← Strange Tales from a Chinese Studio

Chapter 6

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Chapter 6 of Strange Tales from a Chinese Studio by Pu Songling (蒲松齡) is a Supernatural Novel available to read on OriginRealm.

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Chapter 6

YU DE Tu Nan, magistrado de Wuchang, poseía una residencia secundaria que en cierta ocasión alquiló a un erudito para que viviera allí. Durante medio año, jamás le prestó atención. Un día, se lo encontró a su puerta. Era muy joven, pero su apostura, sus pieles y su corcel mostraban una elegancia fuera de lo común. Tu Nan se apresuró a saludarlo y a conversar con él, hallándolo además refinado y encantador. Extrañado, regresó a su hogar y se lo contó a su esposa, quien envió a una criada con el pretexto de hacerle una visita para husmear en sus aposentos. En la habitación había una mujer de una belleza sublime, cuyo esplendor superaba al de los Inmortales. Todos los arreglos florales, rocas ornamentales y objetos de lujo eran cosas jamás vistas por ojos humanos. Incapaz de adivinar quién era, el magistrado acudió en persona a visitarlo, pero dio la casualidad de que el joven había salido. Al día siguiente, el joven devolvió la cortesía. Al desplegar su tarjeta de visita y pronunciar su nombre, el magistrado supo por fin que se apellidaba Yu y que su nombre era De. Durante la conversación, Tu Nan tanteó sutilmente su linaje y sus cargos oficiales, pero el joven se mostró muy esquivo. Al insistirle el magistrado, este respondió: —Si deseamos visitarnos mutuamente, este servidor no se niega. Pero debe saber que no soy ningún bandido ni un prófugo de la justicia; ¿qué necesidad hay de averiguar de dónde vengo? Tu Nan le agradeció las palabras, mandó servir vino y organizó un banquete. Hablaron y rieron alegremente. Al caer la tarde, un criado de piel oscura y facciones exóticas, sosteniendo un farol, le preparó el caballo y lo guio de regreso. Al día siguiente, el magistrado le devolvió la visita mediante una esquela. Cuando Tu Nan llegó a la casa, vio que las paredes estaban forradas con un papel traslúcido y brillante tan impecable como un espejo. Un león de oro quemaba incienso exótico. Había un jarrón de jade verde con dos plumas de cola de fénix y dos de pavo real, cada una de más de dos codos de largo; y un jarrón de cristal que sumergía una rama de flores blancas —cuyo nombre ignoraba—, también de algo más de dos codos de altura, con ramas colgantes que se extendían más allá de la mesa; las hojas eran escasas, las flores tupidas y aún con los capullos cerrados; la forma de las flores recordaba a una mariposa húmeda replegando sus alas, y su cáliz era idéntico a los estambres. En el banquete no se sirvieron más de ocho platos, pero su abundancia y exquisitez eran extraordinarias. De inmediato, Yu ordenó a un muchacho que tocara un tambor para marcar el ritmo de un juego floral. Tan pronto como resonaron los golpes de tambor, las flores del jarrón temblaron como si estuvieran a punto de desgajarse; al poco rato, las alas de las mariposas se abrieron gradualmente. Cuando cesó el tambor, se oyó un sonido profundo y los cálices y estambres cayeron de golpe, transformándose en una mariposa que voló y se posó sobre la túnica de Tu Nan. Yu rió, se levantó y brindó con una copa gigante de vino; justo cuando apuraban sus copas hasta el fondo, la mariposa también alzó el vuelo y se alejó. Al poco rato, el tambor volvió a sonar y dos mariposas revolotearon para posarse sobre la cofia de Yu. Yu rió y dijo: —He urdido un conjuro que ha terminado por destruirme. —Y también apuró dos copas. Al cesar los tres toques de tambor, las flores cayeron en desorden, revoloteando hacia abajo y manchando mangas y solapas. El muchacho del tambor se acercó riendo y se puso a contar con los dedos: el magistrado había acumulado nueve tantos, y Yu, cuatro. Tu Nan ya estaba ligeramente ebrio, incapaz de beber todos sus tantos, pero forzó tres copas más, se levantó de la mesa y se marchó. A partir de entonces, lo encontró aún más maravilloso. Sin embargo, el joven era de trato esquivo. Siempre vivía con las puertas cerradas y no se relacionaba con los lugareños para pésames ni felicitaciones. Cada vez que Tu Nan se encontraba con alguien, pregonaba sus virtudes, de modo que quienes oían hablar de sus rarezas competían por entablar amistad con Yu, y ante su puerta los carruajes y séquitos se sucedían sin cesar. Yu, harto de aquello, se despidió de repente del dueño de la casa y se marchó. Tras su partida, Tu Nan entró en la residencia: el patio vacío estaba barrido sin rastro de polvo, las lágrimas de las velas se amontonaban bajo los escalones verdosos, y entre las ventanas había jirones de seda y retazos de algodón con huellas de dedos perfectamente visibles. En la parte trasera de la casa solo quedaba una pequeña cubeta de piedra blanca, con capacidad para albergar una piedra pequeña. Tu Nan se la llevó a su hogar para almacenar agua y criar peces rojos. Durante todo un año, el agua se mantuvo tan clara como el primer día, hasta que un criado movió la piedra por error y la rompió; no obstante, el agua contenida no se desbordó en absoluto. Al mirarla, la cubeta seguía allí, pero al palparla se sentía blanda y etérea. Si se introducía la mano, el agua se escurría siguiendo la mano, y al sacarla volvía a unirse; durante el mes invernal no se congelaba. Una noche, de repente, el agua se cristalizó y los peces nadaban como de costumbre. Temeroso de que la gente se enterara, Tu Nan la guardaba siempre en una habitación secreta y no se la mostraba a nadie que no fuera su yerno. Con el tiempo, la noticia se difundió gradualmente y los curiosos que buscaban la rareza se agolpaban en su puerta. En el mes duodécimo, la cubeta se transformó de repente en agua, dejando la estancia húmeda por todas partes, y los peces también desaparecieron sin dejar rastro; solo quedaban los restos de piedra de la antigua cubeta. De improviso, un taoísta se presentó a su puerta para reclamarla. Tu Nan la sacó y se la mostró, y el taoísta dijo: —Este es un recipiente para almacenar agua del Palacio del Dragón. Tu Nan le relató el prodigio de cómo se había agrietado sin llegar a derramarse. El taoísta comentó: —Esta es el alma de la cubeta. —Y le suplicó con insistencia que le regalara un pequeño fragmento. Al preguntarle para qué lo quería, respondió: —Si se tritura para mezclarlo con medicinas, se puede alcanzar la longevidad eterna. El magistrado le entregó un trozo, y el taoísta se despidió con alegría y agradecimiento. *** EL COMANDANTE YANG Cuando el ministro de Obras Públicas Bi regresaba a su hogar para prepararse y asumir el mando militar en Taomin, el comandante Yang Hualin salió a recibirlo. Mientras avanzaba la comitiva por el camino, vieron por casualidad a un hombre haciendo sus necesidades al borde de la ruta. Yang tensó el arco con intención de dispararle, pero el ministro se apresuró a reprenderlo y lo detuvo. Yang dijo: —Este bellaco no guarda las formas; merece un pequeño susto. Entonces exclamó a lo lejos: —¡Oh, el que defeca! Le ofrezco como presente una horquilla de ratán de Kuaiji para recoger su moño! De inmediato lanzó una flecha voladora que hizo blanco exacto en el moño del sujeto, quien huyó a toda prisa mientras los fluidos corporales manchaban el suelo. *** EL MELÓN INSÓLITO En junio del vigésimo sexto año del reinado de Kangxi, en el huerto de un aldeano al oeste del distrito, una planta de pepino echó nuevos sarmientos y produjo una sandía del tamaño de un cuenco. *** CIRUELAS VERDES El erudito Cheng, natural de Baixia, poseía un carácter magnánimo y desinhibido, libre de convencionalismos. Un día, al regresar del exterior, aflojó su faja y sintió que esta pesaba demasiado, como si algo se hubiera desprendido; al mirar, no vio nada. En medio de aquel desconcierto, una mujer emergió por la espalda de su ropa, se alisó los cabellos y sonrió, siendo de una belleza extrema. Cheng sospechó que era un fantasma, pero ella dijo: —No soy un fantasma, sino una zorra. Cheng replicó: —¡Si pudiera conseguir una belleza semejante, ni siquiera le temería a un fantasma, cuanto más a una zorra! —Y de inmediato intimó con ella. Dos años después, dio a luz a una niña cuyo nombre de infancia era Qingmei. La mujer le decía siempre a Cheng: —No te cases; yo daré descendencia por ti. Así pues, Cheng no contrajo nupcias, a pesar de que sus parientes y amigos lo vituperaban y se burlaban de él. Al fin su determinación flaqueó y se comprometió con la familia Wang, al este del lago. Al enterarse, la zorra montó en cólera, amamantó a la niña y se la arrojó a Cheng diciendo: —¡Esta es la mercancía ruinosa de tu casa! Haz con ella lo que quieras, ya sea criarla o matarla; ¿por qué habría yo de hacer de nodriza para los hijos ajenos? Dicho esto, salió por la puerta y se marchó sin mirar atrás. Qingmei creció inteligente y hermosa, de rasgos delicados y extraordinariamente parecida a su madre. Poco después, Cheng falleció de enfermedad y la señora Wang se volvió a casar y partió. Qingmei quedó al amparo de un tío paterno. Este tío era un hombre disoluto y sin principios, que deseaba venderla para lucrarse. Casualmente, un erudito imperial apellidado Wang, quien aguardaba en su hogar la asignación de un cargo oficial, tuvo noticia de la inteligencia de la joven y la adquirió por una generosa suma, destinándola al servicio de su hija, Axi. Axi contaba catorce años y poseía una belleza sin par en su generación; al ver a Qingmei, sintió gran alegría y la hizo dormir y vivir junto a ella. Qingmei también era experta en atender y complacer: sabía escuchar con la mirada y hablar con el ceño, por lo cual toda la familia le tomó cariño. En la misma comarca vivía un estudiante llamado Zhang, cuyo nombre de cortesía era Jieshou. Su familia padecía pobreza recurrente y carecía de bienes estables, por lo que alquilaba unas habitaciones en la residencia de los Wang. Era de naturaleza filial y pura, de conducta irreprochable y dedicado con ahínco al estudio. En cierta ocasión, Qingmei pasó frente a su morada y vio al estudiante sentado sobre una piedra, comiendo gachas de salvado. Al entrar en la casa para charlar con la madre del joven, vio sobre la mesa un plato con pezuña de cerdo. El padre del estudiante yacía enfermo en cama; cuando el hijo entró para abrazarlo y ayudarlo a orinar, los fluidos mancharon sus ropas. El anciano se percató y se lamentó consigo mismo, pero el hijo ocultó las manchas y salió apresuradamente a lavarlas, temeroso de que su padre lo supiera. Qingmei quedó profundamente asombrada ante tal muestra de virtud. Al regresar, relató lo visto y dijo a su señorita: «El huésped de nuestra casa no es un hombre común. Si mi señorita no desea encontrar un buen esposo, dejémoslo así; mas si desea uno digno, ese es el estudiante Zhang». La joven temía que su padre despreciara la pobreza del candidato. Qingmei respondió: «No es así; todo depende de vos, señorita. Si os parece adecuado, esta humilde sierva puede ir en secreto a sugerirles que soliciten vuestra mano. La señora seguramente os llamará para consultarlo; si respondéis simplemente “sí”, el asunto quedará resuelto». La joven temía terminar en la pobreza y ser objeto de burlas del mundo entero. Qingmei insistió: «Esta humilde sierva se precia de saber juzgar a los hombres bajo el cielo; no habrá error alguno». Al día siguiente, fue a informar a la madre de Zhang. La anciana se sobresaltó grandemente, considerando aquellas palabras como un presagio funesto. Qingmei explicó: «La señorita ha oído hablar de la virtud del joven maestro y lo admira; por ello, esta humilde sierva, tras observar sus sentimientos, se atreve a proponerlo. Si una casamentera acude y nosotras dos apoyamos la unión, el plan tendrá éxito. Y aun si fuera rechazado, ¿qué deshonor habría para el joven maestro?». La anciana consintió: «Así sea». Encomendaron entonces el encargo a una vendedora de flores llamada Hou. Cuando la señora Wang se enteró, rió y se lo contó al señor Wang, quien también soltó una gran carcajada. Mandaron llamar a la hija y le expusieron la propuesta de la señora Hou. Antes de que la joven pudiera responder, Qingmei se apresuró a elogiar la virtud del estudiante, asegurando que sin duda alcanzaría nobleza. La señora Wang preguntó entonces: «Este es el asunto de toda tu vida. Si eres capaz de comer gachas de salvado y granos toscos, daré mi consentimiento». La joven bajó la cabeza durante largo rato y, mirando hacia la pared, respondió: «La riqueza y la pobreza son cosa del destino. Si mi destino es generoso, la pobreza no durará mucho, y quienes no son pobres hoy podrían no serlo eternamente. Mas si mi destino es mezquino, ¿acaso faltan príncipes vestidos de seda y brocado que terminan sin un palmo de tierra donde caer muertos? Todo queda en manos de mis padres». Al principio, el señor Wang había planteado la cuestión a su hija con ánimo de burla; pero al escuchar sus palabras, se disgustó y exclamó: «¿Acaso deseas desposarte con la familia Zhang?». La joven guardó silencio. Él preguntó de nuevo, y ella calló nuevamente. Furioso, gritó: «¡Huesos viles sin remedio! ¡Querer llevar una cesta y convertirte en esposa de un mendigo! ¿No mueres de vergüenza?». La joven, con el rostro encendido y el pecho oprimido, contuvo las lágrimas y se retiró; la casamentera huyó también al instante. Al ver que el asunto no prosperaba, Qingmei decidió actuar por cuenta propia. Pasados unos días, se presentó de noche ante el estudiante. Este se hallaba leyendo y, sorprendido, le preguntó el motivo de su visita; sus palabras fueron evasivas y titubeantes. El estudiante adoptó un semblante serio y la rechazó. Qingmei lloró y dijo: «Soy hija de una familia honrada, no una mujer libertina que busca aventuras nocturnas. Solo porque sois virtuoso deseo confiarme a vos». El estudiante respondió: «Me amáis porque me tenéis por virtuoso. Pero caminar a oscuras en la noche es algo que ni siquiera quienes cuidan su reputación harían; ¿cómo podría hacerlo alguien considerado virtuoso? Si comenzamos con desorden y luego logramos unirnos, un caballero aún diría que es inaceptable; cuanto más si no podemos consumar la unión: ¿cómo podríamos justificarnos ante los demás?». Qingmei preguntó: «Si por ventura pudiéramos lograrlo, ¿os dignaríais aceptarme?». El estudiante contestó: «Obtener una compañera como vos, ¿qué más podría desear? Pero hay tres obstáculos insalvables, y por eso no me atrevo a prometer nada a la ligera». Ella inquirió: «¿Cuáles son?». Él explicó: «Primero, que no puedo decidir por mí mismo: he ahí el primer obstáculo. Segundo, que aunque pudiera decidir, si mis padres no estuvieran complacidos: he ahí el segundo obstáculo. Tercero, que aunque ellos estuvieran complacidos, el precio por vuestra persona debe ser elevado, y mi pobreza me impide reunir tal suma: he ahí el mayor obstáculo de todos. ¡Retiraos pronto, pues la sospecha de estar bajo el melón o junto al ciruelo es temible!». Cuando Qingmei estaba por marcharse, añadió: «Si tenéis intención, os ruego que busquemos juntos una solución». El estudiante asintió. Qingmei regresó, y la señorita le preguntó adónde había ido. Ella entonces se arrodilló y se entregó por propia voluntad. Enojada por su desliz, la señorita se disponía a castigarla con golpes. Qingmei, llorando, le aseguró que no había tenido malas intenciones y le contó toda la verdad. La señorita suspiró y dijo: —No unirse a escondidas es la decencia; acudir obligatoriamente ante los padres es la piedad filial; no romper una promesa a la ligera es la lealtad. Poseyendo estas tres virtudes, el Cielo sin duda habrá de protegerte; no temas a la pobreza. Luego le preguntó: —¿Qué piensas hacer? —Casarme con él —respondió. La señorita sonrió y dijo: —¿Acaso una tonta criada puede decidir por sí misma? —Si no lo logro, me quitaré la vida para seguirle —replicó. La señorita dijo: —Yo haré que tu deseo se cumpla. Qingmei se postró y le hizo una reverencia. Unos días después, le dijo a la señorita: —¿Lo que dijiste antes fue una broma, o de verdad deseas mostrarme tu compasión? Si es lo segundo, aún tengo una pequeña inquietud y te ruego que también te apiades de ello. La señorita le preguntó de qué se trataba, y ella respondió: —El Joven Maestro Zhang no puede reunir el precio de la dote, y esta servidora tampoco tiene los medios para redimirse por sí misma; si él insiste en cobrar la dote por completo, casarme con él equivaldría a no casarme. La señorita reflexionó un momento y dijo: —Esto ya escapa a lo que está en mis manos resolver. Si digo que te cases y temo que no resulte adecuado, pero si digo que no se debe exigir ningún pago, eso es algo que mi honorable padre ciertamente no aprobará, y también es algo que esta servidora no se atreve a proponer. Al oír esto, Qingmei rompió en llanto, suplicando únicamente que se apiadaran de ella y la salvaran. La señorita pensó durante un largo rato y dijo: —No hay más remedio; tengo algunos ahorros privados en monedas de oro, y vaciaré mi bolsa para ayudarte. Qingmei le agradeció con reverencias y fue a contárselo en secreto a Zhang. La madre del Joven Maestro Zhang se alegró enormemente y, pidiendo prestado por todas partes, logró reunir una cierta cantidad, que guardó a la espera de buenas noticias. Coincidió que el magistrado Wang fue nombrado gobernador de Quwo, y la señorita, aprovechando la oportunidad, le dijo a su madre: —Qingmei ya ha crecido, y ahora que vamos a asumir este nuevo cargo, sería mejor enviarla lejos. La señora, convencida de que Qingmei era demasiado astuta y temiendo que pudiera guiar a su hija por caminos deshonestos, había querido casarla desde hacía tiempo, pero temía que la señorita no lo deseara; al escuchar las palabras de su hija, se alegró mucho. Dos días después, una mujer sirvienta transmitió a la familia Zhang las intenciones de la señora. Wang rió y dijo: —¡Esto solo sirve para emparejarla con una sirvienta; por qué tanta falsedad antes! Sin embargo, vender una concubina a una familia de alcurnia debería costar el doble que en el pasado. La señorita se adelantó apresuradamente y dijo: —Qingmei me ha servido durante mucho tiempo; realmente no puedo soportar que la vendan como concubina. Wang entonces mandó un recado a la familia Zhang, aceptando la cantidad original de oro para redactar el contrato y entregar a Qingmei en matrimonio al erudito. Al entrar en la casa, Qingmei fue filial con sus suegros, atendiéndolos con esmero y docilidad, superando incluso al propio erudito; además, trabajaba con mayor diligencia, y no consideraba un sufrimiento alimentarse de salvado y granos rotos. A partir de entonces, todos en la familia la amaban y respetaban. Qingmei también se dedicaba al bordado, y como sus labores se vendían con rapidez, los mercaderes aguardaban en su puerta para comprarlas, temiendo no alcanzarlas. Con las ganancias reunidas, logró mitigar un poco la pobreza. Además, instaba al erudito a no descuidar sus estudios por asuntos domésticos, haciéndose cargo ella misma de todas las tareas del hogar. Aprovechando la partida del amo hacia su nuevo destino, Qingmei fue a despedirse de Ah Xi. Al verla, Ah Xi lloró y dijo: —Has encontrado un buen lugar; yo, en verdad, no se te comparo. Qingmei respondió: —¿De quién es este favor, como para que me atreva a olvidarlo? Pero decir que no te comparas con esta servidora es acortar la vida de esta servidora. Y así, entre lágrimas, se despidieron. Medio año después de que Wang llegara a Jin, la señora falleció, y su féretro fue depositado temporalmente en un templo. Dos años más tarde, Wang fue acusado de aceptar sobornos y se le impuso una multa de decenas de miles para redimir su pena. Poco a poco se empobreció hasta no poder mantenerse por sí mismo, y sus sirvientes huyeron y se dispersaron. Por entonces se desató una gran epidemia, y Wang contrajo la enfermedad y murió. Solo una anciana seguía acompañando a la señorita, pero al poco tiempo la anciana también falleció, dejando a la señorita en una situación de absoluta desolación y sufrimiento. Una anciana vecina le aconsejó que se casara, a lo cual la señorita respondió: —Aquel que pueda enterrar a ambos padres por mí, con ese me casaré. La anciana se compadeció de ella, le regaló un dou de arroz y se marchó. Medio mes después regresó y dijo: —He hecho todo lo posible por usted, mi señora, pero el asunto es difícil de concretar: los pobres no pueden costear un entierro, y los ricos, por su parte, consideran que usted es la descendiente de una familia en decadencia. ¡Qué se le va a hacer! Aún queda una salida, pero me temo que no podrá aceptar. —¿Cuál es? —preguntó la señorita. La anciana respondió: —Por aquí hay un tal Li que busca una concubina secundaria; si al ver su rostro queda complacido, de inmediato pagará un entierro generoso y sin duda no escatimará en gastos. La señorita rompió a llorar y dijo: —¿Acaso yo, descendiente de funcionarios de alcurnia, voy a convertirme en concubina de cualquiera? Sin decir más, la anciana se marchó. La señorita comía apenas una vez al día, prolongando su aliento a la espera de un comprador, y tras pasar medio año la situación se volvió insostenible. Un día llegó la anciana, y la señorita, entre lágrimas, le confió: —Me encuentro en tal estado de miseria que a menudo he deseado acabar con mi vida; si aún titubeo y sigo malviviendo, es meramente por tener aquí ambos féretros. Si termino arrojada en una zanja, ¿quién recogerá los huesos de mis padres? Por eso he pensado que lo mejor será seguir tus palabras. La anciana condujo de inmediato al señor Li para que la observara discretamente, y este quedó sumamente encantado. En el acto aportó el oro para sufragar el funeral, y ambos féretros fueron sepultados debidamente. Terminado esto, hizo que la señorita subiera al carruaje para llevarla a su hogar y presentarla en la cámara de la esposa principal. La esposa principal era una mujer de carácter feroz y celoso, por lo que Li al principio no se atrevió a admitir que era su concubina, sino que fingió haberla comprado como una simple sirvienta. Tan pronto como la esposa vio a la señorita, estalló en furia desatada, la echó a golpes con un bastón y no le permitió cruzar la puerta. La mujer, con el cabello suelto y bañada en lágrimas, se encontraba sin saber a dónde ir, atrapada entre el avance y la retirada. Al pasar una vieja monja budista, la invitó a vivir juntas, y ella aceptó con alegría. Al llegar al ermitorio, se postró para rogar que le rasurasen la cabeza y la aceptasen como monja. La abadesa se negó y le dijo: —A juzgar por mi señora, usted no es de aquellas destinadas a languidecer largo tiempo en el polvo mundano. En este ermitorio apenas tenemos vasijas de barro y arroz áspero para malvivir; quédese aquí de forma provisional a la espera de lo que el destino depare. Cuando llegue el momento, usted misma partirá. No hacía mucho que residía allí cuando un vival de la ciudad, cautivado por la belleza de la joven, comenzó a merodear por la puerta y a lanzar comentarios licenciosos para burlarse de ella, sin que la monja pudiera detenerlo. La mujer, anegada en llanto, quiso quitarse la vida. La abadesa acudió entonces a cierto funcionario del Ministerio de Personal para solicitarle una proclama de prohibición estricta, tras lo cual el joven libertino comenzó a mostrarse más cauto. Tiempo después, un forajido hizo un boquete en el muro del templo por la noche; la monja dio gritos de alarma y el intruso huyó. De nuevo acudió ante el funcionario, logrando que capturaran al cabecilla y lo enviaran al magistrado de la prefectura para ser castigado con bastonazos, tras lo cual la paz comenzó a restablecerse poco a poco. Pasado otro año y pico, un joven noble que pasaba por allí vio a la mujer y, quedó tan deslumbrado por su incomparable hermosura, que presionó a la monja con insistencia para ganarse sus favores, ofreciéndole además generosos sobornos. La abadesa le replicó con palabras sutiles: —Ella es de noble alcurnia y linaje distinguido; jamás consentiría en ser concubina o sirvienta. Vuestras señorías debéis marcharos; con el tiempo suficiente, ya os daré una respuesta acorde. Una vez que se hubieron marchado, la mujer quiso envenenarse bebiendo un brebaje. Esa misma noche soñó que su padre venía a verla y le decía con urgencia: —No accedí a tus deseos y por eso has llegado a este extremo; arrepentirme ya de nada sirve. Pero aguarda un instante y no mueras aún; tu antiguo deseo todavía puede cumplirse. La mujer se extrañó profundamente. Al amanecer, tras asearse, la monja la contempló y exclamó asombrada: —¡En el rostro de mi niña se ha disipado por completo toda aura turbia! Los reveses de la fortuna ya no son motivo de inquietud. La dicha está por llegar; no olvidéis a esta anciana. Apenas había terminado de hablar cuando se escucharon unos golpes en la puerta. La mujer perdió el color, convencida de que se trataba de los esbirros del aristócrata. La abadesa abrió y, en efecto, así era. Preguntaron bruscamente por sus intenciones, pero la monja sonrió, los recibió con lisonjas y les pidió únicamente que le concedieran un plazo de tres días. El sirviente expuso las palabras de su amo: si el asunto no se resolvía, sería la propia monja quien debiera rendir cuentas. La abadesa asintió sumisamente y con reverencia, les dio las gracias y los despidió. La mujer, sumida en una profunda desesperación, quiso nuevamente quitarse la vida, pero la monja la detuvo. Temerosa de que a los tres días regresaran sin tener qué replicarles, la joven expresó su angustia. La monja respondió: —Estando esta vieja aquí, sabré hacer frente a cualquier decapitación o violencia. Al atardecer del día siguiente, se desató una tormenta torrencial y, de repente, se escucharon los golpes de varias personas en la puerta acompañados de gran alboroto. Creyendo que el peligro se materializaba, la mujer, aterrorizada y temblorosa, no supo qué hacer. La abadesa desafió la lluvia para abrir el portón y vio una litera detenida frente a la entrada, de la cual descendió un grupo de sirvientas que ayudaban a bajar a una hermosa dama. El séquito era imponente y el boato de sus carruajes y sombrillas de gran distinción. Con sorpresa, preguntaron de quién se trataba, y les respondieron: —Es la honorable consorte del juez asistente, que busca refugio temporal de la tormenta. La condujeron al salón principal, donde dispusieron un diván para que tomara asiento con dignidad. Las criadas corrieron en desbandada hacia las celdas monásticas en busca de descanso. Al entrar en una de las habitaciones y ver a la mujer, la encontraron de una belleza tan deslumbrante que corrieron a avisar a su señora. A poco cesó la lluvia. La señora se levantó y pidió permiso para asomarse a la celda. La abadesa la guió hasta allí. Al contemplar la incomparable hermosura de la joven, la dama la miró fijamente sin parpadear, y la mujer también la observó durante largo rato. Aquella señora no era otra que Qingmei. Ambas rompieron a llorar ahogadas por la sorpresa y comenzaron a relatar sus respectivas suertes: tras el fallecimiento del anciano Zhang, el joven había reasumido sus funciones tras el luto y, tras encadenar sucesivos éxitos en los exámenes, había sido nombrado juez asistente. El joven había marchado primero a su puesto en compañía de su madre, y más tarde había mandado a buscar al resto de la familia. La mujer suspiró diciendo: —¡Contemplarnos hoy aquí es como la distancia entre el cielo y la tierra! Qingmei sonrió y replicó: —Afortunadamente, mi señora ha atravesado este peregrinaje sin parangón; el Cielo simplemente deseaba que ambas nos reuniéramos por fin. Si no hubiera sido por la lluvia que nos bloqueó el paso, ¿cómo se habría producido este encuentro? Hay fuerzas divinas operando tras esto; no es obra de la mera mano humana. Dicho esto, sacó una toca de perlas y ropajes de brocado, instando a la mujer a cambiarse de atavío. La joven bajó la cabeza, vacilante, mientras la abadesa mediaba con palabras de aliento. La mujer temía que la convivencia careciera de la debida rectitud, a lo cual Qingmei replicó: —En el pasado ya existía un destino fijado; ¿cómo iba a olvidar esta humilde servidora tan inmensa gracia? Piense un momento en el joven Zhang: ¿acaso es él un hombre falto de lealtad? La ataviaron a la fuerza, se despidieron de la monja y partieron. Al llegar a la residencia oficial, tanto la madre como el hijo se alegraron enormemente. La mujer se postró diciendo: —Ahora carezco de rostro para presentarme ante la honorable madre. La matrona la consoló con una sonrisa. Al planear el día propicio para la ceremonia de las nupcias, la mujer protestó: —Si en el ermitorio me hubiera quedado un solo hilo de esperanza para sobrevivir, jamás habría seguido a mi señora hasta aquí. Si aún guardáis afecto por el pasado, concédanme una pequeña estancia donde baste con tener espacio para un cojín de oración. Qingmei sonrió sin responder. Cuando llegó la fecha señalada, la hizo comparecer ataviada con galas deslumbrantes; la mujer, a izquierda y derecha, no sabía qué hacer ni dónde ponerse. De pronto se oyó el estruendo de la música y los tambores, y la joven, incapaz ya de gobernarse por sí misma, fue tomada por Qingmei y las sirvientas, quienes la vistieron a la fuerza, la sostuvieron y la guiaron hacia el exterior. Al ver al joven vestido con túnica oficial e inclinarse ante ella, ella misma se encontró haciendo reverencias con gracia y fluidez, casi sin darse cuenta. Qingmei la arrastró hasta el lecho nupcial y le dijo: —Llevo guardando este lugar para usted desde hace mucho tiempo. Luego, volviéndose hacia el joven, añadió: —Esta noche habéis de saldar vuestra deuda de gratitud; portaos como es debido. Giró sobre sus caderas con la intención de marchar, pero la mujer le sujetó el dobladillo de la falda. Qingmei soltó una carcajada: —No me retenga, que en esto no puedo reemplazarla. Se desató los dedos y se marchó. Qingmei servía a la mujer con tal esmero y cautela que jamás se atrevía a disputarle las noches de favor, si bien la joven, con el tiempo, comenzó a sentirse apesadumbrada e incómoda. Por ello, la madre ordenó que ambas se trataran como iguales con el título de señoras, aunque Qingmei persistió hasta el final en observar la cortesía propia de una concubina y sirvienta, sin permitirse el menor descuido. Tres años después, el señor Zhang fue llamado a la capital. Al pasar por el ermitorio, obsequió a la monja con quinientos taels de oro para su sostenimiento, los cuales ella rechazó; ante su insistencia, aceptó doscientos, con los que mandó erigir un templo dedicado a la Bodhisattva y levantar una estela en honor a la señora Wang. Más tarde, Zhang ascendió en su carrera hasta el rango de viceministro. La señora Cheng dio a luz a dos varones y una mujer, mientras que la señora Wang engendró cuatro varones y una niña. El señor Zhang presentó un memorial imperial exponiendo su situación, y ambas esposas recibieron títulos nobiliarios de la corte. El escriba de historias extrañas dice: «Cuando el Cielo engendra bellezas, naturalmente es para recompensar a los sabios y héroes ilustres; sin embargo, los príncipes y nobles de este mundo vulgar las reservan para obsequiarlas a petimetres y pelafustanes. ¡Esto es aquello por lo que la 造물 [obra de la creación] sin falta ha de disputar! Y con tanta rareza y extrañeza, el que aquellos destinados a unirse deban pasar por infinitos aprestos, ¡cuán fatigoso resulta también para el Hacedor! Mas, ¡ay!, solo la señora Qing supo reconocer a un héroe en medio del polvo y las cenizas, y su férrea voluntad de desposarlo, cifrada en la muerte misma, contrastaba con aquellos revestidos de altas dignidades que, por el contrario, desdeñan la virtud para buscar la riqueza fácil. ¡Cómo es posible que su sabiduría descienda por debajo de la de una simple criada!». El mercado marino de Luosha Ma Ji, cuyo nombre de cortesía era Longmei, era hijo de un mercader. Poseía una bella estampa y un refinado talle; desde su juventud fue audaz y desinhibido, y le apasionaba el canto y la danza. A menudo seguía a los comediantes de la compañía teatral, atándose la cabeza con un pañuelo de brocado, y su hermosura era tal que parecía una doncella, por lo que también se le conocía con el sobrenombre de «El Apuesto». A los catorce años ingresó en la escuela del distrito y ya gozaba de renombre. Cuando su anciano padre abandonó el comercio y regresó a casa, le dijo a su hijo: «Con unos cuantos volúmenes de libros, uno no puede hervir nada para calmar el hambre ni abrigarse contra el frío; es mejor que mi muchacho continúe con el negocio paterno». A partir de entonces, Ma se dedicó modestamente a la usura y al comercio. Habiéndose embarcado para surcar el mar en compañía de otros, fue arrastrado por un violento tifón y, tras varias jornadas y noches, llegó a una gran metrópoli. Sus habitantes eran todos de una fealdad monstruosa. Al ver llegar a Ma, lo tomaron por un demonio y huyeron profiriendo gritos de espanto. Al principio, Ma se aterrorizó al contemplar su aspecto, pero al percatarse de que el país entero se asustaba de él, terminó por volverse la situación y asustar a su vez a los lugareños. Cuando encontraba a alguien comiendo, corría hacia allí; si la persona huía despavorida, él se bebía lo que sobraba. Al cabo de un tiempo, se adentró en una aldea montañosa, donde las formas y rostros de los pobladores guardaban cierto parecido con los seres humanos, aunque iban andrajosos como mendigos. Ma se detuvo a descansar bajo un árbol; los aldeanos no se atrevían a acercarse y se limitaban a mirarlo desde la distancia. Tras un buen rato, al notar que Ma no devoraba a nadie, comenzaron a aproximarse poco a poco con cautela. Ma les habló con una sonrisa y, aunque sus palabras diferían, al menos la mitad se dejaba entender. Ma les relató de dónde venía, y los aldeanos, regocijados, se apresuraron a avisar a los vecinos que el viajero no era capaz de devorar ni morder a nadie. No obstante, los de aspecto más grotesco, tan pronto lo divisaban, daban media vuelta y se marchaban, sin atreverse jamás a adelantarse. Aquellos que se acercaban tenían la boca y la nariz dispuestas en lugares que aún coincidían con las del Reino Central, y todos trajeron vino y bebidas para obsequiar a Ma. Este les preguntó el motivo de tanto espanto, a lo cual respondieron: —Antaño oímos decir a nuestros abuelos que, a dos mil seiscientas leguas hacia el oeste, existe un país llamado el Reino Central, cuyos habitantes tienen rostros y formas sumamente extrañas y extravagantes. Solo lo habíamos oído de oídas, pero hoy al fin lo creemos. Ma preguntó por qué eran tan pobres, y le contestaron: —En nuestra nación, lo que se valora no son las letras ni el talento literario, sino la apariencia física. Aquel que posee la máxima belleza es nombrado ministro de primer rango; los siguientes gobiernan al pueblo y administran los distritos; y los de más abajo también logran atraer el favor de los nobles, por lo que obtienen manjares exquisitos para alimentar a sus esposas e hijos. En cuanto a nosotros, al nacer, nuestros padres nos consideran de mal agüero y con frecuencia nos abandonan; los que no tienen el valor de abandonarnos de inmediato lo hacen únicamente para asegurar la descendencia de nuestro linaje. —¿Cómo se llama este país? —preguntó Ma. —El Gran Reino de Luosha. La capital se encuentra a treinta li hacia el norte. Ma pidió que lo guiaran para visitarla. Así pues, se levantaron al cantar el gallo y lo acompañaron en su viaje. Al aclarar el día, llegaron finalmente a la capital. Las murallas de la ciudad estaban hechas de piedra negra, de un tono semejante a la tinta, y los pabellones se elevaban cerca de cien chi. Sin embargo, apenas había tejas; estaban cubiertas de piedras rojas, y al recoger un fragmento sobrante y frotarlo contra una uña, no se diferenciaba en nada del cinabrio. Acoincidió que era la hora en que los ministros salían de la corte. Desde el interior salieron oficiales tocados con birretes y carrozas, y los aldeanos señalaron diciendo: —Ese es el primer ministro. Al mirarlo, vio que tenía ambas orejas vueltas hacia atrás, tres orificios en la nariz y unas pestañas que le cubrían los ojos a modo de cortina. A continuación, salieron varios jinetes y dijeron: —Ese es el gran consejero. Y uno tras otro fueron indicando sus cargos oficiales, siendo todos ellos igualmente feroces, espantosos y monstruosos. No obstante, a medida que los puestos descendían en jerarquía, la fealdad también iba disminuyendo en proporción. Al poco tiempo, Ma regresó. Al verlo a lo lejos por las calles, la gente lanzaba gritos y huía tropezando y cayendo, como si se hubieran topado con un demonio. Solo tras las explicaciones dadas a coro por los aldeanos, los habitantes del mercado se atrevieron a detenerse a lo lejos. Una vez de regreso, todo el país supo de la existencia de un ser extraño, por lo que los eruditos y dignatarios disputaron por saciar su curiosidad y ordenaron a los aldeanos que invitaran a Ma. Con todo, al llegar a cada casa, el portero cerraba de inmediato la puerta, y los hombres y mujeres cotilleaban y espiaban a través de las rendijas de las puertas sin que, en todo el día, nadie se atreviera a recibirlo ni invitarlo a pasar. Los aldeanos le dijeron: —Aquí hay un oficial que porta la alabarda que en el pasado fue enviado por el difunto rey a países extranjeros; ha visto a mucha gente y tal vez no le tema a su persona. Fueron entonces a la puerta de dicho oficial. Y efectivamente, este se alegró mucho y lo recibió como huésped de honor. Al observar su rostro, parecía una persona de ochenta o noventa años; sus globos oculares sobresalían y su barba estaba rizada como las púas de un erizo. El oficial dijo: —De joven recibí las órdenes del rey y llevé a cabo numerosas misiones diplomáticas, pero fui el único que no llegó a las tierras de Cathay. Hoy, a la edad de más de ciento veinte años, vuelvo a contemplar a una persona del País Superior; esto es algo que sin falta debe ser reportado al Hijo del Cielo. No obstante, como llevo más de diez años retirado en los campos y no he pisado los peldaños de la corte, iré a ver al soberano por usted a primera hora de la mañana. Acto seguido, dispuso bebidas y viandas y cumplió con las reglas de hospitalidad entre anfitrión y huésped. Tras unas cuantas rondas de vino, hizo salir a más de diez músicas que cantaban y bailaban por turnos. Sus rostros eran semejantes a los de los *yaxha*, todas llevaban la cabeza envuelta en brocado blanco y arrastraban túnicas escarlata que llegaban hasta el suelo. Sus interpretaciones y cantos no se sabía a qué letras correspondían, y tanto las melodías como los ritmos eran extraños y extravagantes. El anfitrión las miraba y se regocijaba. Le preguntó a Ma: —¿En el País Central también existe esta clase de música? —La hay —respondió Ma. —Le ruego que imite sus sonidos para mí —pidió el anfitrión. Entonces, Ma golpeó la mesa marcando el compás e interpretó una melodía. El anfitrión, encantado, exclamó: —¡Qué maravilla! Su voz suena como el canto del fénix o el rugido del dragón, algo que jamás habíamos escuchado. Al día siguiente, al acudir a la audiencia matutina, lo recomendó ante el rey. El rey, complacido, emitió un decreto, pero dos o tres ministros comentaron sobre su monstruosa apariencia, temiendo que pudiera asustar al sagrado cuerpo real, por lo que el rey se detuvo. Al salir, Ma se lo comunicó a su anfitrión, mostrando un profundo pesar y frustración. Pasó mucho tiempo. Un día, bebiendo con el anfitrión hasta embriagarse, tomó su espada y comenzó a bailar, untándose el rostro con hollín para imitar a Zhang Fei. Al anfitrión le pareció espléndido y le dijo: —Le ruego que se presente ante el primer ministro con el aspecto de Zhang Fei; obtener un rico estipendio no será difícil. Ma respondió: —Esto no es más que un juego, ¿cómo podría alterar mi rostro para buscar gloria y distinción? El anfitrión insistió tanto que Ma terminó por aceptar. El anfitrión dispuso un banquete e invitó a dignatarios influyentes, ordenando a Ma que se pintara el rostro para aguardar. Al llegar los invitados, llamaron a Ma para que saliera a recibirlos. Los invitados, sorprendidos, exclamaron: —¡Qué extrañeza! ¿Cómo es que antes era tan feo y ahora es tan hermoso? En seguida se pusieron a beber con él, muy regocijados. Ma danzó con gracia mientras entonaba una melodía de Yiyang, provocando que todos los presentes quedaran rendidos de admiración. Al día siguiente, presentaron memoriales recomendando a Ma. El rey, regocijado, lo mandó llamar con insignias oficiales. Una vez ante su presencia, el rey le preguntó por el camino de la paz y el buen gobierno en el Reino Central. Ma expuso los detalles minuciosamente, ganándose una enorme alabanza y favor; el rey le ofreció un banquete en el palacio secundario. Estando el vino en su punto, el rey dijo: —He oído que el venerable señor domina la música elegante, ¿podría permitir que este solitario la escuche? Ma se puso de pie de inmediato y, emulando también el tocado de brocado blanco, interpretó tonadas decadentes y disipadas. El rey se mostró sumamente complacido y ese mismo día lo nombró Ministro de Rango Inferior. A menudo participaba en banquetes privados, y su favor y gracia eran incomparables. Con el tiempo, los funcionarios se percataron de que su rostro era falso; dondequiera que iba, la gente cuchicheaba a sus espaldas y pocos congeniaban o intimaban con él. A estas alturas, Ma se encontraba aislado, sintiéndose incómodo e intranquilo. Presentó entonces un memorial solicitando su retiro, pero no le fue concedido; pidió luego un permiso temporal, y se le otorgaron tres meses de licencia. Entonces, abordó un carruaje oficial cargado de oro y tesoros y regresó a su aldea. Los aldeanos salieron a recibirlo arrastrándose de rodillas. Ma distribuyó su riqueza en oro entre aquellos con quienes antiguamente había entablado amistad, y los vítores resonaron como truenos. Los aldeanos le dijeron: —Nosotros, gente humilde, hemos recibido los favores del Gran Oficial. Mañana nos dirigiremos al Mercado del Mar y buscaremos rarezas y tesoros para retribuirle. Ma preguntó: —¿Qué clase de lugar es el Mercado del Mar? Respondieron: —Es un mercado en medio del océano donde los tritones de los cuatro mares se reúnen para comerciar perlas y joyas. Las doce regiones de los cuatro puntos cardinales acuden a comerciar. Entre ellos abundan los seres divinos que vagan por allí. Nubes y brumas oscurecen el cielo y las olas se alzan entre sí. Las personas de alcurnia se valoran a sí mismas y no se atreven a desafiar tales peligros, por lo que todos nos confían sus riquezas en oro y sedas para que adquiramos rarezas en su nombre. ¡La fecha está muy cerca! Cuando Ma preguntó cómo lo sabían, respondieron: —Siempre que vemos aves rojas volando de ida y vuelta sobre el mar, a los siete días se abre el mercado. Ma preguntó por la fecha de partida, deseando unirse a ellos para presuenciar el espectáculo, pero los aldeanos le aconsejaron que valorara su propia nobleza. Ma replicó: —¿Acaso no soy un viajero de los mares procelosos?, ¿por qué habría de temer al viento y a las olas? Al poco tiempo, hubo efectivamente quienes acudieron a su puerta para dejarle fondos, de modo que preparó su equipaje y subió al barco. El barco tenía capacidad para varias decenas de personas, con fondo plano y barandillas altas. Diez hombres bogaban con los remos, cortando el agua con la rapidez de una flecha. Al cabo de tres días, vislumbraron a lo lejos, entre la bruma oscilante del agua y el cielo, pabellones y torres superpuestos unos sobre otros. Las embarcaciones de los mercaderes se apiñaban como hormigas. Al poco rato llegaron al pie de los muros; al mirar los ladrillos de las murallas, vio que cada uno tenía la altura de un hombre, y las torres de vigilancia se elevaban hasta tocar las nubes celestiales. Atracaron la nave y entraron. Vieron que los artículos exhibidos en el mercado eran rarezas y tesoros prodigiosos, cuyo fulgor brillante deslumbraba los ojos, muchos de los cuales jamás habían existido en el mundo de los hombres. Un joven llegó montado en un corcel brioso; toda la gente de la ciudad huyó despavorida, exclamando: «Es el Tercer Joven Príncipe del Mar del Este». Al pasar el Joven Príncipe, miró al erudito y dijo: «Este no es un hombre de tierras extrañas». De inmediato, uno de los jinetes de avanzadilla se acercó a interrogarlo sobre su provincia natal y su linaje. El erudito hizo una reverencia al borde del camino y expuso detalladamente su patria y su familia. El Joven Príncipe, encantado, dijo: «¡Ya que me has honrado con tu presencia, nuestra afinidad kármica no es superficial!». En seguida le cedió una cabalgadura y le invitó a marchar al trote a su lado. Salieron por la puerta occidental y, al llegar a la orilla de la isla, el caballo que montaba dio un relincho y saltó al agua. El erudito, aterrorizado, perdió la voz. Vio entonces cómo el agua del mar se dividía en dos, erguida como paredes verticales. De súbito vislumbró un palacio: con vigas de carey, tejas de escamas de besugo, y las cuatro paredes tan cristalinas y translúcidas que el reflejo deslumbraba la vista. Desmontó, hizo una venia y entró. Al alzar la vista, vio al Rey Dragón en lo alto; el Joven Príncipe hizo su informe: «Mientras deambulaba por el mercado, encontré a un hombre sabio de las Tierras Centrales y lo he traído a presencia de Su Majestad». El erudito se adelantó, se postró y danzó en señal de respeto. El Rey Dragón entonces habló: «El先生 [Señor] es un erudito de las letras, sin duda capaz de hacer palidecer los oficios de Qu [Yuan] y Song [Yu]. Deseo molestar tu pluma de estilete para componer una oda sobre "El Mercado del Mar", y ruego que no escatimes perlas ni jade». El erudito se postró para recibir la orden. Le entregaron un tintero de cristal, un pincel con crines de dragón, un papel tan luminoso como la nieve y una tinta con aroma a orquídea. El erudito compuso de inmediato más de mil palabras y las presentó ante el estrado. El Rey Dragón chasqueó los dedos en señal de aprobación y exclamó: «¡El señor posee un talento soberbio que enaltece el reino acuático!». De inmediato convocó a todo el clan de los dragones para celebrar un banquete en el Palacio de la Bruma Auspiciosa. Tras haber servido varias rondas de vino y manjares asados, el Rey Dragón sostuvo su copa, se dirigió al invitado y dijo: «La hija a quien más aprecio aún no tiene un buen partido, y deseo confiársela al señor. ¿Tendría el señor a bien considerarlo?». El erudito se levantó de su asiento, abrumado por la gratitud y la vergüenza, y se limitó a responder con evasivas respetuosas. El Rey Dragón miró a su alrededor y dio una orden. Al poco rato, varias doncellas de palacio escoltaron a la joven para que saliera. El sonido de sus colgantes de jade tintineaba al compás, y la música de los instrumentos de viento y percusión estalló de repente. Tras hacer las reverencias, la miró de soslayo: era verdaderamente un inortal. La doncella hizo su venia y se retiró. Poco después, concluido el banquete, dos sirvientas con rodetes gemelos sostuvieron linternas decoradas y guiaron al erudito a un palacio secundario, donde la joven lo aguardaba sentada con un maquillaje suntuoso. Había un lecho de coral adornado con los ocho tesoros; fuera de las cortinas, los flecos colgaban con perlas tan grandes como bohelas, y las colchas y almohadas eran fragantes y mullidas. Apenas comenzó a clarear el día, jóvenes doncellas y encantadoras sirvientas irrumpieron y llenaron el lugar. El erudito se levantó, apresurándose a salir para rendir homenaje y dar las gracias. Fue nombrado Comandante Titular del Palacio del Dragón. Con motivo de la composición de su oda, se enviaron mensajeros urgentes a todos los mares. Los Reyes Dragón de todos los mares enviaron delegados especiales para felicitarlo, compitiendo por enviarle tarjetas de invitación plegadas para que el Comandante acudiera a beber. El erudito, vestido con ropas bordadas, montaba un dragón azul, escoltado por guardias que abrían paso a gritos mientras avanzaba. Decenas de jinetes armados, con arcos esculpidos a la espalda y bastones blancos al hombro, brillaban resplandecientes y abarrotaban el cortejo. Tocaban la cítara sobre las monturas y la música de jade resonaba en los carruajes. Durante tres días recorrió por completo todos los mares. A partir de entonces, su fama como el «Corcel del Dragón» resonó en los cuatro mares. En el interior del palacio había un árbol de jade, de un tronco que podía rodearse con los brazos; su base era tan translúcida y clara como el vidrio blanco, con un corazón de tono amarillo pálido, ligeramente más delgado que un brazo. Sus hojas se asemejaban al jade verde, con un grosor de aproximadamente una moneda de cobre, menudas y de sombra densa. A menudo componía versos y cantaba con la joven bajo su sombra. Las flores cubrían todo el árbol, con una forma similar a la gardenia. Cada vez que un pétalo caía, emitía un sonido metálico y claro. Al recogerlo para examinarlo, parecía tallado en ágata roja, brillante y encantador. A veces venían aves exóticas a cantar; su plumaje era de color oro y verde, sus colas más largas que sus cuerpos y sus cantos resonaban como el jade afligido, conmoviendo las entrañas y los pulmones de quienes los escuchaban. Al oírlo, el erudito invariablemente recordaba su tierra natal. Por ello le dijo a la joven: «He estado ausente durante tres años, separado de la bondad maternal por una barrera insalvable. Cada vez que lo recuerdo, las lágrimas empapan mi pecho y el sudor baña mi espalda. ¿Podrías acompañarme de regreso?». La joven respondió: «Los caminos de los inmortales y del mundo terrenal están separados; no podemos permanecer juntos. Yo tampoco soporto arrebatarle el gozo del regazo materno a cambio de nuestro amor de peces en el agua. Permíteme planearlo con calma». Al oír esto, el erudito no pudo contener las lágrimas. La joven también suspiró y dijo: «¡Esta es una situación en la que ambos no pueden ser plenamente satisfechos!». Al día siguiente, el erudito regresó del exterior. El Rey Dragón le dijo: «Me he enterado de que el Comandante alberga añoranza por su tierra natal. Si al alba apresuramos los preparativos de viaje, ¿sería posible?». El erudito agradeció diciendo: «Este humilde súbdito, un viajero solitario, ha recibido un favor inmerecido y excesivo. El pensamiento de corresponder a tal bondad está grabado en lo más hondo de mis entrañas. Permíteme regresar temporalmente a rendir tributo a los míos, y ya procuraré volver a reunirme con ustedes». Al caer la tarde, la joven dispuso vino para despedirse conversando. El erudito fijó una fecha para su futuro reencuentro, pero la joven dijo: «Nuestros lazos afectivos han llegado a su fin». El erudito se afligió profundamente. La joven le dijo: «Regresar para cuidar de tus padres demuestra tu piedad filial. Las reuniones y separaciones en la vida humana son tan breves como un día o una noche transcurridos en cien años; ¿para qué derramar lágrimas de niños? De aquí en adelante, yo seré fiel a ti y tú serás leal a mí; con nuestros corazones unidos a la distancia, ya somos marido y mujer. ¿Acaso es necesario estar juntos día y noche para que se le llame envejecer unidos? Si rompes este pacto, nuestro matrimonio no tendrá buena fortuna. Si acaso te preocupa que falte alguien que atienda el hogar interior, bastará con que tomes una concubina. Hay un asunto más que deseo encomendarte: desde hace un tiempo, mis prendas parecen presagiar un buen augurio; te ruego que le pongas nombre». El erudito respondió: «Si es niña, puedes nombrarla Princesa Dragón; si es varón, puedes nombrarlo Bendición del Mar». La joven le rogó que le dejara un objeto como prenda de confianza. El erudito sacó un par de flores de loto de jade rojo que había obtenido en el País de Luochha y se las entregó. La joven dijo: «Tres años después, el octavo día del cuarto mes, debes navegar en bote hacia la isla del sur para que te devuelva a tu descendencia». La joven tomó una bolsa hecha de piel de pez, la llenó de joyas y se la entregó al erudito, diciéndole: «Consérvala con celo; tendrás suficiente riqueza para comer y vestir durante varias generaciones». Apenas comenzaba a clarear, el rey dispuso un banquete de despedida con obsequios muy generosos. El erudito hizo sus reverencias y salió del palacio. La joven, montada en un carruaje de oveja blanca, lo acompañó hasta la orilla del mar. El erudito subió a tierra y desmontó; la joven le deseó que se cuidara mucho, dio la vuelta al carruaje y partió de inmediato. Al poco rato se alejó por completo, el agua del mar volvió a unirse y ya no pudo ser vista de nuevo. El erudito entonces regresó a su hogar. Desde que se había adentrado en el mar, no había familiar que no lo creyera muerto; así pues, cuando regresó, todos quedaron estupefactos. Por fortuna, el anciano y la anciana estaban sanos y salvos, mas su esposa ya había partido de este mundo. Entonces comprendió las palabras de la doncella dragón sobre «guardar la rectitud», pues ya lo había previsto de antemano. Su padre quiso casarlo de nuevo, pero el Erudito se negó, tomando en su lugar a una doncella de servicio. Guardó con rigor el plazo de tres años y navegó en barca hacia la isla. Vio a dos niños sentados sobre la superficie del agua, que chapoteaban y reían, sin hundirse ni sumergirse. Al acercarse para tenderles la mano, uno de los niños soltó una risita infantil, se aferró al brazo del Erudito y saltó a sus brazos. El otro se puso a llorar a gritos, como si recriminara al Erudito por no haberlo socorrido también a él, por lo que este también lo subió a bordo. Al examinarlos con detenimiento, vio que eran un varón y una hembra, ambos de facciones sumamente agraciadas. Sobre sus frentes portaban diademas florales incrustadas de jade, y en ellas se hallaba la flor de loto roja. Llevaban a la espalda bolsitas de brocado; al abrirlas para inspeccionarlas, halló una carta que decía: «Vuestros padres están ambos sanos y salvos. Ha transcurrido fugazmente tres años; el polvo del mundo rojo nos separa por la eternidad. Una sola y transparente extensión de agua nos divide, y ni el ave de la fortuna (*qingniao*) puede tender un puente. Mis anhelos se convierten en sueños, y mi cuello se estira en vano de tanto desearos, convirtiendo la añoranza en fatiga. ¡Inmenso y azulado océano, si albergas rencor, qué se le va a hacer! Si pienso en Chang'e, que huyó a la luna, aún deja vacíos los palacios de la Osa; o en la Tejedora que cruzó el telar, y aún suspira ante el Río Plateado. ¿Quién soy yo para gozar de una dicha eterna? Al pensar en ello, no puedo evitar que las lágrimas se rompan en risas. Dos meses después de nuestra separación, di a luz milagrosamente a mellizos. Ahora ya gorjean en mis brazos y comprenden bien las palabras y las risas; buscan azufaifes y arrancan perras, y pueden valerse sin madre. Os los devuelvo respetuosamente. El loto de jade rojo que os regalé adorna sus diademas como prueba de fe. Cuando los abracéis en vuestras rodillas, creed que vuestra concubina está a vuestro lado. Al saber que habéis cumplido fielmente vuestro antiguo juramento, mi voluntad queda consolada. Esta vuestra concubina no tendrá otro en toda la vida; hasta el día de mi muerte no habrá mudanza. En el joyero no guardo aceites fragantes; en el espejo, mi nuevo maquillaje ha renunciado desde hace mucho al polvo y al carmín. Vos sois como el viajero en campaña, y vuestra concubina obra como la esposa abandonada; aunque nos pongáis apartados y sin uso, ¿cómo podría decirse que no armonizamos como la cítara y el laúd? Solo considero que, aunque el padre y la madre ya han podido abrazar a sus nietos, aún no han contemplado ni una sola vez a su nueva nuera, lo cual, juzgado por la razón y los afectos, resulta también una carencia. Transcurrido el año, cuando la madre política descanse en su fosa, habré de acudir ante el sepulcro para cumplir por completo mis deberes de esposa. Pasado este tiempo, el Palacio del Dragón estará a salvo, y no faltarán ocasiones para encontrarnos; en el mar de la dicha hay larga vida, y tal vez haya un camino de ida y vuelta. Os ruego que os cuidéis mucho; hay más deseos en mi corazón de los que las palabras pueden expresar». El Erudito leyó la carta una y otra vez, bañándola en lágrimas. Los dos niños se colgaron de su cuello y dijeron: «¡Volvamos a casa!». El Erudito los acarició con mayor aflicción y dijo: «¿Saben los niños dónde queda el hogar?». Los niños lloraron, balbuciendo su deseo de regresar. El Erudito miró el mar infinito y desolado, que se extendía hasta los confines del cielo; las nubes formaban moños lejanos y la niebla borraba el camino sobre las olas. Tomó a los niños, dio media vuelta al timón y, con el corazón apesadumbrado, retornó a su hogar. El Erudito sabía que la vida de su madre no se prolongaría por mucho tiempo, así que preparó de antemano todas las vestiduras y enseres funerarios, y plantó más de un centenar de pinos y castaños alrededor de la tumba. Al año siguiente, la anciana falleció en efecto. Cuando el carro fúnebre llegó al mausoleo, apareció una mujer vestida con ropas de luto áspero que se postró ante la fosa. Todos la miraron con asombro cuando, de improviso, se desató un viento furioso con truenos estruendosos, seguidos de una lluvia torrencial; en un abrir y cerrar de ojos, la mujer ya había desaparecido sin dejar rastro. Los pinos y cipreses recién plantados, que en su mayoría se habían marchitado, cobraron vida a partir de entonces. Conforme el pequeño Fuhai crecía, sentía una constante morriña por su madre; en cierta ocasión se arrojó por propia voluntad al mar, y solo regresó al cabo de varios días. Como al Palacio del Dragón no se le permitía la entrada a mujeres, él se pasaba el tiempo encerrado llorando. Cierto día, al oscurecer el cielo a plena luz, la doncella dragón irrumpió apresuradamente, lo detuvo y le dijo: «Ahora que el niño ya ha formado su propio hogar, ¿a qué vienen tantas lágrimas?». Y le obsequió una mata de coral de ocho pies, una medida de almizcle de dragón, cien perlas luminosas y un par de cofres dorados con incrustaciones de los ocho tesoros, destinados a su dote matrimonial. Al enterarse, el Erudito irrumpió de repente, le tomó las manos y rompió a llorar. Al poco instante, un trueno repentino desgarró la casa y la mujer ya no estaba. El Historiador de lo Extraño comenta: «Enmascarados que fingen y adulan; los afectos del mundo son como demonios. La manía de comer escaras es idéntica en todo el mundo: "un pequeño defecto trae una pequeña alabanza; un gran defecto trae una gran alabanza". Si alguien se paseara descaradamente por la metrópoli luciendo barbas y cejas, ¡cuán pocos serían los que no huirían despavoridos! Aquel tonto de Lingyang, ¿hacia dónde se llevará abrazado su jade de valor incalculable para llorar? ¡Ay! ¡Los honores y las riquezas deslumbrantes deben buscarse únicamente en medio de los espejismos del mar y las ciudades de los dragones!» Tian Qilang Wu Chengxiu era natural de Liaoyang. Le gustaba entablar amistad con la gente, y aquellos con quienes se juntaba eran todos eruditos de renombre. Una noche, soñó que alguien le decía: «Tus amistades se extienden por todos los mares, pero todas son relaciones superficiales. Tan solo un hombre puede compartir las adversidades contigo; ¿cómo es que, por el contrario, no lo reconoces?». Preguntó: «¿Quién es?». La voz respondió: «¿No es acaso Tian Qilang?». Se despertó y lo consideró muy extrañamente. A la mañana siguiente, al ver a sus conocidos habituales, les preguntó de inmediato por Qilang. Uno de los invitados lo reconoció como un cazador que trabajaba en la aldea del este. Wu fue a rendirle una visita a su casa con reverencia, golpeando la puerta con una fusta de montar. Al poco tiempo, salió un hombre de unos veinte años, con ojos de lince y cintura de avispa, que llevaba un turbante grasiento y un taparrabos negro hecho de piel de becerro con numerosos remiendos blancos. Juntó las manos a la altura de la frente y preguntó de dónde venía. Wu le dio su nombre y apellido, y fingiendo no sentirse bien a causa del viaje, pidió una cabaña donde descansar. Preguntó por Qilang, y el otro respondió: «Ese soy yo mismo». De inmediato, invitó al huésped a entrar. Wu vio varias vigas de una casa derrumbada, con ramas de árboles apuntalando los muros. Al entrar a una pequeña habitación, pieles de tigre y mudas de lobo colgaban de las columnas entre las cortinas de tela, y no había ningún taburete ni asiento donde sentarse. Qilang desplegó una piel de tigre en el suelo para él. Wu conversó con él y, al comprobar que su lenguaje era sencillo y honesto, se sintió sumamente complacido. De inmediato, le regaló oro para que pudiera ganarse la vida. Qilang no quiso aceptarlo. Wu insistió en dárselo. Qilang lo aceptó y fue a dárselo a su madre. Al poco tiempo regresó, negándose firmemente a aceptarlo. Wu insistió una y otra vez. La madre llegó encorvada por la edad y, con el rostro severo, dijo: «¡Esta anciana solo tiene a este hijo y no desea que sirva a jóvenes nobles!». Wu, avergonzado, se retiró. De regreso, caviló de un lado a otro, incapaz de comprender el motivo. Casualmente, un sirviente suyo oyó lo que había dicho la madre detrás de la casa, y se lo contó a Wu. Antes de esto, Qilang le había llevado el oro a su madre. Ella había dicho: «Hace un momento vi que el joven noble tiene signos de desgracia en su rostro; sin duda sufrirá una calamidad extraordinaria. He oído que quien recibe favores de otros comparte sus preocupaciones, y quien recibe la gracia de otros se apresura ante sus dificultades. Los ricos corresponden a los demás con riqueza, y los pobres corresponden a los demás con lealtad y rectitud. Recibir una cuantiosa recompensa sin motivo alguno es de mal agüero; me temo que al final buscaremos la muerte para corresponder al hijo de otros». Cuando Wu oyó esto, suspiró profundamente ante la sabiduría de la madre; sin embargo, su admiración por Qilang no hizo sino aumentar. Al día siguiente, preparó un banquete para invitarlo, pero Qilang declinó la invitación y no fue. Wu subió a su sala, se sentó y exigió vino. Qilang le sirvió personalmente vino y le ofreció cecina de venado, mostrándole absoluta sinceridad y cortesía. Al día siguiente, Wu lo invitó nuevamente a un banquete de agradecimiento, y esta vez sí asistió. Se mostraron muy cordiales y felices. Wu le obsequió oro, pero esta vez Qilang no lo aceptó. Wu le pidió que le comprara pieles de tigre, y solo entonces las aceptó. Al regresar y revisar las que tenía guardadas, calculó que no alcanzaban para cubrir el valor, por lo que pensó en salir a cazar una vez más antes de ofrecérselas. Entró en la montaña durante tres días, pero no logró cazar nada. Sucedió que su esposa enfermó, y tuvo que cuidar de ella y administrarle las medicinas, sin tiempo para dedicarse a sus labores. A las dos semanas, su esposa falleció repentinamente. Como tuvo que encargarse de los ritos funerarios y el entierro, el oro que había recibido se fue consumiendo poco a poco. Wu acudió en persona a dar el pésame y acompañar el cortejo, y las muestras de respeto y protocolo fueron sumamente generosas. Una vez terminados los funerales, Qilang se echó la ballesta a la espalda y se adentró en los bosques, pensando aún más en cómo corresponder a Wu, sin lograr encontrar la manera. Wu averiguó la causa y le aconsejó que no tuviera tanta prisa. Deseaba fervientemente que Qilang se dignara a visitarlo al menos una vez, pero Qilang, sintiéndose abrumado por la culpa de seguir debiéndole un favor, se negaba a ir. Por ello, Wu le pidió primero las pieles que tenía guardadas del pasado para apresurar su venida. Cuando Qilang las inspeccionó, vio que estaban apolilladas y arruinadas, con el pelo completamente caído, por lo que su desolación fue aún mayor. Al enterarse, Wu galopó hasta su patio y se explayó en consolarlo y animarlo. Al ver las pieles arruinadas, dijo: «Estas también están bien. Lo que este servidor deseaba obtener, desde el principio no era el pelo». Sacó los cueros enrollados y, al mismo tiempo, lo invitó a marchar juntos. Como Qilang se negó, Wu regresó por su cuenta. Qilang, pensando que aún así no sería suficiente para corresponder a Wu, preparó provisiones y se adentró en la montaña. Tras pasar varias noches, consiguió un tigre y se lo entregó entero como obsequio. Wu, encantado, preparó un banquete y le pidió que se quedara tres días. Qilang se negó con firmeza. Wu cerró las puertas de su patio con llave para impedir que saliera. Los invitados, al ver que Qilang era tosco y rústico, murmuraban en secreto que el joven noble se juntaba con la gente equivocada. Wu, sin embargo, trataba a Qilang con especial deferencia, distinguiéndolo por completo del resto de los invitados. Intentó cambiarle las ropas por unas nuevas, pero este se negó; aprovechando que dormía, se las cambió en secreto, de modo que Qilang no tuvo más remedio que aceptarlas. Una vez que se hubo marchado, el hijo de Qilang, cumpliendo las órdenes de la anciana, devolvió las ropas nuevas y exigió que le restituyeran sus viejos harapos. Wu sonrió y dijo: «Vayan a decirle a la vieja madre que la ropa vieja ya ha sido desarmada para usarla como plantillas de zapatos». A partir de entonces, Qilang le regalaba conejos y ciervos todos los días, pero si lo invitaban, ya no volvía a ir. Un día, Wu fue a visitar a Qilang, pero coincidió con que este había salido a cazar y aún no regresaba. La anciana salió, se apoyó en el marco de la puerta y le dijo: «¡No vuelva a arrastrar a mi hijo con usted! ¡No trae ninguna buena intención!». Wu la saludó con profundo respeto y se retiró avergonzado. Al cabo de medio año, uno de los sirvientes informó de repente: «¡Qilang se ha peleado por la caza de un leopardo, ha matado a un hombre y se lo han llevado apresado a los tribunales!». Wu, horrorizado, montó a caballo para ir a verlo, y lo encontró ya encadenado en la prisión. Al ver a Wu, Qilang no dijo nada; tan solo le pidió: «De ahora en adelante, le ruego que cuide de mi anciana madre». Wu salió con el corazón destrozado; de inmediato, sobornó con una cuantiosa suma al magistrado del distrito y entregó otras cien piezas de oro a la familia del difunto. Al cabo de un mes, el asunto se resolvió y Qilang fue puesto en libertad para regresar a casa. La anciana dijo con emoción: «El cuerpo, la piel y el pelo de mi hijo le fueron devueltos gracias al joven noble Wu; ya no es algo que esta anciana tenga derecho a atesorar. Tan solo ruego que el joven noble viva hasta el final de sus días sin sufrir calamidades ni desastres; esa será la única dicha de mi hijo». Qilang quiso ir a agradecer a Wu. La madre le dijo: «Si vas, ve, pero cuando veas al joven noble Wu, no le des las gracias. Los pequeños favores se agradecen, pero los grandes favores no se pueden agradecer». Cuando Qilang se presentó ante Wu, este lo consoló con palabras afectuosas, a lo que Qilang se limitó a responder asintiendo sumisamente. Todos los sirvientes se extrañaban de su frialdad; pero Wu, complacido por su sinceridad y lealtad, lo trató aún con mayor generosidad. A partir de entonces, Qilang se quedaba a menudo varios días en la casa del joven noble. Siempre que le hacían obsequios, los aceptaba sin rechistarlos ni volver a hablar de compensaciones. Era el cumpleaños de Wang Wu, y como los invitados y acompañantes eran numerosos, los alojamientos nocturnos estaban abarrotados de calzado. Wang Wu y Qilang se acostaron juntos en una pequeña habitación, mientras que tres sirvientes yacían sobre paja y forraje al pie de la cama. Al acercarse la segunda vigilia, todos los sirvientes ya dormían, pero los dos hombres seguían conversando con vivacidad. El sable de Qilang pendía de la pared cuando, de repente, salió volando por sí solo de su vaina unas cuantas pulgadas, emitiendo un sonido metálico y vibrante, con un brillo que parpadeaba como un relámpago. Wang Wu se sobresaltó y se incorporó. Qilang también se levantó y preguntó: —¿Quiénes son los que duermen bajo la cama? Wang Wu respondió: —Todos son criados míos. Qilang dijo: —Entre ellos debe haber un hombre malvado. Wang Wu preguntó la razón. Qilang explicó: —Este sable fue adquirido en tierras extranjeras y al matar nunca ha manchado su hoja con sangre. Hasta el día de hoy, lo he llevado por tres generaciones. Ha decapitado a miles, y sin embargo sigue tan nuevo como recién salido de la piedra de afilar. Al ver a un hombre perverso, canta y salta; no ha de estar lejos el momento en que salga a matar. El Joven Maestro haría bien en acercarse a los hombres nobles y mantenerse alejado de los mezquinos; tal vez así, por un golpe de suerte, logre evitar la desgracia. Wang Wu asintió con la cabeza. A pesar de ello, Qilang no lograba alegrarse y daba vueltas en el lecho. Wang Wu le dijo: —Los desastres y las suertes están predestinados por el número, ¿a qué viene tanta preocupación? Qilang respondió: —No le temo a nada en absoluto, solo me inquieta tener una madre anciana. Wang Wu exclamó: —¡Cómo vas a llegar a tanto tan de repente! Qilang replicó: —Si no la tuviera, sería mucho mejor. Resulta que de los tres hombres bajo la cama, uno era Liner, un viejo eunuco doméstico que sabía cómo ganarse el favor de su amo; otro era un paje de doce o trece años, de los que Wang Wu empleaba habitualmente; y el tercero era Li Ying, el más terco y torpe, que a menudo discutía con el Joven Maestro por nimiedades con la mirada furiosa, por lo que Wang Wu siempre le guardaba rencor. Esa noche, al meditar en silencio, Wang Wu sospechó que debía ser este último. Al alba, lo mandó llamar y, con buenas palabras, le ordenó de manera terminante que se fuera. El hijo mayor de Wang Wu, Shen, se había casado con una mujer de apellido Wang. Cierto día, Wang Wu salió y dejó a Liner custodiando la residencia. Los crisantemos en el estudio estaban en plena floración. La recién casada, pensando que su suegro había salido y que el patio del estudio estaría desierto, fue por su cuenta a cortar flores. Liner salió de improviso y trató de hacerle travesuras. La mujer quiso huir, pero Liner la sujetó con fuerza y la arrastró al interior de la habitación. Ella forcejeó entre sollozos, con el rostro desencajado y la voz ronca. Shen irrumpió corriendo, momento en el que Liner la soltó y huyó a toda prisa. Al regresar, Wang Wu se enteró de lo sucedido; enfurecido, buscó a Liner, pero este ya había desaparecido sin dejar rastro. Pasados dos o tres días, se supo que se había refugiado en la casa de cierto censor imperial. Como dicho funcionario se encontraba en la capital, todos los asuntos domésticos quedaban delegados en su hermano menor. Valiéndose de los lazos de hermandad militar, Wang Wu envió una carta exigiendo la entrega de Liner, pero el hermano del censor se desentendió por completo y no lo devolvió. Wang Wu, aún más indignado, presentó una querella formal ante el magistrado del distrito. Aunque se emitió la orden de arresto, los alguaciles no lo detuvieron y el magistrado tampoco investigó el asunto. Mientras Wang Wu hervía de furia, casualmente llegó Qilang. Wang Wu le dijo: —Tus palabras han resultado ciertas. Y procedió a relatarle lo ocurrido. El rostro de Qilang cambió drásticamente de color; sin pronunciar una sola palabra, se marchó de inmediato. Wang Wu ordenó a sus sirvientes de confianza que vigilaran los movimientos de Liner. Aquella misma noche, Liner regresó y fue capturado por los vigilantes, quienes lo llevaron ante Wang Wu. Este lo sometió a azotes y castigos corporales. Liner respondió con insolencias que ofendían a Wang Wu. El tío de Wang Wu, Heng, un hombre anciano y de respetable conducta, temiendo que la furia desmedida de su sobrino le acarreara una desgracia, le aconsejó que era mejor entregarlo a la justicia de los tribunales. Wang Wu accedió y lo condujo atado ante el tribunal oficial. En ese momento llegó un mensaje lacrado de la casa del censor; el magistrado puso en libertad a Liner y lo entregó a los subordinados del censor para que se lo llevaran. La osadía de Liner creció aún más y comenzó a vociferar entre la multitud, calumniando a la esposa de su amo y acusándola de mantener amoríos clandestinos. No teniendo otra alternativa y sintiendo que la rabia lo ahogaba hasta la muerte, Wang Wu cabalgó furioso hasta las puertas de la mansión del censor, donde se postró y lanzó gritos e insultos. Los vecinos lo consolaron y persuadieron para que regresara a casa. Al caer la noche, un criado le informó de repente: —Liner ha sido descuartizado en pedazos y su cadáver arrojado en un campo abierto. Wang Wu se llenó de un júbilo asombrado, sintiendo que su orgullo herido comenzaba a vengarse. Poco después, se enteró de que la familia del censor había presentado una demanda contra su tío y contra él, por lo que acompañó a su tío a presentarse para el careo. El magistrado no permitió ninguna explicación y quiso azotar a Heng. Wang Wu alzó la voz con firmeza y protestó: —¡Es una acusación inventada! En cuanto a las ofensas y los insultos a los funcionarios letrados, los he cometido yo en persona, ¡esto no tiene nada que ver con mi tío! El magistrado hizo caso omiso. Con los ojos desorbitados de furia, Wang Wu intentó abalanzarse hacia adelante, pero una turba de alguaciles lo interceptó y lo inmovilizó a golpes. Los esbirros que empuñaban los bastones no eran más que los perros de presa de la familia del censor, y como Heng ya era un anciano frágil, antes de que hubieran cumplido ni la mitad de los azotes ordenados, expiró silenciosamente. Al ver que el tío de Wang Wu estaba al borde de la muerte, el magistrado tampoco continuó con la investigación. Wang Wu gritaba y lloraba de dolor mientras maldecía, pero el magistrado parecía no oír nada. Entonces cargaron el cuerpo del tío para llevarlo de regreso. Consumido por el dolor y la indignación, sin saber qué recurso tomar, pensó en buscar los consejos de Qilang, pero Qilang ni siquiera se presentó a darle el pésame. Wang Wu reflexionó para sus adentros: «No he tratado a Qilang con mezquindad, ¿por qué actúa de repente como un perfecto desconocido?». Y también comenzó a sospechar que el asesino de Liner debía ser Qilang. Al pensarlo mejor, se dijo: «Si realmente fue él, ¿cómo pudo no haberme consultado?». Así las cosas, envió a alguien a investigar a su casa, pero al llegar halló los cerrojos echados y el lugar sumido en el silencio; ni siquiera los vecinos sabían nada de su paradero. Un día, cierto hermano menor se hallaba en las oficinas interiores departiendo con el magistrado. Coincidió que por la mañana llevaron la leña y el agua, cuando de pronto un leñador se presentó ante ellos, soltó su carga, sacó una hoja afilada y corrió directamente hacia él. El hermano, presa del pánico, intentó bloquear el filo con la mano, pero la hoja cayó cercenándole la muñeca; con otro tajo, finalmente le arrancó la cabeza. El magistrado, presa de gran asombro, huyó aterrorizado. El leñador aún miraba a su alrededor con los ojos desorbitados. Los diversos oficiales y sirvientes cerraron apresuradamente las puertas de la yamen, blandiendo bastones y clamando a gritos. Entonces, el leñador se degolló a sí mismo. La multitud se agolpó para reconocerlo, y aquellos que lo conocían supieron que se trataba de Tian Qilang. Una vez que el pánico del magistrado se hubo calmado, salió a realizar una inspección minuciosa. Vio a Qilang yaciendo rígido en un charco de sangre, con la mano aún aferrando el arma. Justo cuando detuvieron el palanquín para examinarlo de cerca, el cadáver se irguió de repente de un salto, decapitó de nuevo al magistrado y al instante volvió a desplomarse. Los oficiales de la corte arrestaron a su madre y a su hijo, pero estos ya habían huido desde hacía varios días. Cuando Wu se enteró de la muerte de Qilang, acudió a galope y lloró con todo su duelo. Todos decían que había sido el instigador de Qilang. Wu dilapidó su fortuna sobornando a los funcionarios en el poder, logrando así escapar de la culpa. El cadáver de Qilang fue abandonado en los campos silvestres durante más de treinta días, y las aves y los perros lo custodiaban en círculo. Wu lo recogió y le dio un entierro suntuoso. Su hijo vivió como exiliado errante en Deng, cambiando su apellido por el de Tong. Se alistó en las filas militares y, gracias a sus méritos, ascendió hasta el rango de general adjunto. Al regresar a Liaodong, Wu, que ya tenía ochenta años, le señaló entonces la tumba de su padre. El Historiador de lo Extraño comenta: «No aceptar ni una sola moneda a la ligera es precisamente no olvidar ni una sola comida. ¡Qué admirable fue esa madre! En cuanto a Qilang, cuyo rencor no había sido purgado por completo, se manifestó aun después de la muerte; ¿cómo pudo ser tan sobrenatural? Si el caballero Jing Ke hubiera podido obrar de ese modo, no habría quedado ningún remordimiento eterno en mil años. Si existiera alguien así, podría remendar las grietas de la red celestial; pero con el rumbo del mundo tan desolado, es una lástima que escaseen hombres como Qilang. ¡Qué dolor!» *** El parto del dragón Durante el año *renxu*, en la aldea de los Xing, la esposa de un tal Li quedó viuda mientras esperaba un hijo póstumo. De pronto, su vientre se hinchaba como una tinaja, y de pronto se contraía como un puño cerrado. Al llegar el momento del parto, pasó un día y una noche sin poder dar a luz. Al examinarla, vieron la cabeza de un dragón que, apenas asomaba, volvía a retraerse. Los familiares se asustaron; había una anciana apellidada Wang que quemó incienso, dio pasos rituales según las artes de Yu, y mientras presionaba su vientre, recitaba conjuros. Poco después, la placenta descendió y el dragón ya no se dejó ver; solo quedaron varias escamas tan grandes como tazas. A continuación nació una niña, cuya carne era translúcida como el cristal, hasta el punto de que sus vísceras podían contarse. *** Bao Zhu Antes de que el principado de Wu se rebelara, solía ordenar a sus generales y soldados: «Aquel que por sí solo sea capaz de capturar un tigre será recompensado generosamente con estipendios y raciones, y se le titulará "Matador de Tigres"». Entre los soldados había uno llamado Bao Zhu, ágil y veloz como un simio. En la residencia principesca se había construido un pabellón elevado, cuyas vigas de madera acababan de ser instaladas. Zhu trepó bordeando la esquina del edificio y en un instante llegó a la cúspide, se paró sobre la viga cumbrera y corrió velozmente de un lado a otro, haciéndolo tres o cuatro veces; tras esto, irrumpió con un salto hacia abajo y se irguió derecho y firme. El príncipe tenía una concubina favorita que tocaba excelentemente la pipa. La pipa que ella usaba tenía clavijas de jade cálido; con solo abrazarla, toda la habitación se llenaba de tibieza. La concubina la atesoraba como un tesoro y no se la mostraba a nadie a menos que hubiera una orden escrita de puño y letra del príncipe. Una noche de banquete y reunión, los invitados pidieron contemplar tal rareza. El príncipe, encontrándose perezoso en ese momento, lo posó para el día siguiente. Zhu, que estaba a un lado, dijo: «Sin esperar la orden del príncipe, este súbdito puede traerla». El príncipe envió a un hombre a galope hacia la mansión para que, tanto en el interior como en el exterior, se extremaran las precauciones antes de despacharlo. Zhu saltó más de una decena de murallas superpuestas hasta que finalmente llegó a los patios de la concubina. Vio que la luz de una lámpara brillaba en la estancia, pero la puerta estaba trancada y cerrada con cerrojo, sin posibilidad de entrar. En el corredor había un loro sobre una percha, de modo que Zhu imitó el maullido de un gato y enseguida emitió el canto del loro, clamando a gritos: «¡Viene el gato!». Los sonidos de forcejeo y golpes menudearon con urgencia, y se oyó decir a la concubina: «¡Lu-nu, echa un vistazo rápido, que el loro ha sido atacado y muerto!». Zhu ocultó su cuerpo en la oscuridad. Al poco rato, una criada salió sosteniendo una lámpara; apenas su cuerpo se hubo apartado de la puerta, Zhu ya se había colado dentro. Vio a la concubina custodiando la pipa sobre una mesita; Zhu la tomó y salió apresuradamente. La concubina exclamó aterrorizada: «¡Han entrado bandidos!», y todos los guardias se levantaron. Al ver que Zhu huía abrazando la pipa, lo persiguieron sin poder alcanzarlo, mientras las flechas llovían como granizo. Zhu saltó y trepó a un árbol; junto al muro había por lo antiguo más de treinta ejemplares de grandes árboles de sófora. Zhu avanzó caminando entre las copas de los árboles como un pájaro que salta de rama en rama. Al terminarse los árboles, subió a los techos; al terminarse los techos, subió a los torreones, corriendo velozmente por los pabellones y palacios como si tuviera alas, y en un parpadeo ya no se supo dónde estaba. Mientras los invitados aún bebían, Zhu voló y descendió con la pipa abrazada frente a los aleros. La puerta seguía trancada como antes y no se oía el sonido de gallos ni de perros. *** Gongsun Jiuniang En el caso de Yu Qi, aquellos que sufrieron la pena capital por complicidad fueron los más numerosos en los condados de Qixia y Laiyang. En un solo día, cientos de prisioneros fueron capturados y masacrados por completo en el campo de entrenamiento militar; la sangre carmesí inundaba la tierra y los huesos blancos se alzaban hacia el cielo. Las altas autoridades, mostrando compasión, donaron ataúdes, de modo que en los talleres de carpintería de Jicheng la madera quedó totalmente agotada. Por esta razón, la mayoría de los condenados a muerte en los fantasmas del este fueron sepultados en los suburbios del sur. Durante el año *jiayin*, un letrado de Laiyang llegó a Jixia. Dos o tres de sus parientes y amigos también se encontraban entre los números de los ejecutados, por lo que compró ofrendas de papel para libar y ofrecer sacrificios en medio de los matorrales y ruinas, alquilando una habitación temporal en el templo budista de los monjes del patio inferior. Al día siguiente, entró en la ciudad para ocuparse de sus gestiones y al atardecer aún no había regresado. De repente, un joven se presentó en la habitación para realizar una visita. Al ver que el letrado no estaba, se quitó el sombrero, subió a la cama y se acostó boca arriba con los zapatos puestos. El criado le preguntó quién era, pero él cerró los ojos y no respondió. Poco después, el letrado regresó, pero como la luz del anochecer era turbia y brumosa, no se podía distinguir con claridad. Fue él mismo junto a la cama a preguntarle, y el joven, abriendo los ojos de par en par, dijo: —¡Estaba esperando a tu amo, y tú no haces más que importunarme con preguntas insistentes! ¿Acaso soy un bandido violento? El letrado rió y dijo: —El amo está aquí. El joven se levantó de inmediato, se colocó la corona, hizo una reverencia y se sentó, entablando una profunda conversación de cortesía. Al escuchar su voz, le pareció conocido. Mandó a llamar con urgencia una lámpara y, al traerla, resultó ser el letrado Zhu, del mismo distrito, quien también había muerto en la calamidad de Yu Qi. Aterrorizado, retrocedió dando zancadas, pero Zhu lo detuvo tirando de él y le dijo: —Tú y yo somos amigos de letras, ¿cómo vas a ser tan carente de afecto? Aunque soy un fantasma, el recuerdo de un viejo amigo brilla intensamente y jamás se olvida. Hoy tengo un ruego que hacerte, te ruego que no me mires con recelo ni desdén como si fuera un ser de otro mundo. El letrado entonces tomó asiento y le pidió que le revelara sus órdenes. Zhu dijo: —Tu sobrina ha quedado viuda y no tiene pareja; este servidor desea convertirse en el dueño de su hogar y tomarla para que se encargue del caldero y el cucharón. Varias veces le he enviado intermediarios para proponer matrimonio, pero siempre pone como excusa que no tiene la orden de un superior o un patriarca. Afortunadamente, espero que no escatimes tu benevolencia con tus palabras. Antes de esto, el letrado tenía una sobrina que perdió a su madre a temprana edad y fue dejada al cuidado del letrado para que la criara, regresando a su hogar a los quince años. Cuando los prisioneros fueron llevados a Jinan, al enterarse de que su padre había sufrido la pena capital, se aterrorizó tanto que expiró. El letrado dijo: —Ella tiene su propio padre, ¿por qué me lo pides a mí? Su padre se fue con su sobrino Qi para llevarse los restos en el ataúd, y ahora no está aquí. —¿De quién ha estado dependiente últimamente la sobrina? —preguntó. —Vive junto con una anciana vecina —respondió el letrado. El letrado temía que un ser vivo no pudiera actuar como casamentero para un fantasma. Zhu dijo: —Si me concedes tu palabra de oro, te pido que condescendas en mover tus preciosos pasos. Dicho esto, se puso de pie y le tomó la mano. El letrado se negó rotundamente y preguntó: —¿A dónde vamos? —Tan solo camina —respondió. A regañadientes, accedió y se fue con él. Caminando hacia el norte una milla más o menos, había una gran aldea de varias decenas, tal vez un centenar de familias. Al llegar a una mansión, Zhu tocó la puerta con un dedo y de inmediato salió una anciana que abrió de par en par las dos hojas, preguntándole a Zhu: «¿Qué se te ofrece?». Él respondió: «Te ruego que le comuniques a la señora que su tío ha llegado». La anciana se retiró de inmediato y al poco rato salió de nuevo, invitando al Erudito a pasar. Mirando a Zhu, dijo: «La cabaña de dos vigas es demasiado estrecha; te pido, joven maestro, que aguardues un momento sentado fuera de la puerta». El Erudito la siguió al interior y vio un patio desolado de media fanega, donde se alineaban dos pequeñas habitaciones. Su sobrina lo recibió junto a la puerta sollozando, y el Erudito también lloró. La luz de una lámpara brillaba intensamente en el interior. El rostro de la muchacha era tan hermoso y puro como en vida, y con la mirada fija y los ojos llenos de lágrimas, preguntó por todos sus tíos y tías políticos. El Erudito respondió: «Todos están sanos y salvos, pero tu tía materna ha fallecido». La sobrina sollozó de nuevo y dijo: «De niña recibí los cuidados de mis tíos y aún no tengo con qué pagarles ni una pulgada, y ahora resulta que he sido enterrada prematuramente en una zanja; esto me causa un profundo pesar. El año pasado, el hermano mayor de la familia de mi tío trasladó a mi padre y no pensó en mí para nada, dejándome a cientos de li de distancia, solitaria como una golondrina en otoño. Ya que mi tío no consideró que un alma perdida fuera desechable y me ha otorgado además oro y sedas, ya los he recibido». El Erudito le transmitió las palabras de Zhu, y la muchacha bajó la cabeza sin decir palabra. La anciana interrumpió: «El joven maestro confió este asunto a la vieja Yang tres o cinco veces, y esta anciana consideró que era algo excelente. Como la joven señorita no quiso actuar con ligereza y dejarlo al azar, al contar con la dirección de su tío, es como este deseo por fin se ha cumplido». Mientras hablaban, una joven de diecisiete o dieciocho años, seguida de cerca por una criada de vestimenta azul, entró apresuradamente. Al atisbar al Erudito, se dio media vuelta con intención de huir. La sobrina tiró de su falda y dijo: «¡No hace falta que huyas! Es mi tío». El Erudito le hizo una reverencia, y la joven también inclinó la cintura y cruzó las manos. La sobrina explicó: «Es la Novia Jiuniang, de los Gongsun de Qixia. Es hija de una familia noble, pero hoy en día es también como un "persa empobrecido", aislada y descontenta. Viene y va con esta sobrina día y noche». El Erudito la miró de reojo: su sonrisa arqueaba la luna de otoño, y su rubor avergonzado era como la bruma del amanecer; era verdaderamente una criatura celestial. Él comentó: «¡Ya veo que es de una gran familia! ¿Cómo iba a tener una morada tan humilde a alguien de semejante belleza?». La sobrina sonrió y dijo: «Además, es una erudita; sus poemas y canciones son obras magistrales. Ayer mismo tuve la suerte de recibir sus enseñanzas». Jiuniang sonrió levemente y dijo: «Esta humilde sirvienta arruina a la gente sin motivo y hace que a mi tío se le congele la dentadura». La sobrina volvió a sonreír y dijo: «Las cuerdas del arpa de mi tío siguen sin ser reemplazadas; una jovencita como tú, ¿podría satisfacer sus deseos?». Jiuniang salió corriendo con una sonrisa y exclamó: «¡Esta muchacha se ha vuelto loca!», y se marchó. Aunque sus palabras parecían una broma, el Erudito se sintió sumamente enamorado de ella. La sobrina pareció percibirlo ligeramente y dijo: «El talento y la belleza de Jiuniang no tienen igual. Si mi tío no la desprecia por ser tierra de sepulcro, esta sobrina se lo pedirá a su madre». El Erudito se alegró enormemente, aunque temía que los humanos y los fantasmas difícilmente pudieran unirse. La sobrina dijo: «No hay daño en ello; ella y mi tío comparten una afinidad predestinada». El Erudito salió entonces. La sobrina lo despidió diciendo: «Dentro de cinco días, cuando la luna brille y la gente esté en silencio, enviaré a alguien para que los reciba». Cuando el Erudito llegó al exterior, no vio a Zhu. Levantó la vista hacia el oeste: la luna tenía la forma de un medio círculo, y en la luz crepuscular aún reconocía el viejo sendero. Vio una mansión hacia el sur; Zhu estaba sentado sobre una piedra junto a la puerta, y al levantarse para recibirlo dijo: «He esperado ya mucho tiempo; por favor, perdona que mi humilde hogar merezca tu atención». Tomados de la mano, entraron y expresaron su gratitud con profunda sinceridad. Zhu sacó un cáliz de oro y un centenar de perlas de Jin, diciendo: «No tengo otras cosas valiosas, esto sirve humildemente como regalo de bodas». Luego añadió: «Tengo vino turbio en casa, pero al tratarse de objetos de una cámara oscura, no son suficientes para agasajar a un distinguido huésped; ¡qué le vamos a hacer!». El Erudito se disculpó cortésmente y se retiró. Zhu lo acompañó hasta la mitad del camino antes de despedirse. Al regresar el Erudito, los monjes y sirvientes se congregaron para preguntar, pero él lo ocultó diciendo: «Los que hablan de fantasmas dicen tonterías; solo estuve bebiendo con un amigo». Cinco días después, Zhu vino en efecto, arreglándose los zapatos y agitando su abanico, con un aire de gran alegría. Tan pronto como llegó a la puerta, apenas vio el polvo del camino, se postró y dijo con una sonrisa: «Las alegres nupcias de usted ya se han consumado, y el banquete de celebración es inminente, por lo que vengo a importunarlo para que me acompañe». El Erudito dijo: «Como no hubo respuesta, aún no he enviado los presentes de compromiso; ¿cómo iban a consumarse las nupcias tan de repente?». Zhu respondió: «Yo ya los he entregado en su nombre». El Erudito se sintió profundamente conmovido y agradecido, y lo siguió. Al llegar directamente a la alcoba, la sobrina lo recibió sonriente con un maquillaje espléndido. El Erudito preguntó: «¿Cuándo regresaste a este hogar?». La muchacha respondió: «Hace tres días». Zhu sacó entonces las perlas regaladas para ayudar a la sobrina con su ajuar. Ella las aceptó tras declinarlas tres veces, y le dijo al Erudito: «Le conté la intención de mi tío a la anciana señora Gongsun, y la señora sintió una gran alegría. Solo dijo que, en su ancianidad, no le quedan otros parientes consanguíneos y no desea que Jiuniang se case lejos, por lo que espera que esta misma noche mi tío vaya a unirse a su familia como yerno residiendo en su casa. Como en su hogar no hay hombres, puedes ir junto con este joven maestro». Zhu lo guio entonces. Cuando el camino del pueblo estaba por terminar, se abrió la puerta de una mansión y ambos subieron al salón principal. Al poco rato anunciaron: «La anciana señora ha llegado». Había dos criadas que sostenían a la anciana mientras subía los peldaños. El Erudito quiso hacerle una reverencia, pero la señora dijo: «Esta anciana está decrépita y no puede realizar los rituales; por favor, quítese los faldones de viaje». Señaló y ordenó a las criadas que sirvieran el vino para el gran banquete. Zhu llamó entonces a los sirvientes para que sacaran aparte manjares y carnes, colocándolos frente al Erudito; también dispuso aparte otra jarra de vino para ofrecer al invitado. Durante el banquete se sirvieron manjares que no se diferenciaban de los del mundo de los vivos. Sin embargo, los anfitriones se servían a sí mismos y no instaban en absoluto al huésped a beber más.   Poco después, concluido el banquete, Zhu se retiró. Una doncella de verde guio al estudioso a salir y lo condujo a una habitación donde Jiuniang lo aguardaba junto a velas encendidas que destilaban cera. Con encuentros furtivos y miradas cargadas de afecto, llegaron al colmo de la intimidad y la ternura. Al principio, la madre de Jiuniang y ella misma habían sido escoltadas en calidad de prisioneras hacia la capital. Al llegar a la comandancia, la madre, incapaz de soportar las fatigas y los sufrimientos, había fallecido, y Jiuniang también se había cortado el cuello con sus propias manos. Sobre la almohada, mientras rememoraba los sucesos del pasado, los sollozos le ahogaron la voz y no pudo conciliar el sueño. Entonces, recitó de improviso dos cuartetos: > «En polvo antaño se tornó el vestido de gasa, > y en vano el fruto kármico reprocha mi vida pasada. > Diez años de rocío frío bajo la luna en el bosque de arces, > esta noche es la primera que hallo la primavera en el pabellón pintado.» > > «El viento y la lluvia azotan los álamos en la tumba solitaria, > ¿quién diría que en la Terraza de las Nubes jugaría de nuevo a las nubes? > Al abrir de repente la caja cincelada en oro para mirar, > la mancha de sangre aún tiñe la vieja falda de gasa.»   Cuando el cielo estaba a punto de aclarar, ella lo apresuró diciendo: «Mi señor debe partir sin demora; no vaya a asustar a los sirvientes». Desde entonces, él venía al caer el día y se marchaba al amanecer, y el encaprichamiento y la fascinación llegaron a ser sumamente profundos.   Una tarde, el estudioso le preguntó a Jiuniang: «¿Cómo se llama esta aldea?». Ella respondió: «Laixia Li. En la aldea hay dos lugares con nuevos fantasmas, por eso lleva este nombre». Al oírlo, el estudioso suspiró con tristeza. La doncella, apenada, le dijo: «Mi alma errante a mil lis de distancia flota sin rumbo por la maleza y sin fondo; madre e hija estamos solas y desamparadas, y al recordarlo se me desgarra el corazón. Le ruego que tenga presente la gracia y el afecto de una sola noche, que recoja los huesos de mi hijo para enterrarlos junto a su tumba, y que haga que este siglo encuentre un lugar donde reposar y habitar, para que, aun muerta, no quede en el olvido». El estudioso se lo prometió. La doncella añadió: «Los caminos de los hombres y de los fantasmas son distintos; mi señor no debe demorarse por mucho tiempo». Entonces le regaló unas medias de seda, derramó lágrimas y lo instó a marchar. El estudioso salió con el alma desolada, agobiado por el dolor y sin poder soportar la idea de regresar. En su camino, pasó golpeando a la puerta de la familia Zhu. Zhu salió a recibirlo con los pies descalzos; el sobrino también se levantó, con los cabellos en desorden sobre las sienes, y acudió con asombro a hacerle preguntas. El estudioso permaneció un buen rato sumido en la melancolía, hasta que finalmente relató las palabras de Jiuniang. La joven dijo: «Si mi tía no lo hubiera mencionado, este muchacho también lo habría estado planeando día y noche. Este lugar no pertenece al mundo de los vivos, no se puede habitar por mucho tiempo». Y así, permanecieron el uno frente al otro derramando lágrimas, hasta que el estudioso, conteniendo el llanto, se despidió. Golpeó en su alojamiento para volver a la cama, y dio vueltas sin dormir hasta que clareó el día. Cuando quiso buscar la tumba de Jiuniang, se dio cuenta de que había olvidado preguntar las señas del lugar. Al caer la noche regresó de nuevo, pero se encontró con miles de túmulos amontonados, terminando por perderse en los caminos de la aldea, por lo que retornó suspirando con amargura. Al examinar las medias de seda, al soplarles el viento se deshicieron en pedazos, podridas como cenizas, por lo que dispuso su equipaje y emprendió el viaje de regreso hacia el este.   Durante medio año no pudo consolarse a sí mismo, por lo que regresó nuevamente a Jiumen con la esperanza de tener algún encuentro. Al llegar al suburbio sur, el sol ya estaba declinando; descansó bajo un árbol y se encaminó hacia el cementerio común. Solo vio miles de túmulos enlazados unos con otros, con los ojos cegados por matorrales silvestres; fuegos fatuos y aullidos de zorros asustaban los corazones y los ojos de la gente. Apenado y consternado, regresó a su posada. Tras vagar con el ánimo abatido, giró las riendas para emprender el regreso al este. A la distancia de un li, vio a lo lejos a una mujer de pie sobre un túmulo funerario, cuya silueta y talante guardaban un extraño parecido con Jiuniang. Agitando el fouste, se acercó a mirar, y ciertamente era Jiuniang. Al apearse para hablarle, la mujer echó a correr a paso firme, como si no lo conociera. Cuando volvió a acercarse a ella, se le ensombreció el rostro de enojo y levantó la manga para ocultarse. Al exclamar de golpe «¡Jiuniang!», ella se desvaneció como una voluta de humo.   El Historiador Heterodoxo comenta: «Hierbas fragantes sepultadas en la seda y sangre colmando el pecho; placa de jade suspendida en el monte Dong, lágrimas manchando el fango y la arena. En la antigüedad hubo hijos filiales y ministros leales a quienes, hasta el día de su muerte, sus soberanos y padres no comprendieron. ¿Acaso Gongsun Jiuniang iba a guardar resentimientos y amarguras persistentes en su interior por no haber cumplido el encargo de sus huesos? ¡Aquello que reside en las entrañas no se puede extraer con las manos para mostrárselo a los demás; no es esto una tremenda injusticia!» El grillo   Durante el período Xuande, en el palacio imperial se estimaba la costumbre de las peleas de grillos, y cada año se exigía este tributo al pueblo. Sucedía que este insecto no era oriundo del oeste. Cierto magistrado de Huayin, deseando congraciarse con sus superiores, presentó un ejemplar y, tras probar que era apto para el combate y poseía talento, le impusieron la obligación de entregarlo de manera constante. El magistrado trasladó esta exigencia al jefe de la aldea.   Un joven errante del mercado, habiendo conseguido un buen ejemplar, lo crió en una jaula, elevó su precio y lo acaparó considerándolo una mercancía extraordinaria. Los funcionarios subalternos de la aldea, astutos y taimados, se valieron de esto para extorsionar a los habitantes por cada cabeza de población, de modo que cada vez que exigían un solo ejemplar, arruinaban el patrimonio de varias familias. En el distrito había un hombre de apellido Cheng, versado en los clásicos y aspirante a los exámenes preliminares, quien durante mucho tiempo no había logrado aprobar. De naturaleza cándida y apocado en el hablar, fue designado por unos escribas astutos y corruptos para cumplir con el servicio de cabeza de la aldea. Intentó por cien medios eludir el cargo, pero no pudo. Antes de que terminara el año, sus escasos bienes se habían agotado por completo. En aquella ocasión, se decretó un tributo imperial de grillos. Cheng no se atrevió a realizar una recaudación proporcional entre los habitantes, ni tenía con qué pagar la indemnización de su propio bolsillo, por lo que la angustia lo consumía hasta desear la muerte. Su esposa le dijo: —¿Qué saca con morir? Más vale que salga usted mismo a buscarlos, con la esperanza de tener una entre diez mil probabilidades de encontrarlos. Cheng consideró acertadas sus palabras. Salía al alba y regresaba al atardecer; provisto de un tubo de bambú y una jaula de alambre de cobre, entre muros derruidos y matorrales escarpados apartaba las piedras y cavaba en las guaridas. No hubo ardid que no pusiera en práctica, mas todo fue en vano. Si acaso atrapaba uno o dos, resultaban débiles e inferiores, sin ajustarse a las exigencias del pliego. El magistrado fijaba plazos rigurosos y aplicaba castigos severos para presionar a los morosos; tras más de diez días, los azotes sumaban ya un centenar, y entre sus muslos la carne, mezclada con pus y sangre, se desprendía, impidiéndole incluso caminar para buscar los insectos. Girando de un lado a otro sobre la cabecera de su lecho, solo pensaba en quitarse la vida. En aquel tiempo llegó a la aldea un adivino jorobado capaz de consultar a los espíritus mediante sortilegios. La esposa de Cheng, reuniendo unos pocos recursos, acudió a consultarle. Vio que el umbral estaba abarratado de mujeres con tocados rojos y pañuelos blancos. Al entrar a la estancia, se encontró con una habitación secreta provista de una cortina colgante, frente a la cual se hallaba una mesa de incienso. Los suplicantes encendían incienso en el trípode y hacían dos reverencias. El adivino, desde un costado y mirando hacia el vacío, recitaba oraciones en nombre de ellos; sus labios se abrían y cerraban sin que se distinguieran las palabras, mientras todos aguardaban de pie con respetuoso temor. Al poco rato, desde el interior de la cortina se arrojó un papel que revelaba los pensamientos de los consultantes sin la menor discrepancia. La esposa de Cheng depositó las monedas sobre la mesa, quemó incienso e hizo una reverencia. Al cabo del tiempo que toma comer una escudilla de arroz, la cortina se movió y un pedazo de papel cayó al suelo. Al recogerlo para examinarlo, vio que no contenía letras sino un dibujo. En el centro aparecía representada una sala monástica semejante a un templo budista; detrás, bajo un pequeño collado, yacían desordenadas rocas extrañas; entre matas de espinos semejantes a agujas, se ocultaba un grillo de cabeza verde azulada; a un lado, un sapo parecía a punto de dar un salto. Lo contempló una y otra vez sin lograr comprenderlo. Sin embargo, al percatarse de que se trataba de un grillo, la imagen se grabó en su corazón. Lo dobló, lo guardó y regresó para mostrárselo a Cheng. Cheng reflexionó una y otra vez: —¿No será que esto me enseña el lugar donde debo buscar los insectos? Observó minuciosamente los detalles del paisaje y descubrió que guardaba un parecido exacto con el Gran Pabellón de Buda, situado al este de la aldea. Entonces, haciendo de tripas corazón, se incorporó apoyándose en un bastón y, con el dibujo en mano, se encaminó hacia la parte posterior del templo, donde se alzaba un montículo antiguo y frondoso. Siguiendo el contorno del túmulo, vio rocas agazapadas cuyas escamas semejaban las del dibujo. Avanzó despacio entre la maleza, escuchando con atención y dando pasos lentos, como quien busca una aguja en la arena; pero aunque agotó las fuerzas de su corazón, sus ojos y sus oídos, no halló ni rastro ni sonido alguno. Mientras registraba minuciosamente el lugar sin cesar, un sapo de cabeza tiñósa saltó de repente. Cheng, sobresaltado aún más, se lanzó a perseguirlo con urgencia. El sapo se metió entre la hierba; siguiendo sus huellas y apartando la vegetación, Cheng vio un insecto agazapado en la raíz de un espino y se abalanzó sobre él precipitadamente, pero este se introdujo en una oquedad de la roca. Lo tanteó con una brizna de hierba puntiaguda sin conseguir que saliera, hasta que lo regó con el agua de su tubo y por fin emergió. Su estampa era sumamente vigorosa y hermosa; lo persiguió y logró atraparlo. Al examinarlo con atención, vio que tenía un cuerpo robusto y una cola alargada, el cuello verde y alas doradas. Lleno de júbilo, lo guardó en la jaula y regresó a su hogar, donde toda la familia lo celebró como si se tratara de ciudades enteras o valiosas piezas de jade. Lo depositó en una maceta con tierra para criarlo, prodigándole el máximo cuidado y alimentándolo con pasta de cangrejo y yema de castaña. Lo guardaba para entregarlo al cumplirse el plazo y saldar así la deuda con los oficiales. Cheng tenía un hijo de nueve años que, aprovechando la ausencia de su padre, abrió furtivamente la maceta. El insecto dio un salto vigoroso y salió disparado con tanta rapidez que era imposible atraparlo. Para cuando logró abalanzarse sobre él, ya se le habían desprendido las patas y el vientre se le había abierto, muriendo al instante. El muchacho, aterrorizado, corrió a llorar y se lo contó a su madre. Al enterarse, la mujer se puso pálida como un cadáver y lo increpó con dureza: —¡Maldita raíz de infortunio, te ha llegado la hora de morir! Cuando tu padre regrese, ¡ajustará cuentas contigo por su propia cuenta! El niño salió llorando. Al poco rato llegó Cheng; al escuchar las palabras de su esposa, sintió como si lo hubieran sumergido en hielo y nieve. Enfurecido, exigió ver al muchacho, pero este había desaparecido sin que se supiera su paradero; poco después, hallaron su cadáver dentro del pozo. Así, la ira se transformó en dolor, y entre alaridos y lamentos estuvieron a punto de desfallecer. Los esposos se sentaron en los rincones opuestos de la estancia; la choza humilde permanecía sin fuego ni humo, mirándose en silencio, sin hallar ya ningún motivo para seguir viviendo. Al caer la tarde, sacaron el cuerpo del muchacho para darle un entierro sencillo sobre un lecho de paja. Al tocarlo cerca del pecho, notaron que aún le quedaba un hilo de aliento. Llenos de alegría, lo acostaron sobre el estrado y a medianoche volvió en sí, lo que reconfortó levemente los corazones de los padres. No obstante, el espíritu del niño se encontraba aturdido y estúpido, sumido en un sopor letárgico. Cuando Cheng echó una ojeada a la jaula de los grillos y la vio vacía, sintió que el aliento se le cortaba y la voz se le ahogaba en la garganta, por lo que dejó de prestar atención al muchacho. Desde el anochecer hasta el amanecer, mantuvo los ojos abiertos sin cerrar las pestañas. Apenas el sol del Este hubo emprendido su marcha, quedó yacente y rígido, devorado por una pena interminable. De pronto oyó el canto de un grillo fuera de la puerta; sobresaltado, se incorporó para asomarse y vio que el insecto seguía allí, intacto. Lleno de regocijo, se dispuso a atraparlo, pero a la primera nota el grillo dio un salto y se alejó con gran velocidad. Lo cubrió con la palma de la mano, pero esta se sintió tan ligera como si no hubiera nada; apenas levantó la mano, el insecto volvió a dar un brinco. Lo persiguió apresuradamente, doblando la esquina del muro, y perdió su rastro. Tras vagar de un lado a otro y mirar a su alrededor, vio que el grillo se hallaba pegado a la pared. Al examinarlo con detenimiento, vio que era corto, pequeño y de un tono negruzco rojizo, totalmente diferente al anterior. Cheng, al ver que era tan pequeño, lo despreció y continuó deambulando con la mirada perdida, buscando al que había perseguido antes. El pequeño insecto de la pared saltó de repente y cayó entre las solapas de su ropa. Al mirarlo, vio que tenía la forma de un alacrán topo, alas con dibujos de flores de ciruelo, cabeza cuadrada y patas largas, y su aspecto prometía ser de buena calidad. Satisfecho, lo guardó. Como pensaba entregarlo ante los tribunales oficiales, abrigaba un temor constante de que no fuera del agrado de las autoridades, por lo que decidió ponerlo a prueba en un combate para observar sus cualidades. Un joven ocioso de la aldea, aficionado a estos menesteres, había domesticado un grillo al que llamó «Caparazón de Cangrejo Verde». Cada día lo enfrentaba en duelos con los de otros muchachos y jamás perdía. Deseando adueñarse de él para obtener beneficios, pidió un precio exorbitantemente alto, pero nadie se lo compró. El hombre fue directamente a la cabaña de Cheng para visitarlo. Al examinar el grillo que Cheng guardaba, se tapó la boca y soltó una carcajada burlona. Luego sacó su propio insecto y lo metió en el recipiente. Cheng lo miró: era gigantesco y de estampa robusta, por lo que sintió crecer su propia vergüenza e indignación, no osando enfrentarlos. El joven, sin embargo, insistió porfía. Cheng reflexionó: «Conservar un bicho inferior al final no sirve de nada; más vale jugárselo todo por una risa». Así pues, los metió juntos en el cuenco de combate. El pequeño grillo se quedó inmóvil, postrado y estúpido como un gallo de madera. El joven volvió a soltar una gran carcajada. Probó a estimular las antenas del insecto con un pelo de cerda de jabalí, pero seguía sin moverse. El joven rió otra vez. Al molestarlo repetidas veces, el grillo estalló en furia, se lanzó directo contra él y comenzaron a embestirse y forcejear, vibrando con furiosos chirridos. De pronto, se vio al pequeño grillo dar un salto, desplegar la cola y estirar las antenas, mordiendo directo el cuello de su rival. El joven, preso del pánico, separó el recipiente para detener la pelea. El grillo alzó la cabeza y cantó con orgullo, como si informara a su amo. Cheng se sintió inmensamente feliz. Mientras ambos lo contemplaban maravillados, un gallo pasó de largo con una mirada furtiva y se lanzó directamente a darle un picotazo. Cheng se quedó estupefacto y dio un grito de asombro. Por fortuna el picotazo falló, y el grillo saltó un pie y medio de distancia. El gallo, vigoroso, avanzó y lo acorraló hasta que el insecto quedó bajo sus garras. En su desconcierto, Cheng no sabía cómo salvarlo y, pateando el suelo, perdió el color del rostro. De inmediato vio cómo el gallo estiraba el cuello y aleteaba furioso; al mirar de cerca, el grillo se había aferrado a la cresta del ave y la mordía con tanta fuerza que no la soltaba. Cheng, aún más sorprendido y dichoso, lo recogió y lo guardó en la jaula. Al día siguiente lo presentó ante el magistrado. Al ver que era tan pequeño, el magistrado lo reprendió con ira. Cheng le relató sus prodigiosas habilidades, pero el magistrado no le creyó. Ordenó probarlo con otros grillos y todos quedaron deshechos; luego lo probó con un gallo y el resultado fue tal como Cheng había dicho. Entonces premió a Cheng y lo ofrendó al gobernador provincial. El gobernador se mostró sumamente complacido, lo presentó ante la corte imperial en una jaula de oro y detalló minuciosamente sus capacidades. Una vez ingresado en el palacio imperial, probaron con él cuanta mariposa, mantis, *youlida*, frente de seda… y cuantas rarezas tributaba todo el reino existieran, y ninguna logró superarlo. Cada vez que escuchaba los acordes del *qin* y la *se*, el grillo danzaba al compás del ritmo, lo cual lo hizo aún más asombroso. El Hijo del Cielo se alegró enormemente y decretó que se le otorgaran al gobernador corceles selectos y brocados de seda. El gobernador, sin olvidar de dónde provenía, hizo que al poco tiempo el magistrado fuera reportado como «sobresaliente». El magistrado, regocijado, eximió a Cheng de las corveas gubernamentales; además, intercedió ante el examinador escolar para que su hijo pudiera ingresar en la academia del distrito. Año y pico más tarde, el hijo de Cheng recuperó la lucidez de antaño y dijo por sí mismo: «Mi cuerpo se había transformado en un grillo, ágil y diestro para el combate; solo ahora he despertado». El gobernador también colmó a Cheng de cuantiosas recompensas. En pocos años poseía cien yudes de tierras, diez mil vigas en sus pabellones, y el ganado y los rebaños sumaban un millar por cada especie. Tan pronto como salía de su hogar, sus ropas de piel y sus carruajes superaban a los de las familias de abolengo. El Historiador de lo Extraño comenta: «Cuando el Hijo del Cielo emplea por capricho una criatura, tal vez pase de largo y pronto lo olvide; pero los ejecutores lo convierten de inmediato en regla fija. Si a ello se aúna la codicia y tiranía de los funcionarios y magistrados, el pueblo termina vendiendo a sus esposas e hijos día con día, sin encontrar jamás un descanso. Por consiguiente, cada paso que da el Hijo del Cielo concierne al destino del pueblo; no debe tomarse a la ligera. ¡Quién iba a pensar que la familia de Cheng, arruinada por culpa de las exacciones, se enriquecería gracias a un grillo, luciendo con orgullo pieles y carruajes! Cuando él era jefe de aldea y sufría los castigos y azotes, ¿acaso habría imaginado llegar a tal extremo? El Cielo pretendía premiar a los bondadosos y rectos, haciendo que tanto el gobernador como el magistrado recibieran las benévolas sombras del grillo. He oído decir: “Cuando un hombre asciende a los cielos, hasta sus gallos y perros alcanzan la inmortalidad”. ¡Qué gran verdad es esta!» *** ### El Letrado Liu A finales de la dinastía Ming, una plaga de langostas brotó entre Qing y Yan, congregándose poco a poco en Yi. El magistrado de Yi se sentía profundamente afligido. Al retirarse a descansar en las dependencias de su oficina, soñó con un letrado que se acercaba a visitarlo; portaba un birrete elevado y ropas verdes, con una estampa imponente y majestuosa, y decía poseer un plan para contener a la plaga. Al consultarle al respecto, le respondió: «Mañana, en el camino del Sudoeste, habrá una mujer montada en una burra vientriuda de lomo robusto: ella es el dios de las langostas. Si le ofreces tus compasivas splicas, podrás evitar el azote». El magistrado, extrañado, preparó ofrendas y salió al sur del distrito. Tras aguardar un largo rato, vio efectivamente a una mujer de rodete alto y capa parda que guiaba en solitario a una venerable bestia gris, avanzando con lentitud hacia el norte. De inmediato encendió incienso, sostuvo una copa de vino, se inclinó para saludarla al borde del camino y sujetó a la burra para impedir que se marchara. La mujer preguntó: «¿Qué pretende hacer su señoría?». El magistrado le suplicó entonces con aflicción: «Este humilde y pequeño distrito suplica que tenga a bien apiadarse de nosotros y librarnos de las fauces de las langostas». La mujer replicó: «¡Maldito sea el letrado Liu por su lengua suelta, al revelar mi secreto celestial! Puesto que ha sido así, haré que él mismo sufra el castigo en su propio cuerpo, sin dañar los sembrados de grano, y con eso bastará». Dicho esto, se bebió de un trago las tres copas y, en un parpadeo, desapareció sin dejar rastro. Más tarde, las langostas llegaron volando en tal cantidad que oscurecieron el sol y el cielo, pero sorprendentemente no cayeron sobre los campos sembrados, sino que se posaron en su totalidad sobre los sauces, y a su paso las hojas de sauce quedaron completamente devoradas. Solo entonces comprendió que el letrado Liu era una divinidad del sauce. Algunos dijeron: «Esto fue conmovido por la profunda preocupación del oficial por su pueblo». ¡Qué gran verdad! *** ### La Inundación En el vigésimo primer año del reinado de Kangxi, hubo una sequía en Shandong que se prolongó desde la primavera hasta el verano, dejando mil millas de tierra árida y roja. El trece de junio cayó una llovizna, y recién entonces se sembró el mijo. El dieciocho, tras una copiosa lluvia, se sembraron las alubias. Un día, en la aldea de Shimen, un anciano vio al atardecer a dos carneros peleando sobre una montaña y advirtió a los aldeanos: «¡Se acerca una gran crecida!». De inmediato tomó a su familia y se marchó a otro lugar. Los aldeanos se mofaron de él. Al poco tiempo, las lluvias cayeron con violencia tormentosa; el agua en tierra firme alcanzó varios pies de profundidad y todas las viviendas quedaron sumergidas. Un agricultor abandonó a sus dos pequeños hijos y, junto a su esposa, sostuvo a su anciana madre para huir hacia una colina elevada. Al mirar hacia abajo, la aldea se había convertido en un mar lacustre, y ni por asomo volvieron a acordarse de los dos niños. Cuando las aguas bajaron, regresaron a su hogar. Toda la aldea se había convertido en ruinas y tumbas; al entrar a su casa, comprobaron que era la única habitación que seguía en pie, y vieron a los dos niños sentados todavía juntos al borde de la cama, riendo y jugando sin sufrir daño alguno. Todos exclamaron suspirando que aquello era obra de la sincera piedad filial de la pareja. Esto ocurrió el vigésimo segundo día de junio. En el año veinticuatro del reinado de Kangxi, hubo un gran terremoto en Pingyang, y de cada diez habitantes, siete u ocho murieron. Las murallas y las casas quedaron reducidas por completo a ruinas; solo una vivienda quedó en pie, la cual pertenecía a la familia de un hijo filial. En medio de aquella inmensa calamidad, únicamente la estirpe filial salió ilesa. ¿Quién se atrevería a decir que el Señor del Cielo carece de distinción entre el bien y el mal? El señor Jia de Zhucheng El maestro de la Academia Sun Jingxia de Zhucheng relató: Durante los desórdenes de los bandidos errantes, el señor Jia de su distrito fue asesinado y su cabeza quedó colgando sobre el pecho. Cuando los bandidos se retiraron, sus familiares encontraron el cadáver y se disponían a levantarlo para enterrarlo, cuando escucharon un hilo de aliento que exhalaba tenuemente. Al examinarlo con atención, vieron que la garganta no se había cortado por completo, faltando apenas el grosor de un dedo. Entonces le enderezaron la cabeza y, cargando con él, regresaron a casa. Tras un día y una noche, pudo gemir, y con la ayuda de una cuchara y palillos le alimentaron un poco. Al cabo de medio año sanó por completo. Más de diez años después, estando reunido conversando con dos o tres personas, soltó de repente un comentario que hizo estallar de risa a todos. La concurrencia soltó una carcajada general y Jia también aplaudió. En el breve espacio de un movimiento de cabeza, la cicatriz del cuchillo se reabrió violentamente, su cabeza cayó y la sangre brotó. Al examinarlo, ya había muerto. El padre demandó a los que se habían reído; todos reunieron oro para sobornarlo y así lograron enterrar a Jia. El Historiador Heterodoxo comenta: «Una risa que hace caer la cabeza: ¡he aquí la risa más grande de todos los tiempos! Con la cabeza unida por un solo hilo y sin morir, esperando precisamente a que diez años después se convirtiera en un litigio por causa de la risa, ¿no serían acaso aquellos dos o tres vecinos sus deudores de una vida pasada?». El oficial del tesoro Zhang Huadong, de Zouping, recibió el edicto imperial para ofrecer sacrificios en el Monte Heng del Sur. Al pasar su camino entre los ríos Jiang y Huai, se disponía a pernoctar en una posta de correos. Su vanguardia le advirtió: «En esta posta hay extrañas apariciones; no se debe pernoctar aquí». Zhang no hizo caso; entrada la noche, se sentó vistiendo su birrete y espada. Al poco rato escuchó el sonido de unas botas al entrar y vio a un anciano de cabellos blancos y grises, atado con una faja de gasa negra. Extrañado, le preguntó quién era. El anciano hizo una reverencia uniendo las manos y dijo: «Soy el oficial del tesoro. He guardado los tesoros para su señoría desde hace ya muchos días. Afortunadamente, los estandartes y hachas de autoridad han llegado desde lejos, y este humilde subordinado queda liberado de tan pesada carga». Zhang preguntó: «¿Cuánto asciende el tesoro almacenado?». El anciano respondió: «Veintitrés mil quinientas piezas de oro». Temiendo el señor Zhang que una cantidad tan grande de oro resultara gravosa de acarrear, acordó realizar una inspección detallada a su regreso. El anciano respondió respetuosamente y se retiró. Zhang llegó al sur, donde los obsequios que recibió fueron bastante generosos. Al emprender el viaje de regreso, se hospedó nuevamente en la posta, y el anciano volvió a presentarse para saludarlo. Cuando le preguntó por los bienes del tesoro, este respondió: «Ya han sido asignados para las raciones militares en Liaodong». Zhang se mostró profundamente sorprendido por la contradicción entre sus palabras anteriores y las actuales. El anciano dijo: «Las fortunas y destinos en el mundo de los hombres tienen todos una cantidad fijada; ni el grosor de un pelo se puede aumentar ni disminuir. La cantidad que a su señoría le correspondía obtener en este viaje ya la ha obtenido, ¿qué más busca?». Tras terminar de hablar, se marchó de inmediato. Zhang se puso entonces a calcular sus ganancias, y estas coincidían exactamente con la cifra del tesoro. Suspirando, comprendió que el sustento y la bebida tienen un destino fijo y no deben buscarse con ambición desmedida. El censor de Fengdu Fuera del distrito de Fengdu hay una cueva de profundidad insondable de la que se cuenta que es la oficina del rey Yama. Todos los instrumentos de tortura que hay en su interior son solicitados a los hombres de este mundo. Cadenas y esposas de madera que se pudren y desgastan son arrojadas a la boca de la cueva, y el magistrado del distrito las reemplaza de inmediato por unas nuevas, las cuales, al pasar la noche, desaparecen sin dejar rastro. Los gastos de suministro para su mantenimiento se cargan a los presupuestos oficiales ordinarios. Durante la dinastía Ming, el censor de la corte de inspección, apellidado Hua, se encontraba en visita oficial en Fengdu. Al escuchar esto, no lo creyó y quiso entrar en la cueva para disipar sus dudas. Las gentes le dijeron que no lo hiciera, pero el señor Hua no escuchó. Tomando una vela, entró acompañado por dos sirvientes. A poco más de un li de profundidad, la vela se apagó de repente. Al mirar a su alrededor, vio que el camino de escaleras era amplio y luminoso, y que había más de diez grandes salas donde dignatarios ocupaban sus asientos en orden, luciendo túnicas y tablillas de audiencia con absoluta solemnidad. Tan solo el asiento del extremo oriental se encontraba vacíos. Cuando el dignatario principal vio llegar al señor Hua, descendió de las gradas para recibirlo y le preguntó con una sonrisa: «¿Has llegado? ¿Cómo te ha ido en tu ausencia?». El señor Hua preguntó: «¿Qué lugar es este?». El dignatario respondió: «Este es el Inframundo». El señor Hua, estupefacto, manifestó su deseo de retirarse. El dignatario señaló el asiento vacío y dijo: «Este es tu asiento, ¿cómo habrías de regresar?». El señor Hua sintió un temor aún mayor e imploró con insistencia clemencia. El dignatario le replicó: «¡Cómo se puede escapar del número predestinado!». Dicho esto, examinó un rollo y se lo mostró, en el cual estaba anotado: «Tal mes, tal día, tal persona regresará al inframundo en su cuerpo de carne y hueso». Al leerlo, el señor Hua tembló como si lo hubieran sumergido en agua helada; al recordar a su madre anciana y a sus hijos pequeños, las lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron por sus mejillas. De pronto llegó un ser divino con armadura dorada que portaba un escrito en seda amarilla. Todos hicieron reverencias danzando y, tras abrirlo y leerlo, felicitaron al señor Hua diciendo: «¡Vuestra señoría tiene la oportunidad de regresar al mundo de los vivos!». El señor Hua, lleno de alegría, preguntó el motivo. Aquel respondió: «Acabamos de recibir un edicto imperial que concede una amnistía general a las sombras del inframundo; solo hemos tenido que exponer los detalles de su caso basándonos en el precedente». Luego le indicó el camino para salir. A pocos pasos de distancia, todo era negro como la pezuña de un caballo y no se distinguía por dónde caminar, por lo que el señor Hua se vio en gran aprieto y sufrimiento. De repente, un general divino irrumpió con paso majestuoso, de rostro rojo y larga barba, cuya luz brillaba a varios chi de distancia. El señor Hua corrió a saludarlo con reverencias y le suplicó compasión. El dios le dijo: «Recitar los sutras budistas te permitirá salir». Tras decir esto, se marchó. El señor Hua calculó para sus adentros que no recordaba la mayoría de los sutras y encantamientos, pero que conocía bastante bien el *Sutra del Diamante*. Entonces juntó las palmas de las manos y comenzó a recitarlo. De inmediato sintió un hilo de luz que iluminaba el camino ante él. Si por casualidad olvidaba algún fragmento, la oscuridad se cernía de golpe frente a sus ojos; tras concentrarse firmemente durante un rato, volvía a recitarlo y la luz regresaba. Fue así como por fin pudo salir. En cuanto a sus dos sirvientes, ya ni hablar de ellos. Dragón sin ojos En Yishui cayó una fuerte lluvia y de repente precipitó un dragón que carecía de ambos globos oculares y yacía sin aliento. El magistrado del distrito lo cubrió con ochenta esteras, pero estas no alcanzaron a rodear todo su cuerpo. Mandó a realizar un sacrificio campestre en su honor, pero la criatura aún se agitaba golpeando la tierra con la cola, produciendo un sonido sordo y estruendoso. El zorro burlón Wan Fuzi, whose courtesy name was Zixiang, was a native of Boxing. In his youth he pursued scholarly studies, but his family was poor and his fortune adverse. Though over twenty years of age, he had yet to attain even the lowest scholarly rank of a *xiucai*. The customs of his village were harsh, often appointing poor scholars to burdensome corvée labor, while the kind and lenient were sometimes driven to utter ruin. Wan happened to be drafted for corvée service, and in terror he fled to Jinan, where he rented a room at an inn. At night, a woman came running to him whose appearance was quite lovely. Wan was charmed and took her intimately, asking her family name and given name. The woman said of herself: "I am in truth a fox, yet I will bring no misfortune upon you." Wan was overjoyed and had no doubts. The woman instructed him not to share his lodging with other guests, and thereafter she arrived every day, sleeping and resting with him. Whatever was needed for daily use was entirely provided through the fox. After they had lived together for a short time, two or three acquaintances happened to come and visit, often staying for a night or two without leaving. Wan grew weary of them yet could not bear to turn them away, and having no alternative, he told the guests the truth. The guests wished to catch a glimpse of an immortal's countenance, and Wan spoke of this to the fox. The fox said: "Why would they wish to see me? I am also merely human." Her voice could be heard, but her person could not be seen. Among the guests was one Sun Deyan, who was fond of jesting. He earnestly begged for an audience, saying: "To have been permitted to hear your delicate voice has caused my very soul to fly away. Why be so stingy with your beauty, needlessly leaving people to pine away simply from hearing your voice?" The fox laughed and said: "Good grandson! Do you wish to commission a portrait of your great-great-grandmother enjoying herself?" The crowd burst into loud laughter. The fox said: "Since I am a fox, allow me to speak with the guests about fox lore. Would you care to hear it?" The crowd murmured assent. The fox said: "Once, at a lodging house in a certain village, there were many foxes that frequently came forth to inflict harm on travelers. The travelers knew of this and warned one another not to lodge at that inn. For half a year, the gates and courtyards grew desolate and dreary. The innkeeper was greatly distressed and deeply detested any mention of foxes. Suddenly a traveler from afar, who called himself a foreigner from another land, stopped before the gate. The master of the house was overjoyed, and no sooner had he invited him inside than a passerby secretly whispered to the guest: 'There are foxes in this house.' The guest took fright, informed the host, and wished to move elsewhere. The host vehemently declared this to be false, whereupon the guest stayed. Just as he entered the room and lay down to rest, he saw a swarm of mice emerging from beneath the bed. The guest was utterly terrified. He bolted upright and cried out in alarm: 'There are foxes!' The host asked in astonishment. The guest raged, saying: 'Foxes nest right here—why did you lie to me and say there were none?' The host asked again: 'What shape and form did you see?' The guest replied: 'What I saw just now were tiny, minute things. If they are not fox children, surely they must be a fox's grandchildren?'" When she finished speaking, the seated guests laughed brightly. Sun said: "Since you will not grant us an audience, the rest of us shall remain and not leave, blocking your terrace of Yang." The fox laughed and said: "Staying overnight is of no consequence. Should there be any slight offenses or transgressions, I pray you will not take them to heart." Fearing her playful tricks, the guests dispersed together; yet every few days one of them would inevitably come by to seek out the fox, exchanging laughter and banter. The fox was exceedingly witty, and with a single remark she would turn the guests upside down—even the most skilled jesters could not best her. The group playfully dubbed her "Mistress Fox." One day, they set out wine for a grand gathering. Wan occupied the host's seat, while Sun and two guests sat on his left and right, and a couch was prepared above to await the fox. The fox declined, saying she was not skilled in wine. Everyone earnestly invited her to sit and converse, and she consented. After several rounds of drinks, the guests cast dice to play the *guaman* drinking game. One guest drew the melon suit and was required to drink. Jesting, he used a large goblet to toast the upper seat, saying: "Mistress Fox is far too sober; I temporarily borrow a cup." The fox laughed and said: "I naturally do not drink, but I am willing to set forth an old tale to accompany the gentlemen's drinking." Sun covered his ears, unwilling to listen. The guests all said: "One who reviles others must be penalized." The fox laughed and said: "What if I revile foxes?" The crowd said: "That is permissible." Thereupon they bent their ears and listened together. The fox said: "Once, a high minister was dispatched as an envoy to the Kingdom of the Red-Haired People, and he wore a cap made of fox under-fur when presenting himself before the king. The king saw it and found it extraordinary, asking: 'What kind of fur and hair is this, that it is warm and thick to such a degree?' The minister replied that it was fox. The king said: 'This creature is something I have never heard of in my life. How is the character "fox" written stroke by stroke?' The envoy traced it in the air with his hand and reported: 'On the right side is a large melon (*gua*), and on the left side is a small dog (*quan*).'" The host and guests once more burst into uproarious laughter. The two guests were the Chen brothers; one was named Suojian ("What Is Seen"), and the other Suowen ("What Is Heard"). Seeing that Sun was deeply disconcerted, Suojian said: "Where are the male foxes, that you should unleash a female fox to spread poison to such a degree?" The fox said: "My previous tale was not yet finished when it was thrown into confusion by a pack of barking hounds. Allow me to conclude it. The king saw that the envoy rode a mule, and found it exceedingly strange. The envoy informed him: 'This is what a horse gives birth to.' The king found this even more extraordinary. The envoy said: 'In China, horses give birth to mules, and mules give birth to colts.' The king inquired closely into their appearance. The envoy said: 'That a horse gives birth to a mule—that is "what this subject has seen"; that a mule gives birth to a colt—that is "what this subject has heard."'" The entire gathering laughed heartily once more. The company knew they were no match for her, and so they made a pact: hereafter, whoever initiated a jest would be penalized by acting as the host of the feast. Poco después, cuando la bebida comenzó a hacer efecto, Sun bromeó con Wan diciendo: —Tengo un pareado que le pido que complete. Wan preguntó: —¿Cómo es? Sun dijo: —"Una cortesana sale a visitar a su amado; al llegar dice *'wanfu'* (diez mil bendiciones), y al marcharse dice *'wanfu'*." Todos se quedaron pensando sin hallar una respuesta. El zorro se rio y dijo: —Yo tengo uno. Y respondió: —"El Rey Dragón emite un decreto exigiendo una reprimenda sincera; una tortuga de caparazón blando *'obtiene palabras'* (de yan), y una tortuga marina *'obtiene palabras'*." Todos cayeron rendidos de la risa. Sun, sumamente enfadado, dijo: —¡Hace poco hicimos un juramento contigo, ¿por qué vuelves a infringir los preceptos?! El zorro se rio y respondió: —La culpa es ciertamente mía, pero de no ser así, no habría podido encontrar una réplica exacta. Mañana prepararé un banquete para expiar mi falta. Entre risas, la reunión concluyó. Las agudezas y chistes del zorro eran innumerables. Pasados varios meses, regresó en compañía de Wan. Al llegar a las fronteras de Boxing, le advirtió a Wan: —Tengo parientes lejanos en este lugar, y como nuestros contactos han estado interrumpidos por mucho tiempo, no puedo dejar de hacerles una visita. Ya se acerca el anochecer; podemos hospedarnos juntos aquí y continuar nuestro camino al alba. Wan preguntó por el lugar, y el zorro señaló diciendo: —No está lejos. Wan dudaba, pues antes no había visto aldeas por allí, pero aun así decidió seguirle la corriente. A unas dos *li*, llegaron efectivamente a una finca solariega como jamás había visto en su vida. El zorro fue a llamar a la puerta, y un sirviente anciano salió a abrir. Al entrar, se sucedían puertas dobles y pabellones superpuestos, dignos de una familia de alcurnia. Al poco tiempo apareció el dueño, un anciano acompañado de una anciana, quienes hicieron una reverencia a Wan y lo invitaron a sentarse. Dispusieron un banquete espléndido, tratando a Wan como a un pariente político, y allí se hospedaron. Temprano por la mañana, el zorro le dijo: —Si regreso contigo de repente, temo asustar a la gente. Es mejor que te adelantes y yo llegaré después. Wan siguió sus palabras, llegó primero y avisó de antemano a los familiares. Al poco rato llegó el zorro, conversando y riendo con Wan; todos podían oírlo, pero nadie lograba ver su persona. Transcurrido un año, Wan volvió a prestar servicios en Ji, y el zorro lo acompañó nuevamente. De repente llegaron varias personas, y el zorro se puso a conversar con ellos, intercambiando las más cálidas fórmulas de cortesía. Luego le dijo a Wan: —Originalmente soy de Shaanxi, y tengo un vínculo predestinado contigo, por lo que te he acompañado durante mucho tiempo. Ahora han venido mis hermanos y me llevaré con ellos de regreso; ya no podré atenderte como es debido. Por más que intentaron retenerlo, se marchó sin mirar atrás. *** Lluvia de monedas En Binzhou, un erudito estudiaba en su estudio cuando alguien llamó a la puerta. Al abrirla, vio a un anciano de aspecto sumamente venerable y arcaico. Lo invitó a pasar y, tras intercambiar sus nombres y linajes, el anciano dijo: —Me llamo Yangzhen, de apellido Hu, y en verdad soy un zorro inmortal. Admiro su refinamiento, distinguido erudito, y deseo compartir con usted las mañanas y las noches. El erudito era por naturaleza de espíritu abierto y desinhibido, por lo que tampoco aquello le pareció extraño. Se pusieron a debatir sobre asuntos antiguos y modernos, demostrando una erudición excepcional; sus palabras eran tan ornamentadas y bellas que parecía brotar jade de sus dientes. De vez en cuando, al desentrañar los textos clásicos, los principios profundos que exponía superaban con creces cualquier expectativa. El erudito, lleno de asombro y admiración, lo retuvo a su lado durante muchísimo tiempo. Un día, el erudito le suplicó en secreto al anciano: —Su merced me muestra un afecto inmenso. Sin embargo, dado que soy tan pobre, bastaría con que usted hiciera un leve movimiento con la mano para que el dinero brotara de inmediato. ¿Por qué no me socorre un poco? El anciano guardó silencio y, al cabo de un momento, sonrió y dijo: —Eso es sumamente fácil. Pero primero necesito una docena de monedas para que sirvan de madre. El erudito hizo tal como le había pedido. El anciano lo acompañó entonces a una habitación secreta, donde dio pasos rituales (pasos de Yu) y recitó un encantamiento. Al poco instante, cientos de miles de monedas comenzaron a llover con gran estrépito desde las vigas, con una fuerza semejante a un aguacero. En un abrir y cerrar de ojos, le cubrían las rodillas, y al levantarse y pararse firmemente, ya le llegaban a los tobillos. En aquella habitación de un *zhang* cuadrado, la acumulación alcanzaba una profundidad de tres o cuatro *chi* largos. Entonces miró al erudito y le preguntó: —¿Satisface esto sus deseos? —Ya es suficiente —respondió él. Con un ademán del anciano, las monedas cesaron de golpe con un sonido seco; tras ello, cerraron la puerta con traba y salieron. El erudito se sentía secretamente dichoso por su repentina riqueza. Poco después, al entrar a la habitación para tomar algo del dinero, descubrió que la fortuna se había esfumado en la nada, quedando únicamente una docena de monedas "madre". El erudito sintió una enorme decepción, y lleno de ira se dirigió al anciano, recriminándole con dureza su engaño. El anciano, enfurecido, le respondió: —¡Vine originalmente a entablar una amistad literaria con usted, no tenía intención de convertirme en su cómplice para robar! Si fuera por los deseos de este erudito, solo le convendría entablar amistad con los ladrones de techos; ¡este anciano no puede cumplir semejantes órdenes! Dicho esto, sacudió las mangas y se marchó. *** Una concubina azota a los ladrones En las afueras occidentales de Yidu había una familia acaudalada y sumamente rica. Tenían una concubina bastante delicada y hermosa, a quien la esposa principal maltrataba y humillaba implacablemente, sometiéndola a castigos corporales y azotes sin medida. La concubina servía a la familia con absoluta diligencia, y el amo, compadecido de ella, solía consolarla y mimarla en privado, mientras que ella jamás mostraba el menor resentimiento. Una noche, varios individuos escalaron los muros y entraron, embistiendo la puerta hasta casi destrozarla. El amo y su esposa, aterrorizados y temblando de miedo, no sabían qué hacer. La concubina se levantó sin emitir el más leve sonido, palpó en la oscuridad de la habitación hasta dar con una vara de madera para cargar agua, quitó el cerrojo y salió de repente. Los bandidos se amotinaban en desorden como cáñamo enmarañado; al compás de los movimientos de la vara blandida por la concubina, el viento silbaba y los ganchos metálicos resonaban. De inmediato derribó a cuatro o cinco hombres que cayeron al suelo, y los asaltantes quedaron completamente diezmados. Presa del pánico y el espanto, corrían en desorden; al intentar trepar los muros con desesperación, caían tambaleándose entre quejidos, perdiendo el alma y la vida. La concubina apoyó la vara en el suelo, se rio y dijo: —¡Esta clase de gentuza, que ni siquiera es digna de que uno baje las manos a golpearla, todavía se atreve a fingir de ladrones! No voy a matarlos; matarlos mancharía mi honor. Los dejó escapar a todos, permitiéndoles huir. El amo, estupefacto, le preguntó: —¿Cómo es posible que sepas hacer esto? A lo que ella respondió: —Mi difunto padre fue maestro de artes marciales y uso de la lanza; heredé por completo sus técnicas, por lo que bien podría enfrentarme a un centenar de enemigos. La esposa estaba aún más aterrorizada, arrepintiéndose de haberse dejado cegar antes por los celos y las apariencias. A partir de entonces trató a la joven con bondad, tratándola casi como si fuera la esposa legítima; sin embargo, la concubina jamás mostró la más mínima falta de respeto. Una vecina le dijo a la concubina: —Hermana, masacraste a los ladrones como si fueran cerdos o perros, ¿cómo es que te resignas a agachar la cabeza y sufrir los azotes de la señora? A lo que la concubina respondió: —Es lo que me corresponde por destino; ¿cómo iba a atreverme a decir otra cosa? Quienes lo escucharon la estimaron aún más. El Historiador de lo Extraño dice: «¡Poseer habilidades supremas, vivir durante años sin que nadie lo sepa, y de repente repeler calamidades y desastres, transformando un halcón en paloma! ¡Ay! Una vez cazado el faisán, la mujer de la casa sonríe; al ganar en el juego de shuan, la noble consorte comparte el carruaje. ¡Que las artes no puedan abandonarse sea de este modo!». El Letrado Expulsa a los Monstruos Xu Yuangong de Zhangshan era un antiguo letrado de la pasada dinastía Ming. Tras el cambio de régimen, abandonó los clásicos para buscar el Dao y aprendió gradualmente las artes de los encantamientos de Chile, por lo que su fama resonaba a lo lejos y de cerca. Un potentado de cierta comarca preparó ofrendas monetarias junto con una carta de sincera cortesía para invitarlo a lomos de una montura. Xu preguntó: «¿Con qué propósito me convoca vuestra merced?». El sirviente respondió: «No lo sé. Solo se me encomendó encarecidamente rogar su descenso». Así pues, Xu partió. Al llegar, se sirvió un banquete en el pabellón central; el trato fue de una cortesía sumamente respetuosa, mas en ningún momento se mencionó el motivo de su recibimiento. Por ello, Xu le preguntó: «¿Qué es lo que verdaderamente desean hacer?», con la esperanza de disipar sus dudas. El anfitrión se limitó a decir: «No hay nada más», y lo instó a beber una copa de vino. Sus palabras fueron elusivas y totalmente incomprensibles. Entre charla y charla, sin darse cuenta, llegó el anochecer, e invitaron a Xu a beber en el jardín. El jardín era bastante hermoso y pintoresco, pero los bambúes y los árboles lo cubrían todo con una espesura lúgubre y sombría; flores silvestres crecían en densos racimos, medio sepultadas entre la maleza. Llegaron a un pabellón cuyo techo de tablones estaba cubierto por una maraña de telarañas, como si nadie hubiera habitado allí en mucho tiempo. Tras unas cuantas rondas de vino, el cielo se oscureció; mandaron traer velas y continuaron bebiendo. Xu se disculpó diciendo que no toleraba el vino, por lo que el anfitrión concluyó la bebida y mandó pedir té. Los sirvientes retiraron los platos con prisa y ajetreo, guardando todo sobre una mesita en la habitación de la izquierda del pabellón. Apenas habían sorbido la mitad del té, cuando el anfitrión se excusó con un pretexto y se marchó por completo. Un sirviente llevó una vela para guiarlo a su aposento en la habitación izquierda, dejó la vela sobre la mesa y se dio la vuelta para retirarse de inmediato con gran premisa. Xu sospechó que tal vez le habrían traído una colcha y una almohada para hacerle compañía, pero al cabo de un buen rato las voces humanas se desvanecieron por completo, así que él mismo se levantó, trancó la puerta y se dispuso a dormir. La brillante luz de la luna fuera de la ventana penetraba en la habitación e invadía el lecho; las aves nocturnas y los insectos de otoño cantaban al unísono, llenando su corazón de una profunda inquietud que le impidió conciliar el sueño. Al poco rato, se escuchó un ruido sordo sobre los tablones, como de pisadas intensas y aterradoras. De inmediato, se oyó crujir la escalera de protección, acercándose velozmente a la puerta de la alcoba. Aterrorizado, a Xu se le erizaron los cabellos. Rápidamente tiró de la cobija para cubrirse la cabeza, pero la puerta ya se había abierto de par en par con estrépito. Xu estiró la esquina de la cobija para espiar con cautela y vio a una criatura con cabeza de bestia y cuerpo humano, con el pelaje cubriéndole todo el cuerpo, una crin larga como la de un caballo y de un color negro profundo; sus colmillos brillaban como un enjambre de abejas y sus ojos ardían como antorchas gemelas. Al llegar a la mesita, se inclinó para lamer los restos de comida que quedaban en los recipientes; con una sola pasada de su lengua, varios platos quedaron tan limpios como si hubiesen sido barridos. Poco después, avanzó hacia el lecho y olfateó la cobija de Xu. Xu se incorporó de golpe, arrojó la cobija sobre la cabeza del monstruo y lo presionó con fuerza mientras lanzaba gritos desaforados. El monstruo, tomado por sorpresa, logró zafarse con un sobresalto, abrió la puerta exterior y huyó despavorido. Xu se vistió rápidamente para escapar, pero la puerta del jardín estaba trancada por fuera, impidiéndole la salida. Corrió a lo largo del muro y saltó por encima de una tapia baja, cayendo directamente en los establos del anfitrión. El caballerizo se asustó, pero Xu le contó lo sucedido y le pidió posada allí mismo. Al amanecer, el anfitrión envió a alguien a buscar a Xu, pero al no encontrarlo, cayó en un gran pánico. Poco después, Xu salió de los establos. Furioso, Xu le reclamó: «¡No estoy acostumbrado a practicar el arte de expulsar monstruos! Me enviaste aquí y guardaste un secreto absoluto; además, en mi equipaje guardo un gancho de la buena suerte que no me permitieron llevar a mi aposento: ¡esto era buscar mi muerte!». El anfitrión se disculpó diciendo: «Tenía la intención de decírselo de inmediato, pero temí que su merced se negara; al principio tampoco sabía que llevaba ese gancho en su equipaje. ¡Le ruego que me perdone por este crimen capital!». Xu, todavía descontento, exigió su montura y se marchó. A partir de entonces, los monstruos desaparecieron por completo. Más tarde, cuando el anfitrión celebraba banquetes en el jardín, siempre sonreía a sus invitados y decía: «Jamás olvidaré el mérito del letrado Xu». El Historiador de lo Extraño dice: «Comadreja amarilla o comadreja negra, el héroe es aquel que atrapa a la rata. Esto no son palabras vacías. Supongamos que, tras arrojar la cobija y lanzar gritos desaforados, hubiera ocultado su terror y hubiera atribuido la desaparición absoluta del monstruo a sus propias habilidades; entonces la gente habría dicho que el letrado Xu era un verdadero dios inalcanzable para los mortales». Las Hermanas Intercambian Esposos El Primer Ministro Mao, oriundo del distrito de Ye, provenía de una familia de origen muy humilde, y su padre solía dedicarse a pastorear vacas para otros. En aquella época, un clan aristocrático de apellido Zhang tenía un cementerio ancestral situado en la vertiente oriental de las colinas. Quienes pasaban por el lugar escuchaban gritos furiosos que provenían de la tumba, los cuales decían: «¡Apuraos a marcharos y no os quedéis mucho tiempo estorbando la morada de un noble!». Al enterarse, los Zhang tampoco le dieron total crédito. Más tarde, recibieron repetidas advertencias en sueños que decían: «Las tierras de vuestro cementerio son en realidad el lugar de sepultura predestinado del señor Mao; ¿cómo podéis usurparlas por tanto tiempo?». Debido a esto, la familia comenzó a sufrir desgracias continuas. Un invitado les aconsejó trasladar las tumbas a un sitio propicio, por lo que los Zhang finalmente las mudaron.   Un día, el padre de Xiangguo, Mu, salió hacia las antiguas tumbas de la familia Zhang y se vio sorprendido por una repentina lluvia. Se refugió en una cripta abandonada. Al poco tiempo, el aguacero arreció; las aguas desbordadas corrieron hacia la oquedad y, con un estruendo estrepitoso, se precipitaron en su interior, de modo que terminó ahogándose. En aquel entonces, Xiangguo aún era un infante. Su madre acudió en persona ante la familia Zhang para suplicar un palmo de tierra donde sepultar a su difunto esposo. Zhang le preguntó por su apellido y linaje, sintiendo un profundo asombro. Fue a inspeccionar el lugar del ahogamiento y descubrió que coincidía exactamente con el sitio donde debía colocarse el ataúd, lo cual le turbó aún más; así pues, permitió que lo enterraran en la antigua cripta y ordenó que le trajeran a su pequeño hijo. Una vez concluido el sepelio, la madre y el niño acudieron a la residencia de los Zhang a expresar su agradecimiento. Tan pronto como Zhang lo vio, sintió una gran simpatía por él; de inmediato lo acogió en su hogar, lo puso a estudiar y lo trató como a uno de sus propios vástagos. Asimismo, le pidió la mano de su hija mayor para el muchacho, a lo que la madre, azorada, no se atrevió a acceder. La esposa de Zhang terminó por aprobar el enlace. Sin embargo, la joven despreciaba profundamente a la familia Mao, y sus sentimientos de resentimiento y desdén se manifestaban a menudo en sus palabras y en su semblante. Incluso llegó a decir: «¡Antes prefiero morir que obedecer a un pastor de bueyes!». Cuando llegó el día de la boda, el novio entró al banquete y el palanquín nupcial aguardaba en la puerta, la joven se cubría el rostro con la manga y lloraba acurrucada en un rincón. Si intentaban apresurarla para que se arreglara, no lo hacía; si intentaban consolarla, no atendía a razones. Al poco rato, el novio anunció su partida y la música de tambores y flautas resonó con fuerza; aun así, los ojos de la novia derramaban lluvia y sus cabellos volaban desordenados como hierba reseca. El padre entró a persuadirla, pero ella hizo oídos sordos; irritado, la presionó con severidad, lo que hizo que sus llantos fueran aún más agudos, dejando al padre sin más recursos. Los criados anunciaron que el novio estaba a punto de partir, por lo que el padre salió a toda prisa y dijo: «El tocado y los vestidos aún no están listos; ruego al joven caballero que aguarde un momento». Luego volvió a correr para ver a su hija. Fue y vino en repetidas ocasiones, pero la joven mostraba una absoluta falta de intención de ceder. Su padre, acorralado al borde de la desesperación, se hallaba en un estado de frenesí y sin saber qué hacer. La hija menor, que se encontraba a su lado, comenzó a reprender a su hermana y la instó con insistencia a ceder. Irritada, la hermana mayor replicó: «¡Niñata insolente, que te pones a parlotear imitando a los demás! ¿Por qué no te vas tú con él?». La hermana menor respondió: «Mi honorable padre nunca le encomendó una hija al joven Mao; si le hubiera encomendado una hija al joven Mao, ¿qué necesidad habría tenido de que la hermana mayor urgiera la partida?». Al escuchar estas palabras tan firmes y generosas, el padre conversó en secreto con su esposa y decidieron sustituir a la mayor por la menor. La madre se dirigió de inmediato a la segunda hija y le dijo: «Esta impía desobediente no cumple con los mandatos de sus padres; ahora deseamos que tú reemplaces a tu hermana, ¿estarías dispuesta a marcharte?». Con gran resolución, la joven respondió: «Los mandatos de los padres son tales que ni un mendigo se atrevería a rechazarlos; además, ¿por qué suponer que al ir al encuentro del joven Mao una ha de morir de hambre y frío el resto de su vida?». Los padres, rebosantes de alegría, vistieron a la menor con las prendas de la hermana mayor y, de manera apresurada, la subieron al carruaje para que partiera de inmediato. Al cruzar el umbral, los esposos se mostraron tan unidos como laúd y cítara. No obstante, como la joven padecía desde joven de una afección que le dejaba el cabello rojizo y escaso, el joven Mao le prestó cierta atención. Al enterarse de la verdad sobre el matrimonio de reemplazo, supo valorar aún más las nobles virtudes de su esposa.   Transcurrido poco tiempo, el joven Mao aprobó los exámenes de discípulo imperial y partió para presentarse a los exámenes provinciales. Al pasar por la posada de la familia Wang, el dueño había soñado la noche anterior con una divinidad que le decía: «Pronto llegará el licenciado Mao, quien además te librará de una calamidad; trátale con toda esmero». Por tal motivo, al levantarse al alba, se mantuvo atento a la espera del viajero procedente del este; al ver llegar al erudito, se alegró enormemente. Le brindó una hospitalidad de lo más generosa y se negó a cobrarle el hospedaje. Cuando el erudito le preguntó el motivo, el posadero le reveló el vaticinio del sueño. El propio Mao era hombre de alta vanidad; en privado, reflexionaba sobre el cabello ralo de su esposa y temía convertirse en el hazmerreír de los hombres distinguidos, albergando la intención de repudiarla una vez alcanzada la riqueza y los honores. Sin embargo, al presentarse a los exámenes, resultó reprobado. Abrumado por la desgracia y falto de espíritu, sintió una vergüenza tal ante el dueño que no se atrevió a regresar por la posada de los Wang y tomó un camino de rodeo para volver a su hogar.   Tres años más tarde, al volver a emprender el viaje para presentarse a los exámenes, el dueño de la posada lo recibió y atendió con la misma diligencia de antes. El erudito le dijo: «Tus palabras no se cumplieron, por lo que me siento sumamente avergonzado de haber aceptado tus atenciones». El posadero respondió: «El erudito albergaba en su fuero interno la intención de repudiar a su esposa, por lo cual los funcionarios del inframundo lo reprobaron; ¿acaso iba a ser falso mi sueño?». Atónito, el erudito le preguntó la razón. El posadero replicó: «Tras su partida, volví a soñar que la divinidad me lo revelaba, y por eso lo sé». Al oír esto, el erudito sintió un profundo estremecimiento de arrepentimiento y temor, y quedó plantado como una estatua de madera. El posadero añadió: «El erudito debe estimarse a sí mismo; sin duda alguna, terminará encabezando la lista de licenciados». Al presentarse a los exámenes, tal como se predijo, obtuvo el primer puesto en las listas provinciales. Entre tanto, el cabello de su esposa también había crecido, adquiriendo el tono verde de las nubes y los rizos, lo que acrecentaba doblemente su belleza y encanto.   La hermana mayor se había casado con un hombre rico de la comarca, de arrogantes aires y altiva presunción. Su esposo resultó ser un holgazán indolente, por lo que la fortuna familiar decayó gradualmente hasta quedar en la extrema pobreza, al punto de no encender fuego para cocinar. Al enterarse de que su hermana se había convertido en la esposa de un letrado distinguido, su vergüenza y remordimiento se redoblaron, por lo que cada vez que se cruzaban, las hermanas se apartaban para no verse. Poco después, su esposo falleció y la familia quedó completamente arruinada. Cuando el honorable Mao obtuvo el título de doctor imperial, al enterarse de la noticia, la mujer experimentó un odio tan profundo hacia sí misma que, presa de la amargura, decidió abandonar la vida laica y se hizo monja budista. Años más tarde, cuando el ministro Mao regresó a su tierra natal convertido en primer ministro, envió a una monja mendicante a la residencia oficial con el encargo de indagar y saludar, albergando la esperanza de recibir alguna dádiva. A su llegada, la señora de la casa le obsequió varios rollos de brocado y seda, ocultando piezas de oro en su interior. La monja se los llevó a su maestra, pero esta, viendo frustradas sus expectativas, exclamó con enojo: «¡Con dinero en efectivo aún podría cubrir los gastos de leña y arroz, mas para qué me sirven estas cosas!». Y ordenó de inmediato que se las devolvieran. El ministro y su esposa, extrañados, abrieron el paquete y comprobaron que el oro seguía intacto, comprendiendo entonces el motivo del rechazo. El ministro rió y dijo: «Si tu maestra es incapaz de administrar ni siquiera cien piezas de oro, ¡cómo va a tener la fortuna de envejecer bajo la protección de este viejo ministro!». Dicho esto, le entregó cincuenta piezas de oro a la monja para que se marchara, y le añadió esta recomendación: «Lleva esto para cubrir los gastos de tu maestra. Solo temo que, al ser su destino tan exiguo, le cueste soportar tanta prosperidad». Cuando la monja regresó y le dio el mensaje a su maestra, esta se quedó callada y suspiró para sus adentros, pensando con amargura que todo lo obrado a lo largo de su vida había sido un perpetuo desatino, que las elecciones entre la virtud y la bajeza se habían torcido, ¿y acaso aquello dependía de la voluntad humana? Tiempo después, cuando el dueño de la posada de los Wang se vio envuelto en un proceso judicial por un asunto de homicidio y fue encarcelado, el ministro intervino en su favor para eximirlo de su culpa. El Historiador de lo Extraño dice: «La antigua tumba de la familia Zhang y la hermosa morada eterna del clan Mao ya son por sí mismas extrañas. He oído a la gente contemporánea burlarse diciendo: “El cuñado mayor se convierte en el cuñado menor, el anterior primer laureado es el presente primer laureado”. ¿Acaso es esto algo que los astutos y agudos puedan calcular? ¡Ay! Aquel Cielo cerúleo ha estado sumido en un profundo sopor desde hace tanto, ¿cómo es que ante el honorable Mao su respuesta ha sido tan inmediata como el eco al sonido?» Continuación del Sueño de la Mijo Un cierto licenciado Zeng, oriundo de Fujian, al aprobar los exámenes imperiales en la capital, salió a pasear a las afueras de la ciudad en compañía de dos o tres colegas de su misma promoción. Al enterarse de que un astrólogo se hospedaba en el monasterio budista de Bilu, se encaminaron hacia allí para consultarle el porvenir. Entraron, hicieron una reverencia y tomaron asiento. Al ver su aire exultante y fanfarrón, el adivino comenzó a adularlo con astucia. Zeng, abanicándose con una sonrisa, le preguntó de inmediato: —¿Tengo acaso el destino de vestir túnicas de pitón y fajas de jade? El adivino respondió: —Será usted el pacífico primer ministro durante veinte años. Zeng se alegró sobremanera y su arrogancia creció aún más. En ese momento comenzó una llovizna, por lo que él y sus compañeros buscaron refugio de la lluvia en los dormitorios monásticos. En la estancia había un viejo monje de ojos hundidos y nariz prominente, sentado sobre un cojín denea, quien, mustio y desaliñado, no les prestó la cortesía debida. Los visitantes apenas alzaron las manos en saludo, subieron al estrado y se pusieron a charlar entre ellos, mientras el grupo felicitaba a Zeng por su futura posición de primer ministro. Zeng, con el ánimo sumamente elevado, señaló a uno de sus compañeros y dijo: —Cuando yo sea primer ministro, promoveré al estimado colega Zhang como gobernador de Jiangnan, a mi primo carnal como comandante regional y a mi viejo criado le daré un modesto cargo militar de mil hombres; con eso bastará para cumplir mis deseos. Toda la concurrencia estalló en risas. Al poco rato, escucharon que la lluvia afuera arreciaba con más fuerza, y Zeng, cansado, se recostó a descansar sobre el estrado. De repente, vio a dos enviados imperiales que portaban un edicto manuscrito del Hijo del Cielo, convocando al Gran Tutor Zeng para decidir los asuntos de estado. Envanecido por el favor y la gloria imperial, ¿cómo iba a saber él si aquello era real o no?, por lo que marchó a toda prisa hacia la corte. El Emperador adelantó su asiento, le profirió palabras afectuosas durante un buen rato y le ordenó que evaluara los ascensos y destituciones de los funcionarios de tercer rango en adelante sin necesidad de informarle previamente mediante memorial. De inmediato le concedió un juego de túnicas de pitón, un cinturón de jade y dos corceles imperiales. Zeng se vistió con ellos, se postró realizando el kowtow y se retiró. Al llegar a su hogar, vio que ya no era la residencia donde solía vivir; las vigas estaban pintadas y los aleros tallados, con un lujo y esplendor sin límites, sin que él mismo comprendiera cómo había llegado tan de repente a semejante lugar. Sin embargo, con solo acariciarse la barba y emitir una llamada leve, las respuestas resonaban como truenos. Al poco tiempo, los altos ministros le enviaban manjares del mar, y una interminable fila de personas encorvadas y rebosantes de sumisión desfilaba por su puerta. Cuando los seis ministros supremos llegaban, salía a recibirlos a toda prisa con los zapatos al revés; a los viceministros los saludaba con una venia y conversaba con ellos; a los que estaban por debajo de estos, apenas los saludaba con un leve movimiento de cabeza. El gobernador de Shanxi le obsequió diez bailarinas, todas ellas mujeres hermosas, siendo las más destacadas Niaoniao y Xianxian, a quienes prodigó un favor muy especial. Desatado el moño y disfrutando de sus días de descanso, se dedicaba a diario a la música y al canto. Un día, recordando que en sus tiempos de penuria el erudito Wang Ziliang, de la nobleza local, lo había auxiliado, pensó: «Ahora que me encuentro en la cima de las nubes, él sigue rezagado en la carrera oficial, ¿cómo no voy a tenderle una mano?». A la mañana siguiente presentó un memorial recomendándolo como censor imperial, y de inmediato recibió un decreto imperial ordenando su ascenso fulminante. Pensando también que el censor Guo lo había mirado alguna vez con desprecio, transmitió sus intenciones al consejero imperial Lü y al censor Chen Chang; al día siguiente, los memoriales de acusación llovieron por doquier y recibió un decreto imperial por el cual Guo fue despojado de su cargo y expulsado. Sus gratitudes y resentimientos quedaron saldados con absoluta claridad, colmando plenamente sus deseos. Cierta vez que salió de paseo por los suburbios, un borracho se atrevió a interponerse en el camino de su cortejo, por lo que ordenó de inmediato a sus hombres que lo ataran y lo entregaran al prefecto de la capital, muriendo el infeliz bajo los bastonazos allí mismo. Aquellos cuyas propiedades colindaban con las suyas competían por ofrecerle sus tierras fértiles aterrorizados por su poder, de modo que a partir de entonces su riqueza llegó a rivalizar con la del propio Estado. Al poco tiempo, Niaoniao y Xianxian fallecieron una tras otra; mientras las recordaba con añoranza día y noche, de repente se acordó de que antaño había visto a la hija del vecino del este, una joven de belleza sin igual, y siempre había deseado adquirirla como concubina, pero la estrechez de sus recursos había frustrado su antiguo anhelo; hoy, por fortuna, podía satisfacer sus deseos. Hizo entonces que varios criados de confianza llevaran a la fuerza el dinero a la casa de la muchacha. Al poco rato, una litera de mimbre la trajo hasta allí, y al verla, era aún más deslumbrante de lo que recordaba haber visto en el pasado. Al contemplar su propia vida, todos sus deseos estaban colmados. Pasado otro año, los oficiales de la corte cuchicheaban en secreto, pareciendo albergar descontento en su interior. Sin embargo, al adivinar sus intenciones, Zeng, que cada uno criaba caballos de parada, poseía además una altiva elegancia y un espíritu exultante, sin tomar nada de esto a pecho. Hubo un académico de la Torre Longtu, Bao Zheng, que presentó un memorial a la corte, cuyos puntos principales decían: «Hago esta humilde representación: este Zeng, en su origen, era un holgazán aficionado al juego y un granuja de mercado. Por la coincidencia de una sola palabra, disfrutó inmerecidamente del favor imperial; vistiendo las túnicas púrpuras de su padre y las rojas de su hijo, su gracia y favor alcanzaron la cúspide. Lejos de pensar en entregar su cuerpo y fracturarse la coronilla para retribuir una diezmilésima parte, se entregó por el contrario a los caprichos de su pecho, ejerciendo el poder y la arbitrariedad por autoridad propia. ¡Sus crímenes dignos de muerte son tantos que los cabellos arrancados no bastarían para contarlos! Los honores y cargos de la corte imperial, los trataba como mercancías raras, midiendo la fertilidad o esterilidad de los puestos vacantes para fijar su precio en alto o bajo. En consecuencia, los altos ministros, generales y soldados acudían en desbandada a su puerta, calculando y tejiendo intrigas cual si fueran mercaderes ambulantes, suspirando al alentar el polvo, en número incontable. Si había algún héroe destacado o ministro virtuoso que no quisiera doblegarse ni adularle, si su ofensa era leve, era relegado a un puesto ocioso; si era grave, era despojado de su condición de ciudadano común. Aún más, bastaba con no desabrocharse una manga para que se tolerara la perfidia de un ciervo tomado por caballo; si una sola palabra contrvenía sus deseos, se le enviaba lejos, al destierro en las tierras de chacales y lobos. Los oficiales de la corte sentían el corazón helado por ello, y la corte imperial quedaba consecuentemente aislada. Además, permitía que sus lacayos devoraran sin cortapisas las tierras fértiles de la gente común; las hijas de familias de bien eran obligadas a entregar sus ajuares matrimoniales. ¡La atmósfera mefítica y los vapores de la injusticia ensombrecían el cielo de modo que parecía no haber sol! Tan pronto como un sirviente llegaba, los prefectos y magistrados obedecían sumisos sus gestos; apenas se enviaba una carta, los tribunales y oficinas violaban la ley. Si se trataba de un criado o de un pariente lejano, al salir utilizaba los relevos de postas, moviéndose raudo como el viento y tronador como el rayo. Si los suministros locales se demoraban un poco, los latigazos sobre la marcha llegaban de inmediato. Torturaban al pueblo y esclavizaban a los funcionarios; allí donde se posaba su séquito, no quedaba hierba verde en los campos. Y, sin embargo, Zeng ardía en arrogancia y orgullo, aferrándose a su favor sin remordimiento alguno. Al convocar a los oficiales, respondía presuntuoso ante las puertas del palacio; las calumnias eran presentadas sin cesar ante el soberano. Apenas se retiraba de sus asuntos públicos con falsa flexibilidad, ya resonaban los cantos y la música en su jardín posterior. Entregado al desenfreno de la sensualidad, los perros y los caballos, día y noche se revolcaba en la depravación; de los planes del Estado y el bienestar del pueblo, no guardaba la menor consideración en sus pensamientos. ¿Acaso ha existido jamás semejante canciller bajo el cielo? Dentro y fuera de la corte corrían rumores alarmantes, y el ánimo popular hervía en agitación. Si no se le aplicaba sin demora el castigo del hacha y la guillotina, su poder conduciría inevitablemente a engendrar la calamidad de Cao Cao y Wang Mang. Este servidor, Bao Zheng, vive aterrorizado noche y día, sin atreverse a hallar sosiego, y arriesga su vida para enumerar sus cargos, elevándolos respetuosamente a los oídos imperiales. Ruego encarecidamente que se corte la cabeza de este taimado cortesano y se confisquen las riquezas de sus rapiñas, aplacando arriba la ira celestial y satisfaciendo abajo la opinión pública. Si las palabras de este humilde servidor resultaren falsas y erróneas, que las cuchillas, sierras, calderos y tricornios caigan sobre este mismo cuerpo». Y así sucesivamente. Una vez presentado el memorial, al enterarse, Zeng sintió que su alma y su espíritu se aterrorizaban y estremecían como si hubiera tragado agua helada. Por fortuna, Su Majestad, con magnánima indulgencia, lo retuvo en palacio sin promulgarlo. A continuación, sin embargo, los censores imperiales, los secretarios y los nueve ministros presentaron artículos en su contra pidiendo su destitución; e incluso aquellos que antaño habían acudido a su puerta a prosternarse y le llamaban padre adoptivo, le daban ahora la espalda con descaro. Se emitió un edicto imperial para confiscar sus bienes y enviarlo a cumplir servicio militar en Yunnan. Su hijo, nombrado prefecto de Pingyang, ya tenía oficiales despachados en camino para ser interrogado. Zeng acababa de oír el edicto con asombro y terror cuando, de inmediato, decenas de guerreros armados con espadas y lanzas irrumpieron directamente en sus aposentos interiores, lo despojaron de sus ropas y tocados, y lo ataron junto a su esposa. Al poco vieron a varios hombres acarreando bienes hacia el patio: oro, plata y papel moneda por valor de varios millones, cientos de recipientes de perlas, jadeíta y ágata, varios miles de piezas entre cortinajes, colgaduras, esteras y lechos, hasta llegar a los pañales de los niños y los zapatitos de las niñas, que caían abandonados en los escalones del patio. Zeng los miraba uno por uno, sintiendo el corazón agrio y los ojos picados. Poco después, un hombre sacó a rastras a una concubina favorita que llevaba el cabello despeinado y sollozaba con encanto, con el rostro de jade desprovisto de dominio propio. Un fuego de dolor le abrasaba el corazón, pero, consumido por la indignación, no se atrevía a pronunciar palabra. Al poco tiempo, los pabellones, torres y almacenes ya habían sido sellados con marcas oficiales, y se le ordenó a gritos a Zeng que saliera. Los guardianes lo arrastraron tirando de él hacia afuera; el marido y la mujer tragaron sus lamentos y se pusieron en camino. Solicitar un carro inferior de pésima calidad para que sirviera ligeramente de montura era algo imposible de conseguir. A unas diez lis de distancia, la esposa, de pasos débiles, estuvo a punto de tropezar y caer, momento en que Zeng la sostenía y guiaba con una mano. Diez lis más adelante, él mismo se encontraba agotado y rendido. De pronto vieron una montaña elevada que se alzaba directa hacia las nubes celestes; temiendo no ser capaces de escalarla y rebasarla, se tomaron de las manos y lloraron el uno frente al otro. Pero los guardianes los miraban con ojos feroces y amenazantes, sin permitirles detenerse ni un instante. Al mirar de nuevo, el sol oblicuo ya había descendido y, puesto que aún podían encontrar un lugar donde pasar la noche, no tuvieron más remedio que avanzar con pasos desiguales y tambaleantes. Al llegar a la mitad de la ladera, las fuerzas de la esposa se habían agotado por completo, por lo que se sentó a llorar al borde del camino. Zeng también detuvo su marcha para descansar, a pesar de los gritos e insultos de los guardianes. De repente escucharon un estrépito simultáneo de un centenar de voces: una banda de bandidos, cada uno empuñando afiladas armas, saltó con ímpetu hacia el frente. Los guardianes, presas de un gran pánico, huyeron despavoridos. Zeng se arrodilló profundamente y suplicó diciendo: «Este exiliado solitario no lleva en su fardo objeto alguno de valor», rogando con lamentos que le perdonaran la vida. Los bandidos, con los ojos desorbitados por la furia, declararon a grandes voces: «¡Nosotros somos todos inocentes agraviados por tus fechorías; solo exigimos la cabeza de este traidor y ladrón, nada más reclamamos!». Zeng, airado, les reprendió a gritos: «¡Aunque ahora cargue con una falta, soy un oficial nombrado por la corte! ¡Cómo os atrevéis vosotros, los hijos de bandidos, a actuar así!». Los forajidos, encolerizados a su vez, blandieron una enorme hacha contra el cuello de Zeng. Este sintió cómo su cabeza caía al suelo, emitiendo un sonido seco. El alma, sumida en el pánico y la duda, fue interceptada de inmediato por dos fantasmas que le ataron las manos a la espalda y la obligaron a marchar. Tras caminar durante el espacio de unas cuantas marcas de tiempo, entraron en una gran metrópolis. Al poco rato, divisaron un palacio. Sobre la plataforma, un rey de aspecto grotesco se apoyaba en una mesita para juzgar los méritos y las faltas. Zeng se postró en el suelo para suplicar clemencia. El monarca revisó los registros y, tras apenas unas líneas, montó en furia colérica: —¡Este es culpable de engañar al monarca y arruinar el estado! ¡Debe ser arrojado al caldero de aceite! Millares de fantasmas secundaron el grito a coro, con un trueno por estrépito. Al instante, un demonio gigantesco arrastró a Zeng hasta los escalones de jade. Vio que el caldero medía unas siete cuartas de altura; a su alrededor ardían carbones encendidos y las patas del recipiente estaban al rojo vivo. Zeng, temblando de pies a cabeza, sollozaba con lamentos, sin hallar un lugar donde ocultarse. Un fantasma lo agarró del cabello con la mano izquierda y de los tobillos con la derecha, y lo arrojó dentro del caldero. Sintió su solitario cuerpo sumergirse y flotar al ritmo de las olas de aceite; la piel y la carne se le achicharraban y el dolor le traspasaba el corazón. Al entrar el aceite hirviendo en su boca, sus entrañas y pulmones se freían. Deseaba la muerte inmediata por todos los medios posibles, pero conseguirla era tarea imposible. Al cabo del tiempo que toma una comida, el fantasma sacó a Zeng con un tenedor gigante y lo hizo postrarse de nuevo ante la sala. El rey volvió a hojear los registros y exclamó con ira: —¡Abusando de su poder para tiranizar al prójimo, merece el suplicio en el Infierno del Monte de Cuchillas! El fantasma se lo llevó a rastras otra vez. Vio una montaña no muy ancha, pero empinada y de acantilados verticales, donde afiladas hojas cruzaban en desorden como brotes densos de bambú. Varios hombres ya se encontraban ensartados por las entrañas y apuñalados en el vientre sobre ellas, y sus gritos de lamento eran de una crueldad insoportable a la vista y al oído. El fantasma instó a Zeng a subir, pero este retrocedió dando gritos de terror. El fantasma le perforó el cráneo con un punzón venenoso, y Zeng, agobiado por el dolor, suplicó compasión. Enfurecido, el demonio lo levantó y lo arrojó con fuerza al vacío. Sintió su cuerpo en las altas nubes y, tras una caída vertiginosa, las hojas le atravesaron el pecho con un dolor indescriptible. Al cabo de un rato, su cuerpo se volvió pesado y fláccido; las heridas de las cuchillas se ensancharon gradualmente hasta que de repente se desprendió, con las extremidades encogidas como orugas. El fantasma lo devolvió ante el rey. El monarca ordenó que lo llevaran a Ganzhou para renacer como mujer. Tras andar unos pasos, vio sobre un armazón una viga de hierro de varias brazas de grosor, de la cual pendía una rueda de fuego de innumerables *yujanas* de tamaño, que exhalaba llamas de cinco colores y cuya luz resplandecía en el cielo nublado. El demonio lo fustigó para que subiera a la rueda. Apenas cerró los ojos y dio el salto, la rueda comenzó a girar bajo sus pies con una sensación de caída y un frío helado que le recorría todo el cuerpo. Al abrir los ojos y mirarse a sí mismo, descubrió que se había convertido en un bebé, y para colmo, de género femenino. Al mirar a sus padres, vio harapos y jirones colgantes; dentro de una choza de barro, aún permanecían la calabaza y el bastón de mendigo. Comprendió en su interior que era la hija de un pordiosero; cada día seguía al mendigo pidiendo limosna con su cuenco, con el vientre vacío sin lograr saciarse jamás. Vestía ropas rotas y el viento le calaba hasta los huesos. A los catorce años, fue vendida al erudito Gu para servir como concubina secundaria, logrando apenas la comida y el vestido justos para subsistir. Sin embargo, la esposa principal era extremadamente violenta; la castigaba a diario con látigos y varas, y a menudo le grababa el pecho y los senos con hierros al rojo vivo. Por fortuna, el señor la compadecía y amaba considerablemente, lo que le brindaba un leve consuelo. Un joven perverso de la vecindad saltó de repente la pared para acosarla y exigirle intimidad. Ella pensó entonces: «Los malos pecados de mi vida pasada ya fueron castigados por los fantasmas, ¿cómo podría permitir semejante cosa ahora?». Entonces lanzó un grito estridente. El señor y la esposa principal se levantaron de golpe y el joven huyó a toda prisa. Un día, el erudito se quedó a dormir en su habitación y, mientras charlaban sobre la almohada, ella comenzó a desahogar sus injusticias y sufrimientos. De pronto, se oyó un estruendo terrible, la puerta de la habitación se abrió de par en par y dos bandidos armados con cuchillos entraron, decapitando de inmediato al erudito y llevándose todas las ropas y objetos de valor en un saco. Ella se encogió bajo las colas sin atreverse a emitir sonido alguno. Cuando los bandidos se marcharon, corrió a gritos hacia la habitación de la esposa principal. Esta, presa del gran pánico, lloró junto a ella mientras examinaban el cuerpo. En consecuencia, sospecharon que la concubina había asesinado a su esposo en complicidad con su amante, y presentaron una demanda ante el magistrado. El magistrado la interrogó con severidad y, mediante crueles torturas, la obligó a una falsa confesión. La ley dictaminó la muerte por el suplicio de los mil cortes, y fue encadenada rumbo al lugar de ejecución. Una ira injusta le apretaba y ahogaba el pecho; saltaba y pataleaba clamando su inocencia, sintiendo que ni las Diez Cañadas y los Die十八 Infiernos poseían una oscuridad semejante. En plena lamentación, escuchó que un caminante le gritaba: —¿Acaso tienes una pesadilla? Despertó de golpe y vio al viejo monje todavía sentado en postura de loto. Sus compañeros se decían unos a otros: —El día declina y el estómago está vacío, ¿cómo pudiste dormir tan profundamente? Zeng se levantó con expresión sombría. El monje sonrió levemente y dijo: —¿Se ha cumplido la adivinación sobre el puesto de primer ministro? Zeng, aún más asombrado, hizo una reverencia y pidió instrucción. El monje respondió: —Cultivar la virtud y practicar la benevolencia hace que en el foso de fuego brote un loto verde. ¿Qué puede saber un monje de las montañas? Zeng, que había llegado lleno de arrogancia, regresó con el ánimo por los suelos. Sus aspiraciones de alcanzar las altas esferas se desvanecieron a partir de entonces. Más tarde se adentró en las montañas y se desconoce su paradero final. El Historiador de lo Extraño comenta: «Los sueños son sin duda ilusiones, y los pensamientos tampoco son reales. Aquello se forjó con la vacuidad; el espíritu respondió con la fantasía. Cuando el arroz amarillo esté a punto de cocerse, este sueño será inevitable; debe adjuntarse tras el relato de Handan». *** #### El dragón toma agua Xu Dongchi navegaba de noche por el sur y ancló su bote en la orilla del río cuando vio a un dragón cerúleo descender de los cielos. Con su cola barrió las aguas del río, haciendo que las olas se elevaran y trepasen siguiendo el cuerpo del dragón. A lo lejos se veía el fulgor del agua brillando, más ancha que una franja de seda de tres codos. Al poco tiempo, la cola del dragón se retiró y el agua se calmó de repente. Poco después, un aguacero torrencial se precipitó, llenando por completo las acequias y canales. *** #### El pequeño sabueso El consejero jefe del Ministerio de Shanxi, cuando era un erudito, se hospedaba temporalmente en un templo budista. Sufría por la gran cantidad de chinches, mosquitos y pulgas en la habitación, lo que le impedía conciliar el sueño por la noche. Después de comer, se recostó en la cama y de repente vio a un pequeño guerrero con plumas de faisán en el yelmo, de una altura de unas dos pulgadas, montado en un caballo del tamaño de una cera, con brazaletes azules en los brazos y un halcón del tamaño de una mosca. Entró desde el exterior, dando vueltas por la habitación con gran velocidad. Mientras el señor estaba sumido en la duda y la perplejidad, entró de repente otra persona, con atuendo similar, con un pequeño arco y flechas en la cintura, y tirando de un perro de caza del tamaño de una hormiga gigante. Al poco rato, gentes a pie y a caballo llegaron en tropel por cientos, y los halcones y perros también sumaban varios cientos. Al ver que volaban mosquitos y moscas, soltaron a los halcones para que se lanzaran al ataque y los destrozaran por completo. Los perros de caza subieron a la cama y treparon por las paredes, buscando y devorando piojos y pulgas; cualquier rendija donde se ocultaran, al ser olfateada, ninguno quedaba sin salir, y en un breve instante, fueron aniquilados por completo. El señor fingió dormir y los miró de reojo, mientras los halcones se posaban y los perros corrían sobre su cuerpo. Poco después, un hombre vestido de amarillo, con una corona de llanuras celestiales como la de un rey, subió a otra cama y ató a cuatro corceles entre listones de junco. Los jinetes que lo acompañaban desmontaron todos y le ofrecieron aves y presas de caza, amontonándose a su alrededor en gran número, sin saber qué clase de lengua hablaban. Al poco, el rey subió a un pequeño carruaje de mano; los guardias, presurosos, aparejaron sus caballos, y diez mil cascos batieron en estampida, dispersándose como semillas arrojadas, mientras el humo y la niebla se elevaban y en un instante se disiparon por completo. El señor lo presenció todo claramente ante sus ojos, atónito e incapaz de comprender la causa. Asomándose al exterior con los zapatos puestos, no había rastro ni sonido alguno; al volverse y mirar a su alrededor, no vio absolutamente nada, tan solo un pequeño perro de caza abandonado en el ladrillo de la pared. El señor lo agarró apresuradamente y resultó ser manso. Lo colocó en su estuche de tintero y lo contempló una y otra vez. Su pelaje era sumamente fino y denso, y llevaba un pequeño anillo en el cuello. Lo alimentaba con granos de arroz, pero tan pronto como los olía, se alejaba. Saltaba a la cama y los listones, buscaba entre las costuras de la ropa y mordía hasta matar a piojos y liendres. Luego volvía y se acurrucaba a descansar. Pasada la noche, el señor dudó si se habría ido, pero al mirarlo, seguía acurrucado e inmóvil como antes. Cuando el señor se acostaba, el perro subía a la cama, y al encontrar insectos los devoraba y mataba; ningún mosquito o mosca seatrevía a posarse. El señor lo valoraba más que a un tesoro preciado. Un día, acostado de día, el perro yacía sigilosamente a su lado. El señor se despertó, dio la vuelta y lo aplastó bajo su cintura. El señor sintió algo, sospechando firmemente que era el perro, y al levantarse a mirar apresuradamente, ya estaba aplastado y muerto, como si estuviera recortado en papel. Sin embargo, a partir de entonces, no quedó ni un solo superviviente entre los insectos de la pared. El fantasma del ajedrez El general Liang, comandante inspector de Yangzhou, tras despojarse de sus cargos y retirarse a su región natal, llevaba consigo a diario el tablero de ajedrez y el vino, paseando por los bosques y colinas. Coincidiendo con el festival del doble nueve, al subir a las alturas para jugar con un invitado, de repente llegó un hombre que rondaba indeciso junto al tablero, contemplándolo con fascinación y sin querer marcharse. Al mirarlo, su rostro y aspecto eran fríos y demacrados, con ropas hechas jirones y atadas con nudos, pero su actitud y modales eran apacibles y poseían el aire de un letrado. El general lo trató con cortesía y él tomó asiento, mostrándose además sumamente humilde y deferente. Señalando el tablero de ajedrez, el general le dijo: «Caballero, usted seguramente debe ser experto en esto; ¿por qué no juega una partida contra el invitado?». El hombre se excusó modestamente durante un buen rato hasta que finalmente se acercó al tablero. Al terminar la partida, resultó derrotado, y su expresión de abatimiento y arrepentimiento era como si no pudiera contenerse. Volvió a jugar y volvió a perder, sintiendo aún mayor enojo y vergüenza. Le ofrecieron vino, pero no bebió; solo insistía en retar al invitado. Desde la mañana hasta la caída del sol, no tuvo tiempo ni para orinar ni defecar. Justo cuando competían por una posición con una pieza y discutían a gritos el uno con el otro, de repente el letrado se levantó de la mesa, estremecido, con el semblante sombrío y abatido. Al poco rato, dobló las rodillas ante el asiento del general, golpeó el suelo con la frente y suplicó clemencia. El general, alarmado y desconcertado, se levantó para sostenerlo y dijo: «Es solo un juego, ¿a tanto llega la cosa?». El encargo del letrado fue: «Le suplico que le ordene a su caballerizo que no me atate el cuello». El general se extrañó aún más y preguntó: «¿Quién es el caballerizo?». Y respondió: «Ma Cheng». Antes de esto, entre los sirvientes del general había uno llamado Ma Cheng, quien era un mensajero de los infiernos; cada diez días más o menos entraba en el inframundo y recibía despachos para cumplir órdenes de captura. Como las palabras del letrado le parecieron extrañas al general, mandó a alguien a ver a Ma Cheng, y este ya llevaba tres días tumbado rígido como un cadáver. Entonces el general reprendió a Ma Cheng para que no fuera grosero, y al instante vio que el letrado se desvanecía allí mismo sobre el suelo. El general suspiró con lamento durante un largo rato, y solo entonces comprendió que era un fantasma. Al día siguiente, Ma Cheng despertó y el general lo mandó llamar para interrogarlo. Ma Cheng dijo: «Él es de la región de Hubei y Hunan, y tenía una obsesión enfermiza por el ajedrez, hasta el punto de arruinar por completo su patrimonio. Su padre, preocupado por ello, lo encerró en su estudio. Pero él siempre salía saltando el muro, buscaba lugares apartados en secreto y se entregaba a jugar con otros aficionados. Al enterarse su padre, lo regañaba y maldecía, pero le fue totalmente imposible frenarlo, por lo que su padre murió lleno de rencor. El rey Yama, considerando que el letrado carecía de virtud, acortó su vida y lo condenó al infierno de los fantasmas hambrientos, donde ha permanecido durante siete años. Y dio la casualidad de que el Palacio del Fénix del Monte Tai se ha completado, y se han enviado despachos a todas las prefecturas convocando a los letrados para que redacten la inscripción conmemorativa. El rey lo sacó del infierno y lo hizo presentarse a la convocatoria para redimirse a sí mismo. Inesperadamente, en medio del camino se entretuvo y retrasó gravemente el plazo límite. El emperador del Monte Tai envió a un oficial directo a pedir cuentas al rey. El rey se enfureció y ordenó a los subordinados que lo persiguieran y capturaran. Como antes había recibido la orden de mi honorable amo, no me atreví a encadenarlo con grilletes». El general preguntó: «¿Cuál es su situación hoy?». Ma Cheng respondió: «Ha sido devuelto a los oficiales del infierno; ya no tendrá jamás esperanza de vida». El general suspiró diciendo: «¡Que una obsesión arruine a las personas de esta manera!». El Escribano de lo Extraordinario comenta: Al ver el ajedrez, uno olvida su propia muerte; y al llegar la muerte, al ver el ajedrez uno vuelve a olvidar la vida. ¿Acaso no hay aquello que uno desea más fervientemente que la propia vida? Sin embargo, con semejante obsesión enfermiza, aún no ha logrado una sola jugada magistral, haciendo únicamente que, bajo las nueve fuentes, exista un fantasma del ajedrez que muere eternamente sin volver a vivir. ¡Qué lamentable! El erudito Feng de Guangping era, en su juventud, imprudente y aficionado a la bebida. Al despuntar el alba, mientras caminaba por casualidad, se encontró con una joven ataviada con una capa roja, de rostro hermoso y delicado. Un pequeño sirviente la seguía, corriendo apresuradamente a través del rocío, con los zapatos y las medias empapados. En su interior, el joven quedó prendado de ella. Al atardecer, regresó ebrio. Al borde del camino había un antiguo templo budista que llevaba mucho tiempo abandonado y en ruinas. Una mujer salió del interior: ¡era la misma belleza! Al ver de repente que el erudito se acercaba, dio media vuelta y entró. Pensando en secreto: «¿Cómo es posible que una mujer tan hermosa se encuentre en un monasterio?», ató su burro a la puerta y fue a investigar aquella rareza. Al entrar, vio muros derruidos y desolados, y sobre los escalones una hierba fina como una alfombra. Mientras deambulaba dubitativo, salió un anciano de cabellos encanecidos, con ropas y gorro impecables. Le preguntó: —¿De dónde viene el huésped? Feng respondió: —Pasaba por casualidad por este antiguo templo y deseaba contemplarlo un momento. —Luego preguntó—: ¿Y cómo ha llegado el venerable a este lugar? El anciano dijo: —Este viejo, vagando sin hogar, ha tomado prestado temporalmente este sitio para instalar a su pequeña familia. Ya que habéis tenido la amabilidad de honrarnos con vuestra visita, este té de montaña puede hacer las veces de vino. Acto seguido, hizo pasar al huésped con reverencia. Feng vio que, tras el salón principal, había un patio cuyo camino de piedra resplandecía con luz propia, sin rastro de maleza. Al entrar en la habitación, cortinas, gasas yel enlosado desprendían una niebla perfumada que embriagaba. Se sentaron e intercambiaron sus nombres. El anciano dijo: —Este humilde anciano se apellida Xin. Feng, aprovechando su embriaguez, preguntó sin rodeos: —He oído que tiene una honorable hija aún sin casar. Este servidor, presuntuoso y sin medida, desea ofrecerse con un tocador de bronce. Xin sonrió y dijo: —Permítame consultarlo con la dueña de la casa. Feng inmediatamente pidió pincel y papel para componer un poema: «Con mil monedas de oro se busca el mortero de jade, con esmero y por propia mano se habrá de llevar. Si la nube y la flor tienen intenciones de afecto, que ella misma muela para mí el ungüento misterioso.» El dueño sonrió y entregó el poema a los sirvientes. Al poco rato, una criada le susurró algo al oído a Xin. Xin se levantó para rogar al huésped que tuviera la paciencia de aguardar sentado, levantó una cortina y entró. Tras pronunciar unas pocas palabras en voz baja, salió apresuradamente. Feng pensó que sin duda traía una buena noticia, pero Xin se sentó a reírse a carcajadas con él, sin volver a mencionar otro asunto. incapaz de contenerse, Feng preguntó: —No he logrado adivinar sus augustas intenciones; ruego que disipe mis dudas y ansiedades. Xin respondió: —Vusted es un caballero extraordinario, y hace tiempo que admiro su fama, pero hay asuntos íntimos que no me atrevo a expresar. Feng insistió firmemente. Xin dijo: —Tengo diecinueve hijas, de las cuales doce ya están casadas. Las decisiones sobre los matrimonios están en manos de la dueña de la casa; este viejo no interviene en ello. Feng dijo: —Este pequeño erudito solo desea obtener a la que esta mañana guiaba al pequeño sirviente a través del rocío. Xin no respondió, y ambos guardaron silencio. Al oír desde el interior de la habitación un chisporroteo de susurros dulces y delicados, Feng, dominado por el vino, levantó la cortina y dijo: —Ya que no me es posible tomarla por esposa, al menos debo contemplar su rostro para disipar este pesar. Al escuchar el sonido del pestillo al descorrerse, todas las personas del interior se detuvieron estupefactas y miraron con asombro. Ciertamente, allí estaba la mujer de rojo, sacudiendo sus mangas y alzando su moño, erguida mientras sostenía las Cintas de su vestido. Al ver que el erudito entraba, toda la habitación se llenó de pánico y desconcierto. Xin, enfurecido, ordenó a varios hombres que agarraran a Feng por la solapa y lo echaran a empujones. El vino subió con más fuerza a su cabeza y cayó despatarrado entre la maleza. Tejas y piedras caían a su alrededor como la lluvia, aunque por fortuna ninguna golpeó su cuerpo. Tras yacer allí un buen rato, oyó que su burro aún mordisqueaba la hierba al borde del camino, así que se levantó, montó en el animal y avanzó tambaleándose. El paisaje nocturno era confuso y tenebroso; entró por error en un barranco donde los lobos corrían y los búhos ululaban, erizando sus cabellos y helando su corazón. Vagó de un lado a otro mirando a su alrededor, sin saber en qué lugar se encontraba. A lo lejos, entre un bosque sombrío, vio luces que parpadeaban; sospechando que debía ser una aldea, espurró a su montura para dirigirse allí. Al levantar la vista, vio unas puertas imponentes y golpeó el portón con su fusta. Desde el interior preguntaron: —¿Quién viene a estas horas de la noche? Feng explicó que se había perdido. Alguien respondió: —Aguarde mientras informo a mi señora. Feng esperó de pie, con los talones en alto y conteniendo el aliento como una grulla. De repente, oyó el ruido de los cerrojos al abrir las puertas. Un criado vigoroso salió a tomar las riendas del burro para el huésped. Al entrar, Feng vio que las habitaciones eran sumamente lujosas y que en el vestíbulo brillaban lámparas y antorchas. Tras sentarse un momento, una mujer salió a preguntarle su apellido, el cual Feng le dio. Al cabo de un rato, varias doncellas vestidas de azul apoyaron a una anciana que salió diciendo: —Ha llegado la Señora del Condado. Feng se puso de pie e hizo una reverencia con las manos cruzadas, dispuesto a postrarse. La anciana le indicó que se sentara y le dijo: —¿No eres acaso nieto de Feng Yunzi? —Así es —respondió él. La anciana dijo: —Debes ser mi sobrino nieto. Las clepsidras y los relojes de agua de mi vida están ya agotados, y mis años postreros se acercan a su fin; sin embargo, entre parientes hemos estado tristemente distanciados. Feng dijo: —Este hijo perdió a su padre en su niñez, y de aquellos que convivieron con mi abuelo apenas conozco uno entre diez. Nunca antes he tenido la oportunidad de presentarle mis respetos, por lo que le ruego que me guíe. La anciana dijo: —Tú mismo lo sabrás con el tiempo. Feng no se atrevió a preguntar más y se quedó sentado frente a ella, sumido en cavilaciones. La anciana preguntó: —Sobrino, ¿cómo es que has venido hasta aquí a altas horas de la noche? Feng, jactándose de su osadía, relató detalladamente todo lo que le había sucedido. La anciana sonrió y dijo: —Este es un asunto excelente. Además, siendo mi sobrino un hombre de letras, en nada desmerece a la familia con la que emparentarías. ¿Cómo se atreve un zorro montés a presumir de altanería? No te preocupes, sobrino, yo haré que te la entreguen. Feng dio las gracias asintiendo repetidamente. La anciana miró a quienes la rodeaban y dijo: —No sabía que la hija de la familia Xin fuera tan hermosa. Una de las doncellas de azul dijo: —Esa familia tiene diecinueve hijas, todas ellas con un porte y un estilo extraordinarios. ¿A cuál de ellas habrá pedido en matrimonio el honorable caballero? Feng respondió: —Su edad debe rondar los quince años y algo más. La doncella de azul dijo: —Se trata de la decimocuarta señorita. En el mes de marzo, ¿acaso no vino a felicitar a la Señora del Condado por su cumpleaños? ¿Cómo lo has olvidado? La anciana sonrió y dijo: —¿No es aquella que esculpe su calzado con formas de pétalos de loto de suela alta, rellenándolos con polvos aromáticos, y camina cubierta por un velo de gasa? La doncella de azul respondió: —Esa misma es. La anciana dijo: —Esta muchacha es muy hábil en sus artimañas y sabe cómo hacer coquetería y encantos. Sin embargo, es verdaderamente esbelta y agraciada; el juicio de mi sobrino no se ha equivocado. Inmediatamente ordenó a la doncella de azul: —Ve y dile a la pequeña loba que la llame para que venga. La doncella aceptó la orden y se marchó.   Pasado un tiempo, entró a informar: «Ha llegado la decimocuarta doncella de la familia Xin, tal como se llamó». Al momento se vio a una mujer de rojo, que se inclinó a hacer reverencia ante la anciana. La anciana dijo: «En adelante serás la esposa de mi sobrino; no guardes las cortesías de una sirvienta». La mujer se levantó, con airosa y grácil postura, y las mangas rojas colgando bajas. La anciana le arregló las sienes y los cabellos, le ajustó los pendientes y dijo: «¿Cómo has estado estos días en el gabinete, decimocuarta?». La mujer respondió con voz baja: «En los ratos de ocio, tan solo bordo». Al girar la cabeza y ver al erudito, se encogió turbada y azorada. La anciana dijo: «Este es mi sobrino. Con sincera intención desea tomarte por esposa, ¿por qué habrías de extraviarte y vagar toda la noche por los arroyos y barrancos?». La mujer bajó la cabeza sin decir palabra. La anciana dijo: «No te he llamado por otro motivo, sino para hacer de casamentera para mi sobrino». La mujer se mantuvo en silencio. La anciana mandó barrer la estera y tender las colchas y cojines para celebrar de inmediato las nupcias. La mujer, ruborizada, dijo: «Aún debo comunicárselo a mis padres». La anciana dijo: «Si yo actúo como casamentera para ti, ¿qué error o falta habría?». La mujer replicó: «Ante la orden de la Señora de la Comandancia, mis padres sin duda no se atreverán a desobedecer, mas hacerlo de manera tan apresurada... ¡si esta sirvienta muriese, no se atrevería a acatar tal mandato!». La anciana rió y dijo: «¡La voluntad de esta joven no puede ser doblegada; es verdaderamente la esposa de mi sobrino!». Entonces le arrancó una flor de oro que llevaba en los cabellos y se la entregó al erudito para que la guardara. Ordenó que volviera a casa a consultar el calendario para fijar un día propicio. Luego hizo que una doncella de verde acompañara a la mujer de regreso. Al oír que ya había cantado el gallo lejano, envió a alguien con una mula para sacar al erudito. A pocos pasos, al volverse de repente para mirar atrás, la aldea ya había desaparecido; solo se veían pinos y robles de espesa negrura, y maleza que cubría las tumbas. Tras meditar un buen rato, comprendió al fin que aquel lugar era la tumba del ministro Xue.   El difunto Xue era hermano menor de la abuela paterna del erudito, por lo que solían llamarlo tío. Aunque supo en su interior que se había topado con fantasmas, tampoco sabía qué clase de persona era la decimocuarta. Regresó suspirando y consultó distraídamente el calendario a la espera del día señalado, temiendo en su corazón que la promesa de un fantasma fuera difícil de cumplir. Al volver al templo budista, halló los salones desolados; al preguntar a los lugareños, le dijeron que en el templo solían verse zorros. Pensando en su interior: «Si he de conseguir a una mujer hermosa, que sea un zorro también está bien». Llegado el día, barrió la morada y limpió los caminos, y se quedó aguardando con otro criado hasta que, a medianoche, todo seguía en silencio y el erudito ya había perdido las esperanzas. Al poco rato se oyó un gran alboroto fuera de la puerta; calzándose los zapatos a empujones salió a mirar, y vio que un carruaje con cortinajes bordados ya se había detenido en el patio, mientras dos doncellas con rodetes ayudaban a la mujer a sentarse en la tienda nupcial. El ajuar no tenía objetos superfluos; tan solo dos sirvientes de barbas largas cargaban una alcancía grande como una tinaja, la depositaron en el rincón de la sala y tomaron aliento. El erudito se alegró de haber obtenido una hermosa consorte y no sospechó en absoluto que fuera de otra especie. Preguntó a la mujer: «Siendo tú un fantasma difunto, ¿cómo es que los miembros de tu familia te obedecen con tanta docilidad?». La mujer respondió: «El ministro Xue es ahora el enviado巡环使 [inspector y guardián] de las cinco capitales; varios cientos de fantasmas y zorros fungen todos como su escolta, por lo que rara vez regresa a la tumba». Como el erudito no olvidaba a su casamentera, al día siguiente fue a ofrendar sacrificios a su tumba. Al regresar, vio a dos doncellas de verde que traían brocado de conchas marinas como presente de felicitación, las cuales dejaron sobre la mesa y se marcharon. El erudito se lo contó a la mujer, y esta dijo: «Estas son cosas de la Señora de la Comandancia».   En el distrito había un joven hijo de la familia Chu (银台 Yintai); de joven había compartido la tinta y el tintero con el erudito, y eran bastante íntimos. Al enterarse de que el erudito había conseguido una esposa zorro, le envió obsequios para felicitarlo y pronto acudió en persona a la sala para brindar por él. Pocos días después, le envió recado por escrito para invitarlo a beber. Al enterarse, la mujer le dijo al erudito: «El otro día, cuando vino el joven, lo espié por un agujero en la pared; tiene ojos de simio y nariz de halcón, no se puede convivir largamente con él. Es mejor que no vayas». El erudito se lo prometió. Al día siguiente, el joven se presentó a su puerta para reprocharle el haber quebrantado su juramento y, además, le ofreció nuevos poemas. El erudito los criticó con burlas y risas, por lo que el joven sintió una enorme vergüenza y se retiró descontento. Al volver el erudito, se lo contó riendo en su habitación, pero la mujer, con aire apesadumbrado, dijo: «¡Ese joven es un lobo rapaz, no hay que intimar con él! ¡Si no escuchas mis palabras, la desgracia te alcanzará!». El erudito rió y le dio las gracias. Más adelante, cuando volvía a encontrarse con el joven, bromeaban y reían mutuamente, y las desavenencias previas se fueron disipando poco a poco. Coincidió que se celebraban los exámenes de la superintendencia educativa, en los cuales el joven obtuvo el primer puesto y el erudito el segundo. El joven, henchido de orgullo y autocomplacencia, envió a un mandadero a invitar al erudito a beber; el erudito se negó, pero ante las insistentes invitaciones, acudió. Al llegar, supo que era el cumpleaños del joven; los invitados llenaban la sala y los banquetes dispuestos eran magníficos. El joven sacó su examen para mostrárselo al erudito, mientras parientes y amigos se apiñaban para suspirar de admiración. Tras unas cuantas rondas de vino, la música resonó en la sala; la fanfarria era tosca y vulgar, pero tanto el anfitrión como los invitados se mostraban sumamente alegres. De repente, el joven le dijo al erudito: «Un refrán dice: "En el campo de exámenes no hay primer puesto asegurado". Hoy sé que tal dicho es erróneo. La razón por la que este servidor ha tenido el honor de superarte se debe tan solo a que las frases iniciales eran un punto superiores». Cuando el joven terminó de hablar, todos los presentes lo elogiaron. El erudito, incapaz de soportarlo debido al alcohol, soltó una gran carcajada y dijo: «¡A estas alturas, joven, todavía crees que el mérito literario se reduce a eso!». Tras decir estas palabras, el rostro de los presentes enmudeció. El joven, avergonzado e infuriado, se quedó sin aliento. Los invitados se fueron marchando poco a poco y el erudito también huyó. Al despertar, se arrepintió de lo sucedido y se lo contó a la mujer. La mujer, descontenta, dijo: «¡Eres verdaderamente un petimetre pueblerino! Si aplicas una actitud frívola y despectiva con un hombre noble, pierdes tu virtud; si la aplicas con un hombre vil, te cuesta la vida. ¡La desgracia no está lejos para ti! No soporto verte arruinado y disperso, así que te ruego que aceptes mi despedida desde este momento». El erudito, atemorizado, lloró y le manifestó su arrepentimiento. La mujer dijo: «Si deseas que me quede, hagamos este pacto: desde hoy, cierra la puerta y rompe toda relación con tus amistades; no bebas sin motivo». El erudito aceptó la enseñanza con respeto. Shisi Niang era de carácter diligente, frugal y desenvuelto, dedicando sus días al hilado y el tejido. De vez en cuando regresaba a visitar a sus padres, pero jamás pernoctaba fuera. Asimismo, solía emplear oro y seda para emprender negocios; obteniendo ganancias diarias, las depositaba invariablemente en una alcancía de barro. Mantenía las puertas cerradas todo el día, y si alguien acudía de visita, instruía al viejo criado para que lo despidiera con excusas. Un día, el Joven Maestro Chu envió una carta a toda prisa; la joven la quemó sin informar a su esposo. Al día siguiente, al salir de la ciudad para presentar condolencias en un funeral, se encontró con el Joven Maestro en la casa del difunto. Este le asió el brazo y le instó amargamente a acompañarle; Feng Sheng intentó declinar alegando otros compromisos, pero el Joven Maestro ordenó a su palafrenero que tirara de las riendas y, empujándolo y arrastrándolo, lo obligó a seguirlo. Al llegar a la mansión, ordenó de inmediato que prepararan un banquete opulento. Feng Sheng volvió a excusarse, deseando retirarse temprano, pero el Joven Maestro lo retuvo sin tregua e hizo llamar a las músicas de la casa para tocar el *zheng* y amenizar la velada. Feng Sheng, hombre de naturaleza indómita, había vivido últimamente recluido en su hogar, sintiéndose bastante oprimido y melancólico; al toparse repentinamente con aquella bebida abundante, su ánimo se tornó de pronto exuberante y ya no quedó rastro de preocupación alguna. Así pues, bebió hasta la embriaguez y se desplomó sobre la estera. La esposa del Joven Maestro, la señora Ruan, era extremadamente feroz y celosa; sus criadas y concubinas no osaban usar cosméticos ni adornos. Días atrás, una doncella había entrado en el estudio privado y fue sorprendida por la señora Ruan, quien la golpeó en la cabeza con un bastón, partiéndole el cráneo y matándola al instante. El Joven Maestro, guardando rencor contra Feng Sheng por sus pasadas burlas y desaires, pensaba cada día en cómo vengarse; urdió entonces un plan para emborracharlo y luego incriminarlo. Aprovechando que Feng Sheng dormía borracho, cargaron el cadáver y lo colocaron junto a su lecho; luego cerraron la puerta y se marcharon sin más. A la quinta vigilia, disipada la resaca, Feng Sheng advirtió que estaba acostado sobre una mesa baja. Se levantó buscando su almohada y su cama, pero tropezó con algo viscoso que le obstaculizaba el paso. Lo tocó: era una persona. Supuso que el anfitrión había enviado a un sirviente para acompañarlo en el sueño. Le dio un puntapié, pero el cuerpo no se movió; lo alzó y lo halló rígido. Lleno de horror, salió gritando desaforadamente. Los sirvientes se despertaron de golpe y, al encender las luces, vieron el cadáver; sujetaron a Feng Sheng y armaron un gran alboroto. El Joven Maestro salió a inspeccionar la escena y acusó falsamente a Feng Sheng de haber forzado y asesinado a la doncella, mandando arrestarlo y enviarlo al magistrado de Guangping. Al día siguiente, Shisi Niang se enteró de lo sucedido y dijo entre lágrimas: «¡Sabía que este día llegaría!». En consecuencia, envió dinero a Feng Sheng puntualmente cada día. Cuando Feng Sheng compareció ante el prefecto, no tuvo forma de defenderse; sometido a torturas mañana y tarde, la piel y la carne se le desprendieron hasta los huesos. La joven fue personalmente a visitarlo a la prisión; al verla, una angustia abrumadora le obstruyó el corazón y no pudo pronunciar palabra. Comprendiendo ella que la trampa era demasiado profunda, le aconsejó confesar falsamente el crimen para evitar mayores suplicios bajo la ley. Feng Sheng, llorando, obedeció. Durante las idas y venidas de la joven, nadie alcanzaba a vislumbrarla ni siquiera de cerca. Al regresar a casa, llena de pesar y lamento, despachó urgentemente a su doncella. Tras vivir sola varios días, encomendó a una casamentera que comprara una muchacha de familia respetable llamada Lu'er. Esta contaba ya quince años y poseía una belleza notable; Shisi Niang compartió con ella aposento y mesa, prodigándole un cariño muy superior al dispensado a los demás subalternos. Mientras tanto, Feng Sheng fue declarado culpable de homicidio involuntario y sentenciado a la horca. El viejo criado recibió la noticia y regresó sollozando tan desconsoladamente que apenas podía articular palabra. La joven, al oírlo, permaneció serena como si nada le importara. Sin embargo, cuando se acercaba la fecha de la ejecución otoñal, comenzó a mostrar ansiedad e inquietud; partía de día y regresaba de noche, sin concederse descanso. A menudo, en la soledad, se ahogaba en tristeza y aflicción, hasta el punto de perder el sueño y el apetito. Un día, al atardecer, la doncella zorra llegó de improviso. La joven se puso en pie de un salto y la llevó aparte para hablar en secreto. Al salir, tenía el rostro radiante de alegría y atendió a los asuntos domésticos con la misma calma de siempre. Al día siguiente, el viejo criado fue a la cárcel y regresó con un mensaje de Feng Sheng, rogando a su esposa que acudiera una última vez para despedirse. El criado transmitió el recado, pero la joven respondió con indiferencia, sin mostrar pena ni dolor alguno, tratándolo todo con aparente frialdad; los miembros de la familia murmuraban en privado, criticando su crueldad. De repente, corrió por calles y caminos un rumor estruendoso: el Intendente Chu había sido destituido, y el Observador Judicial de Pingyang había recibido un edicto imperial especial para reabrir el caso de Feng Sheng. El viejo criado, al saberlo, corrió jubiloso a informar a su señora. Ella también se alegró y envió inmediatamente a alguien a la prefectura para investigar; resultó que Feng Sheng ya había sido liberado. Al reencontrarse, experimentaron una mezcla de dolor y alegría. Poco después, arrestaron al Joven Maestro Chu; tras un solo interrogatorio, se esclareció toda la verdad. Feng Sheng fue puesto en libertad al instante y regresó sano y salvo a su hogar. Al ver a su esposa, rompió a llorar; ella también vertió lágrimas de conmoción frente a él. Pasada la tristeza vino la dicha, aunque él seguía sin comprender cómo su caso había logrado llegar a oídos del Emperador. La joven señaló sonriendo a la doncella y dijo: «Ella es la heroína a quien debes tu salvación». Feng Sheng, atónito, preguntó por qué.   Primeramente, la doncella había enviado a una criada a Yandu con la intención de llegar hasta los recintos imperiales para exponer las injusticias y agravios del estudioso. Al llegar la criada, halló que el palacio estaba custodiado por deidades, por lo que vagó por los fosos imperiales sin poder ingresar durante varios meses. Temiendo haber arruinado el encargo y estando a punto de regresar para idear otro plan, oyó de repente que Su Majestad actual iba a emprender una visita imperial a Datong, por lo que se adelantó al lugar y se hizo pasar por una cortesana errante. Cuando el Emperador llegó al burdel, quedó sumamente encariñado y cautivado por ella. Sospechando que aquella criada no pertenecía al mundo del polvo y las flores, el Emperador le preguntó la razón, ante lo cual la criada rompió en llanto. El Emperador preguntó: «¿Qué agravios y sufrimientos padeces?», y la criada respondió: «Tu humilde sirvienta es oriunda de Guangping, en Zhili, y soy hija del estudioso apellidado Feng. Como mi padre ha sido condenado a muerte por una causa injusta, fui vendida a este burdel». El Emperador se mostró profundamente conmovido y le otorgó cien taeles de oro. Al partir, indagó minuciosamente sobre los pormenores, anotando su nombre con papel y pluma, y añadió que deseaba hacerla partícipe de su riqueza y honor. La criada respondió: «Con tal de lograr la reunión entre padre e hijo, no codicio riquezas espléndidas». El Emperador asintió con la cabeza y se retiró. La criada relató todo esto al estudioso. Este se levantó con premura para postrarse, con los ojos anegados en lágrimas.   No transcurrió mucho tiempo cuando la doncella le dijo de repente al estudioso: «Si no fuera por los lazos del afecto, ¿de dónde me vendrían tantas aflicciones? Cuando fuiste arrestado, vagué entre parientes y allegados sin que hubiera ni una sola persona dispuesta a planear algo por ti. En aquel entonces, la amargura de mi corazón era verdaderamente inexpresable. Hoy siento un hastío y un sufrimiento aún mayores hacia este mundo mundano. Ya te he guardado una buena compañera, así que puedes despedirte de mí desde este momento». Al oír esto, el estudioso lloró y se postró sin levantarse, por lo que la doncella se detuvo. Por la noche envió a Luer para que atendiera el lecho del estudioso, pero este lo rechazó y no la aceptó. Al amanecer, al mirar a Shisiniang, su rostro y su esplendor habían disminuido de repente; tras otro mes más, comenzó a envejecer gradualmente; y a los seis meses, lucía tan oscura y demacrada como una anciana de aldea. El estudioso la trataba con respeto y jamás cambió su actitud. De repente, la doncella volvió a hablar de despedirse, diciendo además: «Tú ya tienes una noble compañera, ¿para qué necesitas a este demonio *pindara*?». El estudioso lloró con desconsuelo tal como lo hiciera el día anterior.   Pasado otro mes, la doncella enfermó repentinamente; dejó de comer y beber, y yacía demacrada en sus habitaciones. El estudioso le preparaba caldos y medicinas como si sirviera a sus propios padres. Los rituales de los chamanes y las medicinas carecieron de eficacia, hasta que finalmente falleció. El estudioso quedó presa de una aflicción tal que deseaba morir. Con el oro que la criada le había regalado, celebró las exequias y dispuso su sepultura. A los pocos días, la criada también se marchó, por lo que el estudioso tomó a Luer por esposa. Transcurrido un año, dio a luz a un varón. Sin embargo, como las cosechas habían sido malas durante años consecutivos, la familia se empobreció aún más. Sin saber qué hacer, marido y mujer se miraban frente a sus sombras y suspiraban con prolongada angustia. De repente, recordó la alcancía en la esquina del salón principal, donde con frecuencia solía ver a Shisiniang arrojar monedas, y se preguntó si todavía seguiría allí. Al acercarse a revisarla, halló que utensilios de cocina y saleros se apiñaban casi por completo en su interior. Los fue retirando uno a uno y, al sondear el fondo con unos palillos, descubrió que era tan sólida que nada podía penetrarla. La rompió a golpes y de su interior brotaron innumerables monedas de oro. A partir de aquel momento, la familia recuperó una gran holgura económica.   Más tarde, un sirviente anciano llegó al monte Taihua y se encontró con Shisiniang, quien cabalgaba sobre un mulo azul, seguida por una criada que montaba un jaco. Le preguntó: «¿Se encuentra bien el joven maestro Feng?», y añadió: «Transmítale mis saludos a vuestro amo; yo ya tengo mi nombre inscrito en los registros de los inmortales». Tras pronunciar estas palabras, se desvaneció.   El Historiador de lo Extraño comenta: «Las palabras frívolas y licenciosas suelen provenir de la clase de los letrados, algo que los hombres de noble carácter lamentan profundamente. Este servidor ha asumido en ocasiones la mala fama de incurrir en la desaprobación general; si bien hablar de agravios puede parecer demasiado anticuado, jamás he dejado de esforzarme y disciplinarme con rigor para intentar alcanzar el bosque de los hombres nobles, sin que las doctrinas sobre la fortuna y la desgracia jueguen un papel en ello. En cuanto al caso del estudioso Feng, una sola palabra insignificante estuvo a punto de costarle la vida; de no haber sido porque en su hogar moraba un ser inmortal, ¿cómo habría podido escapar de las prisiones y renacer en el mundo actual? ¡Qué aterrador resulta!». La Secta del Loto Blanco   Cierto individuo de la Secta del Loto Blanco, oriundo de Shanxi y presumiblemente discípulo de Xu Hongru, empleaba artes heterodoxas para embaucar al pueblo, logrando que un gran número de personas cayeran en sus hechizos. Cierto día, al tener que marchar a otra parte, colocó una jofaina en el salón principal y cubrió esta con otra, encargando a sus discípulos que se sentaran a custodiarla y advirtiéndoles estrictamente que no debían levantar la tapa para mirar. Tras su marcha, los discípulos la abrieron y vieron que la jofaina contenía agua clara, sobre la cual flotaba una barquita tejida con hierba, provista de mástiles y velas en miniatura. Llenos de asombro, la tocaron con un dedo, provocando que se inclinara hacia un lado al instante; la enderezaron apresuradamente como estaba y volvieron a cubrirla. Al poco rato regresó el maestro, quien los reprendió furioso: «¿Por qué han desobedecido mi orden?». Los discípulos negaron el hecho de inmediato. El maestro replicó: «Hace un momento, la barca volcó en alta mar, ¿cómo se atreven a engañarme?».   En otra ocasión, encendió una vela gigantesca en el salón principal y les advirtió que la guardaran con celo y no permitieran que el viento la apagara. A la hora de la segunda clepsidra, el maestro aún no había regresado; los discípulos, extenuados y al borde del colapso, se acercaron a la cama para dormir un breve instante. Cuando despertaron, la vela ya se había consumido por completo, por lo que se levantaron presurosos a encenderla de nuevo. Poco después entró el maestro y volvió a reprenderlos. Los discípulos protestaron: «Nosotros ciertamente no hemos dormido, ¿cómo iba a apagarse la vela?». El maestro, indignado, replicó: «¡Hace un instante me hicieron caminar a oscuras por más de diez li, y todavía se atreven a andar con rodeos?». Los discípulos quedaron aterrorizados. Sus extrañas acciones de este tipo eran innumerables y resultaría imposible consignarlas todas por escrito.   Tiempo después, una amada concubina de este hombre se enredó con un discípulo. Al enterarse, él lo mantuvo en secreto sin decir palabra. Envió al discípulo a alimentar a los cerdos; al entrar el discípulo en el corral, se transformó instantáneamente en un cerdo en el mismo lugar. Aquel hombre llamó de inmediato a un carnicero para que lo matara y vendiera su carne, sin que nadie lo supiera. El padre del discípulo, al ver que su hijo no regresaba, fue a preguntar por él, pero el otro le excusó diciendo que hacía mucho que no se presentaba por allí. Los familiares del discípulo buscaron por todas partes, sin rastro ni noticia alguna. Había un consatuerto que vagamente conocía el asunto y se lo filtró al padre del discípulo, quien denunció el caso ante el magistrado del distrito. Temiendo que el hombre huyera, el magistrado no se atrevió a arrestarlo de inmediato, sino que solicitó formalmente a mil soldados imperiales que cercaran su mansión; su esposa y sus hijos fueron capturados. Los encerraron en jaulas de mimbre con la intención de escoltarlos hasta la capital. Al pasar por las montañas Taihang, surgió de entre los montes un gigante, tan alto como los árboles, con ojos del tamaño de vasijas, boca como una cubana y colmillos de más de un pie de largo. Los soldados se quedaron estupefactos y paralizados, sin atreverse a avanzar. Aquel hombre dijo: «Esto es un *yao*; mi esposa puede rechazarlo». Los soldados le quitaron las ataduras a la esposa, quien cargó una alabarda y marchó al frente. El gigante, enfurecido, la absorbió y se la tragó, lo que aterrorizó aún a más a la multitud. El hombre dijo: «Ya que han matado a mi esposa, debe ir mi hijo». Sacó entonces a su hijo, y el gigante se lo tragó también. Todos se miraban unos a otros sin saber qué hacer. El hombre, entre lágrimas y furia, exclamó: «¡Habiendo matado ya a mi esposa, matan también a mi hijo! ¿Cómo podría mi corazón tolerar tal agravio? ¡Si no voy yo mismo en persona, no puede ser!». Los soldados lo sacaron de la jaula, le entregaron una hoja cortante y lo despidieron. El gigante avanzó a su encuentro con aire imponente y furioso. Tras combatir durante un buen rato, el gigante lo agarró, se lo metió en la boca, estiró el cuello y lo tragó, para luego retirarse con total calma. Dos faroles   Wei Yunwang era natural de Penquan, en Yidu, descendiente de una distinguida y antigua familia que, con el tiempo, había decaído hasta el punto de no poder costearse los estudios. A los veinte y tantos años abandonó los libros y se dedicó al comercio del vino ayudando en un mesón. Una noche, mientras yacía solo en el piso superior de la taberna, escuchó de repente pasos resonantes abajo, lo que lo hizo incorporarse sobresaltado y afinar el oído. Los sonidos se acercaban gradualmente, subiendo por la escalera con un repiqueteo incesante. Al poco rato, dos sirvientas con faroles colgados ya habían llegado al pie de su lecho. Tras ellas, un joven erudito que guiaba a una bella dama se acercó al lecho y sonrió. Wei quedó estupefacto y atónito. Al sospechar que se trataba de zorros (*huli*), se le erizó el vello de todo el cuerpo y, bajando la cabeza, no se atrevió ni a mirarlos de soslayo. El joven erudito rió y dijo: «No albergues sospechas, señor. Mi hermana menor comparte contigo un vínculo de vidas pasadas, por lo que corresponde que venga a servirte». Wei miró al joven: lucía pieles de visón brocadas que deslumbraban a la vista, sintiéndose él mismo inferior y avergonzado de su propia condición, sin saber qué responder. El joven, seguido de las sirvientas, dejó los faroles y se marchó. Wei observó detalladamente a la dama; era delicada y grácil como una inmortal, y su corazón se llenó de agrado por ella. Sin embargo, la timidez le impedía pronunciar palabras galantes. La mujer lo miró sonriente y le dijo: «¿Acaso no eres tú aquel que sujeta el extremo del rollo? ¿Por qué adoptas aires de erudito pedante?». De inmediato se acercó a la almohada y al lecho, calentándose las manos en el pecho de él. Solo entonces Wei esbozó una sonrisa, se sacó los pantalones para bromear con ella y procedió a intimar apasionadamente. Antes de que sonara la campana del alba, las dos doncellas de rodetes dobles vinieron a buscarla y se la llevaron, no sin antes concertar una cita para la noche siguiente. Al llegar la noche, la mujer llegó efectivamente y rió diciendo: «¡Qué fortuna la de este necio galán! Sin gastar una sola moneda, consigue tan excelente esposa y todas las noches se le entrega por propia voluntad». Alegre de estar a solas, Wei preparó vino para beber con ella y jugaron a adivinar los huesos de ciruela ocultos en las manos; de diez veces, la mujer ganaba diecinueve. Entonces ella rió y dijo: «No dejes que sea yo quien sostenga los huesos; adivínalos tú mismo. Si aciertas, ganas; si no, pierdes. Si tuviera que adivinar yo, jamás ganarías ni una sola vez». Tal como dijo, así lo hicieron, divirtiéndose durante toda la noche. Dispuestos ya a descansar, ella dijo: «Las colchas y sábanas de anoche estaban ásperas y frías, insoportables para el cuerpo». Llamó entonces a una sirvienta para que trajera un envoltorio con ropa de cama, la extendió sobre el lecho, resultando ser de brocado y damasco, suave y fragante. Al poco rato, aflojaron sus cinturones y se abrazaron estrechamente, con el ungüento de los labios fundiéndose intensamente; aquello verdaderamente no desmerecía en nada al Rincón de la Ternura de la dinastía Han. A partir de entonces, esto se convirtió en su costumbre cotidiana.   Medio año después, Wei regresó a su hogar. Coincidió que, en una noche de luna, mientras conversaba con su esposa junto a la ventana, vio de repente a la dama, elegantemente ataviada, sentada en lo alto del muro, haciéndole señas con la mano. Wei se acercó a ella; la mujer lo ayudó, saltaron el muro y, tomándolo de la mano, le dijo: «Hoy me despido de ti, señor. Te ruego que me acompañes unos pocos pasos para expresar la intención de nuestro entrañable afecto durante medio año». Wei, sorprendido, le preguntó el motivo, a lo que la mujer respondió: «Los lazos matrimoniales tienen su propio destino prefijado; ¿a qué viene preguntar?». Mientras hablaban, llegaron a las afueras de la aldea, donde la criada de antes los esperaba portando los dos faroles. Marcharon directamente hacia las Montañas del Sur y, al subir a un lugar elevado, ella se despidió de Wei con palabras de adiós. Al no poder retenerla, la dejó marchar. Wei permaneció de pie, indeciso y desconcertado, viendo a lo lejos cómo los dos faroles parpadeaban hasta volverse tan tenues que ya no pudo distinguirlos, por lo que regresó apesadumbrado. Esa misma noche, las luces en la cima de la montaña fueron vistas por todos los aldeanos. Li Gong, named Zhuming, was the son of the distinguished Master Jinzhuo, the Magistrate of Suining. He was bold and forthright, devoid of all cowardice, and the brother-in-law of Wang Jiliang of Xincheng. Jiliang’s estate contained many pavilions and storied buildings, where strange and monstrous apparitions were frequently seen. During a summer month, Li was lodging there, fond of the cool evening breezes upon the upper storey. When someone warned him of the strange occurrences, Li smiled and paid no heed, firmly ordering a couch to be set up. The host did as he was asked, and instructing the servants to keep Li company through the night, Li declined: "Throughout my life, I have never known terror." The host thereupon had incense lit in the burner, bowed to see him to his sleeping mat, and finally blew out the candle, closed the doors, and departed. Shortly after Li had rested his head upon the pillow, he saw by the moonlight a teacup upon the side table tilting and spinning round and round, neither falling nor stopping. Li let out a sharp reprimand, and with a metallic clanging sound, it instantly came to a halt. Then it seemed as though someone were pulling out the sticks of incense, whirling and waving them through the void, weaving them crisscross into floral patterns. Li rose and shouted angrily, "What kind of evil fiend dares behave thus!" Bare-chested, he stepped down from the bed, intending to catch it. Groping beneath the bed with his foot, he managed to find only a single shoe. With no time for a thorough search, he strode barefoot toward the spot where the movement flickered. The incense stick was suddenly thrust back into the burner, and all fell completely silent without a trace. Li bent down and felt about every dark corner, when suddenly something struck him forcefully across the cheek, feeling much like a shoe. He searched for it, but could find no trace whatsoever. He then opened the doors, descended the pavilion, and called his attendants to bring a torch to illuminate the place, but the empty room held absolutely nothing. Thereupon he returned to sleep. When dawn broke, he had several men search for his shoe, overturning mats and turning over beds, but its whereabouts remained unknown. The host provided Li with a replacement pair of shoes. A few days later, as Li happened to raise his head, he caught sight of a shoe wedged between the wooden rafters. When he poked it down with a pole, lo and behold, it was his missing shoe. Later, Li moved to the capital, dwelling as a guest in the ancestral estate of the Sun family of Zichuan. The estate was exceedingly vast, with many quarters left vacant and desolate, and Li occupied only half of them. The southern courtyard faced a high pavilion, separated by nothing more than a single wall. Often Li would see the pavilion doors open and close of their own accord, though he gave it no thought. One day, as he was conversing with his family in the courtyard, the pavilion door swung open, and suddenly a little man sat facing north, measuring less than three cubits in height, clad in a green robe and white socks. Everyone pointed and gazed at him, yet he did not move. Li remarked, "This is a fox." Hastily fetching his bow and arrows, he aimed at the pavilion, intending to shoot. When the little man saw this, he made a mocking, gibbering sound, and thereupon vanished from sight. Li seized a saber and climbed up to the pavilion, cursing and searching all the while, but he found absolutely nothing, so he returned downstairs. From then on, the strange occurrences ceased entirely. For several years Li dwelt there, safe and sound. Li’s eldest son, Li Youan, is related to my family by marriage, and he witnessed these events with his own eyes. The Historian of the Strange remarks: "I was born too late to have the privilege of attending upon Master Li with staff and sandals. Yet, from what I have heard from the elders, he was truly a man of heroic and resolute spirit. Judging from these two matters, his general character may well be seen. When an upright and noble *Qi* dwells within one's breast, what harm could ghosts and foxes ever do?" *** ### Repaying a Debt in Hooves Li Gong, named Zhuming, was generous and fond of bestowing charity. A villager named Wang Zhu made his living as a laborer in Li’s household. This man had been idle and lazy in his youth, incapable of managing farm work, and his family remained perpetually in poverty. Yet he possessed minor skills and frequently performed odd jobs, for which Li invariably rewarded him generously. When at times he had no food for the morning meal, he would come to Li to beg piteously, and Li would straightway provide him with pecks and bushels of grain. One day, Zhu addressed Li, saying: "This humble one daily receives your immense benevolence, and my three or four mouths are fortunate enough not to perish as starving ghosts, yet how can this go on indefinitely? I beg my master to lend me a stone of green beans to serve as capital." With a cheerful heart, Li granted his request. Zhu shouldered the beans and departed. More than a year passed, and he repaid not a single thing. When asked about it, the capital for the beans had already been completely squandered. Pitying his poverty, Li let the matter rest and made no demands for repayment. Later, Li was studying at a Buddhist monastery. Over three years thereafter, he suddenly dreamed that Zhu came to him and said: "This humble one incurred a debt for your beans, Master, and now I have come to make compensation." Li consoled him, saying: "If I were to demand repayment from you, then how could all those favors you owed me in ordinary times ever be reckoned?" With a sorrowful expression, Zhu replied: "That may be so. When a person receives thousands of gold pieces for some minor service rendered, can they fail to make recompense? But if one unprovoked receives assistance from another, one cannot bear to blot out even a peck or a bushel of it, let alone such a great amount!" When he had finished speaking, he departed abruptly. Li grew all the more perplexed. Shortly afterward, a servant reported to him: "Last night the bay mule gave birth to a foal, and it is exceptionally tall and robust." Suddenly enlightened, Li thought to himself: "Could this foal perhaps be Wang Zhu?" A few days later, upon returning home and seeing the foal, he jokingly called out "Wang Zhu," whereupon the foal galloped toward him as if it possessed human intelligence. From then on, that became its name. When Li rode the animal to Qingzhou, an imperial eunuch of the Prince of Heng’s household caught sight of it and was greatly pleased, wishing to purchase it at a high price, though the exact sum had not yet been settled. Just then, due to family matters that could not brook delay, Li returned home. Another year passed. The foal, sharing a manger with a stallion, accidentally kicked and broke its own leg bones, rendering them incurable. A local veterinarian came to Li’s estate, and upon seeing the animal, said to him: "I beg you to entrust this foal to this humble one. I will tend to it morning and night, though it will take some time. Should it miraculously recover, we shall divide the proceeds equally with you, Master." Li granted his request. Several months later, the veterinarian sold the donkey for one thousand eight hundred cash, and brought half the sum as an offering to Li. When Li accepted the cash, a sudden realization struck him: the amount matched the exact price of the beans. Ah! The debts of the manifest world are repaid in the realms of darkness; this indeed is enough to inspire men to goodness! *** ### The Rolling Head Su Zhen, a holder of the provincial graduate degree, was resting by day when he saw a human head emerge from the ground. Its size was that of a bushel basket, and it spun endlessly beneath his bed. Terrified, he fell ill and never rose from his bed again. Afterward, his second son stayed the night with a loose woman and met with a violent death—was this apparition perhaps the portent of that disaster? *** ### Ghosts Hold a Banquet Du Shengjiu Wan, su esposa enfermó. Coincidiendo con el Festival del Doble Nueve, fue invitado por un amigo a participar en un banquete de cornejo. Por la mañana, tras lavarse y peinarse, le avisó a su esposa adónde iba. Se puso su sombrero y túnicas para salir, cuando de repente vio que su esposa estaba desvanecida y deliraba, murmurando como si hablara con alguien. Du, extrañado, se acercó a la cama donde yacía, y su esposa comenzó a llamarlo «hijo». Los criados sabían en su interior que aquello era extraño. En ese momento, Du tenía el ataúd de su madre aún sin enterrar, por lo que sospechó que su espíritu se había manifestado. Du rezó diciendo: «¿No serás acaso mi madre?». Su esposa lo regañó diciendo: «¡Bestia! ¡Cómo no reconoces a tu propio padre!». Du dijo: «Puesto que eres mi padre, ¿por qué regresas a casa para hostigar a la esposa de tu hijo?». Su esposa, usando su nombre de infancia, dijo: «He venido exclusivamente por la esposa de mi hijo, ¿por qué te resientes y te quejas? La esposa de tu hijo debió haber muerto ya. Vinieron cuatro personas a llevársela por la fuerza, y el primero de ellos fue Zhang Huaiyu. Supliqué con mil ruegos y apenas pude lograr que accedieran. Prometí ofrecerles una pequeña propina, y de inmediato se la entregaron». Du entonces quemó dinero de papel fuera de la puerta. Su esposa volvió a decir: «Los cuatro hombres ya se han ido. Como no pueden soportar ir en contra de mi rostro, dentro de tres días prepararé un banquete para recompensarlos. Tu madre es anciana y achacosa, incapaz de encargarse de la cocina. Cuando llegue el plazo, aún te molestaré para que la esposa de tu hijo vaya a ayudar». Du dijo: «Los mundos de los vivos y los muertos son caminos distintos, ¿cómo podría ella reemplazar a los cocineros? Espero que me disculpes y perdones». Su esposa dijo: «Hijo, no temas; irá y regresará de inmediato. Como esto es asunto de ellos, no debes temer al cansancio». Dicho esto, exclamó: «¡Yo también me voy!». Su esposa quedó sumida en un profundo estupor y solo tras un buen rato revivió. Du le preguntó qué había dicho, pero ella no recordaba absolutamente nada. Solo dijo: «Hace un momento vi a cuatro personas que venían y querían llevarme. Por fortuna, el viejo señor suplicó por mí y además abrió su bolsa para sobornarlos, tras lo cual se marcharon. Vi que al viejo señor le quedaban todavía dos lingotes en su bolsa de dinero, y quise robar uno para usarlo como sustento. El viejo señor me vio y me reprendió diciendo: “¡Qué pretendes hacer! ¿Acaso es este un objeto que tú puedas usar?”. Entonces retiré las manos y no me atreví a moverme más». Como la enfermedad de su esposa empeoraba, Du se encontraba entre la duda y la creencia. Tres días después, mientras reían y conversaban, de repente ella abrió mucho los ojos fijamente durante un buen rato y dijo: «La esposa de tu hijo es sumamente codiciosa; al ver antes mi plata blanca sintió avaricia de inmediato, pero en esencia, dado que es pobre, tampoco es algo de extrañar. Haré que se lleve a la esposa para que se encargue de los asuntos de la cocina, no te preocupes». Apenas terminó de hablar, cayó repentinamente muerta. Pasado aproximadamente medio día, por fin despertó y le dijo a Du: «Hace un momento el viejo señor me llamó y me dijo: “No hace falta que hagas trabajos manuales; para cocinar ya hay otros, solo debes sentarte firmemente a dar órdenes y con eso basta. A mí, en el Inframundo, me agrada la abundancia; todos los manjares y platos deben sobresalir de los recipientes, recuérdalo bien”. Yo asentí. Al llegar a la cocina, vi a dos mujeres con cuchillos y tablas de picar en medio, ambas vestidas con túnicas azul oscuro y ribetes verdes, quienes me llamaron cuñada. Cada vez que servían asado en los cuencos, me pedían que lo inspeccionara. Los cuatro hombres de antes estaban todos en el banquete. Una vez terminados de servir los manjares, los utensilios de vino ya estaban dispuestos en los recipientes. El viejo señor me ordenó entonces regresar». Du quedó sumamente estupefacto y asombrado, y solía contar esto a sus allegados. *** El Cuarto Maestro Hu Zhang Xuyi de Laiwu era el hermano mediano del censor imperial Zhang Daoyi, y poseía una naturaleza audaz y desinhibida. Habiendo oído que cierta residencia en el distrito estaba habitada por zorros, llevó respetuosamente su tarjeta de visita para hacer una visita, con la esperanza de ver a uno de ellos. Arrojó la tarjeta por una rendija, y al poco tiempo la puerta se abrió por sí sola; el sirviente, aterrorizado, huyó retrocediendo. Zhang se arregló las túnicas y entró con reverencia. Vio que las mesas y los lechos en el salón estaban dispuestos tal cual, pero todo reinaba en un silencio absoluto y no había nadie. Hizo una reverencia y rezó diciendo: «Este humilde estudiante ha venido tras guardar ayuno y purificarse; ya que los inmortales no me rechazan desde fuera de la puerta, ¿por qué no me conceden de una vez su clara presencia?». De pronto oyó una voz en el aire que decía: «Gracias por tu inútil visita; se puede decir que tus pasos resuenan con claridad. Por favor, toma asiento y revélame tus enseñanzas». Inmediatamente vio cómo dos asientos se movían por sí mismos uno hacia el otro. Apenas tomó asiento, apareció flotando ante sus ojos una bandeja de laca roja tallada con dos tazas de té. Cada uno tomó la suya para beber en pareja, sorbiendo con estrépito, sin llegar jamás a ver a la persona. Terminado el té, este fue seguido por el vino. Tras indagar detalladamente sobre su cargo y alcurnia, el otro dijo: «Mi hermano menor se apellida Hu, soy el cuarto y me llaman el Cuarto Maestro, como la gente suele llamarme». A partir de entonces, el intercambio de cortesías y la discusión fluyeron con gran sintonía de ánimos e intenciones. Había manjares de tortuga asada y cecina de ciervo, sazonados con hierbas aromáticas. Quienes servían el vino y los asados parecían ser una multitud de jóvenes sirvientes. Pasado el vino, al desear té y apenas cruzarle el pensamiento, el té perfumado ya estaba colocado sobre la mesita. Todo lo que llegaba a pensar se materializaba al instante. Zhang se sintió sumamente complacido, bebió hasta embriagarse y regresó. A partir de entonces, cada tres o cuatro días iba sin falta, y Hu también visitaba a menudo la casa de Zhang, comportándose ambos con la etiqueta de anfitrión e invitado.   Un día, Zhang le preguntó al zorro: «La vieja hechicera de la Ciudad del Sur se vale a diario del dios zorro para explotar a la gente y obtener ganancias ilícitas. Me pregunto si el señor zorro de su casa la conocerá». El zorro respondió: «Son puras falacias; en realidad no hay ningún zorro allí». Al poco rato, Zhang se levantó para orinar y escuchó una vocecita que decía: «Lo que acaba de mencionar sobre la hechicera del zorro de la Ciudad del Sur... no sé qué clase de persona sea. Este humilde servidor desea acompañar al xiangsheng a verla; le ruego una palabra para pedirle permiso al amo». Sabiendo que era el pequeño zorro, Zhang respondió: «De acuerdo». Inmediatamente, sentado a la mesa, le pidió al zorro: «Deseo que uno o dos de los sirvientes bajo vuestro mando me acompañen a investigar a la hechicera del zorro; os ruego vuestra anuencia». El zorro insistió en que no era necesario, pero ante la reiterada insistencia de Zhang, finalmente accedió. Poco después, Zhang salió y un caballo se presentó por sí solo, como si alguien lo estuviera cabestrando. Una vez montado y en marcha, los zorros conversaban por el camino, diciendo: «De ahora en adelante, cuando el xiangsheng esté en el camino y sienta que cae fina arena sobre las solapas de su ropa, seremos nosotros quienes lo acompañamos». Mientras hablaban, entraron a la ciudad y llegaron a la casa de la hechicera. Al ver al erudito Zhang, la hechicera lo recibió con una sonrisa: «¿Cómo es que el noble caballero se digna a visitarnos de repente?». Zhang preguntó: «He oído que el hijo zorro de tu casa es sumamente milagroso, ¿es cierto?». La hechicera adoptó una expresión solemne y dijo: «¡Esas tonterías y habladurías no son propias de un noble caballero! ¿Cómo te atreves a mencionar al hijo zorro? ¡Me temo que la hermana Hua de nuestra casa se disgustará!». No había terminado de hablar cuando, desde el aire, voló medio ladrillo que dio de lleno en el brazo de la hechicera, haciéndola tambalearse a punto de caer. Aterrada, le dijo a Zhang: «¿Cómo puede el oficial arrojar cosas y golpear a esta anciana?». Zhang se rio y dijo: «¡La vieja ciega está descarriada! ¿Cuándo has visto que a uno se le rompa la frente y la culpa la tenga quien se cruza de brazos?». Desconcertada, la hechicera no sabía qué hacer. Justo cuando estaba sumida en la confusión, cayó otra piedra que golpeó a la hechicera, haciéndola tropezar. Lodo inmundo llovió por todas partes, embadurnando el rostro de la hechicera como si fuera un fantasma, mientras ella solo atinaba a sollozar y suplicar clemencia. Zhang pidió que la perdonaran y el castigo cesó. La hechicera corrió a refugiarse a prisa en su habitación, cerrando la puerta de golpe sin atreverse a salir. Zhang la llamó para hablar con ella: «¿Es tu zorro como mi zorro?». La hechicera no hacía más que dar las gracias. Zhang la invitó a salir y, mirando hacia el cielo, advirtió que no la hirieran; solo entonces la hechicera salió con el corazón encogido de temor. Zhang se despidió de ella con una sonrisa y regresó.   A partir de entonces, cada vez que caminaba solo por el camino y sentía que el polvo caía con un susurro, llamaba al zorro y este respondía sin falta. Confiado en esta protección, no temía a los bandidos crueles ni a los lobos. Pasó más de un año de esta manera, y su amistad se hizo cada vez más íntima. Cierta vez le preguntó al zorro por su edad sexagenaria, pero este no la recordaba en absoluto y solo decía: «Cuando vi la rebelión de Huang Chao, fue como si hubiera sido ayer». Una noche, mientras conversaban juntos, de repente la parte superior del muro hizo un ruido seco, con un sonido de gran intensidad. Zhang se extrañó, y el zorro dijo: «Este debe ser mi hermano mayor». Zhang preguntó: «¿Por qué no lo invitas a sentarse con nosotros?». El zorro respondió: «Su Dao es bastante superficial; a lo sumo solo sirve para atrapar un par de pollos y comérselos, con eso le basta y le sobra». Zhang le dijo al zorro: «Una amistad tan buena como la nuestra puede considerarse sin arrepentimientos; sin embargo, no haber visto nunca tu rostro es una gran pena». El zorro respondió: «Con el hecho de entablar una buena amistad basta, ¿para qué sirve verse las caras?». Un día, preparó vino para invitar a Zhang y además le anunció su despedida. Zhang preguntó: «¿A dónde vas?». El zorro respondió: «Tu hermano es originario de Shaanxi y está a punto de regresar allá. Ya que a menudo consideras un pesar no haberme visto cara a cara, hoy te pido que reconozcas a tu compañero de varios años para que en el futuro puedas identificarlo». Zhang miró a su alrededor por todas partes y no vio nada. El zorro dijo: «Prueba a abrir la puerta de la alcoba, y tu hermano estará allí». Zhang empujó la puerta y echó un vistazo: dentro había un hermoso joven que se miraba con él y sonreía. Sus ropas eran impecables y sus cejas y ojos parecían sacados de una pintura; en un abrir y cerrar de ojos, ya no se le volvió a ver. Zhang se dio la vuelta para marchar y enseguida se escuchó el crujir de unos zapatos que lo seguían de cerca, mientras una voz decía: «Hoy he disipado el pesar del caballero». Zhang sentía un afecto tan entrañable que no podía soportar la separación. El zorro dijo: «Las uniones y las partidas tienen su propio destino, ¿por qué habrías de tomártelas tan a pecho?». Entonces lo instó a beber con una copa enorme. Siguieron bebiendo hasta la medianoche, momento en el cual el zorro guio a Zhang de regreso con una vela de gasa. Al día siguiente, cuando fue a buscarlo, la casa estaba vacía, fría y desolada.   Más tarde, el maestro Dao Yi fue nombrado Examinador Académico de Xizhou, y Zhang le pidió viajar con él a Jin. Aprovechó para ir a visitar a sus hermanos menores, cuyas expectativas de riqueza eran bastante ambiciosas. Al regresar, sus resultados distaron mucho de sus intenciones originales; se lamentaba a lomos de su caballo, abatido como si fuera una estatua de madera. De repente, un joven montado en un burro pardo marchaba tras sus pasos. Al volverse, Zhang vio que sus ropas de piel y su caballo eran magníficos, y su aire tenía un refinamiento literario, por lo que comenzó a conversar con él despreocupadamente. Al notar que Zhang estaba indispuesto, el joven le pidió una explicación. Zhang le contó los motivos. El joven también le ofreció palabras de consuelo. Caminaron juntos por el espacio de una li hasta llegar a una encrucijada; el joven juntó las manos para despedirse y le dijo: «Más adelante hay una persona que le confía al caballero un objeto de parte de un viejo amigo; le ruego que lo acepte con una sonrisa». Cuando Zhang quiso hacerle más preguntas, el joven ya había espoleado su caballo y se alejaba a lo lejor. Zhang no lograba comprender la razón de aquello. Dos o tres li más adelante, vio a un criado anciano que sostenía una pequeña cesta y se la ofreció ante el caballo, diciendo: «El cuarto joven maestro Hu le presenta esto respetuosamente al xiangsheng». Zhang comprendió todo de repente y se iluminó. Al abrirla para mirar, vio que estaba llena de plata blanca. Cuando miró hacia donde estaba el criado anciano, este ya no sabía a dónde había ido. Caza de incautos El Historiador de lo Extraño comenta: Los corazones humanos son tan taimados como los espectros; así ocurre en todas partes, pero en las grandes rutas que cruzan el norte y el sur, este mal es especialmente virulento. Todos conocen a aquellos que, cual arco tensado o caballo enfurecido, asaltan a los viajeros a las puertas mismas de la capital. ¿Y qué decir de quienes rasgan bolsas y perforan sacos para arrebatar mercancías en pleno mercado? El caminante vuelve la cabeza y descubre que sus bienes se han desvanecido. ¿No son estos los más egregios entre los espíritus engañosos? Mas existen otros que, tras un encuentro fortuito como algas flotantes, ofrecen palabras dulces como licor; su aproximación es gradual y su penetración, profunda. La víctima, creyendo haber hallado una amistad instantánea, sufre entonces la calamidad de perder su fortuna. Sus trampas son variadas y se adaptan a cada circunstancia; el vulgo, dado que sus discursos empapan como lluvia sutil, los denomina «Sembradores de Pensamientos». Hoy abundan en los caminos del norte, y son innumerables quienes han caído en sus redes. En mi tierra natal había un hombre llamado Wang Zixun, estudiante licenciado de nuestro condado. Un pariente mayor servía en la capital como historiador bajo la bandera imperial, y Wang decidió viajar al norte para visitarlo. Tras preparar su equipaje y partir de Jinan, apenas había recorrido unos pocos li cuando un hombre montado en una mula negra galopó hasta ponerse a su altura. El desconocido entabló conversación con frases casuales, y Wang respondió con cortesía. El hombre dijo: «Mi apellido es Zhang. Soy funcionario menor de Qixia, enviado por el magistrado a la capital en misión oficial». Su trato era sumamente humilde y su deferencia, exquisita. Acompañó a Wang durante varias decenas de li y propuso compartir alojamiento esa noche. Si Wang iba delante, Zhang fustigaba a su bestia para alcanzarlo; si Wang se quedaba atrás, Zhang aguardaba respetuosamente al borde del camino. El criado de Wang, receloso, adoptó un semblante severo y le ordenó marcharse, negándole seguirles. Zhang, visiblemente avergonzado, agitó su látigo y partió. Al caer la tarde, descansaron en una posada. Mientras paseaba por el patio, Wang vio a Zhang bebiendo en la sala exterior. En medio de su sorpresa y sospecha, Zhang divisó a Wang; dejó caer las manos y permaneció de pie con los brazos cruzados en reverencia, humilde como un sirviente, acercándose luego a presentar sus respetos. Wang, considerando que se trataba de un mero encuentro casual, no albergó dudas, aunque su criado mantuvo vigilancia toda la noche. Al primer canto del gallo, Zhang acudió a llamarlos para viajar juntos, pero el criado lo expulsó con brusquedad y aquel se fue. Cuando el sol matinal ya se alzaba, Wang reanudó su marcha. Tras medio día de viaje, vieron delante a un hombre montado en una mula blanca, de unos cuarenta años, vestido con pulcritud, pero con la cabeza gacha sobre la montura, cabeceando de sueño y a punto de caer. Ya adelantándose, ya rezagándose, avanzó así indeciso durante más de diez li. Wang, extrañado, preguntó: «¿Qué hicisteis anoche para estar tan aturdido y exhausto?». Al oírlo, el hombre bostezó y se estiró de golpe, diciendo: «Soy de Qingyuan, de apellido Xu. El magistrado de Linzi, Gao Qing, es mi primo. Mi hermano mayor tiene un puesto en la oficina del magistrado; fui a visitarlo y recibí algunos obsequios. Anoche, en la posada, cometí el error de alojarme junto a unos Sembradores de Pensamientos; pasé la noche en vela, alerta y sin cerrar los ojos, y por eso me siento tan abatido a plena luz del día». Wang preguntó deliberadamente: «¿Qué significa eso de Sembradores de Pensamientos?». Xu respondió: «Vos, señor, habéis viajado poco y desconocéis tales peligros y engaños. Hay ahora una clase de bribones que seducen a los viajeros con palabras melosas, buscando pretextos para descansar con ellos y así aprovechar la ocasión para estafarlos. Ayer mismo, un pariente lejano perdió todo su dinero de viaje por esta causa. Todos debemos estar prevenidos». Wang asintió. Sucede que el magistrado de Linzi era viejo conocido de Wang; este había servido en su secretaría y conocía a sus asistentes, entre los cuales efectivamente había uno apellidado Xu, por lo que disipó sus dudas. Conversaron entonces sobre el clima y la salud, y Wang preguntó también por el hermano de Xu. Este propuso compartir hospedaje al anochecer, y Wang accedió. Sin embargo, el criado seguía sospechando que era un impostor; conspiró en secreto con su amo para retrasar la marcha y no avanzar. Así, se separaron de Xu y este desapareció sin dejar rastro. Al día siguiente, al mediodía, encontraron a otro joven, de dieciséis o diecisiete años, cabalgando una mula vigorosa, con vestimenta y sombrero impecables, y de aspecto muy agraciado. Viajaron juntos largo rato sin cruzar palabra. Al atardecer, el joven dijo de pronto: «La posada de Qulü no está lejos». Wang respondió con un leve murmullo. El joven comenzó entonces a suspirar y sollozar como si no pudiera contenerse. Wang le preguntó brevemente la causa, y el joven exclamó: «Este humilde servidor es de Jiangnan, de apellido Jin. Tres años de estudio a la luz de la lámpara esperando obtener un grado en los exámenes, ¡y pensar que he fracasado! Mi hermano mayor es funcionario principal en un ministerio; he traído conmigo a mi familia, esperando encontrar consuelo. Nunca antes había pisado estos caminos; el polvo y la arena azotan mi rostro, causándome gran aflicción». Sacó un pañuelo rojo para limpiarse el semblante, sin cesar en sus lamentos. Al escucharle, Wang notó su acento sureño, suave y delicado como el de una doncella. Su corazón se inclinó hacia él y le ofreció algunas palabras de consuelo. El joven dijo: «Hace un momento me adelanté al galope, pero mis familiares llevan mucho tiempo sin aparecer, ¡y ni siquiera mis criados han llegado! El día declina; ¿qué hacer?». Se detuvo a mirar atrás, avanzando con extrema lentitud. Wang siguió adelante y la distancia entre ambos aumentó. Al anochecer llegaron a la posada. Una vez dentro de la habitación, Wang vio que bajo la pared ya había una cama ocupada por un huésped que deshacía su equipaje. Wang preguntó al posadero; al instante entró un hombre, tomó el equipaje y salió diciendo: «Por favor, instalaos; lo moveré a otro lugar de inmediato». Wang miró y reconoció a Xu. Wang le pidió que compartieran la habitación, y Xu aceptó, sentándose ambos a conversar. Poco después, alguien más entró con su equipaje; al ver a Wang y Xu en la estancia, dio media vuelta para salir apresuradamente, diciendo: «Ya hay huéspedes aquí». Wang lo observó con atención: era el joven del camino. Antes de que Wang pudiera hablar, Xu se levantó presuroso y lo retuvo tirando de él; el joven terminó por sentarse. Xu le preguntó cortésmente por su origen y linaje, y el joven repitió a Xu lo que había dicho a Wang en el camino. Enseguida abrió su bolsa y sacó dinero; el montón era considerable. Pesó más de dos taels y se los entregó al posadero, encargándole que preparara viandas y vino para acompañar la charla nocturna. Ambos intentaron disuadirlo, pero él no quiso escuchar. Pronto se sirvieron vino y carne asada. Durante el banquete, el joven habló de ensayos literarios con gran elegancia y refinamiento. Wang le preguntó por los temas de los exámenes provinciales de Jiangnan, y el joven se los expuso detalladamente, llegando incluso a recitar su introducción, su desarrollo y los pasajes más logrados de su composición. Tras terminar, mostró un profundo descontento, y ambos sacudieron los puños con indignación. Como el joven había perdido a su familia y se encontraba sin sirvientes nocturnos, lamentando no saber alimentar ni cuidar de las bestias, Wang ordenó a su criado que se encargara temporalmente de cortar el forraje, lo cual el joven le agradeció profundamente. No pasó mucho tiempo antes de que el joven suspirara de pronto y dijera: —Toda mi vida he sufrido infortunios y, al salir de viaje, jamás encuentro buena fortuna. Anoche, en la posada, me tocó alojarme con gente malvada que no paraba de tirar los dados y gritar, haciendo un ruido ensordecedor que alteraba el corazón y no dejaba dormir a nadie. En el dialecto del sur, a los dados se les llamaba *dou*. Xu no lo entendía y se lo preguntó con insistencia, por lo que el joven le indicó la forma con las manos. Xu se echó a reír, sacó un dado de su bolsa de tela y preguntó: —¿Es esta la cosa en cuestión? El joven asintió. Entonces Xu propuso jugar según el valor de las caras de los dados, y ambos bebieron alegremente. Una vez concluido el vino, Xu propuso jugar una partida a los dados, apostando a que el perdedor pagaría la cuenta del anfitrión; Wang se excusó diciendo que no entendía del juego. Así pues, Xu y el joven se sentaron frente a frente a gritar las tiradas de *lulu*, mientras Xu le susurraba secretamente a Wang: —No revele usted nada, señor. Este joven hijo de familia acomodada es muy tierno de edad y probablemente no comprende a fondo las reglas de los cinco maderos. Si gano algo con esto, mañana sin falta habré de invitarle a usted para compensarle. Ambos entraron en la habitación contigua. Al poco rato se escuchó un estruendo de apuestas muy animado, y Wang, al mirar a hurtadillas, vio que el criado de Qixia también se encontraba entre ellos. Lleno de gran sospecha, extendió su colcha y se acostó a dormir. Al cabo de un rato, los presentes se unieron para arrastrar a Wang a las apuestas, pero Wang se negó firmemente por no entender del juego. Xu se ofreció a adivinar las jugadas de *xiao* y *zhi* en su lugar, pero Wang volvió a negarse; sin embargo, aquel procedió a lanzar los dados por él a la fuerza. Al poco rato, se acercó al lecho para informarle: —Ya ha ganado usted tantas fichas. Wang le respondió medio dormido. De repente, varias personas abrieron la puerta a empujones y entraron hablando en lengua extranjera. El que iba al frente dijo apellidarse Tong, y era un alguacil de las Banderas encargado de arrestar a los apostadores. En aquella época las prohibiciones contra el juego eran sumamente severas, por lo que todos se llenaron de pánico. Tong asustó a voz en cuello a Wang, pero este le hizo frente esgrindiendo su estandarte de historiador oficial. La ira de Tong se desvaneció al descubrir que eran paisanos, y con una sonrisa los invitó a reanudar el juego como diversión. Efectivamente, todos volvieron a apostar, y Tong también participó. Wang le dijo a Xu: —No quiero saber nada de victorias ni derrotas. Solo deseo dormir, no me mezcle en esto. Pero Xu no hizo caso y continuó yendo y viniendo para informarle de los resultados. Una vez disuelta la partida y contadas las fichas de apuesta, resultó que Wang debía una cantidad considerable, por lo que Tong procedió a registrar el equipaje de Wang para cobrarse. Wang se levantó indignado a discutir con él. El alguacil Jin lo agarró del brazo y le confabuló en secreto: —Esta gente de la capital no es de fiar, sus intenciones son insondables. Nosotros, en cambio, somos amigos unidos por las letras y debemos cuidarnos mutuamente. En la partida de hace un momento he ganado cierta cantidad que puede servir para compensar esto. La deuda debería cobrársela el señor Xu, pero ahora le ruego que hagamos un cambio: obligue usted a Xu a pagarle a Tong, y págueme usted a mí. No es más que una farsa para engañar al público; pasado este trance, se lo devolveré tal como estaba. ¿Acaso iba yo, por una amistad basada en la rectitud y el Dao, a cobrarle realmente a usted? Como Wang era de naturaleza bondadosa y franca, le creyó. El joven salió y le comunicó a Tong el plan del intercambio. Frente a todos, sacó las pertenencias del equipaje de Wang y las tasó para ingresarlas en su propio fardo, tras lo cual Tong exigió el pago a Xu y a Zhang y se marchó. El joven acudió entonces con su fardo de ropa de cama para compartir la almohada con Wang; las colchas y sábanas eran sumamente refinadas. Wang también llamó a su criado para que se acostara en otra cama, y cada cual reposó en silencio. Al cabo de un buen rato, el joven fingió darse la vuelta para acercar su parte inferior al criado con intimidad. El criado se apartó para evitarlo, pero el joven volvió a acercarse. Su piel rozaba los muslos del criado, tan tersa y resbaladiza como la grasa. El criado, con el corazón acelerado, intentó intimar con él; el joven se mostró sumamente solícito, y los sonidos de la ropa de cama y los suspiros se hicieron notar. Wang oyó todo esto vagamente; aunque sintió extrañeza y desconcierto, jamás sospechó que hubiera otra intención. Al despuntar el alba, el joven se levantó de inmediato y los instó a emprender el viaje temprano, añadiendo: —Señor, usted está fatigado y cansado; los objetos que confió para su resguardo anoche, permítame llevarlos al frente. Wang aún no había respondido, cuando el joven ya había ensillado y montado a caballo, sin que Wang tuviera más remedio que seguirlo. La mula avanzaba con rapidez y se alejaba cada vez más; Wang suponía que lo esperaría más adelante, por lo que al principio no le dio importancia. Le preguntó al criado por lo que había escuchado durante la noche, y este se lo contó con toda verdad. Solo entonces Wang exclamó con sorpresa: —¡Nos han timado los estafadores de los tres inmortales! ¿Cómo iba a ser un joven de distinguida familia y letras alguien dispuesto a entregarse a un criado de caballerizas? Pero luego, recordando que su conversación había sido elegante y refinada, algo que tales estafadores no podían imitar, corrió a perseguirlo durante decenas de li, sin hallar rastro alguno. Comprendió entonces que Zhang, Xu y Tong formaban una sola banda: si una estratagema fallaba, recurrían a otra, con el firme propósito de hacerlos caer. Hacerlo pagar una deuda y cambiarle el equipaje ya presagiaba una maquinación para estafarlo; y si ese plan de llevarse el equipaje hubiera fracasado, de todos modos habrían recurrido al pretexto anterior para arrebatarle sus bienes por la fuerza. Por unas pocas decenas de piezas de oro, se habían arrastrado y enredado a lo largo de cientos de li; temiendo que el criado delatara el asunto, el estafador se había entregado a él en cuerpo y alma: ¡cuán penosa y retorcida era semejante artimaña! Unos años más tarde, ocurrió el caso del erudito Wu: En el distrito había un erudito llamado Wu, de cortesía Anren, que a los treinta años perdió a su esposa y vivía solo en un estudio solitario. Un letrado acudió a conversar con él, y ambos trabaron una profunda y gozosa amistad. Le acompañaba un pequeño criado llamado Guitou, quien también entabló buena relación con el muchacho sirviente de Wu. Con el tiempo, supieron que se trataba de un zorro. Cada vez que Wu emprendía un largo viaje, el zorro lo acompañaba ineludiblemente, y aunque compartían la misma habitación, las demás personas no lograban verlo. Cuando Wu se hospedaba en la capital y se disponía a regresar a su tierra natal, al enterarse de que el erudito Wang había sufrido la estafa de los tramposos, previno a su criado para que estuviera alerta. El zorro se echó a reír y dijo: —No es necesario; este viaje estará exento de toda adversidad. Al llegar a Zhuo, un hombre que tenía su caballo atado y estaba sentado en una taberna de vino, vestido con pieles impecables y elegantes, vio pasar a Wu. Se levantó también, montó rápidamente y lo siguió. Poco a poco entabló conversación con Wu, presentándose: «Mi apellido es Huang, soy de Shandong y sirvo en el Ministerio de Rentas. Estoy por regresar al este; me alegra compartir camino para no viajar en soledad». Desde entonces, cuando Wu se detenía, él también lo hacía, y cada vez que comían juntos, insistía en pagar la cuenta de Wu. Este fingía gratitud exteriormente, pero en su interior albergaba sospechas. En privado consultó a la Zorra, quien le respondió: «No hay peligro». Así, Wu se tranquilizó. Al caer la noche, buscaron alojamiento juntos. Ya se encontraba allí sentado un joven apuesto. Al entrar Huang, le saludó con las manos juntas y preguntó con alegría: «¿Cuándo partisteis de la capital?». El joven respondió: «Ayer». Huang tiró entonces de él para que compartieran posada y dijo a Wu: «Este es el Joven Shi, mi primo materno menor; también es un letrado. Puede acompañaros en charlas sobre poesía y refinamiento, para que las veladas no sean solitarias». Sacó entonces oro y mandó preparar vino para beber juntos. El joven era elegante y culto, por lo que Wu sintió gran afecto hacia él. Durante la bebida, el joven guiñaba repetidamente a Wu para hacer trampas con los dados, penalizando a Huang y obligándole a beber copas enteras entre risas y aplausos. Wu se complacía aún más en su compañía. Luego, conspiraron con Huang para jugar a las apuestas, arrastrando a Wu al juego, y cada uno sacó oro de sus bolsas como prenda. La Zorra instruyó secretamente a Bao’er para que cerrara con llave la puerta de tablas, advirtiendo: «Si oís bullicio, quedaos dormido y no hagáis ruido». Wu asintió. Cada vez que lanzaba los dados, perdía en las apuestas pequeñas y ganaba en las grandes. Tras algo más de una vigilia, había acumulado doscientos taeles de oro. Las bolsas de Shi y Huang estaban casi vacías, por lo que propusieron empeñar sus caballos. De pronto se oyeron golpes violentos en la puerta. Wu se levantó apresurado, arrojó los dados al fuego y se cubrió con la manta fingiendo dormir. Al cabo de un rato, oyó que el posadero no hallaba la llave y rompía el cerrojo para abrir. Varios hombres entraron con estrépito, buscando y apresando a los jugadores. Shi y Huang negaron a una voz que hubiera nadie jugando. Uno de los hombres apartó bruscamente la manta de Wu y lo señaló como jugador; Wu lo reprendió con dureza. Los hombres registraron por la fuerza el equipaje de Wu. Justo cuando ya no podía resistir más, se oyó fuera el clamor de una comitiva oficial con carruajes y heraldos. Wu salió de inmediato gritando pidiendo auxilio. Los hombres, aterrados, lo arrastraron adentro rogándole que guardara silencio. Wu entregó entonces con calma un soborno envuelto al posadero. Una vez que la comitiva se hubo alejado, todos salieron por la puerta y se marcharon. Huang y Shi fingieron gran sorpresa y alivio, y revisaron sucesivamente la habitación. Huang ordenó a Shi que compartiera lecho con Wu. Wu colocó su bolsa bajo la almohada y apenas se estiró para dormir. No tardó Shi en levantar las mantas de Wu, deslizarse desnudo en sus brazos y susurrarle: «Admiro vuestra noble franqueza; deseo intimar con vos». Wu comprendió en su corazón que era un engaño, pero juzgó que el plan era bueno, y se abrazaron. Shi se esforzó en complacerlo, mas no esperaba que Wu fuera tan vigoroso; resultó del todo incompatible, y Shi fruncía el ceño y gemía sin poder soportarlo, suplicando en voz baja que lo eximiera. Pero Wu insistió en consumar el acto. Al tocarlo con la mano, descubrió que la sangre fluía como tras una batalla campal. Solo entonces lo soltó y le permitió regresar a su lado. Al amanecer, Shi estaba tan extenuado que no pudo levantarse; alegó una enfermedad repentina y pidió a Wu y Huang que partieran primero. Al despedirse, Wu le regaló oro para medicinas y remedios. En el camino, habló con la Zorra y supo que la comitiva oficial de la noche anterior había sido obra suya. Durante el viaje, Huang se mostró aún más servil y adulador con Wu. Al anochecer volvieron a compartir alojamiento. La habitación era muy estrecha, apenas cabía un lecho, aunque era cálida y limpia. Wu la encontró demasiado angosta. Huang dijo: «Para dos personas es estrecha, pero si dormís solo, será holgada. ¿Qué importa?». Tras comer, se marchó directamente. Wu se alegró de poder dormir solo para recibir a su amiga zorra. Esperó largo tiempo sentado, pero la Zorra no llegó. De repente oyó unos golpecitos en una puertecilla de la pared. Wu descorrió el pestillo y miró: una joven ricamente ataviada entró precipitadamente, cerró la puerta tras de sí y sonrió a Wu; era hermosa como una inmortal. Wu, complacido, le hizo preguntas detalladas, y ella reveló ser la nuera del posadero. Intimaron entonces, sintiendo mutuo deleite. Mas de pronto la joven rompió a llorar con lágrimas silenciosas. Wu, sorprendido, le preguntó la razón. Ella respondió: «No me atrevo a ocultároslo: en verdad fui enviada por mi suegro para seduciros. Otras veces, al entrar en la habitación, era atrapada al instante; no sé por qué esta noche han tardado tanto en venir». Y añadió entre sollozos: «Soy hija de familia honrada; mi corazón no acepta esta vileza. Ahora me he enamorado sinceramente de vos; ¡os ruego que me rescatéis!». Wu, al oírlo, quedó horrorizado y temeroso, sin saber qué partido tomar; solo pudo instarla a marcharse deprisa, pero la joven bajó la cabeza y siguió llorando. De repente escuchó a Huang y al dueño golpeando las puertas y armando un gran alboroto. Solo oyó que Huang decía: «¡Durante todo el camino te he tratado con respeto, creyendo que eras una persona decente, y aun así, cómo es que has seducido a la esposa de mi hermano menor!». Wu, aterrorizado, obligó a la joven a marcharse. Escuchó también que fuera de la puerta de tablas había sonidos de forcejeos y golpes. En su apuro, el sudor de Wu brotaba a chorros como si se estuviera hundiendo, y la joven también se postró a llorar. Luego oyó que alguien intentaba persuadir al dueño para que se detuviera; el dueño no escuchaba y empujaba la puerta con más desesperación. El mediador dijo: «Permítame preguntarle al dueño, ¿qué es exactamente lo que pretende hacer? Si lo que quiere es matar, aquí estamos varios huéspedes reunidos y desde luego no nos quedaremos de brazos cruzados ante semejante brutalidad. Si uno de los dos logra escapar, ¿cómo podrá eludir la sanción ante la ley? Si prefiere llevarlos ante los tribunales, ventilar que la decencia del hogar ha sido mancillada no servirá más que para cubrirse de vergüenza. Además, usted se gana la vida viajando por posadas, y esto claramente parece una trampa, ¿cómo puede asegurar que la mujer no tendrá otra versión de los hechos?». El dueño abrió los ojos de par en par sin poder pronunciar palabra. Wu, al escuchar esto, sintió una profunda gratitud y admiración, aunque no sabía quién era. Al principio, justo cuando las puertas de la posada estaban por cerrarse, un *xiucai* había llegado acompañado de un sirviente para hospedarse en la ala exterior. Traía consigo vino perfumado, el cual había ofrecido a todos en las habitaciones contiguas, instando a Huang y al dueño a beber con especial insistencia. Cuando ambos se despidieron con la intención de levantarse, el *xiucai* les había tirado de las túnicas, rogándoles con insistencia que no se fueran. Más tarde, aprovechando un momento de descuido, Wu logró escapar, tomando un bastón y corriendo hacia el refugio. Al oír el alboroto, el *xiucai* había entrado a interceder. Wu espió a través de la ventana y vio que se trataba de su amigo zorro, por lo que sintió una alegría secreta. Al ver también que la firmeza del dueño comenzaba a flaquear, el *xiucai* alzó la voz para infundirle terror. Luego le dijo a la mujer: «¿Por qué te quedas callada sin decir una sola palabra?». La mujer rompió a llorar y exclamó: «¡Lamento no valer tanto como los demás y ser tratada como una esclava para las tareas más viles!». Al oír esto, el rostro del dueño se puso pálido como la ceniza de un muerto. El *xiucai* lo increpó a gritos: «La naturaleza de bestias que tienen ustedes ya ha quedado completamente al descubierto. ¡Esto es algo que indigna a todos los viajeros!». Tanto Huang como el dueño soltaron sus cuchillos y bastones, y cayeron de hinojos en una larga reverencia para suplicar clemencia. Wu también abrió la puerta y salió, estallando en furia y lanzando insultos, pero el *xiucai* volvió a interceder para calmarlos, logrando que ambos bandos se reconciliaran. La joven volvió a llorar, prefiriendo la muerte antes que regresar. De la parte interior salieron una anciana y una criada, quienes la agarraron a tirones para obligarla a entrar. La mujer se arrojó al suelo y su llanto se volvió aún más desgarrador. El *xiucai* aconsejó entonces que le vendieran a Wu a un precio elevado. El dueño bajó la cabeza y dijo: «He actuado como alcahueta durante treinta años, y hoy me ha tocado criar al revés a mi propio hijo; ya no tengo nada que decir». Así pues, accedió a las palabras del *xiucai*. Wu se negaba rotundamente a desembolsar una suma tan excesiva, pero el *xiucai* actuó como mediador entre el anfitrión y el huésped hasta acordar la cifra de cincuenta taeles de oro. Una vez entregadas las personas y el dinero, el toque de la campana matutina ya había resonado, por lo que todos se apresuraron a preparar los bártulos y cargaron a la mujer para partir. Como ella nunca había montado a caballo, el viaje a galope la dejó bastante fatigada. A mediodía hicieron una breve pausa para descansar; cuando estaban a punto de reanudar la marcha, llamaron a Bao'er, pero este había desaparecido sin que supieran su paradero. Al caer la tarde, aún no había rastro ni noticias suyas, lo que despertó considerables sospechas y dudas, por lo que le preguntaron al zorro. El zorro respondió: «No se preocupen, él solo llegará». Cuando las estrellas y la luna ya brillaban en el cielo, Bao'er finalmente apareció. Ante los reproches de Wu, Bao'er sonrió y dijo: «El Joven Maestro usó cincuenta taeles de oro para enriquecer a un bribón ruin, algo que este servidor no pudo tolerar en su interior. Justo estuve confabulando con el fantasma cabecilla, y le arrebatamos de regreso el oro». Dicho esto, colocó los taeles sobre la mesa. Wu, atónito, le preguntó la razón; resultó que el fantasma cabecilla sabía que la mujer solo tenía un hermano mayor, quien llevaba más de diez años ausente en tierras lejanas y no había regresado, por lo que se había metamorfoseado en la apariencia de su hermano y envió a Bao'er a hacerse pasar por su hermano menor, presentándose en la entrada para exigir la entrega de su hermana. El dueño, aterrorizado, fingió que el hermano había enfermado y fallecido. Los dos sirvientes amenazaron con llevar el asunto ante las autoridades, lo que atemorizó aún más al dueño, quien intentó sobornarlos con oro, aumentando la cantidad gradualmente hasta llegar a cuarenta, tras lo cual los dos sirvientes se marcharon. Bao'er narró todo lo sucedido detalladamente, y Wu procedió a premiarlo de inmediato. De regreso a casa, la armonía conyugal de Wu y su esposa fue sumamente firme y afectuosa, y su hogar se volvió cada vez más próspero. Al interrogar minuciosamente a la mujer, supo que aquel apuesto joven de antaño era en realidad su esposo, y que el tal Shi no era otro que Jin. Este último solía llevar puesta una capa de seda sobre un manto de fieltro, la cual afirmaba haber obtenido de un hombre de apellido Wang en Shandong. Resulta que su banda de secuaces era sumamente numerosa, y todos los dueños de posadas que frecuentaban pertenecían a la misma calaña. ¡Quién iba a pensar que la persona con la que se había cruzado el erudito Wu era precisamente el tal Príncipe Zixin, aquel que clamaba al cielo entre lamentos! ¿No es acaso esto de lo más gratificante? ¡Qué profundas son las palabras de los antiguos: «Los jinetes expertos son los que más fácilmente caen del caballo»! La melodía de las ranas El Príncipe Zixin contaba que, estando en la capital, en cierta ocasión vio a un hombre actuando en el mercado, el cual llevaba una caja de madera dividida en compartimentos, un total de doce orificios, en cada uno de los cuales se ocultaba una rana. Golpea la cabeza de cada una con un bastoncillo delgado y de inmediato croan emitiendo sonidos musicales. Si alguien le daba dinero, golpeaba las cabezas de las ranas de forma desordenada pero rítmica, produciendo una melodía similar al talle de un gong de nubes, logrando distinguir claramente los tonos y las letras de las canciones cortesanas. El teatro de ratones Un hombre en el mercado de Chang'an vendía espectáculos de ratones; llevaba a la espalda una bolsa en la que guardaba más de diez ratoncitos. En medio de la multitud, sacaba un pequeño armazón de madera que colocaba sobre sus hombros, asemejándose por completo a la estructura de un teatro. Luego golpeaba un tambor con tablillas y cantaba antiguas piezas teatrales populares. Apenas comenzaban a sonar los acordes de su canto, los ratones salían de la bolsa luciendo máscaras y vistiendo diminutos trajes teatrales; trepaban desde su espalda hasta el escenario y bailaban parados sobre sus patas traseras. Las alegrías y tristezas de hombres y mujeres se ajustaban con precisión a las tramas de la obra. El erudito de barro En la aldea de Luochun había un hombre llamado Chen Dai, quien desde su juventud fue torpe y de aspecto tosco. Tomó por esposa a una mujer de apellido某, la cual era bastante hermosa. Viéndose a sí mismo inferior a otros como marido, vivía melancólico y descontento. Sin embargo, ella era casta y virtuosa, y las relaciones entre la suegra y la nuera transcurrían en armonía. Una noche, mientras dormía sola, de repente escuchó el viento agitar la puerta y abrirla. Un erudito ingresó, se despojó de su ropa y turbante, y se acuesta junto a la mujer para compartir el lecho. Aterrorizada y asustada, la mujer opuso resistencia con amargura, pero de inmediato su cuerpo se volvió lacio y cedió, dejándose ultrajar antes de que él se marchara. Desde entonces, no hubo una sola noche en que faltara. Pasado más de un mes, su semblante se marchitó y consumió. Su madre, extrañada, le preguntó al respecto; al principio, avergonzada, no quiso hablar, pero ante la insistencia de la madre, terminó por confesarle la verdad. La madre, alarmada, exclamó: «¡Esto es un yao!». A pesar de emplear un centenar de métodos, sortilegios y conjuros, no logró librarse de él en absoluto. Entonces hizo que Chen Dai se ocultara dentro de la habitación, empuñando un bastión para aguardar. A la medianoche, el erudito volvió a presentarse, depositando su sombrero sobre la mesa, y luego se quitó la túnica para colgarla en el perchero. Apenas se disponía a subir a la tarima, cuando de pronto exclamó con sorpresa: «¡Vaya, vaya! ¡Hay aliento de ser vivo!». Rápidamente volvió a vestirse. Chen Dai irrumpió furioso desde la oscuridad y le asestó un golpe certero en la cintura y los ijares, emitiendo un ruido seco y sordo. Al mirar a su alrededor hacia las cuatro paredes, el erudito ya había desaparecido sin dejar rastro. Encendió un atado de leña para alumbrar, y encontró un trozo de túnica de barro caído en el suelo; sobre el escritorio, el turbante de barro aún permanecía allí. La consorte del Dios del Suelo Wang Bing, del puente Qiao, salió de la aldea y vio que del templo del Dios del Suelo emergía una hermosa mujer, que miraba a todos lados con suma coquetería. Él intentó tantearla, y ella aceptó con alborozo y alegría. Tras intimar sin reservas, convinieron en escaparse juntos por la noche, por lo que Bing le indicó su domicilio. Al llegar la noche, ella efectivamente acudió, manifestando un afecto sumamente apasionado. Cuando él le preguntó su nombre, ella obstinadamente se negó a revelárselo. A partir de entonces, los encuentros continuaron ininterrumpidos. En ocasiones, cuando Bing compartía el lecho con su esposa, la hermosa mujer invariablemente se presentaba para unirse a él, sin que la esposa siquiera advirtiera la presencia de otra persona. Bing, desconcertado, le preguntó al respecto. La mujer respondió: «Soy la consorte del Dios del Suelo». Atemorizado en extremo, Bing deseó con urgencia cortar aquella relación, pero por más que ideó un centenar de ardides, no pudo impedirla. Tras prolongarse esta situación durante medio año, cayó postrado en cama a causa de la fatiga y la enfermedad. La mujer acudía con mayor frecuencia aún, y los miembros de la familia lograron verla. Al poco tiempo, Bing falleció sin falta. La mujer todavía continuaba visitándolo una vez al día, hasta que la esposa de Bing la reprendió airadamente: «¡Fantasma lascivo que no conoces la vergüenza! ¡El hombre ya ha muerto, a qué vienes de nuevo!». Ante esto, la mujer se marchó y no volvió jamás. Aunque el Dios del Suelo sea una deidad menor, no deja de ser un espíritu; ¿cómo iba a permitir que una mujer se entregara libremente? Se ignora qué clase de entidad licenciosa y obnubilada fue la que provocó que, a través de los milenios, se dijera de esta aldea que albergaba a una divinidad impura y licenciosa. ¡Qué gran injusticia! La flor de loto en la luna fría Había un taoísta de Jinan cuyo origen se desconoce, al igual que su apellido y nombre. Tanto en invierno como en verano vestía una túnica sencilla de una sola capa, ceñida con un cordón de color amarillo ocre, sin pantalones ni jubón. A menudo se peinaba con medio peine, sosteniendo el rodete con los dientes de modo que parecía un tocado. Andaba descalzo todo el día por los mercados y dormía de noche en las esquinas de las calles, haciendo que la nieve y el hielo en un radio de varios pies a su alrededor se fundieran por completo. Al principio de su llegada, se dedicaba a realizar juegos de ilusión ante la gente, y los habitantes del mercado competían por obsequiarle cosas. Cierto granuja de los callejones de los pozos le regaló vino, rogándole que le transmitiera sus artes, a lo cual el taoísta se negó. Sucediendo que el taoísta se bañaba en la orilla del río, el granuja se abalanzó de improviso sobre sus ropas para coaccionarlo; el taoísta hizo una reverencia y dijo: «Te ruego que me las devuelvas y no te escatimaré mis artes». Temiendo que lo estuviera engañando, el individuo se obstinó en no soltarlas. El taoísta preguntó: «¿Acaso no me las vas a conceder?». El otro respondió: «Así es». El taoísta guardó silencio y no le dirigió la palabra. Al poco tiempo, se vio que el ropaje amarillo se transformaba en una serpiente de un grosor aproximado a seis puños, la cual se enrollaba a su cuerpo seis o siete veces, con los ojos airados y la cabeza erguida, sacando la lengua en señal de amenaza. El sujeto se aterrorizó enormemente, cayó de hinojos, con el rostro verdoso y la respiración entrecortada, implorando únicamente que le perdonaran la vida. Entonces el taoísta retiró su prenda de color ocre; la prenda en realidad no era una serpiente, sino que había otra serpiente que se deslizó serpenteante adentrándose en la ciudad. A partir de entonces, la fama del taoísta se incrementó aún más. Las familias de la alta nobleza, al enterarse de sus prodigios, lo convidaban a frecuentar su compañía, y desde entonces comenzó a frecuentar las puertas de los notables de la región. Tanto los magistrados de la prefectura como los de la vía taoísta oyeron hablar de su fama, y en cada banquete o reunión, invariablemente hacían que el taoísta los acompañara. Un día, el taoísta invitó a las diversas autoridades a un banquete en el Pabellón sobre el Agua. Llegada la fecha, cada uno halló en su escritorio una esquela de invitación del taoísta, sin saber siquiera cómo había llegado hasta allí. Cuando los oficiales acudieron al lugar del banquete, el taoísta salió a recibirlos con la espalda encorvada. Una vez adentro, el pabellón vacío se mostraba silencioso, sin mesas ni estrados dispuestos; algunos sospecharon que se trataba de una patraña. El taoísta hizo una reverencia ante los magistrados y dijo: «Este pobre Daoist carece de servidores; ruego que me presten a sus comitivas para que me ayuden brevemente con los recados». Los oficiales accedieron al unísono. El taoísta pintó una doble puerta en la pared y la golpeó con la mano. Desde el interior, alguien respondió al llamado, sacudió el cerrojo y abrió. Al apresarse todos a mirar por la rendición, vieron figuras difusas que iban y venían en su interior, mientras que biombos, cortinajes, camas y mesas también aparecían por completo. Al instante, alguien comenzó a pasar los objetos uno por uno hacia el exterior de la puerta; el taoísta ordenó a los secretarios y subalternos que los recibieran y acomodaran en el pabellón, advirtiéndoles además que no intercambiaran palabras con la gente de adentro. Ambos bandos se entregaban y recibían los objetos, limitándose a sonreírse con la mirada. En un abrir y cerrar de ojos, los enseres llenaron el pabellón por completo, alcanzando el colmo del lujo y la suntuosidade. Al poco rato, un vino exquisito esparció su fragancia y los manjares calientes exhalaron sus vapores, todo transmitido desde el interior de los muros, de modo que no hubo comensal que no quedara atónito y sobrecogido. El pabellón daba originalmente a espaldas de un lago, y cada mes de junio, decenas de *mu* de flores de loto se extendían sin divisar el horizonte. Al celebrarse el banquete, sin embargo, el invierno era crudo; fuera de las ventanas todo era bruma y desolación, con un tono verde neblinoso. Un oficial suspiró de pronto diciendo: «¡Qué hermosa reunión la de hoy, es una lástima que no haya flores de loto para adornarla!». Todos respondieron con murmullos de asentimiento. Al poco rato, un sirviente de túnica azul corrió a anunciar: «¡El estanque está lleno de hojas de loto!». Toda la concurrencia quedó estupefacta. Al asomarse por las ventanas y mirar a lo lejos, vieron efectivamente que la vista se abarrotaba de verdor, salpicado de capullos. En un instante, diez mil tallos y mil flores abrieron al unísono; un viento gélido soplaba en los rostros y la fragancia de los lotos embriagaba las mentes. Todos consideraron aquello un portento. Enviaron a unos subalternos en botes a recolectar lotos; a lo lejos se veía a los hombres adentrarse en lo hondo de las flores y, al poco rato, al girar las proas de regreso, llegaron con las manos vacías. Al interrogarlos los oficiales, el subalterno respondió: «Este humilde sirviente partió en la barca y vio las flores en la lejanía; al avanzar hacia la orilla norte, de pronto volvieron a encontrarse muy lejos, en el estanque del sur». El taoísta sonrió y dijo: «No son más que flores vacías de un sueño ilusorio». Poco después, concluido el banquete, los lotos también se marchitaron; el viento del norte sopló con furia, quebró y destrozó las hojas y no quedó rastro de ellas. El Comisario Imperial de Jidong quedó sumamente complacido, se lo llevó a su yamen y todos los días lo trataba con familiaridad y complacencia. Un día, el comisario bebía con unos invitados. Como el comisario poseía de antaño un vino generoso de herencia familiar, racionado siempre a una *dou* por vez, se negaba a servirlo para borracheras vanas. Ese día, los invitados probaron el vino y lo hallaron delicioso, por lo que exigieron que se sirviera la jarra entera; el comisario se resistió firmemente aduciendo que ya se había agotado. El taoísta, sonriendo, dijo al invitado: «Si vuesas mercedes desean colmar el apetito de este viejo glotón, pídianselo a este pobre Daoist y bastará». El invitado se lo suplicó. El taoísta metió la jarra en su manga y, al cabo de un momento, la sacó para servir copa por copa a todos los presentes, siendo idéntica al vino que guardaba el comisario. Todos bebieron a placer hasta que la reunión concluyó. El comisario, lleno de sospechas, fue a revisar la vasija de vino: el sello y las ataduras estaban intactas, pero la jarra ya se había vaciado. En su interior sintió una secreta vergüenza y furia, creyendo que se trataba de una artimaña demoníaca, y ordenó azotarlo. Apenas el primer azote cayó, el comisario sintió un dolor desgarrador en los muslos; al dar el segundo, las carnes de sus nalgas parecieron desgarrarse. Si bien el taoísta profería gritos roncos al pie de la escalinata, el comisario ya tenía los ropones manchados de sangre en su asiento. Se detuvo entonces la flagelación y se le ordenó marchar. El taoísta abandonó Jinan y se desconoce su paradero. Tiempo después, alguien se lo encontró en Jinling, vistiendo sus ropas de siempre; al preguntarle al respecto, sonrió sin pronunciar palabra. *** ### El borracho frenético Miao Yongding era un letrado imperial de la provincia de Jiangxi que se distinguía por su inveterada afición a la bebida; sus parientes y allegados le temían y evitaban. En cierta ocasión en que visitó la casa de un tío paterno suyo, se puso a bromear y hacer bufonadas con los invitados, tras lo cual se pusieron a beber con exceso. Embriagado, Miao comenzó a armar escándalos y a insultar a los presentes, ofendiendo a un invitado; este se enfureció y toda la concurrencia armó un gran alboroto. El tío intercedió para calmar los ánimos, pero Miao se puso del lado del invitado, aumentando su furia contra su propio tío. Sin hallar otro recurso, el tío corrió a avisar a la familia de este. Los familiares acudieron, lo sujetaron entre varios y lo llevaron de regreso. Apenas lo hubieron recostado sobre la cama, sus cuatro extremidades sufrieron un colapso total; al palparlo, yacía exánime y sin aliento. Miu vio que un hombre con gorro negro lo había atado y se lo llevaba. Al cabo de un rato, llegaron a una mansión oficial cuyas tejas brillaban con un verde azulado, de una magnificencia sin igual en el mundo mortal. Al pie de las escaleras, pareció que aguardaban para una audiencia con un magistrado; pensando para sí que no era culpable, supuso que se trataba de algún pleito por una pelea callejera. Miró de reojo al hombre del gorro negro, cuyos ojos enfurecidos parecían los de un buey, y no se atrevió a preguntar. De pronto, un oficial en lo alto de la sala proclamó en voz alta que los litigantes debieran presentarse temprano al día siguiente, tras lo cual la gente al pie de la sala se dispersó en desbandada. Miu también salió junto con el hombre del gorro negro, y al no tener a dónde ir, encogió los hombros y se paró bajo el alero de una tienda. El hombre del gorro negro exclamó con furia: —¡Borracho inútil y desvergonzado! Ya cae la tarde, y cada quien busca dónde dormir y comer; ¿adónde pretendes ir? Miu, temblando de miedo, respondió: —Ni siquiera sé de qué se trata esto, y ni avisé a los míos, por lo que carezco por completo de recursos y no tengo a dónde volver. El hombre del gorro negro replicó: —¡Ladrón borracho! Si te hubieras bebido el vino tú solo, ¡aún tendrías algo con qué pagar! ¡Si vuelves a poner pretextos, te romperé los huesos de un golpe de mi puño! Miu bajó la cabeza y no se atrevió a emitir sonido alguno. De repente, una persona salió del interior de la casa y, al ver a Miu, exclamó con asombro: —¿Cómo es que has venido? Miu lo miró y resultó ser su tío materno, el señor Jia, quien había fallecido hacía ya varios años. Al verlo, Miu comprendió por fin que ya estaba muerto; su corazón se llenó de un dolor y un temor aún mayores, y rompió a llorar ante su tío, suplicando: —¡Tío, sálvame! Jia miró al hombre del gorro negro y dijo: —Dongling, no es ningún extraño; hazme el favor de honrar mi humilde morada. Ambos entraron entonces. Jia hizo una profunda reverencia al hombre del gorro negro, pidiéndole además que lo tratara con buenos ojos. Al poco rato sacaron vino y comida, y se sentaron en círculo a beber. Jia preguntó: —¿Qué asunto trae a mi sobrino para que te hayas tomado la molestia de venir a buscarlo? El hombre del gorro negro respondió: —Su Majestad se dirigía a ver al soberano de Fulu cuando se encontró a tu sobrino borracho e insultando a todos, así que ordenó que lo capturara y me lo trajiste. Jia preguntó: —¿Ya viste a Su Majestad? El otro contestó: —El soberano de Fulu está atendiendo el caso del muchacho de las flores, y Su Majestad aún no regresa. Jia volvió a preguntar: —¿Qué clase de castigo recibirá mi sobrino? A lo que el otro respondió: —Aún no se sabe. Sin embargo, Su Majestad está bastante irritado con este tipo de personas. Miu, que estaba a un lado, al escuchar la conversación de ambos, temblaba de pies a cabeza y sudaba profusamente, incapaz de sostener la copa o los palillos. Al poco rato, el hombre del gorro negro se levantó y agradeció: —Agradezco el espléndido banquete, ya estoy ebrio. Te encomiendo formalmente a tu sobrino; cuando Su Majestad regrese, volveré a visitarte con calma. Y con esto se marchó. Jia le dijo a Miu: —Mi sobrino no tiene otros hermanos, y tus padres te han querido como a la niña de sus ojos, sin tolerar jamás que te recriminaran ni una sola vez. A los dieciséis o diecisiete años, cada vez que te tomabas tres copas, andabas balbuceando buscando los defectos de los demás, y ante la más mínima discrepancia, te abalanzabas sobre las puertas para insultar a gritos a todos desnudo, bajo el pretexto de que eras joven. ¡Quién iba a pensar que, tras más de diez años de separación, no has mejorado en absoluto! Ahora bien, ¿qué piensas hacer? Miu se postró en el suelo llorando, arrepentido sin remedio. Jia lo levantó y le dijo: —Tu tío se dedica aquí a la venta de vino y goza de cierta reputación menor, así que tendré que hacer todo lo posible. El bebedor de hace un momento es el enviado de Dongling, a quien tu tío suele invitar a beber, por lo que nos llevamos bastante bien. Su Majestad atiende diez mil asuntos al día, y tal vez no lo recuerde de inmediato. Hablaré con él con tacto y suplicaré que libere a mi sobrino usando mis influencias privadas; tal vez acepte. Luego, pensándolo mejor, añadió: —Esta responsabilidad es bastante pesada; no se podrá resolver sin cien mil monedas. Miu le dio las gracias y aceptó, quedándose a dormir en la casa de su tío. Al día siguiente, el hombre del gorro negro vino temprano a curiosear. Jia le pidió hablar en privado y, tras conversar un buen rato, regresó para decirle a Miu: —Ya está arreglado. En un momento regresará. Primero agotaré todos mis bienes para dejar constancia como garantía, y el resto lo reuniremos con calma cuando hayas regresado. Miu preguntó con alegría: —¿Cuánto suma en total? —Cien mil —respondió su tío. —¿Y de dónde sacará tu sobrino semejante cantidad? —preguntó Miu. Jia respondió: —Bastan cien atados de monedas de oro y papel moneda. Miu exclamó feliz: —¡Eso es fácil de conseguir! Cerca del mediodía, el hombre del gorro negro aún no llegaba. Miu quiso salir al mercado a dar un pequeño paseo, pero Jia le advirtió que no se alejara demasiado. Miu aceptó y salió. Vio a comerciantes y buhoneros en las calles, exactamente igual que en el mundo de los vivos. Llegó a un lugar rodeado por una muralla de espinos extremadamente escarpada, que parecía una prisión. Frente a la puerta había una taberna por la que transitaba bastante gente. Fuera de la taberna corría un arroyo largo y caudaloso, con aguas negras que brotaban y bullían, tan profundo que no se le veía el fondo. Justo cuando se detuvo a curiosear, escuchó que alguien lo llamaba desde el interior de la taberna: —¡Miu Jun, qué te trae por aquí! Miu miró apresuradamente y resultó ser el anciano Weng, de la aldea vecina, con quien había compartido una amistad literaria hacía diez años. Se apresuró a salir y le estrechó la mano con tanta alegría como si lo conociera de toda la vida. Enseguida entraron a la taberna a beber un trago ligero, contándose mutuamente lo ocurrido durante su separación. En medio de su buena fortuna por haber encontrado a un viejo conocido, Miu abrió su corazón y bebió hasta el fondo. Completamente ebrio, olvidó por completo que estaba muerto; sus viejos hábitos resurgieron y comenzó a señalar sin parar los defectos de Weng. Este le dijo: —Años sin vernos, ¿y sigues siendo el mismo? Miu siempre había aborrecido que le criticaran su afición por la bebida, y al escuchar esto se enfureció aún más. Golpeó la mesa y comenzó a lanzar maldiciones a gritos. Weng lo miró de reojo, se sacudió las mangas y salió de la taberna. Miu lo persiguió hasta la orilla del arroyo y le arrebató el sombrero. Encolerizado, Weng exclamó: —¡Este hombre es un desquiciado! Y empujó a Miu, haciéndolo caer de cabeza al arroyo. El agua del arroyo no era particularmente profunda, pero en el fondo había filosas cuchillas como un cañaveral, que le perforaban los costados y le atravesaban las pantorrillas, inmovilizándolo por completo y causándole un dolor que le llegaba hasta los huesos y el cerebro. Las aguas negras, mezcladas con excrementos y orina, se le metían por la garganta a cada respiración, volviéndose aún más insoportables. La gente en la orilla miraba y reía apiñada, sin la menor intención de tenderle una mano. En ese momento crítico, Jia llegó de repente. Al verlo, se alarmó enormemente, lo levantó y se lo llevó consigo, diciéndole: —¡No puedes seguir así! Si mueres y aun así no despiertas, ¡ya no eres digno de ser un hombre! Por favor, sométete de nuevo al hacha y al tajo de Dongling. Miao, aterrorizado, se postró entre lágrimas reconociendo su culpa. Entonces Jia le dijo: —Justo ahora llegó Dongling, esperando a que firmaras el pagaré, pero te fuiste a beber y no regresaste; él, presionado, no pudo esperar más. Yo ya firmé el pagaré en tu lugar, le entregué mil bridas de efectivo para que se fuera y fijé el plazo restante para fin de mes. Al regresar, debes apurarte a resolverlo: por la noche, en medio de los campos abiertos a las afueras de la aldea, llama al nombre de tu tío y quémalo; con eso este caso podrá cerrarse. Miao cumplió al pie de la letra. Jia lo instó a marchar, lo despidió a las afueras de la ciudad y le advirtió de nuevo: —No faltes a tu palabra, pues de nada sirve implicarme. Luego le indicó el camino para que regresara. Por entonces, Miao ya llevaba tres días yerto en su lecho; su familia lo daba por muerto a causa de la bebida, aunque su aliento pendía tenuemente como un hilo suspendido. Ese día volvió en sí y sufrió una gran arcada, vomitando varios *dou* de un líquido negro y denso, de un hedor insoportable. Tras terminar de vomitar, el sudor empapó sus ropas de cama y esteras, exhalando un tufo tan denso como el de los vómitos, tras lo cual su cuerpo comenzó a sentirse fresco y aliviado. Le contó lo extraño sucedido a su familia. Al poco tiempo, sintió que el lugar de la punzada se hinchaba y dolía, convirtiéndose al cabo de la noche en una úlcera, aunque por fortuna no llegó a ulcerarse ni pudrirse en gran medida. A los diez días ya era capaz de caminar apoyándose en un bastón. Su familia le suplicó repetidamente que pagara la deuda del inframundo. Miao calculó el gasto y vio que no podría resolverse sin varias piezas de oro, por lo que empezó a mostrarse mezquino y reacio, diciendo: —Quizás aquello no fue más que una ilusión de los dominios del vino. Y aun si no lo hubiera sido, puesto que él me liberó en privado, ¿cómo iba a atreverse a hacer que el Rey Yama se enterase? Su familia intentó disuadirlo, pero él no quiso escuchar. No obstante, en su interior seguía temeroso y no se atrevía a volver a entregarse a la bebida de manera desenfrenada. Los vecinos y parientes se alegraron de su mejora moral y poco a poco volvieron a beber con él. Tras poco más de un año, la retribución del inframundo se fue desvaneciendo en su memoria, sus ambiciones volvieron a desmandarse y sus viejos vicios resurgieron. Un día, mientras bebía en casa de unos parientes, volvió a armar un escándalo insultando a los presentes. El dueño de la casa lo expulsó y cerró la puerta de golpe, marchándose. Miao vociferó durante un buen rato hasta que su hijo se enteró, lo sostuvo y lo llevó de regreso a casa. Al entrar en la habitación, se arrodilló de cara a la pared y comenzó a golpearse la cabeza contra el suelo una y otra vez, gritando: —¡Pagaré tu deuda! ¡Pagaré tu deuda! Apenas terminó de hablar, se desplomó en el suelo; al examinarlo, su aliento ya se había extinguido.
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