espíritu fantasma?". De pronto pensó en su hogar, donde ya no había nada de qué preocuparse, excepto su anciana madre de avanzada edad y su esposa que, tras casarse, carecería de sustento; al pensarlo, no pudo evitar que las lágrimas rodaran. Al poco tiempo, vio una terraza de varias brazadas de altura, con numerosos visitantes; aquellos con la cabeza cubierta y los pies encadenados subían y bajaban gimoteando. Oyó a la gente decir que era el "Mirador del Retorno". Al llegar allí, todos pisaron las varas del carro y treparon en medio del bullicio. El cochero a veces los azotaba y a veces los detenía, pero al llegar a Geng, lo instó a subir. Subió varias decenas de escalones hasta llegar a la cima. Al alzar la cabeza para mirar, las puertas y los patios estaban claramente ante sus ojos. Sin embargo, las habitaciones interiores se veían difusas, como envueltas en humo y niebla. Una tristeza inconsolable lo abrumó. Al mirar atrás, un hombre de ropa corta estaba de pie junto a su hombro y le preguntó su apellido. Geng se lo contó todo. El hombre también dijo ser un artesano de Donghai. Al ver las lágrimas de Geng, le preguntó: "¿Qué asunto sigue sin resolverse en tu corazón?". Geng se lo relató. El artesano propuso saltar la terraza para escapar. Geng temía la persecución del inframundo, pero el artesano insistió en que no pasaba nada. Geng temía que la terraza fuera tan alta que cayera y se derrumbara, pero el artesano le ordenó simplemente que lo siguiera. Entonces saltó primero, y Geng efectivamente lo siguió. Al tocar el suelo, salió ileso. Se alegró de que nadie se hubiera dado cuenta. Miró el carro en el que había viajado y todavía estaba al pie de la terraza. Los dos corrieron a toda prisa; tras dar unos cuantos pasos, de repente Geng pensó que su nombre seguía pegado en el carro y temió que no pudiera escapar de una persecución nominal. Así que dio media vuelta y se acercó al carro, mojó un dedo con saliva y borró su nombre, tras lo cual reanudó la carrera, jadeando con la boca abierta y sin atreverse a detenerse ni un instante. Al poco rato, entraron por la puerta del barrio, y el artesano lo llevó hasta su habitación. Al contemplar de repente su propio cadáver, despertó de golpe y volvió a la vida. Sintiendo fatiga, agitación y una sed abrasadora, pidió agua a gritos. Su familia se aterrorizó y le dio agua; tras beber más de un *shi*, se levantó de un salto y adoptó una postura de reverencia y saludo. Luego salió por la puerta para hacer una reverencia de agradecimiento antes de regresar. Al volver, se quedó rígido en la cama sin poder moverse. Su familia, al ver su conducta inusual, sospechó que no estaba verdaderamente vivo; sin embargo, al observarlo poco a poco, no notaron nada más extraño. Al acercarse a preguntarle con cautela, él comenzó a relatarle todo el episodio de principio a fin. Le preguntaron: "¿Por qué saliste por la puerta?". Respondió: "Para despedir al artesano". "Y tanta agua, ¿por qué la bebiste?". Respondió: "Primero bebí para mí, y luego bebió el artesano". Le dieron caldos y sopas, y a los pocos días sanó. A partir de entonces, sintió desprecio por su esposa y no volvió a compartir lecho con ella. *** ### Zhu'er Li Hua, un plebeyo de Changzhou, poseía vastas tierras y propiedades. A los cincuenta y tantos años, no tenía hijos. Tenía una hija llamada Xiaohui, de rostro y complexión sumamente hermosos, a quien ambos esposos amaban entrañablemente. A los catorce años, enfermó repentinamente y murió prematuramente. El patio y las cortinas se volvieron desolados, disminuyendo aún más la alegría de vivir. Entonces tomaron a una sirvienta, y al cabo de más de un año dio a luz a un varón, a quien trataban como un tesoro invaluable y llamaron Zhu'er. El niño fue creciendo, robusto y adorable. Sin embargo, su naturaleza era profundamente tonta; a los cinco o seis años aún no distinguía el frijol del trigo, y su habla era torpe. Li, sin embargo, lo amaba tanto que era ciego a sus defectos. Por entonces llegó un monje tuerto que pedía limosnas por el mercado, el cual parecía conocer los secretos de los aposentos internos de la gente, por lo que asombraba a todos con supuestos poderes divinos; además, pregonaba que podía otorgar la vida, la muerte, la fortuna y la desgracia a las personas. Exigía dinero por cientos y miles, nombrando a sus víctimas con total impunidad, y nadie se atrevía a desobedecerlo. Llegó ante Li para mendigar cien hilos de monedas. Li se mostró reacio y le ofreció diez piezas de oro, pero el monje no las aceptó; la cifra fue subiendo hasta treinta piezas de oro. El monje, con rostro severo, dijo: "¡Deben ser cien hilos! ¡Ni una sola moneda menos!". Li también se enojó, retiró el oro y se marchó airadamente. El monje, furioso, se levantó y exclamó: "¡No se arrepientan! ¡No se arrepientan!". Al poco rato, Zhu'er sintió un dolor agudo en el corazón, comenzó a rasguñar la estera de la cama y su rostro adquirió un tono ceniciento. Li, aterrorizado, reunió ochenta piezas de oro y fue a suplicar la salvación del monje. El monje se rio y dijo: "¡Conseguir tanto oro no es fácil! Pero, ¿qué puede hacer este monje de las montañas?". Cuando Li regresó a casa, su hijo ya había muerto. Li, presa de un dolor inmenso, presentó una denuncia ante el magistrado del distrito. El magistrado mandó arrestar al monje para interrogarlo y someterlo a juicio, pero este se defendió con elocuencia, sin mostrar remordimiento alguno. Lo azotaron, pero sonaba como si golpearan cuero curtido. El magistrado ordenó registrar su cuerpo y le halló dos hombrecillos de madera, un atúd diminuto y cinco banderitas. Enojado, el magistrado formó un sello con los dedos y se lo mostró como advertencia. Solo entonces el monje sintió temor y comenzó a postrarse incontables veces. El magistrado no lo escuchó y ordenó matarlo a bastonazos. Li dio las gracias postrándose y regresó a su hogar. Era ya el atardecer; Li estaba sentado en la cama con su esposa. De pronto, un niño pequeño tambaleóse al entrar a la estancia y dijo: «¿Por qué camina el abuelo tan de prisa? Por mucho que me esforcé, no pude alcanzarlo». Al observar su semblante y aspecto, aparentaba tener unos siete u ocho años. Li, azorado, se disponía a interrogarlo cuando lo vio volverse tenue y difuso, vaporoso como la bruma; en un abrir y cerrar de ojos, ya había subido al lecho para sentarse. Li lo empujó hacia abajo, pero cayó al suelo sin emitir sonido alguno. El niño exclamó: «¡Abuelo, ¿por qué actúa así?!», y de un rápido salto volvió a trepar. Aterrorizado, Li huyó junto con su esposa. El niño los llamaba «padrecito» y «madrecita», parloteando sin cesar. Li ingresó en las habitaciones de su concubina y cerró el picaporte con urgencia; al mirar atrás, el niño ya estaba arrodillado ante sus faldas. Alarmado, Li le preguntó qué pretendía. El niño respondió: «Soy natural de Suzhou, de apellido Zhan. A los seis años perdí a mis padres, y al no ser tolerado por mis hermanos mayores, fui a vivir a casa de mis abuelos maternos. Mientras jugaba por casualidad a las puertas de la casa, fui embrujado y asesinado por un monje perverso bajo un árbol de moras, obligado a servirle como un fantasma esclavo (*guizi*). Injustamente confinado en los manantiales oscuros, no podía liberarme ni reencarnar. Gracias a que el abuelo ha vindicado mi honor, deseo convertirme en su hijo». Li replicó: «Los vivos y los fantasmas marchan por caminos distintos; ¿cómo podríamos depender el uno del otro?». El niño dijo: «Basta con despejar una habitación pequeña, prepararme un lecho y rociar cada día una taza de gacha de arroz diluida; de lo más me encargaré yo». Li accedió. Encantado, el niño se fue a dormir solo a la estancia. Al llegar la mañana, entraba y salía de los aposentos privados como si hubiera nacido en la casa. Al oír a la concubina llorar por su hijo, preguntó: «¿Cuántos días hace que murió Zhuer?». Ella le respondió que siete días. El niño dijo: «El clima es rigorosamente helado, por lo que su cadáver no debe de haberse corrompido. Intentad abrir la tumba para examinarlo; si no ha sufrido daños, podré devolverle la vida». Gozoso, Li fue con el niño, abrió el túmulo y lo comprobó: la envoltura mortal seguía intacta. Mientras aún se afligía por esto, al volverse descubrió que el niño había desaparecido. Extrañado, cargó el cadáver de regreso a casa. Apenas lo hubo colocado sobre el lecho, los párpados ya se agitaron levemente; al poco rato pidió una sopa, y tras tomarla comenzó a sudar; una vez que hubo sudado, se levantó por su propio pie. Todos se alegraron de que Zhuer hubiera resucitado, y además lo notaron agudo, inteligente y vivaz, muy diferente a su pasado. No obstante, durante las noches yacía rígido y yerto, sin rastro alguno de aliento; al voltearlo entre todos, parecía sumido en un letargo semejante a la muerte. Llenos de gran consternación, creyeron que había vuelto a expirar; mas al rayar el alba, despertaba como de un sueño. Todos se acercaron a interrogarlo. Él respondió: «Cuando antaño seguía al monje perverso, éramos otros dos niños; uno de ellos se llamaba Guzi. Ayer, al no poder alcanzar al padrecito, me quedé atrás despidiéndome de Guzi. Ahora, en el inframundo, he sido adoptado como hijo por el caballero rural (*yuanwai*) Jiang, y vivo con bastante desahogo. Al filo de la medianoche, sin duda vine a invitar al niño a jugar. Justo acabo de regresar montado en un corcel de hocico blanco (*babi guai*)». Su madre aprovechó para preguntarle: «En el inframundo, ¿viste a Zhuer?». Y él replicó: «Zhuer ya ha vuelto a transmigrar. Él no tiene lazos de parentesco filial con el abuelo; no era más que Yan Zifang de Jinling, que vino a cobrarle una deuda de cien mil monedas». En el pasado, Li comerciaba en Jinling y le debía a Yan el pago por unas mercancías que no alcanzó a liquidar, pero como el viejo Yan había fallecido, nadie más estaba al tanto de aquel asunto. Al oír esto, Li quedó espantado. La madre preguntó: «¿Vio el niño a la hermana Hui?». El niño respondió: «No lo sé; cuando vuelva a ir, habré de visitarla». Dos o tres días después, le dijo a su madre: «La hermana Hui está de lo más bien en el inframundo; se ha casado con el hijo menor del rey de Chu Jiang, y lleva la cabeza colmada de perlas y martín pescador. En cuanto sale por la puerta, hay centenares de personas escoltándola a los gritos». La madre le reprochó: «¿Por qué no regresa a visitar a sus padres (*guining*)?». Él replicó: «Una vez que los seres mueren, todo vínculo con sus parientes de carne y hueso se desvanece. Solo si alguien le relata detalladamente los sucesos de su vida anterior, su mente despierta con claridad de golpe. Ayer, valiéndome del caballero Jiang, conseguí ver a la hermana mediante sus influencias. La hermana me invitó a sentarme sobre una cama de coral y le hablé de la incesante preocupación de sus padres, pero ella seguía como dormida. Le dije: "Cuando la hermana vivía, le gustaba bordar flores de ciruelo entrelazadas; las tijeras le pincharon un dedo y la sangre manchó el damasco, así que la hermana lo bordó transformándolo en nubes de agua roja. Hoy la madre aún lo cuelga en la pared junto a su cabecera, y la añoranza no se aparta de su corazón. ¿Lo habrá olvidado la hermana?". Solo entonces la hermana se conmovió con tristeza y dijo: "Heme de rogar a mi esposo blanco para regresar a rendir visita a nuestra madre"». La madre le preguntó por la fecha, a lo que respondió que lo ignoraba. Un día le dijo a su madre: «La hermana está por llegar; su séquito es sumamente numeroso, así que debéis preparar abundante vino y brebajes». Al poco rato, entró corriendo a la estancia y exclamó: «¡Ya ha llegado la hermana!». Tras trasladar el lecho al salón principal, añadió: «Hermana, descanse aquí un momento y modere sus llantos». Ninguno de los presentes pudo ver absolutamente nada. El niño condujo a la gente a quemar ofrendas de papel y verter libaciones a la puerta; al regresar, informó: «He mandado que los servidores y la escolta se retiren por un momento. La hermana ha dicho: "¿Aquel edredón de brocado verde con el que solía cubrirme, al que una chispa de vela le quemó un agujero del tamaño de un frijol, sigue existiendo?"». La madre respondió: «Existe». Inmediatamente abrió un arca para sacarlo. El niño dijo: «La hermana me ha ordenado exhibirlo en sus antiguas habitaciones. Estoy fatigado y deseo dormir un rato; al día siguiente volveré a hablar con la madre». La hija de los Zhao, de la vecindad oriental, había sido desde antaño amiga íntima de Hui en las cámaras de costura. Esa noche, soñó de repente que Hui venía a verla ataviada con un turbante y una capa púrpura, hablando y riendo como en vida. Y le dijo: —Ahora soy un ser de otro mundo, y entre mis padres y yo hay una distancia mayor que la de los ríos y las montañas. Voy a tomar prestado el cuerpo de mi hermana para conversar con mi familia; no debéis asustarnos. Al aclararse el día, apenas hubo terminado de hablar con su madre, cayó repentinamente al suelo, desmayada y sin sentido. Tras el tiempo que toma una comida, volvió en sí, y dirigiéndose a su madre, dijo: —¡Acompañada de la tía, hacía cuántos años que la pequeña Hui se había despedido, y de pronto se me han vuelto blancos y ralos los cabellos! La madre, aterrorizada, exclamó: —¿Se ha vuelto loca la niña? La joven se despidió con una reverencia y salió a toda prisa. Sabiendo que algo extraño ocurría, la madre la siguió. Llegaron directamente a la casa de la familia Li, donde la muchacha abrazó a la madre y rompió en amargo llanto. Desconcertada, la madre no comprendía de qué se trataba. La joven dijo: —Ayer, cuando regresé, estaba sumamente fatigada y no tuve tiempo de decir una sola palabra. ¡Hija impía, abandoné a mis honorables padres a mitad del camino y hice que se afligieran con su añoranza; qué crimen tan grande que no puedo expiar! La madre comprendió de golpe y comenzó a llorar. Al poco rato, le preguntó: —He sabido que ahora eres de alta posición, lo cual consuela enormemente el corazón de tu madre. Pero como te alojas en casa de cinco familias, ¿cómo has podido venir? La joven respondió: —El esposo me trata con sumo afecto y agrado, y mis suegros también me miman y cuidan; no es para nada como dicen, que hay celos y mezquindades. Cuando Hui había estado en vida, tenía la costumbre de apoyar la barbilla en la mano; durante la conversación, la joven adoptó de repente esa misma postura, con un semblante y una expresión idénticos. Al poco rato, el pequeño Zhu'er entró corriendo y anunció: —¡Ha llegado la persona que vino a buscar a la hermana mayor! Entonces la joven se levantó, se despidió haciendo una reverencia mientras las lágrimas caían por sus mejillas, y dijo: —La hija se va. Dichas estas palabras, volvió a desplomarse, y solo tras un buen rato recuperó el conocimiento. Unos meses después, Li enfermó gravemente y los medicamentos no surtieron efecto. La joven dijo: —¡Temo que de la mañana a la noche no podamos salvarlo! Dos fantasmas están sentados a la cabecera de la cama; uno empuña un bastón de hierro y el otro sostiene una soga de cáñamo, de unas cuatro o cinco patas de largo. Día y noche he estado suplicándoles, pero no se van. La madre lloró y preparó las ropas funerarias. Al atardecer, la joven entró apresurada y dijo: —Mujeres ajenas, salgan de aquí y retírense; el cuñado ha venido a ver al suegro. Al poco tiempo, aplaudía y reía. Al preguntarle la madre, respondió: —Me río de los dos fantasmas; al oír que venía el cuñado, ambos se han escondido debajo de la cama como tortugas y galápagos. Poco después, mirando al vacío, intercambió saludos y preguntó por la salud de su hermana. A continuación, dio palmadas y dijo: —Los dos esclavos fantasmales no cesaban de suplicar, ¡qué gran alivio llegar hasta aquí! Luego salió a la puerta, y al regresar, dijo: —El cuñado se ha marchado. Los dos fantasmas han quedado atados al yugo del caballo. El padre sin duda sanará de inmediato. El cuñado ha dicho que volverá para avisarle al Gran Rey y rogarle por cien años de vida para los padres. Toda la familia se llenó de alegría. Al llegar la noche, la enfermedad mejoró notablemente y a los pocos días sanó por completo. Contrataron a un maestro para que enseñara a leer al muchacho. Era sumamente inteligente, y a los dieciocho años ingresó en la escuela del distrito, aunque aún era capaz de hablar de los asuntos del inframundo. Al ver a alguien enfermo en la vecindad, señalaba de inmediato el lugar donde se ocultaba el espíritu maligno, lo quemaba con fuego y, por lo general, el enfermo sanaba. Más tarde, sufrió una enfermedad repentina y su cuerpo se puso de color azul violento; él mismo decía que los fantasmas y dioses lo habían castigado por revelar los secretos del más allá, por lo que nunca volvió a hablar de ello. *** ### El pequeño oficial Cierto erudito con el cargo de Historiador Imperial, cuyo apellido se ha olvidado. Mientras reposaba de día en su estudio, de repente apareció una pequeña comitiva oficial que salía de la esquina del salón. Los caballos eran del tamaño de ranas y los hombres más delgados que un dedo. Había varias decenas de filas de pequeños estandartes e insignias ceremoniales; un oficial con un tocado de gasa negra y una túnica bordada montaba una silla de manos de hombro, y todos salieron desfilando por la puerta. El erudito lo encontró extraño y sospechó en secreto que se trataba de una ilusión de su sueño. De pronto vio a un pequeño hombrecillo que regresaba a la habitación, cargando un paquete de fieltro del tamaño de un puño, y se dirigió directo debajo de la cama. Le dijo respetuosamente: —Mi señor tiene una modesta ofrenda que respetuosamente presenta al Historiador Imperial. Habiendo hablado, se quedó de pie frente a él, sin llegar a mostrar el objeto. Al cabo de un rato, se echó a reír por sí mismo y dijo: —Siendo un obsequio tan insignificante, supongo que el Historiador Imperial tampoco tendrá uso para él; mejor se lo regalaré a este servidor. El erudito asintió con la cabeza. El hombrecillo se marchó con alegría, llevándoselo. Después no volvió a vérsele. El erudito lamentó estar falto de viveza en ese momento y no haberle preguntado de dónde venía. *** ### La cuarta señorita Hu Un erudito apellidado Shang, oriundo del monte Tai, vivía solo en un estudio apartado. Coincidió con una noche de otoño en la que la Vía Láctea brillaba intensamente en las alturas y la luna clara reinaba en el cielo; deambulaba bajo la sombra de las flores, albergando en su interior profundos y lejanos pensamientos. De pronto, una doncella saltó el muro del jardín y sonrió: —¿En qué piensa tan profundamente el erudito? Shang se acercó a mirarla y su belleza era la de un inmortal. Lleno de alegría y sorpresa, la abrazó para llevarla adentro, entregándose por completo a la más íntima pasión. Ella misma dijo: —Mi apellido es Hu y mi nombre es Sanjie. Cuando él le preguntó por su casa y morada, ella solo sonrió y guardó silencio. Shang tampoco volvió a insistir, limitándose a desear que ambos se mantuvieran unidos por siempre. A partir de entonces, no hubo noche en la que ella faltara a su encuentro. Una noche, junto a la pantalla de la lámpara, el joven charlaba con ella rodillas con rodillas; el joven la miraba con devoción, con la mirada fija y anhelante. Ella sonrió y dijo: «¿Por qué miras a esta concubina con ojos tan ávidos?». Él respondió: «Miro a mi estimada como a la peonía roja y el melocotonero verde; aunque la mire durante toda la noche, nunca me cansaría». La Tercera Hermana dijo: «Esta concubina es de baja condición y, sin embargo, ha merecido tal favor y consideración; si vieras a nuestra Cuarta Hermana, no sé cómo perderías la cabeza». El joven se sintió aún más conmovido y, lamentando no poder contemplar su semblante, se arrodilló largamente y le suplicó con fervor. Al cabo de otra tarde, ella en verdad trajo consigo a la Cuarta Hermana. Apenas acababa de alcanzar la pubertad; era como un lino bañado en rocío y una flor de ciruelo humedecida por la neblina, con una sonrisa encantadora y una belleza tan deslumbrante que cortaba el aliento. El joven, presa de frenética alegría, la hizo sentarse. La Tercera Hermana reía y charlaba con el joven, mientras que la Cuarta Hermana solo sostenía su cinta bordada entre las manos, con la cabeza gacha. Poco después, la Tercera Hermana se levantó para despedirse; la hermana menor quiso seguirla, pero el joven la retuvo sin soltarla y miró a la Tercera Hermana diciendo: «Mi estimada, te ruego que digas unas palabras por mí». La Tercera Hermana se echó a reír y dijo: «¡Qué joven tan loco y apresurado! Hermana menor, quédate un momento». La Cuarta Hermana no dijo nada, y la hermana mayor se marchó. Ambos agotaron todas las delicias del afecto y el placer; luego, entrelazando los brazos y turnándose como almohadas, se confesaron sus vidas sin guardarse nada. La Cuarta Hermana reveló por sí misma que era una zorra. El joven, prendado de su hermosura, tampoco encontró nada extraño en ello. La Cuarta Hermana comentó entonces: «Mi hermana mayor es cruel y despiadada; ya ha dado muerte a tres hombres. A cuantos embruja, no hay uno que no perezca. Yo, que por fortuna gozo de su profundo favor, no soporto verte perecer, por lo que debemos cortarlo de raíz cuanto antes». El joven se atemorizó y le suplicó un remedio. La Cuarta Hermana dijo: «Aunque soy una zorra, he recibido la recta enseñanza de los Inmortales; si escribo un talismán y lo pego en la puerta de la alcoba, podremos repelerla». Dicho esto, lo escribió. Al amanecer, vino la Tercera Hermana; al ver el talismán, retrocedió y dijo: «Muchacha desleal, has entregado tu corazón al nuevo galán y ya no te acuerdas de quien te hizo de celestina. Puesto que ustedes dos están predestinados por afinidad de vidas pasadas, yo tampoco seré un obstáculo, pero ¿qué necesidad había de esto?». Y se marchó derechamente. A los pocos días, la Cuarta Hermana se ausentó a otro lugar, acordando regresar al caer la tarde. Aquel día, el joven salió por casualidad a contemplar los alrededores; junto a la montaña había un antiguo bosque de robles y, entre la espesura sombría, emergió una joven casada que también poseía bastante gracia y encanto. Se acercó al joven y le dijo: «¿Por qué razón el erudito ha de entregarse día tras día a las hermanas de la familia Hu? Ellas ni siquiera son capaces de regalarle una sola moneda». Dicho esto, le entregó una cadena de monedas y dijo: «Llévala primero a casa y compra buen vino; yo misma traeré algunos platos de comida para divertirnos juntos». El joven volvió a casa con las monedas en el pecho, haciendo exactamente como se le había ordenado. Al poco rato, la mujer en efecto llegó; puso sobre la mesa un pollo asado y una paletilla de cerdo salada, sacando de inmediato un cuchillo para cortarlos en finos trozos. Sirvió el vino, bromeó con picardía y la alegría fue inmensa. Después, apagaron la lámpara y subieron al lecho, entregándose a una pasión de lo más desenfrenada. Al amanecer se levantaron. Justo cuando se sentaban en el borde de la cama, calzándose las zapatillas, escucharon de repente voces humanas. Al aguzar el oído, notaron que ya habían entrado en la cortina de la cama: ¡eran las hermanas Hu! Al verla de improviso, la mujer huyó presa del pánico, olvidando sus zapatillas en el lecho. Las dos jóvenes la reprendieron al punto diciendo: «¡Zorra desvergonzada! ¡Cómo osas compartir el lecho con los hombres!». Salieron en su persecución y solo regresaron transcurrido un buen rato. La Cuarta Hermana reprochó al joven con enojo: «No tienes remedio; te aparejas con una zorra desvergonzada ¡y ya no puedes volverte a acercar a mí!». Dicho esto, se dispuso a marchar furiosa. El joven, aterrorizado, se postró por iniciativa propia y le suplicó con palabras y expresiones llenas de dolor. La Tercera Hermana intercedió desde un lado. La cólera de la Cuarta Hermana se disipó un poco y, a partir de entonces, su afecto volvió a ser como al principio. Un día, un hombre de Shaanxi llegó montado en un burro a la puerta y dijo: «He estado buscando a estos seres maléficos día y noche, y es hoy cuando por fin los he encontrado». El padre del joven, extrañado por sus palabras, le preguntó por el origen de todo aquello. El hombre respondió: «Este humilde servidor navega cada día por las nieblas y las olas, viajando por los cuatro rincones del mundo. Diez o más meses al año, ocho o nueve de ellos siempre estoy lejos de mi tierra natal; una criatura maléfica embrujó a mi hermano menor hasta matarlo. Al regresar, sentí un dolor tan hondo y amargo que juré buscarla y exterminarla. Aunque he corrido de aquí para allá durante varios miles de li, no he hallado rastro ni señal. Ahora se encuentra en su honorable casa; si no la cortan de raíz, habrá alguien que muera después de mi hermano». En ese momento, el joven mantenía una estrecha intimidad con la fémina. Los padres, que lo habían percibido vagamente, se atemorizaron sobremanera al escuchar al huésped; lo invitaron a pasar y le ordenaron que realizara sus sortilegios. El hombre sacó dos frascos, los colocó en el suelo y recitó encantamientos durante un buen rato. Cuatro volutas de niebla negra surgieron y se precipitaron por separado dentro de los frascos. El huésped dijo complacido: «Toda la familia ha llegado». A continuación, envolvió las bocas de los frascos con vejigas de cerdo y las selló con suma firmeza. El padre del joven también se alegró e insistió en retener al huésped para beber. El joven, sintiendo una profunda compasión en su interior, se acercó al frasco y miró a hurtadillas. Oyó que la Cuarta Hermana decía desde el interior del frasco: «Me ves sentada sin socorrerme, ¿cómo puedes ser tan desleal?». El joven se conmovió aún más. Abrió apresuradamente el sello, pero el nudo era imposible de deshacer. La Cuarta Hermana dijo de nuevo: «No hace falta eso; tan solo bota el estandarte del altar y pincha la vejiga con una aguja para hacer un agujero, y saldré inmediatamente». El joven hizo tal como le había pedido. En verdad vio un hilo de vapor blanco que salía por el orificio y, surcando los cielos, se alejó. Cuando el huésped salió y vio el estandarte tendido en el suelo, exclamó con gran asombro: «¡Han huido! Esto sin duda ha sido obra del joven señor». Sacudió el frasco, inclinó el oído y dijo: «Por suerte solo se ha escapado uno. Esta criatura no está predestinada a morir y aún puede ser perdonada». Tomó entonces su frasco y se marchó. El joven, que vivía en el campo, supervisaba a los jornaleros en la siega del trigo cuando vio de lejos a Sijie sentada bajo un árbol. El joven se acercó a ella, le tomó la mano para consolarla y le dijo: «Han pasado diez primaveras y otoños desde nuestra separación, y ahora el Gran Elixir ya está completo. Pero como no he olvidado el anhelo que siento por ti, he vuelto para rendirte homenaje y saludarte». El joven quiso irse con ella, pero la mujer dijo: «Tu concubina ya no es lo que solía ser; no puede contaminarse con afectos mundanos. Nos volveremos a ver más adelante». Tras decir esto, nadie supo a dónde fue. Más de veinte años después, el joven se encontraba viviendo solo cuando vio que Sijie llegaba desde el exterior. El joven, encantado, se puso a hablar con ella. La mujer dijo: «Mi nombre ahora figura en los registros de los inmortales, y originalmente no debería volver a pisar el mundo mortal. Pero, conmovida por tus sentimientos, he venido respetuosamente a cumplir el plazo de nuestra separación. Puedes disponer pronto de tus asuntos póstumos; no te aflijas tampoco, pues te guiaré para que te conviertas en un Inmortal de los Fantasmas, y así no sufrirás». Se despidió y partió. Llegado el día, el joven efectivamente falleció. Shang Sheng era pariente y amigo de Li Wenyu, quien lo presenció en persona con sus propios ojos. El anciano Zhu En la aldea de Zhu, en Jiyang, había un anciano de apellido Zhu que, a la edad de más de cincuenta años, enfermó y murió. Su familia entró en la habitación para arreglar las vestimentas de luto cuando de repente escucharon al anciano llamar con mucha urgencia. Todos corrieron a reunirse en la cámara funeraria y vieron que el anciano ya había resucitado. Todos se alegraron y lo consolaron. El anciano solo le dijo a su esposa: «Cuando me fui hace un momento, estaba decidido a no regresar. Tras caminar unas pocas lis, pensé de repente en dejar tu viejo pellejo en manos de los jóvenes, dependiendo de otros para el frío y el calor, y vi que ya no tenía sentido seguir viviendo; era mejor irme contigo. Por eso he regresado, deseando marchar en tu compañía». Todos tomaron esto como las desvaríos de alguien que acababa de despertar y no lo creyeron del todo. El anciano volvió a hablar del asunto. La esposa dijo: «Siendo así, también estaría bien. Pero puesto que acabas de revivir, ¿cómo lograrás morir?». El anciano la ahuyentó diciendo: «Eso no es difícil. Los asuntos mundanos de la casa ya pueden resolverse con rapidez». La esposa se echó a reír y no se fue. El anciano la instó de nuevo. Ella salió al exterior, demoró unos pocos instantes en entrar y lo engañó diciendo: «Los asuntos ya están arreglados de forma segura». El anciano le ordenó que se arreglara con rapidez. La esposa no se fue, y el anciano la apresuró con mayor urgencia. Incapaz de contrariar sus deseos, la esposa salió arreglada con su falda. Las nueras y las hijas se ocultaron para reírse. El anciano movió la cabeza hacia la almohada, dio palmadas y le ordenó que se acostara. La esposa dijo: «Los hijos e hijas están todos aquí; acostarse los dos en paralelo, ¿qué clase de escena es esa?». El anciano golpeó la cama y dijo: «¡Morir juntos, qué tiene de gracioso!». Al ver que el anciano estaba impaciente, los hijos y las hijas aconsejaron juntos a la esposa que siguiera su voluntad por un momento. La esposa hizo lo que le dijeron, apoyó su almohada junto a la de él y se tendió rígida. La familia volvió a reírse de ellos. Al poco tiempo, al mirar, la sonrisa de la esposa se desvaneció de repente, y gradualmente sus dos pupilas se cerraron. Tras un largo rato sin emitir sonido, parecía exactamente como si se hubiera quedado dormida. Solo entonces la multitud se acercó a mirar y vio que su piel ya estaba helada y su nariz no tenía aliento. Al probar con el anciano, ocurrió lo mismo; entonces todos sintieron terror y asombro. En el vigésimo primer año de Kangxi, la cuñada del anciano trabajaba como sirvienta en la casa del censor Bi y relató esto con todo detalle. El Historiador de lo Extraño comenta: «¿Acaso el anciano poseía una conducta excéntrica desde su juventud? ¡Es asombroso que en medio de los confusos caminos del manantial subterráneo, ir y venir dependiera de su propia voluntad! Además, ¡cuando el anciano de cabellos blancos quiso irse, con solo llamarla hizo que ella también se fuera, cuán relajado fue todo! Cuando el hombre llega al momento de expirar con la última brizna de aliento, aquello de lo que más le cuesta despedirse es de la persona íntima a la cabecera de la cama. Si se pudiera generalizar su método, entonces lo de vender zapatos y repartir incienso se podría dejar de lado». El dragón de la madre cerdo El dragón de la madre cerdo se produce en el río Xi. Su forma es similar a la de un dragón pero más corta, y puede volar horizontalmente; suele salir a las orillas del río para abalorarse y devorar gansos y patos. Si alguien logra cazar uno, vende su carne a los clanes Chen y Ke. Estos dos linajes son descendientes de Youliang y se alimentan de la carne del dragón de la madre cerdo por tradición familiar; ningún otro clan se atreve a comerla. Un viajero proveniente de Jiangyou obtuvo una cabeza y la ató dentro de su embarcación. Un día, al atracar su bote en Qiantang, las ataduras se aflojaron un poco y de repente el animal saltó al río. Al poco tiempo, las olas se alborotaron enormemente y la barca del mercader zozobró y se hundió. El honorable Mou Un dignatario de Shanyou, graduado como jinshi en el año xinchou, era capaz de recordar su vida anterior. Solía decir que en su vida pasada había sido un letrado que murió a una edad mediana. Tras su muerte, vio al Rey de los Infiernos juzgar los asuntos; calderos de bronce y sartenes con aceite ardiente había allí, exactamente igual a como se relata en el mundo. En la esquina oriental del gran salón se erigían varios estantes, sobre los cuales colgaban las pieles de cerdos, ovejas, perros y caballos. Los escribas de los registros llamaban a los nombres; unos eran condenados a convertirse en caballos, y otros a convertirse en cerdos. Todos eran desnudados, y de los estantes se tomaban las pieles para revestirse con ellas. Al poco tiempo llegó el turno del dignatario, y escuchó que el Rey de los Infiernos decía: «Este debe convertirse en oveja». Un fantasma trajo una piel de oveja blanca y la presionó sobre el cuerpo del dignatario para cubrirlo. El escriba informó: «Este rescató una vez a un hombre de la muerte». El rey revisó los registros para examinarlo de nuevo, se los mostró y dijo: «Exímalo de esto. Aunque sus maldades son numerosas, esta buena acción puede redimirlas». El fantasma le despojó entonces de su pelaje y su cuero. Como el cuero ya se había adherido a su cuerpo, no pudo moverse de nuevo. Dos fantasmas lo agarraron por los brazos y le presionaron el pecho, arrancándolo con fuerza; el dolor era indescriptible. La piel se desgarraba en fragmentos sin poder limpiarse por completo. Una vez arrancada, cerca de los hombros aún le quedaba adherido un trozo de piel de oveja del tamaño de una palma. Cuando el dignatario revivió, en su espalda crecían matas de lana de oveja; aunque se las cortaba, volvían a brotar. El sable veloz A finales de la época Ming, la región de Ji estaba plagada de bandidos. Cada distrito disponía de soldados, y a todo aquel que capturaban lo ejecutaban de inmediato. Los bandidos de Zhangqiu eran especialmente numerosos. Había un soldado que portaba un sable extremadamente afilado, y cada vez que mataba, la hoja entraba sin esfuerzo por las coyunturas. Un día, tras capturar a más de diez bandidos, fueron conducidos al mercado para la ejecución. Entre ellos, un bandido que conocía al soldado se le acercó vacilante y le dijo: «He oído que tu sable es el más veloz; al cortar la cabeza no hay necesidad de un segundo golpe. Te ruego que me mates». El soldado respondió: «De acuerdo, sígueme con cuidado y no te apartes». El bandido le obedeció. Al llegar al lugar de ejecución, el soldado sacó su sable y lo blandió; con un tajo limpio, la cabeza rodó por el suelo. A varios pasos de distancia, la cabeza aún giraba dando vueltas y alababa a grandes voces: «¡Qué sable tan veloz!». La mujer heroica El erudito Gu era de Jinling. Destacaba en las artes y el talento, pero su familia era extremadamente pobre. Además, como su madre era anciana, no soportaba alejarse de sus faldas, por lo que se dedicaba a diario a pintar y caligrafiar para la gente, aceptando muestras de respeto a cambio para sustentarse. A la edad de veinticinco años, aún permanecía sin esposa. Frente a su hogar había una antigua mansión vacía, alquilada y habitada por una anciana y una joven. Como no había hombres en su familia, él no se había interesado en averiguar quiénes eran. Un día, al entrar por casualidad desde la calle, vio a la joven que salía de la habitación de su madre. Tendría unos dieciocho o diecinueve años, de una elegancia y gracia exquisitas, sin igual en el mundo. Al ver al erudito, ella se apartó con gran recato, pero su expresión era helada y severa. Gu entró a preguntar a su madre. La madre dijo: —Es la joven de enfrente, que vino a pedir prestadas tijeras y una regla. Hace un momento comentó que en su casa también hay solo una madre. Esta muchacha no parece haber nacido en una familia humilde. Cuando le pregunté por qué no contraía matrimonio, puso como excusa la avanzada edad de su madre. Mañana iré a visitar a su madre y sondearé sus intenciones con tacto; si sus pretensiones no son desmedidas, hijo, tú puedes encargarte de mantener a su madre. Al día siguiente, fue a visitarla, pero la madre de la joven resultó ser una anciana sorda. Al mirar la habitación, vio que no había provisiones ni para el día siguiente. Cuando le preguntó a qué se dedicaban, la madre se limitó a señalar los diez dedos de su hija. Gu tanteó con prudencia la idea de compartir el sustento bajo el mismo techo; la anciana pareció dispuesta a aceptar, pero le consultó a su hija, quien guardó silencio y mostró un profundo desagrado. La madre regresó a casa y, tras reflexionar sobre la actitud de la joven, dijo con dudas: —¿Podría ser que esta mujer desprecie nuestra pobreza? No habla ni ríe con los demás; es radiante como un melocotonero en flor, pero fría como la escarcha y la nieve. ¡Es una mujer extraordinaria! Madre e hijo suspiraron con sospechas y dieron el asunto por terminado. Un día, el erudito Gu estaba sentado en su estudio cuando un joven se presentó para encargarle una pintura. Su rostro era sumamente hermoso, pero su actitud resultaba bastante frívola y desvergonzada. Cuando le preguntó de dónde venía, respondió que de «una aldea vecina». A partir de entonces, comenzó a visitarlo cada dos o tres días. Volviéndose poco a poco más familiar, empezó a hacerle burlas y bromas; Gu lo abrazó con intimidad y el joven tampoco opuso gran resistencia, por lo que terminaron intimando. Desde entonces, sus idas y venidas se volvieron sumamente cercanas. Sucedió que, al pasar la joven, el joven la miró fijamente y preguntó quién era. Gu le respondió que era «la vecina». El joven exclamó: —¡Si es tan deslumbrante, por qué ha de intimidar su semblante! Al poco rato, Gu entró a la casa. Su madre le dijo: —Hace un momento vino la muchacha a pedir un poco de arroz, diciendo que llevaban varios días sin encender el fuego. Esta joven es sumamente filial; su pobreza es tan extrema que da lástima. Debemos socorrerla un poco. Gu siguió el consejo de su madre: cargó con un *dou* de arroz, llamó a su puerta y le transmitió las intenciones de su madre. La joven lo aceptó sin expresar agradecimiento alguno. A partir de entonces, solía acudir a la casa de Gu y, al ver a su madre cosiendo ropas y zapatos, se ofrecía a ayudar con la costura. Entraba y salía del salón principal, ocupándose de las labores domésticas como si fuera una esposa. El erudito Gu se sentía cada vez más agradecido con ella. Cada vez que él recibía golosinas o comida, se las apartaba para dársela a su madre, pero la joven ni siquiera las mencionaba. Ocurrió que a la madre le brotó un divieso en sus partes íntimas, lo que la hacía gemir y llorar de dolor día y noche. La joven acudía con frecuencia a su lecho para atenderla, lavándole la herida y aplicando ungüentos, haciéndolo tres o cuatro veces al día. La madre se sentía muy mortificada por ello, pero la joven no mostraba repugnancia ante la inmundicia. La madre suspiró: —¡Ay! ¿Cómo podría conseguir una nuera como esta, que cuide de este viejo cuerpo hasta el día de mi muerte? Tras decir esto, rompió en sollozos. La joven la consoló, diciendo: —La gran piedad filial del joven señor supera con creces a decenas o cientos de hijas viudas y madres solitarias como nosotras. La madre replicó: —Las tareas constantes al pie de la cama, ¿acaso son algo que un hijo varón pueda realizar? Además, yo ya me encuentro en el atardecer de mi vida, exponiéndome a las nieblas y rocíos cada mañana y cada noche, y lo único que me preocupa profundamente es la continuidad del linaje familiar. Mientras conversaban, entró el erudito Gu. La madre llorando dijo: —Debemos muchísimo a la señorita; nunca olvides retribuir su bondad. El erudito se postró ante ella en reverencia. La joven dijo: —Tú respetas a mi madre, y yo no le guardo rencor; ¿por qué habrías de agradecerme? A partir de entonces, él la respetó y amó aún más. Sin embargo, los modales de ella eran rígidos y distantes, imposibles de quebrantar lo más mínimo. Un día, la joven salió a la calle. Gu la miró fijamente; de repente, ella giró la cabeza y le dedicó una sonrisa encantadora. Lleno de una alegría inesperada, el erudito corrió a seguirla hasta su casa; cuando la provocó, ella no opuso resistencia y se entregó a él con gozo. Al terminar, advirtió a Gu: —Las cosas se hacen una vez, pero no dos. El erudito no respondió y se marchó a casa. Al día siguiente volvió a citarse con ella, pero la joven lo miró con furia y se fue sin prestarle atención. Aunque acudía con frecuencia y se encontraban a menudo, ella jamás le dirigía una palabra amable ni una mirada afectuosa. Si él intentaba bromear un poco con ella, lo helaba con palabras gélidas como el hielo. De repente, en un rincón apartado, le preguntó a Gu: —¿Quién es ese joven que viene a verte estos días? Gu se lo contó. La joven dijo: —Por sus modales y su actitud, me ha faltado el respeto en repetidas ocasiones. Como es allegado a ti, lo he pasado por alto. Te pido que le transmitas este recado: si vuelve a hacerlo, ¡será señal de que ya no valora su propia vida! Al caer la tarde, Gu le contó esto al joven y añadió: —Debes ser muy cauto; ¡a ella no se la puede ofender! El joven replicó: —Puesto que no se la puede ofender, ¿por qué la has poseído tú en secreto? Gu le juró que no era así. El joven replicó: —Si no es así, ¿cómo es posible que tus palabras obscenas hayan llegado a mis oídos? Gu no supo qué responder. El joven añadió: —Te pido también que le transmitas esto: que deje de fingir una falsa pureza y de andar con aires afectados; de lo contrario, me encargaré de pregonarlo por todas partes. El erudito se enfureció tanto que su indignación se reflejó en su rostro, por lo que el joven se marchó. Una noche, mientras estaba sentado a solas, la joven apareció de repente y dijo con una sonrisa: —Que nuestros lazos afectivos no se hayan roto, ¿acaso no es el destino de los cielos? Lleno de una alegría frenética, Gu la atrajo a sus brazos, cuando de pronto escuchó el sonido de pasos apresurados y ruidosos. Ambos se levantaron asustados y vieron que el joven abría la puerta de un empujón y entraba. El erudito le preguntó alarmado: —¿A qué vienes? El joven rió y dijo: —Solo he venido a ver a una mujer castaña. —Luego, mirando a la joven, añadió—: ¿Hoy tampoco vas a culpar a nadie? Con las cejas erguidas y las mejillas encendidas, la joven guardó absoluto silencio, se levantó la ropa con urgencia y dejó al descubierto... Una bolsa de cuero salió de su mano al instante, conteniendo una daga cristalina de cerca de un pie de largo. Al verla, el joven se aterrorizó y retrocedió de golpe. Ella salió corriendo en su persecución, pero al mirar a su alrededor en el exterior, el entorno estaba completamente desierto. La mujer arrojó la daga hacia el cielo, emitiendo un sonido nítido y resonante, brillante como un gran arco iris, hasta que de repente un objeto cayó al suelo con un ruido sordo. El erudito se apresuró a llevar una vela y vio que era un zorro blanco, decapitado. Profundamente aterrorizado, la mujer dijo: —Este era el paje de Su Señoría. Ciertamente quería perdonarlo, ¡pero él estaba empeñado en no dejarme vivir! Guardó la hoja en su bolsa. El erudito la hizo entrar a la fuerza, diciendo: —Dado que el monstruo arruinó el ambiente, por favor espere hasta la próxima noche. Ella salió y se fue directamente. A la noche siguiente, la mujer llegó tal como se había prometido, y los dos se entregaron íntimamente a la pasión. Cuando él le preguntó acerca de sus artes, la mujer respondió: —Esto no es algo que Su Señoría deba saber. Debe ser sumamente prudente y secreto; si se filtra, me temo que no será una bendición para usted. También hablaron de matrimonio y casamiento, a lo que ella replicó: —Compartiendo almohadas y esteras, nutriendo y sosteniendo el uno al otro, si esto no es ser esposo y esposa, ¿qué es? Ya somos marido y mujer, ¿qué necesidad hay de volver a hablar de bodas? El erudito preguntó: —¿Podría ser que no desprecies mi pobreza? —Usted es ciertamente pobre, pero ¿acaso es rica esta concubina? Nuestra reunión de esta noche se debe precisamente a que me apiado de su pobreza. Al despedirse, le advirtió: —Los actos de esta naturaleza no deben repetirse con frecuencia. Cuando deba venir, vendré por mi cuenta; cuando no deba venir, forzarlo no servirá de nada. Más adelante, cuando se encontraban, cada vez que él intentaba llevarla a una charla privada, la mujer invariablemente se alejaba y huía. Sin embargo, remendando la ropa y avivando el fuego para cocinar, ella se encargaba de todo por completo, ni más ni menos que una esposa auténtica. Tras varios meses, la madre del erudito falleció, y él hizo todo lo posible por enterrarla. A partir de entonces, la mujer vivió sola. El erudito, pensando que su sueño en solitario podía ser alterado, saltó el muro y la llamó repetidamente a través de la ventana, pero no obtuvo respuesta. Al mirar su puerta, vio que la habitación vacía estaba cerrada con cerrojo. Sospechó en secreto que la mujer tenía otro compromiso. A la noche siguiente volvió, y ocurrió lo mismo. Así que dejó su colgante de jade en el alféizar de la ventana y se marchó. Al día siguiente, se encontraron en la residencia de su madre. Una vez que salieron, la mujer lo siguió de cerca y le dijo: —¿Dudaba de mí, Su Señoría? Cada persona tiene su propio corazón, el cual no puede ser revelado a los demás. Ahora bien, ¿cómo podría evitar que usted tenga dudas? Sin embargo, tengo un asunto urgente que requiere que usted planee por mí. Cuando él le preguntó de qué se trataba, ella dijo: —Esta concubina ya lleva ocho meses de embarazo y temo que el parto ocurra de un momento a otro. «Mi propio cuerpo aún no se ha aclarado»; podré dar a luz a este hijo por usted, pero no podré criarlo por usted. Puede avisar en secreto a su madre para que busque una nodriza, fingiendo que busca adoptar un hijo adoptivo, y que no se mencione a esta concubina. El erudito accedió y se lo contó a su madre. Su madre se rió y dijo: —¡Qué mujer tan extraña! No aceptaba una propuesta formal, pero en cambio se muestra íntima con mi hijo. Contenta, siguió su plan y aguardó. Pasado otro mes más, la mujer dejó de presentarse durante varios días. Su madre, sintiendo sospechas, fue a explorar su puerta, la cual se encontraba sombría, solitaria y cerrada. Tras llamar durante un buen rato, la mujer finalmente salió desde el interior con el cabello revuelto y el rostro cubierto de polvo. Abrió para dejarlo entrar y luego volvió a cerrar la puerta. Al entrar a su habitación, se escuchaban llantos de recién nacido sobre la cama. La madre, sorprendida, preguntó: —¿Desde cuándo ha dado a luz? Ella respondió: —Hace tres días. Al levantar la estera de pañales para observar, vio que era un varón, además de tener mejillas regordetas y una frente amplia. La madre, encantada, dijo: —El niño ya ha criado un nieto para esta anciana; estando completamente sola y desamparada, ¿en dónde habré de confiar mi destino? La mujer respondió: —Mis humildes e íntimos sentimientos no me atrevo a mostrárselos abiertamente a la honorable madre. Espere a que la noche esté sin gente y podrá venir de inmediato a llevarse al niño. La madre regresó para hablar con su hijo, y ambos compartieron un asombroso desconcierto. Por la noche fueron a buscar al niño y se lo llevaron a casa. Transcurridas algunas noches más, al filo de la medianoche, la mujer llamó de repente a la puerta y entró. Sosteniendo una bolsa de cuero en la mano, se echó a reír y dijo: —Mis asuntos importantes han concluido; por favor, despidámonos desde este momento. Él le preguntó apresuradamente el motivo, a lo que ella contestó: —La bondad de haber criado a mi madre no se aparta ni un solo instante de mi pecho. Lo que dije antes de que «puede ocurrir una vez pero no dos» se debía a que la retribución no reside en el lecho conyugal. Como usted era demasiado pobre para casarse, quise extender para usted un hilo de descendencia. Originalmente esperaba obtenerlo al primer intento, pero inesperadamente el flujo menstrual regresó, lo que llevó a romper el precepto y hacerlo una segunda vez. Ahora que la bondad de Su Señoría ha sido recompensada y la ambición de esta concubina también se ha cumplido, ya no tengo arrepentimientos. Él preguntó: —¿Qué hay dentro de la bolsa? Ella respondió: —Es la cabeza de mi enemigo. Él la revisó y miró dentro: la barba y el cabello estaban entremezclados y manchados de sangre. Atónito de terror, volvió a interrogarla con insistencia. Ella explicó: —La razón por la cual no le hablé de esto antes era porque, si los planes secretos no se mantienen estrictamente, temía que se filtraran. Ahora que el asunto ya se ha consumado, no hay inconveniente en contárselo: soy originaria de Zhejiang. Mi padre ocupaba el cargo de Ministro de Guerra, pero cayó víctima de un enemigo que confiscó los bienes de nuestra familia. Cargué con mi anciana madre, oculté mi nombre y apellido, y he sepultado mi cabeza y mi cuello durante tres años enteros. La razón por la cual no me vengué de inmediato fue simplemente porque tenía a mi madre conmigo; cuando mi madre partió, llevaba además otro pedazo de carne acumulado en el vientre, por lo que lo pospuse por mucho más tiempo. Mi salida de la otra noche no fue por otra cosa sino porque aún no conozco bien los caminos y las puertas, y temía cometer alguna equivocación. Una vez que terminó de hablar, salió por la puerta y volvió a encomendarle: —Al hijo que ha nacido, cuídelo bien. Usted es de escasa fortuna y corta vida, pero este hijo podrá colmar de gloria el portal de su familia. No despierte a la honorable madre a altas horas de la noche. ¡Me voy! Justo cuando él, con desconsuelo, se disponía a preguntar a dónde se dirigía, la mujer brilló como un rayo y, en el parpadeo de un instante, ya no volvió a ser vista. El erudito se quedó suspirando y lamentándose, de pie como un mudo, como si hubiera perdido el alma y el espíritu. Al día siguiente se lo contó a su madre, y ambos se limitaron a suspirar y asombrarse mutuamente. Tres años más tarde, el erudito falleció en efecto. A los dieciocho años, el hijo obtuvo el grado de jinshi y continuó sirviendo a su abuela hasta el final de sus días. El Historiador de lo Extraño comenta: —¡Es indispensable que un hombre tenga una mujer caballeresca en su hogar para poder entonces albergar a un paje! De otro modo, ¡mientras usted ama a su semental, el otro amará a su cerdo hambriento! *(Lianxiang)* El erudito Sang, de nombre Xiao y de nombre de cortesía Ziming, era natural de Yizhou. Quedó huérfano a temprana edad y vivía como huésped en el Embarcadero de las Flores Rojas. Sang era de naturaleza tranquila, silenciosa y complaciente consigo mismo; salía dos veces al día para ir a comer a la casa del vecino del este, y el resto del tiempo se sentaba firmemente en su estudio y nada más. Un día, el joven vecino llegó por casualidad y le bromeó diciendo: «Vives completamente solo, ¿no temes a los fantasmas y a los zorros?». Sang respondió con una sonrisa: «Un hombre de bien, ¿qué habría de temer a los fantasmas o a los zorros? Si viene un macho, tengo una espada afilada; si es hembra, aún debería abrir la puerta y acogerla». El vecino regresó a su casa y, confabulándose con un amigo, hizo que una cortesana trepara por el muro para pasar al otro lado, tras lo cual dio unos golpecitos en la puerta. Sang miró a través de la rendija para preguntar quién era, y la cortesana se presentó a sí misma como un fantasma. Sang sintió un gran pánico, y sus dientes castañeteaban haciendo ruido. La cortesana se marchó titubeante por su propio pie. A la mañana siguiente, el vecino llegó temprano al estudio de Sang; este le relató lo que había visto y, además, le anunció que estaba a punto de regresar a su hogar natal. El vecino dio palmadas y exclamó riendo: «¿Por qué no abriste la puerta para acogerla?». Sang comprendió de repente que todo había sido una farsa y, a partir de entonces, vivió en paz como al principio. Al cabo de medio año, una mujer vino a medianoche a llamar a la puerta del estudio. Pensando que se trataba de otra broma de su amigo, Sang abrió la puerta y la invitó a pasar, descubriendo que era una belleza de las que arruinan reinos. Sorprendido, le preguntó de dónde venía, a lo que ella respondió: «Soy Lianxiang, una cortesana de la casa del oeste». Como en el embarcadero abundaban los burdeles, él le creyó. Apagaron la vela y subieron al lecho, donde se mostraron sumamente apasionados. A partir de entonces, aparecía cada tres o cinco noches sin falta. Una noche, mientras estaba sentado a solas absorto en sus pensamientos, una mujer entró con paso grácil y ligero. Sang pensó que era Lianxiang y se adelantó para hablar con ella. Al tenerla frente a rostro, vio que era completamente distinta: apenas tenía quince o dieciséis años, con una sola manga caída y el cabello peinado en flequillo de doncella; poseía un encanto elegante y delicado, y al caminar parecía avanzar y detenerse al mismo tiempo. Sang quedó sumamente atónito, sospechando que se trataba de un zorro. La mujer dijo: «Soy una mujer de buena familia, de apellido Li. Admiro su alta elegancia y tengo la fortuna de contar con su mirada». Sang se alegró. Le tomó la mano y la sintió tan fría como el hielo, por lo que preguntó: «¿Por qué está tan fresca?». Ella respondió: «Desde pequeña mi complexión ha sido delicada y frágil, y al sufrir la escarcha y el rocío de la noche, ¿cómo no iba a estar así?». Poco después, se desató las ropas y las cintas de su túnica, mostrándose tal cual una doncella virgen. La mujer dijo: «Debido a los lazos del destino y del amor, esta frágil complexión mía perdió su defensa en un solo momento. Si usted no desprecia mi bajeza, deseo servirle constantemente junto a su almohada y su estera. ¿Acaso no hay nadie más en sus habitaciones?». Sang respondió: «No hay otros, tan solo una cortesana vecina, aunque tampoco viene de forma habitual». La mujer dijo: «Debes evitarla con prudencia. Yo no soy igual a las mujeres de esos lugares. Te pido que guardes esto en secreto y que no lo reveles; cuando ella venga, yo me iré, y cuando ella se vaya, yo vendré. Eso es todo». Al cantar el gallo, queriéndose marchar, le regaló un zapatito bordado en forma de gancho y dijo: «Esto es lo que llevo en la parte baja de mi cuerpo; al juguetear con él, bastará para colmar su anhelo y añoranza. ¡Pero si hay alguien presente, cuídese mucho de no tocarlo!». Él lo recibió y lo examinó: era esbelto y curvado como un punzón para deshacer nudos. Su corazón sintió un profundo afecto y deleite por él. La noche siguiente, al verse a solas, lo sacó para contemplarlo y examinarlo con atención. La mujer llegó de pronto como flotando en el viento, y ambos se mostraron íntimos y afectuosos. A partir de entonces, cada vez que él sacaba el zapatito, la mujer llegaba infaliblemente respondiendo a su pensamiento. Extrañado por ello, la interrogó al respecto, y ella respondió con una sonrisa: «Simplemente coincide con el momento oportuno». Una noche llegó Lianxiang y, con aire asustado, exclamó: «¿Por qué razón tiene mi apuesto caballero un espíritu y un vigor tan marchitos?». Sang respondió: «No me he dado cuenta». Lianxiang se despidió de inmediato, acordando regresar en diez días. Tras su marcha, Li acudió todas las noches sin excepción. Sang le preguntó: «¿Por qué hace tanto tiempo que tu amante no viene?», y le contó acerca de la cita acordada. Li soltó una risa y dijo: «A los ojos de usted, ¿cómo me comparo en belleza con Lianxiang?». Él respondió: «Ambas pueden ser consideradas bellezas incomparables. Sin embargo, la piel de Lianxiang es cálida y suave». Li cambió de expresión y dijo: «Usted dice que ambas son hermosas, pero me lo dice estando frente a mí. Ella debe de ser un inmortal del Palacio de la Luna, y yo ciertamente no puedo alcanzarla». A causa de esto, quedó descontenta. Luego, contando con los dedos, calculó que el plazo de diez días ya se había cumplido, le advirtió que no revelara nada y dijo que la observaría en secreto. La noche siguiente, Lianxiang llegó efectivamente y ambos charlaron con alegría. Al irse a la cama, Lianxiang exclamó espantada: «¡Esto es grave! No nos hemos visto en diez días, ¿a qué se debe este agotamiento y deterioro tan grande? ¿Estás seguro de que no has tenido otro encuentro?». Sang le preguntó el motivo de su juicio. Ella respondió: «Lo he comprobado por tu espíritu y tu vigor; tus pulsos se sienten entrecortados como hilos enmarañados, es una afección de origen fantasmal». A la noche siguiente, cuando Li acudió, Sang le preguntó: «Al espiar a Lianxiang, ¿cómo la encontraste?». Ella respondió: «Es hermosa. Yo ya sostenía que no existe en el mundo una mujer tan bella, ¡y efectivamente es un zorro! Cuando se marchó, la seguí de cerca hasta su madriguera en las Montañas del Sur». Sang sospechó que estaba celosa y le respondió con indiferencia, limitándose a seguirle la corriente. Pasada la noche, el Erudito bromeó con Lianxiang, diciendo: —Yo de verdad no lo creía, pero algunos dicen que eres un zorro. Lianxiang preguntó de inmediato: —¿Quién ha dicho tal cosa? Él rió y dijo: —Solo bromeaba contigo. Lianxiang replicó: —¿En qué difiere un zorro de un ser humano? —Los que son seducidos por ellos enferman, y en los casos graves mueren, por eso son de temer. Lianxiang dijo: —No es así. A la edad de usted, tres días después de los asuntos de la alcoba, el *Qi* y la esencia pueden recuperarse; aun si fuera un zorro, ¿qué daño habría? Supóngase que se le agota a diario: los hombres hay peores que los zorros. ¿Acaso todos los fantasmas de tisis y consumición en el mundo mueren por hechizos de zorros? Aun así, de seguro hubo alguien que me difamó. El Erudito negó con fuerza que así fuera, pero Lianxiang lo interrogó con aún más firmeza. No teniendo más remedio, el Erudito se lo reveló. Lianxiang dijo: —Yo ya me extrañaba del agotamiento de usted. Pero, ¿cómo llegó a tal extremo con tanta rapidez? ¿No será acaso un ser inhumano? No diga nada; la noche de mañana haré tal como esa persona lo espiaba a usted. Esa noche llegó Li. Apenas habían intercambiado tres o cuatro palabras cuando, al oír un carraspeo fuera de la ventana, huyó a toda prisa. Lianxiang entró y dijo: —¡Usted está al borde de la tumba! ¡Eso es verdaderamente una entidad fantasmal! Si se encapricha de su hermosura y no la corta de inmediato, el camino al inframundo estará cerca. El Erudito pensó que era por celos y guardó silencio. Lianxiang dijo: —Bien sé que usted no puede olvidarse de sus sentimientos, pero no soporto verle morir. Mañana traeré medicinas y remedios para curarle el veneno *Yin*. Afortunadamente la raíz de la enfermedad aún es superficial, y en diez días su mal debería sanar. Permítame compartir su lecho para comprobar su recuperación. La noche siguiente, ella sacó en efecto una dósis de polvos medicinales y se los dio a comer al Erudito. En un instante, obró de vientre dos o tres veces, sintiendo que sus vísceras quedaban limpias y vacías, y su espíritu se despejó de súbito. Aunque en su corazón le estaba agradecido, seguía sin creer que fuera un fantasma. Noche tras noche, Lianxiang yacía en el mismo edredón abrazada al Erudito, pero cada vez que este deseaba unirse a ella, ella se lo impedía. Pocos días después, su piel y sus carnes se rellenaron y recobraron vigor. Al querer despedirse, ella le suplicó con insistencia que cortara toda relación con Li. El Erudito le dio falsas promesas. Pero tan pronto como cerraba la puerta y encendía la lámpara, se ponía a buscar sus zapatos y suspiraba anhelante. De pronto apareció Li. Tras varios días de separación, mostraba un semblante bastante resentido. El Erudito dijo: —Ella ha venido noche tras noche a actuar como curandera chamán para mí, por favor no le guardes rencor. Mi afecto sigue estando en ti. Li se calmó un poco. Y el Erudito, desde la almohada, le susurró al oído: —Te amo tanto, mas hubo quien dijo que tú eras un fantasma. Li se quedó sin habla un buen rato, y luego maldijo: —¡De seguro ha sido alguna zorra lasciva cuyas palabras has escuchado! Si no rompes con ella, ¡no volveré a pisar aquí! —Y dicho esto, se echó a llorar amargamente. El Erudito la consoló con un centenar de palabras, hasta que ella se calmó. Al cabo de una noche, Lianxiang llegó y, al enterarse de que Li había regresado de nuevo, se encolerizó y dijo: —¡Es que busca usted la muerte a toda costa! El Erudito sonrió y dijo: —¿Por qué tienes tantos celos? Lianxiang se enfureció aún más y dijo: —Usted ha plantado la raíz de la muerte, y yo se la extirpo; si no sintiera celos, ¿qué otra cosa haría? El Erudito usó un pretexto para burlarse de ella y dijo: —Ella dice que la enfermedad del otro día fue por obra de un zorro. Lianxiang exhaló un suspiro y dijo: —Tal como usted dice, sigue extraviado y no entra en razón. Si por desgracia ocurriera una desgracia, ¿cómo podría esta humilde servidora justificarse ante un millar de bocas? Le ruego que nos despidamos aquí. Dentro de cien días, vendré a verle sobre su lecho de descanso. Fue imposible retenerla. Partió furiosa y de inmediato. A partir de entonces, se juntaba con Li noche y día sin cesar. Al cabo de unos dos meses, comenzó a sentir una fatiga extrema. Al principio intentaba consolarse a sí mismo, pero día a día se fue debilitando y demacrando, hasta que solo se alimentaba con un cuenco de gachas espesas. Quería regresar a su hogar para recibir los cuidados de los suyos, pero su apego no le permitía partir de repente. Así pasó los días hasta que su enfermedad se hizo tan grave que ya no pudo levantarse. Un estudiante vecino, al ver su estado de debilidad y agotamiento, enviaba a diario a un criado de la hospedería para proveerle de comida y bebida. Llegado a ese punto, el Erudito comenzó a sospechar de Li, por lo que le dijo: —¡Me arrepiento de no haber escuchado las palabras de Lianxiang, para haber llegado a este estado! Apenas terminó de hablar, exhaló el último suspiro. Al cabo de un rato volvió en sí, abrió los ojos y miró a su alrededor: Li ya se había marchado, y desde entonces no volvió a saberse de ella. El estudiante yacía demacrado en su estudio vacío, añorando a Lianxiang con la desesperación de quien aguarda un año de cosecha. Un día, mientras se hallaba absorto en sus pensamientos, alguien descorrió de pronto la cortina y entró: era Lianxiang. Acercándose al lecho, dijo con una sonrisa burlona: «Rústico aldeano, ¿acaso esta humilde no tenía razón?». El estudiante sollozó largo rato, confesando su culpa y suplicando salvación. Lianxiang respondió: «La enfermedad ha penetrado hasta las entrañas; en verdad no hay remedio. Esta humilde viene tan solo para despedirse eternamente, a fin de demostrar que no albergaba celos». El estudiante, sumido en gran aflicción, dijo: «Bajo la almohada hay un objeto; ruego a la señorita que lo destroce por mí». Lianxiang buscó y halló un zapato bordado; tomándolo bajo la luz de la lámpara, lo examinó y dio vueltas entre sus manos repetidamente. De repente entró la joven Li; al ver inesperadamente a Lianxiang, dio media vuelta intentando huir. Pero Lianxiang bloqueó la puerta con su cuerpo, y la joven Li, acorralada y angustiada, no sabía por dónde escapar. El estudiante la reprendió severamente, mas ella no pudo responder. Lianxiang sonrió y dijo: «Solo ahora logra esta concubina confrontar cara a cara a la hermana mayor para aclarar los hechos. Antes se decía que la antigua dolencia del caballero podría haber sido causada por esta humilde; ¿y qué resulta ser ahora?». La joven Li bajó la cabeza y pidió perdón. Lianxiang prosiguió: «Una belleza tal como tú, ¿cómo ha de convertir el amor en enemistad?». La joven Li se arrojó al suelo derramando lágrimas, implorando compasión y rescate. Lianxiang la ayudó a levantarse y le preguntó detalladamente sobre su vida pasada. Ella respondió: «Esta humilde es hija del Viceadministrador Li; morí joven y fui enterrada fuera del muro. Como el gusano de seda primaveral que muere dejando hilos sin agotar, mi afecto persiste. Unirme al caballero era mi deseo; llevarlo a la muerte jamás fue mi intención original». Lianxiang preguntó: «He oído que los fantasmas se benefician de la muerte de los vivos, pues así pueden reunirse para siempre en la otra vida; ¿es esto cierto?». Respondió la joven Li: «No es así. Cuando dos fantasmas se encuentran, no hallan placer alguno; si lo hubiera, ¡cuántos jóvenes espíritus no habría ya bajo los manantiales amarillos!». Lianxiang exclamó: «¡Qué necedad! Noche tras noche agotar la esencia de un vivo; ni siquiera los humanos lo soportarían, ¡cuánto menos un fantasma!». La joven Li preguntó entonces: «Los zorros pueden matar a los hombres; ¿por qué arte exclusivo vos no lo hacéis?». Lianxiang explicó: «Esa es la práctica de quienes cultivan mediante la extracción; esta humilde no pertenece a esa clase. Por ello existen en el mundo zorros que no dañan a los humanos, pero jamás ha existido un fantasma que no los perjudique, debido a la preponderancia de su energía Yin». Al escuchar estas palabras, el estudiante comprendió por fin que tanto zorros como fantasmas eran reales. Afortunadamente, acostumbrado ya a tales visiones, no se horrorizó en exceso. Mas al pensar que su aliento vital pendía de un hilo, no pudo contenerse y rompió a llorar amargamente. Lianxiang se volvió hacia la joven Li y preguntó: «¿Qué hemos de hacer con el caballero?». La joven Li, avergonzada, se disculpó con humildad. Lianxiang rió y dijo: «Me temo que cuando el caballero recobre su vigor, la esposa celosa querrá comer ciruelas ácidas». La joven Li ajustó sus vestiduras con reverencia y dijo: «Si existiera un médico divino que me permitiera no fallar al caballero, esta humilde sepultaría su rostro bajo tierra para siempre; ¡cómo osaría volver a mostrarse ante él en este mundo mortal!». Lianxiang abrió su bolsa y extrajo una medicina, diciendo: «Esta humilde sabía desde hace tiempo que llegaría este día. Tras nuestra separación, recolecté hierbas en las Tres Montañas Sagradas durante tres lunas enteras antes de completar los ingredientes. Para la consunción mortal y los hechizos letales, no hay quien tome esto y no reviva. Sin embargo, según sea el origen del mal, debe usarse el catalizador apropiado; no queda más remedio que pedirte que prestes tu ayuda». La joven Li preguntó: «¿Qué se requiere?». Lianxiang respondió: «Tan solo una gota de fragante saliva de tu boca de cerezo. Yo introduciré la píldora en su boca; te ruego que acerques tus labios a los suyos y escupas sobre ella». El rubor tiñó las mejillas y la barbilla de la joven Li, quien bajó la cabeza y giró el rostro para mirar su propio zapato. Lianxiang bromeó: «Lo único que deleita a la hermanita es ese zapato». La joven Li, aún más avergonzada, se inclinaba y alzaba la vista sin saber dónde ocultarse. Lianxiang insistió: «Es una habilidad que practicabas antaño con destreza; ¿por qué ser tacaña ahora?». Acto seguido introdujo la píldora en la boca del estudiante y urgió a la joven Li. Ella, sin más opción, escupió sobre sus labios. Lianxiang ordenó: «¡Otra vez!». Y ella escupió nuevamente. Tras tres o cuatro salivaciones, la píldora descendió por la garganta del enfermo. Poco después, su vientre retumbó como un trueno. Lianxiang introdujo una segunda píldora y, acercando sus propios labios a los de él, le transmitió su Qi. El estudiante sintió un fuego ardiente en su Dantian y su espíritu se revitalizó al instante. Lianxiang anunció: «¡Está curado!». Al oír el canto del gallo, la joven Li dudó un momento antes de partir afligida. Considerando que el estudiante acababa de sanar y aún necesitaba cuidados, Lianxiang juzgó imprudente buscar alimento fuera; cerró pues la puerta desde afuera, fingiendo que el estudiante había regresado a su hogar natal para cortar todo contacto social, y lo cuidó día y noche sin descanso. La joven Li también acudía cada anochecer, sirviéndoles con diligencia y tratando a Lianxiang como a una hermana mayor. Lianxiang, a su vez, le profesaba un profundo cariño. Pasados tres meses, el estudiante recuperó su salud original. Entonces la joven Li dejó de venir varias noches seguidas; y cuando aparecía ocasionalmente, echaba un vistazo y se marchaba de inmediato. En las raras ocasiones en que permanecía, mostraba siempre un semblante melancólico. Lianxiang solía invitarla a compartir el lecho, pero ella rehusaba invariablemente. Una vez, el estudiante salió tras ella, la tomó en brazos y la trajo de regreso; su cuerpo era ligero como una efigie de paja. Imposibilitada de huir, la joven se tendió vestida, encogiendo sus pies hasta ocupar menos de dos Chi de espacio. Lianxiang, conmovida por tanta ternura, incitó en secreto al estudiante a abrazarla estrechamente; mas ni aun sacudiéndola lograban despertarla. Cuando el estudiante se durmió y despertó luego buscándola, ella ya había desaparecido sin dejar rastro. Durante más de diez días después, no volvió jamás. El estudiante, consumido por la añoranza, sacaba a menudo el zapato bordado para contemplarlo y jugar con él. Lianxiang comentó: «Tan delicada y encantadora es, que incluso esta humilde siente lástima al verla; cuánto más un hombre». El estudiante respondió: «Antaño, cuando jugaba con el zapato, ella aparecía; en mi corazón abrigaba sospechas, pero nunca imaginé que fuera un fantasma. Ahora, mirando el zapato y recordando su rostro, siento una tristeza desgarradora». Y dicho esto, las lágrimas rodaron por sus mejillas. Antes de esto, un acaudalado hombre de apellido Zhang tenía una hija llamada Yan'er, de quince años, quien murió sin sudar. Durante toda la noche revivió, se levantó, miró a su alrededor y quiso escapar. Zhang cerró la puerta con llave para que no pudiera salir. La doncella dijo por sí misma: «Soy el alma de la hija del Juez Asistente. Tocada por la profunda devoción del joven Sang, dejé mis zapatos allí. Yo soy un verdadero fantasma, ¿de qué sirve encerrarme?». Como sus palabras tenían una causa, le preguntaron el motivo por el cual había llegado hasta allí. La doncella dudó, miró hacia atrás y no pudo comprenderlo en absoluto. Alguien dijo que el joven Sang había enfermado y regresado a casa, pero la doncella insistió en refutarlo como una mentira, lo que causó gran sospecha en su familia. El vecino del este, al enterarse, saltó el muro para espiar y vio al joven conversando cara a cara con una belleza; al acercarse sigilosamente para presionarlos, en medio de la confusión ya había desaparecido. El vecino, aterrorizado, le pidió explicaciones. El joven sonrió y dijo: «Como te dije antes, simplemente recibo a las hembras». El vecino relató las palabras de Yan'er. El joven abrió entonces la puerta, queriendo ir a investigar, pero lamentablemente no tenía motivo. La madre de Zhang, al enterarse de que el joven en verdad no había regresado, lo encontró aún más extraño. Por lo tanto, hizo que una sirvienta anciana fuera a pedir los zapatos, y el joven salió a entregárselos. Yan'er se alegró al recibirlos. Intentó ponérselos, pero el zapato era una pulgada más pequeño que su pie, lo que la dejó sumamente aterrorizada. Al mirarse en el espejo y observarse, de repente comprendió con claridad que se había prestado un cuerpo para vivir, por lo que relató los motivos. Solo entonces la madre le creyó. La doncella lloró a gritos frente al espejo y dijo: «Mi apariencia de entonces era bastante digna de confianza, y cada vez que veía a la hermana Lian, aumentaba mi vergüenza. ¡Ahora soy así, un ser humano que no es ni tan bueno como su fantasma!». Abrazó los zapatos y gimió a gritos; por más que intentaron consolarla, no pudieron disuadirla. Se cubrió con la colcha y se acostó rígida. Cuando le daban comida, tampoco comía, y su piel y su cuerpo se hincharon por completo; durante siete días enteros no comió, pero al final no murió, y la hinchazón disminuyó gradualmente; al sentir un hambre imposible de soportar, volvió a comer. A los pocos días, todo su cuerpo le picaba intensamente y se le desprendió toda la piel. Al levantarse por la mañana, dejó caer sus zapatillas al dormir, y al buscarlas para ponérselas, vio que eran incomparablemente grandes. Al probarse los zapatos anteriores, el ancho y el largo coincidían a la perfección, por lo que se alegró. Al mirarse de nuevo en el espejo, sus cejas, sus ojos, sus mejillas y su mandíbula se parecían exactamente a los de su vida pasada, lo que la alegró aún más. Se lavó, se peinó y fue a ver a su madre; todos los que la veían se quedaban boquiabiertos. Lianxiang, al enterarse de esta rareza, le aconsejó al joven que utilizara a una casamentera para comunicarse con ellos; sin embargo, debido a que la diferencia entre su pobreza y su riqueza era abismal, no se atrevió a avanzar de inmediato. Coincidió que era el cumpleaños de la anciana sirvienta, por lo que, siguiendo el séquito de su yerno y su hija, fue a ofrecerle sus felicitaciones. La anciana vio el nombre del joven, así que hizo que Yan'er espiara tras la cortina para reconocer al invitado. El joven llegó al final; la doncella salió de repente, le agarró la manga y quiso irse con él a casa. La madre la regañó severamente, y solo entonces ella entró avergonzada. El joven la examinó con atención y vio que era idéntica, por lo que no pudo evitar derramar lágrimas y se postró sin levantarse. La anciana lo ayudó a incorporarse y no lo tomó como una ofensa. Cuando el joven salió, le rogó al tío materno de la doncella que actuara como casamentero. La anciana discutió la elección de un día auspicioso para que el joven se casara e ingresara como yerno matrilocal a la casa de la familia Zhang. El joven regresó a informarle a Lianxiang y discutió con ella qué hacer. Lianxiang se quedó pensativa y melancólica durante un buen rato, y de inmediato quiso despedirse y partir. El joven se aterrorizó enormemente y rompió en llanto. Lianxiang dijo: «Si tú celebras tu boda en la casa de otra persona, y tu concubina te sigue y va también, ¿qué rostro tendría?». El joven ideó regresar primero a su tierra natal con ella para luego recibir a Yan'er, y Lianxiang accedió. El joven le confesó la verdad a los Zhang. Cuando la familia Zhang se enteró de que él ya tenía una esposa, se enfureció y lo reprendió con sarcasmo; pero Yan'er lo defendió con todas sus fuerzas, por lo que procedieron según lo solicitado. Llegado el día, el joven fue a recibir a su prometida en persona. Su hogar estaba preparado, pero de una manera bastante descuidada; sin embargo, al regresar, desde la puerta hasta el salón principal, todo estaba cubierto de alfombras de fieltro en el suelo, y cientos y miles de linternas colgantes brillaban ordenadamente como un brocado. Lianxiang ayudó a la nueva esposa a entrar en la carpa nupcial; una vez retirado el velo del rostro, la alegría fue como la de toda la vida. Lianxiang compartió la copa de vino nupcial con ellos y aprovechó para preguntar detalladamente sobre la rareza de haber devuelto la vida al alma. Yan'er dijo: «Aquellos días me sentía deprimida y aburrida, sintiendo inútilmente que mi cuerpo pertenecía a otro mundo y avergonzándome de mi propia forma. Tras nuestra separación, mi indignación fue tal que no quise regresar a la tumba, y vagué a la deriva a merced del viento. Cada vez que veía al joven, sentía envidia de él. De día me apoyaba en la hierba y los árboles, y de noche vagaba dejándome llevar por mis pasos. Al llegar por casualidad a la casa de los Zhang, vi a la joven acostada en la cama, me acerqué y me uní a ella, sin saber que lograría volver a la vida». Al escuchar esto, Lianxiang se quedó en silencio, como si estuviera meditando en algo. Pasados dos meses, Lianxiang dio a luz a un hijo. Tras el parto, contrajo una enfermedad repentina que día a día se fue tornando más grave y persistente. Tomó a Yan'er del brazo y le dijo: «Me atrevo a abrumarte con esta criatura maldita; mi hijo es exactamente como tu propio hijo». Yan'er rompió en llanto, y la concuñada la consoló. Intentaron llamar a médicos brujos y curanderos, pero ella los rechazaba cada vez. Su enfermedad crónica empeoró hasta el límite, y su respiración era como un hilo suspendido. Tanto el joven como Yan'er lloraron. De repente, abrió los ojos y dijo: «¡No hagáis eso! Tú te regocijas en la vida, y yo me regocijo en la vida. Si hay destino, dentro de diez años podremos volver a vernos». Dicho esto, expiró. Al abrir la colcha para prepararla para el rito funerario, el cadáver se transformó en un zorro. El joven no pudo soportar mirarla de otra manera y la sepultó con generosidad. Su hijo fue llamado Huer, y Yan'er lo crió como si fuera suyo. En cada festival de Qingming, invariablemente abrazaba al niño y lloraba ante su tumba. El joven obtuvo el grado de *juren* en los exámenes provinciales y su hogar comenzó a prosperar poco a poco, pero a Lady Yan le afligía no tener descendencia. El pequeño zorro era bastante inteligente, pero delicado y enfermizo. Lady Yan deseaba a menudo conseguirle una concubina al joven. Un día, una criada anunció de pronto: —Fuera de la puerta hay una anciana que lleva a su hija y busca venderla. Lady Yan ordenó que las hicieran pasar. Al verla de cerca, se quedó estupefacta y exclamó: —¡¿Ha regresado la hermana Lian?! El joven la miró y, al ver el gran parecido, también se alarmó. Preguntó: —¿Qué edad tiene? La anciana respondió: —Catorce. —¿Cuánto pides por su dote? —Este viejo cuerpo solo tiene este pedazo de carne. Con tal de que encuentre un buen lugar donde recalar y esta concubina pueda ganarse el sustento, para que mis viejos huesos no acaben abandonados en una zanja en el futuro, con eso basta. El joven le ofreció un precio generoso y la retuvo. Lady Yan tomó a la muchacha de la mano y la llevó a una cámara secreta; le levantó la barbilla con los dedos y sonrió diciendo: —¿Me reconoces? La muchacha respondió: —No la reconozco. Cuando le preguntó por su apellido y linaje, ella contestó: —Mi apellido es Wei. Mi padre era un vendedor de agua en Xucheng, y murió hace tres años. Lady Yan contó con los dedos y reflexionó: la muerte de Lian había ocurrido exactamente hacía catorce años. Volvió a examinar minuciosamente a la muchacha y no había un solo rasgo en su fisonomía, porte o actitud que no fuera idéntico al de aquella. Entonces le dio unas palmadas en la coronilla y exclamó: —¡Hermana Lian, hermana Lian! ¡El pacto de encontrarnos diez años después, no me has defraudado! La muchacha despertó de repente como de un sueño, comprendió con claridad y exclamó: —¡Ah! Miró fijamente a Lady Yan. El joven sonrió y dijo: —Esto es aquello de: *«Como las golondrinas que antaño se conocieron, de nuevo regresan»*. Llamada a las lágrimas, la muchacha dijo: —Así es. Según me contaba mi madre, al nacer yo ya sabía hablar; creyendo que era un mal augurio, me hicieron beber sangre de perro, y así olvidé mis existencias pasadas. Hoy por fin he despertado como de un sueño. ¿No es acaso vuestra merced la señorita Li, que tanto se avergonzaba de ser un fantasma? Ambas conversaron sobre su vida anterior, y la tristeza y la alegría se entrelazaron en sus corazones. Un día, durante la festividad del Hanshi, Lady Yan dijo: —Este es el día en que todos los años mi señor y yo llorábamos a la hermana. Entonces se dirigieron juntos a rendir culto ante su tumba. La hierba silvestre crecía espesa y desolada, y los árboles ya tenían el grosor de un abrazo. La muchacha también suspiró con pesadumbre. Lady Yan le dijo al joven: —Entre la hermana Lian y yo ha existido afecto a lo largo de dos vidas, y no podemos soportar la separación. Debiéramos hacer que sus huesos descansen en la misma tumba. El joven accedió a sus palabras, abrió el túmulo de la señorita Li, extrajo sus restos, los llevó de regreso y los enterró junto a los suyos. Cuando sus parientes y amigos se enteraron de aquel extraño acontecimiento, vistieron sus túnicas formales y acudieron al lugar del sepelio; se reunieron allí sin previo aviso varios cientos de personas. En el año *gengxu*, viajando hacia el sur llegué a Yi, donde la lluvia me detuvo y me hizo descansar en una posada. Había allí un joven llamado Liu Zijing, pariente suyo por línea materna, quien sacó *La biografía de Sang Sheng*, compuesta por su compañero de letras Wang Zizhang, de unas diez mil palabras en total, y pude leerla de cabo a rabo. Esto que aquí cuento no es más que su resumen aproximado. El Historiador de lo Extraño dice: —¡Ay! Siendo los muertos quienes anhelan la vida, y los vivos quienes a su vez buscan la muerte, aquello tan difícil de obtener bajo el cielo, ¿no es acaso el cuerpo humano? ¿Cómo es posible que aquellos que poseen este cuerpo lo descuiden a menudo, hasta el punto de vivir con desvergüenza peor que un zorro, y morir en el olvido peor que un fantasma? *** ### Abao Sun Zichu, natural de Yuexi, era un erudito de renombre. Había nacido con un dedo de más en la mano. De naturaleza cándida e ingenuamente torpe, cada vez que alguien lo engañaba, se lo creía a pies juntillas. Si por casualidad ocurría que en una reunión había alguna cortesana, él invariablemente se alejaba a pasos apresurados. Alguien que conocía esta debilidad suya lo atraía con engaños y hacía que la cortesana se le acercara e importunara con descaro; entonces su rostro se ponía escarlata hasta el cuello, gotas de sudor brotaban rodando como perlas, y todos se burlaban a coro de él. Llegaron incluso a retratar su aspecto bobalicón, difundiéndolo de pueblo en pueblo como motivo de mofa, y lo apodaron «Sun el necio». Cierto acaudalado mercader de la ciudad rivalizaba en riqueza con los príncipes y marqueses, y sus parientes políticos pertenecían todos a la alta nobleza. Tenía una hija llamada Abao, de belleza sin igual. Todos los días elegía al esposo adecuado, y los jóvenes de las grandes familias competían por enviarle presentes de compromiso y ajuares, pero ninguno satisfacía los deseos del anciano. El joven Sun, que por entonces carecía de consorte, oyó a algunos bromistas que le aconsejaban buscar una casamentera. Sin medir en absoluto sus propias fuerzas, Sun siguió el consejo al pie de la letra. El mercader ya conocía de oídas su fama, pero lo menospreciaba por su pobreza. Cuando la anciana casamentera estaba a punto de marcharse, se cruzó casualmente con Abao y le preguntó al respecto, contándole lo sucedido. La muchacha bromeó diciendo: —Que se quite el dedo de más, y entonces me casaré con él. La casamentera le transmitió esto a Sun. Él respondió: —No es difícil. Cuando la casamentera se hubo marchado, Sun se cortó el dedo él mismo con un hacha. El dolor desgarrador le penetró hasta el corazón, la sangre brotó a chorros y estuvo al borde de la muerte. Pasados unos cuantos días, pudo por fin levantarse; fue a ver a la casamentera y le mostró el resultado. La casamentera, estupefacta, corrió a avisar a la señorita. La muchacha también se quedó asombrada y, en tono de broma, le pidió que se quitara además su necedad. Al enterarse, Sun armó un gran alboroto para defenderse, afirmando por su cuenta que no era ningún necio; sin embargo, no tenía manera de presentarse ante ella para abrirle su corazón. Al reflexionar de nuevo, pensó que Abao tal vez no fuera tan hermosa como un ser celestial, ¿así que a qué se debía que se pusiera en un pedestal tan alto? A partir de aquel momento, su antigua pasión se enfrió de golpe. Coincidía con la festividad de Qingming, una época en la que, según la costumbre, las mujeres salían de excursión y los jóvenes frívolos también formaban grupos para seguirlas, entregándose a comentar sobre su valía. Varios miembros de la misma cofradía invitaron con insistencia al estudiante a ir con ellos. Alguien se burló diciendo: «¿No deseas echar un vistazo a una muchacha hermosa?». El estudiante sabía bien que se estaban burlando de él, pero como había recibido las pullas de la joven, también deseaba verla en persona, así que alegremente siguió al grupo para buscarla. A lo lejos, vieron a una mujer descansando bajo un árbol, con maliciosos jóvenes rodeándola como una muralla. Todos dijeron: «¡Esta debe ser A-Bao!». Corrieron hacia allí, y efectivamente era A-Bao. Al observarla con atención, vio que su belleza y gracia no tenían parangón. Al poco rato, la multitud se hizo más densa. La mujer se levantó y se marchó a toda prisa. Las mentes de todos quedaron revueltas; unos la elogiaban de pies a cabeza y otros la criticaban, alborotados como locos. El estudiante fue el único que permaneció callado. Cuando los demás se fueron a otra parte y miraron atrás, el estudiante seguía allí plantado como un tonto en el mismo lugar; lo llamaban y no respondía. Todos lo zarandearon y le dijeron: «¿Se ha ido tu alma tras A-Bao?», pero él tampoco contestaba. Como sabían que su carácter siempre había sido lerdo, no le dieron mayor importancia; unos empujándolo y otros tirando de dócil brazo, lo llevaron de vuelta a casa. Al llegar, se fue derecho a la cama y se acostó, sin levantarse en todo el día, ensimismado como si estuviera ebrio y sin despertar por mucho que lo llamaran. Su familia sospechó que había perdido el alma, por lo que la llamaron en un campo abierto, pero de nada sirvió. Lo sacudieron con fuerza para interrogarlo, y él respondió con voz aletargada: «Estoy en la casa de A-Bao». Cuando le preguntaron con más detalle, volvió a callar y no dijo nada. Su familia, presa del desconcierto, no lograba comprenderlo. Al principio, cuando el estudiante vio que la mujer se marchaba y su corazón no soportaba dejarla ir, sintió que su cuerpo ya la seguía en su caminar, acercándose poco a poco a las cintas de sus ropas, sin que nadie lo reprendiera. Así, acompañó a la mujer de regreso a su hogar, sentándose y recostándose junto a ella, y por la noche se entregó a la intimidad con ella, sintiéndose sumamente compenetrados. Sin embargo, comenzó a sentir un hambre voraz en el vientre y deseaba regresar un momento a su hogar, pero estaba perdido y no conocía el camino. Cada vez que la mujer soñaba que se unía a alguien y le preguntaba su nombre, este respondía: «Soy Sun Zichu». Ella encontraba esto extraño en su corazón, pero no podía contárselo a nadie. El estudiante llevaba tres días acostado, con el aliento tan débil que parecía a punto de extinguirse. Su familia, presa de un gran pavor, confió a alguien la tarea de informar discretamente al anciano padre de la joven para pedirle permiso y convocar allí su alma. El anciano sonrió y dijo: «Nunca hemos tenido trato en el pasado, ¿cómo iba su alma a extraviarse en mi casa?». La familia suplicó con insistencia hasta que el anciano accedió por fin. Una chamana se llevó las ropas habituales del joven y una estera de paja. Cuando la joven se enteró del motivo, quedó sumamente aterrorizada y, sin consentir que la chamana fuera a ninguna otra parte, la guio directamente a su propia habitación para que la llamara y se la llevara. Cuando la chamana regresó a la puerta, el estudiante ya estaba gimiendo sobre su lecho. Una vez que despertó, pudo relatar con exactitud el color, el nombre y la forma de cada uno de los recipientes de perfume y utensilios del tocador de la habitación de la joven, sin equivocarse en nada. Al enterarse de esto, la joven sintió un asombro aún mayor y se conmovió en secreto por la profundidad de su afecto. Tan pronto como el estudiante se levantó de la cama, quedó sentado o de pie con el pensamiento fijo y absorto, distraído como si hubiera perdido la razón. Siempre vigilaba a A-Bao, con la esperanza de volver a encontrársela al menos una vez más. Llegado el festival del Baño de Buda, al enterarse de que ella iría a quemar incienso al Templo Shuishui, se adelantó al alba para aguardar a la orilla del camino, con los ojos cansados y deslumbrados de tanto mirar. Cuando el sol rondaba el mediodía, la joven por fin llegó; al vislumbrar al estudiante desde el carruaje, apartó la cortina con una mano delicada y lo miró fijamente con la mirada inmóvil. El estudiante, aún más conmovido, la siguió de cerca. De repente, la joven ordenó a su doncella de túnica verde que fuera a preguntarle su nombre y apellido. El estudiante se presentó con sincera devoción, haciendo que su alma se tambaleara todavía más. Cuando el carruaje se alejó, él emprendió el retorno. Al volver, recayó en la enfermedad, quedando sumido en un profundo sopor sin probar bocado, y en sus sueños no hacía más repetir el nombre de A-Bao. A menudo se reprochaba a sí mismo que su alma ya no tuviera espíritu. Su familia criaba de antaño un loro que de pronto murió, y los niños pequeños jugaban con él sobre la cama. El estudiante pensó para sí: «Si tan solo pudiera converterme en loro, con solo agitar mis alas podría llegar a la habitación de la joven». Tan pronto como concentró sus pensamientos en ello, su cuerpo se volvió liviano como el de un loro, y alzando el vuelo al instante, llegó directo a la morada de A-Bao. La joven, encantada, se abalanzó sobre él, le ató las alas y lo alimentó con semillas de cáñamo. El ave exclamó a grandes voces: «¡Hermana, no me ates! ¡Soy Sun Zichu!». La joven, profundamente asustada, le desató las ligaduras, pero el ave no quiso marchar. La joven suspiró diciendo: «Tu profundo afecto ya ha quedado grabado en el centro de mi corazón. Pero ahora somos de naturalezas distintas, humano y animal, ¿cómo podría volver a completarse nuestra unión conyugal?». El ave replicó: «Con poder acercarme a tu fragancia, mi deseo ya está satisfecho». Si otros le daban de comer, no probaba bocado; si la joven lo alimentaba personalmente, entonces comía. Cuando ella se sentaba, el ave se posaba en sus rodillas; cuando se acostaba, se acurrucaba junto a su lecho. Así pasaron tres días. La joven, sintiendo una gran compasión por él, envió en secreto a alguien para que observara al estudiante en su casa. El estudiante yacía rígido, con el aliento cortado desde hacía tres días, aunque su pecho aún no se había enfriado. La joven volvió a desear en su interior: «Si fueras capaz de volver a ser hombre, juro seguirte hasta la muerte». El ave respondió: «¡Me engañas!». Entonces la joven hizo un solemne juramento. El ave inclinó la cabeza de costado, como si estuviera meditando en algo. Al poco rato, la joven, con los pies vendados, se quitó los zapatos bajo la cama, y el loro descendió raudo, tomó uno de los zapatos en el pico y echó a volar. La joven lo llamó con urgencia, pero el ave ya se había alejado volando. La joven envió a una anciana a investigar, y resultó que el estudiante ya había despertado. Cuando la familia vio que el loro traía un zapato bordado en el pico y caía muerto al suelo, todos se quedaron extrañados. En cuanto el estudiante revivió, exigió de inmediato su zapato. Nadie comprendía la razón. Justo en ese momento llegó la anciana, entró a ver al estudiante y le preguntó por el paradero del zapato. El estudiante respondió: «Es la prenda de lealtad y promesa de A-Bao. Por favor, transmítele esta respuesta: este humilde discípulo no olvida su solemne promesa». La anciana regresó con el recado. La joven lo encontró aún más extraordinario, por lo que hizo que su doncella revelara sus sentimientos a su madre. Tras comprobar la certeza de los hechos, la madre declaró: «El talento y la reputación de este joven no son malos, pero su pobreza es digna de Sima Xiangru. Si después de tantos años de buscar consiguiéramos un yerno así, temo que los hombres influyentes se burlen de nosotras». A causa del zapato, la joven juró no casarse con ningún otro. El anciano y su esposa acabaron cediendo. Enviaron un mensaje urgente al estudiante para anunciarlo. El estudiante se llenó de alegría y su enfermedad sanó de inmediato. El anciano propuso que viviera en su casa como yerno matrilocal. La joven dijo: «Un yerno no puede permanecer por mucho tiempo en la casa de sus suegros. Además, mi esposo es pobre, y si pasa mucho tiempo así, la gente lo despreciará aún más. Ya que he dado mi palabra, si vivimos en una choza de paja y nos alimentamos de hierbas silvestres, no me quejaré». Así pues, el estudiante fue a recibirla para celebrar los ritos nupciales, y al reencontrarse sintieron la alegría de estar separados por otra vida. A partir de entonces, gracias a la dote de la joven y a la pequeña elevación de terreno que poseían, su patrimonio y bienes aumentaron considerablemente. Sin embargo, el Erudito era un obcecado en los libros y no sabía nada sobre la administración de la casa o los negocios de la vida; por su parte, la muchacha era excelente acumulando bienes y nunca agobiaba al Erudito con otras cuestiones. Al cabo de tres años, la familia se hizo aún más rica. De repente, el Erudito enfermó de diabetes y falleció. La mujer lloró con amargura, con los ojos anegados en lágrimas incesantes, hasta el punto de dejar de dormir y comer. Aunque intentaron persuadirla, no quiso aceptar nada y, aprovechando la noche, se ahorcó. Una criada se dio cuenta y la salvó a tiempo para que volviera en sí, pero aun así persistió en su ayuno. Al tercer día, reunieron a los parientes y allegados con la intención de mortalajar al Erudito, cuando de repente oyeron un gemido que salía del interior del ataúd. Al abrirlo, vieron que había resucitado. Él mismo relató: —Vi al Rey de los Muertos, quien, debido a mi sencillez y honradez en vida, me ordenó servir como funcionario departamental. De pronto, alguien se presentó a informar: "La esposa del funcionario departamental Sun está por llegar". El Rey consultó los registros de los espíritus y dijo: "A ella aún no le corresponde morir". Luego añadió: "Lleva tres días sin comer". El Rey se volvió y dijo: "Movido por la lealtad y rectitud de tu esposa, te concedo temporalmente una prórroga de vida". Y así, ordenó a un corchete que guiara un caballo para devolverme. A partir de entonces, su salud se fue restableciendo poco a poco. Coincidió que era el año de los grandes exámenes imperiales y, justo antes de entrar a las salas de prueba, varios jóvenes quisieron burlarse de él. Juntos idearon siete temas oscuros y rebuscados, lo llevaron a un rincón apartado para conversar con él y le dijeron: —Estos son los temas filtrados de cierta familia influyente; te los transmitimos en secreto por respeto. El Erudito se los creyó, los meditó día y noche, y redactó los siete ensayos. El grupo se rio de él a espaldas suyas. En ese momento, los examinadores imperiales, temiendo que el uso de temas demasiado conocidos cayera en el vicio del plagio, decidieron contravenir radicalmente las normas habituales. Cuando desplegaron el papel con las preguntas, ¡los siete ensayos coincidían exactamente! Gracias a esto, el Erudito ocupó el primer puesto de la lista. Al año siguiente, aprobó el examen de *jinshi* y fue nombrado miembro de la Academia Hanlin. Al enterarse de algo tan extraordinario, el Emperador mandó a llamarlo para interrogarlo. El Erudito expuso todo con detalle en su memorial, lo cual agradó y complació enormemente al Emperador. Más tarde, mandó a comparecer a Abao y la colmó de generosas recompensas. El Historiador de lo Extraordinario comenta: «Si la naturaleza de uno es obcecada, su voluntad se concentra con firmeza; por eso, quien está obcecado en los libros inevitablemente tendrá un estilo literario pulido, y quien está obcecado en un arte indudablemente perfeccionará su destreza. Aquellos vagabundos fracasados que no logran nada en el mundo son todos personas que se jactan de no tener obsesiones. ¡Pues bien, dilapidar la fortuna familiar en burdeles y flores, o arruinar el hogar jugando a los dados, acaso son esos asuntos de hombres obcecados! Por esto sabemos que una agudeza e inteligencia excesivas constituyen la verdadera obcecación; ¿cómo iba a ser obcecado aquel señor Sun?» Diez ejemplos de obcecaciones: 1. Acumular monedas en calabozos subterráneos mientras se pasa hambre. 2. Alardear constantemente de la inteligencia de los hijos ante los invitados. 3. Amar tanto a un hijo que no se le tolera recibir una educación. 4. Ocultar una enfermedad por miedo a que los demás se enteren. 5. Gastar dinero propio para costearle burdeles a otros. 6. Escabullirse a hurtadillas a banquetes con la intención de engañar a otros en el juego. 7. Pagar a otros para que escriban textos y así engañar a los padres y hermanos mayores. 8. Llevar las cuentas entre padre e hijo con excesiva frialdad. 9. Emplear intrigas mecánicas dentro de la propia familia. 10. Alegrarse de que los discípulos sean adictos al juego. *** ### El Rey de Niu Shan Había un hombre de apellido Li, oriundo de Caozhou, que era letrado del distrito. Su familia era acomodada por tradición, pero la residencia original no era muy amplia; detrás de la casa había un jardín de varias mu que se encontraba abandonado y baldío. Un día, un anciano se presentó para alquilar el espacio, ofreciendo cien taeles de oro como renta. Li objetó que no tenía ninguna casa disponible, pero el anciano replicó: —Por favor, acéptelo, y no se preocupe por nada más. Li, sin comprender sus intenciones, se limitó a aceptar el dinero para observar qué clase de rareza ocurría. Al día siguiente, los aldeanos vieron carruajes, caballos y a una familia numerosa entrar en la propiedad de los Li, en un ir y venir incesante. Todos se extrañaban de que la mansión de Li tuviera espacio para acomodar a tanta gente y le preguntaban al respecto. Li, sin embargo, no sabía absolutamente nada; al regresar a su casa e inspeccionarla, no halló rastro ni sonido alguno de tales visitantes. Transcurridos unos días, el anciano vino de repente a visitarlo y le dijo: —Ya llevamos varias mañanas y noches bajo su amparo. Como todo está por organizarse —hemos encendido los hornos y preparado los fogones—, no habíamos tenido tiempo de cumplir con la cortesía debida a los anfitriones. Ahora envío a mis hijas menores a preparar el mijo, y le ruego que nos haga el honor de visitarnos. Li accedió. Al entrar en el jardín, vio de imprevisto que los edificios eran magníficos y hermosos, luciendo totalmente renovados. Al adentrarse en las estancias, el mobiliario y la decoración eran exquisitos y resplandecientes. Las ollas de vino hervían en los corredores y el humo del té se elevaba en la cocina. Al poco rato, comenzaron a servir el vino y a presentar los manjares, cuya exquisitez llegaba al límite de lo delicioso. En ese momento, se veía a numerosos jóvenes ir y venir por el patio, y se escuchaban las voces murmurantes de los niños y las risas procedentes tras las cortinas. Entre familiares, criados y sirvientes, parecía haber varios cientos de bocas. En su corazón, Li supo de inmediato que se trataba de zorros. Al terminar el banquete regresó a su hogar, albergaron en su interior intenciones homicidas. Cada vez que iba al mercado, compraba salitre y azufre hasta acumular varios cientos de jin, los cuales esparció discretamente por todo el jardín hasta casi cubrirlo. De pronto les prendió fuego: las llamas se elevaron hasta la bóveda celeste como un hongo negro de la inmortalidad, y el hedor a quemado y las cenizas voladoras eran tan densas que nadie podía acercarse; solo se oían gritos, aullidos y alaridos en un estrépito ensordecedor. Cuando el fuego se extinguió, entró a inspeccionar y vio zorros muertos por todas partes, con las cabezas calcinadas y los cuerpos chamuscados, en una cantidad imposible de contar. Mientras andaba revisando, el anciano apareció desde el exterior con el rostro sumido en el dolor y la aflicción, y recriminó a Li diciendo: —Nunca habíamos tenido agravios ni enemistades entre nosotros; además, los cien taeles de oro que pagué por el jardín baldío al año no eran una cantidad pequeña. ¿Cómo pudiste tener el corazón de exterminar a todo mi clan? ¡Esta es una venganza de crueldad extrema, y no habrá nadie que no busque cobrarse! Dicho esto, se marchó lleno de ira. Aunque Li sospechaba que arrojarían piedras para causarle calamidades, transcurrió más de un año sin que ocurriera la menor anomalía. En los primeros años del reinado de Shunzhi, numerosos bandidos se alzaron por las montañas, congregando a más de diez mil hombres. Las autoridades no podían capturarlos, y Li, al tener una numerosa familia, se preocupaba a diario por la inestabilidad y el caos. Da la casualidad de que llegó a la aldea un maestro de los astros que se hacía llamar «Anciano de Nanshan», cuyas predicciones sobre la fortuna y la desgracia de las personas eran tan claras como verlas con los propios ojos, por lo que su fama resonó con fuerza. Li lo mandó llamar a su casa para pedirle que leyera su destino según las ramas terrestres y los troncos celestiales. El Anciano se levantó con asombro y reverencia, diciendo: «¡Este es el verdadero señor soberano!». Al escuchar esto, Li se sobresaltó enormemente, tomándolo por un disparate. El Anciano adoptó una expresión solemne y lo afirmó con firmeza. Li, entre dudoso y creyente, preguntó entonces: «¿Acaso existe alguien que, con las manos vacías, reciba el Mandato y se convierta en emperador?». El Anciano replicó: «No es así. Desde la antigüedad, los emperadores y reyes suelen surgir de entre la gente común; ¿quién nace siendo ya el Hijo del Cielo por derecho natural?». Desconcertado por sus palabras, Li se inclinó hacia adelante en su asiento para pedirle consejo, y el Anciano asumió con resolución el papel de un «Wolong». Pidió que primero se preparasen varios miles de juegos de armaduras y cascos, así como varios miles de arcos y ballestas. Li temía que nadie se uniera a su causa, pero el Anciano dijo: «Este humilde servidor le ruega que me permita recorrer las montañas en su nombre para unir a los distintos líderes y entablar profundas alianzas. Haré que los agitadores corran la voz de que su Señoría es el verdadero Hijo del Cielo, y los soldados de las montañas seguramente responderán al llamado». Encantado, Li envió al Anciano a cumplir su cometido. Abrió sus reservas de tesoros y mandó forjar armaduras y cascos. Pasados varios días, el Anciano regresó y dijo: «Apoyándome en la majestad y la fortuna de su Señoría, y sumando mi lengua de tres pulgadas, no hay montaña cuyos líderes no deseen sostener las riendas y los estribos para servir bajo su estandarte». En el espacio de diez días, miles de hombres acudieron a someterse a su mandato. Tras esto, nombraron al Anciano estratega militar, izaron un gran estandarte y desplegaron banderas de colores como un bosque; se establecieron en la montaña con empalizadas, y su influencia sacudió la región. El magistrado del distrito movilizó tropas para ir a reprimirlos, pero el Anciano dirigió a los bandidos y los derrotó estrepitosamente. Aterrorizado, el magistrado envió un aviso de emergencia a Yanzhou. Las tropas de Yanzhou marcharon desde lejos, pero el Anciano tendió una emboscada con sus bandidos para atacarlas, haciendo que el ejército sufriera una desastrosa derrota, con una inmensa cantidad de oficiales y soldados muertos o heridos. Su poder se tornó aún más imponente, sus partidarios se contaban por decenas de miles, y por ello se autoproclamó «Rey de las Nueve Montañas». Al ver que escaseaban los caballos, y enterándose de que una partida de caballos oficiales de la capital se dirigía al Jiangnan, el Anciano envió a un destacamento a interceptarlos en el camino y robárselos. A partir de entonces, el nombre del «Rey de las Nueve Montañas» resonó estrepitosamente. Ascendieron al Anciano al rango de «Gran General Protector del País». Recostado holgadamente en su guarida montañosa, se mostraba soberbio y convencido de que la imposición de la túnica amarilla era cuestión de días. El gobernador oriental, furioso por el robo de los caballos, se disponía a avanzar en una campaña de exterminio; y habiendo recibido además el informe de Yanzhou, despachó varios miles de tropas de élite para cercarlo y avanzar junto con las fuerzas de seis rutas. Las banderas del ejército cubrían valles y montañas. El «Rey de las Nueve Montañas» sintió un gran terror y, al convocar al Anciano para tramar un plan, descubrió que este había desaparecido sin dejar rastro. Viéndose en apuros y sin recursos, el «Rey de las Nueve Montañas» ascendió a la cima para mirar a lo lejos y exclamó: «¡Hoy es cuando comprendo el gran poder de la corte imperial!». La montaña fue tomada, él fue capturado, y su esposa e hijos fueron ejecutados. Solo entonces comprendió que el Anciano era en realidad un viejo zorro, que se había valido de aquello para vengar la matanza de su estirpe contra Li. El Escriba de la Historia Diferente opina: «Si un hombre abraza a su esposa e hijos y permanece en casa con la cabeza descubierta, ¿de dónde le vendría el ser asesinado? Y si lo mataran, ¿cómo podría ser exterminada toda su familia? La estratagema del zorro fue, en verdad, ingeniosa. Pero si en la tierra no hay simiente, por mucho que se riegue no germinará; aquel hombre, con la crueldad de haber matado zorros, ya albergaba en su corazón la raíz del bandidaje, permitiendo que el zorro cultivara ese brote para cobrarse su venganza. Si hoy detuviéramos a un transeúnte cualquiera para decirle: "¡Tú serás el emperador!", no habría ninguno que no huyera aterrorizado. Aquel hombre vio con claridad que aquello lo llevaría al exterminio familiar, y aun así disfrutaba escuchándolo; que su esposa e hijos fueran ejecutados, ¿qué más se puede decir? Sin embargo, cuando la gente escucha palabras falaces, al principio se enoja, luego duda y más tarde termina por creerlas; hasta que, al verse arruinados en cuerpo y reputación, recién comprenden su error. Por lo general, todo ocurre de esta manera». El zorro en la oficina de Zunhua El señor Qiu, oriundo de Zhucheng, ejercía como magistrado de Zunhua. Antiguamente, la oficina oficial albergaba numerosos zorros; en el último pabellón, una manada vivía en armonía y lo había tomado por su hogar. A menudo salían a causar calamidades, y sus fechorías se intensificaban cada vez más. Quienes gobernaban allí se limitaban a ofrecer sacrificios para implorarles, sin atreverse a contrariarlos. Al asumir su cargo, el señor Qiu se enteró de esto y se enfureció. Los zorros, temerosos de la firmeza y rectitud del magistrado, hicieron que uno de ellos se transformara en una anciana para decir a los criados de la casa: «Ruego que le digan al honorable大人: "No se guarde rencor contra nosotros. Concédanos tres días y nos llevaremos a nuestros pequeños para alejarnos de aquí"». Al enterarse, el señor Qiu guardó silencio sin responder. Al día siguiente, tras concluir la inspección de las tropas, ordenó que no se dispersaran, hizo que trajeran rápidamente grandes cañones de todos los campamentos para introducirlos de golpe y los disparó simultáneamente alrededor del pabellón. Aquel edificio de varias plantas de altura fue reducido a escombros en un instante, y una lluvia de pieles, carne y pelos cayó desde el cielo. En medio del denso polvo y la bruma tóxica, solo pudo verse un hilo de vapor blanco que atravesaba el humo y se elevaba hacia el cielo. La multitud exclamó: «¡Ha escapado un zorro!». Y desde entonces, la oficina estuvo en paz. Dos años después, el señor Qiu envió a un sirviente de confianza con una suma de plata a la capital con la intención de propiciar su ascenso. Como el asunto aún no se concretaba, el sirviente guardó temporalmente el dinero enterrándolo en la casa de un alguacil. De repente, un anciano se presentó ante la corte imperial para presentar una queja, alegando que su esposa e hijos habían sido asesinados injustamente, y acusando además al señor Qiu de apropiarse indebidamente de las raciones militares y de tejer influencias con personas influyentes, señalando que el dinero se encontraba oculto en cierta casa para que pudiera servir de prueba. Por mandato imperial, se ordenó una inspección rigurosa y, tras llegar a la casa del alguacil, lo buscaron minuciosamente por todas partes sin hallarlo. El anciano se limitó a señalar el suelo con un pie. Comprendiendo su intención, cavaron y, efectivamente, hallaron el oro; sobre el oro estaban grabadas las palabras «Fondo remitido por cierta comandtería». Poco después, al buscar al anciano, este había desaparecido sin dejar rastro. Indagaron por los nombres y apellidos de la región para dar con su paradero, pero tampoco existía nadie así. A raíz de esto, el señor Qiu cayó en desgracia y se vio abrumado por la catástrofe, comprendiendo entonces que aquel anciano no era otro que el zorro que había escapado. El Escriba de la Historia Diferente opina: «Que un zorro atormente a los mortales es algo que merece con creces ser castigado. Sin embargo, una vez que se rinden, perdonarlos también sirve para preservar nuestra propia benevolencia. Del señor Qiu bien puede decirse que "llevó el resentimiento demasiado lejos". ¡Si el Guanxi hubiera hecho lo mismo, acaso un centenar de zorros habrían bastado para vengarse!» Zhang Cheng Un hombre de la provincia de Henan de apellido Zhang tenía antepasados oriundos de Qi. Al final de la dinastía Ming, estalló un gran caos en Qi y su esposa fue raptada por las tropas del norte. Como Zhang solía viajar a Henan por negocios, terminó estableciéndose allí. Se casó nuevamente en Henan y tuvo un hijo llamado Ne. Al poco tiempo, su esposa falleció, por lo que tomó una segunda esposa de apellido Niu, quien le dio otro hijo llamado Cheng. La madrastra, Niu, era una mujer feroz y cruel; siempre resentía a Ne y lo trataba como a un esclavo, alimentándolo con sobras y hierbas amargas. Lo obligaba a cortar leña, exigiéndole una carga completa todos los días. Si no la conseguía, lo azotaba y maldecía de manera insoportable. En secreto, Niu guardaba los manjares más dulces para dárselos a Cheng, a quien enviaba a estudiar con un maestro de la aldea. Con el tiempo, Cheng creció. De naturaleza filial y fraternal, no soportaba ver el sufrimiento de su hermano y trató de interceder en secreto ante su madre, pero ella no quiso escuchar. Un día, Ne entró en las montañas a cortar leña. Antes de terminar su labor, se desató una fuerte tormenta de viento y lluvia, por lo que tuvo que refugiarse bajo una roca. Cuando la lluvia cesó, el sol ya se había ocultado. Con el estómago completamente vacío, cargó la leña y regresó a casa. Su madrastra revisó la carga y, al ver que era escasa, montó en cólera y se negó a darle de comer. El fuego del hambre le quemaba las entrañas; entró a la habitación y se desplomó, tendido como un cadáver. Cheng regresó de la escuela y, al ver a su hermano abatido, le preguntó: —¿Estás enfermo? —Tengo hambre, nada más —respondió Ne. Al preguntarle la causa, Ne le contó toda la verdad. Cheng se entristeció profundamente y se marchó. Al poco tiempo, regresó con unos pasteles ocultos entre sus ropas para alimentar a su hermano. Ne le preguntó de dónde los había sacado. —Tomé harina a escondidas y le pedí a una vecina que los preparara —respondió Cheng—. Tan solo cómelos y no digas nada. Ne los comió y le advirtió a su hermano: —No vuelvas a hacer esto. Si el asunto se descubre, te acarreará problemas. Además, con comer una vez al día, el hambre no me matará. Cheng replicó: —Mi hermano es débil por naturaleza, ¿cómo va a poder cargar tanta leña? Al día siguiente, después de comer, Cheng fue furtivamente a la montaña, hasta el lugar donde su hermano cortaba leña. Al verlo, Ne se asombró y le preguntó: —¿Qué haces aquí? —He venido a ayudarte a cortar leña —respondió. —¿Quién te ha enviado? —He venido por voluntad propia —contestó. Ne le dijo: —Independientemente de que no sepas cortar leña, aunque supieras, de todos modos no debes hacerlo. Y procedió a instarlo a que regresara. Cheng no hizo caso y, usando sus propias manos y pies, comenzó a romper ramas para ayudar a su hermano, diciendo: —Mañana traeré un hacha. Su hermano se acercó para detenerlo y, al ver que sus dedos ya estaban lastimados y sus zapatos rotos, exclamó con dolor: —¡Si no regresas de inmediato, tomaré el hacha y me cortaré el cuello para morir! Entonces Cheng emprendió el regreso, y su hermano lo acompañó medio camino antes de dar la media vuelta. Una vez que terminó de cortar la leña y regresó, Ne fue a ver al maestro de la escuela y le pidió: —Mi hermano es muy joven; le ruego que lo mantenga encerrado. En la montaña hay muchos tigres y lobos. El maestro respondió: —Esta mañana no supe a dónde fue, así que ya lo castigué con la vara. Al volver a casa, Ne le dijo a Cheng: —No quisiste escuchar mis palabras y sufriste los azotes. Cheng sonrió y dijo: —No ha pasado nada. Al día siguiente, tomó un hacha y se marchó de nuevo. Su hermano, alarmado, le dijo: —Te dije claramente que no vinieras, ¿por qué vuelves a hacerlo? Cheng no respondió; comenzó a talar la leña con urgencia, mientras el sudor le brotaba a chorros por el rostro sin detenerse un instante. Apenas reunió un buen atado, regresó sin despedirse. El maestro volvió a reprenderlo, por lo que Cheng tuvo que confesarle la verdad. El maestro suspiró admirado por su nobleza y dejó de prohibírselo. Aunque su hermano se lo impuso en repetidas ocasiones, Cheng jamás quiso escuchar. Un día, mientras cortaba leña en la montaña con varios hombres, un tigre feroz se a aproximó de repente. La multitud, aterrorizada, se postró en el suelo. El tigre, al final, se llevó a Zhang Cheng en sus fauces. Como un tigre carga a su presa con paso lento, fue alcanzado por Zhang Ne. Zhang Ne lo atacó con fuerza con su hacha, acertándole en la grupa. El tigre, loco de dolor, huyó a toda velocidad, perdiéndose de vista sin que hubiera forma de rastrearlo. Zhang Ne regresó llorando desconsoladamente. Aunque los demás lo consolaron e intentaron disuadirlo, su llanto se hizo aún más doloroso. Exclamó: —¡Mi hermano menor no era como el hermano de cualquier otro hombre, y mucho más habiendo muerto por mi culpa! ¿Cómo podría yo seguir viviendo? Dicho esto, se cortó el cuello con el hacha. Los presentes lo socorrieron de inmediato; la hoja ya había penetrado cerca de una pulgada en su carne, la sangre brotaba a chorros y él se desvaneció, cayendo sin sentido. Alarmados, la multitud desgarró sus propias ropas para vendarle la herida y, cargándolo entre todos, lo llevaron de regreso a casa. Su madre, entre llantos y maldiciones, le reprochó: —¡Has matado a mi hijo y ahora pretendes degollarte para eludir tu culpa! Zhang Ne gemía diciendo: —Madre, no os preocupéis; si mi hermano ha muerto, ¡yo ciertamente no viviré! Lo recostaron en el lecho. El dolor de las heridas le impedía dormir, por lo que pasaba día y noche sentado junto a la pared, llorando. Temiendo que él también muriera, su padre se acercaba de vez en cuando al lecho para alimentarlo con un poco de sopa, pero Zhang Ne lo injuriaba y reprochaba con dureza. Así, Zhang Ne se negó a comer y falleció a los tres días. En la aldea había un médium que caminaba por el inframundo (zou wuchang). Zhang Ne se lo encontró en el camino y le relató con tristeza sus pasadas desdichas, preguntándole por el paradero de su hermano. El médium respondió que no sabía nada, pero dio media vuelta y guio a Zhang Ne. Al llegar a una gran metrópolis, vieron a un hombre con túnica negra que salía de la ciudad. El médium lo interceptó para preguntar en su lugar. El hombre de la túnica negra revisó unos registros dentro de su bolsa de cuero y los examinó con atención: había más de un centenar de hombres y mujeres, pero ninguno con el apellido Zhang ni que hubiera cometido faltas. El médium sospechó que estaría en otros registros. El hombre de la túnica negra dijo: —Este camino está bajo mi jurisdicción, ¿cómo habría de haber equivocaciones o arrestos erróneos? Zhang Ne no lo creyó y obligó al médium a entrar en la ciudad amurallada. Dentro de la ciudad, fantasmas nuevos y antiguos deambulaban sin cesar. Había algunos conocidos suyos, a quienes les preguntó, pero ninguno sabía nada. De pronto, todos comenzaron a vociferar: —¡La Bodhisattva ha llegado! Al levantar la vista, vieron en medio de las nubes a una figura venerable cuya luz radiante atravesaba el cielo y la tierra, haciendo que el mundo entero se iluminara al instante. El médium se felicitó diciendo: —¡Qué gran fortuna tiene el hermano mayor! La Bodhisattva desciende al Inframundo una vez cada varias decenas de años para disipar todos los sufrimientos y aflicciones, y hoy precisamente hemos coincidido con ello. Inmediatamente instó a Zhang Ne a arrodillarse. La multitud de almas prisioneras, agitadas y bulliciosas, juntaron las manos y comenzaron a recetar al unísono plegarias de compasión para el alivio del sufrimiento, cuyo estrépito sacudía la tierra. La Bodhisattva roció néctar por todas partes con una rama de sauce, tan fino como el polvo. Al poco tiempo, la niebla se disipó, la luz se desvaneció y ella desapareció sin dejar rastro. Zhang Ne sintió que el rocío salpicaba su cuello, y el lugar donde lo había alcanzado el hacha dejó de dolerle. El médium lo guio de regreso. Al divisar la puerta de la aldea, se despidió de él y se marchó. Dos días después de haber muerto, Zhang Ne despertó de súbito y con total claridad. Relató todo lo que había experimentado, afirmando que Zhang Cheng no estaba muerto. Su madre creyó que eran invenciones y mentiras suyas, y volvió a insultarlo y maldecirlo. Soportando la injusticia sin tener cómo reivindicarse, Zhang Ne comprobó que las cicatrices de sus heridas habían sanado por completo. Se incorporó por su propio esfuerzo, hizo una reverencia a su padre y le dijo: —Voy a surcar las nubes y adentrarme en los mares en busca de mi hermano. Si no es posible encontrarlo, terminaré esta vida sin pensar en regresar. Ruego a mi padre que siga considerando a este hijo como un difunto. El anciano lo condujo a un lugar despejado y lloró con él, sin atreverse a retenerlo. Entonces, Zhang Ne partió. Preguntaba por las noticias de su hermano en cada encrucijada del camino. Como sus recursos para el viaje se agotaron por completo, avanzaba pidiendo limosna. Al cabo de un año, llegó a Jinling; su ropa era un tejido de innumerables remiendos andrajosos y caminaba encorvado por el camino. Por casualidad, vio pasar a más de diez jinetes y se apartó a un lado del camino para esconderse. Entre ellos, uno parecía un oficial de alto rango, de unos cuarenta años, con soldados vigorosos y corceles briosos que cabalgaban de un lado a otro con ímpetu. Un joven jinete montaba un poni y miró a Zhang Ne repetidas veces. Zhang Ne, al verlo como a un joven noble, no se atrevió a levantar la vista. El joven detuvo su fusta un instante y, desmontando de repente, exclamó: —¿No es este mi hermano mayor? Zhang Ne alzó la cabeza para examinarlo con atención: ¡era en verdad Zhang Cheng! Se tomaron de las manos con profundo dolor, ahogados en llanto sin poder emitir voz, y Zhang Cheng también rompió a llorar, diciendo: —¿Cómo ha llegado el hermano mayor a vagar hasta este estado? Zhang Ne le contó su situación, lo que conmovió aún más el dolor de Zhang Cheng. Los demás jinetes desmontaron para preguntar el motivo y se lo informaron al oficial. El oficial ordenó que desmontara uno de los jinetes para llevar a Zhang Ne, y marchando con las bridas unidas lo condujeron a su hogar, donde procedieron a interrogarlo detalladamente. Al principio, cuando el tigre se llevó a Zhang Cheng en sus fauces, nadie supo en qué momento lo dejó a un lado del camino, donde yació tirado durante toda la noche. Sucedió que el asistente Zhang pasaba por allí procedente de la capital; al verlo y notar sus refinados rasgos, sintió compasión y lo reconfortó, logrando que poco después volviera en sí. Cuando Zhang Cheng le indicó su lugar de origen, resultó que quedaba muy lejos de allí, por lo que el asistente lo llevó consigo de regreso. Además, le aplicó ungüentos medicinales en las heridas, las cuales sanaron al cabo de unos días. Como el asistente no tenía hijos varones mayores, lo adoptó como propio. Casualmente, acababa de salir a pasear y observar los alrededores. Zhang Cheng le relató todo en detalle a su hermano. En medio de la conversación, entró el asistente Zhang, y Zhang Ne se postró para agradecerle sin cesar. Zhang Cheng entró a los aposentos interiores y salió trayendo ropas de seda que ofreció a su hermano; acto seguido, dispuso un banquete para conversar amigablemente. El asistente preguntó: —En su honorable clan en Henan, ¿cuántos hombres en edad militar hay? Zhang Ne respondió: —No hay ninguno. Mi padre era originario de Qi en su juventud y vivió como exiliado en Henan. El asistente exclamó sorprendido: —¡Yo también soy de Qi! ¿A qué distrito pertenece su honorable familia? Él respondió: —Según escuché decir a mi padre, estaba bajo la jurisdicción de Dongchang. El asistente exclamó con asombro: —¡Somos paisanos! ¿Por qué razón se mudaron a Henan? Zhang Ne dijo: ವರಿEn los últimos tiempos de la dinastía Ming, las tropas Qing cruzaron la frontera y se llevaron cautiva a mi madre anterior. Mi padre sufrió la devastación de la guerra y su hogar quedó completamente arruinado. Como antes comerciaba en la Ruta Occidental y conocía bien el lugar debido a sus frecuentes viajes, se estableció allí. El asistente preguntó nuevamente, lleno de asombro: —¿Cómo se llamaba el respetado padre de usted? Zhang Ne se lo reveló. El asistente se quedó mirándolo con los ojos bien abiertos, inclinó la cabeza como si tuviera dudas y se apresuró a entrar en los aposentos interiores. Al poco rato, salió la gran señora. Todos se postraron e hicieron reverencias conjuntas. Terminados los saludos, ella le preguntó a Zhang Ne: —¿Eres tú el nieto de Zhang Bingzhi? Él respondió: —Así es. La gran señora rompió en llanto amargo y le dijo al asistente: —¡Este es tu hermano menor! Los hermanos Zhang no lograban comprender nada. La gran señora explicó: —Yo estuve casada con tu padre durante tres años; después, en medio del caos y el desplazamiento, marché hacia el norte y pertenecí a la bandera de Gushan durante medio año, tiempo en el que di a luz a tu hermano mayor. Medio año más tarde, Gushan falleció, y tu hermano mayor obtuvo un cargo militar en las Ocho Banderas y fue trasladado a este puesto oficial. Ahora ha dejado su cargo. Cada momento añoraba su tierra natal, por lo que decidió abandonar los registros oficiales y restaurar la antigua genealogía familiar. Había enviado repetidamente a personas a Qi, pero no lograron hallar la menor noticia. ¿Cómo iba a saber que su padre había migrado al oeste?" Luego le dijo al asistente principal: "¡Trataste a tu hermano menor como a tu hijo, eso agotará tu fortuna y te conducirá a la muerte!". El asistente principal respondió: "Cuando me preguntaste la verdad antes, la verdad es que nunca mencioné que éramos de Qi; supongo que era muy pequeño y no lo recuerdo". Entonces ordenaron por edades: el asistente principal tenía cuarenta y uno, siendo el mayor; Cheng tenía dieciséis, el menor; y Nu tenía veintidós, ocupando el segundo y tercer lugar. El asistente principal, al encontrar a sus dos hermanos, sintió una gran alegría; compartieron el mismo lecho y habitación, contándose detalladamente las causas y motivos de su dispersión, y se dispusieron a planear el regreso. La gran señora temía no ser bien recibida. El asistente principal dijo: "Si nos acepta, viviremos juntos; si no, nos dividiremos. ¿Acaso hay en el mundo un país sin padre?". Dicho esto, vendió la residencia, preparó los equipajes y fijó la fecha para partir hacia el oeste. Una vez que llegaron a la aldea, Nu y Cheng se adelantaron a caballo para dar la noticia al padre. Desde que Nu se había marchado, la esposa también había fallecido al poco tiempo; el anciano se encontraba completamente solo, un viudo solitario cuya sombra se compadecía de su propia figura. De pronto, al ver entrar a Nu, sintió una alegría tan violenta que quedó atónito y desconcertado; al ver también a Cheng, su felicidad fue tal que ya no pudo pronunciar palabra, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Le informaron además que la madre y el hermano mayor habían llegado. El anciano detuvo el llanto y quedó estupefacto; no podía alegrarse ni tampoco entristecerse, y permaneció de pie con una expresión absorta. Poco después entró el asistente principal; tras hacer las reverencias, la gran señora abrazó al anciano y ambos rompieron a llorar. Al ver a las criadas, sirvientas y mozos que abarrotaban el interior y el exterior de la casa, se quedó de pie sin saber qué hacer. Cheng no vio a su madre y preguntó por ella; al enterarse de que ya había fallecido, soltó un grito desgarrador y se desvaneció, volviendo en sí solo después del tiempo que toma una comida. El asistente principal aportó fondos para construir pabellones y torres, y contrató a maestros para instruir a los dos hermanos. Los caballos relinchaban en los establos y las voces llenaban las habitaciones; era, sin duda alguna, una gran familia acomodada. El historiador heterodoxo comenta: "Cuando escuché esta historia hasta el final, derramé lágrimas en repetidas ocasiones: un niño de poco más de diez años cortaba leña para ayudar a su hermano y dijo con firmeza: '¡Acaso Wang Lan no podrá volver a vernos!'. Por eso, la primera vez que lloré. Cuando el tigre se llevó a Cheng en sus fauces, no pude evitar exclamar con furia: '¡El Camino del Cielo es tan confuso como esto!'. Por eso, la segunda vez que lloré. Cuando los hermanos se encontraron de repente, la alegría hizo que también brotaran las lágrimas; y al sumarse un hermano más y una pena añadida por el asistente principal, lloré por él. La reunión de toda la familia, la sorpresa totalmente inesperada, la alegría totalmente inesperada y las lágrimas sin rumbo, fueron por el anciano. Me pregunto si en las generaciones futuras habrá alguien tan propenso a las lágrimas como este servidor". El zorro de Fenzhou El juez Zhu de Fenzhou, cuando residía en su oficina oficial, era frecuentado por muchos zorros. Una noche en que el magistrado estaba sentado a solas, vio a una mujer que iba y venía bajo la luz de la lámpara. Al principio pensó que era una mujer de la servidumbre y no se detuvo a mirarla con atención; pero al levantar la vista, descubrió que no la conocía en absoluto, y su rostro resplandecía con una belleza deslumbrante. Sabiendo en su corazón que se trataba de un zorro, pero cautivado por su encanto, la llamó de inmediato para que se acercara. La mujer detuvo sus pasos y sonrió, diciendo: "Usas un tono severo para dirigirte a los demás, ¿quién es tu criada o tu sirvienta?". Zhu se levantó con una sonrisa, la invitó a sentarse y le pidió disculpas. A partir de entonces intimaron profundamente, hasta llegar a tener una relación tan estrecha como la de un marido y una mujer. De pronto, ella le dijo: "Tu rango está por ascender, y ya hay fecha para ello". Él preguntó: "¿Cuándo?". Ella respondió: "Muy pronto. Pero el día que los felicitadores estén en la puerta, los que traigan pésames estarán en el umbral, por lo que no podrás ejercer el cargo". A los tres días, el aviso del ascenso llegó en efecto. Al día siguiente, recibió la noticia del fallecimiento de la gran señora. El magistrado dejó su cargo y quiso regresar con ella. El zorro se negó. Él la acompañó hasta la orilla del río y la instó a subir al bote. La mujer dijo: "Tú no lo sabes por ti mismo, pero los zorros no pueden cruzar el río". Zhu, incapaz de soportar la separación, se quedó demorado en la ribera. De repente, la mujer salió y dijo que iba a hacer una visita a un viejo conocido. Al poco rato regresó, y justo en ese momento llegó un huésped para devolver la visita. La mujer habló con él en otra habitación. Cuando el huésped se marchó, ella se acercó y le dijo: "Por favor, sube al bote con tranquilidad; tu concubina te acompañará a cruzar". Zhu preguntó: "Dijiste antes que no podías cruzar, ¿por qué dices esto ahora?". Ella respondió: "A quien visité hace un momento no era otro que el Dios del Río. Por causa tuya, se lo rogué especialmente. Él me ha concedido un plazo de diez días para ir y venir, por lo que puedo hospedarme temporalmente aquí". Así cruzaron juntos. Al cumplirse los diez días, se despidió y partió. Qiaoniang En Cantón había un miembro de la nobleza apellidado Fu, de más de sesenta años, que tuvo un solo hijo llamado Lian. Era muy inteligente, pero había nacido castrado de nacimiento; a los diecisiete años, sus órganos genitales eran del tamaño de un gusano de seda. La noticia se esparció por todas partes, y nadie quiso darle a su hija en matrimonio. Convencido de que su linaje se extinguiría, vivía consumido por la angustia día y noche, sin saber qué hacer. Lian estudiaba con un maestro. Ocurrió que el maestro salió a otro lugar, y al haber un titiritero de monos justo afuera de la puerta, Lian se puso a verlo y descuidó sus estudios. Temiendo que el maestro estuviera por regresar, huyó despavorido. A pocas li de su hogar, vio a una doncella vestida de blanco que caminaba acompañada por una pequeña criada. La mujer volvió la cabeza y su belleza era incomparable. Caminaba con pasos lentos y delicados, y Lian se apresuró a rebasarla. La mujer miró atrás y le dijo a la criada: "Pregúntale a este joven noble si acaso no desea ir a Qiong". La criada se adelantó y le hizo la pregunta. Lian le inquirió el motivo. La mujer respondió: "Si por casualidad vas a Qiong, tengo una carta de una sola hoja que te ruego de favor entregues al pasar por su localidad natal. Mi anciana madre está en casa, y así también podrás ser nuestro anfitrión". Lian había salido sin un rumbo fijo, y pensando que viajar por mar tampoco estaba mal, aceptó la petición. La criada sacó la carta y se la entregó al joven. Al preguntarle por su apellido y lugar de residencia, ella respondió: "Nos apellidamos Hua y vivimos en la aldea de la familia Qin, a tres o cuatro li de la muralla norte". El joven abordó un barco y partió sin demora. Al llegar al suburbio norte de Qiongzhou, el sol ya se había puesto. Preguntó por la aldea de la doncella Qin, pero nadie la conocía. Mirando hacia el norte, caminó cuatro o cinco li; las estrellas y la luna ya brillaban intensamente, la hierba fragante confundía la vista y no había posada alguna en aquel paraje desolado, hallándose en gran apuro. Vio una tumba al borde del camino y pensó en acurrucarse junto a ella para pasar la noche, pero temía en gran manera a los tigres y lobos. Por ello, trepó a un árbol como un simio, agachándose y poniéndose en cuclillas sobre sus ramas. Al escuchar el susurro del viento entre los pinos y el lúgubre canto de los insectos nocturnos, su corazón se llenó de zozobra y el remordimiento le quemaba las entrañas. De repente, escuchó voces humanas abajo; al mirar hacia abajo, vio un patio que apareció de la nada. Una bella mujer estaba sentada sobre una piedra, mientras dos sirvientas con rodetes gemelos sostenían velas pintadas y la atendían a ambos lados. La hermosa mujer miró a su izquierda y dijo: «Esta noche la luna es clara y las estrellas escasas; el té comprimido que nos regaló Huagu puede ser infusionado para una taza y así disfrutar de esta hermosa noche». El Scholar Wang pensó que eran fantasmas o demonios, y se le erizó todo el cabello del cuerpo. No se atrevía a respirar ni un instante. De pronto, una de las sirvientas alzó la vista y dijo: «¡Hay alguien en el árbol!». La mujer, alarmada, se levantó y dijo: «¿Qué clase de osado bribón viene a espiar a la gente en la oscuridad?». El Scholar Wang, presa de gran pánico y sin lugar donde huir u ocultarse, descendió tambaleándose y se postró en el suelo pidiendo clemencia. La mujer se acercó, lo miró fijamente y, en lugar de enojarse, se alegró; lo levantó del brazo y lo hizo sentarse junto a ella. Al mirarla de reojo, vio que tendría unos diecisiete o dieciocho años, y su belleza era deslumbrante. Al escuchar sus palabras, tampoco tenían acento local. Le preguntó: «¿A dónde se dirige el joven?». Él respondió: «Hago de mensajero entregando cartas para otros». La mujer dijo: «Los campos están llenos de bandidos violentos, y dormir a la intemperie es peligroso. Si no desdeñas nuestra humilde morada, te invitamos a desmontar aquí». Lo invitó a entrar. En la estancia solo había un lecho, y ordenó a las sirvientas que tendieran dos mantas sobre él. El Scholar Wang, sintiéndose inferior y avergonzado, expresó su deseo de dormir en el suelo. La mujer rió y dijo: «Al encontrarnos con un noble huésped, ¿cómo iba este Yuanlong femenino a ocupar el lecho alto?». No teniendo otra salida, el Scholar Wang compartió el lecho con ella, pero el miedo era tal que no se atrevía ni a estirarse. Poco después, la mujer metió su delicada mano bajo las cubiertas en la oscuridad y le acarició suavemente las pantorrillas y los muslos. El Scholar Wang fingió dormir, como si no se diera cuenta. Poco después, ella se deslizó bajo las frazadas y lo sacudió, pero él permaneció inmóvil. La mujer entonces tanteó sus partes íntimas hacia abajo; al notar la realidad, detuvo su mano con aire desolado y salió sigilosamente de las frazadas. Al poco rato, se escucharon sus sollozos. El Scholar Wang, aterrorizado y lleno de vergüenza por no saber dónde meterse, solo maldijo las deficiencias del Mandato del Cielo. La mujer llamó a una sirvienta para que encendiera la lámpara. Al ver las marcas de lágrimas, la sirvienta le preguntó sorprendida qué le afloraba. La mujer sacudió la cabeza y dijo: «Simplemente lamento mi propio destino». La sirvienta se quedó de pie ante el lecho, contemplando su semblante con preocupación. La mujer dijo: «Puedes despertar al joven y hacer que se marche». Al oír esto, el Scholar Wang sintió una vergüenza redoblada; además, temía que fuera medianoche y se encontrara completamente perdido, sin saber a dónde ir. Mientras meditaba sobre su situación, una mujer abrió la puerta de un empujón. La sirvienta anunció: «Ha llegado Huagu». Al echar un vistazo furtivo, vio que tendría unos cincuenta años, pero aún conservaba su prestancia. Al ver que la doncella no dormía, comenzó a interrogarla. La doncella no respondió. Al ver además a alguien acostado sobre el lecho, preguntó: «¿Quién es el que comparte el lecho?». La sirvienta respondió por ella: «Es un joven que vino a pasar la noche a cambio de un favor». La mujer rió y dijo: «No sabía que Qiao Niang ya se había casado con la flor y la vela». Al ver que la doncella aún tenía lágrimas secas en el rostro, dijo con asombro: «En la noche de bodas, derramar lágrimas tristes resulta impropio; no habrá sido el joven demasiado brusco, ¿verdad?». La doncella guardó silencio, entristeciéndose aún más. La mujer quiso alzar las ropas para ver al Scholar Wang; al sacudir una prenda, una carta cayó sobre el lecho. La mujer la tomó, la leyó y exclamó aterrorizada: «¡Es la caligrafía de mi hija!». La desdobló, leyó y suspiró con asombro. La doncella le preguntó al respecto. La mujer dijo: «Es una carta familiar de la tercera hermana, que dice que el joven Wu ha muerto, dejándola completamente desamparada y sin saber qué hacer». La doncella dijo: «Él mismo afirmó que transportaba correspondencia para otros; afortunadamente, aún no lo he dejado marchar». La mujer llamó al Scholar Wang para que se levantara y le interrogó minuciosamente sobre el origen de la carta. El Scholar Wang se lo relató todo detalladamente. La mujer dijo: «Habiéndote molestado tanto con la entrega de esta carta, ¿cómo habremos de recompensarte?». Luego lo miró fijamente, rió y preguntó: «¿En qué ofendiste a Qiao Niang?». El Scholar Wang respondió: «No conozco mi propio delito». Volvió entonces a interrogar a la doncella. La doncella suspiró y dijo: «Lamento que este joven sea en realidad un eunuco castrado, incapaz de los goces del tierno oficio, usando madera en lugar de boca y castrando a la gente; por eso estoy triste». La mujer miró al Scholar Wang y dijo: «¡Astuto muchacho! ¿Acaso eres varón que finge ser hembra? Puesto que eres huésped mío, no debes permanecer mezclado con los demás por mucho tiempo». Dicho esto, se llevó al Scholar Wang al ala este y, extendiendo la mano, La mujer le bajó los pantalones para examinarlo. Sonrió y dijo: «No es de extrañar que Qiaoniang derrame lágrimas. Pero afortunadamente aún queda una raíz; todavía hay esperanza». Encendió la lámpara y rebuscó por todos los baúles hasta hallar una píldora negra. Se la entregó al estudiante, ordenándole que la tragara de inmediato, y le advirtió en secreto que no hiciera ruido antes de retirarse. El estudiante yacía solo, cavilando sin saber qué mal curaba aquella medicina. Al acercarse la quinta vigilia, despertó y sintió un hilo de aire caliente bajo el ombligo que ascendía directamente hacia sus partes íntimas; una sensación reptante, como si algo colgara ahora entre sus muslos. Se palpó y descubrió que se había convertido en un hombre cabal. Su corazón se llenó de júbilo, como si acabara de recibir los Nueve Honores Imperiales. Apenas se distinguió la luz del amanecer tras las celosías, la mujer entró, llevó tortas al vapor a la habitación del estudiante, le instó a esperar con paciencia y cerró la puerta con llave desde fuera. Al salir, dijo a Qiaoniang: «El joven tiene el mérito de haber traído una carta; lo retendré aquí y mandaré llamar a Sanniang para que sellen un pacto de hermandad contigo. Además, lo mantendré encerrado para evitar que otros se fastidien». Dicho esto, salió por la puerta. El estudiante daba vueltas sin consuelo; de vez en cuando se acercaba a la rendija de la puerta, como un pájaro que espía desde su jaula. Cada vez que vislumbraba a Qiaoniang, deseaba llamarla para mostrarse tal cual era, pero la vergüenza y la torpeza lo detenían. Pasada la medianoche, la mujer regresó finalmente con la muchacha. Abrió la puerta y dijo: «¡El joven señor debe de estar ahogado de hastío! Sanniang, entra y preséntale tus respetos». La recién llegada entró con pasos vacilantes e hizo una reverencia ante el estudiante. La mujer les ordenó tratarse como hermano y hermana. Qiaoniang rió y dijo: «Como hermanas también está bien». Salieron juntos al salón principal, se sentaron en círculo y sirvieron vino. Entre trago y trago, Qiaoniang preguntó burlona: «¿Acaso un eunuco también se conmueve ante la belleza?». El estudiante respondió: «El cojo no olvida sus zapatos; el ciego no olvida la visión». Todos rompieron a reír con brillantez. Qiaoniang, viendo que Sanniang estaba agotada del viaje, la urgió a descansar. La mujer miró a Sanniang y le indicó que se acostara con el estudiante. Sanniang, ruborizada de vergüenza, no se movía. La mujer dijo: «Es un hombre vestido de mujer; ¿qué hay que temer?». Y la apremió a irse con él. En privado, susurró al estudiante: «En lo oculto serás mi yerno; a la luz del día, mi hijo. Así bastará». El estudiante, complacido, tomó a la muchacha del brazo y subió al lecho. Al probar por primera vez el filo recién afilado, su deleite fue indescriptible. Ya sobre la almohada, preguntó a la joven: «¿Qué es Qiaoniang?». Ella respondió: «Un fantasma. Su talento y belleza no tienen par, pero su destino ha sido desdichado. Estuvo prometida al joven de la familia Mao, quien nació castrado; al cumplir dieciocho años seguía sin poder comportarse como hombre, y ella, abatida y melancólica, murió llena de resentimiento, tan oscuro como el inframundo». El estudiante se sobresaltó, sospechando que Sanniang también fuese un fantasma. La joven aclaró: «Te diré la verdad: no soy fantasma, sino zorra. Qiaoniang vive sola sin pareja; mi madre y yo carecemos de hogar, por eso hemos tomado prestada esta morada». El estudiante quedó estupefacto. La joven añadió: «No temas. Aunque somos viejas zorras y fantasmas, no buscamos hacerte daño». Desde entonces conversaban y banquetean a diario. Aunque sabía que Qiaoniang no era humana, su corazón amaba su delicadeza y hermosura; solo lamentaba no hallar oportunidad para ofrecerse a ella. El estudiante, de temperamento refinado y hábil en lisonjas y bromas, ganó bastante la compasión de Qiaoniang. Un día, cuando la señora Hua y su hija iban a salir, volvieron a encerrar al estudiante en su cuarto. Él, sofocado de aburrimiento, dio vueltas por la habitación y llamó a Qiaoniang a través de la puerta. Qiaoniang ordenó a su doncella probar varias llaves hasta lograr abrir. El estudiante se acercó a su oído y pidió hablar en privado. Qiaoniang despidió a la criada. El estudiante la atrajo hacia el lecho y se acurrucó contra ella. La joven bromeó, llevándose la mano bajo el vientre, y dijo: «Lástima que a este querido le falte algo aquí». Antes de terminar la frase, su mano encontró un puñado abundante. Exclamó sorprendida: «¡Cómo es posible que lo que antes era tan insignificante ahora sea tan prominente!». El estudiante rió: «Antes me avergonzaba ver visitas, por eso se encogía; ahora, incapaz de soportar tus burlas, se hincha como una rana furiosa». Y así se entrelazaron en pasión. Después, ella dijo con resentimiento: «Ahora entiendo por qué te mantienen encerrado. Antaño, madre e hija vagábamos sin refugio y tomamos prestada esta casa. Cuando Sanniang vino a aprender bordado, no le oculté ningún secreto. ¡Y mira cómo me envidia!». El estudiante la consoló y le confesó sus sentimientos. Pero Qiaoniang guardó rencor en su corazón. El estudiante advirtió: «Guárdalo en secreto; la tía Hua me ha ordenado ser discreto». Aún no había terminado de hablar cuando la señora Hua irrumpió sin aviso. Los dos se levantaron apresurados y turbados. La señora Hua, con ojos airados, preguntó: «¿Quién abrió la puerta?». Qiaoniang sonrió y asumió la culpa con descaro. La señora Hua, aún más furiosa, no cesaba de regañar. Qiaoniang replicó con sorna: «¡Abuela, usted también se burla de la gente! Si es un hombre vestido de mujer, ¿qué puede hacer?». Sanniang, al ver a su madre y a Qiaoniang enfrentadas con tanta amargura, se sintió inquieta y medió entre ambas con su propia persona, logrando que trocaran el enojo por alegría. Aunque las palabras de Qiaoniang fueron ardientes de ira, desde entonces se sometió humildemente al servicio de Sanniang. Sin embargo, la señora Hua vigilaba día y noche sin descanso, impidiendo que los dos amantes dieran rienda suelta a su pasión; apenas podían comunicarse con miradas cargadas de sentimiento. Un día, la señora Hua dijo al estudiante: «Tanto mi hija como tu hermana ya te han servido. Pero permanecer aquí no es prudente; debes regresar y avisar a tus padres para concertar pronto un pacto eterno». Acto seguido preparó el equipaje y apremió al estudiante a partir. Las dos jóvenes se miraron con rostros tristes y afligidos. Qiaoniang, sobre todo, no podía soportarlo; las lágrimas rodaban por sus mejillas como perlas de un collar roto, sin fin ni pausa. La señora Hua la detuvo y arrastró al estudiante fuera. Al cruzar el umbral, el patio y la casa se desvanecieron; solo quedó una tumba solitaria y yerma. La señora Hua lo acompañó hasta el barco y dijo: «Tras tu partida, esta vieja llevará a las dos muchachas a alquilar una casa en tu ciudad natal. Si no olvidas nuestro viejo afecto, podrás esperarnos en el jardín abandonado de la familia Li para celebrar la boda formal». Y así partió el estudiante hacia su hogar. En ese momento, el padre de Fu, tras buscar a su hijo sin hallarlo, se hallaba presa de la más honda angustia. Al verlo regresar, su alegría rebasó toda expectativa. El estudiante relató someramente el trance al borde del acantilado y su posterior cita con la familia Hua. El padre replicó: —¿Cómo habrás de prestar crédito a palabras de y ciertos demonios? ¡Si aún conservas la vida, es meramente a causa de tu emasculación; de otro modo, ya estarías muerto! El estudiante respondió: —Aunque ella sea un ser de otra especie, sus afectos son semejantes a los de los humanos; y siendo, además, brillante y hermosa, tomarla por esposa no dará pie a las burlas de mis parientes y allegados. El padre calló, limitándose a soltar una risa despectiva. El estudiante se retiró. Mas, sintiendo picazón en las manos y incapaz de mantenerse dentro de los límites de la decencia, comenzó a cortejar en secreto a las criadas, llegando gradualmente al extremo de entregarse a la lascivia a plena luz del día, con la intención de escandalizar a los ancianos padres. Un día, fue sorprendido por una criada menor, quien corrió a informar a la madre. La madre, incrédula, se acercó a observar discretamente y quedó consternada. Mandó llamar a la criada para inquirir a fondo, enterándose de todos los pormenores. Eufórica de alegría, iba pregonando la noticia a todo el que encontraba, con el fin de demostrar que su hijo no había sido castrado y que pronto contraería nupcias con una familia de alcurnia. El estudiante confesó en privado a su madre: —Si no es la señorita Hua, no habré de casarme. La madre replicó: —El mundo no carece de mujeres hermosas, ¿a qué empeñarse en un espectro? El estudiante respondió: —Si no fuera por la señorita Hua, este hijo no habría conocido el camino del amor; apartarme de ella sería de mala suerte. El padre de Fu accedió y envió a un criado y a una nodriza a indagar. A cuatro o cinco leguas de la muralla oriental, buscaron el jardín de la familia Li y divisaron, entre muros derruidos y bambúes, delgadas volutas de humo de cocina. La nodriza desmontó y se dirigió directamente al umbral, donde vio a la madre y a la hija ocupadas en lavar y limpiar, como si aguardasen algo. La nodriza hizo reverencias y transmitió el mandato de su amo. Al ver a Sanniang, exclamó con asombro: —¿Es esta acaso nuestra joven ama? ¡Si viéndola yo siento compasión, con cuánta más razón no habría de consumirse el joven amo en pensamientos y sueños devoradores! Luego preguntó por la hermana mayor. La doncella Hua suspiró y dijo: —Es mi hija adoptiva; hace tres días que repentinamente falleció. Dicho esto, ofreció vino y comida a la nodriza y al criado. Cuando la nodriza regresó y relató minuciosamente la belleza y el aplomo de Sanniang, ambos padres se regocijaron. Al final, mencionó la funesta noticia del deceso de Qiaoniang, ante lo cual el estudiante, con el corazón desgarrado, estuvo a punto de romper en llanto. Llegada la noche de la boda, al preguntar directamente a la doncella Hua por ella, esta respondió: —Ya ha reencarnado en las tierras del norte. El estudiante suspiró largo y tendido durante un buen rato. Hizo que Sanniang regresara con él a su hogar, mas sin lograr apartar jamás de su memoria a Qiaoniang; siempre que alguien llegaba procedente de Qiong, mandaba a llamarlo para interrogarlo. Cierto individuo comentó que en la tumba de la doncella de la familia Qin se escuchaban llantos de fantasmas durante la noche. El estudiante, extrañado por la especie, entró a comunicárselo a Sanniang. Sanniang meditó profundamente un largo rato y, derramando lágrimas, exclamó: —¡Esta concubina ha traicionado a su hermana mayor! Al apremiarla para que explicara el motivo, ella respondió: —Cuando mi madre y yo llegamos, en verdad evitamos que ella se enterara. Estos dolientes lamentos, ¿acaso no serán de aquella hermana? Deseaba advertírselo antes, mas temía poner al descubierto la falta de mi madre. Al enterarse, el estudiante sintió una mezcla de dolor y alegría; ordenó de inmediato que ensillaran el carruaje y, viajando día y noche sin descanso, galopó directamente hacia la tumba. Golpeando los árboles que la custodiaban, clamó: —¡Qiaoniang, Qiaoniang! Aquí está tu servidor. De súbito, vio a la mujer sosteniendo a un infante, emerger de la abertura del túmulo. Al levantar el rostro con voz lastimera y quebrada, su amargura y reproche parecían no tener fin. El estudiante también rompió a llorar. Introduciendo la mano en sus ropajes, preguntó de quién era aquel retoño. Qiaoniang respondió: —Es el vástago póstumo de vuestra merced. Ya cumple tres meses de edad. El estudiante suspiró exclamando: —¡Por haber escuchado erróneamente las palabras de la doncella Hua, hice que madre e hijo sufrieran sepultados bajo tierra! ¡Qué excusa podré dar ante tan grave culpa! Acto seguido, la hizo subir al carruaje junto a él y emprendió el retorno navegando por el mar. Al tomar al niño en brazos y presentárselo a su madre, esta lo contempló: su complexión y rasgos eran robustos y vigorosos, en nada semejantes a los de los seres del inframundo, por lo que su alborozo se vio aún más acrecentado. Las dos mujeres vivían en perfecta armonía y atendían a la suegra con suma piedad filial. Tiempo después, el padre de Fu enfermó y mandó llamar a un médico. Qiaoniang declaró: —Su mal ya no tiene remedio; su alma ha abandonado el cuerpo. Ordenó apresuradamente que se prepararan los enseres funerarios; apenas concluyeron los aprestos, el anciano expiró. El hijo, al crecer, era el retrato vivo de su padre; y dotado de un ingenio extraordinario, a los catorce años ya había ingresado como letrado en la academia del distrito. El anciano Weng Zixia, de Gaoyou, hallándose de viaje en Guang, escuchó este relato. El nombre del lugar se ha extraviado de la memoria, y tampoco se conoce cuál fue el fin de sus protagonistas. *** El Magistrado Wu Cierto magistrado de apellido Wu, cuyo nombre de pila se ha perdido en el tiempo, era famoso por su rectitud e intransigencia. Las costumbres de Wu concedían la máxima importancia a la defigidad del Dios de las Murallas y los Fosos, cuya efigie, tallada en madera, vestía ricas brocados y poseía articulaciones ocultas que la hacían parecer viva. Al llegar la festividad del cumpleaños de la deidad, los habitantes reunían fondos para organizar una procesión, transportando la efigie en literas por las grandes avenidas, escoltada por estandartes y banderolas, e integrada en medio de un ceremonial estricto y marcial. Las bandas de música abrían el paso tocando sin cesar, en medio de un estruendo solemne y vibrante que formaba una fila ininterrumpida a lo largo de toda la vía. Tal era la costumbre inveterada, que nadie osaba descuidar ni un solo año. El magistrado, al salir a la calle, coincidió con el desfile, ordenó detenerlo y preguntó de qué se trataba. Los vecinos le informaron. Al indagar más a fondo, descubrió que los gastos incurridos eran por demás suntuosos. Irritado, el magistrado señaló a la deidad y la increpó con severidad: —El Dios de las Murallas y los Fosos rige en verdad sobre un distrito. Si es un ente insensible y carente de divinidad, entonces un espíritu depravado y disoluto no merece ser honrado; mas si posee divinidad, los recursos materiales deben ser atesorados. ¿Cómo es posible malgastar el fruto del sudor del pueblo en gastos tan superfluos? Dicho esto, derribó al dios por tierra y le administró veinte azotes. A partir de aquel instante, semejante costumbre quedó radicalmente erradicada. El magistrado era íntegro y desprovisto de egoísmo, si bien en su juventud le había complacido el juego. Tras residir allí poco más de un año, en cierta ocasión en que escalaba un alero en su propia yamen para atrapar un nido de gorriones, dio un mal paso, cayó al vacío, se fracturó una pierna y falleció al pouco tiempo. Se dice que en el templo del Dios de las Murallas y los Fosos se escuchaban los furiosos gritos del magistrado, como si mantuviera una disputa con la deidad, la cual persistió sin tregua durante varios días. Los naturales de Wu, sin olvidar sus méritos, reunieron ofrendas para apaciguarlo mediante oraciones y construyeron un templo separado para consagrarlo a él; solo entonces cesaron los estridentes clamores. Aqua santuario también fue nombrado en honor al Dios de las Murallas y los Fosos, y se le rendían sacrificios en primavera y otoño, con una devoción aún mayor que la tributada al dios original. Hasta el día de hoy, los habitantes de Wu veneran a dos Dioses de las Murallas y los Fosos. *** El Arte de los Imitadores (Kouji) Llegó una joven a la aldea, de unos catorce o quince años. Llevaba una bolsa de medicina y ofrecía sus servicios curativos. Cuando alguien le consultaba sobre sus dolencias, la doncella no podía formular una receta por sí misma; debía aguardar a la medianoche para consultarlo con los dioses. Al atardecer, aseaba una pequeña habitación y se encerraba en ella. La multitud se agolpaba alrededor de puertas y ventanas, inclinando los oídos para escuchar en silencio; apenas susurraban en voz baja, sin que nadie se atreviera a toser. Toda actividad, tanto dentro como fuera, cesaba por completo. Al llegar la segunda vigilia más o menos, de repente se escuchó el sonido de una cortina. La joven preguntó desde el interior: —¿Ha llegado la Novena tía? Otra mujer respondió: —Ya he llegado. Y preguntó de nuevo: —¿Viene Lamei junto con la Novena tía? Pareció responder una criada: —Ya hemos llegado. Las voces de las tres se mezclaban en un parloteo continuo, incesante. Al poco rato se oyó moverse de nuevo el gancho de la cortina, y la joven dijo: —Ha llegado la Sexta tía. Y exclamó entre voces revueltas: —¿Acaso Chunmei también trae al pequeño joven maestro? Una mujer respondió: —¡Qué niño tan terco! Lloraba y no quería dormirse, insistiendo en acompañar a su señora. Pesa como cien juncios; ¡me trae agobiada y cargada hasta el cansancio! De inmediato se escucharon las voces cordiales de la joven, los saludos de la Novena tía, las cortesías de la Sexta tía, las palabras de consuelo de las dos criadas, las risas alegres del niño y los maullidos del gato, todo al mismo tiempo en un gran alboroto. Entonces se oyó reír a la joven: —El pequeño joven maestro también tiene muchas ganas de jugar; ha venido desde muy lejos cargando al gatito. Poco después, las voces se fueron espaciando, la cortina volvió a sonar y toda la habitación estalló en algarabía, diciendo: —¿Por qué ha tardado tanto la Cuarta tía en llegar? Una mujercita respondió con voz fina y risueña: —Había mil li de camino cubierto de lodo y crecido, y tardé todo ese tiempo caminando junto a mi señora. Mi señora camina con lentitud. Luego, cada una pronunció palabras de cortesía sobre el clima, se escuchó el sonido de cómo movían los asientos, de cómo pedían que agregaran más asientos; todo se mezclaba de forma desigual, llenando la estancia de estrépito, hasta que al cabo del tiempo que toma comer una taza de arroz, la situación se calmó. Enseguida se escuchó a la joven consultar sobre las enfermedades. La Novena tía opinaba que convenía administrar ginseng; la Sexta tía, que astrágalo; y la Cuarta tía, que rizoma de atractilodes. Tras deliberar un rato, se oyó a la Novena tía pedir pincel y tintero. Al poco rato se escuchó el crujir del papel al doblarse, el golpeteo claro al destapar el pincel y arrojar la tapa, y el sonido sordo al moler la tinta sobre la piedra; luego, el pincel fue arrojado contra la mesita con un golpe estruendoso, y enseguida se escuchó el ruidosillo de las hierbas al ser reunidas y envueltas. Al poco tiempo, la doncella descorrió la cortina, llamó al enfermo y le entregó la medicina junto con la receta. Al girarse para entrar de nuevo en la habitación, se escuchó a las tres tías despedirse, a las tres criadas despedirse, al niño balbucear y al gato maullar, todo alzándose al unísono. La voz de la Novena tía era clara y resonante; la de la Sexta tía, pausada y madura; la de la Cuarta tía, coqueta y suave; y las voces de las tres criadas tenían cada una su propio timbre y matiz, de modo que al escucharlas se podían distinguir con total claridad. La multitud quedó asombrada, creyendo que se trataba de verdaderos dioses. Sin embargo, al probar sus recetas, estas no surtían gran efecto. Esto no era sino el llamado arte de la ventriloquia, del que se valía meramente para vender sus remedios, ¡pero aun así resultaba prodigioso! Antaño, Wang Xinyi solía contar: «Estando en la capital, pasé por casualidad junto al mercado y escuché el sonido de la música de cuerda y canto; los espectadores formaban un muro. Al asomarme de cerca, vi a un joven interpretar una melodía con voz sostenida. No llevaba ningún instrumento musical; solo se presionaba la mejilla con un dedo, cantando mientras la oprimía. El sonido al escucharse era metálico y claro, idéntico al de las cuerdas y los laúdes». Esto también era descendiente de la ventriloquia. *** Los acoplados del zorro El erudito Jiao era el hermano menor del señor Shihong de Zhangqiu. Estudiaba en los pabellones de un jardín. A la medianoche llegaron dos hermosas mujeres de belleza sin par. Una tendría unos diecisiete o dieciocho años; la otra, unos catorce o quince. Se apoyaron en la mesita esbozando una sonrisa. Jiao supo que eran zorros y las rechazó con dignidad y severidad. La mayor le dijo: —Tienes la barba erizada como alabardas, ¿cómo es que careces del espíritu de un hombre de verdad? Jiao replicó: —Este humilde servidor jamás se ha permitido la duplicidad en su vida. La mujer sonrió y dijo: —¡Qué anticuado eres! ¿Acaso sigues aferrado a normas corrompidas? Los espíritus y demonios del décimo mes toman por blanco todo lo que es negro, ¡cuánto más los asuntos triviales entre las sábanas! Jiao volvió a reprenderlas con severidad. Al comprender que no lograría quebrantarlo, la mujer dijo: —Eres un hombre de letras de renombre; esta concubina tiene un pareado, te ruego que compongas su contraparte. Si logras responderlo, nos iremos por voluntad propia. *(Nota: El carácter 戊 Wù y el carácter 戌 Xū tienen la misma estructura fundamental, pero en el centro a uno le falta un punto).* Jiao meditó profundamente sin poder dar con ello. La mujer sonrió y dijo: —¿Acaso los hombres ilustres son siempre así? Déjame responderlo por ti: *(Nota: El carácter 己 Jǐ y el carácter 巳 Sì comparten trazos consecutivos, ¿por qué los pies de vuestra merced no se extienden en dos direcciones?)* Lanzó una risa y se marchó. El zorro del río Wei En el distrito de Weiyi, la familia Li poseía una segunda residencia. De repente, un anciano se presentó para alquilarla, ofreciendo pagar cincuenta taels de oro al año como renta, a lo cual accedieron. Una vez que se marchó sin dejar rastro por varios días, Li indicó a sus familiares que la alquilaran a otro. Al día siguiente, el anciano llegó y dijo: «Ya se ha apalabrado el alquiler de la propiedad; ¿por qué desea alquilársela a alguien más?». Li, desconcertado, mostró dudas. El anciano dijo: «Habitaré aquí por largo tiempo; la razón de mi tardanza es que elegí una fecha propicia que cae dentro de diez días». Por ello, adelantó el pago de un año de renta y añadió: «Déjela vacía el resto del año y no se preocupe de nada». Li lo despidió y, al preguntarle por la fecha de mudanza, el anciano se la indicó. Pasados varios días de la fecha acordada, el hombre seguía sin aparecer. Cuando fueron a inspeccionar, las puertas dobles estaban cerradas por dentro, el humo de la cocina se elevaba y se escuchaban voces de personas mezcladas. Sorprendidos, enviaron su tarjeta de visita para presentar sus respeto. El anciano salió apresuradamente, los recibió y los hizo pasar con una sonrisa y palabras afectuosas. A su regreso, Li envió obsequios a la familia del anciano, y este los recompensó con gran generosidad. Asimismo, lo invitó a varios banquetes, donde conversaron e hicieron buenas migas con gran alegría. Al preguntarle por su lugar de origen, respondió que era de la región de Qin. Li se mostró extrañado por la gran distancia. El anciano replicó: «Su honorable localidad es una tierra bendita. No se puede vivir en Qin; una gran calamidad está por suceder». Como en ese entonces reinaba la paz, Li no profundizó en la pregunta. Al día siguiente, el anciano envió una esquela para devolver la cortesía de la visita, con un banquete de manjares y bebidas que exhibían el colmo del lujo y la suntuosidad. Li se sorprendió aún más, sospechando que se trataba de un alto funcionario. Debido a la buena amistad cultivada, el anciano confesó por fin ser un zorro. Li quedó atónito y, cada vez que veía a alguien, se lo contaba. Los literatos e influyentes de la comarca, al enterarse de tal rareza, hacían cola a diario frente a su puerta, deseosos de entablar amistad con el anciano, quien los recibía a todos con humildad, encorvándose ceremoniosamente. Poco a poco, los funcionarios de la prefectura también comenzaron a visitarlo con frecuencia. Únicamente el magistrado del distrito, al intentar entablar comunicación, era rechazado una y otra vez con diversas excusas. El magistrado recurrió entonces al anfitrión para que sirviera de intermediario, pero el anciano volvió a declinarlo. Li le preguntó el motivo. El anciano se apartó de la mesa, se acercó al huésped y le susurró al oído: «Usted no lo sabe, pero en su vida pasada él fue un burro; aunque ahora se pavonea pomposamente por encima del pueblo, es de aquellos que se emborrachan con solo beber agua sucia. Este servidor es de distinta especie y se avergüenza de codearse con él». Li entonces le inventó una excusa al magistrado, diciéndole que el zorro temía su rectitud y poder espiritual, por lo que no se Atrevía a verlo. El magistrado lo creyó y no insistió más. Esto ocurrió en el undécimo año del reinado de Kangxi. Poco tiempo después, Qin sufrió los estragos de la guerra y el fuego. Que el zorro pudiera prever el futuro era, sin duda, cierto. El Escriba de lo Extraño comenta: «Un burro, como criatura, es un animal tosco y pesado. Si se enfurece, cocea, bufa y rebuzna; sus ojos son más grandes que una tinaja y su aliento es más basto que el de un buey. No solo su voz es insoportable, sino que su aspecto es difícil de contemplar. Sin embargo, si uno sostiene un puñado de forraje para tentarlo, agacha las orejas y rinde la cabeza, feliz de aceptar el cabestro y la brida. Ponerlo a gobernar sobre el pueblo es la razón por la cual se emborracha incluso con agua sucia. Deseo que aquellos que gobiernan al pueblo tomen al burro como advertencia y busquen las cualidades del zorro, pues así su virtud se incrementará día a día». --- ### Hongyu El anciano Feng de Guangping tenía un hijo llamado Xiangru. Tanto el padre como el hijo eran letrados examinados. El anciano rondaba los sesenta años, de carácter recto y resuelto, pero su casa padecía constante escasez. En pocos años, la esposa y la nuera fallecieron una tras otra, por lo que él mismo debía acarrear agua y moler el grano. Una noche, Xiangru estaba sentado bajo la luz de la luna cuando de pronto vio a la joven vecina del este asomarse por encima del muro. Al mirarla, vio que era hermosa. Se acercó y ella le sonrió. Le hizo señas con la mano; ella no se acercó, pero tampoco se fue. Ante su insistencia, la joven cruzó ayudándose con una escalera y compartieron el lecho. Al preguntarle su nombre, ella respondió: «Soy Hongyu, la vecina de al lado». El joven sintió un profundo amor y deleite por ella, y le juró amor eterno. La joven accedió. Venía y se iba todas las noches, durante un periodo aproximado de medio año. Una noche, el anciano se levantó y escuchó risas y charlas en la habitación de su hijo. Al asomarse y ver al joven, montó en cólera; lo mandó llamar y lo regañó diciendo: —¡Bestia inútil, ¿qué clase de acciones son estas?! Estando en semejante situación de miseria, en vez de esforzarte con ahínco, ¿te dedicas a la holgazanería y al despiporre? ¡Si otros se enteran, arruinarás tu virtud; si no se enteran, acortarás tus días! El joven cayó de rodillas, golpeándose el suelo, y entre lágrimas juró estar arrepentido. El anciano reprendió a la joven: —Una mujer que no guarda la decencia del gineceo se deshonra a sí misma y además deshonra a los demás. ¡Si este asunto llega a trascender, no solo será motivo de vergüenza para esta humilde casa! Tras terminar de regañarlos, volvió enfurecido a su dormitorio. La joven, con lágrimas en los ojos, dijo: —¡Recibir semejantes recriminaciones de los padres es motivo de profunda vergüenza y afrenta! ¡Nuestro destino como pareja ha llegado a su fin! Xiangru replicó: —Mi padre está presente y no puedo actuar por cuenta propia. Si tienes afecto por mí, te pido que soportes la ignominia por el bien de nuestro amor. Las palabras de la joven fueron tajantes y definitivas. El joven comenzó a derramar lágrimas. Ella lo detuvo y dijo: —Ni yo tengo un celestino que nos presente, ni contamos con la orden de nuestros padres; cruzando muros y cavando rendijas, ¿cómo podríamos envejecer juntos? Hay aquí una excelente doncella con la que podrías casarte. Él le habló de su pobreza. La joven replicó: —Espérame la noche venidera; yo me encargaré de solucionarlo para ti. A la noche siguiente, la joven llegó tal como había prometido, sacó cuarenta taels de plata pura y se los regaló al joven, diciéndole: —A sesenta li de aquí se encuentra la familia Wei en la aldea de Wu; tienen una hija de dieciocho años. Como piden un precio muy alto, aún no la han podido casar. Hazles una oferta generosa y de seguro llegarán a un acuerdo. Dichas estas palabras, se despidió y partió. El joven aprovechó un momento a solas para hablar con su padre, expresándole su deseo de ir a proponer matrimonio. Sin embargo, había estado reuniendo dinero en secreto y no se atrevía a decírselo. El anciano, pensando que no tenían recursos, lo detuvo por esa razón. Con suavidad, el joven le sugirió: —Déjeme intentarlo, y si no resulta, nos detendremos. El anciano asintió. El joven pidió prestados un criado y un caballo, y se dirigió a la residencia de los Wei. Como los Wei eran originalmente una familia de campesinos, el joven mandó llamar al padre de la muchacha y lo llevó aparte para conversar en privado. Sabiendo que el joven provenía de una familia distinguida y al ver su apostura y modales refinados, el hombre lo aprobó en su interior, aunque temía que fuera tacaño con la dote. Al notar la vacilación en sus palabras y adivinar sus intenciones, el joven volcó su bolsa sobre la mesa. El padre de la muchacha se alegró enormemente, hizo que un estudiante vecino sirviera de intermediario y escribió un compromiso en un papel rojo. El joven entró a presentar sus respetos a la matrona. La habitación estaba en un rincón y la muchacha se ocultaba junto a su madre tras una cortina. Él la miró de reojo: aunque llevaba el tocado sencillo de una familia humilde, sus facciones irradiaban una belleza luminosa, lo que lo llenó de alegría secreta. El señor Wei le cedió una habitación para hospedarse como yerno y le dijo sin más: —Joven amo, no es necesario que venga con una comitiva de bodas. Tan pronto como terminemos de arreglarle algo de ropa, la enviaremos directamente a su casa. El joven fijó la fecha y regresó. A su padre le mintió con astucia, diciéndole que la familia Wei valoraba el prestigio por encima de todo y no exigía dote, lo cual también alegró al anciano. Llegado el día, los Wei enviaron efectivamente a la muchacha. Ella era diligente y ahorrativa, poseía una virtud dócil y la armonía entre ambos era profunda. Tras poco más de dos años, dio a luz a un varón llamado Fu'er. Coincidiendo con la festividad de Qingming, el joven cargó a su hijo y subió a las tumbas ancestrales, donde se encontró con el hidalgo local de apellido Song. Song había sido censor imperial, pero había sido destituido por aceptar sobornos; ahora vivía retirado en su propiedad, desplegando una autoridad tiránica y despiadada. Ese día también regresaba de visitar las tumbas cuando vio la belleza de la mujer, preguntó a los aldeanos y supo que era la esposa del joven. Suponiendo que Feng era un erudito pobre, intentó tentarlo con generosas recompensas con la esperanza de doblegarlo, y ordenó a sus sirvientes que le insinuaran la propuesta. Al enterarse de repente, el rostro del joven se llenó de furia. Pero al reflexionar que su poder era inferior, transformó su ira en una sonrisa y regresó a informar a su padre. El anciano montó en cólera, salió corriendo y, señalando al cielo y a la tierra frente a los sirvientes, los maldijo de mil maneras distintas. Los criados huyeron como ratas. La familia Song, también enfurecida, envió a varios hombres a la casa del joven para golpear al anciano y a su hijo, armando un escándalo como el de un caldero hirviendo. Al enterarse, la mujer dejó caer a su hijo sobre la cama, se soltó los cabellos y clamó a gritos pidiendo auxilio. La turba de rufianes la levantó en vilo y se la llevó entre alborotos. Padre e hijo quedaron maltrechos, gimiendo en el suelo, mientras el niño lloraba desconsoladamente en la habitación. Los vecinos, apiadados, los ayudaron a subir a las camas. Al cabo de los días, el joven pudo levantarse apoyándose en un bastón, pero el anciano, consumido por la indignación, se negó a comer y, tras vomitar sangre, falleció poco después. El joven lloró amargamente y, abrazando a su hijo, presentó demandas ante las más altas instancias, llegando hasta los gobernadores y virreinos. Recurrió varias veces a los tribunales, pero al final no pudo obtener justicia. Al enterarse después de que su esposa había preferido morir antes que someterse, su dolor se multiplicó. El ultraje oprimía su pecho y garganta sin hallar vía de escape. Pensaba constantemente en emboscar y asesinar a Song en un camino principal, pero temía que su escolta fuera demasiado numerosa y que su hijo quedara sin amparo. Día y noche, consumido por el dolor y los lamentos, sus párpados no se cerraban. De repente, un hombre fornido se presentó en su morada; tenía barba rizada y mandíbula ancha, y jamás lo había visto antes. El joven lo invitó a sentarse y quiso preguntarle por su linaje y su tierra, pero el visitante interrumpió de inmediato: —¿Tiene usted la afrenta de un padre asesinado y el agravio de una esposa arrebatada, y olvida vengarlos? El joven sospechó que se trataba de un espía de la familia Song y le respondió con disimulo. El visitante, con los ojos inyectados en ira que parecía desgarrar sus párpados, se levantó de un salto y exclamó: —¡Creí que eras un hombre, y ahora veo que no eres más que un cobarde despreciable! El joven, advirtiendo que era una persona extraordinaria, se arrodilló para retenerlo y dijo: —Tengo el temor sincero de que la gente de Song esté probando mis intenciones. Ahora le abriré mi corazón: yacer sobre leña y saborear la hiel es algo que llevo haciendo desde hace mucho. Pero me compadezco de este infante en pañales, temiendo que se extinga el linaje ancestral. Usted, caballero justiciero, ¿podría hacerme el favor de prestarme su ayuda? El visitante respondió: —Eso es asunto de mujeres y niños; no es algo que yo sepa hacer. Aquello que desea encomendar a otros, le pido que lo asuma usted mismo; lo que desea asumir por cuenta propia, permítame a mí reemplazarlo en la tarea. Al oír esto, el joven se postró golpeando el suelo con la frente. El visitante salió sin mirar atrás. Cuando el joven lo persiguió para preguntarle su nombre y apellido, este respondió: —Si fracaso, no quiero cargar con los reproches; si tengo éxito, tampoco busco gratitud. Y con eso se marchó. Temiendo que el desastre lo alcanzara, el joven tomó a su hijo en brazos y huyó. Al llegar la noche, toda la familia Song dormía cuando alguien escaló los altos muros y asesinó al ex censor, a sus dos hijos, a una nuera y a una criada. La familia Song presentó una denuncia ante los magistrados. El magistrado quedó atónito, y como los Song insistían en que el autor era Feng, envió alguaciles a capturarlo. El joven huyó sin que se supiera su paradero, lo que hizo que las sospechas parecieran aún más ciertas. Los sirvientes de los Song, junto con los alguaciles, rastrearon minuciosamente por todas partes. Al llegar por la noche a las Montañas del Sur, escucharon el llanto de un niño, lo siguieron y dieron con él; lo ataron con cuerdas y se lo llevaron. Como el llanto del pequeño era cada vez más furioso, los hombres se lo arrebataron y lo abandonaron a su suerte. La desesperación y la injusticia sofocaban al joven. Al ser llevado ante el magistrado de distrito, este le preguntó: —¿Por qué asesinaste a esas personas? El joven respondió: —¡Injusticia pura! Ellos murieron de noche y yo había salido de día; además, cargando a un crío que no deja de llorar, ¿cómo habría podido escalar los muros para matar a nadie? El magistrado replicó: —Si no mataste a nadie, ¿por qué huiste? Sin argumentos, el joven fue incapaz de defenderse y lo encerraron en prisión. El joven exclamó entre lágrimas: —Mi muerte no importa, pero ¿qué culpa tiene un huérfano? El magistrado contestó: —Tú has matado a los hijos de muchos; que maten al tuyo, ¿de qué te quejas? Habiendo sido despojado de su rango y sometido repetidamente a crueles tormentos, el joven seguía sin poder confesar nada. Aquella misma noche, el magistrado yacía acostado cuando oyó que un objeto golpeaba la cama con estruendo; aterrorizado, dio un grito. Toda la casa se despertó sobresaltada, se congregaron con velas encendidas y vieron un corto puñal tan afilado como la escarcha que había atravesado la madera de la cama más de una pulgada, quedando tan firme que no podía arrancarse. Al contemplarlo, el magistrado perdió el juicio de terror. Ordenó a los soldados armados registrar cada rincón, pero no hallaron rastro alguno. En su interior se sintió acobardado y, pensando además que, al estar muertos los Song, ya no había a quien temer, presentó un informe detallado a las altas instancias exculpando al joven y finalmente lo puso en libertad. El Record scholar regresó. En su cántaro no quedaba ni una sola medida de grano, y su sombra solitaria se reflejaba contra las cuatro paredes desnudas. Por fortuna, los vecinos, apiadados, le enviaban comida y bebida, permitiéndole malvivir y pasar los días. Al pensar que su gran enemistad había sido vengada, el Scholar Shan experimentaba un destello de alegría; al recordar el cruel desastre que casi había aniquilado a su linaje, las lágrimas caían copiosamente; y cuando pensaba en su vida de pobreza caloste hasta los huesos, sin descendientes que continuaran el clan, rompía a llorar a gritos en los lugares solitarios, incapaz de contenerse. Así transcurrió medio año, durante el cual la persecución y la vigilancia de las autoridades se relajaron. Entonces, imploró al magistrado del distrito que dictara una orden para recuperar los restos de la familia Wei. Tras enterrarlos y regresar, la aflicción era tal que deseaba morir. Dando vueltas en su lecho vacío, sentía que ya no le quedaba ningún camino de vida. De pronto, alguien llamó a la puerta. Concentrando su espíritu y escuchando en silencio, oyó a una persona fuera que hablaba en voz baja con un niño. El Scholar Shan se levantó deprisa para mirar por la rendija; parecía ser una mujer. Apenas abrió la hoja, ella preguntó de inmediato: —La gran injusticia ha sido lavada, ¿te encuentras bien y a salvo? Su voz le resultó sumamente familiar, pero en el desconcierto del momento no logró recordarla. Al acercar la luz de la vela, vio que era Hongyu, quien llevaba de la mano a un niño pequeño que reía juguetonamente bajo su túnica. Sin tiempo para hacer preguntas, el Scholar Shan abrazó a la mujer y rompió a llorar amargamente. Ella también mostró un profundo pesar. Poco después, apartando suavemente al niño, le dijo: —¿Has olvidado a tu padre? El pequeño tiró de las ropas de la mujer, mirando fijamente al Scholar Shan con ojos brillantes. Al examinarlo con atención, vio que era Fuzi. Abrumado por la gran sorpresa, preguntó entre sollozos: —¿De dónde ha salido este niño? Hongyu respondió: —Te diré la verdad: lo que te dije antes sobre la vecina era una patraña. Esta concubina es en realidad un zorro (*huli*). Anoche, al caminar por el valle, vi al niño llorar en la garganta de las montañas y lo adopté para criarlo. Al enterarme de que la gran calamidad había cesado, lo he traído para reunirme contigo. El Scholar Shan se secó las lágrimas y le hizo una reverencia de agradecimiento. El niño, en los brazos de la mujer, se acurrucaba como si dependiera de su madre, incapaz ya de reconocer a su padre. Antes de que amaneciera, la mujer se levantó presurosa. Al preguntarle qué hacía, ella respondió: —Esta esclava desea irse. El Scholar Shan se arrodilló desnudo al borde de la cama, con las lágrimas corriendo por su rostro sin poder levantar la vista. Hongyu sonrió y dijo: —Esta concubina te estaba engañando. Ahora que los asuntos del hogar son de nueva creación, hay que madrugar y acostarse tarde. Dicho esto, se puso a cortar la maleza y a barrer, manejándose con la soltura de un hombre en las labores del campo. El Scholar Shan temía la pobreza y la falta de medios para mantenerse, pero ella le dijo: —Limítate a bajar las cortinas y leer; no te preocupes por la abundancia o la escasez, quizás no permitamos que mueras de hambre. Acto seguido, sacó oro para adquirir telares, alquiló varias decenas de acres de tierra y contrató jornaleros para la labranza. Tomando la azada para limpiar los matorrales y enredando lianas para remendar los muros, aquello se convirtió en su rutina diaria. Al enterarse los aldeanos de lo virtuosa que era la esposa, se sintieron aún más complacidos de brindarle ayuda. Pasado medio año, las chimeneas humeaban densamente y la propiedad parecía la de una familia adinerada de antaño. El Scholar Shan dijo: —De entre las cenizas, tú has reconstruido el hogar con tus propias manos. Sin embargo, hay un asunto que aún no se resuelve adecuadamente, ¿qué haremos? Ella le preguntó a qué se refería, y él respondió: —Los exámenes se aproximan y aún no he recuperado mis ropas de letrado ni mi birrete. Hongyu sonrió y dijo: —Anteriormente envié cuatro taels de plata al profesor del distrito, y tu nombre ya ha sido inscrito nuevamente en los registros. Si hubiera tenido que esperar a tus palabras, ya se habría retrasado demasiado. El Scholar Shan la consideraba aún más prodigiosa. En aquella sesión de exámenes obtuvo la recomendación provincial (*xiangjian*). Tenía entonces treinta y seis años; sus fértiles campos se extendían por los caminos y sus amplias mansiones se alineaban con elegancia. Hongyu conservaba la esbeltez y la gracia de quien parece flotar al capricho del viento, pero trabajaba con más empeño que una campesina; y aunque soportaba con dureza las fatigas del crudo invierno, sus manos seguían siendo suaves como la grasa. Afirmaba tener veintiocho años, pero quienes la veían solían calcularle unos veinte. El Historiador de lo Extraño comenta: «Su hijo era virtuoso y su padre poseía la integridad moral; por ello, la retribución que recibieron fue propia de caballeros andantes (*xia*). No solo los humanos son caballeros andantes, los zorros también lo son. ¡Y qué encuentro tan extraordinario! Sin embargo, los magistrados oficiales, indolentes y negligentes, hacen que a uno se le ericen los cabellos: cuando la espada se clavó con fuerza en la madera, ¡cómo lamentar que no se hubiera desviado tan solo media pulgada hacia la parte superior del lecho! Si Su Zimei hubiera leído esto, sin duda habría levantado su copa para decir: “¡Qué lástima que el golpe no haya dado en el blanco!”». --- ### Dragón En la frontera de Beizhi, un dragón caído descendió hasta una aldea. Sus movimientos eran pesados y torpes; penetró en la residencia de cierto hidalgo rural, cuya puerta apenas era lo suficientemente ancha para contener su cuerpo, abriéndose paso a empujones. Los moradores huyeron despavoridos, subieron a los pisos altos para hacer alboroto y estrépito, mientras los cañones y los arcabuces tronaban estruendosamente. El dragón entonces salió. Fuera de la puerta había un charco de agua estancada, de menos de un pie de profundidad. El dragón se introdujo en él, dando vueltas y revueltas, con todo su cuerpo cubierto de lodo; se esforzó al máximo por dar un salto, pero apenas lograba elevarse poco más de un pie antes de volver a caer. Permaneció enroscado en el fango durante tres días, con las moscas apiñadas sobre sus escamas. De repente estalló una fuerte tormenta, y entre relámpagos se elevó hacia el cielo y partió. El Scholar Fang y un amigo ascendieron al monte Niu para visitar un templo y contemplar el paisaje. De improviso, un ladrillo amarillo se desprendió de una de las vigas del techo, y sobre él se encontraba enroscada una pequeña serpiente, tan delgada como una lombriz. De pronto dio una vuelta sobre sí misma y creció hasta el grosor de un dedo; dio otra vuelta, y ya era como una cinta. Ambos se aterrorizaron, comprendiendo que se trataba de un dragón, y huyeron precipitadamente ladera abajo. Apenas habían llegado a la mitad de la montaña cuando escucharon en el templo un trueno que sacudió valles y montañas. En el cielo, las nubes oscuras se extendían como un dosel, y un gigantesco dragón se retorcía y serpenteaba entre ellas, hasta que al cabo de un rato se desvaneció. En la aldea del Joven Lord de Zhangqiu, una campesina salió al campo cuando soplaba un fuerte viento. El polvo y la arena golpearon su rostro, y sintió que uno de sus ojos se le había cerrado como si tuviera la arista de una espiga de trigo dentro. Por más que se lo frotó y sopló, no logró curarse. Al abrir los párpados para examinarlo bien, vio que la pupila estaba intacta, pero una línea roja serpenteaba entre la carne. Alguien comentó: —Este es un dragón hibernante. La mujer, aterrorizada, aguardó la muerte. Tras transcurrir más de tres meses, se desató una tormenta violenta y, de repente, con un trueno estruendoso, la comisura del ojo se desgarró y la criatura partió. La mujer no sufrió el menor daño. Yuan Xuan relata lo siguiente: —Estando en Suzhou, coincidió con un día nublado y oscuro en el que estalló una tremenda tormenta de truenos y relámpagos. Todos vieron a un dragón suspendido al borde de las nubes, con las escamas abiertas y en movimiento, sosteniendo en sus garras la cabeza de un hombre, con la barba y las cejas perfectamente visibles; al poco tiempo, penetró en las nubes y desapareció. Tampoco se oyó jamás de nadie que hubiera perdido la cabeza. --- ### Lin Siniang El erudito Chen Baoyue de Qingzhou era oriundo de Min. Una noche, sentado a solas, una mujer levantó la cortina y entró. Al mirarla, no la conocía; era de una belleza deslumbrante, vestida con atuendos palaciegos de mangas largas. Sonrió y dijo: «Sentada sola en esta noche clara, ¿no te sientes acaso solitaria?». Chen, sorprendido, preguntó: «¿Quién eres?». Ella respondió: «Mi familia no está lejos, vive aquí mismo, al lado oeste». Chen supuso que era un fantasma, pero en su corazón la deseaba. Tomándola de la manga, la hizo sentarse; su conversación era refinada y elegante, por lo que se sintió enormemente complacido. Al abrazarla, ella no opuso gran resistencia. Ella miró a su alrededor y preguntó: «¿No hay nadie más?». Chen cerró la puerta apresuradamente y dijo: «Nadie». La instó a aflojarse las faldas, mostrando una actitud sumamente tímida. Chen las desató solícito por ella. La mujer dijo: «Tengo veinte años y aún soy virgen; la furia de tu pasión será insoportable». Una vez consumada la intimidad, la sangre derramada empapó la estera. Luego, mientras yacían codo con codo hablando en secreto, ella misma dijo llamarse Lin Siniang. Chen le preguntó con detalle. Ella respondió: «Una vida entera de firme castidad ha quedado casi arruinada por tus liviandades, mi señor. Si tienes intención de amar a esta concubina, con que busquemos el bienestar eterno basta, ¿a qué tanto parloteo?». Poco después, cantó el gallo, por lo que se levantó de inmediato y se marchó. A partir de entonces, acudía sin falta todas las noches. Cada vez bebía con refinamiento a puerta cerrada junto a Chen. Al hablar de los tonos musicales, siempre era capaz de distinguir con precisión los modos *gong* y *shang*. Chen entonces supuso que ella era diestra en el arte de componer melodías. Ella dijo: «Es algo que practiqué en mi niñez». Chen le rogó que interpretara una pieza elegante; la mujer respondió: «Hace mucho que no me confío a los sonidos, y la mayor parte del ritmo y la medida se me han olvidado; temo que los entendidos se rían de mí». Ante su insistencia, bajó la cabeza y marcó el compás, cantando una tonada de *Yiliang*, cuya voz era melancólica y conmovedora. Terminada la canción, rompió a llorar. Chen, profundamente conmovido, la abrazó y la consoló diciendo: «No cantes canciones de un estado灭亡, querida, haciendo que la gente se sienta abatida». La mujer replicó: «La voz sirve para manifestar los sentimientos; el que está afligido no puede hacer que otros se alegren, así como el que está alegre no puede hacer que otros se aflijan». La intimidad y el afecto de ambos superaban al de las cítaras. Tras mucho tiempo, los miembros de la familia la escucharon a escondidas, y cuantos oyeron su cantar no pudieron evitar derramar lágrimas. La esposa la miró a través de una rendija y sospechó que en el mundo de los mortales no existía tal hermosura sobrenatural; si no era un fantasma, sin duda era un zorro. Temiendo que fuera víctima de maleficios, aconsejó a Chen que rompiera con ella. Chen no pudo escucharla, pero le exigió una respuesta firme. La mujer, con tristeza, dijo: «Esta concubina fue una doncella del palacio de la familia Heng. Perecí en medio del desastre hace ya diecisiete años. Debido a tu elevada rectitud, me confié a ti para disfrutar de intimidad, pero en verdad no abrigo el deseo de causarte mal. Si me miras con recelo y temor, me despediré desde este mismo instante». Chen dijo: «No tengo reparo alguno, pero ya que nuestro afecto es tan profundo, no puedo dejar de conocer la verdad». Le preguntó entonces por los asuntos de palacio. La mujer los relató con minuciosidad, y sus palabras resultaban sumamente cautivadoras. Al referirse a los tiempos de la decadencia y la ruina, se ahogaba en sollozos y no lograba articular palabra. La mujer no dormía mucho; cada noche se levantaba invariablemente a recitar los sutras y encantamientos del *Śūraṅgama* y el *Vajra*. Chen preguntó: «¿Pueden las Nueve Fuentes del Inframundo practicar por sí mismas el arrepentimiento?». Ella respondió: «Es lo mismo. Esta concubina piensa que, tras una vida entera de perdición, desea redimirse en la próxima existencia». Asimismo, a menudo evaluaba poemas y composiciones junto a Chen; si hallaba un defecto, lo criticaba; cuando se topaba con un verso excelente, lo recitaba con voz prolongada y encantadora. Sus modales refinados hacían que uno olvidara el cansancio. Chen preguntó: «¿Eres diestra en la poesía?». Ella respondió: «En vida también la componía ocasionalmente». Chen le exigió una muestra. Sonrió y dijo: «Palabras de niños y doncellas, ¿cómo habrían de ser dignas de mencionarse ante un hombre elevado?». Al cabo de tres años, una noche, de pronto, con aire de profunda aflicción, se despidió. Chen, asombrado, le preguntó la razón. Ella respondió: «El Rey del Inframundo, considerando que en vida esta concubina no cometió crímenes y que tras morir no olvidó los sutras ni los encantamientos, ha ordenado que renazca en una familia real. Nuestra separación ocurre esta noche y no habrá jamás ocasión de volver a vernos». Dicho esto, se mostró sumamente acongojada. Chen también derramó lágrimas. Dispusieron entonces el vino para beber amargamente juntos. La mujer cantó con vehemencia, entonando una melodía lúgubre y pausada; cada palabra contenía cien giros, y siempre que llegaba a un pasaje doloroso, prorrumpía en sollozos. Se detuvo y reanudó el canto varias veces antes de concluir la pieza. No pudieron beber con soltura. Se levantó entonces, dudando y deseando despedirse. Chen la retuvo con firmeza, y ella volvió a sentarse un breve momento. De repente se oyó el canto del gallo, por lo que dijo: «Ciertamente no me es posible permanecer por más tiempo. Sin embargo, como mi señor nunca consintió que yo mostrara mi torpeza, ahora que nos separamos para siempre, redactaré a vuela pluma una estrofa». Pidió pincel y la compuso, diciendo: «Tengo el corazón triste y el ánimo confuso; no puedo pulir mis versos. Temo que los sonidos salgan desentonados y las medidas erradas, por lo que ruego que no se los muestres a nadie». Cubriéndose con la manga, se marchó. Chen la acompañó hasta las puertas, donde ella se desvaneció silenciosamente en la nada. Chen sintió una profunda melancolía y tristeza durante largo rato. Al mirar su poema, vio que la caligrafía era de trazos bellos y correctos, por lo que lo atesoró con celo. El poema decía: > *Cerrada en silencio en el profundo palacio por diecisiete años,* > *¿a quién le preguntaré por la patria caída mirando al cielo azul?* > *Miro ociosa los árboles añosos que invaden los pabellones,* > *lloro al ver que el monarca se ha transformado en ave de duelos.* > *En los mares lejanos, las olas reflejan el sol oblicuo;* > *la música y los tambores de la dinastía Han silencian las almenas.* > *La belleza es débil y le cuesta obrar como divinidad airada;* > *con naturaleza benigna y corazón apesadumbrado, solo interrogo al Zen.* > *A diario recito mil o cien versos del Bodhi,* > *ocioso contemplo dos o tres hojas de los textos sagrados.* > *Alzo la voz en los cantos de la Pera para llorar en vez de hablar,* > *te pido que los escuches a solas y derrames también tus lágrimas.* En el poema había repeticiones y rupturas de verso, por lo que se sospechaba que contenía errores.
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