← Strange Tales from a Chinese Studio

Chapter 5

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Chapter 5 of Strange Tales from a Chinese Studio by Pu Songling (蒲松齡) is a Supernatural Novel available to read on OriginRealm.

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Chapter 5

En el río Wang Shengyu viajaba por el sur y ancló su embarcación en medio del río. Tras haberse acostado, vio que la luz de la luna era clara como una cinta de seda y no lograba conciliar el sueño, por lo que ordenó a su sirviente que le diera masajes. De pronto, escuchó que sobre el techo de la embarcación caminaba alguien como un niño pequeño, pisando los esteros de junco y haciendo ruido; el sonido venía desde la popa y se acercaba gradualmente a la puerta de la cabina. Temiendo que fueran ladrones, se levantó presuroso para interrogar al muchacho. Este también lo había escuchado, y en medio de las preguntas y respuestas, vieron a una persona agachada sobre el techo del bote, inclinando la cabeza para espiar el interior de la cabina. Presa de un gran asombro, Wang presionó su espada y llamó a gritos a los demás sirvientes. Toda la embarcación despertó y les contaron lo que habían visto. Algunos sospecharon que se trataba de un error, pero al poco rato el ruido volvió a producirse. Se levantaron en grupo y miraron a su alrededor: no había absolutamente nadie, solo estrellas dispersas, una luna brillante y las vastas y ondulantes aguas del río. Mientras todos estaban sentados en la barca, vieron de repente que un fuego azul, semejante a la flauta de una lámpara, emergía de la superficie del agua y flotaba a la deriva con la corriente. Al acercarse gradualmente a la nave, el fuego se extinguió de golpe. Inmediatamente surgió de manera imprevista un hombre de piel oscura que se quedó erguido sobre las aguas, avanzando mientras se aferraba con las manos a la embarcación. Todos gritaron al unísono: —¡Sin duda es esta criatura! Quisieron dispararle con flechas, pero apenas abrieron el arco, aquel ser se sumergió bruscamente en el agua y dejó de ser visible. Le preguntaron a los remeros, y estos respondieron: —Este es un antiguo campo de batalla; los fantasmas aparecen y desaparecen a menudo, no hay nada extraño en ello. *** La hija del señor Lu Zhang Yudan, natural de Zhaoyuan, tenía un carácter desinhibido y salvaje. Estudiaba en un templo budista cuando, por entonces, el magistrado del distrito, el señor Lu, un hombre de las Tres Coreas, tenía una hija a la que le gustaba la caza. El erudito coincidió una vez con ella en el campo y vio que su porte era delicado y elegante; vestía un abrigo corto de brocado y piel de marta, y montaba un pequeño corcel negro, moviéndose con tanta ligereza que parecía sacada de una pintura. Al regresar, su rostro y su gracia quedaron grabados en su memoria, y experimentó por ella una añoranza profunda e incontenible. Más tarde se enteró de que la joven había muerto de manera repentina, por lo que su dolor y suspiros rayaban en la desesperación. Como el hogar de Lu quedaba lejos, depositó el féretro provisionalmente en el templo, precisamente junto a la sala donde estudiaba el erudito. Zhang la trataba con la reverencia debida a una divinidad: por la mañana siempre le quemaba incienso y en cada comida le ofrecía ofrendas. En cada libación le rezaba con estas palabras: —Al ver tan solo la mitad de vuestro rostro, mi alma quedó atada a mis sueños para siempre. ¡Quién diría que una mujer de jade perecería de manera tan repentina! Ahora estáis tan cerca que apenas dista un suspiro, pero sois tan inaccesible como la distancia entre ríos y montañas; ¡qué inmenso es este pesar! Sin embargo, los vivos están sujetos a restricciones, mientras que los muertos no conocen prohibiciones; si poseéis un espíritu en el Nueve Inframundo, venid con paso grácil y ligero para consolar este amor que os profesa. Se lo rogaba día y noche, por espacio de casi medio mes. Una noche, mientras avivaba la lámpara para leer en la oscuridad, de repente levantó la vista y vio a la joven de pie bajo la luz, con una sonrisa en los labios. El erudito, sorprendido, se levantó para interrogarla. Ella dijo: —Movida por vuestro afecto, no he podido contenerme y he venido, sin importarme el qué dirán por esta escapada amorosa. El erudito se llenó de dicha y de inmediato compartieron la dicha del amor. Desde entonces, no hubo noche en blanco. La joven le dijo a Zhang: —En vida me gustaban el arco y los caballos; considerar la caza de corzos y ciervos como un placer me ha cargado de graves pecados, de modo que al morir no tengo a dónde regresar. Si verdaderamente me amáis de corazón, os ruego que recitéis en mi nombre un canon completo del *Sutra del Diamante*; así no me olvidarán de generación en generación. El erudito recibió la enseñanza con reverencia y, cada noche al levantarse, se ponía los zapatos. Zhang le pidió que la llevara en brazos al caminar, y ella aceptó con una sonrisa. Al cargarla era como sostener a un bebé, sin que su peso representara la menor fatiga o carga. Así lo convirtieron en su costumbre habitual, y cuando el erudito iba a los exámenes imperiales, también la llevaba consigo en el viaje. No obstante, sus desplazamientos debían realizarse siempre de noche. Cuando Zhang se disponía a partir hacia los exámenes provinciales de otoño, la joven le advirtió: —Vuestra fortuna es escasa; solo os fatigarán en vano estos trajines. Así pues, hizo caso a sus palabras y desistió. Tras transcurrir cuatro o cinco años, el señor Lu cesó en su cargo oficial y, al encontrarse demasiado pobre para costear el traslado del féretro, planeaba sepultarla allí mismo, sufriendo por la falta de un terreno adecuado para la tumba. Entonces el erudito se ofreció por iniciativa propia: —Yo poseo un modesto terreno cerca del templo; con mucho gusto cedo un espacio para sepultar a la honorable señorita. El magistrado Lu se alegró enormemente, y el erudito puso todo su empeño en organizar los funerales. Lu se lo agradeció profundamente, sin lograr comprender la razón de tanta generosidad. Una vez que Lu se marchó, ambos continuaron su relación íntima y afectuosa como de costumbre. Una noche, recostada contra el pecho del erudito, a la joven se le cayeron las lágrimas del tamaño de grandes guisantes y dijo: —¡Nuestros cinco años de dicha llegan hoy a su fin y debemos separarnos! ¡Los favores y la bondad que he recibido de vuestra merced no bastarían para retribuirlos ni en varias vidas! El erudito le preguntó alarmado el motivo. Ella respondió: —Gracias a vuestra merced, que se dignó favorecer a alguien recluido bajo las fuentes amarillas, las escrituras y los cánones que habéis consagrado se han completado. Ahora he obtenido la oportunidad de reencarnarme en la familia de Lu Hubu, al norte del río. Si no olvidáis el día de hoy, una vez transcurridos quince años, el dieciséis del octavo mes, os ruego que vayáis a nuestro encuentro. Zhang rompió a llorar y dijo: —Ya he pasado de los treinta años; dentro de otros quince, estaré listo para la madera del ataúd; ¿de qué servirá tal reencuentro? La joven también lloró y replicó: —Deseo ser vuestra sierva para pagaros. Al poco rato añadió: —Acompañadme seis o siete li, pues el camino de aquí en adelante está lleno de espinas y zarzas, y como mi ropa es larga, me será difícil cruzarlo. Luego se aferró al cuello del erudito. Zhang la acompañó hasta el camino real, donde vio un grupo de carruajes y caballos a la vera del camino. A lomo de los corceles iban ya una, ya dos personas; en los carruajes viajaban tres, cuatro y hasta una decena de pasajeros. Tan solo había un carruaje con incrustaciones de nácar, borlas bordadas y cortinajes rojos, en el que se encontraba únicamente una anciana. Al ver llegar a la joven, exclamó: —¿Has llegado? La joven respondió: —He llegado. Entonces, volviéndose hacia el erudito, le dijo: —Hasta aquí llegamos; marchaos ya y no olvidéis lo que os he dicho. Zhang asintió con una promesa. La joven se acercó al carruaje, la anciana le tendió la mano para ayudarla a subir, y apenas desdobló las riendas para ordenar la partida, la comitiva de carruajes y caballos se alejó entre los sollozos y el estrépito. El estudioso regresó con melancolía y anotó la fecha en la pared. Pensando en la eficacia de las escrituras y los conjuros, recitaba y cantaba con aún mayor devoción. En un sueño, una deidad se le apareció y le dijo: «Tus intenciones son nobles y dignas de encomio. No obstante, debes viajar al Mar del Sur». Él preguntó: «¿Qué tan lejos queda el Mar del Sur?». La deidad respondió: «Está tan cerca como en una pulgada cuadrada». Al despertar, comprendió su significado profundo; su anhelo por el Bodhi se volvió acuciante y su práctica espiritual se purificó al doble. Tres años más tarde, su segundo hijo, Ming, y su hijo mayor, Zheng, aprobaron los altos exámenes imperiales de manera consecutiva. Aunque el estudioso ascendió de repente a la opulencia, no abandonó sus buenas acciones. Una noche soñó que un sirviente de túnicas verdes lo invitaba a marchar. Al llegar, vio a alguien sentado en el palacio con la apariencia de un Bodhisattva, quien lo recibió diciendo: «Es motivo de alegría que hayas obrado con bondad. Es una lástima que carezcas de una longevidad cultivada, pero por fortuna he podido interceder ante el Augusto del Cielo en tu favor». El estudioso se postró en el suelo y realizó el kowtow. La figura lo mandó a levantarse y le ofreció un asiento; le convidó té, cuyo aroma era tan exquisito como el de las orquídeas. Luego ordenó a un joven asistente que lo guiara para que tomara un baño en un estanque. El agua del estanque era tan limpia y cristalina que los peces que nadaban en ella podían contarse uno a uno; al entrar, se sintió templada, y al tomar un poco con las manos exhalaba la fragancia de hojas de loto. Al cabo de un rato, se adentró poco a poco en la zona profunda, dio un mal paso y se hundió; al cruzar, el agua lo cubrió por completo. Despertó con sobresalto y consideró el suceso extraordinario. A partir de entonces, su cuerpo se sintió más vigoroso y sus ojos cobraron mayor agudeza. Al acariciarse la barba, los cabellos blancos cayeron con un susurro, y un tiempo después, los negros también cayeron. Las arrugas de su rostro comenzaron a alisarse poco a poco. Tras varios meses, su barbilla quedó lampiña y su rostro era el de un muchacho, luciendo exactamente como alguien de quince o dieciséis años. A menudo se inclinaba por juegos y diversiones, portándose tal como un niño. Cuidaba en exceso su apariencia, al punto que sus dos hijos debían reprenderlo y corregirlo a menudo. Poco después, su esposa falleció a causa de la vejez y una larga enfermedad. Sus hijos desearon buscarle una nueva esposa de una familia noble y acaudalada. El estudioso dijo: «Esperen a que llegue a Hebei; una vez que regrese, me casaré». Calculando con los dedos, vio que la fecha convenida ya había llegado, por lo que mandó a preparar caballos y sirvientes para partir hacia Hebei. Al realizar averiguaciones, descubrió que en efecto existía un funcionario de apellido Lu con el cargo de Ministro de Hacienda. Previamente, el honorable Lu había engendrado a una hija que desde su nacimiento pudo hablar; al crecer, se volvió aún más inteligente y hermosa, y sus padres la amaban profundamente. Familias nobles enviaron regalos de compromiso, pero la doncella jamás los aceptó. Intrigados, le preguntaron el motivo, y ella relató con detalle el pacto hecho en su vida anterior. Al calcular la edad del estudioso, soltaron una carcajada y dijeron: «¡Niña necia! Se calcula que este tal maestro Zhang ya ha cumplido medio siglo; con los avatares del mundo, sus huesos ya deben haberse deshecho. Incluso si siguiera con vida, tendría el cabello blanco y los dientes huecos». La doncella se negó a escuchar. Su madre, al ver que su determinación no flaqueaba, lo consultó con el honorable Lu y ordenó a los porteros que no permitieran la entrada a ningún visitante, esperando que con el paso del tiempo la fecha límite extinguiera sus esperanzas. Al poco tiempo, el estudioso llegó, pero el portero le denegó la entrada. Tuvo que retirarse y regresar a su posada, con amargura y sin saber qué medida tomar. Paseando sin rumbo por los suburbios, deambuló de manera discreta para investigarla. La doncella, creyendo que el estudioso había roto su juramento, lloraba y se negaba a comer. Su madre le dijo: «Si él no viene, es porque sin duda ya ha fallecido; y si no fuera así, la culpa de romper el pacto tampoco recae sobre ti». La doncella guardó silencio y se quedó postrada en la cama todo el día. El honorable Lu se preocupó por ella y, deseando también ver cómo era el hombre en persona, fingió salir de paseo y se encontró con el estudioso en el campo. Al observarlo, vio que se trataba de un joven, lo cual lo llenó de sorpresa. Conversaron brevemente extendiendo sus túnicas sobre el suelo, y el joven demostró ser sumamente ingenioso y distinguido. El funcionario se alegró e lo invitó a su hogar. Justo cuando se disponía a indagar sobre su identidad, el honorable Lu se levantó de repente, le suplicó a su huésped que se quedara solo por un momento y entró a toda prisa a los aposentos interiores para informarle a su hija. La doncella se llenó de alegría y se incorporó haciendo un esfuerzo. Al espiar y examinar la situación, notó que su aspecto no coincidía con el esperado, por lo que regresó con lágrimas en los ojos y reprochó a su padre haberla engañado con las fechas. El funcionario hizo un gran esfuerzo por jurarle que aquel era el indicado. La doncella no dijo nada y se limitó a llorar sin cesar. Cuando el funcionario salió, su ánimo era de profundo desconcierto, y trató al huésped sin ninguna cordialidad. El estudioso le preguntó: «¿Hay alguien en la provincia de Guizhou que ocupe el cargo de Ministro de Hacienda?». El funcionario respondió de manera evasiva y miró hacia otro lado, como si no prestara atención al visitante. Sintiendo el desaire, el estudioso se despidió y salió. La doncella lloró durante varios días hasta que falleció. Esa misma noche, el estudioso soñó que la doncella se le aparecía y le decía: «¿Eras tú en verdad quien vino a buscarme? Como nuestra edad y apariencia diferían, al encontrarnos cara a cara no nos reconocimos y causamos esta separación. Ya he muerto de pena y frustración. Te ruego que acudas sin demora al templo del dios de la tierra para convocar mi alma; de ese modo podré revivir. Si tardas, ya no habrá remedio». Al despertar, corrió a indagar a la puerta de la familia Lu, y descubrió que en efecto la joven había fallecido hacía dos días. El estudioso se lamentó con amargura, entró a la mansión y lloró ante su féretro. Poco después, le relató su sueño al honorable Lu. Siguiendo sus instrucciones, realizaron el ritual para convocar el alma y hacerla regresar. Al destapar las colchas y acariciar el cadáver, lo llamaron e invocaron con oraciones. De pronto, se escuchó un sonido ronco en su garganta, y de improviso se vio cómo sus labios, rojos como cerezas, se abrían de golpe, expulsando un coágulo de flema tan frío como el hielo. La trasladaron a una cama y poco a poco comenzó a gemir de nuevo. El honorable Lu, lleno de regocijo, sacó al huésped de la habitación y dispuso un banquete para celebrar. Al examinar con detalle los antecedentes oficiales del joven, descubrió que provenía de una familia poderosa, lo cual acrecentó su alegría. Eligieron un día propicio y celebraron las bodas. Tras medio mes de convivencia, el estudioso se llevó a su esposa de regreso. El honorable Lu los acompañó hasta su hogar y partió medio año después. El matrimonio vivía en su hogar tan armoniosamente que parecían una joven pareja. Los desinformados a menudo confundían por error a la nuera con la suegra. El honorable Lu falleció al año siguiente. El hijo menor del estudioso fue víctima de las maquinaciones de hombres poderosos y violentos, por lo que su patrimonio quedó casi en la ruina. El estudioso fue a recibirlo para cuidarlo, y desde entonces hizo allí su hogar. --- Daoísta El erudito Han pertenecía a una familia de raigambre y era muy hospitalario. Un tal Xu, del mismo pueblo, bebía con frecuencia en su mesa. Aconteció que, durante un banquete, un daoista se presentó en la puerta con su cuenco de limosnas. Los sirvientes le ofrecieron monedas y mijo, pero no los aceptó, ni tampoco se marchaba. Irritados, los criados volvieron al interior y no le hicieron más caso. Al oír los golpes prolongados del cuenco, Han preguntó por el motivo, y los criados le informaron de la situación. Antes de que terminara de hablar, el daoista entró sin más. Han lo convidó a sentarse. El daoista hizo una leve reverencia a ambos, anfitrión y huésped, y tomó asiento. Tras un breve intercambio de preguntas y respuestas, se enteró de que el forastero se hospedaba recién en el templo en ruinas al este de la aldea. —¿Desde qué día ha venido a posar sus grullas en nuestro templo oriental, que ni me había enterado? Me ha faltado cumplir con la cortesía de anfitrión —dijo Han. El daoista respondió: —Este hombre silvestre acaba de llegar y no tiene amistades. Al enterarme de la generosidad de este caballero, albergué el profundo deseo de pedir un trago. Han ordenó que le sirvieran una copa. El daoista demostró ser un bebedor empedernido. Al ver su ropa sucia y raídas, Xu lo miró con desdén y apenas le guardó cortesía, pero Han lo trató con la magnanimidad con la que un navegante recibe a los extraños. El daoista se tragó de un tirón más de veinte copas, y entonces se despidió y partió. Desde aquel día, en cada banquete que se organizaba, el daoista hacía acto de presencia; si había comida, comía, y si había bebida, bebía, por lo que Han comenzó a hastiarse de su frecuencia. Durante una ronda de tragos, Xu se burló de él, diciendo: —El Maestro Daoista actúa siempre como invitado, ¿acaso no le toca ejercer de anfitrión alguna vez? El daoista rió y dijo: —Este daoista es igual que el honorable caballero; ambos cargamos un solo pico sobre los dobles hombros. Xu poco a poco se quedó sin respuesta. El daoista añadió: —Aun así, este daoista alberga sinceridad desde hace tiempo, y a su debido tiempo haré todo lo posible por ofrecerles una modesta recompensa en agradecimiento. Al terminar de beber, les encomendó: —Tengan a bien honrarme con su presencia mañana al mediodía. Al día siguiente, fueron juntos al encuentro, sospechando que no prepararía nada. Mientras caminaban, el daoista ya los aguardaba en el camino; hablando y andando, llegaron a la puerta del templo. Al cruzar el umbral, vieron que el patio estaba completamente renovado, con pabellones encadenados que ascendían como nubes. Muy extrañados, exclamaron: —¿Cuánto hace que no venimos por aquí? ¿Cuándo se ha construido todo esto? El daoista respondió: —La obra concluyó hace poco. Al entrar en las habitaciones, la decoración era tan lujosa que ni las familias de alta alcurnia poseían algo semejante. Ambos sintieron un profundo respeto. Apenas se sentaron, comenzaron a circular el vino y los manjares, servidos por jóvenes de quince o dieciséis años, de rostros agudos e inteligentes, ataviados con ropas de brocado y zapatos rojos. Los manjares y el vino eran fragantes y exquisitos, colmados de una opulencia extrema. Concluida la comida, se sirvieron otros postres. Había frutos raros cuyos nombres no podían precisar, contenidos en recipientes de cristal y piedra de jade, cuyo brillo iluminaba las mesas y esteras. Se sirvió el vino en copas de vidrio de más de un pie de circunferencia. El daoista ordenó: —Llamen a las hermanas de la familia Shi. Los muchachos se retiraron un momento y enseguida entraron dos beldades. Una era esbelta y alta, semejante a un sauce frágil; la otra era bajita y de edad muy tierna; ambas poseían un encanto sin igual. El daoista les ordenó cantar para acompañar el vino. La más joven tocaba las tablillas de madera y cantaba, mientras la mayor la acompañaba con una flauta vertical, cuyas notas eran puras y delicadas. Al terminar, el daoista alzó su copa para apresurar el brindis y mandó que se sirviera a todos. Dirigiéndose a las beldades, les preguntó: —¿Hace tiempo que no bailan, aún son capaces de hacerlo? Al instante, los criados desplegaron una alfombra bajo el banquete, y las dos mujeres comenzaron a bailar juntas, agitando sus largas mangas en desorden y esparciendo un polvo fragante en todas direcciones. Terminada la danza, se recostaron ladeadas contra un biombo pintado. Los dos hombres sintieron el espíritu libre y el alma flotando, cayendo sin darse cuenta en un estado de embriaguez. El daoista, sin prestarles mayor atención, apuró su copa, se levantó y dijo a los huéspedes: —Disculpen que se sirvan ustedes mismos; iré a descansar un momento y enseguida regreso. Dicho esto, se marchó. Bajo el alero de la habitación sur, había dispuesto un lecho incrustado con nácar, sobre el cual una muchacha extendió una colcha de brocado para que el daoista se acostara. El daoista arrastró a la mujer mayor consigo a la cama y ordenó a la más joven que se quedara de pie junto al lecho para rascarles la espalda. Al presenciar semejante escena, ambos se sintieron bastante indignados. Xu exclamó a grandes voces: —¡Daoista desvergonzado, no guardes las formas! —y se precipitó para estorbarlo. El daoista se levantó apresuradamente y huyó. Al ver que la joven aún permanecía de pie junto al lecho, llevado por la borrachera la arrastró hacia la cama del norte y se acostó con ella descaradamente. Al mirar a la bella mujer que aún dormía sobre el lecho bordado, se volvió hacia Han y le reprochó: —¡Qué anticuado es usted, caballero! Entonces Han se encaminó directamente hacia el lecho del sur; deseaba unirse carnalmente con la mujer, pero esta ya se había dormido y no se movía por más que la sacudía. Así que la abrazó y se acostó con ella. Al llegar el alba, al despejárseles el vino y los sueños, sintieron que lo que llevaban en los brazos era un objeto frío como el hielo; al mirar bien, resultó que abrazaban una piedra alargada y yacían sobre unos escalones de piedra azul. Miraron apresuradamente a Xu, quien aún no terminaba de despertar; lo vieron abrazando una piedra manchada de excrementos, durmiendo plácidamente en medio de un retrete arruinado. Lo empujaron con el pie, aterrorizados y extrañados el uno por el otro. Al mirar a su alrededor, no había más que un patio lleno de hierba salvaje y dos habitaciones en ruinas. La familia Hu En Zhili había una familia acaudalada que deseaba contratar a un maestro para sus hijos. De repente, un erudito se presentó en la puerta para ofrecer sus servicios. El dueño de la casa lo hizo pasar. Su lenguaje era franco y despejado, por lo que enseguida simpatizaron y se agradaron mutuamente. El erudito dijo apellidarse Hu, por lo que le entregaron los presentes de presentación y se le asignó un alojamiento. Hu era sumamente diligente en sus lecciones, y su vasta erudición no desmerecía ante la de los letrados de alta alcurnia. Sin embargo, solía salir a pasear y no regresaba hasta bien entrada la noche; cerraba las puertas con absoluta rigidez, sin que se escucharan llamadas a la puerta, y sin embargo ya se encontraba dentro de su habitación. Por ello, comenzaron a sospechar mutuamente que se trataba de un zorro. No obstante, al observar que las intenciones de Hu no eran malas en absoluto, lo trataron con gran consideración y respeto, sin descartarlo ni faltarle a la cortesía a causa de su rareza. El Hu sabía que el dueño de la casa tenía una hija, y deseaba proponer una alianza matrimonial. Se lo insinuó en repetidas ocasiones, pero el dueño fingía no comprender. Un día, el Hu se marchó fingiendo partida. Al día siguiente, llegó un visitante a rendir visita, atando un corcel negro a la puerta. El dueño salió a recibirlo y lo hizo pasar. Tendría más de cincuenta años, vestía ropas y calzado impecables, y su talante era sumamente apacible y elegante. Una vez sentado, se presentó, y solo entonces se supo que actuaba como casamentero para el clan Hu. El dueño guardó silencio y, tras un largo rato, dijo: —Este humilde servidor y el honorable maestro Hu ya compartimos una amistad inquebrantable; ¿qué necesidad hay de un enlace matrimonial? Además, mi amada hija ya ha sido prometida en palabra. Le ruego que le transmita mis disculpas al maestro Hu. El visitante replicó: —Sé con certeza que su estimada doncella aún aguarda por ser pedida, ¿por qué la rechaza con tanta firmeza? Lo repitió una y otra vez, pero el dueño se mantuvo inflexible. El visitante mostró un matiz de vergüenza y dijo: —El clan Hu es también una familia de noble linaje, ¿cómo íbamos a ser inferiores a usted, señor? El dueño le respondió francamente: —En verdad no tengo otra intención; es solo que aborrezco a quienes no son de mi misma especie. Al oír esto, el visitante se enfureció; el dueño también se encolerizó, y las recriminaciones se volvieron cada vez más agudas. El visitante se puso de pie y se abalanzó sobre el dueño. El dueño ordenó a sus criados que lo apalearan y expulsaran, por lo que el huésped huyó. Dejó atrás su burro; al examinarlo, era de pelaje negro, orejas gachas y rabo largo, un animal de gran tamaño. Al tirar de él no se movía, y al arrearlo caía al suelo a cada paso, emitiendo apenas un chirrido débil, como el de un grillo en la hierba. Indignado por sus palabras y sabiendo que sin duda buscarían venganza, el dueño tomó precauciones. Al día siguiente, efectivamente, una gran tropa de zorros llegó en masa: unos a caballo y otros a pie, armados con lanzas y ballestas; los caballos relinchaban y los hombres gritaban, con un despliegue de fuerza de lo más intimidante. El dueño no se atrevió a salir. Los zorros proclamaron a voces que derribarían la casa, lo que aumentó el temor del dueño. Un hombre corpulento guio a los sirvientes a salir entre alaridos, lanzando piedras y disparando flechas; ambos bandos chocaron y hubo heridos de uno y otro lado. Los zorros fueron cediendo poco a poco y se retiraron en desorden. Dejaron espadas tiradas en el suelo, brillantes como la escarcha y la nieve; al acercarse a recogerlas, resultaron ser hojas de sorgo. La multitud se burló, diciendo: —Su arte no llega más que a esto. Aun así, temiendo que volvieran, extremaron las guardia. Al día siguiente, mientras todos se encontraban reunidos conversando, de súbito un gigante descendió de los cielos: medía más de un zarzoc y medio de alto, y varios pies de ancho; blandía un gran sable del tamaño de una puerta, persiguiendo a la gente para matarla. La multitud empuñó arcos y piedras para atacarlo en desbandada; el gigante cayó al suelo y pereció, pero no era más que un monigote de paja. La gente lo desestimó aún más. Los zorros no volvieron en tres días, por lo que los ánimos se relajaron un poco. Sucedió que el dueño fue a la letrina, cuando de improviso vio a la tropa de zorros que llegaba tensando arcos y empuñando flechas, disparando a discreción; las saetas se acumularon en su trasero. Aterrorizado, gritó con desesperación a los suyos para que corrieran a presentar batalla, momento en que los zorros finalmente se retiraron. Al arrancar las flechas y examinarlas, vio que todas eran tallos de ajenjo. Durante más de un mes, los zorros iban y venían sin horario fijo; aunque no causaban grandes daños, la guardia se mantenía en estado de alerta día y noche, lo que tenía al dueño sumamente atormentado. Un día, el joven Hu llegó al frente de una multitud. El dueño salió en persona, y al verlo, el Hu se ocultó entre los suyos. El dueño lo llamó, y al no poder evitarlo, aquel se adelantó. El dueño le dijo: —Este humilde servidor considera que no le ha faltado al respeto al honorable maestro, ¿a qué se debe entonces que levante las armas? Los zorros quisieron disparar, pero el Hu los detuvo. El dueño se le acercó para estrecharle la mano y lo invitó a entrar al viejo estudio, donde dispuso vino para agasajarlo con generosidad. Con calma, le dijo: —Usted es un hombre de talento esclarecido; sabrá comprenderme. Con el afecto que nos une, ¿cómo no iba a desear complacer este enlace? Pero los carruajes, caballos y moradas de usted difieren en gran medida de los de los hombres; si una doncella frágil le sigue, usted mismo debe saber que resulta imposible. Además, como reza el refrán: «Las frutas silvestres arrancadas antes de tiempo no resultan gratas al paladar». ¿Por qué insiste en tomarlas, maestro? El Hu se sintió profundamente avergonzado. El dueño añadió: —No importa; nuestra antigua amistad sigue en pie. Si no desdeña la impureza de nuestra condición, tengo un hijo menor en el hogar que cuenta con quince años; deseo ofrecer su vientre para sellar el parentesco. ¿Sabría decir si tiene alguna hija de edad similar? El Hu respondió con alegría: —Tengo una hermana menor, un año menor que el joven noble, que no es en absoluto deslucida ni tosca. ¿Qué le parecería que sirviera con la escoba y el plumero en su casa? El dueño se puso de pie para hacer una reverencia, y el Hu le devolvió el saludo. Tras esto, los brindis y las cortesías fluyeron con alegría, y quedaron olvidados los rechazos anteriores. Mandó a servir vino en abundancia para agasajar a todos los subordinados, de modo que tanto altos como bajos se sintieron consolados y felices. Luego le preguntó detalladamente por su lugar de residencia para enviar los gansos rituales de compromiso. El Hu declinó la oferta. Al caer la tarde, encendieron velas, y tras beber hasta embriagarse, se marcharon. A partir de entonces, reinó la paz. Pasó más de un año y el Hu no aparecía. Algunos sospechaban que el compromiso era una falacia, pero el dueño se mantuvo firme en la espera. Medio año más tarde, el Hu se presentó de improviso. Tras intercambiar los saludos de rigor, dijo: —Mi hermana ya ha crecido. Le ruego que fijemos un día propicio para enviarla a servir a sus suegros. El dueño, encantado, acordó la fecha de inmediato y el Hu se marchó. Llegada la noche, efectivamente llegaron carrozas y caballos que escoltaron a la nueva esposa. Su dote era espléndida y copiosa, hasta el punto de llenar casi por completo la habitación. La novia presentó sus respetos a su suegra y su suegro, mostrando una belleza y una gentileza extraordinarias. El dueño rebosaba de alegría. El joven Hu y un hermano menor acudieron a acompañar a la novia; su conversación era refinada y elegante, y además eran excelentes bebedores. Al amanecer se retiraron. La joven esposa era capaz de predecir de antemano si los años serían de abundancia o de escasez, por lo que todos los planes para el sustento del hogar se regían por sus pronósticos. El joven Hu, sus hermanos y la matrona Hu venían a visitar a la dócil muchacha de vez en cuando, y todos los miembros de la familia podían verlos. *** El truco de los barriles Había un artista de juegos de barriles. El barril apenas tenía capacidad para un *sheng*; carecía de fondo y era hueco por dentro, semejante a los de las funciones populares. El artista colocó dos esteras sobre la calle, tomó una medida de un *sheng* y la introdujo en el barril; al girarlo y retirarlo de inmediato, el recipiente quedó lleno hasta el borde de arroz blanco, que vació sobre la estera. Volvió a llenarlo y a vaciarlo, y en un instante ambas esteras rebosaban. Luego procedió a medirlo todo de vuelta al recipiente uno por uno, y al terminar, al levantar el barril, este seguía vacío. Lo prodigioso residía en la abundancia de lo obtenido. Li Jiantian de Lijin, que paseaba ocioso por el alfarcito en la localidad de Yan, deseaba comprar una tinaja gigante. Disputó el precio con el alfarero, mas no llegaron a un acuerdo y se marchó. Al llegar la noche, en el horno había más de sesenta tinajas sin cocer; al abrirlas y mirar, estaba todo completamente vacío. El alfarero se asustó sobremanera, sospechó de Li y se presentó en su puerta para reclamárselas. Li declinó saber nada. Ante sus ruegos insistentes, le dijo: —Yo sacaré las tinajas del horno por ti, sin que sufren daño ni una sola. ¿No están acaso bajo el Pabellón Kuixing? El alfarero fue a comprobarlo tal como le había dicho, y en verdad todas y cada una de ellas se hallaban allí. El pabellón se encontraba en la montaña del sur de la localidad, a poco más de tres li del alfarcito. Contrató peones para transportarlas, y les tomó tres días enteros terminar. Un monje mendicante En Jinan había un monje cuyo lugar de origen se ignoraba. Descalzo y vestido con un hábito de retazos, acudía todos los días a los distintos pabellones de Furong y el Lago Ming para recitar sutras y mendigar limosnas. Si le ofrecían vino, comida, dinero o grano, no aceptaba nada; al preguntarle qué necesitaba, tampoco respondía. En todo el día jamás se le veía comer ni beber. Alguien le aconsejó diciendo: —Dado que el maestro no consume carne ni vino, debería mendigar en los pueblos de montaña y callejones apartados. ¿Por qué acudir día tras día a este lugar bullicioso y pestilente? El monje cerró los ojos y continuó recitando. Sus pestañas medían cerca de una pulgada de largo, como si no hubiera oído nada. Al poco rato, volvieron a hablarle. El monje abrió los ojos de repente y, con voz severa, exclamó: —¡Quiero mendigar de este modo! —Y siguió recitando sin parar. Transcurrido un buen rato, se marchó por su propia voluntad. Alguien lo siguió y le exigió con insistencia que explicara el motivo de obrar de aquel modo, pero él caminaba sin responder. Tras interrogarle repetidas veces, volvió a alzar la voz con severidad: —¡No es algo que tú puedas comprender! ¡Este viejo monje quiere mendigar de este modo! Pasados varios meses, salió de repente por la puerta sur de la ciudad y se tendió al borde del camino como un cadáver, sin moverse durante tres días. Los habitantes temieron que muriera de hambre y atrajera calamidades a los suburbios cercanos, por lo que se congregaron para persuadirlo de que se mudara a otro sitio, ofreciéndole comida si quería comer, y dinero si quería dinero. El monje permaneció con los ojos cerrados, inmóvil. La multitud lo sacudió mientras le hablaban. Enojado el monje, sacó un cuchillo corto de entre su hábito de retazos, se abrió el propio vientre, introdujo la mano en su interior y acomodó los intestinos sobre el camino, tras lo cual su aliento se extinguió al instante. Asustada, la multitud dio aviso a las autoridades del distrito, quienes lo enterraron de manera precaria. Días después, un perro cavó una madriguera en el lugar y la esterilla quedó a la vista. Al pisarla, parecía hueca; al apartarla para mirar, la esterilla seguía sellada como antes, vacía semejante a un capullo de seda. Zorro sometido Un historiador imperial, apellidado tal, fue embrujado por un zorro hasta quedar reducido y enfermizo. Habiendo agotado los amuletos y rituales de exorcismo, solicitó un permiso para regresar a su hogar, con la esperanza de poder eludirlo. El historiador emprendió el viaje, y el zorro lo acompañó. Aterrorizado, no hallaba qué recurso emplear. Un día, se detuvo en Zhuozhou. Fuera de las puertas había un médico itinerante que afirmaba saber cómo someter zorros. El historiador lo invitó a pasar. Le administró una medicina que resultó ser un arte de alcoba. Lo instó a consumirla de inmediato y lo hizo entrar para unirse con el zorro, con un ardor irresistible. El zorro retrocedió despacio, suplicando e implorando que se detuviera; el hombre no hizo caso y avanzó con mayor vigor. El zorro dio vueltas buscando escapar, afligido por no poder apartarse. Tras un rato sin sonido alguno, al asomarse a mirar, el zorro yacía muerto en su forma animal. Antaño, un estudiante de mi terruño tenía fama de poseer la virilidad de Lao Ai, y solía jactarse de que en su vida jamás había obtenido una satisfacción plena. Una noche, se hospedaba en una posada solitaria, sin vecinos a la redonda. De improviso apareció una mujer andariega; la puerta ni siquiera se había abierto y ya estaba dentro. Sabiendo en su interior que se trataba de un zorro, se regocijó con alegría y se dispuso a intimar con ella. Apenas acababa de desatar sus ropas, penetró de frente con la fuerza de una lanza que atraviesa una armadura. El zorro, aterrorizado y dolorido, lanzó un chillido agudo semejante al de un halcón que interrumpe su apareamiento, y atravesó la ventana para huir. El estudiante aún miraba hacia el exterior de la ventana profiriendo expresiones amorosas, llamándola con lamentos y esperando que regresara, pero todo era ya silencio. ¡Este era verdaderamente un feroz general experto en combatir zorros! Bien merecía colgar en su puerta un letrero que dijera «Repelente de zorros», para ganarse la vida con ello. Dragón en hibernación El honorable Qu Yintai de Yiling se encontraba leyendo en el piso superior de su torre de estudio. Coincidió con una lluvia sombría y oscura, cuando vio a una pequeña criatura con un brillo semejante al de una luciérnaga, que avanzaba reptando. Por donde pasaba, dejaba un rastro negro como la huella de un escarabajo. Poco a poco comenzó a enroscarse hacia arriba, y los rollos de papel por donde pasaba también se chamuscaron. Creyendo que se trataba de un dragón, los tomó en sus manos para escoltarlo. Al llegar fuera de la puerta, se detuvo sosteniéndolos durante largo rato, mientras el animal, curvado como una oruga, no se movía lo más mínimo. El señor dijo: —¿No me tomará por descortés? Retornó con los rollos y los volvió a colocar sobre la mesa; luego, ataviado con su birrete y su túnica oficial, le hizo una profunda reverencia para despedirlo. Apenas llegó bajo el alero, vio cómo el animal alzaba la cabeza y se estiraba de golpe, desprendiéndose de los rollos para volar horizontalmente. Su sonido era estridente como un silbido, y su brillo trazaba un hilo de luz. A unos cuantos pasos de distancia, giró la cabeza hacia el señor, y su cabeza era más grande que una tinaja, mientras que su cuerpo medía varias brazas de circunferencia. Dio un nuevo giro y, con el estruendo de un trueno, se elevó hacia el firmamento hasta desaparecer. Al mirar atrás hacia el lugar por donde había avanzado, vio que las marcas serpenteantes surgían precisamente de su arcón de libros. El inmortal Su Cuando el honorable Gao Mingtu gobernaba la prefectura de Chenzhou, había una mujer del pueblo apellidada Su, que lavaba ropa a la orilla del río. En el cauce había una piedra gigante, y la mujer se sentaba sobre ella. Había allí un hilo de musgo, verde, resbaladizo y encantador, que flotaba y se mecía en el agua, dando tres vueltas alrededor de la piedra. Al verlo, el corazón de la mujer dio un vuelco. A su regreso quedó encinta, y su vientre fue creciendo poco a poco. Su madre la interrogó en privado, y la joven le contó la verdad. Su madre no halló modo de explicárselo. A los pocos meses, dio a luz a un varón. Quiso abandonarlo en un desfiladero, pero la mujer no tuvo el valor de hacerlo. Lo ocultó dentro de un arcón y lo crio. Entonces juró no volver a casarse jamás, para demostrar que su devoción no tenía dobleces. Sin embargo, al haberse embarcado sin esposo, aquello le parecía una deshonra definitiva. Cuando el niño cumplió siete años, jamás lo había sacado a la luz para que nadie lo viera. De repente, el niño le dijo a su madre: —El hijo va creciendo. ¿Cómo puede prolongarse este encierro en la sombra? Partiré, y ya no seré una carga para mi madre. Cuando ella le preguntó a dónde iría, él respondió: —Yo no pertenezco a la estirpe humana; pronto me elevaré al firmamento y escalaré las cumbres. Entre lágrimas, la mujer le consultó por la fecha de su retorno. Él replicó: —Cuando mi madre exhale su último aliento, entonces vendré. Tras mi partida, si alguna vez tiene alguna necesidad, puede abrir el arcón donde me guardaba y buscar en su interior; sin duda obtendrá lo que desea. Dichas estas palabras, se postró ante su madre y partió. Al salir y mirar hacia afuera, ya se había desvanecido por completo. La mujer se lo contó a su madre, y esta quedó profundamente asombrada. La mujer se mantuvo firme en su antiguo propósito, dependiendo de su madre, mientras su hogar se empobrecía cada vez más. Ocasionalmente, ante la falta de provisiones para el té de la mañana, miraba al techo sin saber qué hacer. De pronto, recordando las palabras del niño, fue a abrir el cofre y, efectivamente, halló arroz, confiando en él para encender el fuego. A partir de entonces, cada vez que pedía algo, se le concedía. Pasados más de tres años, la madre enfermó y falleció; todos los preparativos y enseres para el funeral se obtuvieron del cofre. Una vez enterrada, la mujer vivió sola durante treinta años, sin asomarse jamás a la puerta. Cierta vez, una vecina que fue a pedir fuego la vio sentada inmóvil en su vacía recámara, y tras charlar un buen rato, se marchó. No mucho después, de repente se vio una nube de colores que rodeaba la casa de la mujer, erguida y redonda como un dosel, y en su interior había alguien de pie ataviado con ropajes ceremoniales; al mirar con atención, resultó ser la hija del apellido Su. Flotó y giró en el aire durante largo tiempo, elevándose gradualmente hasta desaparecer. Los vecinos comenzaron a dudar de aquello. Al espiar en su habitación, vieron a la mujer ricamente ataviada y sentada con aplomo, pero su aliento ya se había extinguido. Pensando que no tenía a dónde regresar, los vecinos discutieron para llevar a cabo los ritos fúnebres y el entierro. De improviso entró un joven de porte gallardo y distinguido, quien expresó su profundo agradecimiento a los presentes. Los vecinos, que anteriormente ya sabían de oídas que la mujer tenía un hijo, no abrigaron sospechas. El joven aportó oro para sepultar a la madre, plantó dos melocotoneros en la tumba y se despidió para partir. A pocos pasos de distancia, brotaron nubes bajo sus pies y ya no pudo ser visto de nuevo. Más tarde, los melocotones dieron frutos dulces y aromáticos, y los lugareños los llamaron «los melocotones del inmortal Su». El árbol florecía y frondoseaba año tras año, sin marchitarse ni decaer jamás. Los funcionarios que gobernaban aquel lugar solían llevar los frutos como obsequio a sus parientes y amigos. *** Li Boyan El erudito Li Boyan era natural de Yishui. Era indomable, recto y de gran temple. De súbito enfermó de gravedad; cuando sus familiares le ofrecieron medicina, él la rechazó diciendo: «Mi enfermedad no puede ser curada con brebajes y remedios. El Rey Yama del inframundo carece de un titular, y desea que yo ocupe temporalmente su sello. No me entierren al morir, pues deben aguardar mi regreso». Aquel mismo día, efectivamente, falleció. Escoltas y caballerizos lo guiaron en su marcha hasta ingresar a un palacio, donde le vistieron con túnicas y tocados oficiales; los subordinados y lictores aguardaban con extrema reverencia. Sobre los escritorios se amontonaban legajos y registros. En un expediente sobre cierto individuo de Jiangnan, se le acusaba de haber mancillado en vida a ochenta y dos mujeres de buenas familias. Al ser interrogado, las pruebas aportadas demostraron que la acusación era veraz. Según las leyes del inframundo, correspondía el suplicio de la columna de bronce. Al pie del estrado había una columna de cobre de ocho o nueve chi de altura y un abrazo de circunferencia; era hueca por dentro y en ella ardía carbón al rojo vivo, volviéndose escarlata tanto por fuera como por dentro. Numerosos fantasmas fustigaban con látigos erizados de pinchos de hierro al reo, obligándolo a trepar mientras movía manos y pies para aferrarse. Apenas llegaba a la cima, un humo denso se elevaba y estallaba con un ruido sordo semejante a un petardo, tras lo cual el infeliz caía al vacío; yacía desplomado durante un largo rato antes de volver en sí. Nuevamente era azotado y caía con estrépito como antes. Tras caer tres veces, se desvanecía por el suelo como el humo y ya no era capaz de volver a tomar forma. En otro expediente referente a cierto Wang, de la misma localidad, era demandado por el padre de una criada bajo la acusación de haber usurpado y retenido a su hija por la fuerza. Wang era pariente político del propio erudito Li. Con anterioridad, alguien había vendido a una criada; Wang sabía que su procedencia no era legítima, pero codiciando lo económico de su precio, la había comprado. Llegado este momento, Wang había muerto de manera repentina. Al día siguiente, su amigo el erudito Zhou se lo encontró en el camino; sabiendo que era un fantasma, huyó a refugiarse en su estudio. Wang lo siguió adentro. Zhou, aterrorizado, rezó y le preguntó qué era lo que pretendía. Wang respondió: «Solo te pido que sirvas de testigo en el inframundo». Zhou le preguntó con asombro: «¿Para qué asunto?». Wang contestó: «Compré a mi criada pagando su precio real, y ahora me han acusado injustamente. Este asunto lo presenciaste tú en persona; solo te pido que prestes una palabra, la de Ji Lu, y ninguna otra mentira». Zhou se negó rotundamente. Wang salió diciendo: «Me temo que eso ya no dependerá de ti». No pasó mucho tiempo antes de que Zhou muriera también, y ambos acudieron juntos ante el tribunal del Rey Yama para ser interrogados. Al ver a Wang, Li experimentó en su interior la tentación de favorecerlo. De repente, vio cómo en el salón nacía un fuego cuyas llamas devoraban las vigas y los tirantes. Li, presa del pánico, se puso de puntillas. Un funcionario se adelantó apresuradamente y le advirtió: «El tribunal umbrío no es como el mundo de los vivos; un solo pensamiento egoísta no puede ser tolerado. Calma de inmediato tus pensamientos peregrinos y el fuego se extinguirá por sí solo». Li concentró su espíritu y aquietó su mente, y el fuego se apagó al instante. Poco después, tras interrogar a los implicados y obtener su confesión, Wang y el padre de la criada discutieron y se increparon mutuamente. Al interrogar a Zhou, este respondió con la verdad. Por haber delinquido a sabiendas, Wang fue condenado a azotes. Una vez ejecutados los latigazos, se envió a ambos de regreso al mundo de los vivos. Tanto Zhou como Wang resucitaron a los tres días. Una vez concluidas sus funciones oficiales, Li montó en su carroza y emprendió el regreso. A mitad del camino vio a varios cientos de individuos decapitados y con los pies cortados, que yacían en el suelo emitiendo lamentos lastimeros. Detuvo su carruaje para investigar los motivos, y resultó que eran fantasmas de regiones lejanas que añoraban pisar su suelo natal, pero temiendo que los pasos y fronteras estuvieran bloqueados, le rogaban un salvoconducto. Li respondió: «He ocupado el cargo durante tres días y ya he sido relevado de mis funciones, ¿cómo podría ayudarles?». Todos dijeron: «El erudito Hu, de la Aldea del Sur, está a punto de celebrar un ritual taoísta; si le encargas esto de nuestra parte, podrá cumplirse». Li aceptó. Al llegar a casa, los escoltas y servidores se marcharon y Li volvió a la vida. El erudito Hu, cuyo nombre de cortesía era Shuixin, era amigo cercano de Li. Al enterarse de que este había resucitado, fue de inmediato a visitarlo e inquirir por su salud. Li le preguntó de sopetón: «¿Cuándo será el ritual taoísta de purificación?». Hu, desconcertado, replicó: «Tras los estragos de la guerra, mi esposa y mis hijos se salvaron ilesos; yo hice en su día esta promesa en mi interior junto a mi consorte, sin habérselo mencionado a absolutamente nadie. ¿Cómo has podido saberlo?». Li se lo contó todo detalladamente. Hu exclamó con un suspiro: «¡Lo que se murmura en la intimidad del lecho se difunde de este modo por el inframundo; qué aterrador es esto!». Con reverencia, aceptó el encargo y se marchó. Al día siguiente, fue a la casa de Wang, quien aún yacía postrado y convaleciente. Al ver a Li, se levantó con solemne respeto y le expresó su agradecimiento por haberlo protegido. Li dijo: «Las leyes no pueden mostrar laxitud. ¿Te encuentras ya a salvo de todo mal?». Wang respondió: «Ya no tengo otras dolencias, pero las llagas de los azotes supuran». Pasaron otros veinte días antes de que sanara por completo; la carne de sus glúteos se había desprendido y las cicatrices tenían la forma exacta de los bastones de castigo. El historiador de lo extraordinario comenta: «Los castigos del inframundo son más crueles que los del mundo de los vivos, y sus exigencias son también más severas. Sin embargo, dado que allí no valen las influencias ni los intercesores, aquellos que sufren tales tormentos no guardan resentimiento. ¡Quién diría que en la Mansión Nocturna no existe un sol brillante! Tan solo lamento que no haya un fuego que devore los tribunales y oficinas que gobiernan a los hombres». Huang Jiulang He Shican, cuyo nombre de cortesía era Zixiao, residía en un estudio al este del arroyo Tiao, con la puerta asomándose a un vasto campo abierto. Un día, al caer la tarde, salió por casualidad y vio a una mujer montada en un asno que se acercaba; un joven la seguía detrás. La mujer aparentaba unos cincuenta años y poseía un porte elegante y refinado. Al volver la vista hacia el joven, notó que tendría quince o dieciséis años, y su belleza y gracia superaban incluso a la de las más hermosas doncellas. El estudiante He siempre había albergado la predilección de Manguito Cortado; al contemplarlo, sintió que su espíritu abandonaba su cuerpo. Se puso de puntillas para seguirlo con la mirada hasta que la silueta desapareció en la distancia, y solo entonces regresó a su morada. Al día siguiente, lo esperó desde temprano. Cuando el sol poniente teñía el cielo de bruma crepuscular, el joven finalmente pasó por allí. El estudiante lo recibió con extrema deferencia y le preguntó sonriente de dónde venía. El joven respondió: «De la casa de mi abuelo materno». El estudiante le rogó que entrara al estudio a descansar un momento, pero él se excusó diciendo que no tenía tiempo; sin embargo, ante la insistencia con que tiraba de él, accedió a entrar. Tras sentarse brevemente, se levantó para despedirse, y fue imposible retenerlo por más tiempo. El estudiante lo acompañó tomándolo de la mano, encomendándole encarecidamente que lo visitara cuando pasara por el camino. El joven asintió murmurando y se marchó. A partir de entonces, el estudiante quedó sumido en una añoranza tan intensa como la sed; iba y venía oteando el horizonte, sin que sus pies hallaran reposo. Un día, cuando el sol apenas mostraba medio disco en el horizonte, el joven llegó de repente. El estudiante, lleno de júbilo, lo invitó a entrar y ordenó al sirviente del estudio que trajera vino. Le preguntó su apellido y nombre, a lo que respondió: «Mi apellido es Huang, soy el noveno hijo. Este muchacho aún no tiene nombre de cortesía». Preguntó: «¿Por qué pasáis tan a menudo?». Respondió: «Mi madre reside en casa de mi abuelo materno y suele enfermar con frecuencia; por eso voy a verla a menudo». Tras varias rondas de vino, quiso despedirse. El estudiante lo sujetó por el brazo para detenerlo y bajó la llave de la puerta. Jiulang, sin saber qué hacer, retomó su asiento con el rostro encendido. Conversaron bajo la luz de la lámpara; era tan gentil como una doncella recatada, pero cada vez que la charla rozaba temas galantes, se avergonzaba y volvía el rostro hacia la pared. Poco después, el estudiante lo llevó consigo al lecho. Jiulang no consintió, alegando firmemente que tenía mal dormir. Tras ser forzado repetidamente, finalmente se quitó las ropas exteriores e interiores, quedando solo con los calzones mientras yacía en la cama. He apagó la vela y, poco después, se deslizó para compartir la almohada; pasando el codo sobre sus muslos, lo abrazó con intimidad, suplicando amargamente sus favores. Jiulang exclamó con enfado: «Creía que eras un hombre culto y refinado, y por eso me demoraba contigo; ¡pero actuar así es comportarse como bestias y amar como animales!». Poco después, cuando la estrella del alba brillaba tenuemente, Jiulang se marchó sin más. El estudiante, temiendo que rompiera todo vínculo para siempre, volvió a acecharlo, caminando de un lado a otro con ansiosa expectación, hasta que sus ojos horadaron la Osa Mayor buscando en vano. Pasaron varios días antes de que Jiulang reapareciera. El estudiante, jubiloso, salió a recibirlo y se disculpó por sus ofensas; lo arrastró con fuerza al interior del estudio, lo instó a sentarse y conversaron entre risas, congratulándose en secreto de que no guardara rencor por lo pasado. Sin demora, se descalzó y subió al lecho, acariciándolo con lastimosa ternura. Jiulang dijo: «Tu afecto apasionado ya está grabado en mis entrañas, pero ¿por qué debe consumarse el amor precisamente de esta forma?». El estudiante lo envolvió con dulces palabras y súplicas incesantes, pidiendo tan solo tocar una vez su piel de jade. Jiulang accedió. El estudiante aguardó a que se durmiera y, a hurtadillas, intentó tomar libertades. Jiulang despertó, recogió sus ropas y se levantó de inmediato, huyendo al amparo de la noche. El estudiante quedó abatido como si hubiera perdido algo esencial; olvidó comer y dejó de usar la almohada, consumiéndose día tras día. Solo enviaba diariamente al sirviente del estudio a vigilar y buscar noticias. Un día, Jiulang pasó frente a la puerta con intención de seguir de largo. El sirviente lo tomó por la ropa y lo hizo entrar. Al ver al estudiante demacrado y pálido, Jiulang se sobresaltó enormemente y le expresó su preocupación. El estudiante le confesó la verdad de su padecer, y las lágrimas rodaron por sus mejillas al compás de sus palabras. Jiulang le susurró suavemente: «Mi intención al rechazarle nacía verdaderamente de pensar que nuestro amor no traería beneficio alguno a este hermano menor, sino perjuicio a usted, mi señor; por eso me negaba. Pero si tanto le place, ¿cómo podría yo negarme?». El estudiante se llenó de alegría. Tras la partida de Jiulang, su dolencia disminuyó de golpe y en pocos días se recuperó por completo. Tal como había prometido, Jiulang acudió y se entregaron a tiernas caricias, aunque advirtió: «Hoy cedo a tus deseos a regañadientes; espero que no tomes esto como costumbre». Luego añadió: «Tengo un favor que pedirte; ¿estarías dispuesto a esforzarte por mí?». Al preguntarle de qué se trataba, respondió: «Mi madre padece dolores en el corazón, y solo la Píldora Celestial del Gran Médico Qi Yewang puede curarla. Como tienes buena relación con él, seguramente podrías conseguirla». El estudiante accedió de buen grado. Antes de irse, Jiulang se lo recordó nuevamente. El estudiante fue a la ciudad en busca del remedio y se lo entregó al atardecer. Jiulang, complacido, juntó las manos en señal de gratitud. El estudiante volvió a presionarlo para yacer juntos. Jiulang dijo: «No sigas importunándome; permíteme buscarte una bella dama que te satisfaga; ella valdrá diez mil veces más que este hermano menor». El estudiante preguntó quién era. Jiulang respondió: «Tengo una prima hermana cuya belleza no tiene parangón. Si pudieras dirigir tu atención hacia ella, yo haré de celestino». El estudiante sonrió levemente sin responder. Jiulang guardó la medicina y se marchó. Regresó tres días después para pedir más medicina. El estudiante, resentido por su tardanza, lo reprendió con palabras sarcásticas. Jiulang dijo: «Originalmente no quería causarte desgracia, y por eso me distancié; pero ya que no logras comprender mis motivos, te ruego que luego no te arrepientas». Desde entonces, no hubo ni una sola noche en que no celebraran su unión. Cada tres días debía solicitar medicina sin falta. El médico Qi, extrañado por tal frecuencia, comentó: «Nadie ha necesitado jamás más de tres dosis de este remedio; ¿cómo es posible que aún no haya sanado?». Así pues, preparó tres dosis juntas y se las entregó. Luego, observando al estudiante, preguntó: «Vuestro semblante luce apagado; ¿estáis enfermo?». Respondió: «No». Al tomarle el pulso, el médico exclamó alarmado: «¡Tenéis pulso fantasmal! La enfermedad reside en el meridiano Shaoyin; si no os cuidáis con extremo celo, estaréis en grave peligro». Al regresar, el estudiante relayó estas palabras a Jiulang. Jiulang suspiró y dijo: «¡Verdaderamente es un médico excepcional! En realidad, soy un Espíritu Zorro, y hace tiempo temo que mi presencia no traiga fortuna a mi señor». El estudiante sospechó que mentía para engañarlo; ocultó la medicina y no se la dio toda, temiendo que, si sanaba, dejara de visitarlo. No mucho después, efectivamente cayó enfermo. Mandó llamar al médico Qi para que lo examinara, quien dictaminó: «Antes no dijisteis la verdad; ahora vuestra alma y vuestro qi vagan ya por tierras baldías. Ni siquiera Qin Huan podría salvaros». Jiulang acudía diariamente a cuidarlo y lamentaba: «¡Por no escuchar mis palabras, has llegado a este extremo!». Poco después, el estudiante falleció. Jiulang lloró amargamente y se marchó. Al principio, había en el distrito un Censor Imperial que, de juventud, había compartido tintero y pincel con el estudiante; a los diecisiete años, fue elevado a la Academia Hanlin. En aquel tiempo, el Príncipe de Qin era codicioso y tirano, y sobornaba a los funcionarios de la corte, sin que nadie osara alzar la voz. El honorable Censor presentó un memorial directo para acusar sus maldades, por lo que fue destituido por extralimitarse en sus funciones. El Príncipe ascendió a Gobernador Provincial de aquella demarcación y acechaba a diario las faltas del Censor. De juventud, el Censor había tenido fama de brillante, y en una ocasión había invitado al príncipe renegado Qingpan, por lo que había conseguido comprar las cartas que se habían intercambiado en el pasado, con las cuales amenazaba al Censor. Aterrorizado el Censor, se ahorcó. Su esposa también se colgó y murió. Al cabo de un día y una noche, el Censor de repente volvió en sí y dijo: —¿Cómo es que soy He Zixiao? —Al interrogarlo, todo lo que decía pertenecía a los asuntos de la familia He, por lo que comprendió que había tomado prestado un cuerpo para devolver el alma a la vida. Como retenerlo era imposible, huyó a su antigua residencia. El Gobernador sospechaba que era un ardid, decidido a destruirlo y tenderle una trampa, e hizo que alguien le exigiera mil taeles de oro. El Censor fingió aceptar, pero la angustia lo tenía al borde de la muerte. De repente, llegó el Nueve-Lang; felices, se pusieron a charlar, con una mezcla de tristeza y alegría. Enseguida quisieron volver a la intimidad. Nueve-Lang dijo: —¿Tienes acaso tres vidas? —El Censor respondió: —¿Para qué lamentar la fatiga de la vida? Más vale la paz de la muerte. —Nueve-Lang reflexionó con melancolía. Al poco rato dijo: —¿Acaso no has vuelto a la vida y reunido con los tuyos? Estás solo y sin pareja. La prima de la que hablé antes es inteligente, hermosa y llena de astucia, seguro que podrá compartir tus preocupaciones. —El Censor deseaba ver su rostro. Nueve-Lang dijo: —No es difícil. Mañana vendrá a buscar a su anciana madre, y este es el camino por el que pasará. Tú finge ser el hermano menor y yo el mayor; yo fingiré tener sed y pediré beber. Si dices "el burriquito se ha escapado", esa será la señal. —Habiendo trazado el plan, se separaron. Al mediodía del día siguiente, Nueve-Lang efectivamente pasó por delante de la puerta guiando a la doncella. El Censor cruzó las manos y le habló con parloteo incesante. Al echar una rápida mirada a la doncella, vio que sus cejas eran finas y hermosas, verdaderamente un hada celestial. Nueve-Lang pidió té, y el Censor los invitó a entrar a beber. Nueve-Lang dijo: —Tercera hermana, no te sorprendas; este es un jurado amigo de tu hermano, no importa descansar un poco. —La ayudó a desmontar, ató el asno a la puerta y entraron. El Censor se levantó por sí mismo a preparar el té como muestra de respeto. Luego, mirando a Nueve-Lang, dijo: —Lo que dijiste antes no era suficiente; ¡ahora he encontrado el lugar donde morir! —La mujer pareció comprender que sus palabras se referían a ella, se levantó de la estera y, con voz melodiosa, dijo: —¡Vayamos de aquí! —El Censor miró hacia afuera y exclamó: —¡El burriquito ha escapado! —Nueve-Lang salió a toda prisa con la velocidad del fuego, mientras el Censor abrazaba a la mujer para unirse a ella. El rostro de la mujer cambió a un tono morado, turbada como un prisionero encadenado; llamó a gritos al hermano Nueve, pero este no respondió. Ella dijo: —Usted ya tiene esposa, ¿por qué mancillar la decencia de una persona? —El Censor declaró por sí mismo que no tenía habitación ni esposa, a lo que la mujer replicó: —Si puedes jurar por las montañas y los ríos, y prometes que no seré abandonada como abanico en otoño, entonces obedeceré tus órdenes. —El Censor entonces hizo el juramiento bajo el sol brillante. La mujer ya no opuso resistencia. Terminado el acto, llegó Nueve-Lang. La mujer, con el rostro encendido de ira, lo reprendió. Nueve-Lang dijo: —Este es He Zixiao, un literato famoso de antaño y hoy Censor Imperial. Es el mejor amigo de tu hermano, una persona en quien se puede confiar. En cuanto se lo cuente a tu honorable tía, seguro que no me culpará. —Al caer la tarde, el Censor insistió en retenerlos y no los dejó marchar. La mujer temía que su tía se asustara y se indignara. Nueve-Lang se ofreció valientemente a encargarse de todo, montó en el asno y partió al instante. A los pocos días, pasó por allí una mujer acompañada por una criada, de unos cuarenta años; su expresión y talante se asemejaban con elegancia a los de la Tercera Niña. El Censor llamó a la mujer para que espiara y, efectivamente, era su madre. Al vislumbrar a su hija, preguntó extrañada: —¿Cómo es que estás aquí? —La mujer, avergonzada, no supo responder. El Censor los invitó a entrar, hizo reverencias y se lo contó todo. La madre rió y dijo: —El Nueve-Lang es un chiquillo, ¿cómo no me consultaste de nuevo? —La mujer entró por sí misma a la cocina, preparó comida para su madre y, tras comer, se marchó. Habiendo obtenido una bella compañera, el Censor estaba bastante complacido en su corazón; mas los pensamientos lúgubres le envolvían el alma, y siempre se mostraba ceñudo y con semblante de preocupación. Al preguntarle la mujer, el Censor le narró de principio a fin su historia. La mujer rió y dijo: —Este es un asunto que el hermano Nueve puede resolver por sí solo, ¿por qué se preocupa mi señor? —El Censor le preguntó el motivo. La mujer respondió: —He oído que al Gobernador le encantan los sonidos de la música y las canciones, y que tiene debilidad por los muchachos afeminados; estas son precisamente las especialidades del hermano Nueve. Si se le ofrece lo que le gusta, el resentimiento puede disiparse y la venganza también podrá cobrarse. —El Censor temía que Nueve-Lang no estuviera dispuesto. La mujer dijo: —Tan solo pídeselo con ruego. —Al día siguiente, al ver que Nueve-Lang llegaba, el Censor avanzó hacia él caminando de rodillas. Nueve-Lang, alarmado, dijo: —Amigos de dos vidas, uno solo debe entregarse por completo, y ni la cabeza ni los talones se atreve uno a escatimar. ¿Por qué de repente adoptas esta actitud ante mí? —El Censor le explicó detalladamente su plan. Nueve-Lang mostró un semblante renuente. La mujer dijo: —Tu concubina ha entregado su cuerpo al joven señor, ¿por quién fue en realidad? Si de repente muriera abandonada a mitad de camino, ¿dónde pondrías a tu concubina? —Nueve-Lang, sin más remedio, aceptó. El Censor confabuló en secreto, envió una carta al Censor Imperial Wang, con quien mantenía buena amistad, y le recomendó a Nueve-Lang. Wang comprendió su intención, organizó un gran banquete e invitó al Gobernador a beber. Ordenó que Nueve-Lang vistiera a la muchacha como una bailarina celestial de la magia, luciendo exactamente como una belleza sin par. El Gobernador quedó hechizado, y de inmediato le suplicó a Wang que le vendiera a Nueve-Lang por una gran suma de oro, temiendo tan solo no conseguirlo. Wang, con fingida lentitud, le puso dificultades. Tras una larga espera, finalmente presentó la propuesta del Censor. El Gobernador se alegró enormemente, y sus antiguos resentimientos se disiparon de golpe. Desde que obtuvo a Nueve-Lang, no se separaban ni en sus movimientos ni en su reposo; tenía más de diez concubinas, pero las trataba como a la tierra y al polvo. La comida y los enseres de Nueve-Lang eran como los de un rey, y las recompensas en oro ascendían a decenas de miles. Pasado medio año, el Gobernador enfermó. Nueve-Lang, sabiendo que este se encontraba cerca del camino del inframundo, transportó carros llenos de oro y telas, fingiendo regresar a la casa del Censor. Poco después, el Gobernador falleció. Nueve-Lang aportó los fondos para levantar una mansión, adquirir enseres, comprar criados y sirvientes; la madre, el hijo, la tía y él mismo se instalaron allí como una familia. Cuando Nueve-Lang salía, sus carruajes y corceles eran de lo más suntuoso, y nadie sabía que era un zorro. Tengo una «Sentencia burlesca» que dejo registrada a continuación: La convivencia entre hombre y mujer constituye el gran principio de los esposos; la intercomunicación entre sequedad y humedad es el orificio legítimo del Yin y el Yang. Anticiparse al viento y aguardar a la luna aún atrae la censura de quebrantar las normas; el corte de mangas y la partición de melocotones difícilmente evitan la fealdad de taparse la nariz. Si el hombre no fuera forzudo, ¿cómo se atrevería a abrirse paso por senderos de aves? Si la gruta no fuera el Melocotonar, ¿cómo se permitiría la pértiga del pescador entrar por error? Hoy, cierto individuo desciende por la corriente y olvida el retorno, abandonando el camino recto para no transitarlo. Antes de que las nubes y la lluvia se desencadenen, ya anda con manos inquietas de arriba abajo; el Yin y el Yang se invierten al revés y, para colmo, actúa como traidor tanto por dentro como por fuera. Convierte el estanque florido en un rincón inútil, pregonando erróneamente que un viejo monje entra en trance; la gruta bárbara resulta ser una tierra estéril, haciendo que de repente un general tuerto alce las armas. Ata al Liebre Roja a las puertas del campamento, cual si fuera a disparar a la balla; busca el gran arco en el arsenal imperial, con el firme deseo de derribar los portones. ¿O acaso es un esturión del estanque de Nei Huang que vino a indagar sobre un amigo íntimo la noche pasada? Claramente son las ciruelas rojas de la familia Wang, que reclaman la compensación de la estaca en la vida venidera. Si los corceles de hierro del Bosque Negro irrumpen de repente, uno naturalmente puede coexistir en paz; pero si las mareas de la prefectura de Huanglong llegan de improviso, ¿cómo se habrán de contener? Conviene cortar la raíz de su perforación y, al mismo tiempo, bloquear los caminos de ida y vuelta. La mujer de Jinling Cierto residente de Yishui apellidado Zhao regresaba a casa desde la ciudad cuando vio a una mujer vestida de blanco llorando al borde del camino, con gran desconsuelo. Al mirarla de soslayo, vio que era hermosa. Quedó prendado de ella y se quedó inmóvil, sin poder apartar la vista. La mujer, derramando lágrimas, dijo: —¡Ay, esposo mío, camina por la senda y no me mires! Zhao respondió: —Al ver que los campos estaban desiertos y que llorabas con tanta amargura, mi corazón se ha sentido verdaderamente conmovido. La mujer replicó: —Mi esposo ha muerto y no tengo a dónde ir; por eso es mi aflicción. Zhao la animó a buscar de nuevo un buen partido. La mujer dijo: —Estando este solitario cuerpo a la deriva, ¿cómo voy a poder elegir? Si encontrara a alguien en quien confiar, me conformaría con ser su concubina. Zhao, lleno de júbilo, se ofreció a sí mismo, y la mujer accedió. Como Zhao estaba lejos de su hogar, se dispuso a buscar una cabalgadura. La mujer dijo: —No hace falta. Y echó a andar primero, flotando ligera como un inmortal en carrera. Al llegar a la casa, se mostró sumamente diligente en las labores del pozo y el mortero. Tras transcurrir más de dos años, le dijo a Zhao: —Agradeciendo tu afecto constante y habiéndome humilde entregado a ti, sin darme cuenta han pasado ya tres años. Ahora debo marcharme. Zhao preguntó: —Dijiste antes que no tenías hogar, ¿a dónde vas ahora? Ella contestó: —En aquel entonces hablé por hablar. ¿Cómo no iba a tener hogar? Mi padre vende medicinas en Jinling. Si deseas volver a encontrarte conmigo, puedes llevar mercancía en carreta y te sufragaré los gastos de viaje. Zhao hizo los preparativos y le alquiló carruaje y caballos. La mujer se despidió, salió por la puerta y se marchó directa; al querer alcanzarla, ya no pudo, y en un abrir y cerrar de ojos se desvaneció por completo. Pasado mucho tiempo, sintiendo una profunda añoranza, compró medicamentos y se encaminó a Jinling. Dejó sus mercancías en una posada y preguntó por ella en los mercados y calles. De repente, un anciano en una botica lo vio y exclamó: —¡Ha llegado el yerno! Y lo hizo pasar al interior. La mujer se encontraba lavando ropa en el patio; al verlo, no dijo nada ni sonrió, y continuó lavando sin cesar. Zhao, sintiendo resentimiento, se marchó de inmediato. El anciano volvió a arrastrarlo hacia adentro. La mujer lo ignoró como al principio. El anciano mandó preparar un banquete y dispuso colmarlo de generosos obsequios, pero la mujer lo detuvo diciendo: —Su destino es escaso de fortuna y no podrá soportar tanto; es mejor mitigar un poco sus sufrimientos y entregarle además una docena de recetas médicas, con eso tendrá sustento para el resto de su vida. El anciano le preguntó por los medicamentos que traía, a lo que la mujer respondió: —Ya se han vendido; el dinero está aquí. El anciano sacó entonces las recetas, se las entregó y despidió a Zhao de regreso. Al poner a prueba las fórmulas, demostraron una eficacia milagrosa. En Yishui aún hay quienes conocen sus remedios. Usar un mortero de ajo para recoger agua de lluvia de los aleros de paja y lavar con ella las verrugas es una de esas recetas, de excelente efecto. El señor Tang El señor Tang, de nombre Ping, fue doctorado en el año *xinchou*. Enfermó de gravedad y agonizaba. Súbitamente sintió un calor en la parte inferior del cuerpo que ascendía de manera gradual: al llegar a los muslos, los pies perdieron la vida; al llegar al abdomen, los muslos también murieron; al llegar al corazón, la muerte del corazón resultó ser lo más difícil. Todos los asuntos, desde la infancia hasta los detalles más triviales olvidados hacía mucho, acudían al compás de los latidos de la sangre, desfilando uno por uno como una marea. Si se trataba de una buena acción, el corazón se sentía puro, tranquilo y apacible; si era una mala acción, surgían el remordimiento y la irritación, semejantes al aceite hirviendo en un caldero, en un estado de insoportable suplicio que la boca no lograba describir. Recordó incluso cuando tenía siete u ocho años y había sacado pichones de gorrión de su nido provocando su muerte; tan solo por este único asunto, la sangre hirviente del corazón brotó en oleadas, y tardó el tiempo que dura una comida en calmarse. Tan solo después de que todo lo hecho en vida hubo desfilado y cesado por completo, sintió un vapor cálido, a modo de hilos, que atravesaba la garganta y entraba en el cerebro, saliendo por la coronilla, elevándose como el vapor de una cocción. Tras transcurrir unas decenas de cuartos de hora, el alma se desprendió del cuerpo, olvidando la envoltura carnal. Y vagaba sin rumbo y sin destino, a la deriva entre los caminos de las afueras. Un gigante se le acercó, de varios *zhang* de alto, lo recogió y lo introdujo en su manga. Al entrar en la manga, se encontró con hombros amontonados y muslos presionados, pues había allí muchísima gente; la sofocación y la angustia eran casi insoportables. El señor Tang pensó de repente que solo Buda podía librar a uno de las calamidades, por lo que recitó el nombre de Buda. Apenas llevaba tres o cuatro invocaciones, cuando salió flotando fuera de la manga. El gigante volvió a meterlo. Tras tres entradas y tres caídas, el gigante finalmente se marchó. El señor Tang se quedó de pie a un lado, vacilante, sin saber hacia dónde era mejor ir. Recordando que Buda se encontraba en las Tierras de Occidente, emprendió el camino hacia el oeste. Al poco tiempo, vio a un monje sentado en postura de loto al borde del camino, ante quien se apresuró a postrarse para preguntar la ruta. El monje dijo: —Los registros de vida y muerte de todos los letrados están bajo la jurisdicción de Wenchang y el Santo 孔 [Confucio]; debes borrar tu nombre en ambos lugares para poder ir a otras partes. El señor Tang le preguntó por su morada; el monje le indicó el sendero y corrió hacia allí. Al poco tiempo, llegó al Templo del Sabio y vio a Confucio sentado mirando hacia el sur. Se postró y rezó como antes. El Sabio dijo: «La restitución de tu nombre en los registros aún depende del Emperador». Dicho esto, le indicó el camino. El señor avanzó apresuradamente hasta ver un palacio que parecía la morada de un rey. Al inclinarse para entrar, encontró efectivamente a un espíritu con la apariencia del Emperador tal como se describía en el mundo de los mortales. Se postró para rogarle. El Emperador revisó los registros y dijo: «Tu corazón es sincero y recto, por lo que mereces recuperar la vida. Sin embargo, tu bolsa de piel está podrida; nadie salvo el Bodhisattva podrá ayudarte». Tras ello, le dio instrucciones para que se apresurara a partir. El señor siguió sus indicaciones. De pronto, vio un frondoso bosque con esbeltos bambúes y magníficos salones. Al entrar, vio a una figura de solemne peinado en caracol, con un rostro dorado redondo como la luna llena; un jarrón sumergía ramas de sauce cuyo verde esmeralda exhalaba una neblina colgante. Con profunda reverencia, el señor hizo una reverencia con las manos unidas y relató las palabras del Emperador. El Bodhisattva expresó la dificultad del asunto. El señor le suplicó sin cesar. Un venerable ser a su lado le dijo: «Si el Bodhisattva ejerce su gran poder divino, un puñado de tierra puede convertirse en carne, y una rama quebrada en huesos». El Bodhisattva accedió de inmediato a la petición: rompió una rama de sauce con su mano, vertió el agua del jarrón y, mezclándola con tierra pura para formar lodo, la moldeó sobre el cuerpo del señor. Hizo que un joven sirviente lo acompañara de regreso al lugar de su alma y lo empujó para que se uniera a ella. En el ataúd se escuchó un gemido, y de repente la enfermedad sanó por completo. Su familia, aterrorizada, se congregó y lo ayudó a salir; al calcular el tiempo, su aliento se había extinguido por completo durante siete días. *** ### Yan Luohuo (El Rey Yama) El letrado Li Zhongzhi, de Laiwu, era de naturaleza recta y honrada, sin tolerar la adulación. Cada pocos días, de repente moría y quedaba rígido como un cadáver, reviviendo solo después de tres o cuatro días. Cuando alguien le preguntaba qué había visto, él lo guardaba en secreto y no revelaba nada. En aquella época, había un estudiante de apellido Zhang en el distrito, a quien también le ocurría que moría cada pocos días. Este le decía a la gente: «Li Zhongzhi es el rey Yama. Cuando yo voy al Inframundo, también pertenezco a su departamento». Incluso era capaz de recitar los dísticos colgados en las puertas de su palacio. Alguien le preguntó: «¿A qué asuntos fue Li ayer al Inframundo?». Zhang respondió: «No puedo describirlo todo detalladamente, pero estuvo interrogando a Cao Cao y lo castigó con veinte azotes». El Historiador de lo Extraño comenta: «Para el caso de Aman, debió de pasar ya por las manos de decenas de reyes Yama. El Camino de las Bestias, el monte de Espadas, todas las torturas están dispuestas. ¿Qué crímenes merece? No hace falta siquiera consultar los archivos para saberlo. ¿Por qué, entonces, tras varios milenios, el caso sigue sin resolverse? ¿Será acaso porque, al tratarse de un prisionero condenado a muerte, una ejecución rápida sería un alivio demasiado dulce, y por eso hacen que no pueda encontrar la muerte? ¡Qué extraño!». *** ### Lian Suo Yang Yuwei se mudó a orillas del río Si. Su estudio colindaba con una llanura desolada, y más allá del muro había muchas tumbas antiguas. Por las noches se escuchaba el susurro de los álamos blancos agitados por el viento, cuyo sonido rugía como las olas del mar. A altas horas de la noche, mientras sostenía una vela, volvía a sentirse abatido por la melancolía. De repente, alguien fuera del muro recitaba: > *«El viento gélido de la noche oscura sopla de pronto en sentido contrario,* > *las luciérnagas atraen al pasto y vuelven a rozar mis cortinas».* Repetía el verso una y otra vez con una voz sumamente lastimera. Al escucharla con atención, parecía delicada y melodiosa, como la de una mujer. Sintió intriga. Al día siguiente, al asomarse al otro lado del muro, no había rastro de nadie; solo una cinta de color púrpura había quedado atrapada entre los espinos. La recogió y se la llevó para colocarla sobre su ventana. Al caer la noche, cerca de la segunda vigilia, volvió a escuchar el canto de la noche anterior. Yang subió a un taburete para mirar a lo lejos, y el canto cesó de inmediato. Comprendió que se trataba de un fantasma, pero en su corazón comenzó a sentir una profunda atracción hacia ella. La noche siguiente, el joven Yang vigiló junto al muro. Habiéndose consumido casi la primera guardia, una mujer emergió con paso elegante y grácil de entre la hierba, apoyando una mano sobre un pequeño árbol y recitando un triste lamento con voz baja. Yang tosió levemente, y la mujer de pronto se adentró en la hierba silvestre y desapareció. A partir de entonces, Yang aguardaba bajo los muros, y cuando escuchó que terminaba su recitación, continuó los versos desde el otro lado del cerco: «¿A quién le importan los sentimientos profundos y las amargas penas? Con las mangas de jade frías y solitarias, cuando la luna asciende». Tras un largo rato, todo quedó en silencio. Yang regresó entonces a su habitación. Apenas se había sentado, cuando vio súbitamente que una mujer de gran belleza llegaba desde el exterior, se alisaba las ropas con recato y decía: —El apuesto caballero es en verdad un hombre de refinado gusto literario; no obstante, esta humilde concubina es de naturaleza temerosa y esquiva. Yang, encantado, la invitó a sentarse. Su esbelta figura parecía frágil y estremecida por el frío, como si apenas pudiera soportar el peso de sus ropas. Él le preguntó: —¿De qué región o lugar sois, y desde cuándo residís errante en este paraje? Ella respondió: —Esta concubina es natural de Longxi, y llegó a estos lugares errante junto a su difunto padre. A la edad de die77 y siete años, una enfermedad repentina segó mi vida, y ya han transcurrido más de veinte años desde entonces. En los yermos desolados de los Nueve Manantiales, mi soledad ha sido tan grande como la de un pato silvestre. Los versos que recitaba fueron compuestos por mí misma, para dar desahogo a mis pesares ocultos. Mis pensamientos, inconexos durante tanto tiempo, han hallado eco gracias a vuestra merced, quien se dignó continuarlos; me siento dichosa aun en el lecho de la tierra. Yang deseaba unirse a ella en íntimo abrazo. La mujer frunció el ceño con inquietud y dijo: —Los huesos podridos de la noche bajo la tumba no se comparan con los seres vivientes; si tuviéramos uniones furtivas, esto acortaría los años de vida del caballero. No puedo soportar la idea de acarrear una desgracia sobre usted. Yang entonces se detuvo. Al tantearla juguetonamente con la mano en el pecho, advirtió que la firmeza de su carne era la de una doncella. Quiso también contemplar los pequeños ganchos dorados bajo su falda. La mujer bajó la cabeza y sonrió, diciendo: —¡Qué terco y enredoso es este erudito descarriado! Cuando Yang los examinó con deleite, descubrió que uno de los pies llevaba una media de brocado al color de la luz lunar, sujeta por un solo hilo de seda multicolor. Al mirar el otro, vio que estaba atado con una cinta púrpura. Él preguntó: —¿Por qué no lleváis ambas atadas de la misma manera? —Anoche, por temor a vuestra merced, huí apresuradamente sin percatarme de dónde cayeron. Yang dijo: —Permitidme buscaros un reemplazo. Inmediatamente tomó una del alféizar de la ventana y se la entregó a la mujer. Ella, sorprendida, le preguntó de dónde la había sacado, por lo que él le reveló la verdad. Entonces, la mujer tomó el hilo para sujetar su cinta. Al hojear los libros sobre el escritorio, vio de repente los *Cantos del Palacio de Lianchang*, y exclamó con emoción: —¡Cuando estaba en vida, era mi lectura predilecta! ¡Ahora, al verlos, es casi como si estuviera en un sueño! Conversaron sobre poesía y literatura, mostrando ella una agudeza e inteligencia encantadoras. Al cortar la mecha de la vela junto a la ventana del oeste, parecía haber hallado a una amiga entrañable. Desde entonces, cada noche, tan pronto como se escuchaba su recitación susurrada, ella aparecía al poco tiempo. Siempre le advertía: —Os ruego que guardéis esto en secreto. Soy de corta edad y tímida, y temo que algún huésped mal intencionado venga a hostigarme. Yang se lo prometió. Ambos compartieron un afecto tan profundo como el agua y los peces; aunque no llegaron a consumar la transgresión suprema, en la intimidad de aquellas habitaciones privadas existía una complicidad que superaba con creces la de los esposos que dibujan las cejas de sus amadas. Cada noche, bajo la luz de la lámpara, la mujer copiaba textos para Yang, con una caligrafía de trazos elegantes y graciosos. Asimismo, seleccionó un centenar de cantos palaciegos, los transcribió y los memorizó. Hizo que Yang dispusiera un tablero de go y adquiriera una pipa. Todas las noches le enseñaba a jugar o le hacía puntear las cuerdas. Ella interpretaba la melodía *Lluvia dispersa en la ventana de plátano*, cuya tristeza traspasaba el pecho; y cuando Yang no soportaba seguir escuchándola, interpretaba el tono *Canto de oropéndolas en el huerto al amanecer*, que de inmediato llenaba el corazón de sosiego y bienestar. Jugaban y bromeaban a la luz de las lámparas, disfrutando tanto del deleite que olvidaban la llegada del alba. Al advertir el primer fulgor del alba sobre la ventana, ella huía apresuradamente. Cierta vez, el erudito Xue vino de visita y dio la casualidad de que Yang estaba durmiendo de día. Al inspeccionar la habitación, vio la pipa y el tablero de go, por lo que supo que aquello no era del agrado habitual de su amigo. Al hojear los libros, encontró los cantos palaciegos y vio que la caligrafía era exquisita, lo cual acrecentó sus sospechas. Cuando Yang despertó, Xue le preguntó: —¿De dónde habéis sacado estos juguetes? Yang respondió: —Deseo aprender a usarlos. Xue preguntó también por los rollos de poesía, a lo que Yang replicó fingiendo que se los habían prestado unos amigos. Xue los examinó una y otra vez hasta que, en la última hoja, vio una línea de escritura menuda que rezaba: «Escrito por Lianxuo en tal día del mes». Y riendo, dijo: —¡Este es el nombre de pila de una doncella! ¿Cómo os atrevéis a engañarme de esta manera? Yang se sintió sumamente avergonzado y falto de palabras. Xue le interrogó con mayor insistencia, pero Yang se negó a revelárselo. Xue le arrebató los escritos y se los llevó, lo que aumentó la congoja de Yang, quien al fin se vio obligado a contárselo todo. Xue le suplicó que se la presentara para verla al menos una vez. Yang, sintiéndose acorralado, le hizo una promesa. A la medianoche, la mujer hizo su arribo, y Yang le transmitió el ruego de su amigo. Ella montó en cólera y exclamó: —¿Qué clase de palabras habéis andado divulgando? ¡Cómo os atrevéis a hablar de mí con ligereza ante los demás! Yang se defendió confesando la absoluta verdad de los hechos. La mujer sentenció: —¡Nuestro destino juntos ha llegado a su fin! Aunque Yang la consoló e imploró de mil maneras, ella jamás recuperó la alegría; se puso de pie para marcharse y dijo: —Me apartaré temporalmente de este lugar. Al día siguiente, cuando Xue acudió, Yang le transmitió la negativa de ella. Xue, sospechando que eran meras evasivas, regresó al anochecer en compañía de otros dos amigos de la ventana; se quedaron sin intención de irse, resueltos a importunarlos. Hicieron alboroto ruidosamente durante toda la noche, ganándose las miradas de desprecio de Yang, sin que este pudiera hacer nada. Al notar los presentes que durante varias noches reinaba un silencio absoluto, comenzaron a abrigar la intención de marcharse, y el bullicio fue menguándose poco a poco. De pronto, se escuchó un canto. Al prestar atención conjunta, este sonaba tan desolador y lastimero que parecía desgarrar el alma. Justo cuando Xue inclinaba el oído con profunda devoción, uno de los estudiantes de artes marciales, de apellido Wang, alzó una piedra colosal y la arrojó hacia el exterior, gritando a voz en cuello: —¡Si tanto finges no querer ver a los visitantes, de dónde sacas tan bellos versos! ¡Tanto sollozo lastimero no hace más que hastiar el espíritu de la gente! El canto cesó de golpe. Todos se mostraron muy contrariados con él. La ira y el resentimiento de Yang se reflejaron en sus palabras y en su semblante. Al día siguiente, los visitantes terminaron por retirarse juntos. Yang se quedó solo en su vacía habitación, esperando que la mujer regresara, pero no había rastro ni sombra de ella. Tras transcurrir dos días, la mujer apareció de improviso y, entre lágrimas, dijo: —¡Habéis traído a esos malvados huéspedes y casi me matan del susto! Yang no hallaba cómo disculparse lo suficiente. La mujer se apresuró a salir, diciendo: —Bien dije que nuestro destino se había agotado; ¡esta es nuestra despedida definitiva! Cuando él intentó retenerla, ella ya se había desvanecido en la nada. A partir de entonces, pasó más de un mes sin que volviera a presentarse. Yang la recordaba con tanta intensidad que su cuerpo se consumió hasta quedar en huesos, sin que hubiera forma alguna de hacerla regresar. Una tarde, mientras bebía a solas, de repente la mujer levantó la cortina y entró. Yang, inmensamente feliz, dijo: —¿Has decidido perdonarme? La mujer dejó caer lágrimas sobre su pecho, guardando silencio sin decir una palabra. Él le preguntó con urgencia; ella amagaba con hablar pero se detenía, y dijo: —Habiéndome marchado enojada y acudiendo ahora a pedir ayuda por urgencia, es inevitable sentir vergüenza. Yang le preguntó e insistió repetidas veces, por lo que ella dijo: —No sé de dónde ha venido un esclavo abyecto y mezquino que me obliga a ser su concubina secundaria. Pensando en mi linaje de familia pura y casta, ¿cómo podría doblegarme ante el fantasma de un cochero? Sin embargo, siendo una brizna de débil fragilidad, ¿cómo habría de resistirme? Si mi señor me cuenta entre los números de su arpa y su laúd, sin duda no permitirá que yo disponga de mi propia vida. Yang se enfureció enormemente, deseando con furia darle muerte; pero temía que los humanos y los fantasmas caminaran por caminos distintos y no pudiera hacer nada al respecto. La mujer dijo: —Duerme temprano la próxima noche, te invitaré a entrar en mi sueño. Tras esto, volvieron a conversar largamente, sentados hasta que aclaró el alba. Al marcharse, la mujer le indicó que durmiera de día, dejándolo preparado para la cita nocturna. Yang lo prometió. Por la tarde, habiendo bebido ligeramente, se subió al lecho bajo los efectos del vino, y se tumbó cubriéndose con las ropas. De pronto vio venir a la mujer, quien le entregó un sable de colgadura y lo guio de la mano. Al llegar a un patio, apenas cerraban la puerta para conversar, escucharon que alguien golpeaba la puerta con una piedra. La mujer, asustada, dijo: —¡Ha llegado mi enemigo! Yang abrió la puerta y salió de repente, viendo a un hombre con gorro rojo y ropajes verdes, con pelos desaliñados alrededor de la boca. Lo regañó con furia. El esclavo lo miró de soslayo con enemistad, profiriendo palabras feroces y groseras. Yang se enfureció enormemente y corrió hacia él. El esclavo tomó una piedra para arrojársela, precipitadamente como lluvia intensa, la cual golpeó la muñeca de Yang, impidiéndole empuñar el arma. Justo en aquel momento de extrema urgencia, vio a lo lejos a un hombre con flechas a la cintura y arcos de caza. Al examinarlo de cerca, resultó ser el erudito Wang. Yang gritó con fuerza pidiendo rescate. El erudito Wang tensó su arco y llegó velozmente, disparándole y acertándole en el muslo; disparó una vez más y lo mató. Yang, feliz, le dio las gracias. Wang preguntó la causa y se la contó por completo. Wang, alegrándose de que su culpa anterior pudiera ser redimida, entró junto con él a la habitación de la mujer. La mujer, temblorosa y encogida, se apartó a lo lejos sin pronunciar una sola palabra. Sobre la mesa había un cuchillo pequeño, de apenas poco más de un pie de largo, pero adornado con oro y jade; al sacarlo de su estuche, su brillo reflejaba la luz como un espejo. Wang lo alabó y suspiró sin poder soltarlo. Tras conversar brevemente con Yang, al ver que la mujer sentía vergüenza y temor y daba lástima, salió y se despidió. Yang también regresó por su cuenta, cayendo al otro lado del muro, con lo cual despertó sobresaltado y escuchó que los gallos de la aldea ya cantaban desordenadamente. Sentía un dolor intensísimo en la muñeca; al amanecer y mirarla, la piel y la carne estaban rojas e hinchadas. Poco después, el erudito Wang vino y de inmediato le habló sobre lo extraordinario de su sueño nocturno. Yang dijo: —¿No soñaste que me disparabas? Wang se extrañó de que lo supiera de antemano. Yang extendió su brazo para mostrárselo y le contó la causa. Al recordar el aspecto que tenía en el sueño, Wang lamentó no haberla visto de verdad; considerándose afortunado por haberle prestado un servicio a la mujer, pidió de nuevo que lo presentaran. Por la noche, la mujer vino a expresar su agradecimiento. Yang le atribuyó el mérito al erudito Wang, expresándole con sinceridad su gratitud. La mujer dijo: —La ayuda de venir en mi auxilio es un favor cuya justicia no me atrevo a olvidar. Sin embargo, él es tan brioso y varonil que en verdad le temo. Luego añadió: —A él le encantó mi sable de colgadura. Ese sable fue comprado por mi difunto padre con cien taeles de oro cuando fue enviado en misión oficial a Yuezhong. A mí me encantaba y lo poseía, entrelazado con hilos de oro e incrustado con perlas brillantes. Mi difunto padre, compadeciéndose de mi prematura muerte, lo utilizó como ajuar funerario. Ahora deseo renunciar a él y regalárselo; ver el sable será como verme a mí. Al día siguiente, Yang le hizo saber esta intención. El erudito Wang se alegró enormemente. Al llegar la noche, la mujer efectivamente trajo el sable y dijo: —Dile que lo atesore y lo cuide; esto no es un objeto de las Tierras Centrales. A partir de entonces, sus idas y venidas continuaron como al principio. Pasados varios meses, de repente una noche, bajo la luz de la lámpara, sonrió dirigiéndose a Yang, como si tuviera algo que decir, ruborizándose y deteniéndose hasta en tres ocasiones. El erudito la abrazó y le preguntó. Ella respondió: —Habiendo gozado por tanto tiempo de su favor y afecto, esta concubina ha recibido el aliento de los seres vivos y consume diariamente el humo del fuego humano, por lo que mis blancos huesos de pronto han recobrado la energía vital. No obstante, necesito la esencia y la sangre de un ser vivo para poder resucitar por completo. Yang rió y dijo: —Si tú misma no te niegas, ¿cómo iba yo a escatimarlo deliberadamente? La mujer dijo: —Tras la unión carnal, mi señor sufrirá sin duda una gran enfermedad durante varios días, pero podrá curarse con medicina. Y así hizo el amor con ella. Una vez que se vistió y se puso en pie, dijo además: —Aún necesito una gota de sangre viva; ¿podrás soportar el dolor por amor a mí? Yang tomó una hoja afilada, se hirió el brazo y brotó sangre; la mujer se acostó sobre el lecho y dejó caer unas gotas en su ombligo. Luego se levantó y dijo: —Esta concubina ya no volverá. Mi señor, recuerde el plazo de cien días: cuando vea ante mi sepultura a un pájaro azur cantando en la copa del árbol, cave y abra la tumba sin demora. Yang aceptó escrupulosamente las instrucciones. Al salir por la puerta, volvió a advertirle: —¡Guarde esto firmemente en la memoria y no lo olvide, ni la tardanza ni la prisa son convenientes! Y con eso se marchó. Pasados más de diez días, Yang enfermó tal como se había predicho, con el vientre hinchado a punto de morir. Los médicos le administraron medicinas y expulsó sustancias impuras parecidas al barro; al cabo de un ciclo de doce días sanó. Calculando que se cumplían los cien días, hizo que sus sirvientes cargaran azadones y aguardaran. Al atardecer, efectivamente vio a un par de pájaros azur cantando a dúo. Yang dijo feliz: —Ya se puede. Entonces cortó la maleza y abrió el túmulo. Vio que la madera del ataúd ya se había podrido, pero el rostro de la mujer era como el de una persona viva. Al tocarla, estaba ligeramente tibia. Cubriéndola con ropas, la llevaron de regreso cargándola y la colocaron en un lugar cálido; su respiración era un soplo muy leve, más tenue que un hilo de seda. Gradualmente le hicieron tomar caldos y tisanas, y a medianoche revivió. Siempre solía decirle a Yang: —Veinte y tantos años han sido como un solo sueño. —*El taoísta Shan* El Joven Han era de una familia distinguida de la comarca. Había un taoísta de apellido Shan que era experto en trucos de magia y juegos de manos. El Joven Han se encariñó de sus artes y lo convirtió en su invitado de honor. Cada vez que Shan se sentaba o caminaba con la gente, de pronto desaparecía por completo. El Joven Han deseaba que le transmitiera su arte, pero Shan se negaba. El Joven Han le suplicó con insistencia. Shan dijo: —No es que mezquine mi arte, sino que temo arruinar mi Dao. Si se lo transmito a un hombre honorable, está bien; de lo contrario, habrá quienes se valgan de esto para cometer hurtos. Aunque usted, joven, no tiene tales preocupaciones, si acaso saliera a la calle y, al ver a una hermosa doncella que le agrade, se volviera invisible para colarse en los aposentos privados ajenos, esto sería socorrer al mal y propagar la lujuria. No me atrevo a complacer su petición. El Joven Han no pudo obligarlo, pero se enojó en su interior y conspiró en secreto con los sirvientes para azotarlo y humillarlo. Temiendo que escapara y se ocultara, hizo esparcir ceniza fina sobre el patio de trigo, pensando: *Aunque las artes heterodoxas puedan volverse invisibles, los lugares donde pisen dejarán necesariamente huellas; uno podrá atacarlo con fiereza siguiendo las marcas de sus pisadas*. Con esto, atrajo a Shan bajo un pretexto y ordenó a los hombres que sostuvieran látigos de buey para azotarlo allí mismo. Shan desapareció de repente y, efectivamente, sobre la ceniza había huellas de zapatos; los sirvientes golpearon a diestra y siniestra, pero en un instante ya no sabían dónde estaba. Cuando el Joven Han regresó a casa, Shan también había llegado. Se dirigió a los sirvientes y dijo: —¡Ya no puedo seguir residiendo aquí! Les agradezco los servicios prestados; ahora que nos separamos, debo tener algo con qué retribuirles. De su manga sacó una jarra llena de excelente vino, y luego extrajo un cuenco con manjares, colocándolos sobre la mesa. Una vez que terminó de ponerlos, volvió a meter la mano; en total, extrajo más de diez veces hasta que la mesa quedó completamente llena. Acto seguido, invitó a todos a beber hasta quedar borrachos, tras lo cual volvió a meterlo todo, uno por uno, dentro de sus mangas. Al enterarse el Joven Han de esta prodigiosidad, le pidió que hiciera otro número de magia. Shan dibujó una ciudad en la pared y, empujándola con la mano, la puerta de la ciudad se abrió de par en par. Acto seguido, arrojó dentro de la puerta todas sus maletas, ropas y cofres, para luego despedirse con una reverencia y decir: —¡Me voy! Dio un salto y se metió en la ciudad; la puerta se cerró al instante y el taoísta se desvaneció por completo. Más tarde se supo que andaba por los mercados de la ciudad de Qingzhou, enseñando a los niños a dibujar círculos de tinta en las palmas de sus manos y arrojándolos burlonamente a la gente; sin importar dónde los arrojaran, ya fuera en el rostro o en las vestiduras, el círculo se desprendía y quedaba impreso en ellas. También se oyó que era hábil en las artes de los alcobas, capaz de hacer que su parte baja absorbiera vino de sorgo hasta vaciar un recipiente entero. El Joven Han intentó ponerlo a prueba en persona. *** ### Bai Yuyu Wu Qing'an, de nombre de cortesía Qing'an, era conocido desde su juventud. El Gran Historiador Ge vio sus ensayos y siempre los alababa con admiración. Pidió a un conocido mutuo que lo invitara a su casa para escuchar su conversación y apreciar su porte, exclamando: —¿Cómo puede haber alguien con el talento del estudiante Wu y que, al mismo tiempo, sufra una prolongada pobreza? Por lo tanto, hizo que un vecino afín se lo propusiera con estas palabras: —Si Qing'an se esfuerza por alcanzar las nubes, sin duda le entregaré a mi hija para que le sirva con el peine y el tocado. En aquel entonces, el Gran Historiador tenía una hija de belleza sin igual. Al enterarse, el estudiante se llenó de alegría y depositó en ello una fe absoluta. Poco después, fue reprobado en los exámenes provinciales de otoño. Mandó a decir al Gran Historiador: —La riqueza y la nobleza son cosas intrínsecas; lo único que no se puede saber es si llegarán tarde o temprano. Le ruego que me espere tres años; si no lo logro, entonces podrá casarla con otro. A partir de entonces, dedicó su voluntad al estudio con aún mayor ahínco. Una noche, bajo la luz clara de la luna, un letrado se presentó a visitarlo; era de tez blanca, con una barba rala y corta, cintura fina y garras largas. Al interrogarlo sobre el motivo de su visita, este respondió: —Soy de apellido Bai y mi nombre de cortesía es Yuyu. Tras conversar un poco de manera informal, sus palabras despejaron el pecho y ensancharon el corazón del estudiante, quien quedó encantado con él y lo convidó a alojarse y pasar la noche juntos. Al aclarar el día, el visitante quiso marcharse, pero el estudiante le rogó que, en su camino, pasara a visitarlo con frecuencia. Bai, conmovido por su sincera amabilidad, expresó su deseo de alquilar una habitación allí mismo y, tras fijar una fecha para reunirse, se despidió. Llegado el día señalado, un criado adelantado trajo los utensilios de cocina. Al poco rato llegó Bai, montado en un corcel veloz como un dragón. El estudiante lo alojó en otra dependencia. Bai ordenó a su sirviente que se llevara el caballo. De este modo, comenzaron a convivir día y noche, sintiéndose sumamente felices y en perfecta armonía. El estudiante examinó los libros que su huésped leía y vio que no eran los habituales que uno suele ver u oír, y tampoco contenían en absoluto los ensayos estereotipados para los exámenes imperiales. Extrañado, le preguntó al respecto. Bai sonrió y dijo: —Cada erudito tiene sus propias aspiraciones; este servidor no es un hombre de honores mundanos. Por las noches, solía invitar al estudiante a beber y sacaba un rollo que le entregaba; todos trataban sobre las artes de la respiración y la absorción de energía, pero como el estudiante no comprendía la mayor parte, los dejó de lado por considerarlos impracticables y lentos. Otro día, le dijo al estudiante: —Lo que le enseñé antes es el Dao esencial del *Huangting* y la escala de los Inmortales. El estudiante sonrió y replicó: —Lo que a mí me urge no está en eso. Además, los que buscan la inmortalidad deben cortar todo lazo de afecto y lograr que diez mil pensamientos queden en absoluta quietud; esta dolencia mía aún no me lo permite. Bai preguntó: —¿Por qué razón? El estudiante respondió que su preocupación era la descendencia y la continuación de su linaje familiar. Bai preguntó: —¿Por qué no te has casado desde hace tanto tiempo? El estudiante sonrió y dijo: —«Este humilde servidor padece una dolencia: a este humilde servidor le agradan las mujeres hermosas». Bai también sonrió y replicó: —«Que Su Majestad decida no encariñarse con pequeñas bellezas». ¿Qué clase de agrado es el suyo? El estudiante le confió todo con franqueza. Bai dudó de que fuera verdaderamente hermosa. El estudiante dijo: —Esto es algo que todos conocen a lo largo y ancho, no es que los ojos de este pequeño estudiante sean vulgares. Bai esbozó una leve sonrisa y dio por terminada la charla. Al día siguiente, de improviso, apresuró sus preparativos y anunció su partida. El estudiante le habló con tristeza, charlando sin parar y sin poder contenerse. Bai ordenó entonces a su sirviente que cargara el equipaje y se adelantase. Ambos se mostraban reacios a la separación y llenos de apego mutuo. De repente, vieron una cigarra verde que cantaba al caer sobre el escritorio. Bai se despidió con estas palabras: —El carruaje ya está listo, así que me despido de usted aquí mismo. Si me extraña, sacuda mi lecho y acuéstese en él. Cuando el estudiante iba a hacerle otra pregunta, en un abrir y cerrar de ojos, Bai se volvió tan pequeño como un dedo, montó con ligereza sobre el lomo de la cigarra y, emitientes un chirrido, voló y se desvaneció en medio de las nubes. Solo entonces comprendió el estudiante que no era un hombre común. Quedó atónito durante un largo rato, sintiéndose melancólico y desorientado, como si hubiera perdido el alma. Pasados unos días, de repente se juntó una llovizna, y el anhelo por Bai era sumamente intenso. Al mirar el lecho donde yacía, vio huellas de ratones hechas pedazos; con un suspiro de desconsuelo, lo barrió y limpió, tendió su estera y se acostó. Sin previo aviso, vio venir al criado de la casa de Bai para invitarlo, por lo que le siguió con alegría. Al poco rato, apareció un fénix de paulownia que volaba y se posaba allí; el criado lo agarró y le dijo al Erudito: «Los senderos oscuros son difíciles de transitar; puedes montar en esto como medio de transporte». El Erudito dudó de que su diminuto tamaño pudiera soportarlo. El criado dijo: «Prueba a montarlo». El Erudito hizo lo que le pedía, y el espacio era holgado y le sobraba de sobra; el criado también se aferró a su cola. Con un estruendoso grito, ascendieron raudos hacia la bóveda celeste. Al poco rato, vio una puerta de portón bermellón. El criado descendió primero y ayudó al Erudito a bajar también. El Erudito preguntó: «¿Qué lugar es este?». Aquel respondió: «Esta es la Puerta del Cielo». A un lado de la puerta había un gigantesco tigre agazapado y postrado. El Erudito se aterrorizó, pero el criado lo cubrió con su propio cuerpo. Vio que los paisajes por todas partes diferían por completo de los del mundo secular. El criado lo guio hacia el Palacio de Guanghan; el interior tenía escalones hechos de cristal, y los transeúntes se reflejaban como en un espejo. Dos grandes árboles de osmanto, que abarcaban el cielo, requerían de varios brazos para ser rodeados; la fragancia floral seguía al viento, y su aroma no conocía interrupción. Los pabellones y estancias tenían ventanas rojas, y de vez en cuando salían y entraban bellezas de rostros primores y huesos refinados, cuyas semejanzas no existían en el mundo por amplias que fueran las eras. El criado dijo: «Las bellezas del Palacio de la Reina Madre son aún más excelsas». Sin embargo, temiendo que el amo aguardara desde hacía tiempo, no se demoró en devaneos y lo guio a apresurarse hacia la salida. Transcurrido un momento, vio al joven Bai aguardando a la puerta. Estrecharon las manos y entraron; vieron que fuera de los aleros el agua clara y la arena blanca fluían y desbordaban en un chorro constante; las balaustradas esculpidas de jade hacían dudar a uno de encontrarse en el Palacio de Osmanto. Apenas se hubo sentado, cuando llegaron ocho o dieciséis doncellas hechizantes para ofrecer té perfumado. Al poco rato, ordenó servir vino. Había cuatro bellezas que, recogiendo las faldas y haciendo sonar sus placas de jade, cumplían con sus deberes a izquierda y derecha. Apenas sintió un leve picor en la espalda, cuando las delicadas puntas de los dedos y las largas uñas de una de las bellezas se deslizaron por sus ropas para rascarle en su lugar. El Erudito sintió que su mente y su espíritu se estremecían, sin hallar dónde reposar la calma. Luego de embriagarse levemente, comenzó a perder la compostura; miró sonriente a las bellezas y se puso a charlar con ellas de manera juguetona. Las hermosas mujeres sonreían y lo evadían. Bai ordenó interpretar melodías para acompañar las copas de vino. Una mujer vestida con gasa de color escarlata tendió la copa hacia el huésped y, acto seguido, entonó un canto claro y grácil frente al banquete. Entre las diversas bellezas que tocaban instrumentos de bambú y flautas, había además una mujer de vestiduras púrpuras que, junto con otra vestida de suave gasa blanca tenuísima, reían disimuladamente a escondidas en la penumbra, cediéndose el paso mutuamente y negándose a avanzar. Bai ordenó que una sirviera el vino y la otra cantara. La mujer de púrpura se acercó entonces para sostener la copa. El Erudito fingió recibir la copa y le acarició juguetonamente la delicada muñeca. La mujer rió y perdió el equilibrio; la copa de vino se inclinó y cayó. Bai la reprendió severamente. La mujer recogió la copa conteniendo una sonrisa y, bajando la cabeza, murmuró en voz baja: «Tan fría como el aroma de las manos de un fantasma, y aun así se empeña en venir a atraparme el brazo». Bai soltó una gran carcajada y la castigó obligándola a cantar y bailar por sí misma. Una vez concluida la danza, la que vestía de blanco tenue arrojó de nuevo una copa al aire. El Erudito se excusó diciendo que no podía apurar la copa; al sostener el vino mostraba un semblante de vergüenza, por lo que tuvo que beberlo a la fuerza. Al examinar detenidamente a las cuatro mujeres, observó que sus elegancias eran flotantes y danzarinas, y no había ni una sola que no fuera de una belleza sin igual. De repente le dijo al dueño de casa: «Las bellezas supremas en el mundo humano son tales que, si este humilde servidor procura una sola, se le hace difícil; tú, que congregas a toda esta floración, ¿puedes hacer que este que habla desfallezca de éxtasis por completo?». Bai sonrió y dijo: «Vuestra Merced ya posee en su interior a su propia belleza, ¿cómo podría esto bastar para atraer la mirada de sus ojos perspicaces?». El Erudito respondió: «Ahora sé que lo que he visto no era lo suficientemente amplio». Entonces Bai mandó a llamar a todas las doncellas para que él mismo eligiera. El Erudito, desconcertado, fue incapaz de decidirse. Como la mujer de púrpura tenía la afición de tomarlo del brazo, Bai hizo que llevara su hatillo de ropas de cama para servir al huésped. Al poco rato, el amor de las colchas y las almohadas llegó al extremo de la intimidad y el enredo. El Erudito le exigió una prenda de recuerdo, y la mujer se desquitó el brazalete de oro de la muñeca para entregárselo. De repente entró el criado y dijo: «Los caminos de los inmortales y de los mortales son distintos; debéis partir de inmediato». El rugido de un tigre estalló de improviso, y el Erudito, aterrorizado, huyó despavorido. Al mirar hacia abajo no vio fondo, y sus pies ya corrían hacia el abismo en caída libre. Con una sacudida de espanto despertó, y el sol de la mañana ya enrojecía. Cuando se disponía a sacudir sus ropas, había un objeto untuoso y terso adherido entre las sábanas; al mirarlo, era el brazalete. Su corazón se llenó de un asombro aún mayor. A partir de entonces, sus pensamientos mundanos se redujeron a cenizas frías; cada vez deseaba emprender errancias con el Inmortal Chisongzi, pero aún le preocupaba la continuación de su descendencia. Pasados más de diez meses, mientras dormía plácidamente a la luz del día, soñó que la concubina de vestiduras púrpuras llegaba desde el exterior, llevando envuelto en su regazo a un bebé: «Este es tu hijo de tu propia sangre y carne. Es difícil retener esta criatura en los cielos, así que respetuosamente vengo a traérselo a usted». Acto seguido, lo recostó sobre la cama, estiró las sábanas para cubrirlo y, con prisa apresurada, quiso marchar en el acto. El Erudito se esforzó por unirse a ella en la dicha amorosa. Ella entonces dijo: «La primera vez fue para unir las copas de bodas; esta vez es para la despedida eterna. Los cónyuges de cien años se agotan por completo en esto. Si usted acaso abrigare ambiciones, tal vez haya un día en que volvamos a vernos». Al despertar el Erudito, vio al infante acostado entre las sábanas y se lo comunicó a su madre envuelto en sus pañales. Su madre se alegró enormemente y contrató a una nodriza para que lo amamantase, dándole el nombre de Mengxian (Inmortal de los Sueños). A raíz de esto, el Erudito envió un mensaje al Historiador Oficial informándole de que su persona estaba a punto de retirarse al aislamiento, pidiéndole que eligiera otra doncella idónea para casarse. El Historiador se negó. El Erudito persistió en formular su negativa. El Historiador se lo comunicó a su hija, y ella dijo: «Lejos o cerca, no hay quien no sepa que la mano de esta joven ha sido prometida a Lang Wu. Cambiarlo ahora equivaldría a servir a dos Cielos». Y con este propósito se lo hizo saber al Erudito. El Erudito respondió: «No solo carezco de ambiciones para la gloria y los honores mundanos, sino que también he cortado todo afecto por los placeres conyugales. La única razón por la que no me interno de inmediato en las montañas es simplemente porque tengo a mi anciana madre con vida». El Historiador volvió a deliberar con ella. La doncella replicó: «Lang Wu es pobre, pero yo me conformo con comer hierbas silvestres junto a él; Lang Wu se marcha, pero yo serviré a sus honorables suegros: con certeza no me iré a otro lado». Habiendo enviado a mensajeros tres o cuatro veces sin lograr una resolución definitiva, se fijó finalmente un día propicio para preparar carruajes, caballos, ajuar y arcones de dote, y así ser entregada en matrimonio a la casa del Erudito como su legítima esposa. El Erudito, conmovido por su virtud, le prodigó un amor y un respeto máximos. La joven sirvió a su suegra con extrema piedad filial, plegándose a sus voluntades y complaciéndola con tal esmero que superaba a las hijas de las familias humildes. Transcurridos dos años, la madre falleció; la joven empeñó su ajuar de dote y sus enseres para organizar los funerales, cumpliendo con todos los ritos sin omitir ninguno. El Erudito dijo: «¡Habiendo obtenido a una esposa como tú, de qué he de preocuparme! Tan solo considero que una persona que alcanza el Dao asciende a los cielos llevándose consigo a toda su familia». «Me voy lejos; te encomiendo todo lo demás». La mujer lo aceptó con calma, sin el menor atisbo de retenerlo. El estudioso entonces partió. Afuera, la mujer administraba los asuntos de la casa; adentro, educaba al huérfano, todo con un orden y método impecables. Mengxian fue creciendo, dotado de una inteligencia sin igual. A los catorce años, con el título de prodigio, aprobó los exámenes provinciales; a los quince, ingresó en la Academia Hanlin. En cada uno de los decretos de ennoblecimiento imperial, al desconocerse el apellido de la madre, se confirió el título nobiliario únicamente a la señora Ge. En cada estación de escarcha y rocío, el muchacho invariablemente preguntaba por el paradero de su padre, y su madre se lo relataba por completo. Entonces, el joven quiso abandonar su cargo oficial para salir en su búsqueda. La madre le dijo: —Cuando tu padre se convirtió en monje taoísta, ya han pasado más de diez años. Es probable que ya se haya transformado en inmortal, ¿dónde habrías de buscarlo? Más tarde, habiendo recibido un decreto imperial para ofrecer sacrificios en las Montañas del Sur, fue interceptado en medio del camino por unos bandidos. En su extrema apremio, un taoísta armado con una espada hizo su entrada y los bandidos cayeron derrotados en desbandada, disolviéndose el cerco. Agradecido por el favor, el joven quiso obsequiarle oro, pero el taoísta no lo aceptó. Sacando una carta, se la entregó con este encargo: —Tengo un viejo conocido que es oriundo de la misma tierra que Su Señoría; le ruego que le transmita mis cordiales saludos. El joven preguntó: —¿Cuál es su nombre y apellido? El otro respondió: —Wang Lin. El joven hizo memoria, pero en su aldea no existía tal nombre. El taoísta dijo: —Al ser alguien humilde de las praderas, es natural que un alto funcionario no lo conozca. Al partir, el taoísta sacó un brazalete de oro y dijo: —Esto es un objeto de aposento femenino; al haberlo encontrado este monje sin darle uso alguno, se lo ofrezco como muestra de gratitud. Al examinarlo, vio que los relieves y grabados eran de una exquisitez sin par. Se lo guardó en el pecho al regresar para entregárselo a la señora. La esposa lo atesoró profundamente y ordenó a un hábil artesano que fabricara otro siguiendo exactamente el mismo diseño, pero jamás logró igualar su refinamiento. Preguntó por toda la aldea, mas no había nadie llamado Wang Lin. En privado, abrió la carta, la cual decía: «Tres años de nubes y fénix, separados en cielos distintos; enterrar a la madre y criar al hijo, todo recayó en tu virtud y sabiduría. Sin cómo recompensar tu gracia, te ofrezco una píldora medicinal; córtala y ingiérela, y podrás alcanzar la inmortalidad». Al final llevaba la rúbrica: «Para los aposentos de la señora Linniang». Una vez que terminó de leerla, sin comprender de quién se trataba, se la llevó a su madre. La madre tomó la carta y rompió en llanto, diciendo: —Este es el recado que nos envía tu padre. Lin es mi nombre de infancia. Solo entonces comprendió de repente que «Wang Lin» era un acertijo de caracteres desglosados, y su arrepentimiento y pesar no conocieron fin. Luego le mostró el brazalete a su madre. La madre dijo: —Esta es una reliquia de tu difunta madre. Cuando tu venerable esposo estaba en casa, solía mostrármela. Observó también la píldora, del tamaño de un guisante, y dijo con alegría: —Mi padre es un inmortal; si ingieres esto, sin duda obtendrás la longevidad. La madre no se apresuró a tragarla, sino que la aceptó y la guardó. Coincidió que el Gran Académico Ge vino a visitar a su sobrino; la mujer recitó los escritos del estudiante Wu y luego le ofreció la píldora de cinabrio como presente de longevidad. El Académico la partió y ambos la consumieron. Al poco instante, su espíritu y vigor se renovaron resplandecientes. El Académico tenía ya setenta años por entonces, con una decrepitud bastante notable; de pronto sintió que una fuerza vigorosa desbordaba su piel y sus carnes, por lo que abandonó su litera para caminar a pie. Su paso era tan vigoroso y veloz que sus sirvientes, jadeando sin aliento, apenas lograban alcanzarlo. Transcurrido un año, se desató una calamidad de incendios en la capital y el fuego no cesó en todo el día. Por la noche, sin atreverse a dormir, todos se congregaron en el patio. Vieron cómo el furor del fuego avanzaba arrasando todo a su paso, alcanzando ya a las viviendas vecinas. La familia entera vagaba indecisa, sin saber qué medida tomar. De repente, el brazalete de oro en el brazo de la señora emitió un sonido nítido y resonante, se desprendió de la extremidad y echó a volar. Al alzar la vista, se vio que medía varias hectáreas; cubría en círculo la residencia entera, con una forma semejante a un halo lunar. La abertura del brazalete descendió sobre la esquina sudeste, claramente visible para todos. La multitud quedó atónita. Al poco momento, el fuego provino del oeste, pero al aproximarse al halo se desviaba en diagonal hacia el este. Cuando la violencia de las llamas se hubo alejado, se conjeturó que el brazalete se había perdido y no podría recuperarse; mas de súbito vieron cómo una luz roja se desvanecía de golpe y el brazalete caía con un sonido metálico a los pies de la señora. En la capital se incendiaron decenas de miles de casas civiles; a izquierda y derecha, adelante y atrás, todo quedó reducido a cenizas, salvo la mansión de la familia Wu, que resultó indemne. Únicamente un pequeño pabellón en el sureste se había convertido en nada: era precisamente el lugar donde la abertura del brazalete había dejado de cubrir. La madre de Ge, con más de cincuenta años de edad, era vista a veces como una mujer de apenas unos veinte. *** ### El Reino de los Yakshas Un hombre de apellido Xu, oriundo de Jiaozhou, navegaba por mar dedicado al comercio cuando de pronto fue arrastrado por un violento vendaval. Al abrir los ojos, se halló en un paraje de profundas y frondosas montañas. Con la esperanza de encontrar habitantes, amarró su embarcación y desembarcó, cargando con carne seca y provisiones de viaje. Al entrar, vio que ambos acantilados estaban cubiertos de cuevas, densas como panales de abejas; desde su interior se oían voces humanas ocultas. Al llegar a una de las cavernas, se detuvo para echar un vistazo y halló dentro a dos yakshas: sus dientes se erguían como alabardas en formación, sus ojos brillaban como lámparas gemelas, y con sus garras desgarraban un ciervo vivo para devorarlo. Xu, con el alma dispersa por el terror, quiso huir precipitadamente montaña abajo, pero los yakshas ya lo habían divisado; abandonaron su festín y lo apresaron arrastrándolo al interior. Las dos criaturas intercambiaron palabras con sonidos semejantes al graznido de aves y bestias, y compitieron por rasgar las vestiduras de Xu, pareciendo dispuestas a comérselo. Xu, presa de un miedo atroz, sacó de su bolsa pasteles secos y cecina de buey, ofreciéndoselos. Ellos los repartieron y los hallaron muy sabrosos. Volvieron a registrar la bolsa de Xu, pero este agitó las manos indicando que no quedaba nada más. Los yakshas, enfurecidos, lo asieron de nuevo. Xu les suplicó con lamentos: «Liberadme. En mi barco tengo calderos y vaporeras; puedo cocinar para vosotros». Los yakshas no comprendieron sus palabras y mantuvieron su ira. Xu volvió a comunicarse mediante gestos con las manos, y los yakshas parecieron entender vagamente. Lo siguieron hasta el barco, tomaron los utensilios y entraron en la cueva; ataron leña, encendieron fuego y cocinaron los restos del ciervo. Cuando estuvo cocido, se lo presentó. Las dos criaturas lo devoraron con gran deleite. Por la noche, bloquearon la entrada con una roca gigante, temerosos al parecer de que Xu escapara. Xu se acurrucó en un rincón lejano, durmiendo con profundo temor de no poder evitar su destino fatal. Al amanecer, las dos criaturas salieron y volvieron a sellar la entrada. Poco después, trajeron un ciervo y se lo entregaron a Xu. Este lo desolló, tomó agua de un arroyo en lo profundo de la cueva y llenó varios calderos para hervirlo. De pronto llegaron varios yakshas más, que se reunieron y tragaron la carne hasta saciarse; luego señalaron todos el caldero, pareciendo lamentar su pequeño tamaño. Tres o cuatro días después, un yaksha trajo a cuestas un gran caldero, similar a los que suelen usar los humanos. A partir de entonces, los yakshas traían cada uno lobos y alces. Una vez cocidos, llamaban a Xu para que comiera con ellos. Tras residir allí varios días, los yakshas se familiarizaron gradualmente con Xu; cuando salían, ya no lo mantenían confinado, y convivían como si fueran familia. Xu poco a poco logró discernir el significado de sus sonidos e imitaba su habla, comunicándose en la lengua de los yakshas. Estos se alegraron aún más y trajeron a una hembra para desposarla con Xu. Al principio, Xu estaba aterrado y no se atrevía a acercarse; pero la hembra abrió sus muslos por propia voluntad y se aproximó a él, y Xu finalmente consumó la unión. La hembra sintió un inmenso gozo. Siempre guardaba carne para alimentar a Xu, mostrando una armonía conyugal tan dulce como la del qin y el se. Un día, todos los yakshas se levantaron temprano, cada uno con una sarta de perlas luminosas colgada al cuello, y salieron por turnos, como si aguardaran a un invitado ilustre. Ordenaron a Xu que cocinara abundante carne. Xu preguntó a su esposa yaksha, quien respondió: «Hoy es el Festival de la Longevidad Celestial». La hembra salió y dijo a los demás yakshas: «El esposo Xu no tiene huesos prominentes». Cada uno de ellos se quitó cinco perlas y se las entregaron a la hembra. Ella misma se desprendió de diez más, reuniendo un total de cincuenta; con fibras de ortiga silvestre hizo un cordel y las ensartó para colgarlas al cuello de Xu. Al examinarlas, Xu calculó que una sola perla valdría más de cien taels de oro. En un instante, todos partieron. Cuando Xu terminó de cocinar la carne, la hembra vino a buscarlo, diciendo: «Vamos a recibir al Rey Celestial». Llegaron a una gran caverna, vasta como varias fanegas de tierra. En el centro había una piedra lisa y plana como una mesa; alrededor se disponían asientos de roca; el asiento superior estaba cubierto con piel de leopardo, mientras que los demás lo estaban con piel de ciervo. Veinte o treinta yakshas ocupaban los asientos, llenando el espacio. Poco después, un fuerte viento levantó polvo y todos salieron apresuradamente. Vieron aproximarse a una criatura gigantesca, también de aspecto similar a un yaksha, que irrumpió directamente en la cueva y se sentó en cuclillas mirando alrededor con ojos de águila. El grupo lo siguió al interior, formándose en filas al este y al oeste; todos alzaron la cabeza y cruzaron ambos brazos formando una cruz. El Gran Yaksha bajó la vista recorriendo las cabezas y preguntó: «¿Están aquí todos los miembros de la Montaña Womei?». La multitud respondió al unísono con estruendo. Luego miró a Xu y preguntó: «¿De dónde viene este?». La hembra respondió que era su esposo. La multitud elogió también sus habilidades culinarias. Inmediatamente, dos o tres yakshas corrieron a traer carne cocida y la dispusieron sobre la mesa de piedra. El Gran Yaksha la recogió con ambas manos y comió hasta hartarse, alabando extremadamente su exquisitez y ordenando que se le suministrara regularmente. Luego miró nuevamente a Xu y preguntó: «¿Por qué tus huesos prominentes son tan escasos?». La multitud respondió: «Acaba de llegar y aún no está preparado». La criatura se quitó una sarta de perlas del cuello, desprendió diez y se las entregó; todas eran grandes como la punta de un dedo y redondas como balas. La hembra las recibió apresurada y las ensartó para colgarlas al cuello de Xu en su nombre. Xu también cruzó los brazos y pronunció palabras de agradecimiento en la lengua de los yakshas. La criatura se marchó entonces, cabalgando sobre el viento con velocidad vertiginosa. Solo entonces la multitud disfrutó de la comida restante antes de dispersarse. Tras vivir allí más de cuatro años, la hembra dio a luz repentinamente: en un solo parto nacieron dos machos y una hembra, todos con forma humana, sin parecerse a su madre. Todos los yakshas se regocijaron con los niños y a menudo jugaban con ellos acariciándolos. Un día, cuando todos habían salido a cazar alimento, Xu se quedó sentado solo. De repente, una hembra de otra cueva llegó intentando intimar con Xu en secreto, pero él se negó. La yaksha, furiosa, derribó a Xu de un golpe al suelo. La esposa de Xu llegó desde fuera y, con rabia violenta, se lanzó a luchar contra ella, mordiéndole y arrancándole una oreja. Poco después regresó también el esposo de la agresora, quien intervino para separarlas y ordenó a su pareja que se marchara. Desde entonces, la hembra vigilaba a Xu constantemente, sin separarse de él ni un momento. Pasaron otros tres años, y los hijos ya podían caminar. Xu les enseñaba el lenguaje humano y gradualmente aprendieron a hablar; entre su parloteo infantil se percibía ya un aire humano. Aunque eran niños, corrían por las montañas como si pisaran caminos llanos, y mostraban un afecto genuino hacia su padre. Un día, la hembra salió con un hijo y una hija, y no regresaron en medio día. Soplaba un fuerte viento del norte. Xu, conmovido por la nostalgia de su tierra natal, llevó a su hijo a la costa y vio que su antiguo barco aún permanecía allí; planeó regresar con él. El niño quiso avisar a su madre, pero Xu lo detuvo. Padre e hijo abordaron la nave y, tras navegar un día y una noche, llegaron a Jiaozhou. Al llegar a casa, descubrió que su esposa original ya se había vuelto a casar. Sacó dos perlas y las vendió por una fortuna incalculable, logrando una considerable riqueza familiar. Al niño le puso por nombre Biao. A los catorce o quince años, podía levantar cien jun de peso; era tosco, rudo y aficionado a las peleas. El comandante militar de Jiaozhou, maravillado por su fuerza, lo nombró capitán de compañía. Coincidiendo con disturbios fronterizos, wherever iba lograba méritos militares, y a los dieciocho años fue ascendido a vicecomandante. Cierta vez, un comerciante que navegaba por alta mar fue arrastrado por los vientos hasta las costas de Wohmei. Apenas desembarcó, vio a un joven y, al mirarlo, quedó estupefacto. Comprendiendo que se trataba de un compatriota del Reino Central, le preguntó por su lugar de origen. El comerciante le reveló el suyo. El joven lo condujo al interior de un pequeño valle con una cueva de piedra, cuyos alrededores estaban densamente cubiertos de espinos, y le advirtió que no saliera. Tras ausentarse por el espacio de una comida, regresó trayendo carne de ciervo para que el mercader se alimentara. El joven dijo de sí mismo: —Mi padre también tuvo tratos con hombres de China. El comerciante le preguntó los detalles y supo que se trataba de un tal Xu, a quien en su calidad de viajero había conocido antaño. Por lo cual exclamó: —¡Es un viejo amigo mío! Hoy en día, su hijo es General Adjunto. El joven no comprendía qué significaba aquel título. El comerciante explicó: —Es un cargo oficial en China. —¿Y qué significa ser un oficial? —inquirió de nuevo el muchacho. —Cuando sale, viaja en carruaje acompañado de caballos; al entrar, habita en opulentos salones. Si arriba da una orden, abajo cientos responden asintiendo. Quienes lo ven lo miran de soslayo y se ponen de pie con respeto. A esto se le llama ser un oficial. El joven se sintió sumamente conmovido y anhelante. El comerciante le sugirió: —Puesto que tu honorable padre se encuentra en el Reino Central, ¿por qué permaneces sumergido aquí durante tanto tiempo? El joven le reveló la verdad de su situación con pesar. El comerciante lo instó a emprender el viaje hacia el sur. El joven replicó: —Yo también suelo abrigar ese pensamiento. Pero mi madre no es oriunda del Reino Central; su lengua y su aspecto difieren notablemente. Además, si los de su propia especie se percatan, sin duda vendrán a matarla y destruirla. Por esta razón me debato indeciso. Luego, añadió despidiéndose: —Espera a que sople el viento del norte y vendré a despedirte para tu viaje. Te ruego que, cuando llegues ante mi padre y mi hermano, les envíes noticias mías. El comerciante permaneció oculto en la cueva durante casi medio año. A menudo, asomándose desde los matorrales de espinos hacia el exterior, veía que por las montañas merodeaban constantemente demonios *yaksha*. Sintiéndose aterrorizado, no se atrevía a hacer el menor movimiento. Cierto día, mientras el viento del norte soplaba con fuerza, el joven apareció de improviso, lo guio y escapó con él a toda prisa, exhortándole: —No olvides lo que te he dicho. El comerciante asintió. El joven dejó además algo de carne sobre una repisa de piedra, y así el mercader pudo regresar. Al llegar respetuosamente a Jiaozhou, se presentó ante la residencia del Vice-Comandante General y relató minuciosamente todo lo que había presenciado. Al escucharlo, Xu Biao sintió una profunda tristeza y expresó su deseo de partir en su búsqueda. Su padre, temiendo que las olas del mar y los guaridas de los demonios estuvieran llenas de peligros insondables y difíciles de desafiar, intentó detenerlo con todas sus fuerzas. Biao se golpeó el pecho y rompió en amargo llanto, sin que su progenitor pudiera calmarlo. Entonces acudió ante el comandante de Jiaozhou y, llevando consigo a dos soldados, se adentró en el mar. Un viento en contra obstaculizó la embarcación, haciéndola zozobrar y bambolearse en medio de las aguas durante medio mes. Mirando a su alrededor, todo era un abismo infinito; a cada paso la brisa y las olas creaban tal confusión que resultaba imposible distinguir el norte del sur. De pronto, las olas se elevaron hasta tocar el cielo y la embarcación volcó. Biao cayó al mar, flotando y hundiéndose al ritmo de las olas. Tras un largo rato, una criatura lo arrastró consigo hasta llegar a un paraje donde sorpresivamente había viviendas. Al observarla, Biao vio que la criatura tenía el aspecto de un *yaksha*. Biao comenzó entonces a hablar en la lengua de los *yakshas*. El demonio, sorprendido, le interrogó, y Biao le explicó el propósito de su viaje. El *yaksha* exclamó con alegría: —¡Wohmei es mi tierra natal! ¡Perdona mi ofensa por este tropiezo! Te has alejado ocho mil li de tu camino original. Desde aquí en adelante se encuentra el Reino del Dragón Venecenoso, y dirigirse hacia Wohmei por este rumbo no es la ruta correcta. Enseguida buscó una embarcación para escoltar a Biao. El *yaksha* avanzaba empujando la barca por el agua con la velocidad de una flecha, recorriendo mil li en un abrir y cerrar de ojos. Tras pasar una sola noche, ya habían llegado a la orilla norte. Allí vieron a un joven que, de pie junto a la corriente, contemplaba el horizonte. Sabiendo que en aquellas montañas no existían seres humanos, Biao sospechó que se trataba de su hermano menor; al acercarse, comprobó que en efecto lo era. Se tomaron de las manos y lloraron; luego Biao preguntó por su madre y su hermana, y el joven respondió que ambas se encontraban sanas y salvas. Biao manifestó su deseo de ir con ellos, pero su hermano lo detuvo y, con aire presuroso, se marchó. Cuando Biao se giró para agradecer al *yaksha*, este ya se había ido. Al poco tiempo llegaron la madre y la hermana, y al ver a Biao, todas rompieron a llorar. Biao les expuso su propósito. La madre dijo: —Temo que al ir allá seas objeto de ultrajes por parte de la gente. Biao replicó: —En el Reino Central, este hijo vuestro goza de gran honor y nobleza; nadie se atreverá a ofenderme. Su decisión de regresar ya estaba tomada, pero sufrían por la dificultad de cruzar con viento en contra. Mientras madre e hijo se encontraban indecisos e irresolutos, de improviso vieron que unas velas de tela se agitaban hacia el sur, produciendo un sonido sibilante. Biao exclamó jubiloso: —¡El Cielo nos ayuda! Uno tras otro subieron a la embarcación, y las olas corrían impetuosas como flechas disparadas. A los tres días llegaron a la orilla. Quienquiera que los viera huía despavorido. Biao se quitó sus propias túnicas y pantalones oficiales para dárselos a los tres. Al llegar a casa, la madre *yaksha* vio al anciano patriarca y lo increpó con enojo, reprochándole no haber planeado aquello antes. Xu no hallaba palabras para disculparse. Los sirvientes se postraron ante la señora principal, temblando de piedad y terror. Biao instó a su madre a aprender la lengua de los Han, a vestir brocados y sedas, y a dejar de lado la carne cruda y tosca, con lo cual ella sintió un profundo alivio y satisfacción. Tanto la madre como la hija vestían atavíos masculinos, a la usanza de los manchúes. Tras varios meses, lograron distinguir vagamente la lengua, y el hermano y la hermana también fueron aclarando el tono blanquecino de su piel. El hermano se llamaba Bao, y la hermana, Yener; ambos poseían una fuerza portentosa. Sintiéndose avergonzado por su falta de instrucción literaria, Biao enseñó a su hermano a leer. Bao resultó ser sumamente inteligente; bastaba con que repasara los clásicos y las historias una sola vez para dominarlos por completo. Sin embargo, no deseaba seguir la carrera de los eruditos confucianos, por lo que continuó practicando con arcos de gran tensión y cabalgando corceles briosos. Obtuvo por examen el grado militar de *Wujinshi* (Doctor en Artes Marciales) y contrajo matrimonio con la hija del comandante militar A. Como Yener pertenecía a una estirpe異种 (extraña y heterogénea), nadie deseaba contraer nupcias con ella. A la sazón, el oficial subordinado Yuan había perdido a su esposa, de modo que se le impuso casarse con ella a la fuerza. Yener era capaz de tensar un arco de cien piedras y, a una distancia de más de cien pasos, derribaba pequeños pájaros sin fallar jamás un solo tiro. Cada vez que Yuan partía en campaña militar, invariablemente se hacía acompañar por su esposa. Ascendió sucesivamente hasta los cargos de Prefecto Adjunto y General, y la mitad de sus extraordinarias hazañas militares provenían de los dominios del gineceo. A la edad de treinta y cuatro años, Bao recibió los sellos de mando general. En cierta ocasión en que su madre lo acompañó en una campaña hacia el sur, cada vez que se enfrentaba a formaciones enemigas formidables, se calzaba la armadura y empuñaba las armas afiladas para servir de retaguardia y apoyo a su hijo; cuantos la veían se retiraban despavoridos. Fue agraciada por decreto imperial con el título nobiliario de barón. Bao declinó formalmente el título en nombre de su madre, por lo que esta fue distinguida con el título de Señora de Nobleza. El Historiador de lo Extraordinario comenta: «Que existiera una señora *yaksha* es algo que rara vez se escucha; sin embargo, si uno lo medita con atención, no resulta tan extraño: ¡en la cabecera de la cama de cada hogar hay un *yaksha*!» *[Nota al margen: Pequeño moño]* Un residente de Changshan, en su tiempo libre, solía recibir la visita de un huésped de baja estatura con quien conversaba largo y tendido. Desconociendo por completo sus antecedentes, el dueño de casa albergaba profundas sospechas. El visitante dijo: «Dentro de dos o tres días habré de mudarme y seremos vecinos». Pasados cuatro o cinco días, añadió: «Ya somos del mismo vecindario; pronto podré recibir sus enseñanzas». Al preguntarle: «¿Dónde se encuentra su honorable morada?», no dio explicaciones detalladas, sino que se limitó a señalar con el dedo hacia el norte. A partir de entonces, venía todos los días sin falta. A menudo pedía prestados utensilios a la gente; si alguien se los negaba por tacañería, los objetos desaparecían por sí solos. Todos sospechaban que se trataba de un zorro. Al norte de la aldea había una antigua propiedad con un abrevadero o sima de profundidad inescrutable, y asumieron que debía vivir allí. Armados con palos y porras, fueron a investigar. Al acecho y en silencio, escucharon durante un buen rato, pero no hubo la menor anomalía. Al borde de la primera guardia de la noche, se oyó en el fondo del pozo un murmullo incesante, semejante al susurro de cientos de personas. La multitud permaneció inmóvil y en silencio; de repente, infinidad de personitas salieron en tromba una tras otra, en número incontable. La multitud lanzó un grito de guerra y arremetió contra ellos a la vez. Cada golpe de bastión producía chispas de fuego, y en un instante se dispersaron en todas direcciones. Tan solo dejaron atrás un pequeño moño, del tamaño de una cáscara de nuez, adornado con gasa y hilos de oro. Al olerlo, despedía un hedor nauseabundo indescriptible. Monjes occidentales Dos monjes llegaron de las Regiones Occidentales; uno se dirigía al monte Wutai y el otro plantó su báculo en el monte Tai. Sus vestimentas, lenguaje y aspecto diferían por completo de los del Celeste Imperio. Decían: «Hemos atravesado la Montaña de Fuego, donde las capas de montañas se suceden y el calor brota como en el interior de un horno. Al viajar, es indispensable hacerlo siempre después de la lluvia; con la mente concentrada y la mirada fija, hay que avanzar dando pasos ligeros y cautelosos. Si por descuido se roza una roca de la montaña, llamas voladoras brotan abrasadoras. Asimismo, atravesamos el río de Arenas Movedizas, en cuyo cauce hay una montaña de cristal cuyos escarpados acantilados se extienden hasta el firmamento; sus cuatro caras son diáfanas y transparentes, como si no mediara obstáculo alguno. Hay también un desfiladero lo suficientemente ancho para un solo carruaje, custodiado por dos dragones con los cuernos entrelazados y las fauces encontradas. Quienes pasan deben primero rendir homenaje a los dragones; si los dragones permiten el paso, las comisuras de sus bocas se abren por sí solas. El color de los dragones es blanco, y sus escamas y crines parecen de cristal». Los monjes relataron: «En el camino hemos atravesado dieciocho inviernos y veranos. Doce partieron de las Tierras de Occidente, y al llegar a China solo quedaban dos. En las Tierras de Occidente se habla de cuatro montañas famosas de China: el monte Tai, el monte Hua, el monte Wutai y el monte Luojia. Se dice por tradición que el suelo de estas montañas está cubierto de oro por completo, y que Guanyin y Wenshu aún viven en ellas. Quien logre llegar a esos lugares se convertirá en Buda en vida y obtendrá la inmortalidad». Al escuchar sus descripciones, resultaba ser exactamente igual que la añoranza que la gente de este mundo siente por las Tierras de Occidente. Si algún viajero de Occidente se cruzara a mitad de camino con alguien que navega hacia el este, y cada uno expusiera lo que posee, con seguridad se mirarían y romperían a reír, ahorrándose mutuamente tanta fatiga en el camino. Liancheng Qiao Sheng, natural de Jinning, poseía fama de talentoso desde su juventud. A los veinte y tantos años, aún se encontraba postergado y sin fortuna. Era un hombre de valor y lealtad. Mantenía una gran amistad con un tal Gu; cuando Gu falleció, Qiao se ocupó en repetidas ocasiones de socorrer a su esposa y a sus hijos. El magistrado del distrito sintonizaba con él a través de las letras y se apreciaban mutuamente; cuando el magistrado falleció en su puesto, su familia quedó varada sin poder regresar a su tierra, por lo que Qiao vendió todas sus posesiones para costear el transporte del féretro, recorriendo más de dos mil li de ida y vuelta. Por esta razón, los letrados lo respetaban aún más, pero su propia economía decayó a consecuencia de ello. El erudito Shi tenía una hija llamada Liancheng, versada en el bordado y culta. Su padre la sobreprotegía con mimo. Ella exhibió una obra bordada titulada «El cuadro del bordado cansado» y convocó a los jóvenes letrados a componer poemas alusivos, con la intención oculta de elegir un esposo. Qiao le dedicó un poema que rezaba: Verdes mechones lacio el alto moño desparraman, temprano hacia la ventana de orquídeas borda los lotos azur; al bordar a los mandarines el alma se le parte, en secreto detiene la aguja mientras frunce sus cejas dobles. Y alabando su destreza en la costura, añadió: El hilo de bordar al ser trazado parece pintura del natural, flores y aves en el lienzo se originan de forma natural; en otro tiempo tejer brocados no fue la gran destreza, ¡afortunado el palíndromo que conmueve al Santo en su era! La joven, al recibir el poema, se alegró y lo elogió calurosamente ante su padre, aunque este la menospreció por su pobreza. Liancheng, sin embargo, no perdía oportunidad de elogiarlo ante quien quisiera escucharla; además, envió a una anciana simulando órdenes de su padre para regalarle oro y así ayudarlo con los gastos de sus lámparas de estudio. Qiao suspiró diciendo: «¡Liancheng es quien de verdad me comprende!». Entregó su corazón y volcó sus pensamientos en ella, anhelándola como un hambriento ansía comer. Al poco tiempo, la joven fue prometida en matrimonio a Wang Huacheng, hijo de un comerciante apellidado Jia que ejercía un cargo militar menor. Solo entonces Qiao perdió toda esperanza; sin embargo, en sus sueños aún la llevaba presente en su mente. No pasó mucho tiempo antes de que la joven contrajera tisis, una enfermedad consuntiva de la que ya no logró levantarse. Había un monje errante de las Regiones Occidentales que afirmaba poder curarla, pero exigía una onza de carne del pecho de un hombre, la cual debía ser triturada y mezclada con sus píldoras medicinales. Shi envió mensajeros a la casa de los Wang para informar al prometido. El prometido se rio y dijo: «¡Viejo tonto, pretende que me arranque la carne del corazón!». Los emisarios regresaron con las manos vacías. Ante esto, Shi anunció públicamente: «Aquel que esté dispuesto a cortar su carne para salvarla será su esposo». Al enterarse, Qiao acudió de inmediato y, blandiendo una hoja afilada, se seccionó la carne del pecho para entregársela al monje. La sangre empapó los pantalones de su ropa interior, y solo se detuvo cuando el monje le aplicó ungüento. Se prepararon tres píldoras medicinales. Tras tomarlas durante tres días, la enfermedad pareció desaparecer por completo. Cuando Shi se disponía a cumplir su promesa, primero se lo comunicó a Wang. Wang, enfurecido, amenazó con llevar el asunto ante los tribunales. Shi organizó entonces un banquete para recibir a Qiao, colocando mil taeles de oro sobre la mesa, y le dijo: «Sufro bajo el peso de vuestra inmensa bondad, permitidme compensaros con esto». Acto seguido, le explicó detalladamente los motivos por los cuales se había quebrantado el compromiso. Qiao, indignado, respondió con irritación: «¡La razón por la cual no estimé en poco la carne de mi pecho fue simplemente para corresponder a un alma gemela; acaso estoy comerciando con mi propia carne!». Y tras sacudirse las mangas, se marchó. Al enterarse, la joven sintió un profundo pesar y envió a la anciana para que lo consolara y aconsejara, diciéndole además: «Con vuestro talento y brillantez, no permaneceréis en la oscuridad por mucho tiempo. ¿Qué temor hay en el mundo de no hallar a una bella mujer? Mis sueños son de mal agüero; moriré sin falta en tres años, así que no es necesario disputarse con nadie este objeto destinado al sepulcro». Qiao le replicó a la anciana: «“Un caballero muere por quien lo comprende”, y no por su hermosura. Lo que de verdad temo es que Liancheng tal vez no me conozca en realidad; si no llegamos a unirnos, ¿qué daño hay en ello?». La anciana transmitió a la joven la inquebrantable sinceridad y franqueza de aquel voto. Qiao... Él dijo: —Si es así, cuando nos encontremos, dedica una sonrisa a este humilde servidor; morir sin lamentos bastará. Una vez que la anciana se marchó, pasados unos días, el erudito salió por casualidad y se encontró a la joven que regresaba de la casa de su tío; la miró de soslayo. Ella desvió su mirada con ojos cual ondas otoñales y abrió los labios en una sonrisa encantadora. El erudito exclamó sumamente feliz: —¡Liancheng verdaderamente me comprende! A la sazón, la familia Wang vino a discutir la fecha propicia para las nupcias, pero la dolencia anterior de la joven recayó, y durante varios meses buscó la muerte. El erudito acudió a presentar sus condolencias y, tras un profundo dolor, expiró. Su familia lo cargó de regreso a su hogar en unas parihuelas. El erudito sabía bien que ya había fallecido, mas no sentía aflicción alguna. Salió de la aldea, abrigando aún la esperanza de ver a Liancheng. Al divisar a lo lejos un camino que se extendía de norte a sur, con transeúntes ininterrumpidos cual desfile de hormigas, se mezcló y camufló entre la multitud. Al poco rato, entraron en una oficina oficial, donde coincidió con Gu Sheng, quien le preguntó con asombro: —¿Cómo es que ha llegado el honorable caballero? De inmediato lo tomó de la mano con la intención de enviarlo de vuelta a la vida. El erudito suspiró largamente y dijo: —Los asuntos de mi corazón aún no han concluido. Gu Sheng respondió: —Este servidor labora aquí como archivista y se me ha confiado una gran responsabilidad. Si en algo puedo prestar servicio, no habré de escatimarlo. El erudito preguntó por Liancheng. En el acto, Gu Sheng guio al erudito a través de múltiples pasajes y recovecos hasta ver a Liancheng junto a una doncella vestida de blanco, con las pestañas empapadas en lágrimas y las cejas teñidas de profunda melancolía, sentadas apoyadas en la esquina de un corredor. Al ver llegar al erudito, se levantó de súbito como si sintiera alegría y le preguntó brevemente por su procedencia. El erudito dijo: —Por puro hastío de la muerte he venido, ¡cómo iba a osar desear la vida! Liancheng sollozó y dijo: —Un hombre tan falto de lealtad, que aun así no me rechaza ni escupe, ¿para qué habría de inmolarse con su cuerpo? No obstante, ya no me es posible concederme a usted en esta vida, mas deseo jurarle lealtad para la venidera. El erudito le dijo a Gu Sheng: —Encárguese usted de sus asuntos, este servidor se deleita en la muerte y no desea en absoluto retornar a la vida. Tan solo le ruego que averigüe en qué lugar ha de reencarnar Liancheng, para marchar juntos a la par. Gu Sheng asintió y se marchó. La doncella vestida de blanco le preguntó al erudito quién era, y Liancheng se lo relató detalladamente. Al oírlo, la doncella pareció incapaz de soportar tanta tristeza. Liancheng le dijo al erudito: —Ella comparte el mismo apellido que esta concubina; su nombre de pila es Binnang y es hija del Prefecto Shi de Changsha. Como vinimos juntas por el camino, terminamos cobrándonos afecto mutuo. El erudito la miró, y su porte era verdaderamente enternecedor. Justo cuando iba a inquirir más a fondo, Gu Sheng ya había regresado y felicitó al erudito diciendo: —He arreglado el asunto de su merced de manera certera. ¿No sería magnífico hacer que la joven señorita regrese a la vida junto a usted? Ambos se llenaron de alegría. Apenas iban a hacer reverencias de despedida, cuando Binnang rompió a llorar amargamente y dijo: —Si la hermana se marcha, ¿a dónde habré de retornar? Imploro su compasión y salvación; esta concubina se contenta con sostener el pañuelo de la hermana. Liancheng, sumida en la desolación y sin saber qué medida tomar, recurrió al erudito. El erudito volvió a suplicar a Gu Sheng. A Gu Sheng le resultó difícil y se negó rotundamente con palabras severas, juzgándolo imposible. El erudito insistió con firmeza. Entonces aquel dijo: —Intentaré hacer el intento en vano. Se ausentó por el tiempo que toma comer una comida y regresó meneando las manos mientras decía: —¡Qué tal! ¡En verdad es diez mil veces imposible prestar ayuda! Al oír esto, Binnang rompió en un tierno y sinuoso llanto, aferrándose al codo de Liancheng por temor a que esta partiese de inmediato. Atribulados y sin recursos, se miraron en silenciosa mudez; y contemplar aquellos rostros cargados de pesar y congoja era capaz de enternecer y desgarrar las entrañas de cualquiera. Gu Sheng, lleno de indignación, exclamó: —¡Por favor, lleven a Binnang con ustedes! Si llegara a haber alguna culpa o falta, ¡este humilde estudiante cargará con ella con su propia vida! Binnang se alegró enormemente y siguió al erudito hacia la salida. Al ver que el camino era largo y carecía de compañía, el erudito se preocupó. Binnang dijo: —Esta concubina marcha con su merced y no desea en absoluto retornar. El erudito le dijo: —Señorita, está usted terriblemente obnubilada. De no retornar, ¿cómo logrará sobrevivir? Si en el futuro llega a Hunan, le ruego que no vuelva a huir de mí; ¡con eso me bastará para considerarme afortunado! Justo en ese momento coincidieron con dos ancianas que portaban despachos oficiales rumbo a Changsha; el erudito se la encomendó, y Binnang se despidió entre lágrimas antes de partir. En el camino, el paso de Liancheng era cojo y lento; apenas caminaba una li y media, descansaba. Tras poco más de diez descansos, finalmente divisaron la puerta de la aldea. Liancheng dijo: «Ahora que he vuelto a la vida, temo que haya reveses. Por favor, ve a buscar los restos de esta concubina; puesto que esta concubina me he entregado a tu familia, no tendré remordimientos». El Scholar Wang asintió. Se encaminaron juntos hacia la casa del Scholar Wang. La muchacha avanzaba temblorosa, casi incapaz de dar un paso, y el Scholar Wang se detuvo a esperarla. Liancheng dijo: «Al llegar aquí, mis cuatro extremidades tiemblan, como si carecieran de voluntad propia. Temo que nuestro designio no se cumpla, por lo que aún debemos meditarlo con cautela; de otro modo, ¿cómo podremos ser libres tras volver a la vida?». Se encaminaron juntos hacia una habitación lateral. Tras meditarlo en silencio un momento, Liancheng sonrió y preguntó: «¿Acaso me aborreces?». El Scholar Wang, perplejo, le preguntó el motivo. Ella, enrojeciendo de vergüenza, respondió: «Temo que el asunto no prospere y vuelva a defraudarte. Permíteme pagar mi deuda en forma de fantasma primero». El Scholar Wang se alegró, y se entregaron por completo al deleite y la pasión. Debido a esto, anduvieron vacilantes y no se atrevieron a resucitar de inmediato, albergándose en la habitación lateral durante tres días. Liancheng dijo: «Existe un refrán que dice: "La esposa fea tarde o temprano debe ver a sus suegros". Angustiarnos aquí no es un plan duradero». Y así, instó al Scholar Wang a entrar. Apenas llegaron ante el lecho funerario, ella recobró el sentido de golpe. Los familiares, sorprendidos y maravillados, le ofrecieron sopa caliente. El Scholar Wang hizo entonces que alguien fuera a convocar a Shi, pidiéndole que le entregara el cadáver de Liancheng y asegurando que él era capaz de revivirla. Shi, complacido, accedió a sus palabras. Apenas la hubieron transportado al interior de la habitación, al mirarla, vieron que ya había despertado. Ella le dijo a su padre: «Esta hija ya ha entregado su persona al Joven Amo Qiao, y no hay ninguna razón para que regrese. Si hay algún cambio, ¡solo me queda morir de nuevo!». Shi regresó y envió a una criada para que la sirviera y asistiera. Al enterarse, Wang redactó una querella y la presentó ante los tribunales. El magistrado, habiendo recibido sobornos, dictaminó que debía ser entregada a Wang. El Scholar Wang, lleno de indignación y furia hasta desear la muerte, no tenía cómo remediarlo. Al llegar a la casa de Wang, Liancheng se llenó de ira y se negó a comer o beber, pidiendo tan solo una muerte rápida. Como no había nadie en la habitación, se ató una soga al cuello y colgó de una viga. Al día siguiente, su estado empeoró y estuvo a punto de expirar. Wang, aterrorizado, la envió de regreso con Shi. Shi volvió a transportarla a casa del Scholar Wang. Al enterarse, Wang tampoco pudo hacer nada, por lo que se resignó. Una vez que Liancheng se hubo recuperado, al recordar a Biniang, quiso enviar un recado para indagar sobre ella, pero debido a la gran distancia, le resultó difícil viajar. Un día, un criado se adelantó a informar: «Hay un carruaje y caballos a la puerta». El marido y la mujer salieron a mirar, y Biniang ya había llegado al patio. Se encontraron entre lágrimas de tristeza y alegría. El Prefecto en persona había acudido a escoltar a la joven, y el Scholar Wang lo invitó a pasar. El Prefecto dijo: «Esta pequeña muchacha confía en este caballero para haber vuelto a la vida, y ha jurado no unirse a ningún otro; ahora cumplo con su voluntad». El Scholar Wang se inclinó y agradeció conforme al ritual. El Licenciado Imperial también acudió, y estrecharon sus lazos de parentesco. El nombre de pila del Scholar Wang era Nian, y su nombre de cortesía, Danian. El Historiador Heterodoxo dice: «Una sonrisa de reconocimiento bastó para que ella le entregara su cuerpo; los hombres del mundo quizás la tachen de insensata. Mas aquellos quinientos hombres de Tian Heng, ¿acaso eran todos necios? Tal es la rareza de sentirse verdaderamente comprendido, aquello que conmueve de tal modo a los sabios y héroes que no pueden contenerse. Y, sin embargo, en medio del inmenso y brumoso mar del mundo, ¡hacer que un erudito de talento brillante vuelque su corazón únicamente ante la sonrisa de unas cejas pintadas como polillas! ¡Qué lamentable!». *** ### El Scholar Huo El Scholar Huo, oriundo de Wendeng, solía bromear familiarmente con un tal Scholar Yan, y se divertían mutuamente con pullas. Eran diestros en el uso de la lengua en sus contiendas verbales, temiendo únicamente no salir airosos. Huo tenía una vecina anciana que en el pasado había ayudado a dar a luz a la esposa de Yan. Al conversar casualmente con la esposa de Huo, le comentó que en las partes íntimas de la esposa de Yan había un par de verrugas. La esposa se lo contó a Huo. Huo, confabulándose con sus camaradas, acechó la llegada de Yan y dijo deliberadamente en voz baja: «La esposa de tal y tal es con quien tengo mayor intimidad». Los demás no le creyeron. Huo procedió entonces a inventar los detalles, añadiendo: «Si no lo creen, a un lado de su miembro hay un par de verrugas». Yan, que se encontraba detenido junto a la ventana, escuchó todo con claridad; sin entrar, se marchó directamente. Al llegar a casa, castigó severamente a su esposa; como ella no admitía la culpa, los azotes se volvieron aún más crueles. Incapaz de soportar los abusos, la mujer se ahorcó. Huo comenzó entonces a arrepentirse profundamente, pero ya no se atrevía a presentarse ante Yan para confesar su falsía. Una vez muerta la esposa de Yan, su fantasma lloraba por las noches, sin permitir que toda la familia hallara sosiego. Al poco tiempo, Yan murió repentinamente, y entonces el fantasma dejó de llorar. La esposa de Huo soñó con una mujer de cabellos deshechos que le gritaba a gritos: «¡Tuve una muerte amarga y cruel, cómo os atrevéis tú y tu esposo a ser felices!». Al despertar, enfermó, y a los pocos días falleció. Huo también soñó con la mujer, que le señalaba con el dedo mientras lo increpaba y lo abofeteaba en la boca. Despertó sobresaltado y sintió un dolor sordo en los labios; al palparlos, notó una protuberancia que, al cabo de tres días, formó dos verrugas. Aquello se convirtió en una dolencia crónica. No se atrevía a reír ni a hablar en voz alta; si abría la boca con demasiada brusquedad, el dolor era intolerable. El Historiador Heterodoxo dice: «Morir y convertirse en un espíritu vengativo obedece a que su hálito estaba lleno de agravios. Que un tormento secreto recaiga sobre los labios y la boca resulta casi sobrenatural, rayando en la farsa». *** Un miembro de la familia Wang del distrito entabló amoríos con un compañero de estudios. Cuando la esposa de este último regresó de visitar a sus padres, sabiendo Wang que el burro de ella se asustaba con facilidad, se ocultó primero entre los arbustos. Al paso de la mujer, salió de repente; el burro se espantó y la mujer cayó al suelo. Como solo la acompañaba un muchacho sirviente, este no pudo ayudarla a montar de nuevo. Wang se acercó entonces con diligencia a sostenerla y controlarla con extremo cuidado, y la mujer ni siquiera reconoció de quién se trataba. Wang se ufanaba de ello con aire de triunfo, sugiriendo al sirviente que fuera tras el burro desbocado, lo que le permitió yacer en secreto con la esposa entre los arbustos, memorizando con todo detalle la ropa interior, los pantalones y los zapatos de ella. El marido, al enterarse, se llenó de profunda vergüenza y se marchó. Poco después, a través de una rendija de la ventana, vio que el marido regresaba con un cuchillo en una mano y sujetando a su esposa con la otra, con una expresión de furia extrema y maldad. Aterrorizado, Wang saltó el muro y huyó. El marido lo persiguió por espacio de dos o tres li; al no poder alcanzarlo, dio media vuelta. Wang, habiendo corrido con todas sus fuerzas, abrió en exceso los pulmones, contrajo así el asma, y durante varios años no logró sanar. *** ### Wang Xiuxiu Wang Shixiu era de Luzhou. Era robusto y vigoroso, capaz de levantar piedras de mortero. Tanto él como su padre eran diestros en el *cuju*. Cuando su padre tenía más de cuarenta años, cruzó Qiantang y allí pereció. Ocho o nueve años más tarde, Wang viajó a Hunan por asuntos y, al caer la noche, amarró su barca en Dongting. En ese momento, la brillante luna se alzaba por el este y el río claro se extendía como una tira de seda blanca. Mientras contemplaba el paisaje a lo lejos, de repente vio a cinco figuras que emergían del lago, cargando una gran estera que desplegaron sobre la superficie del agua, abarcando una superficie de media *mu*. Rápidamente dispusieron vino y viandas. Los recipientes de comida tintineaban al chocar, pero su sonido era templado y profundo, desemejante de la cerámica o el barro cocido. Poco después, tres de ellos se sentaron sobre la estera mientras los otros dos servían el vino. De los que estaban sentados, uno vestía de amarillo y dos de blanco; sus tocados eran completamente negros, elevados y extendidos hacia los hombros y la espalda, de un estilo sumamente extraño y arcaico. Como la luz de la luna era tenue y brumosa, no se distinguían con claridad. Los servidores iban ambos vestidos de marrón oscuro; uno parecía un muchacho y el otro un anciano. Solo se oyó decir al hombre de amarillo: «La luz de la luna es magnífica esta noche; bien merece una abundante bebida». El hombre de blanco respondió: «El paisaje de esta tarde se parece mucho a cuando el Rey Guangli ofreció un banquete en la Isla de las Flores de Pera». Los tres se incitaban mutuamente a beber, levantando las copas y compitiendo por vaciarlas hasta el fondo. Pero sus voces eran tan bajas que apenas podían distinguirse. Los remeros, ocultos y agazapados, no se Atrevían a contener ni el aliento. Wang examinó con atención a los sirvientes y vio que el anciano se parecía extraordinariamente a su difunto padre; sin embargo, al escuchar su voz, notaba que no era la de su progenitor. Cuando las dos últimas vigilias nocturnas estaban por expirar, de repente uno dijo: «Aprovechando esta luna clara, deberíamos jugar un partido de *cuju* para divertirnos». En el acto se vio al muchacho sacar agua del lago y extraer de ella una esfera redonda, tan grande que podía abarcarse con los brazos; por dentro parecía rebosante de azogue, luminosa tanto por fuera como por dentro. Todos los comensales se levantaron. El hombre de amarillo llamó al anciano para jugar juntos. Al patearla, la bola se elevó más de un *zhang*, con un brillo que oscilaba y deslumbraba los ojos. Al poco tiempo, zumbó al elevarse a lo lejos y cayó volando directamente sobre la barca. A Wang le picaban las manos por la destreza y la pateó con todas sus fuerzas. Sintió que era extraordinariamente ligera y suave, pero al pisarla con violencia pareció romperse y se elevó una decena de *pies*; en su interior había una luz filtrada que irradiaba hacia abajo como un arco iris, cayendo veloz y furiosa; parecía también un cometa surcando el cielo, precipitándose directo al agua y produciendo un burbujeo hirviente antes de extinguirse. Los de la estera gritaron furiosos: «¿Qué clase de mortal es este que arruina nuestro apacible deleite!». El anciano rió y dijo: «No está mal, no está mal; este es el báculo meteorito de nuestra casa». El hombre de blanco, ofendido por sus bromas, se irritó y exclamó: «¡Todos ya estamos hartos de disgustos, cómo se atreve este viejo esclavo a andar de alegría! Que el pequeño Opi atrape de inmediato a este loco; de lo contrario, ¡sus pantorrillas y muslos recibirán una buena paliza!». Al ver que no tenía a dónde huir pero sin sentir temor alguno, Wang empuñó su sable y se paró firme en la barca. De pronto vio que el muchacho y el anciano se acercaban armados. Wang los miró fijamente y comprobó que era verdaderamente su padre. Gritó con fuerza: «¡Padre! Su hijo está aquí». El anciano se aterrorizó enormemente y, al mirarlo, su rostro denotó una desconsolada tristeza. El muchacho dio media vuelta y se marchó. El anciano exclamó: «¡Hijo, escóndete pronto! ¡Si no, todos moriremos!». Apenas terminó de hablar, los otros tres ya habían subido a la barca. Sus rostros eran completamente negros y sus ojos más grandes que granadas. Se abalanzaron para apresar al anciano. Wang forcejeó para rescatarlo, haciendo que la barca se sacudiera y cortando las amarras. Wang blandió su sable y amputó el brazo de uno; el hombre de amarillo entonces huyó. Uno de los hombres de blanco corrió hacia Wang, quien le cercenó el cráneo; este cayó al agua con un ruido sordo, y todos se hundieron en medio de un estrépito. Mientras meditaba sobre cómo cruzar la noche, vio de repente un enorme pico que emergía del agua, profundo como la boca de un pozo. El agua del lago circundante se precipitaba en torbellinos con un estruendo ensordecedor. De pronto, al surgir un chorro, las olas alcanzaron las estrellas y las constelaciones, haciendo zozobrar a millares de barcas. Los habitantes del lago sintieron un gran pavor. En la barca había dos tambores de piedra, cada uno con un peso de cien libras. Wang alzó uno y lo arrojó; el agua bramó como un trueno y las olas disminuyeron gradualmente. Lanzó entonces el segundo, y el viento y las olas cesaron por completo. Wang sospechaba que su padre se había convertido en fantasma. El anciano le dijo: «Yo jamás había muerto. De las diecinueve personas que se ahogaron en el río, todas fueron devoradas por los monstruos; yo salvé la vida gracias a mi habilidad para patear la esfera. Estas criaturas ofendieron al Señor de Qiantang, por lo que se mudaron para refugiarse aquí, en Dongting. Aquellos tres son espíritus de peces, y la esfera con la que jugaban era una vejiga natatoria». Padre e hijo se reunieron con alegría y, a mitad de la noche, batieron los remos y partieron. Al amanecer, vieron en la barca una aleta de pez de cuatro o cinco codos de largo, y entonces comprendieron que era el brazo que habían cortado la noche anterior. *** ### Shang Sanguan En la antigua Ciudad de Zhuge existía un letrado llamado Shang Shiyu. Por haber ofendido a un potentado local en estado de ebriedad, este incitó a sus sirvientes a golpearlo salvajemente. Tras ser llevado a casa, falleció. Shiyu tenía dos hijos: el mayor se llamaba Chen y el segundo, Li; y una hija llamada Sanguan. Sanguan tenía dieciséis años y su matrimonio ya tenía fecha fijada, pero debido a la desgracia de su padre, este no pudo celebrarse. Sus dos hermanos acudieron a los tribunales a presentar una demanda, pero pasó todo el año sin que pudiera resolverse. La familia del prometido envió emisarios para consultar con la madre y pedirle que, por circunstancias excepcionales, se celebraran las nupcias. La madre estaba a punto de aceptarlo, cuando la joven intervino diciendo: «¿Cómo va a celebrarse una ceremonia dichosa cuando el cadáver del padre aún no está frío? ¿Acaso ellos no tienen padres?». Al enterarse, la familia del prometido se avergonzó y desistió. Al poco tiempo, los dos hermanos perdieron el juicio en los tribunales y regresaron cargados de agravios. Toda la familia se sumió en el dolor y la indignación. Los hermanos discutieron la posibilidad de retener el cadáver del padre para presentar una nueva demanda basada en ello. Sanguan declaró: «Si un hombre es asesinado y no se le entierra, ya podemos deducir cómo están los tiempos. ¿Acaso el Cielo va a engendrar en exclusiva para vosotros, hermanos, un inmaculado juez Bao? Dejar los restos expuestos, ¿cómo podéis soportarlo en vuestro corazón?». Los dos hermanos acataron sus palabras y enterraron al padre. Una vez concluido el sepelio, Sanguan huyó en la oscuridad de la noche sin que se supiera su paradero. La madre, abrumada por la vergüenza y temiendo que la familia del prometido se enterara, no se atrevió a comunicarlo a su clan, limitándose a ordenar a sus dos hijos que investigaran en secreto. Pasaron casi seis meses sin que hubiera el menor rastro de ella. Era el cumpleaños del rico hacendado Wang, quien había contratado a una compañía de actores para ofrecer una función. El actor Sun Chun llevó a dos de sus discípulos para encargarse de los menesteres. Uno de ellos, Wang Cheng, tenía un rostro corriente pero una voz clara y cristalina, lo que le valió los elogios de todos los presentes. El otro, Li Yu, poseía una belleza tan lozana y delicada como la de una bella doncella. Cuando le pidieron que cantara, este se excusó diciendo que no estaba preparado; mas al insistirle, las canciones que interpretó resultaron ser una mezcla de tonadas vulgares de alcoba, lo que arrancó los aplausos de toda la concurrencia. Sun Chun, sintiéndose profundamente avergonzado, explicó al anfitrión: —Este muchacho lleva poco tiempo estudiando conmigo y tan solo sabe servir el vino. Ruego que le perdonéis. De inmediato, ordenó a Li Yu que sirviera los brebajes. El joven iba y venía atendiendo a los invitados, adivinando con destreza los deseos del hacendado. A Wang le agradó sobremanera y, una vez terminados los brindis y dispersados los convidados, hizo que se quedara para compartir el lecho. Li Yu ayudó a Wang a quitarse los taburetes y a desatarse los zapatos, mostrando una esmerada y solícita atención. Cuando Wang, bajo los efectos del alcohol, le profirió palabras desvergonzadas, el joven se limitó a esbozar una sonrisa. Wang, aún más embelesado, despidió a todos los sirvientes y se quedó a solas con Li Yu. Apenas los criados se hubieron retirado, Li Yu cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo. Los criados se habían retirado a beber a otra habitación, cuando al cabo de un rato escucharon extraños ruidos crujientes que provenían del salón. Uno de los sirvientes fue a echar un vistazo y halló la habitación a oscuras y en completo silencio. Justo cuando se disponía a dar la vuelta, oyó de repente un estruendo formidable, semejante al sonido de una cuerda gruesa que se rompe al sostener un peso pesado. Preguntó a grandes voces, pero no obtuvo respuesta. Mandó a llamar a los demás para que abrieran la puerta a empujones, y al entrar descubrieron que el amo yacía con la cabeza separada del cuerpo. Li Yu se había ahorcado; la soga se había roto y yacía en el suelo, mientras que el trozo restante pendía aún firmemente del travesaño del techo, rodeando el cuello. Gran pánico se apoderó de todos. La noticia voló hacia las habitaciones interiores y la servidumbre se congregó sin acertar a comprender lo sucedido. Trasladaron el cadáver de Li Yu al patio, donde notaron que sus calcetines y zapatos estaban vacíos, como si no tuviera pies; al desatarlos, descubrieron que los botines blancos tenían forma de garfio, revelando que se trataba de una mujer. El asombro creció aún más, por lo que llamaron a Sun Chun para interrogarlo. Sun Chun estaba aterrorizado y no sabía qué responder, limitándose a decir: —Li Yu vino a hacerse discípulo mío hace un mes, expresando su deseo de servir al amo en su cumpleaños. Juro que ignoro por completo de dónde proviene. Como vestía ropas de luto, sospecharon que pudiera ser un asesino a sueldo de algún comerciante rival, por lo que dejaron a dos hombres custodiando a ambos cuerpos. El rostro de la muchacha parecía el de una persona viva; al tocarla, sus extremidades se sentían templadas y flexibles, lo que llevó a los dos guardias a tramar en secreto la vileza de profanarla. Cuando uno de ellos abrazó el cadáver para girarlo y se disponía a aflojarle las ataduras, sintió de pronto como si un golpe contundente le rompiera el cráneo; un chorro de sangre brotó violentamente de su boca y expiró en el acto. El otro guardia, presa del terror, dio aviso a los demás, quienes a partir de entonces comenzaron a venerarlos como si fueran divinidades. El asunto fue reportado al magistrado de la comandancia. Al interrogar a los hermanos de la joven, de nombres Chen y Li, ambos declararon: —No sabemos nada. Nuestra hermana menor desapareció hace ya medio año. Los oficiales les ordenaron acudir para realizar el reconocimiento, y comprobaron que se trataba en efecto de la tercera de los hermanos, San Guan. Maravillado por el prodigio, el magistrado dictaminó que los dos hermanos se hicieran cargo del sepelio y ordenó a la familia Wang que no abrigara deseos de venganza. El Historiador de lo Extrañas Comenta: *¡Tener una muchacha como Jing Ke en la familia y no saberlo! Ya podemos imaginarnos la clase de hombre que era su hermano. Sin embargo, ante la conducta de San Guan, hasta las gélidas aguas del río Yi se avergonzarían de dejar de fluir; ¡cuánto más aquellos seres mediocres que flotan y se hunden al ritmo del mundo! Ruego a las doncellas de todo el mundo que compren hilo y la borden en sus telas; su mérito y virtud no serán menores que los de aquellos que veneran al valeroso Lord Guan.* *** ### Yu Jiang Había un lugareño llamado Yu Jiang, cuyo padre, mientras pernoctaba en los campos, fue devorado por los lobos. Jiang, que por entonces contaba dieciséis años, halló los zapatos que su padre había dejado y, consumido por el dolor y el rencor, deseaba la muerte. Esperó a que su madre se durmiera por la noche, tomó en secreto un mazo de hierro y se dirigió a dormir al mismo lugar donde su padre había perecido, con la esperanza de vengarle. Al poco rato apareció un lobo, que dando vueltas comenzó a olisquearlo. Jiang permaneció inmóvil. Al no hallar nada de su interés, el animal agitó la cola rozándole la frente, y poco a poco fue bajando la cabeza hasta lamerle los muslos. Jiang seguía sin moverse. Entonces, el lobo, lleno de júbilo y avanzando directamente, se disponía a hincarle los colmillos en el cuello. Jiang le asestó de inmediato un golpe con el mazo en el cráneo al lobo, matándolo en el acto. Lo levantó y lo ocultó entre la hierba. Poco después apareció un segundo lobo, que repitió las mismas acciones que el anterior, y al cual dio muerte de igual manera. Así continuó hasta la medianoche, sin que volviera a aparecer criatura alguna. De pronto, al quedarse profundamente dormido, soñó que su padre le decía: «Has matado a dos bestias, lo cual basta para calmar mi rencor. Sin embargo, aquel que me dio muerte por primera vez tiene la nariz blanca; ninguna de estas es la que buscas». Jiang despertó y se quedó tendido firmemente a la espera. Al llegar el alba, no quedó rastro de animal alguno. Quiso arrastrar a los lobos de vuelta a casa, pero temiendo asustar a su madre, los arrojó a un pozo seco y regresó. Al llegar la noche volvió a marchar al lugar, sin que apareciera bestia alguna. Así pasaron tres o cuatro noches. De repente, un lobo se le acercó, le mordió un pie y comenzó a arrastrarlo. Tras avanzar unos pasos, las espinas le desgarraron la carne y las piedras le lastimaron la piel, pero Jiang se fingió muerto. El lobo lo dejó entonces sobre el suelo, con la intención de devorarle el vientre. Jiang se levantó de un salto y lo golpeó con el mazo, haciéndole caer; continuó golpeándolo sin tregua hasta matarlo. Al examinarlo detenidamente, vio que tenía efectivamente la nariz blanca. Inmensamente feliz, lo cargó a sus espaldas y regresó a casa, confesándoselo por fin a su madre. Su madre, llorando, lo acompañó a inspeccionar el pozo seco, donde hallaron a los otros dos lobos. El Historiador de lo Extrañas Comenta: *¿Acaso un simple campesino poseía semejante espíritu heroico? Su férrea lealtad brotaba de una sinceridad visceral; no se trataba tan solo de valor, sino de una astucia fuera de lo común.* *** ### Xiao Er En el distrito de Teng, un hombre llamado Zhao Wang y su esposa eran devotos seguidores del Buda, se abstenían de comer carne y sangre, y eran conocidos en la aldea con el título de «hombres bondadosos». Su hogar era considerado modestamente acomodado. Tenían una hija llamada Xiao Er, dotada de una inteligencia preclara y una belleza sin par, a quien Zhao amaba con devoción. A los seis años, la hizo estudiar junto a su hermano mayor, Changchun, bajo la tutela de un maestro; tras cinco años, ya dominaba por completo los Cinco Clásicos. Un compañero de estudios, el joven apellidado Ding, de nombre de cortesía Zimo, era tres años mayor que la muchacha y destacaba por su talento literario y su elegancia, por lo que ambos sintieron una profunda atracción mutua. El joven confió su deseo en secreto a la madre de la muchacha, pidiendo la mano de Xiao Er en matrimonio. Sin embargo, Zhao tenía planeado casar a su hija con una familia de abolengo, por lo que rechazó la propuesta. Poco después, Zhao cayó bajo la seducción de las enseñanzas del Loto Blanco; cuando Xu Hongru se alzó en rebelión, toda la familia terminó por unirse a los insurgentes. Xiao Er, que era letrada y de rápido entendimiento, dominaba a la perfección con solo verlos los arcanos de las técnicas de soldados de papel y caballos de frijol. De entre los seis discípulos que servían directamente a Xu, solo Xiao Er fue considerada la más sobresaliente, motivo por el cual recibió la transmisión íntegra de sus artes. A causa de su hija, Zhao obtuvo un puesto de gran confianza e importancia dentro de la jerarquía. Por entonces, contaba con dieciocho años y estudiaba en la Academia de Teng. Sin embargo, no quería ni oír hablar de matrimonio, pues su corazón seguía aferrado a la Pequeña Er. Se marchó en secreto y se alistó bajo las órdenes de Xu. Al verlo, la joven se alegró enormemente y lo trató con una cortesía muy superior a la habitual. Como Xu la consideraba su discípulo predilecto y la encargaba de los asuntos militares, entraba y salía día y noche sin que sus padres pudieran poner reparo alguno. Todas las noches, cuando Ding iba a verla, ella mandaba a retirar a todos los criados y se quedaban juntos hasta la tercera vigilia. Ding le dijo en secreto: —Este pequeño letrero ha venido hasta aquí, ¿conoce la señorita mis íntimas intenciones? La joven respondió: —No las conozco. Ding replicó: —No pretendo trepar por ambición como quien busca al dragón; la razón por la que he venido no es otra que usted. Las vías heterodoxas no salvan a nadie, solo conducen a la perdición. Usted es una persona inteligente, ¿no ha pensado en esto? Si es capaz de marchar conmigo, este insignificante corazón jura no defraudarla jamás. La joven dudó un instante con expresión conmovida, pero de pronto se despertó como de un sueño y dijo: —Abandonar a mis padres para partir sería una falta de rectitud; déjeme ir a avisarles. Ambos se presentaron ante Zhao para exponerle los pros y los contras. Zhao, incapaz de comprender, dijo: —¡Mi maestro es un ser divino, cómo podría haber en él error alguno! Viendo que era imposible hacer entrar en razón a su padre, la joven se cortó el flequillo, se recogió el cabello en un rodete y sacó dos cometas de papel. Le entregó una a Ding y cada uno montó en la suya. Las cometas desplegaron sus alas con un susurro, semejantes a las aves *jianjian*, y volaron juntas ala con ala. Al despuntar el alba, llegaron a los confines de Laiwu. La joven pellizcó el cuello de la cometa con los dedos e inmediatamente esta plegó sus alas y descendió. Tras recoger las cometas, tomaron un carruaje de doble tiro y galoparon hasta el barrio de Shanyin, donde, fingiendo huir de los estragos de la guerra, alquilaron una casa para vivir. Los dos salieron a la carrera, muy escasos de equipaje, y la leña y las provisiones escaseaban. Ding estaba muy preocupado. Fue a pedir grano prestado a los vecinos, pero nadie quiso prestarle ni un ascenso ni una escudilla. La joven no mostraba el menor rastro de tristeza; se limitaba a empeñar sus horquillas y zarcillos. Con las puertas cerradas, se sentaban tranquilamente a adivinar acertijos de linternas y a recordar libros perdidos, compitiendo así para ver quién ganaba o perdía; el perdedor debía golpear con dos dedos unidos la muñeca y el brazo del otro. Un anciano vecino de apellido surnombrado era un jefe de bandidos de los bosques verdes. Un día, tras regresar de cazar, la joven dijo: —«La riqueza es para el prójimo», ¿de qué tenemos que preocuparnos? Si le pedimos prestadas mil onzas de oro temporalmente, ¿acaso no nos las dará? Ding lo vio muy difícil. La joven dijo: —Haré que con gusto me las entregue. Entonces recortó un papel con la forma de un juez del inframundo, lo colocó en el suelo y lo cubrió con una jaula para pollos. Acto seguido, tomó de la mano a Ding para subir al estrado, calentó vino añejo y estableció como regla del banquete hojear el *Clásico de los Ritos*: bastaba con mencionar en qué página de qué volumen y qué personaje aparecía para que ambos buscaran el pasaje. Aquel a quien le tocara un carácter con radical de comida, de agua o de vino debía beber, y al que le tocara el departamento del vino se le doblaba la pena. Al poco rato, a la joven le tocó precisamente el ideograma de «persona bebedora», y Ding la instó a apurar la gran copa hasta el fondo. La joven rezó entonces: —Si logramos que nos presten el oro, a usted le tocará beber del departamento de la bebida. Ding hojeó el libro y le tocó «persona tortuga». La joven soltó una gran carcajada y dijo: —¡El asunto ya está resuelto! Y le sirvió el vino a gotas. Ding protestó inconforme. La joven dijo: —Usted pertenece a la fauna acuática, así que le corresponde beber como una tortuga. Mientras discutían animadamente, se oyó un ruido seco que provenía de la jaula. La joven se levantó y dijo: —Ya han llegado. Al levantar la jaula para inspeccionar, vio que en el interior de una bolsa de tela había una enorme cantidad de oro, amontonada y rebosante. Ding no cabía en sí de asombro y alegría. Más tarde, la anciana de la casa del vecino vino a visitarlos con su nieto y confió en voz baja: —El amo volvió por fin a casa y se sentó de noche junto al fuego a la luz de las linternas. De repente, la tierra se agrietó con violencia dejando un abismo insondable. Un juez emergió del interior y dijo: —«Soy el inspector de los infiernos. El Señor del Monte Tai se ha reunido con los oficiales del inframundo y ha elaborado un registro de las maldades de los bandidos visitantes. Se requieren mil lámparas de plata, cada una de diez taels de peso; si se donan cien lámparas, los pecados e culpas quedarán borrados». El amo, aterrorizado, quemó incienso, rezó con postraciones y le entregó mil onzas de oro. El juez se desvaneció hacia el interior y la tierra volvió a cerrarse. Al oír estas palabras, el matrimonio no dejaba de chasquear la lengua con asombro. A partir de entonces, comenzaron poco a poco a comprar bueyes y caballos, a tener criadas y sirvientes, y a edificarse una propia mansión. Los holgazanes del vecindario, codiciosos de su riqueza, se unieron a varios maleantes para saltar el muro y asaltar a Ding. Cuando Ding y su esposa despertaron de su sueño, los bandidos ya habían encendido manojos de cañas para alumbrarse y llenaban toda la casa. Dos de ellos inmovilizaron a Ding, mientras otro metía la mano en el pecho de la mujer. La joven se incorporó semidesnuda, los señaló con el dedo extendido y gritó: —¡Basta, basta! Los trece bandidos se quedaron con la lengua fuera y plantados en el sitio, mudos como estatuas de madera. La joven se puso los pantalones, bajó del estrado, llamó a los sirvientes y ordenó que ataran a todos los intrusos con las manos a la espalda, obligándoles a confesar con pelos y señales. Entonces los reprendió diciendo: —Gentes de lugares lejanos que hunden la cabeza en los valles y hondonadas, lo que esperan es ayudarse mutuamente; ¿cómo se puede ser tan insensible hasta este extremo? Las urgencias son algo común en la vida de los hombres; si uno se encuentra en un apuro acuciante, bien puede decirlo claramente, ¿acaso soy de las que amasan riquezas para guardarlas celosamente? Vuestros actos de lobos y chacales merecen sin duda la muerte de todos vosotros; pero lo que yo no puedo soportar es quitar la vida, así que os dejaré marchar por esta vez. ¡Si volvéis a reincidir, no habrá perdón! Los bandidos se postraron en agradecimiento y se fueron. No pasó mucho tiempo antes de que Hongru fuera apresado, y tanto Zhao como su esposa y sus hijos fueron ajusticiados y exterminados. El joven llevó oro para rescatar al hijo menor de Changchun y lo trajo consigo. El niño tenía entonces tres años, y lo criaron como si fuera propio, haciendo que llevara el apellido Ding y dándole el nombre de Chengtu para que continuara el linaje. A partir de entonces, la gente del vecindario comenzó a sospechar que eran parientes de los proscritos de la Secta del Loto Blanco. Y dio la casualidad de que una plaga de langostas devoraba las cosechas, por lo que la joven liberó varios cientos de cometas de papel en los campos. Las langostas huyeron despavoridas y no se atrevieron a entrar en sus sembrados, por lo que su cosecha salió ilesa. Los aldeanos, llenos de envidia, los denunciaron en masa ante las autoridades locales, tachándolos de cómplices de los remanentes de Hongru. El magistrado, codicioso de su riqueza, miró a Ding con ojos de carnicero y ordenó su arresto. Ding sobornó generosamente al funcionario con grandes riquezas y solo así pudo salvar la vida. La joven dijo: —La riqueza que ha llegado de este modo tan indigno era natural que se dispersara de una u otra forma. Sin embargo, esta tierra de serpientes y escorpiones no es un lugar donde se pueda vivir por más tiempo. Dicho esto, vendió sus propiedades a bajo precio y marchó de allí, deteniéndose en los confines occidentales de Yidu. La mujer era ingeniosa y diestra, experta en el comercio y la acumulación de riquezas, superando en perspicacia a los hombres. A menudo abría tiendas de vidrio esmaltado, trayendo consigo a artesanos a los que guiaba personalmente. En cuanto a toda clase de linternas de ajedrez, sus diseños singulares y sus colores fantásticos superaban a los de cualquier otro establecimiento, por lo que sus precios eran elevados y se vendían con rapidez. Al cabo de varios años, su fortuna creció hasta rivalizar con la de los magnates. Sin embargo, su supervisión sobre las sirvientas y los criados era estricta; aunque las bocas a alimentar se contaban por centenares, no había ninguna mano ociosa. En su tiempo libre, invariablemente preparaba té y jugaba al ajedrez con Ding, o se deleitaba leyendo libros e historias. Las entradas y salidas de dinero y grano, así como las labores de los criados, eran evaluadas cada cinco días; ella misma sostenía el ábaco, mientras Ding registraba los asientos y cantaba los nombres en voz alta. A los diligentes se les otorgaban recompensas diferenciadas, y a los perezosos se les castigaba con azotes y la pena de arrodillarse. En dichos días se les concedía licencia para no trabajar durante la noche; el marido y la mujer preparaban vino y manjares, y convocaban a las criadas para que entonaran tonadas populares y rieran. La mujer poseía una perspicacia casi divina, de modo que nadie se atrevía a engañarla. Y dado que sus recompensas superaban con creces el esfuerzo invertido, sus asuntos se gestionaban con facilidad. En la aldea, compuesta por más de dos casas de cien familias, a todos los pobres se les entregaba capital proporcionalmente, por lo que la comarca carecía de vagabundos y holgazanes. Cuando sobrevino una gran sequía, la mujer ordenó a los aldeanos que erigieran un altar en los campos; montada en su carruaje salió al campo, caminó con el paso de Yu y ejecutó sus sortilegios, tras lo cual una lluvia benéfica se precipitó con fuerza, logrando que un radio de cinco li quedara plenamente saciado. La gente la veneró aún más. Cuando la mujer salía, jamás se cubría el rostro, y todos los aldeanos la contemplaban. A veces, grupos de jóvenes se reunían y discutían en privado sobre su belleza; pero en cuanto la encontraban cara a cara, todos guardaban un respetuoso silencio y no se atrevían a alzar la mirada. Cada otoño, a los niños de la aldea que aún no sabían labrar la tierra les entregaba monedas para que recolectaran hierba amarga, y tras casi veinte años, esta se acumulaba hasta llenar altillos y habitaciones. En secreto, la gente se burlaba de ella. Ocurrió entonces que en Shandong hubo una hambruna en la que la gente se devoraba unos a otros; la mujer sacó entonces la hierba y la mezcló con mijo para alimentar a los hambrientos, permitiendo que las aldeas vecinas sobrevivieran gracias a ello, sin que se registraran huidos ni desertores. El Historiador de lo Extraño comenta: «Los actos de la segunda mujer fueron, sin duda, un don celestial y no obra humana. Sin embargo, de no haber mediado la iluminación de una sola palabra, habría permanecido muerta junto a los demás desde mucho antes. Visto así, aquellos en el mundo que poseen talentos extraordinarios pero perecen por descarriarse en caminos torcidos no deben ser pocos. ¿Cómo saber si entre los seis condiscípulos no había alguien así? ¡Qué lástima que no se encontraran con el erudito Ding!». Gengniang Jin Dayun era descendiente de una antigua familia de Zhongzhou. Estaba prometido a la hija del prefecto You, cuyo nombre de cortesía era Gengniang; era tan bella como virtuosa, y su afecto mutuo era sumamente profundo. A causa de los desórdenes provocados por los bandidos errantes, su familia se dispersó, por lo que Jin huyó hacia el sur con los suyos. En el camino se encontró con un joven que también huía en compañía de su esposa, el cual decía ser el décimo octavo príncipe de Guangling y se ofreció a servir como vanguardia. Jin se alegró, y desde entonces marcharon y se detuvieron juntos. Al llegar a la orilla del río, la mujer le advirtió en secreto a Jin: «No compartas la barca con ese joven. Me ha mirado en repetidas ocasiones, sus ojos se agitan y su semblante cambia; sus intenciones son insondables». Jin asintió. El tal Wang fue muy solícito, consiguió una gran embarcación y ayudó a Jin a transportar su equipaje, prodigando fatigas y esmero. Jin no tuvo el corazón para rechazarlo; además, pensó que, puesto que viajaba con su joven esposa, no debía de albergar malas intenciones. La mujer compartía aposento con Gengniang, y sus modales también eran bastante suaves y corteses. Wang se sentaba en la proa y conversaba animadamente con los remeros, como si fuesen parientes muy allegados y conocidos. Al poco tiempo cayó la tarde; el trayecto por el agua era largo y sinuoso, y las aguas se extendían sin que se pudiera distinguir el norte del sur. Jin miró a su alrededor y vio un paraje solitario y peligroso, lo que despertó en él serias dudas y sospechas. Al poco rato, la brillante luna se alzó y descubrió que todo el horizonte estaba cubierto de juncos. Una vez anclada la barca, Wang invitó al padre y al hijo de Jin a salir a la cubierta para despejarse un poco, y aprovechando la ocasión, empujó a Jin al agua. Al ver aquello, el padre de Jin quiso gritar, pero los barqueros lo golpearon con una pértiga y también cayó ahogado. La madre de Jin, al escuchar los ruidos, salió a asomarse, y de la misma manera fue golpeada y ahogada. Solo entonces Wang comenzó a pedir auxilio. Cuando la madre salió, Gengniang venía detrás y ya había observado sutilmente lo ocurrido. Al enterarse de que toda la familia se había ahogado, no mostró la menor sorpresa. Tan solo lloró diciendo: «¡Mis suegros han perecido, a dónde podré ir ahora!». Wang se acercó a consolarla: «No se preocupe, señora; le ruego que me siga a Jinling. Las tierras y la hacienda de mi hogar son más que suficientes para mantenerla, le aseguro que no correrá ningún peligro». La mujer enjugó sus lágrimas y dijo: «Siendo así, me doy por satisfecha». Wang se alegró enormemente y le prodigó favores muy generosos. Al caer la noche, se acercó a la mujer para exigirle placeres amorosos. La mujer se excusó aduciendo indisposición menstrual, por lo que Wang fue a dormir con su propia esposa. Apenas concluida la primera vigilia, el matrimonio comenzó a discutir con furor, sin que se supiera el motivo. Tan solo se oyó decir a la esposa: «¡Por lo que has hecho, el trueno temo que te despedace el cráneo!». Wang entonces golpeó a su esposa, y esta exclamó: «¡Prefiero morir de una vez! ¡Es verdad que no quiero ser la mujer de un asesino!». Furioso y rugiendo, Wang arrastró a su esposa hacia afuera; al instante se escuchó un golpe sordo y se vociferó que la mujer había caído al agua. Poco después, llegaron a Jinling y Gengniang fue conducida a la residencia, donde subió al salón principal para presentarse ante la anciana madre. La anciana se mostró extrañada al ver que no era la misma nuera de antes. Wang le dijo: «La mujer anterior cayó al agua y murió; esta es una nueva esposa que acabo de tomar». Al regresar a su habitación, Wang quiso de nuevo forzarla. Gengniang sonrió y dijo: «Siendo un hombre de casi treinta años, ¿acaso aún no conoces los caminos del talle? Cuando los jóvenes del mercado celebran las nupcias por primera vez, aun para una modesta copa de vino ligero hay lugar; tu familia es próspera, de modo que no te costaría conseguirlo. Estar sobrios y mirarnos cara a cara, ¿qué clase de actitud es esta?». Encantado, Wang mandó a preparar vino y ambos bebieron cara a cara. Gengniang sostuvo la copa, invitándolo a beber una y otra vez con extrema solicitud. Wang, cayendo gradualmente en la embriaguez, declinó seguir bebiendo. Gengniang tomó un cuenco grande y, con halagos forzados, lo instó a continuar. Wang no pudo resistirse y volvió a beber. Quedó entonces profundamente ebrio, despojándose de sus ropas y apresurándose a dormir. Gengniang apartó los utensilios, apagó la vela y puso como pretexto la necesidad de aliviarse. Salió de la habitación, regresó con un sable y, en la oscuridad, tanteó con la mano el cuello de Wang, quien aún la tomaba del brazo profiriendo murmullos cariñosos. Gengniang lo cortó con fuerza; al ver que no moría, este dio un grito y se incorporó; ella volvió a blandir el arma hasta que por fin lo despachó. La anciana madre, oyendo vagamente algo, se apresuró a investigar, y la mujer también la mató. El hermano menor de Wang, el décimo noveno, se percató de lo ocurrido. Sabiendo que no podría escapar de su destino, Gengniang se apresuró a degollarse; pero el sable, mellado y embotado, no lograba penetrar su carne, así que abrió la puerta y huyó corriendo. El décimo noveno la persiguió, mas ella ya se había arrojado al estanque. Al dar voces a los vecinos y rescatarla, ya había fallecido, aunque su semblante conservaba la belleza de la vida misma. Al inspeccionar juntos el cadáver de Wang, hallaron una carta sobre el alféizar de la ventana y, al abrirla, vieron que la mujer exponía detalladamente las ofensas de su infortunio. Todos la consideraron una mujer de férrea virtud y acordaron reunir fondos para sufragar sus exequias. Al amanecer, se congregaron varios miles de curiosos; al contemplar su rostro, todos se postraron en reverencia ante ella. En el transcurso del día, se recaudaron cien piezas de oro, con las que fue sepultada en los suburbios del sur. Los espíritus generosos le hicieron una corona de perlas y vestimentas de brocado, enterrándola con gran opulencia. Al principio, cuando el Joven Jin se había anegado, flotó sobre un manco de tabla y logró salvarse. Al despuntar el alba, llegó a la ribera del Huai, donde fue rescatado por una pequeña embarcación. Dicha embarcación pertenecía al anciano Yin, un hombre acaudalado que la había dispuesto especialmente para rescatar a los ahogados. Una vez recuperado, Jin fue a presentarse ante el anciano para expresarle su agradecimiento. El anciano lo trató con gran generosidad y lo retuvo para que instruyera a su hijo. Como Jin no tenía noticias del paradero de sus padres, planeaba ir en su búsqueda, por lo que aún no se decidía a partir. Poco después, llegó la noticia: «Hemos rescatado a un anciano y a una anciana ahogados». Sospechando que se trataba de sus padres, Jin corrió a comprobarlo y, en efecto, así era. El anciano Yin pagó por el madero del ataúd en su lugar. Mientras el joven se lamentaba con amargura, los otros anunciaron de nuevo: «Hemos rescatado a una mujer ahogada, quien afirma que el Joven Jin es su esposo». Derramando lágrimas, Jin salió sobresaltado y vio que la mujer ya había llegado; no era Gengniang en absoluto, sino la esposa del décimo octavo hermano de la familia Wang. Se arrojó llorando desconsoladamente ante Jin, suplicándole que no la abandonara. Jin dijo: «Mi mente y mi corazón ya están sumidos en el caos, ¿qué tiempo tengo para ocuparme de los asuntos ajenos?». La mujer se afligió aún más. Al enterarse del trasfondo y complacido de ver en ello una retribución del Cielo, el anciano Yin aconsejó a Jin que tomara a la mujer por esposa. Jin se excusó alegando que guardaba luto y que además debía vengar a los suyos, temiendo que una mujer y una debilidad se convirtieran en una carga. La mujer replicó: «A juzgar por sus palabras, si Gengniang aún viviera, ¿también la apartaría de su lado por causa de la venganza y el luto?». Viendo que sus palabras eran sensatas, el anciano le pidió que la acogiera temporalmente bajo su amparo, a lo cual Jin finalmente accedió. Tras dar sepultura al anciano Yin y a su esposa, la mujer vistió ropas de cáñamo burdo y lloró como si estuviera despidiendo a sus propios suegros. Terminados los funerales, Jin, portando una hoja oculta y el cuenco de mendicante, se dispuso a partir hacia Guangling. La mujer lo detuvo diciendo: «Esta humilde servidora, de apellido Tang, tiene a sus ancestros radicados en Jinling y es paisana de ese lobo sanguinario. Lo que dijiste antes sobre Guangling era una mentira. Además, los bandidos fluviales de los lagos son en su mitad cómplices suyos; no podrás vengar tu afrenta y solo atraerás la desgracia sobre ti». Jin vaciló sin saber qué medida tomar. De pronto, comenzó a correr la noticia sobre la mujer que había ajusticiado a su enemigo; el relato se extendía por todos los canales y vías fluviales, mencionando con total precisión los nombres y apellidos. Al enterarse, Jin sintió un gran alivio, pero su congoja se incrementó. Se despidió de su esposa diciendo: «Por fortuna mi honor no ha quedado mancillado. Teniendo en casa a una mujer tan íntegra y virtuosa, ¿cómo podría tener el corazón de traicionarla y volver a casarme?». No queriendo aceptar una separación a mitad de camino, dado que ya existía un acuerdo previo, la mujer expresó su deseo de situarse por sí misma en la condición de concubina. Sucedió por entonces que el subgeneral Yuan, quien mantenía viejos lazos de amistad con el anciano Yin, se dispuso a viajar hacia el oeste e hizo una escala para visitar a Yin. Al conocer a Jin, simpatizaron profundamente y el general le pidió que se desempeñara como su secretario militar. No pasó mucho tiempo antes de que los rebeldes insurrectos amenazaran el orden imperial, y el general Yuan cosechó grandes méritos; gracias a su participación en la estrategia militar y en reconocimiento a sus servicios, Jin fue nombrado comandante guerrero al regresar a su hogar. Fue entonces cuando la pareja pudo consumar finalmente las ceremonias nupciales. Tras permanecer allí unos días, Jin llevó consigo a su esposa a Jinling con la intención de rendir tributos ante la tumba de Gengniang. Al hacer una escala momentánea en Zhenjiang, desearon subir al monte Jin. Mientras surcaban la corriente en una barca, de repente cruzó velozmente una embarcación a su lado, en la cual viajaban una anciana y una joven. Les extrañó que esta última guardara un parecido asombroso con Gengniang. La barca pasó rauda, y la mujer observó a Jin a través de la ventana, con una expresión y un aire todavía más idénticos. Llenos de asombro y recelo, sin atreverse a perseguirlos, exclamaron apresuradamente: «¡Miren, una bandada de patitos volando hacia el cielo!». Al escuchar aquello, la joven también exclamó desde dentro: «¿Acaso el cachorro glotón tiene antojo de comer pescado apestoso?». Era aquella una broma íntima que compartían en el gineceo en aquellos años de antaño. Sorprendido en extremo, Jin ordenó virar la proa para acercarse: era verdaderamente Gengniang. Una sirvienta de ropas verdosas la ayudó a pasar a su barca, y al abrazarse rompieron en un llanto doliente, conmoviendo a todos los viajeros. Tang se presentó ante Gengniang respetando los ritos debidos a la esposa principal. Gengniang, estupefacta, le pidió explicaciones, y solo entonces Jin relató minuciosamente toda la historia. Tomándola de la mano, Gengniang dijo: «Aquel día de nuestra charla en la misma barca, mi corazón jamás dejó de recordarlo; ¡jamás imaginé que los reinos de Wu y Yue terminarían siendo una sola familia! Como me habéis hecho el favor de dar sepultura a mis suegros, era vuestro deber principal recibir mi agradecimiento, ¿por qué habríais de tratarme con semejante protocolo?». Tomando entonces en cuenta sus edades por el orden de los dientes, puesto que Tang era un año menor que Gengniang, la declaró su hermana menor. Primero, Gengniang, tras ser enterrada, no supo cuántos manantiales y otoños habían pasado. De pronto, alguien exclamó: «¡Gengniang, tu esposo no ha muerto; aún habéis de reuniros!». Al instante, se sintió como si despertara de un sueño. Palpó a su alrededor y comprobó que eran cuatro paredes, comprendiendo entonces que había muerto y estaba enterrada. Solo sentía cierta opresión, mas ningún dolor. Cierto joven rufián, al notar que los ajuares funerarios eran suntuosos, cavó en la tumba y abrió el ataúd. Justo cuando iba a saquearlo, vio que Gengniang seguía viva, por lo que ambos retrocedieron aterrorizados. Gengniang temió que la dañaran y les suplicó: —¡Qué fortuna que hayáis venido y me hayáis permitido ver de nuevo la luz del sol! Las horquillas y pendientes de mi cabeza, llevadlos todos. Os ruego que me vendáis como monja budista; así aún podréis sacar algo de provecho. Yo tampoco lo divulgaré. El ladrón hizo una reverencia con las manos unidas ante el pecho y dijo: —¡Señora, vuestra castidad y lealtad son admiradas por hombres y dioses por igual! Los de nuestra clase no somos más que unos desdichados sin recursos que cometen semejantes actos infames. ¡Con tal de que no reveléis nada, ya nos damos por bien servidos, cómo os vamos a vender como monja! Gengniang repuso: —Esto es algo que yo misma deseo de todo corazón. Otro ladrón añadió: —La señora Geng, de Zhenjiang, es viuda y no tiene hijos; si vuestra merced la viera, de seguro se alegraría enormemente. Gengniang se lo agradeció. Se quitó los adornos de perlas por voluntad propia y se los entregó íntegros a los ladrones. Estos no se osaban a aceptar; pero, al insistir ella con firmeza, los recibieron haciendo una reverencia conjunta. Entonces la subieron a un carro y la llevaron hasta la mansión de la señora Geng, fingiendo que se habían desorientado por culpa de los vientos del río. La señora Geng pertenecía a una familia acaudalada y vivía en solitario como anciana viuda. Al ver a Gengniang, se alegró muchísimo y la trató como si fuera su propia hija, pues casualmente madre e hijo acababan de regresar del monte Jinshan. Gengniang relató con detalle su pasado. Jin subió entonces a la embarcación para rendir reverencias a su madre, y esta lo trató como si fuera su yerno. Lo invitó a quedarse en casa y lo retuvo durante unos días antes de dejarlo marchar. A partir de entonces, el trasiego entre ambos hogares fue incesante. El Historiador de lo Extra Yishi comenta: Ante una gran calamidad, los licenciosos sobreviven y los castos perecen. Los que viven desgarran las pestañas del prójimo, mientras que los muertos solo enjugan las lágrimas ajenas. En cuanto a mantenerse impávida entre risas y charlas, y tomar venganza con sus propias manos contra el enemigo mortal, entre los hombres de honor y rectitud de todas las eras, ¿acaso abundan sus pares? ¿Quién se atreve a decir que una mujer no puede equiparar las huellas de Yanyun? Gong Mengbi Liu Fanghua era oriundo de Baoding. Poseía una riqueza que dominaba en toda la región, era generoso y le encantaba recibir huéspedes, de modo que en su mesa rara vez faltaban un centenar de personas. Salía al rescate de las urgencias ajenas sin escatimar ni mil taels de oro. Los amigos y visitantes le pedían préstamos que habitualmente no devolvían. Tan solo un huésped, llamado Gong Mengbi y oriundo de Shaanxi, no solicitaba jamás favor alguno en toda su vida. Cada vez que llegaba, se quedaba invariablemente durante todo un año. Su discurso era puro y despejado, y era con Liu con quien compartía el lecho y el tiempo con mayor frecuencia. El hijo de Liu, llamado He, era por entonces un muchacho de tierna edad, y lo trataba como a un tío. A Gong también le agradaba jugar con He. Siempre que el muchacho regresaba de la escuela, aquel se ponía a levantar con él los ladrillos del suelo y a enterrar piedrecillas simulando que ocultaban oro, solo para echarse a reír. Tenían una casa de cinco vigas que prácticamente habían excavado por completo en busca de tesoros ocultos. Los demás se mofaban de semejante comportamiento infantil, pero He era el único que le profesaba gran afecto, siendo el más apegado de todos los huéspedes. Pasada más de una década, la fortuna familiar decayó paulatinamente y ya no pudo satisfacer las demandas de tantos comensales, por lo que los invitados comenzaron a escasear; sin embargo, una docena de ellos seguía charlando y banqueteando hasta el amanecer como de costumbre. Al llegar la vejez de Liu, la ruina se tornó aún más acuciante, al punto de tener que vender parcelas de tierra para procurarse ingresos y así costear el vino y la comida. He, por su parte, seguía derrochando y, a imitación de su padre, se rodeaba de amigotes, sin que Liu se lo prohibiera. Al poco tiempo, Liu enfermó y falleció, al punto de no tener con qué costear los preparativos funerarios. Fue entonces cuando Gong sacó oro de su propio bolsillo para gestionar las exequias de Liu. He se lo agradeció aún más en el alma, dejándole en manos de su tío Gong la dirección de cualquier asunto, grande o pequeño. Ocurría a menudo que, al entrar Gong desde la calle, llevaba siempre mangas llenas de guijarros y escombros, los cuales arrojaba en los rincones oscuros al llegar a la habitación, sin que nadie lograra adivinar jamás cuál era su intención. Cada vez que He le manifestaba su angustia por la pobreza, Gong le respondía: —Desconoces la dificultad que entraña ganarse el sustento con esfuerzo. No hablemos ya de carecer de dinero; incluso si te entregara mil taels de oro en este instante, podrías dilapidarlos al momento. Lo que un hombre debe temer es no saber valerse por sí mismo, ¡cómo vas a preocuparte por la pobreza! Un día, Gong se despidió con la intención de marchar a su tierra. He, entre lágrimas, le suplicó que regresara pronto; Gong se lo prometió y partió. He, sumido en la pobreza y sin medios para subsistir, vio cómo sus objetos de empeño se agotaban poco a poco. Aguardaba cada día la llegada de Gong para que pusiera orden en la hacienda, pero este se esfumó sin dejar rastro ni sombra, desapareciendo como una grulla amarilla. Anteriormente, cuando el señor Liu vivía, le había apalabrado a He un matrimonio con la familia Huang de Wuji, una estirpe de gran solidez económica. Más adelante, al enterarse de la pobreza de los Liu, en su interior albergaron recelos y arrepentimiento. Tras el fallecimiento de Liu, al recibir la esquela funeraria, ni siquiera enviaron condolencias; aun así, ellos buscaron disculpas amparándose en la gran distancia. Una vez que He cumplió el luto, su madre lo mandó a presentarse por su cuenta ante la familia de su prometida para fijar la fecha de la boda, con la esperanza de que los Huang se apiadaran de ellos. Al llegar, los Huang, al advertir que sus ropas y calzado estaban rotos y gastados, ordenaron al portero que le negara la entrada y le hicieron llegar este recado: «Regresad cuando podáis reunir cien taels de oro; de lo contrario, os ruego que rompamos toda relación desde este momento». Al oír tales palabras, He rompió a llorar amargamente. La anciana Liu, vecina de la puerta de enfrente, se compadeció de él, lo hizo pasar para ofrecerle comida y le regaló trescientas monedas de cobre, consolándolo para que emprendiera el regreso. Su madre, al enterarse, también se afligió e indignó sin hallar solución alguna. Recordando entonces que de los antiguos huéspedes que les debían dinero ocho o diez no habían pagado, le pidió que escogiera a los más adinerados para solicitarles ayuda. He replicó: —Aquellos que antaño confraternizaban conmigo lo hacían únicamente por nuestra riqueza. Si me hubiera presentado en carro de cuatro caballos pidiendo prestados mil taels de oro, tampoco les habría costado tanto; en un estado semejante al nuestro, ¿quién va a acordarse de los favores de antaño o de los viejos afectos? Además, mi difunto padre entregaba dinero y bienes a la gente sin firmar ningún contrato o garantía, por lo que resulta sumamente difícil reclamar tales deudas basándose en meras pruebas. Su madre, no obstante, insistió con firmeza. He obedeció sus instrucciones. Estuvo buscando durante unos veinte días sin lograr recaudar ni una sola moneda; tan solo el actor Li Si, quien en el pasado había recibido sus mercedes y favores, al enterarse de lo ocurrido, le regaló un tael de oro por caballerosidad. Madre e hijo rompieron a llorar amargamente, perdiendo desde entonces toda esperanza. La señorita Huang ya había alcanzado la época del ji, y al enterarse de que su padre había roto el compromiso abruptamente, en su interior consideró que aquello no era recto. El señor Huang deseaba que su hija contrajera nupcias con otro. La doncella lloró y dijo: «El joven Liu no nació en la pobreza perpetua. Si su riqueza llegara a duplicar la de tiempos pasados, ¿acaso los enemigos de nuestra casa podrían arrebatárselo? ¡Hoy, por ser pobre, abandonarlo carece de benevolencia!». El señor Huang, disgustado, la persuadió de mil maneras, pero la doncella jamás flaqueó. Padre y madre, airados por igual, la regañaban y escupían de mañana y tarde, mas la doncella lo soportaba con sosiego. Poco después, la casa sufrió el asalto de unos bandidos; el matrimonio Huang estuvo a punto de morir torturado por el tormento del fuego, y todas las pertenencias de la familia fueron saqueadas hasta dejarla completamente vacía. Al cabo de tres años de transcurso continuo, la hacienda familiar decayó aún más. Cierto mercader del oeste, habiendo oído de la belleza de la doncella, se ofreció a entregar cincuenta taels de oro como dote formal. El señor Huang, codicioso, aceptó la propuesta y se dispuso a doblegar por la fuerza la voluntad de su hija. La doncella, al percatarse de su maquinación, desfiguró sus ropajes, embarró su rostro y huyó amparada por la noche, mendigando su sustento a lo largo del camino. Tras dos meses de andar, finalmente llegó a Baoding, indagó por la residencia de la familia He y se presentó directamente en su puerta. La madre la tomó por la esposa de un mendigo, por lo que la increpó con dureza. La doncella, sollozando, relató su propia historia. La madre la tomó de las manos y lloró diciendo: «¡Niña, cómo ha llegado tu cuerpo a este estado!». La doncella, con profunda aflicción, le contó los motivos. Ambas, madre e hija, rompieron en llanto. De inmediato la hizo asear y bañar; su semblante adquirió brillo y lozanía, y sus cejas y ojos resplandecían con viveza. Madre e hija se llenaron de alegría. Sin embargo, al ser tres bocas en el hogar, apenas disponían de un solo bocado al día. La madre, entre lágrimas, dijo: «Nuestra madre e hijo naturalmente debemos pasar por esto; ¡lo que más me duele es haber agraviado a nuestra virtuosa nuera!». La doncella la consoló con una sonrisa, diciendo: «Esta nuera, entre los mendigos, ha conocido bien amargas sazones; al mirarlo hoy, siento que hay una diferencia tan grande como entre el cielo y el infierno». La madre logró esbozar una sonrisa. Un día, al entrar la doncella en una habitación desusada, vio que las hierbas secas crecían enmarañadas sin dejar un solo espacio libre; al adentrarse poco a poco en el dormitorio interior, el polvo se acumulaba en el centro, y en un rincón sombrío había objetos amontonados. Al tropezar con ellos, su pie chocó contra algo duro; al recogerlos para examinarlos, vio que todos eran lingotes de plata zhuanti. Sorprendida, corrió a avisarle a He. He acudió con ella para comprobarlo y descubrió que los escombros que su abuelo había arrojado en el pasado se habían convertido por completo en plata pura. Recordando entonces que, en su niñez, su padre solía enterrar objetos en una cámara de piedra, ¿no sería acaso que todo aquello era oro? Pero la antigua mansión ya había sido empeñada a la familia oriental. Se apresuró a rescatarla. Entre ladrillos rotos y fragmentos incompletos, las piedras ocultas asomaban a la vista, lo que le produjo un considerable desencanto; pero al levantar otros ladrillos, resultó que todos ellos eran relucientes lingotes de plata blanca. En un instante, su fortuna ascendió a decenas de miles. A partir de entonces, rescató tierras y propiedades, compró esclavos y sirvientes, y la elegancia de su patio y puerta superó la de los días pasados. Se incitó a sí mismo con fervor diciendo: «¡Si no me forjo un porvenir, defraudaré a mi tío Gong!». Dedicó su voluntad por completo a los estudios, y en el plazo de tres años aprobó los exámenes乡试 (xiāngshì). Entonces, llevando consigo plata blanca en persona, acudió a recompensar a la anciana Liu. Sus ropas frescas deslumbraban a la vista; le acompañaban una decena de sirvientes, todos montados en briosos corceles semejantes a dragones. La anciana Liu apenas poseía una mísera vivienda, de modo que He se sentó directamente sobre el lepanto. El alboroto de la gente y el relincho de los caballos llenaban por completo el callejón. El señor Huang, desde que su hija se había extraviado y el mercader del oeste le había obligado a devolver el dinero de la dote, ya había consumido casi la mitad de sus bienes, y solo vendiendo su casa solariega logró saldar la deuda. Por tal motivo, su indigencia era tan grande como la que He había padecido antaño. Al enterarse de la opulencia de su antiguo yerno, se encerraba tras sus puertas para lamentar su propia desgracia. La anciana Liu compró vino y preparó un banquete para obsequiar a He, en el cual ponderó la virtud de la doncella y lamentó su huida. Le preguntó si ya había contraído matrimonio. He respondió: «Ya me he casado». Una vez concluida la comida, instó a la anciana a ir a visitar a la nueva esposa, y la hizo subir a su carruaje para regresar juntos. Al llegar a casa, la doncella salió ataviada con espléndidos ropajes, rodeada por una multitud de doncellas que la hacían parecer un inmortales. Al encontrarse, sintieron un gran asombro; procedieron entonces a relatar los sucesos del pasado y preguntaron con solicitud por la salud y bienestar de sus padres. Tras permanecer allí varios días en medio de una cálida y generosa hospitalidad, mandó confeccionar finas vestiduras para renovar su atuendo de pies a cabeza, y solo entonces dispuso su regreso. La anciana Liu se encaminó a la casa de los Huang para anunciar la buena nueva sobre la doncella y, al mismo tiempo, llevarle sus saludos. El matrimonio quedó sumamente estupefacto. La anciana los instó a presentarse ante su hija, pero el señor Huang mostró un semblante vacilante. Más tarde, incapaces de soportar el frío y el hambre, no tuvieron más remedio que dirigirse a Baoding. Al llegar a la puerta, vieron que los portones eran imponentes y magníficos, y los porteros los miraban con ojos furiosos y ceño fruncido, negándoles el paso durante todo el día. Cuando una mujer salió, el señor Huang adoptó un tono amable y palabras humildes, revelándole su apellido y suplicándole que hiciera llegar el mensaje a la doncella en secreto. Al poco rato, la mujer salió y los condujo a una habitación lateral, diciendo: «La señora desea fervientemente verlos; sin embargo, teme que el joven amo se entere, así que aún debe aguardar el momento oportuno. ¿Cuándo llegó el señor aquí? ¿Acaso no pasan hambre?». El señor Huang le expuso entonces las penurias que padecían. La mujer trajo un cántaro de vino y dos platos de comida, los colocó frente al señor Huang y, entregándole además cinco taels de oro, le dijo: «El joven amo está bebiendo en sus aposentos y la señora teme no poder venir. Mañana al alba, es mejor que se vayan temprano para que el señor no se entere». El señor Huang accedió. A la mañana siguiente, se apresuró a arreglar su equipaje, pero como las cerraduras aún no habían sido abiertas, se detuvo junto a la puerta y se sentó sobre su fardillo para aguardar. De pronto, se oyó el bullicio de los dueños saliendo. El señor Huang se dispuso a encogerse y ocultarse, pero He ya lo había visto; extrañado, preguntó quiénes eran, mas los criados no supieron qué responder. He, irritado, exclamó: «¡Estos deben de ser bandidos o malhechores! Prengánlos y condúzcanlos ante las autoridades». Al unísono, la multitud respondió y se abalanzó sobre él, atándolo con una soga corta a un árbol cercano. El señor Huang, abochornado y aterrorizado, no hallaba palabras para disculparse. Al poco rato, la mujer de la víspera salió y se arrodilló diciendo: «Este es mi tío materno. Como llegó tarde la noche pasada, no tuve oportunidad de avisar al amo». He ordenó que lo desataran. La mujer lo despidió en la puerta y le dijo: «Olvidé advertir a los porteros y por eso se produjo esta confusión. La señora dice que, cuando sientan añoranza, pueden hacer que la honorable madre se disfrace de vendedora de flores para venir junto a la anciana Liu». El señor Huang asintió y, al regresar, le relató todo a su esposa. La anciana, que añoraba a su hija como el suelo seco anhela la lluvia, se lo comunicó a la anciana Liu, y esta última acudió en efecto junto con ellos a la residencia de He. Tras atravesar más de diez puertas consecutivas, llegaron finalmente a los aposentos de la doncella. La doncella lucía una capa ceremonial y un peinado elevado, adornada con perlas, jade y ricas sedas, y su cuerpo despedía una fragancia embriagadora que envolvía a quienes la rodeaban; con un leve suspiro melodioso, una multitud de criadas y nodrizas corrió a rodearla por completo, desplazando una silla de oro y colocándole un doble cojín para las rodillas. Una criada perspicaz sirvió té; intercambiaron saludos matizados con alusiones veladas sobre el frío y el calor, mirándose mutuamente con lágrimas brillantes en los ojos. Al llegar la noche, dispusieron un aposento para alojar a las dos ancianas; los edredones y colchones eran tan cálidos y suaves que jamás los habían conocido ni siquiera en los años de mayor opulencia del pasado. Tras tres o cinco días, el afecto de la joven dama se mostró cada vez más profundo y solícito. La anciana aprovechaba cualquier momento a solas para llevarla a un rincón y, llorando, confesar su falta anterior. La joven dama le dijo: —¿Cómo podría una madre y su hija guardar resentimientos y no perdonar? Lo que ocurre es que mi esposo aún no disipa su ira, y temo que él llegue a escucharlo. Cada vez que He llegaba, la anciana corría a esconderse. Un día, mientras estaban sentados con las rodillas juntas, He irrumpió de repente. Al verla, montó en cólera y la increpó con dureza: —¡Vieja rústica de porquería, cómo te atreves a sentarte junto a mi esposa! ¡Debería arrancarte todos los pelos de las patillas hasta dejarte calva! La vieja Liu se apresuró a intervenir, diciendo: —Esta anciana es pariente lejana; soy la tía Wang, la que vende flores. Le ruego que no me castigue ni me culpe. Entonces He se adelantó para disculparse. Se sentó y dijo: —La anciana lleva aquí varios días, pero he estado sumamente ocupado y no he tenido tiempo de conversar con calma. ¿Sigue con vida el viejo ganado de la familia Huang? Ella sonrió y respondió: —Todos están bien. Solo que la pobreza es difícil de sobrellevar. Usted, mi señor, ha alcanzado la gran riqueza y la alta posición; ¿por qué no tiene un gesto de afecto hacia su suegro? He golpeó la mesa con furia y exclamó: —¡Si aquel año no hubiera sido por la bondad de la anciana que me regaló un cuenco de gachas, cómo habría podido regresar a mi tierra natal! ¡Ahora desearía tenerlo aquí para dormir y vivir con él, qué consideración ni qué nada! Al llegar el punto culminante de su furia, comenzó a patear el suelo mientras la insultaba. La joven dama, indignada, le reprochó: —¡Aunque él haya sido injusto, es mi padre! He viajado desde muy lejos, con las manos agrietadas y los dedos de los pies asomando por los zapatos rotos, creyendo que no le he fallado en nada a mi esposo; ¿cómo te atreves a insultar a mi padre en mi cara y hacerme pasar esta vergüenza insoportable? Solo entonces He calmó su ira y se levantó para marcharse. La señora Huang, marchita de vergüenza y con el rostro descolorido, pidió despedirse para regresar a su hogar. La joven dama le entregó en secreto veinte taeles de oro. Tras su partida, las noticias y los mensajes cesaron por completo, lo cual afligía profundamente a la joven dama. He mandó entonces a alguien a buscarla. Cuando el matrimonio llegó, sentían tanta vergüenza que no hallaban dónde esconderse. He se disculpó diciendo: —El año pasado sufrieron la desgracia de venir, y como no lo aclaré debidamente, permití que se cometiera una gran falta contra ustedes. El señor Huang solo atinaba a responder con reverencias sumisas. He mandó a cambiarles las ropas y los zapatos. Los retuvo por más de un mes, pero el señor Huang seguía sin hallar paz en su interior y pidió regresar a su hogar en repetidas ocasiones. He le regaló cien taeles de plata: —En su negocio en el oeste gastaron cincuenta taeles, así que ahora se los duplico. Sonrojado de vergüenza, el señor Huang los aceptó. He los mandó de regreso en carruaje y con caballos, de modo que pasaron el fin de año con cierta holgura. El Historiador de lo Extraño comenta: «Tras el llanto en Yongmen, los zapatos escarlatas se desvanecieron sin dejar rastro, provocando que uno cierre las puertas con furia y no desee recibir a un solo huésped más. Sin embargo, enterrar los huesos de un amigo leal, transformar la piedra en oro, no puede considerarse otra cosa que la recompensa por la generosidad y la hospitalidad. Que una mujer de alcurnia disfrute de altos honores y viva con la elegancia de una consorte imperial, si no hubiera poseído una virtud tan extraordinaria como la de la señora Huang, ¿quién habría sido capaz de soportar todo aquello sin sentir vergüenza? Así es como la Providencia no concede favores a la ligera». En el distrito había un hombre rico, acumulador implacable que arañaba cada moneda hasta lo insondable. Poseía cientos de hilos de monedas enterrados en sótanos, pero temía tanto que los demás lo supieran que vestía ropas andrajosas y se alimentaba de salvado y cascarilla para aparentar pobreza. Cuando algún pariente o amigo lo visitaba por casualidad, jamás preparaba un banquete con pollo y mijo. Si alguien mencionaba que su familia no era pobre, él abría los desmesurados ojos con furia, mirándolos como si fueran enemigos mortales con los que no podía compartir el cielo. En su vejez, comía diariamente una medida de aserrín de olmo; la piel de sus brazos colgaba en pliegues de una pulgada de largo, y aun así, jamás consintió en desenterrar su tesoro. Con el tiempo, su cuerpo se fue demacrando. Al borde de la muerte, sus dos hijos lo rodearon para preguntarle su última voluntad, pero él aún no se decidía a hablar; cuando comprendió que su estado era verdaderamente crítico y quiso decírselo a sus hijos, al llegar estos su lengua ya estaba rígida y no podía emitir sonido alguno, de modo que solo se rascaba el pecho mientras profería débiles risas, y nada más. Tras su muerte, sus descendientes no pudieron costear un atúd, por lo que fue enterrado envuelto en esteras de paja. ¡Ay! Si acumular oro es considerado riqueza, entonces las tesorerías imperiales con sus decenas de millones, ¿por qué no habrían de señalarse como propias? ¡Qué necedad tan grande! El Mainate Wang Fenbin contaba: En su aldea había alguien que criaba un mainate, al que había enseñado a hablar. Eran tan cercanos y confiados que, cuando salía de viaje, siempre iba acompañado por el ave, y así pasaron varios años juntos. Un día, al disponerse a cruzar por Jiangzhou, se le agotaron los fondos para el viaje, y el hombre se encontraba sumido en la amargura sin saber qué hacer. El ave le dijo: —¿Por qué no me vendes? Llévame a la residencia de un príncipe; allí obtendrás un buen precio y no tendrás que preocuparte por el costo del camino de regreso. El hombre replicó: —¿Cómo podría tener el valor de hacerlo? El ave dijo: —No te preocupes. Una vez que el amo obtenga el dinero, apresúrate a marchar y espérame bajo los árboles del bosque, a veinte li al oeste de la ciudad. El hombre accedió. Lo llevó a la ciudad y comenzó a dialogar con él; los curiosos se fueron congregando poco a poco. Un eunuco de la corte lo vio y se lo informó al príncipe. El príncipe lo mandó llamar, deseoso de comprarlo. El hombre dijo: —Este humilde servidor y el ave dependemos el uno del otro para sobrevivir; no deseo venderlo. El príncipe le preguntó al ave: —¿Deseas quedarte aquí? El ave respondió: —Deseo quedarme. El príncipe se alegró. El ave añadió: —Págale diez taeles de oro, no le des más. El príncipe se alegró aún más y le entregó los diez taeles de inmediato. El hombre fingió una expresión de amargura y se marchó. El príncipe comenzó a hablar con el ave, cuyas respuestas eran rápidas y fluidas. Mandó traer carne para que comiera. Una vez que terminó, el ave dijo: —Su servidor desea bañarse. El príncipe ordenó que trajeran agua en una jofaina de oro y abrió la jaula para que se bañara. Tras el baño, voló hasta el alero, comenzó a arreglarse las plumas y a sacudir las alas, mientras seguía charlando sin parar con el príncipe. Al poco rato, con las plumas ya secas, dio un ligero aleteo y se elevó grácilmente, exclamando con acento de la región de Jin: —¡Su servidor se va! Y en cuanto el príncipe y los eunucos volvieron la mirada, ya había desaparecido sin dejar rastro. El príncipe y los asistentes levantaron el rostro para suspirar con pesar. Buscaron apresuradamente al hombre, pero este ya se había esfumado. Más tarde, alguien que viajó a la región de Qin vio al hombre con el ave en los mercados de Xi'an. Registrado por el maestro Bi Zaiji. Liu Haishi Liu Haishi, natural de Putai, se refugió de los desastres de la guerra en Binzhou. Tenía entonces catorce años. Compartía estudios y alojamiento con Liu Cangke, un letrado de Binzhou, por lo que trabaron una gran amistad y llegaron a jurarse como hermanos. Poco después, Haishi perdió a sus padres, por lo que debió regresar cargando con el féretro, y desde entonces las noticias y los mensajes se interrumpieron por completo. Cangke era una familia bastante acomodada. A los cuarenta años, engendró dos hijos: el mayor, Ji, de die77 años, era un erudito reputado en el distrito; el segundo hijo también era muy inteligente. Cangke además tomó por concubina a una mujer de la familia Ni del distrito, a quien mimaba en extremo. Seis meses después, el hijo mayor enfermó de dolor en la cabeza y falleció, sumiendo a los esposos en una desgracia inmensa. Poco después, la esposa también enfermó y murió; transcurridos unos meses, la nuera mayor falleció asimismo; y las muertes de los criados y sirvientes se sucedieron una tras otra. Cangke estaba tan afligido y de duelo que apenas podía soportarlo. Un día, mientras se encontraba sentado entre preocupaciones, de repente el portero anunció la llegada de Hai Shi. Cangke se alegró y salió apresuradamente a la puerta para recibirlo y hacerlo entrar. Justo cuando iba a intercambiar cortesías sobre el frío y el calor, Hai Shi exclamó de repente con asombro: —¡El hermano tiene una calamidad de exterminio familiar y acaso no lo sabe? Cangke quedó estupefacto, sin poder comprender el motivo. Hai Shi dijo: —Habiendo estado tanto tiempo sin noticias ni saludos, en secreto sospechaba que la situación reciente tal vez no fuera buena. Cangke rompió en llanto y le respondió contándole la situación. Hai Shi suspiró con pesar, y al poco rato rió y dijo: —Los desastres aún no cesan; vine al principio solo a dar el pésame al hermano. Pero afortunadamente nos hemos encontrado, así que permítame felicitarlo. Cangke dijo: —Habiendo estado tanto tiempo sin vernos, ¿acaso ha refinado recientemente las "artes de Bian Que"? Hai Shi respondió: —Eso no es lo que mejor sé hacer. En cuanto a la geomancia de las viviendas de los vivos, bastante he logrado estudiarla. Cangke se alegró y le suplicó que examinara la residencia. Hai Shi entró a la casa y la recorrió por completo, tanto por dentro como por fuera. Luego pidió ver a todos los parientes y miembros del hogar; Cangke siguió sus instrucciones e hizo que hijos, nueras, sirvientas y concubinas se presentaran en el vestíbulo. Cangke los iba señalando uno por uno. Al llegar a la mujer de apellido Ni, Hai Shi alzó la vista hacia el cielo y rió sin parar. Todos estaban llenos de asombro y duda, cuando vieron que la mujer de los Ni temblaba sin color en el rostro; su cuerpo se encogió y redujo de repente, midiendo apenas poco más de dos *chi*. Hai Shi la golpeó en la cabeza con una regla de carpintero, produciendo un sonido como de vasija de piedra. Hai Shi la agarró del cabello y, revisando la parte posterior de su nuca, vio varios cabellos blancos y quiso arrancárselos. La mujer encogió el cuello, se arrodilló y lloró, diciendo que se iría de inmediato, rogando tan solo que no se los arrancara. Hai Shi dijo enojado: —¿Aún no ha muerto tu corazón malvado? Y acercándose a la nuca, se los arrancó. Al instante, la mujer cambió de forma, volviéndose negra como una gineta. Todos quedaron aterrorizados. Hai Shi la guardó dentro de su manga, miró a la nuera y dijo: —La nuera ha recibido el veneno profundamente; en su espalda debe haber algo extraño, le ruego que me permita examinarla. La nuera sintió vergüenza y no quiso desnudarse para mostrarla. El joven Liu insistió, y al ver la espalda, había vello blanco de unas cuatro pulgadas de largo. Hai Shi lo extrajo con una aguja y dijo: —Este vello ya está viejo; en siete días ya no habrá salvación. Luego examinó al joven Liu, quien también tenía vello, de apenas dos pulgadas. Dijo: —En un caso así, morirá en poco más de un mes. A Cangke y a los sirvientes también los puncionó y dijo: —Si este servidor no hubiera llegado justo a tiempo, no habría quedado ni un solo ser vivo en toda la casa. Le preguntaron: —¿Qué clase de criatura es esta? Él respondió: —También son de la familia de los zorros. Absorben la energía espiritual de las personas para volverse numinosos, y lo que más les agrada es la muerte de los humanos. Cangke dijo: —Habiendo estado tanto tiempo sin verle, ¿cómo ha llegado a poseer semejantes poderes divinos? ¿Acaso no se ha convertido en inmortal? Hai Shi sonrió y dijo: —Tan solo he seguido a un maestro para aprender pequeñas artes, ¿cómo voy a hablar de convertirme en inmortal de repente? Le preguntaron por su maestro, y respondió: —Es el Daoísta de la Piedra de la Montaña. Como yo no puedo matar a esta criatura, voy a llevarla de regreso para ofrecerla como botín a mi maestro. Habiendo dicho esto, se despidió. Al sentir la manga vacía, exclamó con alarma: —¡Se ha escapado! Queda un gran mechón de pelo en la punta de la cola que no le quité, y ahora ya ha huido. Todos quedaron atemorizados. Hai Shi dijo: —Como el pelo principal ya se ha agotado, ya no puede transformarse en humano, solo puede transformarse en bestia, y al huir no debe de estar muy lejos. Así pues, entró a la habitación para observar a su gato, y al salir a la puerta incitó a sus perros, pero todos dijeron que no había nada. Abrió el corral sonriendo y dijo: —Está aquí. Cangke miró y vio que había un cerdo de más. Al oír la risa de Hai Shi, el animal se postró de inmediato, sin atreverse a hacer el más mínimo movimiento. Lo levantó tirándole de las orejas y lo sacó, observando un pelo blanco en la punta de la cola, tan duro como una aguja. Justo iba a proceder a arrancárselo, cuando el cerdo se revolvió gimiendo lastimeramente y no se dejó arrancar el pelo. Hai Shi dijo: —Tus crímenes son ya muy abundantes, ¿y todavía te niegas a que te arranquen un solo pelo? Lo sujetó y se lo arrancó; al toque, el animal volvió a transformarse en una gineta. Lo guardó en la manga y se disponía a marchar. Cangke le suplicó encarecidamente que se quedara, así que le preparó una comida. Cuando le preguntó cuándo volverían a verse, Hai Shi respondió: —Eso es difícil de predecir. Mi maestro hizo votos grandiosos y siempre hace que nosotros andemos por el mundo para rescatar a los seres vivientes; tal vez haya una ocasión para volvemos a ver. Tras la despedida, al reflexionar detenidamente sobre su nombre, Cangke comprendió de repente y dijo: —¡Hai Shi es prácticamente un inmortal! Las palabras "montaña" (shan) y "piedra" (shi) unidas forman el carácter *yan* (acantilado); ¡se trata sin duda del nombre secreto de Lü Xian! Amonestación a los fantasmas Cuando el Ministro de Estado de Qingzhou, Shi Maohua, era un erudito, había un gran abismo fuera de las puertas de la prefectura que ni se llenaba con la lluvia ni se secaba. Varias decenas de grandes bandoleros de la comarca habían sido ejecutados junto a este abismo. Los fantasmas se congregaban allí para hacer maldades, y todo el que pasaba era arrastrado hacia el fondo. Un día, un tal Jia, que se encontraba en desgracia y apuros, oyó de repente cómo una multitud de fantasmas huía aterrorizada gritando: «¡El Ministro Shi ha llegado!». Al poco rato, el dignatario se presentó, y Jia le contó lo sucedido. El Ministro escribió con tiza blanca sobre el muro un aviso que decía: «Shi, por la presente, emite esta orden de prohibición: considero que vuestros designios carecían de bondad, atrayendo sobre vosotros la ira del trueno; y como vuestros planes eran ilegales, sufristeis el castigo del hacha y la guillotina. Solo debíais haber vuelto vuestros corazones errantes al arrepentimiento y competido en el remordimiento, para así lavar la sangre de vuestras calaveras y escapar de este hundimiento. En vez de ello, habiendo sufrido ya la pena capital en vida, en la muerte aún os congregáis en la maldad. Saltáis y llegáis en tromba, con los cabellos sueltos y formando pandillas; avanzáis vacilantes, golpeándoos el pecho y actuando como fieros demonios. Tapándoos las orejas con barro amarillo, hacéis gala de la ferocidad propia de engendros malignos; ¡y operando como monstruos a plena luz del día, estáis a punto de cortar el camino a los transeúntes! Pues bien, las tres cuartas partes de las colinas están bajo la jurisdicción de los hombres; ¿acaso entre la Vastitud del Cielo y de la Tierra, esta crueldad y rebeldía os serán permitidas a vuestro antojo? ¡Quedáis advertidos de que, a partir de ahora, cada uno debe ocultar su rastro y no persistir en la maldad! Los huesos a la orilla del río Wuding deben aguardar en silencio la rueda de la reencarnación; y las almas atrapadas en los sueños de los tocadores dorados deben retornar a cumplir su destino en su tierra natal. ¡Si volvéis a incurrir en vuestras faltas anteriores, sin duda os acarrearéis el arrepentimiento posterior!». Desde entonces, la plaga de fantasmas cesó por completo, y el abismo también se secó al poco tiempo. *** El fantasma de barro Mi paisano, el historiador imperial Tang Jiwu, tenía varios años de edad cuando un primo político suyo lo llevó de la mano a divertirse en un templo. Tang, siendo un niño de espíritu firme y audaz, tenía el valor más intrépido de todos. Al ver en el corredor un fantasma de barro con ojos de vidrio esmaltado, muy brillantes y descomunales, sintió tal predilección por ellos que, a escondidas, los extrajo con los dedos y se los guardó en el pecho para llevarlos a casa. Una vez que hubieron llegado, su pariente cayó repentinamente enfermo y enmudeció por un largo rato. De pronto se incorporó y exclamó con voz severa: «¡Por qué razón me has arrancado los ojos!», y no paraba de vociferar y gritar. Nadie sabía a qué se debía. Fue entonces cuando Tang confesó lo que había hecho. Los familiares se apresuraron a rezar, diciendo: «El niño era ignorante y, bromeando, ha dañado vuestros honorables ojos; ahora venimos a devolvérselos». Entonces [el poseso] exclamó con gran voz: «Si es así, debo marcharme». Dicho esto, cayó al suelo y exhaló el último suspiro. Al cabo de un buen rato volvió en sí; al preguntarle por lo que había dicho, no recordaba absolutamente nada. Entonces llevaron los ojos de vuelta y los colocaron de nuevo en las cuencas del fantasma. El historiador de lo extraños comenta: «Presentarse en el salón para reclamar los ojos... ¡cuán numinosa puede ser una figura de arcilla! Pero si fue el historiador Tang quien los arrancó, ¿por qué razón desató su furia contra el compañero de juegos? Se debe sin duda a que, dada la alta alcurnia de su cargo en el Salón de Yutang y su temperamento tan recio y decidido —basta con ver cómo presentó memoriales ante el Palacio Imperial del Norte y cómo sacudió las mangas para retirarse a las Montañas del Sur—, hasta los espíritus le temían, ¡cuánto más los fantasmas!». *** Despedida en un sueño El abuelo del señor Wang Chunli era íntimo amigo de mi tío abuelo, el señor Yutian. Una noche, soñó que el señor Yutian llegaba a su casa y le hablaba con expresión sombría y apesadumbrada. —¿De dónde vienes? —le preguntó. —Estoy a punto de emprender un largo viaje, por eso he venido a despedirme de ti —respondió el otro. —¿A dónde vas? —Muy lejos. Dicho esto, salió. Su amigo lo acompañó hasta un valle, donde vio que un muro de piedra tenía una grieta. Entonces, el señor Yutian juntó las manos en reverencia para despedirse, dio la espalda a la hendidura y, avanzando despacio hacia atrás, se introdujo en ella. Aunque lo llamó, no hubo respuesta, por lo que despertó de golpe presa del sobresalto. Al amanecer, fue a contárselo al anciano abuelo Jingyi, y le pidió además que preparara los enseres para el duelo, diciendo: «¡El señor Yutian ha abandonado este mundo!». El abuelo le sugirió que fuera primero a investigar si era cierto, y que solo tras comprobarlo guardara luto; pero el otro no hizo caso y se presentó allí directamente vestido de blanco. Al llegar a la puerta, vio que ya colgaban las banderas funerarias. ¡Ay! Que los antiguos confiaran de tal manera en la vida y en la muerte de sus amigos, y que el carruaje fúnebre aguardara la llegada de un gran magnate para ponerse en marcha... ¡cómo iba a ser una vanidad lo suyo! *** La linterna perruna Un criado de Han Guanglu Daqian dormía por la noche en el edificio exterior cuando vio una luz en el piso superior que brillaba como una estrella. Al poco tiempo, la luz parpadeó y flotó hacia abajo, transformándose al tocar el suelo en un perro. El criado lo miró de reojo mientras el animal daba la vuelta y se alejaba hacia la parte trasera de la casa. Se levantó apresuradamente y lo siguió a escondidas hasta adentrarse en el jardín, donde el animal se transformó en una mujer. Sabiendo en su interior que se trataba de un zorro, regresó a su lecho y se acostó. Al poco rato, la mujer llegó desde la parte posterior, y el criado fingió estar medio dormido para observar su reacción. La mujer se inclinó y lo sacudió. El criado fingió entonces despertar y le preguntó quién era. La mujer no respondió, y él le dijo: —Aquella luz en la parte superior del edificio, ¿no eras tú acaso? —Puesto que ya lo sabes, ¿para qué preguntas? —respondió ella. Desde entonces, compartieron el lecho. Se separaban de día y se reunían de noche, convirtiendo aquello en su costumbre. El amo se enteró del asunto y ordenó a dos criados que durmieran a ambos lados del sirviente. Pero cuando los dos hombres despertaron, se encontraron tirados debajo de la cama, sin saber siquiera en qué momento habían caído allí. El amo, aún más enfurecido, le dijo al criado: —La próxima vez que venga, ¡captúrala y tráela ante mí! De lo contrario, ¡sufrirás los azotes del látigo! El criado, sin atreverse a replicar, aceptó la orden y se retiró. Pensó para sí que atraparla era difícil, pero que no hacerlo le acarrearía el castigo, por lo que, dándole vueltas al asunto, no hallaba ninguna estrategia. De repente recordó que la mujer llevaba siempre una pequeña camisa roja ceñida firmemente a su cuerpo, la cual jamás se quitaba ni por un instante, por lo que debía de ser su punto vulnerable. Podía valerse de esto para coaccionarla. A la medianoche, la mujer llegó y preguntó: —¿Te ha ordenado tu amo que me captures? —Ciertamente lo ha hecho —respondió él—. Pero como tú y yo nos queremos tanto, ¿cómo iba a hacer tal cosa? Al acostarse, el criado le arrebató disimuladamente la camisa. La mujer lanzó un grito ahogado y, haciendo un gran esfuerzo por librarse, huyó. Desde aquel momento, el vínculo quedó roto para siempre. Más tarde, este servidor regresó de otras tierras y vio a lo lejos a la mujer sentada junto al camino; al acercarse, ella levantó la manga para ocultar su rostro. Este servidor desmontó y exclamó: —¿Por qué adoptas tal actitud? —La mujer entonces se puso de pie, le tomó la mano y dijo—: Creí que ya habías olvidado nuestro viejo afecto. Puesto que aún conservas la añoranza de un viejo amigo, tus sentimientos todavía pueden disculparse. Lo ocurrido antes obedeció a las órdenes de mi superior, y tampoco te guardo rencor. Sin embargo, nuestros lazos del destino ya se han agotado; hoy he preparado un pequeño convite, te ruego entrar para despedirnos. Era principios de otoño y el sorgo crecía en abundancia. La mujer lo llevó consigo al interior, donde había una gran mansión. Ató su caballo y entró; en el salón principal ya estaban dispuestos el vino y los manjares. Apenas se sentaron, un grupo de sirvientas comenzó a servir los asados. Como el sol estaba por ponerse y este servidor tenía asuntos pendientes y debía cumplir con las órdenes de su superior, se despidió. Al salir, sin embargo, no era más que un campo de cultivo. *** Monjes extranjeros El monje Tikong relató: —En Qingzhou vi a dos monjes extranjeros de aspecto extrañamente arcaico; llevaban aros dobles en las orejas, vestían telas amarillas y sus barbas y cabellos eran rizados. Decían venir de las Regiones Occidentales. Al enterarse de que el Prefecto veneraba profundamente al Buda, fueron a presentarle sus respects. El Prefecto envió a dos sirvientes para escoltarlos al monasterio, pero los superiores del lugar, con riendas negligentes, no les mostraron gran cortesía. Los asistentes, al ver que aquellos hombres eran singulares, conversaron en privado con ellos y los alojaron allí. Alguien preguntó: —¿Las Regiones Occidentales abundan en hombres prodigiosos; no tendrá acaso algún arte milagroso este Arhat? Uno de ellos esbozó una sonrisa burlona, sacó la mano de su manga y sostuvo en la palma una pequeña pagoda de poco más de un pie de altura, intrincada y encantadora. En la parte más alta de la pared había un pequeño nicho; el monje arrojó la pagoda hacia él y esta quedó erguida y firme en su sitio, sin la menor inclinación. Se veía a la pagoda emitir el brillo de reliquias sagradas que iluminaban toda la habitación. Al poco tiempo, la llamó con la mano y esta volvió a caer en su palma. Entonces, uno de los monjes se desabotonó la manga y extendió su brazo izquierdo, que medía unos seis o siete chi, mientras que el brazo derecho se había encogido hasta desaparecer; al girarse y extender el brazo derecho, ocurrió exactamente lo mismo que con el izquierdo. *** La concubina zorra Liu Dongjiu, natural de Laiwu, ejercía un cargo oficial en Fuzhou. Estando a solas en su oficina, escuchó risas y charlas fuera del pabellón que se acercaban gradualmente. Al entrar a la estancia, vio a cuatro mujeres: una de unos cuarenta años, otra de unos treinta, una tercera de veinticuatro o veinticinco, y la última con el cabello suelto en coletas infantiles. Todas estaban de pie frente a la mesa, mirándose y sonriendo. Liu sabía muy bien que las oficinas gubernamentales solían estar llenas de zorros, por lo que no les prestó atención. Al poco rato, la de las coletas sacó un pañuelo rojo y se lo arrojó juguetonamente al rostro. Liu lo recogió, lo tiró por la ventana y siguió sin prestarles atención. Las cuatro mujeres rieron y se marcharon. Un día, la de mayor edad vino a verlo y le dijo: —Mi hermana menor tiene una afinidad predestinada con usted, señor; espero que no desdeñe las humildes verduras. —Liu respondió de manera evasiva y la mujer se marchó. Poco después, acompañada por una sirvienta, trajo a la joven de las coletas para que se sentara hombro con hombro junto a Liu, y dijo: —He aquí una hermosa pareja de fénix que esta noche celebra sus bodas. Esfuérzate en servir al joven señor Liu; yo me voy. Liu la miró detenidamente y comprobó que su belleza y brillantez no tenían igual, por lo que hizo el amor con ella. Al interrogarla sobre sus andanzas, la mujer respondió: —Esta concubina no es verdaderamente humana, pero en realidad sí lo soy. Fui la hija de un oficial anterior, hechizada por un zorro, y morí de repente, siendo sepultada dentro del jardín. Los zorros me devolvieron la vida mediante sus artes, por lo que ahora floto ligera como una zorra. Liu entonces tanteó con la mano la base de su espalda. La mujer lo notó, sonrió y dijo: —¿Acaso creía el señor que los zorros tienen cola? —Se dio la vuelta y añadió—: Por favor, intente palparla. A partir de entonces, ella se quedó y no volvió a marcharse. Siempre que caminaba o se sentaba, lo hacía acompañada por la pequeña sirvienta. Los miembros de la familia la trataban con los honores debidos a la señora principal. Las criadas y las ancianas acudían a presentarle sus respects, y las recompensas y obsequios que recibían eran muy generosos. Coincidió que era el cumpleaños de Liu y los invitados eran tan numerosos que se requirieron más de treinta mesas, lo que exigía una gran cantidad de cocineros. Aunque se les había convocado con anticipación mediante órdenes escritas, apenas uno o dos se presentaron. Liu montó en cólera. La mujer, al enterarse, dijo con sencillez: —No se preocupe. Puesto que los cocineros no bastan, más vale enviar de regreso a los pocos que han venido. Cierto es que me falta talento, pero treinta mesas no son difíciles de preparar. Liu, encantado, ordenó que el pescado, la carne, el jengibre y la canela fueran trasladados por completo a los aposentos interiores. Los de la casa solo escuchaban el incesante y acelerado golpeteo de los cuchillos contra la tabla de picar. En la entrada de la puerta se colocó una mesa; los sirvientes que llevaban los asados ponían las bandejas sobre ella, y al volver la vista, las bandejas y los platos ya rebosaban de manjares. Las llevaban y las traían, y más de diez personas desfilaban sin cesar por el camino, sin que las provisiones se agotaran jamás. Al final, los camareros vinieron a pedir sopa de fideos. Desde el interior se respondió: —El amo no había dado instrucciones previas, ¿cómo se puede preparar algo de repente? —Luego se añadió—: No hay más remedio, préstasela a otro. Al poco rato, llamaron para recoger la sopa de fideos. Al mirar, había más de treinta tazones humeantes sobre la mesa. Cuando los invitados se hubieron marchado, ella le dijo a Liu: —Puede sacar monedas de oro para pagarle la sopa de fideos a cierta familia. Liu envió a alguien a entregar el pago directamente. Sucedía que aquella familia había notado la desaparición de su sopa de fideos y se encontraba sumida en la sorpresa y el desconcierto; al llegar el enviado, la duda por fin se disipó. Una noche, bebiendo a la luz de la luna, a Liu se le antojó de repente el amargo vino de Shandong. La mujer se ofreció a ir por él y salió al instante. Al cabo de un rato regresó y dijo: «Fuera de la puerta hay una tinaja; bastará para beber varios días». Liu fue a mirar y efectivamente encontró el vino, que era exactamente el Wengtoutun de su propio hogar. Pasados unos días, la señora envió a dos sirvientes a Fenzhou. En el camino, uno de ellos dijo: «He oído que la señora zorro es muy generosa con sus recompensas. Si al llegar aquí conseguimos una recompensa de oro, podremos comprarnos un abrigo de piel». La mujer, estando en la oficina, ya lo sabía y le dijo a Liu: «La gente de la casa está por llegar. Qué detestable es la grosería de este criado vulgar; debo darle una lección». Al día siguiente, apenas el sirviente entró en la ciudad, le dio un dolor de cabeza atroz. Al llegar a la oficina, se agarraba la cabeza y gritaba a pleno pulmón. Todos propusieron buscar medicinas, pero Liu sonrió y dijo: «No hace falta curarlo; cuando llegue el momento, sanará solo». Todos sospecharon que había ofendido a la señora. El sirviente, pensando que acababa de llegar y ni siquiera había deshecho su equipaje, se preguntaba de dónde habría sacado semejante falta. Sin saber a quién acudir, se arrastró de rodillas para suplicar clemencia. Desde detrás de la cortina se oyó una voz: «Si me llamas señora, aún tiene un pase, ¡pero por qué me llamas zorro?». El sirviente comprendió entonces y no paraba de hacerle kowtow. La voz continuó: «Ya que querías un abrigo de piel, ¿cómo te atreves a ser tan grosero otra vez?». Poco después añadió: «Ya estás curado». Apenas dichas estas palabras, la dolencia del sirviente desapareció como por arte de magia. El sirviente hizo una reverencia dispuesto a retirarse, cuando de repente desde detrás de la cortina le lanzaron un envoltorio y una voz dijo: «Este es un abrigo de piel de cordero; llévatelo». El sirviente lo desató y encontró cinco taeles de oro. Liu le preguntó por las noticias de su hogar. El sirviente respondió que todo estaba en orden, excepto que una noche habían perdido una tinaja de vino guardado. Al calcular el día y la hora, coincidía exactamente con la noche en que ella fue a buscar el vino. Todos temían sus poderes divinos y la llamaban «La Santa Inmortal». Liu le pintó un retrato en miniatura. En aquella época, Zhang Daoyi ocupaba el cargo de Comisionado de Educación. Al enterarse de sus rarezas, acudió a ver a Liu aprovechando su paisanaje, con el deseo de contemplarla al menos una vez. La mujer se negó. Liu le mostró el retrato, pero Zhang se lo llevó a la fuerza. Al regresar, lo colgó junto a su asiento y la invocaba mañana y tarde diciendo: «¡Con tu bella calidad, adónde no podrías ir! ¡Y sin embargo, confías tu persona a un viejo de barbas lacias! Este servidor no es inferior al ermitaño Dongjiu, ¿por qué no me concedes una visita?». Estando en la oficina, la mujer le dijo de repente a Liu: «El oficial Zhang ha sido grosero; debo darle un pequeño castigo». Un día, mientras Zhang rezaba su plegaria, sintió como si alguien lo golpeara en la frente con una regla de madera, con un estruendo y un dolor intensos. Aterrorizado, enrolló el cuadro de inmediato. Liu fue a interrogarlo, obligándolo a ocultar el motivo y a responder con evasivas. Liu sonrió y preguntó: «¿No le dolerá acaso la frente a mi señor?». El otro no pudo engañarlo y se lo confesó todo. Al poco tiempo vino su yerno, el erudito Qi, a pedir verla. La mujer se negó rotundamente, pero Qi insistió con firmeza. Liu dijo: «El yerno no es un extraño, ¿por qué te niegas con tanta fuerza?». La mujer replicó: «Si el yerno me ve, seguramente querrá traerme un regalo; él espera que yo sea pródiga, y sé muy bien que no podré satisfacer sus deseos, por eso prefiero no verlo». Ante sus repetidas súplicas, ella accedió finalmente a recibirlo al cabo de diez días. Llegada la fecha, Qi entró y, desde detrás de la cortina, le hizo una reverencia y le dirigió unas pocas palabras de cortesía. Su figura e imagen se veían borrosas, sin atreverse a mirarla fijamente. Tan aseverado el encuentro, se retiró, y a pocos pasos giraba la cabeza para mirarla fijamente una y otra vez. Solo se oyó decir a la mujer: «¡El yerno ha vuelto la cabeza!». Tras decirlo, soltó una fuerte carcajada, estridente como el grito de un búho. Al oírla, a Qi se le aflojaron las pantorrillas y los muslos, tambaleándose como si hubiera perdido el alma. Una vez fuera, estuvo sentado un buen rato hasta que logró calmarse un poco, y entonces exclamó: «¡Hace un momento oí esa risa como si fuera un trueno; sentí que mi cuerpo ya no me pertenecía!». Al poco rato, una criada, cumpliendo las órdenes de la mujer, le entregó a Qi veinte taeles de oro. Qi los aceptó y le dijo a la criada: «La Santa Inmortal vive todo el día con su honorable suegro, ¿cómo no va a saber que mi naturaleza siempre ha sido despilfarradora y que no estoy acostumbrado a manejar calderilla?». Al enterarse, la mujer dijo: «Bien sabía yo que sería así. Justo ahora tengo el fondo de la bolsa vacío; hace poco fui con unos compañeros a Bianliang, pero su ciudad fue ocupada por el Dios del Río y todos los tesoros del erario cayeron al agua; aunque cada uno sacó algo al sumergirse, ¿cómo saciar una codicia insaciable? Además, aunque yo pudiera colmarlo de generosos regalos, su escasa fortuna no le permitiría soportarlo». La mujer era capaz de prever todas las cosas de antemano; cuando se le presentaba un dilema y lo consultaban con ella, no había asunto que no resolviera con claridad. Un día, sentados juntos, de repente miró al cielo con gran asombro y exclamó: «¡Una gran calamidad está por llegar, qué podemos hacer!». Liu le preguntó con alarma por su familia. Ella respondió: «Los demás están a salvo, solo el segundo joven maestro es motivo de preocupación. Este lugar pronto se convertirá en un campo de batalla; usted debe solicitar una misión lejos de aquí para salvarse del desastre». Liu le hizo caso. Solicitó un encargo a sus superiores y fue designado para escoltar fondos militares entre Yunnan y Guizhou. El camino era sumamente lejano, y cuantos lo supieron lo compadecieron, pero solo la mujer lo felicitó. Al poco tiempo, Jiang Rang se rebeló y Fenzhou cayó en manos de los bandidos. El segundo hijo de Liu, que venía de Shandong, dio justo con la revuelta y terminó siendo asesinado. Cuando la ciudad cayó, los funcionarios sufrieron la catástrofe, y solo Liu se salvó por encontrarse fuera en misión oficial. Una vez pacificados los bandidos, Liu pudo regresar. Poco después se vio envuelto en un grave pleito legal que lo dejó tan pobre que le faltaba el pan de cada día; además, los funcionarios al mando le exigían cuantiosos sobornos, por lo que la angustia y la miseria lo tenían al borde de la muerte. La mujer le dijo: «No te preocupes; debajo de la cama hay tres mil taeles de oro que puedes usar para tus gastos». Liu se alegró enormemente y preguntó: «¿De dónde los has robado?». Ella respondió: «En el mundo hay cosas sin dueño cuyas reservas nunca se agotan, ¿por qué habría de llamarse robo?». Liu logró resolver sus asuntos mediante sobornos y pudo regresar a casa libre de cargos, y la mujer lo acompañó. Años más tarde, ella se marchó de repente, dejando varios objetos envueltos en papel como regalo de despedida; entre ellos había una pequeña banderola de las que se cuelgan en las puertas en los lutos familiares, de unas dos pulgadas de largo. Todos la tomaron como un augurio de mal agüero. Poco tiempo después, Liu falleció. *(Fin de «Lei Cao»)* Le Yunhe y Xia Pingzi eran vecinos de infancia y compañeros de estudio en la juventud, entablando una amistad tan profunda que no conocía el rencor. En su niñez, Xia demostró ser un prodigio, ganando fama a los diez años. Le lo trataba con la mente abierta y le servía con devoción, mientras que Xia lo aconsejaba sin cansancio. El pensamiento literario de Le progresaba cada día, por lo que ambos adquirieron renombre a la par. Sin embargo, en los exámenes imperiales sufrieron constantes reveses y cada batalla terminaba en derrota. Poco después, Xia contrajo una epidemia y falleció. Al ser su familia demasiado pobre para costear un funeral, Le se hizo cargo del asunto con resolución. Sobrevivían su hijo de pocos meses y su viuda, a quienes Le auxiliaba regularmente en su hogar; cada vez que obtenía una medida de grano, invariablemente la dividía en dos, permitiendo que la esposa y el hijo de Xia lograran sobrevivir. Por esto, los eruditos y dignatarios estimaban aún más a Le. Como Le no poseía muchas tierras y además cargaba con las preocupaciones domésticas de Xia, su economía familiar se marchitaba día a día. Entonces suspiró y dijo: «Si alguien con el talento literario de Pingzi terminó sus días en la mediocridad, ¡cuánto más me sucederá a mí! La riqueza y los honores en la vida deben aprovecharse a su tiempo; vivir con amargura todo el año me temo que hará que mi cuerpo alimente a los perros y a los caballos en una zanja, defraudando esta existencia. Más vale buscarse el porvenir a tiempo». Dejó entonces los libros y se dedicó al comercio. Tras operar durante medio año, su caudal doméstico mejoró ligeramente. Un día, encontrándose de paso en Jinling, descansaba en una posada. Vio a un hombre de gran estatura, con tendones y huesos prominentes, que deambulaba junto a su asiento con tez sombría y aspecto afligido. Le preguntó: «¿Acaso deseas comer?». El hombre no respondió. Le le ofreció su propia comida; aquel la devoró con las manos, consumiéndola en un instante. Le le añadió entonces una porción doble, la cual también se devoró al instante. Mandó entonces al posadero que cortara una espaldilla de cerdo y la amontonara con bollos al vapor, equivalentes a la ración de varios hombres. Solo entonces se sacudió el vientre, dio las gracias y dijo: «Desde hace tres años no había probado un banquete tan suculento». Le preguntó: «Vuestra merced es un hombre robusto, ¿cómo ha llegado a este vagar?». Él respondió: «Cargando con la culpa de un castigo celestial, no se puede decir». Le le preguntó por su lugar de origen, y contestó: «Sin casa en la tierra ni barcos en el agua, de día en la aldea y de noche en la muralla». Cuando Le se aprestaba a partir, el hombre lo siguió, reacio a marcharse. Le intentó despedirlo, pero este le advirtió: «Vuestra merced se enfrenta a una gran calamidad, y este humilde servidor no puede olvidar la bondad de una comida». Le lo encontró extraño, por lo que decidió viajar en su compañía. Durante el camino, lo invitaba a comer con él, pero el hombre declinaba diciendo: «Yo paso todo el año con solo unas pocas comidas». Esto hizo que Le lo encontrara aún más extraordinario. Al día siguiente, al cruzar el río, se desató una tormenta repentina de viento y olas que volcó todas las embarcaciones de los mercaderes; Le y su compañero se hundieron por completo en las aguas. Al poco tiempo amainó el viento, y el hombre cargó a Le sobre las olas hasta sacarlo a la superficie, lo subió a un bote de pasajeros y volvió a surcar la rompiente. Al rato remolcó un barco entero, ayudó a Le a subir y le indicó que se recostara a vigilar, para luego volverse a saltar al río. Con ambos brazos sacaba la mercancía y la arrojaba al interior del bote; volvía a entrar y así, tras numerosas entradas y salidas, dejó la nave repleta de cargamento. Le le agradeció: «¡Con que me hayas devuelto la vida es más que suficiente, cómo iba a esperar recuperar mis riquezas!». Al revisar los bienes, comprobó que no faltaba nada. Su alegría fue mayúscula, y teniéndolo por un ser divino, soltó amarras para continuar el viaje. El hombre anunció su retirada, pero Le le rogó con insistencia que se quedara, concluyendo el viaje juntos. Le dijo riendo: «Esta calamidad solo me costó una horquilla de oro». El hombre quiso ir a buscarla, pero cuando Le apenas intentaba disuadirlo, ya se había precipitado al agua y sumergido. Le quedó estupefacto largo rato. De pronto vio cómo el hombre emergía con una sonrisa, entregándole la horquilla mientras decía: «Afortunadamente, no he deshonrado mi misión». Todos en el río quedaron atónitos. Le regresó con él, compartiendo habitación y lecho. El hombre comía solo una vez cada decena de días, pero cuando lo hacía, devoraba cantidades incontables. Un día volvió a hablar de despedirse, y Le lo retuvo con firmeza. Coincidió que el día se oscureció con nubes de tormenta y se escucharon los truenos. Le dijo: «No sé qué aspecto tendrá el reino entre las nubes, ni qué clase de cosa sea el trueno. ¿Cómo se podría llegar al cielo para verlo y disipar así esta duda?». El hombre sonrió y preguntó: «¿Desea vuestra merced dar un paseo entre las nubes?». Al poco tiempo, sintiéndose Le sumamente fatigado, se inclinó sobre el lecho para una siesta ligera. Al despertar, sintió su cuerpo oscilar con suavidad, sin ser la sensación la de un lecho; al abrir los ojos, se vio envuelto en vapores nubosos, con todo su cuerpo rodeado de una sustancia semejante al algodón. Se incorporó con asombro, mareado como en una barca. Al pisar, sintió que el suelo era blando, sin tierra firme. Al alzar la vista, las estrellas se hallaban a la altura de sus cejas y ojos. Llegó a sospechar que se trataba de un sueño. Al observarlas con detenimiento, vio que las estrellas estaban incrustadas en el cielo como semillas de loto viejo en su receptáculo; las mayores tenían el tamaño de una tinaja, las medianas de una jarra y las pequeñas de un cuenco. Las sacudió con la mano; las grandes eran tan firmes que no se movían, mientras que las pequeñas oscilaban, pareciendo poder ser arrancadas. Entonces arrancó una y la guardó en su manga. Al apartar las nubes para mirar hacia abajo, el mar de plata se extendía inmenso y brumoso, y las ciudades se veían del tamaño de granos de soja. Pensó con sobresalto: «Si llegara a resbalarme un pie, ¿cómo podría volver a preguntar por este cuerpo?». De pronto vio a dos dragones retorciéndose con agilidad, tirando de un carruaje con cortinajes. Al dar un coletazo, sonaba como el chasquido de un látigo para bueyes. Sobre el carro había recipientes de varias brazas de circunferencia, colmados de agua. Había docenas de personas que, con vasijas, recogían el agua y la esparcían por todas partes entre las nubes. Al ver de repente a Le, todos se sorprendieron. Le reconoció que el hombre fuerte que lo acompañaba se encontraba allí, el cual dijo a la multitud: «Este es mi amigo». En seguida tomó un recipiente y se lo entregó a Le, ordenándole que rociara. Como por entonces la sequía era grave, Le tomó el vaso, despejó las nubes y, orientándose hacia su pueblo natal, vertió el contenido con todas sus fuerzas. Al poco rato, su compañero le dijo: «Yo soy originalmente un oficial del trueno de la oficina celeste; por haber cometido un error en la lluvia con anterioridad, fui desterrado por tres años. Hoy mi tiempo límite ha expirado, así que le pido despedirme de aquí». Tomó entonces una cuerda de diez mil pies con la que tiraba del carruaje y la arrojó ante él, haciéndole sujetar el extremo para descender colgado. Le sintió vértigo ante la idea, pero el hombre rió y dijo: «No hay problema». Le hizo tal como le indicó, y con la ligereza del viento, en un abrir y cerrar de ojos llegó a tierra. Al mirar a su alrededor, descubrió que había caído a la entrada de la aldea. La cuerda se fue retrayendo gradualmente hacia las nubes hasta volverse invisible. En aquel entonces hubo una gran sequía; a diez *li* a la redonda, la lluvia apenas alcanzaba una pulgada, pero solo en el poblado de Le Gou las acequias y zanjas se llenaron por completo. Al regresar y registrar su manga, la Estrella Cosechadora seguía allí. La sacó y la colocó sobre la mesa; era oscura y tosca como una piedra ordinaria, mas al llegar la noche, resplandecía con brillo radiante, iluminando las cuatro paredes. Él la valoró aún más, guardándola celosamente con múltiples capas de brocado. Cada vez que recibía a un invitado distinguido, la sacaba para iluminar las copas durante la bebida. Si uno la miraba fijamente, rayos luminosos herían los ojos. Una noche, mientras su esposa estaba sentada peinándose los cabellos mojados frente a ella, de repente vio que la luz estelar disminuía hasta volverse pequeña como una luciérnaga, revoloteando y volando de un lado a otro. Cuando la esposa apenas iba a exclamar con asombro, la luz ya se había metido en su boca; por más que intentó escupirla, no pudo, y terminó tragándosela. Sobresaltada, fue a contárselo a Le, quien también lo encontró extraordinario. Después de acostarse, soñó que Xia Pingzi venía a decirle: «Yo soy la estrella Shaowei. No olvido en mi interior la bondad y el favor del honorable. Además, haberme traído de regreso desde los cielos demuestra que tenemos destino kármico. Ahora seré tu heredero para retribuir esta gran virtud». Le tenía treinta años y carecía de hijos, por lo que el sueño lo llenó de alegría. A partir de entonces, su esposa quedó encinta; al llegar el momento del parto, un resplandor llenó la habitación, igual que cuando la estrella estaba sobre la mesa, por lo que lo llamó «Xing'er» (Niño Estrella). Poseía una agudeza e inteligencia extraordinarias y, a los dieciséis años, aprobó los exámenes imperiales para el grado de *jinshi*. El Historiador de lo Extraño comenta: «La fama literaria del señor Le era célebre en todo el mundo, pero de pronto comprendió que los designios del Cielo no lo colocaban en ese camino, por lo que abandonó su pincel como quien se despoja de unos zapatos gastados. ¿En qué difiere esto de aquel que, teniendo mentón de golondrina, arrojó el pincel para enrolarse en el ejército? En cuanto a que el oficial del trueno retribuya la bondad de una comida, y que Shaowei recompense el entendimiento de un buen amigo, ¿acaso se trata de favores privados que los dioses y los inmortales otorgan por capricho? No es sino la retribución pública que la 造物 [creación] concede a los hombres de talento y virtud». El Talismán de Apuesta El taoísta Han residía en el Templo Tianqi, dentro de los límites del distrito. Poseía numerosas artes ilusorias, por lo que todos lo llamaban «el Inmortal». Mi difunto padre era quien mejor lo trataba, y cada vez que iba a la ciudad, invariablemente lo visitaba. Cierto día, mientras iba con mi difunto tío a la sede del distrito con la intención de visitar a Han, se lo encontró casualmente en el camino. Han le entregó una llave diciendo: «Por favor, adelántense a abrir la puerta y tomen asiento; en un momento llegaré». Así lo hicieron tal como indicó. Al llegar al templo y descorrer el cerrojo, Han ya estaba sentado en la habitación. Sucesos de esta índole eran frecuentes. Antaño, había un miembro de nuestra parentela lejana que era un vicioso apostador, razón por la cual mi difunto padre también conocía a Han. Ocurrió que llegó un monje al Gran Templo de Buda que se dedicaba exclusivamente a los dados, apostando con gran osadía. El pariente lo vio, sintió agrado y, empeñando toda su fortuna, fue a apostar, sufriendo una tremenda pérdida. Con el corazón aún más ardiente, hipotecó sus tierras y propiedades para regresar; al cabo de la noche lo había perdido todo. Afligido y descontento, pasó por el templo a visitar a Han, con el espíritu marchito y las palabras desordenadas. Han le preguntó el motivo, y él se lo contó todo con la verdad. Han sonrió y dijo: «No hay regla por la cual se apueste constantemente sin perder. Si eres capaz de dejar el juego, haré que recuperes lo tuyo». El pariente respondió: «¡Si logro recuperar mi perla extraviada como en Hepu, romperé estos dados de hueso hasta convertirlos en un madero de hierro!». Entonces Han escribió un talismán en papel y se lo dio para que lo llevara ceñido a la cintura, entre sus ropas. Le advirtió: «Con tal de que recuperes tus bienes antiguos es suficiente; no ambiciones el reino de Shu tras haber obtenido陇 [Long]». Asimismo, le entregó mil monedas de cobre, con el acuerdo de que se las devolvería si ganaba. El pariente se fue sumamente regocijado. El monje comprobó su dinero, lo miró con desdén y consideró indigno apostar con él. El pariente insistió, pidiendo que una sola tirada decidiera la suerte. El monje aceptó sonriente. Entonces apostó las mil monedas como su única carta. El monje lanzó los dados sin que hubiera ventaja ni derrota; el pariente recogió los cubiletes y, con una sola tirada, sacó la combinación ganadora. El monje volvió a apostar dos mil como envite; de nuevo perdió. La suma fue aumentando gradualmente hasta más de diez mil; las jugadas mostraban claramente la peor combinación de derrota, pero al soplar sobre ellas, todas se convertían en la más alta jugada de la victoria (*luzhi*). Al calcular lo que había perdido antes, en un instante lo recuperó por completo. Pensó secretamente que ganar unos miles más tampoco estaría mal, así que volvió a apostar, pero las jugadas comenzaron a empeorar gradualmente. Sintiendo extrañeza en su corazón, se levantó para revisarse la cintura, y descubrió que el talismán ya había desaparecido. Gran pánico lo invadió y dio por terminada la apuesta. Cargó el dinero de regreso al templo y, tras pagarle a Han, al ponerse a contar lo perdido, incluyendo lo último que había apostado, el total coincidía exactamente con la suma original. Lleno de vergüenza, le agradeció y se disculpó por haber perdido el talismán. Han sonrió y dijo: «Ya está aquí. Te advertí firmemente que no fueras codicioso, pero no me escuchaste, así que lo tomé de vuelta». El escriba de historias extrañas dice: «En el mundo, nada arruina una familia con mayor rapidez que el juego; y nada corrompe la virtud con mayor gravedad que el juego. Quien se adentra en este camino es como quien se hunde en un mar de brumas, sin saber jamás dónde yace el fondo. Aquellos que se dedican al comercio o a la agricultura poseen un oficio legítimo; los eruditos versados en las letras atesoran aún más cada ápice del tiempo. Llevar el arado o desplegar los clásicos son, sin duda, los caminos rectos para edificar un hogar; las charlas refinadas y los tragos ligeros sirven como un noble desahogo para la vida. Pero vosotros preferís confraternizar con pandillas depravadas, enredados en noches interminables. Vaciáis los bolsos y volteáis los cofres, colgando vuestro oro del cielo escarpado de los abismos; gritáis a los faisanes y animáis a las fichas, implorando favores espirituales a huesos viles y oscuros. Al hacer girar los cinco maderos, parecen rodar perlas esféricas; al sostener múltiples cartas en el puño, asemejan abanicos desplegados. Miran de reojo a los demás mientras vigilan de cerca sus propias jugadas, desgastando hasta la cuenca los ojos de los demonios; muestran debilidad a la luz mientras actúan con fiereza en la sombra, agotando todas las tretas de los espíritus errantes. Aunque los invitados aguarden a la puerta, siguen encadenados a la mesa de apuestas; aunque el humo de la chimenea comience a elevarse en la casa, aún miran con codicia el fondo del cuenco. Olvidan comer y descuidan el sueño hasta que, sumidos tanto tiempo, caen en el embeleso; con la lengua destrozada y los labios resecos, se miran unos a otros como fantasmas. Hasta que el ejército entero queda aniquilado y los ojos febriles contemplan la nada. Al mirar el tablero, los gritos resuenan con furia, agitando la picazón en el pecho de los héroes; al mirar el fondo del bolso, las correas de las monedas están vacías, helando el corazón del hombre audaz. Estiran el cuello y deambulan sin rumbo, comprendiendo que las manos vacías de nada sirven; con la cabeza gacha y desolada, regresan tan solo al caer la noche oscura. Temen despertar a los perros al entrar cuando los alcahuetes ya duermen; sufren el hambre de un vientre vacío por tanto tiempo, sin atreverse a reprochar las obras sobrantes de la sopa. Y entonces, venden a los hijos y empeñan los campos, esperando recuperar las perlas en las costas de Hepu; mas sin imaginar que, tras ser devorados por el fuego hasta perder el último vello, terminarán pescando la luna en las aguas del río滄. ¡Cuando la derrota llega es que uno comienza a reflexionar, pero ya se han convertido en seres de la escoria! Si se pregunta quién es el mejor en el juego, todos señalan al noble sin calzones. Al extremo de que, con el estómago hambriento e insoportable, terminan refugiándose entre salteadores violentos; y sin un cencerro para dar limosna, llegan a depender de los cofres de los tocadores ajenos. ¡Ay! ¡Corromper la virtud, perder la decencia, arruinar el patrimonio y destruir el cuerpo, cuál de todas estas desgracias no ha sido causada por el único camino del juego!». A-Xia Jing Xing, natural de Wendeng, gozaba de gran fama desde su juventud. Vivía como vecino de un tal Chen, separados sus estudios por un breve muro bajo. Cierto día, al atardecer, Chen cruzaba por un páramo desolado cuando escuchó el llanto de una mujer entre los pinos y cipreses; al acercarse, vio que de una rama horizontal colgaban unas telas, como si alguien estuviera a punto de ahorcarse. Chen le preguntó la razón, y ella, enjugándose las lágrimas, le respondió: «Mi madre ha viajado lejos y me dejó al cuidado de mi primo hermano. Jamás imaginé que tendría el corazón de un lobo y la entraña de una fiera, y que no cumpliría su deber de protegerme hasta el final. ¡Encontrarme en tal desamparo es peor que la muerte!». Tras decir esto, volvió a llorar. Chen se desató el cinto y la consoló, instándola a casarse de nuevo. La mujer temía no tener a quién encomendarse. Chen le propuso albergarla temporalmente en su casa, y ella aceptó. Al llegar, encendió la lámpara y la contempló con detención: su gracia y encanto eran incomparables. Quedó profundamente prendado y quiso poseerla a la fuerza. La mujer alzó la voz para resistirse, y el vocerío llegó hasta el otro lado de la pared. Jing Xing saltó el muro para curiosear, momento en el cual Chen soltó a la mujer. Al ver a Jing, ella fijó en él una mirada profunda y estática, y tras un largo rato echó a correr. Ambos la persiguieron, pero perdieron su rastro. Al regresar Jing a su casa y cerrar la puerta para dormir, la mujer emergió grácilmente desde el interior de la habitación. Asombrado, le preguntó la razón. Ella respondió: «Aquel hombre posee escasa virtud y flaca fortuna, por lo que no se le puede confiar el destino». Jing se alegró enormemente. Al preguntarle por su apellido y linaje, ella dijo: «Mis antepasados vivían en Qi. Llevo el apellido Qi y mi nombre de pila es A-Xia». Él la cortejó con palabras seductoras, y ella sonrió sin ofrecer gran resistencia, por lo que terminaron compartiendo el lecho. En su estudio solían frecuentar muchos amigos, pero la mujer siempre se ocultaba en las profundidades de las habitaciones. Tras varios días, ella dijo: «Debo marcharme por un tiempo. Este lugar es demasiado bullicioso y agota sobremanera a uno. En adelante, ruego que nos encontremos solo por las noches». Al preguntarle dónde estaba su hogar, respondió: «En verdad no queda lejos». Así, partió temprano y por la noche regresó sin falta, con un afecto y una pasión cada vez más profundos. Unos días después, le dijo a Jing: «Aunque nuestro afecto mutuo es magnífico, al fin y al cabo se trata de una unión clandestina. Mi honorable padre viaja por asuntos oficiales en las regiones occidentales, y mañana partiré para seguir a mi madre; permíteme aprovechar la ocasión para pedir su venía y así poder acompañarte hasta el final de mis días». Al preguntarle cuántos días duraría la separación, ella fijó un plazo de diez jornadas. Tras su marcha, Jing pensó que la vida en el estudio no podía prolongarse indefinidamente; si la mudaba al interior de la casa, temía los celos de su esposa. Lo mejor, calculó, era repudiarla. Una vez tomada su decisión, cada vez que su esposa llegaba la recibía con insultos y reprimendas. Incapaz de soportar tal humillación, la mujer lloraba deseando la muerte. Jing le dijo: «Si mueres temo verme envuelto en problemas; te pido que te marches pronto». Y así la apresuró a partir. Llorando, la esposa le reprochó: «¡He servido a usted durante diez años sin cometer jamás falta alguna contra la virtud, por qué muestra una determinación tan implacable!». Jing hizo oídos sordos y la expulsó con mayor urgencia. La esposa tuvo entonces que salir por la puerta. A partir de ese momento, Jing se dedicó a encalar las paredes y limpiar el polvo, estirando el cuello con la mirada fija en el horizonte; mas nunca imaginó que las noticias del ave azul se desvanecerían como una piedra en el fondo del mar. Tras el regreso definitivo de su esposa a la casa paterna, Jing rogó en repetidas ocasiones a conocidos comunes que intercedieran ante ella para volver con él, pero su esposa no lo aceptó y terminó casándose con un miembro de la familia Xiahou. La residencia de los Xiahou colindaba con la de Jing, y debido a un litigio por los linderos de los campos, ambas familias mantenían una enemistad generacional. Al enterarse, Jing sintió una cólera y un resentimiento aún mayores. Sin embargo, seguía abrigando la esperanza de que A-Xia regresara, lo cual servía al menos como un magro consuelo. Pasó más de un año sin que apareciera el menor rastro de ella. Coincidía con la festividad del Dios del Mar, y los letrados y doncellas abarrotaban el interior y el exterior del templo; Jing también se encontraba allí. A lo lejos, vio a una mujer que se parecía mucho a A-Xia. Jing se acercó a ella, pero ella se adentró entre la multitud; la siguió, y ella salió por la puerta; la volvió a seguir, pero ella se alejó flotando con ligereza hasta desaparecer por completo. Jing no pudo alcanzarla y regresó lleno de rencor y melancolía. Medio año después, casualmente caminaba por el camino cuando vio a una doncella vestida con ropas rojas, seguida por un criado anciano y montada en una mula negra. Al mirarla, era A-Xia. Entonces le preguntó al sirviente: —¿De quién es esposa la joven? El otro respondió: —Es la segunda esposa del joven maestro Zheng de la Aldea del Sur. Volvió a preguntar: —¿Cuándo se casaron? Dijo: —Hace apenas medio mes. Jing pensó: *¿Podría ser un error?* La doncella oyó las palabras, volvió la cabeza y le echó una mirada. Jing la miró: era verdaderamente A-Xia. Al ver que ella ya se había casado con otro apellido, la indignación le llenó el pecho y exclamó a grandes gritos: —¿A-Xia! ¿Cómo puedes olvidar nuestro viejo juramento? El sirviente, al oír que llamaban a su ama, quiso agitar los puños con furia. La mujer lo detuvo apresuradamente. Corrió el velo de la litera y le dijo a Jing: —¿Con qué cara se atreve a verse conmigo un hombre desleal? Jing dijo: —Tú misma me has traicionado, ¿cuándo te he traicionado yo a ti? La mujer dijo: —¡Traicionar a mi esposo es peor que traicionarme a mí! Si alguien que se ha casado con el cabello trenzado actúa así, ¡cuánto más los demás! En el pasado, debido a la profunda virtud de tus antepasados y a que tu nombre figuraba en los registros de laurel, te entregué mi persona y te seguí; ahora, a causa de haber abandonado a tu esposa, en el inframundo se te ha restado el rango y la dignidad oficial. Wang Chang, el segundo en la lista de este examen imperial, es precisamente quien ha tomado el lugar de tu nombre. Ya me he entregado al señor Zheng; no hay motivo para que sigas recordándome. Jing agachó la cabeza, sumiso y obediente, sin poder articular una sola palabra. Al mirar a la mujer, picó a su montura y se fue tan rápido como si volara; solo le quedó la tristeza y el rencor. En aquel examen, Jing reprobó, y el segundo en el puesto fue efectivamente un tal Wang Chang. Zheng también aprobó. Debido a esto, Jing se ganó la fama de ser un hombre desleal y voluble. A los cuarenta años seguía sin pareja, y su familia se empobrecía cada vez más, por lo que solía buscar su sustento en casa de parientes y amigos. En una ocasión visitó a Zheng, quien lo trató con generosidad y lo invitó a pasar la noche. La mujer espió al huésped, lo vio y sintió lástima por él. Le preguntó a Zheng: —¿El huésped en la sala principal no es Jing Qingyun? Cuando este le preguntó cómo lo conocía, ella respondió: —Antes de casarme con usted, una vez me refugié en su casa y recibí generosamente su amparo. Aunque su conducta actual es humilde, la virtud de sus antepasados no se ha cortado; además, como usted es un viejo amigo suyo, corresponde tener la justicia del abrigo de cáñamo. Zheng lo consideró acertado, cambió sus ropas raídas y lo retuvo durante varios días. A la medianoche, al momento de dormir, una criada le entregó a Jing más de veinte taeles de plata. La mujer habló desde fuera de la ventana: —Esto son ahorros privados para recompensar modestamente nuestro antiguo afecto. Puede llevárselos para buscar una buena esposa. Afortunadamente, la virtud de tus antepasados es profunda y aún alcanza para tus descendientes. No vuelva a perder la decencia para no acortar los años que le quedan de vida. Jing se lo agradeció con profunda gratitud. Una vez de regreso, con poco más de diez taeles de plata compró una criada de una familia de la alta sociedad, que era muy fea y brava. Dio a luz a un hijo que más tarde aprobó los exámenes imperiales a nivel provincial y metropolitano. Zheng llegó a ocupar el cargo de Director en el Ministerio de Personal. Cuando este falleció, la mujer acudió a despedir el cortejo fúnebre, pero al abrir la litera, esta se encontraba completamente vacía, por lo que comprendieron que no era un ser humano. ¡Ay! Cuando una persona carece de virtud, abandona lo viejo y busca lo nuevo; al final, los huevos se aplastan y el pájaro también vuela, ¡y la retribución del Cielo resulta ser así de atroz! --- ### Li Sijian Li Sijian era un letrado aprobado en el examen provincial de Yongnian. El vigésimo octavo día del noveno mes del cuarto año del reinado de Kangxi, mató a golpes a su esposa, de apellido Li. Las autoridades locales informaron del caso a Guangping, y Yongnian envió a funcionarios a investigarlo y juzgarlo. Estando Sijian frente a la prefectura, de repente arrebató un cuchillo de carnicero de debajo de un estante de carne, corrió hacia el Templo del Dios de la Muralla y el Foso, subió al escenario de ópera y se arrodilló ante la deidad. Dijo por sí mismo: —La deidad me reprende por no haber debido escuchar a personas malvadas, invirtiendo lo correcto y lo incorrecto entre la gente de la aldea; me ordena cortarme la oreja. Acto seguido, se cercenó la oreja izquierda y la arrojó al pie del escenario. Luego dijo: —La deidad me reprende por no haber debido estafar a la gente por dinero y plata; me ordena cortarme los dedos. Acto seguido, se mutiló los dedos. Y continuó diciendo: —La deidad me reprende por no haber debido cometer adulterio con mujeres; me hace cortarme los riñones. Entonces se the castró a sí mismo, cayó desmayado y quedó rígido como un cadáver. En ese momento, el Virrey Zhu Yunmen presentó un memorial solicitando su destitución y el castigo correspondiente, el cual ya había recibido la aprobación imperial, pero Sijian ya había sucumbido al castigo del inframundo. Tomado de la Gaceta de la Corte. --- ### El Gran Ministro de las Cinco Pieles de Carnero Chang Tiyuan, de Hedong, cuyo nombre de cortesía era Ruyu, cuando era un erudito becario, soñó que alguien lo llamaba "El Gran Ministro de las Cinco Pieles de Carnero", lo cual consideró un feliz augurio. Cuando sobrevino el caos de los bandidos errantes, lo despojaron por completo de sus ropas y, al caer la noche, lo encerraron en una habitación vacía. Era el mes de invierno, el frío era extremo; palpando en la oscuridad, encontró varias pieles de oveja para abrigar su cuerpo, lo justó para no morir. Al aclararse el alba, las miró y constató que exactamente sumaban cinco. Se rió entre dientes, burlándose de cómo el destino jugaba con él. Más tarde, gracias a sus méritos en los clásicos confucianos, fue nombrado Magistrado del Condado de Luonan. *Registrado por el maestro Bi Zaiji.* --- ### El Zorro de Mao El campesino Ma Tianrong tenía poco más de veinte años. Viudo y demasiado pobre para volver a casarse, se encontraba un día desyerbando en los campos cuando vio a una joven elegantemente ataviada que pisoteaba los brotes de trigo al cruzar un sendero. Tenía el rostro sonrojado y un aire sumamente encantador. Creyendo que se había perdido y viendo que los alrededores estaban desiertos, Ma la cortejó en broma. La mujer también aceptó levemente y quiso unirse a él en el campo. Sonriendo, ella dijo: «A plena luz del día, ¿cómo vamos a hacer tal cosa? Vuelve a casa, tranca la puerta y espérame; al caer la noche iré a verte». Ma no la creyó, pero la mujer hizo un juramento. Entonces Ma le indicó la orientación de su puerta y le dio los detalles de su hogar, tras lo cual ella se marchó. A la medianoche, ella llegó sin falta, y enseguida se entregaron al placer y al afecto mutuo. Ma notó que su piel era sumamente tersa y delicada; al acercarla a la luz del fuego, vio que su cutis era tan rojo y delgado como el de un lactante, con vello fino por todo el cuerpo, lo cual le pareció extraño. Sospechando además que sus idas y venidas no dejaban rastro, pensó para sus adentros: «¿No será acaso una zorra?», y se lo preguntó en broma. La mujer lo admitió sin tapujos. Ma dijo: «Ya que eres una inmortal, por naturaleza deberías ser capaz de conseguir todo lo que pidas. Puesto que me has honrado con tu afecto, ¿cómo no vas a ayudar a remediar mi pobreza con unas pocas piezas de oro?». La mujer accedió. La noche siguiente, cuando vino, Ma le reclamó el oro. Con fingido asombro, la mujer dijo: «Acabo de olvidarlo». Cuando estaba a punto de irse, Ma se lo volvió a encargar. Al llegar la noche siguiente, le preguntó: «¿Acaso habrás olvidado lo que te pedí?». La mujer sonrió y le pidió que lo dejaran para otro día. Pasados varios días, Ma se lo volvió a reclamar. Sonriendo, la mujer sacó de su manga dos lingotes de oro blanco, que sumaban unas cinco o seis piezas; tenían finas vetas en los bordes y eran sumamente encantadores de contemplar. Ma se alegró enormemente y los guardó en el fondo de su arca. Medio año después, necesitando oro por casualidad, se los mostró a otra persona. Esta le dijo: «Esto es estaño». Al morderlo con los dientes, el metal cedió de inmediato. Aterrorizado, Ma lo guardó y regresó a casa. Al llegar la noche, cuando la mujer apareció, la recibió con indignados reproches. Sonriendo, la mujer dijo: «Tu destino es parco; no puedes soportar el oro verdadero». Con una sonrisa, el asunto quedó zanjado. Ma dijo: «He oído que las zorras inmortalizadas son bellezas incomparables, pero resulta que no es así en absoluto». La mujer replicó: «Nosotras nos manifestamos y transformamos según la persona. Tú ni siquiera tienes la fortuna de poseer una sola pieza de oro, ¿cómo ibas a ser capaz de disfrutar de la hermosura de un cisne que cae o un pez que se hunde? Con mi torpeza y fealdad, ciertamente no basto para servir a las altas esferas; sin embargo, en comparación con una mujer de grandes pies y jorobada, sí puedo considerarme una belleza sin igual». Pasados unos meses, ella de repente le regaló tres piezas de oro a Ma, diciendo: «Has insistido tanto en reclamarlas, y yo te dije que tu destino no corresponde a poseer oro guardado. Ahora que tienes un matrimonio concertado en puerta, te hago este obsequio como dote para una esposa, sirviendo también como regalo de despedida». Ma aseguró no saber nada de ningún compromiso matrimonial. La mujer dijo: «En uno o dos días habrá una casamentera que venga». Ma preguntó: «¿Cómo es el aspecto de la que mencionas?». Ella respondió: «Dado que añoras una belleza sin igual, por fuerza habrá de ser una belleza sin igual». Ma dijo: «A eso ni me atrevo a aspirar. Pero ¿cómo van a alcanzar tres piezas de oro para comprar una esposa?». La mujer dijo: «Esto está predestinado por el Anciano bajo la Luna; no es obra humana». Ma preguntó: «¿Por qué hablas de despedida tan de repente?». Ella respondió: «Caminar bajo la luna y cubierto de estrellas nunca es un final definitivo. "El oficial ya tiene esposa", ¿a qué viene tanto pretexto?». Al amanecer se marchó, no sin antes entregarle una dósis de polvos amarillos, diciendo: «Temo que enfermes tras nuestra separación; toma esto para curarte». Al día siguiente, efectivamente llegó una casamentera. Cuando Ma le preguntó por el aspecto de la mujer, esta respondió: «Está entre agraciada y fea». «¿De cuánto es la dote?». «Unas cuatro o cinco piezas». A Ma no le importó el precio, pero exigió ver a la prometida en persona. La casamentera temía que una muchacha de familia respetuosa no quisiera exponerse a las miradas. Poco después, acordaron ir juntos para aprovechar el momento y echar un vistazo. Al llegar a la aldea, la casamentera se adelantó e hizo que Ma esperase a las afueras. Al cabo de un buen rato, regresó y dijo: «¡Trato hecho! Una pariente política mía vive en el mismo patio; acabo de ir y vi a la muchacha sentada en su habitación. Te ruego que finjas ser un visitante que pasa a saludar a su pariente, y así podrás echarle un vistazo a corta distancia». Ma obedeció. Efectivamente, vio a una mujer sentada en el vestíbulo, con el torso inclinado sobre la cama mientras otra persona le rascaba la espalda. Ma pasó de prisa, lanzándole una mirada de reojo; su rostro era exactamente como la casamentera había descrito. A la hora de negociar la dote, Ma no regateó el precio; solo pidió conseguir una o dos piezas para ataviar a la mujer en su salida del gabinete. Ma consideró que era una ganga, así que entregó el oro; asimismo, remuneró a la casamentera y al escribano del contrato, gastando en total apenas tres taeles de plata sin derrochar ni una sola moneda. Eligió un día propicio para recibir a la novia en su hogar. Al cruzar la puerta, vio que tenía el pecho y la espalda encorvados, el cuello encogido como el de una tortuga y, al mirar hacia el dobladillo de la falda, sus pies de loto medían más de un pie de largo. Fue entonces cuando comprendió que las palabras de la zorra tenían una razón de ser. El Historiador de lo Extraño comenta: «Manifestarse y transformarse según la persona tal vez sea la manera en que la mujer zorra disimula su propia vergüenza; sin embargo, sus palabras sobre la fortuna y la ventura son sin duda dignas de creerse profundamente. Siempre he sostenido que, sin el mérito acumulado por los antepasados durante varias generaciones, uno no puede aspirar a altos cargos; y sin el mérito acumulado por uno mismo durante varias generaciones, no es posible obtener a una mujer hermosa. Aquellos que creen en la retribución kármica jamás tomarán mis palabras como meras habladurías vacías». *** #### Pianpian Luo Zifu era oriundo de Bin. Sus padres murieron cuando él era muy joven. A la edad de ocho o nueve años, quedó bajo la tutela de su tío Dayue. Dayue era secretario en el Ministerio de Ritos, poseía abundantes riquezas en oro y sedas, pero no tenía hijos, por lo que amaba a Zifu como si fuera de su propia sangre. A los catorce años, fue seducido por unos bribones que lo llevaron a los barrios de burdeles y diversiones. Da la casualidad de que había una cortesana de Jinling residiendo temporalmente en la prefectura, y Zifu quedó cautivado y prendado de ella. Cuando la cortesana regresó a Jinling, Zifu huyó clandestinamente para seguirla. Vivió en la casa de la cortesana durante medio año hasta que el oro junto a su almohada se agotó por completo, momento en el cual pasó a ser despreciado por las hermanas del burdel, aunque todavía no lo echaron de inmediato. Al poco tiempo, le brotaron úlceras purulentas por todo el cuerpo que despedían un hedor nauseabundo, manchando las sábanas y la cama, por lo que terminaron por expulsarlo. Se vio reducido a mendigar en los mercados. Tan pronto como la gente del mercado lo veía, huía a lo lejos. Temiendo morir en una tierra extraña, mendigaba mientras viajaba hacia el oeste; recorriendo treinta o cuarenta li al día, llegó gradualmente a las fronteras de Bin. Luego pensó en sus harapos podridos y sucias úlceras, sin rostro para entrar en las puertas de su aldea, y aún titubeaba por los suburbios cercanos. Como ya atardecía, quiso dirigirse a un templo en la montaña para pasar la noche. En el camino encontró a una mujer cuya belleza parecía la de un inmortal. Acercándose, ella preguntó: —¿A dónde vas? El erudito le dijo la verdad. La mujer dijo: —Soy una persona consagrada a la religión, mi morada es una cueva en la montaña donde puedes descansar, y no hay mucho que temer de tigres y lobos. El erudito, encantado, la siguió. Adentrándose en lo profundo de las montañas, vio una gruta. Al entrar, un arroyo cruzaba la entrada, atravesado por un puente de piedra. Unos cuantos pasos más allá, había dos cámaras de piedra, tan luminosas y diáfanas que no requerían velas ni lámparas. Ella le indicó al erudito que se quitara sus ropas desgarradas y se bañara en la corriente del arroyo, diciendo: —Lávaselas; tus heridas sanarán. Luego abrió una cortina, sacudió el lecho e instó a que se acostara, diciendo: —Por favor, acuéstate de inmediato; te haré unos pantalones. Tomó unas hojas grandes parecidas al plátano, las recortó y las cosió para hacer una vestimenta. El erudito se recostó a observarla. En poco tiempo terminó la hechura, la dobló a la cabecera de la cama y dijo: —Mañana al alba póntelos. Luego se acostó en un catre frente al suyo. Tras el baño, el erudito sintió que sus llagas ya no le dolían. Al despertar, se palpó y notó que se había formado una costra gruesa. Al alba, cuando iba a levantarse, dudó de que las hojas de plátano pudieran usarse como ropa. Al tomarlas y examinarlas detenidamente, vio que eran de un brocado verde de una suavidad exquisita. Al poco rato, ella le preparó una comida. La mujer tomó hojas de la montaña llamándolas pasteles, y al comerlas, resultaron ser verdaderos pasteles; también recortó formas de pollo y pescado, y al cocinarlas, todas sabían como si fueran reales. En un rincón de la cámara había una tinaja que contenía un vino excelente; cada vez que bebía de él y el nivel disminuía un poco, lo rellenaba con agua del arroyo. A los pocos días, las costras de sus heridas cayeron por completo, y él se acercó a la mujer para pedirle compartir el lecho. La mujer dijo: —¡Muchacho desvergonzado! ¡Apenas lograste ponerte a salvo y ya albergas pensamientos descabellados! El erudito dijo: —Es solo para corresponder a tu virtud. Y así se acostaron juntos, amándose con gran pasión. Un día, una joven matrona entró riendo y dijo: —¡Este pequeño diablillo de Pianpian se está divirtiendo de lo lindo! Hermana Xue, tuviste un buen sueño, ¿cuándo lo hiciste realidad? La mujer la recibió con una sonrisa y dijo: —Señora Cheng de Huacheng, hacía mucho que tus nobles pasos no pisaban por aquí; hoy soplaba un fuerte viento del suroeste ¡que te ha soplado hasta aquí! ¿Ya has cargado al pequeño retoño? Ella respondió: —Es otra pequeña esclava. La mujer rió y dijo: —¡La señora Hua es una fábrica de baldosas! ¿Por qué no la has traído? La otra dijo: —Estaba a punto de llorar, pero ya se durmió. Entonces la invitó a sentarse y la agasajó con bebidas. Luego, mirando al erudito, dijo: —El pequeño joven ha estado quemando buen incienso. El erudito la miró; tendría unos veintitrés o veinticuatro años, con una belleza sobrante y cautivadora. Le agradó. Al tomar una fruta, esta cayó por error bajo la mesa; inclinándose fingiendo recogerla, le acarició furtivamente el empeine con la punta de los dedos. Huacheng miró hacia otro lado y sonrió, como si no se hubiera dado cuenta. El erudito se quedó atónito, con el alma robada, cuando de repente sintió que sus ropas y pantalones perdían el calor; al mirarse, vio que todo lo que vestía se había convertido en hojas de otoño. Se aterrorizó casi hasta desmayarse. Permaneció sentado muy derecho por un buen rato, y gradualmente volvieron a ser como antes. Se alegró en secreto de que las dos mujeres no lo hubieran visto. Al poco rato, en medio de la charla y los brindis, volvió a rascarle la palma delicada con un dedo. Cheng se mostró serena, riendo y bromeando, sin percatarse en absoluto. Mientras él estaba sumido en un temeroso estupor, sus ropas ya se habían vuelto hojas otra vez, y tardaron un buen rato en recuperar su forma. A partir de entonces contuvo su mente y calmó sus pensamientos, sin atreverse a albergar ideas licenciosas. Cheng rió y dijo: —¡El pequeño joven de tu casa es de lo más travieso! Si no fuera por esta esposa que es una calabaza de vinagre, temo que daría un salto y volaría hasta los cielos. La mujer también sonrió socarrona y dijo: —¡Muchacho ingrato, bien merecería morir congelado! Ambas aplaudieron a carcajadas. Huacheng se levantó de su asiento diciendo: —Si la pequeña esclava se despierta, temo que su llanto me parta el corazón. La mujer también se levantó y dijo: —Por andar codiciando el hombre ajeno, ¡me olvidé de que la pequeña Jiangcheng debe estar llorando a gritos! Una vez que Huacheng se hubo marchado, él temió recibir reprensiones y reproches, pero la mujer lo trató con total naturalidad como de costumbre. Poco después, al llegar el otoño avanzado con sus vientos fríos, la escarcha cayó y los árboles se despojaron de sus hojas, la mujer se dedicó a recoger las hojas caídas y a acumular provisiones para protegerse del invierno. Al ver que el erudito tiritaba encogido, ella tomó un hatillo y recogió las nubes blancas de la entrada de la cueva, utilizándolas como guata para acolcharle una ropa. Al ponérsela, se sentía tan cálida como un jubón de seda, y además era ligera y esponjosa como algodón nuevo. Al año siguiente, dieron a luz a un hijo, extremadamente inteligente y hermoso. Todos los días jugaban con el niño en la cueva, hallando gran alegría en ello. Sin embargo, cada vez que él recordaba su tierra natal, le rogaba que regresara con él. La mujer le decía: «Esta concubina no puede seguirte; de lo contrario, vete tú solo». Pasaron dos o tres años sin prisa, y el niño fue creciendo poco a poco, por lo que concertaron un enlace matrimonial con la familia Huacheng. El erudito siempre se preocupaba por la avanzada edad de su tío. La mujer decía: «La edad de mi tío es ciertamente muy avanzada, pero por fortuna goza de buena salud; no te aflijas ni te preocupes en vano. Deja que aseguremos el matrimonio del muchacho, y entonces irte o quedarte dependerá de ti». Siempre que la mujer estaba en la cueva, tomaba hojas para escribir en ellas y enseñar a leer al niño, y al muchacho le bastaba con echarles una mirada para comprenderlo todo. La mujer dijo: «Este niño tiene un destino afortunado; déjalo entrar en el mundo mortal, y no habrá de qué preocuparse hasta que alcance los altos gabinetes de la corte». Al poco tiempo, el niño cumplió catorce años. La familia Huacheng acudió en persona para traer a la joven. La mujer llegó ataviada con espléndido maquillaje, con un brillo radiante que iluminaba a todos. El marido y la mujer se llenaron de alegría, y toda la familia se reunió en un banquete. Pianpian, sacudiendo sus horquillas de jade, cantó: «Tengo un buen hijo, y no envidio a los altos funcionarios. Tengo una buena nuera, y no envidio las sedas brocadas. Esta tarde nos reunimos, y todos debemos regocijarnos. Sirvo el vino para ustedes, y los invito a comer más». Poco después, la familia Huacheng se marchó, y los jóvenes esposos vivieron en una habitación frente a ellos. La nueva nuera era filial, apegada a las rodillas de sus padres, exactamente como si hubiera nacido de ellos. El erudito volvió a hablar de regresar a su hogar. La mujer dijo: «Tienes huesos mundanos y al fin y al cabo no eres de naturaleza inmortal; el niño, en cambio, es una persona destinada a la riqueza y la nobleza, puedes llevarlo contigo, yo no arruinaré la vida del muchacho». La nuera deseaba despedirse de su madre, y la familia Huacheng ya había llegado. Los jóvenes se mostraron reacios a la separación, con los ojos anegados en lágrimas. Ambas madres los consolitaron diciendo: «Idos temporalmente, pero podéis volver». Pianpian entonces cortó hojas para transformarlas en un burro, e hizo que los tres lo montaran para regresar. Daye ya era anciano y había regresado a la reclusión del bosque; creyendo que su sobrino había muerto, de repente lo vio regresar trayendo un excelente nieto y una bella nuera, y su alegría fue tal como si hubiera encontrado un tesoro. Al entrar, al inspeccionar las ropas que llevaban puestos, resultó que todas eran hojas de plátano; al romperlas, la guata se desvaneció flotando en vapores. Entonces procedieron a cambiarles las vestimentas a todos. Más tarde, el erudito, recordando a Pianpian, fue junto con su hijo a visitarla; pero solo halló un camino cubierto de hojas amarillas, la boca de la cueva oculta por las nubes, y regresó derramando lágrimas. El Historiador de lo Extraño comenta: «¿Acaso Pianpian y Huacheng eran inmortales? ¡Comer hojas y vestir nubes, qué extraño es! Sin embargo, ¿en qué difiere del mundo de los hombres el bromear tras las cortinas y yacer íntimamente para engendrar hijos? Quince años en las montañas, aunque no tuvieron la extrañeza de "ciudades y murallas pobladas", al ver las nubes oscurecer la boca de la cueva y no quedar rastro alguno que buscar, y contemplar tal situación, es verdaderamente el momento en que Liu y Ruan regresaron en su barca». *** La Bestia Negra Escuché decir al respetable anciano Li Jingyi: «Un funcionario se encontraba en Shenyang, disfrutando de un banquete en la cima de una montaña. Al mirar hacia abajo, vio que un tigre traía algo en las fauces, cavaba la tierra con sus garras, lo enterraba y se marchaba. Envió a alguien a investigar lo que había enterrado y encontró un ciervo muerto. Entonces tomaron el ciervo y cubrieron vagamente el hoyo. Al poco rato, el tigre guio hasta allí a una bestia negra, con un pelaje de varias pulgadas de largo. El tigre iba abriendo camino, como si invitara a un huésped de honor. Al llegar al hoyo, la bestia se quedó agazapada, mirándolo con fijeza. El tigre palpó el hoyo y descubrió que el ciervo no estaba; temblando y aterrorizado, se postró sin atreverse a mover el más mínimo músculo. La bestia, furiosa por su engaño, golpeó la frente del tigre con sus garras, y el tigre cayó muerto en el acto. La bestia también se marchó sin detenerse». El Historiador de lo Extraño comenta: «No se sabe el nombre de esta bestia. Sin embargo, al preguntar por su forma, no era mucho más grande que un tigre; entonces, ¿por qué aquel estiró el cuello para aceptar la muerte, temiéndole de un modo tan extremo? Todas las criaturas tienen aquello que las subyuga, y el principio de esto es incomprensible. Por ejemplo, el ciervo *miao* teme enormemente al simio *rong*: al verlo de lejos, cientos de ellos se forman en grupos, se arrodillan y ninguno se Atreve a huir. Contienen la mirada y aquietan la respiración, esperando a que llegue el simio, el cual palpa con sus garras la gordura o delgadez de cada uno; al que está gordo le marca la coronilla con una piedra plana. El ciervo *miao* se agacha con la piedra sobre la cabeza, aterrorizado como un gallo de madera, temiendo que se caiga. Una vez que el simio ha palpado y marcado a todos, procede a tomar su alimento uno por uno según las piedras, y solo entonces la multitud se dispersa en revuelo. A menudo he pensado que los funcionarios corruptos se parecen a estos simios: también palpan la gordura o delgadez del pueblo para marcarlos y devorarlos en pedazos; mientras que el pueblo, obediente y sumiso, aguarda a ser devorado sin atreverse a exhalar el menor aliento. Ese sentimiento de los ignorantes es precisamente así. ¡Qué triste es esto!» <Fin del Volumen Tres>
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